Capítulo 13: Matrimonio a la vista
Gracia sigue presionando con fuerza el mentón de Lisa, quien la mira un tanto asustada. La primera le ha reprochado su mal recibimiento a la segunda a pesar de que, al parecer, ambas sostienen una relación sentimental.


Gracia: ¡Respóndeme! ¿Por eso te molesta que haya venido a verte? ¿Me has usado para tu beneficio y para que te ayude a entrar a la agencia?
Lisa: Ca… Cálmate, Gracia. Estás malentendiendo todo. De ninguna manera es así.
Gracia suelta a Lisa de mala gana. Esta última se acerca a ella y la toma de las manos de una forma fraternal cuidando que nadie las vea.
Lisa: Yo nunca he jugado contigo ni te he usado como dices. Mis sentimientos por ti son sinceros (Acariciándole el cabello).
Gracia: (con desconfianza) ¿Me lo juras?
Lisa: Claro que sí. Entiende que mi familia no sabe mi verdadera orientación sexual y si lo supieran, sería un escándalo. Por eso me exalté cuando te vi, pero no pienses mal, ¿va?
Gracia: Está bien. Voy a confiar en ti y perdóname. Pensé por un momento que tú…
Lisa: Pues ya no pienses eso. Tú sabes que te quiero y te prometí que cuando me convirtiera en esa modelo famosa que sueño ser, nos iríamos a los Estados Unidos para vivir juntas y que tú serías mi manager. ¿Recuerdas?
Gracia: Sí, sí lo recuerdo.
Lisa: Bueno, ya que lo sabes, sigue confiando en mí como siempre lo has hecho. Podemos ser felices juntas y así será.
Gracia: Es sólo que me aterra la idea de perderte. Tú eres muy joven y puedes terminar aburriéndote de mí o fijarte en una de tu misma edad, y eso sería algo que no soportaría.
Lisa: Entiende algo. La única que me interesa eres tú y contigo quiero compartir mi vida. Ya deja esos complejos absurdos a un lado y sígueme ayudando con mi carrera que para eso te he mandado tantas fotos íntimas mías a través de internet.
Gracia: Precisamente, estoy aquí por esa razón. Viajé con mi jefa que es la dueña de la agencia y logré convencerla de que seas la imagen de una importante campaña publicitaria.
Lisa: (sorprendida) ¿En serio?
Gracia: Sí y quiere conocerte en persona para hacerte una entrevista de aptitudes y esas cosas que tú sabes, así que debes prepararte muy bien. Ella agendó la cita para mañana.
Lisa: (emocionada) ¡Ay, qué alegría! Es la mejor noticia que me han podido dar después de la inesperada muerte de mi abuelita.
Gracia: (sorprendida) ¿Tu abuela murió?
Lisa: Sí, desafortunadamente. Ayer sufrió un desmayo y la pobre no resistió, pero ni modo (Cínica). La vida continúa, además, sin ella, será más fácil cumplir mi sueño porque te conté que no le parecía buena idea.
Gracia: Lo siento mucho. Ahora entiendo por qué también estabas algo a la defensiva conmigo.
Lisa: No te preocupes. Ahora lo importante es centrarme en mi futura carrera que con tu ayuda lograré alcanzar.
Lisa se lanza a abrazar a Gracia emocionada, aunque a sus espaldas hace una expresión de repugnancia.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PRADOS / DÍA

Pablo se encuentra platicando con un peón en un amplio prado de la hacienda y en donde, a su vez, hay otros peones cosechando lo que parece ser heno.

El peón: ¿Ves lo que estamos haciendo?
Pablo: Sí, aunque no estoy muy seguro de qué se trata el trabajo.
El peón: Mira, muchacho. Dos veces por semana nos encargamos de cosechar el heno para las reses y los equinos. Por hoy encárgate de eso. Más tarde, pásate por las caballerizas para que les des de comer a los animales y ya mañana te digo qué más haces.
Pablo: Está bien. Entendido y muchas gracias.
El peón: No hay de qué y cualquier duda me cuentas. Ahí te dejo.
El peón le da una palmada en el hombro a Pablo y se retira. Tarcisio se acerca desde atrás viendo con seriedad al joven.

Tarcisio: ¿Entonces era verdad?
Pablo se da la vuelta y se molesta al reconocer a Tarcisio, por lo que no lo mira muy bien.
Tarcisio: ¿Tú sí vas a ser el reemplazo de ese otro bueno para nada de Danilo?
Pablo: Sí, así es. Milena habló con uno de sus patrones, un tal don Manuel. Le preguntó si podía trabajar aquí mientras y él dijo que sí. ¿Por qué? ¿Le molesta?
Tarcisio: No tendría por qué molestarme. Total, el capataz soy yo y tú sólo eres un peón recién llegado. Nomás déjame darte un consejo.
Pablo: (muy serio) Pues a ver, dígame. Soy todo oídos.
Tarcisio: No te metas en lo que no te importa. La vez pasada la dejé pasar, pero si a la próxima intentas meterte conmigo, no te va a ir nada bien.
Pablo: Me metí porque sí me importaba y me voy a meter todas las veces que haga falta si vuelvo a ver que le pone una mano encima a Milena. ¿Cómo la ve?
Tarcisio: (riendo con ironía) ¿Me estás amenazando?
Pablo: Tómelo como quiera, señor. Me da la leve impresión que a usted nunca lo ponen en su lugar escudándose con ese cuento barato de que es el capataz, pero conmigo no le va a funcionar.
Pablo mira fulminante a Tarcisio y se retira de allí con decisión. Tarcisio sonríe con una sutil malicia al tiempo que se pone un palillo de madera entre los dientes.
Tarcisio: Voy a deshacerme de este idiota a como dé lugar y no me va a impedir que haga mía a la Milena esa a la que hace rato le traigo retehartas ganas.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, CAFETERÍA / DÍA
Marissa le lleva un café caliente a Eduardo, quien está sentado a la mesa. Ella también trae para sí y se sienta frente a él.


Marissa: Logré tranquilizar un poco a Milena después de que insistiera en entrar a la habitación para ver a Casimira. Le puso peor verla sin vida ahí en la cama. Pobrecilla.
Eduardo: Cómo lamento que esto haya pasado. Estuve tan sumido en mi dolor por la muerte de mi mamá que ni me aparecí por la hacienda. Es que ni enterado estaba hasta esta mañana. Pobre Casimira. Siempre fue tan fiel y tan servicial (Perturbado).
Eduardo bebe un sorbo del café.
Marissa: Precisamente, por eso hay que recordarla con alegría. Aunque la conocí poco tiempo, ella estuvo al pendiente de mí, cuidándome junto con Danilo y por eso le estoy muy agradecida.
Eduardo: Sí. Ella siempre fue una excelente persona y se preocupaba por todos a pesar de que mi mamá no le daba el mejor de los tratos. Qué curioso que ambas murieran en tan poco lapso de tiempo.
Marissa: ¿Usted cree que se trate de mera casualidad, señor Román?
Eduardo: Claro. ¿Por qué más podría ser? No hay manera de que hubieran sido asesinadas a propósito por alguna persona y que para colmo fuera la misma.
Justo cuando Eduardo menciona aquello, Marissa estaba tomando un sorbo de su café y lo escupe levemente.
Eduardo: ¿Estás bien?
Marissa: (tosiendo) Sí. No se preocupe. Es sólo que me impresionó un poco lo que dijo.
Marissa se limpia los labios con una servilleta al tiempo que habla para consigo misma en sus pensamientos.
Marissa: (pensando) ¿Será posible que la muerte de la madre de Eduardo Román esté relacionada con la de Casimira?
Eduardo: Bueno, no tengo mucho tiempo y debo ir a la hacienda para cambiarme. Tú deberías ir a la casa en la que te estás quedando, empacar tus cosas y venir también.
Marissa: (confundida) Disculpe, señor Román, pero no le entiendo. ¿Venir a dónde?
Eduardo: A la hacienda. Casimira fue alguien especial para mí y le tomé mucho aprecio en los años que trabajó para nosotros, y si ella confiaba tanto en ti como para que tomaras su trabajo, ¿por qué no cumplir su última voluntad?
Marissa: (sorprendida) No creo que eso sea buena idea. Yo se lo dije a ella antes de morir y tampoco me sentiría muy bien haciéndolo.
Eduardo: De igual manera, si tú no tomas el trabajo, tendremos que dárselo a otra empleada que reemplace a Casimira y pienso que es peor porque sería una completa desconocida para nosotros.
Marissa: La verdad no sé qué decir. Yo quería trabajar en su hacienda por los motivos de los que le platiqué, pero no de esta manera.
Eduardo: Entonces, míralo como una oportunidad, además, hay algo que tengo en mente y me gustaría que tú hicieras parte de eso para que me ayudaras, Marissa.
Marissa: (extrañada) ¿De qué se trata?
Eduardo: Lo sabrás si vienes a la hacienda esta noche después del funeral de mi mamá. Si Casimira confiaba en ti, yo haré lo mismo por respeto a su memoria y los años de servicio que nos dio. ¿Qué dices?
Marissa se queda pensativa unos cuantos segundos para luego asentar con la cabeza algo insegura.
Marissa: Está bien, señor Román. Acepto. Voy a trabajar para usted.
Eduardo: (sonriendo levemente) Gracias. Créeme que serás de gran ayuda para mí.
Eduardo toma de las manos a la mujer, detalle por el cual ella se sorprende.
Eduardo: Espero que no me falles porque esta noche te estaré esperando y de eso depende el futuro de mi familia.
Marissa luce desconcertada a la vez que intrigada ante las palabras de Eduardo.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, DORMITORIO / DÍA

Carolina le muestra a Gracia el dormitorio de huéspedes en el que se quedará temporalmente.


Carolina: ¿Qué tal? ¿Te gusta?
Gracia: (sonriendo) Por supuesto, Caro. Me encanta y es muy acogedor el cuarto. Te agradezco haberme dado posada en tu mansión, aunque insisto que pude haber ido a un hotel.
Carolina: ¿Tú crees que iba a permitir que mi mano derecha anduviera en un hotel? Claro que no, Gracia y, además, aparte de trabajar para mí, también eres mi amiga y las puertas de mi casa están abiertas para ti.
Gracia: Muchas gracias por tu hospitalidad, querida.
Carolina: Bueno y cuéntame. ¿Lograste hablar con Lisa Román? (Gracia asiente con la cabeza) ¿Qué te dijo?
Gracia: Se puso muy contenta con la noticia. Tú sabes. Es una muchachita con muchos sueños e ilusiones, y esto del modelaje la vuelve loca (Riendo). Lo sabré yo que la conozco desde hace tiempo por internet.
Carolina: Me alegra escuchar eso. Tú no le habrás dicho que la dueña de la agencia para la que aplicó soy yo. ¿O sí?
Gracia: Por supuesto que no. Tú me lo pediste y lo mantuve en secreto para que sea una sorpresa para ella cuando lo sepa.
Carolina: Espero y no se arrepienta. Te conté que me odia y la última vez que fui la hacienda hasta me corrió.
Gracia: No le hagas caso. Yo estoy segura de que, con tal de que le permitas trabajar en su agencia como modelo, va a bajar la guardia y te aceptará como la esposa de su padre.
Carolina: Pues ya no estoy tan segura si vaya a poder casarme con Eduardo. Mi papá me ha dicho muchas veces que no aprobará mi matrimonio con él y no sé qué hacer, Gracia.
Gracia: Tal vez a él le pasa lo mismo que a Lisa y está celoso de que su única hija por fin se case.
Carolina: (pensativa) Puede ser y, aunque lo siento mucho por él, no pienso desistir de conquistar a Eduardo. Yo lo amo y no lo voy a dejar, cueste lo que cueste.
Gracia: Entonces, no deberías estar aquí tan tranquila. Eduardo debe estar necesitando en estos momentos un hombro sobre el cual llorar y tu serías la perfecta para ello.
Carolina: ¿Por qué lo dices, Gracia? ¿A qué te refieres?
Gracia: Lisa me contó que su abuela murió.
Carolina: (impactada) ¿Doña Lucrecia está muerta? ¿Cómo? ¿Cuándo pasó?
Gracia: No indagué mucho, pero según escuché, la señora se desmayó y no resistió. Fue ayer.
Carolina: Me dejas helada. No lo sabía. Eduardo debe estar destrozado. La muerte de Helena aún está reciente y ahora esto. No lo puedo creer (Impresionada).
Gracia: Deberías correr al cementerio para darle tu más sentido pésame, digo, ¿no? Puedes sacar partido de la situación para acercarte a él.
Carolina: Pues, aunque suena un poco feo plantearlo así, tienes razón. Voy ya mismo para allá. Espero no llegar muy tarde. Nos vemos luego.
Carolina sale de prisa del dormitorio dejando sola a Gracia. Desde cierto ángulo, se observa a Epifanio, quien al parecer estaba escuchando la conversación.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA

Marissa llega arrastrando una maleta acompañada de Milena. Las dos entran por la puerta principal de la casa de la hacienda.


Milena: (con la voz seca) Bienvenida de nuevo, señora. Espero pueda sentirse cómoda con el trabajo que quedó vacante ahora que Casimira no está (Triste).
Marissa: Gracias, Milena. Espero no pienses mal de mí. De hecho, no quería tomar el trabajo de no ser porque tanto Casimira como el señor Román me insistieron.
Milena: Tranquila. De ninguna manera pensaría mal de usted. Todo lo contrario. Si usted me cae retebien (Le sonríe levemente). Además, mi hermanito la quiere mucho y no es para menos. Usted inspira mucha confianza.
Marissa: Gracias y por favor, dile a Danilo la próxima vez que vayas al hospital que estoy bien, para que no se preocupe. Dile también que estaré pasándome pronto por allí para saludarlo.
Milena: Así lo haré, señora. Eh… Disculpe que le pregunte, no sé si sea adecuado o me pase de metiche, pero me mata la duda por saber si usted todavía no recuerda nada como al principio.
Marissa: (incómoda) Está bien. Te lo voy a decir, pero prométeme que no se lo vas a contar a nadie más. Te lo pido.
Milena: Claro que sí. Confíe en mí.
De lejos, viene caminando Cecilia, quien reconoce a Marissa y alcanza a escuchar la conversación de ésta con Milena. Ellas dos no la ven.

Marissa: Hace ya varios días que recuperé todos mis recuerdos, desde el día que ocurrió el incidente entre Danilo y Tarcisio.
Milena: (sorprendida) Entonces, ¿por qué les dijo a todos que todavía no recordaba nada?
Marissa: Tenía que hacerlo, Milena y es algo muy difícil de explicar porque también involucra a tu madre y por eso necesito que permanezcas calma.
Milena: ¿Qué tiene que ver mi madre? No entiendo.
Cecilia, alertada, interviene inmediatamente para evitar que Marissa le cuente la verdad a Milena.
Cecilia: (muy molesta) ¿Qué estás haciendo tú aquí? Pensé que te habían corrido y no pensabas volver nunca más.
Marissa: (seria) Regresé porque ahora voy a ser el reemplazo de Casimira.
Cecilia: ¿Cómo que el reemplazo de Casimira? ¿Quién te has creído para tomarte ese tipo de atribuciones?
Milena: Basta, mamá. ¿Por qué la tratas así?
Cecilia: Tú vete para la cocina, Milena. Tengo que hablar muy seriamente con esta mujer porque, al parecer, no ha entendido que la quiero lejos de nuestras vidas.
Marissa: Imagino que escuchaste todo lo que dije a tu hija hace un rato y por eso temes que hable de más frente a ella. ¿No es así, Cecilia?
Cecilia: (nerviosa) ¡Largo! Tú no tienes nada que hacer en esta hacienda. Eres una invasora que ahora pretende usurpar el lugar de Casimira aprovechándote de que la pobre está en el hospital.
Milena: Ella no está usurpando nada, mamá. Vino porque el mismo don Eduardo se lo pidió ahora que Casimira murió.
Cecilia: (impactada) ¿Qué dices?
Milena: (afligida) Casimira murió esta mañana y hasta ella misma llamó a la señora para pedirle que tomara su trabajo al morir. Tal parece que ella lo presentía y quiso confiarle su trabajo.
Cecilia: ¿Por qué no me llamaste para contarme? Merecía saberlo. Casimira es mi amiga.
Milena: Perdóname. Estaba tan triste que no pensé en nada más y ya justo te lo iba a contar, pero a lo que voy es que estás siendo muy injusta con la señora. Ella no tiene ninguna mala intención.
Cecilia: Pues tú dirás lo que quieras, pero yo no confío en ésta y voy a hablar muy seriamente con don Eduardo para que la corra. Es peligrosa y bien sabes el problema en el que tu hermano resultó afectado por culpa de ella.
Marissa: Es verdad que Danilo me defendió al punto de querer dar su vida por mí y se lo agradezco en el alma, pero no tengo la consciencia tan podrida como tú.
Cecilia: ¡Cállate, mujerzuela! ¡Tú no sabes nada sobre mí!
Marissa: (desafiante) ¡Pues sé mucho más de lo que cualquiera sabe! ¿Quién es la verdadera mujerzuela aquí? ¿Tú que fuiste amante de mi marido y tuviste una familia con él por años? ¿O yo que fui víctima de los engaños de ustedes dos?
Cecilia enfurece y no se da a la espera para lanzarle una sonora cachetada a Marissa, pero ésta rápidamente le devuelve la cachetada, sin pestañear y con mayor intensidad, dejando sorprendida a Milena.
Cecilia: (histérica) ¿Cómo te atreves a cachetearme?
Cecilia intenta ir hacia ella, pero Milena se interpone.
Milena: (desesperada) ¡Por Dios! ¡Cálmense!
Cecilia: Tú mantente al margen de esto, Milena. ¡Vete de aquí!
Milena: ¿Y dejarlas aquí peleando? ¡Claro que no!
Marissa: Perdóname, Milena. No quería llegar a estos extremos, pero tú misma viste que fue tu madre quien me provocó.
Milena: Sí, yo vi y también escuché todo, así que exijo una explicación. ¿Qué es todo eso que dijo esta mujer, mamá? ¿Cómo que tienes un idilio con el marido de ella y hasta una familia? ¿Qué quiso decir? (Desconcertada).
Cecilia: ¡Todo es una sarta de mentiras y sandeces de parte de ella para hacernos daño! ¿Por qué crees que enamoró a tu hermano como una descarada? ¡Esta mujer nos odia, Milena!
Marissa: ¿Vas a seguir negándole la verdad a tu propia hija? ¿Qué clase de madre eres? Ya quítate la máscara y asume tus actos.
Cecilia respira agitada y enmudecida sin saber qué decir.
Milena: Ya. Hablen claro y no se anden con más rodeos. Ya tuve suficiente el día de hoy con lo de Casimira. ¿Qué es eso que tengo que saber? ¿Qué se traen ustedes dos? (Las mira) ¡Hablen!
EXT. / CEMENTERIO DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Entretanto, en el cementerio del pueblo, se lleva a cabo el funeral de Lucrecia Castillo. El ataúd aún no ha sido sepultado debido a que el sacerdote, como es costumbre, da una prédica la cual todos oyen en silencio. Eduardo, Manuel, Luis Enrique, Lisa y otros allegados a la familia están presentes, todos vistiendo de negro. Lisa usa lentes de sol al igual que Eduardo, quien se acerca al ataúd y deja sobre él un clavel blanco.




Eduardo: Espero que descanses en paz, mamá. Te prometo que arreglaré el desastre que hice.
Eduardo deja caer de uno de sus ojos una lágrima. Luis Enrique, con su habitual hipocresía, se acerca a él y le pone una mano en el hombro para confortarlo. Manuel observa con disgusto.
Manuel: (pensando) Veremos si de verdad serás capaz de arreglar tu desastre encerrado en un manicomio cuando te haga pasar por un maniático depresivo, Eduardo.
Por su parte, el sacerdote termina de dar su prédica y se santigua para dar la bendición al mismo tiempo de todos los presentes.
El sacerdote: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos los presentes: (al unísono) Amén.
El sacerdote: Pueden ir en paz y que el amor infinito de Dios los acompañe para superar y tener resignación ante la muerte de nuestra hermana, Lucrecia Castillo, que en paz descansa ya.
El sacerdote se retira del lugar y los sepultureros proceden a bajar el ataúd. Lisa finge gimotear afligida y se acerca.
Lisa: ¡Esperen! (Todos la miran) Quisiera despedirme y ver a mi querida abuela por última vez, por favor. Denme un momento.
Manuel: (tomándola del brazo) ¡No te acerques a mi madre!
Eduardo: Déjala. Tiene derecho. Después de todo, somos una “familia”, ¿no? (Con sarcasmo).
Manuel no ve más opción que la de obedecer a Eduardo y suelta a Lisa. Ella se acerca al ataúd y levanta la tapa superior para ver el rostro de Lucrecia por última vez. La joven se inclina un poco para hablarle y susurrarle de cerca.
Lisa: (susurrando) Adiós, abuelita. Espero que te pudras en el infierno junto con Helena y con la metiche de Casimira. Tú fuiste la siguiente en la lista y ya sólo me falta encargarme de tu hijito Manuel, al que también me daré el gusto de matar.
De repente, Lucrecia abre los ojos de una forma aterradora y acusadora. Lisa se echa para atrás gritando muy asustada.

Lisa: (aterrada) ¡Ah! ¡Está viva!
Todas las personas se sorprenden.
Manuel: ¿De qué estás hablando?
Lisa: ¡La abuela está viva! ¡Abrió los ojos! ¡Está viva! (Repita muy nerviosa).
Eduardo y Manuel miran hacia el interior del ataúd, pero contrario a lo dicho por Lisa, los ojos de Lucrecia permanecen cerrados.
Manuel: (molesto) ¿Te volviste loca?
Lisa mira de nuevo al interior del ataúd sorprendiéndose al encontrar a Lucrecia con los ojos cerrados como hace un momento.
Lisa: No puede ser. Yo vi cuando abrió los ojos. Estoy segura.
Manuel: ¡Deja de jugar con algo tan serio! Estamos en medio de un funeral.
Lisa: ¡Estoy diciendo la verdad! Se los juro. La vieja esa sigue con vida. Tienen que llevarla al hospital de nuevo, tomarle el pulso, no sé. ¡Hagan algo! ¡Deben creerme! (Histérica).
Eduardo: ¡Basta, Lisa! (Molesto) ¡Cállate ya!
Lisa: Pero, papá…
Eduardo: Vete y espérame en el auto.
Lisa mira a su alrededor y se percata que los presentes están mirándola asombrados y murmurando entre sí, por lo que decide retirarse de mala gana.
Eduardo: Disculpen, por favor. Mi hija debe estar muy afectada y todavía no se hace a la idea de que su abuela murió. Continuemos para terminar con esto rápido, por favor.
Es así como los sepultureros proceden a bajar el ataúd. Carolina viene llegando en ese momento y se acerca a Eduardo, quien derrama varias lágrimas.

Carolina: Eduardo…
Eduardo: Carolina, tú aquí.
Carolina: No podía faltar. Me dijeron hace poco y en cuanto lo supe, vine corriendo para acá. Lo siento muchísimo.
Carolina abraza a Eduardo fuertemente, quien le corresponde. Luis Enrique se acerca con disimulo a Manuel. Los dos miran de lejos a Eduardo y Carolina abrazándose.
Luis Enrique: ¿Quién es ella?
Manuel: Carolina de La Torre.
Luis Enrique: (sorprendido) ¿La hija de don Epifanio de La Torre?
Manuel: (serio) La misma. Ha sido amiga de Eduardo desde antes que él se casara y ha estado enamorada de él.
Luis Enrique: ¡Vaya! Ese dato no me lo sabía. Había escuchado de los de La Torre, pero nunca había conocido a un miembro de esa familia.
Manuel: ¿Ya pensaste en la propuesta que te hice en el hospital?
Luis Enrique: Sí y pienso aceptar. También me conozco tu juego, así que no tienes que ser hipócrita conmigo (Voltea a verlo de frente).
Manuel: ¿Por qué lo dices? Te estoy dando la oportunidad de trabajar para mí, a pesar de tus intenciones. Deberías agradecerme por ello.
Luis Enrique: Corrección. Yo no trabajaré para ti. Tú piensas usarme porque ves en mí la oportunidad de recuperar las pérdidas económicas de Eduardo y porque eres un inútil que necesita un lavaperros que haga el trabajo por ti. ¿Vas a negármelo?
Manuel: (sonriendo) No tienes que decirlo de esa manera. Me haces ver como si fuera un explotador y yo sólo quiero ganar tanto como tú.
Luis Enrique: Exactamente y por esa razón, trabajaré para ti o, más bien, dejaré que me uses a tu antojo, pero no será tan fácil como parece, mi querido Manuel.
Manuel lo escucha con atención. Los dos se retan con la mirada.
Luis Enrique: Hace mucho tengo la mira puesta en la fortuna de los Román y me quiero quedar con ella tanto como tú, así que esto será una batalla en lugar de un trabajo para ver quién es el más ávido de los dos.
Luis Enrique se retira dejando a Manuel un tanto disgustado por aquella conversación.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA
Milena se encuentra sumamente desconcertada después de que Marissa dijera que Cecilia fue amante de su marido y tuvo una familia con él. Cecilia no sabe qué decir respirando agitada.



Marissa: (muy seria) ¿Vas a hablar, Cecilia o prefieres que lo haga yo?
Cecilia: ¡Cállate, mustia! Debiste haberte muerto en ese accidente. ¿Por qué tenías que aparecerte de nuevo a arruinarlo todo?
Milena: (molesta) ¡Ya basta, mamá! ¿Cómo puedes desearle la muerte a alguien?
Cecilia: Hija, por favor, no escuches nada de lo que tenga para decir ésa. Diga lo que diga, debes creerme.
Milena: Entonces, habla. ¿Qué es lo que sucedió entre ustedes para que se lleven tan mal?
Marissa: Milena, tu madre ha sido amante de mi marido por más de veinte años.
Cecilia: (furiosa) ¡Dije que te callaras!
Marissa: Y no sólo eso, él también es tu padre y el de Danilo.
Milena: (impactada) ¿Qué?
Milena, de inmediato, voltea a ver hacia su madre con gran desilusión.
Milena: ¿Es eso cierto, mamá?
Cecilia se pone muy nerviosa al escuchar tal pregunta de su hija.
Milena: ¡Respóndeme! ¿Mi papá en realidad no está casado contigo?
Cecilia: Milena, yo…
Milena: No lo puedo creer (Dolida). Entonces, sí es verdad.
Cecilia: (desesperada) ¡Hija, yo no lo sabía! Cuando tu padre se fue a probar suerte para la capital, se enredó con esa mojigata y se casó con ella sin que yo me enterara, pero él y yo ya teníamos una relación de mucho tiempo.
Marissa: Tal vez eso de que tú ya tenías una relación con Luis Enrique podrá ser cierto, Cecilia, pero no nos veas la cara de estúpidas. Tú sí estabas al tanto de mi matrimonio con él y permaneciste a su lado, aceptaste ser su amante por interés. ¿Olvidas que los escuché la noche que tuve el accidente cuando los descubrí en la cama? (Resentida).
Milena: (llorando) Dios mío. ¿Qué es todo esto? ¿Cómo es posible que hubieras caído tan bajo, mamá?
Cecilia: Milena, no es así. Yo te puedo explicar cómo fue realmente todo. No le creas a esa desconocida.
Milena: ¿Y acaso sí puedo creer en ti? ¿Quieres que te escuche para seguirme mintiendo? A quien desconozco en este momento es a ti, mamá. ¡A ti!
Cecilia: No me hables así. Tú no sabes nada.
Milena: Pues ahora sí lo sé. Ahora entiendo por qué mi papá nunca estuvo a nuestro lado y por qué nunca lo conocimos. Lo único que hacía era enviarnos cartas, llamarnos y enviarnos lana, todo para ocultar que estaba casado en la capital con otra mujer y tú te prestaste a todo eso. ¿Cómo pudieron? (Indignada).
Cecilia: Lo hicimos por su bien, para que ustedes tuvieran una mejor vida. Créeme.
Milena: ¿Una mejor vida? Lo que hicieron no tiene nombre, así que no trates de justificar tu engaño ni el de ese señor que dice ser mi padre.
Cecilia: No te refieras así a él. Tú no tienes idea de lo mucho que los ama y cuánto sufrió por no poder estar a su lado.
Milena: Pues no te creo. Para empezar, nunca debió casarse con otra mujer si tanto nos amaba y abandonarnos con esa excusa de que trabajaba en el extranjero, algo que por cierto me imagino que es mentira también, ¿no?
Marissa: Así es, Milena, pero tu padre siempre ha estado más cerca de ustedes de lo que crees. Incluso tú lo conoces, sólo que entre él y Cecilia se han encargado de ocultarlo muy bien.
Milena: Esto es el colmo. ¿Quién es?
Marissa: Creo que ya dije muchas cosas que sólo tu madre podía contarte. Deja que al menos ella tenga el coraje de decirte quién es. Yo mejor las dejo a solas para que hablen. Iré a tomar el cuarto de Casimira.
Marissa toma su maleta y se retira de allí mirando fulminante a Cecilia. Ésta también la observa con un profundo odio. Luego de que Cecilia y Milena se quedan a solas, ésta última se acerca a la muchacha, pero ella se aleja.
Milena: No quiero que me toques.
Cecilia: Milena, por favor.
Milena: ¿Qué vas a decir? ¿Piensas justificar tus actos y los de tu amante? Me avergüenzo de sólo pensar que Danilo y yo somos producto de una sarta de engaños.
Cecilia: No lo veas así, hija. Entiéndelo (Desesperada). Yo amo a tu padre y él también me ama a mí. Los cuatro somos una familia.
Milena: ¡Mentira! Ninguna familia. Eso es que lo tú quieres creer, pero no me fuerces a mí a creer lo mismo. Mejor dime de una buena vez quién es ese hombre.
Cecilia: Por favor, no me hagas esto, no ahora. Te lo diré luego.
Milena: Muy bien, ya que insistes en seguir mintiendo, guárdate el nombre para ti solita y a mí no me hables.
Milena mira fulminante a su madre y se retira de allí muy apresurada. Cecilia rompe a llorar frustrada.
Cecilia: ¡Maldita mojigata! (Apretando los dientes) ¡La odio! ¿Por qué no se murió? ¿Por qué? (Chillando).
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA
Es casi atardecer. Gracia se dirige a las escaleras para subir a su dormitorio, pero antes, pasa cerca de la amplia sala de la mansión y alcanza a ver a Epifanio, sentado en el sillón y dormido. Gracia se acerca en silencio y un tanto reservada.


Gracia: Don Epifanio… Don Epifanio, despierte. Puede darle un dolor de cuello ahí sentado.
Pero el hombre no se despierta. Gracia niega con la cabeza.
Gracia: Me da que al pobre ya le están sentando los años y pensar que tenemos casi la misma edad.
Gracia va a retirarse, pero se detiene abruptamente al ver algo que llama su atención. Epifanio sostiene entre sus manos lo que parece ser una foto. Gracia se acerca aún más a él y se para junto a su lado, pero las manos de Epifanio rodean aquella fotografía, lo que le impide ver bien. Gracia decide, con suma cautela, tratar de tomarla y se impacta al alcanzar a ver brevemente el rostro Lisa. Epifanio despierta en ese momento.
Epifanio: (molesto) ¿Qué se supone que está haciendo, señora?
Gracia: (alertada) Dis… Disculpe, don Epifanio. Es que lo vi durmiendo en una mala posición y lo quería acomodar. Le puede dar un dolor de cuello.
Epifanio: Pues si me da un dolor de cuello o no, es mi problema, no el suyo. No me gusta que gente desconocida ande por ahí metiéndose en lo que no le importa, así que retírese y déjeme a solas.
Gracia: (sonriendo con hipocresía) Claro que sí. No se preocupe. Justo iba a subir a mi dormitorio. Nos vemos más tarde en el comedor. Con su permiso.
Gracia se da la vuelta y se retira. Epifanio se queda viéndola con suspicacia. Ella, por su parte, se recuesta en una pared y mira al vacío.
Gracia: ¿Qué significa lo que vi? Estoy segura que era una fotografía de Lisa. Era ella, pero, ¿por qué el padre de Carolina la tiene?
La mujer permanece desconcertada y pensativa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Milena entra a su pequeña habitación sintiéndose algo desanimada y se encuentra justo con Pablo saliendo de la ducha, secándose el cabello mojado con una toalla y con el jean desabrochado.


Pablo: (avergonzado) ¡Ah, Milena! Disculpa. No te sentí llegar.
Milena: (nerviosa) Ho… Hola Pablo.
Pablo: Te estuve buscando para saber dónde quedaba el cuarto de tu hermano y darme una ducha, pero como no llegabas, me tomé el atrevimiento de usar tu baño. Espero no te moleste.
Milena: No te preocupes. No me molesta en absoluto (Desanimada). Termina de vestirte. Yo tengo que ir a la cocina a ayudar con la cena para los patrones.
Pablo: (extrañado) ¿Te pasa algo? Te noto como decaída, triste. ¿Te volvió a molestar ese viejo sucio, el tal Tarcisio?
Milena: No (Suspira). Pero pasó algo muchísimo peor. Murió Casimira, una de las empleadas de la hacienda, la que te conté que tuvo una caída anoche y hay otras cosas de las que me enteré, pero prefiero no hablar de eso.
Pablo: (sorprendido) Vaya, qué mal lo de tu amiga. No la conocí, pero lo siento mucho por ti. Me supongo que la querías reharto.
Milena: Sí, bastante. Desde que era una niña la recuerdo. Era como una tía o como mi madrina, y me encariñé mucho con ella, pero ya no está (Solloza). La perdí, Pablo. Perdí a mi Casimira.
Milena derrama unas cuantas lágrimas, por lo que Pablo se queda pensativo durante unos segundos y se acerca a ella para abrazarla.
Pablo: Tú me dijiste cuando me encontraste que todo estaría bien, Milena y aunque todavía no recuerdo nada sobre mí, me infundiste confianza y ahora yo te digo lo mismo a ti.
Milena: (llorando) La voy a extrañar mucho.
Pablo: Sí, te entiendo, pero no estés triste. Yo sé que ahora es difícil no sentirse así, pero recuérdala por las cosas buenas que viviste a su lado y verás cómo te sentirás mejor.
Pablo le da un beso con ternura a Milena en la frente. Ella se recuesta en su pecho y lo abraza fuertemente mientras sigue llorando muy triste.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE

Ha caído finalmente la noche en Villa Encantada. Eduardo, Manuel, Lisa y Luis Enrique llegan del cementerio. Lisa se abalanza sobre el sofá y suspira expresando el cansancio que siente.




Lisa: Qué alivio que por fin llegamos. Me matan los pies. Estos funerales son tan aburridos y deprimentes. Todavía ni me repongo del susto que me hizo pasar el cadáver de la abuela.
Manuel: Todo fue producto de tu imaginación. De seguro has de sentirte muy culpable al haber sido tú quien provocó la muerte de mi madre.
Lisa: ¡Ay ya, Manuel! No seas patético. Ella se murió solita, además, si vamos a hablar de culpas, el mayor culpable serías tú. La pobre abuela no resistió saber ciertas verdades tuyas y ahí tienes las consecuencias.
Eduardo: ¡Basta, Lisa! Deberías mostrar un poco de respeto al menos. Después de todo hemos sido tu familia por casi dieciocho años.
Lisa: Sí, papi, pero…
Eduardo: (la interrumpe) Por favor, no me vuelvas a llamar así. Yo no soy tu padre (Muy serio).
Lisa se sorprende al escuchar eso al igual que Luis Enrique, aunque éste luce principalmente desconcertado.
Eduardo: Todavía hay muchas cosas que debemos hablar tú y yo, así que no des nada por sentado. Voy a necesitar muchas explicaciones de tu parte.
Lisa: Tienes razón. Hay muchas cosas que debemos hablar y ayer en la mañana saliste tan desesperado que no tuvimos oportunidad de hacerlo, pero no te preocupes. Estoy dispuesta a contártelo todo donde y cuando quieras.
Lisa se pone de pie y se dirige a salir de la sala.
Lisa: Bueno. Con permiso, estaré en mi habitación descansado.
Eduardo: Espera. Todavía no. Pese al luto, quise preparar una cena esta noche para dar un anuncio y necesito que justo ustedes tres estén presentes.
Luis Enrique: ¿Por eso me pediste que te acompañara, Eduardo?
Eduardo: Sí, Luis Enrique, pero no quiero decir nada aún. Pasemos al comedor primero y cenemos.
Manuel: ¿Qué pretendes, Eduardo? ¿Qué estás buscando en realidad?
Eduardo: Déjate de preguntas y si no estás interesado, eres libre de hacer lo que quieras, pero luego no te andes quejando porque no te avisé.
Eduardo mira con molestia a todos los presentes y se dirige al comedor. Manuel y Luis Enrique se miran entre sí con desconcierto y van detrás de Eduardo. Lisa, aunque se ve fastidiada, también decide pasar al comedor.
Una vez que llegan, todos toman asiento. Eduardo decide encabezar la mesa, cosa que Manuel observa con disgusto.
Manuel: (sarcástico) ¡Vaya! Tan sólo enterramos hoy a mi madre y ya quieres ocupar hasta su lugar en la mesa. Muy conveniente para ti, ¿no?
Eduardo: Sí. Me senté aquí porque necesito comunicarles algo muy importante ahora que mamá no está. Ella me eligió como sucesor y es lo más correcto. ¿No crees, hermano?
Manuel guarda silencio intentando controlar la ira que siente ante el tono sarcástico en que Eduardo se dirige a él.
Luis Enrique: Bueno, Eduardo, ya que estamos aquí, ¿por qué no empiezas? Dinos qué es eso tan importante que tienes por comunicarnos.
Lisa: Sí, porfa, dinos ya. Me estresan este tipo de reuniones que, por cierto, no son para mi edad. ¿Qué importancia tiene que esté yo aquí?
Eduardo: Mucha, Lisa. Estuve pensándolo bien y reflexionando sobre el daño que le he hecho a la familia desde la muerte de Helena al punto de que llevé a la bancarrota nuestro patrimonio e incluso hipotequé la hacienda. Estuve muy sumido en mi dolor y no me di cuenta de nada.
Manuel: Hasta que por fin lo reconoces.
Eduardo: Sí y no pienso negarlo. He sido un desastre como hombre, un fracaso como en una ocasión me llamó mi mamá y llegué a la conclusión de que una persona como yo no puede estar a cargo de las finanzas de la familia.
Luis Enrique: (desconcertado) ¿Qué quieres decir con eso, Eduardo?
Eduardo: Que pienso renunciar a mi cargo. Es necesario que otra persona se responsabilice y tome el mando para poner en orden el desastre que dejé.
Luis Enrique: ¿Eso quiere decir que vas a aceptar la propuesta que te hice? ¿Vas a nombrarme tu apoderado y vas a tomarte un descanso como te recomendé?
Eduardo no responde ante esa pregunta.
Eduardo: Entra, por favor.
De repente, para desconcierto y sorpresa de los presentes, Marissa entra al comedor vistiendo humildemente.

Marissa: Buenas noches.
Luis Enrique se impacta y desorbita los ojos con solo verla. Eduardo, por su parte, se pone de pie junto a ella.
Eduardo: Quiero que conozcan a Marissa Miranda, mi futura esposa.
CONTINUARÁ…


Gracia: ¡Respóndeme! ¿Por eso te molesta que haya venido a verte? ¿Me has usado para tu beneficio y para que te ayude a entrar a la agencia?
Lisa: Ca… Cálmate, Gracia. Estás malentendiendo todo. De ninguna manera es así.
Gracia suelta a Lisa de mala gana. Esta última se acerca a ella y la toma de las manos de una forma fraternal cuidando que nadie las vea.
Lisa: Yo nunca he jugado contigo ni te he usado como dices. Mis sentimientos por ti son sinceros (Acariciándole el cabello).
Gracia: (con desconfianza) ¿Me lo juras?
Lisa: Claro que sí. Entiende que mi familia no sabe mi verdadera orientación sexual y si lo supieran, sería un escándalo. Por eso me exalté cuando te vi, pero no pienses mal, ¿va?
Gracia: Está bien. Voy a confiar en ti y perdóname. Pensé por un momento que tú…
Lisa: Pues ya no pienses eso. Tú sabes que te quiero y te prometí que cuando me convirtiera en esa modelo famosa que sueño ser, nos iríamos a los Estados Unidos para vivir juntas y que tú serías mi manager. ¿Recuerdas?
Gracia: Sí, sí lo recuerdo.
Lisa: Bueno, ya que lo sabes, sigue confiando en mí como siempre lo has hecho. Podemos ser felices juntas y así será.
Gracia: Es sólo que me aterra la idea de perderte. Tú eres muy joven y puedes terminar aburriéndote de mí o fijarte en una de tu misma edad, y eso sería algo que no soportaría.
Lisa: Entiende algo. La única que me interesa eres tú y contigo quiero compartir mi vida. Ya deja esos complejos absurdos a un lado y sígueme ayudando con mi carrera que para eso te he mandado tantas fotos íntimas mías a través de internet.
Gracia: Precisamente, estoy aquí por esa razón. Viajé con mi jefa que es la dueña de la agencia y logré convencerla de que seas la imagen de una importante campaña publicitaria.
Lisa: (sorprendida) ¿En serio?
Gracia: Sí y quiere conocerte en persona para hacerte una entrevista de aptitudes y esas cosas que tú sabes, así que debes prepararte muy bien. Ella agendó la cita para mañana.
Lisa: (emocionada) ¡Ay, qué alegría! Es la mejor noticia que me han podido dar después de la inesperada muerte de mi abuelita.
Gracia: (sorprendida) ¿Tu abuela murió?
Lisa: Sí, desafortunadamente. Ayer sufrió un desmayo y la pobre no resistió, pero ni modo (Cínica). La vida continúa, además, sin ella, será más fácil cumplir mi sueño porque te conté que no le parecía buena idea.
Gracia: Lo siento mucho. Ahora entiendo por qué también estabas algo a la defensiva conmigo.
Lisa: No te preocupes. Ahora lo importante es centrarme en mi futura carrera que con tu ayuda lograré alcanzar.
Lisa se lanza a abrazar a Gracia emocionada, aunque a sus espaldas hace una expresión de repugnancia.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PRADOS / DÍA

Pablo se encuentra platicando con un peón en un amplio prado de la hacienda y en donde, a su vez, hay otros peones cosechando lo que parece ser heno.

El peón: ¿Ves lo que estamos haciendo?
Pablo: Sí, aunque no estoy muy seguro de qué se trata el trabajo.
El peón: Mira, muchacho. Dos veces por semana nos encargamos de cosechar el heno para las reses y los equinos. Por hoy encárgate de eso. Más tarde, pásate por las caballerizas para que les des de comer a los animales y ya mañana te digo qué más haces.
Pablo: Está bien. Entendido y muchas gracias.
El peón: No hay de qué y cualquier duda me cuentas. Ahí te dejo.
El peón le da una palmada en el hombro a Pablo y se retira. Tarcisio se acerca desde atrás viendo con seriedad al joven.

Tarcisio: ¿Entonces era verdad?
Pablo se da la vuelta y se molesta al reconocer a Tarcisio, por lo que no lo mira muy bien.
Tarcisio: ¿Tú sí vas a ser el reemplazo de ese otro bueno para nada de Danilo?
Pablo: Sí, así es. Milena habló con uno de sus patrones, un tal don Manuel. Le preguntó si podía trabajar aquí mientras y él dijo que sí. ¿Por qué? ¿Le molesta?
Tarcisio: No tendría por qué molestarme. Total, el capataz soy yo y tú sólo eres un peón recién llegado. Nomás déjame darte un consejo.
Pablo: (muy serio) Pues a ver, dígame. Soy todo oídos.
Tarcisio: No te metas en lo que no te importa. La vez pasada la dejé pasar, pero si a la próxima intentas meterte conmigo, no te va a ir nada bien.
Pablo: Me metí porque sí me importaba y me voy a meter todas las veces que haga falta si vuelvo a ver que le pone una mano encima a Milena. ¿Cómo la ve?
Tarcisio: (riendo con ironía) ¿Me estás amenazando?
Pablo: Tómelo como quiera, señor. Me da la leve impresión que a usted nunca lo ponen en su lugar escudándose con ese cuento barato de que es el capataz, pero conmigo no le va a funcionar.
Pablo mira fulminante a Tarcisio y se retira de allí con decisión. Tarcisio sonríe con una sutil malicia al tiempo que se pone un palillo de madera entre los dientes.
Tarcisio: Voy a deshacerme de este idiota a como dé lugar y no me va a impedir que haga mía a la Milena esa a la que hace rato le traigo retehartas ganas.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, CAFETERÍA / DÍA
Marissa le lleva un café caliente a Eduardo, quien está sentado a la mesa. Ella también trae para sí y se sienta frente a él.


Marissa: Logré tranquilizar un poco a Milena después de que insistiera en entrar a la habitación para ver a Casimira. Le puso peor verla sin vida ahí en la cama. Pobrecilla.
Eduardo: Cómo lamento que esto haya pasado. Estuve tan sumido en mi dolor por la muerte de mi mamá que ni me aparecí por la hacienda. Es que ni enterado estaba hasta esta mañana. Pobre Casimira. Siempre fue tan fiel y tan servicial (Perturbado).
Eduardo bebe un sorbo del café.
Marissa: Precisamente, por eso hay que recordarla con alegría. Aunque la conocí poco tiempo, ella estuvo al pendiente de mí, cuidándome junto con Danilo y por eso le estoy muy agradecida.
Eduardo: Sí. Ella siempre fue una excelente persona y se preocupaba por todos a pesar de que mi mamá no le daba el mejor de los tratos. Qué curioso que ambas murieran en tan poco lapso de tiempo.
Marissa: ¿Usted cree que se trate de mera casualidad, señor Román?
Eduardo: Claro. ¿Por qué más podría ser? No hay manera de que hubieran sido asesinadas a propósito por alguna persona y que para colmo fuera la misma.
Justo cuando Eduardo menciona aquello, Marissa estaba tomando un sorbo de su café y lo escupe levemente.
Eduardo: ¿Estás bien?
Marissa: (tosiendo) Sí. No se preocupe. Es sólo que me impresionó un poco lo que dijo.
Marissa se limpia los labios con una servilleta al tiempo que habla para consigo misma en sus pensamientos.
Marissa: (pensando) ¿Será posible que la muerte de la madre de Eduardo Román esté relacionada con la de Casimira?
Eduardo: Bueno, no tengo mucho tiempo y debo ir a la hacienda para cambiarme. Tú deberías ir a la casa en la que te estás quedando, empacar tus cosas y venir también.
Marissa: (confundida) Disculpe, señor Román, pero no le entiendo. ¿Venir a dónde?
Eduardo: A la hacienda. Casimira fue alguien especial para mí y le tomé mucho aprecio en los años que trabajó para nosotros, y si ella confiaba tanto en ti como para que tomaras su trabajo, ¿por qué no cumplir su última voluntad?
Marissa: (sorprendida) No creo que eso sea buena idea. Yo se lo dije a ella antes de morir y tampoco me sentiría muy bien haciéndolo.
Eduardo: De igual manera, si tú no tomas el trabajo, tendremos que dárselo a otra empleada que reemplace a Casimira y pienso que es peor porque sería una completa desconocida para nosotros.
Marissa: La verdad no sé qué decir. Yo quería trabajar en su hacienda por los motivos de los que le platiqué, pero no de esta manera.
Eduardo: Entonces, míralo como una oportunidad, además, hay algo que tengo en mente y me gustaría que tú hicieras parte de eso para que me ayudaras, Marissa.
Marissa: (extrañada) ¿De qué se trata?
Eduardo: Lo sabrás si vienes a la hacienda esta noche después del funeral de mi mamá. Si Casimira confiaba en ti, yo haré lo mismo por respeto a su memoria y los años de servicio que nos dio. ¿Qué dices?
Marissa se queda pensativa unos cuantos segundos para luego asentar con la cabeza algo insegura.
Marissa: Está bien, señor Román. Acepto. Voy a trabajar para usted.
Eduardo: (sonriendo levemente) Gracias. Créeme que serás de gran ayuda para mí.
Eduardo toma de las manos a la mujer, detalle por el cual ella se sorprende.
Eduardo: Espero que no me falles porque esta noche te estaré esperando y de eso depende el futuro de mi familia.
Marissa luce desconcertada a la vez que intrigada ante las palabras de Eduardo.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, DORMITORIO / DÍA

Carolina le muestra a Gracia el dormitorio de huéspedes en el que se quedará temporalmente.


Carolina: ¿Qué tal? ¿Te gusta?
Gracia: (sonriendo) Por supuesto, Caro. Me encanta y es muy acogedor el cuarto. Te agradezco haberme dado posada en tu mansión, aunque insisto que pude haber ido a un hotel.
Carolina: ¿Tú crees que iba a permitir que mi mano derecha anduviera en un hotel? Claro que no, Gracia y, además, aparte de trabajar para mí, también eres mi amiga y las puertas de mi casa están abiertas para ti.
Gracia: Muchas gracias por tu hospitalidad, querida.
Carolina: Bueno y cuéntame. ¿Lograste hablar con Lisa Román? (Gracia asiente con la cabeza) ¿Qué te dijo?
Gracia: Se puso muy contenta con la noticia. Tú sabes. Es una muchachita con muchos sueños e ilusiones, y esto del modelaje la vuelve loca (Riendo). Lo sabré yo que la conozco desde hace tiempo por internet.
Carolina: Me alegra escuchar eso. Tú no le habrás dicho que la dueña de la agencia para la que aplicó soy yo. ¿O sí?
Gracia: Por supuesto que no. Tú me lo pediste y lo mantuve en secreto para que sea una sorpresa para ella cuando lo sepa.
Carolina: Espero y no se arrepienta. Te conté que me odia y la última vez que fui la hacienda hasta me corrió.
Gracia: No le hagas caso. Yo estoy segura de que, con tal de que le permitas trabajar en su agencia como modelo, va a bajar la guardia y te aceptará como la esposa de su padre.
Carolina: Pues ya no estoy tan segura si vaya a poder casarme con Eduardo. Mi papá me ha dicho muchas veces que no aprobará mi matrimonio con él y no sé qué hacer, Gracia.
Gracia: Tal vez a él le pasa lo mismo que a Lisa y está celoso de que su única hija por fin se case.
Carolina: (pensativa) Puede ser y, aunque lo siento mucho por él, no pienso desistir de conquistar a Eduardo. Yo lo amo y no lo voy a dejar, cueste lo que cueste.
Gracia: Entonces, no deberías estar aquí tan tranquila. Eduardo debe estar necesitando en estos momentos un hombro sobre el cual llorar y tu serías la perfecta para ello.
Carolina: ¿Por qué lo dices, Gracia? ¿A qué te refieres?
Gracia: Lisa me contó que su abuela murió.
Carolina: (impactada) ¿Doña Lucrecia está muerta? ¿Cómo? ¿Cuándo pasó?
Gracia: No indagué mucho, pero según escuché, la señora se desmayó y no resistió. Fue ayer.
Carolina: Me dejas helada. No lo sabía. Eduardo debe estar destrozado. La muerte de Helena aún está reciente y ahora esto. No lo puedo creer (Impresionada).
Gracia: Deberías correr al cementerio para darle tu más sentido pésame, digo, ¿no? Puedes sacar partido de la situación para acercarte a él.
Carolina: Pues, aunque suena un poco feo plantearlo así, tienes razón. Voy ya mismo para allá. Espero no llegar muy tarde. Nos vemos luego.
Carolina sale de prisa del dormitorio dejando sola a Gracia. Desde cierto ángulo, se observa a Epifanio, quien al parecer estaba escuchando la conversación.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA

Marissa llega arrastrando una maleta acompañada de Milena. Las dos entran por la puerta principal de la casa de la hacienda.


Milena: (con la voz seca) Bienvenida de nuevo, señora. Espero pueda sentirse cómoda con el trabajo que quedó vacante ahora que Casimira no está (Triste).
Marissa: Gracias, Milena. Espero no pienses mal de mí. De hecho, no quería tomar el trabajo de no ser porque tanto Casimira como el señor Román me insistieron.
Milena: Tranquila. De ninguna manera pensaría mal de usted. Todo lo contrario. Si usted me cae retebien (Le sonríe levemente). Además, mi hermanito la quiere mucho y no es para menos. Usted inspira mucha confianza.
Marissa: Gracias y por favor, dile a Danilo la próxima vez que vayas al hospital que estoy bien, para que no se preocupe. Dile también que estaré pasándome pronto por allí para saludarlo.
Milena: Así lo haré, señora. Eh… Disculpe que le pregunte, no sé si sea adecuado o me pase de metiche, pero me mata la duda por saber si usted todavía no recuerda nada como al principio.
Marissa: (incómoda) Está bien. Te lo voy a decir, pero prométeme que no se lo vas a contar a nadie más. Te lo pido.
Milena: Claro que sí. Confíe en mí.
De lejos, viene caminando Cecilia, quien reconoce a Marissa y alcanza a escuchar la conversación de ésta con Milena. Ellas dos no la ven.

Marissa: Hace ya varios días que recuperé todos mis recuerdos, desde el día que ocurrió el incidente entre Danilo y Tarcisio.
Milena: (sorprendida) Entonces, ¿por qué les dijo a todos que todavía no recordaba nada?
Marissa: Tenía que hacerlo, Milena y es algo muy difícil de explicar porque también involucra a tu madre y por eso necesito que permanezcas calma.
Milena: ¿Qué tiene que ver mi madre? No entiendo.
Cecilia, alertada, interviene inmediatamente para evitar que Marissa le cuente la verdad a Milena.
Cecilia: (muy molesta) ¿Qué estás haciendo tú aquí? Pensé que te habían corrido y no pensabas volver nunca más.
Marissa: (seria) Regresé porque ahora voy a ser el reemplazo de Casimira.
Cecilia: ¿Cómo que el reemplazo de Casimira? ¿Quién te has creído para tomarte ese tipo de atribuciones?
Milena: Basta, mamá. ¿Por qué la tratas así?
Cecilia: Tú vete para la cocina, Milena. Tengo que hablar muy seriamente con esta mujer porque, al parecer, no ha entendido que la quiero lejos de nuestras vidas.
Marissa: Imagino que escuchaste todo lo que dije a tu hija hace un rato y por eso temes que hable de más frente a ella. ¿No es así, Cecilia?
Cecilia: (nerviosa) ¡Largo! Tú no tienes nada que hacer en esta hacienda. Eres una invasora que ahora pretende usurpar el lugar de Casimira aprovechándote de que la pobre está en el hospital.
Milena: Ella no está usurpando nada, mamá. Vino porque el mismo don Eduardo se lo pidió ahora que Casimira murió.
Cecilia: (impactada) ¿Qué dices?
Milena: (afligida) Casimira murió esta mañana y hasta ella misma llamó a la señora para pedirle que tomara su trabajo al morir. Tal parece que ella lo presentía y quiso confiarle su trabajo.
Cecilia: ¿Por qué no me llamaste para contarme? Merecía saberlo. Casimira es mi amiga.
Milena: Perdóname. Estaba tan triste que no pensé en nada más y ya justo te lo iba a contar, pero a lo que voy es que estás siendo muy injusta con la señora. Ella no tiene ninguna mala intención.
Cecilia: Pues tú dirás lo que quieras, pero yo no confío en ésta y voy a hablar muy seriamente con don Eduardo para que la corra. Es peligrosa y bien sabes el problema en el que tu hermano resultó afectado por culpa de ella.
Marissa: Es verdad que Danilo me defendió al punto de querer dar su vida por mí y se lo agradezco en el alma, pero no tengo la consciencia tan podrida como tú.
Cecilia: ¡Cállate, mujerzuela! ¡Tú no sabes nada sobre mí!
Marissa: (desafiante) ¡Pues sé mucho más de lo que cualquiera sabe! ¿Quién es la verdadera mujerzuela aquí? ¿Tú que fuiste amante de mi marido y tuviste una familia con él por años? ¿O yo que fui víctima de los engaños de ustedes dos?
Cecilia enfurece y no se da a la espera para lanzarle una sonora cachetada a Marissa, pero ésta rápidamente le devuelve la cachetada, sin pestañear y con mayor intensidad, dejando sorprendida a Milena.
Cecilia: (histérica) ¿Cómo te atreves a cachetearme?
Cecilia intenta ir hacia ella, pero Milena se interpone.
Milena: (desesperada) ¡Por Dios! ¡Cálmense!
Cecilia: Tú mantente al margen de esto, Milena. ¡Vete de aquí!
Milena: ¿Y dejarlas aquí peleando? ¡Claro que no!
Marissa: Perdóname, Milena. No quería llegar a estos extremos, pero tú misma viste que fue tu madre quien me provocó.
Milena: Sí, yo vi y también escuché todo, así que exijo una explicación. ¿Qué es todo eso que dijo esta mujer, mamá? ¿Cómo que tienes un idilio con el marido de ella y hasta una familia? ¿Qué quiso decir? (Desconcertada).
Cecilia: ¡Todo es una sarta de mentiras y sandeces de parte de ella para hacernos daño! ¿Por qué crees que enamoró a tu hermano como una descarada? ¡Esta mujer nos odia, Milena!
Marissa: ¿Vas a seguir negándole la verdad a tu propia hija? ¿Qué clase de madre eres? Ya quítate la máscara y asume tus actos.
Cecilia respira agitada y enmudecida sin saber qué decir.
Milena: Ya. Hablen claro y no se anden con más rodeos. Ya tuve suficiente el día de hoy con lo de Casimira. ¿Qué es eso que tengo que saber? ¿Qué se traen ustedes dos? (Las mira) ¡Hablen!
EXT. / CEMENTERIO DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Entretanto, en el cementerio del pueblo, se lleva a cabo el funeral de Lucrecia Castillo. El ataúd aún no ha sido sepultado debido a que el sacerdote, como es costumbre, da una prédica la cual todos oyen en silencio. Eduardo, Manuel, Luis Enrique, Lisa y otros allegados a la familia están presentes, todos vistiendo de negro. Lisa usa lentes de sol al igual que Eduardo, quien se acerca al ataúd y deja sobre él un clavel blanco.




Eduardo: Espero que descanses en paz, mamá. Te prometo que arreglaré el desastre que hice.
Eduardo deja caer de uno de sus ojos una lágrima. Luis Enrique, con su habitual hipocresía, se acerca a él y le pone una mano en el hombro para confortarlo. Manuel observa con disgusto.
Manuel: (pensando) Veremos si de verdad serás capaz de arreglar tu desastre encerrado en un manicomio cuando te haga pasar por un maniático depresivo, Eduardo.
Por su parte, el sacerdote termina de dar su prédica y se santigua para dar la bendición al mismo tiempo de todos los presentes.
El sacerdote: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos los presentes: (al unísono) Amén.
El sacerdote: Pueden ir en paz y que el amor infinito de Dios los acompañe para superar y tener resignación ante la muerte de nuestra hermana, Lucrecia Castillo, que en paz descansa ya.
El sacerdote se retira del lugar y los sepultureros proceden a bajar el ataúd. Lisa finge gimotear afligida y se acerca.
Lisa: ¡Esperen! (Todos la miran) Quisiera despedirme y ver a mi querida abuela por última vez, por favor. Denme un momento.
Manuel: (tomándola del brazo) ¡No te acerques a mi madre!
Eduardo: Déjala. Tiene derecho. Después de todo, somos una “familia”, ¿no? (Con sarcasmo).
Manuel no ve más opción que la de obedecer a Eduardo y suelta a Lisa. Ella se acerca al ataúd y levanta la tapa superior para ver el rostro de Lucrecia por última vez. La joven se inclina un poco para hablarle y susurrarle de cerca.
Lisa: (susurrando) Adiós, abuelita. Espero que te pudras en el infierno junto con Helena y con la metiche de Casimira. Tú fuiste la siguiente en la lista y ya sólo me falta encargarme de tu hijito Manuel, al que también me daré el gusto de matar.
De repente, Lucrecia abre los ojos de una forma aterradora y acusadora. Lisa se echa para atrás gritando muy asustada.

Lisa: (aterrada) ¡Ah! ¡Está viva!
Todas las personas se sorprenden.
Manuel: ¿De qué estás hablando?
Lisa: ¡La abuela está viva! ¡Abrió los ojos! ¡Está viva! (Repita muy nerviosa).
Eduardo y Manuel miran hacia el interior del ataúd, pero contrario a lo dicho por Lisa, los ojos de Lucrecia permanecen cerrados.
Manuel: (molesto) ¿Te volviste loca?
Lisa mira de nuevo al interior del ataúd sorprendiéndose al encontrar a Lucrecia con los ojos cerrados como hace un momento.
Lisa: No puede ser. Yo vi cuando abrió los ojos. Estoy segura.
Manuel: ¡Deja de jugar con algo tan serio! Estamos en medio de un funeral.
Lisa: ¡Estoy diciendo la verdad! Se los juro. La vieja esa sigue con vida. Tienen que llevarla al hospital de nuevo, tomarle el pulso, no sé. ¡Hagan algo! ¡Deben creerme! (Histérica).
Eduardo: ¡Basta, Lisa! (Molesto) ¡Cállate ya!
Lisa: Pero, papá…
Eduardo: Vete y espérame en el auto.
Lisa mira a su alrededor y se percata que los presentes están mirándola asombrados y murmurando entre sí, por lo que decide retirarse de mala gana.
Eduardo: Disculpen, por favor. Mi hija debe estar muy afectada y todavía no se hace a la idea de que su abuela murió. Continuemos para terminar con esto rápido, por favor.
Es así como los sepultureros proceden a bajar el ataúd. Carolina viene llegando en ese momento y se acerca a Eduardo, quien derrama varias lágrimas.

Carolina: Eduardo…
Eduardo: Carolina, tú aquí.
Carolina: No podía faltar. Me dijeron hace poco y en cuanto lo supe, vine corriendo para acá. Lo siento muchísimo.
Carolina abraza a Eduardo fuertemente, quien le corresponde. Luis Enrique se acerca con disimulo a Manuel. Los dos miran de lejos a Eduardo y Carolina abrazándose.
Luis Enrique: ¿Quién es ella?
Manuel: Carolina de La Torre.
Luis Enrique: (sorprendido) ¿La hija de don Epifanio de La Torre?
Manuel: (serio) La misma. Ha sido amiga de Eduardo desde antes que él se casara y ha estado enamorada de él.
Luis Enrique: ¡Vaya! Ese dato no me lo sabía. Había escuchado de los de La Torre, pero nunca había conocido a un miembro de esa familia.
Manuel: ¿Ya pensaste en la propuesta que te hice en el hospital?
Luis Enrique: Sí y pienso aceptar. También me conozco tu juego, así que no tienes que ser hipócrita conmigo (Voltea a verlo de frente).
Manuel: ¿Por qué lo dices? Te estoy dando la oportunidad de trabajar para mí, a pesar de tus intenciones. Deberías agradecerme por ello.
Luis Enrique: Corrección. Yo no trabajaré para ti. Tú piensas usarme porque ves en mí la oportunidad de recuperar las pérdidas económicas de Eduardo y porque eres un inútil que necesita un lavaperros que haga el trabajo por ti. ¿Vas a negármelo?
Manuel: (sonriendo) No tienes que decirlo de esa manera. Me haces ver como si fuera un explotador y yo sólo quiero ganar tanto como tú.
Luis Enrique: Exactamente y por esa razón, trabajaré para ti o, más bien, dejaré que me uses a tu antojo, pero no será tan fácil como parece, mi querido Manuel.
Manuel lo escucha con atención. Los dos se retan con la mirada.
Luis Enrique: Hace mucho tengo la mira puesta en la fortuna de los Román y me quiero quedar con ella tanto como tú, así que esto será una batalla en lugar de un trabajo para ver quién es el más ávido de los dos.
Luis Enrique se retira dejando a Manuel un tanto disgustado por aquella conversación.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA
Milena se encuentra sumamente desconcertada después de que Marissa dijera que Cecilia fue amante de su marido y tuvo una familia con él. Cecilia no sabe qué decir respirando agitada.



Marissa: (muy seria) ¿Vas a hablar, Cecilia o prefieres que lo haga yo?
Cecilia: ¡Cállate, mustia! Debiste haberte muerto en ese accidente. ¿Por qué tenías que aparecerte de nuevo a arruinarlo todo?
Milena: (molesta) ¡Ya basta, mamá! ¿Cómo puedes desearle la muerte a alguien?
Cecilia: Hija, por favor, no escuches nada de lo que tenga para decir ésa. Diga lo que diga, debes creerme.
Milena: Entonces, habla. ¿Qué es lo que sucedió entre ustedes para que se lleven tan mal?
Marissa: Milena, tu madre ha sido amante de mi marido por más de veinte años.
Cecilia: (furiosa) ¡Dije que te callaras!
Marissa: Y no sólo eso, él también es tu padre y el de Danilo.
Milena: (impactada) ¿Qué?
Milena, de inmediato, voltea a ver hacia su madre con gran desilusión.
Milena: ¿Es eso cierto, mamá?
Cecilia se pone muy nerviosa al escuchar tal pregunta de su hija.
Milena: ¡Respóndeme! ¿Mi papá en realidad no está casado contigo?
Cecilia: Milena, yo…
Milena: No lo puedo creer (Dolida). Entonces, sí es verdad.
Cecilia: (desesperada) ¡Hija, yo no lo sabía! Cuando tu padre se fue a probar suerte para la capital, se enredó con esa mojigata y se casó con ella sin que yo me enterara, pero él y yo ya teníamos una relación de mucho tiempo.
Marissa: Tal vez eso de que tú ya tenías una relación con Luis Enrique podrá ser cierto, Cecilia, pero no nos veas la cara de estúpidas. Tú sí estabas al tanto de mi matrimonio con él y permaneciste a su lado, aceptaste ser su amante por interés. ¿Olvidas que los escuché la noche que tuve el accidente cuando los descubrí en la cama? (Resentida).
Milena: (llorando) Dios mío. ¿Qué es todo esto? ¿Cómo es posible que hubieras caído tan bajo, mamá?
Cecilia: Milena, no es así. Yo te puedo explicar cómo fue realmente todo. No le creas a esa desconocida.
Milena: ¿Y acaso sí puedo creer en ti? ¿Quieres que te escuche para seguirme mintiendo? A quien desconozco en este momento es a ti, mamá. ¡A ti!
Cecilia: No me hables así. Tú no sabes nada.
Milena: Pues ahora sí lo sé. Ahora entiendo por qué mi papá nunca estuvo a nuestro lado y por qué nunca lo conocimos. Lo único que hacía era enviarnos cartas, llamarnos y enviarnos lana, todo para ocultar que estaba casado en la capital con otra mujer y tú te prestaste a todo eso. ¿Cómo pudieron? (Indignada).
Cecilia: Lo hicimos por su bien, para que ustedes tuvieran una mejor vida. Créeme.
Milena: ¿Una mejor vida? Lo que hicieron no tiene nombre, así que no trates de justificar tu engaño ni el de ese señor que dice ser mi padre.
Cecilia: No te refieras así a él. Tú no tienes idea de lo mucho que los ama y cuánto sufrió por no poder estar a su lado.
Milena: Pues no te creo. Para empezar, nunca debió casarse con otra mujer si tanto nos amaba y abandonarnos con esa excusa de que trabajaba en el extranjero, algo que por cierto me imagino que es mentira también, ¿no?
Marissa: Así es, Milena, pero tu padre siempre ha estado más cerca de ustedes de lo que crees. Incluso tú lo conoces, sólo que entre él y Cecilia se han encargado de ocultarlo muy bien.
Milena: Esto es el colmo. ¿Quién es?
Marissa: Creo que ya dije muchas cosas que sólo tu madre podía contarte. Deja que al menos ella tenga el coraje de decirte quién es. Yo mejor las dejo a solas para que hablen. Iré a tomar el cuarto de Casimira.
Marissa toma su maleta y se retira de allí mirando fulminante a Cecilia. Ésta también la observa con un profundo odio. Luego de que Cecilia y Milena se quedan a solas, ésta última se acerca a la muchacha, pero ella se aleja.
Milena: No quiero que me toques.
Cecilia: Milena, por favor.
Milena: ¿Qué vas a decir? ¿Piensas justificar tus actos y los de tu amante? Me avergüenzo de sólo pensar que Danilo y yo somos producto de una sarta de engaños.
Cecilia: No lo veas así, hija. Entiéndelo (Desesperada). Yo amo a tu padre y él también me ama a mí. Los cuatro somos una familia.
Milena: ¡Mentira! Ninguna familia. Eso es que lo tú quieres creer, pero no me fuerces a mí a creer lo mismo. Mejor dime de una buena vez quién es ese hombre.
Cecilia: Por favor, no me hagas esto, no ahora. Te lo diré luego.
Milena: Muy bien, ya que insistes en seguir mintiendo, guárdate el nombre para ti solita y a mí no me hables.
Milena mira fulminante a su madre y se retira de allí muy apresurada. Cecilia rompe a llorar frustrada.
Cecilia: ¡Maldita mojigata! (Apretando los dientes) ¡La odio! ¿Por qué no se murió? ¿Por qué? (Chillando).
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA
Es casi atardecer. Gracia se dirige a las escaleras para subir a su dormitorio, pero antes, pasa cerca de la amplia sala de la mansión y alcanza a ver a Epifanio, sentado en el sillón y dormido. Gracia se acerca en silencio y un tanto reservada.


Gracia: Don Epifanio… Don Epifanio, despierte. Puede darle un dolor de cuello ahí sentado.
Pero el hombre no se despierta. Gracia niega con la cabeza.
Gracia: Me da que al pobre ya le están sentando los años y pensar que tenemos casi la misma edad.
Gracia va a retirarse, pero se detiene abruptamente al ver algo que llama su atención. Epifanio sostiene entre sus manos lo que parece ser una foto. Gracia se acerca aún más a él y se para junto a su lado, pero las manos de Epifanio rodean aquella fotografía, lo que le impide ver bien. Gracia decide, con suma cautela, tratar de tomarla y se impacta al alcanzar a ver brevemente el rostro Lisa. Epifanio despierta en ese momento.
Epifanio: (molesto) ¿Qué se supone que está haciendo, señora?
Gracia: (alertada) Dis… Disculpe, don Epifanio. Es que lo vi durmiendo en una mala posición y lo quería acomodar. Le puede dar un dolor de cuello.
Epifanio: Pues si me da un dolor de cuello o no, es mi problema, no el suyo. No me gusta que gente desconocida ande por ahí metiéndose en lo que no le importa, así que retírese y déjeme a solas.
Gracia: (sonriendo con hipocresía) Claro que sí. No se preocupe. Justo iba a subir a mi dormitorio. Nos vemos más tarde en el comedor. Con su permiso.
Gracia se da la vuelta y se retira. Epifanio se queda viéndola con suspicacia. Ella, por su parte, se recuesta en una pared y mira al vacío.
Gracia: ¿Qué significa lo que vi? Estoy segura que era una fotografía de Lisa. Era ella, pero, ¿por qué el padre de Carolina la tiene?
La mujer permanece desconcertada y pensativa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Milena entra a su pequeña habitación sintiéndose algo desanimada y se encuentra justo con Pablo saliendo de la ducha, secándose el cabello mojado con una toalla y con el jean desabrochado.


Pablo: (avergonzado) ¡Ah, Milena! Disculpa. No te sentí llegar.
Milena: (nerviosa) Ho… Hola Pablo.
Pablo: Te estuve buscando para saber dónde quedaba el cuarto de tu hermano y darme una ducha, pero como no llegabas, me tomé el atrevimiento de usar tu baño. Espero no te moleste.
Milena: No te preocupes. No me molesta en absoluto (Desanimada). Termina de vestirte. Yo tengo que ir a la cocina a ayudar con la cena para los patrones.
Pablo: (extrañado) ¿Te pasa algo? Te noto como decaída, triste. ¿Te volvió a molestar ese viejo sucio, el tal Tarcisio?
Milena: No (Suspira). Pero pasó algo muchísimo peor. Murió Casimira, una de las empleadas de la hacienda, la que te conté que tuvo una caída anoche y hay otras cosas de las que me enteré, pero prefiero no hablar de eso.
Pablo: (sorprendido) Vaya, qué mal lo de tu amiga. No la conocí, pero lo siento mucho por ti. Me supongo que la querías reharto.
Milena: Sí, bastante. Desde que era una niña la recuerdo. Era como una tía o como mi madrina, y me encariñé mucho con ella, pero ya no está (Solloza). La perdí, Pablo. Perdí a mi Casimira.
Milena derrama unas cuantas lágrimas, por lo que Pablo se queda pensativo durante unos segundos y se acerca a ella para abrazarla.
Pablo: Tú me dijiste cuando me encontraste que todo estaría bien, Milena y aunque todavía no recuerdo nada sobre mí, me infundiste confianza y ahora yo te digo lo mismo a ti.
Milena: (llorando) La voy a extrañar mucho.
Pablo: Sí, te entiendo, pero no estés triste. Yo sé que ahora es difícil no sentirse así, pero recuérdala por las cosas buenas que viviste a su lado y verás cómo te sentirás mejor.
Pablo le da un beso con ternura a Milena en la frente. Ella se recuesta en su pecho y lo abraza fuertemente mientras sigue llorando muy triste.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE

Ha caído finalmente la noche en Villa Encantada. Eduardo, Manuel, Lisa y Luis Enrique llegan del cementerio. Lisa se abalanza sobre el sofá y suspira expresando el cansancio que siente.




Lisa: Qué alivio que por fin llegamos. Me matan los pies. Estos funerales son tan aburridos y deprimentes. Todavía ni me repongo del susto que me hizo pasar el cadáver de la abuela.
Manuel: Todo fue producto de tu imaginación. De seguro has de sentirte muy culpable al haber sido tú quien provocó la muerte de mi madre.
Lisa: ¡Ay ya, Manuel! No seas patético. Ella se murió solita, además, si vamos a hablar de culpas, el mayor culpable serías tú. La pobre abuela no resistió saber ciertas verdades tuyas y ahí tienes las consecuencias.
Eduardo: ¡Basta, Lisa! Deberías mostrar un poco de respeto al menos. Después de todo hemos sido tu familia por casi dieciocho años.
Lisa: Sí, papi, pero…
Eduardo: (la interrumpe) Por favor, no me vuelvas a llamar así. Yo no soy tu padre (Muy serio).
Lisa se sorprende al escuchar eso al igual que Luis Enrique, aunque éste luce principalmente desconcertado.
Eduardo: Todavía hay muchas cosas que debemos hablar tú y yo, así que no des nada por sentado. Voy a necesitar muchas explicaciones de tu parte.
Lisa: Tienes razón. Hay muchas cosas que debemos hablar y ayer en la mañana saliste tan desesperado que no tuvimos oportunidad de hacerlo, pero no te preocupes. Estoy dispuesta a contártelo todo donde y cuando quieras.
Lisa se pone de pie y se dirige a salir de la sala.
Lisa: Bueno. Con permiso, estaré en mi habitación descansado.
Eduardo: Espera. Todavía no. Pese al luto, quise preparar una cena esta noche para dar un anuncio y necesito que justo ustedes tres estén presentes.
Luis Enrique: ¿Por eso me pediste que te acompañara, Eduardo?
Eduardo: Sí, Luis Enrique, pero no quiero decir nada aún. Pasemos al comedor primero y cenemos.
Manuel: ¿Qué pretendes, Eduardo? ¿Qué estás buscando en realidad?
Eduardo: Déjate de preguntas y si no estás interesado, eres libre de hacer lo que quieras, pero luego no te andes quejando porque no te avisé.
Eduardo mira con molestia a todos los presentes y se dirige al comedor. Manuel y Luis Enrique se miran entre sí con desconcierto y van detrás de Eduardo. Lisa, aunque se ve fastidiada, también decide pasar al comedor.
Una vez que llegan, todos toman asiento. Eduardo decide encabezar la mesa, cosa que Manuel observa con disgusto.
Manuel: (sarcástico) ¡Vaya! Tan sólo enterramos hoy a mi madre y ya quieres ocupar hasta su lugar en la mesa. Muy conveniente para ti, ¿no?
Eduardo: Sí. Me senté aquí porque necesito comunicarles algo muy importante ahora que mamá no está. Ella me eligió como sucesor y es lo más correcto. ¿No crees, hermano?
Manuel guarda silencio intentando controlar la ira que siente ante el tono sarcástico en que Eduardo se dirige a él.
Luis Enrique: Bueno, Eduardo, ya que estamos aquí, ¿por qué no empiezas? Dinos qué es eso tan importante que tienes por comunicarnos.
Lisa: Sí, porfa, dinos ya. Me estresan este tipo de reuniones que, por cierto, no son para mi edad. ¿Qué importancia tiene que esté yo aquí?
Eduardo: Mucha, Lisa. Estuve pensándolo bien y reflexionando sobre el daño que le he hecho a la familia desde la muerte de Helena al punto de que llevé a la bancarrota nuestro patrimonio e incluso hipotequé la hacienda. Estuve muy sumido en mi dolor y no me di cuenta de nada.
Manuel: Hasta que por fin lo reconoces.
Eduardo: Sí y no pienso negarlo. He sido un desastre como hombre, un fracaso como en una ocasión me llamó mi mamá y llegué a la conclusión de que una persona como yo no puede estar a cargo de las finanzas de la familia.
Luis Enrique: (desconcertado) ¿Qué quieres decir con eso, Eduardo?
Eduardo: Que pienso renunciar a mi cargo. Es necesario que otra persona se responsabilice y tome el mando para poner en orden el desastre que dejé.
Luis Enrique: ¿Eso quiere decir que vas a aceptar la propuesta que te hice? ¿Vas a nombrarme tu apoderado y vas a tomarte un descanso como te recomendé?
Eduardo no responde ante esa pregunta.
Eduardo: Entra, por favor.
De repente, para desconcierto y sorpresa de los presentes, Marissa entra al comedor vistiendo humildemente.

Marissa: Buenas noches.
Luis Enrique se impacta y desorbita los ojos con solo verla. Eduardo, por su parte, se pone de pie junto a ella.
Eduardo: Quiero que conozcan a Marissa Miranda, mi futura esposa.
CONTINUARÁ…
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