Capítulo 11: Infortunado descubrimiento

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA



Casimira y Milena platican en la cocina. La primera está picando un tomate sobre el mesón mientras que la segunda lava los platos.



Milena: (sorprendida) ¿Neta? ¿Me estás diciendo que a la vieja amargada de doña Lucrecia se le fueron las luces?

Casimira: Te estoy diciendo que sí. Don Manuel la recostó en un sofá mientras llegaba la ambulancia y yo iba por alcohol pa’ ponerle en la nariz con algodón a ver si despertaba, pero ni así, te cuento.

Milena: No lo puedo creer (Cierra el grifo). ¿Tú crees que se muera?

Casimira: ¡Ay! ¡Qué cosas dices, muchacha! (Se persigna).

Milena: ¿Qué te sorprende, Casimira? Para nadie es un secreto que doña Lucrecia ya está bien ruca y nadie tiene la vida comprada.

Casimira: Pero esas cosas no se dicen, aunque sabes que no me extrañaría que a la pobre le diera un infarto de la impresión. Esta familia tiene más secretos de lo que tú y yo nos imaginamos.

Milena: (extrañada) ¿Por qué lo dices?

Casimira: Por nada. Tú sigue en lo tuyo. Yo ya terminé aquí de poner la cena por si alguno de la familia viene, aunque lo dudo. Deben andar todos bien preocupados en el hospital. Iré mientras arriba por la ropa sucia.

Casimira se limpia las manos en el delantal y sale de la cocina dejando extrañada a Milena.

INT. / CASA DE CASIMIRA, SALA / DÍA

Cruz ha sido descubierta cuando estaba escuchando detrás de la puerta la conversación entre Marissa y Epifanio. Marissa se pone de pie.



Marissa: ¿Quién es esta señora?

Epifanio: Nadie. Tú no te preocupes, ya mismo me la llevo de aquí. Tú levántate de ahí (a Cruz).

Epifanio jala a Cruz de unos de brazos y la levanta del piso a la fuerza. Ésta gime adolorida.

Cruz: ¡Ay, don Epifanio! Espere…

Cruz sigue quejándose, pero Epifanio la ignora y la saca a la fuerza de la casa. Marissa se dirige a cerrar la puerta y una vez a solas, se recuesta sobre ella y se deja caer.

Marissa: Entonces, ¿no soy una Miranda en realidad? ¿Es posible que en verdad este hombre sea mi padre? (Perturbada) Dios mío. He vivida engañada toda mi vida. ¿Hasta cuándo más mentiras como si ya no hubiera tenido suficiente con lo de Luis Enrique?

Marissa se pasa las manos por su frondosa cabellera sintiéndose muy perturbada y afligida. Entretanto, afuera de la casa, Epifanio continúa sin soltar a Cruz.

Cruz: (adolorida) Don Epifanio, me está haciendo daño. Ya suélteme. Tenga un poco de consideración con una damisela como yo.

Epifanio suelta de mala gana a la mujer y la mira muy molesto.

Epifanio: Qué damisela ni qué nada. Eres una completa chismosa que disfruta meter sus narices donde no debe.

Cruz: (indignada) Me ofende. Yo soy una mujer muy seria, algo comunicadora, es verdad, pero seria.

Epifanio: Sí, comunicadora. ¿Cómo no? Yo sé que estabas escuchando todo detrás de la puerta, ¿no es así?

Cruz: (fingiendo indignación) ¿Yo? ¿Cómo puede pensar semejante cosa de mí? ¿Por quién me toma?

Epifanio: Ya déjate de tus aires de diva y de dama de alta sociedad que pareces un personaje sacado de un cuento de terror con esa cara, ese pelo, esas cejas.

Cruz: (ofendida) ¡Don Epifanio! ¡Respéteme! ¡Le recuerdo que ya no trabajo para usted!

Epifanio: Gracias a Dios, porque ya me hubieras hecho perder la cordura. Suficiente te soporté por años para que te sigas entrometiendo en mi vida.

Cruz: Pues, aunque usted no lo crea, tan solo quería protegerlo. Vi que iba con esa mujer y cuando entraron a esa casa, pensé lo peor y quería estar alerta para salir en su defensa. Fue un acto puro, sincero y desinteresado de amor.

Epifanio: Por favor, Cruz, no menciones eso de nuevo.

Cruz: ¿Por qué? Yo lo amo con toda mi alma. Quiero ser su mujer y entregarme por completo a usted. ¡Pídame que sea su esposa!

Cruz se acerca a Epifanio y lo toma con cierto desespero de la ropa.

Epifanio: ¿Qué estás haciendo? Detente.

Cruz: ¡Ámeme, don Epifanio! ¡Ámeme! ¡Béseme!

Epifanio desorbita asustado los ojos ante el comportamiento exagerado de Cruz, quien estira sus labios para besarlo.

Epifanio: ¡Basta, Cruz! No hagas esto aquí en calle. Ya suéltame.

Cruz: Entonces vamos a un lugar privado. Mi casa es el lugar perfecto y no es muy lejos de aquí (Guiña un ojo). Vamos, don Epifanio. Vamos.

Finalmente, Cruz logra juntar sus labios con los de Epifanio y lo besa apasionadamente. Epifanio abre los ojos de sorpresa más de lo normal, pero no le corresponde.

Epifanio: (apartándose) ¿Te volviste loca? (Escupiendo) ¿Cómo fuiste capaz de besarme?

Pero Cruz no responde e inmediatamente cae desmayada de una forma muy cómica a la carretera. Epifanio se sorprende.

Epifanio: ¡Cruz!

El hombre se apresura a auxiliarla y la toma con delicadeza del rostro.

Epifanio: Cruz, dime algo (Dándole palmadas suaves en la cara). ¡Reacciona, por el amor de Dios!

Cruz sigue sin despertar ante la preocupación de Epifanio.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE

Ha caído finalmente la noche el pueblo. Eduardo y Luis Enrique llegan juntos al hospital. Manuel al verlos se levanta de donde se encontraba sentado.



Eduardo: (preocupado) ¿Cómo está mi mamá?

Manuel: Todavía no me dan ninguna novedad de ella. Llevo ya más de tres horas esperando.

Eduardo: ¿Y qué fue lo que ocurrió? ¿Cómo fue que se desmayó?

Manuel se siente incapaz de responder la pregunta de su hermano, pues precisamente el desmayo fue detonado cuando Lucrecia se enteró que él y Lisa han sido amantes por años.

Eduardo: ¿Por qué no me dices nada, Manuel? ¿Por qué mi mamá se desmayó? Habla.

Manuel: Porque estaba muy preocupada por ti. Tú saliste muy exaltado sin decir nada y ella quería ir a buscarte no sé a dónde y ahí fue cuando se desmayó, además, también estaba muy alterada por lo de Lisa que tú sabes.

Luis Enrique escucha con atención intrigado por saber qué ocurrió.

Eduardo: (perturbado) Pobre mamá. Ha recibido muchas malas noticias por estos días. Primero lo de la hipoteca, los problemas financieros y luego toda esta podredumbre en la que tú también estás involucrado (Habla con reproche).

Manuel: ¿Te refieres a lo que hubo entre Helena y yo?

Eduardo: (molesto) ¿Todavía tienes el descaro si quiera de mencionar su nombre frente a mí y reconocerlo?

Manuel: ¿Qué más quieres que haga? No pretenderás que niegue el hecho de que Helena alguna vez fue mía. Ya lo sabes. No tiene caso.

Eduardo enfurece ante ello y toma de la camisa a su hermano con ánimo de golpearlo. Luis Enrique se interpone.

Luis Enrique: Caballeros, por favor. Este no es el lugar para pelearse y menos en una situación como ésta. Recuerden que su madre está allá adentro.

Eduardo suelta de mala gana a su hermano empujándolo levemente. Manuel se acomoda la ropa. En ese momento, viene un doctor muy serio que se acerca a ellos.

Doctor: ¿Familiares de la señora Lucrecia Castillo?

Eduardo: Yo soy su hijo, doctor.

Manuel: Yo también. ¿Cómo sigue mi madre?

Doctor: Lamento tener que darles esta noticia, pero la señora Castillo ha fallecido.

Los presentes se impactan en gran manera al escuchar tal noticia de parte del doctor.

Eduardo: (respirando agitado) Eso no puede ser. Usted no puede estar hablando en serio. Mi madre no pudo haber muerto. ¡Dígame que no es verdad! (Gritando).

Luis Enrique: Eduardo, sé que es duro, pero esta no es la manera.

Eduardo: ¿Dónde está mi mamá? Tengo que verla. ¿Dónde está? (Grita muy alterado).

Doctor: En su habitación, señor, pero ya no hay nada que hacer. Lo sentimos mucho.

Eduardo no dice nada más y se adentra en las habitaciones de la sala de urgencias corriendo. Luis Enrique sale tras él.

Luis Enrique: ¡Eduardo! ¡Eduardo, espera!

Manuel, por su parte, ha enmudecido con la noticia y no puede evitar ponerse sollozo.

Manuel: ¿Cómo murió mi mamá, doctor? ¿Qué le pasó? (Desconcertado).

Doctor: Cuando ingresó al hospital, pude determinar que se trató de una baja de presión, pero dada la situación, falta hacer una autopsia para examinar las causas exactas. Puede que se haya tratado de un infarto.

Manuel se siente desbastado y se deja caer en una de las sillas de aquella sala de espera y comienza a llorar.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / NOCHE



Casimira se encuentra en la habitación de Lisa recogiendo la ropa sucia de la muchacha y poniéndola en un cesto.



Casimira: ¡Ay, Virgencita! (Quejándose) Los patrones nos deberían echar una manito, ¿no? Ellos mismitos podrían ir al cuarto de lavado a poner sus trapos sucios para no venir hasta sus habitaciones a recogerlos.

El ama de llaves niega con la cabeza mientras sigue metiendo la ropa en el cesto.

Casimira: Mejor voy y miro en el baño. No vaya a ser que se me quede algo por ahí pendiente pa’ lavar.

Casimira entra al baño de la habitación cuando, de repente, Lisa entra dando un portazo y temblando, presa de los nervios. Casimira alcanza a oír en el baño el portazo.



Lisa: Tenía que hacerlo… Tenía que hacerlo. No había más opción.

Casimira se extraña al escuchar lo que dice la adolescente y se entre asoma escondida detrás de una pared para observarla. Lisa, por su parte, toma su celular y marca con rapidez un número. Espera de pie durante unos segundos hasta que le contestan la llamada al otro lado de la línea.

Lisa: Hola, soy yo (Temblando). Sí, ya lo hice. Todo está hecho y me deshice de mi abuela como me pediste.

Casimira abre los ojos como platos al escuchar y se cubre la boca con una mano sintiéndose bastante confundida.

Lisa: Sí. También le tomé el pulso y no tenía. La vieja decrépita ésa está muerta.

Casimira respira agitada y siente cómo los latidos de su corazón se aceleran.

Lisa: (perturbada) Me siento muy nerviosa. ¿Qué tal si alguien me vio saliendo de la habitación? Todo esto me da muchísimo miedo (Hace una pausa). ¿Cómo es posible que digas eso? Te recuerdo que nunca quise mancharme las manos de sangre. Tú debiste haber hecho ese trabajo, así como lo hiciste al matar a la maldita Helena (Pausa). ¡Bueno, bueno! ¿Ya qué más da? Espero que todo siga de acuerdo a nuestros planes.

Casimira, de la fuerte impresión que la invade en ese instante, se echa para atrás y tropieza con un buró, lo cual, llama la inmediata atención de Lisa. Ésta se ve descubierta ante el ama de llaves, quien no puede articular palabra alguna.

Lisa: Tú. ¿Me estabas escuchando?

Casimira enmudece sin saber cómo reaccionar.

INT. / CASA DE CRUZ / NOCHE

Cruz duerme plácidamente sobre un antiguo sofá de la sala de su pequeña casa hasta que es interrumpida de su letargo por Epifanio, quien le lanza un vaso de agua en la cara.



Epifanio: ¡Despiértate, hombre!

Cruz despierta en ese instante abruptamente y se recuesta en el sofá como si se hubiese estado ahogando.

Cruz: ¡Ay! ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? (Exaltada).

Epifanio: En tu casa. Te tuve que traer y eso porque le pedí ayuda a unos vecinos que te reconocieron para traerte hasta aquí.

Cruz: ¿Usted me trajo, don Epifanio? (Pensativa) ¿Eso quiere decir que no fue un sueño? ¿De verdad usted y yo nos besamos?

Epifanio: Lo que pasó fue un desafortunado accidente. Ese beso no significó nada porque, además, fuiste tú la que me besó a mí. No yo a ti,

Cruz: (emocionada) ¿Qué importancia tiene eso? Por algo se empieza, ¿no cree usted? (Le guiña un ojo).

Epifanio: Déjate de tonterías. Si tan urgida estás, ve y consíguete otro que te despose, pero conmigo no cuentes. No te voy a acolitar tus caprichos de vieja calenturienta. ¡Faltaba más!

Cruz: Yo sé que en el fondo usted también lo disfrutó, don Epifanio.

Cruz se levanta del sofá y se acerca en una posición provocativa al hombre.

Cruz: Usted no probaba los labios de una mujer desde que murió su esposa y eso fue hace décadas. Estoy segura que algo desperté en usted, aunque lo niegue.

Epifanio: (riendo) No me hagas reír. Qué alta autoestima tienes definitivamente.

Cruz: No es mi autoestima. Es usted quien se niega a abrir su mente a nuevas experiencias. ¿Quiere que lo comprobemos?

Cruz comienza a desabrocharse los botones de su simplón vestido, cosa que asusta a Epifanio.

Epifanio: ¿Qué estás haciendo, mujer?

Cruz: Quiero volver a despertar en usted cosas que creía muertas, don Epifanio.

Cruz continúa quitándose el vestido y se acerca a pasos lentos a Epifanio, quien retrocede.

Cruz: Quiero que vuelva a sentirse hombre conmigo (Mordiéndose el labio). Voy a demostrarle que yo sí soy la mujer para usted.

Epifanio llega a un punto en que ve acorralado a la pared y sin posibilidad de escapar.

Epifanio: (asustado) ¡Aléjate, Cruz! ¡Ni se te ocurra!

Cruz: (riendo) ¿Por qué está tan asustado? ¿Tiene miedo de mí?

Epifanio: Sí, quiero decir, no. Yo no pienso tocarme nunca así que ni lo pienses. Aléjate.

Cruz: Veremos si después de esto me va a volver a decir lo mismo.

Cruz sonríe pícara de una forma muy cómica y sin darse a la espera se abalanza sobre Epifanio para besarlo apasionadamente ante la impotencia de él, quien no se atreve a quitársela de encima.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE LUCRECIA / NOCHE

Eduardo entra a la habitación de su madre, quien yace inerte sobre la cama con los ojos cerrados. Luis Enrique entra tras él y una enfermera también está presente en la habitación.



Eduardo: (a la enfermera) Usted salga de aquí.

Enfermera: Pero, señor. Debo…

Eduardo: (furioso) ¡Que salga le digo! ¡Fuera!

La enfermera decide retirarse al ver a Eduardo tan alterado. Él, por su parte, se acerca a la cama mirando muy afligido y roto de dolor a Lucrecia a quien le acaricia con suavidad el rostro.

Eduardo: Mamá… (Llorando) Cuando me dijeron, no lo podía creer y ahora lo veo con mis propios ojos. ¿Cómo pasó todo esto? ¿En qué momento te fuiste?

Eduardo toma las manos de Lucrecia.

Eduardo: ¿Cómo es posible que te fueras tan inesperadamente si tan solo anoche estabas bien? ¿Por qué, mamá? (Desgarrado).

Eduardo se derrumba en el piso a llorar sin soltar las manos de su fallecida madre. Luis Enrique se acerca a él y le pone una mano en el hombro.

Luis Enrique: Lo siento mucho, Eduardo. Esto nos ha tomado por sorpresa a todos.

Eduardo: ¡Es mi culpa! Es mi maldita culpa. Yo la maté.

Luis Enrique: ¿Qué dices? Esto no es culpa de nadie. Fue un declive de salud.

Eduardo: Yo lo provoqué, Luis Enrique (Llorando desconsolado). Yo lo provoqué, así como provoqué la muerte de Helena. La amé tanto que me enceguecí y nunca me di cuenta que no era feliz conmigo y la orillé a suicidarse, y ahora maté a mi madre…

Luis Enrique no sabe qué decir para consolar a Eduardo, aunque a sus espaldas, expresa un cierto fastidio e incomodidad.

Eduardo: Ella no soportó la idea de tener una basura de hijo como yo. La decepcioné. No resistió ver cómo me volví un alcohólico como ella misma me decía ni tampoco el hecho de que la familia cayera en bancarrota y mira…

Manuel aparece en escena y observa también devastado la escena desde la puerta. Eduardo continúa sumido en su llanto repitiendo en eco y sin parar “mamá”.



INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / NOCHE



Lisa ha descubierto que Casimira había estado escuchando su conversación por celular y que, por ende, escuchó también cuando confesó haber matado a Lucrecia.



Casimira: Disculpe, señorita Lisa. Yo… (Muy nerviosa).

Lisa: Dime qué tanto escuchaste, maldita chacha (Furiosa). ¡Habla!

Casimira: Nada. Se lo aseguro. Yo estaba en el baño buscando su ropa sucia y cuando venía para acá fue que la vi, pero no escuché nada. Con permiso.

Casimira intenta salir prácticamente corriendo de la habitación, pero Lisa la detiene tomándola con brusquedad de un brazo.

Lisa: ¡Tú de aquí no sales! Me quieres ver la cara de estúpida como lo hiciste la vez pasada que me descubriste sin sostén frente al computador, ¿no es así?

Casimira: ¡Le estoy diciendo que no, señorita! Ya le dije que…

Lisa: (gritando) ¡Cállate! La última vez lo dejé pasar y te advertí que no dijeras nada, pero esta vez no me conviene que sepas mis secretos.

Casimira: (asustada) Por favor, no haga nada de lo que después se pueda arrepentir. Yo fui como su nana, la vi crecer. No me haga daño. Se lo suplico.

Lisa: (sonriendo con malicia) ¿Por qué estás tan asustada? No hay razón para ello si de verdad no escuchaste todo lo que hablé.

Casimira se siente aterrada ante la mirada y la sonrisa maliciosa de la muchacha e intenta salir corriendo, pero Lisa no la suelta del brazo y ambas comienzan a forcejear.

Lisa: ¿A dónde crees que vas? ¡Te dije que de aquí no sales y no lo harás hasta que yo te lo diga, desgraciada!

Casimira: (muy asustada) Déjeme ir, por favor, señorita. Déjeme.

Las dos siguen forcejeando. Es de notar que Lisa aún tiene su celular encendido en una de sus manos y en medio del forcejeo, activa por accidente la cámara, la cual comienza a grabar todo lo que ocurre.

Casimira: ¡Ya déjeme tranquila! ¡Se lo suplico!

Casimira, en el intento de liberarse de Lisa, la empuja. Ésta se golpea la espalda contra un buró y deja caer el celular al piso que continúa grabando.

Lisa: (furiosa) ¿Quién te has creído para empujarme?

Lisa le lanza una sonora cachetada al ama de llaves. Ésta se vuelve el rostro con la mano puesta en el lado donde fue cacheteada por la muchacha.

Casimira: ¡Es usted una malcriada, una caprichosa! ¡Está completamente loca!

Lisa: ¡Igualada, atrevida! Voy a enseñarte a respetarme por las malas.

Lisa intenta cachetear de nuevo a Casimira, pero ésta la detiene la mano con fuerza. Lisa se sorprende por el acto.

Casimira: El que yo sea la sirvienta de esta hacienda no te da ningún derecho de golpearme. ¡Ya está bueno de que andes pisoteando a los empleados, muchachita insolente!

Lisa: (soltándose) ¿Cómo te atreves?

Casimira: ¿Cómo te atreves tú? Ya es hora de que alguien te ponga en tu lugar pa’ que aprendas a respetar a los demás como se debe.

Lisa: (furiosa) ¡No me tutees! Yo soy la hija del dueño de esta hacienda, de uno de los hombres más importantes del pueblo y de toda la región. Tú, en cambio, no eres nadie.

Casimira: Podré no ser nadie ante tus ojos, pero no pienso permitir que me humilles a tu antojo. Antes prefiero renunciar y contar todas las barbaridades que has hecho.

Lisa: ¿Debo asumir con eso que sí escuchaste todo lo que hablé?

Casimira: No tengo que darle más explicaciones. Hasta hoy trabajé para esta casa y aguanté tus caprichos de muchacha rebelde, malcriada y hasta asesina.

Lisa se impresiona al escuchar el calificativo con el Casimira se ha referido a ella. Casimira, por su parte, mira con desprecio a Lisa y se aproxima a salir de la habitación, pero antes de que pueda hacerlo, Lisa toma un jarrón del buró y con él golpea a la mujer en la cabeza. Es así como Casimira cae desplomada al piso y con una prominente herida que sangra, pero sigue consciente.

Lisa: (riendo) ¡Ay, Casimira! Qué poca de tu parte llamarme asesina, pero tienes razón, ¿sabes? ¡Lo soy! Y no me pesa. No debiste meter tus narices donde nadie te había llamado, querida.

Casimira siente la cabeza pesada por el impacto del golpe y tiene la visión borrosa.

Lisa: Tú te encargaste de cavar tu propia tumba por metiche y no puedo permitir que andes por ahí sabiendo tanto sobre mí. Debes morir, así como murieron Helena y Lucrecia.

Casimira: (balbuceando) No… no te saldrás con la tuya… Vas a pagar…

Lisa: ¿Voy a pagar? A ver. ¿Cómo? Dime.

Casimira alcanza a ver que el celular de Lisa está grabando todo sin que ella se dé cuenta.

Lisa: Nadie más sabe sobre lo que hice y desafortunadamente tú me descubriste. No contaba con esto, pero ni modo. Debo encargarme ahora de ti.

Casimira intenta arrastrarse por el piso hacia la puerta de la habitación, pero Lisa se ríe de ella a carcajadas.

Lisa: ¡Ay, vamos! Ya ríndete. De esta habitación no saldrás con vida.

Lisa jala de los pies a Casimira y la lleva con dirección al balcón.

Casimira: ¿Qué piensas hacerme?

Lisa: Es obvio, ¿no? Voy a matarme, pero será divertido. Vi esto en una película y me encanto. ¿Y qué mejor manera de llevarlo a la realidad contigo para que cierres tu boca para siempre?

Lisa sigue jalando de los pies a la indefensa Casimira, quien no aparta su vista del celular grabando. La mujer no es capaz de defenderse ante lo aturdida que se siente por el golpe en la cabeza. Un rastro de sangre queda en el piso.

Casimira: Todos algún sabrán lo que has hecho, Lisa. Don Eduardo nunca será para ti.

Lisa: (furiosa) ¡Cállate, desgraciada! ¿Tú qué sabes?

Casimira: La vida me dará la razón. Él te va a odiar cuando descubra que fuiste responsable de la muerte de su esposa y de su mamá. Estás acabada.

Lisa: ¡He dicho que te calles, chacha de mierda!

Lisa pisotea la boca de Casimira con saña.

Lisa: ¡La única acabada aquí eres tú que vas a morir! ¿Me escuchaste?

La muchacha finalmente llega al balcón luego de haber arrastrado a Casimira hasta allí y se asoma para cuidar que nadie esté viéndola desde abajo. Después, se apresura a levantar a Casimira poniéndola sobre el barandal del balcón con algo de dificultad por el peso.

Casimira: (débil) Estás acabada, Lisa. Aunque me mates, nada se quedará así…

Lisa: (jadeando) Pues si hay vida después de la muerte, ya verás desde el infierno lo equivocada que estás. Adiós, Casimira querida.

Lisa se ríe de una forma malévola y lanza el cuerpo de Casimira al vacío. Ella cae irremediablemente y pronto un gran charco de sangre se forma alrededor del cuerpo de la mujer, quien yace en el suelo del patio de la hacienda con los ojos cerrados.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE

Eduardo ha salido de la habitación de Lucrecia, acompañado de Luis Enrique. El primero luce devastado e incluso se ve físicamente desmejorado, con los ojos enrojecidos luego de haber llorado durante un largo rato.



Luis Enrique: De verdad siento mucho la muerte de tu madre, Eduardo. Yo sé que ahora nada puede hacerte sentir mejor, pero debes tratar de sobreponerte.

Eduardo: Mi mamá acaba de morir. ¿y me dices que debo sobreponerme?

Luis Enrique: No lo tomes a mal. Es sólo un consejo. Me preocupa porque ya fue suficiente lo de Helena como para que ahora te eches morir por la muerte de doña Lucrecia.

Eduardo: Pues eso es justo lo que quisiera, echarme a morir. Toda mi vida se convirtió en una pesadilla de la noche a la mañana y ya no puedo más, Luis Enrique, no puedo más… (Sollozo).

Luis Enrique: Entonces date un tiempo. Aléjate de la hacienda, de los negocios y vete al extranjero para que te des otro respiro y retomes tu vida. Yo soy tu amigo, ¿lo sabes no?

Eduardo asiente despacio con la cabeza mirando al vacío.

Luis Enrique: Bueno. Toma mi consejo y déjamelo todo a mí que yo me encargo. Fírmame el poder que te dije la vez pasada y te prometo que recuperaré las finanzas de la familia al doble.

Eduardo no dice nada y sólo sigue caminando con dirección a la salida del hospital.

Luis Enrique: ¿A dónde vas?

Eduardo: Déjame. No me sigas. Necesito estar solo y pensar…

Eduardo decide irse y Luis Enrique se queda allí en el hospital, viéndolo irse con recelo. Manuel aparece detrás de él.



Manuel: Escuché lo que le dijiste a mi hermano.

Luis Enrique se da sorprendido la vuelta, pero permanece con una expresión serena.

Luis Enrique: ¿Y qué hay con eso? No dije nada malo. Eduardo es mi amigo y sólo quiero ayudarlo.

Manuel: Sí, ayudarlo, pero pensando en tu propio beneficio. Podrás engañarlo a él, pero a mí no. Yo sé lo que realmente buscas.

Luis Enrique: No sé de lo que hablas. Soy simplemente un hombre de negocios y si Eduardo decide convertirme en su apoderado, las dos partes ganaremos por igual.

Manuel: Yo no me fío tanto de tus buenas intenciones. Mi mamá me lo dijo todo y hasta ella sabía que sólo buscas incrementar tu capital aprovechándote de nosotros. Quieres succionarnos y engullirnos. ¿O acaso me equivoco? (Sonríe con picardía).

Luis Enrique: Te repito que no sé de lo que hablas. Igual, esto no es algo que deba discutir contigo, sino con Eduardo que es quien posee todo a su nombre, así que, con tu permiso, Manuelito. Ahí nos vemos.

Luis Enrique le sonríe de forma hipócrita a Manuel dándole una palmada en el hombre y se da la vuelta dispuesto a retirarse, pero Manuel lo detiene llamándolo.

Manuel: Espera. ¿Por qué te vas tan pronto? Yo también tengo una propuesta que te puede interesar.

Luis Enrique se intriga al escuchar aquello y decide darse la vuelta de nuevo para encarar a Manuel.

Luis Enrique: ¿Qué tipo de propuesta podrías hacerme tú?

Manuel: Una bastante inteligente. Podemos hacer un trato y aliarnos ahora que mi madre no está de por medio.

Luis Enrique: (incrédulo) ¿Tan poco te duele que haya muerto?

Manuel: Por supuesto que me duele, pero no puedo guardarle luto eterno o hacerme la víctima como el estúpido de mi hermano. Yo también soy un hombre de negocios, Luis Enrique y hay mucho dinero de por medio.

Luis Enrique: ¿Qué tienes pensado? Habla de una buena vez y no te andes con rodeos.

Manuel: Ya que lo pides… Escuché cuando le dijiste a Eduardo que se tomara unas vacaciones y se me ocurrió que, teniendo en cuenta, su estado de ánimo depresivo, podrías seguir convenciéndolo de que te nombre su apoderado y luego, yo me encargaría de internarlo en un hospital psiquiátrico.

Luis Enrique: ¿Y qué ganas tú con eso? ¿Qué más tienes en mente? (Con los ojos entrecerrados).

Manuel: Muy fácil. Todo pasará a mis manos automáticamente con él encerrado en un manicomio, incapaz de asumir de manejar el patrimonio de mi familia. ¿Lo ves? En resumidas cuentas, trabajarías para mí y te compensaré bien por ello.

Manuel sonríe con malicia. Luis Enrique, por su parte, se queda pensativo y poco convencido.

INT. / CASA DE CRUZ, DORMITORIO / NOCHE

Cruz se encuentra recostada sobre el pecho de Epifanio. Los dos han tenido intimidad y están sobre la cama, cubiertos por las sábanas.



Cruz: Me siento como en el paraíso, don Epifanio. Esto es lo más espectacular que he podido hacer años (Suspira). La verdad no esperaba que fuera usted tan fogoso.

Epifanio: (fastidiado) Cállate. Esto no significó absolutamente nada, además tú me presionaste.

Cruz: Pero usted no se opuso.

Epifanio: Porque soy hombre y tú debiste guardar compostura si tanto te consideras una dama.

Epifanio se aparta de Cruz, toma sus pantalones y comienza a ponérselos. Cruz se cubre el busto con la sábana.

Cruz: ¿Va a seguir negando lo mucho que lo disfrutó?

Epifanio: Pues, aunque lo haya disfrutado, no quiere decir que te amo o que voy a casarme contigo. Esto solo fue algo casual y no se volverá a repetir.

Cruz: (sonriendo pícara) Yo no estaría tan segura. Donde hubo fuego, cenizas quedan y ya lo veré buscándome cuando sienta deseos de volver a probar mi cuerpecito.

Epifanio: Ni lo sueñes. Yo soy un hombre de palabra y si digo que esto no se repetirá, es porque no se repetirá. Búscate otro.

Epifanio termina de abrocharse la camisa, toma su saco y sale del dormitorio. Cruz se queda en la cama, exhalando por la boca y dándose viento con la mano.

Cruz: Dios mío, qué hombre. Para los años que tiene está como un tigre, pero que se tenga ahí. Yo me voy a encargar de quitarle ese malhumor. ¡Sí, señor!

La mujer suelta un suspiro largo al pensar en su exjefe y sigue dándose viento con la mano.

EXT. / CALLES / NOCHE

Es tarde ya en la noche. Marissa camina a pasos lentos por las desoladas calles del pueblo, vistiendo ropa sencilla, con el cabello suelto y en sandalias al tiempo que se abraza a sí misma.



Marissa: (afligida) He vivido rodeada de tantas mentiras. Primero me entero que mi marido no es más que un infeliz que sólo se casó conmigo por interés, que me engañó con otra mujer por años y que hasta tuvo otra familia a mis espaldas, y después me entero que mi padre no es quien yo pensaba. ¿Hasta cuándo más engaños? ¿Hasta cuándo?

Marissa continúa caminando e incluso se pone un poco solloza. Cerca de allí, viene precisamente Eduardo, quien se tambalea al caminar, pues al parecer se encuentra bastante ebrio, incluso sostiene una botella de licor en una de sus manos.



Eduardo: (llorando) ¡Mi vida no vale nada! ¡Ya no me queda nada! ¡Nada, maldita sea! ¡Nada!

Eduardo grita dolido y bebe compulsivamente de la botella para luego limpiarse con el dorso de su mano. Marissa alcanza a verlo.

Marissa: ¿Ese no es el señor Román? Parece borracho.

Marissa decide acercarse a él. Eduardo, entretanto, cruza la calle y sin percatarse, un auto se aproxima en dirección a él. El conductor hace sonar la bocina para que él se aparte de la vía, pero Eduardo se queda estático y confundido en mitad de la calle.

Marissa: (angustiada) ¡Señor Román!

La mujer corre rápidamente y empuja a Eduardo para evitar que sea atropellado. Los dos caen sobre la vía, ella sobre él y ambos se quedan mirando a los ojos durante varios segundos.

CONTINUARÁ…

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