Capítulo 24: Hechos sorpresivos
VILLA ENCANTADA

INT. / HOSPITAL, SALA DE ESPERA / DÍA
Danilo ha regresado al hospital y camina pensativo después de los hechos ocurridos en los que varios habitantes del pueblo intentaron linchar y desterrar a Marissa. El muchacho tiene un recuerdo al tiempo que se tumba sobre una de las sillas de la sala de espera.

FLASHBACK
Marissa toma las manos de Danilo y lo mira con los ojos sollozos.
Marissa: Te agradezco en el alma todo lo que haces por mí, Danilo. Tú siempre salvándome la vida. No tengo cómo pagarte.
Marissa se lanza a abrazarlo. Éste le corresponde y la presiona contra él con suavidad mientras cierra los ojos. Luis Enrique observa algo incómodo.
Danilo: Cuídese mucho, señora. Luego nos vemos.
FIN DEL FLASHBACK
Danilo: Ella me recuerda tanto a…
FLASHBACK
MESES ANTES
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HELENA Y EDUARDO / NOCHE
Helena ha drogado a Eduardo y lo deja dormido sobre la cama. Lisa observa por la puerta entreabierta con total indignación.
Helena: Buenas noches, esposo mío.
Lisa empuña sus manos ante la indignación que siente. Helena le da un leve beso en los labios al hombre y se apura a salir de la habitación. Lisa se aparta antes de ser vista y se esconde tras una pared para luego hacer una llamada con su celular.

Lisa: Helena ya va en camino a encontrarse con su amante, el viejo Epifanio de La Torre. De seguro van a verse y a fornicar en la misma cabaña donde siempre se ven (Pausa). Sí, así es. Es la hora.
Lisa sonríe con su típica malicia y cuelga el celular. Helena, por su parte, baja las escaleras y entra a la cocina, cuidando no ser vista por nadie. Cuando pretende salir por la puerta de la cocina, es tomada del brazo por alguien.

Danilo: Doña Helena…
Helena se exalta y voltea a ver.
Helena: ¡Danilo!
Danilo: Escúcheme. No tengo mucho tiempo, pero hay algo que debe saber antes de ir a esa cabaña para verse con don Epifanio.
Helena: (nerviosa) No sé de qué me hablas. Voy a salir solo para tomar algo de aire. Estoy un poco estresada y no puedo dormir.
Danilo: No tiene por qué negarlo. Yo sé que usted y don Epifanio son amantes.
Helena: ¿De dónde sacas algo así?
Danilo: (mirándola dolida) Y conmigo solo ha jugado. Me ha tenido de monigote para quitarse las ganas cada vez que se le antoje, ¿no?
Helena: ¿Quién te envenenó contra mí? Te he dicho que te amo y que eres el único para mí.
Helena intenta abrazar al muchacho, pero éste se aparta molesto.
Danilo: Ya no tiene qué seguir mintiéndome. Yo a usted sí la amo, ¿sabe? Pero he sido un idiota por pensar que usted, una dama de sociedad, se fijaría en un peón y qué va.
Helena: Danilo, ya basta…
Danilo: Es mejor que se ahorre los discursos, ahora lo que importa es que su hija, la señorita Lisa, está al tanto de todo.
Helena: (sorprendida) ¿Qué dices?
Danilo: Ella la ha seguido varias veces a la cabaña y los ha descubierto a usted y a don Epifanio haciendo… (Hace una pausa) Bueno, usted lo sabe mejor que yo.
Helena: Es imposible. Lisa no pudo.
Danilo: Vine a decirle esto porque está fuera de sí y me encargó matarla.
Helena: (impactada) ¿De qué estás hablando? Lisa es mi hija. Me adora.
Danilo: Ella quiere que usted esté muerta y me chantajeó con correrme de la hacienda a mí, a mi hermana y a mi mamá si no la obedecía, además también supo de lo que hubo entre usted y yo, y me amenazó con decírselo a la familia (Baja la cabeza).
Helena se recuesta en el mesón de la cocina y se lleva una mano al pecho, sin lograr asumir de golpe todo lo que le dice el joven.
Danilo: Tan solo quiero decirle que, a pesar de todo, la amo y sería incapaz de atentar contra usted, doña Helena. Por eso, si me permite darle un consejo, huya… Huya muy lejos y no regrese porque no se le vienen cosas buenas.
Danilo se limpia los ojos y se retira de allí. Helena se queda a solas y comienza a temblar sin poder asumir lo que acaba de escuchar por boca del joven. Es así como, en medio del frenesí de emociones que siente, rompe a llorar y se cubre la boca para no ser escuchada.
FIN DEL FLASHBACK
Danilo deja de recordar aquel doloroso momento. Pablo se acerca y nota que su amigo está pensativo, por lo que lo interrumpe.

Pablo: Oye, Danilo… (Él no contesta) Danilo. ¿Me escuchas?
Pablo pone su mano sobre el hombro de él y lo mueve.
Danilo: (reaccionando) Ah, Pablo. ¿Qué onda?
Pablo: ¿Qué onda, bro? ¿Por qué tan ido?
Danilo: Estoy un poco preocupado.
Pablo: ¿Por qué? ¿Dónde están tu mamá y la mía? ¿Qué pasó al final con ellas?
Danilo: (suspira) Larga historia, pero, para resumir, tu mamá se fue con aquel tipo, con ese señor que dice ser dizque nuestro padre.
Pablo: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Por qué?
Danilo: Mi mamá puso a un grupo de gente en contra de la tuya. La acusó de cosas retefeas y ya sabes cómo son. Querían correrla del pueblo a punta de pedradas.
Pablo: (angustiado) ¿Pero está bien? ¿Lograron herirla o algo?
Manuel: Empecé a apostar en casinos y me endeudé hasta la médula con personas peligrosas, personas de la mafia. Están buscando mi cabeza y hui en cuanto me fue posible.
Pablo: Eso no me da buena espina, bro. Mi papá no es un tipo de fiar. Él fue un pésimo marido con mi mamá y por su culpa es que he sufrido de amnesia Milena incluso lo escuchó cuando le pedía a un doctor que me metiera en una clínica psiquiátrica y me hiciera pasar por retrasado.
Danilo: Créeme que a mí tampoco me da buena espina, pero no teníamos opción. Tu mamá no podía caminar bien y se nos venían encima con piedras. ¿Qué querías que hiciera?
Pablo: Bueno, ya qué. Espero tener noticias de ella pronto.
Danilo: Hablando de noticias, ¿qué te dijeron de mi hermana?
Pablo calla incómodo ante esa pregunta y no pone buena cara. Danilo lo nota.
Danilo: ¿Qué pasa? ¿Por qué te quedas callado? ¿Qué te dijeron?
Pablo: Danilo… Milena… (Hace una pausa) Milena quedó inválida. No podrá caminar.
Danilo se impacta al escuchar tal noticia y su expresión no tarda en denotar cuánto le afecta.
INT. / AUTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique sigue conduciendo su auto en dirección a otro pueblo. Ha empezado a llover y en un momento dado, él estaciona el vehículo por fuera de la carretera. Marissa se extraña ante ello.


Marissa: ¿Qué ocurre, Luis Enrique? ¿Por qué nos detenemos justo aquí?
Luis Enrique: Tal parece que algo está fallando, pero no sé de qué se trata.
Marissa: (sorprendido) ¿Estás seguro?
Luis Enrique: Pues no lo sé. Tengo que salir a revisar porque puede ser peligroso conducir en esas condiciones y con la lluvia podríamos tener un accidente.
Marissa: Está lloviendo a mares. Es mejor que esperes a que escampe un poco.
Luis Enrique: Esperar no es conveniente. Puede hacerse de noche y te prometí que te llevaría al dispensario del pueblo vecino.
Marissa: Pero…
Luis Enrique: Quédate aquí. No me tardo.
Luis Enrique sale del auto en medio de la torrencial lluvia y destapa el capó. Marissa observa preocupada a través de la ventana y saca la cabeza.
Marissa: ¿Checaste qué anda mal?
Luis Enrique regresa empapado al coche y sube.
Luis Enrique: Creo que es la batería del coche. Tal vez esté desgastada. No lo sé.
Marissa: Entonces, ¿qué vamos a hacer? Estamos en medio de la nada.
Luis Enrique: Quédate tranquila. Voy a llamar a Eduardo para que venga por ti y pediré una grúa. Espero haya suficiente señal.
Luis Enrique saca su celular para hacer las llamadas correspondientes. Marissa luce preocupada.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Eduardo sale del baño en bata y secando su cabello, puesto que acaba de tomar una ducha. De repente, escucha que una llamada entra a su celular, por lo que mira en la pantalla de quién se trata y contesta sin mucho interés.

Eduardo: Dime, Luis Enrique.
Las escenas de ambos se intercalan al hablar.
Luis Enrique: Qué gusto me da escucharte, Eduardo. Estamos en problemas y necesitamos tu ayuda.
Eduardo: (extrañado) ¿Quiénes? ¿Qué ocurre?
Luis Enrique: Marissa y yo.
Eduardo: ¿Qué hacen ustedes dos juntos?
Luis Enrique: Mira, no tengo buena señal y es una larga historia. Marissa está herida e iba a llevarla al dispensario del pueblo vecino, pero tuve un problema con mi coche y estamos atrapados en la carretera.
Eduardo: (preocupado) ¿Y cómo está? ¿Es grave?
Luis Enrique: Por fortuna no, pero debes venir por ella. Estamos a las afueras de Villa Encantada.
Eduardo: Muy bien. No se muevan de ahí. Ya mismo salgo para allá. Cuídale bien, por favor.
Eduardo cuelga el celular y va al closet para buscar ropa qué ponerse, sin embargo, en un momento dado se queda pensativo.
Eduardo: ¿Qué hacen Marissa y Luis Enrique juntos? Se supone que estaban enemistados.
En ese momento tocan la puerta de la habitación. Eduardo se exaspera ante ello.
Eduardo: Pase. Está abierto.
El ama de llaves: (entrando) Disculpe, don Eduardo. Hay alguien que desea verlo y hablar con usted.
Eduardo: Voy de salida y no tengo tiempo para atender a nadie. Quien quiera que sea, discúlpame y dile que regrese más tarde.

Manuel: (entrando) ¿Ni siquiera tienes tiempo para atenderme a mí, hermano?
Eduardo se sorprende al ver a Manuel. Éste, quien al parecer ha regresado de viaje, lo mira con su típica sonrisa burlona.
EXT. / CARRETERA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Luis Enrique, por su parte, ha colgado también la llamada. Marissa lo mira inquieta.


Marissa: ¿Qué te dijo? ¿Vendrá?
Luis Enrique: Sí. Me dijo que ya mismo saldría para acá. Mientras llega, voy a llamar alguna grúa que venga y recoja el coche.
Luis Enrique marca y se lleva el celular a la oreja.
Luis Enrique: (molesto) ¡Carajo! Solo esto me faltaba…
Marissa: ¿Qué pasa?
Luis Enrique: La señal… La maldita señal se cayó. Es muy baja, por no decir nula (Intenta marcar de nuevo).
Marissa: Bueno. Llama una vez más.
Luis Enrique: (negando con la cabeza) Es inútil, ni siquiera logro escuchar el tono.
Marissa: Tal vez funcione más tarde, así como lograste llamar a Eduardo hace un momento. No te exasperes todavía.
Luis Enrique: Estamos en medio de la nada, Marissa y, además, llueve cada vez más fuerte. Puede que al salir a la carretera el celular agarre más señal.
Marissa: Pero vas a pescar un resfriado así. Mírate nada más lo empapado que estás.
Luis Enrique: ¿Qué quieres que haga? No puedo dejar el coche abandonado en este lugar y necesito que la grúa lo recoja para cuando Eduardo llegue.
Marissa: Luego podemos ver cómo solucionar el inconveniente. Es mejor que te quedes aquí.
Luis Enrique: No te preocupes. Enseguida regreso.
Marissa: Luis Enrique, no…
Luis Enrique hace caso omiso y sale de nuevo del auto en dirección a la carretera para aparentemente buscar señal. Marissa se queda allí, preocupada e inquieta.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA
Manuel ha regresado a la hacienda y ha irrumpido en la habitación de su hermano de manera sorpresiva. Eduardo no lo ve con buenos ojos.


Eduardo: (al ama de llaves) Retírate, por favor.
El ama de llaves: Sí, patrón. Con permiso.
El ama de llaves sale y deja solos a los dos hombres. Manuel, con total descaro, toma asiento en una silla y cruza las piernas mirando alrededor.
Manuel: Veo que las cosas no han cambiado mucho desde mi partida o bueno, por lo menos tu habitación ya no apesta a licor, hermanito.
Eduardo: (indiferente) ¿Cuándo regresaste?
Manuel: Esta mañana temprano, pero por la cara que pusiste, parece que no te agradó mucho.
Eduardo: ¿Qué te puedo decir? El día de mi boda me entero que querías sacarme del mapa en complicidad con quien se supone era mi hija. ¿Debería alegrarme?
Manuel: Te pedí perdón por eso. Recuérdalo.
Eduardo: Perdón que no te creí nada. Bien que podría haberte refundido en la cárcel por lo que trataste de hacer, pero para no complicar las cosas y por la muerte de Lisa, lo dejé pasar.
Manuel: Pues, aunque no me lo creas, sí me pesan todos los errores que cometí y ya sé que no estuvo nada bien lo que hice, pero ya, hombre. Deja los rencores en el pasado.
Eduardo: Muy fácil y conveniente para ti decirlo, ¿no?
Manual: Eduardo, hermano…
Eduardo: Tú a mí no me vas a convencer con tu falso arrepentimiento, Manuel. Mejor anda y dime para qué regresaste.
Manuel: ¿Por qué piensas que debo tener una razón?
Eduardo: Porque tú eres así y no me extraña que algo te traigas entre manos. Dudo mucho que sólo regresaras para hacerme la visita y saber cómo estoy, así que habla. ¿Qué quieres?
Manuel guarda silencio y se pone de pie paseándose por la habitación. Eduardo lo mira con suspicacia.
Manuel: Bueno, pues ya que insistes, sí hay algo que me interesa.
Eduardo: (ríe entre diente) Lo sabía, pero bueno. Déjate de rodeos y dime ya qué es. ¿Dinero? ¿Un cheque? ¿Qué se antoja, “hermanito”?
Manuel: Quiero mi parte del patrimonio de nuestra familia.
Manuel dice aquello con gran firmeza. Eduardo sólo lo ve muy serio y calla.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Tarcisio se encuentra monitoreando el trabajo de los peones que cargan pesadas bolsas de papa y otros vegetales que se cosechan en la hacienda para ponerlos en un camión.

Tarcisio: Rápido, idiotas. Este trabajo debe estar finalizado para las cinco y el camión se debe ir. Nosotros somos los proveedores y quiero verlos trabajando. ¿Me escucharon? ¡Rápido!
Cecilia va pasando por allí, abrazándose a sí misma con la mirada ida. Es de notar que está bañada en lodo, despeinada y con rasguños en su cuerpo después de la pelea que sostuvo con Marissa a las afueras del hospital. Tarcisio la ve con curiosidad.

Tarcisio: Miren nomás a quién tenemos aquí. ¿Qué te pasó, mi Ceci? ¿En qué pelea de gatas te metiste ahora?
Cecilia: Ese no es tu problema, Tarcisio. ¡Déjame en paz!
Tarcisio: (riendo) ¿Por qué tan arisca? Yo nomás preguntaba para saber si te puedo ayudar.
Cecilia: ¿En qué me puedes ayudar tú? ¡Nadie me puede ayudar! ¡Estoy completamente acabada! ¡Sola! (Rompe a llorar).
Tarcisio: Tampoco es para que te pongas así, mi reina.
Cecilia: ¿Tú qué sabes? Mis hijos me odian y el amor de vida, el hombre con el que he tenido una relación por años, me la está jugando doble. ¿Cómo quieres que me ponga?
Tarcisio: Óyeme, esa no me la sabía. Te lo tenías bien guardado, eh. ¿Quién es el güey?
Cecilia mira fulminante y con desgrado al capataz por su imprudencia, por lo que decide seguir de largo, sin embargo, él la detiene y la alcanza interponiéndosele en el paso.
Tarcisio: Óyeme, óyeme. Espérate, estás muy sensible. Yo solo preguntaba por curiosidad.
Cecilia: No tengo por qué contarte mi vida privada para que mates tu curiosidad. Total, no sé ni para qué estoy perdiendo mi tiempo hablando con un pelado como tú.
Cecilia sigue su camino.
Tarcisio: ¿De casualidad la gata de la que tu hijito está enamorado no tendrá algo que ver?
Cecilia se detiene en seco al escucharlo y voltea a verlo. Él sonríe con picardía.
Cecilia: ¿Te refieres a la mojigata?
Tarcisio: Pos no sé. Dime tú si estamos hablando de la misma mujer que tu hijito, el héroe, metió a la hacienda a escondidas de todo mundo.
Cecilia: (suspicaz) Sí, es la misma. ¿Por qué la pregunta? ¿Tú qué sabes al respecto?
Tarcisio: Yo nada, mi reina. Como me dijiste que tus hijos te odian, pos me supuse que ella puede tener algo que ver. Últimamente se le subieron los humos y ya se las da de dueña y señora.
Cecilia: Pues acertaste. Ella es la culpable de todas mis desgracias. Por culpa de esa maldita mojigata mis hijos me detestan y no quieren saber de mí, y para colmo pretende robarme mi hombre (Habla tensionando la mandíbula).
Tarcisio: Órale, qué mal. La llegada de esa gata solo nos ha traído problemas a todos. Dicen las malas lenguas que por ella hasta se murió la escuincla ésa de Lisa en el accidente.
Cecilia: No me extrañaría que fuera también culpable de eso. Esa mujerzuela es un estorbo, una cucaracha que, por más que intentes matar, de alguna forma se escabulle. Cómo la odio.
Tarcisio: Tú no eres la única, no te creas. Yo también la detesto y no sabes lo mucho que me gustaría acabar con esa gata mugrosa que por poco me deja ciego.
Cecilia: (curiosa) ¿Cómo acabar con ella? ¿Qué quieres decir?
Tarcisio: No sé. De casarse con el patrón, tu chamba y la mía en la hacienda tienen los días contados, y no sé tú, pero yo no lo pienso permitir.
Cecilia: A mí el trabajo es lo que menos me interesa. Me importa mi familia, la misma que ella se ha encargado de desunir con su llegada.
Tarcisio: Entonces, ¿por qué no nos aliamos y acabamos con ella?
Cecilia escucha con atención como si aquella propuesta de verdad le tentara.
Tarcisio: Quitemos del medio de una vez por todas a esa mojigata como tú le llamas.
Cecilia: ¿Cuándo y cómo?
Tarcisio: Yo me puedo encargar de hacerle pagar muy caro sus humillaciones y el daño que te ha hecho. Déjamelo a mí, pero…
Tarcisio levanta con delicadeza el mentón de la mujer y la mira con cierta lascivia.
Tarcisio: Tú sabes que nada es gratis en esta vida, mi Ceci. Tengo que recibir alguna retribución por ese trabajito sucio.
Cecilia: (apartándole la mano) Ni lo pienses. Yo jamás podría acostarme con un cerdo como tú.
Tarcisio: (riendo) ¿Ni siquiera por salvar a tu familia y deshacerte de tu peor enemiga? Mira que ganaremos por partes iguales y el horror de probar un macho como yo solo será por una vez.
Cecilia se queda pensativa.
Tarcisio: ¿Qué dices? ¿Le entras o no?
Cecilia guarda silencio y mira con desprecio al capataz, sintiéndose indecisa ante tal proposición.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Danilo entra a ver a su hermana, quien está ya consciente y aunque aún luce débil, parece tener un mejor semblante.


Milena: (sonriendo) Danilo, hermanito.
Danilo: ¿Qué onda, enana?
Milena: Tarado, ya no soy una enana. Tú sabes que no me gusta que me digas así.
Danilo: (riendo) Perdón. Quería recordar viejos tiempos de cuando éramos chamacos.
Milena: (melancólica) Sí, viejos tiempos cuando no nos preocupábamos por nada. Cómo nos ha cambiado la vida estos meses, ¿no?
Danilo: Demasiado. Por ahí dicen que todo tiempo pasado fue mejor, pero cuéntame. ¿Cómo fue que te accidentaste?
Milena: La verdad no recuerdo bien. Todo fue muy rápido. Lo que sí recuerdo es que me sentía muy mal porque había perseguido a mamá a verse con un hombre y vaya sorpresa la que me llevé cuando descubrí que ese hombre era nada más y nada menos que nuestro padre.
Danilo: Yo apenas me vine a enterar anoche de quién se trata. Es uno de los socios de don Eduardo.
Milena: ¿Mamá y él están aquí?
Danilo: (negando con la cabeza) No. Los corrí y les dije que se alejaran de nosotros. Estoy harto de que nos hagan daño. Por culpa de ellos tuviste este accidente y ahora tú…
Milena: (extrañada) ¿Yo qué? ¿Qué ibas a decir?
Danilo: Nada. Es mejor que descanses. Me alegra ver que estás mejor.
Milena: Sí, aunque estoy un tantito adolorida. El doctor me dijo que me operaron y no te imaginas. Me siento como si me hubiera pasado un camión (Intenta recostarse). ¡Argh! (Adolorida).
Danilo: Quédate acostada. No te sobre esfuerces que no te hace bien.
Milena: Es que me canso de estar en la misma posición, pero lo que se me hace extraño es que no siento las piernas. ¿Tú crees que sea el efecto de la anestesia que todavía no se me pasa?
Danilo calla ante esa pregunta y se incomoda.
Milena: (ríe entre dientes) ¿Qué pasó? ¿Por qué te quedaste así de callado y de serio?
Danilo: Milena, hay algo que tengo que decirte, pero no sé si sea bueno hacerlo en este momento. Quiero esperar a que te recuperes.
Milena: Por la cara que pusiste se ve que es importante y ya me intrigaste, así que no me puedes dejar así. Dime de qué se trata.
Danilo suelta un suspiro tratando de tomar la valentía de decirle a su hermana sobre su condición.
Danilo: Prométeme que vas a ser fuerte, ¿sí? Es difícil y no quiero que te pongas mal.
Milena: Habla, Danilo. Me estás comenzando a preocupar.
Danilo: Prométemelo.
Milena rueda los ojos y suspira exasperada.
Milena: Está bien, te lo prometo, pero habla ya y no les des más vueltas.
Danilo: Milena, tú… (Hace una pausa) Me duele en el alma decirte esto, pero no puedes caminar.
Milena desencaja el rostro de inmediato.
Danilo: El doctor dijo que el accidente afectó tu columna y vas a tener que usar silla de ruedas.
Milena niega con la cabeza sin lograr asumir de golpe aquella noticia por boca de su hermano y pronto sus ojos se llenan de lágrimas.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Manuel le ha dicho a Eduardo que ha regresado para reclamar la parte del patrimonio familiar que le corresponde. Los dos hermanos se retan con la mirada.


Eduardo: Debes estar desvariando. Tras de que fuiste amante de mi esposa e intentas secuestrarme en complicidad con mi hija, ¿me pides que te dé tu parte de la herencia?
Manuel: Es mi derecho, Eduardo. Mamá ya murió y…
Eduardo: (lo interrumpe) Mi mamá no tenía nada. Entiéndelo. Todo siempre ha estado a mi nombre y la única circunstancia bajo la que podrías heredar algo sería con mi muerte.
Manuel: (molesto) ¡Es injusto! He luchado por años para reclamar lo mío, lo que por derecho me corresponde. Mi mamá y tú siempre me privaron de ello, pero a los dos se les olvidó que yo también hago parte de la familia.
Eduardo: Sí, por desgracia lo eres, pero si mi mamá me confió a mi nuestro patrimonio no fue por capricho. Ella sabía que eres un inútil que de seguro iba a despilfarrarlo todo.
Manuel: ¿Qué hay de ti? Recuerda que tenemos serios problemas financieros, que hipotecaste la hacienda y que muchos de nuestros socios e inversionistas nos dieron la espalda por tu culpa.
Eduardo: Pero pienso arreglarlo y no quedarme de brazos cruzados.
Manuel: (desesperado) Eduardo, no me hagas esto. Te lo pido. Tan solo te estoy pidiendo mi parte y te juro que luego de eso me desapareceré de tu vida para siempre.
Eduardo: ¿Por qué ese interés de repente? ¿Qué te hizo volver a última hora si quedamos en que recibirías tu cheque mensual de mi parte?
Manuel: Porque no estoy dispuesto a recibir limosnas de tu parte y, además… Eduardo, yo…
Eduardo: (ríe ente dientes) Tu cara me lo dice todo. ¿Qué hiciste ahora?
Manuel: Me metí en un problema muy grave en el extranjero y estoy temiendo por vida.
Eduardo: (extrañado) ¿Qué clase de problema?
Manuel: Empecé a apostar en casinos y me endeudé hasta la médula con personas peligrosas, personas de la mafia. Están buscando mi cabeza y huí en cuanto me fue posible.
Eduardo: Ya decía yo. Mejor anda y dime. ¿De cuánto es la deuda?
Manuel: Es incalculable. Son millones de dólares.
Eduardo: (sorprendido) ¿Millones? ¿En qué momento te endeudaste tanto?
Manuel: ¿Qué se yo? Empecé a frecuentar casinos para matar el aburrimiento y cuando menos pensé pasó.
Eduardo: Esa no es una respuesta válida. ¿Cómo pudiste ser tan idiota?
Manuel: No vine para recibir sermones o regaños de tu parte. Esto es serio, Eduardo y si me encuentran, me van a matar de la peor manera que te puedas imaginar. Van a vender mis órganos para recuperar el dinero y… (Rompe a llorar asustado) Tienes que ayudarme, por favor…
Eduardo: Perdóname, Manuel, pero eso es problema tuyo y tú te lo buscaste. Yo no puedo hacer nada por ti.
Manuel: ¡Eduardo!
Eduardo: Hacer una repartición de bienes acabaría con todo nuestro patrimonio y nos llevaría a la ruina total. ¿Qué no lo entiendes?
Manuel: Entonces, ¿qué pretendes qué haga? ¿Qué me esconda toda la vida de esos rufianes? ¡Te estoy diciendo que me quieren matar! No puedo vivir así.
Eduardo: Entonces, empieza a buscarte una rica heredera con la cual puedas casarte y no sé, tener hijos, formar una familia.
Manuel: (incrédulo) ¿Me estás hablando en serio?
Eduardo: Muy en serio. Después de todo, eso nos salvó una vez, ¿recuerdas? Helena y yo nos casamos, y gracias a ese matrimonio, nuestra familia se salvó de la ruina.
Manuel: Tú no lo viste de esa manera. Estabas ciegamente enamorado de ella.
Eduardo: (con rencor) Porque fui un imbécil que pensó que ella me amaba, pero ya abrí los ojos y por fin entendí que así se mueve el mundo, con interés. El amor es solo basura.
Manuel: Te oigo y me parece escuchar a mamá.
Eduardo: Tal vez ya vaya siendo hora de heredarle a ella un poco de su astucia, ¿no crees? Tú y yo podemos encargarnos de sacar adelante la hacienda y todo nuestro patrimonio si cada uno se casa con una rica heredera.
Eduardo le da la espalda a Manuel y comienza a vestirse frente a él.
Manuel: Hablas con tanta seguridad que debo admitir que te desconozco. Has cambiado.
Eduardo: Te lo acabo de decir (Poniéndose el pantalón y abrochándoselo). Helena y sus mentiras me abrieron los ojos. El Eduardo al que todos conocieron se acabó, Manuel. Este que ves aquí es un hombre nuevo que seré implacable, así que, si quieres tu parte, gánatela.
Manuel: ¿Tú ya tienes acaso a la “rica heredera” que quieres deposar en mente?
Eduardo: Sí y ambos la conocemos muy bien.
Manuel: Déjame adivinar. ¿Carolina de La Torre? Después de todo, la muy imbécil siempre ha estado enamorada de ti.
Eduardo: Carolina tiene dinero, pero sé perfectamente que su padre no la dejaría casarse conmigo y podría hasta desheredarla.
Manuel: ¿Quién entonces?
Eduardo termina de ponerse la camisa y voltea a ver a su hermano.
Eduardo: Marissa Miranda, la ex esposa de Luis Enrique Escalante.
Manuel: Pensé que habías descartado tu matrimonio con esa mujer, pero ahora entiendo por qué estabas tan empeñado en casarte con ella. ¿Tanto dinero tiene?
Eduardo: El suficiente para unir los dos patrimonios y salvarnos de la ruina, pero el trabajo de casarme no lo haré yo solo. Consíguete una y luego hablamos tú y yo si tanto quieres heredar.
Eduardo toma su saco y sale de la habitación dejando a solas a Manuel. Éste se queda pensativo a la vez que sorprendido por la actitud que ha tomado su hermano.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Milena llora ante la noticia que su hermano le ha dado. Éste le ha dicho que no podrá volver a caminar como resultado del accidente y, desesperada, intenta levantarse de la cama.


Milena: Dime que eso no es cierto, Danilo. Dime que estoy soñando, por favor.
Danilo: ¡Milena! (Deteniéndola) ¡Milena, cálmate! Tienes que guardar reposo. No te puedes parar.
Milena: ¿Cómo quieres que me quede tranquila después de lo que me acabas de decir? Estoy inválida. No puedo caminar.
Danilo: Te advertí que era algo difícil y me prometiste que serías fuerte.
Milena: (desconsolada) Es que no puedo. Me duele en el alma pensar que perdí mis piernas y ya no voy a volver a ser la misma. Esto me cambia mucho la vida, Danilo. ¿Qué voy a hacer?
Danilo: Escúchame. Nada va a cambiar. Todo seguirá siendo lo mismo.
Milena: ¡Voy a tener que usar una silla! ¿No te das cuenta? Ya no voy a poder trabajar, no podré valerme por mí misma. Voy a ser una carga para todos, para ti.
Danilo: (sollozo) Milena, no te permito que digas eso. Tú nunca serías una carga para mí. Eres mi hermana, mi hermanita… (Acariciándole el cabello) Todo va a seguir igual y hay personas que te queremos mucho y no te vamos a dejar sola.
Milena: Pablo no me va querer así.
Danilo: Deja de decir tonterías. Él te va a aceptar de cualquier manera y si de verdad te quiere, va a estar contigo. Te lo aseguro.
Milena: ¡Ay, Danilo!
Milena no deja de llorar desconsolada y sintiéndose notablemente triste. Danilo la abraza con suavidad y la conforta frotándole la espalda.
Danilo: Tranquila. Vas a ver que yendo a terapia y con un buen cirujano podrás caminar de nuevo. Te lo prometo.
Milena: Quisiera ser tan positiva como tú, pero ¿de dónde vamos a sacar la lana? Voy a tener que estar confinada a una silla de ruedas toda la vida.
Danilo: Por eso no te preocupes. Voy a trabajar muy duro para recoger la lana y en menos de lo que piensas, vas a caminar de nuevo. Te lo prometo.
Danilo besa en la cabeza a su hermana y continúa abrazándola. Milena, sin embargo, no para de llorar, por lo que él la consuela.
EXT. / CARRETERA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Está atardeciendo ya y la lluvia ha cesado. Marissa aún aguarda en el auto, pero Luis Enrique no ha regresado.

Marissa: Llevo un par de horas esperando a Luis Enrique y aún no aparece. ¿En dónde se metió?
Marissa observa inquieta a su alrededor para ver si logra vislumbrar a su ex esposo, pero no. Tan solo ve el solitario descampado, además de escuchar el canto de los grillos.
Marissa: (preocupada) ¿Qué hago? ¿Qué tal si le pasó algo? Debería ir a buscarlo.
Es así como la mujer sale del auto caminando con algo de dificultad por su tobillo herido. Cojea e intenta apoyarse en los árboles, pero sigue sin ver a Luis Enrique.
Marissa: ¡Luis Enrique! ¡Luis Enrique! ¿Dónde estás?
Marissa continúa caminando y gime adolorida, pero sus intentos de búsqueda son inútiles y no ve a nadie alrededor.
Marissa: ¡Luis Enrique! ¡Por favor contéstame! ¿Dónde te metiste? Es casi de noche.

Luis Enrique: ¡Marissa! ¡Por aquí!
Ella voltea a ver, pero de repente, da un paso falso que la hace resbalar debido a la oscuridad y humedad del lugar.
Marissa: (adolorida) ¡Argh!
Luis Enrique: ¡Marissa!
Luis Enrique corre preocupado y con prontitud hacia la mujer, quien yace adolorida en el suelo.
Luis Enrique: (inclinándose) ¿Estás bien?
Marissa: Creo que terminé de lastimarme el tobillo (Intenta moverse) ¡Ah! Me duele peor que hace un rato.
Luis Enrique: Está bien. No te muevas.
Luis Enrique carga a Marissa entre sus brazos y la lleva de vuelta al auto para luego sentarla en el asiento de copiloto. Con destreza, el hombre se quita la camisa.
Marissa: ¿Qué vas a hacer?
Luis Enrique rasga la camisa en trozos.
Luis Enrique: Estás sangrando, ¿no lo ves? Puede infectarse la herida y ponerse peor luego.
Es así como el hombre toma uno de los trozos de su camisa y envuelve la herida. Marissa se queja, pero trata de aguantar el dolor.
Luis Enrique: ¿Qué tal así?
Marissa: Está bien. Gracias.
Luis Enrique: De verdad que eres terca. Debiste quedarte en el coche tal y como te dije, pero mira lo que te pasó por llevarme la contraria.
Marissa: Me preocupé porque te estabas tardando demasiado y quería saber qué había pasado.
Luis Enrique: Estaba buscando un punto de la carretera donde hubiera señal para llamar una grúa como te dije. No tenías que salir a buscarme.
Marissa: Bueno, ya no me pongas más nerviosa, por favor. Estoy comenzando a sentirme un poco mal y llevamos horas atrapados aquí.
Luis Enrique: Eduardo ya debe estar por llegar. Trata de aguantar un poco más.
Marissa: (tiritando) Quisiera, pero me estoy congelando.
Luis Enrique: Cúbrete con esto.
Luis Enrique le entrega lo que quedó de su camisa a Marissa.
Luis Enrique: No es mucho, pero al menos te mantendrá cálida.
Marissa toma un poco indecisa la camisa rasgada de su ex esposo y se cubre.
Marissa: Gracias. Lamento mucho todos estos inconvenientes por los que has pasado por mí.
Luis Enrique: Pierde cuidado. Esto no es culpa de nadie. Por ahora trata de descansar y no hagas otra cosa estúpida. Voy a estar aquí afuera por si necesitas algo.
Luis Enrique permanece por fuera del auto y comienza también a tiritar de frío. Marissa lo nota.
Marissa: Si deseas, sube al coche. Está haciendo frío.
Luis Enrique: No te preocupes. No quiero incomodarte. Estoy bien aquí.
Marissa: Luis Enrique, si te quedas ahí afuera, vas a enfermarte y ya suficiente has tenido por hoy. Vamos, sube. No tengo ningún problema.
Luis Enrique: ¿Estás segura?
Marissa: Sí, de verdad.
Luis Enrique sube al auto ante tal petición y se sienta en la silla de piloto. Marissa se incomoda un poco y se pone nerviosa al tenerlo cerca con el torso descubierto.
Luis Enrique: Gracias por tu consideración.
Marissa: (sonriendo) Quien debe darte las gracias soy yo por todo lo que has hecho por mí.
Luis Enrique: Es lo menos que puedo hacer para demostrarte que de verdad estoy arrepentido por el daño que te hice tiempo atrás.
Marissa: Olvidemos ese tema. No es necesario recordarlo. ¿Por qué mejor tú también no tratas de descansar? Debes estar muy agotado.
Luis Enrique: Voy a tratar, pero no te preocupes por mí. Tú eres la que necesita reposar. Te haré saber cuándo llegue Eduardo.
Marissa: Está bien.
Marissa se recuesta en el asiento para descansar. Luis Enrique hace lo mismo y se cruza de brazos, pero sin que ella se dé cuenta, la mira con una particular malicia.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Ha caído finalmente la noche en el pueblo. Carolina sale del baño en pijama y usando bata, pero cuando se dirige a la cama, escucha el sonido de una notificación en la laptop que tiene sobre el escritorio, cosa que llama su atención.

Carolina: Debe ser de la agencia. Cómo detesto recibir correos a esta hora.
Carolina se acerca al escritorio y se sienta para revisar la notificación. En efecto, ve que es un correo, pero se extraña al no reconocer el remitente.
Carolina: (frunciendo el ceño) Qué extraño. Esto no es de la agencia. No reconozco la dirección.
Carolina abre el correo y ve que es un video, algo que le extraña aún más, por lo que decide reproducirlo. Es así como puede ver que se trata de la grabación donde se capta el momento exacto en que Helena pretendía suicidarse antes de ser asesinada.
Carolina: ¿Qué significa esto?
Carolina desencaja el rostro y empalidece al ver dicha grabación que le trae un contundente recuerdo.
FLASHBACK
Helena, en pijama y bata, baja las escaleras lentamente dirigiéndose a la cocina. Camina en silencio y su rostro no se enfoca, cuidando que no sea escuchada ni vista por nadie. Una vez que llega a la cocina, sale por la puerta trasera y llega justo a la amplia piscina de la hacienda. La mujer camina a pasos lentos hacia la piscina y se puede ver cómo en una de sus manos sostiene un cuchillo e incluso se logra oír un leve gimoteo por parte de ella.
Helena: (en un hilo de voz) Es mejor acabar con esto de una vez por todas. No tengo la valentía de afrontar mis pecados…
Es así como, sin esperárselo, una persona misteriosa se le acerca por detrás y en una maniobra rápida, le arrebata el cuchillo, la aprisiona y la degüella en la fracción de un segundo. Helena cae al piso desangrándose y gimiendo de impotencia, pero la persona misteriosa que ha atentado contra ella, la patea y la hace rodar sin piedad a la piscina en donde la mujer comienza a chapucear ahogándose. El agua de la piscina se mezcla con la sangre y la cámara poco a poco enfoca el rostro del asesino.
Carolina: Hasta nunca, amiga…
Carolina observa lo que acaba de hacer con una mirada endurecida y un aura oscura. Usa además un traje especial y guantes negros. Decide lanzar el cuchillo al piso y huye de allí.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina ha dejado de recordar y se ve notablemente tensa. Epifanio irrumpe en la habitación en ese instante.

Epifanio: Carolina…
Carolina se exalta al escucharlo y en la fracción de un segundo cierra bruscamente la laptop.
Carolina: ¡Papá!
Epifanio: Tenemos una conversación pendiente, hija.
CONTINUARÁ…

INT. / HOSPITAL, SALA DE ESPERA / DÍA
Danilo ha regresado al hospital y camina pensativo después de los hechos ocurridos en los que varios habitantes del pueblo intentaron linchar y desterrar a Marissa. El muchacho tiene un recuerdo al tiempo que se tumba sobre una de las sillas de la sala de espera.

FLASHBACK
Marissa toma las manos de Danilo y lo mira con los ojos sollozos.
Marissa: Te agradezco en el alma todo lo que haces por mí, Danilo. Tú siempre salvándome la vida. No tengo cómo pagarte.
Marissa se lanza a abrazarlo. Éste le corresponde y la presiona contra él con suavidad mientras cierra los ojos. Luis Enrique observa algo incómodo.
Danilo: Cuídese mucho, señora. Luego nos vemos.
FIN DEL FLASHBACK
Danilo: Ella me recuerda tanto a…
FLASHBACK
MESES ANTES
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HELENA Y EDUARDO / NOCHE
Helena ha drogado a Eduardo y lo deja dormido sobre la cama. Lisa observa por la puerta entreabierta con total indignación.
Helena: Buenas noches, esposo mío.
Lisa empuña sus manos ante la indignación que siente. Helena le da un leve beso en los labios al hombre y se apura a salir de la habitación. Lisa se aparta antes de ser vista y se esconde tras una pared para luego hacer una llamada con su celular.

Lisa: Helena ya va en camino a encontrarse con su amante, el viejo Epifanio de La Torre. De seguro van a verse y a fornicar en la misma cabaña donde siempre se ven (Pausa). Sí, así es. Es la hora.
Lisa sonríe con su típica malicia y cuelga el celular. Helena, por su parte, baja las escaleras y entra a la cocina, cuidando no ser vista por nadie. Cuando pretende salir por la puerta de la cocina, es tomada del brazo por alguien.

Danilo: Doña Helena…
Helena se exalta y voltea a ver.
Helena: ¡Danilo!
Danilo: Escúcheme. No tengo mucho tiempo, pero hay algo que debe saber antes de ir a esa cabaña para verse con don Epifanio.
Helena: (nerviosa) No sé de qué me hablas. Voy a salir solo para tomar algo de aire. Estoy un poco estresada y no puedo dormir.
Danilo: No tiene por qué negarlo. Yo sé que usted y don Epifanio son amantes.
Helena: ¿De dónde sacas algo así?
Danilo: (mirándola dolida) Y conmigo solo ha jugado. Me ha tenido de monigote para quitarse las ganas cada vez que se le antoje, ¿no?
Helena: ¿Quién te envenenó contra mí? Te he dicho que te amo y que eres el único para mí.
Helena intenta abrazar al muchacho, pero éste se aparta molesto.
Danilo: Ya no tiene qué seguir mintiéndome. Yo a usted sí la amo, ¿sabe? Pero he sido un idiota por pensar que usted, una dama de sociedad, se fijaría en un peón y qué va.
Helena: Danilo, ya basta…
Danilo: Es mejor que se ahorre los discursos, ahora lo que importa es que su hija, la señorita Lisa, está al tanto de todo.
Helena: (sorprendida) ¿Qué dices?
Danilo: Ella la ha seguido varias veces a la cabaña y los ha descubierto a usted y a don Epifanio haciendo… (Hace una pausa) Bueno, usted lo sabe mejor que yo.
Helena: Es imposible. Lisa no pudo.
Danilo: Vine a decirle esto porque está fuera de sí y me encargó matarla.
Helena: (impactada) ¿De qué estás hablando? Lisa es mi hija. Me adora.
Danilo: Ella quiere que usted esté muerta y me chantajeó con correrme de la hacienda a mí, a mi hermana y a mi mamá si no la obedecía, además también supo de lo que hubo entre usted y yo, y me amenazó con decírselo a la familia (Baja la cabeza).
Helena se recuesta en el mesón de la cocina y se lleva una mano al pecho, sin lograr asumir de golpe todo lo que le dice el joven.
Danilo: Tan solo quiero decirle que, a pesar de todo, la amo y sería incapaz de atentar contra usted, doña Helena. Por eso, si me permite darle un consejo, huya… Huya muy lejos y no regrese porque no se le vienen cosas buenas.
Danilo se limpia los ojos y se retira de allí. Helena se queda a solas y comienza a temblar sin poder asumir lo que acaba de escuchar por boca del joven. Es así como, en medio del frenesí de emociones que siente, rompe a llorar y se cubre la boca para no ser escuchada.
FIN DEL FLASHBACK
Danilo deja de recordar aquel doloroso momento. Pablo se acerca y nota que su amigo está pensativo, por lo que lo interrumpe.

Pablo: Oye, Danilo… (Él no contesta) Danilo. ¿Me escuchas?
Pablo pone su mano sobre el hombro de él y lo mueve.
Danilo: (reaccionando) Ah, Pablo. ¿Qué onda?
Pablo: ¿Qué onda, bro? ¿Por qué tan ido?
Danilo: Estoy un poco preocupado.
Pablo: ¿Por qué? ¿Dónde están tu mamá y la mía? ¿Qué pasó al final con ellas?
Danilo: (suspira) Larga historia, pero, para resumir, tu mamá se fue con aquel tipo, con ese señor que dice ser dizque nuestro padre.
Pablo: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Por qué?
Danilo: Mi mamá puso a un grupo de gente en contra de la tuya. La acusó de cosas retefeas y ya sabes cómo son. Querían correrla del pueblo a punta de pedradas.
Pablo: (angustiado) ¿Pero está bien? ¿Lograron herirla o algo?
Manuel: Empecé a apostar en casinos y me endeudé hasta la médula con personas peligrosas, personas de la mafia. Están buscando mi cabeza y hui en cuanto me fue posible.
Pablo: Eso no me da buena espina, bro. Mi papá no es un tipo de fiar. Él fue un pésimo marido con mi mamá y por su culpa es que he sufrido de amnesia Milena incluso lo escuchó cuando le pedía a un doctor que me metiera en una clínica psiquiátrica y me hiciera pasar por retrasado.
Danilo: Créeme que a mí tampoco me da buena espina, pero no teníamos opción. Tu mamá no podía caminar bien y se nos venían encima con piedras. ¿Qué querías que hiciera?
Pablo: Bueno, ya qué. Espero tener noticias de ella pronto.
Danilo: Hablando de noticias, ¿qué te dijeron de mi hermana?
Pablo calla incómodo ante esa pregunta y no pone buena cara. Danilo lo nota.
Danilo: ¿Qué pasa? ¿Por qué te quedas callado? ¿Qué te dijeron?
Pablo: Danilo… Milena… (Hace una pausa) Milena quedó inválida. No podrá caminar.
Danilo se impacta al escuchar tal noticia y su expresión no tarda en denotar cuánto le afecta.
INT. / AUTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique sigue conduciendo su auto en dirección a otro pueblo. Ha empezado a llover y en un momento dado, él estaciona el vehículo por fuera de la carretera. Marissa se extraña ante ello.


Marissa: ¿Qué ocurre, Luis Enrique? ¿Por qué nos detenemos justo aquí?
Luis Enrique: Tal parece que algo está fallando, pero no sé de qué se trata.
Marissa: (sorprendido) ¿Estás seguro?
Luis Enrique: Pues no lo sé. Tengo que salir a revisar porque puede ser peligroso conducir en esas condiciones y con la lluvia podríamos tener un accidente.
Marissa: Está lloviendo a mares. Es mejor que esperes a que escampe un poco.
Luis Enrique: Esperar no es conveniente. Puede hacerse de noche y te prometí que te llevaría al dispensario del pueblo vecino.
Marissa: Pero…
Luis Enrique: Quédate aquí. No me tardo.
Luis Enrique sale del auto en medio de la torrencial lluvia y destapa el capó. Marissa observa preocupada a través de la ventana y saca la cabeza.
Marissa: ¿Checaste qué anda mal?
Luis Enrique regresa empapado al coche y sube.
Luis Enrique: Creo que es la batería del coche. Tal vez esté desgastada. No lo sé.
Marissa: Entonces, ¿qué vamos a hacer? Estamos en medio de la nada.
Luis Enrique: Quédate tranquila. Voy a llamar a Eduardo para que venga por ti y pediré una grúa. Espero haya suficiente señal.
Luis Enrique saca su celular para hacer las llamadas correspondientes. Marissa luce preocupada.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Eduardo sale del baño en bata y secando su cabello, puesto que acaba de tomar una ducha. De repente, escucha que una llamada entra a su celular, por lo que mira en la pantalla de quién se trata y contesta sin mucho interés.

Eduardo: Dime, Luis Enrique.
Las escenas de ambos se intercalan al hablar.
Luis Enrique: Qué gusto me da escucharte, Eduardo. Estamos en problemas y necesitamos tu ayuda.
Eduardo: (extrañado) ¿Quiénes? ¿Qué ocurre?
Luis Enrique: Marissa y yo.
Eduardo: ¿Qué hacen ustedes dos juntos?
Luis Enrique: Mira, no tengo buena señal y es una larga historia. Marissa está herida e iba a llevarla al dispensario del pueblo vecino, pero tuve un problema con mi coche y estamos atrapados en la carretera.
Eduardo: (preocupado) ¿Y cómo está? ¿Es grave?
Luis Enrique: Por fortuna no, pero debes venir por ella. Estamos a las afueras de Villa Encantada.
Eduardo: Muy bien. No se muevan de ahí. Ya mismo salgo para allá. Cuídale bien, por favor.
Eduardo cuelga el celular y va al closet para buscar ropa qué ponerse, sin embargo, en un momento dado se queda pensativo.
Eduardo: ¿Qué hacen Marissa y Luis Enrique juntos? Se supone que estaban enemistados.
En ese momento tocan la puerta de la habitación. Eduardo se exaspera ante ello.
Eduardo: Pase. Está abierto.
El ama de llaves: (entrando) Disculpe, don Eduardo. Hay alguien que desea verlo y hablar con usted.
Eduardo: Voy de salida y no tengo tiempo para atender a nadie. Quien quiera que sea, discúlpame y dile que regrese más tarde.

Manuel: (entrando) ¿Ni siquiera tienes tiempo para atenderme a mí, hermano?
Eduardo se sorprende al ver a Manuel. Éste, quien al parecer ha regresado de viaje, lo mira con su típica sonrisa burlona.
EXT. / CARRETERA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Luis Enrique, por su parte, ha colgado también la llamada. Marissa lo mira inquieta.


Marissa: ¿Qué te dijo? ¿Vendrá?
Luis Enrique: Sí. Me dijo que ya mismo saldría para acá. Mientras llega, voy a llamar alguna grúa que venga y recoja el coche.
Luis Enrique marca y se lleva el celular a la oreja.
Luis Enrique: (molesto) ¡Carajo! Solo esto me faltaba…
Marissa: ¿Qué pasa?
Luis Enrique: La señal… La maldita señal se cayó. Es muy baja, por no decir nula (Intenta marcar de nuevo).
Marissa: Bueno. Llama una vez más.
Luis Enrique: (negando con la cabeza) Es inútil, ni siquiera logro escuchar el tono.
Marissa: Tal vez funcione más tarde, así como lograste llamar a Eduardo hace un momento. No te exasperes todavía.
Luis Enrique: Estamos en medio de la nada, Marissa y, además, llueve cada vez más fuerte. Puede que al salir a la carretera el celular agarre más señal.
Marissa: Pero vas a pescar un resfriado así. Mírate nada más lo empapado que estás.
Luis Enrique: ¿Qué quieres que haga? No puedo dejar el coche abandonado en este lugar y necesito que la grúa lo recoja para cuando Eduardo llegue.
Marissa: Luego podemos ver cómo solucionar el inconveniente. Es mejor que te quedes aquí.
Luis Enrique: No te preocupes. Enseguida regreso.
Marissa: Luis Enrique, no…
Luis Enrique hace caso omiso y sale de nuevo del auto en dirección a la carretera para aparentemente buscar señal. Marissa se queda allí, preocupada e inquieta.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA
Manuel ha regresado a la hacienda y ha irrumpido en la habitación de su hermano de manera sorpresiva. Eduardo no lo ve con buenos ojos.


Eduardo: (al ama de llaves) Retírate, por favor.
El ama de llaves: Sí, patrón. Con permiso.
El ama de llaves sale y deja solos a los dos hombres. Manuel, con total descaro, toma asiento en una silla y cruza las piernas mirando alrededor.
Manuel: Veo que las cosas no han cambiado mucho desde mi partida o bueno, por lo menos tu habitación ya no apesta a licor, hermanito.
Eduardo: (indiferente) ¿Cuándo regresaste?
Manuel: Esta mañana temprano, pero por la cara que pusiste, parece que no te agradó mucho.
Eduardo: ¿Qué te puedo decir? El día de mi boda me entero que querías sacarme del mapa en complicidad con quien se supone era mi hija. ¿Debería alegrarme?
Manuel: Te pedí perdón por eso. Recuérdalo.
Eduardo: Perdón que no te creí nada. Bien que podría haberte refundido en la cárcel por lo que trataste de hacer, pero para no complicar las cosas y por la muerte de Lisa, lo dejé pasar.
Manuel: Pues, aunque no me lo creas, sí me pesan todos los errores que cometí y ya sé que no estuvo nada bien lo que hice, pero ya, hombre. Deja los rencores en el pasado.
Eduardo: Muy fácil y conveniente para ti decirlo, ¿no?
Manual: Eduardo, hermano…
Eduardo: Tú a mí no me vas a convencer con tu falso arrepentimiento, Manuel. Mejor anda y dime para qué regresaste.
Manuel: ¿Por qué piensas que debo tener una razón?
Eduardo: Porque tú eres así y no me extraña que algo te traigas entre manos. Dudo mucho que sólo regresaras para hacerme la visita y saber cómo estoy, así que habla. ¿Qué quieres?
Manuel guarda silencio y se pone de pie paseándose por la habitación. Eduardo lo mira con suspicacia.
Manuel: Bueno, pues ya que insistes, sí hay algo que me interesa.
Eduardo: (ríe entre diente) Lo sabía, pero bueno. Déjate de rodeos y dime ya qué es. ¿Dinero? ¿Un cheque? ¿Qué se antoja, “hermanito”?
Manuel: Quiero mi parte del patrimonio de nuestra familia.
Manuel dice aquello con gran firmeza. Eduardo sólo lo ve muy serio y calla.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Tarcisio se encuentra monitoreando el trabajo de los peones que cargan pesadas bolsas de papa y otros vegetales que se cosechan en la hacienda para ponerlos en un camión.

Tarcisio: Rápido, idiotas. Este trabajo debe estar finalizado para las cinco y el camión se debe ir. Nosotros somos los proveedores y quiero verlos trabajando. ¿Me escucharon? ¡Rápido!
Cecilia va pasando por allí, abrazándose a sí misma con la mirada ida. Es de notar que está bañada en lodo, despeinada y con rasguños en su cuerpo después de la pelea que sostuvo con Marissa a las afueras del hospital. Tarcisio la ve con curiosidad.

Tarcisio: Miren nomás a quién tenemos aquí. ¿Qué te pasó, mi Ceci? ¿En qué pelea de gatas te metiste ahora?
Cecilia: Ese no es tu problema, Tarcisio. ¡Déjame en paz!
Tarcisio: (riendo) ¿Por qué tan arisca? Yo nomás preguntaba para saber si te puedo ayudar.
Cecilia: ¿En qué me puedes ayudar tú? ¡Nadie me puede ayudar! ¡Estoy completamente acabada! ¡Sola! (Rompe a llorar).
Tarcisio: Tampoco es para que te pongas así, mi reina.
Cecilia: ¿Tú qué sabes? Mis hijos me odian y el amor de vida, el hombre con el que he tenido una relación por años, me la está jugando doble. ¿Cómo quieres que me ponga?
Tarcisio: Óyeme, esa no me la sabía. Te lo tenías bien guardado, eh. ¿Quién es el güey?
Cecilia mira fulminante y con desgrado al capataz por su imprudencia, por lo que decide seguir de largo, sin embargo, él la detiene y la alcanza interponiéndosele en el paso.
Tarcisio: Óyeme, óyeme. Espérate, estás muy sensible. Yo solo preguntaba por curiosidad.
Cecilia: No tengo por qué contarte mi vida privada para que mates tu curiosidad. Total, no sé ni para qué estoy perdiendo mi tiempo hablando con un pelado como tú.
Cecilia sigue su camino.
Tarcisio: ¿De casualidad la gata de la que tu hijito está enamorado no tendrá algo que ver?
Cecilia se detiene en seco al escucharlo y voltea a verlo. Él sonríe con picardía.
Cecilia: ¿Te refieres a la mojigata?
Tarcisio: Pos no sé. Dime tú si estamos hablando de la misma mujer que tu hijito, el héroe, metió a la hacienda a escondidas de todo mundo.
Cecilia: (suspicaz) Sí, es la misma. ¿Por qué la pregunta? ¿Tú qué sabes al respecto?
Tarcisio: Yo nada, mi reina. Como me dijiste que tus hijos te odian, pos me supuse que ella puede tener algo que ver. Últimamente se le subieron los humos y ya se las da de dueña y señora.
Cecilia: Pues acertaste. Ella es la culpable de todas mis desgracias. Por culpa de esa maldita mojigata mis hijos me detestan y no quieren saber de mí, y para colmo pretende robarme mi hombre (Habla tensionando la mandíbula).
Tarcisio: Órale, qué mal. La llegada de esa gata solo nos ha traído problemas a todos. Dicen las malas lenguas que por ella hasta se murió la escuincla ésa de Lisa en el accidente.
Cecilia: No me extrañaría que fuera también culpable de eso. Esa mujerzuela es un estorbo, una cucaracha que, por más que intentes matar, de alguna forma se escabulle. Cómo la odio.
Tarcisio: Tú no eres la única, no te creas. Yo también la detesto y no sabes lo mucho que me gustaría acabar con esa gata mugrosa que por poco me deja ciego.
Cecilia: (curiosa) ¿Cómo acabar con ella? ¿Qué quieres decir?
Tarcisio: No sé. De casarse con el patrón, tu chamba y la mía en la hacienda tienen los días contados, y no sé tú, pero yo no lo pienso permitir.
Cecilia: A mí el trabajo es lo que menos me interesa. Me importa mi familia, la misma que ella se ha encargado de desunir con su llegada.
Tarcisio: Entonces, ¿por qué no nos aliamos y acabamos con ella?
Cecilia escucha con atención como si aquella propuesta de verdad le tentara.
Tarcisio: Quitemos del medio de una vez por todas a esa mojigata como tú le llamas.
Cecilia: ¿Cuándo y cómo?
Tarcisio: Yo me puedo encargar de hacerle pagar muy caro sus humillaciones y el daño que te ha hecho. Déjamelo a mí, pero…
Tarcisio levanta con delicadeza el mentón de la mujer y la mira con cierta lascivia.
Tarcisio: Tú sabes que nada es gratis en esta vida, mi Ceci. Tengo que recibir alguna retribución por ese trabajito sucio.
Cecilia: (apartándole la mano) Ni lo pienses. Yo jamás podría acostarme con un cerdo como tú.
Tarcisio: (riendo) ¿Ni siquiera por salvar a tu familia y deshacerte de tu peor enemiga? Mira que ganaremos por partes iguales y el horror de probar un macho como yo solo será por una vez.
Cecilia se queda pensativa.
Tarcisio: ¿Qué dices? ¿Le entras o no?
Cecilia guarda silencio y mira con desprecio al capataz, sintiéndose indecisa ante tal proposición.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Danilo entra a ver a su hermana, quien está ya consciente y aunque aún luce débil, parece tener un mejor semblante.


Milena: (sonriendo) Danilo, hermanito.
Danilo: ¿Qué onda, enana?
Milena: Tarado, ya no soy una enana. Tú sabes que no me gusta que me digas así.
Danilo: (riendo) Perdón. Quería recordar viejos tiempos de cuando éramos chamacos.
Milena: (melancólica) Sí, viejos tiempos cuando no nos preocupábamos por nada. Cómo nos ha cambiado la vida estos meses, ¿no?
Danilo: Demasiado. Por ahí dicen que todo tiempo pasado fue mejor, pero cuéntame. ¿Cómo fue que te accidentaste?
Milena: La verdad no recuerdo bien. Todo fue muy rápido. Lo que sí recuerdo es que me sentía muy mal porque había perseguido a mamá a verse con un hombre y vaya sorpresa la que me llevé cuando descubrí que ese hombre era nada más y nada menos que nuestro padre.
Danilo: Yo apenas me vine a enterar anoche de quién se trata. Es uno de los socios de don Eduardo.
Milena: ¿Mamá y él están aquí?
Danilo: (negando con la cabeza) No. Los corrí y les dije que se alejaran de nosotros. Estoy harto de que nos hagan daño. Por culpa de ellos tuviste este accidente y ahora tú…
Milena: (extrañada) ¿Yo qué? ¿Qué ibas a decir?
Danilo: Nada. Es mejor que descanses. Me alegra ver que estás mejor.
Milena: Sí, aunque estoy un tantito adolorida. El doctor me dijo que me operaron y no te imaginas. Me siento como si me hubiera pasado un camión (Intenta recostarse). ¡Argh! (Adolorida).
Danilo: Quédate acostada. No te sobre esfuerces que no te hace bien.
Milena: Es que me canso de estar en la misma posición, pero lo que se me hace extraño es que no siento las piernas. ¿Tú crees que sea el efecto de la anestesia que todavía no se me pasa?
Danilo calla ante esa pregunta y se incomoda.
Milena: (ríe entre dientes) ¿Qué pasó? ¿Por qué te quedaste así de callado y de serio?
Danilo: Milena, hay algo que tengo que decirte, pero no sé si sea bueno hacerlo en este momento. Quiero esperar a que te recuperes.
Milena: Por la cara que pusiste se ve que es importante y ya me intrigaste, así que no me puedes dejar así. Dime de qué se trata.
Danilo suelta un suspiro tratando de tomar la valentía de decirle a su hermana sobre su condición.
Danilo: Prométeme que vas a ser fuerte, ¿sí? Es difícil y no quiero que te pongas mal.
Milena: Habla, Danilo. Me estás comenzando a preocupar.
Danilo: Prométemelo.
Milena rueda los ojos y suspira exasperada.
Milena: Está bien, te lo prometo, pero habla ya y no les des más vueltas.
Danilo: Milena, tú… (Hace una pausa) Me duele en el alma decirte esto, pero no puedes caminar.
Milena desencaja el rostro de inmediato.
Danilo: El doctor dijo que el accidente afectó tu columna y vas a tener que usar silla de ruedas.
Milena niega con la cabeza sin lograr asumir de golpe aquella noticia por boca de su hermano y pronto sus ojos se llenan de lágrimas.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Manuel le ha dicho a Eduardo que ha regresado para reclamar la parte del patrimonio familiar que le corresponde. Los dos hermanos se retan con la mirada.


Eduardo: Debes estar desvariando. Tras de que fuiste amante de mi esposa e intentas secuestrarme en complicidad con mi hija, ¿me pides que te dé tu parte de la herencia?
Manuel: Es mi derecho, Eduardo. Mamá ya murió y…
Eduardo: (lo interrumpe) Mi mamá no tenía nada. Entiéndelo. Todo siempre ha estado a mi nombre y la única circunstancia bajo la que podrías heredar algo sería con mi muerte.
Manuel: (molesto) ¡Es injusto! He luchado por años para reclamar lo mío, lo que por derecho me corresponde. Mi mamá y tú siempre me privaron de ello, pero a los dos se les olvidó que yo también hago parte de la familia.
Eduardo: Sí, por desgracia lo eres, pero si mi mamá me confió a mi nuestro patrimonio no fue por capricho. Ella sabía que eres un inútil que de seguro iba a despilfarrarlo todo.
Manuel: ¿Qué hay de ti? Recuerda que tenemos serios problemas financieros, que hipotecaste la hacienda y que muchos de nuestros socios e inversionistas nos dieron la espalda por tu culpa.
Eduardo: Pero pienso arreglarlo y no quedarme de brazos cruzados.
Manuel: (desesperado) Eduardo, no me hagas esto. Te lo pido. Tan solo te estoy pidiendo mi parte y te juro que luego de eso me desapareceré de tu vida para siempre.
Eduardo: ¿Por qué ese interés de repente? ¿Qué te hizo volver a última hora si quedamos en que recibirías tu cheque mensual de mi parte?
Manuel: Porque no estoy dispuesto a recibir limosnas de tu parte y, además… Eduardo, yo…
Eduardo: (ríe ente dientes) Tu cara me lo dice todo. ¿Qué hiciste ahora?
Manuel: Me metí en un problema muy grave en el extranjero y estoy temiendo por vida.
Eduardo: (extrañado) ¿Qué clase de problema?
Manuel: Empecé a apostar en casinos y me endeudé hasta la médula con personas peligrosas, personas de la mafia. Están buscando mi cabeza y huí en cuanto me fue posible.
Eduardo: Ya decía yo. Mejor anda y dime. ¿De cuánto es la deuda?
Manuel: Es incalculable. Son millones de dólares.
Eduardo: (sorprendido) ¿Millones? ¿En qué momento te endeudaste tanto?
Manuel: ¿Qué se yo? Empecé a frecuentar casinos para matar el aburrimiento y cuando menos pensé pasó.
Eduardo: Esa no es una respuesta válida. ¿Cómo pudiste ser tan idiota?
Manuel: No vine para recibir sermones o regaños de tu parte. Esto es serio, Eduardo y si me encuentran, me van a matar de la peor manera que te puedas imaginar. Van a vender mis órganos para recuperar el dinero y… (Rompe a llorar asustado) Tienes que ayudarme, por favor…
Eduardo: Perdóname, Manuel, pero eso es problema tuyo y tú te lo buscaste. Yo no puedo hacer nada por ti.
Manuel: ¡Eduardo!
Eduardo: Hacer una repartición de bienes acabaría con todo nuestro patrimonio y nos llevaría a la ruina total. ¿Qué no lo entiendes?
Manuel: Entonces, ¿qué pretendes qué haga? ¿Qué me esconda toda la vida de esos rufianes? ¡Te estoy diciendo que me quieren matar! No puedo vivir así.
Eduardo: Entonces, empieza a buscarte una rica heredera con la cual puedas casarte y no sé, tener hijos, formar una familia.
Manuel: (incrédulo) ¿Me estás hablando en serio?
Eduardo: Muy en serio. Después de todo, eso nos salvó una vez, ¿recuerdas? Helena y yo nos casamos, y gracias a ese matrimonio, nuestra familia se salvó de la ruina.
Manuel: Tú no lo viste de esa manera. Estabas ciegamente enamorado de ella.
Eduardo: (con rencor) Porque fui un imbécil que pensó que ella me amaba, pero ya abrí los ojos y por fin entendí que así se mueve el mundo, con interés. El amor es solo basura.
Manuel: Te oigo y me parece escuchar a mamá.
Eduardo: Tal vez ya vaya siendo hora de heredarle a ella un poco de su astucia, ¿no crees? Tú y yo podemos encargarnos de sacar adelante la hacienda y todo nuestro patrimonio si cada uno se casa con una rica heredera.
Eduardo le da la espalda a Manuel y comienza a vestirse frente a él.
Manuel: Hablas con tanta seguridad que debo admitir que te desconozco. Has cambiado.
Eduardo: Te lo acabo de decir (Poniéndose el pantalón y abrochándoselo). Helena y sus mentiras me abrieron los ojos. El Eduardo al que todos conocieron se acabó, Manuel. Este que ves aquí es un hombre nuevo que seré implacable, así que, si quieres tu parte, gánatela.
Manuel: ¿Tú ya tienes acaso a la “rica heredera” que quieres deposar en mente?
Eduardo: Sí y ambos la conocemos muy bien.
Manuel: Déjame adivinar. ¿Carolina de La Torre? Después de todo, la muy imbécil siempre ha estado enamorada de ti.
Eduardo: Carolina tiene dinero, pero sé perfectamente que su padre no la dejaría casarse conmigo y podría hasta desheredarla.
Manuel: ¿Quién entonces?
Eduardo termina de ponerse la camisa y voltea a ver a su hermano.
Eduardo: Marissa Miranda, la ex esposa de Luis Enrique Escalante.
Manuel: Pensé que habías descartado tu matrimonio con esa mujer, pero ahora entiendo por qué estabas tan empeñado en casarte con ella. ¿Tanto dinero tiene?
Eduardo: El suficiente para unir los dos patrimonios y salvarnos de la ruina, pero el trabajo de casarme no lo haré yo solo. Consíguete una y luego hablamos tú y yo si tanto quieres heredar.
Eduardo toma su saco y sale de la habitación dejando a solas a Manuel. Éste se queda pensativo a la vez que sorprendido por la actitud que ha tomado su hermano.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Milena llora ante la noticia que su hermano le ha dado. Éste le ha dicho que no podrá volver a caminar como resultado del accidente y, desesperada, intenta levantarse de la cama.


Milena: Dime que eso no es cierto, Danilo. Dime que estoy soñando, por favor.
Danilo: ¡Milena! (Deteniéndola) ¡Milena, cálmate! Tienes que guardar reposo. No te puedes parar.
Milena: ¿Cómo quieres que me quede tranquila después de lo que me acabas de decir? Estoy inválida. No puedo caminar.
Danilo: Te advertí que era algo difícil y me prometiste que serías fuerte.
Milena: (desconsolada) Es que no puedo. Me duele en el alma pensar que perdí mis piernas y ya no voy a volver a ser la misma. Esto me cambia mucho la vida, Danilo. ¿Qué voy a hacer?
Danilo: Escúchame. Nada va a cambiar. Todo seguirá siendo lo mismo.
Milena: ¡Voy a tener que usar una silla! ¿No te das cuenta? Ya no voy a poder trabajar, no podré valerme por mí misma. Voy a ser una carga para todos, para ti.
Danilo: (sollozo) Milena, no te permito que digas eso. Tú nunca serías una carga para mí. Eres mi hermana, mi hermanita… (Acariciándole el cabello) Todo va a seguir igual y hay personas que te queremos mucho y no te vamos a dejar sola.
Milena: Pablo no me va querer así.
Danilo: Deja de decir tonterías. Él te va a aceptar de cualquier manera y si de verdad te quiere, va a estar contigo. Te lo aseguro.
Milena: ¡Ay, Danilo!
Milena no deja de llorar desconsolada y sintiéndose notablemente triste. Danilo la abraza con suavidad y la conforta frotándole la espalda.
Danilo: Tranquila. Vas a ver que yendo a terapia y con un buen cirujano podrás caminar de nuevo. Te lo prometo.
Milena: Quisiera ser tan positiva como tú, pero ¿de dónde vamos a sacar la lana? Voy a tener que estar confinada a una silla de ruedas toda la vida.
Danilo: Por eso no te preocupes. Voy a trabajar muy duro para recoger la lana y en menos de lo que piensas, vas a caminar de nuevo. Te lo prometo.
Danilo besa en la cabeza a su hermana y continúa abrazándola. Milena, sin embargo, no para de llorar, por lo que él la consuela.
EXT. / CARRETERA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Está atardeciendo ya y la lluvia ha cesado. Marissa aún aguarda en el auto, pero Luis Enrique no ha regresado.

Marissa: Llevo un par de horas esperando a Luis Enrique y aún no aparece. ¿En dónde se metió?
Marissa observa inquieta a su alrededor para ver si logra vislumbrar a su ex esposo, pero no. Tan solo ve el solitario descampado, además de escuchar el canto de los grillos.
Marissa: (preocupada) ¿Qué hago? ¿Qué tal si le pasó algo? Debería ir a buscarlo.
Es así como la mujer sale del auto caminando con algo de dificultad por su tobillo herido. Cojea e intenta apoyarse en los árboles, pero sigue sin ver a Luis Enrique.
Marissa: ¡Luis Enrique! ¡Luis Enrique! ¿Dónde estás?
Marissa continúa caminando y gime adolorida, pero sus intentos de búsqueda son inútiles y no ve a nadie alrededor.
Marissa: ¡Luis Enrique! ¡Por favor contéstame! ¿Dónde te metiste? Es casi de noche.

Luis Enrique: ¡Marissa! ¡Por aquí!
Ella voltea a ver, pero de repente, da un paso falso que la hace resbalar debido a la oscuridad y humedad del lugar.
Marissa: (adolorida) ¡Argh!
Luis Enrique: ¡Marissa!
Luis Enrique corre preocupado y con prontitud hacia la mujer, quien yace adolorida en el suelo.
Luis Enrique: (inclinándose) ¿Estás bien?
Marissa: Creo que terminé de lastimarme el tobillo (Intenta moverse) ¡Ah! Me duele peor que hace un rato.
Luis Enrique: Está bien. No te muevas.
Luis Enrique carga a Marissa entre sus brazos y la lleva de vuelta al auto para luego sentarla en el asiento de copiloto. Con destreza, el hombre se quita la camisa.
Marissa: ¿Qué vas a hacer?
Luis Enrique rasga la camisa en trozos.
Luis Enrique: Estás sangrando, ¿no lo ves? Puede infectarse la herida y ponerse peor luego.
Es así como el hombre toma uno de los trozos de su camisa y envuelve la herida. Marissa se queja, pero trata de aguantar el dolor.
Luis Enrique: ¿Qué tal así?
Marissa: Está bien. Gracias.
Luis Enrique: De verdad que eres terca. Debiste quedarte en el coche tal y como te dije, pero mira lo que te pasó por llevarme la contraria.
Marissa: Me preocupé porque te estabas tardando demasiado y quería saber qué había pasado.
Luis Enrique: Estaba buscando un punto de la carretera donde hubiera señal para llamar una grúa como te dije. No tenías que salir a buscarme.
Marissa: Bueno, ya no me pongas más nerviosa, por favor. Estoy comenzando a sentirme un poco mal y llevamos horas atrapados aquí.
Luis Enrique: Eduardo ya debe estar por llegar. Trata de aguantar un poco más.
Marissa: (tiritando) Quisiera, pero me estoy congelando.
Luis Enrique: Cúbrete con esto.
Luis Enrique le entrega lo que quedó de su camisa a Marissa.
Luis Enrique: No es mucho, pero al menos te mantendrá cálida.
Marissa toma un poco indecisa la camisa rasgada de su ex esposo y se cubre.
Marissa: Gracias. Lamento mucho todos estos inconvenientes por los que has pasado por mí.
Luis Enrique: Pierde cuidado. Esto no es culpa de nadie. Por ahora trata de descansar y no hagas otra cosa estúpida. Voy a estar aquí afuera por si necesitas algo.
Luis Enrique permanece por fuera del auto y comienza también a tiritar de frío. Marissa lo nota.
Marissa: Si deseas, sube al coche. Está haciendo frío.
Luis Enrique: No te preocupes. No quiero incomodarte. Estoy bien aquí.
Marissa: Luis Enrique, si te quedas ahí afuera, vas a enfermarte y ya suficiente has tenido por hoy. Vamos, sube. No tengo ningún problema.
Luis Enrique: ¿Estás segura?
Marissa: Sí, de verdad.
Luis Enrique sube al auto ante tal petición y se sienta en la silla de piloto. Marissa se incomoda un poco y se pone nerviosa al tenerlo cerca con el torso descubierto.
Luis Enrique: Gracias por tu consideración.
Marissa: (sonriendo) Quien debe darte las gracias soy yo por todo lo que has hecho por mí.
Luis Enrique: Es lo menos que puedo hacer para demostrarte que de verdad estoy arrepentido por el daño que te hice tiempo atrás.
Marissa: Olvidemos ese tema. No es necesario recordarlo. ¿Por qué mejor tú también no tratas de descansar? Debes estar muy agotado.
Luis Enrique: Voy a tratar, pero no te preocupes por mí. Tú eres la que necesita reposar. Te haré saber cuándo llegue Eduardo.
Marissa: Está bien.
Marissa se recuesta en el asiento para descansar. Luis Enrique hace lo mismo y se cruza de brazos, pero sin que ella se dé cuenta, la mira con una particular malicia.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Ha caído finalmente la noche en el pueblo. Carolina sale del baño en pijama y usando bata, pero cuando se dirige a la cama, escucha el sonido de una notificación en la laptop que tiene sobre el escritorio, cosa que llama su atención.

Carolina: Debe ser de la agencia. Cómo detesto recibir correos a esta hora.
Carolina se acerca al escritorio y se sienta para revisar la notificación. En efecto, ve que es un correo, pero se extraña al no reconocer el remitente.
Carolina: (frunciendo el ceño) Qué extraño. Esto no es de la agencia. No reconozco la dirección.
Carolina abre el correo y ve que es un video, algo que le extraña aún más, por lo que decide reproducirlo. Es así como puede ver que se trata de la grabación donde se capta el momento exacto en que Helena pretendía suicidarse antes de ser asesinada.
Carolina: ¿Qué significa esto?
Carolina desencaja el rostro y empalidece al ver dicha grabación que le trae un contundente recuerdo.
FLASHBACK
Helena, en pijama y bata, baja las escaleras lentamente dirigiéndose a la cocina. Camina en silencio y su rostro no se enfoca, cuidando que no sea escuchada ni vista por nadie. Una vez que llega a la cocina, sale por la puerta trasera y llega justo a la amplia piscina de la hacienda. La mujer camina a pasos lentos hacia la piscina y se puede ver cómo en una de sus manos sostiene un cuchillo e incluso se logra oír un leve gimoteo por parte de ella.
Helena: (en un hilo de voz) Es mejor acabar con esto de una vez por todas. No tengo la valentía de afrontar mis pecados…
Es así como, sin esperárselo, una persona misteriosa se le acerca por detrás y en una maniobra rápida, le arrebata el cuchillo, la aprisiona y la degüella en la fracción de un segundo. Helena cae al piso desangrándose y gimiendo de impotencia, pero la persona misteriosa que ha atentado contra ella, la patea y la hace rodar sin piedad a la piscina en donde la mujer comienza a chapucear ahogándose. El agua de la piscina se mezcla con la sangre y la cámara poco a poco enfoca el rostro del asesino.
Carolina: Hasta nunca, amiga…
Carolina observa lo que acaba de hacer con una mirada endurecida y un aura oscura. Usa además un traje especial y guantes negros. Decide lanzar el cuchillo al piso y huye de allí.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina ha dejado de recordar y se ve notablemente tensa. Epifanio irrumpe en la habitación en ese instante.

Epifanio: Carolina…
Carolina se exalta al escucharlo y en la fracción de un segundo cierra bruscamente la laptop.
Carolina: ¡Papá!
Epifanio: Tenemos una conversación pendiente, hija.
CONTINUARÁ…
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