Capítulo 1: Gran estreno

VILLA ENCANTADA
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, DORMITORIO / NOCHE

Es una noche aparentemente tranquila y silenciosa en la imponente hacienda de la familia Román, silencio que es solo interrumpidos por los grillos alrededor. Todos duermen, excepto una mujer en pijama y bata quien baja las escaleras lentamente dirigiéndose a la cocina. El rostro de ella sigue sin ser enfocado y sólo camina en silencio cuidando que no sea escuchada ni vista por nadie. Una vez que llega a la cocina, sale por la puerta trasera y llega justo a la amplia piscina de la hacienda. La mujer camina a pasos lentos hacia la piscina y se puede ver cómo en una de sus manos sostiene un cuchillo e incluso se logra oír un leve gimoteo por parte de ella.

Es así como, sin esperárselo, otra persona misteriosa se le acerca por detrás y en una maniobra rápida, le arrebata el cuchillo, la aprisiona y la degüella en la fracción de un segundo. La mujer del principio cae al piso desangrándose y gimiendo de impotencia, pero la persona misteriosa que ha atentado contra ella, la patea y la hace rodar sin piedad a la piscina en donde la mujer comienza a chapucear ahogándose.

UN MES DESPUÉS

CIUDAD DE MÉXICO


INT. / CASA DE LOS ESCALANTE, DORMITORIO / DÍA

Es temprano. Marissa está arreglándole la corbata a Luis Enrique, quien se ve algo serio y exasperado. Ella sonríe.


Marissa: Hoy es la graduación de Pablito, mi amor. Imagino que vas a pasarte por la tarde, aunque sea para verlo cuando reciba su diploma y los aplausos en el auditorio.

Luis Enrique: No tengo tiempo para esas tonterías, Marissa.

Luis Enrique se aparta molesto y se organiza la corbata él solo frente a un espejo.

Luis Enrique: Hoy tengo una junta importante en la oficina y no pienso faltar sólo para ir a la graduación de ese inútil.

Marissa: ¿Cómo que inútil, Luis Enrique? (Indignada) Es la graduación de tu hijo. No es cualquier tontería. Es un gran logro para él y un orgullo para nosotros.

Luis Enrique: (sarcástico) ¿Un orgullo? ¿De qué orgullo me hablas? Lo mínimo que podía hacer era terminar su carrera en esa universidad tan costosa. Espero que al menos le sirva para algo y se consiga un empleo pronto, porque no pienso mantenerlo más.

Marissa: (incrédula) ¿Te estás escuchando? ¿Por qué tienes que hablar con tanta severidad de él? Pablito es nuestro hijo.

Luis Enrique termina de organizarse la corbata y mira fulminante a Marissa.

Luis Enrique: “Pablito”, como tú le llamas, ni siquiera es nuestro hijo.

Marissa: Luis Enrique, por favor, no empieces.

Luis Enrique: ¿Qué me vas a decir si estoy diciendo la verdad?

Marissa: (exasperada) ¡Sí! ¡Es la verdad! Pero no tienes que mencionarlo. Recuerda que, a pesar de ser adoptado, lo vimos crecer desde que era un bebé, lo acogimos como nuestro hijo de verdad y todos estos años le hemos dado todo lo que ha necesitado.

Luis Enrique: Pues eso es precisamente lo que más me indispone de ese muchacho, que sin ser nuestro hijo haya tenido que mantenerlo durante todos años como si lo fuera. Además, te recuerdo que la idea de adoptarlo nunca fue de mi agrado.

Luis Enrique toma su saco y se lo pone.

Marissa: Me parece increíble que estés hablando así. Es que si él te escuchara hablar le afectaría bastante y no es para menos. Eres un completo desalmado.

Luis Enrique: Tú tienes la culpa, mujer. Estoy cansado de que andes todo el día de arriba abajo, restregándome a nuestro hijo de fantasía sólo porque tú fuiste una inútil incapaz de darme un hijo de verdad, un hijo de mi sangre, no a ése que sabrá Dios de dónde viene.

Los dos no se han percatado de que Pablo está escuchando detrás de la puerta con una expresión bastante melancólica y triste.


Marissa: Basta, cállate ya. Te pido que no me faltes al respeto ni a mí ni a Pablo. No había ninguna necesidad de que toda esta discusión saliera a relucir sólo porque te invité a la graduación. Si no quieres ir, pues vete para la oficina y ya.

Luis Enrique: Obviamente eso es justo lo que haré. Hasta la noche.

Luis Enrique toma su maletín y sale del dormitorio. Pablo se esconde para no ser visto y ve a salir a su padre adoptivo mientras que Marissa no puede evitar romper en llanto dentro del dormitorio. Pablo entra y la mira con lástima.

Pablo: Mamá…

Marissa: (disimulando) Pablo. Discúlpame, ya iba a bajar al comedor para que desayunáramos juntos. Estaba hablando con tu papá.

Pablo: Los escuché.

Marissa: ¿Qué tanto? (Limpiándose las lágrimas).

Pablo: Todo y me parece increíble que te dejes tratar así por él. Me duele no por mí, sino por ti.

Marissa: Hijo, no le hagas caso. Tu padre es un hombre muy ocupado. Tú sabes. El estrés de la oficina hace que se la pase de mal humor, pero en el fondo nos quiere a su manera.

Pablo: ¿Qué clase de amor es ese? Tú bien sabes que él a mí me detesta porque no soy su hijo y en cuanto a ti, te trata como se le da la gana. Yo no quiero verte sufrir más al lado de él.

Marissa: Luis Enrique es mi esposo. Hemos estado casados por más veinte años y tú no deberías si quiera insinuarme lo que estás pensando. Eso ya lo hemos hablado.

Pablo: (exasperado) Pero mamá. Ha sido mucho tiempo ya. Mi papá no te merece y tú necesitas vivir tranquila, lejos de él, en otro lugar. ¿Por qué no le pides el divorcio y ya?

Marissa: Ya, Pablo. No sigas con lo mismo. Cuando te enamores de una chica que te guste y te cases vas a entender un poco el por qué sigo casada con tu papá.

Pablo: ¿Tanto lo quieres como para seguir atada a él soportando el trato que te da?

Marissa: Sí, lo quiero, pero no me siento de ninguna manera atada, mi vida.

Marissa se acerca a su hijo y le acaricia con ambas manos las mejillas.

Marissa: Mejor dejemos el tema a un lado y arréglate para tu ceremonia de graduación, ¿bueno? Quiero que te pongas bien guapo para cuando el director de la universidad te entregue personalmente tu diploma.

Pablo: (resignado) Está bien, mamá y gracias… Gracias por siempre estar ahí conmigo, acompañándome en todo. Yo sé que, aunque no eres mi madre biológica, igual te quiero mucho.

Marissa: Y yo a ti, mi amor.

Marissa abraza a su hijo adoptivo fuertemente. Él también le corresponde el abrazo.

VILLA ENCANTADA


INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA


Paralelamente, los miembros de la familia Román llegan a la hacienda, acompañados de Carolina. Eduardo luce demacrado y desbastado.


Eduardo: Gracias por habernos acompañado al cementerio, Carolina. Has sido un apoyo muy grande para mí y para mi familia desde la muerte tan súbita de Helena.

Carolina: (sonriendo levemente) Lo hago con el mayor de los gustos. Sé lo que significó Helena para ti y me dolió mucho su muerte. Las dos fuimos muy buenas amigas.

Manuel: Pero ya pasó un mes. Ya va siendo hora de que mi hermano retome su vida y los negocios. Llorar a Helena no la va a traer de vuelta (Va al minibar a servirse un trago).

Eduardo: (muy serio) Voy a pretender que no es escuché eso, Manuel.

Manuel: Es la verdad, hermanito. Helena está muerta y enterrada. Tú sigue adelante que el mundo no se va a acabar porque tu esposa se suicidó. Hay que aprender a superar.

Eduardo se exalta y mira fulminante a su hermano con ganas de ir hacia él, pero Carolina y Lucrecia lo detienen.

Lucrecia: Cálmate, Eduardo. Últimamente te la pasas alterado por todo.

Lisa: Sí, papi. Mi mamá ya se murió y a mí sinceramente me anda fastidiando demasiado que estemos visitando el cementerio cada semana. Es hora de que superes su muerte.

Eduardo no dice nada y sube las escaleras ignorando a su familia.

Carolina: Por favor, traten de ser un poco más comprensivos con la situación. Miren que acabamos de llegar del cementerio y ya le están diciendo a Eduardo cómo se debe de sentir. Todos llevamos el duelo de formas diferentes.

Lucrecia: Podrás tener razón, querida, pero a mí sinceramente me preocupa que mi hijo se vuelva un maldito alcohólico y descuide el patrimonio que por años nuestra familia se ha forjado.

Carolina: ¿Eso es lo único que te interesa, Lucrecia? ¿Tu patrimonio?

Manuel: (interviniendo) ¿Qué más nos podría interesar? ¿Quién querría perder el estatus que por décadas ha tenido la familia? Tenemos propiedades en todo el pueblo, nuestra hacienda es la más acaudalada de la región y recibimos ingresos por montones.

Manuel se toma de un solo sorbo el licor que se sirvió en una copa y sigue hablando.

Manuel: Créeme que nadie querría perder tanto poder y nos preocupa que Eduardo, que es el que está al frente de todo, nos lleve a la ruina por cargar su estúpido luto.

Carolina: Es increíble que para ser la familia de Eduardo se expresen de esa manera. Él necesita ahora más apoyo y comprensión que nunca. Él amaba a mi amiga con todo su corazón y perderla así fue un golpe muy duro para él. ¿Por qué no lo entienden?

Lisa: (mirándola con recelo) Tú lo has dicho. Nosotros somos su familia y, por lo tanto, somos los únicos con derecho a opinar sobre asuntos familiares que nos conciernen a nosotros, no a ti que eres una extraña.

Lucrecia: Lisa, no seas grosera. Carolina es como si fuera de la familia.

Lisa: Para mí no va a dejar de ser una simple extraña y no sería raro que se estuviera aprovechando de la situación para seducir a mi papá.

Carolina: (indignada) Te equivocas. Yo jamás haría algo como eso y menos con la muerte de Helena tan reciente.

Lisa: Ya veremos y mejor me retiro a mi cuarto a quitarme esta ropa con olor de muerto.

Lisa sube las escaleras en dirección a su habitación. Carolina niega con la cabeza algo indignada por los comentarios de la muchacha.

Lucrecia: Tú no te preocupes, hija. Lisa es una muchachita rebelde que no sabe lo que dice y más ahora que su madre murió siente celos de que otra pueda ocupar su lugar. Tú sabes. Cosas de adolescentes.

Carolina no dice nada y se queda pensativa. Manuel la mira con algo de recelo.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / UNIVERSIDAD, AUDITORIO / DÍA

Entretanto, se enfocan varias escenas de la ceremonia de graduación de Pablo. Hay cientos de estudiantes que están graduándose de sus respectivas carreras, vestidos con el traje de graduación (toga y birrete). Pablo sube a la tarima a recibir su diploma, el cual le entrega el director de la universidad. Los dos se dan la mano antes y luego un fotógrafo les toma una fotografía. Entre el público se encuentra Marissa sonriendo muy emocionada y tomando con su celular varias fotos del momento. Incluso saluda a su hijo, quien también le corresponde el saludo con la mano sonriéndole.

Más tarde, cuando el evento termina, afuera del auditorio, Marissa se acerca a Pablo, quien aún viste el traje de graduación y le acaricia el rostro de forma fraternal.


Marissa: Te felicito por haber terminado tu carrera, mi amor. Eres mi orgullo. Recuérdalo siempre.

Pablo: (sonriendo) Gracias, mamá. Te amo.

Los dos se abrazan fuertemente y después de unos segundos se apartan.

Pablo: (nostálgico) Me habría gustado que mi papá hubiera estado aquí también para verme, pero bueno. Hace mucho me hice a la idea de que nunca me va a ver como su hijo.

Marissa: Ay, hijo, no digas eso. Estoy segura que a medida que sigas cosechando éxitos ese corazoncito duro de tu papá se va a ablandar y hasta te va a pedir perdón de rodillas por haberte hecho menos cuando se dé cuenta el tesoro de hijo que tiene. Vas a ver.

Marissa acaricia el hombro de Pablo y ambos se sonríen.

VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACÓN DE LISA / NOCHE

La noche cae en el hermoso pueblo ficticio de Villa Encantada. Desde el exterior se observa la fachada de la hacienda de los Román en vista panorámica. Lisa, por su parte, se encuentra en su habitación frente al computador de mesa. Tal parece que está chateando con alguien y sonríe con picardía.


Lisa: (hablando en voz alta) ¿Con que quiere verme desnuda? Bueno, démosle un poco más de picante a la conversación.

Lisa se quita la blusa y luego procede a quitarse el sostén. Enciende a la cámara y es vista por alguien misterioso al otro lado. De repente, Casimira entra a la habitación sin tocar, sosteniendo una bandeja de comida.


Casimira: Señorita… Le traje la cena…

Lisa se asusta y se cubre el busto con los brazos al verse descubierta. Casimira deja caer la bandeja de la impresión.

Lisa: (furiosa) ¿Cómo te atreves a entrar a mi habitación sin tocar?

Casimira enmudece sin saber qué decir y se cubre la boca con las manos.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / CASA DE LOS ESCALANTE, COMEDOR / NOCHE

Marissa recibe a su marido, quien acaba de llegar del trabajo. La mujer le da un beso sencillo en los labios, pero él se muestra indiferente.


Marissa: (sonriendo) ¿Cómo te fue hoy en la oficina?

Luis Enrique: (exasperado) Todo igual. Nada que sea de tu incumbencia más que la de ocuparte de la casa.

Luis Enrique se va, dejando un poco indispuesta a Marissa por lo que dijo. Ella sale detrás de él y ambos hablan al tiempo que suben las escaleras.

Marissa: ¿Todavía estás molesto conmigo por la discusión de esta mañana?

Luis Enrique: Por favor, Marissa. Ahora no quiero reclamos tuyos. Debo hacer mi maleta.

Marissa: (extrañada) ¿Cómo que tu maleta? ¿Otra vez te vas de viaje de negocios un fin de semana y a esta hora de la noche?

Luis Enrique la ignora y camina directo al dormitorio que comparte con ella. Marissa lo sigue.

Marissa: ¡Luis Enrique! Te hice una pregunta.

Luis Enrique saca su maleta del closet, la tira sobre la cama y saca algo de su ropa para meterla en la maleta. Marissa se molesta, toma la maleta y la cierra.

Marissa: ¡Luis Enrique! ¡Te estoy hablando!

Luis Enrique: (muy molesta) Deja de molestarme la vida.

Luis Enrique toma a Marissa de los hombros y la sienta a la fuerza en la cama.

Luis Enrique: ¡Me tienes harto! Y sí. Me voy de viaje de negocios todo el fin de semana. Quiero aprovechar y relajarme para no tener que ver tu cara de mojigata todo el tiempo.

Marissa: (solloza) No merezco que me trates así.

Luis Enrique: Lo mereces por ser la clase de esposa que eres. Mírate en un espejo (Hablando con mucho desprecio). Estás vieja, amargada, cada vez más aburrida.

Marissa: ¡Basta, por favor! Me estás ofendiendo.

Luis Enrique: ¿Y qué hay con eso? Si tanto crees que no te mereces como te hablo, entonces empieza por cambiar por ser otra, no esta imitación de esposa abnegada.

Marissa: (levantándose) Pues eso es justamente lo que he tratado de ser, una esposa abnegada para ti. Te he dedicado mis mejores años, incluso renuncié a mi sueño de ser pintora para casarme contigo y ocuparme de la casa como pediste. Te he complacido en todo y sólo me has tratado con insultos durante años. La que está harta soy yo.

Luis Enrique: ¿Y qué vas a hacer al respecto? ¿Separarte, divorciarte?

Marissa: (desafiante) ¡Pues no sería mala idea!

Luis Enrique: (riendo incrédulo) No te atreverías.

Marissa: Pruébame para que lo sepas. Estoy cansada de esta situación desde hace mucho, Luis Enrique. ¡Cansada! (Gritando) Estoy orgullosa de la mujer que soy y no me reprocho nada, así que no tengo nada que cambiar, a diferencia de ti que eres un patán.

Luis Enrique: (molesto) ¡Cállate!

Marissa: ¿Te ofende la verdad?

Luis Enrique: Mejor me voy y sal de aquí que no te soporto. ¡Vete!

Marissa mira con un profundo enojo a su marido y se retira de la habitación. Luis Enrique respira agitado y molesto. Justo en ese momento, recibe una llamada a su celular y contesta al ver en la pantalla de quién se trata.

Luis Enrique: ¿Qué quieres? (Hace una pausa) Sí, disculpa. Estaba algo alterado por culpa de la mojigata de mi mujer, pero ya voy saliendo para allá. Quiero que en cuento llegue me hagas olvidar de todo, preciosa, sólo como tú sabes.

VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / NOCHE

Casimira ha encontrado semidesnuda y con el torso descubierto a Lisa, quien al parecer está desnudándose frente a la cámara de su computador.


Casimira: (tartamudeando) Dis… Disculpe, señorita.

El ama de llaves se retira muy avergonzada de la habitación. Lisa se pone rápidamente la blusa y sale caminando rápido detrás de Casimira. Ésta última llega a la cocina y se apoya en el mesón, pensativa. Lisa se aparece allí y la toma con brusquedad de un brazo.

Lisa: ¿A dónde crees que vas?

Casimira: (asustándose) ¡Ay, señorita!

Lisa: Dime qué querías y por qué violaste mi privacidad de esa manera. ¿Qué no sabes que se toca antes de entrar?

Casimira: Yo sé. Perdóneme. Iba a llevarle la cena, ya que no bajó al comedor como los demás y su abuela me dijo que se la llevara directamente hasta su habitación, pero no quería violar su privacidad. De ninguna manera. Se lo juro.

Lisa: Mira, maldita chacha (Presiona más fuerte el brazo de ella). En tu vida se te ocurra volver a entrar a mi habitación de esa manera y mucho menos vayas a contarle a mi papá o a mi abuela lo que viste. ¿Ok?

Casimira: Claro que no, señorita. Yo soy como una tumba. Créame.

Lisa: Voy a creerte y a confiar en ti, porque no me gustaría hacer lo posible para correrte de la hacienda como a un perro después de tantos años que has trabajado para nosotros.

Lisa mira fulminante al ama de llaves y se retira de la cocina cruzándose con Danilo.


Danilo: Señorita Lisa, ¿usted a esta hora por acá?

Lisa: (grosera) ¿Qué te importa?

Lisa se choca de hombro con Danilo y sigue su camino. Casimira suelta un suspiro de alivio.

Danilo: Qué pesada esa tipa, como siempre. ¿Te estaba regañando?

Casimira: Algo así. Me amenazó con hacerme perder mi trabajo y hasta correrme de la hacienda.

Danilo: (sorprendido) ¿Cómo que correrte de la hacienda, Casimira? ¿Quién se ha creído esa niñita caprichosa? (Indignado).

Casimira: Déjala. Igual ya me acostumbré a sus malos tratos, sólo que esta vez se puso furiosa porque la vi en plena acción con…

Danilo: (extrañado) ¿A qué te refieres? ¿Cómo que en plena acción?

Casimira: Nada. No me hagas caso. Mejor subo a limpiar el desastre que le dejé en su habitación. Por accidente dejé caer la bandeja en la que le llevaba la cena.

Casimira se retira de la cocina dejando extrañado a Danilo.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / CASA DE LOS ESCALANTE, DORMITORIO / NOCHE

Marissa está en pijama y en bata, recostada sobre la cama mientras lee un libro, sin embargo, no logra concentrarse pensando en su matrimonio.


Marissa: (dolida) Veinticuatro años de matrimonio y justo ahorita el otro lado de mi cama está vacío, como si en realidad no estuviera casada. Qué ironía. Tal vez Pablo tenga razón. Lo de Luis Enrique y yo no tiene caso seguirlo. El amor que una vez llegamos a sentir murió ya.

La mujer no puede evitar que una lágrima emerja de uno de sus ojos y cierra el libro para ponerlo en su mesita de noche. De repente, recibe un mensaje en su celular.

Marissa: ¿Quién podrá estarme escribiendo a esta hora?

Marissa toma su celular para revisar aquel mensaje y al hacerlo abre los ojos como platos sin poder dar crédito a lo que ve.

Marissa: (muy impresionada) ¡Dios mío!

La cámara enfoca en el celular de ella varias fotografías de Luis Enrique saliendo con otra mujer, a la cual besa y abraza. Pasa una foto tras en otra y a medida que lo hace se sorprende más, pues las fotos van volviéndose más comprometedoras. En ellas se ve incluso a Luis Enrique desnudo teniendo intimidad con la misma mujer sobre una cama.

Marissa: (negando con la cabeza) Esto no puede ser, no puede ser… (Repite desesperada).

Marissa termina de ver todas las fotografías que la han sido enviadas y al final lee un mensaje escrito en voz alta.

Marissa: “Tu marido no es el hombre perfecto que crees. Chécalo por ti misma. Para eso son sus viajes de negocios cada fin de semana. Cuernuda”

La mujer tira el teléfono celular a un lado de la mano y recuesta la frente sobre las palmas de sus manos mirando al vacío. Casi no puede articular palabra. Ver aquellas fotos le ha dejado un profundo vacío y siente como los latidos de su corazón se aceleran. Incluso los labios le tiemblan.

Marissa: (en un hilo de voz) Dios mío… Luis Enrique… Luis Enrique me está engañando (Rompe a llorar). ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta? ¿Cómo pude ser tan ingenua?

Marissa se da al llanto sin poder asumir de inmediato lo que acaba de descubrir.

Marissa: Todo lo entiendo mejor ahora, sus malos tratos, la forma en la que me hablaba, sus viajes constantes cada fin de semana a Villa Encantada. ¡Claro! (Expresa de forma irónica). Quería tener oportunidad de reunirse con esa mujerzuela. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo?

Marissa se pasa las manos por el cabello sin dejar de ahogarse en un profundo llanto y se pone una mano en el pecho. Pablo toca la puerta y habla desde afuera.


Pablo: Mamá, ¿estás bien?

Marissa se sorprende al escucharlo y respira profundo para disimular.

Marissa: Eh, sí, hijo. No te preocupes.

Pablo: ¿Segura? Me pareció escuchar que estabas llorando.

Marissa: Eh, no. Ya te dije. Estoy bien. Vuelve a la cama que ya es tarde.

Pablo: (poco convencido) Bueno. Si necesitas algo me dices.

Marissa: Gracias, mi amor. Buenas noches.

Pablo se retira a su habitación. Marissa intenta reponerse del llanto y se limpia los ojos.

Marissa: (pensativa) Tengo que verlo con mis propios ojos. Quiero ver qué me va a decir cuando lo descubra revolcándose con otra.

Marissa se levanta de la cama y se quita la bata para ponerse algo más. Minutos después, se ve cómo sale de su casa, ya arreglada y vestida, siendo casi la medianoche. La mujer aborda su auto, el cual enciende y comienza a conducir a gran velocidad.

Marissa: Esto no se va a quedar así, Luis Enrique. ¡Claro que no! Vas a tener que darme muchas explicaciones cuando te encare, infeliz.

VILLA ENCANTADA

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / NOCHE

Cruz está de pie frente a Epifanio, a quien le está dando su medicina acompañada de un vaso de agua. El hombre está sentado en un amplio sillón y frente a él, también está Carolina sentada.


Epifanio: (pensativo) Entonces los Román temen que el estado de ánimo de Eduardo los lleve a la ruina, ¿no? Muy interesante.

Carolina: Yo no le veo nada de interesante, papá. Me preocupa que ese nido de cuervos termine haciéndole peor daño del que ya le han hecho con su incomprensión y falta de apoyo. El pobre ha pasado muy mal con la muerte de Helena.

Cruz: Usted siempre se ha preocupado tanto por don Eduardo, señorita. Yo que usted aprovecho que ese papasito se quedó viudo y me lo quedo para mí. ¡Sí, señor!

Carolina: (avergonzada) ¡Ay, por favor, Cruz! Eduardo es mi amigo.

Cruz: ¿Y qué hay con eso? ¿O me va a negar que en el fondo usted arde de deseo por ese hombre? Hasta yo se lo quitaría si me comprara una ropa más sexy y provocativa.

Epifanio: (molesto) A tu edad no creo que nada te quede sexy ni provocativo. El tren ya se te pasó desde hace mucho tiempo, “Crucecita”.

Cruz: (ofendida) Don Epifanio, recuerde que soy una dama. No tiene que decirme esas cosas.

Epifanio: Entonces no hagas comentarios salidos de lugar y no te metas donde no te han llamado. Limítate a hacer tu trabajo como mi ama de llaves.

Cruz: Sí. Discúlpeme usted. Con su permiso.

Cruz se retira algo avergonzada de la sala. Carolina ríe levemente.

Carolina: Vas a bajarle le autoestima a la pobre Cruz, papá.

Epifanio: Pues se lo merece. ¿Quién la manda a meter sus narices en conversaciones ajenas? Volviendo al tema, nada sería mejor para mí que esa familia quedara en la bancarrota total.

Carolina: No me digas que sigues empeñado en adquirir la hacienda y sus terrenos.

Epifanio: Por supuesto. Con el poder y el dinero se gana respeto, Carolina. Recuérdalo y siempre he anhelado apoderarme de todo lo que les pertenece a los Román. Bien sabes que son una de las familias más adineradas de la región y tienen un patrimonio incalculable.

Carolina: Es cierto, pero no puedo estar de acuerdo contigo en lo que deseas. La ruina para esa familia sería otro golpe muy duro para Eduardo y ya suficiente ha tenido con el suicidio de Helena.

Epifanio: (suspicaz) ¿Tú en serio sigues creyendo que la muerte de esa mujer se trata de un suicidio?

Carolina: La verdad no lo sé. Helena y yo fuimos amigas durante más de quince años y siempre fue una persona tan llena de vida, aunque debo confesar que últimamente había estado muy deprimida.

Epifanio: (extrañado) ¿Por qué?

Carolina: Tal parece las cosas en su matrimonio con Eduardo no iban bien y no porque fuera un mal marido. Todo lo contrario. Ella me decía que era un hombre espectacular. El problema era ella que ya no lo amaba, sólo que Eduardo no lo sabe.

Epifanio: Pues no creo que ese haya sido un motivo para que se suicidara como todos y hasta la misma policía dicen. Para mí hay algo detrás de la muerte de esa mujer. Escribe lo que digo.

Carolina: (pensativa) Tal vez. No lo sé, pero es poco probable que lo sepamos algún día (Levantándose). En fin, me iré a dormir ya que estoy muerta, papá. Que descanses.

Carolina se acerca a su padre y le da un beso en la frente.

Epifanio: Hasta mañana. Descansa tú también.

Carolina se retira de la sala. Epifanio se queda pensativo y mirando al vacío.

Epifanio: Nadie me saca de la cabeza que Helena no se suicidó. Fue un asesinato. Estoy seguro y tuvo que ser alguien de esa misma familia.

INT. / HOTEL / NOCHE

Marissa llega al pueblo en su auto luego de haber conducido por más de una hora. La mujer mira la fachada de un modesto hotel y luego, saca su celular de su bolso en donde busca algo.


Marissa: Esta es la dirección que había adjunta en el mensaje que me enviaron con las fotos. Vamos a ver qué cara vas a poner cuando te descubra, Luis Enrique.

Marissa se baja del vehículo a toda prisa y entra al hotel, el cual, por cierto, no es lujoso en absoluto y tiene la apariencia de una gran casa de arquitectura colonial. La recepcionista es una joven.

Recepcionista: Buenas noches, señito. ¿Qué se le ofrece?

Marissa: (muy seria) Buenas noches. Estoy buscando a alguien que está hospedándose en este momento aquí y sé que está con otra persona.

Recepcionista: Bueno, usted nomás dígame el nombre y ya mismo la anuncio.

Marissa: Eso es precisamente lo que no quiero. Es una sorpresa y ellos no pueden saber qué estoy aquí.

Marissa saca de su bolso unos billetes de gran valor y se los pasa a la recepcionista. Ella duda en recibirlos inicialmente.

Marissa: Dígame dónde es y deme una copia de las llaves de la habitación para poder entrar.

La recepcionista toma los billetes con disimulo.

Recepcionista: Venga por aquí.

Entretanto, en una de las habitaciones de aquel hotel, se encuentran Luis Enrique y Cecilia, su amante. Los dos están desnudos, teniendo intimidad entre las sábanas. Él está sobre ella e incluso ambos sudan.


Luis Enrique: Qué rico, preciosa. Me haces olvidar de todo. No sé cómo lo logras, pero me encantas. Me encantas (Le repite besándola).

Cecilia: Entonces, si tanto te encanto, ¿cuándo vas a dejar tu vida al lado de esa mojigata como tú le dices y te vienes para acá conmigo, ah?

Luis Enrique: Hemos hablado mucho de lo mismo ya. Tengo que conservar mi matrimonio con Marissa.

Precisamente, afuera de la habitación, la recepcionista ha llevado a Marissa hasta allí y le entrega una copia de llaves de la puerta.


Recepcionista: Tome y por favor no vaya a decir nada. Me puedo meter en problemas con mi jefe, ¿va?

Marissa: Está bien. Tranquila y gracias. Puede retirarse.

La recepcionista se va. Marissa mira fijamente las llaves y se queda escuchando detrás de la puerta la conversación.

Luis Enrique: Marissa es mi puente para todo lo que me forjado en la vida. ¿Por qué crees que me la he tenido que aguantar por tantos años?

Cecilia: Pues pídele el divorcio, contrata un abogado para que repartan bienes y ya está.

Luis Enrique: No es tan fácil, mi amor (La besa). De serlo, hace mucho hubiera hecho eso que me dices.

Cecilia: (seria) No sé, Luis Enrique. Me estoy empezando a cansar de tener que compartirte con esa la mayor parte del tiempo, que duermas con ella en la misma cama, que la toques, que la beses.

Luis Enrique: Entre Marissa y yo no hay nada desde hace tiempo. Te lo juro. Me asquea el solo hecho de tocarla. Ya de por sí detesto el solo hecho de estar casado con un témpano de hielo como para venir a acostarme con ella. ¡Por favor!

Marissa se recuesta en la puerta y cierra los ojos con fuerza ante lo que escucha sintiéndose cada vez más dolida.

Cecilia: Más te vale porque tú eres mío, Luis Enrique y tú única mujer soy yo. ¡Yo y nadie más!

Luis Enrique: Como siempre, mi amor, como desde hace veinte años (Besándola de forma desenfrenada). Tú eres la única que me prende y que sabe cómo complacerme en la cama. ¡La única!

Los dos siguen besándose apasionadamente y siguen teniendo intimidad. Marissa alcanza a escuchar los gemidos de ambos y, muy indignada, decide abrir la puerta.

Marissa: (rota de dolor) ¡Luis Enrique!

Luis Enrique se aparta de Cecilia y ambos se cubren con las sábanas, sorprendidos de haber sido descubiertos.

Luis Enrique: (pálido) ¡Marissa!

Marissa: (sonriendo con ironía) Eso, así. De esta manera era que te quería encontrar.

Luis Enrique: ¿Tú qué estás haciendo aquí? ¿Cómo llegaste? (Tartamudeando).

Marissa: Vine a comprobar con mis propios ojos que te estabas revolcando con otra. ¡Por eso estoy aquí! (Grita muy indignada) Me has estado engañando y quién sabe desde cuándo, aunque por lo que escuché, han sido casi los mismos años que llevamos tú y yo casados, soportando esa farsa de matrimonio que yo tanto me negué a ver.

Luis Enrique: Marissa, esto… Esto no es lo que estás pensando, yo…

Marissa: Ah, ¿no es lo que estoy pensando? ¿Entonces me puedes decir qué es? ¿Estaban jugando a las escondidas debajo de las sábanas y sin ropa? ¡Ya no me sigas viendo más la cara de estúpida! (Grita furiosa).

Cecilia: Tú sal de aquí. Puedo llamar ya mismo a que te saquen por haber entrado sin tocar.

Marissa: ¿Tienes el descaro de dirigirte a mí después de que te has revolcado con mi marido por más de veinte años?

Cecilia: Pues sí, “queridita”. Hemos compartido el mismo hombre por muchos años y hasta una familia conmigo tiene.

Luis Enrique: (furioso) ¡Cállate, Cecilia!

Cecilia: ¿Por qué me voy a callar? Ella ya descubrió todo. ¿Por qué ocultarlo más y darle explicaciones baratas?

Marissa: (muy dolida) Creo que ya vi y escuché lo suficiente. Yo te di todo lo mejor de mí, Luis Enrique. ¡Todo! (Llorando furiosa) Me fui en contra de mi padre que tanto me advirtió no casarme contigo y mira. ¡Mira cómo me pagaste todos los años que te dediqué y en vano!

Luis Enrique: Tú te lo buscaste. Desde el principio fuiste una mojigata, una inútil. Ni en la cama eres buena y ni para darme un hijo serviste. Todo esto es solo tu culpa.

Marissa: ¡Basta! ¡No pienso permitir que me humilles más con tus palabras! Fui una estúpida que confió ciegamente en ti. Varias veces lo sospeché, pero por amor a ti, por guardarte respeto, nunca te reproché nada ni te hice reclamos.

Cecilia: (cínica) Pues ahí tienes a tu marido y ahora que ya lo sabes, espero te divorcies y me lo dejes solo para mí, aunque, pensándolo bien, todo este tiempo ha sido mío. Él sí ha sido un verdadero marido conmigo.

Marissa: Entonces quédatelo que no me interesa seguir casada con un pobre infeliz que sólo se aprovechó de mi posición social y de mi dinero. Espera muy pronto la demanda de divorcio por mi parte, Luis Enrique. Lo nuestro se termina de una vez por todas.

Marissa sale de la habitación a paso rápido y cierra la puerta de un portazo.

Luis Enrique: (furioso) ¡Maldición! ¿Cómo se enteró que estaba precisamente en Villa Encantada y contigo?

Cecilia: Déjala. Igual ya se enteró. ¿Qué más puedes hacer? Es mejor así, mi amor.

Luis Enrique: (levantándose de la cama) Pues no. Te dije antes de que esa estúpida llegara que un divorcio no me conviene. Marissa es la del dinero.

Cecilia: ¿Es que acaso en tantos años de matrimonio no tuviste los pantalones para conseguir dinero de tu propia cuenta?

Luis Enrique se viste rápidamente.

Luis Enrique: No pienso discutir eso contigo. Debo ir a calmarla.

Cecilia: ¡Luis Enrique! ¡Te prohíbo que salgas! ¡Quédate conmigo!

Luis Enrique: Luego hablamos tú y yo. No pienso perder lo que con tanto esfuerzo me costó lograr.

Luis Enrique termina de ponerse la ropa y sale corriendo detrás de Marissa. Cecilia se queda frustrada en la cama y aun cubriéndose con las sábanas, pero en un momento dado sonríe con malicia.

Cecilia: Por fin voy a quitar del camino a esa mujer y Luis Enrique me va a dar el estatus que me corresponde. Hice bien en enviarle esas fotos a su teléfono.

Entretanto, se ve a Marissa saliendo del departamento llorando en medio de una lluvia que ha comenzado a caer. La mujer sube rápidamente a su auto. Luis Enrique la persigue, pero no logra alcanzarla.

Luis Enrique: ¡Marissa! ¡Marissa! ¡Vuelve aquí, maldita sea!

Marissa enciende el auto y se va. Luis Enrique lo persigue, pero le es imposible. El auto se aleja en medio de la fuerte tormenta que está cayendo. La mujer conduce llorando amargamente en medio de las solitarias calles del pueblo rumbo a la capital.

Marissa: Me ha estado engañando durante años ese desgraciado con esa otra mujerzuela (Llorando). Hasta tenía otra familia con ella, pero no les daré el gusto de que disfruten de mi dinero. Voy ya mismo a hablar con mi abogado, aunque sea lo último que haga.

De repente, un gran camión viene en dirección contraria e ilumina con las luces delanteras el auto de Marissa haciendo sonar la bocina. Marissa grita asustada y esquiva el camión apartando su auto hacia el otro lado de la carretera, pero pierde el control y empieza a rodar por un barranco repetidas veces de forma brutal. La mujer se golpea la cabeza y el auto cae en el río, sumergiéndose mientras que ella pierde el conocimiento.

CONTINUARÁ…

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