Capítulo 20: El Alma en Pena

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE

Marissa ha cacheteado a Danilo después de que éste la besara y además le confesara sus sentimientos hacia ella. Ella se ve muestra molesta.



Marissa: ¿Qué te pasa, Danilo? ¿Cómo te atreves?

Danilo: (muy avergonzado) Perdóneme. De verdad, le pido que me perdone, señora. Por un momento se me nubló la cabeza y no pensé…

Marissa: (lo interrumpe) Exacto. No pensaste. Esto que acabas de hacer es inaudito y no lo digo por tu confesión. Lo digo por haberme faltado al respeto y besarme sin mi consentimiento.

Danilo: Es que no me pude controlar y menos teniéndola acá a solas conmigo. Créame cuando le digo que la amo y no se imagina cuánto.

Marissa niega con la cabeza, le da la espalda y se pasa las manos por la cabellera.

Danilo: (sollozo) Lo que siento por usted es tan fuerte que hasta me duele, pero usted nunca entendería eso.

Marissa: Danilo, escucha. Entre tú y yo no puede pasar nada.

Danilo: Me duele más que me diga eso que la cachetada que me acaba de dar (Derrama un par de lágrimas discretas).

Marissa: No lo veas así. Tú eres un muchacho muy guapo. Cualquier chica de tu edad estaría encantada de salir contigo

Danilo: Pero a mí no me interesa nadie más, señora. Usted es única para mí. Usted es la mujer más espectacular y más hermosa que he conocido en mi vida. ¿Qué no diera yo para que usted me diera un chance?

Marissa: ¿Qué chance? Quizá no lo veas ahora, pero tú y yo somos de mundos distintos, de edades distintas. Tú podrías ser hasta mi hijo, por Dios. Date cuenta.

Danilo: ¿Qué importa eso? Para mí es más importa lo mucho que la amo.

Marissa: (incómoda) Deja de decir eso, por favor.

Danilo: (acercándose a ella) Es la verdad. Yo a usted la amo y a lo mejor no tenga dinero o buen apellido, pero podría trabajar duro para que se fije en mí si usted me diera la oportunidad.

Danilo nuevamente acerca sus labios a los de la mujer con ánimos de besarla, pero ella se aparta.

Marissa: Perdóname, pero no. Yo te veo como a un hijo. Entiende eso y lo que siento por ti se limita a un cariño y a un eterno agradecimiento por todo lo que tu hermana y tú hicieron por mí y por Pablo.

Danilo: Entonces… ¿Definitivamente no tengo chance?

Marissa: Danilo, todo está dicho ya. Es mejor que no insistas, porque será peor para los dos y no quiero verme obligada a distanciarme de ti. Yo no quiero que sufras.

Danilo: Muy tarde para eso.

Marissa: Por eso te digo que será peor luego si insistes con lo mismo. Puede doler al principio, pero luego te darás cuenta que es lo mejor y en mí siempre vas a encontrar a una amiga. Eso te lo juro.

Danilo se queda en silencio tragándose sus lágrimas, pero asiente resignado con la cabeza y se limpia las lágrimas.

Danilo: Está bien, señora. Olvídese entonces de lo que pasó y de lo que le dije. Si me disculpa, quisiera estar solo y necesito ducharme.

Danilo le da la espalda a lo que ella lo mira con lástima y siente por un momento el impulso de poner su mano sobre la espalda de él a modo de consuelo, pero se abstiene.

Marissa: Claro que sí. Qué descanses.

Marissa se va un poco indecisa sin dejar de sentir lástima, pero decide retirarse. Danilo la ve irse y se queda pensativo sintiéndose sumamente dolido luego de aquella plática.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE EPIFANIO / NOCHE

Epifanio se encuentra recostado en su cama en bata y leyendo un libro, sin embargo, se le ve sudando y algo ansioso, por lo que cierra el libro y se da viento con él.



Epifanio: (fastidiado) Ah, no sé qué carajos pasa. No soporto más. Me está sofocando el calor. ¡Cruz! (Llamándola a gritos) ¡Cruz, ven aquí, inútil! ¡Te necesito!

Cruz no tarda en aparecer y entra a la habitación sonriendo de oreja a oreja.



Cruz: Mande usted, mi tigre, digo… Don Epifanio. ¿En qué le puedo servir?

Epifanio: Prepárame agua en la tina. Voy a darme un baño y ojo. Quiero que esté climatizada.

Cruz: ¿Puedo saber a qué se debe el milagro? Usted nunca me pide que le prepare un baño.

Epifanio: Mejor en vez de andar haciendo preguntas que no te importan, haz lo que te digo. Me estoy asando del calor.

Cruz: Está bien, ya mismo me pongo en ello. No me tardo.

Cruz se muerde el labio inferior mirando con deseo a su patrón y se dirige al baño de la habitación mientras sonríe con picardía. Epifanio se levanta de la cama y se asoma casualmente por la ventana logrando ver desde allí que su hija sale en su auto.

Epifanio: ¿Para dónde va Carolina a esta hora? Van a ser las nueve.

El hombre se queda pensativo ante ello y luego toma su celular viendo que ha recibido un mensaje. Puede leerse lo que allí dice: “La paciente despertó y se puso histérica al ver sus quemaduras. Tuvimos que aplicarle un fuerte sedante”. Epifanio expresa preocupación en su rostro y responde el mensaje.

Epifanio: (escribiendo) Mañana voy para allá. Tengo que hablar con ella. Cuídenla con su vida si es preciso y mantengan vigilancia estricta sobre ella.

Epifanio envía el mensaje y lo presiona fuertemente mientras mira al vacío frunciendo el ceño.

Epifanio: Mañana vamos a tener una larga plática, Lisa. Tenemos mucho de qué hablar, hija…

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / NOCHE

Milena ha irrumpido en el departamento de Luis Enrique después de haber seguido a su madre hasta allí.



Milena: Con que esto era lo que te traías con tus salidas misteriosas en la noche, mamá.

Cecilia y Luis Enrique se ponen nerviosos sin saber qué decir.

Cecilia: Es mejor que nos vayamos de regreso para la hacienda. Ven y allá hablamos (Intenta sacarla del departamento).

Milena: ¡Claro que no! Esto lo vamos a hablar aquí y ahorita mismo.

Cecilia: ¡Milena, no me desobedezcas!

Milena: ¿Qué moral tienes tú para decirme lo que tengo que hacer? Mejor anda y dime. Este señor es mi papá, ¿no? Confiésalo o más bien, confiésenlo.

Cecilia se mira con Luis Enrique. Los dos han enmudecido.

Cecilia: Milena, no es lo que piensas. Déjame explicarte, hija.

Milena: No trates de verme la cara de estúpida, mamá. Yo recuerdo perfectamente a este hombre. Yo ya lo había visto varias veces en la hacienda y tengo entendido que es un socio de don Eduardo.

Cecilia: Bueno. Tú lo has dicho. Es un socio de don Eduardo. Él y yo…

Milena: ¿Él y tú qué? ¿Qué mentira vas a inventar para salvarlo? Porque eso es lo que siempre haces, salvarlo y justificar cada cosa que ha hecho como el haberse casado con otra mujer por interés y habernos abandonado a Danilo y a mí.

Luis Enrique: Milena, sé qué debes estar molesta, pero si nos lo permites, podemos explicarte muchas cosas.

Milena: Yo no necesito explicaciones de su parte, señor. Tengo muy claro todo lo que necesito saber, así que no pierda su tiempo.

Luis Enrique: Tan sólo te pido que nos sentemos a hablar los tres y que oigas mis razones. Confía en mí.

Milena: ¿Confiar en usted? ¿Cómo me pide que confíe en un hombre con alcances de asesino?

Cecilia: ¿De qué estás hablando? Eso es un disparate.

Milena: ¡Ah! ¿Tú no lo sabías? Entonces déjame te lo cuento. Resulta que tu amante aquí presente casi mata a su hijo adoptivo y no conforme con eso, quiso que lo encerraran en una casa de locos para deshacerse de él.

Cecilia: ¿Quién te contó semejante calumnia? Estás desvariando, niña.

Milena: Yo misma escuché el otro día a este señor platicando con un doctor del hospital del pueblo sobre eso. Le estaba ofreciendo lana a cambio de que lo ayudara. ¿O lo va a negar, señor?

Luis Enrique guarda silencio ante la acusación de la muchacha y baja la mirada.

Cecilia: Basta ya, Milena. Eso fue un accidente. Tu padre jamás quiso hacerlo a propósito.

Milena: (sorprendida) Entonces, ¿sí lo sabías?

Cecilia: ¿Qué importa eso?

Milena: (sonriendo incrédula) No lo puedo creer. ¿Qué tan ciega estás que justificas todo lo malo que hace este señor?

Cecilia: Ya no voy a seguir discutiendo contigo. Vámonos para la hacienda y hablamos cuando estés más tranquila (La toma de un brazo).

Milena: ¡No me toques! (Se suelta molesta) Yo no pienso ir contigo a ningún lado. Tú sigue aquí en tu amorío con este tipejo y olvídate de mí. Total, los dos son tal para cual. No saben qué asco me dan.

Milena mira fulminante a los dos y sale corriendo del departamento. Cecilia sale tras ella.

Cecilia: ¡Milena! ¡Milena, regresa aquí! Tú no puedes volver a la hacienda así sola.

Luis Enrique se queda a solas en el departamento sumamente abrumado luego de aquella discusión y no puede evitar sentirse mal, por lo que termina de tomarse el trago que se había servido con prontitud y lanza el vaso contra el piso.

Luis Enrique: (molesto) ¡Maldita sea!

Entretanto, en las calles, Milena camina con velocidad. Cecilia va tras ella y sigue llamándola.

Cecilia: ¡Milena! ¡Milena, que te detengas! ¡Te estoy llamando, muchacha!

Milena: (muy molesta) ¡Déjame en paz, mamá! Vuelve. Sigue en lo tuyo con ese señor que tanto me lamento que sea mi padre y déjame en paz.

Cecilia: ¡Milena! ¡No seas necia! ¡Que te detengas te digo!

Milena mira hacia atrás y decide acelerar el paso para evitar que su madre la alcance, pero en un momento dado, al cruzar la calle, no se percata de un auto que viene manejando.

Cecilia: (aterrada) ¡Milena! ¡Cuidado!

Milena ve el auto en venir, pero se paraliza con las luces delanteras y, aunque el conductor intenta frenar, atropella a la muchacha lanzándola lejos en la calle. Cecilia grita desgarrada.

Cecilia: ¡¡Milena!! ¡¡Hija!!

Cecilia corre hacia la calle para auxiliarla y pone la cabeza de la muchacha en su regazo manchándose las manos de sangre.

Cecilia: ¡Ay, no! ¡Milena, dime algo! (Ella no reacciona) ¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude!

El conductor se baja rápidamente del vehículo sorprendido por lo que ha pasado.

Cecilia: ¡Llame una ambulancia inmediatamente, imbécil! Mi hija está muy mal. Dese prisa.

El conductor no tarda en sacar su celular para llamar la ambulancia. Cecilia le da palmadas en el rostro a la muchacha, pero ella sigue sin reaccionar y es evidente el sangrado que emana de su cabeza.

INT. / RESTAURANTE / NOCHE

Carolina ingresa a un restaurante particularmente elegante con vista a la panorámica de Villa Encantada. De fondo suena música de piano para ambientar el lugar. Eduardo aguarda en una de las sillas y se toma un vino. Ella sonríe al verlo de lejos y se acerca a él.



Carolina: Hola, Eduardo.

Eduardo: (levantándose) Carolina, llegaste.

Los dos se saludan con un beso en la mejilla y él le aparta la silla con caballerosidad para que se siente. Luego de tomar asiento, ambos comienzan a platicar.

Eduardo: Gracias por aceptar mi invitación a cenar. ¿Cómo estás?

Carolina: (sonriéndole) Muy bien, gracias. Disculpa la tardanza. Quise arreglarme y verme bien para esta noche.

Eduardo: Quedaste preciosa, no te preocupes. Tú siempre te has visto y te conservas muy bien.

Carolina: Gracias, pero tú tampoco te quedas atrás, eh. Tan guapo como desde el primer día que nos conocimos.

Eduardo: Favor que me haces. He querido preocuparme más por mi imagen últimamente. El licor y la depresión estaban acabando conmigo.

Carolina: Me alegra muchísimo que estés tomando una actitud más positiva hacia la vida a pesar de todo lo que te aconteció en los últimos meses. Te ves de mejor semblante.

Eduardo: En parte se lo debo a Marissa.

Carolina: (se incomoda) Ah, ¿sí? ¿Tan bien está tu relación con ella?

Eduardo: Podría decirse que sí. Queremos darnos una oportunidad de ser felices. Es una muy buena mujer.

Carolina: Eso he notado. Yo también quisiera darme la oportunidad de conocerla bien. Como te conté, somos hermanas y para ambas fue una completa sorpresa que estuviéramos tan relacionadas.

Eduardo: Todos tenemos un secreto que guardar y ese fue el caso de tu padre o incluso el de la misma Lisa (Se pone nostálgico).

Carolina: Me imagino que todavía te afecta. Después de todo, aunque no fuera tu hija de sangre, la viste crecer y la consideraste como tal.

Eduardo: Sí, no te niego que, a pesar de sus constantes acosos, en el fondo la seguía viendo como mi chiquita. Pensar en todo lo que fue capaz de hacer y que terminara como como lo hizo no es fácil de asimilar.

Carolina: Es mejor que dejes el pasado atrás, Eduardo. Tú mismo me has dicho que ahora deseas darte la oportunidad de ser felices y eso implica olvidarte de esas cosas.

Eduardo: Sí, pero todavía hay mucho que me cuestiono. Para empezar, me inquieta saber quién era su cómplice. Todos sabemos que Lisa y otra persona estuvieron detrás de la muerte de Helena. Ella lo confesó en el video que Marissa nos pasó. Tú misma lo escuchaste.

Carolina: Es cierto. Da escalofríos pensar que esa persona ande por ahí suelta queriendo hacer más daño, pero ya el video está en manos de la policía. Ellos están investigando.

Eduardo: No creo mucho en lo que la policía pueda hacer. Tal vez nunca lo vayamos a saber. Lisa se llevó ese secreto a la tumba y no sólo ella. Helena por su parte también se fue sin que supiéramos quién era el verdadero padre de Lisa.

Carolina: (suspirando) Eduardo, ya es tiempo de que dejes de cuestionarte esas cosas que sólo te hacen daño cuando las recuerdas.

Carolina pone su mano sobre la mano de Eduardo y lo mira de forma especial.

Carolina: Mientras más te alejes del pasado, más feliz vas a vivir y ya es justo para ti. ¿No crees?

Eduardo: Tienes razón.

Carolina: Mejor dime a qué se debe esta invitación. ¿Todavía piensas casarte con Marissa y quieres que me encargue de los preparativos?

Eduardo: Primero que todo, quería disculparme contigo por la forma en la que te lo pedí la última vez. Yo sé que no estuvo bien de mi parte teniendo en cuenta que tú…

Carolina: (lo interrumpe) Está bien, Eduardo. Tú no eres el único que quiere dejar atrás el pasado. Créeme que yo también y sin importar lo que sienta por ti, eres mi amigo y ahí estaré para ayudarte en todo lo que necesites.

Eduardo: ¿Me lo dices en serio?

Carolina: Por supuesto. Yo solo quiero tu bienestar y si eso implica verte con otra mujer, no me importará con tal de verte feliz.

Eduardo: Me quitas un gran peso de encima. De verdad me preocupaba que se creara algún tipo de rivalidad entre ustedes dos teniendo en cuenta que son hermanas. No quiero ser una piedra en el zapato y por eso quería hablarlo contigo en persona.

Carolina: No te preocupes. Lo tengo muy claro.

Eduardo: Me alegra. Además, hace mucho no compartíamos como amigos. Por eso pensé en hacerte también esta invitación.

Carolina: (riendo) Me leíste el pensamiento, porque ya estaba por ser yo quien tomara la iniciativa. Tú bien sabes que para mí es un placer compartir tiempo contigo y nunca me aburriría.

Eduardo: Eso está muy bien. ¿Por qué no pedimos el menú y ordenamos?

Carolina: Me parece perfecto. Estoy hambrienta.

Los dos ríen. Eduardo le hace una seña a un mesero para que se acerque y éste le entrega a cada uno la carta del menú. Mientras leen los platillos, Carolina mira a Eduardo disimuladamente por encima de la carta.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE EPIFANIO / NOCHE

Epifanio sigue acalorado y está de pie al lado de la ventana. Cruz sale del baño.



Cruz: Ya está lista el agua, don Epifanio. Bien pueda pase.

Epifanio: (fastidiado) Hace más de media hora que te lo pedí y apenas terminas. De verdad que eres lenta, mujer.

Cruz: Bueno. Dígame si necesita algo más de mi parte. ¿Tal vez una ayudita con el baño?

Epifanio: ¿Qué acaso se te zafó un tornillo? Yo no soy un viejo senil para que andes bañándome. Faltaba más. Mejor lárgate. Mañana te quiero levantada temprano porque saldré de viaje de nuevo y necesito desayunar antes de irme.

Cruz: ¿Otra vez de viaje? ¿No me diga que tiene una amante en Ciudad de México? (Celosa) ¿Me está engañando?

Epifanio: Para empezar, no tengo ninguna amante y segundo, aunque así fuera, ¿a ti qué? Tú y yo no tenemos una relación para que te ande engañando. Mejor vete y déjame solo.

Cruz: Como usted diga. Con su permiso.

Cruz se retira mirando con malicia a su patrón. Epifanio se dirige al baño de su habitación. Después de unos segundos, Cruz abre la puerta de la habitación con cautela y entra con sumo silencio.

Cruz: (dándose aire) ¡Ay, mi San Antonio! Después de esta noche, don Epifanio va a caer rendido ante mis encantos. De solo pensarlo se me hace agua la boca.

Dentro del baño, Epifanio se retira la bata para adentrarse en la tina. Cruz lo observa de lejos con deseo y como es típico en ella, se muerde el labio inferior.

Epifanio: (complacido) ¡Ah! Está perfecta el agua. Esto era justo lo que necesitaba. Por fin hizo algo bien la inútil de Cruz.

Cruz también entra al baño y comienza a desvestirse. Epifanio se recuesta y cierra los ojos para relajarse cuando de repente, siente las manos de la mujer que lo masajea.

Epifanio: ¡Ah, eso! Hasta con masaje incluido. Qué delicia. ¿Qué más le puedo pedir a la vida?

De repente, Epifanio abre asustado los ojos.

Epifanio: Un momento. Yo no pedí un masaje.

Epifanio se da la vuelta y grita aterrado al encontrarse en primer plano con Cruz.

Epifanio: ¡Cruz!

Cruz: Hola, mi tigre. ¿Gustoso en verme?

Epifanio: Horrorizado dirás. ¿Qué haces ahí? ¿Te volviste loca? Vístete inmediatamente. No quiero presenciar semejante espectáculo.

Cruz: Usted habla como si ya no hubiéramos compartido momentos de pasión y conociera todo mi escultural cuerpo. Yo hasta conozco sus más íntimos lunares.

Cruz se toma el atrevimiento de meterse en la tina. Epifanio se echa para atrás cada vez más asustado.

Epifanio: ¿Qué estás haciendo, mujer? Lárgate de inmediato de aquí y déjame solo.

Cruz: ¿Por qué tan asustado? ¿Va a decirme que en el fondo no desea repetir nuestras pasionales experiencias?

Cruz pasa su dedo índice desde la punta de la nariz del hombre hasta bajar por su torso.

Epifanio: (nervioso) Deja de acosarme, Cruz. Comprende de una vez por todas que es inútil que hagas esto.

Cruz: Eso es lo que usted dice, pero su amiguito me dice otra cosa.

Cruz baja la mano hasta la entrepierna de Epifanio, quien se sobresalta.

Epifanio: Cruz, basta ya. Detente. Si sigues insistiendo en esto…

Cruz: ¿Si sigo insistiendo qué? Dígamelo. ¿Qué hará?

Epifanio mira fijamente a la mujer y se ve indeciso.

Epifanio: Si sigues insistiendo, no me vas a dejar más opción que ésta, desgraciada…

Epifanio no se contiene más y besa efusivamente a Cruz. Ésta, como es de esperarse, no duda en corresponderle y allí se quedan dispuestos a tener intimidad.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE



Pablo se dirige a su habitación, pero mira alrededor como si buscara a alguien. De repente, se encuentra con su madre, quien viene pensativa por lo ocurrido con Danilo.



Pablo: Mamá...

Marissa lo ignora y sigue caminando sumida en sus pensamientos. Pablo se extraña y la toma del brazo.

Pablo: ¿Mamá? ¿Qué te pasa?

Marissa: (reaccionando) Ah, Pablo, hijo. Discúlpame. No te vi.

Pablo: Me doy cuenta. Andas así medio rara. ¿Qué te ocurre?

Marissa: Nada. No te preocupes. Venía distraída pensando no sé en qué cosas. Precisamente, te estaba buscando hace un momento.

Pablo: ¿Por qué? ¿Tienes algo para decirme?

Marissa: Sí, mi amor. Mañana vamos a viajar para la capital. Tengo que regresar y arreglar unos asuntos financieros y otras tantas cosas que dejé pendientes después del accidente.

Pablo: Vaya, me toma por sorpresa. Pensé que podríamos quedarnos más tiempo.

Marissa: ¿Tan bien te sientes viviendo aquí en la hacienda?

Pablo: ¿Para qué te digo que no? Todavía hay muchas cosas que no recuerdo bien, aunque hay otras que sí gracias a la terapia. El punto es que este lugar me transmite mucha más tranquilidad que recordar nuestra casa. No lo sé.

Marissa: En ello tengo que darte la razón. Yo siempre me esforcé para que nuestra familia se mantuviera feliz, unida, perfecta, pero ya ves. Todo no fue más que una ilusión tonta de mi parte por no querer enfrentar la realidad. Cuando logres recordarlo todo, entenderás por qué lo digo.

Pablo: Bueno. Si tenemos que irnos, puede que me haga bien ver la ciudad y recuerde más cosas.

Marissa: (acariciándole el rostro) Es probable, pero no pienso obligarte a que viajes conmigo como si fueras un niño pequeño. Quédate aquí si eso deseas. Yo sé que hay otro motivo más fuerte por el que quieres quedarte.

Pablo: ¿Qué motivo?

Marissa: (sonriéndole pícara) ¿Milena te suena?

Pablo: (avergonzado) Mamá, por favor. ¿De qué hablas?

Marissa: Tú sabes mejor de qué hablo. ¿Vas a negarme que no te gusta Milena?

Pablo: Claro que no. Ella y yo solo somos amigos.

Marissa se queda mirando a Pablo tratando de contener la risa.

Pablo: ¡Bueno! ¡Está bien! (Hace una pausa) La verdad es que sí me gusta reteharto. No te puedo mentir.

Marissa: ¿Lo ves? Una madre siempre lo sabe todo sobre sus hijos.

Pablo: Es la primera vez que me siento así por una chava. Milena siempre ha sido a todo dar conmigo y me ayudó cuando más lo necesité, pero no sé si ella sienta lo mismo que yo.

Marissa: ¿Por qué simplemente no se lo dices? Milena no te va a rechazar. Tú eres todo un galán, mi amor y estoy casi segura que ella también siente lo mismo por ti.

Pablo: (dudoso) Danilo también me lo dijo, pero no sé. ¿Tú crees que sí?

Marissa: Claro. Quizás los dos han sido muy tímidos para dar el primer paso, pero harían una pareja muy linda. Si tus intenciones con ella son serias, tienes todo mi apoyo.

Pablo: Precisamente, quería invitarla a salir al pueblo esta noche y hasta pensé que esa podría ser la oportunidad, pero ya la busqué por toda la hacienda y no la encuentro.

Marissa: (extrañada) ¿Miraste en su habitación? Tal vez se fue a dormir temprano.

Pablo: Sí, pero tampoco la encontré y me preocupa.

Marissa: ¿Por qué no la llamas con el celular que compramos el otro día? Podrías localizarla más fácil.

Pablo: Tienes razón. No había pensado en eso. Vamos a ver qué me dice.

Pablo saca su celular y realiza la llamada.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, PASILLOS / NOCHE

Milena está siendo llevada inconsciente y sobre una camilla por los paramédicos en dirección a la sala de urgencias. Cecilia los acompaña.



Cecilia: (llorando) Tienes que ser fuerte, Milena. Resiste. Tienes que ponerte bien, hija mía. Te lo suplico.

La joven es ingresada finalmente a la sala de urgencias. Cecilia intenta pasar, pero una enfermera le interpone el paso.

Enfermera: Tiene que aguardar en la sala de espera, señora. Usted no puede pasar a esta zona.

Cecilia: (desesperada) Es mi hija. Tengo que saber cómo sigue.

Enfermera: Vamos a mantenerla informada de todo lo que pase con ella, pero espere aquí, por favor.

Cecilia se resigna y no ve de otra que aguardar allí a espera de noticias. De repente, un celular suena.

Cecilia: Este es el celular de Milena. Debe ser Danilo (Contesta). ¿Bueno? Danilo, ¿eres tú?

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE

Pablo es quien llama al otro lado de la línea y se extraña al oír la voz de Cecilia. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.



Pablo: ¿Quién habla?

Cecilia: Este es el celular de mi hija, pero ella ahorita no puede pasar al teléfono. ¿Quién y para qué la llama?

Pablo: Eh, soy un amigo, pero quisiera hablar con ella directamente. Es importante.

Cecilia: Pues ya le dije que no puede hablar.

Pablo: ¿Por qué? ¿Qué le ocurre?

Cecilia: Milena tuvo un accidente y acaban de traerla para el hospital.

Pablo: (impactado) ¿Cómo que un accidente? ¿Cuándo? (Marissa se sorprende).

Cecilia: Hace un rato, pero quién es usted. ¿Cómo se llama y qué es lo que necesita hablar con ella?

Pablo no responde nada y cuelga sumamente preocupado. Cecilia se queda extrañada.

Cecilia: Creo haber escuchado esa voz antes. ¿Quién sería ese tipo?

Entretanto, en la hacienda, Pablo sigue impactado por la noticia que acaba de recibir.



Marissa: ¿Qué le pasó a Milena, hijo? ¿Por qué reaccionaste así?

Pablo: Parece ser que sufrió un accidente. Me contestó su mamá.

Marissa: ¿Estás seguro? ¿Qué más te dijo?

Pablo: Pues no mucho. Tan solo me dijo que tuvo un accidente y que la llevaron al hospital. Me imagino que al del pueblo, no lo sé, pero tengo que ir para allá y saber cómo está.

Marissa: Espérame. Yo voy contigo, no voy a dejarte salir en ese estado y a estas horas de la noche. Voy a avisarle a Danilo para que nos acompañe y sea él quien nos lleve en alguna camioneta.

Pablo: Está bien. No te tardes.

Marissa sale con prontitud en dirección a la habitación de Danilo. Pablo se ve intranquilo y preocupado.

INT. / HABITACIÓN / NOCHE

En una habitación oscura y silenciosa, que es apenas iluminada por la luz de luna y que penetra a través de la ventana, puede verse de espaldas a una persona sentada frente a un espejo. Dicha persona, se pone una peluca, pero su rostro no se enfoca. Logra susurrar algo, pero suena casi ininteligible e indistinguible.

Persona misteriosa: Es la hora…

En un momento dado, se pone unos guantes negros y luego toma del tocador una máscara blanca que se pone para cubrir su rostro, similar al maquillaje que se usa típicamente para conmemorar el día de los muertos.



Persona misteriosa: Muy pronto sabrán de mí…

Dicho eso, aquel individuo se pone de pie y se dirige a una serie de fotos que tiene pegadas en un tablero, fotos de Marissa, Eduardo, Lisa, Manuel, Carolina, Epifanio e incluso de Luis Enrique.

Persona misteriosa: Muy pronto sabrán quién es El Alma en Pena y tú serás la primera en saber de mí, Lisa…

El Alma sin Pena clava un gran cuchillo en la foto de Lisa. Tal parece que se trata de alguien con mucho rencor y deseos de desatar grandes tragedias.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / CASA DE LAS QUINTANA / NOCHE


María Helena acaba de llegar y prende las luces de la humilde casa en la que vive con Martha.



María Helena: Hola, ma’. ¿Cómo estás? Ya estoy en casa. Me tardé en casa de unos amigos preparando una presentación para mañana.

Pero la joven no recibe respuesta alguna, cosa que le extraña.

María Helena: ¿Mamá, estás por ahí? ¿Dónde te metiste?

María Helena mira a su alrededor y es así como ve a su madre desmayada en el piso con un muy mal semblante.



María Helena: (aterrada) ¡Mamá!

Ella corre y se inclina para hacerla reaccionar.

María Helena: ¡Mamá! ¡Mamita! ¿Qué te pasó? ¿Qué tienes?

María Helena mueve a su madre, pero es inútil. Martha sigue sin reaccionar.

María Helena: ¡Ay, Dios! Estás helada. Tengo que pedir ayuda.

María Helena no ve de otra que alcanzar su bolso de una mesa y saca su celular para rápidamente marcar el número de emergencias. Mientras espera a que le contesten, pone la cabeza de Martha en su regazo y no la suelta de una de sus manos.

María Helena: (desesperada) ¿Sí, bueno? Por favor, necesito que envíen una ambulancia lo más rápido que puedan. Es una emergencia. Mi mamá está desmayada (Hace una pausa). Sí, la dirección de mi casa es esta…

VILLA ENCANTADA

INT. / RESTAURANTE / NOCHE


Eduardo y Carolina aún cenan en el restaurante, pero ambos han comenzado a tomar vino mientras ríen y recuerdan tiempos pasados.



Eduardo: (riendo) ¿Todavía recuerdas eso? De verdad que no lo puedo creer.

Carolina: Por supuesto. ¿Cómo me voy a olvidar de la noche que nos invitaste a cenar a Helena y a mí a aquel restaurante súper costoso si fue la peor noche de nuestras vidas?

Eduardo: Qué va. Tampoco estuvo tan mal.

Carolina: ¿Que no estuvo mal? Eduardo, no tenías dinero en ninguna de tus tarjetas y no nos permitieron salir del restaurante hasta que no pagáramos la cuenta. Tuviste que quedarte a lavar los platos a modo de compensación y la gente nos miraba. Fuimos el hazmerreír del pueblo.

Eduardo: (riendo) Tienes muy buena memoria. Yo ya ni recordaba eso (Bebe un sorbo de vino).

Carolina: Pues ahí ves. Por querer andar de picaflor con Helena y conmigo, mira lo que te pasó. Recuerdo lo furiosa que estaba ella. Me juró que no volvería a salir contigo porque eras un pelado.

Eduardo: Pero yo no me di por vencido. Bien que tú me ayudaste a seguirla enamorando, aunque… (Hace una pausa y se pone nostálgico) Bueno, ya sabemos que ella en realidad nunca estuvo enamorada de mí.

Carolina: Lo importante es que fuiste un gran hombre con ella y Helena jamás se quejó de eso, pero ya ves cómo es de irónica la vida. Cuánto no hubiese querido yo que tú hubieses sido conmigo una mínima parte de lo que fuiste con Helena. Hubiéramos podido ser tan felices…

Carolina pone su mano sobre la de Eduardo. Él se siente incómodo ante aquel detalle.

Eduardo: Carolina, tú y yo ya hemos hablado de esto.

Carolina: Sí, lo sé y antes de empezar a cenar te reiteré que solo me interesa tu felicidad, incluso si no es mi a lado.

Eduardo: Aprecio mucho tus palabras. Es solo que en el corazón no se manda y yo…

Carolina: (lo interrumpe) Tranquilo. No digas nada. Tan solo ten presente que tú eres el hombre de mi vida y eso nunca cambiará. ¿Por qué mejor no hacemos un brindis por nuestra “amistad”?

Eduardo: (sonriéndole) Me parece muy bien.

Carolina sonríe y aparta su mano, sin embargo, al hacerlo, empuja la copa de vino de Eduardo y derrama el licor sobre la mesa y sobre la ropa de él.

Carolina: (apenada) Ay, qué tonta. Discúlpame, Eduardo.

Ella toma rápidamente unas servilletas y se las pasa a él para que se limpie.

Carolina: Debí ser más cuidadosa. No fue mi intención.

Eduardo: (limpiándose) Pierde cuidado, no es nada. Fue un accidente.

Carolina: Espero no haberte echado a perder tu camisa. Te prometo que voy a comprarte otra.

Eduardo: No te preocupes. Ya te dije que no es nada.

Carolina: ¿Estás seguro?

Eduardo: Sí, no es gran cosa y no creo que se manche. De todas maneras, iré al baño para pasarle un poco de agua y ya regreso.

Carolina: Está bien. Te espero aquí.

Eduardo se pone de pie y se dirige al baño. Carolina lo ve irse y una vez se asegura de que no regrese, saca de su bolso un pequeño frasco que contiene un polvo blanco.

Carolina: Perdóname, Eduardo. Te juro que hago esto por amor a ti.

Carolina vierte todo el polvo blanco en la botella de vino cuidando no ser vista por nadie más y lo diluye bien. Luego, guarda de nuevo el frasco y se queda pensativa.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / NOCHE


Lisa duerme plácidamente debido al efecto del sedante que le aplicaron. De nuevo, su rostro está casi completamente cubierto por vendas y sin que ella se percate, alguien abre la puerta y se dirige a la cama. De dicha persona tan solo se enfocan los pies y una capa negra que se arrastra.

Lisa: (soñolienta) ¿Quién…? ¿Quién anda ahí?

Lisa entreabre los ojos, pero su visión se torna borrosa y apenas distingue a la persona que está frente a ella. Es nada y nada menos que la misma persona misteriosa con una máscara del día de los muertos, que usa una capa negra y cubre su cabeza con una capucha.



Lisa: (muy confundida) ¿Quién eres tú?

El Alma en Pena: Mucho gusto, Lisa. Soy El Alma en Pena.

Lisa: ¿Quién?

El Alma en Pena: Lo que oíste. Vago por las noches penando por la sangre de tus muertos que clama a mí y vengo a deshacerme de ti de una vez por todas, zorra traidora.

El Alma en Pena deja ver un cuchillo grande, cuyo filo incluso brilla.

Lisa: (asustada) Espera. No hagas nada.

Lisa intenta moverse, pero le es imposible.

El Alma en Pena: (riendo) Sé muy bien que estás sedada. Sientes que tu cuerpo flota, que no responde por más que lo intentes, así que no tienes escapatoria (Pasa el cuchillo por su cuello).

Lisa: No sé quién seas, pero no creo que seas ninguna alma en pena. Quítate esa pinche máscara de payaso, desgraciado y dame la cara. ¿Tú me trajiste y me encerraste aquí?

El Alma en Pena: Tan sólo limítate a morir. Me voy a encargar de rematarte, ya que el accidente que sufriste no pudo. Buen viaje hasta el infierno, zorrita.

El misterioso y enigmático personaje levanta el cuchillo dispuesto a matar a Lisa, cuyas pupilas se dilatan sintiendo su muerte cercana.

CONTINUARÁ…

Comentarios

¿Tienes consejos, sugerencias o comentarios? Contáctame

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *