Capítulo 25: ¿Por qué la mataste?
EXT. / CARRETERA DE VILLA ENCANTADA / NOCHE
Es de noche y en aquel descampado que queda cerca de la carretera, tan solo se escucha el cantar de los grillos. Dentro del auto, Marissa se ha quedado profundamente dormida y Luis Enrique está a su lado, de brazos cruzados y sin camisa, dado que se la dio a Marissa para que se cubriera con ella. En un momento dado, la mujer se mueve hacia Luis Enrique aún dormida.


Marissa: Eduardo…
Luis Enrique sonríe incrédulo al escucharla.
Luis Enrique: Veo que empezaste a sentir algo por él de verdad y ya tan pronto te olvidaste de mí, pero…
Luis Enrique le acaricia el rostro a Marissa, quien duerme ajena a lo que él dice.
Luis Enrique: Voy a recuperarte, Marissa. Todavía eres mi esposa y me voy a encargar de que me ames de nuevo como siempre ha debido de ser.
Luis Enrique rodea con sus brazos a Marissa, cuidando de no despertarla y la recuesta suavemente contra su pecho. Eduardo no va muy lejos de allí conduciendo su auto y mirando hacia todos los lados de la carretera.

Eduardo: ¿Dónde están? Llevo rato conduciendo y aún no los veo.
Eduardo intenta llamar a Luis Enrique desde su celular, pero la llamada se desvía de inmediato al correo de voz.
Operadora: El número al que intenta comunicarse está fuera de servicio. Intente más tarde o deje un mensaje después del tono.
Eduardo se exaspera y lo lanza al asiento de copiloto. De repente, el hombre vislumbra de lejos un auto estacionado en el descampado que queda al lado de la carretera.
Eduardo: Ese es el auto de Luis Enrique. Puedo reconocerlo.
Eduardo acelera para ir hacia allí. Detiene el vehículo al llegar y se baja con prontitud, pero se queda estático al encontrarse en primer plano a los exesposos abrazados y dormidos dentro del auto. Luis Enrique finge despertar soñoliento y fastidiado por las luces de los faros del auto de Eduardo, sorprendiéndose al verlo.

Luis Enrique: Marissa… (Moviéndola) Marissa, despierta.
Marissa: (confundida) ¿Qué? ¿Qué pasa?
Luis Enrique: Eduardo ya está aquí.
Marissa abre sobresaltada los ojos y se aparta de Luis Enrique, sorprendiéndose de igual forma al ver la mirada seria de Eduardo posada sobre ellos.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Carolina ha recibido un misterioso correo electrónico con un video adjunto de las cámaras de seguridad en el que se ve claramente el momento exacto en el que ella asesinó a Helena. Epifanio ha irrumpido en la habitación, asustando a la mujer, quien de inmediato ha cerrado la laptop.


Carolina: (muy nerviosa) Papá, me dijeron que estabas de viaje de nuevo. No te esperaba.
Carolina le sonríe forzada al hombre, quien se adentra en la habitación y se sienta en la cama, mirándola muy serio.
Epifanio: Era un viaje de última hora, pero corto, al fin y al cabo. Es por eso que regresé hoy mismo.
Carolina: Entiendo. Yo ya estaba por dormir, ¿sabes? Revisaba unos correos de la agencia y creo que pronto tendré que viajar también para encargarme personalmente de algunas cosas.
Epifanio no dice nada y sigue mirando muy serio a su hija. Ella se extraña, pero sus nervios son notables.
Carolina: ¿Ocurre algo? Me dijiste hace un momento que tenías una conversación pendiente conmigo. ¿De qué se trata?
Epifanio suelta un largo suspiro sin saber cómo comenzar la conversación. Es de recordar que él también ya había visto la grabación.
Carolina: (ríe entre dientes) ¿Qué ocurre, papá? ¿Por qué ese silencio?
Epifanio se pone de pie y pregunta en un tono de voz tranquilo.
Epifanio: ¿Por qué la mataste?
Carolina desencaja el rostro al escucharlo y siente que se le enfría la sangre.
Carolina: Papá…
Epifanio: Estoy enterado de todo, Carolina.
Carolina: No sé de qué me estás hablando, yo…
Epifanio: ¡Tú mataste a Helena!
Carolina comienza a respirar agitada y a temblar al verse acusada por su padre.
Epifanio: Yo sé que tú lo hiciste y no trates de negármelo porque yo lo vi.
Carolina: ¿Te has vuelto loco? Estás alucinando, papá. ¿De dónde sacas semejante acusación?
Epifanio: Es inútil que lo niegues. Vi perfectamente la grabación de las cámaras de seguridad y se ve muy claramente tu rostro. ¿Quieres que te lo muestre?
Epifanio le enseña el pendrive. Carolina no sabe cómo defenderse ante ello.
Epifanio: Es mejor que me des una explicación y no pierdas más el tiempo negando lo que hiciste antes de que llame a la policía, con todo el dolor que eso me conlleve.
Carolina guarda silencio, traga saliva y baja la cabeza para luego asentar con ella, levantarla y mirar a su padre con los ojos sollozos.
Carolina: Muy bien. Pues si lo que quieres escuchar es que lo reconozca, está bien. Yo la maté…
Carolina derrama varias lágrimas discretas. Epifanio cierra los ojos con fuerza durante un par de segundos, como si en el fondo no hubiera querido escuchar aquello.
Carolina: Yo maté a Helena esa noche y todo ocurrió tal cual como tú lo viste en esa grabación. ¿Qué más quieres que te diga?
Epifanio mira a su hija con dolor. Carolina mantiene una expresión fuerte en el rostro sin dejar de derramar lágrimas.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CECILIA / NOCHE

Tarcisio se encuentra desnudo teniendo intimidad con una mujer, sobre la cual está encima. Pueden escucharse los gemidos de placer del capataz, quien además se porta brusco, pero la mujer está en silencio y no se enfoca su rostro.

Tarcisio: Ah, no mames. Qué delicia…
El hombre parece haber llegado al clímax y se aparta de la mujer. Ésta se cubre con la sabana.
Tarcisio: Estuvo chingón, eh. ¿Quién lo diría? Tú y yo, cogiendo, aunque ya he cogido con unas más fogosas que tú, pero no estuviste tan mal, eh, chiquita…
La mujer sigue en silencio, sin decir absolutamente nada. Tarcisio sonríe con cinismo ante ello.
Tarcisio: ¿Qué te pasa, mi Ceci? ¿Qué acaso no te gustó?
En efecto, aquella mujer es Cecilia. Ella evita mirar al hombre y mantiene una expresión dura.

Cecilia: Deja de llamarme así. No soy tu “Ceci” ni nada que se te parezca.
Cecilia se da la vuelta dándole la espalda. Tarcisio le besa los hombros, algo ante lo cual ella siente desagrado.
Tarcisio: Está bien. No te me pongas así. Mira que quedé muy satisfecho y no vamos a pelear después de lo bien que la acabamos de pasar.
Cecilia se exaspera ante las caricias del capataz y se levanta rápidamente aun cubriéndose con las sábanas.
Cecilia: Quiero que te quede muy claro que esto fue solamente sexo y no volverá a pasar, además, si me acosté contigo fue por el trato que hicimos.
Tarcisio: (sonriéndole) Yo lo sé. No soy tarado. Tú tranquila que yo cumplo con mis tratos. Vas a tener a la gata fuera del camino como tanto quieres.
Cecilia: ¿Cuándo? Quiero que la mates en cuanto antes.
Tarcisio: Ten paciencia. Todo debe hacerse a su tiempo y hay que planearlo bien.
Cecilia: Paciencia es lo que no tengo, Tarcisio. Quiero a la mojigata esa lejos de la vida de mi hijo y de la de Luis Enrique antes de que sea muy tarde.
Tarcisio: ¿Quién es Luis Enrique? ¿El güey con que el que andas?
Cecilia: (exasperada) Mira, ese no es tu problema. Tú sólo ocúpate de hacer el trabajo que acordamos. Marissa debe morir y ya está.
Tarcisio se pone un cigarrillo en la boca y comienza a fumar prendiéndolo con el encendedor.
Tarcisio: Hay una forma que se me está ocurriendo para deshacernos de ella y tú me puedes ayudar (Expulsa el humo).
Cecilia: Ah, ¿sí? ¿Cómo?
Tarcisio: Vamos a tenderle una trampa y así de paso me voy a quitar de una vez las ganas que le traigo a la gata esa.
Cecilia: ¿Me estás diciendo que…?
Tarcisio: Tengo que sacarle provecho a la situación, mi Ceci. ¿A poco cree que la voy a mandar pal otro mundo si darle una probadita?
Cecilia: En definitiva, eres un cerdo, pero lo que hagas con ella, no me interesa. Estaré tranquila cuando ya esa mujer no sea un estorbo en mi vida.
Cecilia endurece su mirada como nunca antes. Es como si su alma se hubiese envenenado por el implacable odio y envidia que siente hacia Marissa.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Carolina finalmente le ha confesado a Epifanio que ella fue la asesina de Helena. El hombre luce notablemente perturbado ante tal verdad.


Epifanio: ¿Por qué lo hiciste?
Carolina: (sonríe incrédula) ¿Por qué? ¿Me preguntas por qué? (Endurece su expresión) ¡Porque se lo merecía!
Epifanio: Carolina, esa no es una razón.
Carolina: (gritando) ¡Para mí sí!
Epifanio se aturde ante aquel grito.
Carolina: Helena era una maldita, papá, una infeliz, una puta que hasta por décadas fue tu amante.
Epifanio: ¿Tú también supiste lo nuestro?
Carolina: Por supuesto.
Una serie de recuerdos en sepia se enfocan en ese momento de acuerdo a lo que ella relata.
Carolina: Desde el primer día que los presenté, aquí precisamente en esta casa, noté las miradas que se echaron. Quedaste tan encantado con ella que besaste su mano como todo un galán y la invitaste a que se quedara a cenar. ¿Te acuerdas?
En otro recuerdo en sepia, Carolina alcanza muy seria a Helena en la universidad y la toma con brusquedad de un brazo, ambas muy jóvenes.
Carolina: Cuando le pregunté directamente qué se traía contigo, ella descaradamente se burló de mí y reconoció que era tu amante, aun cuando ya salía con Eduardo.
En un recuerdo más en la universidad, Carolina observa de lejos a Helena besarse con Eduardo, quien está de espaldas. Helena le lanza una sonrisa burlona a Carolina, quien niega con la cabeza y se retira indignada de allí.
Carolina: (llorando) Ella sabía perfectamente el daño que me hacía con su comportamiento. Estaba enredada con los dos hombres más importantes de mi vida, ¿y tú crees que se detuvo por más que se lo pedí? Pues no. Ella siguió con su engaño y la única manera que encontré para detenerla fue esa…
Carolina ahora recuerda el momento en que degolló a su amiga y la empujó a la piscina.
Epifanio: Nada justifica matar. Lo que hiciste estuvo muy mal.
Carolina: Por favor, papá. Lo de Helena no debería si quiera ser considerado como un asesinato, sino como un favor que le hice a la humanidad.
Epifanio: (molesto) ¡Carolina!
Carolina: Es la verdad y no me arrepiento ni un solo segundo de lo que hice.
Epifanio: (desesperado) ¡Yo amaba a esa mujer! Y tal vez tú no lo sepas, pero hasta tuvimos una hija juntos. ¡Lisa era tu hermana!
Carolina: Sí, lo sé. No te molestes en decírmelo. Eso fue exactamente lo que la muy perra te dijo, pero, ¿alguna vez comprobaste que ella dijera la verdad?
Epifanio: ¿De qué estás hablando? Explícate.
Carolina: Papá, la mocosa rebelde esa no era tu hija, mucho menos mi hermana. Helena era una ninfómana que buscaba calmar sus necesidades sexuales con cuanto hombre se le cruzara.
Epifanio: ¿Insinúas que podría haber sido hija de cualquiera de esos hombres?
Carolina: Tú lo has dicho, pero no. Digamos que, de entre todos sus amantes, sus favoritos siempre fueron tú y Eduardo. Por lo menos con los demás usaba métodos anticonceptivos y lo sé porque disfrutaba contarme sus intimidades para provocarme.
Epifanio: ¿Entonces? ¿Qué es lo que sabes al respecto? Habla.
Carolina comienza a narrar y de nuevo una serie de recuerdos se enfocan de acuerdo a ello.
Carolina: Cuando Helena resultó embarazada, la encaré para que me dijera quién era el padre y me aseguró que eras tú.
Carolina y Helena se encuentran en lo que parecen ser unos baños públicos. Ésta última parece haberle dicho que Epifanio es el padre de Lisa y sale de allí, dejando a la primera llorando.
Carolina: Pero no me convenció lo suficiente y quise comprobarlo yo misma, así que meses después de que nació la muchachita, justo en su fiesta de bautizo, me infiltré en la hacienda y conseguí material tanto de Lisa como de Eduardo para una prueba de ADN.
En efecto, puede verse en un recuerdo cómo Carolina se escabulle de la fiesta, entra a una habitación y roba un chupón de bebé, el cual mete en una bolsa plástica. Posteriormente, roba un peine con algunos cabellos. El recuerdo termina. Carolina va hacia su buró y saca de allí un sobre el cual lanza sobre la cama. Epifanio mira con suspicacia.
Carolina: Como podrás ver ahí, hice lo mismo contigo y los resultados arrojaron que la mocosa esa no es tu hija, sino de Eduardo en un noventa y nueve por ciento de exactitud.
Epifanio se impresiona al confirmar dicha información que ya había leído en la carta que le dejó Cruz. Toma el sobre y saca de allí algunos documentos los cuales lee cuidadosamente.
Carolina: Helena hizo tanto daño que sus acciones han tenido consecuencias nefastas. Manuel Román fue su amante también y no me preguntes cómo porque no lo sé, pero Helena le confesó que Lisa era tu hija y Manuel se lo dijo después a la misma Lisa.
Epifanio ha terminado de leer y deja caer los papeles sintiéndose devastado.
Epifanio: (en un hilo de voz) Por eso fue que Lisa se enamoró de Eduardo.
Carolina: Así es. Para Lisa nunca estuvo mal poner sus ojos en Eduardo porque estaba al tanto de que no era su padre. Ella pensó que tú lo eras, pero qué equivocados estaban todos.
Epifanio: Tal vez Helena también lo haya estado. Ella pensó que yo era el padre de Lisa.
Carolina: Puede ser. Me parece que era tan perra que ni ella misma sabía quién de los dos era el padre y murió sin saberlo con exactitud.
Epifanio: Entonces, ¿por qué callaste esta información tan importante durante tanto tiempo? Tan solo si hubieras hablado…
Carolina: ¿Si hubiera hablado qué? ¿Cómo hubieran cambiado las cosas?
Epifanio: (desesperado) ¡Muchísimo! Yo hubiera abierto mis ojos a tiempo y Lisa jamás se hubiera fijado en Eduardo y seguiría con vida porque su obsesión fue lo que la llevó a la muerte.
Epifanio se lleva una mano al pecho al sentir una molestia y un poco de fatiga.
Epifanio: Tantas tragedias se hubieran evitado, pero callaste Carolina…
Carolina: ¿Qué mejor venganza que mi silencio? Helena siempre creyó ser más astuta y más inteligente que yo. Me humillaba y se burlaba de mí descaradamente, y decía ser mi “amiga”. Yo tan solo le di una cucharada de su propia medicina.
Epifanio: Me parece increíble escucharte hablar así. ¿Dónde quedó aquella muchacha buena, dulce, de principios que creía conocer?
Carolina: Está frente a ti, papá. No he cambiado (Va hacia él y lo toma de las manos). Yo sigo siendo la misma. Tu hija.
Epifanio: (soltándose) No. Tú ya no eres la misma o más bien nunca lo fuiste. Te ocultaste bajo una máscara, pero en el fondo siempre guardaste rencor y sentimientos de venganza.
Carolina: No soy una mala persona. Tan solo acabé con esa pesadilla de una vez por todas.
Epifanio: ¿Matando a alguien?
Carolina: Era la única opción. Entiéndelo.
Epifanio: Estás equivocada. Llegaste muy lejos y eso es algo que no te voy a perdonar.
Carolina: Es increíble que todavía te duela la muerte de esa mujerzuela que tanto daño nos hizo a todos, pero no me extraña. Tú fuiste su amante aun sabiendo que estaba casada.
Epifanio: Mi relación con ella es algo que no pienso discutir contigo y aunque abrí los ojos tarde, no voy a justificar que te hayas convertido en una asesina.
Carolina: ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Denunciarme? ¿Ir a la policía y mostrar el video? Te recuerdo que tú tampoco has obrado bien en la vida, papá.
Epifanio: Carolina, no es momento de eso.
Carolina: Tú empezaste con esta conversación y sacas a relucir todo lo malo que hay en mí, pero, ¿qué hay de ti? ¿Debo recordarte la clase de verdugo que fuiste con mi mamá?
Epifanio: Basta. Cállate ya, por favor…
Carolina: ¿Debo recordarte que la maltrataste por su engaño y que luego de su muerte hiciste lo mismo con mi hermano a quien ni siquiera reconociste como hijo?
Epifanio: (desesperado) ¡Basta! ¡No menciones eso, maldita sea!
Epifanio siente más fuerte la molestia en su pecho y se lleva una mano hacia allí, quejándose, por lo que se recuesta en el buró.
Carolina: Tu pasado también es muy oscuro. Tú también has sido un desgraciado y no por eso salí de aquí a denunciarte por haber maltratado física y psicológicamente a mi pobre madre, cuyo único error fue amar a otro hombre aparte de ti que no le dabas nada.
Epifanio: (llorando) Detente ya, Carolina. Te lo suplico. Hace mucho que enterré el pasado.
Carolina: El hecho de haberlo enterrado no te va a limpiar de tus pecados, papá.
Epifanio: Vete entonces de mi casa y olvídate de mí si tanto me odias. ¡Vete antes de que me arrepienta y llame a la policía! ¡Vete! (Grita fuertemente).
Epifanio siente dificultad para respirar ante los gritos que emite y se queja cada vez más adolorido. Carolina se acerca preocupada a él.
Carolina: ¿Papá?
Epifanio: ¿Qué no me escuchas? Vete…
Carolina: No pienso dejarte así. Estás pálido. ¿Qué te pasa?
Epifanio: Nada. Déjame.
Carolina: Pero mírate cómo estás.
Epifanio: No pienso repetírtelo una vez más, Carolina. Vete porque a la próxima, lo primero que voy a hacer será… (Hace una pausa y habla resoplando)
Carolina: Papá…
Epifanio no aguanta más y se desploma inconsciente en el piso.
Carolina: ¡Padre!
Carolina corre hacia él y se inclina poniendo la cabeza de su padre en el regazo para luego darle palmadas suaves en el rostro.
Carolina: Papá… Papá, dime algo, por favor. Reacciona.
Carolina mira con impotencia y desesperada sin saber qué hacer, por lo que rápidamente se pone de pie y toma su celular de la mesita de noche.
Carolina: Tengo que llamar una ambulancia.
Carolina empieza a marcar un número, pero en un momento dado se queda pensativa y se detiene.
Carolina: Creo que mejor no. ¿Qué tal si le pasa algo por mi culpa? Van a hacerme preguntas y a investigar, y eso no me conviene. ¿Qué debería hacer?
Carolina mira a su padre tendido en el piso y en un muy mal semblante. Ella vuelve a él y le lanza una mirada fría.
EXT. / CARRETERA DE VILLA ENCANTADA / NOCHE
Eduardo ayuda a Marissa a sentarse en el asiento de copiloto de su auto. Luis Enrique observa de pie y se ha puesto su camisa rasgada.



Marissa: Gracias, Eduardo. Me da un poco de dificultad caminar por mí misma después de la caída que tuve hace rato.
Eduardo: (serio) No hay de qué. Es mejor que vayamos en cuanto antes al hospital. Puedes ponerte peor después. En cuanto a ti, Luis Enrique, ya llamé una grúa para que recojan tu coche, así que no deben tardar.
Luis Enrique: Te lo agradezco y qué suerte. Yo intenté hacerlo varias veces, pero fue inútil.
Eduardo: Qué raro, porque yo sí pude llamar sin ningún inconveniente.
Marissa: (sorprendida) ¿De verdad?
Eduardo: Sí, de hecho, tengo muy buena señal en mi teléfono. No entiendo por qué Luis Enrique tuvo dificultades para comunicarse.
Marissa: Sí que es extraño. Luis Enrique tan solo logró llamarte a ti, pero luego le fue imposible realizar más llamadas. ¿Verdad?
Luis Enrique: (sonriendo nervioso) Sí, así es, pero a lo mejor sea cosa de la marca del teléfono. No lo sé. Tal vez sea hora de comprarme uno nuevo.
Eduardo: Tal vez sí. No es conveniente que algo así te vuelva a pasar. Yo que tú lo haría y pronto para no perderme en medio de la nada con una mujer herida.
Eduardo dice aquello mirando muy serio a Luis Enrique. Éste le sonríe con hipocresía.
Luis Enrique: Te aseguro que seguiré tu consejo, amigo mío y gracias por tu pronta ayuda (Pone la mano en el hombro de él). Lamento no haber podido ayudar a Marissa lo suficiente.
Marissa: (avergonzada) Ay, Luis Enrique. ¿Cómo crees? Hiciste más que suficiente por mí, por el contrario, lamento todos los infortunios que te hice pasar con lo de tu auto y hasta tu camisa.
Luis Enrique: Pierde cuidado. Yo luego me compro otra. No podía dejar que te congelaras en tus condiciones.
Eduardo interviene un tanto molesto y celoso.
Eduardo: ¿Qué tal si nos vamos ya? Creo que hemos perdido mucho tiempo.
Marissa: Pensé que esperaríamos a que llegara la grúa por el coche para no dejar a Luis Enrique aquí solo, Eduardo.
Eduardo: Marissa, estás herida y necesitas atención médica, además, es tarde.
Luis Enrique: Eduardo tiene razón. Por mí no se preocupen. Yo puedo esperar a la grúa sin ningún problema.
Marissa: Está bien. En ese caso, podemos irnos, supongo. Luis Enrique, de nuevo, gracias y por favor llama a Eduardo más tarde en cuanto llegues al pueblo para saber cómo te fue.
Luis Enrique: Tranquila. Eso haré. Espero que te mejores.
Eduardo: Muy bien. Vámonos.
Eduardo sube a su auto y pronto lo enciende para partir de allí. Luis Enrique los ve irse sin dejar de sonreír con hipocresía, pero en cuanto el auto se ha alejado lo suficiente, borra aquella sonrisa de su rostro.
Luis Enrique: Este es solo el comienzo, Eduardo. No pienso permitir que me robes a mi esposa porque sigue siendo mía.
Luis Enrique recibe un mensaje en su celular y se apresura a leerlo, pero desencaja el rostro.
Luis Enrique: Maldición. No puede ser…
Es así como el hombre responde el mensaje y logra verse lo que escribe para el remitente.
“Voy para allá. Espérame y no hagas nada”.
Luis Enrique envía el mensaje, sube al auto con rapidez para luego encenderlo y sale de allí en dirección a Villa Encantada, dando a entender que tanto el auto como el celular funcionaban perfectamente y solo estuvo fingiendo todo el tiempo.
CIUDAD DE MEXICO
INT. / BODEGA ABANDONADA / NOCHE
Hace una noche espectacular en la capital azteca en vista panorámica, pero la historia se traslada a una bodega abandonada. María Helena se encuentra allí, sentada en el piso, gimoteando y agarrándose de las piernas. Puede verse que a su lado hay un reguero de documentos que al parecer ella estuvo leyendo.

María Helena: Dios mío, quisiera desaparecer. Toda mi vida he estado engañada. Siempre he vivido una mentira. ¡Una mentira!
María Helena enfurece y desorganiza aún más aquellos documentos para luego romper a llorar. De repente, la muchacha escucha que abren la puerta y se exalta, por lo que se pone de pie. El Alma en Pena entra usando su típico traje y camina hacia ella.

El Alma en Pena: Hola, Malena.
María Helena mira con suspicacia al misterioso individuo.
El Alma en Pena: Así te llama tu mamá Martha, ¿no? (Ríe) Debes estar muy preocupada por ella, pero no te apures. Ya fui al hospital y pregunté cómo sigue.
María Helena: ¿Neta preguntaste por ella?
El Alma en Pena: Sí. Por supuesto no fui con este traje que ves, pero hablé con su doctor y me dijo cómo seguía su salud.
María Helena: ¿Qué te dijo el doctor? ¿Mi mamita va a estar bien?
El Alma en Pena: Leíste los documentos, ¿verdad? ¿Estás al tanto de que esa mujer no es tu madre en realidad?
María Helena: (exaltada) ¡No me interesa lo que digan esos pinches documentos! Ella siempre será mi mamá, sin importar qué, así que ya habla. ¿Cómo está?
El Alma en Pena: Martha Quintana necesita una operación a corazón abierto lo más pronto posible, de lo contrario… Bueno, no creo que deba decir qué pasaría si no es operada.
María Helena se siente devastada al escuchar aquella noticia y rompe a llorar nuevamente.
María Helena: No puede ser. Mi mamá, mi mamita chula. Tengo que salvarla. No puedo dejar que se me muera. Tengo que salir de aquí y estar con ella.
El Alma en Pena: Yo te puedo ayudar a salvarla si tú me ayudas a mí.
María Helena: Gracias, pero no. Estoy harta de tus acertijos y de no entender qué pasa a mi alrededor. Para empezar, no sé qué pretendías trayéndome aquí y mostrarme según tú dizque mis orígenes. ¿Qué quieres de mí para que me dejes en paz?
El Alma en Pena: Quiero que vayas a y te presentes ante tu verdadera familia.
María Helena: (desconcertada) ¿Qué?
El Alma en Pena: Me has escuchado perfectamente. No me hagas repetirlo de nuevo.
María Helena: Estás loco, loca o lo que quiera que seas. No pienso hacer eso. Esas personas no son mi familia. Aunque tengamos la misma sangre, no me interesa saber de ellos ni que ellos sepan de mí.
El Alma en Pena saca un revólver y le apunta a la muchacha quien gimotea asustada y se echa para atrás.
El Alma en Pena: Lisa, tu hermana gemela, ha hecho mucho daño. Es por ella que me he convertido en un alma en pena y todos la han dado por muerta porque tuvo un accidente, pero no. Está viva y de seguro regresará en cualquier momento.
El Alma en Pena empieza a pasearse alrededor de María Helena sin dejar de apuntarle con el revólver.
El Alma en Pena: Tú eres la única que podría detenerla para que hagamos justicia y nos liberemos de este purgatorio de una vez por todas. Tú eres la única que podría ayudarnos.
María Helena: Yo no puedo hacer nada. No quiero meterme en problemas que no me conciernen. Por favor, déjame ir y olvídate de mí. Te lo pido.
El Alma en Pena: Es tu decisión si deseas irte, pero tan solo piensa en todos los beneficios que obtendrías si reclamas tu lugar como una Román. Tendrás incluso el dinero suficiente para que operes a tu madre enferma, dinero que tú nunca obtendrías sola ni prostituyéndote.
El Alma en Pena pone la punta del revólver en la cabeza de la muchacha, quien cierra muy asustada los ojos.
El Alma en Pena: ¿Es lo que quieres? ¿Trabajar arduamente mientras tu madre se muere a la espera de una operación que no puedes pagar?
María Helena llora de impotencia y guarda silencio. El Alma en Pena se le acerca y le habla al oído.
El Alma en Pena: Si eso es lo que quieres, sal por esa puerta, pero con ello, estarás condenando a tu pobre madre a la muerte. Tú decides.
El Alma en Pena se aleja y ya no apunta más con el revólver. María Helena se queda pensativa.
VILLA ENCANTADA
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / NOCHE
Milena descansa en su habitación, aunque no ha logrado dormir y sólo tiene la mirada ida después de la mala noticia que recibió. Pablo entra en ese momento a la habitación con algo de prisa y como si cuidara que nadie lo viera.


Milena: Pablo…
Pablo: Hola, Mile.
Pablo se acerca a ella rápidamente y le da un beso en la frente.
Pablo: Me logré escabullir de las enfermeras para poder verte porque no es hora de visita, así que no tengo mucho tiempo. Espero no me cachen.
Milena: (riendo levemente) De verdad que eres osado.
Pablo: No podía esperar hasta mañana para verte. Danilo me dijo que habías despertado. ¿Cómo te sientes?
Milena suelta un suspiro prolongado y entristece el rostro. Pablo lo nota.
Milena: ¿Qué te digo? Para nadie es fácil enterarse así de repente que no va a volver a caminar.
Pablo: ¿Por qué dices eso? Claro que vas a poder volver a caminar. Todo no está perdido todavía.
Milena: Danilo me dijo lo mismo, pero una cirugía es un proceso muy largo y muy caro. Danilo y yo no tenemos la lana.
Pablo: (tomándola de las manos) Yo te voy ayudar.
Milena: (desanimada) Nadie me puede ayudar, Pablo. Es mejor que me haga a la idea de que voy a usar una silla de ruedas para siempre.
Pablo: Claro que no. Olvídate de eso. Tal vez cuando te den de alta sí vayas a tener que usarla unas semanas mientras te recuperas, pero no será para siempre como dices. Te lo prometo.
Milena: ¿Por qué estás tan seguro?
Pablo: Ya te dije que te voy a ayudar. Voy a hablar con mi mamá y le haré un préstamo para que podamos pagar tu operación, las terapias, absolutamente todo.
Milena: (sorprendida) ¿Me estás hablando en serio?
Pablo: ¿Qué acaso no me crees?
Milena: No, no es eso. Es sólo que… Ay, tú sabes. Me parece increíble que me estés diciendo algo así.
Pablo: ¿Qué tiene de increíble que te quiera ayudar?
Milena: Es que no tienes por qué hacerlo. Tú y yo sólo somos amigos, no hermanos o parientes.
Pablo: Tal vez no, pero sí quiero que seamos algo más que amigos, Milena.
Milena se sorprende aún más al escucharlo.
Pablo: Me daba pena decírtelo antes porque ya sabes. He sido un muchacho muy tímido y nos conocimos por medio de una red social porque no era capaz de hacer amigos en el mundo real y ahora que te conozco en persona, pues… (Hace una pausa) Descubrí que me gustas y mucho…
Milena esboza una sonrisa al escucharlo.
Pablo: Me haría muy feliz si aceptaras ser mi novia.
Milena: (sonriendo) Tú también me gustas mucho, Pablo y te quiero un montón. Eres tan tierno conmigo y tan diferente a todos los chavos, que sí me encantaría. Me encantaría ser tu novia.
Pablo: (sonriendo) No sabes lo feliz que pone escucharte, Mile. Gracias. No te imaginas lo mucho que te quiero yo también.
Pablo no duda en acercarse a los labios de Milena y darle un beso que ella no duda en corresponder. Los dos en un momento dado se detienen, se miran a los ojos sonriéndose entre sí y enamorados para volver a besarse.
PUEBLO VECINO
INT. / HOSPITAL, ENFERMERÍA / NOCHE
Marissa ha recibido atención médica finalmente y está sentada sobre una camilla. Una enfermera termina de vendarle el tobillo y Eduardo está presente, aunque luce aún muy serio por lo presenciado previamente.


Enfermera: Listo. Ya está.
Marissa: (sonriendo) Muchas gracias. Veo que el esguince no fue tan grave después de todo.
Eduardo: Tal vez no, pero debes guardar reposo para que sane. ¿No es así, enfermera?
Enfermera: Sí, señor. Tiene usted razón. Es necesario que permanezca en quietud durante unos días mientras se recupera.
Marissa: Tengo un viaje planeado a la capital. ¿Cuántos días más o menos debo esperar para retirarme el vendaje?
Enfermera: Creería que una semana es suficiente si sigue las recomendaciones, señora.
Marissa: Está bien. Gracias por su ayuda.
Enfermera: No hay de qué. Con permiso.
La enfermera se retira del consultorio dejando a Marissa y Eduardo a solas. Ella nota la actitud de él y se extraña.
Marissa: ¿Te ocurre algo, Eduardo?
Eduardo: ¿Qué habría de ocurrirme?
Marissa: Dímelo tú. Has estado más serio de lo normal y apenas hablaste de camino a aquí.
Eduardo: No es nada. Mejor vámonos ya ahora que te atendieron y estás mejor. ¿Qué te parece si pasamos la noche en un hotel y mañana regresamos temprano a Villa Encantada?
Marissa: (sorprendida) ¿Un hotel? ¿Por qué?
Eduardo: Por ti. No quiero que te esfuerces más de lo debido o fatigarte con el viaje de regreso. Podemos quedarnos en este pueblo por hoy y volvemos mañana.
Marissa: Me parece bien. De hecho, sí me siento muy exhausta después de todo lo que pasó hoy y quisiera ducharme para relajarme un poco. Debo verme terrible.
Eduardo la mira fijamente y por un momento, borra aquella expresión de seriedad de su rostro.
Eduardo: No, Marissa. Tú nunca te verías así. Eres una mujer muy hermosa.
Marissa: (riendo) Eduardo, mírame. Estoy sucia de lodo. Tengo el cabello desastroso. Por supuesto debo verme mal. No necesito un espejo para saberlo.
Eduardo: Créeme que lo que para mí reflejas vale mucho más que lo que reflejaría un espejo. Tú eres hermosa, una de las mujeres más espectaculares y con más ángel que he conocido.
Marissa ríe un poco avergonzada y baja la cabeza.
Marissa: Ay, sí eres. Vas a hacer que me ruborice de la pena.
Eduardo: (acercándose a ella) Te estoy diciendo la verdad. ¿Por qué te da pena?
Marissa: (alzando los hombres) No sé. Hace tanto no escuchaba esas palabras de ningún hombre que se siente un poco extraño.
Eduardo se ha acercado a Marissa de manera tal que ambos podrían escuchar su respiración. Él se porta un tanto seductor con ella.
Eduardo: ¿Cómo se siente? Dime.
Marissa: Eduardo…
Eduardo no duda en darle un beso a la mujer, la cual poco a poco comienza a corresponderle. En un momento dado, ambos se separan y se miran a los ojos durante algunos segundos.
Eduardo: (susurrando) Estoy comenzando a quererte cada día más, Marissa y debo confesarte que sí es cierto. Estaba un poco molesto por haberte encontrado con Luis Enrique en medio de la nada. Pensé por un momento que…
Marissa: (lo interrumpe) ¿Cómo puedes pensar que después de todo lo que pasó entre él y yo podría ocurrir algo? Luis Enrique fue mi esposo y es un ciclo que ya cerré desde que lo perdoné.
Eduardo: Te vi abrazada con él y para colmo no tenía camisa. ¿Qué querías que pensara?
Marissa: Te dijimos que él me la prestó para cubrirme del frío y si nos viste abrazados, no sé, tal vez en algún momento, los dos nos quedamos dormidos y pasó por accidente.
Eduardo: De igual, no confío mucho en él y tú tampoco deberías hacerlo. No quisiera que ahora que estoy sintiendo esto por ti, él llegue y te aparte de mi lado.
Marissa toma entre sus manos el rostro de él.
Marissa: Escúchame. Eso no va a pasar.
Eduardo: ¿Quién me lo garantiza? Él tiene más ventaja que yo. Tuvo un pasado contigo.
Marissa: Tú lo has dicho. Es pasado y en mi presente ahora solo quiero que estés tú.
Eduardo: ¿Me lo dices en serio?
Marissa: Sí y aunque al principio me costaba un poco aceptarlo, ahora estoy más que segura de vivir plena y darme una oportunidad a tu lado. Por primera vez en mucho tiempo siento ilusiones, esperanza y esas famosas maripositas en el estómago que llaman
Eduardo ríe y ella también lo hace.
Marissa: Es en serio, no te rías. Tal vez suene ridículo a mi edad, pero así me siento por ti.
Eduardo: Dicen por ahí que para amar no hay edad.
Marissa: Y así lo creo. Por eso tal vez la vida nos puso en el mismo camino, para que nos demos una oportunidad juntos de volver amar después de todo el sufrimiento por el que hemos pasado.
Marissa lo toma de la mano sonriéndole con calidez. Eduardo se queda pensativo durante unos segundos y asiente con la cabeza al tiempo que esboza una sonrisa.
Eduardo: Sí, a lo mejor así sea (Besa el dorso de la mano de ella) ¿Qué te parece si nos vamos ya? Quiero que descanses de una vez por todas.
Marissa: Está bien. Vamos.
Eduardo: Déjame ayudarte.
Eduardo ayuda a la mujer a ponerse de pie y aunque aún camina con dificultad, logra verse de mejor semblante.
VILLA ENCANTADA
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / NOCHE
Carolina se sirve whiskey en un vaso de cristal, sin embargo, tiembla y derrama un poco para luego tomárselo de un solo sorbo.

Carolina: ¿Por qué se toma tanto tiempo?
De repente, se escucha el timbre de la mansión sonar.
Carolina: Debe ser él.
Carolina no duda en dirigirse a abrir la puerta con prontitud, pues al parecer espera a un hombre, cuyo rostro no se enfoca.
Carolina: (muy seria) Hasta que por fin llegas. He estado con los nervios de punta y tú sin aparecer.
Es así como, luego de decir aquella línea, se enfoca el rostro del hombre en cuestión.

Luis Enrique: Ya estoy aquí. Dime qué fue lo que pasó.
Los dos se miran muy serios y con un latente misterio. De lejos, ambos no se percatan de que son observados tras un arbusto por alguien misterioso.
CONTINUARÁ…
Es de noche y en aquel descampado que queda cerca de la carretera, tan solo se escucha el cantar de los grillos. Dentro del auto, Marissa se ha quedado profundamente dormida y Luis Enrique está a su lado, de brazos cruzados y sin camisa, dado que se la dio a Marissa para que se cubriera con ella. En un momento dado, la mujer se mueve hacia Luis Enrique aún dormida.


Marissa: Eduardo…
Luis Enrique sonríe incrédulo al escucharla.
Luis Enrique: Veo que empezaste a sentir algo por él de verdad y ya tan pronto te olvidaste de mí, pero…
Luis Enrique le acaricia el rostro a Marissa, quien duerme ajena a lo que él dice.
Luis Enrique: Voy a recuperarte, Marissa. Todavía eres mi esposa y me voy a encargar de que me ames de nuevo como siempre ha debido de ser.
Luis Enrique rodea con sus brazos a Marissa, cuidando de no despertarla y la recuesta suavemente contra su pecho. Eduardo no va muy lejos de allí conduciendo su auto y mirando hacia todos los lados de la carretera.

Eduardo: ¿Dónde están? Llevo rato conduciendo y aún no los veo.
Eduardo intenta llamar a Luis Enrique desde su celular, pero la llamada se desvía de inmediato al correo de voz.
Operadora: El número al que intenta comunicarse está fuera de servicio. Intente más tarde o deje un mensaje después del tono.
Eduardo se exaspera y lo lanza al asiento de copiloto. De repente, el hombre vislumbra de lejos un auto estacionado en el descampado que queda al lado de la carretera.
Eduardo: Ese es el auto de Luis Enrique. Puedo reconocerlo.
Eduardo acelera para ir hacia allí. Detiene el vehículo al llegar y se baja con prontitud, pero se queda estático al encontrarse en primer plano a los exesposos abrazados y dormidos dentro del auto. Luis Enrique finge despertar soñoliento y fastidiado por las luces de los faros del auto de Eduardo, sorprendiéndose al verlo.

Luis Enrique: Marissa… (Moviéndola) Marissa, despierta.
Marissa: (confundida) ¿Qué? ¿Qué pasa?
Luis Enrique: Eduardo ya está aquí.
Marissa abre sobresaltada los ojos y se aparta de Luis Enrique, sorprendiéndose de igual forma al ver la mirada seria de Eduardo posada sobre ellos.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Carolina ha recibido un misterioso correo electrónico con un video adjunto de las cámaras de seguridad en el que se ve claramente el momento exacto en el que ella asesinó a Helena. Epifanio ha irrumpido en la habitación, asustando a la mujer, quien de inmediato ha cerrado la laptop.


Carolina: (muy nerviosa) Papá, me dijeron que estabas de viaje de nuevo. No te esperaba.
Carolina le sonríe forzada al hombre, quien se adentra en la habitación y se sienta en la cama, mirándola muy serio.
Epifanio: Era un viaje de última hora, pero corto, al fin y al cabo. Es por eso que regresé hoy mismo.
Carolina: Entiendo. Yo ya estaba por dormir, ¿sabes? Revisaba unos correos de la agencia y creo que pronto tendré que viajar también para encargarme personalmente de algunas cosas.
Epifanio no dice nada y sigue mirando muy serio a su hija. Ella se extraña, pero sus nervios son notables.
Carolina: ¿Ocurre algo? Me dijiste hace un momento que tenías una conversación pendiente conmigo. ¿De qué se trata?
Epifanio suelta un largo suspiro sin saber cómo comenzar la conversación. Es de recordar que él también ya había visto la grabación.
Carolina: (ríe entre dientes) ¿Qué ocurre, papá? ¿Por qué ese silencio?
Epifanio se pone de pie y pregunta en un tono de voz tranquilo.
Epifanio: ¿Por qué la mataste?
Carolina desencaja el rostro al escucharlo y siente que se le enfría la sangre.
Carolina: Papá…
Epifanio: Estoy enterado de todo, Carolina.
Carolina: No sé de qué me estás hablando, yo…
Epifanio: ¡Tú mataste a Helena!
Carolina comienza a respirar agitada y a temblar al verse acusada por su padre.
Epifanio: Yo sé que tú lo hiciste y no trates de negármelo porque yo lo vi.
Carolina: ¿Te has vuelto loco? Estás alucinando, papá. ¿De dónde sacas semejante acusación?
Epifanio: Es inútil que lo niegues. Vi perfectamente la grabación de las cámaras de seguridad y se ve muy claramente tu rostro. ¿Quieres que te lo muestre?
Epifanio le enseña el pendrive. Carolina no sabe cómo defenderse ante ello.
Epifanio: Es mejor que me des una explicación y no pierdas más el tiempo negando lo que hiciste antes de que llame a la policía, con todo el dolor que eso me conlleve.
Carolina guarda silencio, traga saliva y baja la cabeza para luego asentar con ella, levantarla y mirar a su padre con los ojos sollozos.
Carolina: Muy bien. Pues si lo que quieres escuchar es que lo reconozca, está bien. Yo la maté…
Carolina derrama varias lágrimas discretas. Epifanio cierra los ojos con fuerza durante un par de segundos, como si en el fondo no hubiera querido escuchar aquello.
Carolina: Yo maté a Helena esa noche y todo ocurrió tal cual como tú lo viste en esa grabación. ¿Qué más quieres que te diga?
Epifanio mira a su hija con dolor. Carolina mantiene una expresión fuerte en el rostro sin dejar de derramar lágrimas.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CECILIA / NOCHE

Tarcisio se encuentra desnudo teniendo intimidad con una mujer, sobre la cual está encima. Pueden escucharse los gemidos de placer del capataz, quien además se porta brusco, pero la mujer está en silencio y no se enfoca su rostro.

Tarcisio: Ah, no mames. Qué delicia…
El hombre parece haber llegado al clímax y se aparta de la mujer. Ésta se cubre con la sabana.
Tarcisio: Estuvo chingón, eh. ¿Quién lo diría? Tú y yo, cogiendo, aunque ya he cogido con unas más fogosas que tú, pero no estuviste tan mal, eh, chiquita…
La mujer sigue en silencio, sin decir absolutamente nada. Tarcisio sonríe con cinismo ante ello.
Tarcisio: ¿Qué te pasa, mi Ceci? ¿Qué acaso no te gustó?
En efecto, aquella mujer es Cecilia. Ella evita mirar al hombre y mantiene una expresión dura.

Cecilia: Deja de llamarme así. No soy tu “Ceci” ni nada que se te parezca.
Cecilia se da la vuelta dándole la espalda. Tarcisio le besa los hombros, algo ante lo cual ella siente desagrado.
Tarcisio: Está bien. No te me pongas así. Mira que quedé muy satisfecho y no vamos a pelear después de lo bien que la acabamos de pasar.
Cecilia se exaspera ante las caricias del capataz y se levanta rápidamente aun cubriéndose con las sábanas.
Cecilia: Quiero que te quede muy claro que esto fue solamente sexo y no volverá a pasar, además, si me acosté contigo fue por el trato que hicimos.
Tarcisio: (sonriéndole) Yo lo sé. No soy tarado. Tú tranquila que yo cumplo con mis tratos. Vas a tener a la gata fuera del camino como tanto quieres.
Cecilia: ¿Cuándo? Quiero que la mates en cuanto antes.
Tarcisio: Ten paciencia. Todo debe hacerse a su tiempo y hay que planearlo bien.
Cecilia: Paciencia es lo que no tengo, Tarcisio. Quiero a la mojigata esa lejos de la vida de mi hijo y de la de Luis Enrique antes de que sea muy tarde.
Tarcisio: ¿Quién es Luis Enrique? ¿El güey con que el que andas?
Cecilia: (exasperada) Mira, ese no es tu problema. Tú sólo ocúpate de hacer el trabajo que acordamos. Marissa debe morir y ya está.
Tarcisio se pone un cigarrillo en la boca y comienza a fumar prendiéndolo con el encendedor.
Tarcisio: Hay una forma que se me está ocurriendo para deshacernos de ella y tú me puedes ayudar (Expulsa el humo).
Cecilia: Ah, ¿sí? ¿Cómo?
Tarcisio: Vamos a tenderle una trampa y así de paso me voy a quitar de una vez las ganas que le traigo a la gata esa.
Cecilia: ¿Me estás diciendo que…?
Tarcisio: Tengo que sacarle provecho a la situación, mi Ceci. ¿A poco cree que la voy a mandar pal otro mundo si darle una probadita?
Cecilia: En definitiva, eres un cerdo, pero lo que hagas con ella, no me interesa. Estaré tranquila cuando ya esa mujer no sea un estorbo en mi vida.
Cecilia endurece su mirada como nunca antes. Es como si su alma se hubiese envenenado por el implacable odio y envidia que siente hacia Marissa.
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Carolina finalmente le ha confesado a Epifanio que ella fue la asesina de Helena. El hombre luce notablemente perturbado ante tal verdad.


Epifanio: ¿Por qué lo hiciste?
Carolina: (sonríe incrédula) ¿Por qué? ¿Me preguntas por qué? (Endurece su expresión) ¡Porque se lo merecía!
Epifanio: Carolina, esa no es una razón.
Carolina: (gritando) ¡Para mí sí!
Epifanio se aturde ante aquel grito.
Carolina: Helena era una maldita, papá, una infeliz, una puta que hasta por décadas fue tu amante.
Epifanio: ¿Tú también supiste lo nuestro?
Carolina: Por supuesto.
Una serie de recuerdos en sepia se enfocan en ese momento de acuerdo a lo que ella relata.
Carolina: Desde el primer día que los presenté, aquí precisamente en esta casa, noté las miradas que se echaron. Quedaste tan encantado con ella que besaste su mano como todo un galán y la invitaste a que se quedara a cenar. ¿Te acuerdas?
En otro recuerdo en sepia, Carolina alcanza muy seria a Helena en la universidad y la toma con brusquedad de un brazo, ambas muy jóvenes.
Carolina: Cuando le pregunté directamente qué se traía contigo, ella descaradamente se burló de mí y reconoció que era tu amante, aun cuando ya salía con Eduardo.
En un recuerdo más en la universidad, Carolina observa de lejos a Helena besarse con Eduardo, quien está de espaldas. Helena le lanza una sonrisa burlona a Carolina, quien niega con la cabeza y se retira indignada de allí.
Carolina: (llorando) Ella sabía perfectamente el daño que me hacía con su comportamiento. Estaba enredada con los dos hombres más importantes de mi vida, ¿y tú crees que se detuvo por más que se lo pedí? Pues no. Ella siguió con su engaño y la única manera que encontré para detenerla fue esa…
Carolina ahora recuerda el momento en que degolló a su amiga y la empujó a la piscina.
Epifanio: Nada justifica matar. Lo que hiciste estuvo muy mal.
Carolina: Por favor, papá. Lo de Helena no debería si quiera ser considerado como un asesinato, sino como un favor que le hice a la humanidad.
Epifanio: (molesto) ¡Carolina!
Carolina: Es la verdad y no me arrepiento ni un solo segundo de lo que hice.
Epifanio: (desesperado) ¡Yo amaba a esa mujer! Y tal vez tú no lo sepas, pero hasta tuvimos una hija juntos. ¡Lisa era tu hermana!
Carolina: Sí, lo sé. No te molestes en decírmelo. Eso fue exactamente lo que la muy perra te dijo, pero, ¿alguna vez comprobaste que ella dijera la verdad?
Epifanio: ¿De qué estás hablando? Explícate.
Carolina: Papá, la mocosa rebelde esa no era tu hija, mucho menos mi hermana. Helena era una ninfómana que buscaba calmar sus necesidades sexuales con cuanto hombre se le cruzara.
Epifanio: ¿Insinúas que podría haber sido hija de cualquiera de esos hombres?
Carolina: Tú lo has dicho, pero no. Digamos que, de entre todos sus amantes, sus favoritos siempre fueron tú y Eduardo. Por lo menos con los demás usaba métodos anticonceptivos y lo sé porque disfrutaba contarme sus intimidades para provocarme.
Epifanio: ¿Entonces? ¿Qué es lo que sabes al respecto? Habla.
Carolina comienza a narrar y de nuevo una serie de recuerdos se enfocan de acuerdo a ello.
Carolina: Cuando Helena resultó embarazada, la encaré para que me dijera quién era el padre y me aseguró que eras tú.
Carolina y Helena se encuentran en lo que parecen ser unos baños públicos. Ésta última parece haberle dicho que Epifanio es el padre de Lisa y sale de allí, dejando a la primera llorando.
Carolina: Pero no me convenció lo suficiente y quise comprobarlo yo misma, así que meses después de que nació la muchachita, justo en su fiesta de bautizo, me infiltré en la hacienda y conseguí material tanto de Lisa como de Eduardo para una prueba de ADN.
En efecto, puede verse en un recuerdo cómo Carolina se escabulle de la fiesta, entra a una habitación y roba un chupón de bebé, el cual mete en una bolsa plástica. Posteriormente, roba un peine con algunos cabellos. El recuerdo termina. Carolina va hacia su buró y saca de allí un sobre el cual lanza sobre la cama. Epifanio mira con suspicacia.
Carolina: Como podrás ver ahí, hice lo mismo contigo y los resultados arrojaron que la mocosa esa no es tu hija, sino de Eduardo en un noventa y nueve por ciento de exactitud.
Epifanio se impresiona al confirmar dicha información que ya había leído en la carta que le dejó Cruz. Toma el sobre y saca de allí algunos documentos los cuales lee cuidadosamente.
Carolina: Helena hizo tanto daño que sus acciones han tenido consecuencias nefastas. Manuel Román fue su amante también y no me preguntes cómo porque no lo sé, pero Helena le confesó que Lisa era tu hija y Manuel se lo dijo después a la misma Lisa.
Epifanio ha terminado de leer y deja caer los papeles sintiéndose devastado.
Epifanio: (en un hilo de voz) Por eso fue que Lisa se enamoró de Eduardo.
Carolina: Así es. Para Lisa nunca estuvo mal poner sus ojos en Eduardo porque estaba al tanto de que no era su padre. Ella pensó que tú lo eras, pero qué equivocados estaban todos.
Epifanio: Tal vez Helena también lo haya estado. Ella pensó que yo era el padre de Lisa.
Carolina: Puede ser. Me parece que era tan perra que ni ella misma sabía quién de los dos era el padre y murió sin saberlo con exactitud.
Epifanio: Entonces, ¿por qué callaste esta información tan importante durante tanto tiempo? Tan solo si hubieras hablado…
Carolina: ¿Si hubiera hablado qué? ¿Cómo hubieran cambiado las cosas?
Epifanio: (desesperado) ¡Muchísimo! Yo hubiera abierto mis ojos a tiempo y Lisa jamás se hubiera fijado en Eduardo y seguiría con vida porque su obsesión fue lo que la llevó a la muerte.
Epifanio se lleva una mano al pecho al sentir una molestia y un poco de fatiga.
Epifanio: Tantas tragedias se hubieran evitado, pero callaste Carolina…
Carolina: ¿Qué mejor venganza que mi silencio? Helena siempre creyó ser más astuta y más inteligente que yo. Me humillaba y se burlaba de mí descaradamente, y decía ser mi “amiga”. Yo tan solo le di una cucharada de su propia medicina.
Epifanio: Me parece increíble escucharte hablar así. ¿Dónde quedó aquella muchacha buena, dulce, de principios que creía conocer?
Carolina: Está frente a ti, papá. No he cambiado (Va hacia él y lo toma de las manos). Yo sigo siendo la misma. Tu hija.
Epifanio: (soltándose) No. Tú ya no eres la misma o más bien nunca lo fuiste. Te ocultaste bajo una máscara, pero en el fondo siempre guardaste rencor y sentimientos de venganza.
Carolina: No soy una mala persona. Tan solo acabé con esa pesadilla de una vez por todas.
Epifanio: ¿Matando a alguien?
Carolina: Era la única opción. Entiéndelo.
Epifanio: Estás equivocada. Llegaste muy lejos y eso es algo que no te voy a perdonar.
Carolina: Es increíble que todavía te duela la muerte de esa mujerzuela que tanto daño nos hizo a todos, pero no me extraña. Tú fuiste su amante aun sabiendo que estaba casada.
Epifanio: Mi relación con ella es algo que no pienso discutir contigo y aunque abrí los ojos tarde, no voy a justificar que te hayas convertido en una asesina.
Carolina: ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Denunciarme? ¿Ir a la policía y mostrar el video? Te recuerdo que tú tampoco has obrado bien en la vida, papá.
Epifanio: Carolina, no es momento de eso.
Carolina: Tú empezaste con esta conversación y sacas a relucir todo lo malo que hay en mí, pero, ¿qué hay de ti? ¿Debo recordarte la clase de verdugo que fuiste con mi mamá?
Epifanio: Basta. Cállate ya, por favor…
Carolina: ¿Debo recordarte que la maltrataste por su engaño y que luego de su muerte hiciste lo mismo con mi hermano a quien ni siquiera reconociste como hijo?
Epifanio: (desesperado) ¡Basta! ¡No menciones eso, maldita sea!
Epifanio siente más fuerte la molestia en su pecho y se lleva una mano hacia allí, quejándose, por lo que se recuesta en el buró.
Carolina: Tu pasado también es muy oscuro. Tú también has sido un desgraciado y no por eso salí de aquí a denunciarte por haber maltratado física y psicológicamente a mi pobre madre, cuyo único error fue amar a otro hombre aparte de ti que no le dabas nada.
Epifanio: (llorando) Detente ya, Carolina. Te lo suplico. Hace mucho que enterré el pasado.
Carolina: El hecho de haberlo enterrado no te va a limpiar de tus pecados, papá.
Epifanio: Vete entonces de mi casa y olvídate de mí si tanto me odias. ¡Vete antes de que me arrepienta y llame a la policía! ¡Vete! (Grita fuertemente).
Epifanio siente dificultad para respirar ante los gritos que emite y se queja cada vez más adolorido. Carolina se acerca preocupada a él.
Carolina: ¿Papá?
Epifanio: ¿Qué no me escuchas? Vete…
Carolina: No pienso dejarte así. Estás pálido. ¿Qué te pasa?
Epifanio: Nada. Déjame.
Carolina: Pero mírate cómo estás.
Epifanio: No pienso repetírtelo una vez más, Carolina. Vete porque a la próxima, lo primero que voy a hacer será… (Hace una pausa y habla resoplando)
Carolina: Papá…
Epifanio no aguanta más y se desploma inconsciente en el piso.
Carolina: ¡Padre!
Carolina corre hacia él y se inclina poniendo la cabeza de su padre en el regazo para luego darle palmadas suaves en el rostro.
Carolina: Papá… Papá, dime algo, por favor. Reacciona.
Carolina mira con impotencia y desesperada sin saber qué hacer, por lo que rápidamente se pone de pie y toma su celular de la mesita de noche.
Carolina: Tengo que llamar una ambulancia.
Carolina empieza a marcar un número, pero en un momento dado se queda pensativa y se detiene.
Carolina: Creo que mejor no. ¿Qué tal si le pasa algo por mi culpa? Van a hacerme preguntas y a investigar, y eso no me conviene. ¿Qué debería hacer?
Carolina mira a su padre tendido en el piso y en un muy mal semblante. Ella vuelve a él y le lanza una mirada fría.
EXT. / CARRETERA DE VILLA ENCANTADA / NOCHE
Eduardo ayuda a Marissa a sentarse en el asiento de copiloto de su auto. Luis Enrique observa de pie y se ha puesto su camisa rasgada.



Marissa: Gracias, Eduardo. Me da un poco de dificultad caminar por mí misma después de la caída que tuve hace rato.
Eduardo: (serio) No hay de qué. Es mejor que vayamos en cuanto antes al hospital. Puedes ponerte peor después. En cuanto a ti, Luis Enrique, ya llamé una grúa para que recojan tu coche, así que no deben tardar.
Luis Enrique: Te lo agradezco y qué suerte. Yo intenté hacerlo varias veces, pero fue inútil.
Eduardo: Qué raro, porque yo sí pude llamar sin ningún inconveniente.
Marissa: (sorprendida) ¿De verdad?
Eduardo: Sí, de hecho, tengo muy buena señal en mi teléfono. No entiendo por qué Luis Enrique tuvo dificultades para comunicarse.
Marissa: Sí que es extraño. Luis Enrique tan solo logró llamarte a ti, pero luego le fue imposible realizar más llamadas. ¿Verdad?
Luis Enrique: (sonriendo nervioso) Sí, así es, pero a lo mejor sea cosa de la marca del teléfono. No lo sé. Tal vez sea hora de comprarme uno nuevo.
Eduardo: Tal vez sí. No es conveniente que algo así te vuelva a pasar. Yo que tú lo haría y pronto para no perderme en medio de la nada con una mujer herida.
Eduardo dice aquello mirando muy serio a Luis Enrique. Éste le sonríe con hipocresía.
Luis Enrique: Te aseguro que seguiré tu consejo, amigo mío y gracias por tu pronta ayuda (Pone la mano en el hombro de él). Lamento no haber podido ayudar a Marissa lo suficiente.
Marissa: (avergonzada) Ay, Luis Enrique. ¿Cómo crees? Hiciste más que suficiente por mí, por el contrario, lamento todos los infortunios que te hice pasar con lo de tu auto y hasta tu camisa.
Luis Enrique: Pierde cuidado. Yo luego me compro otra. No podía dejar que te congelaras en tus condiciones.
Eduardo interviene un tanto molesto y celoso.
Eduardo: ¿Qué tal si nos vamos ya? Creo que hemos perdido mucho tiempo.
Marissa: Pensé que esperaríamos a que llegara la grúa por el coche para no dejar a Luis Enrique aquí solo, Eduardo.
Eduardo: Marissa, estás herida y necesitas atención médica, además, es tarde.
Luis Enrique: Eduardo tiene razón. Por mí no se preocupen. Yo puedo esperar a la grúa sin ningún problema.
Marissa: Está bien. En ese caso, podemos irnos, supongo. Luis Enrique, de nuevo, gracias y por favor llama a Eduardo más tarde en cuanto llegues al pueblo para saber cómo te fue.
Luis Enrique: Tranquila. Eso haré. Espero que te mejores.
Eduardo: Muy bien. Vámonos.
Eduardo sube a su auto y pronto lo enciende para partir de allí. Luis Enrique los ve irse sin dejar de sonreír con hipocresía, pero en cuanto el auto se ha alejado lo suficiente, borra aquella sonrisa de su rostro.
Luis Enrique: Este es solo el comienzo, Eduardo. No pienso permitir que me robes a mi esposa porque sigue siendo mía.
Luis Enrique recibe un mensaje en su celular y se apresura a leerlo, pero desencaja el rostro.
Luis Enrique: Maldición. No puede ser…
Es así como el hombre responde el mensaje y logra verse lo que escribe para el remitente.
“Voy para allá. Espérame y no hagas nada”.
Luis Enrique envía el mensaje, sube al auto con rapidez para luego encenderlo y sale de allí en dirección a Villa Encantada, dando a entender que tanto el auto como el celular funcionaban perfectamente y solo estuvo fingiendo todo el tiempo.
CIUDAD DE MEXICO
INT. / BODEGA ABANDONADA / NOCHE
Hace una noche espectacular en la capital azteca en vista panorámica, pero la historia se traslada a una bodega abandonada. María Helena se encuentra allí, sentada en el piso, gimoteando y agarrándose de las piernas. Puede verse que a su lado hay un reguero de documentos que al parecer ella estuvo leyendo.

María Helena: Dios mío, quisiera desaparecer. Toda mi vida he estado engañada. Siempre he vivido una mentira. ¡Una mentira!
María Helena enfurece y desorganiza aún más aquellos documentos para luego romper a llorar. De repente, la muchacha escucha que abren la puerta y se exalta, por lo que se pone de pie. El Alma en Pena entra usando su típico traje y camina hacia ella.

El Alma en Pena: Hola, Malena.
María Helena mira con suspicacia al misterioso individuo.
El Alma en Pena: Así te llama tu mamá Martha, ¿no? (Ríe) Debes estar muy preocupada por ella, pero no te apures. Ya fui al hospital y pregunté cómo sigue.
María Helena: ¿Neta preguntaste por ella?
El Alma en Pena: Sí. Por supuesto no fui con este traje que ves, pero hablé con su doctor y me dijo cómo seguía su salud.
María Helena: ¿Qué te dijo el doctor? ¿Mi mamita va a estar bien?
El Alma en Pena: Leíste los documentos, ¿verdad? ¿Estás al tanto de que esa mujer no es tu madre en realidad?
María Helena: (exaltada) ¡No me interesa lo que digan esos pinches documentos! Ella siempre será mi mamá, sin importar qué, así que ya habla. ¿Cómo está?
El Alma en Pena: Martha Quintana necesita una operación a corazón abierto lo más pronto posible, de lo contrario… Bueno, no creo que deba decir qué pasaría si no es operada.
María Helena se siente devastada al escuchar aquella noticia y rompe a llorar nuevamente.
María Helena: No puede ser. Mi mamá, mi mamita chula. Tengo que salvarla. No puedo dejar que se me muera. Tengo que salir de aquí y estar con ella.
El Alma en Pena: Yo te puedo ayudar a salvarla si tú me ayudas a mí.
María Helena: Gracias, pero no. Estoy harta de tus acertijos y de no entender qué pasa a mi alrededor. Para empezar, no sé qué pretendías trayéndome aquí y mostrarme según tú dizque mis orígenes. ¿Qué quieres de mí para que me dejes en paz?
El Alma en Pena: Quiero que vayas a y te presentes ante tu verdadera familia.
María Helena: (desconcertada) ¿Qué?
El Alma en Pena: Me has escuchado perfectamente. No me hagas repetirlo de nuevo.
María Helena: Estás loco, loca o lo que quiera que seas. No pienso hacer eso. Esas personas no son mi familia. Aunque tengamos la misma sangre, no me interesa saber de ellos ni que ellos sepan de mí.
El Alma en Pena saca un revólver y le apunta a la muchacha quien gimotea asustada y se echa para atrás.
El Alma en Pena: Lisa, tu hermana gemela, ha hecho mucho daño. Es por ella que me he convertido en un alma en pena y todos la han dado por muerta porque tuvo un accidente, pero no. Está viva y de seguro regresará en cualquier momento.
El Alma en Pena empieza a pasearse alrededor de María Helena sin dejar de apuntarle con el revólver.
El Alma en Pena: Tú eres la única que podría detenerla para que hagamos justicia y nos liberemos de este purgatorio de una vez por todas. Tú eres la única que podría ayudarnos.
María Helena: Yo no puedo hacer nada. No quiero meterme en problemas que no me conciernen. Por favor, déjame ir y olvídate de mí. Te lo pido.
El Alma en Pena: Es tu decisión si deseas irte, pero tan solo piensa en todos los beneficios que obtendrías si reclamas tu lugar como una Román. Tendrás incluso el dinero suficiente para que operes a tu madre enferma, dinero que tú nunca obtendrías sola ni prostituyéndote.
El Alma en Pena pone la punta del revólver en la cabeza de la muchacha, quien cierra muy asustada los ojos.
El Alma en Pena: ¿Es lo que quieres? ¿Trabajar arduamente mientras tu madre se muere a la espera de una operación que no puedes pagar?
María Helena llora de impotencia y guarda silencio. El Alma en Pena se le acerca y le habla al oído.
El Alma en Pena: Si eso es lo que quieres, sal por esa puerta, pero con ello, estarás condenando a tu pobre madre a la muerte. Tú decides.
El Alma en Pena se aleja y ya no apunta más con el revólver. María Helena se queda pensativa.
VILLA ENCANTADA
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / NOCHE
Milena descansa en su habitación, aunque no ha logrado dormir y sólo tiene la mirada ida después de la mala noticia que recibió. Pablo entra en ese momento a la habitación con algo de prisa y como si cuidara que nadie lo viera.


Milena: Pablo…
Pablo: Hola, Mile.
Pablo se acerca a ella rápidamente y le da un beso en la frente.
Pablo: Me logré escabullir de las enfermeras para poder verte porque no es hora de visita, así que no tengo mucho tiempo. Espero no me cachen.
Milena: (riendo levemente) De verdad que eres osado.
Pablo: No podía esperar hasta mañana para verte. Danilo me dijo que habías despertado. ¿Cómo te sientes?
Milena suelta un suspiro prolongado y entristece el rostro. Pablo lo nota.
Milena: ¿Qué te digo? Para nadie es fácil enterarse así de repente que no va a volver a caminar.
Pablo: ¿Por qué dices eso? Claro que vas a poder volver a caminar. Todo no está perdido todavía.
Milena: Danilo me dijo lo mismo, pero una cirugía es un proceso muy largo y muy caro. Danilo y yo no tenemos la lana.
Pablo: (tomándola de las manos) Yo te voy ayudar.
Milena: (desanimada) Nadie me puede ayudar, Pablo. Es mejor que me haga a la idea de que voy a usar una silla de ruedas para siempre.
Pablo: Claro que no. Olvídate de eso. Tal vez cuando te den de alta sí vayas a tener que usarla unas semanas mientras te recuperas, pero no será para siempre como dices. Te lo prometo.
Milena: ¿Por qué estás tan seguro?
Pablo: Ya te dije que te voy a ayudar. Voy a hablar con mi mamá y le haré un préstamo para que podamos pagar tu operación, las terapias, absolutamente todo.
Milena: (sorprendida) ¿Me estás hablando en serio?
Pablo: ¿Qué acaso no me crees?
Milena: No, no es eso. Es sólo que… Ay, tú sabes. Me parece increíble que me estés diciendo algo así.
Pablo: ¿Qué tiene de increíble que te quiera ayudar?
Milena: Es que no tienes por qué hacerlo. Tú y yo sólo somos amigos, no hermanos o parientes.
Pablo: Tal vez no, pero sí quiero que seamos algo más que amigos, Milena.
Milena se sorprende aún más al escucharlo.
Pablo: Me daba pena decírtelo antes porque ya sabes. He sido un muchacho muy tímido y nos conocimos por medio de una red social porque no era capaz de hacer amigos en el mundo real y ahora que te conozco en persona, pues… (Hace una pausa) Descubrí que me gustas y mucho…
Milena esboza una sonrisa al escucharlo.
Pablo: Me haría muy feliz si aceptaras ser mi novia.
Milena: (sonriendo) Tú también me gustas mucho, Pablo y te quiero un montón. Eres tan tierno conmigo y tan diferente a todos los chavos, que sí me encantaría. Me encantaría ser tu novia.
Pablo: (sonriendo) No sabes lo feliz que pone escucharte, Mile. Gracias. No te imaginas lo mucho que te quiero yo también.
Pablo no duda en acercarse a los labios de Milena y darle un beso que ella no duda en corresponder. Los dos en un momento dado se detienen, se miran a los ojos sonriéndose entre sí y enamorados para volver a besarse.
PUEBLO VECINO
INT. / HOSPITAL, ENFERMERÍA / NOCHE
Marissa ha recibido atención médica finalmente y está sentada sobre una camilla. Una enfermera termina de vendarle el tobillo y Eduardo está presente, aunque luce aún muy serio por lo presenciado previamente.


Enfermera: Listo. Ya está.
Marissa: (sonriendo) Muchas gracias. Veo que el esguince no fue tan grave después de todo.
Eduardo: Tal vez no, pero debes guardar reposo para que sane. ¿No es así, enfermera?
Enfermera: Sí, señor. Tiene usted razón. Es necesario que permanezca en quietud durante unos días mientras se recupera.
Marissa: Tengo un viaje planeado a la capital. ¿Cuántos días más o menos debo esperar para retirarme el vendaje?
Enfermera: Creería que una semana es suficiente si sigue las recomendaciones, señora.
Marissa: Está bien. Gracias por su ayuda.
Enfermera: No hay de qué. Con permiso.
La enfermera se retira del consultorio dejando a Marissa y Eduardo a solas. Ella nota la actitud de él y se extraña.
Marissa: ¿Te ocurre algo, Eduardo?
Eduardo: ¿Qué habría de ocurrirme?
Marissa: Dímelo tú. Has estado más serio de lo normal y apenas hablaste de camino a aquí.
Eduardo: No es nada. Mejor vámonos ya ahora que te atendieron y estás mejor. ¿Qué te parece si pasamos la noche en un hotel y mañana regresamos temprano a Villa Encantada?
Marissa: (sorprendida) ¿Un hotel? ¿Por qué?
Eduardo: Por ti. No quiero que te esfuerces más de lo debido o fatigarte con el viaje de regreso. Podemos quedarnos en este pueblo por hoy y volvemos mañana.
Marissa: Me parece bien. De hecho, sí me siento muy exhausta después de todo lo que pasó hoy y quisiera ducharme para relajarme un poco. Debo verme terrible.
Eduardo la mira fijamente y por un momento, borra aquella expresión de seriedad de su rostro.
Eduardo: No, Marissa. Tú nunca te verías así. Eres una mujer muy hermosa.
Marissa: (riendo) Eduardo, mírame. Estoy sucia de lodo. Tengo el cabello desastroso. Por supuesto debo verme mal. No necesito un espejo para saberlo.
Eduardo: Créeme que lo que para mí reflejas vale mucho más que lo que reflejaría un espejo. Tú eres hermosa, una de las mujeres más espectaculares y con más ángel que he conocido.
Marissa ríe un poco avergonzada y baja la cabeza.
Marissa: Ay, sí eres. Vas a hacer que me ruborice de la pena.
Eduardo: (acercándose a ella) Te estoy diciendo la verdad. ¿Por qué te da pena?
Marissa: (alzando los hombres) No sé. Hace tanto no escuchaba esas palabras de ningún hombre que se siente un poco extraño.
Eduardo se ha acercado a Marissa de manera tal que ambos podrían escuchar su respiración. Él se porta un tanto seductor con ella.
Eduardo: ¿Cómo se siente? Dime.
Marissa: Eduardo…
Eduardo no duda en darle un beso a la mujer, la cual poco a poco comienza a corresponderle. En un momento dado, ambos se separan y se miran a los ojos durante algunos segundos.
Eduardo: (susurrando) Estoy comenzando a quererte cada día más, Marissa y debo confesarte que sí es cierto. Estaba un poco molesto por haberte encontrado con Luis Enrique en medio de la nada. Pensé por un momento que…
Marissa: (lo interrumpe) ¿Cómo puedes pensar que después de todo lo que pasó entre él y yo podría ocurrir algo? Luis Enrique fue mi esposo y es un ciclo que ya cerré desde que lo perdoné.
Eduardo: Te vi abrazada con él y para colmo no tenía camisa. ¿Qué querías que pensara?
Marissa: Te dijimos que él me la prestó para cubrirme del frío y si nos viste abrazados, no sé, tal vez en algún momento, los dos nos quedamos dormidos y pasó por accidente.
Eduardo: De igual, no confío mucho en él y tú tampoco deberías hacerlo. No quisiera que ahora que estoy sintiendo esto por ti, él llegue y te aparte de mi lado.
Marissa toma entre sus manos el rostro de él.
Marissa: Escúchame. Eso no va a pasar.
Eduardo: ¿Quién me lo garantiza? Él tiene más ventaja que yo. Tuvo un pasado contigo.
Marissa: Tú lo has dicho. Es pasado y en mi presente ahora solo quiero que estés tú.
Eduardo: ¿Me lo dices en serio?
Marissa: Sí y aunque al principio me costaba un poco aceptarlo, ahora estoy más que segura de vivir plena y darme una oportunidad a tu lado. Por primera vez en mucho tiempo siento ilusiones, esperanza y esas famosas maripositas en el estómago que llaman
Eduardo ríe y ella también lo hace.
Marissa: Es en serio, no te rías. Tal vez suene ridículo a mi edad, pero así me siento por ti.
Eduardo: Dicen por ahí que para amar no hay edad.
Marissa: Y así lo creo. Por eso tal vez la vida nos puso en el mismo camino, para que nos demos una oportunidad juntos de volver amar después de todo el sufrimiento por el que hemos pasado.
Marissa lo toma de la mano sonriéndole con calidez. Eduardo se queda pensativo durante unos segundos y asiente con la cabeza al tiempo que esboza una sonrisa.
Eduardo: Sí, a lo mejor así sea (Besa el dorso de la mano de ella) ¿Qué te parece si nos vamos ya? Quiero que descanses de una vez por todas.
Marissa: Está bien. Vamos.
Eduardo: Déjame ayudarte.
Eduardo ayuda a la mujer a ponerse de pie y aunque aún camina con dificultad, logra verse de mejor semblante.
VILLA ENCANTADA
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, SALA / NOCHE
Carolina se sirve whiskey en un vaso de cristal, sin embargo, tiembla y derrama un poco para luego tomárselo de un solo sorbo.

Carolina: ¿Por qué se toma tanto tiempo?
De repente, se escucha el timbre de la mansión sonar.
Carolina: Debe ser él.
Carolina no duda en dirigirse a abrir la puerta con prontitud, pues al parecer espera a un hombre, cuyo rostro no se enfoca.
Carolina: (muy seria) Hasta que por fin llegas. He estado con los nervios de punta y tú sin aparecer.
Es así como, luego de decir aquella línea, se enfoca el rostro del hombre en cuestión.

Luis Enrique: Ya estoy aquí. Dime qué fue lo que pasó.
Los dos se miran muy serios y con un latente misterio. De lejos, ambos no se percatan de que son observados tras un arbusto por alguien misterioso.
CONTINUARÁ…
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