Capítulo 6: Profunda angustia
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE LISA / DÍA

Lisa entra a su habitación y se sorprende al ver a Manuel acostado sobre la cama. La joven cierra la puerta y se acerca a él molesta.


Lisa: ¿Qué estás haciendo en mi habitación? ¿Cómo te atreves a entrar sin mi permiso y tumbarte sobre mi cama?
Manuel: Hemos compartido esta cama por mucho tiempo. Casi, casi es como si fuera mía, ¿no crees? (Burlesco).
Lisa: Déjate de bromas. Vengo de muy mal humor.
Manuel: Como de costumbre. Te la pasas más amargada últimamente que mi madre. ¿Qué pasó ahora, chiquita? (Sentándose sobre la cama).
Lisa: (fastidiada) Deja de llamarme así que no lo soporto. no soy tu chiquita y si vas a importunarme con tu presencia, lárgate de aquí.
Manuel: Bueno, cálmate. Mejor desahógate y dime qué te tiene tan estresada. ¿Otra vez el asunto de la agencia?
Lisa: (cruzándose de brazos) No. esta vez es la estúpida esa, la tal Carolina. Escuché cuando se le estaba confesando a mi papá. Tuvo el descaro de decirle que ha estado enamorada de él incluso desde antes de que se casara con mi mamá.
Manuel: (riéndose) Eso ya lo veíamos venir. Todos ya lo sabíamos. Hasta me late que la misma Helena lo sabía, pero como eran tan amigas, eso nunca fue motivo de discordia entre ella.
Lisa: Una lástima que mi difunta mamita fueran tan tonta. No me extrañaría que esa mujer tuviera algo que ver con su muerte. Tal vez quiso sacarla del camino para quedarse con mi papá una vez enviudara.
Manuel: Hablas con mucha seguridad. ¿Tú también crees que lo de Helena fue un asesinato y no un suicidio?
Manuel se pone de pie y la mira con suspicacia.
Manuel: ¿O es que a poco sabes algo que nadie más sabe?
Lisa se sorprende por la pregunta y se corre algo incómoda el cabello.
Lisa: Ay, ¿yo qué sé? Tan sólo decía. Haya sido un asesinato o un suicidio, poco me importa ya. Helena está muerta y eso es lo que vale para mí.
Manuel: Tu apatía se me hace muy extraña, sobrina. Cada vez que hablas de ella, se te sale el odio hasta por los poros.
Lisa: (dándole la espalda) ¿Cómo podría sentir lo contrario por una mujerzuela que engañó durante tantos años a mi papá?
Lisa se voltea de nuevo y encara a su tío.
Lisa: Hasta pasó por tu cama varias veces. ¿Te acuerdas?
Manuel: (sorprendido) ¿De dónde sacas eso?
Lisa: Por favor, tío. No tienes que fingir frente a mí. Yo lo sé todo. Helena y tú fueron amantes a escondidas de todo el mundo.
Manuel empalidece al escucharla y la ve con los ojos desorbitados. Lisa le sonríe con sutilidad.
Lisa: Cuando era niña, tuve muchos problemas de insomnio y a veces salía de mi habitación en medio de la noche para ir a la cocina a tomar agua. Vi cómo varias veces mi “mamita querida”, esa zorra por la que tanto se lamenta mi papá, entraba a tu habitación.
Manuel baja la mirada sintiéndose descubierto.
Lisa: Al principio no lo entendía. Yo tan solo me paraba en la puerta y escuchaba gemidos hasta que una noche, decidí entreabrir la puerta para ver qué pasaba y ya te imaginarás la escena con la que me encontré y no una, sino varias veces.
Manuel: Lisa, sobre eso…
Lisa: Tranquilo. No tienes que darme una explicación. Yo no te estoy reclamando absolutamente nada. Sólo quería decírtelo para que supieras que siempre estuve al tanto de todo.
Manuel: (muy serio) ¿Le has hablado a alguien más sobre esto?
Lisa: No. ¿Cómo crees? Es algo que siempre me he guardado para mí misma.
Lisa se acerca de forma provocativa a Manuel y pasa su mano por el pecho de él sobre la camisa.
Lisa: Tal vez observar todo lo que hacías con ella me llenó de tantos deseos y fantasías contigo. Quería estar en el lugar de ella y ser tu mujer, y míranos. Hace casi tres años somos amantes.
Lisa le roba un beso sutil en los labios a Manuel, aunque éste se queda estático y sin reaccionar.
Manuel: ¿Por qué nunca me dijiste que lo sabías?
Lisa: Porque no ganaba nada con decírtelo y ya olvídalo. No es gran cosa, pero ya que indagaste sobre los motivos por los que odio tanto a Helena, ahí tienes.
Manuel: ¿Cuánto más sabías de ella?
Lisa: Lo que te dije. Tú no fuiste el único. La muy zorra tuvo varios amantes, algunos socios de mi papá. Pudo ser también que alguno de ellos se hubiera encargado de mandarla al más allá. ¿Quién sabe?
Lisa se aparta de Manuel quien sigue sorprendido y suspicaz por la actitud de la joven.
Lisa: Bueno. Me voy de shopping con mis amigas a la plaza del pueblo. Me aburre estar encerrada en esta hacienda que huele a vaca y a caballo todo el tiempo. Ah y sobre tu favor, no te tengo buenas noticias.
Manuel: (extrañado) ¿Por qué lo dices? ¿Eduardo no quiso cederte tu parte de la herencia?
Lisa: Lo intenté anoche aprovechando que estaba borracho para ver si caía en la trampa y sacaba los títulos de propiedad de la caja fuerte o para que al menos pudiera yo memorizar la clave, pero se opuso. Me confesó que hipotecó la hacienda y estamos casi en la bancarrota.
Manuel: (impactada) ¿Qué? ¿Estás segura?
Lisa: Él mismo me lo dijo, pero no sé si ya lo había hablado con alguien más o fui yo la primera. En fin. Arréglatelas tú como puedas. Espero al menos cumplas con lo que me prometiste y convenzas a mi abuela de darme el permiso que necesito. Yo ya hice lo que pude.
Lisa sale de la habitación dejando a solas a Manuel. Éste se queda sorprendido por la noticia que la adolescente le acaba de dar y también por el hecho de que ella haya estado enterada de la relación clandestina que sostuvo con Helena tiempo atrás.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE TARCISIO / DÍA

Marissa se ve acorralada al ver a Tarcisio a punto de abusar de ella. El capataz se sigue acercando y ya incluso se desabrochó el cinturón.


Tarcisio: Te va a gustar. Ya relájate.
En una maniobra rápida Tarcisio toma a Marissa de la cintura.
Marissa: (aterrada) ¡Suélteme! ¡No!
Tarcisio comienza a besar a Marissa a la fuerza. Ella intenta empujarlo y quitárselo de encima, pero la fuerza del hombre es superior y la lleva aprisionada a su cuerpo hacia la cama.
Marissa: (gritando muy angustiada) ¡Que me deje, desgraciado, asqueroso! ¡Déjeme, no me toque!
Marissa grita desgarrada, pero es inútil. Tarcisio la lanza sobre la cama y se desabotona la camisa con rapidez. Ella intenta salir corriendo, pero él la toma de la cintura de nuevo.
Tarcisio: ¿A dónde crees que vas? Tú no sales de aquí hasta que te haga mía.
Marissa no tiene más opción que clavarle las uñas en los ojos a Tarcisio. Éste pega un grito desgarrador bastante adolorido.
Tarcisio: ¡Argh! (Cubriéndose los ojos).
Marissa rápidamente se quita la toalla que cubría su cuerpo y pone el vestido haraposo que usaba antes.
Tarcisio: (furioso) ¿Qué me hiciste, maldita gata? ¡Mis ojos! (Grita desesperado).
Marissa no se da la espera y sale corriendo. Pueden verse los ojos de Tarcisio derramando sangre de una forma similar a las lágrimas y, para evitar que la mujer huya, sale detrás de ella.
Tarcisio: ¡Vuelve aquí, desgraciada! ¡Esto no se va a quedar así!
Marissa corre sin parar por las caballerizas mirando constantemente hacia atrás.
Marissa: ¡Auxilio! ¡Auxilio, alguien que me ayude! ¡Por favor!
Tarcisio no se da por vencido y sigue corriendo empecinado en atraparla. Parece un animal a punto de cazar a su presa.
Marissa: ¡Auxilio! ¡Ayuda, por favor! ¡Alguien! (Grita desesperada).
Tarcisio logra alcanzarla jalándole de la cabellera. Marissa gime adolorida y él le cubre la boca llevándose a la fuerza devuelta para la habitación.
Tarcisio: Te vas a arrepentir de lo que me hiciste, desgraciada. Por poco y me dejas ciego, pero te va a pesar.
Marissa: (llorando) Se lo suplico. Déjeme. No me haga nada.
Tarcisio: (furioso) ¡Cállate! (Pegándole una bofetada) Lo que necesitas es un macho que te dome y yo mismito me voy a encargar de eso, perra desgraciada.
De repente, alguien interviene quitando Tarcisio encima de Marissa y pegándole un brutal puño en la cara. Marissa alza la mirada con los ojos desorbitados para ver quién la ha salvado.

Marissa: Danilo…
En efecto, la persona que intervino se trata de Danilo, quien le lanza una mirada fulminante a Tarcisio. Éste, del impacto del puño, perdió el equilibrio y fue a dar al suelo.
Danilo: (furioso) ¿Cómo te atreves si quiera a ponerle un dedo encima, pinche pendejo? Una mujer no se toca ni se le hace lo que pretendías.
Tarcisio se limpia un poco de sangre que emana de sus labios por el golpe que le propinó Danilo.
Tarcisio: (incorporándose) Tú no te metas en esto, imbécil. Lárgate que de ella me encargo yo. Tú no eres quien para decirme lo que debo hacer.
Danilo: Por defender a esta mujer me hago matar de ti si quieres, pero a ella no la tocas más en tu vida.
Tarcisio: ¿Qué te importa lo que haga con ella? La quiero para mí y la voy a hacer mía. ¿Y quién me lo va a impedir? ¿Ah?
Danilo: (furioso) ¡Infeliz, maldito!
Danilo se abalanza contra Tarcisio y le lanza otro puño. Tarcisio no se queda atrás y le devuelve el golpe en la cara.
Marissa: (nerviosa) ¡Danilo, no! ¡Por favor! ¡Detén esto!
Tarcisio: ¿Te las vas a dar de machito?
Tarcisio saca una afilada navaja de su pantalón que incluso brilla. Danilo se queda estático y Marissa se aterra.
Danilo: No te tengo miedo. Yo no soy un lamebotas como los otros peones. Conmigo eso no va. ¡Yo sí tengo pantalones para enfrentarme contigo!
Marissa: (interviniendo) No, Danilo, basta. Este tipo es peligroso. Vámonos.
Tarcisio: Ah, ya veo. Los dos se conocen de antes. Ahora entiendo por qué la defendiste.
Danilo mira desafiante al capataz y respira agitado. Éste le sonríe con burla.
Tarcisio: No tienes mal gusto, eh. Tiene unos pechos y unas piernas que uf, pero ya perdiste, mano. Ve y consíguete otra porque ésta ya me la gané yo. ¡Yo la voy a hacer mía antes que tú! ¿Cómo la ves?
Danilo: ¡Primero te mato, infeliz!
Tarcisio: Entonces, ándale. Venta para acá e inténtalo a ver si eres tan machito como dices ser. Yo tampoco te tengo miedo.
Danilo pierde la paciencia y se va encima de Tarcisio. Marissa grita muy angustiada.
Marissa: ¡Danilo, no! ¡Para ya, déjalo!
Tarcisio no se da a la espera y termina apuñalando al joven con su navaja en el abdomen. Éste abre los ojos más de lo normal y siente cómo de forma sádica el capataz saca la navaja y lo apuñala nuevamente.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Epifanio se encuentra sentado en un gran sillón hablando con una muchacha joven, quien está de pie frente a él.

Epifanio: (serio) Bueno, creo que ya te hice todas las preguntas que necesitaba. Pienso que eres capaz de tomar el empleo.
La muchacha: Mil gracias, señor. Le prometo que voy a hacer mi mejor esfuerzo para que quede a gusto con mi trabajo.
Epifanio: Eso espero. Soy muy exigente y me gusta que me den mis medicinas y que sirvan las comidas a la hora exacta y que, además, toda la mansión se mantenga en orden. ¿Entendido?
La muchacha: Sí, señor. ¿Cuándo quiere que empiece?
Epifanio: Puede ser hoy. Trae tus cosas y toda tu ropa y ocupas la habitación de mi ex ama de llaves.
La muchacha: Está bien. En un rato regreso mientras voy al pueblo por todas mis pertenencias, don. Hasta luego y con permiso.
Epifanio: Propio.
La muchacha se retira de la presencia de Epifanio. Éste niega con la cabeza y habla en mal tono. Carolina viene entrando en ese momento a la sala, pero él no se percata, pues está de espaldas.

Epifanio: Estúpida Cruz. Luego de haber trabajado por toda una vida para mí, renuncia como si nada. Espero no se le ocurre hablar nada del secreto que ella y yo sabemos.
Carolina: (extrañada) ¿Qué secreto, papá?
Epifanio voltea a ver y se sorprende. Carolina lo mira con extrañeza sin saber a qué se refería.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Luis Enrique y Lucrecia platican cómodamente sentados en la elegante hacienda de la casa. Cecilia les sirve café y comparte miradas de complicidad con Luis Enrique disimuladamente.



Luis Enrique: Gracias, Cecilia. Siempre me ha gustado cómo preparas el café. Te queda delicioso.
Cecilia: Me alegra, señor Escalante. Usted está de visita y a las visitas se les da la mejor atención.
Lucrecia frunce el ceño percibiendo un cierto tono de confianza entre ellos.
Cecilia: Bueno, me retiro. Cualquier cosa que necesiten háganmelo saber. Con permiso (Se va).
Lucrecia: ¿Fue mi parecer o te traes algo con la sirvienta? No es la primera vez que noto esas miraditas entre los dos. ¿Es tu amante? (Bebe un sorbo de café).
Luis Enrique: ¿Qué clase de pregunta es esa, doña Lucrecia? Yo amaba a mi esposa y hace poco murió. ¿Cómo cree usted que la reemplazaría tan pronto?
Lucrecia: Tal vez la hayas tenido como amante desde mucho antes de la muerte de tu esposa como dices, pero bueno. Eso no es mi incumbencia. Dime para qué querías verme.
Luis Enrique: Es algo relacionado con lo que usted escuchó hace un par de días, ¿recuerda? Cuando Eduardo me contaba que hipotecó la hacienda y que está cayendo en bancarrota.
Lucrecia: Sí, por supuesto que lo recuerdo. Fue un trago bien amargo, por cierto, pero, ¿a dónde quieres llegar? ¿Por qué me menciones eso?
Luis Enrique: Porque he venido pensando en una propuesta interesante para ayudarles a que Eduardo no lo pierda todo.
Lucrecia: (interesada) ¿Ah, sí? ¿Qué propuesta? Tú sólo eres uno de nuestros socios. ¿Qué podrías hacer?
Luis Enrique: Demasiado. Como mencioné hace un rato, mi esposa murió hace poco más de un mes, aunque nunca encontraron su cuerpo, pero ya las autoridades desistieron de la búsqueda y la dieron por muerta.
Lucrecia: Aunque nunca la conocí, lo siento mucho por ti.
Luis Enrique: Gracias, pero a lo que voy es que, por su muerte tan repentina, heredé todas sus propiedades y dinero. Tengo un capital bastante generoso que podría invertir en la producción de la hacienda y, además, podría levantar la hipoteca.
Lucrecia: (sorprendida) ¿Harías algo como eso, Luis Enrique?
Luis Enrique: (sonriendo con malicia) Claro que sí, doña Lucrecia. Eduardo es mi amigo y quiero ayudarlo. Dele una segunda oportunidad para demostrarle que es capaz y así salimos ganando las dos partes, tanto ustedes como yo.
Lucrecia: Hum, no es una mala idea, pero no me convence del todo. Tengo más de setenta años y no soy tonta. Sé que algo buscas a cambio.
Luis Enrique: Yo sólo quiero incrementar mi capital al doble y con intereses. Eduardo sería el responsable de lograrlo y yo podría trabajar con él, pero para eso, necesitaría un poder en el que ceda los derechos patrimoniales de la hacienda y de la empresa.
Lucrecia: ¿Estás loco? ¿Un poder?
Luis Enrique: Véalo por el lado positivo, doña Lucrecia. Todo seguirá a nombre de Eduardo y yo sólo seré algo así como su apoderado. Es la única manera en que tendría acceso a todo para poder trabajar con él. Yo ya se lo propuse, pero necesito que usted lo convenza.
Lucrecia: (reacia) No lo sé. Una cosa como esa es dejártelo todo en tus manos y no me gusta esa idea. ¿Quién nos garantiza que no tienes malas intenciones y pretendes robarnos?
Luis Enrique: Con que mi capital se incremente al doble y con intereses, no necesito nada más ni mucho menos robar, sino la propuesta habría sido distinta, pero ya que no le gusta la idea, no hay problema.
Luis Enrique bebe un sorbo de café y pone la taza sobre la mesa.
Luis Enrique: (levantándose) Estoy seguro que a otros hacendados del pueblo les va a fascinar mi propuesta y más cuando se enteren de los problemas financieros de los Román. Creo que eso es todo, doña Lucrecia. Un gusto saludarla y haber venido.
Lucrecia: (muy seria) Espera…
Luis Enrique se detiene en seco antes de retirarse.
Lucrecia: Déjame pensarlo por unos días. Debo consultarlo primero y ya luego te doy una respuesta.
Luis Enrique: Está bien. ¿Qué tal si el fin de semana me la dice? Entenderá usted que el tiempo es oro y yo necesito ganar.
Lucrecia: Dame hasta el fin de semana. Yo me comunico contigo según lo que decida.
Luis Enrique: En ese caso, estaré pendiente de su llamada. Tenga un buen día.
Luis Enrique le sonríe con suma hipocresía a Lucrecia y se retira. La anciana se queda muy seria.
Lucrecia: Con que un poder. Eso nunca. La única solución viable es casar a Eduardo con Carolina de La Torre y arrebatarle todo como en su momento pasó con Helena.
Lucrecia bebe más café y sigue pensativa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Tarcisio acaba de apuñalar a Danilo dos veces en el abdomen. El joven se toca justo en la herida y su mano se mancha de sangre. Marissa pega un grito desgarrador al ver al a Danilo desangrarse.



Marissa: ¡Danilo, no! (Corre hacia él) ¡Danilo!
Danilo se marea y se desvanece. Ella lo sostiene y en el fondo se escuchan las carcajadas de Tarcisio.
Marissa: ¡Dios mío! ¡Danilo! ¡Danilo, no cierres los ojos! (Desesperada) Escúchame. Despierta (Rompe a llorar)
Marissa lo recuesta en el suelo con delicadeza y mantiene la cabeza de él sobre su regazo.
Tarcisio: (riéndose) Eso le pasa al pendejo ese por andárselas de héroe defensor. Hace rato me las debía y ahí lo tienes. A ver si no se te muere, ja, ja, ja.
Marissa: ¡Cínico, asesino! ¿Cómo pudo ser capaz de algo tan ruin? ¿Qué clase de monstruo es usted?
De repente, Casimira y Milena vienen caminando extrañadas al escuchar el escándalo.


Casimira: ¿Qué está pasando? ¿Qué es todo ese ruido?
Tarcisio se asusta al verlas y arroja rápidamente el cuchillo al suelo. Milena ve a su hermano desmayado en brazos de Marissa
Milena: (desconcertada) Ese… ese es mi hermano.
Casimira: ¡Ay, Dios mío! Y esa es la señora misteriosa que él salvó. ¿Qué fue lo que pasó?
Milena corre hacia ellos seguida por Casimira. Ambas se sorprenden al ver la herida del joven y a Marissa llorando.
Milena: ¡Danilo! (Inclinándose) ¡Danilo, hermanito! (Moviéndolo).
Casimira: ¿Qué le pasó a Danilo, señora? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué está herido?
Tarcisio: Ella lo atacó.
Marissa: No, eso no es verdad. Yo no lo hice. Fue él.
Tarcisio: ¿Vas a negarlo? Tú agarraste la navaja y lo atacaste cuando él intentó tomarte por la fuerza. Yo lo vi muy bien. Tú lo mataste, maldita gata (Agarrándola de un brazo).
Milena: (impactada) No puede ser. Mi hermano no puede estar muerto.
Marissa: (soltándose) ¡Yo no lo hice! Fue usted, degenerado. Usted intentó tomarme por la fuerza. Danilo solo me defendió y usted fue quien lo atacó.
Milena: Yo le creo a esta mujer. Danilo nunca sería capaz de forzar a ninguna mujer. Mi hermano sí es un hombre de verdad, no un pervertido, violador como tú, Tarcisio.
Tarcisio toma con brusquedad del mentón a Milena y la mira fulminante.
Tarcisio: Cuida muy bien la manera en la que me hablas, chamaca.
Casimira: (recia) No la toques. Vas a tener que darles una muy buena explicación a los patrones por lo que hiciste. Esta vez llegaste muy lejos.
Tarcisio: ¿Me estás amenazando a mí, que soy el capataz? ¿Qué no sabes que si se me pega la gana hago que te corran de la hacienda? Tú aquí solo eres una chacha.
Casimira: Pues a lo mejor no tenga tanto poder como tú y sea la chacha a mucho orgullo, pero lo que hiciste no tiene nombre y todas vamos a testificar en tu contra por lo que hiciste.
Tarcisio: (furioso) Fue esta desconocida, ladrona, que invadió los predios de la hacienda sin permiso y no es mi culpa que el imbécil este haya andado de enamoradizo y se haya querido sobrepasar con ella.
Marissa: (desesperada) No le creas, Casimira, No le pueden creer. Yo soy inocente. Yo jamás habría atacado a Danilo después de todo lo que ha hecho por mí. ¡Por Dios! Tienen que creerme.
Eduardo, a lo lejos, camina acompañado de un peón de la hacienda y alcanza a vislumbrar lo que ocurre, por lo que se extraña y se dirige hacia allí.

Milena: (llorando) Tenemos que hacer algo por mi hermano. Está muy mal y no despierta.
Casimira: Yo ya mismo me voy corriendo a avisarle a Cecilia y a llamar a una ambulancia.
Eduardo: (desconcertando) ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué le pasó a Danilo?
Tarcisio enmudece al ver a Eduardo temiendo meterse en problemas. Él, por su parte, cruza en ese momento miradas con Marissa y ambos se reconocen.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Entretanto, Carolina irrumpió en la sala justo cuando Epifanio hablaba solo sobre un secreto. El hombre se siente descubierto sin saber qué responder ante la pregunta de su hija.


Carolina: ¿No vas a decir nada? Estabas hablando de un tal secreto que solo tú y Cruz saben. ¿De qué se trata?
Epifanio: (nervioso) No es gran cosa, Carolina. No te preocupes.
Carolina: No me siento preocupada. Más bien me da curiosidad qué tanto puedas estar escondiendo con Cruz. ¿Qué saben ustedes dos que nadie más sepa? (Sentándose frente a él).
Epifanio: Te dije que no es nada. Es sólo que ella y yo…
Carolina: ¿Ella y tú qué?
Epifanio: Eh… (Hace una pausa) ¡Bueno, Cruz y yo tuvimos algo hace tiempo! Eso es. ¿Contenta?
Carolina: (sorprendida) ¿Me estás diciendo que ustedes dos tuvieron una relación?
Epifanio: Sí, pero fue algo momentáneo y pasó hace muchísimo tiempo. Recién había comenzado a trabajar para mí en ese entonces. Tú eras una niña.
Carolina: (riendo) No lo puedo creer. Jamás me lo hubiera imagino de ti que te burlas de ella y la tratas de lo peor, pero ahora entiendo mejor a qué se debe tu hostilidad. No terminaron su relación a escondidas en buenos términos, ¿verdad?
Epifanio: Algo así, pero es una tontería y no duró mucho, así que no le prestes atención.
Carolina: Está bien, pero no esperes que te vuelva a ver igual, ja, ja, ja. Esa transición del amor al odio fue brutal. Mira que haberte involucrado justo con Cruz…
Epifanio: Ya, Carolina. Déjate de payasadas y no me molestes. Mejor dime cómo te fue en la invitación a desayunar que le hiciste a Eduardo Román.
Carolina: Muy bien, ¿sabes? Me dio mucho gusto que aceptara. Platicamos, nos reímos un poco, recordamos cosas pasadas. Todavía hay algo en él de ese hombre maravilloso y lleno de vida que era antes (Habla en tono nostálgico).
Epifanio: ¿Estás pensando en que seducirlo ahora que tu único obstáculo ya no está?
Carolina: Helena no era ningún obstáculo, papá. Yo la apreciaba. Recuerda que era mi mejor amiga.
Epifanio: Como sea. Debes reconocer que en el fondo siempre te moriste de amor por Eduardo Román, pero nunca te le insinuaste por respeto a Helena.
Carolina: Es verdad. Yo no podía intervenir. No era correcto, pero ahora que Eduardo es viudo he pensado en que tal vez pueda darme una oportunidad con él.
Epifanio: Para serte sincero, no me gusta mucho la idea, pero está bien y si él te acepta, adelante, pero no te cases.
Carolina: (extrañada) ¿Por qué? Ese siempre ha sido mi sueño, papá.
Epifanio: Pues si te quieres casar, eres libre de hacerlo, pero con el dolor en el alma te desheredaría, Carolina.
Carolina: (sorprendida) ¿Tanto odias a los Román como para llegar a ese extremo?
Epifanio: No es eso. Date cuenta que eres presa fácil de esa familia de cuervos, así como lo fue Helena en su momento.
Carolina: (extrañada) ¿De qué hablas?
Epifanio: Tú sabes que cuando Helena y Eduardo se casaron hubo un acuerdo en el que ella le cedía todo su patrimonio a él para que lo administrara, pero fue una trampa para dejarla sin nada y para poder salvarse de la bancarrota en la que se habían declarado en ese entonces.
Carolina: Estás equivocado. Helena lo hizo a voluntad y nadie la obligó. Ella pensó que era lo mejor.
Epifanio: Pues sí fue lo mejor, pero no para ella sino para esa familia de ambiciosos y ya me informaron que en estos momentos la historia se está repitiendo. Los Román están casi en la quiebra. Sus socios e inversionistas les están dando la espalda y hasta la hacienda hipotecaron.
Carolina: (impactada) No sabía nada. Lucrecia no me lo dijo.
Epifanio: Y no te lo dirá. Esa mujer es la peor de todos. Ella sabe jugar bien sus cartas y no va a descansar hasta casar a Eduardo con una mujer como tú para salvarse como lo hizo hace años.
Carolina: (desanimada) Me pone muy mal escuchar eso. Tal vez estés malinterpretando todo.
Epifanio: Allá tú si te niegas a creerme. Solo te digo que bajo ningún concepto pienso permitir que te cases con él para que le cedas lo nuestro.
Carolina: De todos modos, creo que todavía es muy pronto para hablar de matrimonio. Eduardo sigue en luto, su hija me odia y tampoco le agrado mucho que digamos a su hermano Manuel.
Epifanio: Pues no bajes la guardia. Ya lo sabes.
Carolina: (levantándose) Bueno, papá. Mejor subo a mi habitación. Voy a hacer una maleta para viajar a Ciudad de México esta misma tarde y visitar la agencia como te dije hace unos días. Te estoy llamando.
Carolina esboza una sonrisa y le da un beso en la frente a su padre para luego retirarse. Epifanio se queda pensativo.
Epifanio: (susurrando) Por poco Carolina me descubre. No tuve de otra que inventarme esa ridícula historia entre Cruz y yo. Nadie puede saber la verdad ni mucho menos mi relación con Helena.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA
Cecilia se encuentra cocinando el almuerzo cuando, de repente, es interrumpida por Luis Enrique, quien entra con disimulo y la toma por sorpresa de la cintura.


Luis Enrique: ¿Cómo estás, preciosa?
Cecilia: ¡Ay, Luis Enrique! ¡Me asustaste!
Luis Enrique: Quise pasar a saludarte antes de irme (Besándola por el cuello). Hoy amanecí con ganas de repetir lo de anoche.
Cecilia: (dándose la vuelta) ¿Repetirlo? Tu hijo nos cachó y por poco lo matas. Primero fue la mojigata y ahora él. Tienes que ser más cuidadoso con lo nuestro.
Luis Enrique: Lo he sido. Simplemente he tenido mala suerte con esos dos.
Cecilia: ¿Cómo siguió? ¿Estuvo fuerte el golpe que le diste?
Luis Enrique: (sonriendo con cinismo) Creo que sí, porque no recuerda nada y ni siquiera me reconoce. ¿Cómo la ves?
Cecilia: (sorprendida) ¿En serio?
Luis Enrique: Así es, mi amor. Muy en serio. Pablo tampoco va a ser otra carga porque me voy a encargar de internarlo en un asilo para enfermos. ¿Ves? Todos nuestros obstáculos desaparecieron, aunque todavía me falta encontrar a Marissa.
Cecilia: ¿Qué piensas hacer cuando la encuentres?
Luis Enrique: Tal vez sea hora de acabar con lo que ella dejó empezado cuando tuvo ese accidente.
Cecilia: (sorprendida) ¿Me estás diciendo que… piensas matarla?
Casimira irrumpe en ese momento en la cocina sumamente angustiada. Luis Enrique se aparta de inmediato de Cecilia.

Casimira: ¡Cecilia! ¡Cecilia, por Dios! (Desesperada).
Cecilia: ¿Qué pasó, Casimira? ¿Por qué traes esa cara?
Casimira: Ay, es Danilo. No te imaginas lo que ocurrió.
Luis Enrique: (preocupado) ¿Qué le pasó a mi hijo?
Casimira mira con reproche a Luis Enrique al escuchar la pregunta de éste, pero lo ignora y le sigue hablando a Cecilia.
Casimira: No sé muy bien lo que pasó, pero tal parece que se peleó con ese miserable de Tarcisio y él lo apuñaló.
Cecilia: (impactada) ¿Qué dices?
Casimira: Está muy mal, Cecilia y lo veo muy grave. Ya don Eduardo llamó una ambulancia y debe venir en camino.
Cecilia: (negando con la cabeza) No, eso no puede ser. Mi Danilo…
Cecilia sale corriendo muy angustiada de la cocina seguida de Luis Enrique. Lucrecia entra extrañada por el escándalo.

Lucrecia: ¿Qué es este alboroto?
Casimira: Le pasó algo muy malo a Danilo, doña Lucrecia. Todo apunta a que Tarcisio lo intentó matar.
Lucrecia: (desconcertada) ¿Cómo que lo intentó matar? ¿De qué hablas?
Casimira: Pos eso mismo que usted escuchó. Tarcisio es un animal y quería violar a una mujer y Danilo salió en defensa y ahí fue cuando todo pasó. Ya su hijo, don Eduardo, llamó por ayuda.
Casimira sale de la cocina. Lucrecia frunce extrañada el ceño y también sale en dirección a las caballerizas para ver lo que ha ocurrido.
CONTINUARÁ…

Lisa entra a su habitación y se sorprende al ver a Manuel acostado sobre la cama. La joven cierra la puerta y se acerca a él molesta.


Lisa: ¿Qué estás haciendo en mi habitación? ¿Cómo te atreves a entrar sin mi permiso y tumbarte sobre mi cama?
Manuel: Hemos compartido esta cama por mucho tiempo. Casi, casi es como si fuera mía, ¿no crees? (Burlesco).
Lisa: Déjate de bromas. Vengo de muy mal humor.
Manuel: Como de costumbre. Te la pasas más amargada últimamente que mi madre. ¿Qué pasó ahora, chiquita? (Sentándose sobre la cama).
Lisa: (fastidiada) Deja de llamarme así que no lo soporto. no soy tu chiquita y si vas a importunarme con tu presencia, lárgate de aquí.
Manuel: Bueno, cálmate. Mejor desahógate y dime qué te tiene tan estresada. ¿Otra vez el asunto de la agencia?
Lisa: (cruzándose de brazos) No. esta vez es la estúpida esa, la tal Carolina. Escuché cuando se le estaba confesando a mi papá. Tuvo el descaro de decirle que ha estado enamorada de él incluso desde antes de que se casara con mi mamá.
Manuel: (riéndose) Eso ya lo veíamos venir. Todos ya lo sabíamos. Hasta me late que la misma Helena lo sabía, pero como eran tan amigas, eso nunca fue motivo de discordia entre ella.
Lisa: Una lástima que mi difunta mamita fueran tan tonta. No me extrañaría que esa mujer tuviera algo que ver con su muerte. Tal vez quiso sacarla del camino para quedarse con mi papá una vez enviudara.
Manuel: Hablas con mucha seguridad. ¿Tú también crees que lo de Helena fue un asesinato y no un suicidio?
Manuel se pone de pie y la mira con suspicacia.
Manuel: ¿O es que a poco sabes algo que nadie más sabe?
Lisa se sorprende por la pregunta y se corre algo incómoda el cabello.
Lisa: Ay, ¿yo qué sé? Tan sólo decía. Haya sido un asesinato o un suicidio, poco me importa ya. Helena está muerta y eso es lo que vale para mí.
Manuel: Tu apatía se me hace muy extraña, sobrina. Cada vez que hablas de ella, se te sale el odio hasta por los poros.
Lisa: (dándole la espalda) ¿Cómo podría sentir lo contrario por una mujerzuela que engañó durante tantos años a mi papá?
Lisa se voltea de nuevo y encara a su tío.
Lisa: Hasta pasó por tu cama varias veces. ¿Te acuerdas?
Manuel: (sorprendido) ¿De dónde sacas eso?
Lisa: Por favor, tío. No tienes que fingir frente a mí. Yo lo sé todo. Helena y tú fueron amantes a escondidas de todo el mundo.
Manuel empalidece al escucharla y la ve con los ojos desorbitados. Lisa le sonríe con sutilidad.
Lisa: Cuando era niña, tuve muchos problemas de insomnio y a veces salía de mi habitación en medio de la noche para ir a la cocina a tomar agua. Vi cómo varias veces mi “mamita querida”, esa zorra por la que tanto se lamenta mi papá, entraba a tu habitación.
Manuel baja la mirada sintiéndose descubierto.
Lisa: Al principio no lo entendía. Yo tan solo me paraba en la puerta y escuchaba gemidos hasta que una noche, decidí entreabrir la puerta para ver qué pasaba y ya te imaginarás la escena con la que me encontré y no una, sino varias veces.
Manuel: Lisa, sobre eso…
Lisa: Tranquilo. No tienes que darme una explicación. Yo no te estoy reclamando absolutamente nada. Sólo quería decírtelo para que supieras que siempre estuve al tanto de todo.
Manuel: (muy serio) ¿Le has hablado a alguien más sobre esto?
Lisa: No. ¿Cómo crees? Es algo que siempre me he guardado para mí misma.
Lisa se acerca de forma provocativa a Manuel y pasa su mano por el pecho de él sobre la camisa.
Lisa: Tal vez observar todo lo que hacías con ella me llenó de tantos deseos y fantasías contigo. Quería estar en el lugar de ella y ser tu mujer, y míranos. Hace casi tres años somos amantes.
Lisa le roba un beso sutil en los labios a Manuel, aunque éste se queda estático y sin reaccionar.
Manuel: ¿Por qué nunca me dijiste que lo sabías?
Lisa: Porque no ganaba nada con decírtelo y ya olvídalo. No es gran cosa, pero ya que indagaste sobre los motivos por los que odio tanto a Helena, ahí tienes.
Manuel: ¿Cuánto más sabías de ella?
Lisa: Lo que te dije. Tú no fuiste el único. La muy zorra tuvo varios amantes, algunos socios de mi papá. Pudo ser también que alguno de ellos se hubiera encargado de mandarla al más allá. ¿Quién sabe?
Lisa se aparta de Manuel quien sigue sorprendido y suspicaz por la actitud de la joven.
Lisa: Bueno. Me voy de shopping con mis amigas a la plaza del pueblo. Me aburre estar encerrada en esta hacienda que huele a vaca y a caballo todo el tiempo. Ah y sobre tu favor, no te tengo buenas noticias.
Manuel: (extrañado) ¿Por qué lo dices? ¿Eduardo no quiso cederte tu parte de la herencia?
Lisa: Lo intenté anoche aprovechando que estaba borracho para ver si caía en la trampa y sacaba los títulos de propiedad de la caja fuerte o para que al menos pudiera yo memorizar la clave, pero se opuso. Me confesó que hipotecó la hacienda y estamos casi en la bancarrota.
Manuel: (impactada) ¿Qué? ¿Estás segura?
Lisa: Él mismo me lo dijo, pero no sé si ya lo había hablado con alguien más o fui yo la primera. En fin. Arréglatelas tú como puedas. Espero al menos cumplas con lo que me prometiste y convenzas a mi abuela de darme el permiso que necesito. Yo ya hice lo que pude.
Lisa sale de la habitación dejando a solas a Manuel. Éste se queda sorprendido por la noticia que la adolescente le acaba de dar y también por el hecho de que ella haya estado enterada de la relación clandestina que sostuvo con Helena tiempo atrás.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE TARCISIO / DÍA

Marissa se ve acorralada al ver a Tarcisio a punto de abusar de ella. El capataz se sigue acercando y ya incluso se desabrochó el cinturón.


Tarcisio: Te va a gustar. Ya relájate.
En una maniobra rápida Tarcisio toma a Marissa de la cintura.
Marissa: (aterrada) ¡Suélteme! ¡No!
Tarcisio comienza a besar a Marissa a la fuerza. Ella intenta empujarlo y quitárselo de encima, pero la fuerza del hombre es superior y la lleva aprisionada a su cuerpo hacia la cama.
Marissa: (gritando muy angustiada) ¡Que me deje, desgraciado, asqueroso! ¡Déjeme, no me toque!
Marissa grita desgarrada, pero es inútil. Tarcisio la lanza sobre la cama y se desabotona la camisa con rapidez. Ella intenta salir corriendo, pero él la toma de la cintura de nuevo.
Tarcisio: ¿A dónde crees que vas? Tú no sales de aquí hasta que te haga mía.
Marissa no tiene más opción que clavarle las uñas en los ojos a Tarcisio. Éste pega un grito desgarrador bastante adolorido.
Tarcisio: ¡Argh! (Cubriéndose los ojos).
Marissa rápidamente se quita la toalla que cubría su cuerpo y pone el vestido haraposo que usaba antes.
Tarcisio: (furioso) ¿Qué me hiciste, maldita gata? ¡Mis ojos! (Grita desesperado).
Marissa no se da la espera y sale corriendo. Pueden verse los ojos de Tarcisio derramando sangre de una forma similar a las lágrimas y, para evitar que la mujer huya, sale detrás de ella.
Tarcisio: ¡Vuelve aquí, desgraciada! ¡Esto no se va a quedar así!
Marissa corre sin parar por las caballerizas mirando constantemente hacia atrás.
Marissa: ¡Auxilio! ¡Auxilio, alguien que me ayude! ¡Por favor!
Tarcisio no se da por vencido y sigue corriendo empecinado en atraparla. Parece un animal a punto de cazar a su presa.
Marissa: ¡Auxilio! ¡Ayuda, por favor! ¡Alguien! (Grita desesperada).
Tarcisio logra alcanzarla jalándole de la cabellera. Marissa gime adolorida y él le cubre la boca llevándose a la fuerza devuelta para la habitación.
Tarcisio: Te vas a arrepentir de lo que me hiciste, desgraciada. Por poco y me dejas ciego, pero te va a pesar.
Marissa: (llorando) Se lo suplico. Déjeme. No me haga nada.
Tarcisio: (furioso) ¡Cállate! (Pegándole una bofetada) Lo que necesitas es un macho que te dome y yo mismito me voy a encargar de eso, perra desgraciada.
De repente, alguien interviene quitando Tarcisio encima de Marissa y pegándole un brutal puño en la cara. Marissa alza la mirada con los ojos desorbitados para ver quién la ha salvado.

Marissa: Danilo…
En efecto, la persona que intervino se trata de Danilo, quien le lanza una mirada fulminante a Tarcisio. Éste, del impacto del puño, perdió el equilibrio y fue a dar al suelo.
Danilo: (furioso) ¿Cómo te atreves si quiera a ponerle un dedo encima, pinche pendejo? Una mujer no se toca ni se le hace lo que pretendías.
Tarcisio se limpia un poco de sangre que emana de sus labios por el golpe que le propinó Danilo.
Tarcisio: (incorporándose) Tú no te metas en esto, imbécil. Lárgate que de ella me encargo yo. Tú no eres quien para decirme lo que debo hacer.
Danilo: Por defender a esta mujer me hago matar de ti si quieres, pero a ella no la tocas más en tu vida.
Tarcisio: ¿Qué te importa lo que haga con ella? La quiero para mí y la voy a hacer mía. ¿Y quién me lo va a impedir? ¿Ah?
Danilo: (furioso) ¡Infeliz, maldito!
Danilo se abalanza contra Tarcisio y le lanza otro puño. Tarcisio no se queda atrás y le devuelve el golpe en la cara.
Marissa: (nerviosa) ¡Danilo, no! ¡Por favor! ¡Detén esto!
Tarcisio: ¿Te las vas a dar de machito?
Tarcisio saca una afilada navaja de su pantalón que incluso brilla. Danilo se queda estático y Marissa se aterra.
Danilo: No te tengo miedo. Yo no soy un lamebotas como los otros peones. Conmigo eso no va. ¡Yo sí tengo pantalones para enfrentarme contigo!
Marissa: (interviniendo) No, Danilo, basta. Este tipo es peligroso. Vámonos.
Tarcisio: Ah, ya veo. Los dos se conocen de antes. Ahora entiendo por qué la defendiste.
Danilo mira desafiante al capataz y respira agitado. Éste le sonríe con burla.
Tarcisio: No tienes mal gusto, eh. Tiene unos pechos y unas piernas que uf, pero ya perdiste, mano. Ve y consíguete otra porque ésta ya me la gané yo. ¡Yo la voy a hacer mía antes que tú! ¿Cómo la ves?
Danilo: ¡Primero te mato, infeliz!
Tarcisio: Entonces, ándale. Venta para acá e inténtalo a ver si eres tan machito como dices ser. Yo tampoco te tengo miedo.
Danilo pierde la paciencia y se va encima de Tarcisio. Marissa grita muy angustiada.
Marissa: ¡Danilo, no! ¡Para ya, déjalo!
Tarcisio no se da a la espera y termina apuñalando al joven con su navaja en el abdomen. Éste abre los ojos más de lo normal y siente cómo de forma sádica el capataz saca la navaja y lo apuñala nuevamente.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Epifanio se encuentra sentado en un gran sillón hablando con una muchacha joven, quien está de pie frente a él.

Epifanio: (serio) Bueno, creo que ya te hice todas las preguntas que necesitaba. Pienso que eres capaz de tomar el empleo.
La muchacha: Mil gracias, señor. Le prometo que voy a hacer mi mejor esfuerzo para que quede a gusto con mi trabajo.
Epifanio: Eso espero. Soy muy exigente y me gusta que me den mis medicinas y que sirvan las comidas a la hora exacta y que, además, toda la mansión se mantenga en orden. ¿Entendido?
La muchacha: Sí, señor. ¿Cuándo quiere que empiece?
Epifanio: Puede ser hoy. Trae tus cosas y toda tu ropa y ocupas la habitación de mi ex ama de llaves.
La muchacha: Está bien. En un rato regreso mientras voy al pueblo por todas mis pertenencias, don. Hasta luego y con permiso.
Epifanio: Propio.
La muchacha se retira de la presencia de Epifanio. Éste niega con la cabeza y habla en mal tono. Carolina viene entrando en ese momento a la sala, pero él no se percata, pues está de espaldas.

Epifanio: Estúpida Cruz. Luego de haber trabajado por toda una vida para mí, renuncia como si nada. Espero no se le ocurre hablar nada del secreto que ella y yo sabemos.
Carolina: (extrañada) ¿Qué secreto, papá?
Epifanio voltea a ver y se sorprende. Carolina lo mira con extrañeza sin saber a qué se refería.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Luis Enrique y Lucrecia platican cómodamente sentados en la elegante hacienda de la casa. Cecilia les sirve café y comparte miradas de complicidad con Luis Enrique disimuladamente.



Luis Enrique: Gracias, Cecilia. Siempre me ha gustado cómo preparas el café. Te queda delicioso.
Cecilia: Me alegra, señor Escalante. Usted está de visita y a las visitas se les da la mejor atención.
Lucrecia frunce el ceño percibiendo un cierto tono de confianza entre ellos.
Cecilia: Bueno, me retiro. Cualquier cosa que necesiten háganmelo saber. Con permiso (Se va).
Lucrecia: ¿Fue mi parecer o te traes algo con la sirvienta? No es la primera vez que noto esas miraditas entre los dos. ¿Es tu amante? (Bebe un sorbo de café).
Luis Enrique: ¿Qué clase de pregunta es esa, doña Lucrecia? Yo amaba a mi esposa y hace poco murió. ¿Cómo cree usted que la reemplazaría tan pronto?
Lucrecia: Tal vez la hayas tenido como amante desde mucho antes de la muerte de tu esposa como dices, pero bueno. Eso no es mi incumbencia. Dime para qué querías verme.
Luis Enrique: Es algo relacionado con lo que usted escuchó hace un par de días, ¿recuerda? Cuando Eduardo me contaba que hipotecó la hacienda y que está cayendo en bancarrota.
Lucrecia: Sí, por supuesto que lo recuerdo. Fue un trago bien amargo, por cierto, pero, ¿a dónde quieres llegar? ¿Por qué me menciones eso?
Luis Enrique: Porque he venido pensando en una propuesta interesante para ayudarles a que Eduardo no lo pierda todo.
Lucrecia: (interesada) ¿Ah, sí? ¿Qué propuesta? Tú sólo eres uno de nuestros socios. ¿Qué podrías hacer?
Luis Enrique: Demasiado. Como mencioné hace un rato, mi esposa murió hace poco más de un mes, aunque nunca encontraron su cuerpo, pero ya las autoridades desistieron de la búsqueda y la dieron por muerta.
Lucrecia: Aunque nunca la conocí, lo siento mucho por ti.
Luis Enrique: Gracias, pero a lo que voy es que, por su muerte tan repentina, heredé todas sus propiedades y dinero. Tengo un capital bastante generoso que podría invertir en la producción de la hacienda y, además, podría levantar la hipoteca.
Lucrecia: (sorprendida) ¿Harías algo como eso, Luis Enrique?
Luis Enrique: (sonriendo con malicia) Claro que sí, doña Lucrecia. Eduardo es mi amigo y quiero ayudarlo. Dele una segunda oportunidad para demostrarle que es capaz y así salimos ganando las dos partes, tanto ustedes como yo.
Lucrecia: Hum, no es una mala idea, pero no me convence del todo. Tengo más de setenta años y no soy tonta. Sé que algo buscas a cambio.
Luis Enrique: Yo sólo quiero incrementar mi capital al doble y con intereses. Eduardo sería el responsable de lograrlo y yo podría trabajar con él, pero para eso, necesitaría un poder en el que ceda los derechos patrimoniales de la hacienda y de la empresa.
Lucrecia: ¿Estás loco? ¿Un poder?
Luis Enrique: Véalo por el lado positivo, doña Lucrecia. Todo seguirá a nombre de Eduardo y yo sólo seré algo así como su apoderado. Es la única manera en que tendría acceso a todo para poder trabajar con él. Yo ya se lo propuse, pero necesito que usted lo convenza.
Lucrecia: (reacia) No lo sé. Una cosa como esa es dejártelo todo en tus manos y no me gusta esa idea. ¿Quién nos garantiza que no tienes malas intenciones y pretendes robarnos?
Luis Enrique: Con que mi capital se incremente al doble y con intereses, no necesito nada más ni mucho menos robar, sino la propuesta habría sido distinta, pero ya que no le gusta la idea, no hay problema.
Luis Enrique bebe un sorbo de café y pone la taza sobre la mesa.
Luis Enrique: (levantándose) Estoy seguro que a otros hacendados del pueblo les va a fascinar mi propuesta y más cuando se enteren de los problemas financieros de los Román. Creo que eso es todo, doña Lucrecia. Un gusto saludarla y haber venido.
Lucrecia: (muy seria) Espera…
Luis Enrique se detiene en seco antes de retirarse.
Lucrecia: Déjame pensarlo por unos días. Debo consultarlo primero y ya luego te doy una respuesta.
Luis Enrique: Está bien. ¿Qué tal si el fin de semana me la dice? Entenderá usted que el tiempo es oro y yo necesito ganar.
Lucrecia: Dame hasta el fin de semana. Yo me comunico contigo según lo que decida.
Luis Enrique: En ese caso, estaré pendiente de su llamada. Tenga un buen día.
Luis Enrique le sonríe con suma hipocresía a Lucrecia y se retira. La anciana se queda muy seria.
Lucrecia: Con que un poder. Eso nunca. La única solución viable es casar a Eduardo con Carolina de La Torre y arrebatarle todo como en su momento pasó con Helena.
Lucrecia bebe más café y sigue pensativa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Tarcisio acaba de apuñalar a Danilo dos veces en el abdomen. El joven se toca justo en la herida y su mano se mancha de sangre. Marissa pega un grito desgarrador al ver al a Danilo desangrarse.



Marissa: ¡Danilo, no! (Corre hacia él) ¡Danilo!
Danilo se marea y se desvanece. Ella lo sostiene y en el fondo se escuchan las carcajadas de Tarcisio.
Marissa: ¡Dios mío! ¡Danilo! ¡Danilo, no cierres los ojos! (Desesperada) Escúchame. Despierta (Rompe a llorar)
Marissa lo recuesta en el suelo con delicadeza y mantiene la cabeza de él sobre su regazo.
Tarcisio: (riéndose) Eso le pasa al pendejo ese por andárselas de héroe defensor. Hace rato me las debía y ahí lo tienes. A ver si no se te muere, ja, ja, ja.
Marissa: ¡Cínico, asesino! ¿Cómo pudo ser capaz de algo tan ruin? ¿Qué clase de monstruo es usted?
De repente, Casimira y Milena vienen caminando extrañadas al escuchar el escándalo.


Casimira: ¿Qué está pasando? ¿Qué es todo ese ruido?
Tarcisio se asusta al verlas y arroja rápidamente el cuchillo al suelo. Milena ve a su hermano desmayado en brazos de Marissa
Milena: (desconcertada) Ese… ese es mi hermano.
Casimira: ¡Ay, Dios mío! Y esa es la señora misteriosa que él salvó. ¿Qué fue lo que pasó?
Milena corre hacia ellos seguida por Casimira. Ambas se sorprenden al ver la herida del joven y a Marissa llorando.
Milena: ¡Danilo! (Inclinándose) ¡Danilo, hermanito! (Moviéndolo).
Casimira: ¿Qué le pasó a Danilo, señora? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué está herido?
Tarcisio: Ella lo atacó.
Marissa: No, eso no es verdad. Yo no lo hice. Fue él.
Tarcisio: ¿Vas a negarlo? Tú agarraste la navaja y lo atacaste cuando él intentó tomarte por la fuerza. Yo lo vi muy bien. Tú lo mataste, maldita gata (Agarrándola de un brazo).
Milena: (impactada) No puede ser. Mi hermano no puede estar muerto.
Marissa: (soltándose) ¡Yo no lo hice! Fue usted, degenerado. Usted intentó tomarme por la fuerza. Danilo solo me defendió y usted fue quien lo atacó.
Milena: Yo le creo a esta mujer. Danilo nunca sería capaz de forzar a ninguna mujer. Mi hermano sí es un hombre de verdad, no un pervertido, violador como tú, Tarcisio.
Tarcisio toma con brusquedad del mentón a Milena y la mira fulminante.
Tarcisio: Cuida muy bien la manera en la que me hablas, chamaca.
Casimira: (recia) No la toques. Vas a tener que darles una muy buena explicación a los patrones por lo que hiciste. Esta vez llegaste muy lejos.
Tarcisio: ¿Me estás amenazando a mí, que soy el capataz? ¿Qué no sabes que si se me pega la gana hago que te corran de la hacienda? Tú aquí solo eres una chacha.
Casimira: Pues a lo mejor no tenga tanto poder como tú y sea la chacha a mucho orgullo, pero lo que hiciste no tiene nombre y todas vamos a testificar en tu contra por lo que hiciste.
Tarcisio: (furioso) Fue esta desconocida, ladrona, que invadió los predios de la hacienda sin permiso y no es mi culpa que el imbécil este haya andado de enamoradizo y se haya querido sobrepasar con ella.
Marissa: (desesperada) No le creas, Casimira, No le pueden creer. Yo soy inocente. Yo jamás habría atacado a Danilo después de todo lo que ha hecho por mí. ¡Por Dios! Tienen que creerme.
Eduardo, a lo lejos, camina acompañado de un peón de la hacienda y alcanza a vislumbrar lo que ocurre, por lo que se extraña y se dirige hacia allí.

Milena: (llorando) Tenemos que hacer algo por mi hermano. Está muy mal y no despierta.
Casimira: Yo ya mismo me voy corriendo a avisarle a Cecilia y a llamar a una ambulancia.
Eduardo: (desconcertando) ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué le pasó a Danilo?
Tarcisio enmudece al ver a Eduardo temiendo meterse en problemas. Él, por su parte, cruza en ese momento miradas con Marissa y ambos se reconocen.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / DÍA

Entretanto, Carolina irrumpió en la sala justo cuando Epifanio hablaba solo sobre un secreto. El hombre se siente descubierto sin saber qué responder ante la pregunta de su hija.


Carolina: ¿No vas a decir nada? Estabas hablando de un tal secreto que solo tú y Cruz saben. ¿De qué se trata?
Epifanio: (nervioso) No es gran cosa, Carolina. No te preocupes.
Carolina: No me siento preocupada. Más bien me da curiosidad qué tanto puedas estar escondiendo con Cruz. ¿Qué saben ustedes dos que nadie más sepa? (Sentándose frente a él).
Epifanio: Te dije que no es nada. Es sólo que ella y yo…
Carolina: ¿Ella y tú qué?
Epifanio: Eh… (Hace una pausa) ¡Bueno, Cruz y yo tuvimos algo hace tiempo! Eso es. ¿Contenta?
Carolina: (sorprendida) ¿Me estás diciendo que ustedes dos tuvieron una relación?
Epifanio: Sí, pero fue algo momentáneo y pasó hace muchísimo tiempo. Recién había comenzado a trabajar para mí en ese entonces. Tú eras una niña.
Carolina: (riendo) No lo puedo creer. Jamás me lo hubiera imagino de ti que te burlas de ella y la tratas de lo peor, pero ahora entiendo mejor a qué se debe tu hostilidad. No terminaron su relación a escondidas en buenos términos, ¿verdad?
Epifanio: Algo así, pero es una tontería y no duró mucho, así que no le prestes atención.
Carolina: Está bien, pero no esperes que te vuelva a ver igual, ja, ja, ja. Esa transición del amor al odio fue brutal. Mira que haberte involucrado justo con Cruz…
Epifanio: Ya, Carolina. Déjate de payasadas y no me molestes. Mejor dime cómo te fue en la invitación a desayunar que le hiciste a Eduardo Román.
Carolina: Muy bien, ¿sabes? Me dio mucho gusto que aceptara. Platicamos, nos reímos un poco, recordamos cosas pasadas. Todavía hay algo en él de ese hombre maravilloso y lleno de vida que era antes (Habla en tono nostálgico).
Epifanio: ¿Estás pensando en que seducirlo ahora que tu único obstáculo ya no está?
Carolina: Helena no era ningún obstáculo, papá. Yo la apreciaba. Recuerda que era mi mejor amiga.
Epifanio: Como sea. Debes reconocer que en el fondo siempre te moriste de amor por Eduardo Román, pero nunca te le insinuaste por respeto a Helena.
Carolina: Es verdad. Yo no podía intervenir. No era correcto, pero ahora que Eduardo es viudo he pensado en que tal vez pueda darme una oportunidad con él.
Epifanio: Para serte sincero, no me gusta mucho la idea, pero está bien y si él te acepta, adelante, pero no te cases.
Carolina: (extrañada) ¿Por qué? Ese siempre ha sido mi sueño, papá.
Epifanio: Pues si te quieres casar, eres libre de hacerlo, pero con el dolor en el alma te desheredaría, Carolina.
Carolina: (sorprendida) ¿Tanto odias a los Román como para llegar a ese extremo?
Epifanio: No es eso. Date cuenta que eres presa fácil de esa familia de cuervos, así como lo fue Helena en su momento.
Carolina: (extrañada) ¿De qué hablas?
Epifanio: Tú sabes que cuando Helena y Eduardo se casaron hubo un acuerdo en el que ella le cedía todo su patrimonio a él para que lo administrara, pero fue una trampa para dejarla sin nada y para poder salvarse de la bancarrota en la que se habían declarado en ese entonces.
Carolina: Estás equivocado. Helena lo hizo a voluntad y nadie la obligó. Ella pensó que era lo mejor.
Epifanio: Pues sí fue lo mejor, pero no para ella sino para esa familia de ambiciosos y ya me informaron que en estos momentos la historia se está repitiendo. Los Román están casi en la quiebra. Sus socios e inversionistas les están dando la espalda y hasta la hacienda hipotecaron.
Carolina: (impactada) No sabía nada. Lucrecia no me lo dijo.
Epifanio: Y no te lo dirá. Esa mujer es la peor de todos. Ella sabe jugar bien sus cartas y no va a descansar hasta casar a Eduardo con una mujer como tú para salvarse como lo hizo hace años.
Carolina: (desanimada) Me pone muy mal escuchar eso. Tal vez estés malinterpretando todo.
Epifanio: Allá tú si te niegas a creerme. Solo te digo que bajo ningún concepto pienso permitir que te cases con él para que le cedas lo nuestro.
Carolina: De todos modos, creo que todavía es muy pronto para hablar de matrimonio. Eduardo sigue en luto, su hija me odia y tampoco le agrado mucho que digamos a su hermano Manuel.
Epifanio: Pues no bajes la guardia. Ya lo sabes.
Carolina: (levantándose) Bueno, papá. Mejor subo a mi habitación. Voy a hacer una maleta para viajar a Ciudad de México esta misma tarde y visitar la agencia como te dije hace unos días. Te estoy llamando.
Carolina esboza una sonrisa y le da un beso en la frente a su padre para luego retirarse. Epifanio se queda pensativo.
Epifanio: (susurrando) Por poco Carolina me descubre. No tuve de otra que inventarme esa ridícula historia entre Cruz y yo. Nadie puede saber la verdad ni mucho menos mi relación con Helena.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA
Cecilia se encuentra cocinando el almuerzo cuando, de repente, es interrumpida por Luis Enrique, quien entra con disimulo y la toma por sorpresa de la cintura.


Luis Enrique: ¿Cómo estás, preciosa?
Cecilia: ¡Ay, Luis Enrique! ¡Me asustaste!
Luis Enrique: Quise pasar a saludarte antes de irme (Besándola por el cuello). Hoy amanecí con ganas de repetir lo de anoche.
Cecilia: (dándose la vuelta) ¿Repetirlo? Tu hijo nos cachó y por poco lo matas. Primero fue la mojigata y ahora él. Tienes que ser más cuidadoso con lo nuestro.
Luis Enrique: Lo he sido. Simplemente he tenido mala suerte con esos dos.
Cecilia: ¿Cómo siguió? ¿Estuvo fuerte el golpe que le diste?
Luis Enrique: (sonriendo con cinismo) Creo que sí, porque no recuerda nada y ni siquiera me reconoce. ¿Cómo la ves?
Cecilia: (sorprendida) ¿En serio?
Luis Enrique: Así es, mi amor. Muy en serio. Pablo tampoco va a ser otra carga porque me voy a encargar de internarlo en un asilo para enfermos. ¿Ves? Todos nuestros obstáculos desaparecieron, aunque todavía me falta encontrar a Marissa.
Cecilia: ¿Qué piensas hacer cuando la encuentres?
Luis Enrique: Tal vez sea hora de acabar con lo que ella dejó empezado cuando tuvo ese accidente.
Cecilia: (sorprendida) ¿Me estás diciendo que… piensas matarla?
Casimira irrumpe en ese momento en la cocina sumamente angustiada. Luis Enrique se aparta de inmediato de Cecilia.

Casimira: ¡Cecilia! ¡Cecilia, por Dios! (Desesperada).
Cecilia: ¿Qué pasó, Casimira? ¿Por qué traes esa cara?
Casimira: Ay, es Danilo. No te imaginas lo que ocurrió.
Luis Enrique: (preocupado) ¿Qué le pasó a mi hijo?
Casimira mira con reproche a Luis Enrique al escuchar la pregunta de éste, pero lo ignora y le sigue hablando a Cecilia.
Casimira: No sé muy bien lo que pasó, pero tal parece que se peleó con ese miserable de Tarcisio y él lo apuñaló.
Cecilia: (impactada) ¿Qué dices?
Casimira: Está muy mal, Cecilia y lo veo muy grave. Ya don Eduardo llamó una ambulancia y debe venir en camino.
Cecilia: (negando con la cabeza) No, eso no puede ser. Mi Danilo…
Cecilia sale corriendo muy angustiada de la cocina seguida de Luis Enrique. Lucrecia entra extrañada por el escándalo.

Lucrecia: ¿Qué es este alboroto?
Casimira: Le pasó algo muy malo a Danilo, doña Lucrecia. Todo apunta a que Tarcisio lo intentó matar.
Lucrecia: (desconcertada) ¿Cómo que lo intentó matar? ¿De qué hablas?
Casimira: Pos eso mismo que usted escuchó. Tarcisio es un animal y quería violar a una mujer y Danilo salió en defensa y ahí fue cuando todo pasó. Ya su hijo, don Eduardo, llamó por ayuda.
Casimira sale de la cocina. Lucrecia frunce extrañada el ceño y también sale en dirección a las caballerizas para ver lo que ha ocurrido.
CONTINUARÁ…
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