Capítulo 16: Nueva ilusión
INT. / BAR DE VILLA ENCANTADA / NOCHE
Eduardo se encuentra en el bar del pueblo bebiendo licor y sentado a la barra. Tal parece desde hace rato ha estado alcoholizándose y puede notarse en él una profunda mirada de amargura. Luis Enrique aparece en escena en ese momento y se acerca a él.


Luis Enrique: Eduardo.
Eduardo: Hola, Luis Enrique.
Luis Enrique: Vine en cuanto me llamaste. Te oí algo mal. ¿Ocurrió algo más? (Se sienta a su lado).
Eduardo: Por desgracia sí. Hoy Lisa intentó suicidarse clavándose unas tijeras en el abdomen y justo ahora está en el hospital.
Luis Enrique: (sorprendido) ¡Vaya! Que mala noticia. Una muchacha tan joven con una vida por delante. ¿Y cómo está? ¿Fue grave?
Eduardo: No. La herida fue superficial y lograron intervenir a tiempo, pero eso no es lo único. Una mujer estuvo chantajeándola. Le pedía fotos privadas a cambio de ayudarla a aplicar a una agencia de modelaje y ahora nomás intentó matarla en el hospital.
Luis Enrique: Me sorprende todo lo que me cuentas. Cuántas cosas malas en un día. La verdad es que ni sé qué decirte.
Eduardo: Tampoco hace falta que digas nada (Bebe licor de un solo sorbo). Te llamé porque quería desahogarme, tomar con alguien, hablar, relajarme y olvidarme por un momento de que existo.
Luis Enrique: Me preocupa la manera en la que hablas. Te veo muy decaído últimamente, pero bueno. No es para menos. Te han sucedido cosas muy fuertes desde hace unas semanas.
Eduardo: Sí, así es. Todo el mundo se me vino encima cuando menos lo pensé. Siento como que no tengo fuerzas para continuar. Estoy cansado, Luis Enrique. Muy cansado…
Luis Enrique: Deberías reconsiderar la propuesta que te hice la vez pasada. Tómate un tiempo para centrarte en ti. Vete lejos, ve a una casa de reposo, no sé. Puedes confiar en mí y delegarme todas tus responsabilidades.
Eduardo: ¿Tú crees que esa sea la solución?
Luis Enrique: Por supuesto, pero si eso no es lo que quieres, está bien. Es tu decisión. Tan solo entiende no es justo para ti seguir viviendo en medio de tanta miseria. Todo está acabado para ti, Eduardo. ¿Qué sentido tiene una vida así?
Eduardo: (pensativo) ¿Me estás diciendo que… debería?
Luis Enrique: Yo no te estoy diciendo nada. Tómalo tan solo como un consejo de mi parte que he sido tu amigo durante varios años. Todos llegamos en algún momento a nuestro límite y tú ya llegaste al tuyo, ¿no crees?
Luis Enrique le pone la mano en el hombro a Eduardo fingiendo consolarlo y sentir compasión por él, pero sonríe con malicia disimuladamente.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / NOCHE
Cruz se encuentra de pie sosteniendo dos maletas frente a Epifanio, quien la observa molesto.


Cruz: Bien, don Epifanio. Aquí me tiene de nuevo.
Epifanio: No esperé que te decidieras finalmente por regresar. Por un momento pensé que tendrías un poco de raciocinio y dignidad, pero ya veo que no (Habla con su típica rudeza).
Cruz: Usted mismo me hizo esta propuesta y no podía desaprovecharla. Estuve reflexionando y hasta creo que es lo mejor, ¿sabe?
Cruz comienza a acercarse a Epifanio de forma provocativa, aunque él se ve echando para atrás algo asustado.
Cruz: De esta manera, ambos podremos estar más cerca el uno al otro (Pone su mano en el pecho de él). Incluso podremos tener la oportunidad de conocernos bien y de repetir las cosas que hicimos el otro día.
Epifanio: (nervioso) ¡Basta, Cruz! ¡Para ya con esta payasada!
Cruz: Yo sé que en el fondo usted lo desea tanto como yo, don Epifanio. Vamos. No me lo tiene que negar. Yo sé que se muere de ganas por hacerme su mujer de nuevo y de sacar ese león que lleva dentro. ¡Grr! (Ruge de forma cómica).
Epifanio: Cruz, por favor, no más. Te lo ruego…
Cruz: ¡Béseme, don Epifanio! ¡Béseme!
Cruz acorrala a Epifanio contra la pared y se lanza sobre él para besarlo apasionadamente. Epifanio abre los ojos como platos y se aparta de ella de inmediato.
Epifanio: (molesto) ¡Cruz! ¿Qué te dije, mujer? Esto no puede ser. ¿Cómo quieres que te lo haga entender?
Cruz: Yo no tengo nada que entender, sino usted, ¿y qué mejor manera que haciéndome el amor de nuevo? (Guiña un ojo).
Epifanio respira un poco agitado mirando con fijación a su antigua ama de llaves y luego de unos segundos, es él quien toma la iniciativa de besarla con desmedida intensidad. Cruz, por supuesto, no duda en corresponderle y sumidos en aquel beso, ambos se dirigen a la habitación.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE

Es tarde ya. Eduardo llega algo desanimado a la hacienda. Las luces ya están apagadas y todos aparentemente duermen, por lo que se dirige al estudio. De lejos, se enfoca a Marissa en bata, quien decide seguirlo. Él, por su parte, se adentra en el estudio, cierra la puerta y se sirve licor en una copa, bebiendo de un solo sorbo.


Eduardo: (suspirando) Mi vida es un completo desastre. Todo está perdido para mí ya. ¿Cuándo cambiaron tanto las cosas para mí, ah? ¿Cuándo? (Habla con amargura).
Eduardo vuelve a servirse más licor y sigue bebiéndolo de un solo sorbo para luego sentarse frente al escritorio y recordar fugazmente su conversación con Luis Enrique.
FLASHBACK
Luis Enrique: Tan solo entiende no es justo para ti seguir viviendo en medio de tanta miseria. Todo está acabado para ti, Eduardo. Tú ya no tienes motivos que te aten a sufrir de esta manera. ¿Qué sentido tiene una vida así?
Eduardo: (pensativo) ¿Me estás diciendo que… debería?
Luis Enrique: Yo no te estoy diciendo nada. Tómalo tan solo como un consejo de mi parte, que he sido tu amigo durante varios años. Todos llegamos en algún momento a nuestro límite y tú ya llegaste al tuyo, ¿no crees?
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: (sollozo) Luis Enrique tiene razón. Todo ya perdió el sentido para mí. Mi madre está muerta, mi esposa fue una ramera que me mintió, mi hermano me odia, mi hija no es mi hija en realidad y para colmo está enamorada de mí.
Eduardo derrama un par de lágrimas y lanza furioso la copa contra el piso. Marissa, afuera del estudio, alcanza a escuchar el sonido de la copa rompiéndose y se acerca preocupada a la puerta, pero duda en entrar.
Eduardo: Debería morir. Sí. Es justo lo que debería hacer. Morir y acabar con esta maldita pesadilla de una vez por todas.
El hombre se levanta con prisa del sillón y busca entre los cajones de una cómoda algo. Puede verse que saca una pistola, la cual observa con cierta duda. Acto seguido le quita el seguro y comienza a elevarla poniéndola en su sien. Marissa entra en ese momento al estudio y se impacta al encontrarse con la escena.
Marissa: (alertada) ¡Señor Román! ¡Espere! ¡No lo haga, por lo que más quiera!
Eduardo: (llorando) Vete de aquí y déjame solo.
Marissa: No puedo dejarlo solo en ese estado y menos cuando está a punto de comerte una locura, por Dios. ¡Baje eso!
Eduardo: No pienso escuchar a nadie. ¡Largo! Esto es algo de lo que debo ocuparme yo solo y nadie tiene por qué intervenir.
Marissa: (acercándose) Es cierto. Es algo de lo que debe ocuparse usted, pero no me pida que me vaya sin antes tratar de hacerlo entrar en razón. ¿Cree necesario esto?
Eduardo se queda en silencio respirando agitado y escuchando a Marissa en silencio.
Marissa: ¿Cree necesario acabar con su vida de esta manera tan cobarde huyendo de todo?
Eduardo: Cuando no hay más solución, es lo mejor. Ya no me queda nada por lo cual luchar, así que vete y no me detengas.
Marissa: Puede que tenga usted razón, pero yo estoy segura que puede desistir de la idea que tiene en mente y darse una segunda oportunidad para encontrar un motivo para seguir, para luchar. Usted se lo merece.
Eduardo sigue en silencio, pero aún no baja la pistola de su sien. Marissa continúa acercándose a él a pasos lentos.
Marissa: Por favor, recapacite y entrégueme el arma. Yo sé que hay algo más por lo que puede seguir viviendo, amando, luchando y acabar con su vida así no sería justo. ¿Por qué en vez de terminar todo no busca una segunda oportunidad?
Marissa extiende su brazo. Eduardo va cediendo y bajando la pistola lentamente.
Marissa: Entréguemela. Todo va a estar bien.
Marissa esboza una sonrisa cálida frente a lo cual Eduardo siente un poco de confianza. El hombre decide bajar la pistola por completo y se la entrega a Marissa con algo de duda, pero rompe a llorar desconsolado.
Eduardo: Lo siento tanto… (Se derrumba en el piso) Me duele vivir, no sé si soporte más…
Marissa se inclina poniéndose a la misma posición de él en el piso y lo toma de las manos para confortarlo.
Marissa: Yo sé que sí y, aunque ahora todo parezca no tener solución, siempre podrá encontrar una salida si la busca. Todo va a estar bien, Eduardo. Yo voy a estar contigo, a tu lado.
Eduardo se sorprende levemente por las palabras de Marissa y ambos se miran a los ojos de una forma especial durante varios segundos.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / AL DÍA SIGUIENTE
Es un nuevo día. La luz penetra en la habitación de Eduardo, quien yace dormido sobre la cama y comienza a despertar poco a poco sintiendo resaca.


Eduardo: (adolorido) Argh…
El hombre se acomoda recostándose sobre la cama y se rasca los ojos para aclarar su vista, cuando, al voltearse, se sorprende al ver a Marissa dormida sobre una silla.
Eduardo: ¿Qué está haciendo aquí? (Pensativo) Ah, claro, ahora recuerdo…
Eduardo se rasca algo incómodo la cabeza, se levanta de la cama y trata de no hacer ningún ruido. Luego, toma su propio saco del perchero y lo pone sobre ella para cubrirla mirándola con algo de nostalgia.
Eduardo: (susurrando) Lamento haberte importunado con mis problemas…
Justo cuando se da la vuelta para retirarse, Marissa abre los ojos despacio y se levanta sobresaltada.
Marissa: Señor Román…
Eduardo: Ah, despertaste.
Marissa: Eh, sí. Disculpe usted. Me había quedado dormida anoche y no quise irme a mi habitación hasta no verlo a usted dormido.
Eduardo: No te preocupes. Quien debe disculparse soy yo por haberme convertido en una carga para ti anoche. Estaba muy borracho y no pensé en lo que hacía. Perdóname…
Marissa: Yo no tengo nada que perdonarle y, aunque es verdad que usted estaba borracho, sé que en el fondo se sentía devastado con la intención de acabar con su vida y no me podía quedar tan tranquila o solo ignorar la situación.
Eduardo: Gracias por eso. Me hizo bien la confianza que me diste y también gracias por haberme traído hasta mi habitación. Hiciste mucho por mí.
Marissa: (sonriéndole) De nada. Un alma con tanto dolor como la suya necesita de alguien que la ayude a sanar y si está en mí hacer algo por usted siempre que pueda, lo haré, señor Román.
Eduardo se sorprende al escuchar las palabras de Marissa y baja la cabeza.
Eduardo: Gracias, Marissa. Creo que, después de todo, tienes razón. No es el momento de rendirme, menos ahora cuando todos quieren verme derrotado.
Marissa: Ese es un motivo suficiente para empezar de nuevo. Casimira me contó algo sobre el hombre que usted era antes de la muerte de su esposa y, aunque yo no lo conocí en ese entonces, sé que en el fondo algo debe quedar de ese hombre.
Eduardo: Todos me dieron la espalda. Ya nadie cree en mí y algo así es impensable para mí. ¿De qué me serviría ser el de antes? Todos se encargaron de endurecerme.
Marissa: Entonces, haga un cambio por usted, para salir del sufrimiento en el que está sumido. Llenarse de amor propio es lo más importante y ya lo demás vendrá por sí solo. Créame.
Eduardo se queda pensativo durante algunos segundos.
Marissa: Bueno, yo me retiro. Hay mucho que hacer en la hacienda, pero si necesita algo, por favor no dude en decírmelo. Voy a estar al pendiente.
Marissa le sonríe a Eduardo con calidez y sale de la habitación. Él sigue pensativo.
Eduardo: He estado tan ciego que no me había percatado de la gran mujer que es.
EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE, JARDÍN / DÍA

Epifanio y Carolina están desayunando al aire libre en el amplio jardín de la mansión. Cruz les sirve jugo de naranja.



Carolina: Me alegra que hayas vuelto, Cruz. Para serte sincera, no me terminaba de acostumbrar a la otra empleada que mi papá contrató y no es para menos. Te conozco de toda la vida.
Cruz: Cumplido que me hace usted, señorita. Yo también me siento contenta de volver y con la firme intención de quedarme. Don Epifanio me ofreció beneficios especiales a cambio de mi retorno.
Carolina: Pues me da mucho gusto escuchar eso. Espero que te quedes para siempre.
Epifanio: La otra empleada que contraté para reemplazar a Cruz cuando renunció va a seguir trabajando en la mansión, Carolina. Deberías desacostumbrarte. Nadie en el mundo es indispensable.
Carolina: Tú siempre tan amargado, papá. En definitiva, pienso que te hace falta conocer a alguien para darle color a tu vida, ilusión, no sé.
Cruz: Eso es justo lo que he intentado hacerle ver a su padre, señorita, pero ya ve usted. No hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿No es así, don Epifanio?
Epifanio mira con recelo a Cruz sin decir nada como si con los ojos la regañara. Carolina percibe la situación.
Carolina: ¿Ocurre algo entre ustedes? Últimamente los he notado extraños.
Epifanio: Esas son suposiciones tuyas, hija. ¿Qué podría haber entre Cruz y yo?
Carolina: No lo sé. Dímelo tú y, por cierto, ahora que lo recuerdo, ¿dónde estuviste anoche?
Epifanio: (nervioso) Eh, ¿anoche? ¿Por qué lo preguntas?
Carolina: Porque cuando llegué fui a buscarte a tu habitación para contarte algo súper importante y no te encontré. Precisamente le pregunté a la otra empleada por ti y me dijo que tampoco sabía.
Cruz: Yo le puedo explicar, señorita Carolina. Don Epifanio y yo estuvimos haciendo…
Epifanio: (interrumpiendo) Cuentas.
Carolina: (extrañada) ¿Cuentas?
Epifanio: Sí. Cuentas del salario que va a recibir. Tú sabes. Le prometí un aumento y quiero que todo el contrato laboral quede claro entre nosotros. ¿Verdad, Crucecita?
Cruz: Sí, mi tigre. Eh, perdón, quise decir, sí, don Epifanio (Mirándolo con deseo).
Epifanio: Bueno, cuéntame para qué me buscabas anoche. ¿Qué era eso que necesitabas hablar conmigo?
Carolina: Se trata de la hija de Eduardo, papá.
Epifanio: (sobresaltado) ¿De Lisa? ¿Qué pasa con ella? Dime de inmediato.
Carolina: ¡Vaya! No me imaginé que te interesara tanto.
Epifanio: Ya déjate de rodeos, Carolina y dime qué pasó con esa muchacha. ¡Habla!
Carolina: Está bien. Cálmate. En estos momentos, está en el hospital después de que ayer intentara suicidarse.
Epifanio: (impactado) ¿Qué cosa? ¿Suicidarse?
Carolina: Sí, papá. Es que no te imaginas. Lisa al parecer no es la hija de Eduardo.
Epifanio desorbita los ojos, pero no de sorpresa por la revelación de Carolina, sino de desconcierto. Tanto Cruz como él intercambian miradas de complicidad.
Epifanio: ¿Quieres decir que intentó suicidarse al descubrir la verdad?
Carolina: No exactamente. Todo apunta a que Lisa ya lo sabía y hace tiempo ha tenido una obsesión enfermiza hacia Eduardo. Dice estar enamorada de él y como de esperarse, Eduardo la rechazó y en medio de una crisis nerviosa, quiso suicidarse.
Cruz: Válgame Dios. Qué tragedia. Esa muchacha ha de estar loca.
Carolina: Pues yo estoy por pensar lo mismo que tú, pero hay más…
Epifanio: ¿Entonces qué esperas? ¿Qué más tienes para decir?
Carolina: (extrañada) ¿Por qué te interesa tanto lo que pasa con Lisa, papá?
Epifanio: No hagas preguntas tontas y sólo habla.
Carolina: (suspirando) Bueno, es que… Gracia al parecer estuvo acosándola sexualmente y le pidió fotos íntimas a cambio de ayudarla a aplicar a mi agencia.
Epifanio: (sorprendido) ¿Gracia? ¿Tu amiga? ¿Cómo es posible algo así?
Carolina: Yo tampoco lo podía creer cuando Lisa nos lo dijo a Eduardo y a mí, pero tristemente es verdad, con decirte que intentó matar a Lisa y cuando la descubrieron, huyó del hospital. Este es el momento en el que la policía no ha dado con su paradero.
Epifanio: Desgraciada, vieja pervertida. Espero que puedan atraparla pronto y ponerla tras las rejas por haberse atrevido a tanto.
Carolina: Sí. Es mi amiga, pero lo que hizo no tiene nombre. Me temo que Lisa no fue su única víctima y también estuvieron involucradas otras chicas de la agencia. En fin…
Carolina se limpia con una servilleta los labios y se levanta.
Carolina: Debo ir a la hacienda. Eduardo me llamó hace un rato y me dijo que necesita pedirme un favor especial.
Epifanio: Está bien. Ten cuidado y mantenme informado de todo lo que pase. Tú sabes que me gusta estar al tanto de lo que ocurre en el pueblo.
Carolina: Sí. No te preocupes. En caso de que pase algo más, te lo haré saber. Nos vemos.
Carolina le da un beso en la frente a su padre y se retira. Epifanio y Cruz, por su parte, se quedan a solas.
Cruz: ¿Ve lo que le dije, don Epifanio? Lisa Román ya estaba enterada de sus orígenes. Ella ya sabía que Eduardo Román no es su padre en realidad.
Epifanio: Me pregunto cómo se enteró de la verdad.
Cruz: ¿De casualidad no sería usted quien se lo reveló?
Epifanio: ¿De qué hablas, mujer? ¿Te volviste loca? ¿Cómo podría yo haber hecho tal cosa?
Cruz: No lo sé, pero hay algo muy sospechoso. Dígame algo, don Epifanio. ¿Fue usted quién le dijo a Lisa Román que usted es su padre?
Epifanio se pone nervioso ante la contundente pregunta de Cruz.
Cruz: ¿Fue usted quién le reveló la verdad de su pasado con Helena?
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA

Marissa y Danilo se dan un fuerte abrazo. Milena y Pablo también están presentes en la cocina.




Marissa: (sonriendo) Me alegra tanto verte de nuevo, Danilo.
Danilo: Y a mí verla a usted, señora. Créame que estuve muy preocupado cuando recobré la consciencia y supe que la habían corrido de la hacienda.
Marissa: Sí, lo sé y te agradezco tu preocupación. Perdóname por no haberte ido a visitar ni una vez en el hospital. Es solo que me han pasado tantas cosas, pero estaba entre mis planes ir a verte y siempre te tuve muy presente.
Danilo: No se preocupe. La entiendo perfectamente y déjeme decirle que sigue tan bella como siempre, eh. Mucho más diría yo.
Marissa: (riendo) Ay, Danilo. Me vas a hacer sonrojar. Yo recibiendo cumplidos de un muchacho tan joven como tú. Si hasta podrías ser hermano de mi hijo.
Danilo: (desanimado) Sí. Es verdad, hermano de su hijo…
Pablo: Yo justo ya había hablado ahorita con Danilo, mamá y le di las gracias por todo lo que hizo por ti. Es un chavo a todo dar.
Milena: Sí y no es porque sea mi hermano, pero es una gran persona. Por eso lo quiero tanto (Abrazando a Danilo). ¿A poco no tiene hasta pinta de superhéroe?
Marissa: (riendo) Tienes razón, Milena. Tienes un hermano de oro y guapísimo, eh. Debe de tener muchísimas admiradoras detrás.
Danilo: (riendo) Pues ahorita el que se va a sonrojar soy yo con tantos cumplidos.
Todos se ríen al unísono.
Marissa: Bueno. Ahora lo importante es que descanses. El hecho de que te hayan dado de alta más pronto de lo esperado no quiere decir que debas volver al trabajo como si nada.
Danilo: Es que no quiero dejarle todo el trabajo pesado a su hijo que me está reemplazando. Me daría reteharta vergüenza con ustedes.
Pablo: No te preocupes, bro. El trabajo está bien y no me puedo quejar. He aprendido muchísimo, además, es temporal mientras tú te recuperas por completo.
Marissa: Sí, Danilo. Déjate ayudar. Tú y Milena ya han hecho mucho por Pablo y por mí. Del resto nos encargamos nosotros.
De repente, Cecilia entra a la cocina y se dirige a Marissa seriamente.

Cecilia: ¡Oye, tú! Que vayas al estudio. Don Eduardo te necesita.
Marissa: Enseguida voy. Gracias por el recado, Cecilia. Es así como debes trabajar. Vas por buen camino.
Marissa le sonríe con hipocresía a Cecilia y se retira de la cocina. Esta última la mira con un profundo rencor.
Cecilia: Veo que estaban muy entretenidos hablando con ésa. Ya hasta se olvidaron que tienen madre, ¿no?
Danilo: Ella por lo menos es más sincera y nos inspira a mi hermana y a mí más confianza de la que nos puedes inspirar tú que eres nuestra madre.
Cecilia: (dolida) Danilo, no me digas esas cosas, hijo. Recién sales del hospital. No te imaginas lo mucho que te extrañé, ¿y así me hablas?
Danilo: ¿Cómo más quieres que te hable si todo este tiempo has sido una completa desconocida para nosotros? Nos mentiste, mamá. No nos viste como tus hijos y permitiste que mi papá nos abandonara por ambición. Tú estuviste de acuerdo con todo.
Cecilia: Ya le dije a Milena que lo acordamos así y lo hicimos por el bien de nuestra familia, pero ustedes nunca lo entenderían…
Danilo: (indignado) ¿Bien? ¿Familia? ¿Qué familia? Milena y yo crecimos sin padre. Pensamos ingenuamente que de verdad estaba en otro país trabajando duro para nosotros y ahora nos enteramos que en realidad estaba casado con otra mujer a la que engañaba contigo.
Milena: Y eso no es lo único, hermanito. Doña Marissa me dijo que es muy probable que también le haya robado mientras han estado casados.
Cecilia: ¡Cállate, Milena! ¡Eso no es cierto!
Milena: ¿Por qué me voy a callar? ¿Ah? Si no fuera verdad, entonces no reaccionarías así, pero mírate nomás defendiendo a ese rufián que tanto daño ha hecho. Qué ciega estás.
Cecilia: Están muy equivocados. Él los ama y se ha sacrificó de esa manera por ustedes, por nuestro bienestar. No pueden odiarlo.
Danilo: Demasiado tarde. Ni a mí ni a Milena nos interesa un dizque bienestar a costa de mentiras y engaños.
Milena: Así es, mamá y en cuanto a lo dices, dudo que nos quiera al menos un tantito. Él no puede querer a nadie ni mucho menos a ti. Se nota que te ha manipulado a su antojo, así como manipuló por años a doña Marissa y tú has sido tan tonta que has caído.
Cecilia: (molesta) Mira, Milena. No te permito…
Cecilia se acerca con ánimos de cachetear a Milena, pero Danilo se interpone.
Danilo: Mejor vámonos de aquí, Milena. No vale la pena que discutamos más con mamá por lo mismo. Que se dé cuenta ella sola de lo equivocada que está.
Danilo se retira de la cocina mirando muy serio a su madre. Milena también la mira de la misma manera y se retira de allí con Pablo, quien desde hace rato le parecía familiar. Cecilia también cruza los ojos con el muchacho y se extraña.
Cecilia: Ese muchacho lo he visto antes, pero, ¿dónde? ¿Qué hace en la hacienda? (Pensativa).
EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE, JARDÍN / DÍA

Cruz le ha preguntado a Epifanio si fue él quien le confesó a Lisa la verdad de sus orígenes, pregunta que ha dejado nervioso al hombre.


Cruz: ¿Por qué tan callado, don Epifanio? ¿Es que acaso tengo razón?
Epifanio: (levantándose molesto) ¡Qué razón ni qué nada! Déjate de interrogatorios que la pinta de detective no te queda, vieja bruja.
Cruz: (sorprendida) ¿Vieja bruja?
Epifanio: ¡Si, eso es lo que eres! Ya deja de andar de metiche metiendo tus narices en asuntos que no te conciernen.
Cruz: Pues anoche bien que disfrutó a esta bruja como usted me dice. Con sus gemidos y caricias hizo evidente lo mucho que le gustó.
Epifanio: Sí. Me acosté contigo. ¿Y qué hay con eso? Soy hombre y tengo necesidades, pero no por eso pienso permitir que me cuestiones y más te vale que no colmes mi paciencia, Cruz. ¿Entendido? (Gritando).
Cruz: Sí, don Epifanio, pero no se enoje. Su pasado me tiene sin cuidado. Lo único que me interesa es usted. Tan sólo dígame cuándo vamos a volver a repetir lo de anoche (Acercándose a él).
Epifanio: Ya déjame en paz con eso. No estoy de humor para andar de calenturiento como tú.
Epifanio mira molesto a Cruz y se va de allí. Ella lo ve irse con deseo y suspira enamorada.
Cruz: Ya oigo campanas de boda. Muy pronto seré la nueva señora de La Torre. ¡Sí, señor!
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA
Eduardo se encuentra dentro del estudio revisando algo en su laptop cuando, de repente, tocan la puerta. Él procede a dar el permiso sin quitar la vista de la pantalla.

Eduardo: Sí, adelante.

Marissa: (entrando) Con permiso, señor Román. Cecilia me dijo que me necesitaba.
Eduardo: Sí, Marissa. Pasa, siéntate.
Marissa cierra la puerta tras sí y se sienta al frente de Eduardo, ambos separados por el escritorio en el medio.
Eduardo: Te mandé a llamar porque tenemos que concretar los detalles de la boda. Pienso que es pertinente ir planeando todo.
Marissa: (incómoda) Entiendo.
Eduardo: ¿Todavía quieres casarte conmigo o ya te arrepentiste?
Marissa: Eh, no, claro que no. Es sólo que todavía no me hago a la idea de casarme con otro hombre diferente con el que compartí por años, pero es solo una sensación que tengo nada más.
Eduardo: Disculpa que te lo pregunte, pero, ¿aún amas a Luis Enrique?
Marissa: (sonríe levemente) No, ya no. Pienso que todo el amor que llegué a sentir por él en algún momento había desaparecido incluso mucho antes de descubrir su engaño, sólo que yo no lo quería aceptar y me aferraba a él.
Eduardo: ¿Estás segura? Me da la leve impresión de que te duele hablar sobre él.
Marissa: Entiéndame. Es algo que me afectó muchísimo y fue un golpe muy duro verlo, revolcándose con otra mujer cuando a mí sólo me daba migajas de amor y malos tratos. Sentí como si me hubiesen arrancado algo a la fuerza, pero ya pasó y debo seguir.
Eduardo: (pensativo) Te admiro por tener esa actitud. He pensado mucho esta mañana en tus palabras y… de alguna forma, me siento bien cuando estoy contigo. No sé por qué.
Marissa escucha con atención a Eduardo, quien la mira con cierta dulzura y esbozando una leve sonrisa en su rostro.
Eduardo: Estaba destrozado anoche y, sin embargo, tú estuviste ahí conmigo a pesar de no conocernos bien y estuve tan sumido en mi dolor, en mis problemas que no me había percatado de la gran mujer que eres. Luis Enrique es un idiota que no sabe a quién perdió.
Marissa: (sonriendo) Gracias por sus cumplidos, señor Román.
Eduardo: Y sobre eso también quiero hablarte. Por favor, deja ya los modismos conmigo, de tratarme de “usted” y de referirte a mí como “señor”. Llámame por mi nombre. Me gustaría que fuéramos amigos.
Marissa: (riendo) Es la costumbre, pero le prometo, o bueno, te prometo que haré un esfuerzo.
De repente, tocan la puerta de nuevo.
Eduardo: Adelante.

Milena: (entrando) Disculpen que interrumpa. Don Eduardo, la señorita Carolina está aquí.
Eduardo: Gracias, Milena. Dile que pase, por favor.
Milena: Claro que sí. Ya le digo (Se retira).
Marissa: Bueno. Yaa que tiene una visita, será mejor que me vaya. Voy a ayudarle a Milena un poco en la cocina.
Eduardo: No, Marissa. Precisamente si te mandé a llamar fue para que conozcas a alguien que nos será de gran apoyo.
Carolina entra al estudio en ese momento. Eduardo se levanta al verla para recibirla.

Carolina: (sonriente) Hola, Eduardo.
Los dos se saludan con un beso en la mejilla. Marissa permanece sentada en su asiento.
Eduardo: Qué bueno que llegaste. Muy puntual, por cierto.
Carolina: Tú sabes que la puntualidad es mi fuerte y más cuando se trata de algo relacionado contigo.
Eduardo: Gracias por estar al pendiente de mí, pero siéntate, por favor.
Eduardo vuelve a tomar asiento. Carolina también lo hace en una silla al lado de Marissa, a quien mira un tanto extrañada.
Carolina: Me intrigó muchísimo tu llamada cuando me dijiste que necesitabas pedirme un favor. Cuéntame. ¿De qué se trata?
Eduardo: Justo vamos a empezar a hablar sobre eso.
Carolina: ¿La conversación incluye a tu nueva empleada?
Eduardo: Marissa no es una simple empleada. Va a ser mucho más que eso muy pronto.
Carolina: (desconcertada) No te entiendo. ¿A qué te refieres?
Eduardo: Carolina... Marissa y yo nos vamos a casar en un mes.
Una vez que escucha tal noticia, Carolina no tarda en desencajar el rostro. Su expresión de sorpresa habla por sí sola.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE LISA / DÍA
Lisa se encuentra recostada sobre la cama mirando al vacío muy pensativa.

Lisa: Esa maldita de Gracia se atrevió a intentar ahorcarme. Desgraciada. Por su culpa tuve que confesar la verdad y hablarle a mi papi sobre las vergonzosas fotos que tuve que tomarme para lograr entrar a la agencia de mis sueños y ahora resulta que la estúpida de Carolina es la dueña.
En ese momento la puerta se entreabre. Lisa lo percibe y voltea a ver asustada.
Lisa: ¿Quién anda ahí?
Es Manuel, quien se ríe de ella.

Manuel: ¿Qué pasa, sobrina? ¿Por qué te pusiste tan pálida?
Lisa: ¡Idiota! Tenías que ser tú. ¿A qué viniste?
Manuel: Vine a saber cómo estabas. Me enteré ayer por la servidumbre que Eduardo te trajo de urgencia para el hospital. ¿Es cierto que intentaste suicidarte?
Lisa: ¿Qué te importa? Mejor lárgate de acá que verte me da náuseas de solo recordar todos los años que tuve que aguantarte.
Manuel: Sí, lo sé. Tú nunca sentiste nada por mí. Querías desfogarte conmigo porque mi hermano, al que deseabas de verdad, ni te miraba por encima del hombro.
Lisa: Pues sí. En eso tienes toda la razón. Tú sólo fuiste un juguete, pero ya no me sirves. Eduardo me hizo suya y muy pronto seré su mujer.
Manuel: ¿Y cómo piensas serlo si ya tu querido papito tiene planes de casarse con otra?
Lisa: No lo hará. Eso es tan solo un plan que armó para despistarnos a todos, en especial a ti, que quieres quedarte con la hacienda y la herencia. Mi papi nunca se casaría con esa pueblerina pobretona. No es mujer para él.
Manuel: Pues ni pueblerina ni pobretona. Tú no lo sabes y yo tampoco lo sabía, pero resulta que esa mujer es nada más y nada menos que la esposa de Luis Enrique Escalante.
Lisa: (confundida) ¿Del socio de la familia, el del bigote y lentes?
Manuel: Ese mismo. Se llama Marissa y ha estado casada con Luis Enrique por más de veinticuatro años.
Lisa: Debes estar mintiendo. Eso no puede ser. Ellos ni se conocían esa noche que Eduardo organizó la cena.
Manuel: Porque fingieron, ¿no es obvio? Eduardo ya estaba enterado de la verdad y para que termines de sorprendente, la tal Marissa es la del dinero. Luis Enrique sólo se ha encargado de administrar sus bienes e ingresos, pero todo está a nombre de ella.
Lisa: (sorprendida) Tiene que ser una broma. Ella nunca podría ser una heredera millonaria. Ni siquiera luce como una.
Manuel: No sé si estuviste enterada de que Danilo, uno de los peones, había rescatado a una mujer amnésica de un accidente y la mantuvo escondida en la hacienda sin permiso nuestro.
Lisa: Ay, no sé. En la hacienda pasa de todo y no me entero. ¿Qué tiene que ver eso con lo que estábamos hablando?
Manuel: Muchísimo. Esa mujer es la misma esposa de Luis Enrique, la misma que justo también había tenido un accidente y dieron por muerta. De ahí que tenga esa apariencia de pobretona como tú dices.
Lisa: Entonces… ¿Eduardo pretende hacer una alianza con ella?
Manuel: Tal parece. Mi hermano no es ningún idiota y sabe que, si se une en matrimonio con la esposa de Luis Enrique, tendrá la posibilidad de recuperar las pérdidas que hemos tenido, pero pondrá todo nuestro patrimonio a su nombre para que yo no reclame mis derechos.
Lisa: (furiosa) Eso quiere decir que el matrimonio va en serio. Mi papá de veras va a casarse con esa zorra. Es peor que la mismísima Carolina.
Manuel: ¿Vas a permitirlo?
Lisa se queda pensativa respirando agitada.
Manuel: ¿Vas a permitir que tu querido papito se case y le haga el amor por las noches a otra mujer diferente a ti?
Lisa: ¡Cállate! ¡Una cosa así nunca sucederá! No voy a permitir que Eduardo toque a esa. ¡No lo voy a permitir!
Manuel: Si gustas, podemos aliarnos de nuevo como al principio. Me conviene que ese matrimonio no se lleve a cabo y a ti te conviene tener a Eduardo para ti, así que, ¿qué dices? ¿Deberíamos deshacernos de Marissa?
Lisa mira con los ojos fulminantes a Manuel como si asintiese con los ojos a su maliciosa propuesta.
CONTINUARÁ…


Luis Enrique: Eduardo.
Eduardo: Hola, Luis Enrique.
Luis Enrique: Vine en cuanto me llamaste. Te oí algo mal. ¿Ocurrió algo más? (Se sienta a su lado).
Eduardo: Por desgracia sí. Hoy Lisa intentó suicidarse clavándose unas tijeras en el abdomen y justo ahora está en el hospital.
Luis Enrique: (sorprendido) ¡Vaya! Que mala noticia. Una muchacha tan joven con una vida por delante. ¿Y cómo está? ¿Fue grave?
Eduardo: No. La herida fue superficial y lograron intervenir a tiempo, pero eso no es lo único. Una mujer estuvo chantajeándola. Le pedía fotos privadas a cambio de ayudarla a aplicar a una agencia de modelaje y ahora nomás intentó matarla en el hospital.
Luis Enrique: Me sorprende todo lo que me cuentas. Cuántas cosas malas en un día. La verdad es que ni sé qué decirte.
Eduardo: Tampoco hace falta que digas nada (Bebe licor de un solo sorbo). Te llamé porque quería desahogarme, tomar con alguien, hablar, relajarme y olvidarme por un momento de que existo.
Luis Enrique: Me preocupa la manera en la que hablas. Te veo muy decaído últimamente, pero bueno. No es para menos. Te han sucedido cosas muy fuertes desde hace unas semanas.
Eduardo: Sí, así es. Todo el mundo se me vino encima cuando menos lo pensé. Siento como que no tengo fuerzas para continuar. Estoy cansado, Luis Enrique. Muy cansado…
Luis Enrique: Deberías reconsiderar la propuesta que te hice la vez pasada. Tómate un tiempo para centrarte en ti. Vete lejos, ve a una casa de reposo, no sé. Puedes confiar en mí y delegarme todas tus responsabilidades.
Eduardo: ¿Tú crees que esa sea la solución?
Luis Enrique: Por supuesto, pero si eso no es lo que quieres, está bien. Es tu decisión. Tan solo entiende no es justo para ti seguir viviendo en medio de tanta miseria. Todo está acabado para ti, Eduardo. ¿Qué sentido tiene una vida así?
Eduardo: (pensativo) ¿Me estás diciendo que… debería?
Luis Enrique: Yo no te estoy diciendo nada. Tómalo tan solo como un consejo de mi parte que he sido tu amigo durante varios años. Todos llegamos en algún momento a nuestro límite y tú ya llegaste al tuyo, ¿no crees?
Luis Enrique le pone la mano en el hombro a Eduardo fingiendo consolarlo y sentir compasión por él, pero sonríe con malicia disimuladamente.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / NOCHE
Cruz se encuentra de pie sosteniendo dos maletas frente a Epifanio, quien la observa molesto.


Cruz: Bien, don Epifanio. Aquí me tiene de nuevo.
Epifanio: No esperé que te decidieras finalmente por regresar. Por un momento pensé que tendrías un poco de raciocinio y dignidad, pero ya veo que no (Habla con su típica rudeza).
Cruz: Usted mismo me hizo esta propuesta y no podía desaprovecharla. Estuve reflexionando y hasta creo que es lo mejor, ¿sabe?
Cruz comienza a acercarse a Epifanio de forma provocativa, aunque él se ve echando para atrás algo asustado.
Cruz: De esta manera, ambos podremos estar más cerca el uno al otro (Pone su mano en el pecho de él). Incluso podremos tener la oportunidad de conocernos bien y de repetir las cosas que hicimos el otro día.
Epifanio: (nervioso) ¡Basta, Cruz! ¡Para ya con esta payasada!
Cruz: Yo sé que en el fondo usted lo desea tanto como yo, don Epifanio. Vamos. No me lo tiene que negar. Yo sé que se muere de ganas por hacerme su mujer de nuevo y de sacar ese león que lleva dentro. ¡Grr! (Ruge de forma cómica).
Epifanio: Cruz, por favor, no más. Te lo ruego…
Cruz: ¡Béseme, don Epifanio! ¡Béseme!
Cruz acorrala a Epifanio contra la pared y se lanza sobre él para besarlo apasionadamente. Epifanio abre los ojos como platos y se aparta de ella de inmediato.
Epifanio: (molesto) ¡Cruz! ¿Qué te dije, mujer? Esto no puede ser. ¿Cómo quieres que te lo haga entender?
Cruz: Yo no tengo nada que entender, sino usted, ¿y qué mejor manera que haciéndome el amor de nuevo? (Guiña un ojo).
Epifanio respira un poco agitado mirando con fijación a su antigua ama de llaves y luego de unos segundos, es él quien toma la iniciativa de besarla con desmedida intensidad. Cruz, por supuesto, no duda en corresponderle y sumidos en aquel beso, ambos se dirigen a la habitación.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE

Es tarde ya. Eduardo llega algo desanimado a la hacienda. Las luces ya están apagadas y todos aparentemente duermen, por lo que se dirige al estudio. De lejos, se enfoca a Marissa en bata, quien decide seguirlo. Él, por su parte, se adentra en el estudio, cierra la puerta y se sirve licor en una copa, bebiendo de un solo sorbo.


Eduardo: (suspirando) Mi vida es un completo desastre. Todo está perdido para mí ya. ¿Cuándo cambiaron tanto las cosas para mí, ah? ¿Cuándo? (Habla con amargura).
Eduardo vuelve a servirse más licor y sigue bebiéndolo de un solo sorbo para luego sentarse frente al escritorio y recordar fugazmente su conversación con Luis Enrique.
FLASHBACK
Luis Enrique: Tan solo entiende no es justo para ti seguir viviendo en medio de tanta miseria. Todo está acabado para ti, Eduardo. Tú ya no tienes motivos que te aten a sufrir de esta manera. ¿Qué sentido tiene una vida así?
Eduardo: (pensativo) ¿Me estás diciendo que… debería?
Luis Enrique: Yo no te estoy diciendo nada. Tómalo tan solo como un consejo de mi parte, que he sido tu amigo durante varios años. Todos llegamos en algún momento a nuestro límite y tú ya llegaste al tuyo, ¿no crees?
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: (sollozo) Luis Enrique tiene razón. Todo ya perdió el sentido para mí. Mi madre está muerta, mi esposa fue una ramera que me mintió, mi hermano me odia, mi hija no es mi hija en realidad y para colmo está enamorada de mí.
Eduardo derrama un par de lágrimas y lanza furioso la copa contra el piso. Marissa, afuera del estudio, alcanza a escuchar el sonido de la copa rompiéndose y se acerca preocupada a la puerta, pero duda en entrar.
Eduardo: Debería morir. Sí. Es justo lo que debería hacer. Morir y acabar con esta maldita pesadilla de una vez por todas.
El hombre se levanta con prisa del sillón y busca entre los cajones de una cómoda algo. Puede verse que saca una pistola, la cual observa con cierta duda. Acto seguido le quita el seguro y comienza a elevarla poniéndola en su sien. Marissa entra en ese momento al estudio y se impacta al encontrarse con la escena.
Marissa: (alertada) ¡Señor Román! ¡Espere! ¡No lo haga, por lo que más quiera!
Eduardo: (llorando) Vete de aquí y déjame solo.
Marissa: No puedo dejarlo solo en ese estado y menos cuando está a punto de comerte una locura, por Dios. ¡Baje eso!
Eduardo: No pienso escuchar a nadie. ¡Largo! Esto es algo de lo que debo ocuparme yo solo y nadie tiene por qué intervenir.
Marissa: (acercándose) Es cierto. Es algo de lo que debe ocuparse usted, pero no me pida que me vaya sin antes tratar de hacerlo entrar en razón. ¿Cree necesario esto?
Eduardo se queda en silencio respirando agitado y escuchando a Marissa en silencio.
Marissa: ¿Cree necesario acabar con su vida de esta manera tan cobarde huyendo de todo?
Eduardo: Cuando no hay más solución, es lo mejor. Ya no me queda nada por lo cual luchar, así que vete y no me detengas.
Marissa: Puede que tenga usted razón, pero yo estoy segura que puede desistir de la idea que tiene en mente y darse una segunda oportunidad para encontrar un motivo para seguir, para luchar. Usted se lo merece.
Eduardo sigue en silencio, pero aún no baja la pistola de su sien. Marissa continúa acercándose a él a pasos lentos.
Marissa: Por favor, recapacite y entrégueme el arma. Yo sé que hay algo más por lo que puede seguir viviendo, amando, luchando y acabar con su vida así no sería justo. ¿Por qué en vez de terminar todo no busca una segunda oportunidad?
Marissa extiende su brazo. Eduardo va cediendo y bajando la pistola lentamente.
Marissa: Entréguemela. Todo va a estar bien.
Marissa esboza una sonrisa cálida frente a lo cual Eduardo siente un poco de confianza. El hombre decide bajar la pistola por completo y se la entrega a Marissa con algo de duda, pero rompe a llorar desconsolado.
Eduardo: Lo siento tanto… (Se derrumba en el piso) Me duele vivir, no sé si soporte más…
Marissa se inclina poniéndose a la misma posición de él en el piso y lo toma de las manos para confortarlo.
Marissa: Yo sé que sí y, aunque ahora todo parezca no tener solución, siempre podrá encontrar una salida si la busca. Todo va a estar bien, Eduardo. Yo voy a estar contigo, a tu lado.
Eduardo se sorprende levemente por las palabras de Marissa y ambos se miran a los ojos de una forma especial durante varios segundos.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / AL DÍA SIGUIENTE
Es un nuevo día. La luz penetra en la habitación de Eduardo, quien yace dormido sobre la cama y comienza a despertar poco a poco sintiendo resaca.


Eduardo: (adolorido) Argh…
El hombre se acomoda recostándose sobre la cama y se rasca los ojos para aclarar su vista, cuando, al voltearse, se sorprende al ver a Marissa dormida sobre una silla.
Eduardo: ¿Qué está haciendo aquí? (Pensativo) Ah, claro, ahora recuerdo…
Eduardo se rasca algo incómodo la cabeza, se levanta de la cama y trata de no hacer ningún ruido. Luego, toma su propio saco del perchero y lo pone sobre ella para cubrirla mirándola con algo de nostalgia.
Eduardo: (susurrando) Lamento haberte importunado con mis problemas…
Justo cuando se da la vuelta para retirarse, Marissa abre los ojos despacio y se levanta sobresaltada.
Marissa: Señor Román…
Eduardo: Ah, despertaste.
Marissa: Eh, sí. Disculpe usted. Me había quedado dormida anoche y no quise irme a mi habitación hasta no verlo a usted dormido.
Eduardo: No te preocupes. Quien debe disculparse soy yo por haberme convertido en una carga para ti anoche. Estaba muy borracho y no pensé en lo que hacía. Perdóname…
Marissa: Yo no tengo nada que perdonarle y, aunque es verdad que usted estaba borracho, sé que en el fondo se sentía devastado con la intención de acabar con su vida y no me podía quedar tan tranquila o solo ignorar la situación.
Eduardo: Gracias por eso. Me hizo bien la confianza que me diste y también gracias por haberme traído hasta mi habitación. Hiciste mucho por mí.
Marissa: (sonriéndole) De nada. Un alma con tanto dolor como la suya necesita de alguien que la ayude a sanar y si está en mí hacer algo por usted siempre que pueda, lo haré, señor Román.
Eduardo se sorprende al escuchar las palabras de Marissa y baja la cabeza.
Eduardo: Gracias, Marissa. Creo que, después de todo, tienes razón. No es el momento de rendirme, menos ahora cuando todos quieren verme derrotado.
Marissa: Ese es un motivo suficiente para empezar de nuevo. Casimira me contó algo sobre el hombre que usted era antes de la muerte de su esposa y, aunque yo no lo conocí en ese entonces, sé que en el fondo algo debe quedar de ese hombre.
Eduardo: Todos me dieron la espalda. Ya nadie cree en mí y algo así es impensable para mí. ¿De qué me serviría ser el de antes? Todos se encargaron de endurecerme.
Marissa: Entonces, haga un cambio por usted, para salir del sufrimiento en el que está sumido. Llenarse de amor propio es lo más importante y ya lo demás vendrá por sí solo. Créame.
Eduardo se queda pensativo durante algunos segundos.
Marissa: Bueno, yo me retiro. Hay mucho que hacer en la hacienda, pero si necesita algo, por favor no dude en decírmelo. Voy a estar al pendiente.
Marissa le sonríe a Eduardo con calidez y sale de la habitación. Él sigue pensativo.
Eduardo: He estado tan ciego que no me había percatado de la gran mujer que es.
EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE, JARDÍN / DÍA

Epifanio y Carolina están desayunando al aire libre en el amplio jardín de la mansión. Cruz les sirve jugo de naranja.



Carolina: Me alegra que hayas vuelto, Cruz. Para serte sincera, no me terminaba de acostumbrar a la otra empleada que mi papá contrató y no es para menos. Te conozco de toda la vida.
Cruz: Cumplido que me hace usted, señorita. Yo también me siento contenta de volver y con la firme intención de quedarme. Don Epifanio me ofreció beneficios especiales a cambio de mi retorno.
Carolina: Pues me da mucho gusto escuchar eso. Espero que te quedes para siempre.
Epifanio: La otra empleada que contraté para reemplazar a Cruz cuando renunció va a seguir trabajando en la mansión, Carolina. Deberías desacostumbrarte. Nadie en el mundo es indispensable.
Carolina: Tú siempre tan amargado, papá. En definitiva, pienso que te hace falta conocer a alguien para darle color a tu vida, ilusión, no sé.
Cruz: Eso es justo lo que he intentado hacerle ver a su padre, señorita, pero ya ve usted. No hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿No es así, don Epifanio?
Epifanio mira con recelo a Cruz sin decir nada como si con los ojos la regañara. Carolina percibe la situación.
Carolina: ¿Ocurre algo entre ustedes? Últimamente los he notado extraños.
Epifanio: Esas son suposiciones tuyas, hija. ¿Qué podría haber entre Cruz y yo?
Carolina: No lo sé. Dímelo tú y, por cierto, ahora que lo recuerdo, ¿dónde estuviste anoche?
Epifanio: (nervioso) Eh, ¿anoche? ¿Por qué lo preguntas?
Carolina: Porque cuando llegué fui a buscarte a tu habitación para contarte algo súper importante y no te encontré. Precisamente le pregunté a la otra empleada por ti y me dijo que tampoco sabía.
Cruz: Yo le puedo explicar, señorita Carolina. Don Epifanio y yo estuvimos haciendo…
Epifanio: (interrumpiendo) Cuentas.
Carolina: (extrañada) ¿Cuentas?
Epifanio: Sí. Cuentas del salario que va a recibir. Tú sabes. Le prometí un aumento y quiero que todo el contrato laboral quede claro entre nosotros. ¿Verdad, Crucecita?
Cruz: Sí, mi tigre. Eh, perdón, quise decir, sí, don Epifanio (Mirándolo con deseo).
Epifanio: Bueno, cuéntame para qué me buscabas anoche. ¿Qué era eso que necesitabas hablar conmigo?
Carolina: Se trata de la hija de Eduardo, papá.
Epifanio: (sobresaltado) ¿De Lisa? ¿Qué pasa con ella? Dime de inmediato.
Carolina: ¡Vaya! No me imaginé que te interesara tanto.
Epifanio: Ya déjate de rodeos, Carolina y dime qué pasó con esa muchacha. ¡Habla!
Carolina: Está bien. Cálmate. En estos momentos, está en el hospital después de que ayer intentara suicidarse.
Epifanio: (impactado) ¿Qué cosa? ¿Suicidarse?
Carolina: Sí, papá. Es que no te imaginas. Lisa al parecer no es la hija de Eduardo.
Epifanio desorbita los ojos, pero no de sorpresa por la revelación de Carolina, sino de desconcierto. Tanto Cruz como él intercambian miradas de complicidad.
Epifanio: ¿Quieres decir que intentó suicidarse al descubrir la verdad?
Carolina: No exactamente. Todo apunta a que Lisa ya lo sabía y hace tiempo ha tenido una obsesión enfermiza hacia Eduardo. Dice estar enamorada de él y como de esperarse, Eduardo la rechazó y en medio de una crisis nerviosa, quiso suicidarse.
Cruz: Válgame Dios. Qué tragedia. Esa muchacha ha de estar loca.
Carolina: Pues yo estoy por pensar lo mismo que tú, pero hay más…
Epifanio: ¿Entonces qué esperas? ¿Qué más tienes para decir?
Carolina: (extrañada) ¿Por qué te interesa tanto lo que pasa con Lisa, papá?
Epifanio: No hagas preguntas tontas y sólo habla.
Carolina: (suspirando) Bueno, es que… Gracia al parecer estuvo acosándola sexualmente y le pidió fotos íntimas a cambio de ayudarla a aplicar a mi agencia.
Epifanio: (sorprendido) ¿Gracia? ¿Tu amiga? ¿Cómo es posible algo así?
Carolina: Yo tampoco lo podía creer cuando Lisa nos lo dijo a Eduardo y a mí, pero tristemente es verdad, con decirte que intentó matar a Lisa y cuando la descubrieron, huyó del hospital. Este es el momento en el que la policía no ha dado con su paradero.
Epifanio: Desgraciada, vieja pervertida. Espero que puedan atraparla pronto y ponerla tras las rejas por haberse atrevido a tanto.
Carolina: Sí. Es mi amiga, pero lo que hizo no tiene nombre. Me temo que Lisa no fue su única víctima y también estuvieron involucradas otras chicas de la agencia. En fin…
Carolina se limpia con una servilleta los labios y se levanta.
Carolina: Debo ir a la hacienda. Eduardo me llamó hace un rato y me dijo que necesita pedirme un favor especial.
Epifanio: Está bien. Ten cuidado y mantenme informado de todo lo que pase. Tú sabes que me gusta estar al tanto de lo que ocurre en el pueblo.
Carolina: Sí. No te preocupes. En caso de que pase algo más, te lo haré saber. Nos vemos.
Carolina le da un beso en la frente a su padre y se retira. Epifanio y Cruz, por su parte, se quedan a solas.
Cruz: ¿Ve lo que le dije, don Epifanio? Lisa Román ya estaba enterada de sus orígenes. Ella ya sabía que Eduardo Román no es su padre en realidad.
Epifanio: Me pregunto cómo se enteró de la verdad.
Cruz: ¿De casualidad no sería usted quien se lo reveló?
Epifanio: ¿De qué hablas, mujer? ¿Te volviste loca? ¿Cómo podría yo haber hecho tal cosa?
Cruz: No lo sé, pero hay algo muy sospechoso. Dígame algo, don Epifanio. ¿Fue usted quién le dijo a Lisa Román que usted es su padre?
Epifanio se pone nervioso ante la contundente pregunta de Cruz.
Cruz: ¿Fue usted quién le reveló la verdad de su pasado con Helena?
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA

Marissa y Danilo se dan un fuerte abrazo. Milena y Pablo también están presentes en la cocina.




Marissa: (sonriendo) Me alegra tanto verte de nuevo, Danilo.
Danilo: Y a mí verla a usted, señora. Créame que estuve muy preocupado cuando recobré la consciencia y supe que la habían corrido de la hacienda.
Marissa: Sí, lo sé y te agradezco tu preocupación. Perdóname por no haberte ido a visitar ni una vez en el hospital. Es solo que me han pasado tantas cosas, pero estaba entre mis planes ir a verte y siempre te tuve muy presente.
Danilo: No se preocupe. La entiendo perfectamente y déjeme decirle que sigue tan bella como siempre, eh. Mucho más diría yo.
Marissa: (riendo) Ay, Danilo. Me vas a hacer sonrojar. Yo recibiendo cumplidos de un muchacho tan joven como tú. Si hasta podrías ser hermano de mi hijo.
Danilo: (desanimado) Sí. Es verdad, hermano de su hijo…
Pablo: Yo justo ya había hablado ahorita con Danilo, mamá y le di las gracias por todo lo que hizo por ti. Es un chavo a todo dar.
Milena: Sí y no es porque sea mi hermano, pero es una gran persona. Por eso lo quiero tanto (Abrazando a Danilo). ¿A poco no tiene hasta pinta de superhéroe?
Marissa: (riendo) Tienes razón, Milena. Tienes un hermano de oro y guapísimo, eh. Debe de tener muchísimas admiradoras detrás.
Danilo: (riendo) Pues ahorita el que se va a sonrojar soy yo con tantos cumplidos.
Todos se ríen al unísono.
Marissa: Bueno. Ahora lo importante es que descanses. El hecho de que te hayan dado de alta más pronto de lo esperado no quiere decir que debas volver al trabajo como si nada.
Danilo: Es que no quiero dejarle todo el trabajo pesado a su hijo que me está reemplazando. Me daría reteharta vergüenza con ustedes.
Pablo: No te preocupes, bro. El trabajo está bien y no me puedo quejar. He aprendido muchísimo, además, es temporal mientras tú te recuperas por completo.
Marissa: Sí, Danilo. Déjate ayudar. Tú y Milena ya han hecho mucho por Pablo y por mí. Del resto nos encargamos nosotros.
De repente, Cecilia entra a la cocina y se dirige a Marissa seriamente.

Cecilia: ¡Oye, tú! Que vayas al estudio. Don Eduardo te necesita.
Marissa: Enseguida voy. Gracias por el recado, Cecilia. Es así como debes trabajar. Vas por buen camino.
Marissa le sonríe con hipocresía a Cecilia y se retira de la cocina. Esta última la mira con un profundo rencor.
Cecilia: Veo que estaban muy entretenidos hablando con ésa. Ya hasta se olvidaron que tienen madre, ¿no?
Danilo: Ella por lo menos es más sincera y nos inspira a mi hermana y a mí más confianza de la que nos puedes inspirar tú que eres nuestra madre.
Cecilia: (dolida) Danilo, no me digas esas cosas, hijo. Recién sales del hospital. No te imaginas lo mucho que te extrañé, ¿y así me hablas?
Danilo: ¿Cómo más quieres que te hable si todo este tiempo has sido una completa desconocida para nosotros? Nos mentiste, mamá. No nos viste como tus hijos y permitiste que mi papá nos abandonara por ambición. Tú estuviste de acuerdo con todo.
Cecilia: Ya le dije a Milena que lo acordamos así y lo hicimos por el bien de nuestra familia, pero ustedes nunca lo entenderían…
Danilo: (indignado) ¿Bien? ¿Familia? ¿Qué familia? Milena y yo crecimos sin padre. Pensamos ingenuamente que de verdad estaba en otro país trabajando duro para nosotros y ahora nos enteramos que en realidad estaba casado con otra mujer a la que engañaba contigo.
Milena: Y eso no es lo único, hermanito. Doña Marissa me dijo que es muy probable que también le haya robado mientras han estado casados.
Cecilia: ¡Cállate, Milena! ¡Eso no es cierto!
Milena: ¿Por qué me voy a callar? ¿Ah? Si no fuera verdad, entonces no reaccionarías así, pero mírate nomás defendiendo a ese rufián que tanto daño ha hecho. Qué ciega estás.
Cecilia: Están muy equivocados. Él los ama y se ha sacrificó de esa manera por ustedes, por nuestro bienestar. No pueden odiarlo.
Danilo: Demasiado tarde. Ni a mí ni a Milena nos interesa un dizque bienestar a costa de mentiras y engaños.
Milena: Así es, mamá y en cuanto a lo dices, dudo que nos quiera al menos un tantito. Él no puede querer a nadie ni mucho menos a ti. Se nota que te ha manipulado a su antojo, así como manipuló por años a doña Marissa y tú has sido tan tonta que has caído.
Cecilia: (molesta) Mira, Milena. No te permito…
Cecilia se acerca con ánimos de cachetear a Milena, pero Danilo se interpone.
Danilo: Mejor vámonos de aquí, Milena. No vale la pena que discutamos más con mamá por lo mismo. Que se dé cuenta ella sola de lo equivocada que está.
Danilo se retira de la cocina mirando muy serio a su madre. Milena también la mira de la misma manera y se retira de allí con Pablo, quien desde hace rato le parecía familiar. Cecilia también cruza los ojos con el muchacho y se extraña.
Cecilia: Ese muchacho lo he visto antes, pero, ¿dónde? ¿Qué hace en la hacienda? (Pensativa).
EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE, JARDÍN / DÍA

Cruz le ha preguntado a Epifanio si fue él quien le confesó a Lisa la verdad de sus orígenes, pregunta que ha dejado nervioso al hombre.


Cruz: ¿Por qué tan callado, don Epifanio? ¿Es que acaso tengo razón?
Epifanio: (levantándose molesto) ¡Qué razón ni qué nada! Déjate de interrogatorios que la pinta de detective no te queda, vieja bruja.
Cruz: (sorprendida) ¿Vieja bruja?
Epifanio: ¡Si, eso es lo que eres! Ya deja de andar de metiche metiendo tus narices en asuntos que no te conciernen.
Cruz: Pues anoche bien que disfrutó a esta bruja como usted me dice. Con sus gemidos y caricias hizo evidente lo mucho que le gustó.
Epifanio: Sí. Me acosté contigo. ¿Y qué hay con eso? Soy hombre y tengo necesidades, pero no por eso pienso permitir que me cuestiones y más te vale que no colmes mi paciencia, Cruz. ¿Entendido? (Gritando).
Cruz: Sí, don Epifanio, pero no se enoje. Su pasado me tiene sin cuidado. Lo único que me interesa es usted. Tan sólo dígame cuándo vamos a volver a repetir lo de anoche (Acercándose a él).
Epifanio: Ya déjame en paz con eso. No estoy de humor para andar de calenturiento como tú.
Epifanio mira molesto a Cruz y se va de allí. Ella lo ve irse con deseo y suspira enamorada.
Cruz: Ya oigo campanas de boda. Muy pronto seré la nueva señora de La Torre. ¡Sí, señor!
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA
Eduardo se encuentra dentro del estudio revisando algo en su laptop cuando, de repente, tocan la puerta. Él procede a dar el permiso sin quitar la vista de la pantalla.

Eduardo: Sí, adelante.

Marissa: (entrando) Con permiso, señor Román. Cecilia me dijo que me necesitaba.
Eduardo: Sí, Marissa. Pasa, siéntate.
Marissa cierra la puerta tras sí y se sienta al frente de Eduardo, ambos separados por el escritorio en el medio.
Eduardo: Te mandé a llamar porque tenemos que concretar los detalles de la boda. Pienso que es pertinente ir planeando todo.
Marissa: (incómoda) Entiendo.
Eduardo: ¿Todavía quieres casarte conmigo o ya te arrepentiste?
Marissa: Eh, no, claro que no. Es sólo que todavía no me hago a la idea de casarme con otro hombre diferente con el que compartí por años, pero es solo una sensación que tengo nada más.
Eduardo: Disculpa que te lo pregunte, pero, ¿aún amas a Luis Enrique?
Marissa: (sonríe levemente) No, ya no. Pienso que todo el amor que llegué a sentir por él en algún momento había desaparecido incluso mucho antes de descubrir su engaño, sólo que yo no lo quería aceptar y me aferraba a él.
Eduardo: ¿Estás segura? Me da la leve impresión de que te duele hablar sobre él.
Marissa: Entiéndame. Es algo que me afectó muchísimo y fue un golpe muy duro verlo, revolcándose con otra mujer cuando a mí sólo me daba migajas de amor y malos tratos. Sentí como si me hubiesen arrancado algo a la fuerza, pero ya pasó y debo seguir.
Eduardo: (pensativo) Te admiro por tener esa actitud. He pensado mucho esta mañana en tus palabras y… de alguna forma, me siento bien cuando estoy contigo. No sé por qué.
Marissa escucha con atención a Eduardo, quien la mira con cierta dulzura y esbozando una leve sonrisa en su rostro.
Eduardo: Estaba destrozado anoche y, sin embargo, tú estuviste ahí conmigo a pesar de no conocernos bien y estuve tan sumido en mi dolor, en mis problemas que no me había percatado de la gran mujer que eres. Luis Enrique es un idiota que no sabe a quién perdió.
Marissa: (sonriendo) Gracias por sus cumplidos, señor Román.
Eduardo: Y sobre eso también quiero hablarte. Por favor, deja ya los modismos conmigo, de tratarme de “usted” y de referirte a mí como “señor”. Llámame por mi nombre. Me gustaría que fuéramos amigos.
Marissa: (riendo) Es la costumbre, pero le prometo, o bueno, te prometo que haré un esfuerzo.
De repente, tocan la puerta de nuevo.
Eduardo: Adelante.

Milena: (entrando) Disculpen que interrumpa. Don Eduardo, la señorita Carolina está aquí.
Eduardo: Gracias, Milena. Dile que pase, por favor.
Milena: Claro que sí. Ya le digo (Se retira).
Marissa: Bueno. Yaa que tiene una visita, será mejor que me vaya. Voy a ayudarle a Milena un poco en la cocina.
Eduardo: No, Marissa. Precisamente si te mandé a llamar fue para que conozcas a alguien que nos será de gran apoyo.
Carolina entra al estudio en ese momento. Eduardo se levanta al verla para recibirla.

Carolina: (sonriente) Hola, Eduardo.
Los dos se saludan con un beso en la mejilla. Marissa permanece sentada en su asiento.
Eduardo: Qué bueno que llegaste. Muy puntual, por cierto.
Carolina: Tú sabes que la puntualidad es mi fuerte y más cuando se trata de algo relacionado contigo.
Eduardo: Gracias por estar al pendiente de mí, pero siéntate, por favor.
Eduardo vuelve a tomar asiento. Carolina también lo hace en una silla al lado de Marissa, a quien mira un tanto extrañada.
Carolina: Me intrigó muchísimo tu llamada cuando me dijiste que necesitabas pedirme un favor. Cuéntame. ¿De qué se trata?
Eduardo: Justo vamos a empezar a hablar sobre eso.
Carolina: ¿La conversación incluye a tu nueva empleada?
Eduardo: Marissa no es una simple empleada. Va a ser mucho más que eso muy pronto.
Carolina: (desconcertada) No te entiendo. ¿A qué te refieres?
Eduardo: Carolina... Marissa y yo nos vamos a casar en un mes.
Una vez que escucha tal noticia, Carolina no tarda en desencajar el rostro. Su expresión de sorpresa habla por sí sola.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE LISA / DÍA
Lisa se encuentra recostada sobre la cama mirando al vacío muy pensativa.

Lisa: Esa maldita de Gracia se atrevió a intentar ahorcarme. Desgraciada. Por su culpa tuve que confesar la verdad y hablarle a mi papi sobre las vergonzosas fotos que tuve que tomarme para lograr entrar a la agencia de mis sueños y ahora resulta que la estúpida de Carolina es la dueña.
En ese momento la puerta se entreabre. Lisa lo percibe y voltea a ver asustada.
Lisa: ¿Quién anda ahí?
Es Manuel, quien se ríe de ella.

Manuel: ¿Qué pasa, sobrina? ¿Por qué te pusiste tan pálida?
Lisa: ¡Idiota! Tenías que ser tú. ¿A qué viniste?
Manuel: Vine a saber cómo estabas. Me enteré ayer por la servidumbre que Eduardo te trajo de urgencia para el hospital. ¿Es cierto que intentaste suicidarte?
Lisa: ¿Qué te importa? Mejor lárgate de acá que verte me da náuseas de solo recordar todos los años que tuve que aguantarte.
Manuel: Sí, lo sé. Tú nunca sentiste nada por mí. Querías desfogarte conmigo porque mi hermano, al que deseabas de verdad, ni te miraba por encima del hombro.
Lisa: Pues sí. En eso tienes toda la razón. Tú sólo fuiste un juguete, pero ya no me sirves. Eduardo me hizo suya y muy pronto seré su mujer.
Manuel: ¿Y cómo piensas serlo si ya tu querido papito tiene planes de casarse con otra?
Lisa: No lo hará. Eso es tan solo un plan que armó para despistarnos a todos, en especial a ti, que quieres quedarte con la hacienda y la herencia. Mi papi nunca se casaría con esa pueblerina pobretona. No es mujer para él.
Manuel: Pues ni pueblerina ni pobretona. Tú no lo sabes y yo tampoco lo sabía, pero resulta que esa mujer es nada más y nada menos que la esposa de Luis Enrique Escalante.
Lisa: (confundida) ¿Del socio de la familia, el del bigote y lentes?
Manuel: Ese mismo. Se llama Marissa y ha estado casada con Luis Enrique por más de veinticuatro años.
Lisa: Debes estar mintiendo. Eso no puede ser. Ellos ni se conocían esa noche que Eduardo organizó la cena.
Manuel: Porque fingieron, ¿no es obvio? Eduardo ya estaba enterado de la verdad y para que termines de sorprendente, la tal Marissa es la del dinero. Luis Enrique sólo se ha encargado de administrar sus bienes e ingresos, pero todo está a nombre de ella.
Lisa: (sorprendida) Tiene que ser una broma. Ella nunca podría ser una heredera millonaria. Ni siquiera luce como una.
Manuel: No sé si estuviste enterada de que Danilo, uno de los peones, había rescatado a una mujer amnésica de un accidente y la mantuvo escondida en la hacienda sin permiso nuestro.
Lisa: Ay, no sé. En la hacienda pasa de todo y no me entero. ¿Qué tiene que ver eso con lo que estábamos hablando?
Manuel: Muchísimo. Esa mujer es la misma esposa de Luis Enrique, la misma que justo también había tenido un accidente y dieron por muerta. De ahí que tenga esa apariencia de pobretona como tú dices.
Lisa: Entonces… ¿Eduardo pretende hacer una alianza con ella?
Manuel: Tal parece. Mi hermano no es ningún idiota y sabe que, si se une en matrimonio con la esposa de Luis Enrique, tendrá la posibilidad de recuperar las pérdidas que hemos tenido, pero pondrá todo nuestro patrimonio a su nombre para que yo no reclame mis derechos.
Lisa: (furiosa) Eso quiere decir que el matrimonio va en serio. Mi papá de veras va a casarse con esa zorra. Es peor que la mismísima Carolina.
Manuel: ¿Vas a permitirlo?
Lisa se queda pensativa respirando agitada.
Manuel: ¿Vas a permitir que tu querido papito se case y le haga el amor por las noches a otra mujer diferente a ti?
Lisa: ¡Cállate! ¡Una cosa así nunca sucederá! No voy a permitir que Eduardo toque a esa. ¡No lo voy a permitir!
Manuel: Si gustas, podemos aliarnos de nuevo como al principio. Me conviene que ese matrimonio no se lleve a cabo y a ti te conviene tener a Eduardo para ti, así que, ¿qué dices? ¿Deberíamos deshacernos de Marissa?
Lisa mira con los ojos fulminantes a Manuel como si asintiese con los ojos a su maliciosa propuesta.
CONTINUARÁ…
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