Capítulo 10: Grandes revelaciones (2° parte)

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA



Lucrecia se encuentra caminando de un lado a otro sintiéndose intranquila luego de que Eduardo saliera corriendo de la hacienda después de escucharla hablando con Lisa. Ésta última, por su parte, también se encuentra presente en la sala.



Lisa: (preocupada) Tenemos que hacer algo. Mi papá salió como loco de aquí. Puede sufrir un accidente.

Lucrecia: Pues si ocurre un accidente, sería exclusivamente tu culpa. Tú vas a ser la única culpable de lo que le pase a Eduardo, malnacida. ¡Demonio! (Habla con mucho desprecio).

Lisa: Cállate. A mi papi no le puede pasar nada. Era hora de que se enterara de la verdad, que supiera que su amada esposa no fue más que una ofrecida y una sinvergüenza.

Lucrecia: Y tú saliste exactamente igual a ella. Mírate nomás. Estás enferma. ¡Completamente enferma! Pero te juro que, si algo malo le pasa a mi hijo, me las vas a pagar, muchachita.

Lisa: (incrédula) Ja, ¿y qué me puedes hacer tú a mí, vieja decrépita? Te recuerdo que no soy tu nieta y si antes te soporté fue para guardar apariencias, pero ya me cansé. ¡Que se enteren todos que no somos familia! (Gritando).

Lucrecia: ¡Silencio! (La toma con brusquedad de un brazo) Te prohíbo decirle a alguien más sobre esto. Nadie en el pueblo se puede enterar que eres una bastarda, hija de quién sabe. Vamos a seguir guardando apariencias tal y como hiciste te guste o no. ¿Escuchaste?

Manuel hace aparición en escena en ese momento.



Manuel: (extrañado) ¿Por qué discuten? ¿Qué está pasando? Vi salir a Eduardo y al parecer no muy bien.

Lucrecia no dice palabra alguna, mira fulminante a su hijo y, sin darse a la espera, le lanza una sonora cachetada que lo deja sorprendido. Lisa sonríe con malicia ante ello.

Manuel: Mamá, pero…

Lucrecia: (furiosa) ¡Cállate! Tú no eres más que otro gusano miserable. ¡Un maldito traidor!

Manuel: (desconcertado) ¿Por qué me tratas así? No entiendo.

Lucrecia: ¿No entiendes? (Sarcástica) ¿Y si te digo que ya estoy enterada de que fuiste amante de Helena entenderías?

Manuel desencaja el rostro al escuchar a Lucrecia e inmediatamente mira a Lisa. Ésta sólo le sonríe con una desmedida burla.

Manuel: (a Lisa) ¿Fuiste capaz de decirle?

Lisa: Estamos a mano, tío. Estoy segura de que quien grabó ese video íntimo de mi papi y yo fuiste tú, y se lo mandaste a la abuela a propósito para destruirme. ¿Me equivoco?

Lucrecia: (a Manuel) ¿Entonces fuiste tú quien me envió el video a mi celular?

Manuel: (apenado) Sí, mamá, pero lo hice para que supieras la verdad. No era justo que esta bastarda se burlara de nosotros y engatusara a mi hermano.

Lisa: ¡Mentira! Lo hiciste por celos. De seguro nos descubriste y para vengarte nos grabaste. Te dolió que prefiera a tu hermano por encima de ti.

Lucrecia: (desconcertada) ¿De qué estás hablando ahora, Lisa?

Lisa: Ah, cierto. Eso tampoco lo sabes, “abuelita”. Pasa que mi tío de mentira no sólo fue amante de mi mamá. También ha sido mi amante desde hace casi tres años. Él ya sabía la verdad sobre mí, pero la mantuvo oculta para beneficio propio.

Lucrecia se sorprende en gran manera al escucharla.

Manuel: ¡No le creas, mamá! Está mintiendo.

Lisa: El único que miente aquí eres tú. Reconócelo. Dile a tu madre que eres un pervertido, capaz de meterse con jovencitas como yo. Tú sólo esperas apoderarte de todo y dejar por fuera a tu hermano y hasta a tu misma madre.

Lucrecia: Esto es demasiado… Mi hogar es un infierno, una sarta de mentiras (Llorando).

Manuel: Mamá, te pido que no le creas. Es cierto que fui su amante, pero ella fue quien me busqué…

Lucrecia: Cállate, Manuel. No quiero escuchar nada más de ninguno de los dos. Tengo que buscar a Eduardo antes de que cometa una locura…

Lucrecia respira agitada e intenta caminar, pero en el intento, termina por desplomarse en el piso y perder el conocimiento.

Manuel: (preocupado) ¡Madre!

Manuel corre hacia ella e intenta hacerla reaccionar, pero es inútil.

Manuel: Mamá, dime algo. Mamá... (Moviéndola).

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

Un doctor se encuentra revisando a Danilo con el estetoscopio. El joven reposa despierto sobre la cama y en la habitación también está presente Cecilia.



Cecilia: ¿Cómo ve a mi hijo, doctor?

El doctor se quita el estetoscopio de los oídos al tiempo que le responde a Cecilia.

Doctor: Bien, señora. Por lo menos su ritmo cardiaco está normal y tiene buena presión sanguínea.

Danilo: Menos mal. ¿Cuándo creen que me van a dar de alta, doctor? Me siento recuperado ya y me quiero ir.

Cecilia: Qué recuperado ni qué nada, Danilo. Tan solo ayer ingresaste al hospital, ¿y ya te quieres ir? Tienes que esperar por lo menos unos días más, hijo.

Doctor: Así es. La herida tiene que cicatrizar primero para luego proceder a retirar los puntos y para eso hay que esperar como mucho unos quince días más.

Danilo: (fastidiado) ¿Quince días más? Ya valí…

Cecilia: Es por tu bien. No seas terco. Ten un tantito de paciencia.

Doctor: Bueno. Los dejo a solas para que platiquen. Con permiso.

Danilo: Gracias, doctor.

El doctor se retira de la habitación. Cecilia se acerca a la cama y toma una de las manos de Danilo sonriéndole.

Cecilia: Ya deberías quitar esa cara, hijo. Agradece que estás bien y que lo que te pasó no fue peor. Por un momento pensé que te iba a perder.

Danilo: Tengo que volver en cuanto antes a la hacienda, mamá. No me puedo quedar aquí postrado en esta cama.

Cecilia: Dale con lo mismo y si es por trabajo, no te preocupes. Estoy segura que don Eduardo entenderá y vas a conservar tu trabajo.

Danilo: No me preocupa el trabajo. Me preocupa que ese maldito cerdo de Tarcisio se atreva a ponerle un dedo encima a la señora como intentó hacerlo ayer.

Cecilia: ¿Entonces sí fue él quien te apuñaló?

Danilo: Claro, mamá. ¿Quién más crees que lo pudo hacer? Fue él cuando nos empezamos a pelear. El muy cínico quería abusar de ella y yo no me podía quedar de brazos cruzados. Tenía que defenderla.

Cecilia: Pues mira nomás a dónde viniste a parar por esa mujer que es una completa desconocida. Hiciste muy mal, eh. Doña Lucrecia se puso furiosa cuando supo que tú la mantuviste escondida en la hacienda sin su permiso y de no ser por don Eduardo, nos habrían corrido a todos.

Danilo: Tenía que ayudarla. ¿Casimira o Milena no te dijeron?

Cecilia: Sí, algo escuché de que tú le salvaste la vida, pero por Dios, Danilo. ¿En qué pensabas cuando la escondiste en tu habitación?

Danilo: ¿Qué más querías que hiciera? Ella estaba muy mal, se estaba muriendo y luego cuando recuperó la consciencia, no recordaba nada. El accidente que sufrió la dejó muy mal, mamá.

Cecilia: (intrigada) ¿Qué clase de accidente fue?

Danilo: No estoy muy seguro, pero creo que se salió de la vía a la salida del pueblo y fue a parar el río en su coche.

Cecilia: ¿Y estás completamente seguro de que no recuerda nada?

Danilo: Claro, en sus ojos podía ver lo confundida y frustrada que se sentía por no poder recordar nada de su vida ni siquiera su nombre. Incluso yo le prometí ayudarla, sólo que… (Se detiene).

Cecilia: (extrañada) ¿Sólo que qué? ¿Qué ibas a decir?

Danilo: (suspirando) ¿Te acuerdas de la vez que nos cachaste a Casimira y a mí discutiendo en la cocina y me viste empapado?

Cecilia: Sí. Recuerdo que me dijiste que habías salido a buscar una amiga de la prepa. ¿Por qué?

Danilo: En realidad esa noche había salido a buscar a la señora porque desapareció sin decir nada y justo discutía con Casimira sobre eso. Ella comenzó a notar que me preocupaba demasiado por la señora y terminó descubriendo que me enamoré de ella.

Cecilia: (impactada) ¿Qué dices? ¿Entonces lo que Tarcisio dijo es cierto? ¿Te enamoraste de esa mojigata desgraciada? (Molesta).

Danilo: (extrañado) ¿Por qué la llamas así?

Cecilia: ¿Qué importa cómo la llame? Tú no te puedes fijar en esa mujer, Danilo. Tienes que olvidarte de ella a como dé lugar. ¿Me entendiste?

Danilo observa desconcertado a su madre sin entender el por qué a su extraño requerimiento.

INT. / CASA DE CASIMIRA, SALA / DÍA

Marissa le entrega una taza de café a Epifanio, quien está sentado en un sofá. Ella se sienta en otro sofá frente a él.



Epifanio: Gracias, muchacha (Toma un sorbo).

Marissa: De nada. Espero que le guste (Sonriendo). ¿Me dijo que se llama Epifanio de La Torre?

Epifanio: Así es. Mi nombre es bien conocido en todo el pueblo y la región por la cuantiosa fortuna que poseo. Tengo algunos negocios bastante rentables que me generan buenos ingresos e incluso mi hija Carolina maneja una agencia de modelaje en la capital.

Marissa: (sorprendida) ¿Entonces cómo logró obtener tanta riqueza dado que fue primeramente el chofer de mi familia?

Epifanio: Por ahí empieza la historia que tenía para contarte y ya que el destino nos cruzó de esta manera, tengo que aprovechar la oportunidad de darte las gracias en vista de que no se las pude dar a tu padre por haberme salvado la vida.

Marissa: ¿Cómo fue que sucedió eso, don Epifanio? ¿Cómo fue que mi padre le salvó la vida como dice usted?

Epifanio pone la taza de café en la pequeña mesa de en medio y se dispone a contar su historia.

Epifanio: Toda mi desgracia empezó por culpa de mi padre. Él era un alcohólico empedernido, se gastaba el dinero que le daba para comer en apuestas y se endeudó demasiado con varios prestamistas para seguir apostando en casinos.

Marissa: Cuánto lo siento. Debe ser duro para usted recordar algo así.

Epifanio: Tienes razón. El pasado siempre vuelve de alguna manera, pero todo tiene su lado positivo. De no ser por esa situación, tal vez no sería quien soy hoy en día. El caso es que, mi padre se endeudó a un punto en que sus prestamistas terminaron por asesinarlo de una golpiza.

Marissa: (apenada) ¡Dios mío! Qué tragedia.

Epifanio: Pero no pararon ahí. Querían recuperar su dinero y fueron por mí para que les pagara lo que mi padre les debía. Intentaron matarme también y logré escapar, así que no vi de otra que pedirle ayuda a tu padre.

Marissa se sorprende al escucharlo. Epifanio sigue hablando con algo de nostalgia.

Epifanio: Él me dio dinero para que me fuera lejos y una carta de recomendación para que consiguiera trabajo en este pueblo, pero todo pasó tan rápido y temía tanto por mi vida que ni las gracias alcancé a darle. Tan sólo le prometí que algún día regresaría para pagarle de alguna manera su ayuda.

Marissa: Por esa razón, a medida que fui creciendo, nunca supe de usted.

Epifanio: Fue porque a mi partida aún eras una niña pequeña y esa noche de mi huida, lo único que hice fue llegar a la estación de trenes y llegué a Villa Encantada buscando a la familia de La Torre, pero mi sorpresa fue enorme al encontrarme con que el único miembro de la familia con vida era un hombre ya anciano, solitario, pero muy rico.

Marissa: ¿Entonces ese señor era conocido de mi padre?

Epifanio: Sí. No eran allegados, pero sí habían tenido algún tipo de relación estrictamente de negocios alguna vez. El caso es que, aquel hombre se compadeció de mí al verme golpeado y malherido, que decidió adoptarme. Como su único hijo había muerto, dijo que yo se lo recordaba y terminó dándome su apellido.

Marissa: Qué historia, don Epifanio. Parece sacada de algún libro o novela.

Epifanio: Lo sé. Tuve mucha suerte. Él pagó mis estudios en el exterior. Me confió su riqueza y me heredó absolutamente todo al morir. Luego me casé y tuve una hija, pero mi esposa murió y al día de hoy sigo viudo.

Marissa: Ahora entiendo por qué siente tanto agradecimiento hacia mi padre.

Epifanio: Así es. Por él también tuvo todo lo que hoy me pertenece y en cuanto te vi, te reconocí. Eres muy parecida a tu madre, pero no podías ser ella, así que supuse que podías ser la pequeña Marissa que conocí una vez.

Cruz, afuera de la casa, decide acercarse con cautela a la puerta y se recuesta en ella para escuchar qué sucede adentro.



Cruz: Vamos a ver qué se traen ese par. Esto no me huele nada bien y no puedo ser yo (Olfateando). Hoy me bañé con jabones perfumados.

Cruz comienza a escuchar desde allí afuera las voces de Marissa y de Epifanio, pero no se enfoca la escena interior de ellos dentro de la casa.

Marissa: Mi padre solía decirme lo mismo. Vivía nostálgico porque mi madre murió muy joven de una enfermedad cuando yo tenía como diez años.

Epifanio: Y eres igual de hermosa que ella. Debo confesar que es como volverla a ver después de todo lo que pasó entre nosotros.

Marissa: (extrañada) ¿A qué se refiere, don Epifanio?

En ese momento se hace cambio de escena a la del interior de la casa.

Epifanio: Tu madre y yo fuimos pareja antes de que ella decidiera casarse con tu padre.

Marissa: (muy sorprendida) ¿De verdad?

Epifanio: Tal vez tú no lo sabes, pero tu madre también trabajó para tu padre. Ella era la muchacha del aseo y solíamos vernos a escondidas en la mansión para que nadie supiera de lo nuestro, pero tu padre también estaba enamorado de ella y comenzó a cortejarla.

Marissa: (impactada) No lo puedo creer. Nunca imaginé escuchar una historia como esa del pasado de mis padres.

Epifanio: Te entiendo. Verte a ti fue revivir cosas que tiempo atrás creí muertas, pero no lo tomes como un cumplido de mi parte. Yo nunca podría verte como mujer de la misma manera que vi a tu madre a pesar de que ella prefirió casarse con tu padre para vivir una vida mejor.

Marissa: ¿Mi madre hizo eso? ¿Lo dejó a usted por… interés?

Epifanio: Sí, pero no la juzgues ni pienses mal de ella. Entiendo que a mi lado ella nunca habría tenido nada de lo que tuvo al lado de tu padre. Respeté su decisión y, aunque me dolió, la perdoné con el tiempo a pesar del daño que me hizo y por haberme hecho renunciar a ti (Perturbado).

Marissa: (extrañada) ¿Cómo que apartarme de mí? ¿Qué quiere usted decir con eso, don Epifanio?

Epifanio: Es algo demasiado fuerte para decirlo ahora y no creo que tengas el temple para escucharlo.

Marissa: (desconcertada) Pero ya que estamos hablando y que usted me ha contado su historia, no debería dejarme en ascuas. Debería terminar de decírmelo todo y más si yo estoy involucrada.

Epifanio: De hecho, lo estás, Marissa. Tú y yo nos relacionamos más de lo que te puedas imaginar y no sólo por el hecho de que yo haya conocido a tus padres.

Marissa: Entonces, dígame. ¿De qué otra manera nos relacionamos usted y yo?

Epifanio: Cuando te vi ahora fue tanta mi impresión que incluso en este momento me resulta difícil de creer que te tenga frente a mí y hay una razón para eso.

Marissa: Por favor, dígame, don Epifanio. Está comenzando a preocuparme. ¿Es algo grave?

Epifanio baja la cabeza y hace una pausa incapaz de mirar a los ojos a Marissa. Ésta lo mira, por su parte, totalmente desconcertada e intrigada. El hombre toma aire y vuelve a levantar la cabeza para encarar a Marissa.

Epifanio: De la relación que tuvimos tu madre y yo, hubo un fruto, Marissa y ese fruto eres tú. Heliodoro en realidad no fue tu padre.

Marissa se impacta en gran manera al escuchar tal revelación al punto de que sus ojos se ven desorbitados.

Epifanio: Tu verdadero padre soy yo. Tú eres mi hija.

Marissa se cubre con sus manos la boca y niega con la cabeza sin poder asumir dicha verdad. Cruz, afuera de la casa, también luce sumamente sorprendida y se persigna.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE URGENCIAS / DÍA

Unos paramédicos transportan sobre una camilla a Lucrecia, quien sigue inconsciente luego del desmayo que sufrió. Detrás de los paramédicos van Manuel y Lisa.



Manuel: (preocupado) ¡Tienen que salvar a mi mamá! No la pueden dejar morir, por favor. Sálvenla.

Los paramédicos ingresan a Lucrecia a la sala de urgencias. Manuel también intenta ingresar, pero una enfermera se le interpone en el paso.

Enfermera: Disculpe, señor, pero no puede pasar.

Manuel: (molesto) Déjeme. Es mi madre. Tengo que ver qué pasa con ella.

Enfermera: Tiene que estar al pendiente de cualquier noticia en la noticia en la sala de espera, pero no puede pasar. Entienda, por favor. Esta área está solo reservada para el personal médico.

Manuel se aleja de la enfermera sintiéndose frustrado y se pasa las manos por la cabeza para luego darle un golpe a la pared. Lisa se acerca a él.

Lisa: Quien te viera, pensaría que de verdad te importa lo que pase con esa vieja dinosauria.

Manuel se voltea a verla mirándola fulminante y sin darse a la espera, le lanza una cachetada leve que pasa desapercibida para el resto de personas que hay alrededor.

Lisa: (furiosa) ¿Cómo te atreves?

Manuel: ¿Cómo te atreviste tú? Todo esto es tu maldita culpa (La toma de un brazo con brusquedad). Mi hermano desapareció quién sabe a dónde y ahora mi mamá se puso mal.

Lisa: (soltándose) ¿Mi culpa? No seas tan cínico. Tú empezaste con esto desde el momento en que cometiste la estupidez de grabarnos a mi papá y a mí en la cama.

Manuel: Pensé que teníamos un trato y que yo era el único para ti. Por eso me cegué de ira cuando los descubrí.

Lisa: Bien dicho. Eras el único hasta que tu hermano me hizo anoche el amor como nunca (Sonríe con descaro). Él es mucho mejor que tú, ¿sabes? Más fogoso, más apasionado…

Manuel enfurece e intenta cachetear de nuevo a la muchacha, pero ésta le detiene la mano.

Lisa: Atrévete de nuevo y no me quedaré callada, porque hago un escándalo y te meto una demanda por maltrato. Recuerda que aún soy menor de edad y aparte de todo, mujer, así que te iría muy mal, tiito.

Manuel: (furioso) Espero te largues muy lejos de la hacienda. Ya que no hay nada entre tú y yo, y tanto mi mamá como Eduardo saben la verdad sobre ti, puedes ir ya mismo por tus cosas e irte.

Lisa: Pues no me pienso ir. Antes de que tú nos interrumpieras, la abuela justo me decía que las cosas seguirán igual en la familia y a ojos de todo el mundo seguiré siendo la hija de Eduardo Román, y pensándolo bien, hasta me gusta la idea. Mi objetivo es convertirme en su mujer.

Manuel: (incrédulo) Ja, ¿en serio crees que mi hermano te va a hacer su mujer después de que toda la vida te vio como su hija? Estás loca.

Lisa: Loca no, inteligente que es una cosa muy distinta, tío Manuel. Lo que viste anoche no fue casualidad.

Manuel: (extrañado) ¿Qué quieres decir?

Lisa: Digamos que estoy en mis días fértiles y esperaba la oportunidad para estar a solas con mi papi para que me hiciera un hijo, y anoche por fin se dio.

Manuel: (sorprendido) ¿Me estás diciendo que…?

Lisa: (sonriendo con malicia) Sí, es justo lo que estás pensando. Muy seguramente he quedado embarazada luego del encuentro pasional que Eduardo y yo compartimos. Ahora sí vas a ser tío de verdad. ¿No te parece genial?

Manuel: Ya veremos si tus planes salen tal cual como dices. Todavía estoy yo de por medio y no pienso permitir que te apoderes de algo que no te pertenece.

Lisa: Entonces que sea una guerra declarada.

Lisa enarca una ceja y mira fulminante a Manuel para luego retirarse del hospital.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

Por otra parte, en el mismo hospital, pero en la habitación de Danilo, Cecilia se ha molestado en gran manera luego de que él le confesara que se enamoró de Marissa. Danilo luce extrañado por la actitud que su madre ha tomado.



Danilo: (desconcertado) ¿Por qué te pones así, mamá? ¿Qué tiene de malo?

Cecilia: Mucho. Esa mujer no es para ti y sé por qué te lo digo. No la puedes volver a ver por nada del mundo, así que olvídate de ella.

Danilo: Pues yo no le veo nada de malo. Son mis sentimientos y no voy a renunciar tan fácil a la señora. Yo la quiero y voy a protegerla de quién sea.

Cecilia: (frustrada) Pero, Danilo, ¿por qué ella? ¿Qué le viste? Te dobla casi la edad, hijo. No es para ti y si no recuerda nada, ¿no temes que tenga un pasado turbio?

Danilo: (fastidiado), Ah, ya, no te pongas en la misma tónica de Casimira. Ella también me dijo lo mismo, pero deben entender las dos que son mis decisiones y no pueden mandar en lo que siento.

Cecilia: Definitivamente te volviste loco. Venir a poner tus ojos en ésa de tantas mujeres jóvenes que hay en el mundo.

Danilo: Mejor ya no me regañes más y dime qué pasó con ella después de que desmayé. ¿Está en la hacienda?

Cecilia: (muy seria) No, no está.

Danilo: (preocupado) ¿Qué? ¿Y a dónde fue si no tiene dónde más quedarse?

Cecilia: ¿Qué sé yo? ¿Esperabas que se quedara en la hacienda tan campante después de todo el escándalo que formó? Ya te dije que por poco nos corren a todos por tu culpa y por culpa de ella también.

Danilo: Ella no tiene la culpa de nada, mamá. Deja de juzgarla. Lo importante ahora es saber qué camino tomó si perdió completamente la memoria. Eso es lo que me deja más preocupado.

Danilo se queda pensativo y perturbado pensando en ello. Cecilia lo mira con suspicacia y molestia al saber a su hijo enamorado de su peor enemiga.

INT. / CASA DE CASIMIRA, SALA / DÍA

Epifanio le ha confesado a Marissa que es su verdadero padre, revelación que ha dejado impactada en gran manera a la mujer. Cruz sigue escuchando detrás de la puerta principal de la casa.



Marissa: (en un hilo de voz) Usted no puede estar hablando en serio, don Epifanio. Eso es imposible. No puede ser…

Epifanio: Lamento que te hayas enterado así, hija, pero…

Marissa: (lo interrumpe) ¡No me diga hija! Yo no soy su hija. Mi padre fue Heliodoro Miranda.

Epifanio: Sí, lo fue, pero esa fue una verdad de apariencia que tu madre les hizo creer a todos, menos a mí. Yo sí supe la verdad desde un principio cuando ella se casó y resultó embarazada a solo un par de semanas. Ella misma me lo confesó cuando la encaré.

Marissa: (solloza) ¡Es que no puede ser! Tiene que haber un error. Mi mamá no pudo haber hecho una cosa así, habernos engañado a todos y haber engañado a mi papá.

Epifanio: Yo sé que es difícil de creer para ti. Es duro enterarse de algo así cuando menos lo esperas, pero entiéndeme también a mí, muchacha. Yo tampoco esperaba encontrarme contigo un día como hoy y verte convertida ya en toda una mujer.

Marissa rompe a llorar desconcertada y sin lograr asumir aún esa revelación. Epifanio la mira con lástima.

Epifanio: Tú no sabes la tortura por la que tuve que padecer cuando tu madre me amenazó para nunca decir la verdad. Me chantajeó diciéndome que, con Heliodoro, tú tendrías una mejor vida que conmigo que era un pobre diablo y tenía razón, de no ser porque mi suerte cambió después y me convertí en quien soy hoy.

Marissa: Todavía no logro creer algo así. Toda mi vida la viví engañada y no sólo yo, sino mi padre también. ¿Cómo pudo mi madre mentirnos a todos?

Epifanio: Ella solo quería su bienestar y el tuyo también.

Marissa: Pero no a este precio. Lo que hizo estuvo muy mal. Mentir es lo peor que alguien puede hacer y yo lo sé muy bien porque mi hogar también estuvo rodeado de mentiras y el dolor que se siente al descubrir la verdad es horrible.

Epifanio: (sonriendo levemente) Lo que importa ahora es que el destino nos puso en el mismo camino después de décadas, Marissa. Han sido muchísimos años en los que pensé qué pudo haber sido de ti y, aunque estábamos separados, yo siempre te tuve presente.

Marissa: ¿Por qué no lo dijo antes entonces? ¿Por qué simplemente cuando se convirtió en el hombre distinguido que es ahora no volvió a la capital para hablar con mi padre y decirle la verdad? ¿Por qué? (Habla con reproche).

Epifanio: No era tan fácil. Yo nunca incluso te habría dicho la verdad de no ser porque me reencontré contigo en el lugar y en el momento menos esperados.

Marissa: Entonces, si nunca tuvo la disposición de revelarlo todo, ¿cómo puede decir que me tuvo presente? ¿Tan poco signifiqué para usted? (Llorando).

Epifanio: Marissa…

Marissa: Lo hizo porque quería dejar atrás su pasado. Esa es la verdad. Un verdadero padre no se habría escondido ni habría permitido que esta sarta de mentiras se mantuviera oculta durante tanto tiempo, además, ¿quién me garantiza si quiera que esto es cierto?

Epifanio: ¿Cómo puedes decir eso? Por supuesto que lo es. No podría mentir con algo tan delicado después de lo que Heliodoro hizo por mí. Debes creerme.

Marissa: (negando con la cabeza) No puedo. Me resulta imposible creer en las personas porque cada vez me doy cuenta que todos mienten a su antojo y ya me cansé de eso.

Epifanio: Está bien. Es normal que te sientas así. No te pido que me vas como tu padre cuando más de cuarenta años han pasado.

Marissa: (muy seria) Exactamente, más de cuarenta años y por eso, el único padre al que reconozco se llamó Heliodoro Miranda, el hombre que estuvo a mi lado y me enseñó a ser quien soy. No tengo a ningún otro padre.

Marissa mira muy seria a Epifanio, quien baja la cabeza sintiéndose un poco triste.

Epifanio: (asentando con la cabeza) No te preocupes. No pienso forzarte a nada, mucho menos en un momento como éste que ambos tenemos los nervios alterados. Lo mejor es que me vaya (Se pone de pie). Cuídate mucho. Espero luego podamos hablar con más calma.

Epifanio procede a retirarse de la casa. Marissa permanece sentada en el sofá y lo ignora, aunque se siente devastada en su interior. Cuando Epifanio abre la puerta, Cruz pierde el equilibrio luego de haber estado escuchando y se cae para dentro de la casa.



Cruz: ¡Ay!

Epifanio se sorprende al verla. Marissa también voltea a ver y se extraña.

Epifanio: ¿Cruz? ¿Se puede saber qué carajos hacías ahí parada? (Molesto).

Cruz alza la mirada y enmudece sin saber qué responder ante la mirada acusadora de su exjefe.

INT. / BAR DE VILLA ENCANTADA / DÍA

Eduardo está bebiendo licor en un elegante bar del pueblo y se encuentra sentado a la barra. Tiene varias copas pequeñas vacías a su lado e incluso se ve algo ebrio ya.



Eduardo: (al barman) Deme otro doble, por favor.

Luis Enrique hace aparición en la escena en ese momento y al ver a Eduardo se acerca a él poniéndole la mano en el hombro.



Luis Enrique: Por fin te encuentro. Me imaginé que estarías aquí.

Eduardo: (sorprendido) ¿Me buscabas?

Luis Enrique: Por supuesto. Esta tarde tenía una reunión con tu madre. Íbamos a discutir sobre la propuesta que te hice el otro día, ¿recuerdas?

Eduardo: Sí, lo recuerdo, pero ahora no quiero escuchar nada de negocios, Luis Enrique. Déjame en paz. Vete.

Luis Enrique: Pues vas a tenerme que escuchar quieras o no. No sé qué sucedió exactamente en tu casa, pero me supongo que es algo grave como para que tú estés aquí emborrachándote y como para que tu madre fuera a parar al hospital.

Eduardo: ¿Como que el hospital? ¿Qué le pasó a mi mamá?

Luis Enrique: ¿Ahora sí te interesa escucharme?

Eduardo: (molesto) Déjate de estupideces y dime qué pasó.

Luis Enrique: Como te dije, íbamos a reunirnos, pero al ver que no llegaba al lugar donde nos citamos, la llamé y me contestó Casimira que me dijo que se la llevaron para al hospital. Tal parece que doña Lucrecia se desmayó, pero no me dio detalles.

Eduardo: (preocupado) Mi mamá. No puede ser. Debí haberme quedado con ella. Tengo que ir para allá.

Eduardo se bebe de un solo sorbo la copa que el barman le había servido y se dispone a salir en dirección al hospital. Luis Enrique sale tras él.

Luis Enrique: Espérate, hombre, que así en ese estado no puedes conducir.

Eduardo: No me importa, Luis Enrique. Tengo que estar con mi madre. No la puedo dejar sola y si algo le pasa va a ser mi culpa.

Luis Enrique: Entonces, déjame llevarte en mi auto. Vamos juntos que ahora lo importante es que llegues al hospital a ver a tu madre y no que llegues por cuenta de un accidente por andar conduciendo borracho.

Los dos hombres salen del bar caminando con prisa.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA

Manuel se encuentra sentado en una de las sillas de la sala de espera del hospital, pero se está quedando dormido y no se percata de que una joven mujer pasa delante de él vestida de enfermera, sin embargo, no se puede enfocar su rostro. Dicha mujer se adentra en las habitaciones a las que trasladan a los pacientes y entra particularmente a la de Lucrecia, quien yace acostada sobre la cama, conectada a un electrocardiograma y a suero fisiológico.

La enfermera misteriosa cierra la puerta en silencio, se acerca a la cama y toma la almohada con cuidado. Lucrecia abre los ojos lentamente y ve algo borroso, pero cuando su vista se aclara, se sorprende sumamente al reconocer a aquella persona.



Lucrecia: (respirando agitada) ¿Qué haces?

La enfermera misteriosa no responde y toma la almohada entre sus manos acercándola lentamente al rostro de Lucrecia.

Lucrecia: (aterrada) ¡No, no lo hagas! ¡Por favor!

Pero la enfermera ignora las súplicas de la mujer y sin pestañear, comienza a ahogar con la almohada a Lucrecia sin detenerse un solo instante. Lucrecia intenta defenderse y se revuelve en la cama, pero le es imposible. La fuerza de aquella mujer misteriosa es superior. Poco a poco, Lucrecia va perdiendo cada vez más las fuerzas hasta llegar a un punto en que no se defiende más. Deja caer los brazos y el electrocardiograma comienza a emitir un sonido plano indicando que ha perdido su vida para siempre. En ese momento la cámara enfoca el rostro de la enfermera misteriosa y se puede ver que se trata de nada más y nada menos que Lisa, quien retira la almohada del rostro de Lucrecia y la observa con una profunda frialdad.



CONTINUARÁ…

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