Capítulo 3: Sin recuerdos

CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CASA DE LOS ESCALANTE / NOCHE


La historia se traslada a Ciudad de México. En vista panorámica se observan sus sitios más emblemáticos hasta que la cámara enfoca la fachada de la casa de la familia Escalante. Luis Enrique llega y justo es recibido por Pablo, quien luce preocupado.



Pablo: Papá, por fin llegas. Te estuve llamando todo el día porque mi mamá está desaparecida y no sé desde cuándo. Hoy que me levanté no la vi en su cuarto y no se ha comunicado conmigo.

Luis Enrique: (indiferente) Tengo una noticia que darte precisamente sobre eso, Pablo. Por eso regresé de mi viaje de negocios en Villa Encantada.

Pablo: (preocupado) ¿Qué noticia? ¿Qué está pasando?

Luis Enrique: Tu mamá tuvo un accidente muy grave anoche.

Pablo: (impactado) ¿Qué? ¿Y cómo está? ¿A dónde la llevaron para ir a verla?

Luis Enrique: Ese es el problema. Cuando venía manejando de Villa Encantada, el auto se desvió y fue a dar al río. Marissa está desaparecida y no han podido encontrar su cuerpo.

Pablo se echa para atrás al tiempo que desencaja el rostro sin poder asumir de golpe aquella noticia.

Pablo: Eso no puede ser, papá… Mi mamá, no…

Luis Enrique: Lo siento, pero ya cumplí con mi parte y te lo dije para que lo sepas. Mira tú si puedes organizar alguna ridiculez para homenajearla o págale a un sacerdote para que haga una misa en su nombre, no sé. Tú sabrás.

Luis Enrique se dirige a subir las escaleras. Pablo respira agitado a punto de llorar.

Luis Enrique: Yo me voy a dormir que estoy muy cansado. Hoy fue un día pésimo para mí atendiendo todo ese asunto.

Pablo no aguanta más y antes de que su padre adoptivo siga subiendo las escaleras, lo alcanza y lo toma del cuello de la camisa con brusquedad.

Luis Enrique: (furioso) ¿Qué estás haciendo, imbécil?

Pablo: (furioso) ¿Cómo puedes comportarte de esa forma? Mi mamá desaparecida y tú como si nada. ¡Eres una basura de ser humano!

Luis Enrique se suelta de Pablo y sin darse a la espera le propina un severo puñetazo en la cara. Pablo se sostiene del barandal de las escaleras para no caerse.

Luis Enrique: ¿Quién te has creído para hablarme así? ¡Te exijo que me respetes, mocoso de mierda!

Pablo se vuelve el rostro y se ve que incluso le hirió el labio inferior. El muchacho lo mira con un profundo rencor.

Pablo: (llorando) Eres un infeliz, papá.

Luis Enrique: ¡No me llames papá! ¡Yo no soy tu padre! Tú eres un recogido que la estúpida de mi mujer quiso adoptar porque fue una inútil incapaz de darme un hijo.

Pablo: Es cierto. Yo no llevo tu sangre y me alegra que así sea. Me avergonzaría ser el hijo de un tipejo como tú. En definitiva, mi mamá era demasiada mujer para ti.

Luis Enrique: (tomándolo de la camisa) ¿Vas a seguir? Porque de ser así, no solo te parto la cara, sino que te boto a la calle sin un peso. ¿Me escuchaste? Después de todo, no eres nada mío y tu querida mamacita que era la que te defendía ya está muerta.

Pablo: ¡Mentira! Yo sé que ella sigue con vida, en alguna parte, pero está bien.

Luis Enrique: (soltándolo) Cree lo que quieras. Los rescatistas y la policía la siguen buscando, pero si no aparece en una semana, la declararán muerta, así que no te hagas muchas esperanzas.

Pablo sigue llorando sin dejar de expresar el rencor que siente hacia Luis Enrique.

Luis Enrique: Te voy a dar una última oportunidad de que vivas a mis expensas, mocoso, pero te advierto que las cosas van a cambiar mucho de ahora en adelante y a ver si te consigues un trabajo para que seas bueno en algo.

Luis Enrique mira con desprecio a su hijo adoptivo y sube las escaleras. Pablo no puede evitar romper a llorar desconsolado.

Pablo: Tienes que volver, mamá. Tú no te pudiste haber muerto, no…

El joven niega con la cabeza y se agarra desesperado del cabello.

VILLA ENCANTADA



INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / AL DÍA SIGUIENTE



Marissa aún sigue delicada de salud y con fiebre acostada sobre la cama. Junto a ella están Danilo y Casimira. Casimira le pone un paño sobre la frente.



Casimira: Veo a esta mujer muy mal, Danilo. Está ardiendo en fiebre y no le baja. Lo mejor es que la llevemos a un hospital.

Danilo: No, no podemos hacer eso. Te dije ayer que hay gente que la está buscando y nos podemos buscar un problema por haberla traído acá.

Casimira: ¿Entonces vas a dejar que se muera o tienes otra idea mejor, muchacho?

Danilo: (exasperado) ¡Pues no sé, Casimira! ¡No sé! Veré si traigo algún médico hasta acá sin que lo vean.

Casimira: De verdad que eres terco. No hay quien te haga cambiar de opinión.

De repente, Marissa abre los ojos y mira confundida a su alrededor.

Casimira: Mira. Despertó.

Marissa: (muy débil) Dónde… ¿Dónde estoy?

Danilo se acerca rápidamente a ella y se sienta a su lado en la cama.

Danilo: Está en un lugar seguro, señora. No se preocupe. ¿Cómo se llama?

Marissa se queda pensativa.

Marissa: No… No lo sé (Agitada por la fiebre) No recuerdo nada.

Danilo y Casimira se quedan impactados al escucharla.

Marissa: ¿Quiénes son ustedes?

Danilo: ¿De verdad no se acuerda de nada de nada, señora? Usted tuvo un accidente hace dos días en su coche, ¿recuerda? Yo la traje para acá.

Marissa: (negando con la cabeza) No, no lo recuerdo, no sé. La cabeza me da vueltas y todo es muy confuso. Tengo la mente en blanco.

Marissa hace una expresión adolorida mientras se toca la parte superior de su cabeza.

Marissa: ¿Qué me pasó? ¿Quién soy? (Desesperada) ¿Por qué no soy capaz de recordar nada?

Casimira: (preocupada) ¡Ay, Virgencita! ¿Y ahora qué hacemos?

Danilo: Cálmese, por favor. Usted tuvo un accidente y todavía está muy reciente. Luego recordará quién era.

Marissa: (exaltada) No, no. Debo hacer algo. Tengo que recordar alguna cosa.

Marissa empieza a sentir un fuerte e insoportable dolor de cabeza y se pone las manos en los oídos frunciendo el ceño.

Marissa: ¡Argh! ¡Tengo que recordar algo!

Danilo se acerca a ella y se sienta en la cama intentando calmarla.

Danilo: Quédese tranquila. Usted tiene que descansar para que reponga fuerzas.

Marisa: No puedo. Tengo una sensación horrible en el pecho. Tengo un montón de imágenes muy confusas en la cabeza, pero no las entiendo. No entiendo nada. ¡No entiendo nada! (Rompe a llorar asustada).

Casimira: Danilo, tienes que ir por esas personas que me dijiste ayer, las que la están bus…

Danilo: Sh, cállate. Yo sé lo que hago. Escúcheme, señora…

Danilo toma el rostro de Marissa entre sus manos y la mira fijamente.

Danilo: Usted va a estar bien. Trate de descansar y de comer para que se pueda recuperar, sino no va a recordar nada. Hágame caso.

Marissa lo mira asustada y con desconcierto.

Danilo: ¿Entiende lo que le digo?

Marissa asiente con la cabeza en silencio, pero con los ojos desorbitados y vidriosos.

Danilo: Aquí nada le va a pasar y puede quedarse el tiempo que quiera. Le prometo que la voy a ayudar, ¿bueno? Casimira, ¿por qué no le traes algo de comer aprovechando que despertó?

Casimira: (dudosa) Sí, voy a la cocina por una sopa. Enseguida vengo.

Casimira sale con prisa de la habitación. Danilo se queda a solas con Marissa.

Marissa: ¿Quién eres tú?

Danilo: Me llamo Danilo. Trabajo como peón en esta hacienda, la hacienda de los Román.

Marissa: (confundida) ¿Los Román?

Danilo: Sí, es una familia muy rica del pueblo. Ellos no saben que usted está aquí. Los únicos que sabemos somos Casimira, mi hermana y yo. Por eso le voy a pedir que sea muy cuidadosa cuando salga al baño. Es mejor que se quede aquí y si necesita algo, se lo pida a Casimira.

Marissa escucha con atención a Danilo tratando de tomar a consideración las recomendaciones que él le da.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA



Lisa entra con cautela a la habitación de su padre y escucha en el fondo la ducha del baño abierta, por lo que se adentra. En efecto, en el baño, Eduardo está duchándose. Lisa lo observa con deseo a través del cristal transparente.



Lisa: (en voz baja) Cuánto quisiera que me hicieras toda tuya, papi. Quisiera estar entre tus brazos y hacer de todo contigo.

Eduardo se da la vuelta en ese momento y se echa para atrás asustado al encontrarse con su hija.

Eduardo: ¡Lisa! ¿Qué haces ahí parada?

Lisa lo mira con los ojos desorbitados sintiéndose descubierta.

Lisa: Pe… perdón, pa’.

Lisa se da la vuelta rápidamente para no verlo desnudo, pero al hacerlo, sonríe con una disimulada malicia y picardía.

Lisa: (fingiendo vergüenza) Venía para saber si necesitabas algo y quise ver si estabas en el baño, pero no me imaginé que… ¡Ay, perdón!

Eduardo cierra el grifo de la ducha, abre la puerta transparente y toma una toalla para cubrirse.

Eduardo: Bueno, ya. Cuando me vista hablamos. Sal de mi cuarto, por favor.

Lisa: Sí, papi, no te preocupes. Yo solo quería saber si estabas bien. Con permiso.

Lisa sale de la habitación. Eduardo no puede evitar sentirse sumamente incómodo, pues su hija acaba de verlo desnudo. Lisa, por su parte, se recuesta sobre la puerta y se muerde la uña de uno de sus dedos pulgares al tiempo que sonríe con picardía.

Lisa: Tarde que temprano vas a caer, papá. Yo seré muy pronto tu mujer.

La joven se retira de allí, pero no se da cuenta que es vista a lo lejos por Lucrecia, quien la mira con suspicacia.

UN MES DESPUÉS

NT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA


Ha pasado ya un mes desde el accidente. Marissa luce de mejor semblante y más recuperada, con algunas curillas pegadas en el brazo y algunos, pero insignificantes rasguños en el rostro y los brazos que ya están cicatricando. La mujer está sentada en la cama junto con Casimira, quien le da una sopa cucharada por cucharada. Danilo está presente.



Marissa: Gracias por todos los cuidados que han tenido conmigo este tiempo. Han sido muy amables aun arriesgándose a que los puedan correr por mi culpa.

Casimira: Con todo gusto, señito, además, nos alegra mucho ver que cada día se pone mejor. Yo pensé que no iba a resistir y mírese. Es un roble usted.

Marissa: Sí y fue gracias a ti, Danilo, que me sacaste del coche esa noche. Si no, hubiera tenido otra suerte.

Danilo: ¿Todavía no recuerda nada?

Marissa: (negando con la cabeza) Muy poco. Sé que iba llorando esa noche mientras conducía y venía un camión en la dirección contraria.

Marissa habla mirando al vacío como si estuviera viendo en una película aquello que narra.

Marissa: Luego, ya no supe más. Vagamente, recuerdo que había discutido con alguien momentos antes y lo otro que he venido recordando es que tengo un hijo, porque en mi cabeza veo la imagen de un muchacho que me dice mamá, pero eso es todo.

Casimira: (mortificada) Debe ser horrible no poder recordar nada. ¿Qué tal si se queda así para toda la vida?

Marissa: No, eso no puede pasar. Tengo que saber quién era yo, de dónde vengo, cuál era mi vida. Por eso ahora que me siento bien puedo ir con la policía. A lo mejor ellos me pueden ayudar a contactarme con mi familia.

Danilo: La policía no es buena idea. Casimira y yo podríamos meternos en problemas por haberla mantenido oculta aquí, señora, además…

Marissa: (extrañada) ¿Además qué?

Casimira y Danilo se miran entre sí algo incómodos.

Marissa: ¿Qué pasa? ¿Por qué no me dicen o acaso saben algo importante sobre mí?

Casimira: ¡Ay, señora! Es que todo este tiempo han estado buscándola y ya la dieron por muerta.

Marissa: (impactada) ¿Cómo?

Danilo: Sí. Como le dije su coche fue a parar al río y nunca encontraron su cuerpo, así que ya detuvieron la búsqueda y todos piensan que la corriente se la llevó.

Marissa: Eso no puede ser. Tengo que contactarme con alguien o con ese supuesto hijo que tengo. Debe haber personas que me necesitan y están preocupadas por mí.

Danilo: Tranquila. Yo le prometo que la voy a ayudar y me voy a encargar de buscar a su hijo. Tengo un carnal en la delegación del pueblo que me puede dar información.

Marissa: (desesperada) Sí, Danilo, por favor. Yo no puedo seguir viviendo así y algo me dice que dejé algo importante pendiente antes de ese accidente. Tengo que recuperar mi vida.

Danilo se sienta en la cama y la toma del rostro mirándola de forma especial. Casimira lo nota.

Danilo: Y la va a recuperar. Quédese tranquila y confíe en mí. Eso sí. Voy a necesitar que cuando todo esto pase, usted no nos acuse de que la retuvimos en contra de su voluntad. Recuerde que podríamos perder la chamba y hasta parar en la cárcel si su familia nos demanda.

Marissa: Claro que no. Yo jamás haría eso. De hecho, ni los voy a mencionar para que no se metan en problemas con la ley. No se preocupen.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Luis Enrique se encuentra visitando nada más y nada menos que a Eduardo. El primero no se imagina que su esposa, a quien cree muerta, está más cerca de él de lo que cree. Mientras aguarda sentado, Eduardo le entrega un vaso con whiskey y se sienta frente a él. Eduardo también tiene en sus manos un vaso con licor.



Luis Enrique: Bueno, aquí me tienes. Me dijiste que necesitabas hablar de algo muy importante conmigo.

Eduardo: (desanimado) Más que importante, es algo muy delicado, Luis Enrique. Tiene que ver con el patrimonio de mi familia.

Los dos no se percatan de que son escuchados detrás de una pared por Lucrecia.



Luis Enrique: ¡Vaya, hombre! Por la cara que tienes, supongo que es grave (Bebe un sorbo de whiskey). Pero adelante. Cuéntame. Hemos sido socios desde hace años y sabes que puedes confiar en mí.

Eduardo: Estamos en la quiebra.

Lucrecia se impacta al escuchar aquello y se lleva una mano a la boca. Luis Enrique también se sorprende.

Luis Enrique: ¿Estás hablando en serio?

Eduardo: (asentando con la cabeza) Sí e intenté hacer lo que pude, pero se me sale de las manos. Desde antes de que Helena muriera ya teníamos problemas financieros. Todos mis socios e inversionistas me están abandonando porque ven sus ganancias congeladas desde hace meses y ya te imaginarás.

Luis Enrique: Me dejas anonadado. Tú siempre fuiste muy hábil para manejar los negocios familiares y ahora te estás quedando solo económicamente hablando, Eduardo.

Eduardo: Lo sé. He descuidado los negocios, en especial desde la muerte de Helena, pero lo peor no es eso…

Luis Enrique: ¿Hay más?

Eduardo: Tuve que hipotecar la hacienda como hizo mi padre hace tantos años para recuperar las pérdidas y pagarles a los que rompieron alianzas conmigo.

Lucrecia no lo soporta más y hace acto de presencia en la sala.

Lucrecia: (furiosa) ¡Eduardo!

Eduardo: (levantándose) Mamá…

Lucrecia: ¿Escuché bien eso que dijiste? ¿Hipotecaste la hacienda?

Eduardo no sabe qué decir al verse descubierto por su madre.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / DÍA

Entretanto, Lisa está sentada frente a su computador de mesa y sonríe con una enorme alegría al revisar su correo electrónico.



Lisa: ¡No puede ser! Tiene que ser un sueño. De verdad me aceptaron.

La joven toma su celular para hacer una llamada. Luego de unos segundos, una persona misteriosa le contesta al otro lado de la línea.

Lisa: Hola, mi amor. ¿Cómo vas? (Hace una pausa) Fíjate que acabo de checar mi correo y me encontré con un mail de la agencia. Me aceptaron (Pausa). Sí, lo sé. Te lo debo a ti. (Pausa) En cuanto viaje a la capital para empezar a trabajar como modelo me vas a tener todita para ti en persona y no por videollamadas (Pausa). Sí. Tú no te preocupes. Voy a hacer de todo para que mi papá y mi abuela me den el permiso. Te marco luego, ¿va? Iré a darles la noticia.

Lisa cuelga el celular y borra aquella sonrisa de su rostro por una expresión de molestia.

Lisa: Valió la pena haberle tenido que enviar esas fotos y mostrarme desnuda por la cámara para que me aceptaran en esa agencia. Voy a ser la modelo que siempre soñé y lo voy a lograr.

Lisa sonríe con una enorme ambición mientras presiona su teléfono contra su pecho.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Lucrecia ha escuchado a Eduardo y Luis Enrique hablando sobre la hipoteca de la hacienda además de que el patrimonio de la familia está en quiebra.



Eduardo: (balbuceando) Mamá, yo…

Lucrecia frunce el ceño y le lanza una bofetada a su hijo mayor.

Lucrecia: ¡Esto es el colmo, Eduardo! ¿Cómo pudiste? ¿Piensas dejarnos a todos en la calle?

Eduardo: Estoy tratando de salvarlo todo. Voy a recuperar lo que hemos perdido.

Lucrecia: (sarcástica) ¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Bebiendo día y noche?

Lucrecia le arrebata el vaso de licor a Eduardo y se lo lanza en la cara. Luis Enrique intenta contener la risa ante lo que ve, pero guarda silencio.

Lucrecia: Cuando tu padre murió, confié en ti para que tomaras las riendas del hogar, pero mira en lo que te has convertido. ¡Un maldito alcohólico! ¡Un deshecho! (Habla con mucho desprecio).

Lucrecia lanza el vaso al piso que se quiebra en el acto. Eduardo baja la mirada.

Eduardo: Perdóname por haberte decepcionado, mamá.

Lucrecia: Tu perdón no nos va a sacar de la bancarrota en la que nos hundiste. ¿En qué momento te convertiste en un fracaso incapaz de velar por sí mismo y por los suyos?

Eduardo: (sollozo) Trata de entenderme. Perdí a la mujer de mi vida de la noche a la mañana.

Lucrecia: ¡Helena ya está muerta! ¡Déjala descansar en paz si tanto la amaste! Ella no vendrá del más allá a ayudarnos para que recuperemos lo que hemos perdido.

Luis Enrique: Doña Lucrecia, ¿por qué no confía en Eduardo? (Cruza las piernas) Él es un hombre muy habilidoso. Yo estoy seguro que va a recuperarlo todo.

Lucrecia: Pues más le vale porque a mi edad no pienso quedarme en la calle sin un centavo y te advierto algo, Eduardo.

Lucrecia mira fulminante a su hijo.

Lucrecia: Apresúrate a hacer algo para solucionar tus errores o me encargo de quitártelo todo y pasárselo a Manuel para que sea él quien tome las riendas. ¿Me escuchaste?

La anciana se retira de la sala. Eduardo suspira sintiéndose muy afligido al tiempo que derrama varias lágrimas. Luis Enrique lo mira con burla, pero disimula y se levanta para consolarlo.

Luis Enrique: Ya, hombre. No le hagas caso. Es natural que se haya puesto así. Tu madre siempre ha tenido un carácter muy fuerte.

Eduardo: Tiene toda la razón. Me volví un fracasado, un deshecho. Tengo la sensación de que Helena se suicidó por mi culpa.

Luis Enrique: Ya, no digas eso. Tú sabes que también perdí a mi esposa hace un mes y ni siquiera su cuerpo encontraron para sepultarla, pero la vida sigue. Te propongo que hagamos algo.

Eduardo se limpia las lágrimas y escucha a su hipócrita socio.

Luis Enrique: Yo podría invertir todo el capital que mi esposa me heredó al morir en la producción de la hacienda de manera que las ganancias incrementen de nuevo y estén por las nubes.

Eduardo: Tú ya eres mi socio, Luis Enrique. Una inversión de esa cantidad es demasiado.

Luis Enrique: Bueno, así me convertiría en tu socio mayoritario, además, puedes tomarlo como un préstamo de un buen amigo porque eso somos también, ¿no? Tú luego me lo devolverías con intereses al doble.

Eduardo: ¿De verdad harías eso por mí?

Luis Enrique: (sonriendo) ¡Por supuesto! ¿Para qué estamos? Pero sólo tendría una condición.

Eduardo: (extrañado) ¿Cuál?

Luis Enrique: Fírmame un poder en el que me cedas los derechos de patrimonio de la hacienda y de la empresa. De esa forma, los dos podríamos trabajar juntos para levantar lo que has perdido.

Eduardo se sorprende al escucharlo y se queda pensativo.

Luis Enrique: ¿Qué dices? ¿Aceptas o no?

Eduardo: Tengo que pensarlo, Luis Enrique. Es un asunto muy delicado firmar esa clase de poder. Tú tendrías acceso a todo como si fueras el propietario.

Luis Enrique: Pero el propietario seguirías siendo tú. Yo sería algo así como tu apoderado y tú seguirías al mando, claro. Te aseguro que ganarías el doble.

Eduardo: De todos modos, déjame pensarlo bien y consultarlo con mi abogado.

Luis Enrique: Como quieras, pero recuerda que el tiempo corre y está en tu contra. Toma una decisión antes de que sea muy tarde y el banco embargue la hacienda.

Luis Enrique bebe de su copa de whiskey mirando con astucia y malicia a Eduardo.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SEGUNDO PISO / DÍA

Lucrecia va caminando por los pasillos del segundo, aún indispuesta por la discusión con su hijo. La anciana se topa con su nieta quien trae una sonrisa de oreja a oreja.



Lisa: ¿Qué te traes, abuelita? ¿Por qué esa cara de amargada?

Lucrecia: (molesta) No es nada que sea de tu incumbencia, muchacha insolente. ¿Quién te crees para hablarle a tu abuela de esa manera?

Lisa: Ay, sólo preguntaba. No te pongas así. Justo a ti te andaba buscando. Tengo que darte una noticia súper mega wow.

Lucrecia: Pues habla que no estoy de humor para tonterías.

Lisa: Es que había aplicado para una agencia de modelaje en Ciudad de México. Envié mis datos, mis fotos, todo lo que me pidieron, ¿y qué crees? ¡Me aceptaron, abuela! (Emocionada).

Lucrecia: (sonriendo con burla) ¿Estás bromeando?

Lisa: Para nada y si no me crees, vamos a mi cuarto y te muestro el mail que me enviaron para que lo veas con tus propios ojos. ¡Voy a ser modelo! ¿Te imaginas?

Lucrecia: (riendo) ¡Por favor, Lisa! Tú ya casi cumples los dieciocho años y no tienes edad para que andes por ahí con esas fantasías de niña en pubertad.

Lisa: Ninguna fantasía. Es muy real. Lo único que necesito es que mi papá o tú me den el permiso para viajar en cuanto antes a la capital. Tengo que empezar las clases pronto y si todo sale bien, en menos de un año estaré modelando en una infinidad de pasarelas.

Lucrecia: Ay, mi niña. Tú eres una Román y esa no sería una profesión decente para ti. ¿Qué pensaría todo el mundo si te vieran por ahí exhibiéndote en ropa interior?

Lisa: ¡Pero abuela! Es mi sueño. Es algo que he aspirado desde niña y no pienso renunciar sólo porque eres una retrógrada. Las mujeres de hoy no son las mismas de la época de los dinosaurios, que es de donde tú vienes.

Lucrecia: (seria) Cuida bien el tono en que me hablas.

Lisa: Es la verdad. Los tiempos han cambiado. Entiéndelo.

Lucrecia: Cambien o no los tiempos, nuestra familia es de la más distinguidas de la región y sería una vergüenza tener una mostrona exhibiéndose en las revistas y en televisión.

Lisa: Pues no me importa. Voy a ser modelo estés tú de acuerdo o no. Yo sé que mi papá me apoyaría.

Lucrecia: Sí, pero yo no y puedo encargarme de convencerlo para que te lo impida y no te dé ningún permiso para viajar.

Lisa: No puedes hacerme esto, abuela. Me costó muchísimo esfuerzo buscar agencias que me aceptaran. ¡Por favor!

Lucrecia: No pienso discutir más del asunto cuando hay cosas muchísimo más importantes. Mejor vete preparando porque en cuanto cumplas la mayoría de edad, te voy a enviar a Europa para que estudies algo de tu altura.

Lucrecia se retira de allí. Lisa se queda frustrada luego de aquella discusión y frunce el ceño.

Lisa: Vieja perra. Estás muy equivocada si crees que voy a obedecerte. Tú no me conoces en verdad y no sabes de lo que soy capaz.

Lisa mira hacia al vacío de una forma profunda como si en sus ojos guardara auténtico fuego.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA

Milena se encuentra lavando unos platos. Tarcisio entra en silencio por la puerta trasera y se acerca a ella en silencio para luego darle una nalgada. Milena se voltea asustada.



Milena: (molesta) ¡Tarcisio!

Tarcisio: (sonriendo) Hola, preciosa. Me has tenido muy abandonado últimamente.

Milena: Vete de aquí y déjame en paz.

Tarcisio: Te recuerdo que soy el capataz, chiquita. Tengo mucho más derecho que tú de estar aquí.

Tarcisio le acaricia el rostro a la joven, pero ella le aparta la mano.

Milena: Te dije que me dejes en paz. ¿Hasta cuándo vas a estar molestándome?

Tarcisio: Hasta que te haga mi mujer.

Tarcisio rodea con uno de sus brazos la cintura de Milena. Ésta gime un poco nerviosa.

Tarcisio: Desde hace mucho me traes loco y no te imaginas cómo me fascina verte bañándote a lo lejos sin tú te des cuenta.

Milena: ¡Eres un cerdo!

Tarcisio: Tengo derecho a ver, ¿no? Bien que me conozco tu cuerpo ya con los binoculares que me compré y no estás nada mal (Riendo).

Tarcisio comienza a acariciarle las piernas a la joven empleada mientras intenta besarla.

Milena: (indignada) ¡Ya suéltame!

Milena empuja al capataz y le lanza una leve cachetada.

Tarcisio: (molesto) ¿Quién te has creído, desgraciada?

Milena: ¿Y quién te has creído tú para faltarme al respeto y tocarme como se te antoje? ¡No soy una cualquiera!

Tarcisio: Pero sí gusta mirar a los peones jóvenes de la hacienda cuando están trabajando y les sonríes como una ofrecida mientras que a mí me rechazas.

Milena: Porque ellos son buenos a diferencia de ti que eres un pervertido cochino. Quédate esperando porque jamás me voy a acostar contigo.

Tarcisio: Eso lo veremos. Tú vas a ser mía, tarde que temprano y quieras o no.

Tarcisio se abalanza sobre la joven acorralándola contra la pared y la besa la fuerza mientras la retiene de las muñecas.

Milena: ¡Déjame, Tarcisio o voy a gritar hasta que me escuchen por toda la hacienda!

Tarcisio: Hazlo. Igual la cocina está muy alejada y nadie nos va a escuchar mientras y te demuestro lo que es un hombre de verdad. Vas a ver (Besándola por el cuello).

Milena: (gritando) ¡No! ¡Déjame!

Cecilia entra en ese momento a la cocina y al encontrarse con esa escena, toma rápidamente un cuchillo.



Cecilia: ¡Aléjate de mi hija inmediatamente, Tarcisio!

Tarcisio se aparta de Milena, quien luce asustada luego del forcejeo con el hombre. Cecilia le apunta a éste con el cuchillo mirándolo desafiante.

Tarcisio: (sonriendo) ¡Vaya, vaya! Pero si es la mamita que salió en defensa de su hijita en aprietos.

Milena corre a esconderse detrás de su madre.

Cecilia: Va a ser mejor para ti que te largues que tú nada debes hacer en la cocina.

Tarcisio: Yo siendo tú bajo ese cuchillo y no me andaría con amenazas. Recuerda que soy el capataz y si se me da la gana, te corro de la hacienda a ti y a tus mugrosos hijos.

Cecilia: ¡Hazlo! Inténtalo y le cuento a los patrones todo lo que sé sobre de ti.

Tarcisio: (burlándose) ¿Qué puedes hacer tú, mujer? Llevo trabajando para esta familia más de veinte años.

Cecilia: Yo también, así que no me tientes. Puedo correr ya mismo a contarles a los patrones que te quedas con la mitad del pago de los jornaleros y que has vendido reces a otras haciendas sin que lo sepan.

Tarcisio: (frunciendo el ceño) Estás loca. No sé de qué hablas.

Cecilia: Danilo ya me lo contó. Él está al tanto de todo, así que ándale. ¿Qué estás esperando? Lárgate ya mismo y no se te ocurra volver a molestar a mi hija porque a la próxima te va a pesar.

Tarcisio: Está bien, está bien. Me voy y ya cálmate que no pienso volverme a acercar a tu muñequita.

Cecilia: Más te vale.

Cecilia no baja el cuchillo hasta que Tarcisio sale de la cocina por la misma puerta por la que entró. Milena abraza a su madre.

Milena: Gracias a Dios llegaste, mamá. Esta hacienda es tan grande que por un momento pensé que nadie iba a venir a ayudarme por más que gritara.

Cecilia: Ya, Milena. Lo importante es que llegué a tiempo. Tarcisio no te va a volver a molestar y si lo hace me dices para que se las vea conmigo.

Milena: Creo que va a ser mejor que deje de trabajar aquí y me busque otra chamba en el pueblo. Tengo miedo de que ese desgraciado en cualquier momento me vea desprotegida y me haga algo. Por ahí dicen que ya se lo ha hecho a otras muchachas.

Cecilia: Pues contigo no va a pasar eso. No te preocupes. Tú vas a seguir trabajando aquí y yo voy a estar más al pendiente de ti.

Cecilia acaricia el rostro de Milena y vuelve a abrazarla.

CONTINUARÁ…

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