Capítulo 18: Boda en tragedia
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA
De repente, Carolina irrumpe en la habitación sin ni siquiera anunciarse, con el rostro notablemente desencajado. Epifanio se impacta al verla mientras que Marissa se desconcierta.



Carolina: (exaltada) ¿Qué significa esto, papá?
Epifanio: ¡Carolina! ¿Cómo…? ¿Cómo sabías que estaba aquí?
Carolina: ¿Qué importa eso? Lo único importante en este momento es lo que acabo de oír.
Epifanio: ¿Estabas escuchando?
Carolina: Sí y no lo puedo creer. Quisiera estarlo soñando, pero ahora veo que es cierto. ¿Esta mujer es la dichosa hija de la que nunca me hablaste?
Marissa: (desconcertada) ¿Ustedes son padre e hija?
Carolina: ¡Habla, papá! ¿Ella es mi hermana?
Epifanio: (nervioso) Carolina, déjame explicarte, pero cálmate, por favor.
Carolina: Estoy calmada y eso es justo lo que estoy esperando, que me expliques qué es todo esto. ¿En qué momento, papá? ¿Por qué nunca me lo dijiste?
Epifanio: Fue hace muchísimo tiempo, hija. Yo no me había casado con tu madre y ni siquiera había llegado a Villa Encantada. Vivía en Ciudad de México.
Marissa: Creo que este es un asunto del que deben discutir ustedes dos. Yo debo irme. Están esperándome.
Epifanio: ¡Marissa, no! ¡Detente! Tú y yo no hemos terminado de hablar.
Marissa: Creo que sí, don Epifanio. Usted necesita hablar con su hija y darle una explicación justa, así como me la dio a mí.
Epifanio: Pero es que no puedes irte, muchacha. Esa boda no puede ser. Ya te dije por qué.
Carolina: ¿Por qué, papá? ¿Tú qué sabes de eso? ¿Gracia habló contigo también?
Epifanio: (extrañado) ¿Gracia?
Carolina: Me la encontré a la salida de la mansión y me dijo justo lo que estabas diciéndole a esta mujer antes de que yo los interrumpiera, que Eduardo corre peligro y su seguridad está en riesgo.
Epifanio: ¿Qué fue lo que te dijo exactamente?
Carolina: En un principio me sonó a una locura, pero estoy empezando a creer que es cierto ya que tú también lo mencionaste. Gracia me dijo que Lisa y otro hombre, que me supongo es Manuel, planean hacerle daño a Eduardo y secuestrarlo durante la boda.
Marissa y Epifanio se impresionan al escuchar a Carolina.
Marissa: ¿Estás segura?
Carolina: No lo sé, pero lo único cierto es que hay algo sospechoso que involucra a Eduardo y tú, papá, ya lo sabías. Por eso quieres impedir el matrimonio, ¿no es así?
Epifanio: (balbuceando) Eh, sí, en parte es por esa razón.
Marissa: (preocupada) Entonces tenemos que hacer algo. Creo que llegó la hora de mostrar la evidencia que tengo en mis manos.
Epifanio: ¿Qué evidencia, Marissa?
Marissa: Esa muchacha es muy peligrosa. Ella es la culpable de la muerte de Casimira. Ella fue quien la mató y tengo cómo probarlo.
Epifanio y Carolina se impactan ante lo que les cuenta la mujer.
INT. / NOTARÍA / DÍA
Todos los invitados están murmurando y hay bullicio a lo ancho y largo de la notaría. Eduardo mira su reloj de muñeca algo impaciente. El funcionario que llevará a cabo el matrimonio se acerca a él.

Funcionario: Disculpe, señor Román, pero hace ya más de media hora que debimos haber comenzado la ceremonia y su prometida aún no llega. ¿Qué ocurre?
Eduardo: Yo tampoco lo sé. Tal como usted me dice mi prometida debía llegar hace rato. Contraté un chofer para que la trajera personalmente, así que no entiendo a qué se debe el retraso.
Funcionario: En ese caso, intente comunicarse con alguien porque si la novia no llega en los próximos quince minutos, deberé dar por cerrada la unión civil para dar paso a otro matrimonio.
El funcionario se aleja de Eduardo, quien decide sacar su celular del bolsillo de su pantalón. Manuel y Lisa se acercan a él.


Manuel: ¿Qué pasa, Eduardo? Todos están empezando a comentar sobre el retraso de tu querida futura esposa. ¿Qué tal si se arrepintió en el último minuto y no desea casarse contigo?
Eduardo: Cállate. No te adelantes a los hechos sin saber. Tuvo que haberle ocurrido algún percance.
Lisa: Pues no es por preocuparte, papi, pero es muy extraño. Todo estaba preparado y de repente la novia se esfuma. De haberle ocurrido algún percance como dices, ya lo sabrías.
Eduardo: Ya. Déjenme en paz. Estoy tratando de llamar al chofer para saber a qué se debe el retraso. Todavía no nos adelantemos a nada.
En ese momento Marissa entra al salón de la notaría, siendo seguida por Carolina y dos policías. Eduardo, Manuel y Lisa la ven entrar al igual que el resto de invitados, quienes se extrañan por la presencia de los policías.


Eduardo: (acercándose) Marissa, Carolina…
Carolina: Cuánto alivio me da ver que estás bien, Eduardo. Por un momento pensé que llegaríamos muy tarde.
Eduardo: ¿Por qué lo dices? ¿Qué está pasando?
Marissa: Tiene que tratar de guardar la calma, señor Román. Hay algo sumamente grave de lo cual usted no estaba enterado, pero ya llegó la hora. Es ella, oficiales.
Marissa les señala a los policías a Lisa. Todas las miradas se posan sobre ella, quien se desconcierta y desencaja el rostro. Los policías se acercan a la joven adolescente.
Policía 1: Tiene que acompañarnos, señorita.
Lisa: ¿Qué? ¿Yo? ¿Por qué?
Policía 2: Está usted bajo arresto por ser la culpable de los asesinatos de la señora Helena Montalbán, Lucrecia Castillo y Casimira Pérez.
El segundo policía saca las esposas ante la mirada de impacto de todos los presentes por aquellas declaraciones, entre ellos Manuel y Luis Enrique. Eduardo se interpone para evitar que arresten a Lisa.
Eduardo: ¡Un momento! ¿Qué clase de disparates son esos? ¿Cómo pueden acusar a mi hija de ser una asesina? ¿Se han vuelto locos? (Muy molesto).
Marissa: Hay una prueba contundente que delata a su hija, señor Román. Casimira antes de morir me dijo la verdad. Me contó que fue ella quien la lanzó desde su habitación luego de descubrir que fue ella quien asesinó a su difunda esposa y madre.
Eduardo: (muy impactado) Eso… Eso no puede ser. Tiene que haber un error.
Lisa: (exaltada) ¡Claro que lo hay! Todas esas son una sarta de mentiras, papá. No puedes creerles. ¿Cómo pueden pensar algo tan sádico de mí?
Carolina: Eduardo, sé que es difícil creerlo. En un principio yo tampoco lo creí, pero después de que Marissa nos mostró la prueba que tiene en su poder, no hay lugar para dudas. Tu “hija” que, en realidad no lo es, necesita ayuda. Es una asesina, una psicópata.
Marissa: Así es. Hay un video en su celular en el que se ve y se escucha cómo asesinó despiadadamente a Casimira e incluso confiesa que mató a Helena y a Lucrecia.
Lisa: (susurrando) Mi celular... Con razón no lo encontraba por ninguna parte…
Marissa: Pero eso no es lo único, señor Román. Ella junto con su hermano (Mira a Manuel) pensaban secuestrarlo durante la boda para evitar que se casara conmigo.
Lisa: (histérica) ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Todas son mentiras para desprestigiarme! ¡Quieren deshacerse de mí, papá! ¡Ese par de zorras quieren quedarse contigo! (Abrazando a Eduardo).
Marissa: Es mejor que no lo niegues, muchacha. No tiene caso. El video te delata y ya está en manos de la policía. Necesitas ayuda profesional.
Lisa: ¡Cállate, maldita! ¡Yo no necesito ayuda de nadie! Estoy completamente bien.
Manuel: (acercándose) ¿Todo lo que dicen es cierto? ¿De verdad ella es la responsable por la muerte de mi madre?
Carolina: Eso parece, Manuel, aunque Lisa no especificó la manera en que la mató, pero es seguro que lo hizo mientras Lucrecia estaba en el hospital.
En cuanto Manuel escucha a Carolina, mira fulminantemente a Lisa y se abalanza sobre ella ahorcándola.
Manuel: (furioso) ¡Desgraciada! ¡Asesina! ¿Cómo fuiste capaz de hacerle daño a mi madre, malnacida?
Eduardo y los dos policías no se dan a la espera para intentar separar a Manuel de Lisa, pero contrario a eso, el hombre no se detiene y la ahorca cada vez más fuerte.
Manuel: ¡Voy a matarte con mis propias manos, Lisa! ¡Te voy a mandar al infierno, traidora!
Eduardo: ¡Basta, Manuel! ¡Detente!
Finalmente, los policías logran separar a Manuel de la muchacha, quien tose compulsivamente y se recuesta sobre una mesa tratando de reponerse.
Manuel: ¡Suéltenme! ¡Suéltenme que voy a matar a esa pequeña perra! (Fuera de sí) ¡Déjenme!
Carolina: Tú también necesitas darle muchas explicaciones a la policía, Manuel. Te recuerdo que estabas planeando secuestrar a Eduardo en complicidad con Lisa para evitar que se casara.
Manuel guarda silencio y mira furioso a Carolina, pues sabe que tiene razón. Lisa aprovecha la distracción de los policías, logra alcanzar de la mesa un abrecartas y en una maniobra rápida, toma a Marissa del cabello para sí y amenaza con degollarla ante la mirada de todos los presentes.
Eduardo: (alertado) ¡Lisa, no!
Lisa: ¡Atrás! ¡No quiero que nadie se acerque o la mato!
Uno de los policías retiene a Manuel mientras el otro le apunta a Lisa con su arma.
Eduardo: Detente, por favor. No hagas esto. Deja a Marissa libre.
Lisa: ¡Pues no! No pienso dejarla ir tan fácil. Por culpa de esta maldita mujer todo se arruinó y merece pagar. Si yo me hundo, ella viene conmigo.
Marissa: (nerviosa) Escúchame. Sé que debes sentirte muy enojada, pero esta no es la manera. Todos te podemos ayudar.
Lisa: (histérica) ¡Cállate, desgraciada, zorra! ¡Cállate porque te juro que te mato aquí mismo! Tú eres peor que todos.
Carolina: Lisa, debes escucharnos. Es verdad que no has hecho cosas buenas. Desconocemos los motivos por los que llegaste al grado de matar incluso a tu propia madre, pero podemos hablar y ayudarte.
Lisa: ¡He dicho que se callen! No quiero que nadie me diga nada y ya que saben de lo que soy capaz, es mejor que no me hagan perder la paciencia.
Eduardo: Lisa, si de verdad sientes algo por mí, libera a Marissa y no le hagas daño. Ella no tiene la culpa de nada.
Lisa: Claro que la tiene. Ella se atrevió a delatarme, a destruirme. Es una amenaza que no me veía venir, pero la haré pagar, así que tiren las armas y no se atrevan a hacer nada porque la mato. ¿Me escucharon?
El primer policía sigue apuntándole a Lisa.
Lisa: ¡Que tiren las armas, dije! ¡Ahora! (Grita fuera de sí).
Los dos policías se miran entre sí asentando con la cabeza y el primero decide lanzar su arma.
Lisa: (sonriendo) Muy bien, así que me gusta. Tú, recógela y entrégamela (Le dice a Marissa) ¿Qué estás esperando? ¡Hazlo!
Marissa se inclina un poco para recoger el arma, sin embargo, Lisa lo hace al mismo tiempo que ella sin quitarle el afilado abrecartas del cuello. Una vez que Marissa la recoge, se la entrega a la muchacha.
Lisa: ¡Perfecto! Me gusta cuando siguen mis órdenes, como debe de ser.
Eduardo: (desesperado) ¿Qué vas a hacer, por Dios?
Lisa: Huiré. No voy a permitir que me lleven a la cárcel, a un manicomio o a una correccional para menores mientras cumplo la mayoría de edad.
Eduardo: Lisa, te lo suplico. No hagas las cosas más difíciles. ¡Recapacita! Ya hiciste mucho daño.
Lisa: ¿Daño? ¿Qué daño? Todos han sido unos bastardos que me hicieron daño a mí, papá, tú incluido. Te he amado y sólo he recibido rechazos de tu parte, y sí. ¡Es cierto! Pensaba secuestrarte y llevarte muy lejos para tenerme conmigo por siempre, pero de nuevo esta zorra se apareció para arruinar mis planes.
Eduardo: (sollozo) Yo sé que no somos padre e hija en realidad, pero en el fondo guardo un cariño especial por ti porque te vi crecer y siempre te vi como mi pequeña. Hazlo por mí y entrégate. Te prometo que no te dejaré sola.
Lisa: Tus promesas no me sirven de nada. Yo quiero tu amor, tu cuerpo, todo de ti, pero no te preocupes. De ti me encargo luego. ¿Piensan que estoy acabada? Pues no, mis amores. Tengo una carta bajo la manga que nadie se espera.
Lisa sonríe con una notable locura y decide tomar de rehén a Marissa apuntándole con el arma en la cabeza al tiempo que salen de la notaría.
Eduardo: ¡Lisa, no! ¡Espera! (Intenta ir tras ellas).
Carolina: Eduardo, no. Es peligroso que vayas. Deja que sea la policía quien se encargue, nosotros no podemos hacer nada.
Eduardo: No puedo permitir que Lisa cometa más locura. La vida de Marissa está en riesgo.
Carolina: (preocupada) ¡Eduardo! ¡Eduardo, no lo hagas!
Eduardo sale corriendo de la notaría en medio del murmullo de todos los invitados por lo acontecido. El segundo policía le lanza su arma al primero, el cual sale también corriendo. Carolina, por su parte, sólo observa con frustración la situación. Entretanto, a la salida de la notaria, Lisa detiene un auto de la carretera y le apunta al conductor.
Lisa: (histérica) ¡Detenga el auto y salga inmediatamente, viejo estúpido! ¡Vamos!
El conductor del vehículo, muy nervioso, decide bajarse con las manos arriba. Lisa obliga a Marissa a subir por el asiento del copiloto sin dejar de apuntarle con la pistola.
Lisa: Conduce y no se te ocurra detenerte, porque te pongo un tiro en la frente.
Marissa: Es inútil que escapes. Igual van a atraparte.
Lisa: No te estoy pidiendo tu opinión. Vamos. Córrete y toma el volante.
Marissa se ve forzada a ubicarse en el asiento de piloto. Lisa se sube en el asiento de copiloto y la primera enciende el auto para irse. Eduardo sale en aquel momento de la notaría seguido por un policía, quien intenta dispararles a los neumáticos del auto, pero es inútil.
Eduardo: (frustrado) ¡Maldita sea! ¡Huyó! ¡Tienen que hacer algo!
Policía 2: Es imposible alcanzarlas. Voy a pedir refuerzos. Logré memorizar la placa del coche.
Eduardo: Mientras sus refuerzos intentan alcanzarlas, la vida de Marissa podría correr peligro. ¿Que no lo entienden?
Policía 2: Tranquilícese, señor Román. En cuanto reporte lo que está ocurriendo, otras patrullas en el pueblo estarán al pendiente del coche. Las alcanzaremos.
Eduardo sólo se pasa la mano por el cabello sintiéndose impotente. El policía toma su radio de comunicación para pedir refuerzos tal como dijo.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA

Cecilia se encuentra preparando la comida para la noche cuando, de repente, entra una llamada a su celular, por lo que lo saca del bolsillo de su delantal y contesta.

Cecilia: ¿Bueno?
INT. / NOTARÍA / DÍA
Luis Enrique es quien habla al otro lado de la línea. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.

Luis Enrique: Soy yo, Cecilia.
Cecilia: Hola, mi amor. Me extraña que me llames. Pensé que estarías ocupado presenciando la farsa de matrimonio de la mojigata de tu esposa y don Eduardo.
Luis Enrique: Precisamente, para eso te llamaba. Ocurrió algo y no se pudieron casar.
Cecilia: (sorprendida) ¿De veras? (Pensativa) ¿Tendrá que ver eso con la visita de Epifanio de La Torre y su hija Carolina?
Luis Enrique: (extrañado) ¿Qué visita?
Cecilia: Es que el viejo gruñón ese vino a ver a la mojigata cuando la estaban maquillando y rato después llegó su hija y estuvieron un largo rato platicando arriba.
Luis Enrique: Claro. Ahora todo concuerda. Marissa llegó acompañada de Carolina y de la policía. Iban a poner bajo arresto a Lisa Román.
Cecilia: (sorprendida) ¿A la señorita Lisa? ¿Por qué?
Luis Enrique: Parece ser que la muchachita es una joyita. Marissa la acusó de haber matado a Helena, a Lucrecia y a la empleada esa que trabajaba contigo, a Casimira. Incluso tiene una prueba en su contra.
Cecilia: (impactada) Imposible. ¿Quién diría que la odiosa muchachita esa resultaría ser una asesina psicópata? Echarse al plato a tanta gente y… a Casimira. ¿Cómo es posible? (Perturbada).
Luis Enrique: Yo digo lo mismo, aunque si es o no una asesina poco me interesa. Me preocupa que en el intento por escapar haya tomado a Marissa de rehén.
Cecilia: No te puedo creer lo que me cuentas. ¿La señorita Lisa secuestró a la mojigata? (Riendo con satisfacción) Vaya, eso tampoco me lo veía venir. Debería matarla también.
Luis Enrique: Claro que no, mujer. ¿Te has vuelto loca? No me conviene en absoluto que Marissa muera justo cuando estaba por casarse con Eduardo.
Cecilia: Tus planes me tienen cansada. Deja que le pase a ésa lo que sea. Tú eres muy inteligente. Puedes encontrar otra manera de apoderarte de la herencia de esta familia.
Luis Enrique: No hay ninguna otra manera. Ya hablamos de eso. Marissa y Eduardo deben casarse. Si ella se muere después, no me importa, pero antes la necesito viva para mis planes.
Luis Enrique cuelga el celular algo molesto y mira a su alrededor cuidando que nadie lo haya escuchado.
INT. / AUTO / DÍA
Marissa conduce por las calles a las afueras de Villa Encantada. Lisa le apunta con la pistola sin dejar de clavarle la mirada.


Marissa: ¿Qué harás conmigo?
Lisa: No lo sé, pero ya se me está ocurriendo de qué manera usarte mientras me encargo de acabar con tu vida.
Marissa: ¿De verdad piensas seguir con esto? En cualquier momento vas a rastrear este coche y te atraparán.
Lisa: Limítate a guardar silencio, además, no soy tonta y ya sé que cuentas con dinero y propiedades en la capital antes de que tuvieras el accidente.
Marissa: ¿Qué tiene de relevante eso?
Lisa: Muchísimo. Vamos a ir a la capital y nos vamos a esconder en tu casa. Luego, vamos a llamar a mi papi y le vas a pedir que venga a rescatarte, pero será una trampa para secuestrarlo y llevármelo muy lejos. Obviamente, tendrás que darme una buena lana para irme del país y cambiar mi identidad.
Marissa: Por más que lo fuerces, Eduardo nunca te amará. Él te ve como una hija. Es inútil que hagas todo lo que estás planeando, muchacha.
Lisa: Pues aprenderá a amarme, así como amó a mi madre, que debe estar retorciéndose en el infierno por adúltera.
Marissa: (negando con la cabeza) En definitiva, estás muy mal. ¿Cómo pudiste ser capaz de atentar contra tu propia madre, la mujer que te trajo al mundo?
Lisa: Lo merecía por haberse portado como una prostituta con cuanto hombre se le cruzara en frente, por haberse burlado de mi papá que es tan bueno, además, yo no fui quien la mató.
Marissa: ¿De qué estás hablando? Yo escuché en el video cuando le decías a Casimira que pensabas matarla como a Helena y a Lucrecia, tu madre y abuela respectivamente.
Lisa: Sí, eso le dije, pero digamos que el asesinato de Helena no fue solo mi responsabilidad. Hay alguien más quien hizo el trabajo sucio por mí, alguien que también la odiaba tanto como yo.
Marissa: (sorprendida) Entonces, ¿no estás sola en esto? ¿Hay alguien que te da órdenes?
Lisa: No pienso responder a tus preguntas, imbécil. Ocúpate de conducir antes de que te mande al otro mundo con esa partida de mujerzuelas.
De repente, detrás del auto, se escuchan las sirenas de una patrulla que se acerca. Lisa mira por el retrovisor y desorbita los ojos.
Lisa: (respirando agitada) No puede ser. Maldición. No me puede estar pasando esto.
Marissa: Te advertí que era inútil que escaparas. Yo sé que no soy quién para decírtelo, pero eres una muchacha joven, bella. Tienes una vida por vivir y aún estás a tiempo de regenerarte.
Lisa: No tengo nada de lo cual deba regenerarme. Yo no estoy loca.
Marissa: Es mejor que nos detengamos antes de que sea peor. Por favor, recapacita.
Lisa: (gritando) ¡Que no! ¡Sigue conduciendo, mujerzuela! ¡Sigue conduciendo! (Le repite).
Lisa quita el seguro de la pistola, decide sacar la cabeza por la ventanilla y comienza a disparar hacia la patrulla de la policía un par de veces. Marissa aprovecha la distracción y en una maniobra rápida, intenta detener a Lisa y quitarle el arma.
Lisa: ¿Qué estás haciendo, desgraciada?
El auto comienza a perder el control. Marissa intenta manejar el volante con una sola mano mientras con la otra forcejea con Lisa, pero le es complicado.
Marissa: (llorando) ¡Detente ya, por favor! ¡Ya no hagas esto más difícil!
Lisa: ¡Suéltame! (Chillando) ¡Suéltame inmediatamente, maldita!
Lisa le pega un cabezazo a Marissa en la frente que deja noqueada a la mujer y toma el control del volante, aunque conduce notablemente mal.
Lisa: Ya no me sirves. Mejor será que te mueras de una buena vez.
Lisa estira el brazo derecho y abre la puerta para luego empujar a Marissa, quien cae sobre la vía brutalmente. La mujer yace en el piso, inconsciente, con varios rasguños en su cuerpo y una notable herida en su frente que sangra. Lisa, por su parte, cierra de nuevo la puerta e intenta conducir, pero se va hacia los lados de la carretera.
Lisa: (desesperada) Tengo que tratar de huir. No puedo dejar que me atrapen.
La muchacha mira constantemente hacia atrás. Uno de los policías saca la parte superior de su cuerpo por la ventanilla y dispara con dirección al auto, dándole justamente a uno de los neumáticos, el cual comienza a desinflarse.
Lisa: ¿Qué está pasando? ¿Por qué se está deteniendo el coche?
Lisa presiona el acelerador con insistencia y sigue manejando el volante, pero sin que se lo espere, termina desviándose de la vía y cae por un barranco en cámara lenta. El auto da vueltas sin parar y Lisa en el interior, se golpea la cabeza y pierde el conocimiento. Pronto, el auto termina de caer de cabeza al vacío y tras unos segundos, explota de forma espectacular acabando aparentemente con todo en su interior. Una gran llamarada de fuego se forma y la cámara enfoca una mano calcinada.
SEMANAS DESPUÉS
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MARISSA / DÍA
Han pasado ya algunas semanas desde lo ocurrido. Marissa ha sido dada de alta en el hospital y usa ropa ligera, aunque aún tiene algunas vendas adhesivas pequeñas pegadas en el rostro. Carolina entra a la habitación.


Carolina: Listo, Marissa. Ya firmé los documentos en la recepción para autorizar tu salida del hospital.
Marissa: (sonriéndole) Gracias, Carolina. Te agradezco muchísimo haber estado tan al pendiente de mí todos estos días que estuve en el hospital.
Carolina: No hay de qué. Después de todo, aunque nunca me lo esperé, somos hermanas y es lo mínimo que podía hacer por ti para que empecemos una buena relación si gustas, claro.
Marissa: Por supuesto que me gustaría. Yo tampoco esperé nunca tener una hermana, pero ahora creo que de todo lo malo, siempre puede resultar algo bueno y ese es nuestro caso, ¿no lo crees?
Carolina: (sonriendo) Tienes razón. Entonces… ¿Hermanas a partir de hoy?
Marissa: ¡Hermanas!
Marissa y Carolina no dejan de sonreírse entre sí para luego unirse en un fraternal abrazo durante algunos segundos.
Carolina: Hay alguien que quiere hablar contigo y que no había podido venir a verte, pero te aseguro que estuvo también muy pendiente y preguntando por tu estado.
Marissa: (curiosa) ¿Ah, sí? ¿Quién?
Eduardo entra en ese momento a la habitación con cierta timidez. Marissa se sorprende levemente al verlo.

Eduardo: Hola, Marissa.
Carolina: Voy a dejarlos solos para que hablen. Nos vemos afuera.
Carolina sale de la habitación. Marissa y Eduardo se miran entre sí habiendo entre ellos un cierto silencio incómodo. Eduardo es quien rompe el hielo primero.
Eduardo: Lamento no haber venido antes a visitarte. Me siento muy apenado contigo, pero quise darme un tiempo para estar a solas.
Marissa: Está bien, señor Román. Entiendo que la muerte tan trágica de su hija fue algo que le afectó demasiado y necesitaba tiempo para guardarle luto, así que no hay de qué disculparse.
Eduardo: Sí. Lisa no era mi hija biológica, pero durante casi dieciocho años pensé que lo era, así que no pude evitar que su muerte me doliera. Me habría gustado ayudarla para que no terminara así.
Marissa: Ella labró su propio destino. Desgraciadamente, no quiso escuchar a nadie y terminó así por su propia cuenta, pero confiemos en que ahora descansa en paz y ya no hará más daño. ¿Qué pasó con su hermano? Carolina me dijo que se fue del país.
Eduardo: Sí. Me pidió perdón, pero sé que en realidad no estaba arrepentido y sólo fingió estarlo para no pisar la cárcel por haber orquestado con Lisa mi secuestro, que por suerte no se dio gracias a ti. Créeme que no tengo cómo pagarte, Marissa.
Marissa: Hay una manera en que puede pagarme, ¿sabe?
Eduardo: Claro. La que sea. Dime.
Marissa: Trate de buscar su propio bienestar y felicidad.
Eduardo se sorprende al escuchar a Marissa.
Marissa: Nada me daría más que gusto que eso, señor Román, que usted sea feliz por lo que reste de vida.
Eduardo: (balbuceando) Eh, no sé qué decir. Me toma por sorpresa lo que me dices.
Marissa: Tan solo téngalo presente ahora que todo ya acabó. Yo, por una parte, ya me divorcié de Luis Enrique y usted por su parte, puede estar tranquilo ahora que su hermano no será más un impedimento.
Eduardo: Y…. ¿Qué me dirías si te confieso que me gustaría buscar esa felicidad por lo que reste de vida contigo?
Marissa se impresiona frente a las palabras de Eduardo.
Marissa: ¿Disculpe?
Eduardo: Marissa, no puedo negar que desde que te conozco siento atracción hacia ti. Es verdad que no han sido muchos los momentos que hemos compartido, pero me gustas y le devolviste la esperanza a mi vida cuando más perdida estaba.
Marissa: (riendo nerviosa) Pues ahora quien no sabe qué decir soy yo, señor…
Eduardo: (acercándose) Por favor, ya no me trates de “señor” ni de usted. Quiero en serio ser algo más para ti. Quiero quedarme a tu lado y ser feliz contigo.
Marissa: (agobiada) Pero no sería correcto. Venimos de mundos y caminos diferentes.
Eduardo: ¿Y eso es algún impedimento? Tú ya eres libre, no tienes ningún tipo de relación con Luis Enrique y yo estoy viudo. Te necesito conmigo, Marissa. Te juro que en serio te necesito.
Eduardo toma con delicadeza el mentón de Marissa mirándola de forma especial a los ojos. Ella también lo hace, pero se aparta y le da la espalda.
Marissa: (pensativa) Tú eres un gran hombre, Eduardo, pero no creo que este sea el mejor momento para que empecemos una relación. Yo necesito un tiempo también para estar sola, aclarar mis ideas y sanar de la relación tan tormentosa que tuve con Luis Enrique.
Eduardo: Entonces, ¿no me permitirías ser yo quien te ayudara a sanar y olvidar?
Marissa: Como te digo, es mejor así y por favor, no digas nada más.
Eduardo suelta un suspiro con cierta desilusión y asiente con la cabeza.
Eduardo: Está bien. Voy a respetar tu decisión. Sólo no olvidemos que, estaré esperando por ti porque lo que siento es sincero y te quiero de verdad.
Eduardo se dispone a salir de la habitación. Marissa se da la vuelta para verlo irse y en un impulso, lo detiene.
Marissa: ¡Eduardo!
Eduardo se da la vuelta y ambos se miran a los ojos fijamente durante varios segundos.
Marissa: Eduardo, no te vayas. Yo… (Hace una pausa) Debo confesar que también me gustas y el tiempo que nos hemos conocido siento cosas que creí olvidadas, pero que tú despertaste de nuevo en mí.
Eduardo sonríe al escucharla.
Marissa: Yo siempre he tratado de ser una mujer neutral, de pensar qué puede ser lo mejor y qué no sin importar lo que sienta, pero ahora veo que ese fue exactamente el error que cometí en mi relación con Luis Enrique y no quisiera repetirlo más.
Eduardo: ¿Quieres decir que…?
Marissa: Sí, Eduardo. También deseo estar contigo, aunque me muera de miedo por aventurarme a lo que siento. Para mí sólo hubo un hombre y…
Eduardo no la deja terminar de hablar y la besa dulcemente en los labios. Marissa le corresponde y ambos se unen en un beso intenso que desborda una notable química y atracción entre ambos.
Eduardo: Déjame ahora ser quien ocupe ese lugar en tu corazón y démonos una segunda oportunidad de amar. Yo no te fallaré. Te lo prometo.
Marissa le sonríe de una forma angelical, como es distintivo en ella y se besan nuevamente.
Entretanto, en un lugar interior sombrío y misterioso, parecido a una habitación de hospital, Epifanio entra junto con otro hombre, que viste como doctor. Los dos se acercan a una cama, sobre la cual, está recostado el cuerpo de una persona vendado totalmente.

Epifanio: ¿Cómo sigue? ¿Cuál es su diagnóstico?
El doctor: Ha venido reponiéndose en los últimos días, señor de La Torre, pero su cuerpo… El setenta y cinco por cierto está completamente calcinado. Luce irreconocible.
Epifanio cierra los ojos ante eso como sintiéndose muy agobiado.
Epifanio: Está bien. Manténganla en constante observación. Quiero atención sobre ella las veinticuatro horas del día.
El doctor: Usted tranquilo, señor de La Torre. Cumpliremos con sus órdenes a cabalidad. Con permiso.
El doctor sale de la sombría habitación. Epifanio echa un paso hacia adelante y mira con tristeza aquel cuerpo.
Epifanio: Voy a hacerte renacer de las cenizas, Lisa. Te lo juro. No creas que te he olvidado. Todo lo contrario. Tú llevas mi sangre y saldrás de esta situación a como dé lugar. ¡De mi cuenta corre!
En ese momento la cámara enfoca como Lisa mueve levemente uno de los dedos de su mano como si estuviese escuchando las palabras de Epifanio.
CONTINUARÁ…



Carolina: (exaltada) ¿Qué significa esto, papá?
Epifanio: ¡Carolina! ¿Cómo…? ¿Cómo sabías que estaba aquí?
Carolina: ¿Qué importa eso? Lo único importante en este momento es lo que acabo de oír.
Epifanio: ¿Estabas escuchando?
Carolina: Sí y no lo puedo creer. Quisiera estarlo soñando, pero ahora veo que es cierto. ¿Esta mujer es la dichosa hija de la que nunca me hablaste?
Marissa: (desconcertada) ¿Ustedes son padre e hija?
Carolina: ¡Habla, papá! ¿Ella es mi hermana?
Epifanio: (nervioso) Carolina, déjame explicarte, pero cálmate, por favor.
Carolina: Estoy calmada y eso es justo lo que estoy esperando, que me expliques qué es todo esto. ¿En qué momento, papá? ¿Por qué nunca me lo dijiste?
Epifanio: Fue hace muchísimo tiempo, hija. Yo no me había casado con tu madre y ni siquiera había llegado a Villa Encantada. Vivía en Ciudad de México.
Marissa: Creo que este es un asunto del que deben discutir ustedes dos. Yo debo irme. Están esperándome.
Epifanio: ¡Marissa, no! ¡Detente! Tú y yo no hemos terminado de hablar.
Marissa: Creo que sí, don Epifanio. Usted necesita hablar con su hija y darle una explicación justa, así como me la dio a mí.
Epifanio: Pero es que no puedes irte, muchacha. Esa boda no puede ser. Ya te dije por qué.
Carolina: ¿Por qué, papá? ¿Tú qué sabes de eso? ¿Gracia habló contigo también?
Epifanio: (extrañado) ¿Gracia?
Carolina: Me la encontré a la salida de la mansión y me dijo justo lo que estabas diciéndole a esta mujer antes de que yo los interrumpiera, que Eduardo corre peligro y su seguridad está en riesgo.
Epifanio: ¿Qué fue lo que te dijo exactamente?
Carolina: En un principio me sonó a una locura, pero estoy empezando a creer que es cierto ya que tú también lo mencionaste. Gracia me dijo que Lisa y otro hombre, que me supongo es Manuel, planean hacerle daño a Eduardo y secuestrarlo durante la boda.
Marissa y Epifanio se impresionan al escuchar a Carolina.
Marissa: ¿Estás segura?
Carolina: No lo sé, pero lo único cierto es que hay algo sospechoso que involucra a Eduardo y tú, papá, ya lo sabías. Por eso quieres impedir el matrimonio, ¿no es así?
Epifanio: (balbuceando) Eh, sí, en parte es por esa razón.
Marissa: (preocupada) Entonces tenemos que hacer algo. Creo que llegó la hora de mostrar la evidencia que tengo en mis manos.
Epifanio: ¿Qué evidencia, Marissa?
Marissa: Esa muchacha es muy peligrosa. Ella es la culpable de la muerte de Casimira. Ella fue quien la mató y tengo cómo probarlo.
Epifanio y Carolina se impactan ante lo que les cuenta la mujer.
INT. / NOTARÍA / DÍA
Todos los invitados están murmurando y hay bullicio a lo ancho y largo de la notaría. Eduardo mira su reloj de muñeca algo impaciente. El funcionario que llevará a cabo el matrimonio se acerca a él.

Funcionario: Disculpe, señor Román, pero hace ya más de media hora que debimos haber comenzado la ceremonia y su prometida aún no llega. ¿Qué ocurre?
Eduardo: Yo tampoco lo sé. Tal como usted me dice mi prometida debía llegar hace rato. Contraté un chofer para que la trajera personalmente, así que no entiendo a qué se debe el retraso.
Funcionario: En ese caso, intente comunicarse con alguien porque si la novia no llega en los próximos quince minutos, deberé dar por cerrada la unión civil para dar paso a otro matrimonio.
El funcionario se aleja de Eduardo, quien decide sacar su celular del bolsillo de su pantalón. Manuel y Lisa se acercan a él.


Manuel: ¿Qué pasa, Eduardo? Todos están empezando a comentar sobre el retraso de tu querida futura esposa. ¿Qué tal si se arrepintió en el último minuto y no desea casarse contigo?
Eduardo: Cállate. No te adelantes a los hechos sin saber. Tuvo que haberle ocurrido algún percance.
Lisa: Pues no es por preocuparte, papi, pero es muy extraño. Todo estaba preparado y de repente la novia se esfuma. De haberle ocurrido algún percance como dices, ya lo sabrías.
Eduardo: Ya. Déjenme en paz. Estoy tratando de llamar al chofer para saber a qué se debe el retraso. Todavía no nos adelantemos a nada.
En ese momento Marissa entra al salón de la notaría, siendo seguida por Carolina y dos policías. Eduardo, Manuel y Lisa la ven entrar al igual que el resto de invitados, quienes se extrañan por la presencia de los policías.


Eduardo: (acercándose) Marissa, Carolina…
Carolina: Cuánto alivio me da ver que estás bien, Eduardo. Por un momento pensé que llegaríamos muy tarde.
Eduardo: ¿Por qué lo dices? ¿Qué está pasando?
Marissa: Tiene que tratar de guardar la calma, señor Román. Hay algo sumamente grave de lo cual usted no estaba enterado, pero ya llegó la hora. Es ella, oficiales.
Marissa les señala a los policías a Lisa. Todas las miradas se posan sobre ella, quien se desconcierta y desencaja el rostro. Los policías se acercan a la joven adolescente.
Policía 1: Tiene que acompañarnos, señorita.
Lisa: ¿Qué? ¿Yo? ¿Por qué?
Policía 2: Está usted bajo arresto por ser la culpable de los asesinatos de la señora Helena Montalbán, Lucrecia Castillo y Casimira Pérez.
El segundo policía saca las esposas ante la mirada de impacto de todos los presentes por aquellas declaraciones, entre ellos Manuel y Luis Enrique. Eduardo se interpone para evitar que arresten a Lisa.
Eduardo: ¡Un momento! ¿Qué clase de disparates son esos? ¿Cómo pueden acusar a mi hija de ser una asesina? ¿Se han vuelto locos? (Muy molesto).
Marissa: Hay una prueba contundente que delata a su hija, señor Román. Casimira antes de morir me dijo la verdad. Me contó que fue ella quien la lanzó desde su habitación luego de descubrir que fue ella quien asesinó a su difunda esposa y madre.
Eduardo: (muy impactado) Eso… Eso no puede ser. Tiene que haber un error.
Lisa: (exaltada) ¡Claro que lo hay! Todas esas son una sarta de mentiras, papá. No puedes creerles. ¿Cómo pueden pensar algo tan sádico de mí?
Carolina: Eduardo, sé que es difícil creerlo. En un principio yo tampoco lo creí, pero después de que Marissa nos mostró la prueba que tiene en su poder, no hay lugar para dudas. Tu “hija” que, en realidad no lo es, necesita ayuda. Es una asesina, una psicópata.
Marissa: Así es. Hay un video en su celular en el que se ve y se escucha cómo asesinó despiadadamente a Casimira e incluso confiesa que mató a Helena y a Lucrecia.
Lisa: (susurrando) Mi celular... Con razón no lo encontraba por ninguna parte…
Marissa: Pero eso no es lo único, señor Román. Ella junto con su hermano (Mira a Manuel) pensaban secuestrarlo durante la boda para evitar que se casara conmigo.
Lisa: (histérica) ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Todas son mentiras para desprestigiarme! ¡Quieren deshacerse de mí, papá! ¡Ese par de zorras quieren quedarse contigo! (Abrazando a Eduardo).
Marissa: Es mejor que no lo niegues, muchacha. No tiene caso. El video te delata y ya está en manos de la policía. Necesitas ayuda profesional.
Lisa: ¡Cállate, maldita! ¡Yo no necesito ayuda de nadie! Estoy completamente bien.
Manuel: (acercándose) ¿Todo lo que dicen es cierto? ¿De verdad ella es la responsable por la muerte de mi madre?
Carolina: Eso parece, Manuel, aunque Lisa no especificó la manera en que la mató, pero es seguro que lo hizo mientras Lucrecia estaba en el hospital.
En cuanto Manuel escucha a Carolina, mira fulminantemente a Lisa y se abalanza sobre ella ahorcándola.
Manuel: (furioso) ¡Desgraciada! ¡Asesina! ¿Cómo fuiste capaz de hacerle daño a mi madre, malnacida?
Eduardo y los dos policías no se dan a la espera para intentar separar a Manuel de Lisa, pero contrario a eso, el hombre no se detiene y la ahorca cada vez más fuerte.
Manuel: ¡Voy a matarte con mis propias manos, Lisa! ¡Te voy a mandar al infierno, traidora!
Eduardo: ¡Basta, Manuel! ¡Detente!
Finalmente, los policías logran separar a Manuel de la muchacha, quien tose compulsivamente y se recuesta sobre una mesa tratando de reponerse.
Manuel: ¡Suéltenme! ¡Suéltenme que voy a matar a esa pequeña perra! (Fuera de sí) ¡Déjenme!
Carolina: Tú también necesitas darle muchas explicaciones a la policía, Manuel. Te recuerdo que estabas planeando secuestrar a Eduardo en complicidad con Lisa para evitar que se casara.
Manuel guarda silencio y mira furioso a Carolina, pues sabe que tiene razón. Lisa aprovecha la distracción de los policías, logra alcanzar de la mesa un abrecartas y en una maniobra rápida, toma a Marissa del cabello para sí y amenaza con degollarla ante la mirada de todos los presentes.
Eduardo: (alertado) ¡Lisa, no!
Lisa: ¡Atrás! ¡No quiero que nadie se acerque o la mato!
Uno de los policías retiene a Manuel mientras el otro le apunta a Lisa con su arma.
Eduardo: Detente, por favor. No hagas esto. Deja a Marissa libre.
Lisa: ¡Pues no! No pienso dejarla ir tan fácil. Por culpa de esta maldita mujer todo se arruinó y merece pagar. Si yo me hundo, ella viene conmigo.
Marissa: (nerviosa) Escúchame. Sé que debes sentirte muy enojada, pero esta no es la manera. Todos te podemos ayudar.
Lisa: (histérica) ¡Cállate, desgraciada, zorra! ¡Cállate porque te juro que te mato aquí mismo! Tú eres peor que todos.
Carolina: Lisa, debes escucharnos. Es verdad que no has hecho cosas buenas. Desconocemos los motivos por los que llegaste al grado de matar incluso a tu propia madre, pero podemos hablar y ayudarte.
Lisa: ¡He dicho que se callen! No quiero que nadie me diga nada y ya que saben de lo que soy capaz, es mejor que no me hagan perder la paciencia.
Eduardo: Lisa, si de verdad sientes algo por mí, libera a Marissa y no le hagas daño. Ella no tiene la culpa de nada.
Lisa: Claro que la tiene. Ella se atrevió a delatarme, a destruirme. Es una amenaza que no me veía venir, pero la haré pagar, así que tiren las armas y no se atrevan a hacer nada porque la mato. ¿Me escucharon?
El primer policía sigue apuntándole a Lisa.
Lisa: ¡Que tiren las armas, dije! ¡Ahora! (Grita fuera de sí).
Los dos policías se miran entre sí asentando con la cabeza y el primero decide lanzar su arma.
Lisa: (sonriendo) Muy bien, así que me gusta. Tú, recógela y entrégamela (Le dice a Marissa) ¿Qué estás esperando? ¡Hazlo!
Marissa se inclina un poco para recoger el arma, sin embargo, Lisa lo hace al mismo tiempo que ella sin quitarle el afilado abrecartas del cuello. Una vez que Marissa la recoge, se la entrega a la muchacha.
Lisa: ¡Perfecto! Me gusta cuando siguen mis órdenes, como debe de ser.
Eduardo: (desesperado) ¿Qué vas a hacer, por Dios?
Lisa: Huiré. No voy a permitir que me lleven a la cárcel, a un manicomio o a una correccional para menores mientras cumplo la mayoría de edad.
Eduardo: Lisa, te lo suplico. No hagas las cosas más difíciles. ¡Recapacita! Ya hiciste mucho daño.
Lisa: ¿Daño? ¿Qué daño? Todos han sido unos bastardos que me hicieron daño a mí, papá, tú incluido. Te he amado y sólo he recibido rechazos de tu parte, y sí. ¡Es cierto! Pensaba secuestrarte y llevarte muy lejos para tenerme conmigo por siempre, pero de nuevo esta zorra se apareció para arruinar mis planes.
Eduardo: (sollozo) Yo sé que no somos padre e hija en realidad, pero en el fondo guardo un cariño especial por ti porque te vi crecer y siempre te vi como mi pequeña. Hazlo por mí y entrégate. Te prometo que no te dejaré sola.
Lisa: Tus promesas no me sirven de nada. Yo quiero tu amor, tu cuerpo, todo de ti, pero no te preocupes. De ti me encargo luego. ¿Piensan que estoy acabada? Pues no, mis amores. Tengo una carta bajo la manga que nadie se espera.
Lisa sonríe con una notable locura y decide tomar de rehén a Marissa apuntándole con el arma en la cabeza al tiempo que salen de la notaría.
Eduardo: ¡Lisa, no! ¡Espera! (Intenta ir tras ellas).
Carolina: Eduardo, no. Es peligroso que vayas. Deja que sea la policía quien se encargue, nosotros no podemos hacer nada.
Eduardo: No puedo permitir que Lisa cometa más locura. La vida de Marissa está en riesgo.
Carolina: (preocupada) ¡Eduardo! ¡Eduardo, no lo hagas!
Eduardo sale corriendo de la notaría en medio del murmullo de todos los invitados por lo acontecido. El segundo policía le lanza su arma al primero, el cual sale también corriendo. Carolina, por su parte, sólo observa con frustración la situación. Entretanto, a la salida de la notaria, Lisa detiene un auto de la carretera y le apunta al conductor.
Lisa: (histérica) ¡Detenga el auto y salga inmediatamente, viejo estúpido! ¡Vamos!
El conductor del vehículo, muy nervioso, decide bajarse con las manos arriba. Lisa obliga a Marissa a subir por el asiento del copiloto sin dejar de apuntarle con la pistola.
Lisa: Conduce y no se te ocurra detenerte, porque te pongo un tiro en la frente.
Marissa: Es inútil que escapes. Igual van a atraparte.
Lisa: No te estoy pidiendo tu opinión. Vamos. Córrete y toma el volante.
Marissa se ve forzada a ubicarse en el asiento de piloto. Lisa se sube en el asiento de copiloto y la primera enciende el auto para irse. Eduardo sale en aquel momento de la notaría seguido por un policía, quien intenta dispararles a los neumáticos del auto, pero es inútil.
Eduardo: (frustrado) ¡Maldita sea! ¡Huyó! ¡Tienen que hacer algo!
Policía 2: Es imposible alcanzarlas. Voy a pedir refuerzos. Logré memorizar la placa del coche.
Eduardo: Mientras sus refuerzos intentan alcanzarlas, la vida de Marissa podría correr peligro. ¿Que no lo entienden?
Policía 2: Tranquilícese, señor Román. En cuanto reporte lo que está ocurriendo, otras patrullas en el pueblo estarán al pendiente del coche. Las alcanzaremos.
Eduardo sólo se pasa la mano por el cabello sintiéndose impotente. El policía toma su radio de comunicación para pedir refuerzos tal como dijo.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA

Cecilia se encuentra preparando la comida para la noche cuando, de repente, entra una llamada a su celular, por lo que lo saca del bolsillo de su delantal y contesta.

Cecilia: ¿Bueno?
INT. / NOTARÍA / DÍA
Luis Enrique es quien habla al otro lado de la línea. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.

Luis Enrique: Soy yo, Cecilia.
Cecilia: Hola, mi amor. Me extraña que me llames. Pensé que estarías ocupado presenciando la farsa de matrimonio de la mojigata de tu esposa y don Eduardo.
Luis Enrique: Precisamente, para eso te llamaba. Ocurrió algo y no se pudieron casar.
Cecilia: (sorprendida) ¿De veras? (Pensativa) ¿Tendrá que ver eso con la visita de Epifanio de La Torre y su hija Carolina?
Luis Enrique: (extrañado) ¿Qué visita?
Cecilia: Es que el viejo gruñón ese vino a ver a la mojigata cuando la estaban maquillando y rato después llegó su hija y estuvieron un largo rato platicando arriba.
Luis Enrique: Claro. Ahora todo concuerda. Marissa llegó acompañada de Carolina y de la policía. Iban a poner bajo arresto a Lisa Román.
Cecilia: (sorprendida) ¿A la señorita Lisa? ¿Por qué?
Luis Enrique: Parece ser que la muchachita es una joyita. Marissa la acusó de haber matado a Helena, a Lucrecia y a la empleada esa que trabajaba contigo, a Casimira. Incluso tiene una prueba en su contra.
Cecilia: (impactada) Imposible. ¿Quién diría que la odiosa muchachita esa resultaría ser una asesina psicópata? Echarse al plato a tanta gente y… a Casimira. ¿Cómo es posible? (Perturbada).
Luis Enrique: Yo digo lo mismo, aunque si es o no una asesina poco me interesa. Me preocupa que en el intento por escapar haya tomado a Marissa de rehén.
Cecilia: No te puedo creer lo que me cuentas. ¿La señorita Lisa secuestró a la mojigata? (Riendo con satisfacción) Vaya, eso tampoco me lo veía venir. Debería matarla también.
Luis Enrique: Claro que no, mujer. ¿Te has vuelto loca? No me conviene en absoluto que Marissa muera justo cuando estaba por casarse con Eduardo.
Cecilia: Tus planes me tienen cansada. Deja que le pase a ésa lo que sea. Tú eres muy inteligente. Puedes encontrar otra manera de apoderarte de la herencia de esta familia.
Luis Enrique: No hay ninguna otra manera. Ya hablamos de eso. Marissa y Eduardo deben casarse. Si ella se muere después, no me importa, pero antes la necesito viva para mis planes.
Luis Enrique cuelga el celular algo molesto y mira a su alrededor cuidando que nadie lo haya escuchado.
INT. / AUTO / DÍA
Marissa conduce por las calles a las afueras de Villa Encantada. Lisa le apunta con la pistola sin dejar de clavarle la mirada.


Marissa: ¿Qué harás conmigo?
Lisa: No lo sé, pero ya se me está ocurriendo de qué manera usarte mientras me encargo de acabar con tu vida.
Marissa: ¿De verdad piensas seguir con esto? En cualquier momento vas a rastrear este coche y te atraparán.
Lisa: Limítate a guardar silencio, además, no soy tonta y ya sé que cuentas con dinero y propiedades en la capital antes de que tuvieras el accidente.
Marissa: ¿Qué tiene de relevante eso?
Lisa: Muchísimo. Vamos a ir a la capital y nos vamos a esconder en tu casa. Luego, vamos a llamar a mi papi y le vas a pedir que venga a rescatarte, pero será una trampa para secuestrarlo y llevármelo muy lejos. Obviamente, tendrás que darme una buena lana para irme del país y cambiar mi identidad.
Marissa: Por más que lo fuerces, Eduardo nunca te amará. Él te ve como una hija. Es inútil que hagas todo lo que estás planeando, muchacha.
Lisa: Pues aprenderá a amarme, así como amó a mi madre, que debe estar retorciéndose en el infierno por adúltera.
Marissa: (negando con la cabeza) En definitiva, estás muy mal. ¿Cómo pudiste ser capaz de atentar contra tu propia madre, la mujer que te trajo al mundo?
Lisa: Lo merecía por haberse portado como una prostituta con cuanto hombre se le cruzara en frente, por haberse burlado de mi papá que es tan bueno, además, yo no fui quien la mató.
Marissa: ¿De qué estás hablando? Yo escuché en el video cuando le decías a Casimira que pensabas matarla como a Helena y a Lucrecia, tu madre y abuela respectivamente.
Lisa: Sí, eso le dije, pero digamos que el asesinato de Helena no fue solo mi responsabilidad. Hay alguien más quien hizo el trabajo sucio por mí, alguien que también la odiaba tanto como yo.
Marissa: (sorprendida) Entonces, ¿no estás sola en esto? ¿Hay alguien que te da órdenes?
Lisa: No pienso responder a tus preguntas, imbécil. Ocúpate de conducir antes de que te mande al otro mundo con esa partida de mujerzuelas.
De repente, detrás del auto, se escuchan las sirenas de una patrulla que se acerca. Lisa mira por el retrovisor y desorbita los ojos.
Lisa: (respirando agitada) No puede ser. Maldición. No me puede estar pasando esto.
Marissa: Te advertí que era inútil que escaparas. Yo sé que no soy quién para decírtelo, pero eres una muchacha joven, bella. Tienes una vida por vivir y aún estás a tiempo de regenerarte.
Lisa: No tengo nada de lo cual deba regenerarme. Yo no estoy loca.
Marissa: Es mejor que nos detengamos antes de que sea peor. Por favor, recapacita.
Lisa: (gritando) ¡Que no! ¡Sigue conduciendo, mujerzuela! ¡Sigue conduciendo! (Le repite).
Lisa quita el seguro de la pistola, decide sacar la cabeza por la ventanilla y comienza a disparar hacia la patrulla de la policía un par de veces. Marissa aprovecha la distracción y en una maniobra rápida, intenta detener a Lisa y quitarle el arma.
Lisa: ¿Qué estás haciendo, desgraciada?
El auto comienza a perder el control. Marissa intenta manejar el volante con una sola mano mientras con la otra forcejea con Lisa, pero le es complicado.
Marissa: (llorando) ¡Detente ya, por favor! ¡Ya no hagas esto más difícil!
Lisa: ¡Suéltame! (Chillando) ¡Suéltame inmediatamente, maldita!
Lisa le pega un cabezazo a Marissa en la frente que deja noqueada a la mujer y toma el control del volante, aunque conduce notablemente mal.
Lisa: Ya no me sirves. Mejor será que te mueras de una buena vez.
Lisa estira el brazo derecho y abre la puerta para luego empujar a Marissa, quien cae sobre la vía brutalmente. La mujer yace en el piso, inconsciente, con varios rasguños en su cuerpo y una notable herida en su frente que sangra. Lisa, por su parte, cierra de nuevo la puerta e intenta conducir, pero se va hacia los lados de la carretera.
Lisa: (desesperada) Tengo que tratar de huir. No puedo dejar que me atrapen.
La muchacha mira constantemente hacia atrás. Uno de los policías saca la parte superior de su cuerpo por la ventanilla y dispara con dirección al auto, dándole justamente a uno de los neumáticos, el cual comienza a desinflarse.
Lisa: ¿Qué está pasando? ¿Por qué se está deteniendo el coche?
Lisa presiona el acelerador con insistencia y sigue manejando el volante, pero sin que se lo espere, termina desviándose de la vía y cae por un barranco en cámara lenta. El auto da vueltas sin parar y Lisa en el interior, se golpea la cabeza y pierde el conocimiento. Pronto, el auto termina de caer de cabeza al vacío y tras unos segundos, explota de forma espectacular acabando aparentemente con todo en su interior. Una gran llamarada de fuego se forma y la cámara enfoca una mano calcinada.
SEMANAS DESPUÉS
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MARISSA / DÍA
Han pasado ya algunas semanas desde lo ocurrido. Marissa ha sido dada de alta en el hospital y usa ropa ligera, aunque aún tiene algunas vendas adhesivas pequeñas pegadas en el rostro. Carolina entra a la habitación.


Carolina: Listo, Marissa. Ya firmé los documentos en la recepción para autorizar tu salida del hospital.
Marissa: (sonriéndole) Gracias, Carolina. Te agradezco muchísimo haber estado tan al pendiente de mí todos estos días que estuve en el hospital.
Carolina: No hay de qué. Después de todo, aunque nunca me lo esperé, somos hermanas y es lo mínimo que podía hacer por ti para que empecemos una buena relación si gustas, claro.
Marissa: Por supuesto que me gustaría. Yo tampoco esperé nunca tener una hermana, pero ahora creo que de todo lo malo, siempre puede resultar algo bueno y ese es nuestro caso, ¿no lo crees?
Carolina: (sonriendo) Tienes razón. Entonces… ¿Hermanas a partir de hoy?
Marissa: ¡Hermanas!
Marissa y Carolina no dejan de sonreírse entre sí para luego unirse en un fraternal abrazo durante algunos segundos.
Carolina: Hay alguien que quiere hablar contigo y que no había podido venir a verte, pero te aseguro que estuvo también muy pendiente y preguntando por tu estado.
Marissa: (curiosa) ¿Ah, sí? ¿Quién?
Eduardo entra en ese momento a la habitación con cierta timidez. Marissa se sorprende levemente al verlo.

Eduardo: Hola, Marissa.
Carolina: Voy a dejarlos solos para que hablen. Nos vemos afuera.
Carolina sale de la habitación. Marissa y Eduardo se miran entre sí habiendo entre ellos un cierto silencio incómodo. Eduardo es quien rompe el hielo primero.
Eduardo: Lamento no haber venido antes a visitarte. Me siento muy apenado contigo, pero quise darme un tiempo para estar a solas.
Marissa: Está bien, señor Román. Entiendo que la muerte tan trágica de su hija fue algo que le afectó demasiado y necesitaba tiempo para guardarle luto, así que no hay de qué disculparse.
Eduardo: Sí. Lisa no era mi hija biológica, pero durante casi dieciocho años pensé que lo era, así que no pude evitar que su muerte me doliera. Me habría gustado ayudarla para que no terminara así.
Marissa: Ella labró su propio destino. Desgraciadamente, no quiso escuchar a nadie y terminó así por su propia cuenta, pero confiemos en que ahora descansa en paz y ya no hará más daño. ¿Qué pasó con su hermano? Carolina me dijo que se fue del país.
Eduardo: Sí. Me pidió perdón, pero sé que en realidad no estaba arrepentido y sólo fingió estarlo para no pisar la cárcel por haber orquestado con Lisa mi secuestro, que por suerte no se dio gracias a ti. Créeme que no tengo cómo pagarte, Marissa.
Marissa: Hay una manera en que puede pagarme, ¿sabe?
Eduardo: Claro. La que sea. Dime.
Marissa: Trate de buscar su propio bienestar y felicidad.
Eduardo se sorprende al escuchar a Marissa.
Marissa: Nada me daría más que gusto que eso, señor Román, que usted sea feliz por lo que reste de vida.
Eduardo: (balbuceando) Eh, no sé qué decir. Me toma por sorpresa lo que me dices.
Marissa: Tan solo téngalo presente ahora que todo ya acabó. Yo, por una parte, ya me divorcié de Luis Enrique y usted por su parte, puede estar tranquilo ahora que su hermano no será más un impedimento.
Eduardo: Y…. ¿Qué me dirías si te confieso que me gustaría buscar esa felicidad por lo que reste de vida contigo?
Marissa se impresiona frente a las palabras de Eduardo.
Marissa: ¿Disculpe?
Eduardo: Marissa, no puedo negar que desde que te conozco siento atracción hacia ti. Es verdad que no han sido muchos los momentos que hemos compartido, pero me gustas y le devolviste la esperanza a mi vida cuando más perdida estaba.
Marissa: (riendo nerviosa) Pues ahora quien no sabe qué decir soy yo, señor…
Eduardo: (acercándose) Por favor, ya no me trates de “señor” ni de usted. Quiero en serio ser algo más para ti. Quiero quedarme a tu lado y ser feliz contigo.
Marissa: (agobiada) Pero no sería correcto. Venimos de mundos y caminos diferentes.
Eduardo: ¿Y eso es algún impedimento? Tú ya eres libre, no tienes ningún tipo de relación con Luis Enrique y yo estoy viudo. Te necesito conmigo, Marissa. Te juro que en serio te necesito.
Eduardo toma con delicadeza el mentón de Marissa mirándola de forma especial a los ojos. Ella también lo hace, pero se aparta y le da la espalda.
Marissa: (pensativa) Tú eres un gran hombre, Eduardo, pero no creo que este sea el mejor momento para que empecemos una relación. Yo necesito un tiempo también para estar sola, aclarar mis ideas y sanar de la relación tan tormentosa que tuve con Luis Enrique.
Eduardo: Entonces, ¿no me permitirías ser yo quien te ayudara a sanar y olvidar?
Marissa: Como te digo, es mejor así y por favor, no digas nada más.
Eduardo suelta un suspiro con cierta desilusión y asiente con la cabeza.
Eduardo: Está bien. Voy a respetar tu decisión. Sólo no olvidemos que, estaré esperando por ti porque lo que siento es sincero y te quiero de verdad.
Eduardo se dispone a salir de la habitación. Marissa se da la vuelta para verlo irse y en un impulso, lo detiene.
Marissa: ¡Eduardo!
Eduardo se da la vuelta y ambos se miran a los ojos fijamente durante varios segundos.
Marissa: Eduardo, no te vayas. Yo… (Hace una pausa) Debo confesar que también me gustas y el tiempo que nos hemos conocido siento cosas que creí olvidadas, pero que tú despertaste de nuevo en mí.
Eduardo sonríe al escucharla.
Marissa: Yo siempre he tratado de ser una mujer neutral, de pensar qué puede ser lo mejor y qué no sin importar lo que sienta, pero ahora veo que ese fue exactamente el error que cometí en mi relación con Luis Enrique y no quisiera repetirlo más.
Eduardo: ¿Quieres decir que…?
Marissa: Sí, Eduardo. También deseo estar contigo, aunque me muera de miedo por aventurarme a lo que siento. Para mí sólo hubo un hombre y…
Eduardo no la deja terminar de hablar y la besa dulcemente en los labios. Marissa le corresponde y ambos se unen en un beso intenso que desborda una notable química y atracción entre ambos.
Eduardo: Déjame ahora ser quien ocupe ese lugar en tu corazón y démonos una segunda oportunidad de amar. Yo no te fallaré. Te lo prometo.
Marissa le sonríe de una forma angelical, como es distintivo en ella y se besan nuevamente.
Entretanto, en un lugar interior sombrío y misterioso, parecido a una habitación de hospital, Epifanio entra junto con otro hombre, que viste como doctor. Los dos se acercan a una cama, sobre la cual, está recostado el cuerpo de una persona vendado totalmente.

Epifanio: ¿Cómo sigue? ¿Cuál es su diagnóstico?
El doctor: Ha venido reponiéndose en los últimos días, señor de La Torre, pero su cuerpo… El setenta y cinco por cierto está completamente calcinado. Luce irreconocible.
Epifanio cierra los ojos ante eso como sintiéndose muy agobiado.
Epifanio: Está bien. Manténganla en constante observación. Quiero atención sobre ella las veinticuatro horas del día.
El doctor: Usted tranquilo, señor de La Torre. Cumpliremos con sus órdenes a cabalidad. Con permiso.
El doctor sale de la sombría habitación. Epifanio echa un paso hacia adelante y mira con tristeza aquel cuerpo.
Epifanio: Voy a hacerte renacer de las cenizas, Lisa. Te lo juro. No creas que te he olvidado. Todo lo contrario. Tú llevas mi sangre y saldrás de esta situación a como dé lugar. ¡De mi cuenta corre!
En ese momento la cámara enfoca como Lisa mueve levemente uno de los dedos de su mano como si estuviese escuchando las palabras de Epifanio.
CONTINUARÁ…
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