Capítulo 14: Intento de suicidio
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / NOCHE

Eduardo acaba de anunciar frente a Luis Enrique, Manuel y Lisa que Marissa será su futura esposa, cosa que ha sorprendido en gran manera a todos los presentes. Luis Enrique es el más impactado de todos al tener de nueva cuenta frente a él a Marissa. Ésta, por su parte, también parece estar desconcertada con el anuncio de Eduardo.





Manuel: ¿De qué estás hablando, Eduardo? ¿Cómo que tu “futura esposa”?
Eduardo: Yo creo que todos me escucharon perfectamente. La mujer que ven aquí a mi lado va a casarse conmigo muy pronto y, por lo tanto, es a ella a quien voy a asignarle mi cargo.
Marissa: (desconcertada) Disculpe, señor Román, pero…
Eduardo: (susurrándole) Tú sólo sígueme el juego y pretende saberlo todo. Luego te explico.
Lisa: Tiene que ser una broma, papi. Lo que estás diciendo no puede ser.
Eduardo: ¿Por qué? ¿Qué tiene de extraño que les haga saber que pienso casarme de nuevo? ¿Pensaron que iba a guardarle luto a Helena toda la vida?
Lisa: ¡Es que eso es imposible! (Levantándose alterada) Tú me dijiste que tenías muy presente el recuerdo de mi mamá como para casarte con otra mujer, además, ¿quién es ésta? ¿Por qué nunca nos la presentaste?
Luis Enrique: (nervioso) Creo que este es un asunto familiar que deben resolver entre ustedes. Es mejor que me retire.
Marissa: (interviniendo) Yo sé que nadie en esta mesa me conoce, pero si Eduardo los convocó precisamente a ustedes, para mí sería un honor que se quedaran, por favor…
Marissa pronuncia aquellas últimas palabras en tono de reproche al tiempo que le lanza una mirada muy seria a Luis Enrique. Éste se siente acusado.
Manuel: Esto es increíble. Yo sé que estás armando todo este circo barato y le pagaste a esa mujer para salir bien librado del desastre que hiciste dejándonos en la bancarrota. ¿Qué más podíamos esperar de ti?
Eduardo: Te equivocas, Manuel. Mi matrimonio con esta mujer como tú le llamas es un hecho. Ella será la persona a quien pienso cederle mi cargo al frente de la familia y, en efecto, pienso nombrarte a ti, Luis Enrique, no como mi apoderado, sino como el de ella.
Luis Enrique: (balbuceando) Pe… pero, Eduardo…
Eduardo: ¿Tienes algún problema? Pensé que te sentaría bien la noticia. Eso era lo que tanto querías, ¿no? Me dijiste que ganaríamos por partida doble.
Luis Enrique: Por supuesto que me alegra. ¿Por qué dices que no? (Sonriendo forzado) Es sólo que me toma por sorpresa la noticia.
Eduardo: Te llevarás bien con Marissa. Pese a que ella no está familiarizada muy bien con los negocios, yo la asesoraré en todo lo que haga falta y haremos un buen trabajo en equipo.
Manuel: (golpeando la mesa) ¡Pues no! Tú no puedes cederle todo nuestro patrimonio y dinero a una completa desconocida. ¡Me niego a ello, Eduardo! ¡Me niego!
Eduardo: (serio) ¡Pues ahí tienes la puerta! Puedo cederle todo el patrimonio a quien me plazca y no pienso discutirlo contigo te guste o no.
Manuel: No puedes hacerme esto. Yo también hago parte de esta familia. Soy tu hermano y no puedes dejarme por fuera de los negocios.
Eduardo: Por eso no te preocupes. Tú sigue administrando la planta de lácteos como siempre has hecho y si logras incrementar nuestros ingresos al cien por ciento, lo pensaré y te daré algo mejor.
Manuel: Esto no se va a quedar así, Eduardo. Te lo juro. Vas a pagarme muy caro esta humillación.
Eduardo: ¿Terminaste?
Manuel mira fulminante a su hermano y, sin decir nada más, se retira con suma molestia del comedor.
Eduardo: Marissa, ven en un rato al estudio. Te estaré esperando para que hablemos.
Marissa: Sí, Eduardo.
Eduardo también procede a retirarse del comedor. Lisa sale tras él. Marissa y Luis Enrique se quedan a solas formándose un silencio tenso entre ambos.
Luis Enrique: (balbuceando) Ma… Marissa…
Marissa: ¿Sorprendido, Luis Enrique?
Luis Enrique: ¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible que tú…?
Luis Enrique aún no se repone de la sorpresa y mira de arriba hacia abajo a Marissa. Ésta lo mira muy seria.
Marissa: Imagino que nunca pensaste que me aparecería de nuevo frente a ti y mucho menos en un lugar como este, ¿no es así? Tú me querías muerta, tal como me lo dijiste aquella noche que descubriste que aún seguía con vida.
Luis Enrique: ¿Qué pretendes? ¿Qué ganas prestándote para todo este juego de Eduardo?
Marissa: ¿Qué juego? No sé a qué te refieres.
Luis Enrique: Quítate la máscara de una buena vez. Todos sabemos que ese supuesto matrimonio no es más que una farsa de parte de él para despistarnos a todos. ¡Confiésalo!
Marissa: Tal vez. No te lo pienso decir, pero no sería una mala idea después de todo casarme con Eduardo Román.
Luis Enrique: No seas ridícula ¿Olvidas que aún sigues casada conmigo? ¿Quieres parar en la cárcel por bígama?
Marissa: Eso no es ningún problema. Entre tú y yo no hay nada, y solo estoy esperando la oportunidad de tener listos los documentos del divorcio para que los firmes, además, es más probable que seas tú quien pare en la cárcel, no yo.
Luis Enrique: (furioso) ¡Yo no soy ningún criminal!
Marissa: ¿Entonces cómo debería llamarle a un miserable que se aprovechó de mi riqueza y me robó durante años? Dímelo tú.
Luis Enrique: Estás loca. No sé de lo que hablas.
Marissa: Sí que lo sabes muy bien, Luis Enrique. Por muchos años estuve ciega, pero estoy completamente segura que desviaste dinero de mi empresa y de la fundación para llenar tus cuentas sin mi consentimiento. Por eso siempre hubo dinero faltante.
Luis Enrique enmudece al verse confrontando por su actual esposa. Tal parece que las acusaciones son ciertas.
Marissa: (con burla) Tu silencio lo dice todo. Ya no necesito que digas nada en tu defensa. Sólo espera a que encuentre las pruebas para hundirte al lugar donde perteneces en verdad.
Marissa se retira del lugar dejando en gran frustración a Luis Enrique, quien, respirando agitado, jala el mantel de la mesa y deja caer los platos al piso.
Luis Enrique: (furioso) ¡Maldición!
El hombre recuesta los brazos sobre la palma de las manos en la mesa y se queda pensativo a la vez que disgustado.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Entretanto, Eduardo entra al estudio seguido por Lisa. Ella cierra la puerta tras sí fuertemente, pues está muy molesta por al anuncio de hace unos minutos.


Lisa: Manuel tiene toda la razón. Te volviste loco, papá. ¿Cómo es que te vas a casar de la noche a la mañana con una desconocida?
Eduardo: Tal vez para ti es una desconocida, pero no es lo para mí. Yo la conozco y sé por qué me casaré con ella.
Lisa: ¡Es que no puede ser, papá! ¡No puede ser! (Desesperada) De ser así, hubiera preferido mil veces que te casaras con la estúpida de Carolina, pero, ¿con ésa? ¿En qué estás pensando?
Eduardo: Respeta mi decisión. Tú no tienes ningún derecho a opinar sobre lo que creo que debo hacer y si tampoco te gusta, eres libre de irte. Te recuerdo que no hay nada que nos una.
Lisa: ¿Cómo puedes ser tan cruel conmigo? Tú me viste crecer, me diste tu amor, tu cariño. ¡Yo soy tu hija!
Eduardo: (molesto) ¿Una hija que se acuesta con su padre?
Lisa: Sí. Es verdad que eso sucedió, pero es porque te amo. Todo ese amor y esa admiración que sentí por ti como padre se transformaron en algo más cuando supe la verdad sobre mí.
Eduardo: Ya, Lisa. No sigas.
Lisa: (acercándose) Yo ya no te veo como mi papi, sino como hombre, Eduardo y nunca voy a olvidar la noche que me hiciste el amor, la mejor noche de mi vida.
Eduardo: Estaba borracho y no sabía lo que hacía, pero tú te aprovechaste de eso para seducirme, para confundirme diciéndome que eras Helena. ¡Tenía la cabeza hecha un lío!
Lisa: Pues confundido o no, me hiciste tu mujer y eso es lo que importa, así que no te puedes casar con ninguna otra que sea yo.
Eduardo: Basta. Ya no digas nada más. Veo que haber visto la doble vida que llevaba tu madre te hizo un daño terrible en la cabeza, porque estás mal.
Lisa: (indignada) ¿Me estás diciendo que estoy loca?
Eduardo: Mira, Lisa. Pese a que no eres mi hija, no voy a dejarte sola. Tú necesitas ayuda, así que será mejor que te tomes un tiempo internada en una casa de reposo.
Lisa: (furiosa) ¡Eso nunca! ¡Yo no estoy mal de la cabeza! Lo que quieres de deshacerte de mí, ¿no? Me odias porque en el fondo sabes que soy producto de un engaño de Helena.
Eduardo: No te voy a negar que me es difícil ver las cosas como antes, pero tú te encargaste de arruinarlo todo acostándote conmigo. Caíste muy bajo y ya no te puedo ver igual.
Lisa: ¡Pues no, Eduardo! Tú no te vas a deshacer de mí como un trapo sucio. Debes casarte conmigo o te juro que te denuncio por violación. Recuerda que aún soy menor de edad y te puede ir muy mal.
De repente, tocan la puerta del estudio un par de veces.
Eduardo: Adelante.

Marissa: (entrando) Disculpen. ¿Interrumpo?
Lisa: Sí, sí interrumpes. ¿Quién eres en realidad? ¿Qué buscas engatusando a mi papá, mujerzuela?
Eduardo: ¡Lisa, basta! ¡Sal de aquí!
Lisa: Estás advertido.
Lisa mira fulminante a ambos y se retira del estudio, chocando de hombro a propósito con Marissa. Ella cierra la puerta.
Eduardo: Disculpa el comportamiento de mi hija. Como ves, nadie tomó bien la noticia del matrimonio.
Marissa: De eso me gustaría hablar con usted, señor Román. Yo tampoco esperaba que usted dijera algo así. Me tomó completamente por sorpresa.
Eduardo: Me imagino y te pido también disculpas por ello. Estuve pensándolo y fue lo único que se me ocurrió para despistarlos a todos, en especial a Manuel y a Luis Enrique.
Marissa: ¿Para qué?
Eduardo: Los dos están detrás de mi cargo y si no actúo pronto, van a atacarme ahora que más débil estoy por la muerte de mi mamá. Por eso te dije esta mañana en el hospital que iba a necesitar tu ayuda, Marissa.
Marissa: Honestamente, no veo cómo le puedo ayudar y tampoco logro entender cuál es el plan que tiene en mente. ¿Para qué inventar un matrimonio si tarde que temprano lo descubrirán todo?
Eduardo: Yo no inventé ningún matrimonio. Todo lo que dije en el comedor fue en serio.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué quiere decir con eso?
Eduardo: Marissa, si queremos despistar a nuestros enemigos, debemos unirnos, ¿no crees? Y la única manera de hacerlo es casándonos tú y yo legalmente.
Marissa: (incrédula) Debe estar usted bromeando.
Eduardo: Para nada. Cuando dije que pasaría todo el patrimonio de mi familia a tu nombre, hablaba en serio, pero necesito recuperarlo y la única garantía sería casándome contigo para que me devuelvas cuando todo esto termine. ¿Aceptarás?
Marissa se impacta en gran manera al escuchar a Eduardo.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / NOCHE
Cecilia lava los platos cuando, de repente, es abordada por Luis Enrique desde atrás.


Luis Enrique: Cecilia…
Cecilia: (exaltada) ¡Ay! ¡Luis Enrique, eres tú! Me asustaste (Cierra el grifo).
Luis Enrique: Tenemos que hablar de algo muy importante y debe ser ahora.
Cecilia: Pues menos mal porque yo también debo hablar contigo algo muchísimo más importante.
Luis Enrique: Esto es más serio, Cecilia, no estoy para chismes.
Cecilia: Esto no es ningún chisme. Milena sabe la verdad.
Luis Enrique: (sorprendido) ¿Qué cosa?
Cecilia: Luis Enrique, no sé cómo, pero la mojigata se apareció esta tarde en la hacienda y terminó contándole todo a Milena en frente de mí.
Una vez que escucho esa, Luis Enrique se pone una mano en la frente y da un par de vueltas de izquierda a derecha.
Cecilia: Te juro que intenté evitarlo, pero fue imposible. Milena está destrozada y pensando lo peor de nosotros, y hasta estuvo preguntándome por tu identidad.
Luis Enrique: ¿Le dijiste que soy yo?
Cecilia: Eh, no, pero está obstinada a que, si no se lo digo, no volverá a hablarme nunca más. ¿Qué hacemos? Estoy segura que va a terminar contándole todo a Danilo también.
Luis Enrique: (frustrado) Todo esto es peor de lo que pensé. Marissa quiere destruirme a como dé lugar, quiere vengarse de mí por haberla engañado. Fíjate nomás en lo que acabó de pasar en el comedor.
Cecilia: (extrañada) No me digas que habló de ti delante de toda la familia y contó lo nuestro.
Luis Enrique: Pues no sé si eso hubiera sido mejor después de lo que escuché. Eduardo y ella piensan casarse.
Cecilia: (impactada) ¿Qué? ¿Estás seguro?
Luis Enrique: (fastidiado) ¡Por supuesto que lo estoy! Eduardo nos la presentó a todos como su futura esposa y lo peor es que piensa poner a su nombre todo el patrimonio de la familia. ¿Te das cuenta?
Cecilia: ¡Desgraciada! Quiere vernos acabados. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Luis Enrique: No lo sé, pero si de algo estoy seguro es que no pienso permitir que me hunda y que todo por lo que he trabajado en más de veinte años se vaya a la mierda por su culpa.
Cecilia: ¿Y qué hay de Milena? Estoy segura que va a seguir insistiéndome y si no lo hace ella, lo hará Danilo cuando se entere de todo.
Luis Enrique: ¿Pues yo qué sé, mujer? Invéntales cualquier cosa mientras pienso en algo para deshacerme de Marissa definitivamente.
Luis Enrique pronuncia aquellas últimas palabras con decisión al tiempo que en su mirada se plasma un profundo odio y maldad.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Marissa luce sumamente desconcertada y confundida luego de escuchar por boca de Eduardo que su matrimonio con ella en realidad no era una mentira y que, incluso, se lo ha propuesto.


Eduardo: Estoy esperando una respuesta de tu parte, Marissa. ¿Te casarías conmigo?
Marissa: La verdad no sé qué decir, señor Román. Todo esto me toma fuera de base. Un matrimonio no es una decisión que se toma así, tan deliberadamente.
Eduardo: Es un matrimonio por conveniencia. Tú me usas a mí y yo te uso a ti. Tengo que hacer las cosas de esta manera para quitarme de encima al ambicioso de mi hermano y a Luis Enrique, que, aunque dice ser mi amigo, busca lo mismo que Manuel.
Marissa: Pero yo no podría. Todavía sigo casada con Luis Enrique y…
Eduardo: Por eso no te preocupes. Tengo un buen abogado que se encargará de tramitar tu divorcio en tiempo récord, aunque sospecho que Luis Enrique hará lo posible por impedirlo. ¿Tienes pruebas de su infidelidad con Cecilia?
Marissa: (pensativa) Sí. Uas fotografías en mi celular, pero imagino que todo se echó a perder cuando tuve el accidente o la corriente se lo pudo haber llevado, no lo sé…
Eduardo: Deja averiguo eso. Mañana temprano hablaré con una amiga mía que te puede ayudar para los preparativos de la boda. ¿Te parece bien en un mes?
Marissa: ¿Tan poco le importa lo que piense yo? Todavía ni siquiera le he dicho que sí me casaré con usted.
Eduardo: Bueno, si no estás de acuerdo, no pienso presionarte. Buscaré a otra mujer. Puedes quedarte trabajando como ama de llaves de la hacienda, así como quería Casimira y arreglar tus asuntos con Luis Enrique tú sola. No tengo problema con ello. Buenas noches.
Eduardo se dispone a retirarse del estudio con decisión, pero es detenido súbitamente por Marissa, quien lo toma con suavidad del brazo.
Marissa: Espérese un momento, señor Román…
Eduardo la escucha con atención. Marissa se siente dudosa por lo que está a punto de decir, algo que puede expresar en su mirada.
Marissa: Está bien (Hace una pausa). Voy a casarme con usted en un mes como quiere.
Eduardo sonríe levemente al escucharla.
Marissa: Voy a ayudarle con su cometido, pero quiero ser clara en que esto sólo se trata de un matrimonio de apariencias.
Eduardo: Y lo será. Yo mismo te lo dije hace un rato. Cuando todo acabe, firmamos el divorcio y ya está. Retomaremos nuestras vidas como antes. ¿Estás de acuerdo?
Marissa: (asentando con la cabeza) Sí, señor.
Eduardo: Perfecto. Recuerda entonces que, a partir de mañana, fingiremos ser una pareja feliz frente a todo el mundo, pero no te preocupes. Dormiremos en cuartos separados y no nos interpondremos en los asuntos del otro.
Marissa: Está bien. Me parece excelente todo de esa manera.
Eduardo: Creo que ya no hay nada más que decir. Mañana seguimos hablando. Iré a descansar, necesito estar solo después de todo el día de perros que tuve.
Marissa: ¿Va a asistir al funeral de Casimira?
Eduardo: Sí. Yo me encargo de todos los gastos. Descansa, Marissa.
Eduardo se retira del estudio en una actitud muy seria. Marissa suelta un suspira y se pone una mano en el pecho.
Marissa: Dios mío. Todo sea por volver a la normalidad. Luis Enrique no puede continuar haciendo más daño del que ya me hizo a mí y si puedo detenerlo, aunque sea casándome por conveniencia, no lo dudaré…
Marissa se queda pensativa dentro de aquel estudio.
EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE, JARDÍN / AL DÍA SIGUIENTE

Es un nuevo día particularmente veraniego en el pueblo. Carolina recibe a Cruz en el amplio jardín de la mansión.


Cruz: Muchísimas gracias por haberme recibido, mi querida señorita Carolina (La besa en cada mejilla). Supiera usted cómo la he extrañado. Válgame Dios.
Carolina: (riendo) Yo también te he extrañado mucho, Cruz. No pude creer cuando mi papá me dijo que habías decidido irte por tu cuenta de la mansión. ¿Por qué si has trabajado tantos años para nosotros?
Cruz: Porque ya no pude soportar más ofensas de parte de su padre, señorita. Usted vio cómo me ofendió y por eso no me quedé de brazos cruzados y le di su merecido derramándole la sopa encima aquella vez.
Carolina: Sí, sí recuerdo. Eso estuvo épico. Te pasaste, eh. Y cuéntame, ¿por qué viniste? ¿Vienes a reconciliarte con mi papá?
Cruz: Hum, algo así. Estaba pensando en retomar mi trabajo y quise venir a hablar personalmente con él.
Epifanio viene caminando en ese momento y se disgusta al ver a Cruz de lejos.

Carolina: ¿Tú crees que vaya a darte tu trabajo de nuevo? Porque ya te consiguió reemplazo y es una muchacha joven. Papá no tiene quejas de ella, en cambio de ti…
Cruz: Me lo dará. Después de todo, tiene una obligación moral conmigo y es lo mínimo que puede hacer para que responda como hombre.
Carolina: (confundida) ¿Como hombre? ¿Qué quieres decir?
Cruz: ¡Ay, ese don Epifanio siempre tan reservado! Pero es normal. ¿Qué padre le contaría sus intimidades y andanzas a su hija?
Epifanio: (molesto) ¡Cruz!
Carolina y Cruz se dan la vuelta al escuchar el grito de Epifanio.
Epifanio: ¿Qué estás haciendo en mi casa? ¿A qué has venido, bruja?
Carolina: ¡Papá! ¿Cómo puedes tratar así a la mujer que trabajó para ti casi cuarenta años?
Epifanio: Los años que haya trabajado para mí no traducen en buen servicio. ¡Vete de aquí, Cruz! Me da dolor de estómago ver tu cara.
Cruz: Usted no cambia, don Epifanio y no me parece justo que me trate así después de todos los momentos que hemos compartido juntos.
Epifanio: ¡Cállate! ¡No seas imprudente!
Carolina: ¿Qué se traen ustedes dos? (Mirándolos con suspicacia) Están actuando extraño. ¿O acaso piensan retomar su vieja relación?
Cruz: (extrañada) ¿Qué relación, señorita Carolina?
Epifanio: (nervioso) No es eso, Carolina. Déjame hablo a solas con esta mujer (Toma a Cruz de un brazo). Tú ve desayunando sin mí.
Carolina: Hum, está bien. Igual estaba esperando a Gracia que dentro de un rato baja.
Epifanio se lleva a la fuerza a Cruz. Gracia llega en ese momento y se extraña por la situación.

Gracia: ¿Quién es esa mujer, Caro? No sabía que tu padre hacía obras de caridad con pordioseras y las acogía en la mansión.
Carolina: (riendo) No es ninguna pordiosera, Gracia. Se llama Cruz y era el ama de llaves hasta hace poco que renunció. Mi papá y ella nunca se han llevado bien, pero para mí que en el fondo están enamorados.
Gracia: Ay, qué tan mal gusto tiene tu padre. Un señor de tan buen porte y venirse a fijar en un esperpento. Es feísima esa señora.
Carolina: Pues sólo le hacen falta unos arreglos si se cambiara esa ropa negra que usa, se quitara el bigote, el entrecejo y se aplicara un poco de maquillaje. Quedaría perfecta para ser la esposa de mi papá que es tan solitario.
Gracia: Pues si tú lo dices. Y cuéntame. ¿Cómo te fue ayer en el funeral de la madre de Eduardo? Llegaste tarde y no pudimos hablar.
Carolina: Bien, aunque me dolió muchísimo ver a Eduardo tan triste. En poco más de dos tres perdió a su esposa y a su madre. Imagínate.
Gracia: Claro. Han sido golpes muy duros para él. Espero pueda reponerse.
Carolina: Lo hará, Gracia. Me voy a asegurar de estar con él ahora más que nunca para enamorarlo. Es mi oportunidad de tenerlo para mí como siempre quise.
Gracia: Bueno, ¿por qué no desayunamos? Casi es hora de ir a la hacienda de los Román para que te reúnas con Lisa.
Carolina: Es cierto. Démonos prisa. Estoy muy ansiosa por ver su reacción cuando me vea.
Carolina se queda pensativa a la vez que intercambia sonrisas con Gracia.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, ESTUDIO / DÍA
Epifanio se encierra en el estudio de la mansión con Cruz.


Cruz: (adolorida) ¡Ya, don Epifanio! Suélteme, que está haciéndome daño.
Epifanio suelta de forma brusca y grosera a Cruz haciendo ver la molestia que siente.
Epifanio: ¿Qué pretendes viniendo a mi mansión? ¿Cuándo piensas dejarme en paz de una buena vez y darme el privilegio de no verte nunca más?
Cruz: ¿Tanto me desprecia después del encuentro pasional que tuvimos?
Epifanio: ¡Olvídate de eso! Fui muy claro cuando te dije que eso no significó nada entre nosotros.
Cruz: Pues para mí sí, don Epifanio porque yo lo amo y quiero ser su esposa.
Epifanio: ¿Hasta cuándo insistirás con lo mismo? ¡No me voy a casar contigo! ¡Entiéndelo de una buena vez!
Cruz: Quien debe entenderlo es usted porque vamos a casarnos, quiéralo o no.
Epifanio: No seas estúpida. ¿Qué harás? ¿Obligarme poniéndome un arma en la cabeza para llevarte al altar?
Cruz: No precisamente. Recuerde que sé algo sobre usted que nadie, ni siquiera su hija, sabe y, además, me podría encargar de decir por todo el pueblo que usted me usó para acostarse conmigo.
Epifanio: ¡No te atreverías!
Cruz: (desafiante) ¡Pues sí me atrevo! Fíjese. Ahorita mismo, cuando salga de esta mansión, iré divulgando la clase de persona que es usted y perderá el respeto de todos los habitantes de Villa Encantada. ¿Cómo la ve?
Epifanio: ¡Eres una desgraciada, Cruz! ¡No puedes hacerme algo tan ruin!
Cruz: ¿Ruin? Ruin es que usted se crea el amo y señor de todo, con derecho a humillar y hacer lo que se le venga gana. Yo sí lo pienso poner en su lugar y con su permisito, me voy yendo a dañarle su reputación. Buena tarde, don Epifanio.
Cruz mira con ojos de desprecio al hombre y decide retirarse el estudio. Epifanio, sin más opción, corre detrás de ella.
Epifanio: ¡Cruz! ¡Cruz, espera! (Ella lo ignora) ¡Cruz!
Cruz: ¿Qué quiere? Para su información, soy una mujer muy ocupada y la labor me llama. Mi lengua pide chisme, así que hable (Prepotente).
Epifanio: Escúchame. Yo no puedo casarme contigo. Yo no te amo y tampoco podría amarte. Entiéndelo, carajo.
Cruz: (cortante) Entonces, no tenemos nada más de qué hablar. Hasta luego.
Cruz intenta proseguir, pero Epifanio la detiene de nueva cuenta.
Epifanio: ¡Por favor, Cruz! No me hagas esto. Te lo suplico. Vente si quieres de nuevo para la mansión, pero no me obligues a casarme contigo chantajeándome. Te daré un aumento de sueldo, un mejor cuarto y si gustas, no trabajes, pero no me obligues a esto.
Cruz: (pensativa) Hum, nada mal. Podría regresar a la mansión en calidad VIP y así ya no tendría que hacerle masajes en sus malolientes pies ni cambiarle el pañal antes de dormir.
Epifanio: (molesto) Yo no uso pañal. ¿De qué hablas?
Cruz: (riendo) Nomás decía. Muy pronto en unos años tendrá que usarlo, don Epifanio.
Epifanio: ¡Eres una…!
Cruz: (lo interrumpe) Bueno. Voy a pensar en su propuesta. De aceptarla, espere muy pronto mi presencia de nuevo en esta casa con maletas y todo. Es usted un amor.
Cruz le lanza un beso con los labios a Epifanio y le guiña el ojo de una forma exageradamente sensual, detalle ante el cual el hombre siente repugnancia. Cruz se retira y él suspira frustrado.
Epifanio: Qué pesadilla, Señor. Hubiera preferido otro castigo para mis pecados y no a esta Cruz tan pesada.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Eduardo está tomándose una ducha en el baño de su habitación. Una vez que termina, cierra el grifo y toma la toalla para secarse el rostro, pero se impacta al ver frente a él a Lisa.


Eduardo: ¡Lisa!
Lisa: (mirándolo con deseo) Hola, papi. ¿Contento en verme?
Eduardo se cubre con la toalla del torso para abajo.
Eduardo: (molesto) ¿Estás loca? ¡Vete inmediatamente de aquí!
Lisa: Me iré cuando me hagas tuya de nuevo como esa noche. Tú no sabes lo mucho que te deseo, Eduardo.
Eduardo: ¡Basta ya! ¡Detén esto!
Eduardo toma del brazo a Lisa y la saca a la fuerza del baño.
Lisa: ¡No te atrevas a rechazarme! ¡Tú ya me hiciste tu mujer! ¡No puedes hacerme esto!
Eduardo: Ya no sigas haciendo estas cosas. Te quiero lejos de mí, Lisa. ¡Lejos!
Lisa: Estás cometiendo un grave error.
Eduardo: Quien está cometiendo un error eres tú. Cada vez me doy cuenta de que estás muy mal de la cabeza. Estás obsesionada conmigo.
Lisa: (furiosa) ¡Cállate! ¡Yo no estoy obsesionada! Te amo que es algo muy distinto.
Eduardo: Por favor, no hagas esta situación más incómoda y complicada de lo que ya es. Obedéceme y vete.
Lisa: ¡No, Eduardo! ¡Eso no!
Lisa se abalanza sobre Eduardo llenándolo de besos y caricias con cierto desespero.
Lisa: ¡Tú también debes amarme! ¡No puedes rechazarme así!
Eduardo: Basta, Lisa. ¡No me toques!
Eduardo aparta de si a Lisa a la fuerza al punto de empujarla levemente contra un buró. La joven se apoya en él y casualmente toma unas tijeras con las cuales lo amenaza.
Lisa: (llorando) No voy a permitir que me rechaces y me humilles, Eduardo.
Eduardo: Baja eso, Lisa, no vayas a cometer una locura o algo de lo que después te puedas arrepentir (Acercándose lentamente).
Lisa: ¡No des un paso más o no respondo de mí! (Gritando).
Eduardo: Entonces cálmate. Baja eso y hablemos.
Lisa: No. Si tú no puedes amarme ni desearme como yo a ti, ¿para qué seguir viviendo?
Eduardo: Lisa, por favor…
Lisa: ¡Cállate! Tú vas a ser el culpable de mi muerte. Todo será tu maldita culpa, Eduardo.
De repente, Lisa se entierra las tijeras en el abdomen.
Eduardo: (gritando desgarrado) ¡Lisa, no!
El hombre corre hacia ella. Lisa se saca las tijeras y la blusa que usa comienza a mancharse de un tono rojo intenso de sangre.
Eduardo: (desesperado) ¿Qué hiciste, por Dios?
Lisa: Te amo, Eduardo…
En ese momento, la muchacha se desvanece y Eduardo la toma entre sus brazos para evitar que se caiga al piso.
Eduardo: ¡Lisa, abre los ojos! ¡Lisa!
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA
Marissa recibe a Carolina y a Gracia, quienes acaban de llegar a la hacienda. Carolina se extraña por la primera.



Marissa: Buenos días. ¿Puedo ayudarles con algo?
Carolina: ¿Quién eres tú?
Marissa: Me llamo Marissa. Soy la nueva ama de llaves de la hacienda en reemplazo de Casimira.
Carolina: ¿De Casimira? ¿Qué le ocurrió? ¿Por qué dices que eres su reemplazo?
Marissa: (agobiada) Porque murió el día de ayer.
Carolina: (sorprendida) ¿Casimira muerta? Dios mío, no me lo puedo creer. ¿Qué le pasó si gozaba de tan buena salud?
Marissa: Tuvo un accidente. Cayó del balcón de una de las habitaciones y, aunque fue llevada con vida al hospital, la pobre no logró sobrevivir. Tenía muchas fracturas y… (Hace una pausa) Perdón… Me pone un poco mal recordarla. La vi morir frente a mí.
Carolina: Entiendo. Tú la conocías. ¿Fue por eso que te dieron el trabajo de ella?
Marissa: Sí, así es. Ella incluso me lo pidió antes de morir y esa fue su última voluntad. No tuve oportunidad de conocerla mucho tiempo, pero fue suficiente para darme cuenta de la gran persona que era.
Carolina: Sigo tan sorprendida. Casimira trabajó muchísimos años para esta familia.
Gracia: ¿Conocías bien a la difunta, Caro?
Carolina: No muy bien. No éramos amigas ni nada por el estilo, pero sí supe de lo bien que le sirvió a la familia durante los años que trabajó aquí.
Marissa: Bueno. Díganme en qué puedo ayudarles. ¿A quién necesitan?
Carolina: Tengo una cita con Lisa. Dile que es de parte de la agencia de modelaje y también dile que Gracia está acá.
De repente, Eduardo baja ya vestido y con la camisa a medio abotonar cargando a Lisa en sus brazos. La muchacha está inconsciente y con una notable mancha de sangre en el abdomen que sobresale por encima de la blusa.


Eduardo: (desesperado) ¡Permiso! ¡Abran paso!
Carolina: (impresionada) Eduardo. ¿Qué le pasó a Lisa?
Eduardo: Ahora no hay tiempo para explicaciones. Tengo que llevar a Lisa para el hospital.
Gracia: (preocupada) Se ve muy grave. Hay que llevarla en cuanto antes.
Marissa abre la puerta de la entrada principal de la hacienda.
Marissa: ¿Puedo hacer algo por usted, señor Román?
Eduardo: Quédate aquí al pendiente de la hacienda, Marissa. Vuelvo más tarde.
Marissa: Está bien. Para lo que necesite, no dude en llamarme.
Eduardo sale aun cargando a Lisa para subirla a su auto. Gracia se acerca a Carolina mostrándose preocupada.
Gracia: No podemos quedarnos aquí, Carolina. Debemos ir para estar al tanto de todo lo que pase con Lisa.
Carolina: Tienes razón. Vamos en mi auto detrás de Eduardo.
Dicho aquello, ambas mujeres salen con prisa. Marissa se queda a solas cuando, de repente, es abordada por Manuel.

Manuel: ¿Cuál es el escándalo? ¿Qué pasó ahora?
Marissa: La hija del señor Román está mal. No sé muy bien qué pasó, pero él la acaba de llevar para el hospital del pueblo.
Manuel: Hum, ¿señor Román? Va a ser tu esposo, ¿y lo tratas con esa formalidad?
Marissa: (seria) ¿Necesita que haga algo por usted?
Manuel: Por mí nada, preciosa. Hazlo por mi hermano que para eso te está pagando, ¿no? Te va a nombrar la heredera de una familia de la que tú ni siquiera haces parte.
Marissa: Tan sólo pienso ayudar a su hermano a que recupere las pérdidas económicas que ha tenido.
Manuel: Conmigo te iría mejor. Podrías ganar más si te alías conmigo y, además…
Manuel comienza a acariciar de forma lasciva el rostro de Marissa.
Manuel: Puedo ser más hombre que Eduardo.
Manuel no se da a la espera para tratar de robarle un beso a Marissa, pero ésta se aparta molesta.
Marissa: Guarde sus distancias conmigo, señor. En cuanto a sus propuestas, no estoy interesada. Precisamente, estoy ayudando a su hermano para que arpías como usted no lo lleven a la ruina.
Marissa le lanza una mirada fulminante a Manuel y se retira. Él se nota molesto.
Manuel: Vaya, vaya. Qué altanera salió la esposita de mentira que se consiguió Eduardo. Tiene más carácter que Helena, pero eso no le servirá de nada. No debiste interponerte en mi camino, preciosa…
Manuel se queda pensativo como si estuviese planeando algo.
CONTINUARÁ…

Eduardo acaba de anunciar frente a Luis Enrique, Manuel y Lisa que Marissa será su futura esposa, cosa que ha sorprendido en gran manera a todos los presentes. Luis Enrique es el más impactado de todos al tener de nueva cuenta frente a él a Marissa. Ésta, por su parte, también parece estar desconcertada con el anuncio de Eduardo.





Manuel: ¿De qué estás hablando, Eduardo? ¿Cómo que tu “futura esposa”?
Eduardo: Yo creo que todos me escucharon perfectamente. La mujer que ven aquí a mi lado va a casarse conmigo muy pronto y, por lo tanto, es a ella a quien voy a asignarle mi cargo.
Marissa: (desconcertada) Disculpe, señor Román, pero…
Eduardo: (susurrándole) Tú sólo sígueme el juego y pretende saberlo todo. Luego te explico.
Lisa: Tiene que ser una broma, papi. Lo que estás diciendo no puede ser.
Eduardo: ¿Por qué? ¿Qué tiene de extraño que les haga saber que pienso casarme de nuevo? ¿Pensaron que iba a guardarle luto a Helena toda la vida?
Lisa: ¡Es que eso es imposible! (Levantándose alterada) Tú me dijiste que tenías muy presente el recuerdo de mi mamá como para casarte con otra mujer, además, ¿quién es ésta? ¿Por qué nunca nos la presentaste?
Luis Enrique: (nervioso) Creo que este es un asunto familiar que deben resolver entre ustedes. Es mejor que me retire.
Marissa: (interviniendo) Yo sé que nadie en esta mesa me conoce, pero si Eduardo los convocó precisamente a ustedes, para mí sería un honor que se quedaran, por favor…
Marissa pronuncia aquellas últimas palabras en tono de reproche al tiempo que le lanza una mirada muy seria a Luis Enrique. Éste se siente acusado.
Manuel: Esto es increíble. Yo sé que estás armando todo este circo barato y le pagaste a esa mujer para salir bien librado del desastre que hiciste dejándonos en la bancarrota. ¿Qué más podíamos esperar de ti?
Eduardo: Te equivocas, Manuel. Mi matrimonio con esta mujer como tú le llamas es un hecho. Ella será la persona a quien pienso cederle mi cargo al frente de la familia y, en efecto, pienso nombrarte a ti, Luis Enrique, no como mi apoderado, sino como el de ella.
Luis Enrique: (balbuceando) Pe… pero, Eduardo…
Eduardo: ¿Tienes algún problema? Pensé que te sentaría bien la noticia. Eso era lo que tanto querías, ¿no? Me dijiste que ganaríamos por partida doble.
Luis Enrique: Por supuesto que me alegra. ¿Por qué dices que no? (Sonriendo forzado) Es sólo que me toma por sorpresa la noticia.
Eduardo: Te llevarás bien con Marissa. Pese a que ella no está familiarizada muy bien con los negocios, yo la asesoraré en todo lo que haga falta y haremos un buen trabajo en equipo.
Manuel: (golpeando la mesa) ¡Pues no! Tú no puedes cederle todo nuestro patrimonio y dinero a una completa desconocida. ¡Me niego a ello, Eduardo! ¡Me niego!
Eduardo: (serio) ¡Pues ahí tienes la puerta! Puedo cederle todo el patrimonio a quien me plazca y no pienso discutirlo contigo te guste o no.
Manuel: No puedes hacerme esto. Yo también hago parte de esta familia. Soy tu hermano y no puedes dejarme por fuera de los negocios.
Eduardo: Por eso no te preocupes. Tú sigue administrando la planta de lácteos como siempre has hecho y si logras incrementar nuestros ingresos al cien por ciento, lo pensaré y te daré algo mejor.
Manuel: Esto no se va a quedar así, Eduardo. Te lo juro. Vas a pagarme muy caro esta humillación.
Eduardo: ¿Terminaste?
Manuel mira fulminante a su hermano y, sin decir nada más, se retira con suma molestia del comedor.
Eduardo: Marissa, ven en un rato al estudio. Te estaré esperando para que hablemos.
Marissa: Sí, Eduardo.
Eduardo también procede a retirarse del comedor. Lisa sale tras él. Marissa y Luis Enrique se quedan a solas formándose un silencio tenso entre ambos.
Luis Enrique: (balbuceando) Ma… Marissa…
Marissa: ¿Sorprendido, Luis Enrique?
Luis Enrique: ¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible que tú…?
Luis Enrique aún no se repone de la sorpresa y mira de arriba hacia abajo a Marissa. Ésta lo mira muy seria.
Marissa: Imagino que nunca pensaste que me aparecería de nuevo frente a ti y mucho menos en un lugar como este, ¿no es así? Tú me querías muerta, tal como me lo dijiste aquella noche que descubriste que aún seguía con vida.
Luis Enrique: ¿Qué pretendes? ¿Qué ganas prestándote para todo este juego de Eduardo?
Marissa: ¿Qué juego? No sé a qué te refieres.
Luis Enrique: Quítate la máscara de una buena vez. Todos sabemos que ese supuesto matrimonio no es más que una farsa de parte de él para despistarnos a todos. ¡Confiésalo!
Marissa: Tal vez. No te lo pienso decir, pero no sería una mala idea después de todo casarme con Eduardo Román.
Luis Enrique: No seas ridícula ¿Olvidas que aún sigues casada conmigo? ¿Quieres parar en la cárcel por bígama?
Marissa: Eso no es ningún problema. Entre tú y yo no hay nada, y solo estoy esperando la oportunidad de tener listos los documentos del divorcio para que los firmes, además, es más probable que seas tú quien pare en la cárcel, no yo.
Luis Enrique: (furioso) ¡Yo no soy ningún criminal!
Marissa: ¿Entonces cómo debería llamarle a un miserable que se aprovechó de mi riqueza y me robó durante años? Dímelo tú.
Luis Enrique: Estás loca. No sé de lo que hablas.
Marissa: Sí que lo sabes muy bien, Luis Enrique. Por muchos años estuve ciega, pero estoy completamente segura que desviaste dinero de mi empresa y de la fundación para llenar tus cuentas sin mi consentimiento. Por eso siempre hubo dinero faltante.
Luis Enrique enmudece al verse confrontando por su actual esposa. Tal parece que las acusaciones son ciertas.
Marissa: (con burla) Tu silencio lo dice todo. Ya no necesito que digas nada en tu defensa. Sólo espera a que encuentre las pruebas para hundirte al lugar donde perteneces en verdad.
Marissa se retira del lugar dejando en gran frustración a Luis Enrique, quien, respirando agitado, jala el mantel de la mesa y deja caer los platos al piso.
Luis Enrique: (furioso) ¡Maldición!
El hombre recuesta los brazos sobre la palma de las manos en la mesa y se queda pensativo a la vez que disgustado.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Entretanto, Eduardo entra al estudio seguido por Lisa. Ella cierra la puerta tras sí fuertemente, pues está muy molesta por al anuncio de hace unos minutos.


Lisa: Manuel tiene toda la razón. Te volviste loco, papá. ¿Cómo es que te vas a casar de la noche a la mañana con una desconocida?
Eduardo: Tal vez para ti es una desconocida, pero no es lo para mí. Yo la conozco y sé por qué me casaré con ella.
Lisa: ¡Es que no puede ser, papá! ¡No puede ser! (Desesperada) De ser así, hubiera preferido mil veces que te casaras con la estúpida de Carolina, pero, ¿con ésa? ¿En qué estás pensando?
Eduardo: Respeta mi decisión. Tú no tienes ningún derecho a opinar sobre lo que creo que debo hacer y si tampoco te gusta, eres libre de irte. Te recuerdo que no hay nada que nos una.
Lisa: ¿Cómo puedes ser tan cruel conmigo? Tú me viste crecer, me diste tu amor, tu cariño. ¡Yo soy tu hija!
Eduardo: (molesto) ¿Una hija que se acuesta con su padre?
Lisa: Sí. Es verdad que eso sucedió, pero es porque te amo. Todo ese amor y esa admiración que sentí por ti como padre se transformaron en algo más cuando supe la verdad sobre mí.
Eduardo: Ya, Lisa. No sigas.
Lisa: (acercándose) Yo ya no te veo como mi papi, sino como hombre, Eduardo y nunca voy a olvidar la noche que me hiciste el amor, la mejor noche de mi vida.
Eduardo: Estaba borracho y no sabía lo que hacía, pero tú te aprovechaste de eso para seducirme, para confundirme diciéndome que eras Helena. ¡Tenía la cabeza hecha un lío!
Lisa: Pues confundido o no, me hiciste tu mujer y eso es lo que importa, así que no te puedes casar con ninguna otra que sea yo.
Eduardo: Basta. Ya no digas nada más. Veo que haber visto la doble vida que llevaba tu madre te hizo un daño terrible en la cabeza, porque estás mal.
Lisa: (indignada) ¿Me estás diciendo que estoy loca?
Eduardo: Mira, Lisa. Pese a que no eres mi hija, no voy a dejarte sola. Tú necesitas ayuda, así que será mejor que te tomes un tiempo internada en una casa de reposo.
Lisa: (furiosa) ¡Eso nunca! ¡Yo no estoy mal de la cabeza! Lo que quieres de deshacerte de mí, ¿no? Me odias porque en el fondo sabes que soy producto de un engaño de Helena.
Eduardo: No te voy a negar que me es difícil ver las cosas como antes, pero tú te encargaste de arruinarlo todo acostándote conmigo. Caíste muy bajo y ya no te puedo ver igual.
Lisa: ¡Pues no, Eduardo! Tú no te vas a deshacer de mí como un trapo sucio. Debes casarte conmigo o te juro que te denuncio por violación. Recuerda que aún soy menor de edad y te puede ir muy mal.
De repente, tocan la puerta del estudio un par de veces.
Eduardo: Adelante.

Marissa: (entrando) Disculpen. ¿Interrumpo?
Lisa: Sí, sí interrumpes. ¿Quién eres en realidad? ¿Qué buscas engatusando a mi papá, mujerzuela?
Eduardo: ¡Lisa, basta! ¡Sal de aquí!
Lisa: Estás advertido.
Lisa mira fulminante a ambos y se retira del estudio, chocando de hombro a propósito con Marissa. Ella cierra la puerta.
Eduardo: Disculpa el comportamiento de mi hija. Como ves, nadie tomó bien la noticia del matrimonio.
Marissa: De eso me gustaría hablar con usted, señor Román. Yo tampoco esperaba que usted dijera algo así. Me tomó completamente por sorpresa.
Eduardo: Me imagino y te pido también disculpas por ello. Estuve pensándolo y fue lo único que se me ocurrió para despistarlos a todos, en especial a Manuel y a Luis Enrique.
Marissa: ¿Para qué?
Eduardo: Los dos están detrás de mi cargo y si no actúo pronto, van a atacarme ahora que más débil estoy por la muerte de mi mamá. Por eso te dije esta mañana en el hospital que iba a necesitar tu ayuda, Marissa.
Marissa: Honestamente, no veo cómo le puedo ayudar y tampoco logro entender cuál es el plan que tiene en mente. ¿Para qué inventar un matrimonio si tarde que temprano lo descubrirán todo?
Eduardo: Yo no inventé ningún matrimonio. Todo lo que dije en el comedor fue en serio.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué quiere decir con eso?
Eduardo: Marissa, si queremos despistar a nuestros enemigos, debemos unirnos, ¿no crees? Y la única manera de hacerlo es casándonos tú y yo legalmente.
Marissa: (incrédula) Debe estar usted bromeando.
Eduardo: Para nada. Cuando dije que pasaría todo el patrimonio de mi familia a tu nombre, hablaba en serio, pero necesito recuperarlo y la única garantía sería casándome contigo para que me devuelvas cuando todo esto termine. ¿Aceptarás?
Marissa se impacta en gran manera al escuchar a Eduardo.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / NOCHE
Cecilia lava los platos cuando, de repente, es abordada por Luis Enrique desde atrás.


Luis Enrique: Cecilia…
Cecilia: (exaltada) ¡Ay! ¡Luis Enrique, eres tú! Me asustaste (Cierra el grifo).
Luis Enrique: Tenemos que hablar de algo muy importante y debe ser ahora.
Cecilia: Pues menos mal porque yo también debo hablar contigo algo muchísimo más importante.
Luis Enrique: Esto es más serio, Cecilia, no estoy para chismes.
Cecilia: Esto no es ningún chisme. Milena sabe la verdad.
Luis Enrique: (sorprendido) ¿Qué cosa?
Cecilia: Luis Enrique, no sé cómo, pero la mojigata se apareció esta tarde en la hacienda y terminó contándole todo a Milena en frente de mí.
Una vez que escucho esa, Luis Enrique se pone una mano en la frente y da un par de vueltas de izquierda a derecha.
Cecilia: Te juro que intenté evitarlo, pero fue imposible. Milena está destrozada y pensando lo peor de nosotros, y hasta estuvo preguntándome por tu identidad.
Luis Enrique: ¿Le dijiste que soy yo?
Cecilia: Eh, no, pero está obstinada a que, si no se lo digo, no volverá a hablarme nunca más. ¿Qué hacemos? Estoy segura que va a terminar contándole todo a Danilo también.
Luis Enrique: (frustrado) Todo esto es peor de lo que pensé. Marissa quiere destruirme a como dé lugar, quiere vengarse de mí por haberla engañado. Fíjate nomás en lo que acabó de pasar en el comedor.
Cecilia: (extrañada) No me digas que habló de ti delante de toda la familia y contó lo nuestro.
Luis Enrique: Pues no sé si eso hubiera sido mejor después de lo que escuché. Eduardo y ella piensan casarse.
Cecilia: (impactada) ¿Qué? ¿Estás seguro?
Luis Enrique: (fastidiado) ¡Por supuesto que lo estoy! Eduardo nos la presentó a todos como su futura esposa y lo peor es que piensa poner a su nombre todo el patrimonio de la familia. ¿Te das cuenta?
Cecilia: ¡Desgraciada! Quiere vernos acabados. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Luis Enrique: No lo sé, pero si de algo estoy seguro es que no pienso permitir que me hunda y que todo por lo que he trabajado en más de veinte años se vaya a la mierda por su culpa.
Cecilia: ¿Y qué hay de Milena? Estoy segura que va a seguir insistiéndome y si no lo hace ella, lo hará Danilo cuando se entere de todo.
Luis Enrique: ¿Pues yo qué sé, mujer? Invéntales cualquier cosa mientras pienso en algo para deshacerme de Marissa definitivamente.
Luis Enrique pronuncia aquellas últimas palabras con decisión al tiempo que en su mirada se plasma un profundo odio y maldad.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Marissa luce sumamente desconcertada y confundida luego de escuchar por boca de Eduardo que su matrimonio con ella en realidad no era una mentira y que, incluso, se lo ha propuesto.


Eduardo: Estoy esperando una respuesta de tu parte, Marissa. ¿Te casarías conmigo?
Marissa: La verdad no sé qué decir, señor Román. Todo esto me toma fuera de base. Un matrimonio no es una decisión que se toma así, tan deliberadamente.
Eduardo: Es un matrimonio por conveniencia. Tú me usas a mí y yo te uso a ti. Tengo que hacer las cosas de esta manera para quitarme de encima al ambicioso de mi hermano y a Luis Enrique, que, aunque dice ser mi amigo, busca lo mismo que Manuel.
Marissa: Pero yo no podría. Todavía sigo casada con Luis Enrique y…
Eduardo: Por eso no te preocupes. Tengo un buen abogado que se encargará de tramitar tu divorcio en tiempo récord, aunque sospecho que Luis Enrique hará lo posible por impedirlo. ¿Tienes pruebas de su infidelidad con Cecilia?
Marissa: (pensativa) Sí. Uas fotografías en mi celular, pero imagino que todo se echó a perder cuando tuve el accidente o la corriente se lo pudo haber llevado, no lo sé…
Eduardo: Deja averiguo eso. Mañana temprano hablaré con una amiga mía que te puede ayudar para los preparativos de la boda. ¿Te parece bien en un mes?
Marissa: ¿Tan poco le importa lo que piense yo? Todavía ni siquiera le he dicho que sí me casaré con usted.
Eduardo: Bueno, si no estás de acuerdo, no pienso presionarte. Buscaré a otra mujer. Puedes quedarte trabajando como ama de llaves de la hacienda, así como quería Casimira y arreglar tus asuntos con Luis Enrique tú sola. No tengo problema con ello. Buenas noches.
Eduardo se dispone a retirarse del estudio con decisión, pero es detenido súbitamente por Marissa, quien lo toma con suavidad del brazo.
Marissa: Espérese un momento, señor Román…
Eduardo la escucha con atención. Marissa se siente dudosa por lo que está a punto de decir, algo que puede expresar en su mirada.
Marissa: Está bien (Hace una pausa). Voy a casarme con usted en un mes como quiere.
Eduardo sonríe levemente al escucharla.
Marissa: Voy a ayudarle con su cometido, pero quiero ser clara en que esto sólo se trata de un matrimonio de apariencias.
Eduardo: Y lo será. Yo mismo te lo dije hace un rato. Cuando todo acabe, firmamos el divorcio y ya está. Retomaremos nuestras vidas como antes. ¿Estás de acuerdo?
Marissa: (asentando con la cabeza) Sí, señor.
Eduardo: Perfecto. Recuerda entonces que, a partir de mañana, fingiremos ser una pareja feliz frente a todo el mundo, pero no te preocupes. Dormiremos en cuartos separados y no nos interpondremos en los asuntos del otro.
Marissa: Está bien. Me parece excelente todo de esa manera.
Eduardo: Creo que ya no hay nada más que decir. Mañana seguimos hablando. Iré a descansar, necesito estar solo después de todo el día de perros que tuve.
Marissa: ¿Va a asistir al funeral de Casimira?
Eduardo: Sí. Yo me encargo de todos los gastos. Descansa, Marissa.
Eduardo se retira del estudio en una actitud muy seria. Marissa suelta un suspira y se pone una mano en el pecho.
Marissa: Dios mío. Todo sea por volver a la normalidad. Luis Enrique no puede continuar haciendo más daño del que ya me hizo a mí y si puedo detenerlo, aunque sea casándome por conveniencia, no lo dudaré…
Marissa se queda pensativa dentro de aquel estudio.
EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE, JARDÍN / AL DÍA SIGUIENTE

Es un nuevo día particularmente veraniego en el pueblo. Carolina recibe a Cruz en el amplio jardín de la mansión.


Cruz: Muchísimas gracias por haberme recibido, mi querida señorita Carolina (La besa en cada mejilla). Supiera usted cómo la he extrañado. Válgame Dios.
Carolina: (riendo) Yo también te he extrañado mucho, Cruz. No pude creer cuando mi papá me dijo que habías decidido irte por tu cuenta de la mansión. ¿Por qué si has trabajado tantos años para nosotros?
Cruz: Porque ya no pude soportar más ofensas de parte de su padre, señorita. Usted vio cómo me ofendió y por eso no me quedé de brazos cruzados y le di su merecido derramándole la sopa encima aquella vez.
Carolina: Sí, sí recuerdo. Eso estuvo épico. Te pasaste, eh. Y cuéntame, ¿por qué viniste? ¿Vienes a reconciliarte con mi papá?
Cruz: Hum, algo así. Estaba pensando en retomar mi trabajo y quise venir a hablar personalmente con él.
Epifanio viene caminando en ese momento y se disgusta al ver a Cruz de lejos.

Carolina: ¿Tú crees que vaya a darte tu trabajo de nuevo? Porque ya te consiguió reemplazo y es una muchacha joven. Papá no tiene quejas de ella, en cambio de ti…
Cruz: Me lo dará. Después de todo, tiene una obligación moral conmigo y es lo mínimo que puede hacer para que responda como hombre.
Carolina: (confundida) ¿Como hombre? ¿Qué quieres decir?
Cruz: ¡Ay, ese don Epifanio siempre tan reservado! Pero es normal. ¿Qué padre le contaría sus intimidades y andanzas a su hija?
Epifanio: (molesto) ¡Cruz!
Carolina y Cruz se dan la vuelta al escuchar el grito de Epifanio.
Epifanio: ¿Qué estás haciendo en mi casa? ¿A qué has venido, bruja?
Carolina: ¡Papá! ¿Cómo puedes tratar así a la mujer que trabajó para ti casi cuarenta años?
Epifanio: Los años que haya trabajado para mí no traducen en buen servicio. ¡Vete de aquí, Cruz! Me da dolor de estómago ver tu cara.
Cruz: Usted no cambia, don Epifanio y no me parece justo que me trate así después de todos los momentos que hemos compartido juntos.
Epifanio: ¡Cállate! ¡No seas imprudente!
Carolina: ¿Qué se traen ustedes dos? (Mirándolos con suspicacia) Están actuando extraño. ¿O acaso piensan retomar su vieja relación?
Cruz: (extrañada) ¿Qué relación, señorita Carolina?
Epifanio: (nervioso) No es eso, Carolina. Déjame hablo a solas con esta mujer (Toma a Cruz de un brazo). Tú ve desayunando sin mí.
Carolina: Hum, está bien. Igual estaba esperando a Gracia que dentro de un rato baja.
Epifanio se lleva a la fuerza a Cruz. Gracia llega en ese momento y se extraña por la situación.

Gracia: ¿Quién es esa mujer, Caro? No sabía que tu padre hacía obras de caridad con pordioseras y las acogía en la mansión.
Carolina: (riendo) No es ninguna pordiosera, Gracia. Se llama Cruz y era el ama de llaves hasta hace poco que renunció. Mi papá y ella nunca se han llevado bien, pero para mí que en el fondo están enamorados.
Gracia: Ay, qué tan mal gusto tiene tu padre. Un señor de tan buen porte y venirse a fijar en un esperpento. Es feísima esa señora.
Carolina: Pues sólo le hacen falta unos arreglos si se cambiara esa ropa negra que usa, se quitara el bigote, el entrecejo y se aplicara un poco de maquillaje. Quedaría perfecta para ser la esposa de mi papá que es tan solitario.
Gracia: Pues si tú lo dices. Y cuéntame. ¿Cómo te fue ayer en el funeral de la madre de Eduardo? Llegaste tarde y no pudimos hablar.
Carolina: Bien, aunque me dolió muchísimo ver a Eduardo tan triste. En poco más de dos tres perdió a su esposa y a su madre. Imagínate.
Gracia: Claro. Han sido golpes muy duros para él. Espero pueda reponerse.
Carolina: Lo hará, Gracia. Me voy a asegurar de estar con él ahora más que nunca para enamorarlo. Es mi oportunidad de tenerlo para mí como siempre quise.
Gracia: Bueno, ¿por qué no desayunamos? Casi es hora de ir a la hacienda de los Román para que te reúnas con Lisa.
Carolina: Es cierto. Démonos prisa. Estoy muy ansiosa por ver su reacción cuando me vea.
Carolina se queda pensativa a la vez que intercambia sonrisas con Gracia.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, ESTUDIO / DÍA
Epifanio se encierra en el estudio de la mansión con Cruz.


Cruz: (adolorida) ¡Ya, don Epifanio! Suélteme, que está haciéndome daño.
Epifanio suelta de forma brusca y grosera a Cruz haciendo ver la molestia que siente.
Epifanio: ¿Qué pretendes viniendo a mi mansión? ¿Cuándo piensas dejarme en paz de una buena vez y darme el privilegio de no verte nunca más?
Cruz: ¿Tanto me desprecia después del encuentro pasional que tuvimos?
Epifanio: ¡Olvídate de eso! Fui muy claro cuando te dije que eso no significó nada entre nosotros.
Cruz: Pues para mí sí, don Epifanio porque yo lo amo y quiero ser su esposa.
Epifanio: ¿Hasta cuándo insistirás con lo mismo? ¡No me voy a casar contigo! ¡Entiéndelo de una buena vez!
Cruz: Quien debe entenderlo es usted porque vamos a casarnos, quiéralo o no.
Epifanio: No seas estúpida. ¿Qué harás? ¿Obligarme poniéndome un arma en la cabeza para llevarte al altar?
Cruz: No precisamente. Recuerde que sé algo sobre usted que nadie, ni siquiera su hija, sabe y, además, me podría encargar de decir por todo el pueblo que usted me usó para acostarse conmigo.
Epifanio: ¡No te atreverías!
Cruz: (desafiante) ¡Pues sí me atrevo! Fíjese. Ahorita mismo, cuando salga de esta mansión, iré divulgando la clase de persona que es usted y perderá el respeto de todos los habitantes de Villa Encantada. ¿Cómo la ve?
Epifanio: ¡Eres una desgraciada, Cruz! ¡No puedes hacerme algo tan ruin!
Cruz: ¿Ruin? Ruin es que usted se crea el amo y señor de todo, con derecho a humillar y hacer lo que se le venga gana. Yo sí lo pienso poner en su lugar y con su permisito, me voy yendo a dañarle su reputación. Buena tarde, don Epifanio.
Cruz mira con ojos de desprecio al hombre y decide retirarse el estudio. Epifanio, sin más opción, corre detrás de ella.
Epifanio: ¡Cruz! ¡Cruz, espera! (Ella lo ignora) ¡Cruz!
Cruz: ¿Qué quiere? Para su información, soy una mujer muy ocupada y la labor me llama. Mi lengua pide chisme, así que hable (Prepotente).
Epifanio: Escúchame. Yo no puedo casarme contigo. Yo no te amo y tampoco podría amarte. Entiéndelo, carajo.
Cruz: (cortante) Entonces, no tenemos nada más de qué hablar. Hasta luego.
Cruz intenta proseguir, pero Epifanio la detiene de nueva cuenta.
Epifanio: ¡Por favor, Cruz! No me hagas esto. Te lo suplico. Vente si quieres de nuevo para la mansión, pero no me obligues a casarme contigo chantajeándome. Te daré un aumento de sueldo, un mejor cuarto y si gustas, no trabajes, pero no me obligues a esto.
Cruz: (pensativa) Hum, nada mal. Podría regresar a la mansión en calidad VIP y así ya no tendría que hacerle masajes en sus malolientes pies ni cambiarle el pañal antes de dormir.
Epifanio: (molesto) Yo no uso pañal. ¿De qué hablas?
Cruz: (riendo) Nomás decía. Muy pronto en unos años tendrá que usarlo, don Epifanio.
Epifanio: ¡Eres una…!
Cruz: (lo interrumpe) Bueno. Voy a pensar en su propuesta. De aceptarla, espere muy pronto mi presencia de nuevo en esta casa con maletas y todo. Es usted un amor.
Cruz le lanza un beso con los labios a Epifanio y le guiña el ojo de una forma exageradamente sensual, detalle ante el cual el hombre siente repugnancia. Cruz se retira y él suspira frustrado.
Epifanio: Qué pesadilla, Señor. Hubiera preferido otro castigo para mis pecados y no a esta Cruz tan pesada.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Eduardo está tomándose una ducha en el baño de su habitación. Una vez que termina, cierra el grifo y toma la toalla para secarse el rostro, pero se impacta al ver frente a él a Lisa.


Eduardo: ¡Lisa!
Lisa: (mirándolo con deseo) Hola, papi. ¿Contento en verme?
Eduardo se cubre con la toalla del torso para abajo.
Eduardo: (molesto) ¿Estás loca? ¡Vete inmediatamente de aquí!
Lisa: Me iré cuando me hagas tuya de nuevo como esa noche. Tú no sabes lo mucho que te deseo, Eduardo.
Eduardo: ¡Basta ya! ¡Detén esto!
Eduardo toma del brazo a Lisa y la saca a la fuerza del baño.
Lisa: ¡No te atrevas a rechazarme! ¡Tú ya me hiciste tu mujer! ¡No puedes hacerme esto!
Eduardo: Ya no sigas haciendo estas cosas. Te quiero lejos de mí, Lisa. ¡Lejos!
Lisa: Estás cometiendo un grave error.
Eduardo: Quien está cometiendo un error eres tú. Cada vez me doy cuenta de que estás muy mal de la cabeza. Estás obsesionada conmigo.
Lisa: (furiosa) ¡Cállate! ¡Yo no estoy obsesionada! Te amo que es algo muy distinto.
Eduardo: Por favor, no hagas esta situación más incómoda y complicada de lo que ya es. Obedéceme y vete.
Lisa: ¡No, Eduardo! ¡Eso no!
Lisa se abalanza sobre Eduardo llenándolo de besos y caricias con cierto desespero.
Lisa: ¡Tú también debes amarme! ¡No puedes rechazarme así!
Eduardo: Basta, Lisa. ¡No me toques!
Eduardo aparta de si a Lisa a la fuerza al punto de empujarla levemente contra un buró. La joven se apoya en él y casualmente toma unas tijeras con las cuales lo amenaza.
Lisa: (llorando) No voy a permitir que me rechaces y me humilles, Eduardo.
Eduardo: Baja eso, Lisa, no vayas a cometer una locura o algo de lo que después te puedas arrepentir (Acercándose lentamente).
Lisa: ¡No des un paso más o no respondo de mí! (Gritando).
Eduardo: Entonces cálmate. Baja eso y hablemos.
Lisa: No. Si tú no puedes amarme ni desearme como yo a ti, ¿para qué seguir viviendo?
Eduardo: Lisa, por favor…
Lisa: ¡Cállate! Tú vas a ser el culpable de mi muerte. Todo será tu maldita culpa, Eduardo.
De repente, Lisa se entierra las tijeras en el abdomen.
Eduardo: (gritando desgarrado) ¡Lisa, no!
El hombre corre hacia ella. Lisa se saca las tijeras y la blusa que usa comienza a mancharse de un tono rojo intenso de sangre.
Eduardo: (desesperado) ¿Qué hiciste, por Dios?
Lisa: Te amo, Eduardo…
En ese momento, la muchacha se desvanece y Eduardo la toma entre sus brazos para evitar que se caiga al piso.
Eduardo: ¡Lisa, abre los ojos! ¡Lisa!
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA
Marissa recibe a Carolina y a Gracia, quienes acaban de llegar a la hacienda. Carolina se extraña por la primera.



Marissa: Buenos días. ¿Puedo ayudarles con algo?
Carolina: ¿Quién eres tú?
Marissa: Me llamo Marissa. Soy la nueva ama de llaves de la hacienda en reemplazo de Casimira.
Carolina: ¿De Casimira? ¿Qué le ocurrió? ¿Por qué dices que eres su reemplazo?
Marissa: (agobiada) Porque murió el día de ayer.
Carolina: (sorprendida) ¿Casimira muerta? Dios mío, no me lo puedo creer. ¿Qué le pasó si gozaba de tan buena salud?
Marissa: Tuvo un accidente. Cayó del balcón de una de las habitaciones y, aunque fue llevada con vida al hospital, la pobre no logró sobrevivir. Tenía muchas fracturas y… (Hace una pausa) Perdón… Me pone un poco mal recordarla. La vi morir frente a mí.
Carolina: Entiendo. Tú la conocías. ¿Fue por eso que te dieron el trabajo de ella?
Marissa: Sí, así es. Ella incluso me lo pidió antes de morir y esa fue su última voluntad. No tuve oportunidad de conocerla mucho tiempo, pero fue suficiente para darme cuenta de la gran persona que era.
Carolina: Sigo tan sorprendida. Casimira trabajó muchísimos años para esta familia.
Gracia: ¿Conocías bien a la difunta, Caro?
Carolina: No muy bien. No éramos amigas ni nada por el estilo, pero sí supe de lo bien que le sirvió a la familia durante los años que trabajó aquí.
Marissa: Bueno. Díganme en qué puedo ayudarles. ¿A quién necesitan?
Carolina: Tengo una cita con Lisa. Dile que es de parte de la agencia de modelaje y también dile que Gracia está acá.
De repente, Eduardo baja ya vestido y con la camisa a medio abotonar cargando a Lisa en sus brazos. La muchacha está inconsciente y con una notable mancha de sangre en el abdomen que sobresale por encima de la blusa.


Eduardo: (desesperado) ¡Permiso! ¡Abran paso!
Carolina: (impresionada) Eduardo. ¿Qué le pasó a Lisa?
Eduardo: Ahora no hay tiempo para explicaciones. Tengo que llevar a Lisa para el hospital.
Gracia: (preocupada) Se ve muy grave. Hay que llevarla en cuanto antes.
Marissa abre la puerta de la entrada principal de la hacienda.
Marissa: ¿Puedo hacer algo por usted, señor Román?
Eduardo: Quédate aquí al pendiente de la hacienda, Marissa. Vuelvo más tarde.
Marissa: Está bien. Para lo que necesite, no dude en llamarme.
Eduardo sale aun cargando a Lisa para subirla a su auto. Gracia se acerca a Carolina mostrándose preocupada.
Gracia: No podemos quedarnos aquí, Carolina. Debemos ir para estar al tanto de todo lo que pase con Lisa.
Carolina: Tienes razón. Vamos en mi auto detrás de Eduardo.
Dicho aquello, ambas mujeres salen con prisa. Marissa se queda a solas cuando, de repente, es abordada por Manuel.

Manuel: ¿Cuál es el escándalo? ¿Qué pasó ahora?
Marissa: La hija del señor Román está mal. No sé muy bien qué pasó, pero él la acaba de llevar para el hospital del pueblo.
Manuel: Hum, ¿señor Román? Va a ser tu esposo, ¿y lo tratas con esa formalidad?
Marissa: (seria) ¿Necesita que haga algo por usted?
Manuel: Por mí nada, preciosa. Hazlo por mi hermano que para eso te está pagando, ¿no? Te va a nombrar la heredera de una familia de la que tú ni siquiera haces parte.
Marissa: Tan sólo pienso ayudar a su hermano a que recupere las pérdidas económicas que ha tenido.
Manuel: Conmigo te iría mejor. Podrías ganar más si te alías conmigo y, además…
Manuel comienza a acariciar de forma lasciva el rostro de Marissa.
Manuel: Puedo ser más hombre que Eduardo.
Manuel no se da a la espera para tratar de robarle un beso a Marissa, pero ésta se aparta molesta.
Marissa: Guarde sus distancias conmigo, señor. En cuanto a sus propuestas, no estoy interesada. Precisamente, estoy ayudando a su hermano para que arpías como usted no lo lleven a la ruina.
Marissa le lanza una mirada fulminante a Manuel y se retira. Él se nota molesto.
Manuel: Vaya, vaya. Qué altanera salió la esposita de mentira que se consiguió Eduardo. Tiene más carácter que Helena, pero eso no le servirá de nada. No debiste interponerte en mi camino, preciosa…
Manuel se queda pensativo como si estuviese planeando algo.
CONTINUARÁ…
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