Capítulo 19: Doppelganger

CIUDAD DE MÉXICO



La historia se traslada a la capital del país azteca enfocando de forma panorámica sus lugares más emblemáticos. Pueden verse las calles y avenidas llenas de personas como también de autos que transitan en un particular día de verano.

INT. / CASA DE LAS QUINTANA / DÍA

Entretanto, una mujer madura, se encuentra cosiendo ajeno en una máquina especializada para ello con mucha concentración, sin embargo, en un momento se detiene al comenzar a toser compulsivamente. Martha, siendo éste el nombre de aquella mujer, toma un pañuelo para cubrirse la boca y en ese momento entra una chica joven cuyo rostro aún no se enfoca.



María Helena: ¿Mamá? (Se acerca preocupada) ¡Ay, mamá! ¿Qué tienes ahora? ¿Estás bien?

Martha intenta reponerse y alza la mirada hacia aquella muchacha, quien luce exactamente igual a Lisa



Martha: (reponiéndose) Sí, mija. Estoy bien. Tú sabes, son los mismos ataques de tos que me dan a veces. No es nada.

Martha aparta el pañuelo de su boca, pero se ve una mancha de sangre allí que llama la atención de la muchacha.

María Helena: ¿Cómo que no es nada, mamá? ¿Y esto? Es sangre…

Martha guarda con incomodidad el pañuelo.

Martha: Ya te dije que no es nada. Quédate tranquila y déjame seguir trabajando.

María Helena: ¡Claro que no! (Deteniéndola) Me vas a decir ahorita mismo desde hace cuánto estás enferma y por qué no me lo dijiste antes.

Martha: Pos porque no quería preocuparte, María Helena y ya no me molestes. Vete a estudiar a tu cuarto que eso es de lo único de lo que realmente te debes preocupar.

María Helena: (sentándose frente a ella) ¿Tú crees que me voy a poder concentrar sabiendo que estás enferma? Esto es serio. ¿Qué no ves? Tenemos que ir urgente donde un médico, mamita. Yo no quiero que te pase nada.

Martha: (suspirando) Mira, hija. Yo me siento bien. Sí, es verdad que a veces del esfuerzo que hago al toser pos me sale alguito de sangre por la boca, pero no es gran cosa.

Martha acaricia el rostro de la joven con ternura. Ella la mira preocupada y poco convencida.

Martha: Tú quédate tranquila que, si de verdad me llego a sentir muy mal, te lo digo.

María Helena: ¿Estás segura?

Martha: Que sí y ya ándale. Mejor vete a estudiar como te digo que ya pronto llega la fecha del examen de admisión a la universidad y tienes que prepararte para ser la mejor.

María Helena: (suspirando) Está bien. Como tú digas, aunque no te niego que me tiene muerta del susto ese examen, ¿sabes? Y a veces hasta he pensado que es mala idea que vaya a la universidad.

Martha: (pegándole un coscorrón) ¿A poco te volviste loca o qué?

María Helena: ¡Auch! Mamá, eso dolió.

Martha: Entonces deja de pensar en tonterías. Tú tienes que ser una profesional como Dios manda y para eso te esforzaste en la prepa reharto, así que no me vengas con cuentos.

María Helena: No me lo tomes a mal. Lo digo por ti. El semestre cuesta muchísimo y me preocupa que te la pases cosiendo ajeno todo el día para ahorrar el dinero y pagar mi carrera.

Martha: Malena, mija, ya hemos hablado de esto muchas veces. Yo sólo quiero lo mejor para ti. Yo no quiero que… (Hace una pausa) Yo no quiero que acabes como yo. Tú naciste para cosas más grandes que ser una costurera.

María Helena: Ningún trabajo es deshonra, mamá y, además, yo me siento muy orgullosa de ti (Tomándola de las manos).

Martha: Yo sé que ningún trabajo de deshonra, pero el mundo está hecho así. Hay trabajos mejor pagos que otros, ¿y qué le vamos a hacer? Por eso te insisto tanto en que te prepares para ser toda una profesional.

María Helena: (esbozando una sonrisa) Está bien. Te prometo voy a hacer lo posible para que te sientas orgullosa de mí y me veas realizada como sueñas.

Martha: ¡Así se habla! Pero no lo hagas por mí. Hazlo por ti y por tu futuro. Yo algún día te voy a faltar y tú vas a necesitar valerte por ti misma, y ahí te vas a acordar de todo lo que te he dicho.

María Helena: No hablemos de eso ahora, ¿sí? Yo no quiero que me faltes nunca, mamá. Yo no sé qué haría sin ti.

María Helena abraza a la mujer, quien le corresponde, aunque a sus espaldas cierra los ojos con fuerza como si una culpa le pesara.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, COMEDOR / DÍA



Epifanio se encuentra sentado a la mesa, puesto que ya es hora de almuerzo, aunque aún la comida no está servida y está acompañado de un hombre que le entrega un sobre.



El hombre: Aquí tiene lo que me pidió con tanta diligencia, don Epifanio.

Epifanio recibe el sobre con cautela y saca el contenido del mismo, tratándose de una serie de fotos de María Helena que al parecer fueron tomadas de forma desapercibida.

Epifanio: ¿Le llevaste el dinero de este mes a esa mujer?

El hombre: Sí, señor, pero como ha pasado en los últimos meses, siempre lo rechaza y me dice que ellas no necesitan nada que venga de usted.

Epifanio vuelve a introducir las fotos en el sobre y se las devuelve al hombre viéndose pensativo.

El hombre: Esta vez me dejó dicho que no quería que usted las siguiera buscando ni mucho menos que se acerque a la muchacha.

Epifanio: Está bien, pero no dejes de seguirle llevando el dinero, aunque lo rechace un millón de veces. ¿Entendido?

El hombre: Claro que sí. Con su permiso.

Epifanio: Propio.

El empleado se retira del comedor justo cuando al mismo tiempo que Carolina entra.



Carolina: Hola, papá. ¿Cómo estás? (Besándolo en la mejilla) ¿Cuándo llegaste de tu viaje que no me enteré?

Epifanio: (molesto) Hoy al mediodía y estoy muriendo de hambre, pero la imbécil de Cruz aún no me sirve mi comida. ¡Cruz! (Gritando) ¡Cruz! ¿Dónde te metiste, mujer?

Cruz, en la cocina, alcanza a escuchar los gritos de Epifanio llamándola y se pone nerviosa.



Cruz: ¡Ay, mi San Antonio!

Epifanio: (gritando) ¿Quieres matarme de hambre o qué? ¿Por qué no me has servido mi almuerzo?

Cruz: ¡Voy, don Epifanio! ¡Un momento que estoy terminando de servirle su jugo de naranja!

Cruz se saca de los pechos un pequeño frasco con un líquido en su interior, el cual vierte todo en el jugo de naranja. Una vez lo hace, vuelve a introducirse el frasco en el busto.

Cruz: (sonriendo con picardía) Con esto me voy a asegurar de despertar ese león dormido que don Epifanio lleva adentro para que me cace y me vuelva su presa. ¡Uf! (Mordiéndose el labio) De sólo pensarlo, me estremezco toda.

Epifanio: ¡Cruz!

Cruz: ¡Voy en camino!

Cruz sale de la cocina y llega con prisa al comedor poniendo la bandeja sobre la mesa.

Epifanio: (gruñón) En definitiva cada día amaneces más inútil. Llevo media hora esperando acá sentado.

Cruz: Discúlpeme la tardanza, don Epifanio. Quise hacerle una comida especial para compensar el extenuante viaje que tuvo.

Epifanio mira con fastidio a la mujer al tiempo que toma los cubiertos.

Epifanio: ¡Puras excusas! Estoy pensando seriamente en asignarte otras tareas del hogar que vayan acordes con tu edad y contratar una muchacha joven y eficiente.

Carolina: (interviniendo) Ay, por favor, no vayan a empezar de nuevo con sus típicas peleas. De verdad que parecen marido y mujer.

Epifanio: No digas tonterías, Carolina. Yo jamás podría desposar una mujer como ésta.

Carolina: ¿Por qué no? Donde hubo fuego cenizas quedan, dicen por ahí. Tú mismo me dijiste que tuviste tus cuentos con Cruz hace muchos años. ¿Recuerdas?

Epifanio: (sorprendido) ¿Qué? ¿Estás loca? ¿Cuándo te dije eso?

Carolina: Tú mismo me lo dijiste, papá. El día aquel que te escuché hablando solo de que tú y ella se traían un secreto. ¿Qué acaso ya se te olvidó? (Trinchando la carne).

Cruz le hace señas a Carolina sin que Epifanio se dé cuenta para que no cometa la imprudencia de develar que aquello fue una mentira del hombre para no decirle la verdad sobre su otra hija. De esta manera, Epifanio se enteraría que Carolina supo la verdad por cuenta de Cruz.

Epifanio: (nervioso) ¡Ah! Sí, claro, pero ya te dije que fue un amorío pasajero. ¿Por qué crees que nos llevamos tan mal? Porque no nos entendimos.

Cruz: Tal vez usted no se entendió conmigo, pero yo sí con usted. Bien que podríamos darnos una segunda oportunidad, más ahora a nuestra edad para darnos compañía.

Cruz mira sumamente enamorada a su patrón y se toma el atrevimiento de pasarle la mano por el hombro. Éste se la aparta aun más fastidiado.

Carolina: Pues a mí me parece una excelente idea. Te hace falta una esposa, papá.

Epifanio: ¡Pues a mí una pésima idea! Deja ya de darle alas a esta vieja desocupada, Carolina y tú, Cruz, largo de aquí. Vete a la cocina a seguir con tus quehaceres.

Cruz: (apenada) Sí, don Epifanio. Con su permiso.

Cruz se retira, pero a medida que lo hace susurra para sí misma.

Cruz: Esta noche veremos si me sigue diciendo lo mismo, don Epifanio (Sonríe pícara).

Carolina: (suspira) Ay, papá. De verdad que te pasas con la pobre. No sé ni cómo te aguanta si ni es nada tuyo. Yo porque soy tu hija, si no…

Epifanio: Si estás tan inconforme, bien sabes dónde está la puerta. No tienes que soportarme y ya eres una mujer adulta para que hagas lo que quieras.

Carolina: Eso es lo que dices, pero nunca me permitiste que cortejara a Eduardo (Habla con reproche).

Epifanio: ¿Todavía sigues con lo mismo? Date cuenta de una vez por todas que ese hombre no es para ti, además se iba a casar con tu herma… (Se detiene). Disculpa, con Marissa.

Carolina: No, está bien. Termina de decirlo. Yo sé perfectamente que Marissa es mi hermana y créeme que no me pesa en absoluto.

Epifanio: ¿Has hablado con ella?

Carolina: Sí. Le dieron de alta hoy en el hospital. Me dijo que piensa arreglar unos asuntos en la capital y ya debe estar por irse.

Epifanio se queda pensativo ante ello.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA



Eduardo va manejando su auto y lo estaciona a las afueras de la hacienda. Marissa va sentada a su lado en el asiento de copiloto. Él pone su mano sobre la de ella y ambos se sonríen.



Eduardo: Y bien. Ya estamos aquí.

Marissa: Gracias por traerme.

Eduardo: ¿Entonces es seguro que vas a viajar?

Marissa: Sí. Es algo que tenía pensando y que debo hacer. Debo hacerle frente a los negocios y a los socios ahora que me divorcié de Luis Enrique.

Eduardo: ¿Qué piensas hacer?

Marissa: Todavía no lo sé. Debo reconocer que él era ávido para los negocios, aunque se aprovechara de ello para robarme y llenarse los bolsillos. Yo no soy muy buena para esas cosas a decir verdad y…

Eduardo: (la interrumpe) Marissa… Tal vez te parezca una locura, pero después de todo, me gustaría que siguiéramos con nuestros planes de matrimonio.

Marissa enmudece sorprendida ante ello.

Eduardo: Yo sé qué te debe de parecer una locura, pero nada me haría más feliz ahora que compartir contigo mi vida. Tú eres la mujer que necesito conmigo para volver a ser el hombre que era antes.

Marissa: Eduardo, todavía no sabemos qué va a pasar con nosotros dos. Tú y yo no tenemos una relación oficial como para casarnos. Es demasiado pronto para pensar en algo así. No es conveniente, no por ahora… (Le acaricia el rostro).

Eduardo: ¿Entonces por qué antes sí estabas dispuesta a casarte conmigo y ahora ya no? ¿Cuál es la diferencia?

Marissa: Porque antes era un matrimonio de apariencia, para ayudarnos entre sí, pero yo ya me divorcié y tu hermano ya no está de por medio.

Eduardo: Sí, pero eso no quiere decir que me haya recuperado económicamente. Todavía resta la hipoteca sobre la hacienda, recuperar los socios que perdí, hacer inversiones y muchas otras cuestiones financieras que con tu ayuda podría solucionar.

Marissa: (confundida) ¿Por qué con mi ayuda? ¿Qué quieres decir?

Eduardo: Marissa, casándonos, podríamos crear un patrimonio juntos, y no me lo tomes mal. No estoy diciendo que me quiera casar contigo por interés, pero podríamos ver ese matrimonio como una asociación y a la vez como una oportunidad de estar juntos, que eso es precisamente lo que más me interesa. Tómalo como un contrato de amor.

Marissa: El amor no se rige por contratos, Eduardo. Es algo que va mucho más allá de un papel.

Eduardo: Lo sé, sólo quiero hacerme entender. Créeme que hasta para mí es una locura, pero en el fondo tenía la ilusión de verte convertida en mi esposa, aunque todo se tratara de una farsa, ¿y por qué no mejor ahora que los dos nos atraemos y queremos darnos una oportunidad?

Marissa: (indecisa) No lo sé, Eduardo. Me parece un poco apresurado todo esto.

Eduardo: Te entiendo y sólo te voy a pedir que lo pienses. Sea cual sea tu decisión, la respetaré y no va a cambiar en nada las cosas entre nosotros. Eso te lo juro.

Eduardo besa a Marissa en la frente y ambos se abrazan para luego darse un beso. Un poco cerca de allí, ambos no se percatan que son observados por Cecilia, quien enarca una ceja y sonríe con malicia.



Cecilia: Así que ese par de tórtolos de verdad se traen algo. ¿Quién lo diría? Vamos a ver qué opina Luis Enrique de todo esto cuando le cuente.

Cecilia se retira de allí. Marissa y Eduardo siguen besándose en el interior del auto a la vez que se sonríen enamorados entre sí.

CIUDAD DE MÉXICO

Puede observarse en vista la imponente capital del país azteca con altos edificios, luces de calle y centenas de autos que engalanan la noche entremezclado con el bullicio urbano.

INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / NOCHE

La historia se traslada a una misteriosa habitación de hospital con el sonido del electrocardiograma de fondo. Lisa reposa sobre la cama con su cuerpo totalmente vendado y estando dormida, fantasea con aquella noche de intimidad que pasó con Eduardo aprovechándose de su estado de embriaguez. Recuerda lo que pasó y parece verlo como si fuese la espectadora de una película.

FLASHBACK

Lisa finalmente besa en los labios a Eduardo, quien se muestra un poco inseguro, aunque poco a comienza a corresponderle. Ella lo tumba sobre la cama y se siente sobra él para continuar besándolo.



Eduardo: (cerrando los ojos) Te extrañé, mi amor. Te extrañé como no tienes idea.

Lisa: Sh, no hables tanto. Tan solo piensa en este momento de los dos y disfruta.

Lisa se apresura a desabrochar el cinturón del pantalón de Eduardo.

Eduardo: No te vuelvas a ir de mi lado, Helena. No me vuelvas a dejar.

Lisa: Tranquilo. Aquí voy a estar para ti. Yo voy a ser tu única mujer de ahora en adelante (Sonríe con malicia).

FIN DEL FLASHBACK

Lisa: (gimiendo) Eduardo… Eduardo, mi amor, no me dejes… Hazme tuya. Hazme tu mujer…

FLASHBACK

Los dos se besan apasionadamente al tiempo que Eduardo termina de quitarse la camisa. Lisa lo llena de caricias por todo el torso y él la toma entre sus brazos al tiempo que la besa sin parar por el cuello y los hombros.

Lisa sonríe con una enorme satisfacción y acto seguido Eduardo la acuesta sobre la cama y se tumba sobre ella. La joven se aferra de su espalda e incluso se muerde el labio inferior ante el placer que siente mientras él se apodera de su busto.

FIN DEL FLASHBACK

En un momento dado, la joven empieza a moverse agitada y a girar la cabeza de un lado a otro, pues su sueño erótico pronto se vuelve una pesadilla al imaginarse que, en lugar de ella, es Marissa la que está con Eduardo. Lisa sigue observando todo lo que ocurre como una espectadora más y grita desesperada al ver la sonrisa cínica de Marissa a espaldas de Eduardo, por lo que corre a separarlos.



Lisa: ¡Él es mío, maldita! ¡Déjalo! ¡¡Eduardo es mi hombre, mío y de nadie más!! ¡¡Déjalo ya!!

Marissa y Eduardo se ríen mofándose de la joven al tiempo que sus carcajadas van haciéndose más intensas como si de un eco se tratase. Lisa mira desesperada alrededor y reconoce otros rostros, como el de Manuel y el de difunta abuela Lucrecia.



Lucrecia: Bienvenida al infierno, mi querida nieta.

Manuel: Estás acabada, sola. Mi hermano nunca se va a fijar en ti.

Lucrecia: Eduardo te repugna. Todos te repudiamos por ser una bastarda. Eso es lo que eres. ¡Una bastarda!

Lisa: (cubriéndose los oídos) ¡Cállense! ¡Cállense todos! ¡Basta!

Las risas en eco no paran. Eduardo aparece frente a ella mirándola muy serio.

Eduardo: Tú nunca serás suficiente para mí, Lisa. Tú eres producto de los engaños de Helena y verte solo me hace sentir desprecio por ti.

Lisa: Tú no puedes decirme esas cosas. Tú no, por favor, papi.

Eduardo: Tú no eres mi hija.

Lisa: Por favor no me digas eso. Yo no podría vivir sin tu amor de padre y de hombre. Te necesito.

Eduardo: Muy tarde para eso. Tengo a alguien ya que sí me dará lo que busco.

Marissa aparece de la penumbra poniendo su mano sobre el hombre de él y con malicia ambos se dan un efusivo beso ante los estrepitosos gritos de Lisa. De repente, la joven despierta de su pesadilla sudando aparatosamente y como si se estuviese ahogando, pero de su rostro sólo pueden apreciarse sus ojos de pánico y sus labios cicatrizados, puesto que el resto de su cuerpo está vendado.

Lisa: (respirando agitada) Era un sueño… (Habla más afónica) Todo no era más que un mal sueño.

Lisa mira a su alrededor sin entender nada y se percata de su vendaje.

Lisa: (desconcertada) ¿Qué significa esto? ¿Qué me pasó? ¿Por cuánto tiempo he estado dormida?

Ella se toca con ambas manos el vendaje, pero siente dolor al intentar moverse, cosa que expresa con sus ojos.

Lisa: ¿Qué está pasando? ¿Por qué estoy así?

Lisa luce aún más desconcertada e intenta levantarse de la cama.

Lisa: (muy adolorida) ¡Argh! ¡Auxilio! ¡Que alguien venga y me ayude!

Lisa logra ponerse de pie, se quita el catéter de la mano con brusquedad y tiene los ojos desorbitados al observar su cuerpo cubierto de vendas. Logra observar los dedos de sus manos y nota que están cicatrizados por las quemaduras.

Lisa: ¿Qué es esto? ¿Qué pedo me pasó?

En ese momento, la joven adolescente recuerda el accidente aquella tarde que secuestró a Marissa y la obligó a conducir.

FLASHBACK

Lisa: (desesperada) Tengo que tratar de huir. No puedo dejar que me atrapen.

La muchacha mira constantemente hacia atrás. Uno de los policías saca la parte superior de su cuerpo por la ventanilla y dispara con dirección al auto, dándole justamente a uno de los neumáticos, el cual comienza a desinflarse.

Lisa: ¿Qué está pasando? ¿Por qué se está deteniendo el coche?

Lisa presiona el acelerador con insistencia y sigue manejando el volante, pero sin que se lo espere, termina desviándose de la vía y cae por un barranco en cámara lenta. El auto da vueltas sin parar y Lisa en el interior, se golpea la cabeza y pierde el conocimiento. Pronto, el auto termina de caer de cabeza al vacío y tras unos segundos, explota de forma espectacular acabando aparentemente con todo en su interior.

FIN DEL FLASHBACK

Lisa: (balbuceando) El… El accidente… Claro, ahora lo recuerdo.

Un doctor acompañado de dos enfermeros entra a la habitación. Lisa aterrada los mira.

Lisa. Díganme dónde estoy. ¿Qué está pasando conmigo?

Doctor: Cálmese, señorita. Vuelva a la cama, por favor. Usted está en un proceso de recuperación y no puede estar de pie.

El doctor le hace una seña a los enfermeros para que se dirijan a Lisa y la pongan de nuevo en la cama. Ella se revuelve con brusquedad.

Lisa: (desesperada) ¡No me toquen! ¡Suéltenme! Necesito qué me expliquen qué pasó conmigo. ¡Suéltenme, desgraciados!

Lisa se revuelve y logra zafarse de los enfermeros para salir corriendo en dirección al baño.

Doctor: ¿Qué están esperando, inútiles? Vaya por ella. Don Epifanio me mataría si le pasa algo.

Los enfermeros salen corriendo detrás de la joven, pero ella se encierra en el cuarto de baño y pone la puerta con seguridad. Desde afuera, ellos intentan forzar el picaporte para entrar y comienza a patear la puerta. Lisa se echa para atrás sin entender nada y con los ojos sollozos.

Lisa: Esto tiene que ser una pesadilla. Tengo que estar dormida, nada de esto me puede estar pasando.

Lisa mira a su alrededor una oportunidad de escape y al darse la vuelta, ve su reflejo en el espejo y se impresiona en gran manera al verse cubierta de vendajes como si de una momia se tratara.

Lisa: Esta… Esta no puedo ser yo… ¿Qué le pasó a mi cuerpo? ¿Qué le pasó a mi cara?

Lisa comienza a entrar en pánico y se retira el vendaje del rostro con prontitud, pero pega un grito estrepitoso y aterrador al ver su rostro calcinado y deformado, sin cabello y luciendo mayor.



Lisa: ¡NOOOOOOO!

Los enfermeros logran tumbar la puerta y toman a Lisa a la fuerza de los brazos.

Doctor: Llévenla de vuelta a la cama y pónganle un sedante.

Lisa: ¡Mi rostro! ¡Mi rostro! (Repite llorando desconsolada) Yo no puedo ser ese monstruo del espejo. Díganme que no. Díganme que yo no soy ese maldito monstruo del espejo. ¡Por favor!

Doctor: Rápido. Pónganle sedante.

Uno de los enfermeros retiene a Lisa mientras el otro le inyecta el sedante para que se tranquilice. Los llantos de la muchacha llenan aquella habitación mientras sigue negando lo que acaba de ver en el espejo.

VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / NOCHE




Entretanto, en el pueblo, parece haber una noche tranquila en la hacienda y de fondo sólo se escucha el canto de los grillos. Cecilia, por su parte, se encuentra hablando por celular con Luis Enrique. La mujer no se percata que es escuchada detrás de una pared por Milena.



Cecilia: (exasperada) Por fin contestas el pinche teléfono. ¿Dónde te habías metido en todo el día?

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE, HABITACIÓN / NOCHE

Luis Enrique entra a su habitación siendo él quien habla al otro lado de la línea. El hombre se desacomoda un poco fastidiado la corbata. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.



Luis Enrique: Tuve un día muy ocupado, Cecilia. Te juro que no estoy para tus reclamos.

Cecilia: Ah, ¿sí? ¿A poco qué estuviste haciendo que no me puedes decir?

Luis Enrique: Cosas de negocios. Tú sabes. Me reuní con algunos socios y les compré unas cuantas acciones que nos van a ser de mucha ayuda para vivir bien un tiempo.

Cecilia: ¿Vivir bien por un tiempo? ¿De qué me estás hablando?

Luis Enrique: Ya no soy el apoderado de Marissa y no puedo manejar sus finanzas como antes. ¿Qué no lo entiendes? Todo se vino al piso con loca hija de Eduardo. Si no, él y Marissa ya estarían casados, ella sería bígama y, al estar en la cárcel, sus bienes pasarían a ser míos por ser legalmente su esposo.

Cecilia: Pues a lo mejor no todo esté tan perdido como crees, mi amorcito.

Luis Enrique: ¿Por qué lo dices? ¿Qué sabes tú?

Cecilia: Tengo una información que te va a subir el ánimo y nos va a ser de mucha ayuda, pero no te la diré por aquí. Dime dónde nos vemos. Hace mucho no compartimos un rato a solas.

Cecilia sonríe pícara. Milena sigue observando y niega indignada con la cabeza.

Luis Enrique: Está bien. Ven entonces a mi departamento. Una buena sesión de sexo no me caería mal con mi mujer.

Cecilia: Está bien. Allá nos vemos. Hasta entonces.

Cecilia le manda un beso y cuelga el celular. Cuida que nadie esté mirándola a su alrededor y sale de la cocina por la puerta trasera disimuladamente.

Milena: Vamos a ver qué te traes, mamá. Esta noche voy a descubrir qué tanto nos ocultas.

Milena sale tras ella dispuesta a seguirla sin que Cecilia se percate.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE

Danilo entra sudando a su habitación después de una dura jornada laboral. Lanza el sombrero sobre la cama y se quita la camisa. Marissa no tarda en entrar en ese momento.



Marissa: Pablo, hijo…

Ella se detiene avergonzada al ver al joven con el torso descubierto.

Marissa: Danilo.

Danilo: (sonriéndole) Dígame, señora. ¿Para qué soy bueno?

Marissa: Venía buscando a Pablo, pero veo que acabas de llegar. Discúlpame. No te quería importunar.

Danilo: Claro que no, señora. ¿Cómo cree? Estaba por tomarte un baño, pero pase con confianza que usted nunca me molestaría.

Marissa: Está bien. No te preocupes. Cuando veas a Pablito, dile que vaya haciendo maletas. Mañana nos vamos y debemos salir temprano.

Danilo: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Se van? ¿Tan pronto?

Marissa: Tengo unos asuntos pendientes que resolver en la capital ahora que las cosas andan bien y todos estamos más tranquilos.

Danilo: Chale, qué mal. Esperaba verla más tiempo por aquí en la hacienda, aunque me supongo que volverá pronto para retomar los planes de la boda, ¿no? (Esboza su sonrisa).

Marissa: El matrimonio se canceló por tiempo indefinido, Danilo. Eduardo y yo no nos vamos a casar, por lo menos no ahora.

Danilo: ¿En serio?

Marissa: Sí. Después de todo, para nadie es un secreto que ese matrimonio era arreglado a conveniencia de los dos, pero ya no es tan necesario.

Danilo: ¿Entonces usted no está enamorada de verdad de él?

Marissa se incomoda un poco con la pregunta. Danilo lo nota y se apena.

Danilo: Disculpe. Ya ve me usted lo imprudente que soy.

Marissa: (sonriéndole) Pierde cuidado. Bueno. Me iré a dormir. Descansa.

Marissa va a retirarse de la habitación, pero el joven la detiene.

Danilo: ¡Señora!

Marissa se la vuelta extrañada. Él la mira, dudoso, como si quisiera decirle algo.

Danilo: Todavía no me ha respondido lo que le pregunté.

Marissa: ¿Disculpa?

Danilo se le acerca mirándola fijamente y la arrincona contra un buró. Marissa siente que se le corta el aire y mira desconcertada al joven.

Danilo: Hace mucho que estoy enamorado en secreto de usted y ya no puedo más con esto. Tenía que decírselo. Perdóneme.

Marissa: (incómoda) Danilo, mira...

Danilo: Escúcheme primero. Yo sé que usted me ve como un hijo y me tiene cariño, pero yo no puedo verla de la misma manera. Yo a usted la amo como no se imagina, señora. Se lo juro…

Danilo se acerca a ella a un punto tal que ambos pueden escuchar su respiración.

Marissa: (preocupada) Danilo, por favor, para.

Marissa pone sus manos sobre el pecho de él para poner distancia, pero contrario a ello, él se acerca a sus labios.

Danilo: Cada vez que la veo no se imagina las ganas incontrolables que me dan de besarla y en estos momentos, aquí a solas con usted, quisiera cuidarla, protegerla siempre, hacerle el amor…

Marissa: Danilo...

El joven no aguanta más y la besa finalmente. Marissa se resiste, pero él continúa besándola, no a la fuerza, pero sí con insistencia. En un momento dado, ella lo empuja con brusquedad y molestia para luego lanzarla una cachetada. Danilo se vuelve el rostro avergonzado.

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / NOCHE

El timbre del departamento suena. Luis Enrique, quien tiene la camisa desabrochada descubriendo parte de su pecho, se termina de servir un trago en una copa y se dirige a abrir.



Luis Enrique: Voy.

El hombre abre y se encuentra de primer plano con Cecilia, quien, sonriéndole, se lanza a abrazarlo rodeando con sus brazos el cuello de él.



Cecilia: ¡Qué bueno verte, mi vida! (Besándolo) No te imaginas la falta que me has hecho.

Luis Enrique: No acostumbro a decírtelo, pero también te extrañé bastante.

Cecilia: ¿Ah, sí? ¿Únicamente para la cama o para algo más? (Pasa su dedo índice por los labios de él).

Luis Enrique: Cecilia, no empieces. Tú eres mi mujer. Eres la única a la que me entrego completamente. ¿Cómo más quieres que te lo demuestre?

Cecilia: Casándote conmigo no estaría mal, pero sé que no lo vas a hacer.

Luis Enrique: ¿Por qué no? Tal vez no ahora, pero en su momento lo haremos. ¿Por qué mejor no pasas y mientras tanto te lo demuestro con un par de cariñitos?

Cecilia asiente con la cabeza portándose muy sensual y justo cuando iba a cerrar la puerta, alguien se interpone. Cuando voltea a ver, se sorprende al ver a su hija que venía siguiéndola.



Cecilia: ¡Milena! ¿Tú aquí?

Luis Enrique también se sorprende igual. La joven no duda en entrar forzadamente y los mira fulminantes a ambos. Un silencio incómodo no tarda en formarse.

CONTINUARÁ…

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