Capítulo 7: Plan en mente
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Unos paramédicos están subiendo a Danilo a una camilla, quien sigue inconsciente luego de las puñaladas que recibió. Milena se aferra a él llorando desconsolada. También están presentes en la escena Marissa, Eduardo y Tarcisio. Marissa, por su parte, sigue a Milena sintiéndose preocupada.





Milena: (llorando) Te vas a poner bien, hermanito. Yo sé que sí. Tienes que ser fuerte (Tomándolo de las manos). Tienes que ponerte bien y ser ese hermano mayor que siempre me ha protegido y ha estado ahí para mí, por favor.
Marissa: (preocupada) Sí, Danilo. Escucha a tu hermana. Tienes que esforzarte, no te vayas a rendir así.
Los paramédicos terminan de subir a Danilo sobre la camilla en la ambulancia. Milena se llena las manos a la boca sin dejar a llorar, por lo que Marissa la abraza de lado para consolarla. Cecilia, Lucrecia y Casimira llegan en ese momento. Luis Enrique viene detrás de ellas, pero se detiene al reconocer de lejos a Marissa y se esconde.




Cecilia: Milena, ¿dónde está Danilo?
Milena: Se lo están llevando a la clínica del pueblo en esa ambulancia, mamá. Está muy mal. No despertaba ni abría los ojos. Tengo miedo que algo malo le pase.
Cecilia: Ay, Dios (Rompe a llorar). Mi hijo, mi muchacho. Esto no puede estar pasando.
Marissa se queda mirando fijamente a Cecilia y la reconoce. Por su mente, pasan una secuencia de recuerdos fugaces de la noche en que la vio a ella en la cama con Luis Enrique teniendo intimidad.
Lucrecia: ¿Es verdad que tú atacaste a ese peón, Tarcisio? ¿Fuiste tú quien lo intentó matar?
Tarcisio: Por supuesto que no, doña Lucrecia. Yo sería incapaz de algo así.
Milena: ¡Mentira! ¡Tú fuiste el que lo apuñaló! Si a mi hermano le pasa algo va a ser solo tu culpa, desgraciado.
Tarcisio: ¿Que acaso tú me viste? Quien lo atacó fue esa gata ladrona que se metió a la hacienda para robar (Señalando a Marissa).
Todos dirigen su mirada hacia Marissa. Ella se siente intimidada y acorralada. Cecilia la reconoce de inmediato.
Cecilia: (muy sorprendida) No puede ser. Tú…
Lucrecia: ¿Quién es esta mujer?
Eduardo: (extrañado) ¿Tú la conoces, Cecilia?
Cecilia y Marissa cruzan miradas. Luis Enrique desde su escondiste teme que Marissa diga algo sobre la razón por la que se conoce con Cecilia.
EXT. / PLAZA DEL PUEBLO / DÍA

Lisa ha ido de compras a la plaza del pueblo con dos amigas de las cuales se despide con un beso en la mejilla. La joven carga dos bolsas en cada mano.

Lisa: (sonriendo) Hasta luego, chicas. Me la pasé retepadre con ustedes.
Las otras dos muchachas también le sonríen y se van juntas. Justo cuando Lisa se da la vuelta, se tropieza con Cruz, quien deja caer una canasta con productos del mercado.

Lisa: (molesta) ¿Por qué no se fija por dónde camina, señora?
Cruz: Tú fuiste la que no se fijó por dónde iba. Ándale. Recoge lo que por tu culpa dejé caer.
Lisa: (indignada) ¿Perdón? ¿Que acaso no sabe quién soy yo?
Cruz se queda mirando con fijación a Lisa y se sorprende al reconocerla.
Cruz: ¿Li… Lisa Román?
Lisa: Sí, tal como lo dijo, así que recoja usted su mugrosa canasta. Yo soy una Román y no tengo por qué someterme a órdenes de pueblerinos o de viejas atrevidas.
Cruz: (petulante) Pues ni tan Román. No andes por ahí alardeando tu apellido con tanto orgullo. La vida da muchas vueltas, muchachita.
Lisa: (extrañada) ¿A qué se refiere? ¿Qué sabe usted de mí?
Cruz: Averígualo tú. Yo no tengo por qué darle explicaciones a una muchachita malcriada y engreída. Ja, faltaba más.
Lisa frunce el ceño y toma a Cruz de uno de sus brazos bruscamente.
Lisa: No juegue conmigo y dígame qué conoce sobre mi origen.
Cruz: ¿Qué te pasa? Suéltame, insolente.
Cruz intenta soltarse, pero Lisa la aprisiona con más fuerza y la mira de forma fulminante e intimidatoria.
Lisa: Usted sabe algo. Lo sé y no pienso dejarla ir hasta que me lo diga directamente.
Cruz: (soltándose) ¡Te dije que me sueltes! Yo no sé de qué hablas.
Lisa: Sí que lo sabe, sino no habría dicho eso de que no soy una Román legítima. Dígame ya mismo quién se lo dijo.
Cruz: (nerviosa) Nadie me ha dicho nada. Tan solo te quería dar una lección para que no andes humillando por ahí a la gente por creerte de alta alcurnia.
Lisa se acerca a ella y le susurra en voz baja cuidando que ningún transeúnte la escuche.
Lisa: Yo no soy estúpida. Usted sabe la verdad, ¿no? Por eso lo dijo y ya trata de retractarse frente a mí. ¿Cómo lo descubrió? ¡Dígame! ¿Y quién más lo sabe?
Cruz: Te digo que no sé de lo que hablas y ya déjame en paz. La gente va a pensar mal si te ven intimidándome así.
Lisa: Déjeme advertirle algo. Espero y no se le ocurra decirle a nadie más la información que conoce, porque sería muy malo para ambas, en especial para usted. Nadie, absolutamente nadie, puede saberlo y a quien abra la boca le puede pesar.
Lisa le lanza una mirada fulminante y de desprecio a Cruz para luego irse de allí. La mujer respira aliviada al tiempo que se lleva una mano al pecho.
Cruz: ¡Virgen santa! Por un momento pensé que iba a terminar confesándole todo, aunque me late que ella ya lo sabe. Esto lo tiene que saber don Epifanio.
Cruz recoge los productos que había dejado caer y los mete de nuevo en la cesta.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Cecilia ha reconocido a Marissa, por lo que Lucrecia y Eduardo le preguntan si la conoce de antemano. Luis Enrique observa muy nervioso desde su escondiste.








Casimira: ¿Por qué no les respondes a los patrones, Cecilia? ¿Tú conoces a esta señora?
Cecilia: (nerviosa) Eh, bueno. Ella...
Marissa: (fingiendo) ¿Tú me conoces o sabes algo sobre mí? Porque si es así, dime, por favor. Hace ya un mes que tuve un accidente y no recuerdo nada, no sé quién soy, ni de dónde vengo (Habla con cierta desesperación). Dime si me conoces.
Luis Enrique y Cecilia se sorprenden al escuchar que Marissa no recuerda nada, aunque en realidad ella ya logró recuperar la memoria.
Lucrecia: (exasperada) No entiendo absolutamente nada. ¿Qué es todo este show? ¿Quién es esta mujer y qué hace en la hacienda?
Casimira: Déjeme explicarle, doña Lucrecia. Danilo estuvo acogiendo a esta señora en su cuarto durante varias semanas, porque él la salvó de un accidente.
Lucrecia: (muy molesta) ¿Qué cosa?
Eduardo: Mamá, deja que termine. Escuchemos.
Lucrecia: ¿Qué más quieres que escuche? Un peón metiendo a desconocidos peligrosos en la hacienda.
Milena: Mi hermanito no lo hizo de mala fe, doña. Él solo quería ayudarla mientras recuperaba la memoria.
Marissa: Así es. Lamento mucho las molestias, pero no tenía a dónde ir. Tanto Danilo como Casimira solo fueron muy buenos conmigo, por favor no los culpen.
Lucrecia: (a Marissa) ¿Crees que tienes el derecho de hablar después de que intentaste matar a uno de nuestros peones?
Marissa: (agobiada) Yo no lo hice. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? Danilo me defendía cuando ese depravado intentó sobrepasarse conmigo, se los juro.
Tarcisio: (interviniendo) ¡Mentira! Yo sólo quería sacarla a la fuerza de la hacienda, porque creí que era una ladrona. Por eso me culpan a mí de lo que ella hizo, pero fue Danilo el que la tocó. Él estaba enamorado de ella y de seguro lo apuñaló cuando él le quiso cobrar el favor.
Milena: Eso no es verdad. Mi hermano no es un depravado.
Casimira: Yo digo lo mismo. Don Eduardo, doña Lucrecia, yo llevo trabajando para ustedes muchísimos años. Puedo meter las manos en el fuego por Danilo. Él nunca sería capaz de hacer como eso. Tarcisio miente.
Tarcisio: ¿Entonces por qué se empeñó en mantener escondida a esa gata en la hacienda sin permiso de los patrones? Le gustó desde un principio.
Eduardo: (molesto) ¡Bueno! ¡Ya basta! No quiero escuchar más discusiones de lo mismo.
Lucrecia: Lo mejor es que llamemos a la policía, Eduardo. Que sean ellos los que se encarguen de esta desconocida y de Tarcisio. En cuanto a Casimira y a Milena, que tomen sus cosas y se vayan de la hacienda.
Casimira: (impactada) ¿Qué? Doña Lucrecia, usted no puede…
Lucrecia: (recia) ¡He dicho! Las dos estuvieron al tanto de que Danilo escondía a esa mujer en su habitación y nunca nos informaron. Traicionaron nuestra confianza y deben largarse de aquí.
Marissa: Por favor, no lo haga, señora (Acercándose a Lucrecia). Ninguno de los tres lo hizo por mal. Ellos tan solo me quisieron ayudar cuando más lo necesité.
Lucrecia: Tú no te metas en eso. No eres nadie para dar tu opinión.
Lucrecia intenta irse, pero Marissa la detiene tomándola con suavidad de un brazo.
Marissa: Espere, por favor. Se lo suplico. No le quite el trabajo a ninguna de las dos,ni mucho menos a Danilo. Tenga un poco más de compasión.
Lucrecia: ¿Cómo te atreves a tocarme? ¡Suéltame!
Marissa: ¡Se lo estoy pidiendo! ¡No los corra! Deles otra oportunidad. La responsabilidad es mía.
Lucrecia: ¡Te dije que me soltaras, estúpida!
Lucrecia se suelta fuertemente de Marissa al punto de que la golpea en la cara con el dorso de la mano. Todos se sorprenden y Eduardo corre preocupado hacia ella.
Eduardo: ¿Estás bien?
Marissa alza el rostro y se enfoca un pequeño sangrado que emana de su labio inferior. De nuevo, tanto ella como Eduardo cruzan miradas durante varios segundos, pero a una cercanía mayor.
Eduardo: Dime si estás bien. ¿Mi mamá te golpeó muy fuerte?
Marissa: (negando con la cabeza) No se preocupe. No es nada grave.
Eduardo: (a Lucrecia) ¿Cómo puedes golpear así a alguien con esa crueldad? ¿Qué clase de persona eres?
Lucrecia: (indignada) ¿Piensas ponerte en mi contra por una desconocida que para colmo es asesina?
Marissa: Yo no he matado a nadie, señora.
Lucrecia: ¡Cállate! Tú no eres más que una pobre diabla y todavía tienes el descaro de hacerme exigencias. ¿Quién te has creído? ¡Aquí mando yo y se hace lo que yo diga! Por eso, si yo digo que esas dos sirvientas se van, es porque se van y punto.
Eduardo: Pues lamento contradecirte, pero ni Casimira ni Milena van a ser despedidas.
Lucrecia: (sorprendida) ¿Qué? ¿Vas a desautorizarme, Eduardo?
Eduardo: No se trata de eso. Ellas no han hecho nada malo y tan solo estuvieron ayudando a esta mujer mientras se recuperaba del accidente.
Casimira: Así es, don Eduardo. Danilo la rescató y de no ser por él, esta señora habría muerto. Yo estuve realizándole curaciones a la señora los primeros días mientras se recuperaba y Milena ni sabía nada. Ella lo descubrió sin querer y Danilo le pidió que le guardara el secreto.
Cecilia: (interviniendo) Todo esto es culpa de esta mujer. Mi hijo no debió haberse involucrado con ella, sino nada de esto estaría pasando.
Lucrecia: En eso le doy la razón a la sirvienta. ¿Cómo es posible que una completa desconocida se haya encargado de formar todo este escándalo y ya hasta uno de los peones haya resultado herido? Voy a llamar inmediatamente a la policía para que se la lleven.
Eduardo: No, mamá. Tú no vas a llamar a nadie.
Lucrecia: ¡Pero Eduardo!
Eduardo: Todo esto es un malentendido que sólo se va a aclarar cuando Danilo pueda contarnos mejor lo que pasó. Por lo pronto, no vamos a meter a la policía en esto. Vamos a esperar.
Cecilia: Mi hijo está grave, don Eduardo. Se lo acaban de llevar de urgencia para la clínica y si esta mujer es la culpable, debe pagar por lo que hizo.
Milena: La señora no es la culpable, mamá. Fue Tarcisio quien intentó sobrepasarse con ella como lo ha hecho conmigo y con tantas otras mujeres.
Eduardo: (muy serio) ¿Qué tienes para decir sobre eso, Tarcisio?
Tarcisio: Que es falso, patrón.
Milena: (furioso) ¡Desgraciado! ¡Confiésalo! Tú también intentaste abusar de mí en la cocina el otro día de no ser porque mi mamá llegó y me defendió.
Eduardo: ¿Es verdad? ¿Fuiste capaz de algo tan bajo?
Tarcisio: (nervioso) Eh, bueno, patrón, pues yo… Usted sabe que soy un varón y…
Eduardo: (muy molesto) ¿Entonces es cierto?
Tarcisio: Pues no como la mocosa esa dice. Ella está exagerando. Cuando una mujer me gusta, le doy un cariñito o le digo algún piropo, pero no me atrevería a pasar de ahí. Se lo juro.
Eduardo: Voy a darte tiempo, Tarcisio y si llego a descubrir que todo de lo que acusan es cierto, no sólo te corro de la hacienda, sino que tendrás que vértelas con la ley. ¿Entendido?
Tarcisio: (bajando la cabeza) Sí, patrón.
Cecilia: Don Eduardo, tengo que ir a la clínica del pueblo con Milena. Tenemos que saber cómo sigue mi Danilo. No lo podemos dejar solo.
Lucrecia: Lo que faltaba. Ahora van a dejar el trabajo botado (Cruzándose de brazos).
Eduardo: Mamá, por favor. Es natural que quieran ir. En condiciones como estas no pueden trabajar. ¿O acaso tú sí sería capaz de dejarme a mi suerte en el hospital?
Lucrecia: (con mal tono) Haz lo que quieras. Espero que, ya que me desautorizas delante de los empleados y de desconocidos, tengas también los pantalones para sacarnos del problema en el que tú nos metiste (Se va muy molesta).
Eduardo: Cecilia, ve a la clínica con Milena. No se preocupen. En cuanto les sea posible, manténganme informado de lo que pase con Danilo.
Cecilia: Claro que sí, don Eduardo. Muchísimas gracias. Vamos, Milena.
Milena: Gracias, don Eduardo.
Cecilia toma de la mano a su hija y también se retiran de allí.
Eduardo: Tarcisio, tú vuelve al trabajo inmediatamente.
Tarcisio: Sí, patrón. De inmediato me pongo en eso. Con permiso.
Tarcisio se va, pero le lanza una mirada intimidatoria a Marissa. Casimira lo nota, pero abraza de lado a la mujer para confortarla. Eduardo se queda a solas con ellas dos.
Marissa: Gracias por no haber llamado a la policía, señor. Créame que lo que menos quería era causarles problemas o escándalos. Yo sólo quiero saber quién soy y de dónde vengo.
Eduardo: ¿De verdad no logras recordar nada? ¿Ni siquiera tu nombre?
Marissa: No, no puedo. Parece como si todos mis recuerdos se hubieran esfumado y cuando intento pensar en mi vida pasada, todo está vacío y en blanco en mi cabeza.
Casimira: ¿Usted podría ayudarla, don Eduardo? Mire que ella ahorita anda desamparada por ahí y no tiene quien le tienda la mano. Usted tal vez tenga la forma de ayudarla.
Luis Enrique escucha todavía con mucha atención desde su escondite.
Marissa: (ilusionada) ¿De verdad usted podría hacer eso por mí? ¿Me ayudaría?
Eduardo se queda pensativo ante la pregunta al tiempo que mira a Marissa con fijación sintiendo una leve impresión por ella.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, ESTUDIO / DÍA

Epifanio está en el amplio estudio de su mansión, rodeado de estanterías repletas de libros de diferentes tamaños. El hombre se encuentra sentado en un sillón tomando un café y la nueva joven ama de llaves que contrató está de pie frente a él.

Ama de llaves: Disculpe, don Epifanio. Hay alguien que quiere verlo. Dice que es importante.
Epifanio: ¿Quién es?
Ama llaves: Una señora que se llama Cruz.
Epifanio: (sorprendido) ¿Cruz? ¿Para qué regresó esa inútil? (Pensativo) Está bien, dile que pase.
El ama de llaves sale del estudio y segundos después, Cruz entra y cierra la puerta tras sí.

Epifanio: ¿Tú de nuevo por aquí? ¿Ya te arrepentiste de tu decisión? Porque si es así, vete por donde viniste. Ya contraté a un ama de llaves más joven y eficiente que tú.
Cruz: (indiferente) Ya me di cuenta, don Epifanio, pero no. No vengo porque me haya arrepentido. Estoy aquí por otra razón de peso.
Epifanio: Qué bueno que viniste por ti misma, porque ya estaba pensando en mandarte a llamar con el chofer. Hay algo que olvidé advertirte antes de que te fueras.
Cruz: Me imagino a qué se refiere y precisamente vengo por eso. Lisa Román lo sabe todo.
Epifanio: (impactado) ¿De qué estás hablando? ¿Cómo que lo sabe todo?
Cruz: Hoy me tropecé con ella por casualidad en la plaza del pueblo y discutimos porque la muchachita es una malcriada y le dije sus cuantas verdades. El caso es que, al parecer, ella ya sabe de antemano la verdad, porque me bombardeó de preguntas cuando yo se lo insinué.
Epifanio: Dudo mucho que lo sepa. ¿Cómo podría haberse enterado? Si te hizo preguntas fue porque tú abriste tu bocota como siempre y hablaste más de la cuenta.
Cruz: Yo sólo le dije que no alardeara tanto su apellido por ahí para humillar a la gente, pero no mencioné nada de lo que usted y yo sabemos.
Epifanio: Más te vale, Cruz. Nadie se puede enterar de la verdad, así que cuida muy bien lo que dices y evita volverla a ver.
Cruz: No se preocupe, don Epifanio. Pienso guardar muy bien su secreto, pero estaba pensando que no puedo hacerlo de gratis. Entenderá usted que debo subsistir de alguna manera.
Epifanio: (molesto) ¿Me estás chantajeando?
Cruz: (seria) Tómelo como quiera. Yo no tengo por qué guardar su secreto, así que si Lisa Román vuelve a mí para preguntarme, no creo que me quede callada la próxima vez.
Epifanio: Qué bajo has caído. Te creí diferente, ¿y ahora me apuñalas por la espalda? ¿Así me pagas el haberte dado techo y comida por años?
Cruz: ¿Techo y comida a cambio de humillaciones, burlas y malos tratos? Yo he estado enamorada de usted por mucho tiempo, don Epifanio, pero sólo me ha tratado como un mueble viejo.
Epifanio: (confundido) ¿Qué dices? ¿Enamorada de mí?
Cruz: (solloza) Así es. Lo he amado en silencio todos estos años y por eso aguanté tanto, por amor a usted y en el fondo guardé una esperanza de que algún día se iba a fijar en mí.
Epifanio: (riendo) Ahora sí te enloqueciste de verdad. ¿Enamorada de mí? ¡Por favor! Cada vez sales con más payasadas y ya estás vieja para eso. Déjate de tonterías.
Cruz: (indignada) ¿Se está burlando de mis sentimientos?
Epifanio: ¿De qué sentimientos hablas, mujer? Yo enviudé hace tiempo y si no me he casado con otra mujer ha sido porque no me ha dado la gana, mucho menos lo haría contigo que no me resultas para nada atractiva.
Cruz: Pues yo estoy segura que, aunque se hubiera querido casar con otra mujer, ninguna le habría dado el sí. ¿Quién va a querer ser esposa de un viejo patán y grosero como usted?
Epifanio: (furioso) ¿Cómo me dijiste, bigotuda?
Cruz: (desafiante) ¡Viejo patán y grosero! Y ya no voy a discutir más con usted. Venía para darle esa información y para decirle que, si quiere mi silencio, tendrá que pagar por ello. ¿Cómo la ve?
Epifanio: Nunca me imaginé que sacaras tu lado más ambicioso. ¡A ver! Dime de una buena vez cuánto quieres y te firmo un cheque para que largues de Villa Encantada si quieres.
Cruz: No quiero dinero, don Epifanio. Me interesa recibir otra cosa de usted.
Epifanio: ¿Y qué cosa si se puede saber? Anda, dímelo y ya y vete que no te soporto (Bebe un sorbo del café).
Cruz: Pues tendrá que soportarme, porque la única condición que tengo para seguir guardando ese secreto tan vergonzoso que usted guarda es que me haga su mujer.
Una vez que Epifanio escucha aquello, escupe todo el café que había bebido y comienza a toser. Cruz lo mira muy seria.
Epifanio: (sorprendido) ¿Qué cosa? ¿Hacerte mi mujer?
Cruz: (con una sonrisa burlona) Tal como lo oye. Quiero volver a la mansión, pero no en calidad de su fiel ama de llaves, sino en calidad de dueña y señora.
Epifanio: Voy a llamar al manicomio para que te encierren. Espérate nomás.
Epifanio toma su celular del escritorio y comienza a marcar un número.
Cruz: Estoy hablando muy en serio, don Epifanio. Quiero que se case conmigo y que sea mi hombre como siempre soñé (Ilusionada). Quiero entrar a la iglesia, vestida de blanco, caminando hacia el altar en donde usted me esté esperando como todo un galán de telenovela y que cuando el padrecito nos declare marido y mujer usted me bese así, con esa pasión, con ese deseo…
Epifanio la observa anonadado sintiendo asco de tan solo imaginarse esa posibilidad. Cruz suspira enamorada.
Epifanio: Pídeme cualquier otra cosa, lo que sea, menos eso. Yo nunca me podría casar contigo.
Cruz: Entonces aténgase a las consecuencias y el escarnio de toda Villa Encantada cuando se enteren que usted…
Epifanio: (interrumpiéndola) ¡Cállate! No se te ocurra mencionarlo.
Cruz: Usted tiene la última palabra. Yo ya de antemano le di el sí, aunque no me haya pedido mi delicada mano todavía.
Epifanio: ¡Es que no puede ser! ¿Cómo se te pueda pasar por la cabeza si quiera casarte conmigo que he sido tu patrón?
Cruz: (sonriéndole) Pero eso va a cambiar cuando sea mi marido y si le preocupa el dinero o la herencia, no se preocupe. No tiene que poner mi nombre en su testamento o heredarme dinero. Con ser su mujer me es más que suficiente, así que ya lo sabe.
Cruz se acerca al escritorio y se porta de una forma exageradamente sensual frente a Epifanio.
Cruz: Piénselo muy bien. Volveré pronto para escuchar su respuesta.
La simpática mujer le guiña un ojo al hombre y se retira del estudio. Epifanio siente como si la faltara la respiración debido a la impresión que le ha causado la atrevida propuesta de su ex ama de llaves.
Epifanio: Está loca… Definitivamente está loca…
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA

Más tarde, se pueden ver a Marissa y a Eduardo platicando en el estudio de la hacienda. Los dos están sentados frente a frente separados por el escritorio en el medio. Él la mira algo impresionado, cosa que ella nota, por lo que le rehúye avergonzada la mirada.


Marissa: Me dijo que quería decirme algo, señor.
Eduardo: Llámame Eduardo. Conmigo no tienes que tener esas formalidades, no eres mi empleada.
Marissa: Pero no lo conozco y no me sentiría cómoda llamándolo por su nombre como si fuéramos cercanos.
Eduardo: Bueno, como gustes. Me gustaría saber tu nombre, pero dada tu situación…
Marissa: En realidad, hace unos días volvieron todos mis recuerdos.
Eduardo: (sorprendido) ¿De verdad?
Marissa: Sí, señor Román, sin embargo, decidí mentir abajo en las caballerizas porque no me convenía decir frente a aquella mujer que lo recordaba todo.
Eduardo: (desconcertado) ¿A cuál mujer te refieres? ¿Mi mamá?
Marissa: No, a Cecilia. A ella me refiero.
Eduardo: ¿Entonces sí es cierto que ella te conocía y que tú la conoces a ella? ¿Por eso se impresionó al verte?
Marissa: (asentando con la cabeza) Así es. Hay dos personas que me hicieron muchísimo daño y, entre esas, está esa mujer que le digo.
Eduardo: Para serte sincero, no entiendo bien lo que me cuentas. ¿Qué fue lo que te hizo Cecilia?
Marissa: Voy a explicarle…
Casimira está escuchando detrás de la puerta del estudio en silencio.

Marissa: Me imagino que usted ha de conocer muy bien a mi marido.
Eduardo: ¿Quién es tu marido?
Marissa: (muy seria) Luis Enrique Escalante.
Eduardo abre los ojos como platos al escuchar aquel nombre. Casimira se sorprende de la misma manera y se cubra la boca con una mano.
Casimira: (susurrando) ¿Luis Enrique? No puede ser. Entonces, ¿la señora es la esposa de ese miserable? (Desconcertada).
Marissa y Eduardo siguen platicando.
Eduardo: ¿Me estás diciendo que tú…?
Marissa: Sí, señor Román. Luis Enrique y yo hemos estado casados por más de veinticuatro años y, aunque nunca tuvimos hijos, adoptamos a uno, claro que Luis Enrique nunca lo vio como tal.
Eduardo: Luis Enrique siempre ha sido un hombre muy reservado en lo que a su vida familiar se refiere y nunca me habló mucho de su hijo o de su esposa.
Marissa: Él tampoco me hablaba mucho de sus negocios, pero sí llegué a saber que era socio de su familia desde hace algunos años. Por eso me sorprendí cuando recuperé mis recuerdos y supe que estaba casualmente en la hacienda de los Román.
Eduardo: (pensativo) Ahora lo entiendo todo. Yo ya te había visto esa noche en la que casi te golpeo con mi coche, pero tú saliste corriendo en cuanto viste a Luis Enrique y luego él salió detrás de ti.
Marissa: Así es. Quiso alcanzarme y tuve tanto miedo que me escondí, así que no pudo encontrarme.
Eduardo: ¿Por qué te escondiste de él? Todos creen que moriste en un accidente, incluso el mismo Luis Enrique.
Marissa: (solloza) Por lo que le dije hace un rato, señor Román. Luis Enrique es la otra persona que me hizo un gran daño junto a esa tal Cecilia.
Casimira continúa escuchando con atención y cierra fuertemente los ojos, pues ya sabe a qué se refiere Marissa.
Eduardo: (extrañado) ¿Qué fue lo que te hicieron tan grave como para que hayas querido ocultarte y mintieras?
Marissa: Ambos han sido amantes por más de veinte años, creo que incluso se conocen desde antes de que yo me casara con Luis Enrique.
Eduardo se impresiona al escucharla. Marissa no puede evitar que de sus ojos emerjan un par de lágrimas.
Marissa: Y la noche del accidente, los descubrí en la cama, revolcándose y hablando de la peor manera de mí. Descubrí que ambos tienen dos hijos y que Luis Enrique sólo se casó conmigo por interés.
Casimira, detrás de la puerta, niega con la cabeza. Eduardo se conmueve al ver a Marissa llorando.
Marissa: Fue tanto mi dolor por ese engaño que cuando salí en dirección a la capital, tuve aquel accidente en el que pude haber muerto de no ser porque Danilo me salvó y estuvo cuidándome junto con Casimira.
Eduardo: Me resulta muy difícil de creer lo que dices y no porque no sea cierto, sino porque no creí a Luis Enrique capaz de ocultar una familia y menos con Cecilia que también ha trabajado para mí durante tanto tiempo. Incluso sus hijos trabajan aquí.
Marissa: Lo sé, de eso me percaté justo ahora cuando Milena la llamaba mamá, pero si mentí frente a ella, no fue por mal, señor Román. Se lo juro. Lo hice para despistarla y porque estoy desesperada. Necesito que alguien me ayude y Casimira me dijo que usted podía hacerlo.
Eduardo: (suspirando) ¿Cómo podría ayudarte yo?
Marissa: Deme trabajo aquí en su hacienda.
Eduardo: (sorprendido) ¿Cómo?
Marissa: Permítame trabajar aquí como sirvienta, ya sea en la cocina, en el jardín, haciendo la limpieza, lo que usted quiera, pero deme el empleo, por favor.
Marissa toma con cierto desespero y súplica las manos de Eduardo detalle frente al cual él se sorprende.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / AGENCIA DE MODELAJE / DÍA
Carolina recién ha llegado a la capital y específicamente a la agencia de modelaje de su propiedad. La mujer se dirige a su oficina ubicada en un piso superior y su lado es acompañada por Gracia.


Gracia: ¿Qué tal estuvo el viaje, Carolina?
Carolina: (sonriendo) Bien, Gracia. Como vine en mi auto no se me hizo tan largo. Villa Encantada está a poco menos de dos horas.
Gracia: Debiste haber ido a descansar el hotel. Ya es tarde. Mañana podrías haber venido a la agencia.
Carolina: Quiero encargarme de checar todo lo que haya pendiente desde ya. Tú sabes que detesto que se me acumule el trabajo.
Ambas llegan a la oficina y entran. Gracia cierra la puerta y sostiene un IPad.
Carolina: Mejor cuéntame cómo van las cosas aquí en la agencia. ¿Preparaste el informe que te pedí que hicieras de antemano por correo?
Gracia: Sí. Justo aquí estaba revisando los últimos detalles y creo que ya está listo. ¿Quieres que te lo envíe?
Carolina: Sí, por favor. Cambiando de tema, dime qué tal les está yendo a las modelos con las campañas.
Gracia: Excelente. Hay muchas compañías textiles y de cosméticos interesadas en firmar contratos con la agencia solicitando nuevos rostros y hasta ahora todas han dicho estar satisfechas con la calidad de nuestras modelos, sólo que…
Carolina: (sentándose) ¿Qué? ¿Qué ocurre? ¿Algo anda mal?
Gracia: Bueno, no es algo precisamente malo, pero sí me preocupa.
Carolina: Pues adelante. Dime de qué se trata.
Gracia: Hay una compañía de cosméticos que quiere cancelar el contrato con la agencia.
Carolina: (sorprendida) ¿Por qué?
Gracia: Ninguna de nuestras modelos cumplen con los protocolos que están pidiendo para ser la imagen del próximo producto que piensan lanzar al mercado.
Carolina: No puede ser. Tenemos chicas muy bellas y jóvenes que podrían ser perfectas para la imagen de su dichoso producto.
Gracia: Lo sé, Caro. Yo les he dicho lo mismo, ya que ese es mi trabajo como representante comercial de la agencia. He intentado convencerlos, pero es inútil. Quieren cancelar el contrato.
Carolina: (pensativa) ¿De qué compañía se trata?
Gracia: La Beauté.
Carolina: (sorprendida) Dios… Una cancelación por parte de La Beauté no le convendría a la agencia. Hemos sido muy bien remunerados gracias a ella.
Gracia: (sonriendo con malicia) Yo ya estaba pensando en una solución al problema para evitar la cancelación del contrato.
Carolina: ¿Ah, sí? ¿Cuál?
Gracia: Hay una chica que recientemente aplicó para ser modelo en la agencia y pienso que tiene el rostro y el cuerpo que La Beauté quiere para la imagen de su nuevo producto.
Carolina: Pero una aprendiz no sería apropiada para eso, Gracia. Recuerda que hay mucho dinero de por medio.
Gracia: Créeme que, si no lo supiera y no confiara en el potencial de esta chica, no te lo estaría diciendo. Le pedí que me mandara por Internet unas cuantas pruebas y todas las pasó. Es muy buena en lo que hace.
Carolina: A ver, ¿y de quién se trata? ¿Está en la agencia en este momento?
Gracia: Desgraciadamente, no. Vive justo en Villa Encantada.
Carolina: (sorprendida) ¿De verdad? Tal vez la conozca. Villa Encantada es un pueblo muy pequeño.
Gracia: Quién sabe, pero hasta donde sé, hace parte de una familia muy acaudalada de ese pueblo. Mírala.
Gracia se acerca a Carolina y le muestra en su IPad las fotos de la chica de la cual habla. Carolina, sorprendida, abre los ojos más de lo normal al reconocerla.
Carolina: ¿Lisa Román?
Es así como la cámara enfoca la pantalla del IPad en donde se pueden ver varias fotos precisamente de Lisa.

Gracia: (enarca una ceja) ¿Entonces sí la conoces?
Carolina: Sí, claro. Es la hija de mi mejor amigo, de Eduardo. Te he hablado de él un poco.
Gracia: Ah, claro. El marido de tu amiga Helena.
Carolina: Así es y nunca me esperé que su hija aplicara para mi agencia si me detesta. A lo mejor no sabe que soy yo la propietaria.
Gracia: ¿A ti también te cae mal la muchacha?
Carolina: Me es indiferente, aunque no te niego que es bastante pesada. Tiene los típicos caprichos de una adolescente.
Gracia: Pero también es linda y cumple con todos los requisitos que La Beauté quiere para su producto. Ella podría ser nuestra salvación, Caro.
Carolina: (pensativa) Tienes razón. Llámala. Dile que viaje en cuanto antes y si es preciso, dile también que la agencia cubre con todos los gastos de transporte, alimentación, hospedaje.
Gracia: El problema es que la muchacha es menor de edad. Me prometió que hablaría con su padre para que le diera el permiso.
Carolina: Eduardo se lo dará. De eso estoy segura, pero dudo que su abuela haga lo mismo. Lucrecia nunca permitiría que su nieta se dedicara al modelaje. La conozco bien.
Gracia: ¿Entonces qué piensas hacer?
Carolina: Déjamelo a mí. Yo soy cercana a la familia y puedo encargarme de convencer a Lucrecia. Tú encárgate de lo que te pedí.
Gracia: (sonriendo) Está bien. Ya mismo me pongo en ello. Iré a mi oficina para enviarte el informe. Con permiso.
Gracia se retira de la oficina cerrando la puerta tras sí. Carolina sigue sentada en su silla giratoria y se queda pensativa.
Carolina: Qué interesante. Así que Lisa Román quiere ser modelo en mi agencia, pero está bien. Voy a abrirle las puertas para ir ganándome su confianza. De esa manera tendré el camino libre para enamorar a Eduardo.
VILLA ENCANTADA

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA
Entretanto, Cecilia y Milena están de pie esperando noticias de Danilo en el modesto hospital del pueblo. La primera no para de dar vueltas de un lado para otro con impaciencia.


Cecilia: ¿Por qué nadie nos dice nada? ¿Qué tanto pasa allá adentro con mi hijo?
Milena: Yo también estoy muy preocupada, mamá, pero es mejor que nos calmemos. Nada ganamos con impacientarnos.
Cecilia: Pues a mí se me hace imposible no impacientarme como dices cuando Danilo se está debatiendo entre la vida y la muerte por culpa de esa maldita mujer.
Milena: (extrañada) ¿Por qué te expresas así de esa señora?
Cecilia: ¿Por qué más sería? ¿Que no ves lo que hizo a tu hermano? Desde ya la odio por eso.
Milena: Ya te dije que fue Tarcisio. Casimira y yo llegamos justo cuando él había acabado de atacar a Danilo y la señora estaba llorando desesperada tratando que él reaccionara.
Cecilia: Pero ninguna de las dos vio lo que realmente pasó y si algo le pasa a Danilo, voy a hacer hasta lo imposible para que pague muy caro.
Milena: Mamá, él va a estar bien. Danilo es fuerte y yo estoy segura que va a salir de todo esto. Vas a ver.
De repente, un doctor hace presencia en la sala de espera acompañado de una enfermera.
Doctor: ¿Familiares del joven Danilo Galván?
En cuanto ellas oyen, se acercan con prisa al doctor.
Cecilia: Yo soy su madre. ¿Cómo sigue mi hijo?
Doctor: Bien, señora. Fue una cirugía sencilla. Logramos detener el sangrado y afortunadamente la herida no fue de gran profundidad. Su hijo va a estar bien.
Milena: (suspirando aliviada) ¡Ay, gracias a Dios! ¿Ves, mamá? Te lo dije. Danilo iba a estar bien.
Cecilia: ¿Podemos pasar a verlo, doctor?
Doctor: Por lo pronto, es conveniente que lo dejen descansar. Mañana que despierte de la anestesia y se sienta mejor, pueden pasar a verlo y hablar con él. Con permiso.
El doctor se retira seguido por la enfermera.
Cecilia: Qué bueno que no fue grave. Por un momento pensé lo peor.
No muy lejos de allí, por otro pasillo, cruza precisamente Pablo mirando confundido a su alrededor. Milena alcanza a verlo y se sorprende.

Milena: (susurrando) ¿Ese no es…?
Cecilia: (extrañada) ¿Quién? ¿De qué hablas?
Cecilia voltea a ver para la dirección en que su hija está mirando, pero no ve a nadie, pues ya Pablo fue perdido de vista.
Milena: Quédate aquí, mamá. Ya vuelvo.
Cecilia: ¿A dónde vas? Tienes que volver a la hacienda para decirle a don Eduardo que ya Danilo está mejor.
Milena: No me tardo. Ya vuelvo.
Milena se va caminando con prisa dejando extrañada a Cecilia.
Cecilia: ¿Qué se trae ahora esta muchacha? (Pensativa) En fin. Mucho mejor que me dejó sola para llamar a Luis Enrique. Tengo que decirle lo que pasó con Danilo.
Cecilia toma su celular para llamar a Luis Enrique tal y como dijo.
CONTINUARÁ…

Unos paramédicos están subiendo a Danilo a una camilla, quien sigue inconsciente luego de las puñaladas que recibió. Milena se aferra a él llorando desconsolada. También están presentes en la escena Marissa, Eduardo y Tarcisio. Marissa, por su parte, sigue a Milena sintiéndose preocupada.





Milena: (llorando) Te vas a poner bien, hermanito. Yo sé que sí. Tienes que ser fuerte (Tomándolo de las manos). Tienes que ponerte bien y ser ese hermano mayor que siempre me ha protegido y ha estado ahí para mí, por favor.
Marissa: (preocupada) Sí, Danilo. Escucha a tu hermana. Tienes que esforzarte, no te vayas a rendir así.
Los paramédicos terminan de subir a Danilo sobre la camilla en la ambulancia. Milena se llena las manos a la boca sin dejar a llorar, por lo que Marissa la abraza de lado para consolarla. Cecilia, Lucrecia y Casimira llegan en ese momento. Luis Enrique viene detrás de ellas, pero se detiene al reconocer de lejos a Marissa y se esconde.




Cecilia: Milena, ¿dónde está Danilo?
Milena: Se lo están llevando a la clínica del pueblo en esa ambulancia, mamá. Está muy mal. No despertaba ni abría los ojos. Tengo miedo que algo malo le pase.
Cecilia: Ay, Dios (Rompe a llorar). Mi hijo, mi muchacho. Esto no puede estar pasando.
Marissa se queda mirando fijamente a Cecilia y la reconoce. Por su mente, pasan una secuencia de recuerdos fugaces de la noche en que la vio a ella en la cama con Luis Enrique teniendo intimidad.
Lucrecia: ¿Es verdad que tú atacaste a ese peón, Tarcisio? ¿Fuiste tú quien lo intentó matar?
Tarcisio: Por supuesto que no, doña Lucrecia. Yo sería incapaz de algo así.
Milena: ¡Mentira! ¡Tú fuiste el que lo apuñaló! Si a mi hermano le pasa algo va a ser solo tu culpa, desgraciado.
Tarcisio: ¿Que acaso tú me viste? Quien lo atacó fue esa gata ladrona que se metió a la hacienda para robar (Señalando a Marissa).
Todos dirigen su mirada hacia Marissa. Ella se siente intimidada y acorralada. Cecilia la reconoce de inmediato.
Cecilia: (muy sorprendida) No puede ser. Tú…
Lucrecia: ¿Quién es esta mujer?
Eduardo: (extrañado) ¿Tú la conoces, Cecilia?
Cecilia y Marissa cruzan miradas. Luis Enrique desde su escondiste teme que Marissa diga algo sobre la razón por la que se conoce con Cecilia.
EXT. / PLAZA DEL PUEBLO / DÍA

Lisa ha ido de compras a la plaza del pueblo con dos amigas de las cuales se despide con un beso en la mejilla. La joven carga dos bolsas en cada mano.

Lisa: (sonriendo) Hasta luego, chicas. Me la pasé retepadre con ustedes.
Las otras dos muchachas también le sonríen y se van juntas. Justo cuando Lisa se da la vuelta, se tropieza con Cruz, quien deja caer una canasta con productos del mercado.

Lisa: (molesta) ¿Por qué no se fija por dónde camina, señora?
Cruz: Tú fuiste la que no se fijó por dónde iba. Ándale. Recoge lo que por tu culpa dejé caer.
Lisa: (indignada) ¿Perdón? ¿Que acaso no sabe quién soy yo?
Cruz se queda mirando con fijación a Lisa y se sorprende al reconocerla.
Cruz: ¿Li… Lisa Román?
Lisa: Sí, tal como lo dijo, así que recoja usted su mugrosa canasta. Yo soy una Román y no tengo por qué someterme a órdenes de pueblerinos o de viejas atrevidas.
Cruz: (petulante) Pues ni tan Román. No andes por ahí alardeando tu apellido con tanto orgullo. La vida da muchas vueltas, muchachita.
Lisa: (extrañada) ¿A qué se refiere? ¿Qué sabe usted de mí?
Cruz: Averígualo tú. Yo no tengo por qué darle explicaciones a una muchachita malcriada y engreída. Ja, faltaba más.
Lisa frunce el ceño y toma a Cruz de uno de sus brazos bruscamente.
Lisa: No juegue conmigo y dígame qué conoce sobre mi origen.
Cruz: ¿Qué te pasa? Suéltame, insolente.
Cruz intenta soltarse, pero Lisa la aprisiona con más fuerza y la mira de forma fulminante e intimidatoria.
Lisa: Usted sabe algo. Lo sé y no pienso dejarla ir hasta que me lo diga directamente.
Cruz: (soltándose) ¡Te dije que me sueltes! Yo no sé de qué hablas.
Lisa: Sí que lo sabe, sino no habría dicho eso de que no soy una Román legítima. Dígame ya mismo quién se lo dijo.
Cruz: (nerviosa) Nadie me ha dicho nada. Tan solo te quería dar una lección para que no andes humillando por ahí a la gente por creerte de alta alcurnia.
Lisa se acerca a ella y le susurra en voz baja cuidando que ningún transeúnte la escuche.
Lisa: Yo no soy estúpida. Usted sabe la verdad, ¿no? Por eso lo dijo y ya trata de retractarse frente a mí. ¿Cómo lo descubrió? ¡Dígame! ¿Y quién más lo sabe?
Cruz: Te digo que no sé de lo que hablas y ya déjame en paz. La gente va a pensar mal si te ven intimidándome así.
Lisa: Déjeme advertirle algo. Espero y no se le ocurra decirle a nadie más la información que conoce, porque sería muy malo para ambas, en especial para usted. Nadie, absolutamente nadie, puede saberlo y a quien abra la boca le puede pesar.
Lisa le lanza una mirada fulminante y de desprecio a Cruz para luego irse de allí. La mujer respira aliviada al tiempo que se lleva una mano al pecho.
Cruz: ¡Virgen santa! Por un momento pensé que iba a terminar confesándole todo, aunque me late que ella ya lo sabe. Esto lo tiene que saber don Epifanio.
Cruz recoge los productos que había dejado caer y los mete de nuevo en la cesta.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Cecilia ha reconocido a Marissa, por lo que Lucrecia y Eduardo le preguntan si la conoce de antemano. Luis Enrique observa muy nervioso desde su escondiste.








Casimira: ¿Por qué no les respondes a los patrones, Cecilia? ¿Tú conoces a esta señora?
Cecilia: (nerviosa) Eh, bueno. Ella...
Marissa: (fingiendo) ¿Tú me conoces o sabes algo sobre mí? Porque si es así, dime, por favor. Hace ya un mes que tuve un accidente y no recuerdo nada, no sé quién soy, ni de dónde vengo (Habla con cierta desesperación). Dime si me conoces.
Luis Enrique y Cecilia se sorprenden al escuchar que Marissa no recuerda nada, aunque en realidad ella ya logró recuperar la memoria.
Lucrecia: (exasperada) No entiendo absolutamente nada. ¿Qué es todo este show? ¿Quién es esta mujer y qué hace en la hacienda?
Casimira: Déjeme explicarle, doña Lucrecia. Danilo estuvo acogiendo a esta señora en su cuarto durante varias semanas, porque él la salvó de un accidente.
Lucrecia: (muy molesta) ¿Qué cosa?
Eduardo: Mamá, deja que termine. Escuchemos.
Lucrecia: ¿Qué más quieres que escuche? Un peón metiendo a desconocidos peligrosos en la hacienda.
Milena: Mi hermanito no lo hizo de mala fe, doña. Él solo quería ayudarla mientras recuperaba la memoria.
Marissa: Así es. Lamento mucho las molestias, pero no tenía a dónde ir. Tanto Danilo como Casimira solo fueron muy buenos conmigo, por favor no los culpen.
Lucrecia: (a Marissa) ¿Crees que tienes el derecho de hablar después de que intentaste matar a uno de nuestros peones?
Marissa: (agobiada) Yo no lo hice. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? Danilo me defendía cuando ese depravado intentó sobrepasarse conmigo, se los juro.
Tarcisio: (interviniendo) ¡Mentira! Yo sólo quería sacarla a la fuerza de la hacienda, porque creí que era una ladrona. Por eso me culpan a mí de lo que ella hizo, pero fue Danilo el que la tocó. Él estaba enamorado de ella y de seguro lo apuñaló cuando él le quiso cobrar el favor.
Milena: Eso no es verdad. Mi hermano no es un depravado.
Casimira: Yo digo lo mismo. Don Eduardo, doña Lucrecia, yo llevo trabajando para ustedes muchísimos años. Puedo meter las manos en el fuego por Danilo. Él nunca sería capaz de hacer como eso. Tarcisio miente.
Tarcisio: ¿Entonces por qué se empeñó en mantener escondida a esa gata en la hacienda sin permiso de los patrones? Le gustó desde un principio.
Eduardo: (molesto) ¡Bueno! ¡Ya basta! No quiero escuchar más discusiones de lo mismo.
Lucrecia: Lo mejor es que llamemos a la policía, Eduardo. Que sean ellos los que se encarguen de esta desconocida y de Tarcisio. En cuanto a Casimira y a Milena, que tomen sus cosas y se vayan de la hacienda.
Casimira: (impactada) ¿Qué? Doña Lucrecia, usted no puede…
Lucrecia: (recia) ¡He dicho! Las dos estuvieron al tanto de que Danilo escondía a esa mujer en su habitación y nunca nos informaron. Traicionaron nuestra confianza y deben largarse de aquí.
Marissa: Por favor, no lo haga, señora (Acercándose a Lucrecia). Ninguno de los tres lo hizo por mal. Ellos tan solo me quisieron ayudar cuando más lo necesité.
Lucrecia: Tú no te metas en eso. No eres nadie para dar tu opinión.
Lucrecia intenta irse, pero Marissa la detiene tomándola con suavidad de un brazo.
Marissa: Espere, por favor. Se lo suplico. No le quite el trabajo a ninguna de las dos,ni mucho menos a Danilo. Tenga un poco más de compasión.
Lucrecia: ¿Cómo te atreves a tocarme? ¡Suéltame!
Marissa: ¡Se lo estoy pidiendo! ¡No los corra! Deles otra oportunidad. La responsabilidad es mía.
Lucrecia: ¡Te dije que me soltaras, estúpida!
Lucrecia se suelta fuertemente de Marissa al punto de que la golpea en la cara con el dorso de la mano. Todos se sorprenden y Eduardo corre preocupado hacia ella.
Eduardo: ¿Estás bien?
Marissa alza el rostro y se enfoca un pequeño sangrado que emana de su labio inferior. De nuevo, tanto ella como Eduardo cruzan miradas durante varios segundos, pero a una cercanía mayor.
Eduardo: Dime si estás bien. ¿Mi mamá te golpeó muy fuerte?
Marissa: (negando con la cabeza) No se preocupe. No es nada grave.
Eduardo: (a Lucrecia) ¿Cómo puedes golpear así a alguien con esa crueldad? ¿Qué clase de persona eres?
Lucrecia: (indignada) ¿Piensas ponerte en mi contra por una desconocida que para colmo es asesina?
Marissa: Yo no he matado a nadie, señora.
Lucrecia: ¡Cállate! Tú no eres más que una pobre diabla y todavía tienes el descaro de hacerme exigencias. ¿Quién te has creído? ¡Aquí mando yo y se hace lo que yo diga! Por eso, si yo digo que esas dos sirvientas se van, es porque se van y punto.
Eduardo: Pues lamento contradecirte, pero ni Casimira ni Milena van a ser despedidas.
Lucrecia: (sorprendida) ¿Qué? ¿Vas a desautorizarme, Eduardo?
Eduardo: No se trata de eso. Ellas no han hecho nada malo y tan solo estuvieron ayudando a esta mujer mientras se recuperaba del accidente.
Casimira: Así es, don Eduardo. Danilo la rescató y de no ser por él, esta señora habría muerto. Yo estuve realizándole curaciones a la señora los primeros días mientras se recuperaba y Milena ni sabía nada. Ella lo descubrió sin querer y Danilo le pidió que le guardara el secreto.
Cecilia: (interviniendo) Todo esto es culpa de esta mujer. Mi hijo no debió haberse involucrado con ella, sino nada de esto estaría pasando.
Lucrecia: En eso le doy la razón a la sirvienta. ¿Cómo es posible que una completa desconocida se haya encargado de formar todo este escándalo y ya hasta uno de los peones haya resultado herido? Voy a llamar inmediatamente a la policía para que se la lleven.
Eduardo: No, mamá. Tú no vas a llamar a nadie.
Lucrecia: ¡Pero Eduardo!
Eduardo: Todo esto es un malentendido que sólo se va a aclarar cuando Danilo pueda contarnos mejor lo que pasó. Por lo pronto, no vamos a meter a la policía en esto. Vamos a esperar.
Cecilia: Mi hijo está grave, don Eduardo. Se lo acaban de llevar de urgencia para la clínica y si esta mujer es la culpable, debe pagar por lo que hizo.
Milena: La señora no es la culpable, mamá. Fue Tarcisio quien intentó sobrepasarse con ella como lo ha hecho conmigo y con tantas otras mujeres.
Eduardo: (muy serio) ¿Qué tienes para decir sobre eso, Tarcisio?
Tarcisio: Que es falso, patrón.
Milena: (furioso) ¡Desgraciado! ¡Confiésalo! Tú también intentaste abusar de mí en la cocina el otro día de no ser porque mi mamá llegó y me defendió.
Eduardo: ¿Es verdad? ¿Fuiste capaz de algo tan bajo?
Tarcisio: (nervioso) Eh, bueno, patrón, pues yo… Usted sabe que soy un varón y…
Eduardo: (muy molesto) ¿Entonces es cierto?
Tarcisio: Pues no como la mocosa esa dice. Ella está exagerando. Cuando una mujer me gusta, le doy un cariñito o le digo algún piropo, pero no me atrevería a pasar de ahí. Se lo juro.
Eduardo: Voy a darte tiempo, Tarcisio y si llego a descubrir que todo de lo que acusan es cierto, no sólo te corro de la hacienda, sino que tendrás que vértelas con la ley. ¿Entendido?
Tarcisio: (bajando la cabeza) Sí, patrón.
Cecilia: Don Eduardo, tengo que ir a la clínica del pueblo con Milena. Tenemos que saber cómo sigue mi Danilo. No lo podemos dejar solo.
Lucrecia: Lo que faltaba. Ahora van a dejar el trabajo botado (Cruzándose de brazos).
Eduardo: Mamá, por favor. Es natural que quieran ir. En condiciones como estas no pueden trabajar. ¿O acaso tú sí sería capaz de dejarme a mi suerte en el hospital?
Lucrecia: (con mal tono) Haz lo que quieras. Espero que, ya que me desautorizas delante de los empleados y de desconocidos, tengas también los pantalones para sacarnos del problema en el que tú nos metiste (Se va muy molesta).
Eduardo: Cecilia, ve a la clínica con Milena. No se preocupen. En cuanto les sea posible, manténganme informado de lo que pase con Danilo.
Cecilia: Claro que sí, don Eduardo. Muchísimas gracias. Vamos, Milena.
Milena: Gracias, don Eduardo.
Cecilia toma de la mano a su hija y también se retiran de allí.
Eduardo: Tarcisio, tú vuelve al trabajo inmediatamente.
Tarcisio: Sí, patrón. De inmediato me pongo en eso. Con permiso.
Tarcisio se va, pero le lanza una mirada intimidatoria a Marissa. Casimira lo nota, pero abraza de lado a la mujer para confortarla. Eduardo se queda a solas con ellas dos.
Marissa: Gracias por no haber llamado a la policía, señor. Créame que lo que menos quería era causarles problemas o escándalos. Yo sólo quiero saber quién soy y de dónde vengo.
Eduardo: ¿De verdad no logras recordar nada? ¿Ni siquiera tu nombre?
Marissa: No, no puedo. Parece como si todos mis recuerdos se hubieran esfumado y cuando intento pensar en mi vida pasada, todo está vacío y en blanco en mi cabeza.
Casimira: ¿Usted podría ayudarla, don Eduardo? Mire que ella ahorita anda desamparada por ahí y no tiene quien le tienda la mano. Usted tal vez tenga la forma de ayudarla.
Luis Enrique escucha todavía con mucha atención desde su escondite.
Marissa: (ilusionada) ¿De verdad usted podría hacer eso por mí? ¿Me ayudaría?
Eduardo se queda pensativo ante la pregunta al tiempo que mira a Marissa con fijación sintiendo una leve impresión por ella.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, ESTUDIO / DÍA

Epifanio está en el amplio estudio de su mansión, rodeado de estanterías repletas de libros de diferentes tamaños. El hombre se encuentra sentado en un sillón tomando un café y la nueva joven ama de llaves que contrató está de pie frente a él.

Ama de llaves: Disculpe, don Epifanio. Hay alguien que quiere verlo. Dice que es importante.
Epifanio: ¿Quién es?
Ama llaves: Una señora que se llama Cruz.
Epifanio: (sorprendido) ¿Cruz? ¿Para qué regresó esa inútil? (Pensativo) Está bien, dile que pase.
El ama de llaves sale del estudio y segundos después, Cruz entra y cierra la puerta tras sí.

Epifanio: ¿Tú de nuevo por aquí? ¿Ya te arrepentiste de tu decisión? Porque si es así, vete por donde viniste. Ya contraté a un ama de llaves más joven y eficiente que tú.
Cruz: (indiferente) Ya me di cuenta, don Epifanio, pero no. No vengo porque me haya arrepentido. Estoy aquí por otra razón de peso.
Epifanio: Qué bueno que viniste por ti misma, porque ya estaba pensando en mandarte a llamar con el chofer. Hay algo que olvidé advertirte antes de que te fueras.
Cruz: Me imagino a qué se refiere y precisamente vengo por eso. Lisa Román lo sabe todo.
Epifanio: (impactado) ¿De qué estás hablando? ¿Cómo que lo sabe todo?
Cruz: Hoy me tropecé con ella por casualidad en la plaza del pueblo y discutimos porque la muchachita es una malcriada y le dije sus cuantas verdades. El caso es que, al parecer, ella ya sabe de antemano la verdad, porque me bombardeó de preguntas cuando yo se lo insinué.
Epifanio: Dudo mucho que lo sepa. ¿Cómo podría haberse enterado? Si te hizo preguntas fue porque tú abriste tu bocota como siempre y hablaste más de la cuenta.
Cruz: Yo sólo le dije que no alardeara tanto su apellido por ahí para humillar a la gente, pero no mencioné nada de lo que usted y yo sabemos.
Epifanio: Más te vale, Cruz. Nadie se puede enterar de la verdad, así que cuida muy bien lo que dices y evita volverla a ver.
Cruz: No se preocupe, don Epifanio. Pienso guardar muy bien su secreto, pero estaba pensando que no puedo hacerlo de gratis. Entenderá usted que debo subsistir de alguna manera.
Epifanio: (molesto) ¿Me estás chantajeando?
Cruz: (seria) Tómelo como quiera. Yo no tengo por qué guardar su secreto, así que si Lisa Román vuelve a mí para preguntarme, no creo que me quede callada la próxima vez.
Epifanio: Qué bajo has caído. Te creí diferente, ¿y ahora me apuñalas por la espalda? ¿Así me pagas el haberte dado techo y comida por años?
Cruz: ¿Techo y comida a cambio de humillaciones, burlas y malos tratos? Yo he estado enamorada de usted por mucho tiempo, don Epifanio, pero sólo me ha tratado como un mueble viejo.
Epifanio: (confundido) ¿Qué dices? ¿Enamorada de mí?
Cruz: (solloza) Así es. Lo he amado en silencio todos estos años y por eso aguanté tanto, por amor a usted y en el fondo guardé una esperanza de que algún día se iba a fijar en mí.
Epifanio: (riendo) Ahora sí te enloqueciste de verdad. ¿Enamorada de mí? ¡Por favor! Cada vez sales con más payasadas y ya estás vieja para eso. Déjate de tonterías.
Cruz: (indignada) ¿Se está burlando de mis sentimientos?
Epifanio: ¿De qué sentimientos hablas, mujer? Yo enviudé hace tiempo y si no me he casado con otra mujer ha sido porque no me ha dado la gana, mucho menos lo haría contigo que no me resultas para nada atractiva.
Cruz: Pues yo estoy segura que, aunque se hubiera querido casar con otra mujer, ninguna le habría dado el sí. ¿Quién va a querer ser esposa de un viejo patán y grosero como usted?
Epifanio: (furioso) ¿Cómo me dijiste, bigotuda?
Cruz: (desafiante) ¡Viejo patán y grosero! Y ya no voy a discutir más con usted. Venía para darle esa información y para decirle que, si quiere mi silencio, tendrá que pagar por ello. ¿Cómo la ve?
Epifanio: Nunca me imaginé que sacaras tu lado más ambicioso. ¡A ver! Dime de una buena vez cuánto quieres y te firmo un cheque para que largues de Villa Encantada si quieres.
Cruz: No quiero dinero, don Epifanio. Me interesa recibir otra cosa de usted.
Epifanio: ¿Y qué cosa si se puede saber? Anda, dímelo y ya y vete que no te soporto (Bebe un sorbo del café).
Cruz: Pues tendrá que soportarme, porque la única condición que tengo para seguir guardando ese secreto tan vergonzoso que usted guarda es que me haga su mujer.
Una vez que Epifanio escucha aquello, escupe todo el café que había bebido y comienza a toser. Cruz lo mira muy seria.
Epifanio: (sorprendido) ¿Qué cosa? ¿Hacerte mi mujer?
Cruz: (con una sonrisa burlona) Tal como lo oye. Quiero volver a la mansión, pero no en calidad de su fiel ama de llaves, sino en calidad de dueña y señora.
Epifanio: Voy a llamar al manicomio para que te encierren. Espérate nomás.
Epifanio toma su celular del escritorio y comienza a marcar un número.
Cruz: Estoy hablando muy en serio, don Epifanio. Quiero que se case conmigo y que sea mi hombre como siempre soñé (Ilusionada). Quiero entrar a la iglesia, vestida de blanco, caminando hacia el altar en donde usted me esté esperando como todo un galán de telenovela y que cuando el padrecito nos declare marido y mujer usted me bese así, con esa pasión, con ese deseo…
Epifanio la observa anonadado sintiendo asco de tan solo imaginarse esa posibilidad. Cruz suspira enamorada.
Epifanio: Pídeme cualquier otra cosa, lo que sea, menos eso. Yo nunca me podría casar contigo.
Cruz: Entonces aténgase a las consecuencias y el escarnio de toda Villa Encantada cuando se enteren que usted…
Epifanio: (interrumpiéndola) ¡Cállate! No se te ocurra mencionarlo.
Cruz: Usted tiene la última palabra. Yo ya de antemano le di el sí, aunque no me haya pedido mi delicada mano todavía.
Epifanio: ¡Es que no puede ser! ¿Cómo se te pueda pasar por la cabeza si quiera casarte conmigo que he sido tu patrón?
Cruz: (sonriéndole) Pero eso va a cambiar cuando sea mi marido y si le preocupa el dinero o la herencia, no se preocupe. No tiene que poner mi nombre en su testamento o heredarme dinero. Con ser su mujer me es más que suficiente, así que ya lo sabe.
Cruz se acerca al escritorio y se porta de una forma exageradamente sensual frente a Epifanio.
Cruz: Piénselo muy bien. Volveré pronto para escuchar su respuesta.
La simpática mujer le guiña un ojo al hombre y se retira del estudio. Epifanio siente como si la faltara la respiración debido a la impresión que le ha causado la atrevida propuesta de su ex ama de llaves.
Epifanio: Está loca… Definitivamente está loca…
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA

Más tarde, se pueden ver a Marissa y a Eduardo platicando en el estudio de la hacienda. Los dos están sentados frente a frente separados por el escritorio en el medio. Él la mira algo impresionado, cosa que ella nota, por lo que le rehúye avergonzada la mirada.


Marissa: Me dijo que quería decirme algo, señor.
Eduardo: Llámame Eduardo. Conmigo no tienes que tener esas formalidades, no eres mi empleada.
Marissa: Pero no lo conozco y no me sentiría cómoda llamándolo por su nombre como si fuéramos cercanos.
Eduardo: Bueno, como gustes. Me gustaría saber tu nombre, pero dada tu situación…
Marissa: En realidad, hace unos días volvieron todos mis recuerdos.
Eduardo: (sorprendido) ¿De verdad?
Marissa: Sí, señor Román, sin embargo, decidí mentir abajo en las caballerizas porque no me convenía decir frente a aquella mujer que lo recordaba todo.
Eduardo: (desconcertado) ¿A cuál mujer te refieres? ¿Mi mamá?
Marissa: No, a Cecilia. A ella me refiero.
Eduardo: ¿Entonces sí es cierto que ella te conocía y que tú la conoces a ella? ¿Por eso se impresionó al verte?
Marissa: (asentando con la cabeza) Así es. Hay dos personas que me hicieron muchísimo daño y, entre esas, está esa mujer que le digo.
Eduardo: Para serte sincero, no entiendo bien lo que me cuentas. ¿Qué fue lo que te hizo Cecilia?
Marissa: Voy a explicarle…
Casimira está escuchando detrás de la puerta del estudio en silencio.

Marissa: Me imagino que usted ha de conocer muy bien a mi marido.
Eduardo: ¿Quién es tu marido?
Marissa: (muy seria) Luis Enrique Escalante.
Eduardo abre los ojos como platos al escuchar aquel nombre. Casimira se sorprende de la misma manera y se cubra la boca con una mano.
Casimira: (susurrando) ¿Luis Enrique? No puede ser. Entonces, ¿la señora es la esposa de ese miserable? (Desconcertada).
Marissa y Eduardo siguen platicando.
Eduardo: ¿Me estás diciendo que tú…?
Marissa: Sí, señor Román. Luis Enrique y yo hemos estado casados por más de veinticuatro años y, aunque nunca tuvimos hijos, adoptamos a uno, claro que Luis Enrique nunca lo vio como tal.
Eduardo: Luis Enrique siempre ha sido un hombre muy reservado en lo que a su vida familiar se refiere y nunca me habló mucho de su hijo o de su esposa.
Marissa: Él tampoco me hablaba mucho de sus negocios, pero sí llegué a saber que era socio de su familia desde hace algunos años. Por eso me sorprendí cuando recuperé mis recuerdos y supe que estaba casualmente en la hacienda de los Román.
Eduardo: (pensativo) Ahora lo entiendo todo. Yo ya te había visto esa noche en la que casi te golpeo con mi coche, pero tú saliste corriendo en cuanto viste a Luis Enrique y luego él salió detrás de ti.
Marissa: Así es. Quiso alcanzarme y tuve tanto miedo que me escondí, así que no pudo encontrarme.
Eduardo: ¿Por qué te escondiste de él? Todos creen que moriste en un accidente, incluso el mismo Luis Enrique.
Marissa: (solloza) Por lo que le dije hace un rato, señor Román. Luis Enrique es la otra persona que me hizo un gran daño junto a esa tal Cecilia.
Casimira continúa escuchando con atención y cierra fuertemente los ojos, pues ya sabe a qué se refiere Marissa.
Eduardo: (extrañado) ¿Qué fue lo que te hicieron tan grave como para que hayas querido ocultarte y mintieras?
Marissa: Ambos han sido amantes por más de veinte años, creo que incluso se conocen desde antes de que yo me casara con Luis Enrique.
Eduardo se impresiona al escucharla. Marissa no puede evitar que de sus ojos emerjan un par de lágrimas.
Marissa: Y la noche del accidente, los descubrí en la cama, revolcándose y hablando de la peor manera de mí. Descubrí que ambos tienen dos hijos y que Luis Enrique sólo se casó conmigo por interés.
Casimira, detrás de la puerta, niega con la cabeza. Eduardo se conmueve al ver a Marissa llorando.
Marissa: Fue tanto mi dolor por ese engaño que cuando salí en dirección a la capital, tuve aquel accidente en el que pude haber muerto de no ser porque Danilo me salvó y estuvo cuidándome junto con Casimira.
Eduardo: Me resulta muy difícil de creer lo que dices y no porque no sea cierto, sino porque no creí a Luis Enrique capaz de ocultar una familia y menos con Cecilia que también ha trabajado para mí durante tanto tiempo. Incluso sus hijos trabajan aquí.
Marissa: Lo sé, de eso me percaté justo ahora cuando Milena la llamaba mamá, pero si mentí frente a ella, no fue por mal, señor Román. Se lo juro. Lo hice para despistarla y porque estoy desesperada. Necesito que alguien me ayude y Casimira me dijo que usted podía hacerlo.
Eduardo: (suspirando) ¿Cómo podría ayudarte yo?
Marissa: Deme trabajo aquí en su hacienda.
Eduardo: (sorprendido) ¿Cómo?
Marissa: Permítame trabajar aquí como sirvienta, ya sea en la cocina, en el jardín, haciendo la limpieza, lo que usted quiera, pero deme el empleo, por favor.
Marissa toma con cierto desespero y súplica las manos de Eduardo detalle frente al cual él se sorprende.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / AGENCIA DE MODELAJE / DÍA
Carolina recién ha llegado a la capital y específicamente a la agencia de modelaje de su propiedad. La mujer se dirige a su oficina ubicada en un piso superior y su lado es acompañada por Gracia.


Gracia: ¿Qué tal estuvo el viaje, Carolina?
Carolina: (sonriendo) Bien, Gracia. Como vine en mi auto no se me hizo tan largo. Villa Encantada está a poco menos de dos horas.
Gracia: Debiste haber ido a descansar el hotel. Ya es tarde. Mañana podrías haber venido a la agencia.
Carolina: Quiero encargarme de checar todo lo que haya pendiente desde ya. Tú sabes que detesto que se me acumule el trabajo.
Ambas llegan a la oficina y entran. Gracia cierra la puerta y sostiene un IPad.
Carolina: Mejor cuéntame cómo van las cosas aquí en la agencia. ¿Preparaste el informe que te pedí que hicieras de antemano por correo?
Gracia: Sí. Justo aquí estaba revisando los últimos detalles y creo que ya está listo. ¿Quieres que te lo envíe?
Carolina: Sí, por favor. Cambiando de tema, dime qué tal les está yendo a las modelos con las campañas.
Gracia: Excelente. Hay muchas compañías textiles y de cosméticos interesadas en firmar contratos con la agencia solicitando nuevos rostros y hasta ahora todas han dicho estar satisfechas con la calidad de nuestras modelos, sólo que…
Carolina: (sentándose) ¿Qué? ¿Qué ocurre? ¿Algo anda mal?
Gracia: Bueno, no es algo precisamente malo, pero sí me preocupa.
Carolina: Pues adelante. Dime de qué se trata.
Gracia: Hay una compañía de cosméticos que quiere cancelar el contrato con la agencia.
Carolina: (sorprendida) ¿Por qué?
Gracia: Ninguna de nuestras modelos cumplen con los protocolos que están pidiendo para ser la imagen del próximo producto que piensan lanzar al mercado.
Carolina: No puede ser. Tenemos chicas muy bellas y jóvenes que podrían ser perfectas para la imagen de su dichoso producto.
Gracia: Lo sé, Caro. Yo les he dicho lo mismo, ya que ese es mi trabajo como representante comercial de la agencia. He intentado convencerlos, pero es inútil. Quieren cancelar el contrato.
Carolina: (pensativa) ¿De qué compañía se trata?
Gracia: La Beauté.
Carolina: (sorprendida) Dios… Una cancelación por parte de La Beauté no le convendría a la agencia. Hemos sido muy bien remunerados gracias a ella.
Gracia: (sonriendo con malicia) Yo ya estaba pensando en una solución al problema para evitar la cancelación del contrato.
Carolina: ¿Ah, sí? ¿Cuál?
Gracia: Hay una chica que recientemente aplicó para ser modelo en la agencia y pienso que tiene el rostro y el cuerpo que La Beauté quiere para la imagen de su nuevo producto.
Carolina: Pero una aprendiz no sería apropiada para eso, Gracia. Recuerda que hay mucho dinero de por medio.
Gracia: Créeme que, si no lo supiera y no confiara en el potencial de esta chica, no te lo estaría diciendo. Le pedí que me mandara por Internet unas cuantas pruebas y todas las pasó. Es muy buena en lo que hace.
Carolina: A ver, ¿y de quién se trata? ¿Está en la agencia en este momento?
Gracia: Desgraciadamente, no. Vive justo en Villa Encantada.
Carolina: (sorprendida) ¿De verdad? Tal vez la conozca. Villa Encantada es un pueblo muy pequeño.
Gracia: Quién sabe, pero hasta donde sé, hace parte de una familia muy acaudalada de ese pueblo. Mírala.
Gracia se acerca a Carolina y le muestra en su IPad las fotos de la chica de la cual habla. Carolina, sorprendida, abre los ojos más de lo normal al reconocerla.
Carolina: ¿Lisa Román?
Es así como la cámara enfoca la pantalla del IPad en donde se pueden ver varias fotos precisamente de Lisa.

Gracia: (enarca una ceja) ¿Entonces sí la conoces?
Carolina: Sí, claro. Es la hija de mi mejor amigo, de Eduardo. Te he hablado de él un poco.
Gracia: Ah, claro. El marido de tu amiga Helena.
Carolina: Así es y nunca me esperé que su hija aplicara para mi agencia si me detesta. A lo mejor no sabe que soy yo la propietaria.
Gracia: ¿A ti también te cae mal la muchacha?
Carolina: Me es indiferente, aunque no te niego que es bastante pesada. Tiene los típicos caprichos de una adolescente.
Gracia: Pero también es linda y cumple con todos los requisitos que La Beauté quiere para su producto. Ella podría ser nuestra salvación, Caro.
Carolina: (pensativa) Tienes razón. Llámala. Dile que viaje en cuanto antes y si es preciso, dile también que la agencia cubre con todos los gastos de transporte, alimentación, hospedaje.
Gracia: El problema es que la muchacha es menor de edad. Me prometió que hablaría con su padre para que le diera el permiso.
Carolina: Eduardo se lo dará. De eso estoy segura, pero dudo que su abuela haga lo mismo. Lucrecia nunca permitiría que su nieta se dedicara al modelaje. La conozco bien.
Gracia: ¿Entonces qué piensas hacer?
Carolina: Déjamelo a mí. Yo soy cercana a la familia y puedo encargarme de convencer a Lucrecia. Tú encárgate de lo que te pedí.
Gracia: (sonriendo) Está bien. Ya mismo me pongo en ello. Iré a mi oficina para enviarte el informe. Con permiso.
Gracia se retira de la oficina cerrando la puerta tras sí. Carolina sigue sentada en su silla giratoria y se queda pensativa.
Carolina: Qué interesante. Así que Lisa Román quiere ser modelo en mi agencia, pero está bien. Voy a abrirle las puertas para ir ganándome su confianza. De esa manera tendré el camino libre para enamorar a Eduardo.
VILLA ENCANTADA

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA
Entretanto, Cecilia y Milena están de pie esperando noticias de Danilo en el modesto hospital del pueblo. La primera no para de dar vueltas de un lado para otro con impaciencia.


Cecilia: ¿Por qué nadie nos dice nada? ¿Qué tanto pasa allá adentro con mi hijo?
Milena: Yo también estoy muy preocupada, mamá, pero es mejor que nos calmemos. Nada ganamos con impacientarnos.
Cecilia: Pues a mí se me hace imposible no impacientarme como dices cuando Danilo se está debatiendo entre la vida y la muerte por culpa de esa maldita mujer.
Milena: (extrañada) ¿Por qué te expresas así de esa señora?
Cecilia: ¿Por qué más sería? ¿Que no ves lo que hizo a tu hermano? Desde ya la odio por eso.
Milena: Ya te dije que fue Tarcisio. Casimira y yo llegamos justo cuando él había acabado de atacar a Danilo y la señora estaba llorando desesperada tratando que él reaccionara.
Cecilia: Pero ninguna de las dos vio lo que realmente pasó y si algo le pasa a Danilo, voy a hacer hasta lo imposible para que pague muy caro.
Milena: Mamá, él va a estar bien. Danilo es fuerte y yo estoy segura que va a salir de todo esto. Vas a ver.
De repente, un doctor hace presencia en la sala de espera acompañado de una enfermera.
Doctor: ¿Familiares del joven Danilo Galván?
En cuanto ellas oyen, se acercan con prisa al doctor.
Cecilia: Yo soy su madre. ¿Cómo sigue mi hijo?
Doctor: Bien, señora. Fue una cirugía sencilla. Logramos detener el sangrado y afortunadamente la herida no fue de gran profundidad. Su hijo va a estar bien.
Milena: (suspirando aliviada) ¡Ay, gracias a Dios! ¿Ves, mamá? Te lo dije. Danilo iba a estar bien.
Cecilia: ¿Podemos pasar a verlo, doctor?
Doctor: Por lo pronto, es conveniente que lo dejen descansar. Mañana que despierte de la anestesia y se sienta mejor, pueden pasar a verlo y hablar con él. Con permiso.
El doctor se retira seguido por la enfermera.
Cecilia: Qué bueno que no fue grave. Por un momento pensé lo peor.
No muy lejos de allí, por otro pasillo, cruza precisamente Pablo mirando confundido a su alrededor. Milena alcanza a verlo y se sorprende.

Milena: (susurrando) ¿Ese no es…?
Cecilia: (extrañada) ¿Quién? ¿De qué hablas?
Cecilia voltea a ver para la dirección en que su hija está mirando, pero no ve a nadie, pues ya Pablo fue perdido de vista.
Milena: Quédate aquí, mamá. Ya vuelvo.
Cecilia: ¿A dónde vas? Tienes que volver a la hacienda para decirle a don Eduardo que ya Danilo está mejor.
Milena: No me tardo. Ya vuelvo.
Milena se va caminando con prisa dejando extrañada a Cecilia.
Cecilia: ¿Qué se trae ahora esta muchacha? (Pensativa) En fin. Mucho mejor que me dejó sola para llamar a Luis Enrique. Tengo que decirle lo que pasó con Danilo.
Cecilia toma su celular para llamar a Luis Enrique tal y como dijo.
CONTINUARÁ…
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