Capítulo 23: El asesinato de Helena

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / DEPARTAMENTO, DESPACHO / DÍA

Epifanio está sentado al frente de un escritorio sobre el cual hay un computador portátil. Con duda e indecisión, el hombre mira el pendrive que su empleada le entregó en la mañana antes de salir de viaje.



FLASHBACK

Empleada: Claro que sí. Yo le digo. Ah, y a propósito.

La empleada saca del bolsillo de su uniforme un pendrive y se lo entrega al hombre.

Empleada: Esto es para usted.

Epifanio: (extrañado) ¿Esto? ¿Para mí? ¿Quién me lo trajo?

Empleada: Doña Cruz me pidió el favor anoche de que se lo entregara hoy temprano.

FIN DEL FLASHBACK

Epifanio deja de recordar al verse interrumpido por su chofer, quien toca la puerta que estaba entreabierta.

Chofer: Disculpe, don Epifanio.

Epifanio: (pensativo) Dime.

Chofer: Venía para notificarle que acaban de llegar.

Epifanio: Está bien. Diles que la hagan pasar. Voy a esperarle aquí en mi despacho.

Chofer: Claro que sí. Con permiso.

El chofer se retira. Epifanio mira de nuevo el pendrive y tiene otro recuerdo de la noche anterior.

FLASHBACK

Epifanio: (leyendo) Lisa Román no es su hija en verdad. Helena lo engañó.

Epifanio abre los ojos como platos y se exalta al leer aquellas líneas.

Cruz: (voz en off) El verdadero padre de Lisa siempre ha sido y será Eduardo Román, tal como todos piensan y si necesita pruebas, mañana mismo las recibirá, pero le advierto… Descubrirá cosas muy turbias que estaba mejor sin saber.

FIN DEL FLASHBACK

Epifanio: (suspirando) No puedo más. La duda me está carcomiendo. Tengo que confirmarlo, sea o no mentira de la imbécil de Cruz.

Epifanio, sin más dudas, conecta el pendrive a uno de los puertos del computador portátil. Pronto, en la pantalla se abre una carpeta con un video únicamente.

Epifanio: (extrañado) ¿Un video? ¿Qué significa esto?

El hombre hace doble clic sobre el video y éste no tarda en reproducirse. Epifanio observa atento a la vez que sorprendido el contenido. Es una grabación de las cámaras de seguridad de la hacienda de los Román, pero no es cualquier grabación. En ella se aprecia el momento exacto de la noche en que Helena Montalbán fue asesinada.

Epifanio: (sobresaltado) Esta… Esta es Helena la noche de su muerte.

En la grabación de las cámaras de seguridad, Helena camina a pasos lentes en dirección a la piscina y sostiene un cuchillo en una de sus manos. Epifanio tiene los ojos puestos en la pantalla observando cada segundo sin pestañear y se exalta en gran manera cuando ve cómo la mujer es asesinada.

Epifanio: (balbuceando) No, no puede ser (Niega con la cabeza). Esto no puede ser verdad. Dios mío… Entonces…

Tal parece que el hombre ha reconocido la identidad del asesino cuando escucha que a lo lejos se acerca Lisa.

Lisa: (indiferente) ¿Por qué me han traído aquí? ¿Cuándo van a explicarme qué mierda pasa conmigo?

Epifanio, con prontitud, cierra con brusquedad el computador y trata de recobrar el aliento para luego ponerse de pie y de espaldas. Lisa ingresa en ese momento al despacho siendo llevada por un enfermero. Usa una máscara, un sombrero y ropa, aunque con mangas largas que ocultan sus quemaduras.

Lisa: ¿Qué pedo contigo? ¿Qué acaso eres sordo o qué, imbécil?

Puede observarse en ella una mirada dura como penetrante. Epifanio aguarda allí de espaldas y traga saliva, tratando de reponerse aún de lo que vio hace unos momentos. El enfermero sale.

Lisa: ¡Te estoy hablando! ¡Respóndeme! No me dejes aquí sola.

Lisa vislumbra a Epifanio, pero no ha logrado reconocerlo y se extraña.

Epifanio: Me alegra mucho que estés más recuperada de tu accidente. Por un momento pensé que no lo resistirías.

Lisa: (extrañada) ¿Quién es usted?

Epifanio decide darse la vuelta. Lisa se sorprende al verlo.

Epifanio: Epifanio de La Torre. Tu padre.

Lisa expresa sorpresa en su sola mirada a pesar de la máscara que cubre su rostro.

Epifanio: Finalmente, podemos vernos cara a cara, hija....

Lisa guarda silencio ante ello. Epifanio sólo la mira con profunda nostalgia y dolor.

VILLA ENCANTADA



EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / DÍA

Varios habitantes del pueblo están a punto de apedrear a Marissa, quien luce aterrada. Danilo la cubre y la protege ante cualquier inminente ataque. Cecilia es quien lidera la trifulca.



Danilo: (furioso) ¿Qué creen que están haciendo? ¡Bajen las piedras, partida de locos!

Cecilia: Es mejor que te retires de esa mujerzuela, Danilo. Vamos a desterrarla de Villa Encantada para evitar que siga haciendo daño, así que apártate.

Danilo: Ni lo creas. Si es preciso, voy a protegerla con mi propia vida como la primera vez. No voy a permitir que nadie le haga daño. ¿Entendiste?

Cecilia: (llorando) Miren ustedes. Miren cómo ha trastornado a mi pobre hijo poniéndolo en mi contra. Tenemos que deshacernos de esa sinvergüenza.

Marissa: ¡Basta ya, Cecilia! ¡Detén esto! Tú bien sabes que soy inocente de todo lo que me acusas. Tú eres la que arruinó mi hogar, mi vida. Tú eres la que debería salir de este pueblo.

Cecilia: ¡Mentira! ¡No le crean absolutamente nada de lo que dice!

Danilo: ¡Mamá! ¡Por favor!

Cecilia: (llorando) Tenemos que desterrar a esta mujer de nuestra tierra. Hoy lo hizo conmigo, mañana serán sus familias las destruidas por las artimañas de esa prostituta.

Danilo: ¡No oigan a mi madre! ¡Está desvariando!

Cecilia: ¡Saquémosla de Villa Encantada! No permitamos una roba hogares y a una sinvergüenza en nuestro pablo. ¡Fuera!

Todos: (al unísono) ¡Fuera! ¡Fuera!

Marissa: (asustada) Dios mío, Danilo. ¿Qué vamos a hacer?

Danilo: Vámonos de aquí. Venga.

Danilo toma de la mano a Marissa y ambos se dan a la fuga, pero los habitantes del pueblo comienzan a lanzarles piedras al tiempo que siguen gritando fuertemente la palabra “fuera”. Cecilia, aún cubierta de lodo, es quien va a la delantera.

Cecilia: (gritando) ¡Vamos por ella! ¡Tenemos que sacarla de Villa Encantada!

Marissa y Danilo siguen corriendo mirando hacia atrás para tratar de esquivar las piedras.

Marissa: (llorando) Ahí vienen y están furiosos. Tu madre los puso a todos en mi contra.

Danilo: Tranquilícese. Lo que tenemos que hacer es perderlos de vista.

Los dos doblan por una calle, pero en un momento dado, ella tropieza y cae en el acto.

Marissa: ¡Ah!

Danilo: Señora, ¿Se encuentra bien?

Marissa: (jadeando) Sí, eso creo.

Danilo: Venga le ayudo.

Danilo intenta levantar a la mujer, pero ésta grita adolorida.

Marissa: ¡Argh!

Danilo: (preocupado) ¿Qué pasa? ¿Qué tiene?

Marissa: Creo que me lastimé el tobillo. Me duele.

Danilo: Apóyese en mí. Tenemos que seguir, señora.

Marissa: (llorando muy asustada) Van a alcanzarnos y me van a matar, Danilo. ¡Me van a matar!

Danilo: Claro que no, no diga eso. Escúcheme.

Danilo le acaricia el rostro y le limpia las lágrimas mirándola de forma especial.

Danilo: Mientras yo esté con usted, nada malo le va a pasar. ¿Entiende? Por ahora tenemos que seguir.

Marissa: Quisiera, pero me duele horrible. No creo poder caminar.

Danilo: Tan solo apóyese en mí y yo le ayudo. Vamos. Usted es una mujer fuerte.

Marissa asiente con la cabeza y apoya sus brazos en el cuello de él para seguir caminando a pesar de que ella cojea. Cerca de allí, Luis Enrique conduce su auto y ve venir frente a él a la multitud enardecida y liderada por su amante.



Luis Enrique: (desconcertado) ¿Cecilia? ¿Qué es ese escándalo? ¿Qué está ocurriendo?

Luis Enrique alcanza a vislumbrar a Marissa corriendo junto a Danilo, por lo que detiene el auto y sale rápidamente.

Luis Enrique: Marissa.

Marissa: ¡Ay Luis Enrique! ¡Gracias a Dios! Vienen siguiéndonos y me quieren hacer daño.

Luis Enrique: ¿Por qué? ¿Qué es lo que pasa?

Marissa: Cecilia puso a esa multitud de personas en mi contra diciendo cosas horribles sobre mí y están furiosos. Me quieren desterrar del pueblo.

Danilo: (indiferente) Ahora no es momento de explicaciones, señora. Tenemos que seguir o nos van a alcanzar.

Luis Enrique: ¿Por qué no suben al auto? Puedo llevarlos.

Danilo: Gracias, pero podemos valernos por nosotros mismos. Usted sobra. no lo necesitamos.

Marissa: (desesperado) Danilo, por favor. En mis condiciones no vamos a llegar muy lejos.

Luis Enrique: Eso es cierto. Por favor, déjenme ayudarlos. Deja de lado nuestras indiferencias, Danilo. Marissa es quien importa en estos momentos.

Danilo se queda pensativo durante unos segundos y mira hacia atrás a la multitud viniendo en su dirección.

Danilo: Está bien. Váyase con él, señora.

Marissa: ¿Y tú qué vas a hacer? También corres peligro a manos de esos desalmados.

Danilo: Por mí no se preocupe. Voy a quedarme aquí y voy a poner en su sitio a mi jefa. No creo que haga algo en mi contra.

Marissa: ¿Estás seguro?

Danilo: (asentando) Sí, además debo regresar al hospital. Cuando todo esto pasó ya el doctor estaba por darnos noticias de Milena.

Luis Enrique: El problema es contigo, Marissa. Danilo estará bien. Tú eres la que tiene que irse.

Marissa: Es verdad.

Marissa toma las manos de Danilo y lo mira con los ojos sollozos.

Marissa: Te agradezco en el alma todo lo que haces por mí, Danilo. Tú siempre salvándome la vida. No tengo cómo pagarte.

Marissa se lanza a abrazarlo. Éste le corresponde y la presiona contra él con suavidad mientras cierra los ojos. Luis Enrique observa algo incómodo.

Danilo: Cuídese mucho, señora. Luego nos vemos.

Los dos se apartan. Luis Enrique ayuda a Marissa a subir al auto en el asiento de copiloto y luego sube él para salir de allí. Danilo los ve irse con cierta preocupación mientras la multitud se acerca cada vez más, abucheando y lanzando piedras hacia el auto que se va alejando.



Cecilia: (furiosa) ¡Escapó! ¡La maldita mojigata se escapó y tú la dejaste ir!

Cecilia zarandea de la camisa a su hijo.

Cecilia: ¿Cómo pudiste, Danilo? ¿Cómo pudiste pasar por encima de mí que soy tu madre y ayudar a esa? ¿Cómo pudiste?

Danilo: (apartándose) ¡Déjame en paz! Esto que acabas de hacer no tiene nombre, mamá. ¡Todos ustedes no son más que una partida de desadaptados! ¿Cómo fueron capaces de perseguir a una mujer indefensa para correrla del pueblo como a la antigua? ¿Qué clase de gente son?

Las personas comienzan a abuchear a Danilo. Cecilia se interpone para evitar que lo ataquen.

Cecilia: (llorando) Por favor, no lo juzguen. Esto es resultado de esa mujer. Ella es quien lo tiene trastornado.

Danilo: Déjate de tonterías que a mí nadie me ha trastornado. Tú eres la que está mal.

Cecilia: Yo solo quiero protegerte, hijo. Entiende que esa mujer es dañina para ti. Está jugando contigo y con tu padre al mismo tiempo. ¿Qué no lo ves? Incluso se acaba de ir con él.

Danilo: Tan solo la estaba ayudando. Después de todo, fue su esposa y tú solo has sido su amante porque, así como lo oyen, señores y señoras. ¡Mi madre fue la amante, la que destruyó el hogar de esa mujer que ustedes querían correr! (Todos comienzan a murmurar).

Cecilia: ¡Cállate! ¡Eso no es verdad! Tú no sabes cómo ocurrieron realmente las cosas.

Danilo: Sí que lo sé y también sé que tú eres la dañina, la tóxica y esto que acabas de hacer es algo que nunca te voy a perdonar, mamá.

Cecilia: Danilo, no me hagas esto. Tú no, hijo, por favor…

Danilo: Espero que no me vuelvas a dirigir la palabra hasta que te arrepientas de todo lo que has hecho. Olvídate de Milena y de mí.

Cecilia: (aferrándose a él) ¡Danilo! ¡Danilo, no!

Danilo: ¡Déjame!

Danilo se aparta con brusquedad de su madre y se abre paso entre la multitud que ha comenzado a murmurar. Cecilia, por su parte, se derrumba a llorar destrozada en el pavimento y pronto una fuerte lluvia comienza a caer. Las personas se disipan buscando refugio y otras se van, dejando a la mujer allí sola.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / NOCHE

Milena yace dormida en su cama, conectada a suero fisiológico y a un electrocardiograma. Pablo entra a la habitación mirándola con profundo pesar y se acerca tomándola de una de sus manos.



Pablo: (sollozo) Me duele en el alma verte así, Mile. Tú eres alguien sumamente importante para mí y solo quiero verte bien sonriendo de esa manera que tanto me enamora.

Pablo se sienta en una silla y aún sostiene la mano de ella.

Pablo: Yo sé que saldrás de ésta y que vas a ponerte bien a pesar de la condición en la que estás, y ahí voy a estar yo para ti. Te quiero y te prometo que no voy a dejarte sola, mi princesa…

El muchacho besa la mano de Milena, quien poco a poco abre los ojos y lo mira.

Milena: (balbuceando) Pa… Pablo…

Pablo: (levantándose sorprendido) ¡Milena! Despertaste…

Pablo se apresura a salir a la puerta con cierto desespero.

Pablo: ¡Enfermera, doctor! Milena despertó. Venga alguien pronto, por favor.

Milena: (débil) Pablo…

Él vuelve hacia la cama y le acaricia con ternura la cabeza.

Pablo: Dime. ¿Te sientes bien? ¿Necesitas algo?

Milena: Yo… Yo también te quiero…

Pablo se sorprende al escucharla y esboza una sonrisa.

Pablo: ¿De verdad?

Milena asiente levemente y también esboza una pequeña sonrisa a pesar de la debilidad física que denota.

Milena: Gracias por estar conmigo.

Pablo: No hay de qué. Quien debe agradecerte soy yo por estar ahí para mí cuando más solo me he sentido.

Pablo le da un beso en la frente a Milena. Un doctor y una enfermera ingresan a la habitación en ese momento.

Doctor: ¿Qué ocurre con la paciente?

Pablo: Despertó hace unos segundos. Sería bueno que la revisaran.

Doctor: Muy bien. Vamos a checar sus signos vitales. Mientras, espere afuera, joven.

Pablo: (asentando) Claro. Estaré pendiente.

Pablo se retira de la habitación, pero en el umbral de la puerta voltea a ver a Milena, comparte sonrisas con ella y le dice adiós con la mano. El doctor se queda revisando a la muchacha con el estetoscopio mientras la enfermera examina la presión.

CIUDAD DE MÉXICO



INT. / DEPARTAMENTO, DESPACHO / DÍA

Entretanto, Epifanio acaba de presentarse frente a Lisa, quien luce sorprendida y desconcertada de tener al hombre frente a ella.



Lisa: Usted…

Lisa mira con suspicacia a Epifanio. Éste sonríe con algo de nervios y se sirve un whiskey que toma de la licorera del despacho.

Epifanio: Me imagino que debes estar anonadada y muy confundida. Han sido semanas de recuperación difíciles para ti y luego con lo que pasó anoche… (Bebe el whiskey de un sorbo).

Lisa: ¿Qué sabe de eso?

Epifanio: Créeme que, si supiera algo, ya habría actuado al respecto, pero desgraciadamente no sé nada.

Lisa: ¿Entonces? ¿Qué significa todo este circo barato? ¿Qué hago yo en este lugar? ¿Por qué me tienen encerrada, lejos de mi familia? ¿Qué chingados pasa conmigo? (Exaltada).

Epifanio: Sé que debes tener muchas preguntas en este momento y pienso responder a cada una de ellas. No te apures.

Lisa: Entonces, empiece a hablar. Estoy comenzando a volverme loca y ya no aguanto más tanto misterioso.

Epifanio: No hay mucho qué explicar, Lisa. Para empezar, tú bien sabes el lazo que nos une.

Lisa: No entiendo a dónde quiere llegar. ¿Por qué me tiene aquí?

Epifanio: Porque tuviste un accidente que por poco acaba con tu vida. Tenía que salvarte. Eres mi hija, muchacha.

Lisa: (furiosa) ¡Yo no soy su hija, anciano decrépito!

Epifanio: Lisa…

Lisa: Y usted tampoco es mi padre. Eduardo Román es el único padre que conozco y el único al que reconoceré. No hay otro.
Epifanio: Puede ser, pero a ti y a mí nos une la sangre. Eduardo fue un padre de mentira que te impuso tu madre y del que tú te enamoraste enfermizamente aun sabiendo que en realidad no lo era.

Lisa: (molesta) ¡Cierre la boca! ¡Ese no es su problema!

Epifanio: Lisa, escúchame. Yo sólo quiero ayudarte. Lo que menos me interesa es discutir contigo. Todos en estos momentos piensan que estás muerta.

Lisa: (sorprendida) ¿Qué?

Epifanio suelta un suspiro y se sirve otro vaso de whiskey, el cual bebe de un solo sorbo.

Lisa: Explíqueme eso que acaba de decir. ¿Cómo que todos piensan que estoy muerta?

Epifanio: Me encargué de que pusieran un cadáver calcinado en el lugar del accidente después de que tomaste a la prometida de Eduardo como rehén. ¿Recuerdas?

Lisa: ¿Cómo no recordarlo? Por culpa de esa desgraciada todos mis planes se fueron a la mierda. Quería tener a mi papi conmigo y ella… Ella se apareció para arruinarlo todo, sino nada de esto estaría pasando y yo no luciría ahorita como un maldito monstruo.

Lisa presiona la silla con fuerza.

Epifanio: Estás viva y eso es lo que importa, muchacha.

Lisa: ¿De qué me sirve estar viva si ya no soy la misma de antes? Todos me han dado por muerta y no voy a tener nunca más a Eduardo para mí.

Epifanio: Eduardo jamás te hubiera amado. Entiende que él nunca te verá con otros ojos.

Lisa: ¡Cállese! ¡Eso no es cierto! Yo le habría enseñado a amarme. Yo sé que su amor de padre se hubiera convertido en amor de hombre y habríamos sido muy felices, pero…

Lisa no puede evitar que se le forme un nudo en la garganta, traga saliva y pronto sus ojos se llenan de lágrimas.

Lisa: Pero eso ya nunca va a pasar. ¿Qué sentido tiene vivir así, desfigurada, sin el amor de mi papi? Mejor hubiera sido morir en ese accidente y que usted nunca me hubiera salvado.

Lisa llora desconsolada. Epifanio se acerca y se sienta frente a ella, tomándola de una de sus manos.

Epifanio: Vamos a arreglar eso.

Lisa: ¿Cómo? Estoy completamente quemada y ya no puedo regresar. Me meterían presa o me llevarían a una puerca correccional de menores mientras cumplo la mayoría de edad.

Epifanio: Lo sé y es lo que precisamente quise evitar cuando te salvé del accidente. Te habrían llevado al hospital y cuando te recuperaras, habrías parado en un sitio de esos en estas condiciones en las que estás.

Lisa: Por esa razón era mejor morir.

Epifanio: Pero no lo hiciste. Fuiste fuerte y pudiste sobrevivir con mi ayuda, claro, pero lo lograste y voy a ayudarte como mi hija que eres.

Lisa: (un poco más tranquila) ¿De verdad?

Epifanio asiente con la cabeza y se pone de pie de luego para dirigirse a su escritorio.

Epifanio: He estado en conversaciones con un cirujano plástico que tiene una amplia experiencia en reconstrucción de tejidos. Pienso traerlo a México para que te opere y puedas rehacer tu vida con otro rostro.

Lisa se sorprende al escucharlo.

Epifanio: Vas a ser otra, Lisa.

VILLA ENCANTADA

INT. / AUTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA


Luis Enrique conduce su auto. Marissa va a su lado, sentada en la silla de copiloto y mira pensativa a través de la ventana mientras gimotea un poco.



Luis Enrique: ¿Te encuentras bien?

Marissa: Sí (Limpia sus lágrimas y nariz). Es solo que aún estoy muy impresionada. Es la primera vez en la vida que me siento así, perseguida, tan humillada…

Luis Enrique: Lamento que hayas pasado por esto. Cecilia está fuera de control y a pesar de nuestras diferencias, nunca estaría de acuerdo con lo que te hizo.

Marissa: Es mejor que me vaya de Villa Encantada. Estar allí solo va a generar una batalla campal entre ambas y yo seré la perdedora después de todas las cosas horribles que dijo de mí.

Luis Enrique: ¿Qué hay de tu matrimonio con Eduardo? Él querrá que vivas con él en la hacienda.

Marissa: Todavía no hemos hablado bien de ello y lo que ocurrió cambia mucho las cosas. Espero que él pueda entenderme.

Luis Enrique: ¿Puedo hacerte una pregunta?

Marissa: Dime.

Luis Enrique: ¿Tu matrimonio con Eduardo es solo por conveniencia, para que él solucione sus problemas financieros o de verdad sientes algo por él?

Marissa: (incómoda) Discúlpame, Luis Enrique, pero no creo que esa sea una pregunta que debamos discutir tú y yo.

Luis Enrique: Tienes razón. Siento haberte incomodado.

Marissa: Pierde cuidado. Mejor dime a dónde vamos. Parece que estamos saliendo de Villa Encantada.

Luis Enrique: Voy a llevarte al dispensario del pueblo vecino.

Marissa: No es necesario. Estoy bien. Tan solo necesito ducharme y descansar un poco.

Luis Enrique: ¿Y tu tobillo? Vi que cojeas y apenas puedes caminar. ¿Qué tal si es serio?

Marissa: No lo es. No te preocupes. Con cuidados sé que luego estaré mejor.

Luis Enrique: No seas terca, mujer. Es mejor descartar un esguince o una posible fractura. Déjame ayudarte por esta vez.

Marissa: (indecisa) Está bien y, si no es mucha molestia, te agradecería luego llevarme de vuelta a la hacienda de los Román.

Luis Enrique: Tú tranquila. Voy a cuidarte bien. Se lo prometí a Danilo y no quiero fallarle.

Marissa: (esboza una sonrisa) Gracias, Luis Enrique.

Luis Enrique: No hay de qué. Recuéstate y descansa un poco mientras llegamos.

Marissa recuesta la cabeza en el asiento y sigue mirando a través de la ventana, por lo que no se percata de que Luis Enrique la mira de reojo como si planeara algo.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / DEPARTAMENTO, DESPACHO / DÍA


Epifanio le ha dicho a Lisa que piensa ayudarla a rehacer su vida por medio de una cirugía plástica que reconstruya su cuerpo. Lisa deja de lamentarse y se tranquiliza un poco.



Lisa: Eso cambia mucho las cosas. Con otro rostro, podría hasta regresar a la hacienda y…

Epifanio: (la interrumpe) Nada de eso.

Lisa: ¿Cómo?

Epifanio: Lisa, la única condición bajo la que te ayudaré es que te olvides de esa familia y de esa hacienda.

Lisa: Pero tengo que regresar y teniendo otro rostro nadie podrá reconocerme. Me acabas de decir que me ayudarás.

Epifanio: Es muy peligroso y yo no pienso permitirte que sigas haciendo daño. Tu obsesión hacia Eduardo Román ha causado estragos y ya ha sido suficiente.

Lisa: He hecho lo mejor para tenerlo para mí.

Epifanio: (exasperado) ¿Hasta el punto de atentar contra tu propia madre?

Lisa calla ante ello sorprendida.

Lisa: ¿Qué sabe usted de eso?

Epifanio: Quisiera saber lo suficiente para no vivir más con la incertidumbre de lo que pasó realmente, pero ya no sé qué pensar.

Epifanio se dirige al escritorio, abre el computador portátil y reproduce allí el video que vio antes de que la muchacha llegara. Todavía no puede enfocarse bien el contenido del video ni la identidad de la persona que acabó con la vida de Helena aquella noche. Lisa mira atónita.

Epifanio: ¿Qué tienes para decir de esto? ¿Qué tienes tú que ver con ello?

Lisa calla ante tales cuestionamientos.

FLASHBACK

MESES ANTES

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE EPIFANIO / NOCHE


Epifanio lee un libro cómodamente recostado en su cama, pero en un momento dado, suena su celular, por lo que se apresura a tomarlo.

Epifanio: ¿Quién es a esta hora de la noche?

Epifanio se sorprende al reconocer el contacto que está llamando, por lo que contesta rápidamente y se quita los lentes.

Epifanio: ¡Helena! Por fin llamas.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CUARTO DE BAÑO / NOCHE

Helena es quien, en efecto, está al otro lado de la línea, encerrada en lo que parece ser un cuarto de baño y llorando. Es de recalcar que su rostro no se enfoca. Tan solo sus labios hablando.

Helena: Epifanio, menos mal contestas. Tengo mucho miedo.

Epifanio: ¿Por qué? ¿Qué es lo ocurre? ¿Por qué no acudiste a nuestro encuentro hoy como siempre?

Helena: Perdóname, pero no pude ir. Estoy corriendo peligro. Van a matarme (Llora muy asustada y temblando).

Epifanio: ¿De qué hablas? Explícate mejor.

Helena: Lisa lo sabe todo.

Epifanio: (impactado) ¿Estás segura?

Helena: Tal parece que nos ha visto varias veces en la cabaña, la que tú compraste para mí en tus predios.

Epifanio: Es imposible. Es un lugar muy aislado. ¿Cómo nos descubrió?

Helena: (desesperada) ¿Qué se yo? Ahora lo que importa es que está al tanto de todo. Si la familia se entera, estoy perdida y… (Se detiene abruptamente).

Epifanio: Helena, ¿qué pasa? ¿Qué ibas a decir? (Helena no contesta) ¿Helena? Helena, dime algo.

De repente, se oye el tono de marcación del teléfono como si hubieran colgado la llamada.

Epifanio: ¡Maldición! No puede ser.

Epifanio devuelve la llamada, pero nadie contesta al otro lado de la línea.

Operadora: El número al que intenta comunicarse está fuera servicio. Deje un mensaje después del tono.

Epifanio cuelga el celular y lo lanza frustrado sobre la cama.

Epifanio: Tengo que hacer algo. Helena me necesita y no puedo quedarme aquí tan tranquilo.

Epifanio se levanta de la cama. Minutos después, puede verse que sale a toda velocidad en su auto. Cruz lo observa desde su habitación a través de la ventana. Por primera vez, se ve a la mujer con una cierta aura de misterio.



FIN DEL FLASHBACK

Epifanio: Helena esa noche me llamó completamente aterrorizada y me dijo que tú sabías todo sobre nosotros, pero no fue muy clara.

Lisa guarda aún silencio sin saber qué decir al respecto.

Epifanio: Tan solo me dijo que corría peligro e iban a matarla, pero de repente la llamada se colgó y ya no supe nada más de ella hasta el día siguiente que la encontraron muerta en la alberca.

Lisa: ¿Siempre sospechaste de mí?

Epifanio: Sí, pero no fuiste la única en mi lista. Todos en esa familia de cuervos eran sospechosos. Lucrecia Castillo, el inútil de su hijo Manuel, hasta de Eduardo llegué a sospechar, pero jamás pensé que… (Perturbado) Lo siento…

Epifanio toma asiento denotando cuán afectado está por reconocer al verdadero asesino.

Lisa: Yo también estoy tan sorprendida como tú y apenas me entero de esto si de algo te sirve.

Epifanio: ¿Tú no lo planeaste en complicidad con…?

Lisa: ¿Cómo crees? Yo tenía mis propios planes. Helena era un estorbo para mí, así que esa noche…

FLASHBACK

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, DESPACHO / NOCHE


Eduardo se encuentra trabajando muy concentrado frente al computador. Helena entra al despacho, aunque tan solo se enfoca su torso.



Helena: ¿Todavía trabajando, mi amor? Es tarde. Deberías descansar.

Eduardo: Estoy creando un plan de negocios que evite una posible bancarrota. Me temo que los problemas financieros que te comenté son más graves de lo que pensaba.

Helena: Entiendo, pero ya es justo de trabajo por hoy (Haciéndole un masaje). ¿Por qué mejor no te sirvo un trago y nos vamos a la cama? Hoy necesito a mi esposo.

Helena sonríe pícara y muerde la oreja de Eduardo. Éste sonríe ante aquel gesto, pero ambos no se percatan que son observados por Lisa a través de la puerta entreabierta. La muchacha mira fulminante cómo ambos se besan.



Eduardo: Está bien. Te acepto el trago.

Helena: Eso. Así me gusta (Se besan).

Helena va al minibar del despacho, sirve licor en un vaso, pero con gran agilidad, saca un pequeño frasco y con un gotero, vierte varias gotas en el licor sin que Eduardo se dé cuenta. Lisa presencia todo, escondida y mira con indignación cuando Helena le entrega el vaso a Eduardo.

Helena: Aquí tienes.

Eduardo: Gracias, mi amor. ¿Qué haría sin ti que me conscientes tanto?

Eduardo bebe de un solo sorbo el licor del vaso y sale junto con su esposa del despacho. Lisa se aparta con rapidez.

Minutos después, la muchacha los sigue hasta la habitación conyugal y observa por la puerta entreabierta. Eduardo al parecer se ha quedado profundamente dormido. Helena lo recuesta sobre la cama y sonríe con malicia.

Helena: Buenas noches, esposo mío.

Lisa empuña sus manos ante la indignación que siente.

FIN DEL FLASHBACK

Lisa acaba de relatarle a Epifanio los hechos que acaba de recordar.

Epifanio: ¿Qué hiciste después?

Lisa: Nada. El resto del trabajo estuvo a cargo de alguien que contraté para matarla esa noche.

Epifanio: ¿Quién?

Lisa: Digamos que alguien que la odiaba también mucho. Palabras más, palabras menos, uno de sus amantes.

Epifanio: (desconcertado) ¿De qué hablas? Helena no tenía amantes.

Lisa: Entonces, ¿tú qué eras? ¿Un amigo de la prepa o su abuelito?

Epifanio: Helena y yo nos amábamos, Lisa. Es distinto.

Lisa: (furiosa) ¡Eso no justifica nada de lo ella hizo! Por eso merecía morir.

Epifanio: ¡Helena era tu madre, muchacha!

Lisa: ¿Qué hay con eso? Ella no fue más que una vagabunda, una perra en celo que por años engañó a todos, en especial a mi papá.

Epifanio: (consternado) Tú también dices lo mismo…

Lisa: ¿Hay alguien más que te lo dijo? (Epifanio calla) Entonces, deberías empezar a creerme. Helena no era una santa. Todo lo contrario. Era una miserable y por si no lo sabes, uno de sus numerosos amantes fue Manuel, quien por cierto de hecho me confesó la verdad sobre tú y yo.

Epifanio: Eso que dices no puede ser cierto.

Lisa: Es la verdad y hasta por la cama de uno de los peones pasó. Danilo se llama y ya que estamos teniendo esta conversación tan interesante, pues te diré que fue a él a quien le encargué el trabajo sucio.

Epifanio: (destrozado) No puede ser… Mi Helena no pudo…

Lisa: Mi papi se lamentó tanto como tú y es una lástima que los muertos no puedan hablar, sino perfectamente podrías encararla. Yo siempre estuve al tanto de todas sus aventuras.

Epifanio toma asiento notablemente afectado.

Lisa: Pero si hay algo que le admiré a mi madrecita chula fue su habilidad de jugar tan bien sus cartas y creo que le heredé un poco lo zorra, y no me refiero solo a lo carnal, sino a la astucia.

Epifanio: ¡Basta ya, Lisa! No sigas, por favor.

Lisa: Tú querías respuestas y ya te las di, y qué irónico, ¿sabes? Porque se supone que era yo la que necesitaba explicaciones de tu parte, aunque ya no las necesito.

Epifanio: (poniéndose de pie) Es mejor que dejemos la conversación hasta aquí.

Lisa: ¿Qué vas a hacer?

Epifanio: Iré de vuelta a Villa Encantada. Hice este viaje a última hora después de que me avisaron que intentaron matarte anoche y aquí estarás protegida.

Lisa: ¿Cuándo podré tener el nuevo rostro que me prometiste?

Epifanio: El cirujano plástico vendrá en un par de días para examinarte y estudiar tu caso, pero recuerda la condición. Tan solo te ayudaré si me prometes olvidarte de los Román.

Lisa guarda silencio y fija la mirada para otra parte en señal de desaprobación.

Epifanio: Recuerda lo que hay de por medio. Vas a ser otra. Tendrás una nueva vida y, si deseas, te ayudaré a convertirte en modelo como siempre has soñado, pero ya lo sabes. ¿Me prometes que te olvidarás de Eduardo Román y su familia?

Lisa asiente resignada con la cabeza.

Lisa: Sí, Epifanio. Te lo prometo. Haré todo lo que tú me digas, pero ya no quiero ser más este monstruo. No quiero.

Epifanio mira con compasión a Lisa y sus ojos suplicantes. Ésta se aferra fuerte a la silla, dispuesta a ser otra persona.

CONTINUARÁ…

Comentarios

¿Tienes consejos, sugerencias o comentarios? Contáctame

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *