Capítulo 21: Verdades a la luz

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE



Danilo está duchándose muy pensativo en su habitación luego de la plática que tuvo con Marissa. En un momento dado, se queda estático y solo deja que el agua caiga sobre su cuerpo.



Danilo: (desanimado) ¿Qué voy a hacer para sacármela de la cabeza? De verdad la amo, pero no quiero cometer los mismos errores del pasado. No quiero… (Repite perturbado).

De repente, el muchacho siente como una mujer desnuda cuyo rostro no puede ser enfocado, se acerca desde atrás y pone sus manos sobre su espalda. Danilo se da sorprendido la vuelta.

Danilo: ¡Usted!

La mujer sin decir nada sólo comienza a besarlo ante una notable indecisión de él.

Danilo: Espere… Esto… Esto no está bien señora… Usted y yo ya lo hablamos y… (Ella sigue besándolo) Deténgase. Se lo pido. Yo no quiero problemas, doña Helena…

Tal parece aquella mujer es Helena, pero su rostro sigue sin ser visto. Helena continúa besando a Danilo en los labios y cuello con cierta pasión al tiempo que lo llena de caricias mientras el agua cae.

Danilo: (excitado) Doña Helena, por favor…

Pese a lucir preocupado, el muchacho termina cediendo y esta vez es él quien toma la iniciativa de besar a la mujer apasionadamente, cargándola de las piernas y arrinconándola contra la pared. Los dos comienzan a tener intimidad bajo la ducha, sin embargo, en un momento dado, él escucha una voz femenina llamándolo por el nombre.

Marissa: ¡Danilo! ¡Danilo! ¿Dónde estás?

Danilo abre sobresaltado los ojos y mira hacia atrás.

Danilo: Es la señora Marissa…

Pero al voltear de nuevo hacia Helena, se echa para atrás asustado. De una forma tétrica, vislumbra el cadáver degollado de la mujer en el piso, cuya sangre se mezcla con la del agua que cae de la ducha.

Danilo: (aterrado) ¡Doña Helena! ¡Doña Helena, yo no lo hice!

Danilo ve sus manos manchadas de sangre y mira con los ojos más abiertos de lo normal el cadáver.

Danilo: ¡Déjeme en paz! ¡Piérdase! ¡Yo no la maté! ¡Yo no lo hice!

Danilo se siente enloquecer por un momento y luce desesperado cuando de repente la voz de Marissa lo saca abruptamente de aquella visión.



Marissa: Danilo.

Danilo se da nervioso la vuelta. Marissa al verlo completamente desnudo se avergüenza y fija la mirada hacia otra parte.

Danilo: ¿Qué está haciendo aquí, señora?

Danilo toma una toalla rápidamente y se cubre del torso para abajo.

Marissa: Discúlpame. Te estaba buscando y no sabía que aún no terminabas de ducharte.

Danilo: Debió suponerlo, ¿no? Es de mal gusto que anden entrando así a la habitación de uno.

Marissa: Lo sé y te pido que me disculpes. Créeme que de no ser porque es urgente no habría entrado así de nuevo a tu habitación.

Danilo: (cortante) Bueno, ya qué. Dígame qué pasa.

Marissa: (preocupada) Es Milena. Tuvo un accidente.

Danilo: (sorprendido) ¿Qué? ¿Cómo que un accidente?

Marissa: Pablo la llamó hace un rato y eso fue lo que tu mamá le dijo. Tal parece la llevaron al hospital del pueblo.

Danilo: ¿Y cómo está? ¿Qué pasó?

Marissa: Todavía no lo sabemos muy bien. Cecilia no le dio detalles.

Danilo: Tengo que ir para allá. No tenía ni idea.

Danilo cierra el grifo de la ducha y sale del baño con prontitud para vestirse. Marissa va tras él.

Marissa: ¿Te importaría llevarnos contigo en alguna camioneta? Pablo también está muy preocupado y no quisiera que saliera solo.

Danilo: Sí. No hay problema. En un minuto salgo. Espérenme afuera en la entrada de la casa.

Marissa: Está bien. Te dejo para que te vistas.

Marissa sale de la habitación. Danilo no tarda en buscar ropa para vestirse, pero no puede evitar sentirse perturbado por lo que visionó momentos antes.



CIUDAD DE MÉXICO

INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / NOCHE


Entretanto, el Alma en Pena está dispuesta a matar a Lisa. Ha alzado incluso el cuchillo con el fin de darle muerte a la joven.



Lisa: (aterrada) ¡No! ¡No lo hagas! ¡Quien quiera que seas, no lo hagas! ¡Por favor!

Pero justo cuando va a apuñalarla, una enfermera de guardia entra a la habitación sosteniendo una bandeja la cual deja caer de la impresión. El Alma en Pena se da la vuelta ante el estruendo.

Enfermera: (gritando) ¡Ay, Dios! ¡Auxilio!

El Alma en Pena: ¡Maldición!

Enfermera: ¡Hay alguien aquí en la habitación de la paciente!

El Alma en Pena saca con prontitud una pistola y le apunta a la enfermera.

El Alma en Pena: ¡Cállate o te mato por metiche! Te conviene dejarme ir.

Enfermera: ¡Que alguien venga! ¡Pronto!

El Alma en Pena: Tú te lo buscaste.

El Alma en Pena no duda en dispararle justo en el entrecejo a la enfermera, quien cae desplomada. Pronto dos enfermeros de turno vienen, pero sufren la misma suerte. El Alma en Pena dispara dos veces en el pecho de uno de los enfermeros mientras al otro le dispara rozándole el brazo y grita adolorido. El misterio asesino se dispone a darse a la fuga.

Lisa: ¡Auxilio! ¡Se escapa! ¡Que alguien venga rápido! (Gritando).

El Alma en Pena: ¡Silencio, maldita! (Le apunta con la pistola desde la puerta) Te podría matar de un disparo ya mismo, pero no pienso arriesgarme a que me atrapen. Prefiero hacer las cosas de otra manera.

Lisa: (rompe a llorar asustada) ¿Quién chingados eres? ¡Muéstrame tu rostro!

El Alma en Pena: Cuando regrese para matarme lo descubrirás. Hoy no se dio, pero pronto volveré.

El Alma en Pena sale corriendo de allí con la pistola en la mano e ingresa a un baño cuidando no ser vista. Dos guardias de seguridad justo pasan por allí corriendo hacia la habitación y encuentran los cuerpos de los enfermeros. Uno de ellos se comunica por medio del radioteléfono con otro mientras el otro verifica si aún los enfermeros siguen con vida.

Guardia 1: Hay un sujeto dentro de las instalaciones del hospital y está armado. Repito. Está armado y acaba de dispararle a tres enfermeros.

Guardia 2: Hay que llamar una ambulancia. Hay dos con pulso todavía.

De repente, el asesino sale del baño como si nada estuviera pasando, pero no con su típico traje sino con un uniforme de enfermera. Tan solo pueden enfocarse la parte baja de la falda de dicho uniforme y las zapatillas blancas. Tal parece que se trata de una mujer, quien camina por el pasillo y sube a un ascensor pasando desapercibida.

INT. / HOSPITAL, SALA DE ESPERA / NOCHE

Entretanto, no muy lejos de allí y en el mismo hospital, María Helena está a la espera de noticias de su madre. Pese a estar sentada, se ve notablemente intranquila y toca con fuerza un crucifijo que cuelga de su cuello.



María Helena: ¿Qué será de mi mamá? ¿Por qué no me han dicho nada? Ay, que no le pase nada malo, Diosito.

El Alma en Pena baja del ascensor en ese piso y sigue caminando, solo enfocándose la parte inferior de su cuerpo vistiendo aún el uniforme de enfermera, pero al ver a la muchacha de lejos, se esconde tras una pared. El doctor a cargo hace aparición y se acerca a María Helena.

Doctor: ¿Familiares o conocidos de la señora Martha Quintana?

María Helena: (poniéndose de pie) Yo, doctor. Yo soy su hija. ¿Cómo está mi mamá? (Preocupada).

Doctor: Logramos estabilizarla y ya le bajó la fiebre.

María Helena: ¿Fue por eso que se desmayó?

Doctor: Es muy probable que se hubiera deshidratado producto de la alta temperatura que tenía cuando ingresó al hospital, pero ya está mejor.

María Helena: Gracias a Dios. Me asusté mucho cuando la encontré así, inconsciente y ardiendo en fiebre. ¿Puedo pasar a verla?

Doctor: Todavía no es conveniente que la paciente reciba visitas, señorita. Yo le sugeriría esperar hasta mañana.

María Helena: ¿Por qué? Usted me acaba de decir que está mejor.

Doctor: Es preferible que la señora guarde reposo por esta noche. Vamos a tenerla en observación durante las siguientes horas y mañana vamos a realizarle algunos exámenes.

María Helena: (desconcertada) ¿Exámenes? ¿De qué?

Doctor: Exámenes rutinarios para descartar alguna enfermedad que le está aquejando.

María Helena: Tiene usted razón. Mi mamá desde hace tiempo ha estado malita y tose con sangre. ¿Usted cree que eso tenga algo que ver?

Doctor: Mañana lo sabremos con certeza. Por lo pronto, si desea, puede irse a casa y descansar. Podemos comunicarnos con usted si ocurre alguna novedad.

María Helena: Gracias doctor. Buenas noches.

El doctor se retira. María Helena se abraza a sí misma y se queda angustiada. De lejos, continúa siendo observada por El Alma en Pena y puede enfocarse cómo empuña una de sus manos, cubiertas por unos guantes blancos.

VILLA ENCANTADA

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA




Marissa y Pablo aguardan en el gran portón de la hacienda junto a dos empleados. Danilo detiene una camioneta justo allí.



Pablo: Por fin apareces, carnal. ¿Por qué te tomaste tanto tiempo?

Danilo: Recuerda que soy un peón. No puedo tomarte la atribución de conducir las camionetas sin autorización y menos a esta hora.

Marissa: Lo importante es que ya podemos irnos, muchachos. Gracias por dejar que te acompañemos, Danilo.

Danilo: No hay de qué. Ya se pueden subir. Ey, ustedes (Se dirige a los empleados). Abran, por favor. Regreso más tarde.

Los dos empleados abren el portón. Marissa y Pablo se disponen a subir a la camioneta, pero justo cuando van a hacerlo, son detenidos por la voz de Tarcisio.



Tarcisio: ¿A dónde creen que van tan campantes?

Marissa, Pablo y Danilo voltean a ver. Ella se sorprende al verlo, pues no lo hacía desde la última vez que intentó violarla y en la cual, Danilo salió herido por defenderla.

Marissa: Tú…

Tarcisio: (sonriéndole) Sí, soy yo, chulita. Tiempo sin verte.

Los tres lo miran con desconfianza y cierto resentimiento. Él se acerca con cierto aire de autoridad.

Tarcisio: Por ahí me enteré que ya eres la vieja del patrón y no pierdes nadita el tiempo, eh. Vas por las ligas mayores (Riendo).

Marissa: (indignada) ¿Era por eso que no me habías dado la cara antes? ¿Te daba miedo enfrentarme?

Tarcisio: Pues no. ¿Cómo la ves? (Hablándole muy cerca y con desprecio) Yo no le tengo miedo a nadie, menos a una gata aparecida como tú que se les da de muy ama y señora. Total, ni estás casada con el patrón todavía y no eres más que una pobre diabla.

Pablo se interpone entre su madre y Tarcisio empujándolo.

Pablo: (muy molesto) ¿Quién te has creído para hablarle así a mi mamá, imbécil?

Tarcisio: Ah, con que la gata es tu mamita. Órale, impactantes declaraciones (Riendo a carcajadas). Ya decía yo que no eras ningún peón de reemplazo. Ya entendí por qué tan amiguito de la Milena.

Pablo: ¡Idiota! No creas que se me olvida que la golpeaste. Debieron haberte corrido desde hace un buen tiempo.

Danilo: ¿Cómo que la golpeó? ¿De qué hablas, Pablo? (Se baja desconcertado de la camioneta).

Pablo: Vi una vez cómo éste infeliz golpeó a Milena. Quise defenderla, pero ella me rogó que lo dejáramos pasar para no meternos en problemas.

Danilo enfurece y toma con brusquedad de la camisa a Tarcisio.

Danilo: Pues si ella lo dejó pasar, yo no. A mí hermana no le tocas un pelo, Tarcisio ¿Entendiste?

Tarcisio: Suéltame, imbécil. Te recuerdo que soy tu jefe y si se me pega la gana, te corro ya mismo como un perro de la hacienda. ¿Eso quieres?

Danilo: ¡Hazlo! ¿Qué estás esperando? No voy a permitir que nos sigas haciendo daño solo por ser el capataz. Bien que me las debes por lo que me hiciste la vez pasada.

Marissa: Cálmate, Danilo. Lo mejor es que ignoremos a este “señor” y nos vayamos. No perdamos el tiempo con él.

Danilo obedece y suelta al capataz. Los dos se miran de forma retadora.

Tarcisio: Si van a salir, será sin la camioneta. No tienen ningún derecho a utilizarla sin autorización mía. ¿Cómo la ven?

Marissa: Pues con tu autorización o sin ella, nos vamos en la camioneta. Yo luego hablaré con Eduardo y se lo diré para que no te molestes en acusar a Danilo de haberla tomado sin tu permiso.

Tarcisio: (furioso) Tú no eres nadie para desautorizarme, maldita gata.

Pablo: ¿Cómo le dijiste?

Pablo intenta abalanzarse sobre Tarcisio, pero Marissa lo detiene.

Marissa: No, Pablo. Déjalo.

Pablo: No pienso permitir que este tipejo te trate mal, mamá.

Marissa: Sus insultos no me afectan en absoluto y solo demuestran lo poco hombre que es. Dejémoslo y en cuanto a ti, si tú eres el capataz, yo soy la futura esposa de Eduardo Román y puedo disponer de todos los bienes de la hacienda a mi antojo cuando yo quiera, así que ya vámonos.

Tarcisio guarda silencio resignado y respira con rapidez ante el disgusto. Los tres lo miran fulminante y suben a la camioneta.

Tarcisio: Esto no se va a quedar así. Me las va a pagar, gata infeliz. Te lo juro. Los cuatro me la van a pagar muy caro.

Danilo comienza a conducir. Pablo se ubica en el asiento de copiloto y Marissa en los asientos traseros. Mientras la camioneta sale de la hacienda, otro auto entra y es Carolina quien lo conduce. Eduardo yace notablemente soñoliento en el asiento de copiloto. Marissa alcanza a verlos y se extraña.

Marissa: (susurrando) Quienes iban en ese coche eran Carolina y Eduardo. Me pareció que eran ellos. Estoy segura.

Marissa voltea a ver, pero los pierde de vista a medida que la camioneta se aleja de la hacienda. Carolina, por su parte, se baja de su auto.



Carolina: Buenas noches, Tarcisio.

Tarcisio: Señorita, ¿usted por aquí a estas horas de la noche?

Carolina: Sí. Estaba cenando con Eduardo y se pasó un poco de copas como siempre. ¿Te importaría ayudarme a llevarlo a su habitación?

Tarcisio: Como usted diga, pero ese favor está por fuera de mi horario laboral, señorita y entenderá usted que es trabajo extra.

Carolina: (exasperada) Sí, sí, ya lo sé. Por eso no te preocupes. Te pagaré luego por ello. Encárgate de subirlo y ya está.

Tarcisio sonríe con picardía y se dirige a sacar a Eduardo del auto. Éste se encuentra algo consciente, pero apenas puede sostenerse en pie, por lo que el capataz lo ayuda a caminar.

Eduardo: (confundido) ¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?

Tarcisio: En su casa, patrón. ¿Qué ya ni de eso se acuerda?

Eduardo: ¿Qué casa? Tengo que volver al restaurante. Carolina me está esperando. ¿Dónde se metió?

Carolina: Aquí estoy, Eduardo. No te preocupes. Ya te vamos a llevar a tu habitación.

Tarcisio: Óigame. ¿Qué bebida se tomó que ni huele, patrón? (Burlón) Debe ser bien costosa, porque ni apesta a borracho.

Carolina se incomoda al escuchar el comentario del capataz.

Carolina: Deja de hacerle preguntas, Tarcisio. Está muy tomado.

Tarcisio: Pos si ya me di cuenta, señorita.

Carolina: Entonces, sé más prudente y haz tu trabajo que para eso voy a pagarte.

Tarcisio: Sí, claro. Como usted mande.

Tarcisio continúa llevando a Eduardo a su habitación. Carolina va tras ellos y se ve nerviosa como si pretendiera algo luego de haber drogado a Eduardo, quien en realidad no está ebrio como le ha dicho a Tarcisio.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE EPIFANIO / NOCHE

Cruz y Epifanio acaban de sostener otro encuentro íntimo. Están en la cama, él sobre ella, jadeando y cubiertos por las sábanas. El maduro hombre se aparta y se echa para a un lado a lo que la mujer mira hacia arriba extasiada sin poder dar crédito a lo que pasó. Lucen agotados.



Cruz: Dígame que lo acaba de suceder no ha sido un sueño, don Epifanio. Dígamelo, por favor.

Epifanio: Déjate de tonterías. Estoy muy cansado y quiero dormir, así que vístete y sal de mi habitación.

Cruz: ¿Vestirme? ¿De qué está hablando?

Cruz comienza a pasear su dedo índice desde la punta de la nariz de él hasta el pecho.

Epifanio: No te hagas la tarada (Le aparta la mano). No pretenderás salir de aquí desnuda y pasearte así por la casa. Cuidado y te confunden con un espectro salido del infierno.

Epifanio se levanta a regañadientes de la cama y agarra su bata para cubrirse. Cruz se sienta en la cama cubriéndose el busto con la sábana.

Cruz: (riendo) Usted no me está entendiendo, don Epifanio. Yo no pienso vestirme ni salir de la habitación. Vamos a pasar la noche juntos.

Epifanio: ¿Cómo que pasar la noche juntos? ¿Te has vuelto loca?

Cruz: Loca estoy por usted desde tiempos inmemorables, solo que usted es terco y no ha sabido corresponderme.

Epifanio: Cruz, te quiero fuera ya mismo. Estás comenzando a volverme loco. ¿Cuándo vas a entender que entre tú y yo nunca va a pasar absolutamente nada?

Cruz: ¿Está seguro? Porque cuando me está haciendo el amor, sus caricias, sus besos apasionados, sus gemidos de macho semental, me dicen otra cosa. Ay, es que de solo pensarlo… (Dándose viento con la mano)

Epifanio: ¡Sh! ¡Cállate!

Cruz: Usted sabe que tengo razón, don Epifanio. Tenga la hombría de reconocer que lo disfruta tanto como yo. ¿Me lo va a negar? (Le guiña el ojo, muy seductora).

Epifanio: Te repito por enésima vez que estos “encuentros”, por llamarlo de alguna forma, no significan nada. Una cosa es que lo disfrute y otra muy distinta es que te quiera desposar solo por acostarme contigo, así que olvídate de eso. No seré yo quien te haga ese favor.

Cruz: (riendo incrédula) Ja, ¿favor? Quien le hace un favor soy yo que lo hace vibrar de pasión a sus años, algo que ninguna otra mujer de Villa Encantada haría.

Epifanio: No seas ridícula. Tengo el suficiente dinero para comprarme una esposa joven, bella, recatada, una que sea muy distinta a ti.

Cruz: Ah, ¿sí? Entonces, ¿por qué no fue capaz de comprarse a Helena?

Epifanio endurece su mirada al escuchar a la mujer y la conversación se torna tensa.

Epifanio: ¡No te permito que…!

Cruz: (desafiante) ¿Qué? ¿Qué no me va a permitir? Recuerde que regresé a esta mansión bajo ciertas condiciones y ya no pienso ser la misma sirvienta que le aguantaba de todo, don Epifanio.

Epifanio: Eres una gata muerta de hambre. Esto era lo que esperabas, ¿no? Buscar el momento propicio para chantajearme.

Cruz: De ser así, lo hubiera chantajeado y le hubiera sacado una buena lana desde el primer momento en que usted se enredó en ese romance clandestino con Helena Montalbán, pero no. Todos estos años he guardado silencio y le he sido fiel porque yo sí lo amo a diferencia de ella.

Epifanio: Helena también me amó si es a eso a lo que te refieres.

Cruz: Yo no estaría tan segura. Helena Montalbán era una sinvergüenza que solo se amaba a ella misma y si estuvo con usted, fue por calenturienta y lo peor es que su chamaca salió igual a ella.

Epifanio: ¿Tú qué sabes? Helena era una gran mujer y ya no voy a admitir que hables mal de ella o de Lisa frente a mí, así que ya lárgate de mi habitación. No te quiero escuchar.

Cruz se pone seria y se levanta de la cama aun cubriéndose con la sábana.

Cruz: Pobre de usted. Cómo lamento que se haya dejado enceguecer por ese amor de mentiras que ella le ofrecía a diferencia del mío. Yo sí lo he amado sin condiciones durante décadas.

Epifanio: Yo no te he pedido tu amor. Desde el primer momento que supiste lo que había entre Helena y yo, pudiste haberte ido muy lejos y hacer hecho vida en otra ciudad con el dinero que te ofrecí, pero fuiste una estúpida y decidiste quedarte aquí.

Cruz: (dolida) ¿Sabe que sí? He sido una estúpida, pero no más que usted que ha estado ciego por tanto tiempo creyendo que la difunta era una santa paloma. Es que si supiera…

Epifanio: ¿Si supiera qué? ¿Qué vas a inventar ahora?

Cruz: No es un invento. Es la verdad, una verdad que usted desconoce y que solo yo sé, pero bueno. No seré yo quien lo saque de dudas. Si tanto detesta verme, no se preocupe. Me voy no solo de su habitación, sino de su vida. Espero y no se arrepienta luego.

Cruz se dispone a salir de la habitación.

Epifanio: ¡Espérate! ¡Tú no te vas hasta decirme qué es lo que sabes, bruja del demonio!

Cruz lo ignora. Epifanio recibe una llamada en su celular en ese momento.

Epifanio: ¡Cruz, vuelve aquí, maldita sea! ¡Termina lo que ibas a decir!

El celular sigue sonando. Epifanio duda en contestar por querer hablar con Cruz, pero al final toma el dispositivo y toma la llamada.

Epifanio: (fastidiado) ¿Bueno? (Pausa) Ah, es usted, director. ¿Qué quiere? ¿Qué no ha visto la hora? Es casi media noche (Pausa). ¿Qué? ¿Cómo que un atentado? ¿De qué me está hablando? (Pausa) Maldición. ¿Y no atraparon al tipejo ése? (Pausa) ¡Ineptos! Revisen cámaras de seguridad inmediatamente. Estoy pagándoles un muy buen dinero al hospital y haciendo donaciones como para que no protejan a Lisa. Mañana mismo voy para allá…

Epifanio cuelga muy molesto el celular y lo lanza sobre la cama. El hombre se queda pensativo.

Epifanio: Un sujeto se infiltró en el hospital e intentó matar a Lisa. ¿Quién carajos sabe que ella está allí y que sobre todo sigue con vida? (Perturbado)

Epifanio mira a la nada intentando atar cabos.

CIUDAD DE MÉXICO

EXT. / CASA DE LAS QUINTANA / NOCHE


María Helena viene llegando del hospital. La muchacha se dirige a su casa sin percatarse de que está siendo seguida.



María Helena: Espero mi mamá se ponga bien. Dios quiera que sí. Mañana tengo que a ir bien temprano a visitarla.

Cuando la muchacha abre la puerta, siente una persona, cuyo rostro no puede ser visto, que le cubre la boca con una de sus manos mientras que la otra le apunta en la cabeza. María Helena abre los ojos como platos totalmente aterrada. Una voz un poco masculina y distorsionada habla.

Persona misteriosa: Pórtate bien o te pongo una bala en la cabeza, muchachita. ¡Vamos! ¡Entra! (Grita un poco alterado).

María Helena se siente paralizada y aquella persona misteriosa la obliga a entrar a la casa que tiene las luces apagadas.

Persona: Voy a soltarte y vas a poner las manos arriba, pero si gritas, te mato sin contemplaciones. ¿Entendido?

María Helena asiente con la cabeza y es liberada por aquel individuo, quien le sigue apuntando con la pistola. Puede verse que usa guantes negros. María Helena levanta los brazos sin darse la vuelta.

María Helena: Por favor, te suplico que no me hagas daño. Mi mamá está enferma y me espera en el hospital. Yo no tengo nada de lana para darte. ¡Por favor! (A punto de llorar).

De repente, el sujeto golpea brutalmente con su pistola a María Helena el cuello. Ella cae inconsciente en el piso y se puede ver de abajo hacia arriba que el individuo misterio no es otro que El Alma en Pena usando su típico traje y máscara.



VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / NOCHE


Tarcisio tumba a Eduardo sobre la cama luego de haberlo conducido hasta allí por el profundo estado de letargo en el que éste último se encuentra. Carolina ha subido con ellos.



Tarcisio: ¡Uf! Hasta que por fin. Es bien pesado el patrón.

Carolina: Deberías estar acostumbrado. Después de todo, ese fue tu trabajo antes de que te nombraran capataz, ¿no?

Tarcisio: Sí, pero eso es pasado, señorita. Yo estoy hecho para otras cosas, mucho mejores que las de ser un simple peón. Por algo soy el capataz y el hombre de confianza de la familia.

Carolina: (mirándolo con suspicacia) Bueno, en todo caso, te agradezco que me hayas ayudado con Eduardo. Toma lo que te prometí.

Carolina saca unos cuantos billetes de su fina cartera y se los da al hombre, quien, sonriéndole, los besa y le guiña el ojo.

Tarcisio: Dios se lo pague, señorita Carolina. Es usted bien generosa. Cuente conmigo para lo que necesite.

Carolina: (indiferente) Gracias. Lo tendré en cuenta y ahora si me disculpas, déjame a solas con Eduardo. Voy a ayudarlo a que se dé un baño para que logre dormir.

Tarcisio: Sí, ¿cómo no? Un baño… (Riendo con mofa).

Carolina: Eduardo y yo hemos sido muy buenos amigos durante años. ¿Qué insinúas?

Tarcisio: ¿Yo? ¿Pos cómo cree, señorita? Yo no insinúo nada. Nomás decía. Con su permiso.

Carolina no dice nada más. Tarcisio se retira silbando de la habitación y cierra la puerta tras sí. Una vez a solas, Carolina asegura la puerta y se sienta sobre la cama mirando de forma especial al hombre que ha amado por casi dos décadas.

Carolina: (acariciándole el rostro) Perdóname, Eduardo. Me duele tener que haber llegado a esto, pero esta vez no voy a permitir que seas de otra mujer, incluso si esa mujer es mi propia hermana.

Eduardo no logra distinguir lo que dice la mujer. Todo a su alrededor da vueltas y escucha la voz de ella en un eco ininteligible a sus oídos.

Eduardo: (balbuceando) ¿Qué…? ¿Qué pasa? ¿Do…? ¿Dónde estoy?

Carolina: Esta vez no te voy a perder como aquella vez que me hice a un lado para que fueras feliz con Helena, ella, que no merecía. Yo sí te voy a hacer feliz, mi amor…

Carolina acerca sus labios a los de Eduardo. Duda por un momento e incluso tiembla, pues nunca lo había hecho, pero al final junta sus labios con los de él y comienza a besarlo con una desmedida pasión. Eduardo apenas puede corresponderle.

Eduardo: ¿Qué es esto? ¿Quién eres?

Carolina lo ignora y sigue besándolo al tiempo que desabrocha su camisa. Eduardo intenta detenerla, pero no tiene la voluntad. Está completamente a merced de Carolina.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE

Luis Enrique llega apresurado a la sala de espera del hospital en donde aguarda Cecilia, quien llora y luce notablemente intranquila.



Cecilia: ¡Hasta que por fin llegas! Llevo rato esperándote aquí sola.

Luis Enrique: Vine corriendo en cuanto me llamaste para avisarme. ¿Cómo está Milena? ¿Qué te han dicho?

Cecilia: Nada, no me han dicho absolutamente nada y tengo el presentimiento de que nuestra hija está grave, Luis Enrique y si algo le pasa será nuestra maldita culpa.

Luis Enrique: No digas tonterías. Lo que pasó fue un accidente. Nosotros no lo provocamos. Intentamos hablar con ella y no quiso escucharnos.

Cecilia: (frustrada) ¿Y qué esperabas? ¿Qué se sentara muy campante a tomar café con nosotros después de saber que tú nos abandonaste por andar detrás de la lana de una mojigata?

Luis Enrique: Este no es el momento para reprochar esas cosas, Cecilia. Esto es serio.

Cecilia: ¡Yo también estoy hablando en serio! Te dije muchas veces, muchísimas, que te divorciaras de esa mujer y mira lo que pasó.

Luis Enrique: ¿Y perder todo lo que nos propusimos desde un principio tú y yo? ¿Eso querías?

Cecilia: Habrías podido sacarle dinero por repartición de bienes o qué se yo, y te habrías podido venir a vivir con nosotros para que formáramos una verdadera familia, pero no. Preferiste seguir casado con ella, ¿y para qué? ¿Para que pasara esto tarde o temprano?

Luis Enrique: Es increíble que me estés culpando cuando sólo me he desvivido para darles lo mejor. Para mí tampoco fue fácil estar casado con Marissa, lejos de ustedes, lejos de mis hijos.

Cecilia: Debiste pensar en eso antes, pero ¿qué más da? Es tarde y si algo le llega a pasar a Milena, te juro que no te lo perdonaré nunca, Luis Enrique.

Cecilia lo mira fulminante En ese momento, Marissa, Pablo y Danilo hacen aparición también en el hospital. Marissa se sorprende al verlo y la reacción por parte de la pareja de amantes es mutua.



Danilo: Mamá…

Cecilia: Danilo, tú aquí.

Danilo: ¿Cómo sigue mi hermana?

Cecilia: ¿Cómo te enteraste?

Pablo: Yo le dije, señora. Fui yo con el que usted habló hace un rato por teléfono cuando llamé a preguntar por Milena.

Luis Enrique: (interviene molesto) Ustedes dos no tienen nada que hacer aquí (Hablándole a Marissa y Pablo). Los quiero fuera, lejos de nosotros. ¡Largo!

Cecilia: Es verdad. ¿A qué han venido? ¿A burlarse de nuestra tragedia? ¡Váyanse antes de que les haga un escándalo para que los saquen a patadas del hospital!

Danilo: Un momento, mamá. Ellos también vinieron porque están preocupados por Milena, además el único que sobra aquí es este, señor. ¿Con qué derecho corre a Pablo y a la señora Marissa? Él no es parte de la familia. Es un simple socio de don Eduardo.

Marissa: Danilo, ese hombre…

Cecilia: ¡Cállate! ¡No te metas en esto!

Danilo: ¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa?

Luis Enrique: Danilo, yo…

Danilo se desconcierta y mira a los presentes sin entender qué ocurre.

Danilo: ¿Qué pasa? Hablen. ¿Por qué se quedan callados? ¿Qué está ocurriendo?

Luis Enrique siente que se le quiebra la voz y un vacío en el pecho lo invade.

Luis Enrique: Danilo, yo soy tu padre.

Danilo se impacta en gran manera al escuchar a Luis Enrique.

Danilo: ¿Qué dijo?

Luis Enrique se retira los lentes y pronto sus ojos se ponen sollozos mirando al muchacho con profundo dolor.

Luis Enrique: Yo soy tu padre, muchacho.

Danilo no da crédito a lo que oye. Cecilia no sabe cómo intervenir mientras que Marissa mira afligida la situación al tiempo que abraza de hombro a Pablo, quien también luce un poco sorprendido y desconcertado ante lo que ocurre. Es de notar que éste último aún no recupera sus recuerdos por completo.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE / NOCHE

Epifanio se encuentra en su habitación mirando por la ventana sin poder conciliar el sueño. Luce molesto y algo inquieto por la llamada que recibió momentos antes en la que le notificaron del intento de asesinato a Lisa.



Epifanio: Todo esto está muy extraño. ¿Quién podría haberse enterado de que Lisa sigue con vida si me aseguré de hacerla pasar por muerta? (Pensativo).

Epifanio tiene un recuerdo de hace un rato.

FLASHBACK

Cruz: (dolida) ¿Sabe que sí? He sido una estúpida, pero no más que usted que ha estado ciego por tanto tiempo creyendo que la difunta era una santa paloma. Es que si supiera…

Epifanio: ¿Si supiera qué? ¿Qué vas a inventar ahora?

Cruz: No es un invento. Es la verdad, una verdad que usted desconoce y que solo yo sé, pero bueno. No seré yo quien lo saque de dudas.

FIN DEL FLASHBACK

Epifanio: Debe ser una patraña de la vieja bruja esa para desprestigiar a Helena, pero se veía tan segura de lo que decía que, justo hoy que alguien intenta matar a Lisa. ¿Qué tal si sabe algo que tenga relación con lo que pasó?

Epifanio se queda pensativo por un momento y sale de su habitación en dirección a la de Cruz, que también está ubicada en el mismo piso de la mansión. El hombre toca la puerta.

Epifanio: ¡Cruz! Tengo que hablar contigo muy seriamente, así que ábreme la puerta (Tocando insistentemente) ¡Te exijo que me abras o me veré en la obligación de hacerlo yo! (Toca un par de veces más) ¡Cruz! (Hace una pausa) Muy bien te lo advertí.

Epifanio decide entrar a la habitación y prende las luces, sin embargo, se sorprende al ver que no hay nadie allí. Cruz no se encuentra por ninguna parte.

Epifanio: ¿Cruz? ¿Dónde estás?

El hombre mira en el baño de la habitación, pero tampoco ve rastro de ella y finalmente abre el armario, sorprendiéndose al no ver ni una sola prenda de ropa adentro.

Epifanio: (riendo incrédulo) En definitiva esa mujer está loca. ¿De verdad se fue de la mansión a esta hora? Pensé que lo haría mañana, pero, en fin. Que haga lo que le plazca. ¿Qué me importa a mí?

Epifanio se dirige fastidiado a salir de la habitación, pero justo cuando pasa junto a la cama, ve una hoja de papel sobre ella que llama su atención. El hombre se extraña y no tarda en tomar entre sus manos aquella hoja que al parecer es una carta. Comienza a leerla y se oye en voz en off la voz de la excéntrica ama de llaves.

Cruz: Estoy escribiéndole esta nota antes de irme porque sé que me buscará para preguntarme sobre lo que le dije y para demostrarle un último acto de amor y fidelidad de mi parte, debo confesarle la verdad…

Epifanio: (leyendo) Lisa Román no es su hija en verdad. Helena lo engañó.

Epifanio abre los ojos como platos y se exalta al leer aquellas líneas.

Cruz: (voz en off) El verdadero padre de Lisa siempre ha sido y será Eduardo Román, tal como todos piensan y si necesita pruebas, mañana mismo las recibirá, pero le advierto… Descubrirá cosas muy turbias que estaba mejor sin saber.

Epifanio siente una gran impresión al punto de que se sienta sobre la cama y arruga la hoja de papel sobre la que tan impactante información fue escrita.

Epifanio: No puede ser. Tiene que ser una vil mentira. ¡Condenada Cruz! ¡No puede ser cierto!

CONTINUARÁ...

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