Capítulo 8: Pasión enfermiza
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA

Marissa y Eduardo siguen platicando en el estudio de la hacienda. Éste último no sabe qué decir frente a la petición que ella le acaba de hacer.


Marissa: ¿Qué dice, señor Román? ¿Me dará el trabajo que necesito?
Eduardo: ¿Qué ganas con eso? Luis Enrique tarde que temprano te verá aquí solo en caso de que te dé el trabajo que estás pidiendo.
Marissa: Es verdad, pero pienso fingir ante todo el mundo que todavía no recupero la memoria. Nadie puede saber, a excepción suya y de ellos dos, quién soy en verdad.
Eduardo: (pensativo) La verdad no sé qué decir y sigo sin entender a dónde quieres llegar. ¿Para qué montar todo este circo? ¿Por qué simplemente no te divorcias de Luis Enrique?
Marissa: Porque él sólo se casó conmigo por interés, para adueñarse del dinero que heredé de mi familia y necesito ganar tiempo para demostrar que me fue infiel y para descubrir qué otros secretos guarda.
Eduardo: ¿Qué quieres decir?
Marissa: Estoy segura que Luis Enrique ha hecho negocios ilícitos. Pese a que todo estaba a mi nombre, fui tan tonta que permití que manejara mis bienes, cuentas, acciones, todo, absolutamente todo, señor Román y quiero hundirlo.
Marissa endurece la expresión de su rostro y derrama un par de lágrimas discretas. Eduardo la mira fijamente.
Marissa: Quiero hacerlo caer en su propia trampa, y sé que pedirle el divorcio ahora no serviría de mucho. De alguna manera se valdría para dejarme sin nada o hasta podría demandarme por haber fingido mi muerte, no sé.
Eduardo: Me parece increíble que Luis Enrique sea la clase de individuo que me estás describiendo. Él se mostró muy afectado al creer que moriste en un accidente.
Marissa: Esa es la máscara que muestra frente a todo el mundo. Luis Enrique es calculador, es malo y aquella noche que me siguió hasta el bosque, me hizo ver lo mucho que deseaba mi muerte para dejarle el camino libre con su amante.
Eduardo suspira echándose para atrás en su silla. Marissa se limpia las lágrimas de sus ojos y continúa hablando.
Marissa: Por eso estaba tan impresionado cuando me vio y como no logró alcanzarme, me gritó de lejos que debí haberme muerto y juró que me encontraría. Por eso necesito que me ayude, señor Román.
Eduardo: No sé si sea conveniente para mí involucrarme. Eso es algo que tú y tu marido deben solucionar.
Marissa: Por favor. Usted es el único que puede ayudarme en estos momentos. Yo por sí sola no puedo hacer nada y no le pido mucho, sólo que me dé trabajo aquí en su hacienda.
Eduardo: Entiéndelo. Ese es un asunto que no me concierne y no quiero ponerme en medio de ti y de Luis Enrique. Quiero evitarme problemas a futuro.
Marissa: Yo le juro que esto no le afectará en nada. Tan solo necesito despistar de alguna manera a ese miserable y a su amante, ¿y qué mejor manera de hacerlo que trabajando aquí en su hacienda donde voy a estar cerca de ellos? No tiene que pagarme ni un centavo. ¡Por favor!
Eduardo niega con la cabeza, se levanta y le da la espalda a Marissa.
Eduardo: Discúlpame, pero no puedo. La única manera en la que te puedo ayudar es recomendarte a un buen abogado para que lleve a cabo tu divorcio. Es todo.
Marissa: Entonces, ¿en definitiva no me dará el trabajo?
Eduardo: No puedo hacer más por ti- Lo siento. Prefiero evitar conflictos en mi casa.
Marissa se queda en silencio durante algunos segundos y mira desilusionada a Eduardo. Éste sigue dándole la espalda.
Marissa: Está bien (Levantándose). Disculpe que le haya importunado. Pensé que podría tenderme una mano, así como me defendió abajo hace unas horas y evitó que llamaran a la policía.
Eduardo se da la vuelta y encara de nuevo frente a frente a Marissa.
Eduardo: Hice lo que creí correcto porque además dos de mis empleados estaban involucrados, pero lo que me pides se sale de mis manos y no te puedo ayudar con ello.
Marissa: (desanimada) En ese caso, gracias. Tan solo le voy a pedir una última cosa. Por favor, no vaya a correr de sus trabajos a Danilo, a Casimira o a Milena. Ellos sí estuvieron dispuestos a ayudarme siempre incondicionalmente y no quisiera que resulten afectados por mi culpa.
Eduardo: No te preocupes. Ya dije abajo que no los iba a correr y así será.
Marissa: Gracias y con permiso.
Marissa se da la vuelta para acto seguido retirarse del estudio. Eduardo se queda viéndola y nota que camina descalza. Casimira, por su parte, quien seguía escuchando, se retira de la puerta al sentir que se aproximan y se esconde.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / DÍA
Entretanto, Manuel acaba de salir la ducha. Usa una bata semiabierta que deja al descubierto parte de tu torso y con una toalla se seca la cabeza.

Manuel: Uf, hacía tiempo que no salía a correr por los alrededores de la hacienda y qué calor hace (Fastidiado). Debería mudarme a la capital como siempre he querido, pero no. Mientras el patrimonio de la familia no pase a mis manos, no me conviene irme (Pensativo).
Marissa viene caminando por el pasillo cuando ve de lejos a Lisa, quien, frunciendo el ceño, se apresura a entrar notablemente molesta a la habitación de Manuel, cosa que llama la atención de la mujer.

Manuel: (sorprendido) Sobrinita, ¡qué sorpresa! Yo soy siempre el que te busca en tu habitación, ¿y ahora tú vienes a la mía? ¿A poco me extrañas?
Lisa: (cerrando la puerta) Déjate de tonterías. Tengo que hablar muy seriamente contigo.
Manuel: Por la cara que traes, me supongo que sí es serio. A ver, dime qué pasa ya.
Lisa: ¿Quién más sabe de mi secreto?
Marissa, con cierta curiosidad, se acerca a la puerta para escuchar cuidando que nadie esté observándola.

Manuel: (extrañado) ¿A qué viene esa pregunta en este momento?
Lisa: Me topé con una vieja horrorosa en la plaza del pueblo y me insinuó que no debía dizque alardear de mi apellido porque a lo mejor ni una Román soy y a juzgar por el tono en que me lo dijo, parece saberlo todo.
Manuel: Por favor, Lisa. ¿Cómo crees? Eso solo lo sabemos tú, Helena que ya murió y yo. ¿De dónde sacas ese disparate?
Lisa: ¿Entonces por qué la vieja esa me lo dijo? Además, cuando intenté indagar más, se hizo la idiota e intentó evadirme. Estoy segura que algo sabe, así que habla.
Manuel: (muy serio) Te juro que no sé de lo que me estás hablando. Helena me juró que nadie más sabía la verdad cuando le forcé a que me la contara. Tú misma nos escuchaste.
Lisa: Sí, los escuché, pero eso no es garantía de que ese secreto se quedó entre nosotros tres. O ella se lo había dicho a alguien más antes de que se muriera o tú abriste la boca.
Manuel: Pues no. Yo no he dicho absolutamente nada, pero tienes razón. Helena pudo habérselo dicho a alguien que tú ni yo sabemos.
Lisa: (pensativo) Esto está muy extraño. Voy a tener que dar con el paradero de la vieja pueblerina e investigarla. Por ningún motivo puedo permitir que alguien sepa quién soy en verdad.
Manuel: Pues si lo que te preocupa es que te expulsen de la familia, no te preocupes. Recuerda que tienes las de ganar.
Lisa: Ya sé a lo que te refieres y no me interesa. Mi lugar es aquí con mi papá.
Manuel: ¿Por qué te empeñas en aferrarte a él? Eduardo es un idiota.
Lisa: Cállate. Él ha sido mi único apoyo, mi única luz o como le quieras llamar en medio de tanta podredumbre que rodea esta familia.
Manuel: Pues vete haciendo a la idea de dejarlo. Tarde que temprano todo tendrá que revelarse. Recuerda que ese ha sido nuestro trato y estamos esperando a que todo el patrimonio de la familia pase a ser mío para unirlo con el que a ti por derecho te corresponde.
Lisa: ¿No te parece descarado reconocer frente a mí que solo has estado usándome para tu beneficio? Quieres aprovecharte de mí para tener poder.
Manuel: No lo tomes de esa manera. De verdad me gustas y nada deseo más que hacerte mi mujer algún día.
Lisa lo mira con suspicacia y con una sonrisa burlona.
Lisa: Sí, claro. Tu mujer…
Manuel: ¿Lo dudas?
Manuel se acerca a Lisa y la besa en los labios al tiempo que la toma de la cintura. Lisa le corresponde, aunque poco convencida.
Manuel: Déjame quitarte ese malhumor que te traes últimamente. Para eso soy tu tío, ¿no?
Marissa, detrás de la puerta, luce sumamente sorprendida luego de escuchar toda la conversación, aunque no comprende bien.
Marissa: Dios mío… Ellos son parientes y amantes a la vez.
De repente, alguien le pone una mano el hombro a Marissa, asustándola en el acto; se trata de Casimira.

Marissa: (susurrando) ¡Ay, Casimira! Eres tú. Qué susto me diste.
Casimira: (susurrando) ¿Qué está haciendo usted ahí escuchando detrás de la puerta, señora?
Marissa: Nada. Sólo me llamó la atención una discusión que escuché, pero ya me iba a ir.
Casimira: Venga acompáñeme.
Marissa: (extrañada) ¿A dónde?
Casimira: Sé que tampoco está bien que lo diga, pero escuché su conversación con el patrón y necesitamos hablar. Venga conmigo.
Marissa se deja llevar por Casimira, aunque la primera no puede evitar mirar hacia atrás, pues le ha causado mucha sorpresa lo que escuchó hace unos momentos entre Lisa y Manuel.
EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Milena sale del hospital con prisa y mira a su alrededor buscando entre los transeúntes a Pablo, a quien acaba de ver.

Milena: Estoy segura que ese era Pablo, pero, ¿por qué habría de estar aquí en Villa Encantada?
La joven sigue buscando entre la gente y alcanza a ver a Pablo a lo lejos caminando desorientado.

Milena: ¡Pablo! ¡Pablo, soy yo!
Milena sale corriendo en dirección a él y logra detenerlo. Él se extraña al verla, pues no la reconoce.
Pablo: (desconcertado) ¿Quién eres tú?
Milena: ¿No me reconoces? Soy yo, Milena, tu amiga del chat.
Pablo: ¿Tú me conoces?
Milena: (sonriendo) Claro. Hemos chateado desde hace tiempo por Internet. Nos conocimos en las redes sociales. Mírame bien. Soy yo.
Pablo: Lo siento, no… no puedo recordarte, no recuerdo nada.
Milena esboza su sonrisa al escucharlo.
Milena: ¿Cómo que no recuerdas nada?
Pablo: (desesperado) Desperté en ese edificio raro de allá y no sé nada de mí. No recuerdo nada. Tengo la mente en blanco.
Milena mira a Pablo de arriba hacia abajo percatándose de que usa una bata de hospital y tiene la parte superior de la cabeza vendada.
Milena: No lo puedo creer. ¿Qué te pasó?
Pablo: Si tú me conoces, ¿me puedes ayudar? Tengo mucho miedo. No reconozco a nadie. No sé quién soy (Rompe a llorar). Por eso salí de ese lugar.
Milena: Primero que todo, necesito que te calmes, ¿va? Ven conmigo (Tomándolo de la mano).
Pablo: ¿Para dónde vamos?
Milena: Te voy a llevar a la hacienda donde trabajo. Veré qué puedo hacer por ti. Ven.
Pablo: Por favor, no me vayas a llevar con el hombre de anoche. Hay algo en él que no me buena espina.
Milena: No te preocupes. No te voy a llevar con nadie. Confía en mí.
Milena sigue tomando a Pablo de la mano y lo guía para ir con él en dirección a la hacienda.
INT. / CASA DE CASIMIRA / NOCHE
Finalmente cae la noche en el pueblo. Marissa llega con Casimira a una humilde casa ubicada en la parte urbana de Villa Encantada que incluso tiene los muebles y otros objetos cubiertos por sábanas blancas.


Casimira: (encendiendo las luces) Bien, aquí estamos.
Marissa: ¿Qué lugar es este? ¿Por qué me trajiste aquí, Casimira?
Casimira: Ya que don Eduardo no te piensa ayudar y no te puedes quedar más tiempo en la hacienda, pensé en ofrecerte mi casita para que te hospedes mientras.
Marissa: (sorprendida) ¿Esta es tu casa?
Casimira: Sí y no es la gran cosa. Como ves, la tengo abandonada desde hace años. Yo siempre he vivido en la hacienda de los Román y sólo me paso por acá a una vez al mes, pero sólo es cuestión de hacerle la limpieza y queda perfecta para ti.
Marissa: La verdad no sé qué decir. Es muy amable de tu parte después de todos los problemas que te he causado. Muchísimas gracias.
Casimira: Para mí no es ninguna molestia, señora, además, en parte me siento obligada a echarle una mano.
Marissa: ¿Por qué lo dices?
Casimira: Por todo el engaño al que la sometieron.
Marissa: ¿Qué tiene que ver eso contigo? Tú no tienes absolutamente la culpa de nada.
Casimira: Tal vez no tendré la culpa, pero sí he pecado de omisión, mija. Yo todos estos años he sabido de la relación clandestina que se traen ese par de sinvergüenzas.
Marissa: ¿Se refiere a…?
Casimira: Sí, a su marido y a la Cecilia esa. Ella y yo hemos sido compañeras de trabajo por décadas, desde antes de que ella fuera madre y siempre estuve al tanto de que tenía una relación a escondidas con ese tal Luis Enrique Escalante.
Marissa: (muy sorprendida) Entonces, ¿tú ya sabías de mí cuando Danilo me llevó a la hacienda?
Casimira: Claro que no. ¿Cómo la iba a reconocer si nunca en mi vida la había visto? De lo único de lo que estaba al tanto era que Luis Enrique estaba casado con otra mujer y vivía con ella en la capital, nomás eso, pero los fines de semana se venía para acá a verse con Cecilia.
Marissa se echa para atrás, suspira y se pasa una mano por su caballera frondosa.
Casimira: Por eso me siento tan mal con usted de solo pensar por lo que tuvo que pasar y quise ofrecerle mi casa para que se quede todo el tiempo que sea necesario. Usted tranquila.
Marissa: La que se siente mal soy yo, Casimira, por haber sido tan ilusa. Tuve el engaño de Luis Enrique en mis narices por años y nunca me di cuenta o más bien me negué a ver la realidad por amor a él.
Casimira: ¿Usted de verdad lo amó?
Marissa: (afligida) No estoy segura. Aguanté tanto por el bien de nuestra familia y siempre quise darle lo mejor que supongo que sí. Por mi cabeza pasó varias veces la idea de divorciarme, pero a la vez me dolía la idea de perderlo hasta que lo descubrí.
Casimira: (molesta) Miserable. Una mujer tan bella e inteligente como usted no se merece un patán de esos.
Marissa: ¿Danilo y Milena saben sobre él? Porque cuando descubrí el engaño, Cecilia no escatimó en decirme que tenían dos hijos y me supongo que son ellos. ¿Me equivoco?
Casimira: Pues no, no se equivoca y sí saben sobre él, pero tanto Cecilia como ese infeliz Luis Enrique les han mentido diciéndoles que él vive en el extranjero y que desde allá les manda lana.
Marissa: Dios mío. Los dos son tal para cual. Igual de mentirosos y descarados. Mentirles a sus propios hijos de esa manera…
Casimira: Para que vea la clase de hombre con el que se casó. Lo bueno es que ahora usted sabe la verdad y tiene que hacer lo posible para desenmascararlos.
Marissa: Me será muy difícil. Mi plan era infiltrarme en la hacienda y seguir fingiendo que no recordaba nada para estar cerca de ellos.
Casimira: Sí, verdad, pero, ¿qué le vamos a hacer? Yo le prometo que haré un esfuerzo por ayudarla desde allá.
Marissa: (ilusionada) ¿De verdad harías eso, Casimira?
Casimira: Claro que sí. Déjemelo a mí, pero no le puedo asegurar resultados, para que conste, eh. Haré lo que pueda.
Marissa: Con eso es más que suficiente. Mil gracias (Hace una pausa). Hay otra cosa que se me hizo muy sospechosa hoy. No sé si te puedes encargar también de eso.
Casimira: (extrañada) ¿Qué cosa?
Marissa: Cuando me cachaste detrás de la puerta, estaba escuchando una conversación entre una muchacha y un hombre y según me pareció entender son sobrina y tío respectivamente.
Casimira: Ah, sí. Esos son la señorita Lisa, la hija del patrón y don Manuel, el hermano de él. Pero, ¿por qué se le hizo sospechoso? ¿A poco qué escuchó? (Intrigada).
Marissa: Tal vez me equivoque, pero me parece que ambos son amantes.
Casimira: (impactada) Eso es imposible. Le acabo de decir que son familia. ¿Cómo van a ser amantes?
Marissa: Yo también me sorprendí, pero oí claramente cuando él le decía a ella que le gustaba y que deseaba hacerla su mujer algún día, y además discutían sobre un secreto, no sé… Era muy confuso.
Casimira: (pensativa) Eso sí me dejó con el corazón en la boca. Don Manuel y la señorita liados. Mire que jamás me lo imaginé, pero han sabido ocultarlo muy bien, porque a mí nunca se me hizo sospechoso nada.
Marissa: Tal vez sea bueno investigar a fondo sobre ellos. Me da la leve impresión de que planean algo y por el tono en que discutían, no puede ser nada bueno.
Casimira: Veré qué puedo hacer. El pobre don Eduardo anda como un muerto viviente desde que se murió su mujer que cualquier cosa que planeen en su contra le caería como un baldado de agua fría.
Marissa: (sorprendida) ¿Es viudo? Pensé que estaba casado.
Casimira: Usted lo ha dicho. Estaba casado hace poco más de dos meses, pero su esposa se suicidó. Fíjese que se cortó ella mismita el cuello y se lanzó a la piscina de la hacienda.
Marissa: Dios mío. Qué tragedia. No sabía nada. Debió ser muy duro para él.
Casimira: Todavía lo es. Con decirle que no ha sido capaz de superar la pérdida y se la pasa bebiendo día y noche.
Marissa se queda pensativa ante lo que cuenta Casimira.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE
Luis Enrique ha llegado al hospital del pueblo y en cuando se ve con Cecilia, ambos se besan rápidamente en los labios.


Cecilia: (aliviada) Qué bueno que por fin estás aquí, mi vida.
Luis Enrique: ¿Cómo sigue Danilo?
Cecilia: Mucho mejor. El doctor me dijo que la herida no fue grave, menos mal, pero que debe guardar mucho reposo.
Luis Enrique: (furioso) Maldito capataz de mierda. Te juro que me las va a pagar. Esto no se va a quedar así.
Cecilia: Por lo que dices, me supongo que lo escuchaste todo.
Luis Enrique: Claro. No podía irme de la hacienda después de lo que Casimira llegó diciendo a la cocina. Tenía que ir a ver qué había pasado con mi hijo.
Cecilia: (seria) Entonces también supongo que viste de lejos a tu ex.
Luis Enrique: Por supuesto. Fue por eso que no me acerqué. Temí que me viera y dijera alguna cosa en frente de todo el mundo sobre lo nuestro, además, Milena tampoco me podía ver.
Cecilia: De todas maneras, Milena no te habría reconocido, pero eso no es lo importante. ¿Qué piensas hacer ahora? Mis hijos conocen a tu exesposa y si lo que dicen es cierto, Danilo se enamoró de ella. ¡Justo de ella! (Fastidiada).
Luis Enrique: Tú sigue actuando normal y no le menciones nada a la chismosa esa de Casimira. Marissa no recuerda nada, así que no es un peligro por el momento.
Cecilia: (suspicaz) Muy conveniente para ella, ¿no? Desaparece por semanas y cuando muestra la cara, dice que perdió la memoria.
Luis Enrique: ¿Crees que de ser falso no te habría enfrentado?
Cecilia: Pues si no es falso, ¿por qué corrió de ti aquella vez que te la encontraste en el bosque? Tú me contaste que se escondió.
Luis Enrique: Tal vez estaba asustada. Eduardo casi la atropella con su coche y de la impresión salió corriendo.
Cecilia: Como sea. Esa mujer no me da buena espina. Tienes que deshacerte de ella en cuanto antes, Luis Enrique. Envíala lejos, no sé, pero haz algo. Es un peligro que ande por ahí.
Luis Enrique: (pensativo) Creo que ya se me está ocurriendo algo, querida. Tú déjamelo a mí.
Cecilia: ¿De verdad? ¿Qué tienes en mente?
Luis Enrique: (sonriendo con malicia) Lo sabrás a su tiempo. El hecho de que Marissa no recuerde nada me facilita las cosas. Ya verás.
Luis Enrique sigue sonriendo con malicia. Cecilia, por su parte, se queda intriga por el plan que está maquinando.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MILENA / NOCHE
Milena llega con Pablo a su modesta habitación en la hacienda. La joven lo ayuda a sentarse en la cama y él mira desconcertado a su alrededor.


Pablo: ¿Acá es dónde vives?
Milena: Sí, es aquí y también es donde trabajo (Se sienta a su lado). Por eso nadie ni mucho menos mis patrones pueden saber que te traje o me pueden correr. ¿Entendido?
Pablo: Está bien. Gracias por ayudarme.
Milena: No hay de qué. Tú eres mi amigo, Pablo y, aunque nunca nos habíamos visto en persona, empecé a tomarte reteharto aprecio por chat y nunca me imaginé que me encontraría contigo en estas circunstancias.
Pablo: Entonces, ¿mi nombre es Pablo?
Milena: (sonriendo) Sí, Pablo Escalante. Tienes veinticuatro años, vives en Ciudad de México y hace poco terminaste tu carrera. Yo me llamo, Milena.
Pablo: Veo que sabes mucho sobre mí. Ya quisiera yo recordar al menos algo de lo que dices.
Milena: No te preocupes. Veré cómo más puedo ayudarte para saber qué fue lo que te pasó y por qué terminaste así, ¿va? Por ahora voy a conseguirte algo de ropa de mi hermano para que te la pongas.
Pablo: Gracias, Milena.
Milena le sonríe con calidez a Pablo y se retira de la habitación. Pablo sigue mirando confundido a su alrededor.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Es ya poco más de medianoche. Eduardo, como es costumbre, se encuentra bebiendo licor en el estudio al punto de que ya se encuentra notablemente ebrio. El hombre derrama un par de lágrimas discretas mientras mira un retrato de su difunta esposa, pero no se enfoca la foto.

Eduardo: ¿Qué voy a hacer para seguir adelante sin ti, Helena? Te necesito aquí conmigo para solucionar todos los problemas económicos en los que me metí. ¿Qué voy a hacer?
Eduardo rompe a llorar amargamente y recuesta la cabeza sobre el escritorio. Lisa entreabre la puerta con cautela y sonríe con malicia al ver a su padre nuevamente ebrio. La joven se adentra en el estudio y acto seguido se acerca a él.

Lisa: Papi…
Eduardo: (levantando la cabeza) Lisa, ¿qué haces despierta? Tú deberías estar en cama a esta hora, así como te enseño tu madre.
Lisa: Esa época ya pasó, papá. Ya no soy una niña a la que mandan a dormir temprano. Ya me convertí en una mujer.
Lisa termina de acercase a su padre y lo besa con atrevimiento en la mejilla.
Eduardo: Igual no es hora de que andes levantada por ahí. Vete a dormir.
Lisa: Esta noche tengo insomnio y no me puedo ir a dormir tan tranquila mientras tú estás aquí bebiendo. Vamos a tu habitación, papi. Tú necesitas descansar, ya fue suficiente hoy de licor.
Eduardo: Déjame. Te he dicho muchísimas veces que no te metas en esto. ¡Todos me tienen cansado juzgándome con lo mismo!
Lisa: Tranquilo. Yo no te voy a juzgar más. Te lo prometo, pero ya es suficiente por hoy. Ven. Vamos a tu habitación para que descanses.
Lisa intenta poner de pie a su padre, quien, en medio de la embriaguez se deja llevar por ella. Minutos después, ambos llegan a la habitación de él. Casimira, de lejos, está en pijama y los alcanza a ver, lo cual la deja extrañada.

Lisa: Listo. Ya llegamos. ¿Ves que no era tan difícil?
Eduardo: Gracias, hija. Ya te puedes retirar.
Lisa: Deja que ayude a ponerte cómodo. No seas tan terco.
En efecto, Lisa recuesta a Eduardo sobre la cama y le ayuda quitarse los zapatos. Una vez que se incorpora, lo mira con un profundo deseo y comienza a desabotonarle la camisa.
Eduardo: (desconcertado) Eso lo puedo hacer yo solo. Retírate.
Lisa: No me pienso ir de esta habitación hasta que me hagas tu mujer. Esta noche vas a ser mío, Eduardo y yo seré tuya.
Eduardo mira a su hija sumamente confundido y abre los ojos como platos cuando ésta se quita frente a él la blusa para luego proseguir con el sostén.
Eduardo: (impactado) ¿Qué estás haciendo? Vístete.
Lisa: Tranquilo. No hay razón para que te sientas nervioso (Acariciándole el rostro). Tan sólo relájate y déjate llevar por mí.
Lisa se sienta sobre Eduardo y toma las manos de él para ponerlas sobre sus pechos.
Lisa: (lasciva) Tócame. Siénteme.
Eduardo: Basta. Detente.
Eduardo quita sus manos y se sienta en la cama echándose para atrás mirando a Lisa con los ojos desorbitados.
Lisa: ¿Qué ocurre? ¿Que acaso no lo disfrutas?
Eduardo: ¿Cómo me preguntas eso? ¿Te has vuelto loca? Yo soy tu padre. Tú eres mi hija.
Casimira, por su parte, se para detrás de la puerta para escuchar toda la conversación.
Lisa: Te equivocas. Yo no soy tu hija y tú tampoco eres mi padre. Helena siempre te engañó.
Casimira se impacta al escucharla y se cubre la boca con las manos.
Eduardo: (confundido) Eso no puede ser. Estás equivocada.
Lisa: (sonriendo con malicia) Es la verdad. Helena pudo ser mi madre, pero fue una completa desgraciada que nunca te quiso. Ella siempre te engañó a tus espaldas y yo fui producto de uno de sus engaños.
Eduardo: (exaltado) ¡Mentira! ¡Estás mintiendo!
Eduardo se levanta sorprendido por las revelaciones de la joven, pero tambalea y todo le da vueltas. Ella sigue sonriendo.
Lisa: Yo sé que ahorita no me lo vas a creer, pero te lo digo para que sepas la clase de esposa que tuviste.
Eduardo: (furioso) ¡Cállate! ¡No hables mal de Helena! Ella fue una excelente esposa.
Lisa: (acercándose) Yo puedo ser mejor que ella para ti. Puedo ser su reemplazo y convertirme en tu mujer. Yo puedo ser esa Helena que tú tanto extrañas, papi.
Lisa se acerca a Eduardo y le toca el abdomen al tiempo que lo besa en la mejilla de una forma seductora. Casimira entreabre la puerta con sumo cuidado y se impacta sin poder dar crédito a lo que ve.
Eduardo: Lisa, no…
Lisa: Mírame bien. Luzco exactamente igual a Helena cuando tenía mi edad y te casaste con ella. Helena volvió en mí. Yo soy ahora ella.
Eduardo: (negando con la cabeza) ¡Imposible! Helena está muerta. Tú no puedes ser ella.
Eduardo se siente cada vez más confundido debido a que su visión se torna borrosa y todo a su alrededor da vueltas.
Lisa: Es posible si lo crees. Yo soy esa nueva Helena a la que tú tanto extrañas y volví para darte todo lo que necesitas.
Lisa comienza a llenar a Eduardo de besos por el cuello. Él intenta apartarla con delicadeza.
Eduardo: Lisa, no. Detente, por favor.
Lisa: Bésame, Eduardo. Quiero sentirte. Hazme tuya y demuéstrame lo mucho que me amas.
Casimira niega con la cabeza cada vez más sorprendida. Eduardo, por su parte, mira fijamente el rostro de Lisa algo deslumbrado.
Eduardo: Te pareces tanto a Helena. ¿De verdad es posible que seas ella? ¿De verdad eres tú? (Acariciándole el cabello)
Lisa: Sí y volví para no dejarte nunca más. Por eso hazme el amor como sólo tú me lo hacías. Hazme tuya ya.
Lisa finalmente besa en los labios a Eduardo, quien se muestra un poco inseguro, aunque poco a comienza a corresponderle. Ella lo tumba sobre la cama y se siente sobra él para continuar besándolo.
Eduardo: (cerrando los ojos) Te extrañé, mi amor. Te extrañé como no tienes idea.
Lisa: Sh, no hables tanto. Tan solo piensa en este momento de los dos y disfruta.
Casimira no aguanta más e incluso empieza a temblar, por lo que decide retirarse de allí. Lisa, entretanto, se apresura a desabrochar el cinturón del pantalón de Eduardo.
Eduardo: No te vuelvas a ir de mi lado, Helena. No me vuelvas a dejar.
Lisa: Tranquilo. Aquí voy a estar para ti. Yo voy a ser tu única mujer de ahora en adelante (Sonríe con malicia).
Los dos se besan apasionadamente al tiempo que Eduardo termina de quitarse la camisa y ella desabrocha su pantalón. Lisa lo llena de caricias por todo el torso y él la toma entre sus brazos al tiempo que la besa sin parar por el cuello y los hombros. La muchacha sonríe con una enorme satisfacción y acto seguido, Eduardo la acuesta sobre la cama y se tumba sobre ella para luego bajarle la falda. El hombre procede a besar y oler sus piernas con desmedida pasión al tiempo que su respiración se vuelve pesada. Con besos, va subiendo sus labios por el cuerpo de ella y se apodera de su busto. La joven se aferra de su espalda e incluso se muerde el labio inferior ante el placer que siente.
Entretanto, Casimira baja las escaleras, aún notablemente impactada por todo lo que presenció hace tan solo unos instantes. De los nervios, el ama de llaves se choca accidentalmente con Manuel, quien venía tomándose un whiskey en una copa. Por el choque, el whiskey se derrama.


Casimira: (asustada) ¡Ay, don Manuel! ¡Es usted! ¡Casi me mata de un infarto!
Manuel: (molesto) Por supuesto que soy yo. ¿Qué no tienes ojos para fijarte por dónde caminas? Mira nomás. Hiciste que se me derramara todo encima.
Casimira: Discúlpeme usted, pero como la mayoría de luces de la casa están apagadas, casi ni logro ver.
Manuel: (extrañado) ¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué estás tan nerviosa?
Casimira: ¿Yo, nerviosa? Para nada. Es solo que me impresionó mucho encontrármelo por ahí levantado a esta hora cuando todo el mundo está durmiendo.
Manuel: Quise tomarme un trago porque no logro conciliar el sueño, pero lo mismo va para ti. Tú también deberías estar durmiendo y, sin embargo, vienes de arriba. ¿Qué estabas haciendo?
Casimira: Eh, yo, nada. Es que así, como usted, tampoco me podía dormir y quise darle una ronda a la casa nada más.
Manuel: (suspicaz) Bueno. Vete entonces a dormir de una buena vez para que luego no andes de floja en las mañanas que ya sabes cómo es mi mamá.
Casimira: Sí, señor. Buenas noches. Con permiso.
Casimira se retira con prisa de allí en dirección a su habitación. Manuel se queda viéndola con suspicacia y luego dirige la mirada hacia el segundo piso de la casa.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Luis Enrique entra en silencio a la habitación de Danilo, quien duerme plácidamente sobre la cama luego de haber recibido una cirugía para cerrar la herida en el abdomen. El joven está conectado a un electrocardiograma y Luis Enrique se acerca a él.


Luis Enrique: (sollozo) Perdóname, Danilo. Perdóname por no haber estado a contigo y con tu hermana mientras crecían como un verdadero padre. Lamento no haber estado ahí para ti, para enseñarte a ser un hombre y que hubieras tenido que aprenderlo por ti solo.
Luis Enrique empuña una mano y se la pone en la boca al tiempo que sus ojos se ponen levemente sollozos. Danilo comienza a abrir los ojos despacio, pero su visión es borrosa y no logra distinguir bien el rostro de Luis Enrique.
Danilo: (muy débil) ¿Papá?
Luis Enrique se echa un paso atrás asustado al escuchar al muchacho.
Luis Enrique: ¡Danilo! Despertaste.
Danilo: Papá, ¿eres tú?
Luis Enrique se exalta cuando de repente escucha una llamada entrante a su celular, por lo que se apresura a salir de la habitación para contestar. Danilo mira a su alrededor con confusión, pero es incapaz de moverse y mantiene los ojos entrecerrados.
Danilo: Era papá. Estoy seguro.
Entretanto, afuera de la habitación. Luis Enrique saca su celular y contesta la llamada.
Luis Enrique: ¿Bueno? (Pausa) Ah, doctor, es usted. ¿Qué pasa? ¿Por qué me llama a esta hora de la noche? (Pausa) ¿Cómo? ¿Qué dice? (Pausa) ¡Ineptos! ¿Cómo es posible que hayan dejado que algo así pasara? ¿Cuándo fue eso? (Pausa). Ya, ya. No necesito sus estúpidas disculpas. Yo me encargo de reportar a la policía la desaparición y ruegue para que esto no me afecte de ninguna manera, porque lo hundo. ¿Me escuchó?
Luis Enrique cuelga el celular bastante molesto y lo aprieta entre sus manos.
Luis Enrique: ¡Maldición! El bastardo de Pablo se escapó del hospital. Con todo lo de Danilo ni me había preocupado por ese asunto. ¿Dónde carajos lo voy a encontrar ahora?
El hombre se queda pensativo tratando de encontrar una manera de darle solución al nuevo problema que se la ha presentado.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PASILLOS / NOCHE

Manuel camina por los pasillos del segundo piso de la casa dirigiéndose a su habitación cuando, al pasar por la habitación de su hermano, escucha un gemido.

Manuel: (frunciendo el ceño) ¿Qué fue eso?
Manuel retrocede y se queda escuchando extrañado detrás de la puerta.
Lisa: (desde adentro) Me encantas, Eduardo. Me encantas, no te detengas.
Manuel abre los ojos como platos al reconocer la voz de Lisa y sin darse a la espera, entreabre la puerta, impactándose en gran manera al encontrar a la muchacha de espalda, sobre Eduardo, teniendo intimidad con él en la penumbra de la habitación, la cual, es solo iluminada por la tenue luz de la lámpara ubicada sobre la mesita de noche.
Manuel: (susurrando) ¿Qué demonios?
Manuel aprieta los dientes sintiendo cómo le invade la furia y empuña ambas manos con ánimos de interrumpirlos, pero se contiene. Ellos, por su parte, ni siquiera se percatan de que están siendo observados y solo siguen sumidos en su pasión.
Manuel: (susurrando) Con que este el cariño que sentías por tu papito, sobrina. Eres una… (Se detiene) Pero no dejaré que te burles de mí.
Manuel se apresura y saca del bolsillo de su pantalón su celular, con el cual, comienza a tomar varias fotografías del momento.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CUARTO DE CASIMIRA / NOCHE
Entretanto, Casimira se encierra en su pequeño cuarto, sintiéndose todavía bastante nerviosa por lo que presenció arriba. El ama de llaves se sienta en la cama y respira hondo, incluso tiembla.

Casimira: ¡Dios mío! ¿Qué fue lo que acabé de ver? La señorita Lisa es una completa depravada, seduciendo y acostándose con su propio padre, y don Eduardo estaba tan borracho que ni cuenta se dio. Qué aberración (Aterrada). Aunque, ella mencionó que no era su hija. ¿Sera verdad?
CONTINUARÁ…

Marissa y Eduardo siguen platicando en el estudio de la hacienda. Éste último no sabe qué decir frente a la petición que ella le acaba de hacer.


Marissa: ¿Qué dice, señor Román? ¿Me dará el trabajo que necesito?
Eduardo: ¿Qué ganas con eso? Luis Enrique tarde que temprano te verá aquí solo en caso de que te dé el trabajo que estás pidiendo.
Marissa: Es verdad, pero pienso fingir ante todo el mundo que todavía no recupero la memoria. Nadie puede saber, a excepción suya y de ellos dos, quién soy en verdad.
Eduardo: (pensativo) La verdad no sé qué decir y sigo sin entender a dónde quieres llegar. ¿Para qué montar todo este circo? ¿Por qué simplemente no te divorcias de Luis Enrique?
Marissa: Porque él sólo se casó conmigo por interés, para adueñarse del dinero que heredé de mi familia y necesito ganar tiempo para demostrar que me fue infiel y para descubrir qué otros secretos guarda.
Eduardo: ¿Qué quieres decir?
Marissa: Estoy segura que Luis Enrique ha hecho negocios ilícitos. Pese a que todo estaba a mi nombre, fui tan tonta que permití que manejara mis bienes, cuentas, acciones, todo, absolutamente todo, señor Román y quiero hundirlo.
Marissa endurece la expresión de su rostro y derrama un par de lágrimas discretas. Eduardo la mira fijamente.
Marissa: Quiero hacerlo caer en su propia trampa, y sé que pedirle el divorcio ahora no serviría de mucho. De alguna manera se valdría para dejarme sin nada o hasta podría demandarme por haber fingido mi muerte, no sé.
Eduardo: Me parece increíble que Luis Enrique sea la clase de individuo que me estás describiendo. Él se mostró muy afectado al creer que moriste en un accidente.
Marissa: Esa es la máscara que muestra frente a todo el mundo. Luis Enrique es calculador, es malo y aquella noche que me siguió hasta el bosque, me hizo ver lo mucho que deseaba mi muerte para dejarle el camino libre con su amante.
Eduardo suspira echándose para atrás en su silla. Marissa se limpia las lágrimas de sus ojos y continúa hablando.
Marissa: Por eso estaba tan impresionado cuando me vio y como no logró alcanzarme, me gritó de lejos que debí haberme muerto y juró que me encontraría. Por eso necesito que me ayude, señor Román.
Eduardo: No sé si sea conveniente para mí involucrarme. Eso es algo que tú y tu marido deben solucionar.
Marissa: Por favor. Usted es el único que puede ayudarme en estos momentos. Yo por sí sola no puedo hacer nada y no le pido mucho, sólo que me dé trabajo aquí en su hacienda.
Eduardo: Entiéndelo. Ese es un asunto que no me concierne y no quiero ponerme en medio de ti y de Luis Enrique. Quiero evitarme problemas a futuro.
Marissa: Yo le juro que esto no le afectará en nada. Tan solo necesito despistar de alguna manera a ese miserable y a su amante, ¿y qué mejor manera de hacerlo que trabajando aquí en su hacienda donde voy a estar cerca de ellos? No tiene que pagarme ni un centavo. ¡Por favor!
Eduardo niega con la cabeza, se levanta y le da la espalda a Marissa.
Eduardo: Discúlpame, pero no puedo. La única manera en la que te puedo ayudar es recomendarte a un buen abogado para que lleve a cabo tu divorcio. Es todo.
Marissa: Entonces, ¿en definitiva no me dará el trabajo?
Eduardo: No puedo hacer más por ti- Lo siento. Prefiero evitar conflictos en mi casa.
Marissa se queda en silencio durante algunos segundos y mira desilusionada a Eduardo. Éste sigue dándole la espalda.
Marissa: Está bien (Levantándose). Disculpe que le haya importunado. Pensé que podría tenderme una mano, así como me defendió abajo hace unas horas y evitó que llamaran a la policía.
Eduardo se da la vuelta y encara de nuevo frente a frente a Marissa.
Eduardo: Hice lo que creí correcto porque además dos de mis empleados estaban involucrados, pero lo que me pides se sale de mis manos y no te puedo ayudar con ello.
Marissa: (desanimada) En ese caso, gracias. Tan solo le voy a pedir una última cosa. Por favor, no vaya a correr de sus trabajos a Danilo, a Casimira o a Milena. Ellos sí estuvieron dispuestos a ayudarme siempre incondicionalmente y no quisiera que resulten afectados por mi culpa.
Eduardo: No te preocupes. Ya dije abajo que no los iba a correr y así será.
Marissa: Gracias y con permiso.
Marissa se da la vuelta para acto seguido retirarse del estudio. Eduardo se queda viéndola y nota que camina descalza. Casimira, por su parte, quien seguía escuchando, se retira de la puerta al sentir que se aproximan y se esconde.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / DÍA
Entretanto, Manuel acaba de salir la ducha. Usa una bata semiabierta que deja al descubierto parte de tu torso y con una toalla se seca la cabeza.

Manuel: Uf, hacía tiempo que no salía a correr por los alrededores de la hacienda y qué calor hace (Fastidiado). Debería mudarme a la capital como siempre he querido, pero no. Mientras el patrimonio de la familia no pase a mis manos, no me conviene irme (Pensativo).
Marissa viene caminando por el pasillo cuando ve de lejos a Lisa, quien, frunciendo el ceño, se apresura a entrar notablemente molesta a la habitación de Manuel, cosa que llama la atención de la mujer.

Manuel: (sorprendido) Sobrinita, ¡qué sorpresa! Yo soy siempre el que te busca en tu habitación, ¿y ahora tú vienes a la mía? ¿A poco me extrañas?
Lisa: (cerrando la puerta) Déjate de tonterías. Tengo que hablar muy seriamente contigo.
Manuel: Por la cara que traes, me supongo que sí es serio. A ver, dime qué pasa ya.
Lisa: ¿Quién más sabe de mi secreto?
Marissa, con cierta curiosidad, se acerca a la puerta para escuchar cuidando que nadie esté observándola.

Manuel: (extrañado) ¿A qué viene esa pregunta en este momento?
Lisa: Me topé con una vieja horrorosa en la plaza del pueblo y me insinuó que no debía dizque alardear de mi apellido porque a lo mejor ni una Román soy y a juzgar por el tono en que me lo dijo, parece saberlo todo.
Manuel: Por favor, Lisa. ¿Cómo crees? Eso solo lo sabemos tú, Helena que ya murió y yo. ¿De dónde sacas ese disparate?
Lisa: ¿Entonces por qué la vieja esa me lo dijo? Además, cuando intenté indagar más, se hizo la idiota e intentó evadirme. Estoy segura que algo sabe, así que habla.
Manuel: (muy serio) Te juro que no sé de lo que me estás hablando. Helena me juró que nadie más sabía la verdad cuando le forcé a que me la contara. Tú misma nos escuchaste.
Lisa: Sí, los escuché, pero eso no es garantía de que ese secreto se quedó entre nosotros tres. O ella se lo había dicho a alguien más antes de que se muriera o tú abriste la boca.
Manuel: Pues no. Yo no he dicho absolutamente nada, pero tienes razón. Helena pudo habérselo dicho a alguien que tú ni yo sabemos.
Lisa: (pensativo) Esto está muy extraño. Voy a tener que dar con el paradero de la vieja pueblerina e investigarla. Por ningún motivo puedo permitir que alguien sepa quién soy en verdad.
Manuel: Pues si lo que te preocupa es que te expulsen de la familia, no te preocupes. Recuerda que tienes las de ganar.
Lisa: Ya sé a lo que te refieres y no me interesa. Mi lugar es aquí con mi papá.
Manuel: ¿Por qué te empeñas en aferrarte a él? Eduardo es un idiota.
Lisa: Cállate. Él ha sido mi único apoyo, mi única luz o como le quieras llamar en medio de tanta podredumbre que rodea esta familia.
Manuel: Pues vete haciendo a la idea de dejarlo. Tarde que temprano todo tendrá que revelarse. Recuerda que ese ha sido nuestro trato y estamos esperando a que todo el patrimonio de la familia pase a ser mío para unirlo con el que a ti por derecho te corresponde.
Lisa: ¿No te parece descarado reconocer frente a mí que solo has estado usándome para tu beneficio? Quieres aprovecharte de mí para tener poder.
Manuel: No lo tomes de esa manera. De verdad me gustas y nada deseo más que hacerte mi mujer algún día.
Lisa lo mira con suspicacia y con una sonrisa burlona.
Lisa: Sí, claro. Tu mujer…
Manuel: ¿Lo dudas?
Manuel se acerca a Lisa y la besa en los labios al tiempo que la toma de la cintura. Lisa le corresponde, aunque poco convencida.
Manuel: Déjame quitarte ese malhumor que te traes últimamente. Para eso soy tu tío, ¿no?
Marissa, detrás de la puerta, luce sumamente sorprendida luego de escuchar toda la conversación, aunque no comprende bien.
Marissa: Dios mío… Ellos son parientes y amantes a la vez.
De repente, alguien le pone una mano el hombro a Marissa, asustándola en el acto; se trata de Casimira.

Marissa: (susurrando) ¡Ay, Casimira! Eres tú. Qué susto me diste.
Casimira: (susurrando) ¿Qué está haciendo usted ahí escuchando detrás de la puerta, señora?
Marissa: Nada. Sólo me llamó la atención una discusión que escuché, pero ya me iba a ir.
Casimira: Venga acompáñeme.
Marissa: (extrañada) ¿A dónde?
Casimira: Sé que tampoco está bien que lo diga, pero escuché su conversación con el patrón y necesitamos hablar. Venga conmigo.
Marissa se deja llevar por Casimira, aunque la primera no puede evitar mirar hacia atrás, pues le ha causado mucha sorpresa lo que escuchó hace unos momentos entre Lisa y Manuel.
EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Milena sale del hospital con prisa y mira a su alrededor buscando entre los transeúntes a Pablo, a quien acaba de ver.

Milena: Estoy segura que ese era Pablo, pero, ¿por qué habría de estar aquí en Villa Encantada?
La joven sigue buscando entre la gente y alcanza a ver a Pablo a lo lejos caminando desorientado.

Milena: ¡Pablo! ¡Pablo, soy yo!
Milena sale corriendo en dirección a él y logra detenerlo. Él se extraña al verla, pues no la reconoce.
Pablo: (desconcertado) ¿Quién eres tú?
Milena: ¿No me reconoces? Soy yo, Milena, tu amiga del chat.
Pablo: ¿Tú me conoces?
Milena: (sonriendo) Claro. Hemos chateado desde hace tiempo por Internet. Nos conocimos en las redes sociales. Mírame bien. Soy yo.
Pablo: Lo siento, no… no puedo recordarte, no recuerdo nada.
Milena esboza su sonrisa al escucharlo.
Milena: ¿Cómo que no recuerdas nada?
Pablo: (desesperado) Desperté en ese edificio raro de allá y no sé nada de mí. No recuerdo nada. Tengo la mente en blanco.
Milena mira a Pablo de arriba hacia abajo percatándose de que usa una bata de hospital y tiene la parte superior de la cabeza vendada.
Milena: No lo puedo creer. ¿Qué te pasó?
Pablo: Si tú me conoces, ¿me puedes ayudar? Tengo mucho miedo. No reconozco a nadie. No sé quién soy (Rompe a llorar). Por eso salí de ese lugar.
Milena: Primero que todo, necesito que te calmes, ¿va? Ven conmigo (Tomándolo de la mano).
Pablo: ¿Para dónde vamos?
Milena: Te voy a llevar a la hacienda donde trabajo. Veré qué puedo hacer por ti. Ven.
Pablo: Por favor, no me vayas a llevar con el hombre de anoche. Hay algo en él que no me buena espina.
Milena: No te preocupes. No te voy a llevar con nadie. Confía en mí.
Milena sigue tomando a Pablo de la mano y lo guía para ir con él en dirección a la hacienda.
INT. / CASA DE CASIMIRA / NOCHE
Finalmente cae la noche en el pueblo. Marissa llega con Casimira a una humilde casa ubicada en la parte urbana de Villa Encantada que incluso tiene los muebles y otros objetos cubiertos por sábanas blancas.


Casimira: (encendiendo las luces) Bien, aquí estamos.
Marissa: ¿Qué lugar es este? ¿Por qué me trajiste aquí, Casimira?
Casimira: Ya que don Eduardo no te piensa ayudar y no te puedes quedar más tiempo en la hacienda, pensé en ofrecerte mi casita para que te hospedes mientras.
Marissa: (sorprendida) ¿Esta es tu casa?
Casimira: Sí y no es la gran cosa. Como ves, la tengo abandonada desde hace años. Yo siempre he vivido en la hacienda de los Román y sólo me paso por acá a una vez al mes, pero sólo es cuestión de hacerle la limpieza y queda perfecta para ti.
Marissa: La verdad no sé qué decir. Es muy amable de tu parte después de todos los problemas que te he causado. Muchísimas gracias.
Casimira: Para mí no es ninguna molestia, señora, además, en parte me siento obligada a echarle una mano.
Marissa: ¿Por qué lo dices?
Casimira: Por todo el engaño al que la sometieron.
Marissa: ¿Qué tiene que ver eso contigo? Tú no tienes absolutamente la culpa de nada.
Casimira: Tal vez no tendré la culpa, pero sí he pecado de omisión, mija. Yo todos estos años he sabido de la relación clandestina que se traen ese par de sinvergüenzas.
Marissa: ¿Se refiere a…?
Casimira: Sí, a su marido y a la Cecilia esa. Ella y yo hemos sido compañeras de trabajo por décadas, desde antes de que ella fuera madre y siempre estuve al tanto de que tenía una relación a escondidas con ese tal Luis Enrique Escalante.
Marissa: (muy sorprendida) Entonces, ¿tú ya sabías de mí cuando Danilo me llevó a la hacienda?
Casimira: Claro que no. ¿Cómo la iba a reconocer si nunca en mi vida la había visto? De lo único de lo que estaba al tanto era que Luis Enrique estaba casado con otra mujer y vivía con ella en la capital, nomás eso, pero los fines de semana se venía para acá a verse con Cecilia.
Marissa se echa para atrás, suspira y se pasa una mano por su caballera frondosa.
Casimira: Por eso me siento tan mal con usted de solo pensar por lo que tuvo que pasar y quise ofrecerle mi casa para que se quede todo el tiempo que sea necesario. Usted tranquila.
Marissa: La que se siente mal soy yo, Casimira, por haber sido tan ilusa. Tuve el engaño de Luis Enrique en mis narices por años y nunca me di cuenta o más bien me negué a ver la realidad por amor a él.
Casimira: ¿Usted de verdad lo amó?
Marissa: (afligida) No estoy segura. Aguanté tanto por el bien de nuestra familia y siempre quise darle lo mejor que supongo que sí. Por mi cabeza pasó varias veces la idea de divorciarme, pero a la vez me dolía la idea de perderlo hasta que lo descubrí.
Casimira: (molesta) Miserable. Una mujer tan bella e inteligente como usted no se merece un patán de esos.
Marissa: ¿Danilo y Milena saben sobre él? Porque cuando descubrí el engaño, Cecilia no escatimó en decirme que tenían dos hijos y me supongo que son ellos. ¿Me equivoco?
Casimira: Pues no, no se equivoca y sí saben sobre él, pero tanto Cecilia como ese infeliz Luis Enrique les han mentido diciéndoles que él vive en el extranjero y que desde allá les manda lana.
Marissa: Dios mío. Los dos son tal para cual. Igual de mentirosos y descarados. Mentirles a sus propios hijos de esa manera…
Casimira: Para que vea la clase de hombre con el que se casó. Lo bueno es que ahora usted sabe la verdad y tiene que hacer lo posible para desenmascararlos.
Marissa: Me será muy difícil. Mi plan era infiltrarme en la hacienda y seguir fingiendo que no recordaba nada para estar cerca de ellos.
Casimira: Sí, verdad, pero, ¿qué le vamos a hacer? Yo le prometo que haré un esfuerzo por ayudarla desde allá.
Marissa: (ilusionada) ¿De verdad harías eso, Casimira?
Casimira: Claro que sí. Déjemelo a mí, pero no le puedo asegurar resultados, para que conste, eh. Haré lo que pueda.
Marissa: Con eso es más que suficiente. Mil gracias (Hace una pausa). Hay otra cosa que se me hizo muy sospechosa hoy. No sé si te puedes encargar también de eso.
Casimira: (extrañada) ¿Qué cosa?
Marissa: Cuando me cachaste detrás de la puerta, estaba escuchando una conversación entre una muchacha y un hombre y según me pareció entender son sobrina y tío respectivamente.
Casimira: Ah, sí. Esos son la señorita Lisa, la hija del patrón y don Manuel, el hermano de él. Pero, ¿por qué se le hizo sospechoso? ¿A poco qué escuchó? (Intrigada).
Marissa: Tal vez me equivoque, pero me parece que ambos son amantes.
Casimira: (impactada) Eso es imposible. Le acabo de decir que son familia. ¿Cómo van a ser amantes?
Marissa: Yo también me sorprendí, pero oí claramente cuando él le decía a ella que le gustaba y que deseaba hacerla su mujer algún día, y además discutían sobre un secreto, no sé… Era muy confuso.
Casimira: (pensativa) Eso sí me dejó con el corazón en la boca. Don Manuel y la señorita liados. Mire que jamás me lo imaginé, pero han sabido ocultarlo muy bien, porque a mí nunca se me hizo sospechoso nada.
Marissa: Tal vez sea bueno investigar a fondo sobre ellos. Me da la leve impresión de que planean algo y por el tono en que discutían, no puede ser nada bueno.
Casimira: Veré qué puedo hacer. El pobre don Eduardo anda como un muerto viviente desde que se murió su mujer que cualquier cosa que planeen en su contra le caería como un baldado de agua fría.
Marissa: (sorprendida) ¿Es viudo? Pensé que estaba casado.
Casimira: Usted lo ha dicho. Estaba casado hace poco más de dos meses, pero su esposa se suicidó. Fíjese que se cortó ella mismita el cuello y se lanzó a la piscina de la hacienda.
Marissa: Dios mío. Qué tragedia. No sabía nada. Debió ser muy duro para él.
Casimira: Todavía lo es. Con decirle que no ha sido capaz de superar la pérdida y se la pasa bebiendo día y noche.
Marissa se queda pensativa ante lo que cuenta Casimira.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE
Luis Enrique ha llegado al hospital del pueblo y en cuando se ve con Cecilia, ambos se besan rápidamente en los labios.


Cecilia: (aliviada) Qué bueno que por fin estás aquí, mi vida.
Luis Enrique: ¿Cómo sigue Danilo?
Cecilia: Mucho mejor. El doctor me dijo que la herida no fue grave, menos mal, pero que debe guardar mucho reposo.
Luis Enrique: (furioso) Maldito capataz de mierda. Te juro que me las va a pagar. Esto no se va a quedar así.
Cecilia: Por lo que dices, me supongo que lo escuchaste todo.
Luis Enrique: Claro. No podía irme de la hacienda después de lo que Casimira llegó diciendo a la cocina. Tenía que ir a ver qué había pasado con mi hijo.
Cecilia: (seria) Entonces también supongo que viste de lejos a tu ex.
Luis Enrique: Por supuesto. Fue por eso que no me acerqué. Temí que me viera y dijera alguna cosa en frente de todo el mundo sobre lo nuestro, además, Milena tampoco me podía ver.
Cecilia: De todas maneras, Milena no te habría reconocido, pero eso no es lo importante. ¿Qué piensas hacer ahora? Mis hijos conocen a tu exesposa y si lo que dicen es cierto, Danilo se enamoró de ella. ¡Justo de ella! (Fastidiada).
Luis Enrique: Tú sigue actuando normal y no le menciones nada a la chismosa esa de Casimira. Marissa no recuerda nada, así que no es un peligro por el momento.
Cecilia: (suspicaz) Muy conveniente para ella, ¿no? Desaparece por semanas y cuando muestra la cara, dice que perdió la memoria.
Luis Enrique: ¿Crees que de ser falso no te habría enfrentado?
Cecilia: Pues si no es falso, ¿por qué corrió de ti aquella vez que te la encontraste en el bosque? Tú me contaste que se escondió.
Luis Enrique: Tal vez estaba asustada. Eduardo casi la atropella con su coche y de la impresión salió corriendo.
Cecilia: Como sea. Esa mujer no me da buena espina. Tienes que deshacerte de ella en cuanto antes, Luis Enrique. Envíala lejos, no sé, pero haz algo. Es un peligro que ande por ahí.
Luis Enrique: (pensativo) Creo que ya se me está ocurriendo algo, querida. Tú déjamelo a mí.
Cecilia: ¿De verdad? ¿Qué tienes en mente?
Luis Enrique: (sonriendo con malicia) Lo sabrás a su tiempo. El hecho de que Marissa no recuerde nada me facilita las cosas. Ya verás.
Luis Enrique sigue sonriendo con malicia. Cecilia, por su parte, se queda intriga por el plan que está maquinando.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MILENA / NOCHE
Milena llega con Pablo a su modesta habitación en la hacienda. La joven lo ayuda a sentarse en la cama y él mira desconcertado a su alrededor.


Pablo: ¿Acá es dónde vives?
Milena: Sí, es aquí y también es donde trabajo (Se sienta a su lado). Por eso nadie ni mucho menos mis patrones pueden saber que te traje o me pueden correr. ¿Entendido?
Pablo: Está bien. Gracias por ayudarme.
Milena: No hay de qué. Tú eres mi amigo, Pablo y, aunque nunca nos habíamos visto en persona, empecé a tomarte reteharto aprecio por chat y nunca me imaginé que me encontraría contigo en estas circunstancias.
Pablo: Entonces, ¿mi nombre es Pablo?
Milena: (sonriendo) Sí, Pablo Escalante. Tienes veinticuatro años, vives en Ciudad de México y hace poco terminaste tu carrera. Yo me llamo, Milena.
Pablo: Veo que sabes mucho sobre mí. Ya quisiera yo recordar al menos algo de lo que dices.
Milena: No te preocupes. Veré cómo más puedo ayudarte para saber qué fue lo que te pasó y por qué terminaste así, ¿va? Por ahora voy a conseguirte algo de ropa de mi hermano para que te la pongas.
Pablo: Gracias, Milena.
Milena le sonríe con calidez a Pablo y se retira de la habitación. Pablo sigue mirando confundido a su alrededor.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Es ya poco más de medianoche. Eduardo, como es costumbre, se encuentra bebiendo licor en el estudio al punto de que ya se encuentra notablemente ebrio. El hombre derrama un par de lágrimas discretas mientras mira un retrato de su difunta esposa, pero no se enfoca la foto.

Eduardo: ¿Qué voy a hacer para seguir adelante sin ti, Helena? Te necesito aquí conmigo para solucionar todos los problemas económicos en los que me metí. ¿Qué voy a hacer?
Eduardo rompe a llorar amargamente y recuesta la cabeza sobre el escritorio. Lisa entreabre la puerta con cautela y sonríe con malicia al ver a su padre nuevamente ebrio. La joven se adentra en el estudio y acto seguido se acerca a él.

Lisa: Papi…
Eduardo: (levantando la cabeza) Lisa, ¿qué haces despierta? Tú deberías estar en cama a esta hora, así como te enseño tu madre.
Lisa: Esa época ya pasó, papá. Ya no soy una niña a la que mandan a dormir temprano. Ya me convertí en una mujer.
Lisa termina de acercase a su padre y lo besa con atrevimiento en la mejilla.
Eduardo: Igual no es hora de que andes levantada por ahí. Vete a dormir.
Lisa: Esta noche tengo insomnio y no me puedo ir a dormir tan tranquila mientras tú estás aquí bebiendo. Vamos a tu habitación, papi. Tú necesitas descansar, ya fue suficiente hoy de licor.
Eduardo: Déjame. Te he dicho muchísimas veces que no te metas en esto. ¡Todos me tienen cansado juzgándome con lo mismo!
Lisa: Tranquilo. Yo no te voy a juzgar más. Te lo prometo, pero ya es suficiente por hoy. Ven. Vamos a tu habitación para que descanses.
Lisa intenta poner de pie a su padre, quien, en medio de la embriaguez se deja llevar por ella. Minutos después, ambos llegan a la habitación de él. Casimira, de lejos, está en pijama y los alcanza a ver, lo cual la deja extrañada.

Lisa: Listo. Ya llegamos. ¿Ves que no era tan difícil?
Eduardo: Gracias, hija. Ya te puedes retirar.
Lisa: Deja que ayude a ponerte cómodo. No seas tan terco.
En efecto, Lisa recuesta a Eduardo sobre la cama y le ayuda quitarse los zapatos. Una vez que se incorpora, lo mira con un profundo deseo y comienza a desabotonarle la camisa.
Eduardo: (desconcertado) Eso lo puedo hacer yo solo. Retírate.
Lisa: No me pienso ir de esta habitación hasta que me hagas tu mujer. Esta noche vas a ser mío, Eduardo y yo seré tuya.
Eduardo mira a su hija sumamente confundido y abre los ojos como platos cuando ésta se quita frente a él la blusa para luego proseguir con el sostén.
Eduardo: (impactado) ¿Qué estás haciendo? Vístete.
Lisa: Tranquilo. No hay razón para que te sientas nervioso (Acariciándole el rostro). Tan sólo relájate y déjate llevar por mí.
Lisa se sienta sobre Eduardo y toma las manos de él para ponerlas sobre sus pechos.
Lisa: (lasciva) Tócame. Siénteme.
Eduardo: Basta. Detente.
Eduardo quita sus manos y se sienta en la cama echándose para atrás mirando a Lisa con los ojos desorbitados.
Lisa: ¿Qué ocurre? ¿Que acaso no lo disfrutas?
Eduardo: ¿Cómo me preguntas eso? ¿Te has vuelto loca? Yo soy tu padre. Tú eres mi hija.
Casimira, por su parte, se para detrás de la puerta para escuchar toda la conversación.
Lisa: Te equivocas. Yo no soy tu hija y tú tampoco eres mi padre. Helena siempre te engañó.
Casimira se impacta al escucharla y se cubre la boca con las manos.
Eduardo: (confundido) Eso no puede ser. Estás equivocada.
Lisa: (sonriendo con malicia) Es la verdad. Helena pudo ser mi madre, pero fue una completa desgraciada que nunca te quiso. Ella siempre te engañó a tus espaldas y yo fui producto de uno de sus engaños.
Eduardo: (exaltado) ¡Mentira! ¡Estás mintiendo!
Eduardo se levanta sorprendido por las revelaciones de la joven, pero tambalea y todo le da vueltas. Ella sigue sonriendo.
Lisa: Yo sé que ahorita no me lo vas a creer, pero te lo digo para que sepas la clase de esposa que tuviste.
Eduardo: (furioso) ¡Cállate! ¡No hables mal de Helena! Ella fue una excelente esposa.
Lisa: (acercándose) Yo puedo ser mejor que ella para ti. Puedo ser su reemplazo y convertirme en tu mujer. Yo puedo ser esa Helena que tú tanto extrañas, papi.
Lisa se acerca a Eduardo y le toca el abdomen al tiempo que lo besa en la mejilla de una forma seductora. Casimira entreabre la puerta con sumo cuidado y se impacta sin poder dar crédito a lo que ve.
Eduardo: Lisa, no…
Lisa: Mírame bien. Luzco exactamente igual a Helena cuando tenía mi edad y te casaste con ella. Helena volvió en mí. Yo soy ahora ella.
Eduardo: (negando con la cabeza) ¡Imposible! Helena está muerta. Tú no puedes ser ella.
Eduardo se siente cada vez más confundido debido a que su visión se torna borrosa y todo a su alrededor da vueltas.
Lisa: Es posible si lo crees. Yo soy esa nueva Helena a la que tú tanto extrañas y volví para darte todo lo que necesitas.
Lisa comienza a llenar a Eduardo de besos por el cuello. Él intenta apartarla con delicadeza.
Eduardo: Lisa, no. Detente, por favor.
Lisa: Bésame, Eduardo. Quiero sentirte. Hazme tuya y demuéstrame lo mucho que me amas.
Casimira niega con la cabeza cada vez más sorprendida. Eduardo, por su parte, mira fijamente el rostro de Lisa algo deslumbrado.
Eduardo: Te pareces tanto a Helena. ¿De verdad es posible que seas ella? ¿De verdad eres tú? (Acariciándole el cabello)
Lisa: Sí y volví para no dejarte nunca más. Por eso hazme el amor como sólo tú me lo hacías. Hazme tuya ya.
Lisa finalmente besa en los labios a Eduardo, quien se muestra un poco inseguro, aunque poco a comienza a corresponderle. Ella lo tumba sobre la cama y se siente sobra él para continuar besándolo.
Eduardo: (cerrando los ojos) Te extrañé, mi amor. Te extrañé como no tienes idea.
Lisa: Sh, no hables tanto. Tan solo piensa en este momento de los dos y disfruta.
Casimira no aguanta más e incluso empieza a temblar, por lo que decide retirarse de allí. Lisa, entretanto, se apresura a desabrochar el cinturón del pantalón de Eduardo.
Eduardo: No te vuelvas a ir de mi lado, Helena. No me vuelvas a dejar.
Lisa: Tranquilo. Aquí voy a estar para ti. Yo voy a ser tu única mujer de ahora en adelante (Sonríe con malicia).
Los dos se besan apasionadamente al tiempo que Eduardo termina de quitarse la camisa y ella desabrocha su pantalón. Lisa lo llena de caricias por todo el torso y él la toma entre sus brazos al tiempo que la besa sin parar por el cuello y los hombros. La muchacha sonríe con una enorme satisfacción y acto seguido, Eduardo la acuesta sobre la cama y se tumba sobre ella para luego bajarle la falda. El hombre procede a besar y oler sus piernas con desmedida pasión al tiempo que su respiración se vuelve pesada. Con besos, va subiendo sus labios por el cuerpo de ella y se apodera de su busto. La joven se aferra de su espalda e incluso se muerde el labio inferior ante el placer que siente.
Entretanto, Casimira baja las escaleras, aún notablemente impactada por todo lo que presenció hace tan solo unos instantes. De los nervios, el ama de llaves se choca accidentalmente con Manuel, quien venía tomándose un whiskey en una copa. Por el choque, el whiskey se derrama.


Casimira: (asustada) ¡Ay, don Manuel! ¡Es usted! ¡Casi me mata de un infarto!
Manuel: (molesto) Por supuesto que soy yo. ¿Qué no tienes ojos para fijarte por dónde caminas? Mira nomás. Hiciste que se me derramara todo encima.
Casimira: Discúlpeme usted, pero como la mayoría de luces de la casa están apagadas, casi ni logro ver.
Manuel: (extrañado) ¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué estás tan nerviosa?
Casimira: ¿Yo, nerviosa? Para nada. Es solo que me impresionó mucho encontrármelo por ahí levantado a esta hora cuando todo el mundo está durmiendo.
Manuel: Quise tomarme un trago porque no logro conciliar el sueño, pero lo mismo va para ti. Tú también deberías estar durmiendo y, sin embargo, vienes de arriba. ¿Qué estabas haciendo?
Casimira: Eh, yo, nada. Es que así, como usted, tampoco me podía dormir y quise darle una ronda a la casa nada más.
Manuel: (suspicaz) Bueno. Vete entonces a dormir de una buena vez para que luego no andes de floja en las mañanas que ya sabes cómo es mi mamá.
Casimira: Sí, señor. Buenas noches. Con permiso.
Casimira se retira con prisa de allí en dirección a su habitación. Manuel se queda viéndola con suspicacia y luego dirige la mirada hacia el segundo piso de la casa.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Luis Enrique entra en silencio a la habitación de Danilo, quien duerme plácidamente sobre la cama luego de haber recibido una cirugía para cerrar la herida en el abdomen. El joven está conectado a un electrocardiograma y Luis Enrique se acerca a él.


Luis Enrique: (sollozo) Perdóname, Danilo. Perdóname por no haber estado a contigo y con tu hermana mientras crecían como un verdadero padre. Lamento no haber estado ahí para ti, para enseñarte a ser un hombre y que hubieras tenido que aprenderlo por ti solo.
Luis Enrique empuña una mano y se la pone en la boca al tiempo que sus ojos se ponen levemente sollozos. Danilo comienza a abrir los ojos despacio, pero su visión es borrosa y no logra distinguir bien el rostro de Luis Enrique.
Danilo: (muy débil) ¿Papá?
Luis Enrique se echa un paso atrás asustado al escuchar al muchacho.
Luis Enrique: ¡Danilo! Despertaste.
Danilo: Papá, ¿eres tú?
Luis Enrique se exalta cuando de repente escucha una llamada entrante a su celular, por lo que se apresura a salir de la habitación para contestar. Danilo mira a su alrededor con confusión, pero es incapaz de moverse y mantiene los ojos entrecerrados.
Danilo: Era papá. Estoy seguro.
Entretanto, afuera de la habitación. Luis Enrique saca su celular y contesta la llamada.
Luis Enrique: ¿Bueno? (Pausa) Ah, doctor, es usted. ¿Qué pasa? ¿Por qué me llama a esta hora de la noche? (Pausa) ¿Cómo? ¿Qué dice? (Pausa) ¡Ineptos! ¿Cómo es posible que hayan dejado que algo así pasara? ¿Cuándo fue eso? (Pausa). Ya, ya. No necesito sus estúpidas disculpas. Yo me encargo de reportar a la policía la desaparición y ruegue para que esto no me afecte de ninguna manera, porque lo hundo. ¿Me escuchó?
Luis Enrique cuelga el celular bastante molesto y lo aprieta entre sus manos.
Luis Enrique: ¡Maldición! El bastardo de Pablo se escapó del hospital. Con todo lo de Danilo ni me había preocupado por ese asunto. ¿Dónde carajos lo voy a encontrar ahora?
El hombre se queda pensativo tratando de encontrar una manera de darle solución al nuevo problema que se la ha presentado.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PASILLOS / NOCHE

Manuel camina por los pasillos del segundo piso de la casa dirigiéndose a su habitación cuando, al pasar por la habitación de su hermano, escucha un gemido.

Manuel: (frunciendo el ceño) ¿Qué fue eso?
Manuel retrocede y se queda escuchando extrañado detrás de la puerta.
Lisa: (desde adentro) Me encantas, Eduardo. Me encantas, no te detengas.
Manuel abre los ojos como platos al reconocer la voz de Lisa y sin darse a la espera, entreabre la puerta, impactándose en gran manera al encontrar a la muchacha de espalda, sobre Eduardo, teniendo intimidad con él en la penumbra de la habitación, la cual, es solo iluminada por la tenue luz de la lámpara ubicada sobre la mesita de noche.
Manuel: (susurrando) ¿Qué demonios?
Manuel aprieta los dientes sintiendo cómo le invade la furia y empuña ambas manos con ánimos de interrumpirlos, pero se contiene. Ellos, por su parte, ni siquiera se percatan de que están siendo observados y solo siguen sumidos en su pasión.
Manuel: (susurrando) Con que este el cariño que sentías por tu papito, sobrina. Eres una… (Se detiene) Pero no dejaré que te burles de mí.
Manuel se apresura y saca del bolsillo de su pantalón su celular, con el cual, comienza a tomar varias fotografías del momento.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CUARTO DE CASIMIRA / NOCHE
Entretanto, Casimira se encierra en su pequeño cuarto, sintiéndose todavía bastante nerviosa por lo que presenció arriba. El ama de llaves se sienta en la cama y respira hondo, incluso tiembla.

Casimira: ¡Dios mío! ¿Qué fue lo que acabé de ver? La señorita Lisa es una completa depravada, seduciendo y acostándose con su propio padre, y don Eduardo estaba tan borracho que ni cuenta se dio. Qué aberración (Aterrada). Aunque, ella mencionó que no era su hija. ¿Sera verdad?
CONTINUARÁ…
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