Capítulo 12: La hora de la verdad
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PUERTA PRINCIPAL / NOCHE

Unos paramédicos están llevándose sobre una camilla a Casimira, quien está inconsciente y muy malherida luego de haber caído del balcón de la habitación de Lisa. Ésta última en cuestión ve cómo el ama de llaves es subida a la ambulancia. Milena, Cecilia y otros empleados de la hacienda están presentes.




Milena: (llorando) Tienes que ponerte bien, Casimira (Tomándola de las manos). Tienes que ser fuerte, recuperarte y salir de esta Todos te necesitamos.
Cecilia: Ya, hija. Deja que los paramédicos se la lleven.
Milena: Es que me parte el alma verla así, ma’. Primero mi hermano y ahora ella.
Los paramédicos terminan de subir a Casimira a la ambulancia y cierran la puerta para luego ir en dirección al hospital.
Lisa: (pensando) Por un momento pensé que la chacha no sobreviviría a una caída así y, sin embargo, sigue viva la muy infeliz. Debo acabar con ella antes de que despierte y diga algo en mi contra.
Lisa se cruza de brazos sintiéndose un poco nerviosa. En eso llega Manuel en su auto, quien se extraña al ver la ambulancia y a tantas personas aglomeradas en la puerta principal de la hacienda. El hombre se baja y se acerca.

Manuel: ¿Qué pasó aquí? ¿Por qué se acaba de ir una ambulancia?
Cecilia: Ay, don Manuel. Si quiera llega. Casimira tuvo un accidente.
Manuel: (sorprendido) ¿Qué accidente?
Cecilia: Pues no estamos muy seguros, pero al parecer se cayó del balcón de la habitación de la señorita Lisa.
Manuel se sorprende aún más al escuchar aquello e intercambia miradas con Lisa, la cual se siente acusada.
Lisa: Bueno. Ya que pasó el show, me iré a dormir. Espero y la pobre Casimira se recupere de esa terrible caída. Buenas noches.
Lisa se retira. Manuel sale tras ella. Cecilia y Milena los ven irse extrañadas.
Milena: ¿Qué se traerán esos dos?
Cecilia: ¿Por qué lo dices? ¿Sospechas algo?
Milena: No lo sé, pero se ven muy raros últimamente. Para mí se traen algo entre manos (Pensativa) ¿La Lisa esa ya había llegado cuando encontraron a Casimira en el patio?
Cecilia: No estoy segura. Recuerda que yo estaba en el hospital con tu hermano y a propósito de eso, con todo lo de Casimira no te he contado el chisme.
Milena: ¿Qué chisme?
Cecilia: Tal parece que doña Lucrecia se petateó, fíjate.
Milena: (impactada) ¿Estás segura?
Cecilia: ¡Claro! Yo misma se lo oí decir a unas enfermeras cuando estaba en el hospital cuidando a Danilo y comentaban entre ellos que Lucrecia Román se había muerto, pero no pude averiguar mucho.
Milena: Dios mío. No te lo puedo creer. Tan fuerte y tan llena de vida que se veía, y mira… Cuántas cosas han pasado estos días.
Cecilia: Sí, demasiadas. Parece que le hubiera caído una maldición a esta hacienda. Primero lo de Danilo, luego de Casimira y ahora la muerte de doña Lucrecia.
Entretanto, Lisa se aproxima a subir las escaleras de la casa de la hacienda, pero es alcanzada por Manuel, quien la toma de un brazo y la gira hacia él.
Manuel: ¿Esto es obra tuya?
Lisa: No sé de qué me hablas y ya déjame en paz (Se suelta). Estoy muy cansada y quiero dormir.
Manuel: Ni siquiera te has dignado a preguntarme por mi mamá. En definitiva, se nota que no llevas nuestra sangre.
Lisa: ¿Por qué debería preguntar por ella? Tú bien lo acabas de decir. Ustedes no son mi familia y ella no es mi abuela. Por mí que se muera.
Manuel: (molesto) Ten un poco de consideración al menos ahora que mi mamá ya no está con vida.
Lisa: (fingiendo sorpresa) Ay, no me digas. ¿Se murió? (Manuel no responde) Cuánto lo siento por ti y por mi papi. Deben estar devastados ambos, pero ni modo. Ya estaba bien ruca. Era lo mínimo que podía pasar.
Lisa sonríe con burla e intenta proseguir, pero Manuel enfurece y vuelve a tomarla del brazo con más fuerza al punto de apretarla.
Manuel: No me provoques, Lisa. Estás comenzando a hacerme perder la paciencia y si se me pega la gana, te corro de la hacienda.
Lisa: Hazlo, pero no te servirá de nada. El único que puede correrme es Eduardo y dudo mucho que lo haga. Te lo dije esta tarde en el hospital. Yo seré su próxima esposa y me encargaré de darle un hijo.
Lisa no dice nada más y sube las escaleras. Manuel se queda viéndola con molestia.
Manuel: ¿Quieres poder siendo la mujer de Eduardo? Eso lo veremos cuando me encargue de mandar a tu querido papito a un manicomio y tú te quedes sola.
Manuel sonríe con cierta amargura en sus ojos.
INT. / CASA DE CASIMIRA, DORMITORIO / AL DÍA SIGUIENTE
Es un nuevo día en Villa Encantada. Eduardo despierta con una fuerte resaca sobre una pequeña cama y se toca adolorido la cabeza.


Eduardo: ¿Dónde estoy? Argh…
El hombre decide levantarse con algo de dificultad y sale del dormitorio. Una vez lo hace, encuentra a Marissa sirviendo el desayuno en el modesto comedor de la casa. Ella se sorprende al verlo despierto.
Marissa: Ah, señor Román. Qué bueno ver que ya despertó (Le sonríe forzada). ¿Se le ofrece algo? ¿Quiere que le prepare algo de comer en especial?
Eduardo: (confundido) ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué lugar es este?
Marissa: ¿No recuerda nada?
Eduardo: La verdad no. Lo último que recuerdo es que estaba en el bar muy tomado, pero después no sé cómo salí de allí. ¿Cómo me encontraste?
Marissa: Lo vi caminando anoche por las calles del pueblo y efectivamente, estaba muy borracho. Tanto era así que por poco lo atropella un coche de no ser porque logré evitarlo.
Cuando Eduardo escucha eso, por su mente pasa un fugaz recuerdo de aquel momento cuando Marissa lo salvó empujándolo y ambos cayeron sobre la vía, ella sobre él.
Marissa: ¿Ya lo recuerda?
Eduardo: Un poco. ¿Tú me trajiste aquí sola?
Marissa: En parte. Le pedí ayuda al señor que por poco lo atropella. Entre él y yo lo trajimos y lo recostamos en la cama.
Eduardo: Gracias por haberme ayudado. De no ser por ti, ahora a lo mejor otra sería mi suerte, aunque hubiera sido mejor así (Cabizbajo). Poco importa ya si estoy con vida o no.
Marissa: (sorprendida) ¿Cómo puede decir algo así, señor Román? Usted tiene una familia a su cargo que lo necesita. Tiene una hija…
Eduardo: (molesto) ¡Cállate! Precisamente por eso lo digo, porque mi familia no es más que una ilusión y tú no sabes nada.
Marissa se sorprende por el mal tono en que Eduardo le ha hablado. Éste se percata de que fue un poco rudo.
Eduardo: Disculpa. No quise ser grosero. Es solo que... Me han pasado muchas cosas últimamente. Mi madre falleció anoche y…
Marissa: (impactada) Tranquilo. No se preocupe. Entiendo perfectamente cómo se ha de estar sintiendo. La pérdida de los padres nunca es fácil y cuando murió el mío, también sentí que el mundo se me vino abajo.
Eduardo: Mi mundo se vino abajo desde hace tiempo ya (Pensativo). Todo lo que creí no es más que una mentira. Dos de las personas que más amaba me apuñalaron en la espalda, mi hermano me ve como su enemigo y mi mamá se fue… (Sollozo) Estoy solo…
Marissa: Lamento mucho la situación por la que está pasando, señor Román.
Eduardo: Gracias y disculpa las molestias. Voy a irme ya. Debo ir a la hacienda y llamar a la funeraria para encargarme de darle entierro a mi madre.
Marissa: Debería comer algo. Tiene muy mal semblante y se puede debilitar.
Eduardo: Te lo agradezco, pero no. Es mejor que te ocupes de tus asuntos. Tú también tienes algo pendiente que solucionar con tu marido.
Marissa no dice nada. Eduardo se dirige a retirarse cuando, de repente, una llamada entra al teléfono de la casa. Marissa se apresura a contestar.
Marissa: ¿Sí, bueno? (Hace una pausa) ¿Cómo? (Muy impactada).
Eduardo está a punto de salir, pero se detiene en el umbral de la puerta, pues se extraña al escuchar a Marissa exaltada.
Marissa: (negando con la cabeza) Dios mío. ¿Cuándo ocurrió eso? (Pausa) Está bien. Ya mismo salgo para allá (Cuelga rápidamente).
Eduardo: ¿Ocurre algo malo?
Marissa: (muy preocupada) Sí, señor Román y lo peor es que en parte le concierne a usted.
Eduardo: (extrañado) ¿De qué se trata? Dime.
Marissa: Es Casimira. Tuvo un accidente muy grave anoche en la hacienda. La enfermera que me llamó no me dio detalles, pero al parecer sufrió una caída y está muy mal en el hospital.
Eduardo: Entonces, vamos para allá. Yo te acompaño, aunque no tengo mi auto cerca. Tendremos que tomar un taxi.
Marissa: No importa si es en taxi o en un auto. Tengo que llegar pronto. La enfermera me dijo que Casimira necesitaba decirme algo muy importante.
Eduardo: Está bien. Vamos.
Los dos salen de la casa con notable prisa. Marissa cierra la puerta.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA
Milena visita a Danilo en el hospital. Él se encuentra recostado sobre la cama y ella le da de tomar una sopa.


Danilo: No hace falta que hagas esto, Milena. No soy un niño y, además, soy tu hermano mayor (Fastidiado).
Milena: (sonriendo) Ay, qué enojón. Déjame consentirte al menos por esta vez que nada te cuesta. Ándale. Tómatela toda.
Milena le da una cucharada de sopa a Danilo y él se limpia la boca con una servilleta.
Danilo: ¿Has vuelto a saber algo de la señora?
Milena: Fíjate que no. Desde que doña Lucrecia la humilló y la corrió de la hacienda no he vuelto a verla, no sé dónde pueda estar.
Danilo: ¿Cómo que la humilló? ¿Qué le hizo?
Milena: Es que como la doña estaba tan furiosa cuando supo que tú la habías mantenido oculta en tu cuarto, nos corrió a mí, a Casimira, a ti y ella intervino y le suplicó que no lo hiciera, pero ya sabes cómo es doña Lucrecia. La gritó y hasta le pegó bien feo delante de todos.
Danilo: (molesto) Vieja cacatúa. ¿Cómo se atrevió? Sólo espera a que me pare de esta cama para decirle sus cuantas verdades y no me importa si me corre de la hacienda. Ya me tiene harto.
Milena: Pues ya no podrás hacer eso. Doña Lucrecia murió ayer.
Danilo: (sorprendido) ¿Murió? ¿Cómo es eso?
Milena: Lo que oíste. Ayer le dio un desmayo en la hacienda y la trajeron de urgencia para este mismo hospital, pero como que no aguantó y se murió.
Danilo: Vaya, eso no me lo esperaba. Para su edad se veía muy saludable y muy llena de vida mandando y dando órdenes por toda la hacienda. Ni una gripe le daba.
Milena: Yo pensé lo mismo que tú. La mera verdad se me hace súper extraña su muerte, pero ni modo. Qué en paz descanse.
Danilo: Sí, me caía muy mal, pero nunca le hubiera deseado la muerte. Cambiando de tema, Milena, mientras salgo de aquí, ¿por qué no preguntas por el pueblo por la señora? De verdad me preocupa.
Milena: Mi mamá me contó que estás enamorado de ella. ¿Eso es verdad?
Danilo: Sí, pero eso no es lo que importa. Tengo que saber si está bien y cumplir con mi promesa de ayudarla, y si es posible, hacer que se enamore también de mí.
Milena: De verdad que estás loco, Danilo. Fijarte en una mujer mayor que tú. No digo que esté fea, pero ya tiene sus años.
Danilo: Ya, Milena, no empieces tú también con lo mismo. Suficiente tuve ya con Casimira y con mi mamá. ¿Vas a hacerme el favor sí o no?
Milena: Sí, está bien, pero no te prometo nada, eh. Voy a ir a ver cómo está Casimira. Me tiene muy preocupada (Afligida). Espero y no vaya a ser ella la próxima muerta de la hacienda.
Danilo: Qué cosas dices, enana (Le pega una leve palmada en la cabeza). Casimira es como un roble. Vas a ver que le darán de alta más pronto que a mí.
Milena: Pues eso espero. Yo la vi muy mal anoche y se me hace muy extraño. ¿Qué tenía que hacer en el balcón de la habitación de la señorita Lisa y cómo fue que resbaló? (Pensativa).
Milena se queda pensativa a la vez que perturbada por el estado de salud de Casimira. Danilo también se ve levemente preocupado.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE CASIMIRA / DÍA
Una enfermera deja entrar a Marissa a la habitación en la que reposa Casimira. Ésta se encuentra sobre la cama, con varios rasguños en el rostro y una gran parte de la cabeza vendada. También está conectada a un electrocardiograma y tiene suero fisiológico.


Marissa: (angustiada) ¡Casimira!
Marissa se acerca a la cama y toma las manos de Casimira, quien luce bastante débil. El ama de llaves la mira con los ojos entrecerrados.
Casimira: (en un hilo de voz) Qué bueno que llega, señora.
Marissa: Dios mío. Mírate nomás. ¿Cómo te pasó esto?
Casimira: Fue ella…
Marissa: (extrañada) ¿Cómo?
Casimira: Fue Lisa, señora…
Marissa se desconcierta al escuchar aquel nombre y niega confundida con la cabeza. Casimira respira agitada.
Marissa: ¿De qué me estás hablando?
Casimira: Lisa me empujó e intentó matarme.
Marissa: (impactada) ¿Es eso cierto? ¿Por culpa de esa muchacha estás así?
Casimira: Sí y tengo que… (Respirando agitada) Tengo que decirle algo muy importante y necesito que me escuche, pero no creo poder contárselo. Me voy a morir…
Marissa: No, Casimira, no digas eso. Tú te vas a poner bien. Tienes que aguantar para denunciar lo que te hizo esa muchacha. No te puedes quedar callada.
Casimira: La vida se me va, señora (Solloza). No creo poder aguantar más. Por eso la llamé para decirle esto, porque confío en usted.
Marissa: ¿A qué te refieres?
Casimira: Hable con don Eduardo. Ocupe mi lugar en la hacienda cuando me muera y dígale que esa fue mi voluntad (Fatigada).
Marissa: ¿De qué voluntad hablas? Yo no podría hacer algo así.
Casimira: Usted sí puede. Usted tiene una deuda pendiente con su marido y puede ocupar mi lugar para lograr lo que quiere.
Marissa: Pero no de esta manera.
Casimira: Por favor, hágalo. Don Eduardo la necesita. No hay nadie más que lo pueda ayudar si no es usted o va a sufrir mucho. Estoy confiando en usted, señora, para que haga justicia y desenmascare a la señorita Lisa. Ella es muy mala…
Marissa: Entonces debes aguantar para denunciarla por lo que haya podido hacer y por haber intentado matarte, pero no me pidas que ocupe tu lugar.
Casimira: No se puede, señora. Yo ya no tengo fuerzas y no hay tiempo (Respirando agitada). El celular…
Marissa: ¿Qué celular?
Casimira: El celular… Ahí… Ahí está todo… Todo…
De repente, el electrocardiograma comienza a emitir un sonido constante y Casimira exhala. Marissa se desespera.
Marissa: ¡Casimira! (Moviéndola) ¡Casimira, por favor! ¡Reacciona, dime algo! ¡Casimira! (Gritando).
Pero el ama de llaves no reacciona y permanece inmóvil con los ojos abiertos, pues ya ha fallecido. Marissa corre hacia la puerta y grita desesperada.
Marissa: ¡Doctor, enfermera! ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Venga pronto alguien!
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, RECEPCIÓN / DÍA
Milena se dirige a la recepción del hospital con algo de cautela y, por ende, se acerca a la recepcionista, quien es una muchacha joven de la misma edad de ella.

Milena: Buenos días, señorita. Disculpe usted. Quería averiguar por un paciente y me dijeron que está en este hospital.
Recepcionista: Claro que sí. Dígame el nombre.
Milena: Pablo Escalante Miranda. Así se llama.
Recepcionista: Déjeme miro aquí en la base de datos.
La recepcionista se toma unos cuantos segundos para revisar la base de datos del computador y buscar en ella el nombre de Pablo. Milena ha preguntado por él para poder indagar más acerca de lo que hizo que su amigo perdiera la memoria.
Recepcionista: Hum, efectivamente el paciente fue traído al hospital, pero ya no se encuentra aquí.
Milena: Ay, no me diga. Yo soy su mejor amiga y quería saber cómo estaba. ¿Cuándo fue dado de alta?
Recepcionista: El paciente escapó del hospital en realidad y hasta ahora no se sabe nada de él. La policía se encuentra buscándolo para dar con su paradero.
Milena: (fingiendo sorpresa) Chale, qué mal. Pobrecito. ¿En dónde podrá estar? ¿Y podría usted decirme el nombre de su papá o darme algún contacto?
Recepcionista: Lo siento, pero esa es información confidencial y no estoy autorizada para darle datos a nadie de los pacientes del hospital.
Milena: Ay, por favor, señorita. Es que hay algo súper importante que necesito hablar con alguna persona relacionada con Pablo, ya que no lo puedo hablar con él personalmente. ¿Me entiende?
Recepcionista: Como le dije, no puedo darle ese tipo de información, pero puede hablar con el doctor que atendió a su amigo.
Milena: ¿De verdad?
Recepcionista: Sí. Él puede ayudarla a ponerla en contacto con algún familiar de Pablo Escalante. Es más. Mírelo. Por allá va.
Milena voltea a ver y en efecto ve caminando al doctor que estuvo encargado de Pablo.
Milena: Muchas gracias, señorita. Voy a preguntarle a ver qué me dice.
Milena decide ir tras el doctor para alcanzarlo, sin embargo, e inesperadamente, observa que Luis Enrique entra al hospital y se acerca al doctor antes que ella lo haga, cosa que llama su atención.

Milena: Ese señor me parece conocido (Mira a Luis Enrique con los ojos entrecerrados). ¡Claro! Yo lo he visto en la hacienda. Creo que es un socio de don Eduardo, pero, ¿por qué está hablando con el doctor de Pablo?
Milena se oculta detrás de una pared para escuchar de cerca la conversación.
Luis Enrique: ¿Qué ha sabido de mi hijo, doctor?
Doctor: Todavía no han podido encontrarlo, señor Escalante. La policía aún no tiene ninguna novedad sobre él. Lo siento mucho.
Luis Enrique: (molesto) ¿Lo siente? El imbécil ese anda desaparecido desde hace días por su negligencia, ¿y usted me dice que lo siente?
Milena: (susurrando) Parece que están hablando de Pablo. ¿Eso quiere decir que…? (Pensativa) ¡Dios mío! Este señor es su padre.
Doctor: Fue algo que se salió de nuestras manos, señor. Las enfermeras de turno no se dieron cuenta cuando el muchacho salió de la habitación y…
Luis Enrique: ¡Cállese! Debió haber hecho lo que le mandé en el preciso instante que se lo dije. Debió haber maquillado el diagnóstico y hacer pasar a Pablo por un retrasado mental para mandarlo a un asilo como era mi plan, pero no. ¡Todo salió mal por su culpa!
Luis Enrique le apunta con el dedo al doctor, quien se ve cabizbajo. Milena, por su parte, luce impactada por lo que oye.
Doctor: Le prometo que llamaré a la estación de policía para que agilicen las labores de búsqueda de su hijo.
Luis Enrique: Más le vale, “doctorcito”. Usted bien sabe que no me conviene que ese bastardo ande por ahí. En cualquier momento puede recuperar sus recuerdos y hundirme, y si eso pasa, a usted no le iría nada bien, se lo aseguro. ¿Me entendió?
Luis Enrique mira fulminante al doctor y se retira de allí. Milena se recuesta en la pared en que estaba escondida y se cubre la boca con una mano.
Milena: Entonces es cierto. El que Pablo no recordara nada no era casualidad. Su padre sí tuvo que ver con ello (Aterrada). Y lo peor es que yo ya lo conocía. Cuánta casualidad…
Milena se queda pensativa de pie durante varios segundos.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / DÍA

Lisa está frente al tocador mirando su reflejo con una mirada penetrante al tiempo que se aplica rubor sobre los pómulos con delicadeza.

Lisa: Debo deshacerme de Casimira a como dé lugar o de lo contrario. La metiche esa puede delatarme y todo se arruinaría.
De repente, tocan la puerta un par de veces.

Lisa: Adelante.
Cecilia: (entrando) Buenos días, señorita Lisa. Disculpa que interrumpa, pero tiene una visita que la está esperando abajo.
Lisa: (extrañada) ¿Una visita? ¿Quién es?
Cecilia: Yo le pregunté lo mismo, pero se negó a decirme. Me dijo que es una buena amiga suya y que quería darle una sorpresa.
Lisa: Hum, bueno, está bien. Dile que ya bajo.
Cecilia: Con permiso.
Cecilia cierra la puerta para retirarse. Lisa se queda pensativa ante eso.
Lisa: ¿Quién podrá ser? Todas mis amigas de la prepa no andarían poniéndose de misteriosas.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Epifanio recibe a Carolina que ha llegado de su viaje a la capital. Los dos se abrazan y el ama de llaves sube las maletas de ella.


Epifanio: ¡Bienvenida de nuevo, hija!
Carolina: (sonriendo) Gracias, papá.
Epifanio: ¿Cómo te fue en Ciudad de México? ¿Lograste organizar tus asuntos pendientes en la agencia?
Carolina: Sí. Me la pasé súper. Gracia me puso al tanto de todos los pendientes, de las finanzas, e incluso me reuní con algunas empresas de cosméticos interesadas en nuestras modelos.
Epifanio: Hum, me alegra oír eso. Quiere decir que tu agencia goza de buen prestigio. No por nada se interesan en tus modelos.
Carolina: Tienes razón, aunque tuve una dificultad con una de las empresas porque no les convencía ninguna modelo y, por lo tanto, amenazaron con cancelar el contrato.
Epifanio: ¿Cómo lo solucionaste entonces?
Carolina: Precisamente, por eso volví tan pronto a Villa Encantada, papá. Iba a quedarme unos días más, pero dada la situación y en vista de que la solución está aquí, regresé.
Epifanio: (extrañada) ¿Qué quieres decir eso? ¿Cómo que la solución está aquí?
Carolina: Hay una candidata originaria de este pueblo que, según Gracia, es perfecta y se ajusta a las exigencias de la empresa que te digo y vine para hablar personalmente con ella.
Epifanio: ¿Una candidata de Villa Encantada? (Pensativo) No me digas que la cara de bruja esa de Cruz se atrevió a aplicar a tu agencia. ¿De verdad piensas contratarla?
Carolina: (riendo) Claro que no, papá. ¿Cómo crees? No se trata de Cruz. Es alguien que tú y yo conocemos muy bien.
Epifanio: ¿Quién es? Habla de una buena vez que estás comenzando a intrigarme.
Carolina: Pues agárrate ahí porque se trata de nada más y nada menos que Lisa Román.
Epifanio se impacta en gran manera al escuchar el nombre y se toma asiento en su sillón.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA
Milena llega caminando pensativa a la sala de espera del hospital luego de la conversación que escuchó. Eduardo está allí presente y ambos se ven.


Milena: Patrón, no sabía que usted estaba aquí. Buenos días.
Eduardo: (desanimado) Buenos días, Milena. No he tenido oportunidad de ir a la hacienda. Han pasado muchas cosas y mi mamá…
Milena: Ya me enteré y créame que lo siento mucho por usted. Todos en la hacienda lamentamos la muerte de doña Lucrecia, que en paz descanse. Mi más sentido pésame.
Eduardo: Gracias. Debo ir más tarde a la hacienda para ducharme y cambiarme de ropa para el funeral, solo que se presentó un imprevisto con Casimira y acompañé a Marissa. Tal parece ella le tenía que decir algo importante.
Milena: (desconcertada) ¿Quién es Marissa, don Eduardo? ¿Alguna pariente de Casimira?
Eduardo: No, para nada. Marissa es la mujer que Danilo ayudó, ¿recuerdas? La que Tarcisio acusó de haber atacado a tu hermano.
Milena: (sorprendida) Pues no sabía que se llamara así. Se supone que no recuerda nada ni siquiera su nombre.
Eduardo se incomoda al ver que ha cometido una imprudencia. Marissa aparece en escena en ese momento notablemente cabizbaja y con lágrimas en los ojos. La mujer se sorprende al ver a Milena.

Marissa: (con la voz seca) Hola, Milena.
Milena: Qué bueno verla de nuevo, señora. Nos tenía preocupados a todos después de que se fue de la hacienda. Mi hermano ha preguntado mucho por usted. ¿Dónde ha estado?
Marissa: Me quedé en casa de Casimira y con todo esto, no había podido pasarme a ver a Danilo aquí en el hospital después de lo que hizo por mí. Lo siento mucho.
Milena: Pierda cuidado. Más bien cuénteme cómo sigue Casimira. Don Eduardo me dijo que ella tenía que hablar con usted.
Marissa se siente incapaz de responder esa pregunta y respira hondo.
Eduardo: ¿Ocurre algo, Marissa? ¿Cómo está Casimira?
Marissa: Acaba de morir.
Eduardo y Milena se impactan en gran manera al escucharla.
Milena: Eso no puede ser (Negando con la cabeza). Casimira no pudo haber muerto, señora. Dígame que eso no es verdad, por favor (Dolida).
Marissa: (llorando) Quisiera decirte lo contrario, Milena, pero es verdad. Casimira murió frente a mí hace tan solo unos minutos. Ella ya no está con nosotros.
Milena: (rompiendo a llorar) ¡No, no! ¡Mi Casimira no pudo! ¡Casimira! ¡Mi viejita!
Eduardo se acerca a Milena y le pone una mano en el hombro para confortarla.
Marissa: La pobre sólo quería hablar conmigo para irse en paz. Por eso le pidió a la enfermera que se comunicara conmigo. Ella lo estimaba mucho a usted, señor Román.
Eduardo: ¿Te habló sobre mí?
Marissa: (limpiándose las lágrimas) Sí. Tan preocupada estaba por usted que me pidió no dejarlo solo, que ocupara yo el lugar de ella en la hacienda cuando muriera y otras cosas más. Me dijo que esa era su voluntad…
Eduardo: (perturbado) Pobre Casimira. Tantos años de fiel servicio a nuestra familia y morir así…
Milena: Mi Casimira… (Llorando) Ella fue como una tía para mí, una amiga, mi confidente, mi todo, casi como mi jefa. ¿Cómo pudo pasarle esto? Justo a ella…
Marissa se acerca para abrazar a Milena y la conforta frotándole la espalda. La muchacha sigue llorando y Eduardo luce algo afligido por la inesperada noticia.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Lisa entra a la sala de la casa en donde la espera una mujer misteriosa de espaldas. La muchacha se extraña al verla, pues no la reconoce.

Lisa: Buenos días. ¿Puedo saber quién es usted y qué se le ofrece? Me dijo la criada que es una amiga mía.
La mujer se da la vuelta dejando impactada en ese preciso instante a Lisa, quien incluso echa un paso para atrás.

Lisa: ¿Gracia?
En ese momento, la cámara enfoca el rostro de la mujer, que, en efecto, se trata de Gracia. Ésta le sonríe a Lisa.
Gracia: Hola, Lisa. ¿Cómo estás?
Lisa mira con los ojos desorbitados a Gracia. Tal parece ambas se conocen muy bien.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Carolina le ha dicho a Epifanio que Lisa Román ha aplicado a su agencia para ser modelo e imagen de una campaña publicitaria, cosa que ha sorprendido al hombre al punto de haberse sentado en su sillón.


Carolina: (extrañada) ¿Por qué te sorprende tanto la noticia, papá? Te pusiste pálido. ¿Qué pasa?
Epifanio: Eh, no es nada, hija. No me hagas caso (Fingiendo). Es sólo que me parece muy casual que justo esa muchachita quisiera aplicar a tu agencia. Pensé que le caías mal.
Carolina: Por supuesto que le caigo mal. Tú sabes. Ella no me quiere como la próxima esposa de su papá y me detesta, pero tal vez no sabe que la agencia es mía.
Epifanio: ¿Entonces qué piensas hacer? ¿Vas a aceptarla?
Carolina: (sonriendo) Por supuesto. Con eso podré ponerla de mi lado y ganarme su confianza. ¿Te das cuenta? De esa manera la muchacha esa bajará la guardia y me dejará el camino libre para conquistar a Eduardo.
Epifanio: No lo sé, Carolina. Cada vez me convenzo más de que deberías alejarte de esa familia de una vez por todas.
Carolina: ¿Por qué, papá? (Se sienta frente a él) ¿Tienes idea de por cuántos años he amado a Eduardo en silencio? Esta es la oportunidad perfecta para mí ahora que Helena no está.
Epifanio: Pero ya te dije lo que pienso de tu relación con ese hombre.
Carolina: Pues para ser tú un hombre de negocios y finanzas, deberías ver en ese posible matrimonio una oportunidad para ti de ganar. Recuerda que los Román son una de las familias más ricas de todo el pueblo y de la región. Imagínate si emparentamos con ellos.
Epifanio: Tú eres mujer y él es hombre. ¿Quién crees que tendría más peso en la relación?
Carolina: No lo veas de ese lado, además, ya no seas tan machista. Esos son ideales del siglo pasado. Si me caso con Eduardo, no permitiría que él me hiciera a un lado de los negocios y ambos tendríamos derechos por igual.
Epifanio: Haz lo que quieras entonces, pero con mi aprobación no cuentes. Yo sigo firme en mi decisión de desheredarte si contraes matrimonio con ese tipo. ¡Punto!
Epifanio se levanta del sillón y se retira de la sala dejando a Carolina frustrada. Desde cierto ángulo, se ve al hombre poniéndose de pie junto a una pared y de lejos se enfoca a Carolina.
Epifanio: Perdóname por apartarte del amor de tu vida, hija, pero no puedo permitir que corras el mismo riesgo que corrió Helena… Mi Helena…
Epifanio menciona aquel nombre con cierta aflicción y saca del bolsillo de su pantalón un relicario con la foto de una mujer en color sepia. Él observa dicha foto y no puede evitar ponerse sollozo.
Epifanio: (susurrando) Perdóname por todo tú también, Helena, pero fue mejor así…
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Lisa sigue impactada al tener frente a ella a Gracia, quien la ha visitado inesperadamente. Es de notar que Gracia habla con una voz un tanto grave y masculina.


Gracia: ¿Por qué te quedas callada, querida? ¿Tan poco gusto sientes al verme?
Lisa: (desconcertada) ¿Qué estás haciendo tú aquí? ¿Cómo llegaste? ¿Cuándo? (Exaltada).
Gracia: ¿Por qué te pones así? Esas no son las atenciones que deberías tener para alguien tan importante en tu vida como lo soy yo.
Gracia se sienta con gran descaro en el sofá más amplio de la sala.
Lisa: Dime a qué has venido. Jamás me esperé que vinieras hasta este pueblo a visitarme. ¿Qué te traes entre manos y por qué no me dijiste nada primero?
Gracia: Porque quería darte una sorpresa para echarte una mano, pero veo que fue mala idea. Te cayó muy mal que te hiciera una visita desinteresada.
Lisa: Tú y yo habíamos quedado en algo y se supone que desde la capital me ayudarías a entrar a la agencia. ¿Qué tal si te ven aquí? ¿Qué voy a decir?
Gracia: Pues la verdad. ¿No es lo más obvio?
Lisa: (incrédula) Ja, ¿la verdad? ¿Quieres destruirme y hacerme ver como una desvergonzada delante de todo el mundo? Mira, mejor vete antes de que alguien de mi familia te vea.
Gracia frunce el ceño, se levanta del sofá y se acerca a Lisa tomándola con brusquedad del mentón.
Gracia: No trates de tomarme del pelo, Lisa. ¿Dónde dejaste todo lo que me has prometido desde que nos conocimos? ¿Olvidas que tenemos una relación o sólo has estado jugando conmigo?
CONTINUARÁ…

Unos paramédicos están llevándose sobre una camilla a Casimira, quien está inconsciente y muy malherida luego de haber caído del balcón de la habitación de Lisa. Ésta última en cuestión ve cómo el ama de llaves es subida a la ambulancia. Milena, Cecilia y otros empleados de la hacienda están presentes.




Milena: (llorando) Tienes que ponerte bien, Casimira (Tomándola de las manos). Tienes que ser fuerte, recuperarte y salir de esta Todos te necesitamos.
Cecilia: Ya, hija. Deja que los paramédicos se la lleven.
Milena: Es que me parte el alma verla así, ma’. Primero mi hermano y ahora ella.
Los paramédicos terminan de subir a Casimira a la ambulancia y cierran la puerta para luego ir en dirección al hospital.
Lisa: (pensando) Por un momento pensé que la chacha no sobreviviría a una caída así y, sin embargo, sigue viva la muy infeliz. Debo acabar con ella antes de que despierte y diga algo en mi contra.
Lisa se cruza de brazos sintiéndose un poco nerviosa. En eso llega Manuel en su auto, quien se extraña al ver la ambulancia y a tantas personas aglomeradas en la puerta principal de la hacienda. El hombre se baja y se acerca.

Manuel: ¿Qué pasó aquí? ¿Por qué se acaba de ir una ambulancia?
Cecilia: Ay, don Manuel. Si quiera llega. Casimira tuvo un accidente.
Manuel: (sorprendido) ¿Qué accidente?
Cecilia: Pues no estamos muy seguros, pero al parecer se cayó del balcón de la habitación de la señorita Lisa.
Manuel se sorprende aún más al escuchar aquello e intercambia miradas con Lisa, la cual se siente acusada.
Lisa: Bueno. Ya que pasó el show, me iré a dormir. Espero y la pobre Casimira se recupere de esa terrible caída. Buenas noches.
Lisa se retira. Manuel sale tras ella. Cecilia y Milena los ven irse extrañadas.
Milena: ¿Qué se traerán esos dos?
Cecilia: ¿Por qué lo dices? ¿Sospechas algo?
Milena: No lo sé, pero se ven muy raros últimamente. Para mí se traen algo entre manos (Pensativa) ¿La Lisa esa ya había llegado cuando encontraron a Casimira en el patio?
Cecilia: No estoy segura. Recuerda que yo estaba en el hospital con tu hermano y a propósito de eso, con todo lo de Casimira no te he contado el chisme.
Milena: ¿Qué chisme?
Cecilia: Tal parece que doña Lucrecia se petateó, fíjate.
Milena: (impactada) ¿Estás segura?
Cecilia: ¡Claro! Yo misma se lo oí decir a unas enfermeras cuando estaba en el hospital cuidando a Danilo y comentaban entre ellos que Lucrecia Román se había muerto, pero no pude averiguar mucho.
Milena: Dios mío. No te lo puedo creer. Tan fuerte y tan llena de vida que se veía, y mira… Cuántas cosas han pasado estos días.
Cecilia: Sí, demasiadas. Parece que le hubiera caído una maldición a esta hacienda. Primero lo de Danilo, luego de Casimira y ahora la muerte de doña Lucrecia.
Entretanto, Lisa se aproxima a subir las escaleras de la casa de la hacienda, pero es alcanzada por Manuel, quien la toma de un brazo y la gira hacia él.
Manuel: ¿Esto es obra tuya?
Lisa: No sé de qué me hablas y ya déjame en paz (Se suelta). Estoy muy cansada y quiero dormir.
Manuel: Ni siquiera te has dignado a preguntarme por mi mamá. En definitiva, se nota que no llevas nuestra sangre.
Lisa: ¿Por qué debería preguntar por ella? Tú bien lo acabas de decir. Ustedes no son mi familia y ella no es mi abuela. Por mí que se muera.
Manuel: (molesto) Ten un poco de consideración al menos ahora que mi mamá ya no está con vida.
Lisa: (fingiendo sorpresa) Ay, no me digas. ¿Se murió? (Manuel no responde) Cuánto lo siento por ti y por mi papi. Deben estar devastados ambos, pero ni modo. Ya estaba bien ruca. Era lo mínimo que podía pasar.
Lisa sonríe con burla e intenta proseguir, pero Manuel enfurece y vuelve a tomarla del brazo con más fuerza al punto de apretarla.
Manuel: No me provoques, Lisa. Estás comenzando a hacerme perder la paciencia y si se me pega la gana, te corro de la hacienda.
Lisa: Hazlo, pero no te servirá de nada. El único que puede correrme es Eduardo y dudo mucho que lo haga. Te lo dije esta tarde en el hospital. Yo seré su próxima esposa y me encargaré de darle un hijo.
Lisa no dice nada más y sube las escaleras. Manuel se queda viéndola con molestia.
Manuel: ¿Quieres poder siendo la mujer de Eduardo? Eso lo veremos cuando me encargue de mandar a tu querido papito a un manicomio y tú te quedes sola.
Manuel sonríe con cierta amargura en sus ojos.
INT. / CASA DE CASIMIRA, DORMITORIO / AL DÍA SIGUIENTE
Es un nuevo día en Villa Encantada. Eduardo despierta con una fuerte resaca sobre una pequeña cama y se toca adolorido la cabeza.


Eduardo: ¿Dónde estoy? Argh…
El hombre decide levantarse con algo de dificultad y sale del dormitorio. Una vez lo hace, encuentra a Marissa sirviendo el desayuno en el modesto comedor de la casa. Ella se sorprende al verlo despierto.
Marissa: Ah, señor Román. Qué bueno ver que ya despertó (Le sonríe forzada). ¿Se le ofrece algo? ¿Quiere que le prepare algo de comer en especial?
Eduardo: (confundido) ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué lugar es este?
Marissa: ¿No recuerda nada?
Eduardo: La verdad no. Lo último que recuerdo es que estaba en el bar muy tomado, pero después no sé cómo salí de allí. ¿Cómo me encontraste?
Marissa: Lo vi caminando anoche por las calles del pueblo y efectivamente, estaba muy borracho. Tanto era así que por poco lo atropella un coche de no ser porque logré evitarlo.
Cuando Eduardo escucha eso, por su mente pasa un fugaz recuerdo de aquel momento cuando Marissa lo salvó empujándolo y ambos cayeron sobre la vía, ella sobre él.
Marissa: ¿Ya lo recuerda?
Eduardo: Un poco. ¿Tú me trajiste aquí sola?
Marissa: En parte. Le pedí ayuda al señor que por poco lo atropella. Entre él y yo lo trajimos y lo recostamos en la cama.
Eduardo: Gracias por haberme ayudado. De no ser por ti, ahora a lo mejor otra sería mi suerte, aunque hubiera sido mejor así (Cabizbajo). Poco importa ya si estoy con vida o no.
Marissa: (sorprendida) ¿Cómo puede decir algo así, señor Román? Usted tiene una familia a su cargo que lo necesita. Tiene una hija…
Eduardo: (molesto) ¡Cállate! Precisamente por eso lo digo, porque mi familia no es más que una ilusión y tú no sabes nada.
Marissa se sorprende por el mal tono en que Eduardo le ha hablado. Éste se percata de que fue un poco rudo.
Eduardo: Disculpa. No quise ser grosero. Es solo que... Me han pasado muchas cosas últimamente. Mi madre falleció anoche y…
Marissa: (impactada) Tranquilo. No se preocupe. Entiendo perfectamente cómo se ha de estar sintiendo. La pérdida de los padres nunca es fácil y cuando murió el mío, también sentí que el mundo se me vino abajo.
Eduardo: Mi mundo se vino abajo desde hace tiempo ya (Pensativo). Todo lo que creí no es más que una mentira. Dos de las personas que más amaba me apuñalaron en la espalda, mi hermano me ve como su enemigo y mi mamá se fue… (Sollozo) Estoy solo…
Marissa: Lamento mucho la situación por la que está pasando, señor Román.
Eduardo: Gracias y disculpa las molestias. Voy a irme ya. Debo ir a la hacienda y llamar a la funeraria para encargarme de darle entierro a mi madre.
Marissa: Debería comer algo. Tiene muy mal semblante y se puede debilitar.
Eduardo: Te lo agradezco, pero no. Es mejor que te ocupes de tus asuntos. Tú también tienes algo pendiente que solucionar con tu marido.
Marissa no dice nada. Eduardo se dirige a retirarse cuando, de repente, una llamada entra al teléfono de la casa. Marissa se apresura a contestar.
Marissa: ¿Sí, bueno? (Hace una pausa) ¿Cómo? (Muy impactada).
Eduardo está a punto de salir, pero se detiene en el umbral de la puerta, pues se extraña al escuchar a Marissa exaltada.
Marissa: (negando con la cabeza) Dios mío. ¿Cuándo ocurrió eso? (Pausa) Está bien. Ya mismo salgo para allá (Cuelga rápidamente).
Eduardo: ¿Ocurre algo malo?
Marissa: (muy preocupada) Sí, señor Román y lo peor es que en parte le concierne a usted.
Eduardo: (extrañado) ¿De qué se trata? Dime.
Marissa: Es Casimira. Tuvo un accidente muy grave anoche en la hacienda. La enfermera que me llamó no me dio detalles, pero al parecer sufrió una caída y está muy mal en el hospital.
Eduardo: Entonces, vamos para allá. Yo te acompaño, aunque no tengo mi auto cerca. Tendremos que tomar un taxi.
Marissa: No importa si es en taxi o en un auto. Tengo que llegar pronto. La enfermera me dijo que Casimira necesitaba decirme algo muy importante.
Eduardo: Está bien. Vamos.
Los dos salen de la casa con notable prisa. Marissa cierra la puerta.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA
Milena visita a Danilo en el hospital. Él se encuentra recostado sobre la cama y ella le da de tomar una sopa.


Danilo: No hace falta que hagas esto, Milena. No soy un niño y, además, soy tu hermano mayor (Fastidiado).
Milena: (sonriendo) Ay, qué enojón. Déjame consentirte al menos por esta vez que nada te cuesta. Ándale. Tómatela toda.
Milena le da una cucharada de sopa a Danilo y él se limpia la boca con una servilleta.
Danilo: ¿Has vuelto a saber algo de la señora?
Milena: Fíjate que no. Desde que doña Lucrecia la humilló y la corrió de la hacienda no he vuelto a verla, no sé dónde pueda estar.
Danilo: ¿Cómo que la humilló? ¿Qué le hizo?
Milena: Es que como la doña estaba tan furiosa cuando supo que tú la habías mantenido oculta en tu cuarto, nos corrió a mí, a Casimira, a ti y ella intervino y le suplicó que no lo hiciera, pero ya sabes cómo es doña Lucrecia. La gritó y hasta le pegó bien feo delante de todos.
Danilo: (molesto) Vieja cacatúa. ¿Cómo se atrevió? Sólo espera a que me pare de esta cama para decirle sus cuantas verdades y no me importa si me corre de la hacienda. Ya me tiene harto.
Milena: Pues ya no podrás hacer eso. Doña Lucrecia murió ayer.
Danilo: (sorprendido) ¿Murió? ¿Cómo es eso?
Milena: Lo que oíste. Ayer le dio un desmayo en la hacienda y la trajeron de urgencia para este mismo hospital, pero como que no aguantó y se murió.
Danilo: Vaya, eso no me lo esperaba. Para su edad se veía muy saludable y muy llena de vida mandando y dando órdenes por toda la hacienda. Ni una gripe le daba.
Milena: Yo pensé lo mismo que tú. La mera verdad se me hace súper extraña su muerte, pero ni modo. Qué en paz descanse.
Danilo: Sí, me caía muy mal, pero nunca le hubiera deseado la muerte. Cambiando de tema, Milena, mientras salgo de aquí, ¿por qué no preguntas por el pueblo por la señora? De verdad me preocupa.
Milena: Mi mamá me contó que estás enamorado de ella. ¿Eso es verdad?
Danilo: Sí, pero eso no es lo que importa. Tengo que saber si está bien y cumplir con mi promesa de ayudarla, y si es posible, hacer que se enamore también de mí.
Milena: De verdad que estás loco, Danilo. Fijarte en una mujer mayor que tú. No digo que esté fea, pero ya tiene sus años.
Danilo: Ya, Milena, no empieces tú también con lo mismo. Suficiente tuve ya con Casimira y con mi mamá. ¿Vas a hacerme el favor sí o no?
Milena: Sí, está bien, pero no te prometo nada, eh. Voy a ir a ver cómo está Casimira. Me tiene muy preocupada (Afligida). Espero y no vaya a ser ella la próxima muerta de la hacienda.
Danilo: Qué cosas dices, enana (Le pega una leve palmada en la cabeza). Casimira es como un roble. Vas a ver que le darán de alta más pronto que a mí.
Milena: Pues eso espero. Yo la vi muy mal anoche y se me hace muy extraño. ¿Qué tenía que hacer en el balcón de la habitación de la señorita Lisa y cómo fue que resbaló? (Pensativa).
Milena se queda pensativa a la vez que perturbada por el estado de salud de Casimira. Danilo también se ve levemente preocupado.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE CASIMIRA / DÍA
Una enfermera deja entrar a Marissa a la habitación en la que reposa Casimira. Ésta se encuentra sobre la cama, con varios rasguños en el rostro y una gran parte de la cabeza vendada. También está conectada a un electrocardiograma y tiene suero fisiológico.


Marissa: (angustiada) ¡Casimira!
Marissa se acerca a la cama y toma las manos de Casimira, quien luce bastante débil. El ama de llaves la mira con los ojos entrecerrados.
Casimira: (en un hilo de voz) Qué bueno que llega, señora.
Marissa: Dios mío. Mírate nomás. ¿Cómo te pasó esto?
Casimira: Fue ella…
Marissa: (extrañada) ¿Cómo?
Casimira: Fue Lisa, señora…
Marissa se desconcierta al escuchar aquel nombre y niega confundida con la cabeza. Casimira respira agitada.
Marissa: ¿De qué me estás hablando?
Casimira: Lisa me empujó e intentó matarme.
Marissa: (impactada) ¿Es eso cierto? ¿Por culpa de esa muchacha estás así?
Casimira: Sí y tengo que… (Respirando agitada) Tengo que decirle algo muy importante y necesito que me escuche, pero no creo poder contárselo. Me voy a morir…
Marissa: No, Casimira, no digas eso. Tú te vas a poner bien. Tienes que aguantar para denunciar lo que te hizo esa muchacha. No te puedes quedar callada.
Casimira: La vida se me va, señora (Solloza). No creo poder aguantar más. Por eso la llamé para decirle esto, porque confío en usted.
Marissa: ¿A qué te refieres?
Casimira: Hable con don Eduardo. Ocupe mi lugar en la hacienda cuando me muera y dígale que esa fue mi voluntad (Fatigada).
Marissa: ¿De qué voluntad hablas? Yo no podría hacer algo así.
Casimira: Usted sí puede. Usted tiene una deuda pendiente con su marido y puede ocupar mi lugar para lograr lo que quiere.
Marissa: Pero no de esta manera.
Casimira: Por favor, hágalo. Don Eduardo la necesita. No hay nadie más que lo pueda ayudar si no es usted o va a sufrir mucho. Estoy confiando en usted, señora, para que haga justicia y desenmascare a la señorita Lisa. Ella es muy mala…
Marissa: Entonces debes aguantar para denunciarla por lo que haya podido hacer y por haber intentado matarte, pero no me pidas que ocupe tu lugar.
Casimira: No se puede, señora. Yo ya no tengo fuerzas y no hay tiempo (Respirando agitada). El celular…
Marissa: ¿Qué celular?
Casimira: El celular… Ahí… Ahí está todo… Todo…
De repente, el electrocardiograma comienza a emitir un sonido constante y Casimira exhala. Marissa se desespera.
Marissa: ¡Casimira! (Moviéndola) ¡Casimira, por favor! ¡Reacciona, dime algo! ¡Casimira! (Gritando).
Pero el ama de llaves no reacciona y permanece inmóvil con los ojos abiertos, pues ya ha fallecido. Marissa corre hacia la puerta y grita desesperada.
Marissa: ¡Doctor, enfermera! ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Venga pronto alguien!
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, RECEPCIÓN / DÍA
Milena se dirige a la recepción del hospital con algo de cautela y, por ende, se acerca a la recepcionista, quien es una muchacha joven de la misma edad de ella.

Milena: Buenos días, señorita. Disculpe usted. Quería averiguar por un paciente y me dijeron que está en este hospital.
Recepcionista: Claro que sí. Dígame el nombre.
Milena: Pablo Escalante Miranda. Así se llama.
Recepcionista: Déjeme miro aquí en la base de datos.
La recepcionista se toma unos cuantos segundos para revisar la base de datos del computador y buscar en ella el nombre de Pablo. Milena ha preguntado por él para poder indagar más acerca de lo que hizo que su amigo perdiera la memoria.
Recepcionista: Hum, efectivamente el paciente fue traído al hospital, pero ya no se encuentra aquí.
Milena: Ay, no me diga. Yo soy su mejor amiga y quería saber cómo estaba. ¿Cuándo fue dado de alta?
Recepcionista: El paciente escapó del hospital en realidad y hasta ahora no se sabe nada de él. La policía se encuentra buscándolo para dar con su paradero.
Milena: (fingiendo sorpresa) Chale, qué mal. Pobrecito. ¿En dónde podrá estar? ¿Y podría usted decirme el nombre de su papá o darme algún contacto?
Recepcionista: Lo siento, pero esa es información confidencial y no estoy autorizada para darle datos a nadie de los pacientes del hospital.
Milena: Ay, por favor, señorita. Es que hay algo súper importante que necesito hablar con alguna persona relacionada con Pablo, ya que no lo puedo hablar con él personalmente. ¿Me entiende?
Recepcionista: Como le dije, no puedo darle ese tipo de información, pero puede hablar con el doctor que atendió a su amigo.
Milena: ¿De verdad?
Recepcionista: Sí. Él puede ayudarla a ponerla en contacto con algún familiar de Pablo Escalante. Es más. Mírelo. Por allá va.
Milena voltea a ver y en efecto ve caminando al doctor que estuvo encargado de Pablo.
Milena: Muchas gracias, señorita. Voy a preguntarle a ver qué me dice.
Milena decide ir tras el doctor para alcanzarlo, sin embargo, e inesperadamente, observa que Luis Enrique entra al hospital y se acerca al doctor antes que ella lo haga, cosa que llama su atención.

Milena: Ese señor me parece conocido (Mira a Luis Enrique con los ojos entrecerrados). ¡Claro! Yo lo he visto en la hacienda. Creo que es un socio de don Eduardo, pero, ¿por qué está hablando con el doctor de Pablo?
Milena se oculta detrás de una pared para escuchar de cerca la conversación.
Luis Enrique: ¿Qué ha sabido de mi hijo, doctor?
Doctor: Todavía no han podido encontrarlo, señor Escalante. La policía aún no tiene ninguna novedad sobre él. Lo siento mucho.
Luis Enrique: (molesto) ¿Lo siente? El imbécil ese anda desaparecido desde hace días por su negligencia, ¿y usted me dice que lo siente?
Milena: (susurrando) Parece que están hablando de Pablo. ¿Eso quiere decir que…? (Pensativa) ¡Dios mío! Este señor es su padre.
Doctor: Fue algo que se salió de nuestras manos, señor. Las enfermeras de turno no se dieron cuenta cuando el muchacho salió de la habitación y…
Luis Enrique: ¡Cállese! Debió haber hecho lo que le mandé en el preciso instante que se lo dije. Debió haber maquillado el diagnóstico y hacer pasar a Pablo por un retrasado mental para mandarlo a un asilo como era mi plan, pero no. ¡Todo salió mal por su culpa!
Luis Enrique le apunta con el dedo al doctor, quien se ve cabizbajo. Milena, por su parte, luce impactada por lo que oye.
Doctor: Le prometo que llamaré a la estación de policía para que agilicen las labores de búsqueda de su hijo.
Luis Enrique: Más le vale, “doctorcito”. Usted bien sabe que no me conviene que ese bastardo ande por ahí. En cualquier momento puede recuperar sus recuerdos y hundirme, y si eso pasa, a usted no le iría nada bien, se lo aseguro. ¿Me entendió?
Luis Enrique mira fulminante al doctor y se retira de allí. Milena se recuesta en la pared en que estaba escondida y se cubre la boca con una mano.
Milena: Entonces es cierto. El que Pablo no recordara nada no era casualidad. Su padre sí tuvo que ver con ello (Aterrada). Y lo peor es que yo ya lo conocía. Cuánta casualidad…
Milena se queda pensativa de pie durante varios segundos.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / DÍA

Lisa está frente al tocador mirando su reflejo con una mirada penetrante al tiempo que se aplica rubor sobre los pómulos con delicadeza.

Lisa: Debo deshacerme de Casimira a como dé lugar o de lo contrario. La metiche esa puede delatarme y todo se arruinaría.
De repente, tocan la puerta un par de veces.

Lisa: Adelante.
Cecilia: (entrando) Buenos días, señorita Lisa. Disculpa que interrumpa, pero tiene una visita que la está esperando abajo.
Lisa: (extrañada) ¿Una visita? ¿Quién es?
Cecilia: Yo le pregunté lo mismo, pero se negó a decirme. Me dijo que es una buena amiga suya y que quería darle una sorpresa.
Lisa: Hum, bueno, está bien. Dile que ya bajo.
Cecilia: Con permiso.
Cecilia cierra la puerta para retirarse. Lisa se queda pensativa ante eso.
Lisa: ¿Quién podrá ser? Todas mis amigas de la prepa no andarían poniéndose de misteriosas.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Epifanio recibe a Carolina que ha llegado de su viaje a la capital. Los dos se abrazan y el ama de llaves sube las maletas de ella.


Epifanio: ¡Bienvenida de nuevo, hija!
Carolina: (sonriendo) Gracias, papá.
Epifanio: ¿Cómo te fue en Ciudad de México? ¿Lograste organizar tus asuntos pendientes en la agencia?
Carolina: Sí. Me la pasé súper. Gracia me puso al tanto de todos los pendientes, de las finanzas, e incluso me reuní con algunas empresas de cosméticos interesadas en nuestras modelos.
Epifanio: Hum, me alegra oír eso. Quiere decir que tu agencia goza de buen prestigio. No por nada se interesan en tus modelos.
Carolina: Tienes razón, aunque tuve una dificultad con una de las empresas porque no les convencía ninguna modelo y, por lo tanto, amenazaron con cancelar el contrato.
Epifanio: ¿Cómo lo solucionaste entonces?
Carolina: Precisamente, por eso volví tan pronto a Villa Encantada, papá. Iba a quedarme unos días más, pero dada la situación y en vista de que la solución está aquí, regresé.
Epifanio: (extrañada) ¿Qué quieres decir eso? ¿Cómo que la solución está aquí?
Carolina: Hay una candidata originaria de este pueblo que, según Gracia, es perfecta y se ajusta a las exigencias de la empresa que te digo y vine para hablar personalmente con ella.
Epifanio: ¿Una candidata de Villa Encantada? (Pensativo) No me digas que la cara de bruja esa de Cruz se atrevió a aplicar a tu agencia. ¿De verdad piensas contratarla?
Carolina: (riendo) Claro que no, papá. ¿Cómo crees? No se trata de Cruz. Es alguien que tú y yo conocemos muy bien.
Epifanio: ¿Quién es? Habla de una buena vez que estás comenzando a intrigarme.
Carolina: Pues agárrate ahí porque se trata de nada más y nada menos que Lisa Román.
Epifanio se impacta en gran manera al escuchar el nombre y se toma asiento en su sillón.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA
Milena llega caminando pensativa a la sala de espera del hospital luego de la conversación que escuchó. Eduardo está allí presente y ambos se ven.


Milena: Patrón, no sabía que usted estaba aquí. Buenos días.
Eduardo: (desanimado) Buenos días, Milena. No he tenido oportunidad de ir a la hacienda. Han pasado muchas cosas y mi mamá…
Milena: Ya me enteré y créame que lo siento mucho por usted. Todos en la hacienda lamentamos la muerte de doña Lucrecia, que en paz descanse. Mi más sentido pésame.
Eduardo: Gracias. Debo ir más tarde a la hacienda para ducharme y cambiarme de ropa para el funeral, solo que se presentó un imprevisto con Casimira y acompañé a Marissa. Tal parece ella le tenía que decir algo importante.
Milena: (desconcertada) ¿Quién es Marissa, don Eduardo? ¿Alguna pariente de Casimira?
Eduardo: No, para nada. Marissa es la mujer que Danilo ayudó, ¿recuerdas? La que Tarcisio acusó de haber atacado a tu hermano.
Milena: (sorprendida) Pues no sabía que se llamara así. Se supone que no recuerda nada ni siquiera su nombre.
Eduardo se incomoda al ver que ha cometido una imprudencia. Marissa aparece en escena en ese momento notablemente cabizbaja y con lágrimas en los ojos. La mujer se sorprende al ver a Milena.

Marissa: (con la voz seca) Hola, Milena.
Milena: Qué bueno verla de nuevo, señora. Nos tenía preocupados a todos después de que se fue de la hacienda. Mi hermano ha preguntado mucho por usted. ¿Dónde ha estado?
Marissa: Me quedé en casa de Casimira y con todo esto, no había podido pasarme a ver a Danilo aquí en el hospital después de lo que hizo por mí. Lo siento mucho.
Milena: Pierda cuidado. Más bien cuénteme cómo sigue Casimira. Don Eduardo me dijo que ella tenía que hablar con usted.
Marissa se siente incapaz de responder esa pregunta y respira hondo.
Eduardo: ¿Ocurre algo, Marissa? ¿Cómo está Casimira?
Marissa: Acaba de morir.
Eduardo y Milena se impactan en gran manera al escucharla.
Milena: Eso no puede ser (Negando con la cabeza). Casimira no pudo haber muerto, señora. Dígame que eso no es verdad, por favor (Dolida).
Marissa: (llorando) Quisiera decirte lo contrario, Milena, pero es verdad. Casimira murió frente a mí hace tan solo unos minutos. Ella ya no está con nosotros.
Milena: (rompiendo a llorar) ¡No, no! ¡Mi Casimira no pudo! ¡Casimira! ¡Mi viejita!
Eduardo se acerca a Milena y le pone una mano en el hombro para confortarla.
Marissa: La pobre sólo quería hablar conmigo para irse en paz. Por eso le pidió a la enfermera que se comunicara conmigo. Ella lo estimaba mucho a usted, señor Román.
Eduardo: ¿Te habló sobre mí?
Marissa: (limpiándose las lágrimas) Sí. Tan preocupada estaba por usted que me pidió no dejarlo solo, que ocupara yo el lugar de ella en la hacienda cuando muriera y otras cosas más. Me dijo que esa era su voluntad…
Eduardo: (perturbado) Pobre Casimira. Tantos años de fiel servicio a nuestra familia y morir así…
Milena: Mi Casimira… (Llorando) Ella fue como una tía para mí, una amiga, mi confidente, mi todo, casi como mi jefa. ¿Cómo pudo pasarle esto? Justo a ella…
Marissa se acerca para abrazar a Milena y la conforta frotándole la espalda. La muchacha sigue llorando y Eduardo luce algo afligido por la inesperada noticia.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Lisa entra a la sala de la casa en donde la espera una mujer misteriosa de espaldas. La muchacha se extraña al verla, pues no la reconoce.

Lisa: Buenos días. ¿Puedo saber quién es usted y qué se le ofrece? Me dijo la criada que es una amiga mía.
La mujer se da la vuelta dejando impactada en ese preciso instante a Lisa, quien incluso echa un paso para atrás.

Lisa: ¿Gracia?
En ese momento, la cámara enfoca el rostro de la mujer, que, en efecto, se trata de Gracia. Ésta le sonríe a Lisa.
Gracia: Hola, Lisa. ¿Cómo estás?
Lisa mira con los ojos desorbitados a Gracia. Tal parece ambas se conocen muy bien.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Carolina le ha dicho a Epifanio que Lisa Román ha aplicado a su agencia para ser modelo e imagen de una campaña publicitaria, cosa que ha sorprendido al hombre al punto de haberse sentado en su sillón.


Carolina: (extrañada) ¿Por qué te sorprende tanto la noticia, papá? Te pusiste pálido. ¿Qué pasa?
Epifanio: Eh, no es nada, hija. No me hagas caso (Fingiendo). Es sólo que me parece muy casual que justo esa muchachita quisiera aplicar a tu agencia. Pensé que le caías mal.
Carolina: Por supuesto que le caigo mal. Tú sabes. Ella no me quiere como la próxima esposa de su papá y me detesta, pero tal vez no sabe que la agencia es mía.
Epifanio: ¿Entonces qué piensas hacer? ¿Vas a aceptarla?
Carolina: (sonriendo) Por supuesto. Con eso podré ponerla de mi lado y ganarme su confianza. ¿Te das cuenta? De esa manera la muchacha esa bajará la guardia y me dejará el camino libre para conquistar a Eduardo.
Epifanio: No lo sé, Carolina. Cada vez me convenzo más de que deberías alejarte de esa familia de una vez por todas.
Carolina: ¿Por qué, papá? (Se sienta frente a él) ¿Tienes idea de por cuántos años he amado a Eduardo en silencio? Esta es la oportunidad perfecta para mí ahora que Helena no está.
Epifanio: Pero ya te dije lo que pienso de tu relación con ese hombre.
Carolina: Pues para ser tú un hombre de negocios y finanzas, deberías ver en ese posible matrimonio una oportunidad para ti de ganar. Recuerda que los Román son una de las familias más ricas de todo el pueblo y de la región. Imagínate si emparentamos con ellos.
Epifanio: Tú eres mujer y él es hombre. ¿Quién crees que tendría más peso en la relación?
Carolina: No lo veas de ese lado, además, ya no seas tan machista. Esos son ideales del siglo pasado. Si me caso con Eduardo, no permitiría que él me hiciera a un lado de los negocios y ambos tendríamos derechos por igual.
Epifanio: Haz lo que quieras entonces, pero con mi aprobación no cuentes. Yo sigo firme en mi decisión de desheredarte si contraes matrimonio con ese tipo. ¡Punto!
Epifanio se levanta del sillón y se retira de la sala dejando a Carolina frustrada. Desde cierto ángulo, se ve al hombre poniéndose de pie junto a una pared y de lejos se enfoca a Carolina.
Epifanio: Perdóname por apartarte del amor de tu vida, hija, pero no puedo permitir que corras el mismo riesgo que corrió Helena… Mi Helena…
Epifanio menciona aquel nombre con cierta aflicción y saca del bolsillo de su pantalón un relicario con la foto de una mujer en color sepia. Él observa dicha foto y no puede evitar ponerse sollozo.
Epifanio: (susurrando) Perdóname por todo tú también, Helena, pero fue mejor así…
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Lisa sigue impactada al tener frente a ella a Gracia, quien la ha visitado inesperadamente. Es de notar que Gracia habla con una voz un tanto grave y masculina.


Gracia: ¿Por qué te quedas callada, querida? ¿Tan poco gusto sientes al verme?
Lisa: (desconcertada) ¿Qué estás haciendo tú aquí? ¿Cómo llegaste? ¿Cuándo? (Exaltada).
Gracia: ¿Por qué te pones así? Esas no son las atenciones que deberías tener para alguien tan importante en tu vida como lo soy yo.
Gracia se sienta con gran descaro en el sofá más amplio de la sala.
Lisa: Dime a qué has venido. Jamás me esperé que vinieras hasta este pueblo a visitarme. ¿Qué te traes entre manos y por qué no me dijiste nada primero?
Gracia: Porque quería darte una sorpresa para echarte una mano, pero veo que fue mala idea. Te cayó muy mal que te hiciera una visita desinteresada.
Lisa: Tú y yo habíamos quedado en algo y se supone que desde la capital me ayudarías a entrar a la agencia. ¿Qué tal si te ven aquí? ¿Qué voy a decir?
Gracia: Pues la verdad. ¿No es lo más obvio?
Lisa: (incrédula) Ja, ¿la verdad? ¿Quieres destruirme y hacerme ver como una desvergonzada delante de todo el mundo? Mira, mejor vete antes de que alguien de mi familia te vea.
Gracia frunce el ceño, se levanta del sofá y se acerca a Lisa tomándola con brusquedad del mentón.
Gracia: No trates de tomarme del pelo, Lisa. ¿Dónde dejaste todo lo que me has prometido desde que nos conocimos? ¿Olvidas que tenemos una relación o sólo has estado jugando conmigo?
CONTINUARÁ…
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