Capítulo 9: Grandes revelaciones

EXT. / CALLES / DÍA



Es un nuevo día en Villa Encantada. Marissa camina por las calles del pueblo al tiempo que sostiene una cesta con productos que compró en la plaza de mercado. Lleva el cabello suelto, desmaquillada y usa un vestido holgado que le llega hasta las rodillas.



Marissa: (sonriendo) Casimira ha sido un ángel conmigo habiéndome cedido su casa, dado dinero para comprar comida y hasta ropa para ponerme. Tengo que pagarle de alguna manera todo lo que ha hecho por mí.

Cecilia viene a lo lejos y alcanza a vislumbrar a Marissa, por lo que frunce el ceño y se acerca a ella intercediéndole el paso. Marissa se sorprende levemente al verla.



Cecilia: Pensé que te habías ido del pueblo después del escándalo que hiciste en la hacienda. Qué poca vergüenza tienes (Cruzándose de brazos).

Marissa: (seria) El escándalo no fue mi culpa y no tendría por qué irme sin razón. Tengo la leve impresión de que este pueblo es mi verdadero hogar y no me iré hasta que sepa quién soy.

Cecilia: (suspicaz) ¿De verdad no recuerdas nada o sólo nos estás viendo la cara a todos?

Marissa: ¿Por qué la pregunta? ¿Tengo razones para hacer algo como eso que dices?

Cecilia: No lo sé. Dímelo tú. Tu cara de mojigata no me convence para nada y yo sé que algo te traes entre manos, así que estaré vigilándote.

Marissa: Hablas como si me conocieras y ayer dijiste frente a todo el mundo que no. ¿Hay alguna relación entre nosotras?

Cecilia: No pienso decirte nada para caer en tu juego. Sólo te voy a advertir una cosa. Mantente muy alejada de mi hijo y no se te ocurre acercarte a él nunca más. ¿Entendiste?

Cecilia mira a Marissa de arriba hacia abajo con desprecio y se va. Ésta última voltea hacia atrás para verla irse y enarca una ceja.

Marissa: Veremos qué harás cuando te desenmascare frente a todo el mundo e incluso frente a tus hijos que son tan víctimas como yo de tus engaños y los de tu amante.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA



Milena va caminando por las caballerizas de la hacienda cuando, de repente, Tarcisio la aborda y se le interpone en el paso.



Tarcisio: Alto ahí, chiquita. ¿A dónde vas con tanta prisa? (Burlón).

Milena: (molesta) Mira, apártate por las buena antes de que te empuje de mala manera. Deberías tener vergüenza y largarte bien lejos de aquí después de lo que hiciste a mi hermano.

Tarcisio: Nadie tiene pruebas para acusarme. Ve y hazle el reclamo a la gata esa que tu hermanito escondió por más de un mes sin permiso de los patrones. Ella es la culpable de todo, no yo.

Milena: De verdad que eres cínico, Tarcisio, pero, ¿qué más se puede esperar de un animal como tú?

Tarcisio: (indignado) ¿Cómo me dijiste?

Milena: (desafiante) ¡Animal! Eso es lo que eres. Te crees muy hombre, pero a la hora de la verdad tienes que ir por ahí detrás de cada falda que ves porque nadie te pela.

Tarcisio: (furioso) ¡Cállate, mocosa!

Milena: ¿Qué? ¿Te duele la verdad? ¿Qué muchacha se acostaría contigo si lo único que produces es asco, Tarcisio? ¡Asco!

Tarcisio: ¡Eres una hija de…!

Tarcisio no se da a la espera y le lanza una bofetada a Milena. Ésta se vuelve el rostro adolorida y sorprendida por los alcances del desalmado capataz. Pablo viene corriendo hacia ella al haber presenciado todo de lejos.



Pablo: (preocupado) ¡Milena!

Milena: (nerviosa) ¡Pablo! ¿Qué haces por aquí? Te dije que te quedaras en mi cuarto.

Pablo: ¿Por qué te pegó este señor? ¿Estás bien?

Tarcisio: (extrañado) ¿Quién eres tú? ¿Por qué estás en la hacienda?

Milena: Eso no es tu incumbencia. Vámonos, Pablo.

Milena toma a Pablo de la mano para irse de allí con él.

Pablo: Espera. No me voy a ir hasta que expliques con qué derecho este tipo te puso una mano encima. ¿Es tu papá?

Milena: Eh, no. No es mi papá y viste mal. Él no me pegó y ya vámonos. No hagas más preguntas, porfa.

Pablo: No me mientas. Yo vi muy bien de lejos que estaban discutiendo. ¿Quién es usted, señor? (Hablándole a Tarcisio) ¿Cómo se atreve a levantarle la mano a una mujer? ¿Quién se ha creído?

Pablo mira sumamente molesto a Tarcisio, quien frunce el ceño extrañado. Milena se ve nerviosa, pues no sabe cómo intervenir.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / DÍA

Lucrecia está desayunando en el comedor acompañada por su hijo Manuel. La mujer encabeza la mesa. Casimira está presente sirviéndoles jugo de naranja.



Lucrecia: Ya son más de las ocho de la mañana. ¿Por qué Lisa y Eduardo no han bajado a desayunar?

Casimira: (nerviosa) Eh, no sé, señora.

Lucrecia: (molesta) ¿Cómo que no sabes? Tú o la sinvergüenza esa de Cecilia son las encargadas de notificarnos a todos cuando las comidas están servidas.

Casimira: Disculpe usted. Estaba tan ocupada en la cocina haciendo todo yo sola que no me dio tiempo de subir para avisarles a ellos que el desayuno estaba listo.

Lucrecia: Me imagino. Como la otra inepta debe estar en el hospital con su hija ni siquiera se ha tomado la molestia de pasarse por la hacienda.

Manuel: (extrañado) ¿A qué te refieres, mamá? ¿Qué les pasó? ¿Por qué están en el hospital?

Lucrecia: Ayer hubo un altercado entre ese tal Danilo, Tarcisio y una mujer que no sé de dónde se apareció, y en medio de todo, el peón ese resultó herido.

Manuel: Vaya, no sabía nada, pero mencionas una mujer. ¿Quién era?

Lucrecia: No tengo la menor idea. Es una completa desconocida para todos y lo peor es que Danilo. al parecer, la estuvo hospedando en su cuarto sin nuestro consentimiento. ¿Te das cuenta? Y tanto la hermana de él como Casimira sabían y no nos dijeron nada.

Casimira permanece de pie al lado de Lucrecia, quien le lanza una mirada de reproche, ante lo cual, el ama de llaves baja tímidamente la cabeza.

Manuel: Lo que faltaba. ¿Desde cuándo los empleados toman decisiones sobre nosotros que somos los que mandamos?

Lucrecia: Yo me pregunto lo mismo, hijo y no escatimé en correrlos a todos por su atrevimiento, pero Eduardo se interpuso y no me lo permitió (Fastidiada).

Manuel: Ya va siendo hora de que le quites a Eduardo le autoridad que le diste, mamá. No sé si lo sepas, pero ya me enteré que tenemos problemas financieros muy serios.

Lucrecia: Sí, ya lo sabía. Escuché el otro día cuando Eduardo se lo contaba a Luis Enrique Escalante. Lo peor es que incluso hipotecó la hacienda y estamos a un paso de quedarnos en la calle.

Casimira escucha en silencio la conversación aún de pie al lado de Lucrecia y se sorprende por todo lo que oye.

Manuel: ¿Entonces qué estás esperando? ¿Piensas quedarte tan campante? Tenemos que hacer algo. Pásamelo todo a mí como ya lo hemos hablado.

Lucrecia: No te preocupes. Pienso reunirme esta tarde con Luis Enrique. Él nos va a ayudar.

Manuel: ¿De qué manera?

Lucrecia: Invirtiendo todo el capital que heredó de su esposa muerta en la empresa y en la producción de la hacienda.

Manuel: (sorprendido) ¿En serio haría eso?

Lucrecia: Así parece. Incluso prometió pagar la hipoteca, pero solo a cambio de que le cedamos los derechos de todo nuestro patrimonio.

Manuel: Ya decía yo que no podía ser verdad tanta belleza. Busca estafarnos en nuestras narices.

Lucrecia: Es nuestra única salvación.

Manuel: Lo sé, pero sería darle la oportunidad de que maneje todo lo nuestro a su antojo. Tú no puedes permitir eso, mamá.

Lucrecia: Ya lo pensé bien y es la única salida que tenemos, pero no te afanes. Luis Enrique sólo será nuestro apoderado, un lamebotas que cumpla con todas nuestras órdenes. Tú serás su jefe directo.

Manuel: ¿Eso quiere decir que...?

Lucrecia: Sí. Voy a convocar a una junta con todos nuestros socios y los voy a persuadir para que hagamos una votación a favor de dejar por fuera a Eduardo de la administración de nuestros negocios y de paso, te postularé a ti.

Manuel: (sonriendo satisfecho) Me parece perfecto tu plan, mamá. Es la mejor decisión que has podido tomar en años.

Lucrecia: Una vez que nos recuperemos y volvamos a tener la estabilidad económica de antes, sacas a Luis Enrique de los negocios y ya está. Problema resuelto. Voy a confiar en ti.

Manuel: Tú tranquila que no te defraudaré.

Lucrecia: Eso espero, Manuel. Tienes que incrementar nuestras ganancias y riquezas el doble de manera que, cuando corras a Luis Enrique, tengas el suficiente capital para comprar sus acciones y dejarlo por fuera. De lo contrario, él puede tomarnos ventaja y hacerlo primero.

Manuel: No te preocupes. No voy a permitir que nos juegue sucio. Tú confía en mí.

Casimira sólo guarda silencio, sorprendida ante todo lo que acaba de oír por parte de sus patrones. Lucrecia se dirige a ella.

Lucrecia: Tú retírate. Espero y te mantengas al margen de lo que acabamos de conversar y no lo andes comentando por ahí. ¿Entendido?

Casimira: Sí, doña Lucrecia. Entendido y con permisito.

Casimira se retira del comedor tímidamente. De repente, Lucrecia recibe en su celular la notificación de nuevo mensaje, cosa que la extraña. Manuel la mira con suspicacia y una sutil sonrisa de malicia.

Lucrecia: Hum, qué raro. Casi nunca recibo mensajes. ¿De quién será? (Toma su celular).

Manuel: ¿Quién sabe? Pero deberías mirar. Puede ser algo importante.

Lucrecia revisa el mensaje que ha recibido, pero abre los ojos más de lo normal ante lo que ve. Tal es su impacto que incluso se levanta sobresaltada de la silla con el celular en las manos.

Manuel: ¿Qué ocurre, mamá? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Qué fue lo que viste?

Lucrecia: (negando con la cabeza) Esto no puede ser. Tiene que ser un montaje.

Manuel: ¿Cómo que un montaje? ¿A qué te refieres? ¿Qué clase de mensaje es ése que te puso así?

Lucrecia no responde y sale con notable prisa del comedor. Manuel sólo dibuja una sonrisa de malicia en su rostro.

Manuel: Mamá debió haber visto el mensaje que le mandé con las fotos y el video que grabé que anoche cuando caché Lisa y Eduardo en plena acción (Riéndose). Ay, sobrina, lo que te espera.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Lisa está terminando de vestirse y observa a Eduardo, quien duerme desnudo sobre la cama, cubierto por las sábanas.



Lisa: (susurrando) Qué noche más espectacular pasé a tu lado. Por fin cumpliste mi mayor fantasía, papi y esto solo fue el comienzo…

La joven se acerca a él y le roba un beso en los labios para luego salir de la habitación, pero justo cuando lo hace, es tomada bruscamente del brazo por Lucrecia sin esperárselo.



Lisa: ¡Ay, abuela! ¡Me asustaste!

Lucrecia: ¿Qué fue lo que hiciste?

Lisa: (fingiendo extrañeza) ¿Qué quieres decir?

Lucrecia: ¡Lo sé todo! ¿Cómo fuiste capaz? (Desesperada) ¿En qué estabas pensando, desgraciada? ¿Qué has hecho?

Lucrecia está fuera de sí mirando fulminante a su aparente nieta como si en sus ojos contuviera auténtico fuego. Entretanto, Eduardo, adentro de la habitación, comienza a despertar poco a poco, abriendo los ojos con dificultad y sintiendo resaca. El hombre escucha las voces de su madre y de su aparente hija conversando en el pasillo.

Lisa: No sé de qué me estás hablando y ya déjame (Se suelta).

Lucrecia: Tú bien sabes de lo que hablo. ¿Cómo pudiste hacer algo así? ¿Te volviste loca? ¡Te acostaste con tu propio padre!

Eduardo frunce el ceño extrañado ante lo que oye y en ese momento se percata de que se encuentra desnudo.

Eduardo: ¿Qué es esto? ¿Por qué no tengo ropa? (Recostándose en la cama).

Eduardo niega con la cabeza sintiéndose confundido y continúa escuchando la conversación.

Lisa: La verdad no sé de dónde sacas esa locura. Es verdad que estaba en la habitación de mi papá, pero solo quise pasar a darle los buenos días y lo vi dormido. ¿Qué tiene eso de malo?

Lucrecia, apretando los dientes, pierde los estribos y le lanza una sonora cachetada a Lisa.

Lucrecia: ¡Eres una completa desvergonzada! ¡Una depravada! ¿Cómo me explicas entonces esto?

Lucrecia pone frente a Lisa su propio celular dejando sorprendida a la muchacha al ver un video de ella teniendo intimidad con Eduardo, video grabado precisamente por Manuel cuando éste los descubrió la noche anterior.

Lucrecia: (sarcástica) ¿A eso le llamas saludar a tu padre? ¡Respóndeme!

Lisa respira agitada y traga saliva al verse descubierta.

Lisa: ¿Cómo conseguiste eso? ¿Estuviste espiándome?

Lucrecia: ¿Es eso importante en estos momentos? Aquí lo que realmente importa fue la aberración que cometiste al haberte aprovechado de la borrachera de Eduardo para seducirlo y acostarte con él. ¿Cómo pudiste? (Zarandeando a Lisa) ¿Cómo si es tu padre?

Eduardo, dentro de su habitación, luce impactado al escuchar aquello dicho por su madre.

Eduardo: Entonces… No, eso es imposible. Yo no pude… (Mirando su cuerpo). Yo no pude haber hecho algo así. Mi mamá debe estar equivocada. Yo no pude haberme acostado con mi propia hija.

El hombre luce aterrado y respira agitado de solo pensar en esa posibilidad, pues debido al alto grado de embriaguez que tenía parece no recordar nada.

INT. / AUTO DE EPIFANIO / DÍA



Epifanio va sentado en los asientos traseros de su lujoso auto, conducido por su chofer personal y mira confundido por la ventanilla las casas de aquella calle, las cuales, por cierto, tienen un atractivo estilo colonial.



Epifanio: (al chofer) ¿Estás seguro que por aquí queda la casa de Cruz?

Chofer: Sí, don Epifanio. Ya casi llegamos. Estoy buscando la dirección.

El chofer mira a su alrededor, de izquierda a derecha, buscando entre todas aquellas casas la de Cruz en particular. Marissa está cerca de allí y viene caminando al tiempo que sostiene el cesto con los productos que compró en la plaza de mercado del pueblo.



Marissa: Qué bárbaro. No pensé que la plaza de mercado quedara tan lejos de la casa. Cómo ha cambiado mi vida (Pensativa). Crecí en cuna de oro y nunca me preocupé por ir a comprar comida para la alacena de la cocina ni mucho menos por caminar a pie, pero ahora todo es tan distinto…

Es así, como sumida en sus pensamientos, Marissa cruza la calle y el chofer de Epifanio se aproxima a ella con el auto a punto de atropellarla. Éste hace sonar la bocina llamando la atención de la mujer, quien al ver el auto acercándose velozmente, se queda paralizada y grita aterrada.

Marissa: ¡Dios mío! (Deja caer el cesto).

El chofer logra frenar a tiempo y Marissa se desvanece en la carretera de la impresión.

Epifanio: (preocupado) ¿Qué pasó? ¿Golpeaste a esa mujer con el auto?

Chofer: (asustado) Eh, no sé, señor. Deje checo de inmediato.

El chofer se baja del auto rápidamente y corre hacia Marissa. Ésta yace en el suelo temblando, pero consciente y él se inclina a la altura de ella.

Chofer: Discúlpeme. No me fijé bien cuando la vi en frente. ¿Se encuentra bien?

Marissa no responde aún aturdida por el susto que pasó. Epifanio mira con los ojos entrecerrados la situación desde el interior del vehículo.

Epifanio: ¿Qué tanto pasa allí? ¿De verdad le hizo daño?

Epifanio se baja del auto desconcertado y también se acerca a Marissa.

Chofer: Por favor, dígame algo. ¿Le hice daño? ¿Está lastimada?

Marissa alza la mirada tratando de reponerse del susto. Epifanio al verla, abre los ojos como platos, como si la conociera y se sorprendiera al encontrársela.

Epifanio: Increíble…

Marissa: (asentando con la cabeza) Estoy bien, no se preocupe. Tan solo estoy un poco impresionada. Es todo (Se lleva una mano al pecho).

El chofer la ayuda a levantarse al tiempo que habla.

Chofer: ¿Está segura? Si quiere ya mismo la llevo al hospital para que la cheque un médico.

Marissa: No es necesario. De verdad estoy bien. Lástima que todas las cosas que había traído del mercado se echaron a perder (Desanimada).

Epifanio: ¿Cómo te llamas?

Marissa: (extrañada) ¿Disculpe?

Epifanio: (exaltado) Te pregunté cómo te llamas. Juraría que te he visto de antes y necesito saber si se trata de la misma persona.

Marissa: Creo que me está confundiendo, señor. Yo a usted nunca lo he visto antes.

Epifanio: ¿Entonces tú no eres la hija de Heliodoro? ¿La hija de Heliodoro Miranda?

Marissa abre la boca sumamente sorprendida al escuchar aquel nombre. Epifanio la mira también muy sorprendido y con los ojos desorbitados.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA



Pablo le ha reclamado a Tarcisio por qué golpeó a Milena con quien discutía momentos antes de que el primero apareciera en escena.



Pablo: (muy molesto) ¿Que no piensa decir nada o es que ya se acobardó, señor?

Tarcisio se ve desconcertado por la presencia de Pablo. Milena cada vez está más nerviosa.

Pablo: Si tuvo la valentía de ponerle una mano encima a una mujer, por lo menos tenga la misma valentía de responder por lo que hizo.

Tarcisio: ¡Sí, le di su merecido! ¿Y qué hay con eso? ¿Quién te crees tú para andar haciéndome reclamos si no eres más que un completo aparecido? ¿Cómo entraste a la hacienda?

Milena: (interviniendo) Él es un amigo mío, nada más y sólo se preocupó por mí.

Tarcisio: (extrañado) ¿Un amigo? ¿Y por qué le dijiste que te esperara en tu cuarto? No me digas que estás en las mismas andadas que tu hermano y ya andas metiendo desconocidos sin permiso de los patrones a la hacienda.

Milena: Pablo no es un desconocido, además, él vino aquí para pedir trabajo.

Tarcisio: (sorprendido) ¿Qué?

Pablo mira desconcertado a Milena por la mentira que ella le ha dicho a Tarcisio.

Milena: Lo que acabas de oír. Como mi hermano está en el hospital por tu culpa, Pablo puede reemplazarlo y por eso le dije que viniera, para que habláramos los dos con don Eduardo y doña Lucrecia.

Tarcisio: Ridícula. ¿Que acaso crees que tienes derecho a imponerle a los patrones que le den trabajo a tus amiguitos? Mínimo este muchachito es otro con el que andas de ofrecida, ¿no? Confiésalo.

Pablo: (molesto) No permito que le falte más el respeto, señor. Cierre la boca.

Tarcisio: (molesto) ¡Intenta cerrármela tú mismo, imbécil! ¡Ven! ¡Ándale!

Pablo intenta ir hacia Tarcisio, pero Milena lo detiene.

Milena: ¡Pablo, no! Te lo pido, no lo hagas. No vale la pena.

Pablo: ¿Vas a dejar que éste miserable te trate mal?

Tarcisio: Yo trato a quien sea de la manera en la que se me pegue la gana, muchacho. Ni tú ni ésta valen nada frente a mí que soy el capataz.

Milena: Ya, ignorémoslo, Pablo y vámonos. Te voy a llevar con mis patrones para sugerirles que te den el trabajo como peón en reemplazo de mi hermano, ¿va?

Milena se pone en frente a Pablo dándole la espalda a Tarcisio y le guiña el ojo al primero en señal de que siga su mentira. Pablo asiente entonces con la cabeza.

Pablo: Está bien. Vamos.

Milena toma de la mano al joven y ambos se retiran juntos de allí. Tarcisio frunce el ceño.

Tarcisio: (poco convencido) Algo se traen ese par, en especial la Milena esa que me las debe por haberse atrevido a rechazarme tantas veces.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PASILLO / DÍA

Por otra parte, Lucrecia continúa zarandeando a Lisa luego de haber descubierto que la muchacha tuvo relaciones sexuales con Eduardo la noche anterior.



Lisa: (molesta) ¡Ya suéltame, vieja decrépita! ¡No me toques!

Lisa se aparta de Lucrecia y la empuja, dejándola sorprendida.

Lucrecia: ¿Cómo te atreves a empujar a tu abuela? Pero no me sorprende tanto después de que fueras capaz de cometer incesto.

Lisa: ¿Incesto? ¿Qué es eso? (Enarca una ceja) Yo que sepa sólo quise darle una pizca de amor a mi papi, amor que ni tú, ni la maldita de Helena, ni nadie fueron capaces de darle.

Lucrecia: ¡Desvergonzada! Has enloquecido completamente. Estás enferma (Llorando furiosa).

Lisa: Enferma de amor y de deseo por él. Hacía mucho buscaba la oportunidad de estar a solas con él para que me hiciera suya y ya por fin se dio, y no te imaginas lo mucho que lo disfruté.

Lucrecia intenta abofetear de nuevo a Lisa, pero ésta le detiene la mano.

Lisa: ¡Te dije que no me toques! Te juro que, si lo haces, te va a pasar y soy capaz de todo.

Lucrecia: No necesito que me lo digas. Ya veo que eres capaz de hacer hasta lo más bajo. Ahora entiendo todo ese cariño desmedido que decías sentir por Eduardo. Todo era una excusa para ocultar tus verdaderas intenciones. Te desconozco como nieta.

Lisa: Yo también te desconozco como mi abuela. Después de todo, tú y yo no estamos relacionadas de ninguna manera.

Lucrecia: Ahora sí enloqueciste del todo. ¿De qué demonios hablas?

Lisa: Ah, cierto. Olvidaba que tú no lo sabes.

Lucrecia: ¿Saber qué? ¿A qué te refieres?

Lisa: Pues ya que estás al tanto de mi amor por Eduardo, muy seguramente todos se enterarán luego, así que no tiene caso que lo oculte más. Yo no soy una Román, “abuelita”.

Lucrecia: (impactada) ¿Qué?

Dentro de su habitación, Eduardo ya se ha vestido y está terminando de abrocharse el pantalón al tiempo que escucha la conversación cada vez más desconcertado.



Lisa: Yo no soy hija de Eduardo en realidad.

Lucrecia: ¡Estás mintiendo! Dices eso para lavarte de la porquería que cometiste al haberte acostado con tu padre.

Lisa: Te equivocas. Eduardo no es mi padre biológico. Eso fue lo que Helena les hizo creer a todos. ¡Ella sí tenía que lavarse de todas sus porquerías!

Lucrecia: ¿De qué estás hablando?

Lisa: Bueno, ya que me lo pides, te lo contaré todo. Resulta que esa Helena buena y sumisa que todos creyeron conocer no era más que una perra.

Lucrecia mira a Lisa con los ojos desorbitados sin entender absolutamente nada.

Lisa: Helena engañó a mi papá por años sin que nadie lo supiera con amigos de él, socios y lo sé porque mi tío Manuel también fue testigo de sus engaños a escondidas de todo el mundo.

Lucrecia: (respirando agitada) Debes estar equivocada. Eso no puede ser verdad. Manuel nos lo habría dicho para desenmascararla.

Lisa: Digamos que no lo hizo porque le convenía. Él también tenía rabo de paja, “abuelita”. Mi tío también pasó por la cama de Helena en su momento. ¿Cómo la ves?

Eduardo, dentro de la habitación, siente un intenso ardor en la garganta y se recuesta en la puerta sin poder asumir todo lo que oye.

Lisa: Ve, llámalo y dile que venga para ver si lo niega todo frente a mí. Yo misma los descubrí fornicando cuando era tan solo una niña. Ella solo esperaba a que mi papá se quedara durmiendo para meterse en la habitación de mi tío.

Lucrecia: (llorando) Todo tiene que ser una mentira. Eso no puede ser. Manuel no pudo…

Lisa: (burlona) Pues pudo, así que como pudieron todos esos hombres con los que ella se involucró. Cuando había reuniones de negocios, ella iba a lugares apartados de la hacienda para besuquearse con los socios de papá y lo sé porque la seguía, pero eso no es todo…

Eduardo derrama varias lágrimas en silencio escuchando expectante frente a lo que va a decir Lisa.

Lisa: Hubo una ocasión en que incluso le confesó a su amiga, la tal Carolina, que no amaba a mi papá en verdad y por eso la odio. ¡Por haberse burlado de él y haberlo engaño!

Eduardo no aguanta más y abre la puerta. Lucrecia y Lisa se sorprenden al verlo con los ojos rojos y respirando agitado.

Lucrecia: ¡Eduardo, hijo!

Eduardo: (a Lisa) ¿Todo lo que dijiste es verdad?

Lisa: (en un hilo de voz) Papi, pensé que dormías…

Eduardo, enfurecido, se acerca a Lisa y la zarandea de los hombros.

Eduardo: ¡Te hice una pregunta, maldita sea! Dime si todo lo que dijiste es verdad. ¡Dime! (Grita desgarrado).

Lucrecia: Eduardo, cálmate. Estás muy alterado.

Eduardo: Esto no es contigo, mamá. Mantente alejada. Estoy esperando una respuesta tuya, Lisa. ¡Mírame a los ojos y dime si es verdad!

Lisa: Sí. Todo es cierto.

Eduardo se siente desgarrado al escuchar la respuesta de la muchacha y la suelta despacio de los hombros.

Lisa: (desesperada) Por eso quiero amarte, papi. Quiero amarte como esa desgraciada no lo hizo. Yo sí puedo ser mujer para ti. Después de lo que hicimos…

Eduardo: ¡Cállate! ¡No quiero escuchar nada más de ti, Lisa! ¡Nada! (Grita fuertemente).

Eduardo se da al llanto sin poder asumir tantas revelaciones y sale corriendo de allí.

Lucrecia: (preocupada) Eduardo, ¿a dónde vas?

Lisa: ¡Papá, espera!

Eduardo ignora los llamados y baja con prisa las escaleras fuera de sí. Manuel lo ve irse a lo lejos y se extraña.



Manuel: ¿Para dónde va mi hermano? ¿Qué ocurrió arriba?

Minutos después, se ve a Eduardo abordando su auto, en el cual se va a toda velocidad sin un rumbo fijo.



Eduardo: (muy dolido) ¿Cómo pudiste, Helena? ¿Cómo fuiste capaz de hacerme eso?

Eduardo llora desconsolado y continúa conduciendo a una alta velocidad.

INT. / CALLES / DÍA



Marissa se ha encontrado casualmente con Epifanio luego de que el chofer de éste por poco la atropellara con su automóvil. Tal parece que Epifanio ha reconocido a la mujer.



Epifanio: Respóndeme, muchacha. ¿Tú no eres la hija de Heliodoro Miranda?

Marissa: (balbuceando) Sí, señor. Heliodoro, que en paz descanse, fue mi padre. ¿Cómo lo sabe? ¿Acaso… usted lo conoció? (Extrañada).

Epifanio: (muy consternado) Es una larga historia. Tal vez tú nunca la escuchaste, pero tu padre y yo fuimos grandes amigos. Él me salvó la vida.

Marissa: (sorprendida) ¿De verdad?

Epifanio: Sí, yo trabajé para él en la capital. Era el chofer de su familia, pero a pesar de ser parte de la servidumbre, siempre fuimos grandes amigos y él nunca me vio como un simple empleado.

Marissa: Nunca escuché sobre eso. Mi papá nunca me lo comentó.

Epifanio: Porque fue hace muchísimo tiempo. Tú ni siquiera habías nacido. Yo incluso presencié la boda entre tus padres y cuando tú naciste.

Marissa: (pensativa) Ahora entiendo. Mi padre, que en paz descanse, fue algo reservado con sus asuntos, pero si usted trabajó para él, ¿qué ocurrió luego? ¿Por qué yo no lo recuerdo?

Epifanio: Por eso te decía que es una larga historia y un poco trágica también.

Marissa: En ese caso, ¿por qué no viene a la casa dónde me estoy quedando? Podría hacerle un café y contármelo todo con calma. Me gustaría escuchar esa historia.

Epifanio: Bueno, tenía otro asunto pendiente, pero creo que puede esperar. ¿Dónde es tu casa?

Marissa: No es muy lejos. Justo ya estaba por llegar. Sígame.

Epifanio: Está bien. Florencio, quédate aquí esperando. En un rato regreso (Le dice al chofer).

Chofer: Claro que sí, señor. Aquí lo espero.

Marissa y Epifanio se van caminando juntos hacia la casa en la que la primera se está hospedando momentáneamente. De lejos, ambos son vistos por Cruz, quien también viene caminando al tiempo que sostiene una cesta.



Cruz: Virgen del perpetuo socorro. ¿Estoy viendo bien o es un espejismo? (Parpadea varias veces). Ese es don Epifanio con otra mujer (Pensativa). Nunca la había visto antes en Villa Encantada. ¿Y a dónde se dirigen juntos?

Cruz saca de la cesta una pañoleta larga y se lo amarra de manera que rodea su cabeza como estrategia para no ser reconocida.

Cruz: De cualquier manera, no me pienso quedar en ascuas. Esto me lo tengo que averiguar como sea. ¡Sí, señor! (Decidida).

La mujer comienza a seguir a Marissa y Epifanio con suma cautela para evitar que ambos la puedan ver al punto de irse caminando en zancadas de una forma cómica.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA



Entretanto, Milena y Pablo entran a la habitación de la primera. Ella cierra la puerta no sin antes verificar que nadie vaya a estar cerca escuchándolos o viéndolos.



Pablo: (extrañado) ¿Por qué te traes tanto misterio, Milena? ¿Y por qué dijiste eso delante de aquel tipo? ¿Qué pasa?

Milena: ¿Como que qué pasa, Pablo? Te dije que esta no es mi casa. Es la casa de mis patrones. Yo solo soy una simple sirvienta aquí.

Pablo: ¿Y por eso debes dejar que ese hombre te golpee y te amenace por ser el capataz?

Milena: Créeme que de no haber sido porque tú te apareciste le habría devuelto la bofetada y me habría defendido.

Pablo: ¿Y por qué no lo hiciste entonces?

Milena: Te lo acabo de decir. Fue por ti. Te vi alterado y quería evitar que sucediera lo mismo que pasó con mi hermano y la dichosa señora esa que ayudó (Se cruza de brazos).

Pablo: (desconcertado) ¿A qué te refieres?

Milena: Es que mi hermano ahora está en el hospital por culpa de ese miserable de Tarcisio que lo atacó. Los dos pelearon porque al parecer Tarcisio quiso aprovecharse de una señora que mi hermanito ayudó y acogió en la hacienda al escondido, así como estoy haciendo yo contigo sin permiso de los patrones.

Pablo: ¿Lo ves? Con eso que me dices se nota que es un abusivo. Deberías irlo a acusar con tus patrones.

Milena: De nada sirve. Tú lo has dicho. Tarcisio es el capataz y tanto doña Lucrecia como don Manuel lo ven como su mano derecha en todo el manejo de la hacienda.

Pablo: Qué mal. Espero no volverlo a ver, porque de ser así…

Milena: (seria) Ni lo digas. Ya te dije que no quiero que pase con nosotros como le pasó a mi hermanito Danilo y a la señora que rescató de un accidente.

Pablo siente que le recorre una sensación extraña al escuchar a Milena.

Pablo: ¿Un accidente?

Milena: Sí. Fue hace poco más de un mes. Una señora tuvo un accidente en el río y mi hermano le salvó la vida, y se la trajo para acá sin permiso de nadie, pero Tarcisio los cachó y bueno… Ya te conté lo demás.

Pablo: ¿Un accidente en el río? (Consternado).

Milena: ¿Qué pasa, Pablo? ¿Por qué te pones así?

Una serie de recuerdos fugaces y confusos pasan en cuestión de microsegundos por la cabeza de Pablo en los que se ve a él mismo difusamente discutiendo con Luis Enrique la noche en que éste lo golpeó.

Milena: (preocupada) ¿Estás bien? Te pusiste pálido.

Pablo: El accidente… Recuerdo algo, Milena… Argh (Adolorido).

Pablo se sienta en la cama al tiempo que se lleva las manos a la cabeza, pues un dolor le aqueja al recordar esos momentos.

FLASHBACK

Luis Enrique: (indiferente) Tengo una noticia que darte precisamente sobre eso, Pablo. Por eso regresé de mi viaje de negocios en Villa Encantada.

Pablo: (preocupado) ¿Qué noticia? ¿Qué está pasando?

Luis Enrique: Tu mamá tuvo un accidente muy grave anoche.

Pablo: (impactado) ¿Qué? ¿Y cómo está? ¿A dónde la llevaron para ir a verla?

Luis Enrique: Ese es el problema. Cuando venía manejando de Villa Encantada, el auto se desvió y fue a dar al río. Marissa está desaparecida y no han podido encontrar su cuerpo.

FIN DEL FLASHBACK

Milena: Ay, Pablo. Dime algo. ¿Qué recuerdas?

Pablo: (sudando) Mi mamá… Mi mamá tuvo un accidente. Ahora lo recuerdo.

Milena: Ah, cierto. Me lo habías contado…

Pablo: (sorprendido) Entonces, ¿tú ya lo sabías?

Milena: (asentando con la cabeza) Sí. Tú mismo me lo dijiste cuando chateábamos por Internet.

Pablo: (exaltado) ¿Y qué sabes sobre ese accidente, Milena? ¡Dime! De repente lo recordé, pero todo es muy confuso. No entiendo nada.

Milena: Es que… Ay, Pablo… (Indecisa) No sé si sea buena idea en tu condición, tú así, sin recordar nada.

Pablo: Lo que sea, dímelo. Puede que, si me lo dices, a lo mejor más recuerdos van a ir llegando a mi cabeza.

Milena: Está bien, pero tienes que tomarlo con calma, ¿va? (Pablo asiente con la cabeza) Tú me contaste que tú madre había tenido un accidente y que todo parecía indicar que había muerto.

Pablo: (impactado) ¿Qué? ¿Eso es verdad?

Milena: Pues tú me dijiste que guardabas la esperanza de que no fuera así y que en algún lugar tu mamá seguía con vida, sólo que la policía se cansó de buscar su cuerpo y la dieron por muerta.

Pablo: ¿Y qué más te dije? No te detengas. Cuéntamelo todo. Dime quién era mi familia, cómo me llevaba con ellos, todo. ¡Absolutamente todo!

Milena: Pues con tu mamá te llevabas muy bien a pesar de que… (Hace una pausa) tú no eras su hijo de verdad. Tú eres adoptado, Pablo.

Pablo: ¿Quieres decir que… yo no vivía con mis verdaderos padres?

Milena: Sí, así es. Los padres con los que creciste te adoptaron y tal vez ahorita por tu amnesia no entiendas mucho, pero tu mamá por lo menos te amaba muchísimo y tú a ella a diferencia de tu padre. De él sí te expresabas retemal e incluso llegaste a pensar que él podía ser causante del accidente de tu madre.

Pablo: (impactado) ¿Mi padre…? (Pensativo) Ahora que lo recuerdo, cuando desperté, había un hombre a mi lado en la habitación del hospital y como no lo reconocí, le preguntó a un doctor algo así como “qué le pasa a mi hijo”.

Milena: (sorprendida) ¿Estás seguro? (Se sienta a su lado).

Pablo: Sí, claro. Eso sí lo recuerdo muy claramente. Si él refería a mí como hijo debe ser porque es mi papá, ¿no?

Milena: Debes tener razón, pero siendo así, eso quiero decir que te reuniste con él porque tú pensabas investigar el accidente de tu madre. ¡Ay, Dios! (Se exalta).

Pablo: ¿Qué, Milena? ¿Por qué te pones así?

Milena: Pues no sé si hago bien en pensar esto y decírtelo, pero, ¿qué tal si tu papá también tuvo algo que ver con tú resultaras en ese estado sin recordar nada?

Pablo se queda sorprendido como pensativo frente a aquella posibilidad.

Pablo: Hay que averiguar. Tengo que volver a ese hospital y preguntar por él. Tal vez así sepa algo.

Milena: Puede ser peligroso. Si tu papá fue capaz de dejarte así y de verdad causó el accidente de tu mamá, podemos esperarnos alguna cosa peor.

Pablo: (desesperado) Pero no me puedo quedar así, sin hacer nada, Milena. Tengo que saber todo sobre mí no importa cómo.

Milena: Deja yo lo hago por ti. Yo misma me voy a encargar de averiguar cómo fue que paraste en el hospital y también de averiguar quién es tu papá.

Pablo: ¿De verdad harías eso?

Milena: Claro que sí. Tú no te preocupes, pero sí voy a necesitar que pongas de tu parte. Tarcisio ya sabe que estás aquí y puede irme a delatar con mis patrones. Por eso tenemos que armar un plan.

Pablo: ¿Qué plan?

Milena: ¿Recuerdas que le dije que tú eras el reemplazo de mi hermano? (Pablo asiente con la cabeza) Pues bien. Vamos a pretender que eso sea verdad. Voy a hablar con alguno de mis patrones para convencerlos de que tú reemplaces a Danilo mientras él se recupera.

Pablo: Me parece bien, aunque no tengo idea de cómo hacer ese trabajo. Puedo hacer algo mal.

Milena: Yo me encargo de hablar con los otros peones. Con ellos me llevo bien y estoy segura que te van a enseñar. Es sólo temporal mientras te ayudo con tu problema y para evitar que Tarcisio nos tenga entre ojos. Tú no te preocupes por nada. Yo estoy contigo.

Milena toma las manos de Pablo y le sonríe con calidez. Pablo también le esboza una sonrisa.

CONTINUARÁ…

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