Capítulo 17: Campanadas de boda

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA



Carolina se ha quedado sumamente sorprendida luego de escuchar que Eduardo y Marissa se casarán pronto.



Carolina: ¿Me estás…? ¿Me estás hablando en serio, Eduardo?

Eduardo: Sí. No te lo había contado antes porque no habíamos tenido oportunidad, pero es una decisión que ella y yo tomamos desde hace unos días.

Carolina: (desconcertada) Pero no entiendo. Tú y ella… ¿En qué momento?

Eduardo: Quisiera evitar las explicaciones, Carolina. El punto es que nos vamos a casar en un mes y pensé en ti para que te encargues de todos los detalles y los preparativos de la boda. Por supuesto pienso pagarte por ello. No te preocupes.

Carolina se levanta exaltada en ese momento y no puede evitar que se le forme un intenso nudo en la garganta.

Carolina: ¿Pretendes burlarte de mí? ¿Quieres humillarme delante de ella?

Eduardo: (extrañado) Claro que no. ¿Por qué dices eso? Es una propuesta que te estoy haciendo por la amistad que hemos tenido durante tanto tiempo.

Carolina: Eso es lo que tú has querido ver, Eduardo. Yo no. Tú bien sabes que lo que siento por ti va más allá de un simple aprecio de amigos. Yo te amo, ¿y me dices tan campante que piensas casarte con otra y que todavía quieres que me encargue de los preparativos? (Indignada).

Marissa: (levantándose) Es mejor que me retire. Esta conversación les concierne sólo a ustedes dos.

Eduardo: No, Marissa. Quédate (También se pone de pie). Si vas a ser mi esposa, debes estar al tanto de todo lo relacionado a mí. En cuanto a ti, Carolina, entiendo cómo te sientes, pero trata de entenderme también a mí. Yo sólo te puedo ver como una amiga. Nada más.

Carolina: ¡Pues no! Esta vez no te puedo entender. Yo siempre he sido tu apoyo en todo. He estado contigo en los momentos más difíciles de tu vida. ¡En todos, Eduardo! ¿Cómo te atreves a hacerme esto justo a mí? (Rompe a llorar).

Eduardo: (apenado) Cálmate, por favor. No llores. No pensé que fuera a afectarme de esta manera.

Carolina: Me afecta y mucho porque por ti he estado dispuesta a todo, incluso a irme en contra de mi padre que tanto me ha advertido que me aleje de ti.

Eduardo: Entonces, deberías obedecerle. Tú eres una mujer muy valiosa y ya debiste haber desistido de lo que sentías por mí, continuar con tu vida. Hay muchos hombres que estarían dispuestos a quererte.

Carolina: No pienso discutir eso contigo y menos delante de esta mujer que es una completa aparecida. En cambio, a mí me conoces desde hace casi veinte años y me duele en el alma ver que ni aún con Helena muerta te dignaste a fijarte en mí.

Eduardo: Carolina…

Carolina: ¡Ya no digas nada más! Lo mejor es que me vaya y no te vuelva a ver nunca más. Bien tiene razón mi papá al decirme que no vales la pena como hombre.

Carolina mira fulminante tanto a Eduardo como a Marissa y sale del estudio dando un portazo. Eduardo se sienta de nuevo en el sillón y suspira frustrado.

Marissa: No puedo evitar sentirme mal por ella. No la conozco, pero se veía muy dolida.

Eduardo: Tienes razón. No pensé que lo tomara a mal, pero está en su derecho. No fue correcto de mi parte llamarla para los preparativos de la boda. Carolina ha estado enamorada de mí desde hace muchos años.

Marissa: Cómo lo siento. Debe ser duro para ella no sentirse correspondida.

Eduardo: Sí, pero no puedo corresponderle. Carolina es una gran mujer, la aprecio, pero en mí no está forzarme a enamorarme de ella y sólo deseo que pueda superarme. Es una situación incómoda para mí.

Marissa: Creo que este matrimonio va a traerle muchos problemas, señor Román. ¿Está seguro de continuar?

Eduardo: Claro. No pienso desistir para el gusto o la comodidad de nadie. Voy a casarme contigo a como dé lugar, Marissa. Miraré a quién más puedo encargarle los preparativos de la boda. Tú no te preocupes. Déjamelo a mí.

Marissa asiente ante las palabras de Eduardo sonriéndole. Es así como varios días comienzan a pasar en la historia a medida que se intercalan diferentes escenas. Por una parte, se ve que Marissa y Luis Enrique acuden a una especie de despacho que es precedido por un notario.



Los dos se miran muy serios y de forma retadora para luego proceder a firmar un documento sobre el escritorio del notario, sin embargo, sin que nadie lo note, Luis Enrique comparte sonrisas de complicidad con el notario.



Danilo y Milena siguen mostrándose indiferentes con Cecilia cada vez que ésta intenta acercárseles.



Tarcisio, por su parte, observa de lo lejos constantemente a Milena cuando ésta va a llevarles jugo o refrescos a los peones en los hatos. El capataz frunce el ceño para luego dibujar una sonrisa de malicia en su rostro. En otra escena, se ve a Lisa saliendo del hospital luego de recuperarse de su intento de suicidio, siendo ayudada por Eduardo.



Lisa aprovecha la situación para engancharse de brazo con Eduardo y suben a un auto siendo espiados a lo lejos por Gracia, quien mira con rencor. La mujer ha comenzado a convertirse en una indigente, vestida con harapos y ropa sucia.



Pablo, entretanto, comienza a asistir a terapias psicológicas para recuperar sus recuerdos y Marissa continúa trabajando como ama de llaves en la hacienda.

UN MES DESPUÉS

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA


Marissa está sentada frente al tocador. Viste un elegante traje de novia blanco y tiene el cabello recogido en un bollo, detalles que la hacen ver angelical, además, está siendo maquillada sutilmente en el rostro por dos estilistas profesionales. Milena está presente, bien vestida y peinada para la ocasión, sosteniendo un bonito, pero pequeño ramo de flores.



Milena: (sonriendo) Quedó preciosa, doña Marissa. Parece una reina sacada de algún cuento o novela. Don Eduardo se va a quedar con cara de menso cuando la vea.

Marissa: (riendo) Qué cosas dices, Milena. Recuerda que este matrimonio es sólo de apariencia.

Milena: Hum, pero no me va a negar que se siente nerviosa. Si hasta en los poros se le nota, además, don Eduardo no está nada mal. ¿Quién quita que los dos terminen enamorados de a de veras?

Marissa: (pensativa) Dudo que eso pase. Eduardo y yo tenemos claro que este es sólo un contrato que nos va a beneficiar a los dos por igual.

Las estilistas terminan de realizar su trabajo. Milena se pone de pie detrás de Marissa sin dejar de sonreír.

Milena: ¿Preparada?

Marissa asiente con la cabeza. Cecilia entra en ese momento a la habitación mostrándose seria. Marissa voltea a verla.



Marissa: Ah, Cecilia. Eres tú. Pensé que sabías tocar la puerta antes de entrar.

Cecilia: No tengo por qué anunciarme contigo. Hago mucho de por sí dándote recados. Hay alguien que quiere hablar contigo.

Marissa: ¿Quién es?

Epifanio hace presencia en el umbral de la puerta. Marissa se sorprende al reconocerlo.



Epifanio: Yo, Marissa. Es necesario que hablemos y te suplico que me escuches, por favor.

Marissa se queda pensativa ante la petición de Epifanio, quien la mira de cierta forma fraternal.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / DÍA



Carolina se encuentra acostada en su cama en posición fetal, con el cabello recogido y vistiendo ropa ligera al tiempo que mira al vacío. Cruz toca la puerta con cierta insistencia.



Cruz: Señorita Carolina, ábrame, por favor. Tiene que comer algo. No puede quedarse encerrada ahí toda la vida.

Carolina: Déjame sola, Cruz. No quiero hablar con nadie ni mucho menos quiero probar bocado.

Cruz, sin embargo, decide entrar a la habitación después de unos segundos y sostiene una bandeja, la cual pone sobre una mesa.

Cruz: De igual, no puedo dejar que se muera de hambre, así que voy a dejarle el almuerzo aquí para que intente al menos tomar un poco de sopa.

Carolina: Gracias. Puedes retirarte.

Cruz: Ay, señorita Carolina. De verdad que me duele verla así tan apagada, tan triste. Lleva días en esa actitud. ¿Cuándo va a pararse de esa cama y va a volver a ser la misma mujer de antes?

Carolina: No tengo motivos para ser la de antes. ¿Que no ves que el amor de mi vida se está casando hoy con otra mujer que apenas conoció y en cambio a mí me desechó como un perro? (Habla con amargura).

Cruz: Yo la entiendo, señorita, créame (Se sienta en la cama junto a ella). Debo confesarle, aunque ahora no sea el mejor momento, que hace décadas he estado enamorada de su padre pese a que él ni me pela.

Carolina: Eso ya lo sabía. Él me dijo que habían tenido una relación hace mucho tiempo.

Cruz: (sorprendida) ¿Una relación?

Carolina: Sí. Me contó que fue antes de que yo naciera.

Cruz: Qué extraño. ¿Por qué dijo algo así? He sido yo quien ha estado detrás de él instigándolo, pero como le dije, él nunca me doblega ante mis encantos de mujer y femineidad.

Carolina se recuesta en la cama sumamente desconcertada.

Carolina: Entonces, ¿no es verdad? ¿Tú y mi papá no tuvieron ninguna relación?

Cruz: Pues no que yo sepa, señorita. No entiendo por qué don Epifanio inventó algo así.

Carolina: Yo mucho menos entiendo por qué me mintió (Pensativa). Dime algo, Cruz. ¿De qué estaban hablando tú y mi papá aquel día que viniste a visitarlo antes de volver a la mansión?

Cruz: (nerviosa) Eh… ¿Ese día? ¿Por qué me lo pregunta?

Carolina: No me respondas con otra pregunta. Tan solo dime de qué hablaban tú y él. Justo cuando tú te fuiste, mi papá se quedó a solas y mencionó para sí algo de un “secreto” que ustedes saben. Cuéntame de qué se trata.

Cruz enmudece frente a los cuestionamientos de Carolina y no sabe qué decir.

INT. / NOTARÍA / DÍA

Hay varias personas presentes en la notaría que han asistido y han sido invitadas al matrimonio. Eduardo está de pie, vistiendo un traje de novio particularmente elegante y habla con una pareja de esposos.



Raquel: Felicidades por tu nuevo matrimonio, Eduardo. Creo que a todos nos dejó sorprendidos, ¿no lo crees, Walter?

Walter: Sí, mi esposa tiene razón (Rodea la cintura de ella). No esperábamos que te casaras de nuevo y menos en tan poco tiempo después de la muerte de Helena.

Eduardo: (incómodo) Helena quedó en el pasado y fue alguien a quien amé mucho, pero ya decidí que debo continuar con mi vida y pienso que esta mujer que conocí es la indicada.

Raquel: (sonriendo) Pues nos alegra mucho. Te deseamos mucha suerte.

Eduardo: Gracias, Raquel y gracias también a ti, Walter. Bienvenidos. Espero disfruten de la ceremonia.

Cerca de allí, sentados en unas sillas, se encuentran Lisa y Manuel. La primera, cruzada de brazos, observa muy molesta a Eduardo.



Manuel: Me supongo que tu fantasía era ser tú la que se casara hoy con mi hermano en lugar de aquella mujer.

Lisa: Sí. No te lo puedo negar, pero si no me voy a casar yo con él, mucho menos lo hará esa zorra aparecida. ¿Tienes todo listo?

Manuel: Por supuesto. Cuando Marissa entre por esa puerta, los hombres que contraté vendrán y se llevarán a Eduardo al lugar que acordamos.

Lisa: (sonriendo con malicia) ¡Perfecto! Con Eduardo secuestrado, nadie nunca sabrá de él. Voy a tenerlo siempre para mí. Lo obligaré a amarme cueste lo que me cueste.

Manuel: Y yo por mi parte, heredaré todo el patrimonio de la familia como siempre deseé. ¿Ves, Lisa? Terminamos ganando por igual.

Lisa: Tienes razón. Por el dinero y la herencia no me preocupo. Después de todo, ese nunca fue mi verdadero interés. Lo único que me importa es el amor de Eduardo.

Lisa pronuncia aquellas palabras con decisión al tiempo que mira al vacío como si en sus ojos aguardara auténtico fuego. Por otra parte, Luis Enrique también se acerca a Eduardo sonriendo con hipocresía.



Luis Enrique: ¡Felicidades, amigo mío! (Abrazándolo) Me da un gusto tremendo que por fin salgas de ese luto y te abras a la oportunidad de ser feliz de nuevo. Mírate nomás. Hasta el semblante te cambió.

Eduardo: (serio) Gracias, Luis Enrique y esa es la idea, renacer de las cenizas. Espero puedas perdonarme por haberme robado a tu esposa.

Luis Enrique: (sorprendido) ¿Disculpa?

Eduardo: Sí, eso mismo. Marissa era tu esposa, ¿no? Hace unos días firmaron el divorcio.

Luis Enrique: (balbuceando) Eh, Eduardo, yo…

Eduardo: ¿Pensaste que nunca me iba a enterar? ¿Por qué no me lo dijiste? Pensé que éramos amigos. El día de la cena hasta fingiste conocerla por primera vez.

Luis Enrique: ¿Cómo más querías que reaccionara? Yo la hacía muerta. Tú lo sabes y de repente se apareció en el comedor como si nada para que luego tú la presentaras como tu futura esposa.

Eduardo: Es verdad. Me imagino no lo esperabas, pero pudiste haber hablado conmigo después y, sin embargo, callaste, como si hubieses tenido alguna razón en especial para ocultármelo.

Luis Enrique: Bueno, no lo hice porque no lo creí conveniente. Es todo. Mi matrimonio con Marissa no iba bien y no tenía caso que interfiriera entre ustedes. No hay ninguna otra razón.

Eduardo: (suspirando) Está bien. Como digas. Tampoco pienso reprocharte nada. Espero la relación que tuvieron no sea un impedimento para llevarse bien a la hora de los negocios.

Luis Enrique: ¿De verdad piensas pasar todo el patrimonio de tu familia a nombre de ella?

Eduardo: Sí. Marissa me ha demostrado que es una gran mujer y confío plenamente en ella. Yo sé que hará un buen trabajo y más que mi esposa, será mi colega, así que no tengo ningún problema.

Luis Enrique: Me alegra. Yo no diría lo contrario, a pesar de que no había mucho qué salvar de nuestro matrimonio que ya estaba acabado incluso antes de que ella tuviera el accidente.

Eduardo: Pues a mí también me alegra oír eso. Bien. Te dejo. Voy a atender a los otros invitados.

Luis Enrique: Claro, claro, adelante.

Luis Enrique no deja de sonreírle con hipocresía a Eduardo, quien se aleja para, efectivamente, acercarse a otros invitados a la ceremonia. El primero lo mira a lejos con una sutil malicia.

Luis Enrique: Vamos a ver qué tanto te dura la dicha cuando sepas que tu esposa sigue siendo mía y va a parar en la cárcel. Todo lo tuyo será mío, Eduardo. ¡Todo! (Decidido).

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / DÍA

Carolina se ha percatado que su padre le mintió cuando le dijo que tuvo una relación tiempo atrás con Cruz y ahora indaga a la mujer con respecto a la verdad.



Carolina: Estoy esperando una explicación, Cruz. Cuéntame inmediatamente cuál es ese secreto al que mi papá se refería y que no me quiso contar.

Cruz: (nerviosa) ¡Ay, señorita Carolina! Le suplico que no me haga preguntas. Yo no puedo decirle nada. No soy la indicada.

Carolina: ¿Entonces sí hay algo detrás? Mira. No sé qué estén ocultando, pero algo me dice que si mi papá me mintió y no quiso decirme la verdad debe ser grave. ¿Qué esconden tú y él?

Cruz: Es que no puedo. Donde llegue yo a abrir mi boca, su papá me mata, me entierra, me desentierra y me vuelve a matar. Entiéndame. ¿Por qué no le pregunta usted directamente?

Carolina: ¡Por favor, Cruz! Si no me lo dijo cuando se lo pregunté la primera vez, mucho menos me lo va a decir si se lo pregunto de nuevo. Habla o voy a verme obligada a indagar por mi propia cuenta.

Cruz: ¡Ay! Es que…

Carolina: (exasperada) ¿Es que qué? Dime de una buena vez.

Cruz: Señorita… Su padre… (Inhala aire) ¡Ay, mi San Antonio! Su padre tuvo otra hija.

Carolina: (impactada) ¿Qué? ¿Me estás…? ¿Me estás hablando en serio?

Cruz: (preocupada) Muy en serio. Mire, no puedo decirle muchos detalles. Tan sólo confórmese con saber que don Epifanio tuvo una relación clandestina con una mujer y producto de esa relación, tuvo una hija.

Carolina: No lo puedo creer. Entonces tengo una hermana, pero, ¿por qué me lo ocultó? ¿Qué razón tuvo para no decírmelo? (Pensativa) Dime algo, Cruz. ¿Tú sabes quién es la otra hija de mi papá?

Cruz: Hay muchas otras cosas que su padre oculta, señorita, pero le suplico que ya no me indague más. El resto pregúnteselo usted, por favor y no le diga que fui yo quien le dijo esto, porque me vuelve papilla (Atemorizada).

Carolina: No te preocupes. Inventaré algo para que no sepa que fuiste tú quien me contó la verdad. ¿Él está en la mansión en este momento?

Cruz: Eh, no. Lo vi salir hace como media hora, pero antes escuché cuando le dijo al chofer que lo llevara a la hacienda de los Román, sabrá Dios para qué.

Carolina: (extrañada) ¿A la hacienda de los Román?

Carolina frunce sumamente extrañada el ceño y después de quedarse pensativa unos segundos, se levanta de la cama y se pone un par de tenis.

Cruz: (preocupada) ¿A dónde se dirige, señorita?

Sin embargo, Carolina ignora al ama de llaves y sale de la habitación sin decir nada. Cruz intenta seguirla, pero no la alcanza.

Cruz: ¡Señorita Carolina! ¡Señorita Carolina! ¿A dónde va? Ay, mi Dios. Espero no pase nada, pero tengo un mal presentimiento.

Cruz se persigna y mira hacia arriba en señal de preocupación.

EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE / DÍA

Carolina, por su parte, sale con prisa de la mansión y se dirige a abordar su auto con las llaves en la mano, pero se detiene al vislumbrar en la reja de la entrada a una mujer andrajosa y vistiendo harapos a la que, al parecer, reconoce.



Carolina: ¿Esa no es…?

Carolina se acerca a la reja. La indigente mira a su alrededor como si estuviese confundida y desorientada.



Carolina: ¿Gracia? ¿Gracia, eres tú?

En efecto, se trata de Gracia, quien voltea a ver a Carolina y también la reconoce.

Gracia: ¿Carolina?

Carolina: (impresionada) ¡Dios mío! ¿Qué te pasó? Mírate en las fachas en las que estás. ¿Dónde te habías metido?

Gracia: (exaltada) Carolina, qué bueno que te veo, amiga. Ya decía yo que había estado por este lugar antes (Sonríe desquiciada). Hay una gente que me está buscando y me quieren atrapar.

Carolina: Veo que no estás nada bien. Espérate un momento. Voy a llamar a un empleado para que pases a la mansión, te tomes un baño y comas algo. Voy de salida para otro lugar, pero tengo que hablar contigo luego, ¿va?

Gracia: ¡Espera, Carolina! ¡No te vayas! ¡No te vayas, amiga! (Aferrándose a los barrotes de la reja) Tienes que escucharme. Hay algo muy importante que debo decirte.

Carolina: Puedes decírmelo más tarde. Como te dije, debo arreglar otro asunto importante y…

Gracia: ¿No piensas salvar al amor de tu vida?

Carolina: (extrañada) ¿A qué te refieres?

Gracia: Sí, a Eduardo. ¿No piensas salvarlo? Está corriendo mucho peligro. Mucho…

Carolina: ¿De qué estás hablando, Gracia? Sé más clara. ¿Por qué dices que Eduardo está corriendo peligro?

Gracia le hace una seña a Carolina con el dedo para que se acerque. Carolina lo hace, aunque con un poco de desconfianza y Gracia mira a su alrededor, como si estuviese cuidando que nadie la oiga.

Gracia: Yo lo escuché. Escuché cuando lo estaba planeando junto con ella. Piensan llevárselo lejos y hacerle mucho daño.

Carolina: No entiendo nada. ¿A quiénes te refieres? ¿Quiénes se van a llevar a Eduardo?

Gracia: Lisa y otro hombre. Yo los escuché…

En ese momento, se enfoca una escena en flashback en la que Manuel está en el interior de un restaurante del pueblo, sentado a una de las mesas y hablando por celular. Gracia está muy cerca de allí, pidiendo a los clientes un poco de comida o alguna limosna, pero se detiene al escuchar a Manuel hablando.

Gracia: Yo oí muy bien cuando ese hombre mencionaba a Eduardo y le decía a la persona con la que hablaba por teléfono algo como “no te preocupes, Lisa, ya está todo preparado”, entonces era ella. Estoy segura. Él hablaba de un secuestro y unos sicarios que contrató.

Carolina: (exaltada) ¿Me juras que lo que me estás contando es cierto, Gracia?

Gracia: Si, sí es cierto. Estoy muy segura (Tomándose del pelo). Eduardo corre peligro, Caro. Debes ayudarlo.

Carolina no se da a la espera y le hace una seña al guardia de seguridad de la mansión para que abra la reja de la entrada. Ella, por su parte, se apresura a subir a su auto.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA



Entretanto, Marissa se ha quedado a solas con Epifanio. Los dos están frente a frente y aunque ella se muestra seria, él la mira de manera fraternal.



Marissa: Bien, ya estamos solos como quería. ¿Qué es lo que necesita hablar conmigo?

Epifanio: (sonriéndole) Luces tan bella. Me recuerdas mucho a tu madre.

Marissa: Por favor, sea más claro y dígame de una buena vez para qué quería verme. Como verá en una hora me caso y no tengo tiempo que perder.

Epifanio: Yo sé que aún no te haces a la idea de que Heliodoro no era tu padre y entiendo perfectamente cómo te sientes. Es una noticia que a cualquiera le habría afectado muchísimo.

Marissa: ¿Qué quiere decirme exactamente?

Epifanio: Que me perdones, Marissa. Yo sé que mi cobardía nos llevó a esto. Es mi culpa y…

Marissa: (lo interrumpe) Don Epifanio, créame que he tratado de perdonarlo por eso, de perdonar incluso a mi madre por lo que hizo, por haber jugado de esa manera tan baja con mi padre y conmigo, que sólo era una niña que creció rodeada de mentiras.

Epifanio: ¿De verdad? ¿De verdad me perdonas?

Marissa: Sí, aunque fue una sorpresa toparme con esa revelación, he tratado de asimilarlo, pero no espere que por ello comenzaré a verlo como mi padre. Me es imposible hacerlo y no aferrarme a la imagen del hombre al que sí vi como mi papá.

Epifanio: Te entiendo. No pienso discutir ante ello, pero nada en el mundo me haría más feliz que pudieras aceptarme, muchacha. Yo no te pido que olvides a Heliodoro, pero sí que a partir de ahora puedas hacer un esfuerzo.

Marissa escucha con atención a Epifanio, quien se acerca a ella y la toma de las manos.

Epifanio: Trata de verme como tu padre. Yo te juro que pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para ganarme tu cariño y recuperar todas estas décadas en las que estuvimos separados por mis errores, pero no me rechaces. ¡Te lo suplico!

Marissa: (pensativo) Voy a intentarlo.

Epifanio: ¿Me lo prometes?

Marissa: (asentando con la cabeza) Sí, pero necesito tiempo. Entienda que verlo como mi padre no es algo que va a pasar de la noche a la mañana, pero le prometo que haré el intento.

Epifanio: (conmovido) Gracias, Marissa. Gracias de verdad, hija (Besa las manos de ella).

Marissa: (incómoda) No tiene que hacer eso. No es necesario.

Epifanio: Permítemelo. Es la única manera que tengo de demostrarte cuán agradecido estoy por tu nobleza, pero si vine hasta aquí, no fue sólo para que tuviéramos esta conversación. Hay algo más que necesito pedirte.

Marissa: (extrañada) ¿Algo más?

Epifanio: Por favor, no te cases con ese hombre, con Eduardo Román. Tú no te puedes casar con él, Marissa.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA

Tocan la puerta de la casa de la hacienda insistentemente. Cecilia se dirige a abrir.



Cecilia: ¡Voy! ¡Un momento!

Una vez que la mujer abre la puerta, se topa de frente con Carolina, quien ingresa a la casa con particular prisa.



Cecilia: (sorprendida) Señorita Carolina…

Carolina: ¿Dónde está Eduardo, Cecilia?

Cecilia: Me supongo que en la notaría. Hoy se casa. ¿No lo sabía?

Carolina: Sí, por supuesto que lo sabía. ¿Qué hago ahora? (Desesperada) Pensé que llegaría a tiempo para detenerlo.

Cecilia: ¿Usted tampoco quiere que se case con la idiota de Marissa?

Carolina: Ahora no es momento de discutir eso. ¿Qué hay de mi papá? ¿Dónde está él?

Cecilia: (extrañada) ¿Don Epifanio?

Carolina: (exasperada) Sí, él. ¿Dónde está? Dime rápido.

Cecilia: Arriba, en la habitación de don Eduardo, hablando justo con la mujercita esa.

Carolina se apresura a subir las escaleras en dirección al segundo piso.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

Pablo está terminando de arreglarse frente a un espejo de cuerpo completo, vestido para la ocasión. Danilo entra y pone su sombrero sobre la cómoda.



Pablo: ¿Qué onda, carnal? ¿Por qué todavía no te arreglas? ¿No vas a ir a la boda?

Danilo: (suspirando) No, Pablo. Prefiero no hacerlo. Voy a quedarme aquí.

Pablo: (extrañado) ¿Por qué? Mi mamá tenía mucha ilusión de que fueras con Milena. Incluso mandó a comprar tu ropa. ¿Qué pasó?

Danilo: Nada. Es sólo que no me siento bien y prefiero no ir a que me vean con cara de amargado. No sería justo con tu mamá (Se sienta en la cama).

Pablo: ¿Estás seguro que es eso? Me late que tienes algo más y tal vez no seremos los mejores amigos, pero si gustas, puedes confiar en mí. Ándale. Dime qué te pasa.

Pablo se sienta al lado de Danilo en la cama y él vuelve a suspirar con cierta melancolía.

Danilo: No me lo tomes a mal, carnal, pero verás. Hace tiempo que estoy enamorado de tu mamá.

Pablo se sorprende al escucharlo.

Danilo: Podrá sonarte de locos, pero en el tiempo que estuvo aquí mientras se recuperaba del accidente, empecé a sentirme así por ella y no lo pude evitar. Quiero mucho a tu mamá, Pablo y verla casándose con el patrón me haría mucho daño. Por eso prefiero no ir a la boda.

Pablo: (pensativo) Hum, ahora entiendo mejor.

Danilo: ¿No te molesta?

Pablo: (sonriendo) Para nada. De hecho, si te soy sincero, también me siento así por tu hermana.

Danilo: (sorprendido) ¿En serio?

Pablo: Sí. Milena me gusta y siento una conexión con ella de antes, no lo puedo explicar. El psicólogo me ha dicho que es probable que se deba a que fuimos buenos amigos antes de que yo perdiera la memoria, solo que no he sido capaz de decírselo. Temo que me rechace.

Danilo: ¿Pues sabes algo? Creo que, si se lo dijeras, sería mejor. Estoy seguro que ella siente lo mismo por ti y no te rechazaría.

Pablo: ¿Por qué lo dices?

Danilo: Porque soy su hermano mayor y he visto que los dos se llevan muy bien. Cuando están juntos se les nota la química, y no soy el único, eh. Varios de los empleados ya empezaron a notar también que tú y ella están loquitos el uno por el otro.

Pablo: (riendo) Vaya, pues no me imaginé que fuera tan evidente, pero de Milena no me lo esperaba.

Danilo: ¿Entonces qué estás esperando? Ya que lo sabes, da el paso, dile lo que sientes e invítala a salir. Yo como su hermano mayor te doy permiso, así que adelante.

Danilo le pega una leve palmada en el hombro al tiempo que ríen.

Pablo: ¿Sabes que sí? Voy a declarármele de una vez, pero mejor me espero hasta la noche cuando ya todo lo de la boda pase. ¿Tú qué vas a hacer?

Danilo: (esboza su sonrisa) No sé, ya veré. Tú por lo menos tienes la suerte de que mi hermanita te puede corresponder, pero en mí tu mamá nunca se fijaría.

Pablo: Tú eres un buen chavo, Danilo. Yo sé que puedes encontrar a alguien más que sí te corresponda y ya quita esa cara. No pierdas la esperanza.

Pablo le da un par de palmadas en la espalda a Danilo para confortarlo, aunque la expresión de él sigue denotando cierta tristeza.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Entretanto, Epifanio le ha pedido a Marissa inesperadamente que no se case con Eduardo, cosa que la ha dejado desconcertada.



Marissa: ¿De qué está hablando, don Epifanio?

Epifanio: Yo no sé cuál es la razón por la que piensas unirte en matrimonio con él, pero sea cual sea, escúchame y no te cases.

Marissa: (alejándose) Desconozco por qué me está pidiendo algo así, pero no puedo acceder a su petición. Esto no. Lo siento.

Epifanio: Hay muchas cosas que ese matrimonio implica, entre ellas tu seguridad y la de Eduardo Yo sé que no tengo derecho alguno como padre, pero obedéceme en esto, por favor.



De repente, Carolina irrumpe en la habitación sin ni siquiera anunciarse, con el rostro notablemente desencajado. Epifanio se impacta al verla mientras que Marissa se desconcierta.

CONTINUARÁ…

Comentarios

¿Tienes consejos, sugerencias o comentarios? Contáctame

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *