Capítulo 2: Al borde de la muerte

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE



Eduardo está bebiendo licor de forma desenfrenada. Está sentado al lado de escritorio y se ven un par de botellas vacías alrededor. Puede verse también que llora mientras mira al vacío.



Eduardo: ¿Por qué, Helena? ¿Por qué te fuiste y me dejaste solo? ¿Qué hice de mal para que tomaras esa decisión? ¿Qué hice? (Pregunta llorando desconsolado).

El hombre sigue bebiendo sin parar. Lisa entra disimuladamente al estudio y al ver a su padre en ese estado, se acerca a él.



Lisa: Papá, ¿otra vez tomando?

Eduardo: Déjame solo y vete a tu cuarto.

Lisa no lo obedece y, contrario a eso, se acerca más a él y comienza a hacerle un masaje en la espalda.

Lisa: Tú sabes que no me gusta verte así, papi. Detesto que siempre estés llorando por mi mamá que ya no está. Es algo que debes superar.

Eduardo: Tú nunca lo entenderías, Lisa. Tu madre era el amor de mi vida, mi soporte, mi todo y se fue (Llorando). Me dejó solo sin entender por qué.

Lisa: Ven, salgamos de aquí. Vamos a tu habitación para que descanses. Es de madrugada y tienes que dormir.

Lisa intenta levantar a su padre y éste, en medio de la embriaguez, se deja llevar. Intenta caerse para los lados, pero la muchacha lo sostiene. Los dos llegan hasta la habitación de él. Lisa lo ayuda a acostarse sobre la cama y mira hacia atrás cuidando que nadie esté observándola, por lo que se dirige a cerrar la puerta con cautela. Luego, se acerca a su padre y le acaricia con ambas manos el torso por encima de la camisa.

Eduardo: (adormilado) Gracias, hija.

Lisa: No tienes por qué agradecerme. Yo soy tu hija y solo quiero verte feliz, papi y nada me gustaría más que verte feliz conmigo.

Lisa no se da a la espera y le roba un atrevido beso a Eduardo. Él se sorprende en gran manera y le aparta el rostro.

Eduardo: (desconcertado) ¿Qué estás haciendo?

Lisa: Quiero que me hagas tuya esta noche.

Eduardo: ¿Te volviste loca?

Lisa: Sí, loca de deseo y de amor por ti.

Lisa le quita la camisa a Eduardo y comienza a besar con lascivia el pecho de él al tiempo que le acaricia el rostro y sigue besándolo. Eduardo se ve sumamente confundido y se aparta de ella.

Eduardo: Lisa, ¿cómo te atreves? Yo soy tu padre.

Lisa: (sonriendo con burla) Yo no soy, Lisa, Eduardo. Mírame, soy Helena. Tu mujer.

Eduardo: ¡No! ¡Eso no puede ser! ¡Vete! ¡Salte de mi habitación! (Exaltado).

Lisa no deja de sonreír con burla y de mirar con deseo a Eduardo, pero decide salir de la habitación. Eduardo se queda confundido.

Eduardo: ¿De verdad era Helena?

Eduardo se toca la cabeza y siente como si todo le diera vueltas en medio de la embriaguez que siente.

INT. / HOTEL, HABITACIÓN / NOCHE

Entretanto, Luis Enrique vuelve a la habitación del hotel. Cecilia ya se ha vestido y justo está sentada sobre la cama poniéndose los zapatos.



Cecilia: ¿Qué pasó? ¿Lograste hablar con tu “queridísima esposa”?

Luis Enrique: (frustrado) No, no se detuvo en ningún momento a escucharme. Solo se subió al coche y se fue. Estoy seguro que va para la casa a tirar todas mis cosas a la calle y mañana a primera hora va a hablar con su abogado.

Cecilia: Yo sigo diciendo que es mejor así. Míralo por el lado bueno, mi amor (Se levanta y le acomoda la camisa). Yo por fin podré ser tu única mujer y tú ya no te vas a pasar por el suplicio de estar casado con ella.

Luis Enrique: (apartándose molesto) ¡Que no! Entiende que la muy estúpida puede dejarme en la calle alegando que le fui infiel. Yo llevo las de perder y no creo que tú quieras estar conmigo sin dinero. Después de todo eso es lo que tanto te interesa.

Cecilia: (indignada) Por supuesto que no. Yo te amo con o sin dinero, aunque debo reconocer que siempre he soñado con que nos saques de pobres a mí y a nuestros hijos para que nos des el lugar que nos corresponde como tu familia. Por eso acepté desde un principio tu matrimonio. Me dijiste que sería un negocio para todos, para que tuviéramos una vida medianamente estable.

Luis Enrique: Tú lo has dicho. Es un negocio que no podemos perder, además, Danilo y Milena jamás me van a ver como padre. Yo sé que en el fondo me odian. ¿Qué sentido tiene que me venga a vivir con ustedes?

Cecilia: Tiene mucho sentido porque conmigo sí serías feliz, además, ellos no te odian. Yo siempre les he dicho que te queda imposible venirte del extranjero y tú también se los has dicho cuando hablas con ellos por teléfono o por correo.

Luis Enrique: Pero noto su indiferencia hacia mí. No soy estúpido, Cecilia y ya no hablemos más del asunto. Mañana muy temprano me voy para Ciudad de México de vuelta. Tengo que buscar la manera de impedir el divorcio o por lo menos evitar que Marissa no me deje en la calle.

Luis Enrique se sienta en la cama y se queda pensativo. Cecilia no dice nada, pero lo mira con suspicacia.

EXT. / RÍO / NOCHE

Marissa, por su parte, acaba de tener un aparatoso accidente automovilístico y su auto ha ido a parar al caudaloso río con ella adentro. La mujer ha perdido el conocimiento y posteriormente, se ve la silueta de un joven tirarse desesperado al río y nada hasta sacar con mucho esfuerzo el cuerpo de Marissa del auto. El joven la carga con dificultad y no puede evitar gemir ante el gran esfuerzo que hace nadando hasta la orilla en medio de la fuerte tormenta.

Finalmente, el joven misterioso logra llegar a la orilla y se puede ver su rostro; se trata de Danilo, quien luce empapado y muy agitado. El muchacho suelta el cuerpo de Marissa en el suelo y la mira con angustia.



Danilo: (moviéndola) Señora… Señora, despierte.

Marissa sigue sin reaccionar y se ve muy mal. Danilo la toma de la cabeza y se asusta al ver sus manos manchadas de la sangre de ella.

Danilo: (desesperado) Está muy mal.

Danilo comienza a practicarle primeros auxilios a la mujer y presiona su abdomen con fuerza durante varios segundos. De repente, ella logra expulsar el agua que ingirió cuando cayó el río, pero sigue sin abrir los ojos.

Marissa: (muy débil) Lu… Luis Enrique…

Danilo: Tengo que ayudarla. No la puedo dejar aquí.

Danilo mira a su alrededor por si ve a alguien cerca, pero no. El bosque está desértico y solo se escucha el fuerte viento de la tormenta que azota en ese instante todo el pueblo.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, MINI BAR / NOCHE

Lucrecia se encuentra en el mini bar de la hacienda fumándose un puro. La anciana se encuentra en bata y en pijama. Manuel la interrumpe.



Manuel: ¿Todavía despierta, madre? Te hacía soñando con los ángeles.

Lucrecia: Intenté dormir, pero no lo conseguí. Me sentí un poco ansiosa.

Manuel: ¿Y esa es la manera en que la calmas tu ansiedad? ¿Fumando?

Lucrecia: ¿Qué hay de malo con eso? Además, soy tu madre y no deberías cuestionarme.

Manuel: Pues no te diferencias mucho de Eduardo que bebe para olvidarse del dolor que siente por haber perdido a su mujer.

Lucrecia: Es diferente. Yo por lo menos fumo, pero estoy lúcida. Desde el suicidio de Helena, Eduardo no ha hecho otra cosa que beber. Está convirtiéndose en un alcohólico que ni vela por sí mismo ni por nuestro patrimonio.

Manuel: Entiendo. ¿Temes que pase que lo que hablábamos esta mañana cuando llegamos del cementerio?

Lucrecia: Por supuesto. Mi mayor temor es que Eduardo nos lleve a la misma bancarrota a la que hace tantos años atrás tu padre nos llevó.

Manuel: Bancarrota de la cual tú nos rescataste casando a Eduardo con Helena, que era una heredera millonaria.

Lucrecia: (pensativa) Sí y mi plan dio resultado porque nos recuperamos y la hipoteca que pesaba sobre la hacienda fue paga gracias a los millones que Eduardo heredó automáticamente cuando se casó con ella, pero mira ahora. Estamos a punto de repetir la historia.

Manuel: ¿Por qué estás tan segura? ¿Hay algo que no sabemos?

Lucrecia termina de fumar el puro y lo lanza sobre un pequeño bote de basura.

Lucrecia: Helena me confesó poco antes de su muerte que las finanzas de la familia no andaban bien y que Eduardo estaba haciendo todo lo posible para evitar que nuestras acciones cayeran.

Manuel: Por eso nunca debiste confiarle a él el patrimonio de nuestra familia. Debía ser yo quien administrara todo, pero no. Tú te empecinaste en cederle todo a él porque siempre ha sido tu preferido.

Lucrecia: Lo hice porque es un hombre de negocios. es ávido en lo que hace, a diferencia de ti, que eres un inútil.

Manuel: ¿Ves? Ni siquiera tienes reparo en decírmelo en mis narices. Debiste darme la oportunidad para demostrarte que puedo ser mejor que el imbécil de mi hermano que no hace otra cosa que lamentarse día y noche por su esposita muerta.

Lucrecia: Pues si quieres demostrarme qué tan capaz eres, empieza por buscar la manera de que no repitamos la historia y deja de vivir bajo la sombra de tu hermano.

Lucrecia mira con reproche a su hijo y se retira. Manuel se ve pensativo.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CASIMIRA / NOCHE

Casimira se levanta de la cama con prisa, pues alguien está tocando insistentemente la puerta de su pequeña habitación, la cual, por cierto, está ubicada en la planta baja de la hacienda, pues allí están ubicadas las habitaciones de los empleados.



Casimira: Órale, ya voy a abrir, que me van a tumbar la puerta. Un momento.

Casimira se pone las sandalias, pues ya estaba durmiendo y se dirige abrir encontrándose en primer plano con Danilo, quien se ve empapado y sucio.



Casimira: (sorprendida) Danilo, hijo, ¿qué te pasó?

Danilo: Tienes que venir conmigo, Casimira. Acompáñame.

Minutos después, ambos llegan a la habitación de él. Marissa se encuentra acostada sobre la cama y aún inconsciente, además de estar malherida en la cabeza.

Casimira: (impresionada) Pobre mujer.

Danilo: Tienes que ayudarla. La única persona en la que pensé que podía curarle la herida en la cabeza fuiste tú que sabes de hierbas y esas cosas.

Casimira: Pero, mijo, esto se me sale de las manos. Mírala nomás. Está muy grave.

Marissa: (hablando inconsciente) Luis Enrique… Luis Enrique, no…

Casimira: Es que mírala. Está delirando. Lo que tenemos que hacer es llevarla a la clínica del pueblo.

Danilo: El pueblo está muy retirado y yo no tengo coche para llevarla. Por eso la traje aquí. Tenemos que hacer algo y ya mañana miramos si la podemos llevar a la clínica como dices.

Casimira: ¿Qué tal si se nos muere?

Danilo: Deja de pensar lo peor y apúrate a preparar algo para que le puedas sanar la herida que tiene en la cabeza. Ándale.

Casimira: (poco convencida) Está bien, está bien. Tráeme de la cocina unos paños y pon a hervir agua, pero rápido, muchacho.

Danilo sale de su habitación a toda prisa. Casimira mira preocupada a Marissa.

INT. / HOTEL, HABITACIÓN / AL DÍA SIGUIENTE

Ha amanecido en el pueblo y es un nuevo día. Luis Enrique está vistiéndose y arreglándose frente a un espejo de cuerpo completo. Cecilia lo mira con recelo, sentada en la cama.



Cecilia: ¿Entonces te vas? ¿Te vas para seguir atado a las faldas de la mojigata esa?

Luis Enrique: ¿Qué más quieres que haga? (Volteándose a verla) Estamos a punto de perderlo todo, Cecilia. ¡Todo! Porque tú también entras ahí y si yo me hundo, te hundes tú y se hunden nuestros hijos. Gracias a mi matrimonio con Marissa no les ha faltado nada.

Cecilia: (sarcástica) ¡Por favor! ¿Te refieres a las sobras que nos has dado? Mira, Luis Enrique (Levantándose). Te diré una sola cosa. Ya no pienso seguirte compartiendo más con esa mujer.

Luis Enrique: Tendrás que hacerlo. No hay de otra.

Cecilia: Pues si eso es lo que quieres, hazlo. Humíllate, arrodíllate frente a ella y hazle el amor si eres capaz para que se le pase el enojo, pero te olvidas de mí y de que tienes dos hijos.

Luis Enrique: (desesperado) ¡Cecilia, no me pongas entre la espada y la pared, maldita sea! Entiende que no tengo más opción. Dependo de ella. Dame tiempo por lo menos para quitarle todo.

Cecilia: (muy molesta) Te he dado más de veinte años para que le quites todo como dices y ya no pienso seguir con esta situación.

De repente, una llamada entra al celular de Luis Enrique. Éste contesta algo malhumorado.

Luis Enrique: ¿Bueno? (Hace una pausa) ¿Cómo? No puede ser. ¿Cuándo? (Hace muy impresionado otra pausa) Está bien, ya mismo salgo para allá (Cuelga).

Cecilia: (intrigada) ¿Qué pasó? ¿Quién era?

Luis Enrique: (aún sorprendido) La policía. Me llamaron para decirme que Marissa tuvo un accidente anoche a las afueras del pueblo.

Cecilia también se sorprende por aquella noticia.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA



Lucrecia está tomando el té con Carolina a la cual ha invitado. Las dos están sentadas frente a frente en diferentes sofás con una mesa de cristal en el medio que las separa.



Carolina: Gracias por la invitación, Lucrecia. Está delicioso el té.

Lucrecia: (sonriendo) Es con todo gusto, querida. Tú bien sabes que eres como parte de la familia y tanto Eduardo como yo te apreciamos demasiado.

Carolina: Y yo a ustedes. Eduardo también ha sido un gran amigo para mí como lo fue Helena en su momento (Habla con nostalgia).

Lucrecia: Estimas mucho a mi hijo, ¿no? (Toma un sorbo del té).

Carolina: Sí. Como te dije hemos sido muy buenos amigos. Helena y yo ya éramos amigas cuando lo conocimos, pero tú sabes cómo pasó todo y él terminó enamorándose de ella.

Lucrecia: Sí. Recuerdo todo muy bien. Una lástima porque, aquí entre nos, nada me habría gustado más que se casara contigo en vez de Helena.

Carolina: (incómoda) Ay, Lucrecia. ¿De qué hablas?

Lucrecia: ¿Vas a negármelo? Yo sé que en el fondo todos estos años has amado a Eduardo en secreto desde el preciso instante en que él comenzó su relación con Helena, pero como ambas eran tan buenas amigas, nunca te interpusiste y respetaste su matrimonio.

Carolina: Eso es pasado. Eduardo es mi amigo y…

Lucrecia: ¿Y qué? Una no debe reprimir sus sentimientos. Yo soy mujer y también fui joven como tú. Eduardo ya está viudo y tú perfectamente puedes ocupar el vacío que su esposa le dejó.

Carolina: La verdad no sé qué decirte. Es cierto. Eduardo siempre ha sido mi gran amor, pero no sería capaz de hacer algo como eso. No quiero que me vean como una oportunista.

Lucrecia: ¡Para nada, querida! ¿Quién podría pensar así de ti? Tú eres la hija de nada más y nada menos que de Epifanio de La Torre. La figura de tu padre es sumamente reconocida en toda Villa Encantada. Eres perfecta para ser la nueva esposa de mi hijo.

Carolina: Bueno, no te prometo nada, pero veré qué puedo hacer. Por ahora lo importante es apoyar a Eduardo para que salga de su depresión.

Lucrecia: Y tú puedes ayudarlo con eso y aprovechar para que se enamore de ti y se olvide de Helena, que nunca fue completamente santa de mi devoción.

Las dos mujeres siguen tomando el té. Lucrecia mira con una sonrisa de malicia a Carolina.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

Marissa sigue acostada sobre la cama, inconsciente, gimiendo y retorciéndose debido al alto grado de fiebre que padece. Casimira está sentada a su lado en la cama y Danilo está de pie.



Casimira: Tengo el corazón en la boca de solo pensar que en cualquier momento esta mujer se nos va a ir, Danilo. Tenemos que pedir ayudar. No la podemos dejar aquí. Está ardiendo en fiebre.

Casimira escurre un pañuelo en un balde con agua tibia y se lo pone a Marissa en la frente.

Danilo: (preocupado) ¿Y qué tal si nos metemos en un problema?

Casimira: Pos el del problema serías tú, mijito. Yo solo me puse de mensa a ayudarte, pero tú de necio no has querido llevarla a un hospital.

De repente, Marissa abre lentamente los ojos y respira agitada.

Marissa: Luis Enrique… Luis Enrique…

Casimira: (alertada) Mírala. Despertó.

Danilo se acerca y también se sienta en la cama.

Danilo: ¿Cómo se siente, señora? ¿Recuerda algo?

Marissa: (en un hilo de voz) ¿Dónde estoy?

Casimira: Tuvo un accidente anoche, ¿recuerda? El muchacho la trajo hasta acá.

Marissa: ¿Dónde está Luis Enrique? Tengo que hablar con Pablo.

Casimira: (confundida) ¿Quiénes?

Marissa: Luis Enrique… ¿Dónde está? Tengo que hablar con mi hijo…

Marissa intenta levantarse, pero al final vuelve a caer desmayada en la cama.

Casimira: (angustiada) Ay, otra vez se volvió a desmayar. Danilo, muchacho, hazme caso. Pidámosle ayuda a alguno de los patrones para que nos presten un coche y podamos llevar a esta mujer a la clínica del pueblo. Mira que se está muriendo.

Danilo: Si hacemos eso, nos corren de la hacienda. ¿Qué no lo entiendes? Doña Lucrecia o don Manuel se pondrían furiosos si se enteran que metí en la casa a una desconocida.

Casimira: Entonces habla con don Eduardo. Él no es como ellos. Él si te podría ceder un coche.

Danilo: Tú sabes cómo está don Eduardo. No escuche ni ve desde que se murió la señora Helena. Mejor dejémosla aquí. Tú sigue con las curaciones mientras se me ocurre algo.

Casimira niega con la cabeza ante la necedad de Danilo.

EXT. / CARRETERA / DÍA

Horas después, Luis Enrique llega al lugar del accidente. El hombre detiene su auto en la carretera y se acerca a unos policías. Hay varias patrullas, una ambulancia y también bomberos.



Luis Enrique: Buenos días. Soy Luis Enrique Escalante. Me llamaron hace rato para informarme que mi esposa tuvo un accidente. ¿Cómo está ella?

Policía: Buenos días, señor. Los bomberos ya sacaron el coche del río y los rescatistas están buscando a su esposa por los alrededores del bosque.

Luis Enrique: (sorprendido) ¿Cómo que la están buscando?

Policía: Es que no encontramos su cuerpo en el interior del coche y pensamos en la posibilidad de que ella saltara. También es probable que la corriente del río se la hubiera llevado y ya justo íbamos a llamar un equipo de buzos para comenzar con la búsqueda.

Luis Enrique: (fingiendo preocupación) Pues bien. Hagan todo lo posible por encontrarla. ¿Entendido? Viva o muerta, sana o salva, pero tiene que aparecer.

Policía: Haremos lo posible, señor.

Luis Enrique: Manténganme informado de absolutamente todo.

Luis Enrique se aleja del policía y se queda pensativo. Toma su celular y llama precisamente a Cecilia.

Luis Enrique: Cecilia, soy yo (Hace una pausa). Sí, ya llegué al lugar del accidente, pero tal parece que la suerte está de nuestro lado, cariño. La policía no encontró su cuerpo y justo ahora la están buscando, pero tú no te preocupes. Lo más probable es que esté muerta y se haya ahogado (Pausa). Marissa ya no será un estorbo en nuestras vidas nunca más.

Luis Enrique sonríe con una enorme satisfacción de sólo pensar en aquella posibilidad.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

En ese momento se enfoca a una moribunda Marissa, aún bastante afiebrada, sobre la cama de Danilo. En medio de su inconsciencia, la mujer recuerda en una secuencia de escenas su matrimonio fallido con Luis Enrique y el engaño de éste, justo cuando lo encontró en la cama con Cecilia teniendo intimidad.



Marissa: (gimiendo) No, no…

Marissa comienza a delirar y parece como si en sueños estuviera viendo a Luis Enrique junto a Cecilia, ambos burlándose de ella.



Luis Enrique: Me das asco, Marissa. Eres una mojigata. No eres mujer para mí.

Dentro del sueño, Luis Enrique ríe a carcajadas al igual que Cecilia y ambos se besan descaradamente. Marissa niega con la cabeza diciendo repetidas veces “no”. Casimira está sentada a su lado, poniéndole paños de agua tibia sobre la frente.



Casimira: (angustiada) Tengo que hacer algo. Esta mujer se está muriendo.

Casimira se levanta de la cama y se dirige a salir de la habitación, pero justo cuando abre la puerta, se encuentra con Danilo.



Danilo: ¿A dónde vas, Casimira?

Casimira: Voy a pedir ayuda. Esta mujer cada vez se pone peor y no pienso cargar con la responsabilidad de lo que le pase (Intenta salir).

Danilo: (deteniéndola) No. Tú no vas a ir a ninguna parte.

Casimira: ¡Pero Danilo!

Danilo: Escúchame. Vengo del lugar donde tuvo el accidente y vi todo rodeado de policías y bomberos. Hay gente que la está buscando.

Casimira: ¡Pos bueno! ¿Entonces qué estás esperando? Si hay personas que la conocen y la andan buscando, ve y diles que vengan por ella, que está con vida y la trajimos aquí para auxiliarla.

Danilo: ¡Que no! Entiéndelo. Podemos meternos en un problema grave y hasta podrían acusarnos de haberle hecho daño. Es mejor que esperemos a que se ella se mejore de manera que cuando despierte, sepa que solo la quisimos ayudar.

Casimira: Ay, no sé. Esto se está poniendo feo y no me está gustando nada. A buena hora me metí contigo en todo esto.

De repente, Milena entra a la habitación.



Milena: Danilo, hermanito, ¿puedes…?

La muchacha se detiene en seco al ver a Marissa sobre la cama y se sorprende en gran manera.

Milena: (desconcertada) ¿Qué es esto? ¿Quién es esa señora?

Danilo y Casimira enmudecen sin saber qué decir al verse descubiertos por Milena.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / DÍA



Entretanto, Lisa está cambiándose de ropa frente al espejo, pues acaba de salir de la ducha y se encuentra en ropa interior. Manuel entra con disimulo a la habitación y sonríe pícaro al verla ligera de ropa, por lo que cierra la puerta y ella al escucharlo se asusta.



Lisa: (molesta) ¿Qué haces aquí?

Manuel: Venía a hablar contigo, sobrina.

Lisa: (molesta) Pues como estás viendo, me estoy cambiando de ropa. Voy para una fiesta, así que sal.

Manuel se acerca a ella y con cierto misterio la toma de la cintura.

Manuel: ¿Por qué tan esquiva conmigo, chiquita? Un tío no se trata así y menos un tío como yo.

Lisa: Lárgate. Pueden vernos.

Manuel: ¿Quién nos va a ver? En tantos años como amantes nadie nos ha cachado hasta ahora.

Lisa: Pero es de día. ¿Qué no ves? Bien sabes que solo puedes entrar a mi habitación cuando todos estén durmiendo, no a plena luz del día.

Manuel: Tranquila. Solo venía a saludarte y a robarte un beso. Tengo que aprovechar la oportunidad y más ahorita que te encuentro en ropa interior como me gusta.

Manuel besa a Lisa. Ella le aparta el rostro sintiéndose algo asqueada.

Lisa: Por favor, sal, Manuel (Apartándose de él). Te dije que estoy ocupada (Vistiéndose).

Manuel: Bueno, está bien. No te molesto, pero, ¿sabes? Para haber pasado un mes de la muerte de tu mamá, no deberías irte de fiesta. ¿Qué van a decir de ti en el pueblo?

Lisa: Me importa poco lo que puedan decir de mí los chismosos. Vivo mi vida a mi manera, además, ¿quién te dijo que me duele un poco la muerte de ésa? Por el contrario, es lo que mejor que pudo haber pasado.

Manuel: ¿Tanto la odiabas?

Lisa se sienta frente al tocador y comienza a aplicarse lápiz labial.

Lisa: Digamos que siempre fue mi enemiga.

Manuel: (extrañado) ¿Por qué? ¿Qué motivos tenías?

Lisa: Muchos, pero me los reservo para mí sola y no son de tu incumbencia, tío.

Manuel: Como quieras. Sólo déjame decirte que no es buena idea que andes por ahí como si nada hubiera pasado. Tienes que guardar las apariencias o van a comenzar a sospechar de ti.

Lisa: (ignorándolo) ¿Terminaste?

Manuel se molesta un poco y sale de la habitación. Lisa deja de aplicarse el lápiz labial y mira pensativa su propio reflejo en el espejo.

Lisa: (muy seria) Cuánta alegría me da que estés muerta, mamá. Por fin llegó la hora de quedarme con todo el amor de mi papá; amor que tú no te merecías.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CRUZ / DÍA

Cruz se encuentra en la oscuridad de su habitación arrodillada frente a la estatua de un santo que tiene colocada en un altar. En dicho altar también hay varias velas y una foto de Epifanio.



Cruz: (con los ojos cerrados) Hazme el milagro, mi querido San Antonio. Permite que este hombre se dé cuenta de mi amor y sepa todo lo que estaría dispuesta a hacer por él. ¡Concédeme su amor, su cuerpo, su alma!

Epifanio justamente entra a la habitación, pues la puerta estaba abierta y se sorprende ante lo que ve.



Epifanio: ¿Puedo saber qué estás haciendo, Cruz?

Cruz abre los ojos como platos y se incorpora rápidamente cubriendo con su cuerpo el altar para que Epifanio no lo vea.

Cruz: ¡Don Epifanio! ¿Qué hace usted en mis aposentos?

Epifanio: Hace media hora debiste darme mi medicina y te estaba buscando por toda la mansión. ¿Qué escondes ahí?

Cruz: (alertada) ¡Nada, señor!

Epifanio: (molesto) ¿Cómo que nada? Déjame ver (Intentando mirar).

Cruz: (riendo nerviosa) Le juro que no es nada de su interés. Es parte de mi privacidad.

Epifanio: Pues en mi casa nadie tiene privacidad ni secretos, así que déjame ver. Quítate.

Cruz estira una de sus manos y toma la foto escondiéndola detrás. Epifanio la aparta a la fuerza.

Epifanio: ¿Qué ridiculez es esta? ¿Quieres provocar un incendio?

Cruz: De ninguna manera, don Epifanio. ¿Cómo cree usted? Además, no es ninguna ridiculez. Es un altar que le erigí a mi queridísimo San Antonio con mucho esmero.

Epifanio: ¡Qué santos ni qué nada! Mejor apaga esas velas antes de que queme algo o se queme tu cara por ponerte en esas. Ven a darme mi medicina que para eso te pago.

Epifanio sale de la habitación. Cruz suelta un suspiro de alivio.

Cruz: ¡Ay, Diosito! Menos mal no vio la foto, sino me hubiera dado a coscorrones.

Cruz toma la foto y la mira con ojos de enamorada.

Cruz: Pero, a pesar del malhumor que se trae, lo amo tanto. ¡Don Epifanio es el hombre de mis sueños!

Cruz suelta un suspiro de enamorada y besa la foto para luego aprisionarla contra su pecho.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

Milena acaba de irrumpir en la habitación de Danilo, su hermano. La chica se sorprende al ver a Marissa inconsciente sobre la cama.



Milena: ¿Qué significa esto, Danilo? ¿Por qué tienes a esa mujer en tu cama? ¿Qué está pasando? (Desconcertada).

Danilo: Casimira, tú sigue cuidando de la señora y no le quites los ojos de encima, ¿bueno? Voy a hablar con Milena.

Danilo toma de un brazo a su hermana y la saca de la habitación. Casimira mira angustiada a Marissa. En el pasillo, Milena se suelta de Danilo algo molesta.

Milena: ¿Puedes explicarme qué es lo que está pasando? ¿Por qué te portas así?

Danilo: Cálmate. No vayas a hacer un escándalo que nadie sabe de esto en la hacienda.

Milena: ¿Por qué tanto misterio? ¿Quién es esa señora? ¿Qué hace en tu cuarto?

Danilo: La encontré anoche cuando tuvo un accidente. Iba en su coche y alcancé a ver cuando rodó por el bosque y fue a parar al río.

Milena: (asustada) ¿Está muerta?

Danilo: No, no lo está, pero sí está muy mal.

Milena: Entonces debiste dejarla allá a que la encontrara alguien más. Si Tarcisio se entera, le va a ir con cuentos a los patrones y te van a correr. Recuerda que él es el capataz.

Danilo: Lo sé. Por eso la he tenido oculta y le he pedido a Casimira que se haga cargo de ella mientras se mejora, pero entiéndeme. Yo no podía dejar que se ahogara en el río. Tenía que ayudarla.

Milena: Ay, no lo sé. Espero que esto no te traiga problemas. Tú no sabes quién es ella ni de dónde viene.

Danilo: Lo sabremos cuando despierte, además, seguro va a estar agradecida de lo que hemos hecho por ella, porque, de no ser por mí, ahorita se la estarían comiendo los peces.

Milena se cruza de brazos y niega con la cabeza, poco convencida del proceder de su hermano.

CONTINUARÁ…

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