Capítulo 27: Visita inesperada

VILLA ENCANTADA

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA




Varios peones de la hacienda se encuentran trabajando en los campos, algunos labrando la tierra y otros recogiendo cosechas que empacan en cajas para luego introducirlas en la parte trasera de un camión. Danilo está entre ellos trabajando sin camisa y cargando cajas las cuales pasa a sus compañeros. Uno de los peones se le acerca.



Peón: Oye, Danilo.

Danilo: ¿Qué onda, bro?

Peón: Hay una muchacha allá afuera en el portón pidiendo hablar con alguien.

Danilo: ¿Y por qué me dices a mí? ¿Qué no ves que estoy ocupado? De eso se encarga el imbécil de Tarcisio. Anda y dile a él.

Peón: Pues por eso precisamente te lo digo a ti, porque no lo encuentro y no sé dónde andará, y como tú eres más cercano a los patrones que cualquiera de nosotros pensé que te puedes encargar.

Danilo deja sus actividades por un momento y frunce el ceño debido al ardiente sol.

Danilo: Está bien Ya voy. Tú quédate aquí y cúbreme.

Peón: Sale.

Danilo sale con dirección al portón para ver quién es la persona que ha venido de visita.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE / DÍA



Hay un policía en la mansión interrogando a Carolina y al joven ama de llaves. Es de notar que la primera gimotea y trata de contener el llanto.



Policía: ¿Quién de ustedes dos fue la que encontró al occiso primero en su habitación?

Carolina: (en un hilo de voz) Fue el ama de llaves aquí presente, oficial. Ella fue a mi habitación esta mañana tocando muy insistente la puerta para decirme que había encontrado a mi papá inconsciente en su habitación.

Policía: (al ama de llaves) ¿Corrobora usted eso, señora?

El ama de llaves: Sí, señor oficial. Me extrañó muchísimo que don Epifanio no bajara a desayunar a la hora en que habitualmente lo hace, así que subí para saber si necesitaba algo.

Policía: ¿Qué pasó después?

El ama de llaves: Toqué la puerta varias veces, pero como no obtuve respuesta, me tomé el atrevimiento de abrir y ahí fue cuando lo encontré.

Policía: Comprendo. ¿El occiso sufría de alguna enfermedad?

Carolina: Tenía algunos problemas de movilidad, pero no eran gran cosa y tenía una afección cardíaca que controlaba con medicación. Por eso no entiendo qué pasó. Tan solo anoche llegó de un viaje y estaba bien (Quiebra la voz). Discúlpeme…

Policía: Tranquila. Entiendo la situación. Por el momento no tengo más preguntas. Con la información que me dieron es suficiente por ahora.

Carolina: ¿Qué pasará con mi papá?

Policía: Vamos a realizarle una autopsia para determinar la causa de muerte con mayor claridad. Una vez tengamos resultados, se los haremos saber.

Carolina: Está bien. Gracias.

Policía: Con permiso.

El policía se retira justo al mismo tiempo en que Marissa y Eduardo entran a la mansión. Este último se acerca a Carolina.



Eduardo: Carolina…

Carolina: ¡Eduardo! ¡Por fin llegas!

Carolina no tarda en romper en llanto en brazos de Eduardo, quien la abraza muy apenado para consolarla. Marissa también observa conmovida.

Carolina: ¡Ay, Eduardo! Mi papá se murió. Lo perdí. Lo perdí para siempre.

Eduardo: Tranquila. Ya estoy aquí.

Carolina: Todavía no me puedo hacer a la idea de que esté muerto y ya no la vaya a volver a ver nunca más. Es que no lo logro aceptar.

Eduardo: Créeme que entiendo mejor que nadie tu dolor. Yo también perdí a mi mamá hace poco.

Carolina: Es lo peor que se puede sentir. ¿Qué voy a hacer ahora sin él? Mi padre era la única persona que me quedaba en el mundo. Él era mi único apoyo, mi única compañía. Dime qué voy a hacer (Desconsolada).

Eduardo: Yo voy a estar contigo. Te lo prometo. Eres mi mejor amiga y no te dejaré sola.

Marissa se acerca con algo de timidez y pone su mano en la espalda de quien es su hermana media.

Marissa: Sí, Carolina. Ni Eduardo ni yo te dejaremos sola. También cuentas conmigo y ahí estaré para todo lo que necesites.

Carolina: (apartándose de Eduardo) Te agradezco, Marissa, pero no es necesario que hagas esto. No necesito tu compasión (Limpiándose las lágrimas).

Marissa: Claro que no. No lo veas así. Recuerda el lazo que nos une. ¿Cómo podría dejarte sola en una situación como esta? Yo en el fondo también lamento profundamente la muerte de don Epifanio.

Carolina: No creo que lo lamentes tanto como yo.

Carolina dice aquello último en mal tono. Marissa baja apenada la cabeza.

Carolina: Después de todo, mi papá quiso enmendar sus errores acercándose a ti, pero solo sufrió rechazo de tu parte y lo sé porque en varias ocasiones lo vi triste por tu desprecio.

Eduardo: Carolina, Marissa solo trata de ser amable contigo.

Marissa: Está bien, Eduardo. Carolina en parte tiene razón.

Carolina: Por supuesto que tengo razón. De nada sirve tanta amabilidad si en tu corazón solo guardas rencor.

Marissa: En eso te equivocas. Yo jamás sentí rencor hacia don Epifanio.

Carolina: Pero lo rechazaste y eso causó un profundo dolor con él que seguro deterioró su corazón hasta morir.

Marissa: (sorprendida) ¿Me estás culpando de su muerte?

Carolina: Eso te lo dejo en tu consciencia y discúlpenme los dos, pero quisiera estar sola. Con permiso.

Carolina mira fulminantemente a Marissa y se va de allí.

Eduardo: Discúlpala. Trata de entenderla. Está pasando por un momento de negación por la muerte de su padre.

Marissa: (asentando con la cabeza) Es cierto. No te preocupes. La entiendo mejor de lo que crees.

Eduardo: Espérame aquí, ¿sí? Iré a hablar con ella y a acompañarla un momento.

Eduardo le esboza una sonrisa a Marissa y la besa ligeramente para luego ir detrás de Carolina. Marissa se queda a solas y ve en una mesa una foto enmarcada de Epifanio, la cual toma entre sus manos y observa algo nostálgica.



Marissa: (suelta un suspiro) Ay, don Epifanio. Qué efímera es la vida. Cómo me hubiese gustado haberlo conocido mejor y haber dejado de lado mi soberbia.

Marissa acaricia la foto por encima del vidrio y la pone de nuevo en su sitio.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PORTÓN / DÍA

Danilo llega al portón de la hacienda, aún con el torso desnudo por el calor que hace y con la camisa puesta sobre uno de sus hombros. Una joven aguarda de espaldas, la cual le extraña y se le hace familiar por el porte.



Danilo: Buenas tardes. Me dijeron que necesita hablar con alguien. El capataz ahorita no la puede atender y los patrones tampoco están, pero dígame en qué le puedo ayudar.

La joven se da una vuelta y Danilo, al verla, se echa para atrás de la impresión. Es así como se enfoca el rostro de aquella visita misteriosa.



María Helena: Buenas tardes.

El joven desorbita los ojos sin poderlo creer. María Helena baja la mirada con timidez al verlo sin camisa.

María Helena: Vengo para hablar con alguien de la familia. Es algo muy importante y necesito que me escuchen.

Danilo: ¿Cómo se llama?

María Helena: María Helena… Mi nombre es María Helena Quintana. Mucho gusto.

María Helena, aunque algo tímida, le extiende la mano con amabilidad. Danilo tarda un poco en corresponderle, pero al final lo hace.

Danilo: Mucho gusto, señorita. Danilo. Para servirle.

María Helena le esboza una sonrisa, pero continúa agachando la mirada. Parece ser que el joven le ha atraído. Danilo aún la mira sorprendido tratando de reponerse de la impresión por el evidente parecido de la chica con Lisa, a quienes todos creen muerta.

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA

Luis Enrique recién llega a su departamento ubicado en el centro de Villa Encantada, pero justo cuando inserta las llaves para abrir la puerta, nota que está entreabierta.



Luis Enrique: (frunciendo el ceño) ¿Qué es esto? Estoy seguro que había cerrado la puerta esta mañana cuando salí.

El hombre ingresa, pero no se percata de que, detrás de él, se encuentra El Alma en Pena, quien, en una maniobra rápida y con una soga, envuelve el cuello de Luis Enrique y comienza a ahorcarlo.



Luis Enrique: ¿Qué…? ¿Qué mierda?

Luis Enrique se lleva las manos al cuello intentando soltarse y trata de balbucear unas palabras, pero la fuerza de su agresor es superior y parece dispuesto a asesinarlo. El hombre no se da por vencido y le da un codazo al asesino enmascarado en el abdomen que lo debilita, momento que aprovecha para soltarse al tiempo que tose compulsivamente.

Luis Enrique: ¿Quién eres tú?

El Alma en Pena no responde y saca una pistola con silenciador y con la cual le apunta a Luis Enrique. Éste se echa un paso atrás asustado.

Luis Enrique: ¡Espera! No dispares. Llévate lo que quieras. Tengo también dinero en mi cartera si lo deseas…

Luis Enrique intenta sacar su cartera del bolsillo de su pantalón.

El Alma en Pena: No te muevas. Pon las manos sobre la cabeza y no intentes nada.

Luis Enrique obedece desconcertado.

Luis Enrique: ¿Qué quieres?

El Alma en Pena: Ten por seguro que no tu cochino dinero. Vine hasta aquí para mucho más que eso.

El Alma en Pena le quita el seguro a la pistola. Luis Enrique desorbita los ojos.

Luis Enrique: ¿Vas a matarme?

El Alma en Pena: Vengo solo a hacer justicia para que otros podamos descansar en paz. Has hecho mucho daño y ya te llegó tu hora, Luis Enrique Escalante.

Luis Enrique: ¿Qué quieres decir?

El Alma en Pena: ¿Disfrutaste asesinado a Epifanio de La Torre y a Helena?

Luis Enrique se sorprende en gran manera al escuchar al misterioso personaje.

El Alma en Pena: (ríe levemente) Tu expresión me lo dice todo y antes de que lo preguntes, sí, lo sé todo. Conozco cada uno de tus pasos, mejor de lo que crees.

Luis Enrique: (exaltado) ¿Quién eres? Dame la cara y quítate la máscara, idiota.

El Alma en Pena: No tiene caso. Muere sabiendo que la limpieza comenzó y tú solo eres el primero en la lista. De Lisa y de tu hermana me encargo luego.

Luis Enrique: No sé quién seas, pero no te atrevas a hacerle daño a Carolina. Ella es inocente de todo.

El Alma en Pena: No me lo podrás impedir. Ella también pagará por sus pecados. Todos ustedes sólo han causado daño y dolor, y ya llegó la hora de hacer justicia.

Justo cuando El Alma en Pena está a punto de disparar Pablo llega repentinamente y se impacta al presenciar lo que ocurre.



Pablo: ¿Qué está pensando aquí?

El Alma en Pena no tarda en darse la vuelta sorprendiéndose al ver al joven.

El Alma en Pena: ¡Maldición!

Pablo: (titubeando) Au… ¡Auxilio!

El Alma en Pena: (apuntándole) ¡Cállate y entra, o si no te mato sin pestañear!

Pablo lo duda e intercambia miradas con Luis Enrique sin saber qué hacer.

El Alma en Pena: ¿Qué estás esperando? ¡Entra!

Luis Enrique: No le hagas nada. Él es inocente. Si vas a matar a alguien, mátame a mí, pero no le hagas daño.

El Alma en Pena: ¡Tú también te callas! Y tú, muchacho, no lo repetiré más. Si no me obedeces, te vuelo la cabeza, así que entra ya y no intentes huir.

Luis Enrique: Está bien, Pablo. Tranquilo. Vamos a estar bien.

Pablo decide entrar muy nervioso al departamento con las manos arriba sin que El Alma en Pena deje de apuntarle. Luis Enrique aprovecha la distracción y saca con destreza un arma de un cajón y le dispara en un brazo al personaje enmascarado. Éste grita adolorido y se da de inmediato a la fuga. Luis Enrique sale tras él.

Pablo: ¡Luis Enrique! ¿A dónde vas? Es peligroso.

Luis Enrique llega al pasillo del edificio con el arma en la mano, pero no ve rastros del Alma en Pena por ninguna parte. Es como si en cuestión de segundos se hubiera esfumado. Pablo llega allí.

Luis Enrique: ¡Maldición! ¡Escapó!

Pablo: ¿Quién era?

Luis Enrique: No tengo la menor idea. Entró a mi departamento, no sé cómo, pero estaba allí esperándome para matarme. Por poco y lo hace de no ser porque llegaste.

Pablo: Venía para hablar contigo sobre algo importante.

Luis Enrique: ¿Cómo supiste dónde vivo?

Pablo: Yo ya había venido aquí antes, justo el día que perdí la memoria.

Luis Enrique: Pensé que todavía tenías problemas de amnesia. ¿Recuerdas todo lo que pasó aquella vez?

Pablo: En parte. Todavía es confuso. Hay muchas cosas que no recuerdo muy bien aún. Lo que sí sé es que me atacaste y esa fue la razón por la que perdí todos mis recuerdos.

Luis Enrique: Pablo, mira. Me siento muy consternado después de que aquel tipejo entrara a matarme y no es el momento, pero bien sabes que eso fue un accidente. Estábamos discutiendo y llegamos a los golpes, es cierto, pero fue un accidente, al fin y al cabo.

Pablo: No te preocupes. No vine a reclamarte. Vine para que hablemos sobre Milena.

Luis Enrique: Si gustas te llevo a la hacienda y me cuentas en el camino. Igual, iba a pasar más tarde para saber cómo sigue tu madre.

Pablo: ¿No vas a denunciar lo que pasó?

Luis Enrique: Es mejor dejarlo así. El tipo solo entró a robar y tampoco logró llevarse nada.

Pablo: ¿Hablas en serio? Quien quiera que haya sido ese tipo, prometió volver. Tú lo escuchaste. No creo que se haya tratado de un simple robo.

Luis Enrique: Tal vez lo dijo por intimidarme, no sé. Por seguridad cargaré esta a donde quiera que vaya (Le enseña el arma). Con esto lograré defenderme si ocurre de nuevo.

Pablo: ¿Estás seguro?

Luis Enrique: Sí, no te preocupes.

Pablo: Lástima que no pude distinguir si era un hombre o una mujer. Hablaba con la voz distorsionada como si usara un micrófono especial o algo así.

Luis Enrique: Lo mismo noté. Tal vez se trate de un ladronzuelo que se disfraza para que no descubran su identidad. Por eso no creo que haya que preocuparse y te agradecería que no le cuentes a nadie más.

Pablo: Está bien. Si tú lo dices… (Poco convencido)

Luis Enrique: Gracias. Déjame cierro la puerta y te llevo a la hacienda como quedamos. No me tardo. Espérame aquí.

Luis Enrique regresa a su departamento. Pablo lo mira y nota en él algo de nerviosismo. No muy lejos de allí, tras una pared, se enfoca al Alma en Pena haciendo presión sobre la herida en su brazo. El misterioso personaje respira agitado tratando de contener el dolor.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA



Cecilia se pasea por las afueras de la hacienda como si buscara a alguien y alcanza a ver de lejos a Tarcisio, tomando una siesta bajo un árbol y cubriéndose el rostro con su sombrero. La mujer se acerca a él con prisa.



Cecilia: Óyeme, Tarcisio…

Tarcisio parece no despertar.

Cecilia: ¡Tarcisio! ¡Te estoy hablando! (Lo patea levemente).

Tarcisio: (fastidiado) ¿Qué onda? ¿Qué pasa?

Cecilia: ¿Que no te parece muy descarado de tu parte andar durmiendo mientras todos los demás trabajan arduamente?

Tarcisio: Mientras los patrones no me cachen, ese no es tu problema y ya déjame en paz. No me gusta que me interrumpan cuando estoy descansando (Vuelve a ponerse en posición para dormir).

Cecilia: Tengo que hablar contigo algo muy importante.

Tarcisio: ¿Qué no te puedes esperar a más tarde?

Cecilia: ¡Pues no! No puede esperar. Para eso me tomé la molestia de buscarte por toda la hacienda, así que me tienes que escuchar.

Tarcisio: Órale, sí fastidias (Poniéndose de pie) Vieja tenías que ser. A ver. ¿Qué quieres? Habla de una buena vez.

Cecilia: Tienes que matarla hoy mismo.

Tarcisio: (confundido) ¿De qué hablas?

Cecilia: Tú sabes muy bien de lo que hablo. No te hagas el idiota.

Tarcisio: ¿Qué me crees? ¿Un asesino a sueldo? Te dije que había que esperar y planearlo bien.

Cecilia: Pues resulta que no puedo ni quiero esperar (Endurece el rostro). La mojigata esa debe morir en cuanto antes. Quiero verla muerta, acabada, que ya no sea más un estorbo en mi vida y la de familia.

Tarcisio: No voy a matarla de la noche a la mañana solo porque a ti se te antoja. Recuerda que el que hará el trabajito sucio seré yo, no tú, así que no chingues.

Tarcisio intenta irse, pero ella lo agarra con brusquedad de la camisa.

Cecilia: Tú y yo tenemos un trato, Tarcisio. No te puedes echar para atrás.

Tarcisio: (hablándole muy cerca) ¿Y si no se me da la gana de matarla qué? Igual no me has dado nada.

Cecilia: ¡Me entregué a ti, desgraciado! ¿Te parece poco?

Tarcisio: Pues sí. ¿Cómo la ves? Estabas bien muerta. No te movías. Es la peor cogida que he tenido con una vieja.

Cecilia: ¡Eres un…!

Cecilia, furiosa, intenta cachetearlo, pero él le detiene la mano y la aprisiona contra su cuerpo.

Tarcisio: Mucho cuidado con levantarme la mano, que eso sí no te lo pienso permitir, mi Ceci.

Cecilia: ¡Suéltame, cerdo! ¡Te huele mal la boca!

Tarcisio: (riendo) Eso mismo no me dijiste cuando te fuiste a la cama conmigo.

Tarcisio comienza a besarla a la fuerza. Cecilia se niega e intenta zafarse, pero la fuerza del capataz es superior.

Cecilia: ¡Ya déjame o voy a pedir ayuda! ¡Déjame! (Chillando).

Cecilia logra soltarse y se limpia los labios sintiéndose repugnada.

Cecilia: ¡Eres una basura, una escoria! No te imaginas el asco que me produces.

Tarcisio: Tú no te quedas atrás. Como mujer no sirves, ni vales nada. No me extraña que por eso tu marido se haya aburrido de ti y ande tras la mojigata, que de mojigata no debe tener nada, ¿sabes? Ella sí debe ser más mujer que tú en la cama.

Cecilia: (furiosa) ¡No te permiso que me compares con esa maldita!

Tarcisio: Te duele porque sabes que es verdad, ¿no? Te falta ser más fogosa, más hembra.

Cecilia: ¡Basta ya! ¡Cállate! No voy a entrar en peleas inútiles con alguien como tú, no vale la pena (Lo mira con desprecio).

Tarcisio: Entonces, no me molestes y arréglatelas tú como puedas.

Tarcisio le da la espalda para retirarse y comienza a irse.

Cecilia: Dime qué quieres.

Tarcisio se detiene en seco y voltea a verla con cierto interés.

Cecilia: ¿Qué tengo que hacer para que la mates? ¿Quieres que me acueste contigo de nuevo?

Tarcisio sonríe con picardía y se acerca de nuevo a ella. Cecilia traga saliva haciendo un esfuerzo para controlar la repugnancia que siente hacia él.

Tarcisio: Para quitarme las ganas que traigo hoy, no estaría mal darte una probadita de nuevo (La toma del mentón).

Cecilia: Haré lo que quieras. Solo necesito que mates a la mojigata hoy mismo. Quiero a esa mujer fuera de mi camino.

Tarcisio: No tan pronto, mi Ceci. Quien pone las condiciones no eres tú.

Cecilia: ¿De qué estás hablando?

Tarcisio: Esta vez no quiero una muerta en mi cama. Quiero una hembra de verdad para pasármela bien. ¿Me entiendes?

Cecilia: No me puedes pedir eso. No me gustas en lo más mínimo para que esperes que sea una buena amante contigo.

Tarcisio: Es tu decisión. Es la condición que tengo para acabar con tu querida enemiga, así que, ¿qué dices?

Cecilia se queda pensativa unos segundos.

Tarcisio: ¿Te vas a portar mejor en la cama?

Cecilia: (resignada) Está bien. Haré un esfuerzo.

Tarcisio: (sonriendo) ¡Muy bien! Es así como me gustan las cosas. ¿Ya ves que hablando se entiende la gente?

Cecilia: Déjate de tonterías. Solo hagamos esto rápido para que hagas tu trabajo y yo salga de esta carga.

Tarcisio: No te apures. Todavía no termino.

Cecilia: ¿Qué?

Tarcisio: Tal como lo oyes. Tengo otra condición.

Cecilia: ¿Qué clase de condición?

Tarcisio: Si quieres que haga el trabajo completo, vas a tener que darme una lana. Diez mil pesos, ni uno más ni uno menos, por mi silencio. Tú sabes…

Cecilia: No me puedes estar hablando en serio. ¿Qué te crees? No tengo dinero.

Tarcisio: Pues consíguelo como puedas. Ese no es mi problema.

Cecilia: (exasperada) ¡Muy bien, muy bien! Tengo algunos ahorros. Te daré la lana, pero sólo cuando hayas acabado con la mojigata. De lo contrario, no habrá trato. ¿Entendiste?

Tarcisio: Está bien. Me supuse que me dirías algo como eso, así que no te preocupes. Cumpliré con mi palabra y esta noche ya no tendrás que preocuparte por ella.

Cecilia: Eso espero porque si esta vez me ves la cara de nuevo, me las vas a pagar, Tarcisio.

Tarcisio: Déjate de amenazas que no hacen falta. ¿Qué te parece si mejor no perdemos más el tiempo y empezamos con lo nuestro?

Cecilia: Quiero saber primero cuál es el plan.

Tarcisio: Cálmate, no te afanes. Te lo voy a contar con más detalle en mi habitación. ¿Qué dices? ¿Vamos de una vez?

Cecilia mira con desprecio al capataz y asiente con la cabeza no muy convencida. Tarcisio la mira con burla como si disfrutara obligar a la mujer y someterla a su antojo.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA



Marissa y Eduardo recién van entrando a la casa de la hacienda. Ella va enganchada de brazo con él.



Marissa: Me partió el alma ver tan triste a Carolina. No puedo dejar de pensar en ella.

Eduardo: Yo también me sentí muy mal al verla así. Espero y logre descansar un poco.

Marissa: Me dijiste que se quedó dormida antes de que te fueras, ¿no?

Eduardo: Sí. El ama de llaves le dio un calmante y un té. Cuando despierte volverá a la realidad, pero poco a poco tendrá que resignarse, así como lo hice yo con todas las personas que perdí estos últimos meses.

Marissa: Tienes razón. Cómo me gustaría hacer algo por ella, pero después de lo que me dijo, no creo que quiera verme.

Eduardo: Estoy seguro que luego se le pasará. Está molesta, triste, sin entender qué pasa a su alrededor.

Marissa: (suspirando) Sí, me imagino. Espero pueda reponerse poco a poco. Tú que eres su mejor amigo debes estar con ella y acompañarla en estos momentos tan duros para que no se sienta sola.

Eduardo: En la medida en que me sea posible, así lo haré y te prometo que voy a convencerla de que baje la guardia un poco contigo. Tú eres su hermana después de todo.

Marissa: Te lo agradecería muchísimo. Quisiera hacer las cosas bien con ella, ya que no pude hacer lo mismo con don Epifanio, que en paz descanse.

Marissa entristece un poco. Eduardo lo nota y de caminar para quedar frente a frente.

Eduardo: No te sientas culpable por su muerte. Epifanio de La Torre ya era un hombre mayor, con algunos problemas de salud en los que tú no tenías nada que ver.

Marissa: Puede que sea cierto, pero a veces las personas cargamos con penas y culpas que solo empeoran nuestra salud y yo pude haber contribuido a que la pena de don Epifanio fuera mayor por mi rechazo hacia él.

Eduardo: No pienses en eso. Tú hiciste lo correcto. Me contaste que lo perdonaste justo el día que íbamos a casarnos y eso fue más que suficiente para que él estuviera tranquilo.

Marissa: (pensativa) ¿Sabes? Ahora que lo recuerdo, aquel día, él vino hasta acá no solo para pedirme perdón. Me pidió también que no me casara contigo.

Eduardo: ¿En serio? No me lo habías dicho.

Marissa: Es que justo cuando iba a darme sus razones, Carolina nos interrumpió y descubrió que él era también mi padre, y que, por ende, éramos hermanas. Después ya no tuvimos oportunidad de hablar con lo sucedido durante la boda y con Lisa.

Eduardo: (extrañado) Desconozco por qué te lo haya pedido, pero supongo fue por la rivalidad que tuvo con nosotros desde siempre. Nuestros apellidos siempre se han disputado el control económico de Villa Encantada.

Marissa: (poco convencida) Puede ser. Solo que lo vi tan empecinado en impedirlo que siento que tuvo una razón más poderosa.

Eduardo: No te mortifiques pensando en esas cosas. ¿Por qué mejor no te tomas un baño y te relajas? Yo haré lo mismo, organizo algunos pendientes y podemos cenar juntos más tarde. ¿Qué te parece?

Marissa: Está bien. Iré a mi cuarto y nos vemos en la noche.

Eduardo: Y a propósito de eso, ya va siendo hora de que dejes de ocupar ese cuarto, Marissa.

Marissa: ¿Por qué? Ese era el cuarto de Casimira. Me siento cómoda allí.

Eduardo: Puede que sea cómodo, pero quiero algo mejor para ti. Voy a pedir que te preparen uno de los cuartos de arriba o si lo prefieres, podemos compartir el mío.

Danilo viene a lo lejos y al ver a la pareja se detiene. Ellos no lo ven.



Marissa: No creo que sea apropiado, Eduardo. Todavía no estamos casados y…

Eduardo: Pronto lo estaremos. ¿Recuerdas que anoche aceptaste ser mi esposa cuando hicimos el amor? (Besándola y sonriéndole).

Marissa: (sonriendo pícara) Sí, lo recuerdo. ¿Cómo podría olvidarlo? Es la noche más bella que he podido pasar.

Danilo se incomoda y baja la cabeza al escuchar esa conversación. Incluso siente algo de molestia.

Eduardo: Entonces, no falta mucho para que te conviertas en mi esposa y yo en tu marido oficialmente. Precisamente quiero invitar a la cena de hoy a Manuel y a tu hijo para hablarles oficialmente de nuestra relación y anunciarles de nuevo nuestro compromiso.

Marissa: Me parece bien, pero quisiera esperar un poco a que durmamos juntos para cuando estemos casados, mi amor. Espero me entiendas.

Eduardo: Claro que sí. No te preocupes. Es solo que, cada día, siento que te necesito más a mi lado y no quisiera esperar más. Estoy comenzando a quererte cómo no pensé que querría a alguien otra vez.

Danilo no aguanta más y decide interrumpirlos con un carraspeo.

Danilo: ¡Ujum!

Ellos se dan la vuelta. Eduardo se molesta un poco por la interrupción.

Marissa: Hola, Danilo.

Danilo: Disculpen, patrón, señora…

Eduardo: ¿Qué pasa, Danilo? ¿Qué haces aquí en la casa? ¿No deberías estar en los cultivos?

Danilo: (muy serio) Créame que, si no fuera algo realmente importante, no pondría un pie aquí adentro.

Marissa nota un poco la tensión, pero guarda silencio.

Eduardo: Muy bien. Dime qué ocurre.

Danilo: Es una muchacha que vino hace un par de horas. Dice que necesita hablar urgentemente con usted o con alguien de la familia.

Eduardo: ¿Cómo se llama?

Danilo: María Helena Quintana.

Marissa: ¿La conoces?

Eduardo: (extrañado) No que yo recuerde. ¿Dónde está?

Danilo: En la sala esperándolo. Créame que se va a llevar una gran sorpresa.

Marissa y Eduardo se desconciertan ante aquello dicho por el joven hombre.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Entretanto, María Helena efectivamente está en la sala sentada en un sofá. Manuel justo va pasando por allí y al ver a alguien esperando, se detiene con curiosidad y se acerca con su típica jocosa, pero a la vez molesta actitud.



Manuel: ¡Vaya! Tenemos visita hoy y parece ser de una linda jovencita. ¿Te puedo ayudar?

María Helena se pone de pie inmediatamente y se da la vuelta. Manuel no tarda en impactarse ante el evidente parecido de la chica con Lisa.



María Helena: (tímida) Buenas tardes, señor.

Manuel: ¿Lisa?

Eduardo hace aparición en ese momento junto a Marissa. Los dos también se sorprenden en gran manera al ver a la muchacha, quien baja incómoda la cabeza al notar las reacciones de todos con su llegada.

María Helena: Bue… Buenas tardes a todos. Mucho gusto, me presento. María Helena Quintana.

INT. / CASA ABANDONADA / DÍA

La historia se traslada a lo que parece ser una casa abandonada a la que apenas entra la luz del sol. Hay una persona allí en la penumbra, cuya identidad no puede distinguirse, sacándose una bala del brazo con unas pinzas, ante lo cual gime de dolor con una voz un tanto grave que no permite distinguir de quién se trata.

La persona: Argh… Chingada madre… (Rechinando los dientes)

En el fondo se puede apreciar un maniquí con el traje puesto del Alma en Pena y varias máscaras, todas del mismo estilo, puestas sobre la mesa, además de varias velas prendidas a lo ancho y largo del lugar, lo que le da un cierto aire tétrico. Es la persona detrás de la identidad del personaje enmascarado.

El Alma en Pena: (gruñendo) Argh… Falta poco, solo un poco…

Finalmente, el misterioso sujeto, que esta vez no usa su típico traje, logra sacar la bala con las pinzas y la deja caer al piso al tiempo que grita como si se hubiera liberado de un gran peso. Incluso alcanzan a verse algunas gotas de sangre cayendo.

El Alma en Pena: (respirando agitada) Esto no se va a quedar así, Luis Enrique. Me encargaré de hacerte pagar esto el doble.

Una mujer se acerca caminando desde atrás usando un recatado vestido negro y sostiene una bandeja con algunos implementos de primeros auxilios (algodón, alcohol, gasa, etc.). El sonido del tacón de sus zapatos resuena al compás de su caminar.

El Alma en Pena: (empuña las manos) Él, Lisa y todos juntos van a morir en mis manos.

El Alma en Pena golpea violentamente la mesa. La mujer allí presente pone su mano sobre el hombro de quien la acompaña como una forma de infundirle calma.

La persona: Especialmente ella. Voy a lograrlo, cueste lo que cueste…

La mujer pone la bandeja de primeros auxilios sobre la mesa y con el algodón comienza a tratar la herida del Alma en Pena, quien se resiente por el dolor que le provoca. Luego, toma un hilo fino y una herramienta especial para coser la herida con puntos. En el fondo, se enfoca un tablero con un collage de fotos de varios personajes, entre ellos Lisa, Luis Enrique, Carolina, Eduardo y la misma Marissa.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA

Entretanto, Luis Enrique ha llegado a la hacienda junto con Pablo a la hacienda y se adentran a la casa mientras platican. Marissa aguarda a la sala que está contigua a la entrada principal, por lo que alcanza a escucharlos.



Luis Enrique: Debo reconocer que no me esperaba una noticia como esa, pero no pienso interponerme.

Pablo: (sorprendido) ¿De verdad?

Luis Enrique: Mírame, Pablo. Estoy acabado. Por cuenta de mis errores les he hecho mucho daño a mis dos hijos y no sólo a ellos. Tu madre y tú también pagaron las consecuencias de mis actos. ¿Qué gano con interponerme entre ustedes?

Marissa los escucha atentamente. Ellos dos aún no se percatan de su presencia.

Pablo: Pues no sé. Pensé que lo tomarías a mal teniendo en cuenta que nunca hemos tenido una buena relación.

Luis Enrique: Eso quedó en el pasado. Quiero empezar de nuevo y, si es posible, ganarme poco a poco el aprecio y el respeto de Danilo y de Milena. ¿Por qué crees que decidí terminar mi relación con Cecilia?

Marissa se sorprende al saber tal noticia por cuenta de Luis Enrique.

Pablo: Bueno, para serte sincero, poco me importa si tienes una relación con esa señora o no. Tan solo quiero que ya no le hagan más daño a Milena. Ella ya suficiente tiene sabiéndose inválida.

Luis Enrique: Lo sé y no te preocupes. Mantendré a Cecilia alejada de ella y de Danilo si hace falta. Debo reconocer muy en el fondo que eres un buen muchacho y sólo te pido cuides a Milena.

Pablo: Créeme que así lo haré, pero hay algo más que quería hablar contigo y no alcancé a decirte de camino para acá, Luis Enrique.

Luis Enrique: ¿Qué es?

Pablo: Supongo que sabes que las únicas posibilidades que tiene Milena de volver a caminar es con cirugía y terapias.

Luis Enrique: Sí. Eso mismo me dijo el doctor esta mañana que hablé con él.

Pablo: Entonces también debes saber que es un tratamiento costoso y estaba pensando si tal vez tú…

Luis Enrique: Comprendo perfectamente a qué te refieres y nada quisiera más en el mundo que mi hija se recupere, pero me temo que no podrás contar conmigo para ello.

Pablo: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Por qué si se trata de algo tan importante? Milena debe volver a caminar.

Luis Enrique: Es muchísimo dinero, Pablo. Milena debe pasar por las manos de varios especialistas y no tengo cómo costearlo.

Pablo: No lo puedo creer. Pensé que tú…

Luis Enrique: Desde que me divorcié de tu mamá, las cosas no han estado bien para mí económicamente. Esa es la verdad.

Pablo: (desanimado) Vaya, qué mal. Tenía la esperanza de que pudiéramos hacer algo. De hecho, hasta le dije a Milena que le prestaría el dinero a mi mamá, pero en realidad tenía pensado hablarlo contigo.

Luis Enrique: Te juro que me duele no poder hacer más por el momento, a no ser que… Tú me ayudes.

Pablo: ¿Cómo?

Luis Enrique: La única opción que se me ocurre es prestarle dinero a tu mamá, pero no creo que lo haga conmigo.

Pablo: ¿Qué se te ocurre?

Luis Enrique: Habla tú con ella. Podrías pedirle el préstamo a nombre tuyo. Estoy seguro que ella te cedería el dinero sin dudar, pero yo me encargaría de pagarlo sin que ella se entere.

Marissa se muestra en ese momento ante su hijo y quien fuera su esposo. Ellos se sorprenden al verla.

Luis Enrique: Ma… Marissa…

Pablo: Mamá, ¿estabas escuchándonos?

Marissa se queda en silencio durante algunos segundos mirándolos algo seria.

CONTINUARÁ...

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