Capítulo 5: Malas intenciones

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE TARCISIO / DÍA



Marissa observa asustada y con los ojos desorbitados a Tarcisio, quien, aprovechándose de la inconsciencia de ella, se atrevió a tocarla y a robarla un beso justo cuando ella despertó.



Marissa: Respóndame. ¿Quién es usted? ¿Cómo llegué aquí?

Tarcisio: Tranquila, preciosa (Poniéndose de pie). Tan solo estaba checando si estabas bien. Yo no pensaba hacerte nada malo.

Tarcisio no borra de su rostro aquella sonrisa burlona y mira con lascivia las piernas de la mujer. Marissa se percata y alcanza una sábana para cubrirse.

Marissa: (desconfiada) ¿Dónde estoy?

Tarcisio: En la hacienda de los Román. Yo soy el capataz y anoche te encontré desmayada en los predios cercanos de la hacienda.

Marissa: (pensativa) ¿Los Román?

Tarcisio: Sí, la familia más acaudala del pueblo. Pudiste haberte metido en un problema anoche por andar merodeando predios ajenos y, aun así, fui bueno y te traje a mi cuarto para nada malo te pasara.

Marissa: Yo no sabía (Tocándose la cabeza). Estaba muy confundida y me sentía muy mal, muy débil. Llevaba caminando por horas.

Tarcisio: (extrañado) ¿De dónde eres?

Marissa: Eh, no lo recuerdo bien. Me caí y me golpeé en la cabeza, y hay muchas cosas que no recuerdo. Gracias por haberme salvado.

Tarcisio: No hay de qué, mi reina. Puedes quedarte aquí escondida hasta que te sientas mejor. No quiero que te vean y me acusen con los patrones que me puedo meter en un lío.

Marissa: Tranquilo. De todos modos, no pienso quedarme mucho tiempo. Por ahora, si no es mucha molestia, quisiera tomarme una ducha e ir al pueblo.

Tarcisio: Claro, ahí tienes mi baño y me supongo que también debes tener hambre, ¿no? Deja te traigo algo de la cocina para que comas. Me voy a vestir y ya regreso.

Tarcisio entra al baño y Marissa no puede evitar sentirse sumamente incómoda con la presencia del hombre. Parece que no le ha dado buena espina.

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE, SALA / DÍA

Pablo ha llegado súbitamente al departamento de Luis Enrique. Éste se ve sorprendido, pues no lo esperaba.



Luis Enrique: Lárgate y vuelve a la capital. Tú no tienes nada que hacer aquí.

Pablo: Tengo mucho más para hacer de lo que crees. Empecé a atar cabo y me di cuenta que la noche del accidente, mi mamá venía de este mismo pueblo y tú también estabas aquí supuestamente en uno de tus tantos viajes de negocios.

Luis Enrique: (sonriendo incrédulo) ¿Y qué insinúas? ¿Crees que yo maté a tu mamá?

Pablo: Pues nada extraño sería para mí. De una basura como tú me puedo esperar cualquier cosa.

Luis Enrique se acerca molesto a su hijo y la toma de la camisa con fuerza.

Luis Enrique: Más te vale que te largues ya mismo. No me pienso aguantar tus pataletas de niño malcriado y tengo mucho trabajo por hacer.

Cecilia grita en ese momento desde la habitación.



Cecilia: ¿Quién es, Luis Enrique?

Pablo se extraña al escuchar aquella voz y se suelta de su padre para ir hasta la habitación. Luis Enrique sale tras él. Una vez que Pablo llega, se sorprende al ver a Cecilia sentada sobre la cama, aún desnuda, cubriéndose con las sabanas. Ella también se sorprende.

Cecilia: ¿Quién eres tú?

Pablo: (incrédulo) Esto es el colmo, pero claro, ahora lo entiendo todo. Esta es la razón por la que viajas tan seguido a este pueblo.

Luis Enrique: Vete inmediatamente, Pablo. No tengo por qué darte explicaciones de lo que haga con mi vida.

Pablo: Fue por ella, ¿no? Mi mamá te descubrió con esta mujer y por eso tuvo ese accidente.

Luis Enrique enmudece y respira agitado sin saber qué decir.

Pablo: ¿Qué? ¿No vas a decir nada? Debe ser porque estoy en lo cierto, ¿no? Has tenido una amante y por eso viajas a Villa Encantada cada semana.

Luis Enrique: Tu madre ya murió hace un mes. Tengo que retomar mi vida de alguna manera.

Pablo: ¿Me vas a decir que tu aventura con esta mujer vino después de la muerte de mi mamá?

Cecilia: (interviniendo) Ninguna aventura. Luis Enrique y yo hemos sido pareja por más de veinte años, incluso antes de que se casara con la mojigata de tu madre.

Luis Enrique: ¡No te metas en esto, Cecilia!

Cecilia: Me meto porque estoy cansada de que niegues lo nuestro. Dile de una vez al bastardo que adoptaste con esa idiota que yo soy tu verdadera mujer. Díselo. Dile que incluso tenemos una familia.

Pablo: (impactado) ¿Una familia?

Luis Enrique: ¡Lárgate ya, Pablo! En la casa hablamos tú y yo.

Pablo: (indignado) Yo no tengo nada que hablar contigo. No me interesa. Mi mamá siempre se desvivió por ti y te apoyó en todo, ¿y tú le pagaste de esta manera?

Cecilia: (exasperada) Ay, por favor. El mismo drama vino a hacer tu madrecita cuando nos descubrió. Ya supéralo y no seas tan patético como lo fue ella.

Pablo: (furioso) Desgraciada, zorra. no voy a permitir que hables mal de mi mamá frente a mí.

Pablo se acerca a Cecilia fuera de sí y la jala del cabello. Ella gime adolorida, por lo que Luis Enrique interviene y lo aparta.

Luis Enrique: ¡No te atrevas a tocarla, mocoso de mierda!

Luis Enrique le lanza un puño en la cara a Pablo, pero éste no se queda quieto y sin darse a la espera, se lo devuelve. Cecilia grita asustada.

Luis Enrique: (furioso) ¿Te atreves a golpearme?

Pablo: ¡Tú empezaste con todo esto! ¡Y ya no me importa nada! Te voy a denunciar por asesinato porque el único culpable de lo que le pasó a mi mamá fuiste tú, Luis Enrique.

Pablo sale de la habitación bastante alterado. Luis Enrique sale detrás de él y lo alcanza antes de que se vaya girándolo hacia sí.

Luis Enrique: ¡No te atrevas, imbécil! ¡Te puede pesar!

Pablo: Tú tampoco me retes porque al que le puede pesar eres tú.

Pablo empuja a su padre adoptivo con brusquedad, pero éste lo detiene y en una maniobra rápida lo empuja fuertemente. Es así como el joven pierde el equilibrio y se golpea la cabeza contra un buró cayendo inconsciente de forma instantánea al piso.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, COMEDOR / NOCHE

La noche cae en el pueblo. Epifanio cena encabezando la mesa acompañado de Carolina quien está sentada al otro extremo. Cruz también está presente, pero se encuentra de pie al lado de Epifanio.



Epifanio: Entonces, ¿piensas viajar mañana a la capital?

Carolina: Sí, papá. Hace varias semanas que no voy y ya es justo. Tengo que checar que las cosas andan bien con la agencia.

Epifanio: Para eso tienes a Gracia que es tu asistente personal y tu mano derecha. Deja que sea ella la que se encargue de todo. Tú puedes administrar la agencia desde acá.

Carolina: Sí, es cierto. Gracia hace un excelente trabajo, pero no es lo mismo. Yo también necesito echarle un ojo a la administración personalmente y ver qué tal se mueven las finanzas, pero hasta el último informe todo iba excelente.

Epifanio: Me alegra oír eso. Quiere decir que no fue tan mala idea que abrieras esa agencia de modelaje, aunque tú sabes al principio no estaba muy convencido.

Carolina: Pero ya ves que me ha ido de maravilla y nos ha servido para incrementar nuestro capital. Incluso yo tengo la forma de generar mis propios ingresos sin depender completamente de ti.

Cruz: Perdón que interrumpa, señorita, pero se me ocurrió preguntarle algo ahora que están hablando de la agencia.

Epifanio: ¿Con qué locura vas a salir ahora?

Carolina: Ay, papá, qué molesto. Déjala hablar. Dime, Cruz. ¿Qué pregunta tienes? (Sonriéndole).

Cruz: Bueno, es que me dio curiosidad saber si allá en su distinguida agencia hay excepciones de edad.

Carolina: (extrañada) ¿Excepciones de edad? ¿A qué te refieres?

Cruz: Pues eso mismo, señorita. Usted sabe que casi siempre las modelos son chicas jóvenes en bikini y me preguntaba si no hay modelos que estén más o menos en sus cuarentas como yo.

Epifanio: (burlándose) ¿Cuarentas? Perdóname, Crucecita, pero tu cuenta ya pasó por ahí desde hace mucho. Tú ya vas para los cuarenta, pero del segundo milenio, ja, ja, ja.

Cruz: (indignada) ¡Don Epifanio! Me ofende y para que se lo sepa, ya quisieran muchos hombres tener como esposa una mujer tan recatada y bien conservada como yo (Mostrándose petulante).

Epifanio: Pues de seguro esos hombres que dices estarían ciegos si se liaran contigo.

Carolina: Ay, por favor. No la molestes más, papá. Ella sólo me hacía una pregunta y sobre eso, no lo había pensado, Cruz. ¿Por qué? ¿Te gustaría ser modelo?

Cruz: Pues no lo sé. A lo mejor podría ser un buen referente para las mujeres maduras del país.

Epifanio: (riéndose más fuerte) ¿Modelo tú? ¿Con ese bigote y ese aroma de fósil?

Cruz se sorprende en gran manera al escuchar a Epifanio.

Carolina: ¡Papá! ¡Basta! ¿Qué te pasa? Tú mismo me enseñaste que no hay que burlarse de los defectos físicos de las personas.

Cruz: (sorprendida) ¿Defectos físicos?

Carolina: (avergonzada) Ay, perdón, Cruz, yo…

Epifanio: Pues tú lo has dicho, hija. Cruz nunca podría ser modelo con los defectos físicos que tiene y tampoco tiene la edad para esas cosas.

Cruz: (dolida) Es usted un machista, don Epifanio. Me trata peor que a un perro y no lo merezco después de todos los años que he trabajado para usted.

Epifanio: Tú te lo buscas por andar pensando en tonterías. Mírate en un espejo. Tú no serías modelo a no ser que te contrataran para hacer de bruja en alguna película de terror o qué se yo.

Cruz abre los ojos más de lo normal cada vez más ofendida y sin darse a la espera, toma uno de los platos donde está servida la sopa y lo derrama sobre la cabeza de Epifanio. Carolina se sorprende.

Epifanio: (furioso) ¿Qué demonios…?

Cruz: (sacudiéndose las manos) Espero le guste la sopa que esta bruja le preparó, don Epifanio. Buen apetito.

Cruz se retira del comedor con cierta altivez.

Epifanio: ¡Cruz, vuelve aquí! ¡Vuelve que no he acabado contigo!

Epifanio se sacude la cabeza y la ropa que le ha quedado sucia al tiempo que Carolina se ríe.

Carolina: Te lo mereces. Ya la tenías harta con tus insultos, ja, ja, ja.

Epifanio: (molesto) Tú cállate. En buena hora vine contratar como ama de llaves a esa vieja loca. Mira nada más lo que me hizo.

Epifanio toma una servilleta y se limpia fastidiado la ropa. Carolina sigue riéndose disimuladamente.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE



Entretanto, Lisa entra con cautela al estudio de la hacienda y ve a Eduardo con un vaso de vidrio en las manos bebiendo licor como de costumbre. El hombre ya se ve ebrio.



Lisa: Hola, papi. ¿Podemos hablar?

Eduardo: (ebrio) Sí, hija. Pasa.

Lisa se adentra en el estudio y se queda de pie frente a él.

Lisa: Veo que estás tomando otra vez. ¿Hasta cuándo vas a seguir así?

Eduardo: (pensativo) Me es imposible no hacerlo. Todos los días que pienso en tu madre me duele el pecho y para no sentirme así no tengo de otra que beber.

Eduardo toma un sorbo de licor. Lisa suspira exasperado al oírlo y niega con la cabeza.

Lisa: Otra vez mi mamá. Otra vez esa maldita Helena. Me tienes cansada con lo mismo.

Eduardo: (sorprendido) ¿Por qué te expresas así de ella?

Lisa: Por nada. No venía para hablar de una muerta, sino para hablarte de otra cosa que me tiene sumamente preocupada.

Lisa se acerca a su padre de forma provocativa y se sienta en el escritorio dejándole ver las piernas.

Lisa: Papi, necesito dinero.

Eduardo: ¿Para qué? ¿Te hace falta algo?

Lisa: Hum, no. Tú me das la vida de princesa que me merezco y no me puedo quejar (Acariciándole uno de los hombros). Esto se trata de otra cosa, algo con lo que he soñado toda mi vida, papi.

Eduardo: (desconcertado) ¿Qué es? Dime.

Lisa: Quiero ser modelo. Fíjate que incluso me aceptaron en una agencia de modelaje de la capital, pero hay que pagar la inscripción y aparte de eso, necesito un depa donde hospedarme, clases de conducción y mi propio auto para movilizarme. ¿Me entiendes?

Eduardo: Todavía no es tiempo para eso, Lisa (Bebe más licor). Tú todavía eres menor de edad y una jovencita como tú nada tiene que hacer en una agencia de esas.

Lisa: Pero, papá, te estoy diciendo que es mi sueño. Me faltan sólo un par de meses para cumplir los dieciocho. ¿Qué te cuesta darme el permiso y la lana que necesito?

Eduardo: Háblalo entonces con tu abuela. Que sea lo que ella diga. Yo ahora no estoy para eso.

Eduardo inclina la cabeza sintiéndose mareado por el efecto del alcohol. Lisa sonríe con malicia y se levanta del escritorio.

Lisa: Yo ya hablé con ella y está de acuerdo. Le encantó la idea y hasta me dijo que te propusiera algo. ¿Qué tal si me das la parte que me corresponde de la herencia de la familia para cubrir con todos los gastos? De esa forma, no tendría que depender de ti.

Eduardo: Imposible, Lisa. Una cosa así no es conveniente por ahora.

Lisa: (desconcertada) ¿Por qué? Ya no soy una niña y tengo derecho a reclamar mi parte. Es lo justo, papá. Es mi futuro.

Eduardo: (molesto) ¡Te dije que no! Una hipoteca pesa sobre la hacienda en estos momentos y estamos a punto de irnos a la bancarrota. ¿Qué parte puedes reclamar en esas condiciones?

Lisa: (sorprendida) No sabía nada.

Eduardo: Pues ya lo sabes y déjame solo. No me importunes. Todos me tienen harto paseándose por ahí como almas en pena, pendientes de lo que hago o dejo de hacer.

Lisa: (moleta) Hum, está bien. Me voy. Tú síguete pudriendo en tu asqueroso alcohol y déjanos a todos en la ruina. Espero no te arrepientas luego cuando sepas la clase de mujer que tuviste por esposa y por la que tanto te has lamentado.

Eduardo se extraña al escuchar aquello dicho por la joven, quien sale del estudio.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / NOCHE

Luis Enrique observa consternado a Pablo, quien se encuentra inconsciente sobre una cama, con la parte superior de la cabeza vendada. Un doctor está terminando de revisarle los ojos al muchacho usando una pequeña linterna.



Luis Enrique: ¿Por qué no despierta todavía?

Doctor: Tenemos que esperar. El golpe que sufrió en la cabeza fue fuerte y es probable que haya sufrido un traumatismo craneoencefálico.

Luis Enrique: (desconcertado) ¿Qué quiere decir con eso? ¿Va a estar bien?

Doctor: Todo depende de cómo reaccione en las próximas horas. En caso de que se ponga grave, lo mejor será trasladarlo en una ambulancia a otro hospital en otro pueblo que tenga mejores condiciones.

Luis Enrique: Está bien, doctor. Gracias.

El doctor se retira de la habitación. Luis Enrique se queda a solas con su hijo adoptivo y se acerca a él mirándolo con rabia.

Luis Enrique: Eres un idiota. Todo esto fue por haber metido tus narices donde nadie te había llamado y ahora mírate. Terminaste igual que la mojigata de Marissa.

Pablo sigue inconsciente ajeno a lo que Luis Enrique le dice. Éste se inclina un poco y le habla cerca casi que susurrando.

Luis Enrique: Espero y no te levantes de esta cama para acusarme porque preferiría mil veces verte muerto y calladito para que no seas un estorbo en mi vida nunca más. ¿Me escuchas? ¡Muérete de una buena vez!

De repente, Pablo abre lentamente los ojos y su visión se torna borrosa. Luis Enrique se echa para atrás asustándose.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE TARCISIO / NOCHE

Marissa se encuentra de pie mirando la noche por la ventana de la habitación de Tarcisio. La mujer ya se ve de mejor semblante, más limpia y agraciada, luego de haberse tomado un baño, aunque sigue usando aquel vestido corto en harapos.



Marissa: (agobiado) El hombre de anoche era Luis Enrique. Estoy segura. Él también me reconoció y ya sabe que no morí en el accidente como todos pensaron, y ahorita debe estar buscándome. ¿Qué hago?

De repente, Tarcisio entra a la habitación con una bandeja en la mano. Marissa voltea a verlo.



Tarcisio: ¿Qué tal, preciosa? Mira. Aquí te traigo la cena. Me imagino que debes tener hambre.

Marissa: (seria) Gracias. No se hubiera molestado.

Tarcisio: (sonriéndole) Claro que no, hombre. No es ninguna molestia. Para mí es un placer servirle a una damita tan hermosa como tú.

Marissa: Igual no quiero ser una carga para nadie. Usted ya hizo mucho por mí habiéndome salvado anoche cuando me desmayé, así que ya dentro de un rato me voy.

Tarcisio: Pos no creo que sea buena idea, ¿sabes? Te puede pasar algo en el camino tú sola por ahí. Quédate por esta noche y ya mañana te vas. Yo mismo te llevo al pueblo en la camioneta.

Marissa: En serio no quiero causar más molestias. Es mejor que me vaya y alguien me puede descubrir aquí en su cuarto.

Tarcisio: No seas terca. Quédate, además, ¿para dónde te vas a ir en esas fachas? Deja al menos te consigo unos zapatos y un vestido, y ya mañana temprano te vas. Ándale.

Marissa se queda pensativa durante algunos segundos y asiente con la cabeza, algo indecisa y sintiéndose incómoda.

Marissa: Está bien, pero mañana me voy temprano. Me voy a quedar sólo por hoy y ya.

Tarcisio sonríe con malicia al escucharla y pone la bandeja sobre la cama. Marissa lo mira con suspicacia.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / NOCHE

Pablo ha despertado y recobrado la consciencia de forma súbita ante la sorpresa de Luis Enrique, quien de inmediato, corre hacia la puerta y llama a gritos al doctor.



Luis Enrique: ¡Enfermera, doctor! ¡Vengan pronto! Mi hijo despertó.

Pablo permanece estático sobre la cama sin mediar palabra alguna. Pocos segundos pasan y el mismo doctor de hace un rato hace presencia en la escena acompañado de una enfermera.

Doctor: ¿Qué pasó? (Acercándose a Pablo).

Luis Enrique: Mi hijo abrió los ojos, así de repente, justo cuando usted salió.

El doctor examina al joven, quien sigue sin decir nada. Luis Enrique observa preocupado temiendo lo que su hijo adoptivo pueda decir.

Doctor: ¿Cómo te sientes, muchacho? ¿Me puedes ver?

Pablo: Do… ¿Dónde estoy?

Doctor: Te golpeaste en la cabeza. ¿Recuerdas alguna cosa?

Pablo mira a todos los presentes en la habitación con un notable desconcierto.

Pablo: ¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy?

Luis Enrique: (interviniendo) Estás en un hospital. ¿Recuerdas qué pasó esta tarde?

Pablo sigue con la mirada retraída desconcertando a Luis Enrique.

Luis Enrique: (impactado) ¿Qué ocurre, doctor? ¿Qué le pasa a mi hijo? ¿Por qué no dice nada?

Doctor: Tal parece el golpe le afectó lo dejó aturdido (a Pablo) ¿Te acuerdas de tu nombre? ¿Sabes cómo te llamas?

Pablo niega bastante confundido con la cabeza.

Pablo: No lo sé. No sé quién soy…

Luis Enrique se sorprende en gran manera al escucharlo.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / NOCHE



Danilo entra a la cocina en donde Casimira termina de lavar algunos platos. El ama de llaves lo ve y platica con él mientras sigue en su labor.



Casimira: ¿Vienes de buscar a la señora?

Danilo: (agobiado) Sí y estuve en el pueblo preguntándole a varias personas, pero nadie la ha visto. Parece que se la hubiera tragado la tierra.

Casimira: Pos a lo mejor no nos debemos preocupar más por ella. Puede que haya recordado todo y se haya devuelto para el lugar de donde viene. Por eso huyó sin decirnos nada.

Danilo: (decepcionado) Debió haberlo hecho. Yo hubiera podido ayudarla en lo que necesitara. ¿Qué va a andar haciendo ella sola por ahí?

Casimira: Ya, mijo. Como te digo, deja así y no sigues agobiándote por lo mismo. Esto ya se nos salió de las manos. Llevas buscándola día y noche. ¿Qué más puedes hacer?

Danilo: (desanimado) Me supongo que nada y me va a hacer reteharta falta, ¿sabes? Me estaba acostumbrando a verla todos los días.

Casimira: Entonces, mucho mejor que se haya ido, porque así de paso te olvidas de ella y no te vas a seguir haciendo ilusiones con quien no debes.

Danilo: ¿Por qué dices eso?

Casimira: ¿Me lo vas a seguir negando? (Cierra el grifo y lo mira fijamente) Yo sé que te enamoraste de esa señora y me di cuenta con las miraditas que le echabas. ¿Crees que eso está bien?

Danilo: Pues no le veo nada de malo. Es una mujer joven, bien conservada y está preciosa. ¿Qué impediría que pudiera haber algo entre ella y yo?

Casimira: ¡Qué pregunta, Danilo! ¿Te parece poco no saber quién es ni de dónde viene? Es verdad que la estuvimos acogiendo durante un mes, pero nunca dejó de ser una desconocida para nosotros. Hasta ella misma se desconoce.

Danilo: ¿Qué tiene? Pudo haber empezado otra vida desde cero, comenzar de nuevo, ponerse otro nombre, qué se yo. Hasta le hubiera podido conseguir trabajo en la hacienda con los patrones de no ser porque se fue y quién sabe a dónde.

Casimira niega con la cabeza y abre de nuevo el grifo para seguir lavando los platos.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, PASILLO / DÍA

Luis Enrique y el doctor a cargo de Pablo salen juntos de la habitación en donde el joven está descansando.



Luis Enrique: ¿Me puede explicar qué carajos ocurre con mi hijo, doctor? ¿Por qué estaba diciendo tantas incoherencias?

Doctor: Tal parece que el golpe dejó secuelas en él de amnesia.

Luis Enrique: (sorprendido) ¿Me está diciendo que perdió completamente la memoria?

Doctor: Bueno, no podría darle un diagnóstico con seguridad en este momento. Tenemos que esperar unos cuantos días más para ver cómo evoluciona el muchacho y confirmar si tan solo son secuelas pasajeras.

Luis Enrique: (pensativo) Una cosa como esa no me conviene.

Doctor: (extrañado) ¿Disculpe?

Luis Enrique: Pablo no puede recuperar la memoria, doctor. Él sabe cosas de mí que no me convienen y pueden perjudicar mi buen nombre.

El doctor se sorprende al escucharlo. Luis Enrique se acerca a él a una distancia bastante próxima y le susurra.

Luis Enrique: Voy a necesitar que usted me ayude y se encargue de que la dichosa amnesia esa no sea temporal, sino definitiva.

Doctor: Eso es imposible y, aunque no lo fuera, tampoco es ético de mi parte.

Luis Enrique: (burlándose) Hasta la ética tiene un precio en este mundo, doctor. Yo no sé si usted sepa quién soy yo, pero puedo compensarlo muy bien si busca la manera de hacer pasar al imbécil ese como un retrasado.

El doctor cada vez se sorprende más, pero no dice palabra alguna.

Luis Enrique: Invéntese algo, un diagnóstico, un reporte falso, no sé, pero haga lo que sea para que Pablo no tenga posibilidad nunca de recuperarse. ¿Me entiende?

Doctor: Estamos hablando de su propio hijo, señor Escalante. ¿Cómo me puede pedir eso?

Luis Enrique: Ese bastardo no es mi hijo. Es adoptado, así que qué más da. Poco me importa lo que pase con él. Usted sólo ocúpese de hacer lo que le digo y a cambio le voy a pagar muy bien. Hágalo pasar como un retrasado para internarlo en algún asilo de donde no salga nunca.

Luis Enrique esboza una sonrisa sutil de malicia y se aleja del doctor.

Luis Enrique: Mañana nos vemos y espero no diga ni una sola palabra de esto a nadie. Tengo influencias y puedo usarlas para bien o para mal dependiendo de su ayuda. Buenas noches.

Luis Enrique le da una palmada suave en la espalda al doctor. Éste se queda consternado y en silencio, pero parece que en el fondo la idea le tienta.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CRUZ / NOCHE

Cruz se encuentra poniendo su ropa y pertenencias dentro de una maleta que tiene puesta sobre la cama. Epifanio entra de repente, pues la puerta estaba abierta.



Epifanio: ¡Oye tú! Necesito que hablemos.

Cruz: (indiferente) Estoy muy ocupada, don Epifanio. Ahora no.

Epifanio: Pues deja de hacer lo que estás haciendo y explícame qué fue lo de hace un rato en el comedor. ¿Te volviste loca o es que ya se te terminaron de fundir todas las neuronas cuando me derramaste toda la sopa encima?

Cruz: Ni lo uno ni lo otro. Me quise vengar de usted porque me harté de sus insultos machistas y de sus humillaciones. Por eso decidí que me voy de su mansión. Ya no pienso trabajar más para usted.

Epifanio: (incrédulo) ¿Escuché bien? ¿Vas a dejar de trabajar para mí?

Cruz: Sí, don Epifanio (Voltea a verlo muy seria). Me voy y para siempre. Han sido muchísimos años trabajando para un viejo déspota y cascarrabias como usted y ya no lo soporto más. Me cansé.

Epifanio: Ah, vaya. Pues ahí tienes la puerta para que salgas, porque no creas que pienso rogarte para que te quedes. Faltaba más.

Cruz: Tranquilo. Tampoco me interesa que me ruegue. Me voy a voluntad para no volver más y a ver si se consigue otra ama de llaves que tenga la paciencia y la fidelidad que tuve yo.

Cruz termina de meter sus cosas en la maleta y la cierra para luego ponerla en el piso.

Cruz: (seria) Hasta nunca, don Epifanio.

La mujer sale de la habitación arrastrando su maleta sin mirar hacia atrás con la frente en alto y el mentón hacia arriba. Epifanio frunce el ceño, pero no le da mayor importancia.

Epifanio: Ja, luego me consigo una más joven y más bonita que esa bigotuda.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / AL DÍA SIGUIENTE



Es un nuevo día en el pueblo. Eduardo llega a la hacienda acompañado de Carolina, quien luce rozagante y bien vestida para él.



Carolina: (sonriéndole) ¿Qué tal te pareció el desayuno en el club?

Eduardo: (sonriendo levemente) Estaba delicioso. Gracias por la invitación, Carolina. Disfruté mucho pasar un momento contigo.

Carolina: Yo igual, Eduardo y gracias a ti por haber aceptado. Es hora de que cambies de ambiente y que abras tus horizontes. No todo es alcohol y borracheras.

Eduardo: (incómodo) ¡Ejem!

Carolina: Ay, perdona, no quise decir eso. Te juro que no te digo por mal. Yo…

Eduardo: Está bien. No te preocupes. Tienes toda la razón. Va siendo hora de que me ponga los pies sobre la tierra y salga de las sombras en las que he estado, pero a veces me resulta difícil. Todavía me duele y extraño a Helena.

Lisa va a pasar por allí, pero al verlos, se esconde detrás de una pared y se queda escuchando.



Carolina: Te entiendo. Fueron muchos años de matrimonio, pero por ese mismo amor que sentiste por ella, haz un esfuerzo y vuelve a ser el mismo hombre que eras antes, ese hombre del que yo… (Se detiene).

Eduardo: (extrañado) ¿Del que tú qué? ¿Qué ibas a decir?

Carolina: Ay, Eduardo. Es que yo…

Eduardo: ¿Qué pasa, Carolina? ¿Tienes algo para decirme?

Carolina: Yo sé que no es conveniente ni prudente decírtelo en estos momentos cuando todavía no superas la muerte de Helena, pero hace tiempo que estoy enamorada de ti.

Eduardo se sorprende al escucharla. Lisa, desde su escondiste, frunce el ceño.

Carolina: Tú siempre has sido el hombre ideal para mí, mucho antes de que te casaras con Helena y tuvieras una hija con ella.

Eduardo: (incómodo) Carolina, yo…

Carolina: Tranquilo, no tienes que decir nada. Quería decírtelo para que no sientas que el mundo se acabó, para que sepas que hay alguien que te ha amado en silencio durante años como no tienes idea y esa soy yo, Eduardo.

Eduardo: Me siento halagado, no te lo voy a negar y tú eres una mujer maravillosa, pero eres mi amiga y también lo fuiste de Helena.

Carolina: Sí, es cierto y por esa razón jamás intervine entre ustedes, ni intenté seducirte o sembrar intrigas para separarlos. Yo siempre respeté su matrimonio, pero ahora que ella murió, me queda una esperanza contigo.

Eduardo: En estos momentos no pasa por mi cabeza iniciar una relación con nadie y espero que lo entiendas. Helena está muerta, pero todavía la amo y la tengo muy presente en mi cabeza.

Carolina: (sonriéndole enamorada) Pues si tan solo me dieras la oportunidad, podría borrar ese recuerdo y ayudarte a que sanes (Acariciándole el rostro). Date a ti mismo la oportunidad de amar algún día de nuevo.

Lisa decide intervenir en ese momento cruzándose de brazos y mirando fulminante a Carolina.

Lisa: ¿Por qué mejor no te largas y dejas a mi papá en paz?

Eduardo: (sorprendido) Lisa, ¿estabas escuchando?

Lisa: Por supuesto y no puedo creer cómo esta mujer se atreve a seducirte. Debería darle vergüenza después de que supuestamente fue tan amiga de mi mamá. Ya decía yo que tanta amabilidad no era gratis.

Carolina baja la cabeza sintiéndose algo incómoda y avergonzada.

Eduardo: Carolina no estaba haciendo nada malo. Estábamos hablando como dos personas maduras y tú no deberías andar por ahí escuchando conversaciones ajenas.

Lisa: (enarcando una ceja) ¿Te vas a poner de su parte, pa’?

Eduardo: Esta es una conversación que nos concierne solo a ella y a mí. Yo sé cómo manejar la situación. Tú vete para tu cuarto.

Carolina: No es necesario, Eduardo. Yo ya me voy de todas maneras.

Eduardo: ¿Estás segura?

Carolina: Sí, no te preocupes. Ten un buen día. Con permiso.

Carolina se va con algo de prisa de la hacienda, agobiada por la presencia intimidante de Lisa. Ésta se acerca a su padre.

Lisa: Tienes que alejarte de esa tal Carolina, papá. Esa mujer no te conviene. Es una descarada, una ofrecida.

Eduardo: Carolina no es mala, hija. Estás malinterpretando toda la situación. Ella solo fue sincera conmigo y me dijo lo que sentía.

Lisa: Entonces, ignórala. Tú le debes respeto al recuerdo de mi mamá. Ella murió hace muy poco y no sería justo que te involucraras con otra mujer y menos con ésa que fue dizque su mejor amiga en tan poco tiempo.

Eduardo abraza a Lisa y le da un beso en la frente.

Eduardo: Eso no va a pasar. No tienes de qué preocuparte.

Lisa: ¿Me lo prometes?

Eduardo: Sí. Tu mamá sigue muy presente en mí y no pienso traicionar su recuerdo por ahora. Carolina tendrá que entender.

Lisa sonríe con malicia al escuchar eso y abraza con más fuerza a su padre con doble intención al punto de olerlo, aunque él no se percata de ello.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE TARCISIO / DÍA



Marissa aprovecha que está a solas y se toma una ducha en el pequeño baño de la habitación. Tarcisio entra en ese momento con cautela y al escuchar la ducha abierta, se asoma y observa tras la cortina a Marissa bañándose desnuda.



Tarcisio: (susurrando) Uf, me fascina esta mujer. Me encanta…

Marissa se da la vuelta en ese momento y se asusta al ver a Tarcisio observándola en silencio.

Marissa: ¿Qué hace usted ahí parado?

Tarcisio: (acercándose) Eres hermosa, ¿sabías? Parece una diosa caída del mismísimo cielo.

Marissa alcanza rápidamente una toalla y se cubre.

Marissa: Me parece de muy mal gusto que me esté espiando, pervertido. Sálgase y déjeme sola.

Tarcisio: ¿Por qué me voy a salir si esta es mi habitación? Puedo hacer lo que se me venga en gana, preciosa (Habla con cierta burla). Tú deberías complacerme después de lo que hice por ti.

Marissa: Mejor váyase y si tanto me piensa reprochar lo que hizo, no se preocupe que ya mismo me voy.

Tarcisio: Tú no te vas hasta que me pagues.

Tarcisio se acerca de tal forma que corre la cortina. Marissa se echa para atrás gimiendo angustiada.

Marissa: No se le ocurra acercarse. Déjeme.

Tarcisio: ¿Por qué tan esquiva? Podemos pasarla muy bien antes de que te vayas. Un macho como yo no se consigue en cualquier parte. Aprovechemos (Acariciándole el rostro).

Tarcisio mira a la mujer de arriba hacia abajo con una profunda lascivia. Marissa finalmente se ve acorralada entre él y la pared.

Marissa: Se lo suplico. No lo haga, por favor (Temblando).

Tarcisio: Sh, no hables tanto, chiquita (Desabrochándose el cinturón). Relájate que no voy a ser rudo.

CONTINUARÁ…

Comentarios

¿Tienes consejos, sugerencias o comentarios? Contáctame

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *