Capítulo 22: Desterrada de Villa Encantada

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE

Luis Enrique acaba de confesarla a Danilo que es su padre, cosa que él desconocía por completo, puesto que ya conocía al hombre, pero nunca cruzó por su cabeza en lo más mínimo tal posibilidad. Cecilia siente que se le arruga el corazón, algo que expresa en su rostro. Marissa y Pablo sólo presencian la escena en silencio.



Danilo: ¿Entonces, usted…? (Voltea a ver a Marissa) ¿Él es su esposo, señora? ¿Este es el tipejo que nos abandonó por usted?

Marissa: (asentando con la cabeza) Sí, Danilo, pero jamás estuve enterada de nada. Yo también fui víctima de los engaños de ese hombre y de las intrigas de tu madre.

Danilo mira con indignación y reproche a sus padres.

Marissa: Yo no tenía la más remota idea de que el hombre con el que estuve casada poco más de veinticuatro años tenía otra familia.

Danilo: ¿Familia? ¿Qué familia, señora? Este señor nunca ha sido parte de nuestra familia.

Cecilia: (afligida) Danilo, tu padre siempre veló por nosotros.

Danilo: ¿Y cómo? ¿Con sus cartas? Porque fueron pocas las llamadas que se dignó a hacernos, nunca vimos una foto suya y pensar que siempre estuvo tan cerca de nosotros en la hacienda como socio de don Eduardo.

Cecilia: Era la única manera que teníamos, hijo. No teníamos otra opción.

Danilo: Deja de justificarlo. Tú siempre lo supiste todo y estuviste de acuerdo. Eres la menos indicada para hablar.

Luis Enrique: La idea de todo fue mía. No culpes a tu madre. Yo le aseguré que casándome con Marissa íbamos a tener un mejor futuro. Ella era mi boleto a la vida con la que siempre soñé y lo que necesitaba para darles a ustedes la vida que se merecían.

Danilo: ¿Qué vida, señor? Lo único que recibimos de usted todos estos años fueron sobras. Mi mamá siempre ha trabajado para los Román y yo desde muy joven también tuve entrarle a la chamba. Hasta Milena tuvo que renunciar a la universidad para echarnos la mano y no morirnos de hambre.

Luis Enrique: Créeme que lo lamento demasiado. Mi plan era enriquecerme lo suficiente para después acercarme a ustedes, ganarme su cariño, su respeto y confesarles la verdad cuando estuvieran preparados.

Danilo: (sollozo) Pues de nada le sirvió su dichoso plan. Yo hubiera preferido que hubiera estado con nosotros desde un principio, así, sin riquezas ni nada. Total, nunca las tuvimos. Hemos sido unos muertos de hambre a los que siempre han humillado.

Luis Enrique: Me duele en el alma escuchar eso. Es lo que siempre quise evitar.

Luis Enrique se acerca sumamente afligido a Danilo.

Luis Enrique: Aunque no lo me crean ni Milena ni tú, siempre los he tenido presentes y fue duro para mí no verlos crecer ni compartir con ustedes (Toma el rostro de Danilo entre sus manos). Ustedes son mis hijos, los amo y eso… (Quiebra la voz) Eso nada lo va a cambiar,

Cecilia rompe a llorar. Danilo endurece la mirada y aparta con brusquedad las manos de Luis Enrique para luego alejarse de él.

Danilo: Lo mejor es que se vaya.

Luis Enrique: Danilo, hijo…

Danilo: (furioso) ¡No me llame así! Quiero que se vaya y que no se acerque ni a Milena ni a mí. Usted no tiene ningún a estar aquí presente

Danilo derrama varias lágrimas discretas con el rostro endurecido. Luis Enrique, por su parte, tampoco puede dejar de derramar lágrimas sintiéndose muy dolido por aquel inminente, pero a la vez esperado rechazo, por lo que asiente con la cabeza.

Luis Enrique: Está bien. Me iré, pero espero que algún día tú y tu hermana puedan perdonarme. De corazón se los pido.

Cecilia: (llorando) Tú no tienes que irte, Luis Enrique. Tú también tienes que estar aquí al pendiente de tu hija.

Danilo: Pues si quieres estar cerca de él, váyanse juntos. Milena y yo no los necesitamos.

Cecilia: ¡Danilo, ya basta!

Danilo: ¡Basta te digo yo a ti! ¿Qué pretendes? (Gritando) Que me quede muy campante echando risas con este hombre. Lo quiero lejos de mi hermana y de mí.

Una enfermera interviene ante el escándalo.

Enfermera: Recuerden que están en un hospital. Les pido silencio, por favor o me veré obligada a pedirles que se retiren.

Luis Enrique: Discúlpenos. Yo seré el que me retire y lo haré de inmediato.

Cecilia: (lo toma de un brazo) Luis Enrique…

Luis Enrique: Déjame, Cecilia. No voy a contender con Danilo. Mantenme informado de lo que pase con Milena.

Luis Enrique se retira del hospital y en camino a la salida cruza miradas con Marissa y con Pablo. Danilo, muy consternado, se sienta en unas de las sillas y se pasa las manos por el rostro.

Marissa: Pablo. Espérame aquí. Enseguida regreso.

Pablo: (extrañado) ¿A dónde vas?

Marissa: Luego te cuento. No me tardo. Quédate con Danilo y dale ánimos. No está pasando por un buen momento.

Pablo: Está bien. Aquí te espero.

Marissa sale apresurada del hospital. Pablo se sienta al lado de Danilo y pone su mano sobre el hombre de él. Cecilia, por su parte, mira con suspicacia el hecho de haber visto salir a Marissa.

EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / NOCHE

Las calles de Villa Encantada están desoladas. Luis Enrique camina a las afueras del hospital y se dirige a su auto, pero se recuesta sobre la puerta, se retira los lentes y rompe a llorar amargamente. Marissa se acerca desde atrás.



Marissa: Luis Enrique…

Luis Enrique se da sorprendido la vuelta y la mira a la defensiva.

Luis Enrique: ¿Qué quieres?

Marissa: Vine a decirte que a pesar de todo lo que ha pasado entre nosotros, siento mucho lo que te pasa.

Luis Enrique: No necesito tu compasión. Yo sé muy bien que casarme contigo fue el peor error que pude haber cometido y ahora lo estoy pagando, así que ahórrate tus sermones.

Marissa: Tú eres el que lo ha dicho, no yo. Tan solo quería darte un poco de alientos porque sé que no es fácil y te pido que entiendas a tus hijos. Para ellos tampoco lo es.

Luis Enrique: ¿Tú crees que yo no lo sé?

Marissa: Entonces, si lo sabes, dales tiempo. Creo que estás muy consciente del daño que has provocado y si de alguna forma quieres redimirte, empieza por obrar bien y demuéstrales lo arrepentido que estás.

Luis Enrique: Ellos nunca me van a perdonar por más que les demuestre mi arrepentimiento. Milena tuvo ese accidente por mi culpa porque nos descubrió y se enteró también de la verdad.

Marissa: Fue un accidente. Es algo que a cualquiera se le saldría las manos y más después de haber discutido con ustedes, pero tengamos fe en que se pondrá bien y se recuperará.

Luis Enrique: ¿Cómo estás tan segura?

Marissa: No es que lo esté. Tan solo tengamos fe y cuando todo esto pase, trata de acercarte a ellos. Danilo y Milena son buenos muchachos y si de algo estoy segura es que con el tiempo te perdonarán. Vas a ver.

Luis Enrique: (limpiándose las lágrimas) Nada me haría más feliz que eso. Después de todo, son mis hijos y ya estuve lejos de ellos mucho tiempo.

Marissa: Lo sé. Puedo ver lo mucho que los quieres y eso es lo importante, aunque hayas cometido mil y un errores. Todavía no es tarde y antes de olvidarlo, hay algo más que quiero decirte.

Luis Enrique: ¿De qué se trata?

Marissa: Voy a ofrecerle trabajo a Danilo como mi asistente y me voy a encargar de pagar los estudios universitarios de Milena.

Luis Enrique: (incrédulo) ¿Tú? ¿Por qué harías algo como eso por mis hijos?

Marissa: Creo que es lo mínimo que puedo hacer por ellos después de lo mucho que nos ayudaron a Pablo y a mí. Danilo, además, me salvó la vida la noche del accidente y quisiera retribuirlos de alguna manera.

Luis Enrique: Está bien. Si piensas hacerlo, no pienso interponerme ni apartarte de ellos. Creo que, además, sería inútil. Ellos te aprecian y no quiero más contiendas.

Marissa: Es mejor evitarlas de ahora adelante. Ya hemos pasado por mucho sufrimiento y dolor, y bueno. Me retiro. Voy a acompañar a Pablo y a Danilo mientras nos dan alguna noticia de Milena. Buenas noches.

Marissa se da la vuelta para adentrarse de nuevo al hospital. Luis Enrique la llama.

Luis Enrique: ¡Marissa!

Marissa se da la vuelta.

Luis Enrique: Mis hijos no son los únicos a los que les debo pedir perdón. A ti también. Tú eres una buena mujer y solo te hice sufrir por años, y también me arrepiento de ello.

Marissa: Te juro que desde hace un tiempo he tratado de perdonarte, mucho antes de que tú me lo pidieras y lo he logrado, Luis Enrique. Quédate tranquilo.

Luis Enrique: ¿Me permitirías entonces darte un abrazo y cerrar los odios de una vez por todas?

Marissa esboza una sonrisa y asiente con la cabeza. Quienes fueran esposos unos meses atrás se unen en un abrazo de perdón o eso es lo que parece. Luis Enrique cierra fuerte los ojos, abrazándose a ella y derrama un par de lágrimas.

Luis Enrique: Cómo lamento no haberme podido enamorar de ti ni haber sido sincero contigo desde un principio, tú que siempre me cuidaste y me brindaste lo mejor.

Marissa: (apartándose) Ya es tarde para los hubiera. Hay que vivir el presente por lo que nos reste de vida y eso es justo lo que tú debes hacer de ahora en adelante.

Luis Enrique: Tienes toda la razón. Gracias.

Marissa se adentra de nuevo al hospital sin percatarse de que a lo lejos eran observados por Cecilia, quien luce desconcertada ante lo que acaba de presenciar, por lo que se retira de allí.



Luis Enrique: Tal vez no sea tan tarde, Marissa. Tal vez no sea tan tarde para recuperarte. Después de todo, sigues siendo mi esposa.

Pronto la mirada afligida del hombre, endurece un poco, como si tuviese algo en mente.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / AL DÍA SIGUIENTE



Es un nuevo día en el pueblo. La luz del sol penetra las cortinas de la habitación. Eduardo comienza a despertar con un profundo dolor de cabeza y no se ha dado cuenta que está desnudo junto a Carolina, quien duerme y también se encuentra ligera de ropa.



Eduardo: Argh… Me duele la cabeza… ¿Qué? ¿Qué me pasó?

Eduardo se pasa las manos por el rostro, sumamente aturdido y se recuesta. Carolina despierta y cubriéndose el busto con la sábana, sonríe y le frota la espalda.

Carolina: Buenos días.

Eduardo voltea a ver sorprendido y desconcertado echándose para atrás.

Eduardo: C.... Caro... Carolina...

Carolina: ¿Cómo dormiste después de la noche tan espectacular que tuvimos, ah?

Eduardo: ¿Qué fue lo que pasó entre tú y yo?

Carolina: (esboza su sonrisa) ¿No lo recuerdas?

Eduardo: ¿Cómo preguntas eso? Por supuesto que no lo recuerdo.

Eduardo se levanta exaltado de la cama cubriéndose con otra de las sábanas del torso para abajo.

Eduardo: Explícame inmediatamente qué haces en mi cama y por qué estamos desnudos los dos.

Carolina: Eduardo…

Eduardo: ¡Explícame, no entiendo nada! ¿Qué pasó?

Carolina: Es difícil de explicar algo como esto. ¿Cómo quieres que lo haga?

Eduardo: No lo sé. Solo habla. Tú y yo estábamos cenando anoche en el restaurante y nos tomamos un par de copas de vino. De ahí en adelante no recuerdo nada más. ¿Qué sucedió?

Carolina se siente incapaz de hablar. Eduardo se exalta aún más y él la toma del brazo con cierta brusquedad.

Eduardo: ¡Carolina, estoy esperando una explicación!

Carolina: (soltándose) ¡No me hagas sentir como una estúpida! Tú bien debes imaginarte lo que pasó. No somos unos niños.

Eduardo: ¡Es imposible! ¡Yo estaba completamente sobrio! Perdí el conocimiento y no recuerdo nada (Desesperado) Por favor, dime qué no es lo que estoy pensando. Dímelo, por favor.

Carolina: Pues sí, Eduardo. Pasó exactamente lo que estás pensando. Estuvimos juntos. Hicimos el amor.

Eduardo siente cómo aquellas palabras le caen como un baldado de agua frío y se da la vuelta pasándose la mano por el cabello aún más desconcertado.

Carolina: Ya te dije lo que querías escuchar. ¿Estás contento?

Eduardo: No puede ser. Yo no habría podido. Estaba en mis cinco sentidos y no tomé casi nada de alcohol. Tú estabas ahí conmigo.

Carolina: (fingiendo indignación) ¿Y qué insinúas? ¿Qué acaso yo te obligué o hice algo para que te acostaras conmigo?

Eduardo: ¡No lo sé, carajo! Esto es muy extraño. Tú y yo somos amigos. Anoche conversamos de ello y ahora amanezco aquí contigo, desnudos, en mi cama. No sé ni qué pensar.

Carolina: Pues anoche no pensaste en eso. En cuanto llegamos, nos desvestimos y… pasó.

Eduardo: (gritando) ¿Cómo tengo la certeza si no puedo siquiera recordarlo? ¿Cómo?

Carolina: Yo tampoco lo sé. De un momento a otro, te empecé a ver somnoliento, muy cansado…

Eduardo comienza a imaginarse lo que ella le relata como si fueran recuerdos auténticos.

Carolina: Te pregunté si estabas bien, pero me tomaste de la mano, me sonreíste y me preguntaste si me importaba llevarte a casa, así que eso hice…

Eduardo sigue imaginando todo tal cual en escenas confusas y distorsionadas.

Carolina: Llegamos. Tarcisio te ayudó a subir porque no podías sostenerte en pie y aquí en la habitación, cuando iba a retirarte, te pregunté si querías darte un baño. Me dijiste que sí y cuando estaba ayudando a desvestirte, me besaste…

Eduardo se imagina de pie, sin camisa y con los pantalones desabrochados frente a Carolina, a la cual toma la iniciativa de besar. Ella se aparta sorprendida y confundida.

Carolina: Te pregunté qué ocurría y por qué lo hacías, pero insististe y, aunque no entendía nada, al final yo… (Hace una pausa y solloza) Al final, yo cedí, no pude contenerme…

Eduardo se imagina la escena de ellos dos, besándose apasionadamente y tumbándose sobre la cama.

Carolina: ¿Cómo iba a hacerlo más teniendo en cuenta lo que siento por ti?

Eduardo deja de imaginarse todo lo que Carolina acaba de relatarle. Luce perturbado e ido sin poder asumir el cómo supuestamente ocurrieron las cosas.

Carolina: Yo te amo, Eduardo y anoche… Anoche tuve la oportunidad de sentirme amada en tus brazos, algo que siempre esperé, aalgo que siempre deseé…

Eduardo: Algo que fue un error, Carolina.

Carolina mira sorprendida y entre lágrimas al hombre.

Eduardo: Tú sabes muy bien que lo que yo siento por ti solo se limita a un aprecio, a una amistad.

Carolina: Pensé por un momento que tal vez tú yo…

Eduardo: Pensaste mal. Esto es difícil para mí porque no logro recordar ni la más mínima parte de lo que acabas de contarme. No sé por qué lo hice, pero sí sé que un gran error de los dos.

Carolina: Qué poco hombre eres. ¿Venir a echarme la culpa a mí también de tu calentura? ¿Cómo puedes ser tan patán, Eduardo? (Le tira las almohadas de la cama).

Eduardo: ¡Cálmate y entiende, por favor!

Carolina se levanta y se cubre el cuerpo con una de las sábanas.

Carolina: ¿Entender qué? ¿Qué sólo sentiste ganas y quisiste desfogarte conmigo? ¡Me usaste!

Eduardo: (desesperado) ¿Qué quieres que haga si no lo recuerdo? No sé qué pasó por mi cabeza. No sé nada. Es lo que quiero que entiendas.

Carolina: ¿Quién me garantiza que esto no es un show patético de tu parte para lavarte las manos y pretender que nada pasó?

Eduardo: ¡Carolina, por Dios! Me conoces desde hace casi veinte años. ¿Cómo me consideras capaz de algo así?

Carolina: Sí, te conozco desde que éramos jóvenes, pero con esto que pasó me demuestras que en realidad no eres quien pensaba. Me duele en el alma que algo tan especial lo rebajes a un error (Rompe a llorar).

Eduardo: Entonces, ¿qué quieres que haga? No puedo responsabilizarme de algo que simplemente no está en mi cabeza.

Carolina: Muy bien. Entonces no tiene caso que sigamos con esta conversación. Te perdoné una vez cuando me humillaste pidiéndome que me encargara de los preparativos de tu boda con Marissa, pero esta vez… Esta vez no, Eduardo. Olvídate de que fuimos amigos.

Carolina mira indignada a Eduardo, alcanza su ropa del piso y entra al baño para vestirse. Ha fingido muy bien para culpabilizar a Eduardo, quien se recuesta sobre un buró y suelta un largo suspiro.

Eduardo: Primero Lisa y ahora esto. ¿Qué voy a hacer? Marissa no se puede enterar.

Eduardo se queda pensativo y se toca adolorido la cabeza.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, COMEDOR / DÍA



Epifanio se encuentra sentado en la cabecera del comedor, sin embargo, no ha sido capaz de probar bocado.



Epifanio: Desgraciada, Cruz. Tengo que encontrarla para que me explique el disparate que me dejó escrito antes de irse. Helena no pudo haberme mentido. Me aseguró que Lisa es mi hija. No puede ser del imbécil de Eduardo Román. ¡No puede!

Epifanio golpea levemente la mesa con un puño de tan solo pensar en esa posibilidad. Una empleada doméstica hace aparición en ese momento.

Empleada: Disculpe, don Epifanio. Veo que tiene el desayuno tal cual se lo serví. ¿Va a comer?

Epifanio: No, no tengo hambre. Retíralo. Igual, ya me voy. Debo hacer un viaje de negocios a Ciudad de México, así que dile a Carolina que regreso luego.

Empleada: Claro que sí. Yo le digo. Ah, y a propósito.

La empleada saca del bolsillo de su uniforme un pendrive y se lo entrega al hombre.

Empleada: Esto es para usted.

Epifanio: (extrañado) ¿Esto? ¿Para mí? ¿Quién me lo trajo?

Empleada: Doña Cruz me pidió el favor anoche de que se lo entregara hoy temprano.

Epifanio se sorprende al escuchar a la empleada y mira desconcertado el pendrive.

Epifanio: Está bien. Termina de retirar todo esto.

El chofer también irrumpe en el comedor mientras la empleada mientras la empleada comienza a retirar el desayuno.

Chofer: Buenos días, don Epifanio. El coche está listo. Podemos irnos ya.

Epifanio: (poniéndose) Muy bien, vámonos. Cuando lleguemos, necesito que me consigas un computador portátil cuanto antes. ¿Entendido? Es urgente.

Chofer: Como mande.

Epifanio sale acompañado del chofer.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / BODEGA ABANDONADA / DIA


María Helena se encuentra amarrada a una silla en el interior de lo que parece ser una bodega abandonada a la que apenas penetra la luz del sol por la rendija de una pequeña ventana. La muchacha poco a poco comienza a despertar y abre los ojos, sintiéndose aturdida.



María Helena: ¿Dónde estoy? (Mira a su alrededor) ¿Qué lugar es este?

María Helena se percata de que está amarrada a la silla y aunque intenta movilizarse, es inútil.

María Helena: (atemorizada) ¡Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Cómo llegué yo aquí? (Intenta soltarse) ¡Auxilio! ¿Hay alguien ahí? ¡Necesito que me ayude alguien, por favor!

De repente, de entre la penumbra, viene caminando alguien. María Helena deja de pedir ayuda y voltea a ver muy asustada. Es El Alma en Pena, usando su típico y llamativo disfraz. Es de recordar que habla con la voz un tanto masculina y distorsionada.



El Alma en Pena: María Helena Quintana… Un placer…

María Helena: (en un hilo de voz) ¿Quién eres tú?

El Alma en Pena guarda silencio y camina alrededor de la muchacha, poniéndola más nerviosa.

María Helena: Dime algo, por favor. ¿Quién eres? ¿Por qué me trajiste a este lugar?

El Alma en Pena: Cuando te vi anoche en el hospital, fue una sorpresa darme cuenta que hay un doble de la mocosa más detestable y perversa que ha podido nacer, pero no sabía si era una sorpresa grata o desagradable y sigo sin saberlo.

María Helena: ¿De qué estás hablando? No entiendo nada (Rompe a llorar).

El Alma en Pena: Lo sé. Toda tu vida has vivido engañada. Es normal que no entiendas.

María Helena: ¿Por qué haces esto? Yo no tengo dinero. No vengo de una familia rica como para pedir un rescate por mí si es para eso que me secuestraste.

El Alma en Pena: Claro que no, idiota. El dinero es lo que menos me interesa y si te tengo aquí, es para que abras los ojos. Vas a agradecérmelo.

María Helena: ¡Ya, por favor! ¡Para! Mi mamá está en el hospital muy enferma. Debe necesitarme. Por favor, déjame ir

El Alma en Pena: ¿Martha Quintana? (Ríe entre dientes) Esa mujer no es tu madre.

María Helena: (sorprendida) ¿Qué?

Detrás de María Helena, hay un proyector de video conectado a un computador portátil, el cual, es encendido por El Alma en Pena. El aparato comienza a proyectar frente a la muchacha una serie de fotografías de la familia Román como si de una película en el cine se tratara.

El Alma en Pena: Estos que ves aquí son los Román, una de las familias más acaudaladas y respetadas de Villa Encantada.

María Helena: ¿Por qué me muestras esto? ¿Qué tienen que ver ellos conmigo?

El Alma en Pena: Muchísimo. Los Román son tu verdadera familia y esta aquí (Proyecta una imagen de Lisa en específico) es tu hermana…



María Helena siente que los latidos de su corazón aumentan y abre los ojos un poco más de lo normal. Ve frente a ella una foto de Lisa y se ve a sí misma en aquella foto, con otra ropa y gestos, pero, al fin y al cabo, ella.

María Helena: (negando con la cabeza) No… No puede ser. Debe ser mentira. Debo estar teniendo una pesadilla…

El Alma en Pena: Ninguna pesadilla, querida. Es la verdad.

María Helena: (desesperada) ¡Es que no puede ser! Yo no tengo otra familia. No tengo una hermana. Mi única familia siempre ha sido mi mamá. ¡Todo lo que me estás mostrando es una farsa!

El Alma en Pena: Yo tampoco lo entendía al principio, pero estuve hurgando anoche entre las cosas de tu supuesta madre y encontré mucho material que de seguro te va a interesar.

El Alma en Pena tira al piso un sobre.

María Helena: ¡No me interesa! ¡No me importa nada de lo que tengas para decir! ¡Suéltame ya y déjame ir! ¡No me digas nada más! (Retorciéndose en la silla).

El Alma en Pena pierda la paciencia y le lanza una cachetada a María Helena. Ella grita adolorida y acto seguido el misterioso sujeto la toma con brusquedad del mentón,

El Alma en Pena: ¡Escúchame muy bien, mocosa! Más te vale no hacerme perder la paciencia. Vas a tener que poner los pies sobre la tierra y dejar de actuar como una niña inmadura porque esto es sumamente importante y te conviene. ¿Entendido?

María Helena mira entre lágrimas la aterradora máscara sin decir nada.

El Alma en Pena: ¡Te pregunté que si entendiste!

María Helena asiente con la cabeza sin más opción. El Alma en Pena la suelta y se aleja unos cuantos pasos.

El Alma en Pena: En esos documentos que encontré vas a encontrar información muy valiosa sobre tu verdadero origen, cosas que tú has desconocido por años, pero no seré yo quien te las digas.

El Alma en Pena desata de los brazos a María Helena usando una navaja para romper la soga.

El Alma en Pena: Voy a soltarte para que tú misma leas con tus propios ojos esa información y volveré en la noche para que continuemos con nuestra plática. Tendrás suficiente tiempo para que te desahogues, llores y hagas todo lo que quieras. Total, de acá no puedes escapar.

El Alma en Pena se retira de allí. María Helena, con sus brazos libres, mira aquel sobre con suspicacia y no puede evitar que lágrimas sigan cayendo de sus ojos.

VILLA ENCANTADA



INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA

Danilo se ha quedado dormido en una de las sillas de la sala de espera y Marissa se sienta a su lado con un vaso desechable de café entre sus manos.



Marissa: Danilo… Danilo, despierta (Pone su mano sobre el hombro de él).

Danilo: (reaccionado) Ah… ¿Qué…? ¿Qué pasó? ¿Hay noticias de mi hermana?

Marissa: Desafortunadamente, no. Todavía estamos a la expectativa de lo que nos diga el doctor, aunque logré hablar con una enfermera y me dijo que la sometieron a una cirugía.

Danilo: Espero que haya salido bien.

Marissa: Ojalá que sí. Ten. Te traje algo de café.

Danilo: (recibiéndolo) Gracias. ¿Y Pablo?

Marissa: Está en el baño, pero ya debe estar por regresar. El pobre también ha estado esperando toda la noche. Quiere muchísimo a tu hermana.

Danilo: Sí. Él me lo había dicho (Bebe un sorbo del café). Hasta hacen buena pareja. Me gustaría reteharto que se dieran una oportunidad, pero lejos de…

Marissa: ¿De tus padres?

Danilo: (asentando) Sí. Yo sé muy bien que harían lo posible para separarlos. Si bien, mi jefa no estuvo muy contenta cuando se dio cuenta de lo que yo sentía por usted, ahora no me imagino si se entera de que Milena y Pablo quieren estar juntos.

Marissa: Con el tiempo ella se resignará y entenderá cuando vea que, si no cambia sus actitudes, terminará sola y no únicamente ella. Luis Enrique también.

Danilo: Ni lo mencione. No quiero saber nada de ese tipo.

Marissa: Es tu padre, Danilo. El lazo que los une es algo que nunca va a cambiar.

Danilo: Pues mejor que se mantenga alejado de nosotros. No me interesa tener ningún contacto con una persona tan vil. Ya estoy harto de tantas mentiras y decepciones.

Marissa: (baja la cabeza) Supongo que eso también lo dices por mí.

Danilo: Usted lo acaba de decir. Mi hermana es la única razón por la que sigo en esa hacienda y ya también estoy hasta las narices de ese imbécil de Tarcisio, pero no puedo dejarla sola.

Marissa: (pensativa) Danilo, he pensado en hacerte una propuesta que tal vez te interese.

Danilo: (extrañado) ¿Qué clase de propuesta?

Marissa: He pensado que necesitaré un asistente personal que me ayude ahora que estaré a cargo de los negocios y de la fundación a mi nombre, y pensé que un excelente candidato para el trabajo podrías ser tú.

Danilo: (riendo incrédulo) Chale, señora. ¿Yo de asistente personal? Perdóneme, pero debe estar usted delirando.

Marissa: (sonriendo) ¡Claro! ¿Por qué no? Tú eres un muchacho muy inteligente y cualificado (Lo toma de las manos). Yo sé que aprenderías rápido, además, es una forma de retribuirte por todo lo que hiciste por mí.

Danilo: Es que no me lo termino de creer. Yo si apenas terminé la prepa. Yo no estoy tan preparado como otros chavos que harían mejor ese trabajo.

Marissa: Con que hayas terminado la preparatoria es más que suficiente. Tú ya sabes conducir y lo que tendrías que hacer es muy básico. Tan solo organizar mi agenda, convenir citas con socios, en fin. Tú serías mi mano derecha.

Danilo: (indeciso) No sé, señora. No quiero comprometerme con usted en algo tan grande sin saber si voy a ser capaz.

Marissa: Por supuesto que vas a ser capaz. Es una gran oportunidad para ti y así no tendrías que seguir trabajando en la hacienda donde no te sientes cómodo.

Danilo mira fijamente a Marissa de una forma especial y no puede corresponder la cálida sonrisa que ella le brinda, por lo que asiente con la cabeza.

Danilo: Está bien, señora. Le voy a entrar a la chamba.

Marissa: (contenta) ¡Ay, qué bueno! Es la mejor decisión que has podido tomar. Estoy segura que no te vas a arrepentir.

Danilo: Yo sé que no. Con usted nunca me arrepentiría de nada. Muchas gracias.

Marissa: Es con todo mi aprecio. Eres un gran muchacho y te lo mereces.

Danilo: ¿Me permitiría al menos darle un abrazo de agradecimiento?

Marissa: (sonriéndole) Claro que sí.

Marissa y Danilo se unen en un fuerte abrazo. Ella lo hace forma fraternal, aunque él a sus espaldas, cierra los ojos y la siente por aquellos segundos que quisiera que fueran eternos. Cecilia hace aparición en ese momento y, al verlos, no dude en ir hacia ellos e interrumpirlos, jalando a Marissa fuertemente del cabello.



Cecilia: (furiosa) ¡Esto sí que no te lo permito, maldita mojigata!

Marissa: (adolorida) ¡Argh!

Danilo: (sorprendido) ¡Mamá! ¿Qué te pasa?

Cecilia: (histérica) ¿Qué te pasa a ti abrazando a esta mujerzuela?

Danilo: ¿Qué tiene de malo? No tienes por qué ponerte así.

Cecilia: ¿Cómo me puedes decir eso? ¿Cuándo vas a entender que ella solo quiere vernos infelices y no te conviene?

Marissa: ¿Quién lo dice? ¿Tú que le ocultaste a tus hijos quién es su padre y lo has hecho sufrir con tu comportamiento? Eres la menos indicada para decir algo así.

Cecilia: ¡Tú no te metas! ¡Contigo no estoy hablando!

Marissa: Pues sí me meto porque fue mí a quien atacaste a traición y qué bajo de tu parte, pero qué más se puede esperar de ti.

Cecilia: ¿Te crees muy superior a mí?

Marissa: Dímelo tú. Yo por lo menos ciertamente sí soy una dama y no ando repartiendo golpes a diestra y siniestra.

Cecilia: ¡Ay, por favor! Déjate de hipocresías y de doble moral que ya me sé tu jueguito.

Marissa y Danilo la miran desconcertados.

Cecilia: Yo sé muy bien lo que buscas. ¿Crees que no me he dado cuenta?

Marissa: Sea lo que sea, no me extrañaría que sea una patraña de tu parte o uno más de tus delirios sobre mí para hacerte la víctima y ponerme a mí como la victimaria.

Cecilia: Ni lo uno ni lo otro. Te vi abrazada con mi hijo de la misma manera en que estabas abrazando anoche a Luis Enrique a las afueras del hospital. ¿Crees que no los vi?

Marissa: Sí, nos abrazamos de una forma totalmente opuesta a la que tu pervertida mente cree. Fue un abrazo de perdón y de consuelo porque para él tampoco ha sido fácil esta situación.

Cecilia: ¡Hipócrita! ¿Por qué no admites que quieres recuperarlo y que no conforme con eso te quieres enredar con mi hijo como una perra en celo?

Marissa: ¡Óyeme, no te permito que...!

Cecilia no la dejar terminar y no duda en lanzarle una fuerte bofetada. Danilo abre los ojos impactado y Marissa se vuelve el rostro. Pablo hace aparición en ese momento y se desconcierta al ver el espectáculo.



Cecilia: ¿Qué no me vas a permitir, infeliz? A ver. ¡Dime!

Marissa: (furiosa) ¡Estás completamente loca!

Cecilia: ¡Sí y puedo ser peor por defender a los míos! ¿Me escuchaste? Ya va siendo hora de que te ponga en tu sitio, malnacida.

Cecilia, fuera de sí, no para allí y vuelve a jalar del cabello a su enemiga para sacarla a la fuerza del hospital. Marissa grita adolorida ante la mirada sorprendida de las personas alrededor.

Pablo: (preocupado) ¡Mamá!

Danilo: (interponiéndose) ¿Qué te pasa, mamá? ¡Basta! ¡Detente!

Cecilia: ¡Tú no te metas en esto, Danilo! ¡Voy a darle su merecido de una vez por todas a esta mojigata de mierda!

Pablo: ¡Tenemos que separarlas! No podemos dejar que se peleen así.

Los dos muchachos salen tras ellas, pero se detienen al escuchar a un doctor que hace aparición en la sala de espera.

Doctor: ¿Familiares de Milena Galván? (Ambos voltean a ver).

Danilo: Yo, yo soy su hermano, pero ahorita…

Pablo: Tú ve a separarlas, Danilo. Yo me quedo a cargo de lo que tenga que decir el doctor.

Danilo mira indeciso al doctor y hacia la dirección en la que Cecilia se ha llevado a Marissa, por lo que asiente con la cabeza.

Danilo: Va. Enseguida vuelvo. Cuéntame todo con detalles.

Pablo: Está bien y por fa, sepáralas antes de que tu mamá le haga algo a la mía.

Danilo sale corriendo del hospital. Pablo se dirige al doctor.

Pablo: Disculpe usted, doctor. Tuvimos un altercado. Dígame como está Milena. Yo soy su mejor amigo.

Doctor: No se preocupe, joven. La paciente ya se encuentra fuera de peligro. Tuvimos algunas complicaciones durante la cirugía, pero logramos estabilizarla.

Pablo: (aliviado) ¡Qué bueno! Por fin nos dicen algo. Estuvimos toda la noche en vela esperando alguna noticia.

Doctor: Todavía no termino.

Pablo: (extrañado) ¿Cómo? ¿Todavía hay más?

Doctor: Verá usted. El impacto del golpe que sufrió la paciente afectó su columna. Estuvimos haciendo lo posible, pero hay un daño severo que la va a imposibilitar de poder caminar.

Pablo siente un vacío en el pecho al escuchar al médico.

Doctor: La paciente tendrá que usar silla de ruedas.

Pronto aquel alivio momentáneo se convierte en tristeza. Pablo no puede evitar que se le forme un nudo en la garganta y derrama un par de lágrimas.

Pablo: No puede ser… Mi Milena…

EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / DÍA

Entretanto, a las afueras del hospital, Cecilia lanza al piso a Marissa justo en un charco de lodo y, sin darse a la espera, se abalanza sobre ella para lanzarle una cachetada tras otra. Las personas que van pasando miran asombradas.



Cecilia: ¡Toma esto, desgraciada! ¡Toma! (Cacheteándola sin parar).

Marissa no se queda en quietud y jala del cabello a Cecilia. Ésta hace lo mismo y pronto ambas mujeres se enzarzan en una brutal pelea que llama la atención de las personas.

Marissa: No quería llegar a esto, pero tú me provocaste.

Las dos dan vueltas en la carretera jalándose del cabello entre sí y se cubren de lodo. Cecilia incluso chilla como si de un animal salvaje se tratara. En un momento dado ésta toma ventaja y aún en el piso, comienza a ahorcar a Marissa.

Cecilia: ¡Perra infeliz! ¡No permitiré que me quites a mi hombre y a mi hijo! ¡Voy a matarte!

Marissa intenta quitarse las manos de Cecilia de su cuello, pero le es difícil.

Marissa: (en un hilo de voz) De… Déjame…

Cecilia: ¿Dejarte? ¡Claro que no! Voy a acabar contigo de una vez por todas para que no andes de zorra.

Marissa no ve más opción y se defiende con sus uñas, enterrándolas en el cuello de Cecilia. Ésta grita adolorida, pero contrario a detenerse, sigue ahorcando a Marissa. Las personas, en vez de ayudar, solo abuchean y se han formado alrededor de ambas mujeres, mirando de manera curiosa lo que ocurre. Marissa ve una roca a su lado y estira el brazo para alcanzarla con gran dificultad, por lo que, sin darse a la espera, golpea en el rostro a Cecilia y logra quitársela de encima.



Danilo: (interponiéndose en la multitud) Permiso, permiso. ¡Abran paso!

Marissa se recuesta en el piso, cubierta por completo de lodo y tose compulsivamente. Cecilia, quien también está cubierta, ha quedado mareada del golpe que recibió y puede verse una prominente herida en su frente sangrando. Danilo hace aparición en ese momento.

Danilo: (preocupado) ¡Mamá! (Ayuda a levantarla del piso) ¿Estás bien?

Cecilia: Sí. Estoy bien. ¡Déjame!

Cecilia se aparta con brusquedad de su hijo, quien luego se dirige a ayudar a Marissa. Ésta sigue tosiendo.

Cecilia: ¡Óiganme todos! ¡Esta mujer que ven aquí es una intrusa en Villa Encantada!

Todas las miradas de los habitantes del pueblo se posan sobre Marissa, quien se siente intimidada. Cecilia le apunta con el dedo índice.

Cecilia: ¡Ha venido a robarnos a nuestros hombres la muy perra! (Todos murmuran) ¡Ella me quitó mi hogar! ¡Me quiere robar a mi marido y no conforme con eso anda engatusando a mi hijo!

Danilo: (muy molesto) ¡Mamá! ¡Cállate! ¡Eso no es cierto!

Cecilia: ¡Escuchen! Incluso ha puesto a mi hijo en mi contra (Llorando a viva voz) Tenemos que desterrarla de nuestro pueblo.

Cecilia agarra una piedra del piso y la alza hacia arriba.

Cecilia: Ayúdenme y saquémosla a patadas de aquí para que no regrese nunca más. ¡Hay que deshacernos de esta devorahombres!

Todas las personas acusan con la mirada a Marissa y comienzan a abuchearla. Hay incluso quienes siguen el llamado de Cecilia y agarran piedras del piso. Marissa mira aterrada y Danilo la protege.

CONTINUARÁ…

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