Capítulo 26: El secreto de Carolina
INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Carolina hace pasar a Luis Enrique a su habitación. Epifanio yace en el piso, inconsciente y pálido, como si la vida se le fuera. El hombre se sorprende levemente al verlo así.


Luis Enrique: ¿Está muerto?
Carolina: Creo que no. La última vez que le tomé el pulso aún seguía con vida, pero si no recibe atención médica pronto, tal vez no resista mucho.
Luis Enrique: ¿Qué fue lo que le hiciste?
Carolina: Nada. No le hice absolutamente nada.
Luis Enrique: Entonces, ¿qué carajos sucedió? ¿Cómo es eso de que el viejo se enteró de todo?
Carolina: Créeme que no sé cómo, pero a sus manos llegó un video.
Luis Enrique: ¿Un video?
Carolina: Es una grabación de las cámaras de seguridad de la hacienda de los Román y ahí se ve el momento en que… Tú sabes.
Luis Enrique: Maldición, Carolina. Me dijiste que te encargaste de pagarle al capataz de mierda ése, al tal Tarcisio, para que te entregara las grabaciones de esa noche.
Carolina: Sí, eso hice, pero lo más seguro es que haya creado alguna copia y haya sido él quien se vendió a mi papá para que le pagara mejor. ¿Qué se yo? El punto es que mi papá lo supo, discutimos y no lo resistió… (Llorando).
Luis Enrique: ¿Qué fue lo que le dijiste?
Carolina: La verdad. ¿Qué más quería que le dijera?
Luis Enrique: ¿Me aseguras que esto no es obra tuya?
Carolina: Por supuesto que no. Es mi padre, Luis Enrique. Yo sería incapaz de atentar contra él.
Luis Enrique: ¿Y para qué se supone que me llamaste? ¿Qué pretendías?
Carolina: ¿Cómo me preguntas eso? Esto es algo que nos concierne a los dos.
Luis Enrique: Te equivocas. Esto es algo que sólo te concierne a ti. Hace mucho que corté lazos con ustedes y nada de lo que les pase me interesa.
Carolina: ¿Cómo puedes decir eso? Tú y yo siempre vamos a estar unidos no sólo por el hecho de ser hermanos, sino porque los dos convenimos acabar con Helena.
Luis Enrique mira en silencio y fulminante a Carolina.
Luis Enrique: Muy bien. ¿Y qué propones? ¿Que termine de rematar a ese viejo miserable ya que tú eres incapaz de hacerlo por ti misma?
Carolina: ¡Luis Enrique!
Luis Enrique: Pues si eso quieres, termina lo que tú empezaste y no me metas a mí en tus asuntos.
Carolina: Me parece increíble escucharte hablar así. Estamos juntos en esto y no te puedes lavar las manos tan fácilmente. ¿Vas a dejarme sola justo ahora que tanto te necesito?
Luis Enrique calla en seco ante esa pregunta. Carolina llora desconsolada.
Carolina: ¿Vas a volverme a abandonar como cuándo éramos unos chicos?
Luis Enrique: Carolina, mira…
Carolina: ¿Vas a huir de nuevo a la primera oportunidad?
Luis Enrique le da la espalda como si aquellas palabras y cuestionamientos de verdad le afectaran. Carolina se le acerca y le frota la espalda con cierto sentimiento de fraternidad.
Carolina: Tú eres mi hermano mayor, Luis Enrique. En ti siempre me refugié y lo sabes, porque todo te lo confiaba. Has sido más importante para mí de lo que mi papá lo ha sido.
Luis Enrique se da la vuelta y la encara mirándola con cariño a la vez que culpa.
Luis Enrique: He querido enterrar el pasado por mucho tiempo. Entiéndeme.
Carolina: (dolida) ¿Y eso implica dejarme a un lado como si fuera una completa desconocida? ¿Tan poco valgo para ti?
Luis Enrique: No lo tomes así.
Carolina: Entonces, ¿qué debo de pensar con tu actitud? Mi papá está al borde de la muerte después de que descubrió que soy una asesina y te necesito para que me digas qué hacer, pero lo que recibo es rechazo de tu parte. ¿Cómo quieres que lo tome?
Luis Enrique: Perdóname.
Carolina: Un “perdóname” no arregla absolutamente nada.
Luis Enrique: No tengo qué más decir. Esta situación me pone mal y lo que menos quiero es hacerte daño. Tú también eres muy importante para mí, tanto como lo son mis hijos. Eso te lo puedo jurar. Créeme.
Carolina: Me es difícil creerte porque las mismas palabras me las dijiste justo la noche antes de que huiste, cuando tenía quince años y nuestra madre recién había muerto. Me dejaste sola.
Luis Enrique: Tenía que hacerlo. No podía seguir viviendo aquí bajo las humillaciones y los maltratos de ese maldito viejo (Habla con rencor). Tú sabes muy bien todo por lo que pasé apartado como un bastardo cuando supo que no era su hijo…
Carolina: No es necesario que recuerdes esas cosas.
Luis Enrique: Sí es necesario porque me reprochas y me reclamas cuando bien conoces las razones que tuve para “huir” como dices.
Luis Enrique endurece el rostro y pronto sus ojos se ponen sollozos.
Luis Enrique: Epifanio de La Torre me hizo la vida miserable desde que era un niño, obligándome a trabajar para él como mayordomo, viviendo en el sótano, con una sola comida al día, peor que a un perro, solo para vengarse de mi mamá y no pensaba soportarlo más.
Carolina: Yo sé que fueron años de mucho dolor para ti y también para mí. Recuerda que yo también te defendía y sólo recibía regaños y castigos.
Luis Enrique: Regaños y castigos que nunca se compararían con los que yo recibí sin culpa. Por eso cuando no dudé ni un segundo en irme lejos cuando cumplí la mayoría de edad. Hui por mi vida, pero tú pareces no entenderlo.
Carolina: Te entiendo mejor de lo que crees, pero tal vez las cosas se habrían podido hacer de una manera distinta. Me habrías podido llevar contigo porque yo tampoco era feliz.
Luis Enrique: No iba a arrastrarte conmigo sin un solo centavo y eso solo hubiera ocasionado más problemas, pero es tarde para pensar en lo que hubiera podido ser.
Carolina: Sí. Es tarde porque ya no podemos volver marcha atrás, pero ahora estamos en una situación muy parecida en la que te necesito y lo que menos espero es que me des la espalda.
Luis Enrique: No sé de qué manera te pueda ayudar.
Carolina: Sí que puedes. Tú eres un hombre muy inteligente y siempre te he admirado por eso.
Luis Enrique: Esta vez no sé qué hacer. Quien debe pensar en algo y tomar una decisión eres tú. Si tu querido papito despierta, probablemente te denuncie.
Carolina: (desesperada) Lo sé, lo sé y no quiero ir a la cárcel. No quiero perder a Eduardo.
Luis Enrique: ¿De verdad tanto te importa?
Carolina: He esperado dieciocho largos años y ahora que tengo cerca la oportunidad no pienso desaprovecharla.
Carolina toma la mano de su hermano y la pone en su vientre.
Luis Enrique: ¿Qué haces?
Carolina: Tú eres el único en quien puedo confiar. El único que me puede ayudar.
Luis Enrique: No me digas que…
Carolina: (sonriendo entre lágrimas) Sí. Voy a cumplir mi sueño de ser mamá con el hombre que amo, Luis Enrique. Vas a ser tío.
Luis Enrique: ¿Cómo lo lograste? ¿Eduardo y tú…?
Carolina: (baja la cabeza) Tuve que drogarlo con una dosis fuerte que le impidiera hasta recordar hasta su nombre y pasó… El punto es que de seguro ya esté embarazada y no puedo ir presa en estas condiciones. Eduardo me odiaría si se entera.
Luis Enrique: Pues si tu amor por Eduardo es tan grande como dices, lo único que se me ocurre es quitar a tu padre de en medio.
Carolina: (desconcertada) ¿Cómo?
Luis Enrique: Dejarlo con vida sí o sí te afecta, no solo a ti, sino también a mí. Tenemos que deshacernos de él.
Carolina: No quiero matarlo. Te dije que es mi padre. No soy una desalmada que mata a diestra y siniestra a sangre fría.
Luis Enrique: Es la única opción que tenemos.
Carolina: Debe haber otra manera.
Luis Enrique: ¿Qué otra se te ocurre a ti? Me llamaste y me pediste que viniera para que te ayude. ¡Pues bien! Esta es mi propuesta si no queremos que todo se vaya al carajo.
Carolina: Lo haces para saldar tu deuda con él, ¿no?
Luis Enrique: Para serte sincero, ganas no me faltan de que se muera de una buena vez por la vida de mierda que me dio, pero no. Poco me interesa si está con vida o no, pero no te preocupes. Nosotros no lo mataremos.
Carolina: No te entiendo.
Luis Enrique: Míralo. El viejo está pálido y probablemente no resista mucho. Vamos a dejarlo morir a su suerte y así no levantaremos sospechas.
Carolina se sorprende al escucharlo y mira indecisa, con los ojos vidriosos, a su inconsciente padre tendido en el piso.
PUEBLO VECINO
INT. / HOTEL, RECEPCIÓN / NOCHE
Marissa aguarda sentada en la recepción de un modesto hotel del pueblo más cercano a Villa Encantada. Eduardo termina de hablar con la recepcionista, dado que parecía estar reservando las habitaciones, pero no pone buena cara y se acerca a la mujer sentándose a su lado.


Eduardo: Tenemos un pequeño problema.
Marissa: (extrañada) ¿Qué ocurre?
Eduardo: Bueno, es que… Tal parece no hay suficientes habitaciones en este hotel. Únicamente hay una disponible.
Marissa: Podemos compartirla. No veo ningún inconveniente.
Eduardo: Es una habitación para matrimonios, Marissa. Tendríamos que compartir la misma cama.
Marissa se sorprende al escucharlo y calla, quedándose un poco pensativa e incómoda.
Eduardo: (ríe entre dientes) ¿Ves que sí es un problema? Pero no te preocupes. Tú quédate aquí. Yo puedo ir a buscarme otro hotel si es que encuentro alguno a esta hora (Mira su reloj).
Marissa: Claro que no, Eduardo. Tú lo has dicho. Es muy tarde y no me parece conveniente que andes por ahí buscando donde pasar la noche.
Eduardo: Entonces, ¿qué propones? Tú necesitas privacidad a no ser que duerma yo en el piso.
Marissa: Tampoco es necesario. Podemos compartir la misma cama por esta vez.
Eduardo: No, Marissa. No quiero incomodarte.
Marissa: Para nada lo harás. Creo que somos dos personas adultas y lo suficientemente maduras para preocuparnos por una pequeñez como esa.
Eduardo: ¿Estás segura?
Marissa: Sí, muy segura. Mejor subamos y descansamos de una vez por todas. Te confieso que estoy exhausta. Ya hasta me pesan los ojos de lo fatigada que estoy y tú no te quedas atrás, eh.
Eduardo: (riendo) Sí, en eso tienes razón. Yo también estoy muy cansado. No pasé una buena noche y menos esta mañana con lo de…
Eduardo se detiene en seco al percatarse de que estaba a punto de cometer una imprudencia contándole a Marissa lo sucedido con Carolina. Marissa se extraña por aquella pausa abrupta.
Marissa: ¿Qué te pasó esta mañana?
Eduardo: Eh, no, nada. Es solo que me preocupa un poco el regreso de mi hermano Manuel.
Marissa: (sorprendida) ¿Tu hermano está de vuelta?
Eduardo: (asentando con la cabeza) Sí y ya te imaginarás para qué. Me reclamó muy contundente su parte del dinero de la familia y discutimos.
Marissa: Pensé que se quedaría en el extranjero después de que planeó con aquella muchachita tu secuestro.
Eduardo: Manuel es muy ambicioso. Yo sabía que jamás se conformaría con un cheque mensual, pero en parte debo reconocer que también tiene derechos sobre nuestro patrimonio.
Marissa: ¿Qué piensas hacer entonces?
Eduardo: Todavía no lo sé, pero si de algo estoy seguro es que tendrá que sentar cabeza, volverse un hombre responsable y de familia si de verdad quiere ganarse mi confianza, y, sobre todo, ganarse su parte.
Marissa: Espero así pueda ser. Tal vez haga falta darle una oportunidad y ser precavidos.
Eduardo: Yo pensé lo mismo que tú. Me voy a andar con cuidado. Él sabe muy bien que ya no puede hacerme una jugarreta, porque seré implacable sin importar qué.
Marissa sonríe y lo toma de ambas manos.
Marissa: Te entiendo, pero no permitas que el gran corazón que tienes se envenene. Tú eres un hombre muy especial y no quisiera verte convertido en alguien que no eres, Eduardo.
Eduardo se sorprende ante esas palabras.
Marissa: Recuerda que podemos engañar a cualquiera, menos a nosotros mismos, porque hacerlo solo nos trae más sufrimiento y te lo digo por mí, que, por tantos años, sabiendo mi realidad, me negué a verla y me engañé a mí misma.
Eduardo: Son situaciones totalmente distintas, Marissa. Mi historia es distinta a la tuya. Helena me engañó, mi hija no resultó serlo en realidad y hasta fue capaz de matar a mi madre.
Marissa: Puede ser que sí sean circunstancias distintas, pero el resultado es el mismo. Yo también podría haber dejado que mi corazón se envenenara de odio y rencor. Pude haberme vuelto una mujer fría e implacable, pero no.
Marissa le acaricia el rostro con suavidad y lo mira de forma especial.
Marissa: Comprendí que no todo estaba perdido, que puedo volver a empezar, que todavía me resta vida y eso es lo que quiero que tú entiendas.
Eduardo: No lo sé. Todo lo que pasé en estos meses hizo que me secara por dentro.
Marissa: Entonces vas a prometerme algo.
Eduardo: ¿Qué será?
Marissa: Que vas a hacer lo posible para empezar de nuevo, aunque sea difícil, pero lo vas a intentar y le vas a echar ganas.
Eduardo: Marissa...
Marissa: (seria) Prométemelo, Eduardo.
Eduardo se queda pensativo unos segundos y asiente con la cabeza para luego esbozar una sonrisa.
Eduardo: Está bien. Te lo prometo, solo si me aseguras que te vas a quedar a mi lado. Es la única manera en la que voy a ser capaz, contigo a mi lado.
Marissa: (sonriéndole) Y así será, no te preocupes. Yo te voy a ayudar a sanar todo ese dolor que cargas por dentro
Los dos intercambian sonrisas y se miran de una forma particularmente especial que denota cariño y un enamoramiento que crece cada vez más.
Eduardo: ¿Subimos?
Marissa asiente con la cabeza. Eduardo se pone de pie y la ayuda a caminar por el vendaje. Minutos después, ambos llegan a la habitación que habían reservado. Eduardo la carga en sus brazos para sorpresa de ella.
Marissa: Óyeme. ¿Qué estás haciendo?
Eduardo: Debo empezar a practicar para cuando me case contigo y tengamos nuestra primera noche de bodas, ¿no crees?
Marissa: (riendo) Ay, sí eres. Bájame.
Eduardo: ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo que lleve hasta la cama a mi futura esposa?
Marissa: Que eres un creído, porque no te he dado el sí.
Eduardo la deja sobre la cama y ambos ríen muy divertidos, pero en un momento dado, se quedan en silencio y él la mira acariciándole el rostro.
Eduardo: Es cierto. No me has dado el sí porque no te lo he pedido de manera formal, pero quisiera oficializar mi relación contigo, Marissa.
Marissa: Eduardo…
Eduardo la silencia con un corto beso en los labios y le habla muy cerca llevando las manos de ella a su pecho.
Eduardo: Quiero que sepas que pase lo que pase, te quiero y eres sumamente importante para mí, Marissa. Eso tenlo muy presente.
Marissa: Yo también te quiero, Eduardo. Es tan fuerte lo que siento por ti que cuando menos me di cuenta, me enamoré de ti como una chiquilla y… Veo todo tan distinto (Ríe un poco nerviosa).
Eduardo: ¿Te parece que eso es malo?
Marissa: Para nada. Me has devuelto la esperanza de recomenzar como lo hablábamos hace un rato y, sobre todo, me devolviste la esperanza de volver a amar y nunca pensé que lo volvería a hacer después del engaño de Luis Enrique, pero aquí estás tú y eso es lo que importa.
Eduardo: Entonces, ¿aceptarías casarte conmigo? ¿Te gustaría ser mi esposa y compartir lo que nos reste de vida juntos?
Marissa: (indecisa) Ay, Eduardo… Yo…
Eduardo: Sé que es pronto, es solo que de esa manera podremos crear el patrimonio juntos que te propuse, ¿recuerdas? Estaríamos más cerca el uno del otro que es lo más quiero, amándote… (Besándola) Cuidándote… (Besándola de nuevo) Teniéndote junto a mí.
Eduardo junta sus labios a los de ella. Marissa cierra los ojos, duda en corresponderle y se estremece un poco, pero termina por hacerlo. Es así como ambos unen en un beso que poco a poco va tornándose más apasionado y dura varios segundos al tiempo que se acuestan sobre la cama, él sobre ella. Los dos se miran fijamente a los ojos.
Marissa: (susurrando) Sí, Eduardo (Hace una pausa) Quiero ser tu esposa. Quiero amarte por lo que reste de vida.
Eduardo sonríe ante eso y en cuestión de un segundo, ambos vuelven a unirse en un beso y se dejan llevar por lo que sienten. Marissa le desabrocha la camisa. Eduardo termina de quitársela y ella recorre con su mano el pecho de él, acariciándolo lentamente. Luego de ello, él le alza la blusa y Marissa queda en sostén. Eduardo procede a desabrocharlo al tiempo que recorre con besos lentos y caricias sutiles los delicados hombros de ella al igual que sus brazos y busto.
Por un momento, la escena se difumina y esclarece para mostrarlos a ambos, amándose en la intimidad, desnudos y bajo las sábanas en medio de la penumbra de la habitación. Eduardo entrelaza sus manos con las de Marissa mientras se besan con pasión, deseo y sobre todo con el amor que últimamente ha ido naciente entre ellos. Marissa, en un momento dado, pasa las yemas de sus dedos, por los labios de él, acariciándolos y se miran fijamente. Parecen conectarse a través de los ojos, contemplado sus rostros, como si en ello quisieran detener el tiempo.
Eduardo tan solo besa aquellos dedos y luego la besa en los labios, bajando despacio por su cuello y comienza a hacerla suya. Marissa se ruboriza, pero cierra los ojos y se aferra fuerte a su espalda entregándose por completo.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / DEPARTAMENTO DE EPIFANIO, CUARTO DE BAÑO / NOCHE
La historia se traslada a la capital. Lisa entra a un cuarto de baño, usando bata y su particular máscara, además de llevar puesto un gorro de baño que cubre su cabeza sin cabello. Parece que va a tomar una ducha, pero antes de hacerlo, se queda estática mirando su reflejo en el espejo y se desabrocha la bata, quedando desnuda.
Lisa: (acongojada) Mi rostro, mi cuerpo…
Lisa toca su rostro con las yemas de sus dedos por encima de la máscara y la retira lentamente. Pueden enfocarse ciertas partes de su piel, cicatrizadas, además de su rostro desfigurado por el accidente que sufrió. Pronto sus ojos se llenan de lágrimas y endurece la quijada para no llorar.
Lisa: Me convertí en un completo monstruo… Es lo que soy así, un monstruo…. Un maldito monstruo….
Lisa empuña las manos y comienza a temblar además de que su respiración incrementa al contenerse el llanto. La escena se vuelve macabra y pesada, no sólo por el profundo desconsuelo que la muchacha denota, sino por el enfoque a su cuerpo cicatrizado casi en su totalidad.
Lisa: Quiero ser la misma de antes, la que todos deseaban, la que se robaba todas las miradas. Esta no es Lisa Román. Esta no soy. ¡Este no es mi reflejo!
Lisa enfurece y grita fuertemente como si de un animal salvaje se tratara al punto de golpear con su cabeza el espejo que no tarda en partirse en pedazos. La muchacha rompe a llorar desconsolada y se deja caer en el piso, con una prominente herida en su frente que sangra.
Lisa: Debí haber muerto. Hubiera sido mejor a estar así (Llora con profundo llanto) Todo es culpa de esas desgraciadas que querían quedarse con mi papi. ¡Por ellas soy un monstruo!
Lisa toma uno de los pedazos de vidrio del espejo y lo mira pensativa al tiempo que tiene un recuerdo.
FLASHBACK
Lisa: ¿Cuándo podré tener el nuevo rostro que me prometiste?
Epifanio: El cirujano plástico vendrá en un par de días para examinarte y estudiar tu caso, pero recuerda la condición. Tan solo te ayudaré si me prometes olvidarte de los Román.
Lisa guarda silencio y fija la mirada para otra parte en señal de desaprobación.
Epifanio: Recuerda lo que hay de por medio. Vas a ser otra. Tendrás una nueva vida y si deseas, te ayudaré a convertirte en modelo como siempre has soñado, pero ya lo sabes. ¿Me prometes que te olvidarás de Eduardo Román y su familia?
FIN DEL FLASHBACK
Lisa deja de recordar mientras lágrimas caen de sus ojos y su nariz gotea de forma desagradable.
Lisa: ¿De qué me sirve tener otro rostro si ya no tendré el amor de mi papá? Epifanio no me permitirá volver con él, además, él tampoco me reconocería. Es mejor que acabe con todo esto de una buena vez.
Lisa está fuera de sí y acerca el pedazo de su vidrio a su muñeca dispuesta a suicidarse, pero en un momento dado, cuando está a punto de clavarse la punta del vidrio en una de sus venas, se detiene.
Lisa: Claro, eso es… Eduardo no me reconocería y si no me reconoce, tengo el chance de que se enamore de mí sin saber quién soy en realidad.
Lisa tira el pedazo de vidrio lejos y se pone de pie apoyándose del lavamanos. Mira de nuevo su reflejo en el espejo, pero de forma fragmentada,
Lisa: Tal vez no todo esté tan perdido. ¿Por qué acabar con mi vida y darle el gusto a ese par de zorras de quedarse con mi papá? Tengo todo lo que necesito para regresar. Epifanio me ayudará y puedo utilizarlo cómo se me antoje. Después de todo soy su hija…
Lisa se limpia la nariz y las lágrimas para luego dibujar una sonrisa de malicia que luce siniestra en su rostro desfigurado.
Lisa: Definitivamente, no puedo morir. Eduardo será mío esta vez y con otro rostro puedo lograrlo. Marissa y Carolina no me lo van a quitar. Les demostraré que no pueden conmigo. Con otro rostro, nadie podrá contra mí y voy a vengarme donde más les duele. ¡Que se preparen!
Lisa comienza a reír a carcajadas imparable como si estuviera enloquecida. Es tanto así que sus risas llenan aquel cuarto de baño y continúa como en un tipo de eco aterrador.
PUEBLO VECINO
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / DÍA
Marissa despierta sobresaltada y jadeando cubriéndose el busto con la sábana. Eduardo, quien la estaba abrazando, despierta un tanto soñoliento al percatarse. Es de notar que ya amaneció.


Eduardo: ¿Qué ocurre? ¿Tuviste una pesadilla?
Marissa asiente con la cabeza y traga saliva tratando de recuperar el aliento.
Eduardo: ¿Qué soñaste?
Marissa: Era algo horrible. Había una persona, una chica, pero estaba completamente calcinada. Creo que era tu hija.
Eduardo: ¿Lisa?
Marissa: Sí, era ella. Estaba frente a mí, riéndose y diciéndome que acabaría conmigo, pero a donde quiera que volteaba para escapar, estaba ella y me sentía atrapada, sin salida…
Eduardo: Marissa, cálmate. Fue solo un mal sueño. No te preocupes.
Marissa: Es muy extraño que haya soñado con ella, Eduardo. Tengo un mal presentimiento. No me da buena espina y lo que más me impresionó fue ver su rostro, desfigurado…
Eduardo: Lisa está muerta y ya no puede hacernos daño. Tranquila (La besa). ¿O a poco me vas a salir con que su alma anda en pena por ahí?
Marissa: Hizo tantas cosas malas que no me extrañaría que así fuera.
Eduardo: Tal vez solo estás un poco paranoica, pero no hay de qué preocuparse. Es solo un sueño como todos los que tenemos a diario al dormir.
Marissa: Espero que sí y se me pase esto tan feo que siento ahorita (Toca angustiada su pecho).
Eduardo: Yo tengo una idea que te puede ayudar a que te sientas mejor. ¿Qué tal si nos tomamos una ducha juntos, ah? ¿Qué me dices?
Marissa: (avergonzada) Ay, Eduardo. Me haces sentir como una chiquilla loca haciéndome ese tipo de propuestas. ¡Qué pena!
Eduardo: ¿Por qué te apena? De eso se trata, ¿no crees? De vivir y tomar riesgos. Créeme que hacía mucho no sentía algo tan fuerte y tan especial como lo de anoche. Gracias.
Marissa: Yo tampoco, ¿sabes? Tuve algo de miedo al principio. Mi intimidad me genera gran inseguridad. Luis Enrique rara vez por no decir nunca… Bueno, no hace falta decirlo.
Eduardo: Dejemos a nuestras exparejas en el pasado y sólo centrémonos en nosotros. Lo que importa es lo que vamos a vivir a partir de hoy.
Marissa: (esbozando una sonrisa) Tienes razón.
La pareja se besa en los labios y se sonríen cuando, de repente, son interrumpidos por una llamada al celular de Eduardo.
Eduardo: (fastidiado) Bueno, aquí vamos de vuelta a la realidad. Debe ser algún pendiente de la hacienda.
Marissa: Entonces, contesta. Puede ser importante.
Eduardo alcanza su celular de la mesita de noche, pero se incomoda al ver en la pantalla que la persona quien le llama es Carolina.
Marissa: ¿Quién es?
Eduardo: (indeciso) Es… Es Carolina.
Marissa: Bueno, toma la llamada. Puede que te necesite para algo.
Eduardo decide contestar la llamada, notablemente incómodo. Marissa lo nota y se extraña.
Eduardo: ¿Bueno? (Pausa) ¿Qué te ocurre, Carolina? ¿Por qué estás así? (Pausa) ¿Cómo?
Marissa se extraña al escuchar a Eduardo tan exaltado.
Eduardo: Dios. Lo lamento demasiado. No me imagino cómo te sientes (Pausa). Es duro, lo sé, pero trata de tranquilizarte un poco o vas a entrar en un ataque de pánico. Yo ya salgo para allá, ¿ok? Espérame.
Eduardo cuelga la llamada, con el rostro desencajado.
Marissa: ¿Qué le ocurrió a Carolina? Por tu tono de voz me imagino que no es nada bueno.
Eduardo: Es su padre, don Epifanio.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué le pasó?
Eduardo: Me llamaba para decirme que falleció esta mañana y lo encontraron sin vida en su habitación.
Marissa desorbita los ojos y se lleva las manos a la boca, impactada al escuchar tal noticia.
VILLA ENCANTADA

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA
Cecilia ha ido de visita al hospital por su hija. Pablo viene detrás de ella y al reconocerla, frunce el ceño.


Pablo: ¿Usted qué está haciendo aquí, señora?
Cecilia voltea a verlo y lo mira con desdén.
Cecilia: Tú no eres quién para preguntarme eso.
Pablo: Si viene a ver a Milena, devuélvase por donde vino. Ella no la necesita ni tampoco le interesa verla.
Cecilia: (incrédula) ¿Ah, sí? Pues que me lo diga ella misma, no tú que eres un atrevido que se toma atribuciones que no le corresponden.
Cecilia lo ignora y sigue su camino, sin embargo, el muchacho la detiene esta vez tomándola de un brazo con brusquedad.
Pablo: ¿Qué parte no entendió de que ella no la quiere ver?
Cecilia: (molesta) Pero, ¿quién te has creído tú, imbécil? ¡Déjame! (Se suelta).
Pablo: ¿Qué no le parece suficiente todo el daño que le ha hecho a sus hijos? Ellos ya están bien decepcionados de usted para que los siga molestando.
Luis Enrique hace aparición en la escena, observando y escuchando a lo lejos la conversación.

Cecilia: Ese no es tu problema. No te metas en asuntos en los que no te han llamado.
Luis Enrique: Es mejor que lo escuches y le hagas caso al muchacho, Cecilia.
Los dos voltean a ver a Luis Enrique, quien se acerca caminando a ellos, sorprendiéndolos.
Luis Enrique: Pablo tiene toda la razón. Nuestros hijos ya nos odian lo suficiente como para seguir haciéndoles más daño.
Cecilia: ¿Qué te pasa? ¿Cómo llegas a decirme eso después de que te desapareces todo un día con la mojigata de tu exmujer y no contestas ninguna de mis llamadas? Me parece que me debes una muy buena explicación.
Luis Enrique: Te equivocas. Quien me debe una explicación eres tú, Cecilia.
Cecilia: ¿Qué quieres decir?
Luis Enrique: Tú lo sabes muy bien. ¿Qué carajos pretendías poniendo a la gente del pueblo en contra de Marissa? Casi la matan a pedradas, no solo a ella, sino a Danilo. ¿En qué pensabas, maldita sea? (Molesto).
Cecilia: (desconcertada) ¿Por qué me estás hablando así?
Luis Enrique: Porque estás fuera de control, arrastrando nuestros hijos a nuestros problemas personales. Por nuestra culpa, Milena… (Se detiene y quiebra la voz).
Cecilia: ¿Qué pasa con Milena? ¿Qué es lo que sabes?
Luis Enrique: Milena no podrá volver a caminar.
Cecilia: (impactada) ¿Qué?
Luis Enrique: (sollozo) Hablé con su doctor antes de que llegaras y ya estoy al tanto de su condición. Milena quedó inválida producto del accidente.
Cecilia: (negando con la cabeza) No, eso no puede ser. Mi pequeña, no…
Cecilia intenta adentrarse a las habitaciones de los pacientes, exaltada al recibir tal noticia. Pablo la detiene de nuevo.
Pablo: ¿Es sorda, bruta o se hace, señora? ¿Qué no me escuchó?
Cecilia: ¡Suéltame, idiota! ¡No me toques! Tengo que ver a mi hija.
Pablo: Milena lo que menos necesita es que usted la intranquilice, así que haga lo que quiera, pero no la voy a dejar pasar. ¿Cómo la ve?
Cecilia: Esto es el colmo. Tú impidiéndome ver a mi hija. ¡Luis Enrique, haz algo!
Luis Enrique: Yo no voy a hacer absolutamente nada. Pablo hace bien en impedirte ver a Milena. Tú y yo solo la importunaríamos. Entiende.
Cecilia: ¿Cómo vas a ponerte de parte de ése cuando siempre lo detestaste por no ser tu hijo? ¿Vas a ponerte en mi contra ahora? ¿Es eso?
Cecilia, presa de los nervios, empuja a Luis Enrique.
Cecilia: ¡Vamos, dime! ¿Vas a darme la espalda para enredarte de nuevo con esa maldita mojigata?
Luis Enrique: ¡Cálmate! No vayas a hacer un escándalo aquí.
Cecilia: ¡No me calmo! Yo ya me sé tu juego. Quieres hacerme a un lado y recuperar la vida que tenías antes con esa mujer. Por eso la salvaste ayer. Por eso te pones de parte de este bastardo.
Luis Enrique: (furioso) ¡Basta ya! Me tienes harto con tus arranques de celos sin sentido. Es mejor que nos separemos y terminemos con esta relación de una vez por todas.
Cecilia: ¿Qué dices?
Luis Enrique: Lo que escuchaste. Es hora de terminar lo nuestro y pensar por una vez en Milena y en Danilo.
Cecilia: Tú no me puedes hacer eso. Tú y yo nos amamos. Hemos estado juntos por más de veinticuatro años.
Luis Enrique: Veinticuatro años de mentiras por las que ahora nuestros hijos están pagando las consecuencias. Yo nunca quise llegar a esto. Quería dinero, estatus, poder, pero jamás quise que ellos pagaran por mis errores. Tú y yo los hemos destrozado, y ya fue suficiente.
Cecilia: No, Luis Enrique, por favor no.
Cecilia lo agarra de la camisa fuertemente como si no quisiera soltarse de él.
Cecilia: (desesperada) Todavía tenemos tiempo de arreglar las cosas. Podemos hablar con ellos, pedirles perdón. Podemos hasta irnos de este sucio pueblo para siempre y empezar en otro lugar.
Luis Enrique: Es mejor así, Cecilia. No hagas esto es más difícil.
Cecilia: Yo sé que todavía tenemos tiempo de ser felices como nos lo propusimos tiempo atrás. Hazlo por nuestra familia, por favor.
Luis Enrique: (apartándose) ¡Que no! ¡Entiéndelo!
Cecilia: Luis Enrique, mi amor…
Luis Enrique: Hasta pronto, Cecilia. Espero pronto abras los ojos.
Luis Enrique sale de allí. Pablo observa consternado la escena.
Cecilia: ¡Luis Enrique, no te vayas! ¡Luis Enrique!
Cecilia sale tras él con prontitud, sin embargo, no logra alcanzarlo, dado que él sube a su auto y se va.
Cecilia: (grita desgarrada) ¡Luis Enrique!
Él la observa a través del retrovisor, pero sigue su camino con una mirada muy seria.
Luis Enrique: Lo siento, Cecilia, pero no permitiré que estropees mis planes. Debo recuperar a Marissa a como dé lugar y estar contigo solo nos traerá problemas a todos, incluso a mis hijos y no lo permitiré.
CONTINUARÁ…
Carolina hace pasar a Luis Enrique a su habitación. Epifanio yace en el piso, inconsciente y pálido, como si la vida se le fuera. El hombre se sorprende levemente al verlo así.


Luis Enrique: ¿Está muerto?
Carolina: Creo que no. La última vez que le tomé el pulso aún seguía con vida, pero si no recibe atención médica pronto, tal vez no resista mucho.
Luis Enrique: ¿Qué fue lo que le hiciste?
Carolina: Nada. No le hice absolutamente nada.
Luis Enrique: Entonces, ¿qué carajos sucedió? ¿Cómo es eso de que el viejo se enteró de todo?
Carolina: Créeme que no sé cómo, pero a sus manos llegó un video.
Luis Enrique: ¿Un video?
Carolina: Es una grabación de las cámaras de seguridad de la hacienda de los Román y ahí se ve el momento en que… Tú sabes.
Luis Enrique: Maldición, Carolina. Me dijiste que te encargaste de pagarle al capataz de mierda ése, al tal Tarcisio, para que te entregara las grabaciones de esa noche.
Carolina: Sí, eso hice, pero lo más seguro es que haya creado alguna copia y haya sido él quien se vendió a mi papá para que le pagara mejor. ¿Qué se yo? El punto es que mi papá lo supo, discutimos y no lo resistió… (Llorando).
Luis Enrique: ¿Qué fue lo que le dijiste?
Carolina: La verdad. ¿Qué más quería que le dijera?
Luis Enrique: ¿Me aseguras que esto no es obra tuya?
Carolina: Por supuesto que no. Es mi padre, Luis Enrique. Yo sería incapaz de atentar contra él.
Luis Enrique: ¿Y para qué se supone que me llamaste? ¿Qué pretendías?
Carolina: ¿Cómo me preguntas eso? Esto es algo que nos concierne a los dos.
Luis Enrique: Te equivocas. Esto es algo que sólo te concierne a ti. Hace mucho que corté lazos con ustedes y nada de lo que les pase me interesa.
Carolina: ¿Cómo puedes decir eso? Tú y yo siempre vamos a estar unidos no sólo por el hecho de ser hermanos, sino porque los dos convenimos acabar con Helena.
Luis Enrique mira en silencio y fulminante a Carolina.
Luis Enrique: Muy bien. ¿Y qué propones? ¿Que termine de rematar a ese viejo miserable ya que tú eres incapaz de hacerlo por ti misma?
Carolina: ¡Luis Enrique!
Luis Enrique: Pues si eso quieres, termina lo que tú empezaste y no me metas a mí en tus asuntos.
Carolina: Me parece increíble escucharte hablar así. Estamos juntos en esto y no te puedes lavar las manos tan fácilmente. ¿Vas a dejarme sola justo ahora que tanto te necesito?
Luis Enrique calla en seco ante esa pregunta. Carolina llora desconsolada.
Carolina: ¿Vas a volverme a abandonar como cuándo éramos unos chicos?
Luis Enrique: Carolina, mira…
Carolina: ¿Vas a huir de nuevo a la primera oportunidad?
Luis Enrique le da la espalda como si aquellas palabras y cuestionamientos de verdad le afectaran. Carolina se le acerca y le frota la espalda con cierto sentimiento de fraternidad.
Carolina: Tú eres mi hermano mayor, Luis Enrique. En ti siempre me refugié y lo sabes, porque todo te lo confiaba. Has sido más importante para mí de lo que mi papá lo ha sido.
Luis Enrique se da la vuelta y la encara mirándola con cariño a la vez que culpa.
Luis Enrique: He querido enterrar el pasado por mucho tiempo. Entiéndeme.
Carolina: (dolida) ¿Y eso implica dejarme a un lado como si fuera una completa desconocida? ¿Tan poco valgo para ti?
Luis Enrique: No lo tomes así.
Carolina: Entonces, ¿qué debo de pensar con tu actitud? Mi papá está al borde de la muerte después de que descubrió que soy una asesina y te necesito para que me digas qué hacer, pero lo que recibo es rechazo de tu parte. ¿Cómo quieres que lo tome?
Luis Enrique: Perdóname.
Carolina: Un “perdóname” no arregla absolutamente nada.
Luis Enrique: No tengo qué más decir. Esta situación me pone mal y lo que menos quiero es hacerte daño. Tú también eres muy importante para mí, tanto como lo son mis hijos. Eso te lo puedo jurar. Créeme.
Carolina: Me es difícil creerte porque las mismas palabras me las dijiste justo la noche antes de que huiste, cuando tenía quince años y nuestra madre recién había muerto. Me dejaste sola.
Luis Enrique: Tenía que hacerlo. No podía seguir viviendo aquí bajo las humillaciones y los maltratos de ese maldito viejo (Habla con rencor). Tú sabes muy bien todo por lo que pasé apartado como un bastardo cuando supo que no era su hijo…
Carolina: No es necesario que recuerdes esas cosas.
Luis Enrique: Sí es necesario porque me reprochas y me reclamas cuando bien conoces las razones que tuve para “huir” como dices.
Luis Enrique endurece el rostro y pronto sus ojos se ponen sollozos.
Luis Enrique: Epifanio de La Torre me hizo la vida miserable desde que era un niño, obligándome a trabajar para él como mayordomo, viviendo en el sótano, con una sola comida al día, peor que a un perro, solo para vengarse de mi mamá y no pensaba soportarlo más.
Carolina: Yo sé que fueron años de mucho dolor para ti y también para mí. Recuerda que yo también te defendía y sólo recibía regaños y castigos.
Luis Enrique: Regaños y castigos que nunca se compararían con los que yo recibí sin culpa. Por eso cuando no dudé ni un segundo en irme lejos cuando cumplí la mayoría de edad. Hui por mi vida, pero tú pareces no entenderlo.
Carolina: Te entiendo mejor de lo que crees, pero tal vez las cosas se habrían podido hacer de una manera distinta. Me habrías podido llevar contigo porque yo tampoco era feliz.
Luis Enrique: No iba a arrastrarte conmigo sin un solo centavo y eso solo hubiera ocasionado más problemas, pero es tarde para pensar en lo que hubiera podido ser.
Carolina: Sí. Es tarde porque ya no podemos volver marcha atrás, pero ahora estamos en una situación muy parecida en la que te necesito y lo que menos espero es que me des la espalda.
Luis Enrique: No sé de qué manera te pueda ayudar.
Carolina: Sí que puedes. Tú eres un hombre muy inteligente y siempre te he admirado por eso.
Luis Enrique: Esta vez no sé qué hacer. Quien debe pensar en algo y tomar una decisión eres tú. Si tu querido papito despierta, probablemente te denuncie.
Carolina: (desesperada) Lo sé, lo sé y no quiero ir a la cárcel. No quiero perder a Eduardo.
Luis Enrique: ¿De verdad tanto te importa?
Carolina: He esperado dieciocho largos años y ahora que tengo cerca la oportunidad no pienso desaprovecharla.
Carolina toma la mano de su hermano y la pone en su vientre.
Luis Enrique: ¿Qué haces?
Carolina: Tú eres el único en quien puedo confiar. El único que me puede ayudar.
Luis Enrique: No me digas que…
Carolina: (sonriendo entre lágrimas) Sí. Voy a cumplir mi sueño de ser mamá con el hombre que amo, Luis Enrique. Vas a ser tío.
Luis Enrique: ¿Cómo lo lograste? ¿Eduardo y tú…?
Carolina: (baja la cabeza) Tuve que drogarlo con una dosis fuerte que le impidiera hasta recordar hasta su nombre y pasó… El punto es que de seguro ya esté embarazada y no puedo ir presa en estas condiciones. Eduardo me odiaría si se entera.
Luis Enrique: Pues si tu amor por Eduardo es tan grande como dices, lo único que se me ocurre es quitar a tu padre de en medio.
Carolina: (desconcertada) ¿Cómo?
Luis Enrique: Dejarlo con vida sí o sí te afecta, no solo a ti, sino también a mí. Tenemos que deshacernos de él.
Carolina: No quiero matarlo. Te dije que es mi padre. No soy una desalmada que mata a diestra y siniestra a sangre fría.
Luis Enrique: Es la única opción que tenemos.
Carolina: Debe haber otra manera.
Luis Enrique: ¿Qué otra se te ocurre a ti? Me llamaste y me pediste que viniera para que te ayude. ¡Pues bien! Esta es mi propuesta si no queremos que todo se vaya al carajo.
Carolina: Lo haces para saldar tu deuda con él, ¿no?
Luis Enrique: Para serte sincero, ganas no me faltan de que se muera de una buena vez por la vida de mierda que me dio, pero no. Poco me interesa si está con vida o no, pero no te preocupes. Nosotros no lo mataremos.
Carolina: No te entiendo.
Luis Enrique: Míralo. El viejo está pálido y probablemente no resista mucho. Vamos a dejarlo morir a su suerte y así no levantaremos sospechas.
Carolina se sorprende al escucharlo y mira indecisa, con los ojos vidriosos, a su inconsciente padre tendido en el piso.
PUEBLO VECINO
INT. / HOTEL, RECEPCIÓN / NOCHE
Marissa aguarda sentada en la recepción de un modesto hotel del pueblo más cercano a Villa Encantada. Eduardo termina de hablar con la recepcionista, dado que parecía estar reservando las habitaciones, pero no pone buena cara y se acerca a la mujer sentándose a su lado.


Eduardo: Tenemos un pequeño problema.
Marissa: (extrañada) ¿Qué ocurre?
Eduardo: Bueno, es que… Tal parece no hay suficientes habitaciones en este hotel. Únicamente hay una disponible.
Marissa: Podemos compartirla. No veo ningún inconveniente.
Eduardo: Es una habitación para matrimonios, Marissa. Tendríamos que compartir la misma cama.
Marissa se sorprende al escucharlo y calla, quedándose un poco pensativa e incómoda.
Eduardo: (ríe entre dientes) ¿Ves que sí es un problema? Pero no te preocupes. Tú quédate aquí. Yo puedo ir a buscarme otro hotel si es que encuentro alguno a esta hora (Mira su reloj).
Marissa: Claro que no, Eduardo. Tú lo has dicho. Es muy tarde y no me parece conveniente que andes por ahí buscando donde pasar la noche.
Eduardo: Entonces, ¿qué propones? Tú necesitas privacidad a no ser que duerma yo en el piso.
Marissa: Tampoco es necesario. Podemos compartir la misma cama por esta vez.
Eduardo: No, Marissa. No quiero incomodarte.
Marissa: Para nada lo harás. Creo que somos dos personas adultas y lo suficientemente maduras para preocuparnos por una pequeñez como esa.
Eduardo: ¿Estás segura?
Marissa: Sí, muy segura. Mejor subamos y descansamos de una vez por todas. Te confieso que estoy exhausta. Ya hasta me pesan los ojos de lo fatigada que estoy y tú no te quedas atrás, eh.
Eduardo: (riendo) Sí, en eso tienes razón. Yo también estoy muy cansado. No pasé una buena noche y menos esta mañana con lo de…
Eduardo se detiene en seco al percatarse de que estaba a punto de cometer una imprudencia contándole a Marissa lo sucedido con Carolina. Marissa se extraña por aquella pausa abrupta.
Marissa: ¿Qué te pasó esta mañana?
Eduardo: Eh, no, nada. Es solo que me preocupa un poco el regreso de mi hermano Manuel.
Marissa: (sorprendida) ¿Tu hermano está de vuelta?
Eduardo: (asentando con la cabeza) Sí y ya te imaginarás para qué. Me reclamó muy contundente su parte del dinero de la familia y discutimos.
Marissa: Pensé que se quedaría en el extranjero después de que planeó con aquella muchachita tu secuestro.
Eduardo: Manuel es muy ambicioso. Yo sabía que jamás se conformaría con un cheque mensual, pero en parte debo reconocer que también tiene derechos sobre nuestro patrimonio.
Marissa: ¿Qué piensas hacer entonces?
Eduardo: Todavía no lo sé, pero si de algo estoy seguro es que tendrá que sentar cabeza, volverse un hombre responsable y de familia si de verdad quiere ganarse mi confianza, y, sobre todo, ganarse su parte.
Marissa: Espero así pueda ser. Tal vez haga falta darle una oportunidad y ser precavidos.
Eduardo: Yo pensé lo mismo que tú. Me voy a andar con cuidado. Él sabe muy bien que ya no puede hacerme una jugarreta, porque seré implacable sin importar qué.
Marissa sonríe y lo toma de ambas manos.
Marissa: Te entiendo, pero no permitas que el gran corazón que tienes se envenene. Tú eres un hombre muy especial y no quisiera verte convertido en alguien que no eres, Eduardo.
Eduardo se sorprende ante esas palabras.
Marissa: Recuerda que podemos engañar a cualquiera, menos a nosotros mismos, porque hacerlo solo nos trae más sufrimiento y te lo digo por mí, que, por tantos años, sabiendo mi realidad, me negué a verla y me engañé a mí misma.
Eduardo: Son situaciones totalmente distintas, Marissa. Mi historia es distinta a la tuya. Helena me engañó, mi hija no resultó serlo en realidad y hasta fue capaz de matar a mi madre.
Marissa: Puede ser que sí sean circunstancias distintas, pero el resultado es el mismo. Yo también podría haber dejado que mi corazón se envenenara de odio y rencor. Pude haberme vuelto una mujer fría e implacable, pero no.
Marissa le acaricia el rostro con suavidad y lo mira de forma especial.
Marissa: Comprendí que no todo estaba perdido, que puedo volver a empezar, que todavía me resta vida y eso es lo que quiero que tú entiendas.
Eduardo: No lo sé. Todo lo que pasé en estos meses hizo que me secara por dentro.
Marissa: Entonces vas a prometerme algo.
Eduardo: ¿Qué será?
Marissa: Que vas a hacer lo posible para empezar de nuevo, aunque sea difícil, pero lo vas a intentar y le vas a echar ganas.
Eduardo: Marissa...
Marissa: (seria) Prométemelo, Eduardo.
Eduardo se queda pensativo unos segundos y asiente con la cabeza para luego esbozar una sonrisa.
Eduardo: Está bien. Te lo prometo, solo si me aseguras que te vas a quedar a mi lado. Es la única manera en la que voy a ser capaz, contigo a mi lado.
Marissa: (sonriéndole) Y así será, no te preocupes. Yo te voy a ayudar a sanar todo ese dolor que cargas por dentro
Los dos intercambian sonrisas y se miran de una forma particularmente especial que denota cariño y un enamoramiento que crece cada vez más.
Eduardo: ¿Subimos?
Marissa asiente con la cabeza. Eduardo se pone de pie y la ayuda a caminar por el vendaje. Minutos después, ambos llegan a la habitación que habían reservado. Eduardo la carga en sus brazos para sorpresa de ella.
Marissa: Óyeme. ¿Qué estás haciendo?
Eduardo: Debo empezar a practicar para cuando me case contigo y tengamos nuestra primera noche de bodas, ¿no crees?
Marissa: (riendo) Ay, sí eres. Bájame.
Eduardo: ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo que lleve hasta la cama a mi futura esposa?
Marissa: Que eres un creído, porque no te he dado el sí.
Eduardo la deja sobre la cama y ambos ríen muy divertidos, pero en un momento dado, se quedan en silencio y él la mira acariciándole el rostro.
Eduardo: Es cierto. No me has dado el sí porque no te lo he pedido de manera formal, pero quisiera oficializar mi relación contigo, Marissa.
Marissa: Eduardo…
Eduardo la silencia con un corto beso en los labios y le habla muy cerca llevando las manos de ella a su pecho.
Eduardo: Quiero que sepas que pase lo que pase, te quiero y eres sumamente importante para mí, Marissa. Eso tenlo muy presente.
Marissa: Yo también te quiero, Eduardo. Es tan fuerte lo que siento por ti que cuando menos me di cuenta, me enamoré de ti como una chiquilla y… Veo todo tan distinto (Ríe un poco nerviosa).
Eduardo: ¿Te parece que eso es malo?
Marissa: Para nada. Me has devuelto la esperanza de recomenzar como lo hablábamos hace un rato y, sobre todo, me devolviste la esperanza de volver a amar y nunca pensé que lo volvería a hacer después del engaño de Luis Enrique, pero aquí estás tú y eso es lo que importa.
Eduardo: Entonces, ¿aceptarías casarte conmigo? ¿Te gustaría ser mi esposa y compartir lo que nos reste de vida juntos?
Marissa: (indecisa) Ay, Eduardo… Yo…
Eduardo: Sé que es pronto, es solo que de esa manera podremos crear el patrimonio juntos que te propuse, ¿recuerdas? Estaríamos más cerca el uno del otro que es lo más quiero, amándote… (Besándola) Cuidándote… (Besándola de nuevo) Teniéndote junto a mí.
Eduardo junta sus labios a los de ella. Marissa cierra los ojos, duda en corresponderle y se estremece un poco, pero termina por hacerlo. Es así como ambos unen en un beso que poco a poco va tornándose más apasionado y dura varios segundos al tiempo que se acuestan sobre la cama, él sobre ella. Los dos se miran fijamente a los ojos.
Marissa: (susurrando) Sí, Eduardo (Hace una pausa) Quiero ser tu esposa. Quiero amarte por lo que reste de vida.
Eduardo sonríe ante eso y en cuestión de un segundo, ambos vuelven a unirse en un beso y se dejan llevar por lo que sienten. Marissa le desabrocha la camisa. Eduardo termina de quitársela y ella recorre con su mano el pecho de él, acariciándolo lentamente. Luego de ello, él le alza la blusa y Marissa queda en sostén. Eduardo procede a desabrocharlo al tiempo que recorre con besos lentos y caricias sutiles los delicados hombros de ella al igual que sus brazos y busto.
Por un momento, la escena se difumina y esclarece para mostrarlos a ambos, amándose en la intimidad, desnudos y bajo las sábanas en medio de la penumbra de la habitación. Eduardo entrelaza sus manos con las de Marissa mientras se besan con pasión, deseo y sobre todo con el amor que últimamente ha ido naciente entre ellos. Marissa, en un momento dado, pasa las yemas de sus dedos, por los labios de él, acariciándolos y se miran fijamente. Parecen conectarse a través de los ojos, contemplado sus rostros, como si en ello quisieran detener el tiempo.
Eduardo tan solo besa aquellos dedos y luego la besa en los labios, bajando despacio por su cuello y comienza a hacerla suya. Marissa se ruboriza, pero cierra los ojos y se aferra fuerte a su espalda entregándose por completo.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / DEPARTAMENTO DE EPIFANIO, CUARTO DE BAÑO / NOCHE
La historia se traslada a la capital. Lisa entra a un cuarto de baño, usando bata y su particular máscara, además de llevar puesto un gorro de baño que cubre su cabeza sin cabello. Parece que va a tomar una ducha, pero antes de hacerlo, se queda estática mirando su reflejo en el espejo y se desabrocha la bata, quedando desnuda.
Lisa: (acongojada) Mi rostro, mi cuerpo…
Lisa toca su rostro con las yemas de sus dedos por encima de la máscara y la retira lentamente. Pueden enfocarse ciertas partes de su piel, cicatrizadas, además de su rostro desfigurado por el accidente que sufrió. Pronto sus ojos se llenan de lágrimas y endurece la quijada para no llorar.
Lisa: Me convertí en un completo monstruo… Es lo que soy así, un monstruo…. Un maldito monstruo….
Lisa empuña las manos y comienza a temblar además de que su respiración incrementa al contenerse el llanto. La escena se vuelve macabra y pesada, no sólo por el profundo desconsuelo que la muchacha denota, sino por el enfoque a su cuerpo cicatrizado casi en su totalidad.
Lisa: Quiero ser la misma de antes, la que todos deseaban, la que se robaba todas las miradas. Esta no es Lisa Román. Esta no soy. ¡Este no es mi reflejo!
Lisa enfurece y grita fuertemente como si de un animal salvaje se tratara al punto de golpear con su cabeza el espejo que no tarda en partirse en pedazos. La muchacha rompe a llorar desconsolada y se deja caer en el piso, con una prominente herida en su frente que sangra.
Lisa: Debí haber muerto. Hubiera sido mejor a estar así (Llora con profundo llanto) Todo es culpa de esas desgraciadas que querían quedarse con mi papi. ¡Por ellas soy un monstruo!
Lisa toma uno de los pedazos de vidrio del espejo y lo mira pensativa al tiempo que tiene un recuerdo.
FLASHBACK
Lisa: ¿Cuándo podré tener el nuevo rostro que me prometiste?
Epifanio: El cirujano plástico vendrá en un par de días para examinarte y estudiar tu caso, pero recuerda la condición. Tan solo te ayudaré si me prometes olvidarte de los Román.
Lisa guarda silencio y fija la mirada para otra parte en señal de desaprobación.
Epifanio: Recuerda lo que hay de por medio. Vas a ser otra. Tendrás una nueva vida y si deseas, te ayudaré a convertirte en modelo como siempre has soñado, pero ya lo sabes. ¿Me prometes que te olvidarás de Eduardo Román y su familia?
FIN DEL FLASHBACK
Lisa deja de recordar mientras lágrimas caen de sus ojos y su nariz gotea de forma desagradable.
Lisa: ¿De qué me sirve tener otro rostro si ya no tendré el amor de mi papá? Epifanio no me permitirá volver con él, además, él tampoco me reconocería. Es mejor que acabe con todo esto de una buena vez.
Lisa está fuera de sí y acerca el pedazo de su vidrio a su muñeca dispuesta a suicidarse, pero en un momento dado, cuando está a punto de clavarse la punta del vidrio en una de sus venas, se detiene.
Lisa: Claro, eso es… Eduardo no me reconocería y si no me reconoce, tengo el chance de que se enamore de mí sin saber quién soy en realidad.
Lisa tira el pedazo de vidrio lejos y se pone de pie apoyándose del lavamanos. Mira de nuevo su reflejo en el espejo, pero de forma fragmentada,
Lisa: Tal vez no todo esté tan perdido. ¿Por qué acabar con mi vida y darle el gusto a ese par de zorras de quedarse con mi papá? Tengo todo lo que necesito para regresar. Epifanio me ayudará y puedo utilizarlo cómo se me antoje. Después de todo soy su hija…
Lisa se limpia la nariz y las lágrimas para luego dibujar una sonrisa de malicia que luce siniestra en su rostro desfigurado.
Lisa: Definitivamente, no puedo morir. Eduardo será mío esta vez y con otro rostro puedo lograrlo. Marissa y Carolina no me lo van a quitar. Les demostraré que no pueden conmigo. Con otro rostro, nadie podrá contra mí y voy a vengarme donde más les duele. ¡Que se preparen!
Lisa comienza a reír a carcajadas imparable como si estuviera enloquecida. Es tanto así que sus risas llenan aquel cuarto de baño y continúa como en un tipo de eco aterrador.
PUEBLO VECINO
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / DÍA
Marissa despierta sobresaltada y jadeando cubriéndose el busto con la sábana. Eduardo, quien la estaba abrazando, despierta un tanto soñoliento al percatarse. Es de notar que ya amaneció.


Eduardo: ¿Qué ocurre? ¿Tuviste una pesadilla?
Marissa asiente con la cabeza y traga saliva tratando de recuperar el aliento.
Eduardo: ¿Qué soñaste?
Marissa: Era algo horrible. Había una persona, una chica, pero estaba completamente calcinada. Creo que era tu hija.
Eduardo: ¿Lisa?
Marissa: Sí, era ella. Estaba frente a mí, riéndose y diciéndome que acabaría conmigo, pero a donde quiera que volteaba para escapar, estaba ella y me sentía atrapada, sin salida…
Eduardo: Marissa, cálmate. Fue solo un mal sueño. No te preocupes.
Marissa: Es muy extraño que haya soñado con ella, Eduardo. Tengo un mal presentimiento. No me da buena espina y lo que más me impresionó fue ver su rostro, desfigurado…
Eduardo: Lisa está muerta y ya no puede hacernos daño. Tranquila (La besa). ¿O a poco me vas a salir con que su alma anda en pena por ahí?
Marissa: Hizo tantas cosas malas que no me extrañaría que así fuera.
Eduardo: Tal vez solo estás un poco paranoica, pero no hay de qué preocuparse. Es solo un sueño como todos los que tenemos a diario al dormir.
Marissa: Espero que sí y se me pase esto tan feo que siento ahorita (Toca angustiada su pecho).
Eduardo: Yo tengo una idea que te puede ayudar a que te sientas mejor. ¿Qué tal si nos tomamos una ducha juntos, ah? ¿Qué me dices?
Marissa: (avergonzada) Ay, Eduardo. Me haces sentir como una chiquilla loca haciéndome ese tipo de propuestas. ¡Qué pena!
Eduardo: ¿Por qué te apena? De eso se trata, ¿no crees? De vivir y tomar riesgos. Créeme que hacía mucho no sentía algo tan fuerte y tan especial como lo de anoche. Gracias.
Marissa: Yo tampoco, ¿sabes? Tuve algo de miedo al principio. Mi intimidad me genera gran inseguridad. Luis Enrique rara vez por no decir nunca… Bueno, no hace falta decirlo.
Eduardo: Dejemos a nuestras exparejas en el pasado y sólo centrémonos en nosotros. Lo que importa es lo que vamos a vivir a partir de hoy.
Marissa: (esbozando una sonrisa) Tienes razón.
La pareja se besa en los labios y se sonríen cuando, de repente, son interrumpidos por una llamada al celular de Eduardo.
Eduardo: (fastidiado) Bueno, aquí vamos de vuelta a la realidad. Debe ser algún pendiente de la hacienda.
Marissa: Entonces, contesta. Puede ser importante.
Eduardo alcanza su celular de la mesita de noche, pero se incomoda al ver en la pantalla que la persona quien le llama es Carolina.
Marissa: ¿Quién es?
Eduardo: (indeciso) Es… Es Carolina.
Marissa: Bueno, toma la llamada. Puede que te necesite para algo.
Eduardo decide contestar la llamada, notablemente incómodo. Marissa lo nota y se extraña.
Eduardo: ¿Bueno? (Pausa) ¿Qué te ocurre, Carolina? ¿Por qué estás así? (Pausa) ¿Cómo?
Marissa se extraña al escuchar a Eduardo tan exaltado.
Eduardo: Dios. Lo lamento demasiado. No me imagino cómo te sientes (Pausa). Es duro, lo sé, pero trata de tranquilizarte un poco o vas a entrar en un ataque de pánico. Yo ya salgo para allá, ¿ok? Espérame.
Eduardo cuelga la llamada, con el rostro desencajado.
Marissa: ¿Qué le ocurrió a Carolina? Por tu tono de voz me imagino que no es nada bueno.
Eduardo: Es su padre, don Epifanio.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué le pasó?
Eduardo: Me llamaba para decirme que falleció esta mañana y lo encontraron sin vida en su habitación.
Marissa desorbita los ojos y se lleva las manos a la boca, impactada al escuchar tal noticia.
VILLA ENCANTADA

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA
Cecilia ha ido de visita al hospital por su hija. Pablo viene detrás de ella y al reconocerla, frunce el ceño.


Pablo: ¿Usted qué está haciendo aquí, señora?
Cecilia voltea a verlo y lo mira con desdén.
Cecilia: Tú no eres quién para preguntarme eso.
Pablo: Si viene a ver a Milena, devuélvase por donde vino. Ella no la necesita ni tampoco le interesa verla.
Cecilia: (incrédula) ¿Ah, sí? Pues que me lo diga ella misma, no tú que eres un atrevido que se toma atribuciones que no le corresponden.
Cecilia lo ignora y sigue su camino, sin embargo, el muchacho la detiene esta vez tomándola de un brazo con brusquedad.
Pablo: ¿Qué parte no entendió de que ella no la quiere ver?
Cecilia: (molesta) Pero, ¿quién te has creído tú, imbécil? ¡Déjame! (Se suelta).
Pablo: ¿Qué no le parece suficiente todo el daño que le ha hecho a sus hijos? Ellos ya están bien decepcionados de usted para que los siga molestando.
Luis Enrique hace aparición en la escena, observando y escuchando a lo lejos la conversación.

Cecilia: Ese no es tu problema. No te metas en asuntos en los que no te han llamado.
Luis Enrique: Es mejor que lo escuches y le hagas caso al muchacho, Cecilia.
Los dos voltean a ver a Luis Enrique, quien se acerca caminando a ellos, sorprendiéndolos.
Luis Enrique: Pablo tiene toda la razón. Nuestros hijos ya nos odian lo suficiente como para seguir haciéndoles más daño.
Cecilia: ¿Qué te pasa? ¿Cómo llegas a decirme eso después de que te desapareces todo un día con la mojigata de tu exmujer y no contestas ninguna de mis llamadas? Me parece que me debes una muy buena explicación.
Luis Enrique: Te equivocas. Quien me debe una explicación eres tú, Cecilia.
Cecilia: ¿Qué quieres decir?
Luis Enrique: Tú lo sabes muy bien. ¿Qué carajos pretendías poniendo a la gente del pueblo en contra de Marissa? Casi la matan a pedradas, no solo a ella, sino a Danilo. ¿En qué pensabas, maldita sea? (Molesto).
Cecilia: (desconcertada) ¿Por qué me estás hablando así?
Luis Enrique: Porque estás fuera de control, arrastrando nuestros hijos a nuestros problemas personales. Por nuestra culpa, Milena… (Se detiene y quiebra la voz).
Cecilia: ¿Qué pasa con Milena? ¿Qué es lo que sabes?
Luis Enrique: Milena no podrá volver a caminar.
Cecilia: (impactada) ¿Qué?
Luis Enrique: (sollozo) Hablé con su doctor antes de que llegaras y ya estoy al tanto de su condición. Milena quedó inválida producto del accidente.
Cecilia: (negando con la cabeza) No, eso no puede ser. Mi pequeña, no…
Cecilia intenta adentrarse a las habitaciones de los pacientes, exaltada al recibir tal noticia. Pablo la detiene de nuevo.
Pablo: ¿Es sorda, bruta o se hace, señora? ¿Qué no me escuchó?
Cecilia: ¡Suéltame, idiota! ¡No me toques! Tengo que ver a mi hija.
Pablo: Milena lo que menos necesita es que usted la intranquilice, así que haga lo que quiera, pero no la voy a dejar pasar. ¿Cómo la ve?
Cecilia: Esto es el colmo. Tú impidiéndome ver a mi hija. ¡Luis Enrique, haz algo!
Luis Enrique: Yo no voy a hacer absolutamente nada. Pablo hace bien en impedirte ver a Milena. Tú y yo solo la importunaríamos. Entiende.
Cecilia: ¿Cómo vas a ponerte de parte de ése cuando siempre lo detestaste por no ser tu hijo? ¿Vas a ponerte en mi contra ahora? ¿Es eso?
Cecilia, presa de los nervios, empuja a Luis Enrique.
Cecilia: ¡Vamos, dime! ¿Vas a darme la espalda para enredarte de nuevo con esa maldita mojigata?
Luis Enrique: ¡Cálmate! No vayas a hacer un escándalo aquí.
Cecilia: ¡No me calmo! Yo ya me sé tu juego. Quieres hacerme a un lado y recuperar la vida que tenías antes con esa mujer. Por eso la salvaste ayer. Por eso te pones de parte de este bastardo.
Luis Enrique: (furioso) ¡Basta ya! Me tienes harto con tus arranques de celos sin sentido. Es mejor que nos separemos y terminemos con esta relación de una vez por todas.
Cecilia: ¿Qué dices?
Luis Enrique: Lo que escuchaste. Es hora de terminar lo nuestro y pensar por una vez en Milena y en Danilo.
Cecilia: Tú no me puedes hacer eso. Tú y yo nos amamos. Hemos estado juntos por más de veinticuatro años.
Luis Enrique: Veinticuatro años de mentiras por las que ahora nuestros hijos están pagando las consecuencias. Yo nunca quise llegar a esto. Quería dinero, estatus, poder, pero jamás quise que ellos pagaran por mis errores. Tú y yo los hemos destrozado, y ya fue suficiente.
Cecilia: No, Luis Enrique, por favor no.
Cecilia lo agarra de la camisa fuertemente como si no quisiera soltarse de él.
Cecilia: (desesperada) Todavía tenemos tiempo de arreglar las cosas. Podemos hablar con ellos, pedirles perdón. Podemos hasta irnos de este sucio pueblo para siempre y empezar en otro lugar.
Luis Enrique: Es mejor así, Cecilia. No hagas esto es más difícil.
Cecilia: Yo sé que todavía tenemos tiempo de ser felices como nos lo propusimos tiempo atrás. Hazlo por nuestra familia, por favor.
Luis Enrique: (apartándose) ¡Que no! ¡Entiéndelo!
Cecilia: Luis Enrique, mi amor…
Luis Enrique: Hasta pronto, Cecilia. Espero pronto abras los ojos.
Luis Enrique sale de allí. Pablo observa consternado la escena.
Cecilia: ¡Luis Enrique, no te vayas! ¡Luis Enrique!
Cecilia sale tras él con prontitud, sin embargo, no logra alcanzarlo, dado que él sube a su auto y se va.
Cecilia: (grita desgarrada) ¡Luis Enrique!
Él la observa a través del retrovisor, pero sigue su camino con una mirada muy seria.
Luis Enrique: Lo siento, Cecilia, pero no permitiré que estropees mis planes. Debo recuperar a Marissa a como dé lugar y estar contigo solo nos traerá problemas a todos, incluso a mis hijos y no lo permitiré.
CONTINUARÁ…
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