Capítulo 28: La llegada de María Helena

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA



Marissa se ha mostrado súbitamente ante Luis Enrique y Pablo, quienes venían llegando a la hacienda y conversando a la misma vez sobre el estado de salud de Milena.



Pablo: ¿Qué te pasa, mamá? ¿Por qué te quedas mirándonos así? ¿Que acaso nos escuchaste hablando algo que no te agradó?

Marissa: Sí, sí los escuché, pero no es por eso.

Luis Enrique: Marissa, déjame explicarme. Con respecto a lo que le decía a Pablo…

Marissa: (lo interrumpe) Tranquilo, Luis Enrique. No estoy molesta por haberlos escuchado hablando de mí.

Pablo: ¿Entonces?

Marissa: Que, si tenías la atención de ayudar a Milena, debiste habérmelo dicho directamente, hijo y lo mismo va para ti, Luis Enrique. No es necesario que se anden con secretos sobre quién me presta el dinero.

Pablo: Discúlpame. Sentí algo de pena en decírtelo, además, con tantas cosas que han pasado no me pareció tampoco prudente. Por eso preferí recurrir a Luis Enrique.

Marissa: Pierde cuidado, mi amor (Tomándolo de las manos). A pesar de que aún tienes algunas dificultades para recordar cosas, creo que te he dado la suficiente confianza de contarme lo que sea y más si se trata de algo tan importante. Recién me entero de que Milena no podrá caminar.

Pablo: No tenías cómo saberlo después de la pelea con aquella mujer en el hospital. Danilo me dijo que Luis Enrique los había ayudado y te habías ido con él. ¿Cómo estás? ¿Te hizo algo la tal Cecilia esa?

Marissa: No te preocupes. Tan solo tropecé y me lastimé un poco el tobillo, pero no es gran cosa y estaré bien. Puedo caminar.

Luis Enrique: Me alegra escuchar eso, Marissa. También me quedé preocupado después de que Eduardo te recogió y créeme que me siento muy apenado por todo el daño que Cecilia y yo hemos causado. Con lo que le pasó a mi hija, ya tuve suficiente.

Marissa: Espero que esa tragedia sea el aliciente que necesitas para hacer un cambio en tu vida, Luis Enrique. Estoy segura que así también podrás obtener el perdón de tus hijos.

Luis Enrique: Nada me gustaría más que eso y empezar de cero. Me siento dispuesto a cambiar más que nunca y ya que estás al tanto de la condición de Milena, quería pedirte si…

Marissa: No tienes que decirlo. Por supuesto que la voy ayudar. Milena y Danilo hicieron mucho por mí cuando llegué a esta hacienda, me protegieron, me cuidaron. Es lo menos que puedo hacer para compensarla.

Luis Enrique: Te agradezco de todo corazón lo que harás por ella. Te juro que te pagaré hasta el último centavo.

Marissa: (sonriéndole) No hace falta. Es un regalo que pienso darle, además, ¿cómo no ayudarla si ahora es mi nuera?

Marissa mira a Pablo con pillería y complicidad a lo que él se avergüenza un poco.

Pablo: (se sonroja) Mamá…

Marissa: Me late que tenemos mucho de qué hablar tú y yo, Pablito.

Pablo: Tienes razón. Al rato te cuento mejor. Luis Enrique también ya lo sabe, así que ahora me siento más tranquilo. Me falta decírselo a Danilo.

Marissa: Estoy segura que a él también le agradará la noticia. He visto que los dos se llevan muy bien, así que estará encantado de tenerte como cuñado (Todos ríen).

Luis Enrique: ¿Qué les parece si almorzamos juntos para celebrar ahora que las cosas parecen ponerse bien?

Marissa: Pues no es mala idea, aunque…

Luis Enrique: Vamos a Marissa. Déjame tener una atención con ambos, algo que nunca hice mientras fuimos una familia, si es que así se le podría llamar. Es una invitación formal de mi parte.

Marissa: ¿Tú qué dices, hijo? ¿Te gustaría?

Pablo: (indeciso) Bueno, no sé. Han pasado cosas fuertes entre nosotros, pero si podemos empezar de cero, por mí no hay problema.

Luis Enrique: Muy bien. Conozco un buen restaurante al que podemos ir y puedo traerlos de regreso. Por eso no se preocupen.

Marissa: Está bien, vamos. Es tarde y la verdad ya tenía algo de hambre.

Pablo: Ni qué lo digas, ma’. Yo también. Últimamente con todo lo de Milena no he comido casi, pero ya con lo de la operación, se me subieron los ánimos.

Luis Enrique: Entonces, ¿qué estamos esperando? Vamos antes de que se nos haga más tarde y ya sea más bien cena.

Marissa: (riendo) Tienes razón. Vamos.

Marissa y Pablo salen de primero. Luis Enrique va tras ellos y sonríe con picardía.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, DESPACHO / DÍA

María Helena se encuentra sentada al frente de Eduardo, ambos separados por el escritorio en medio. Éste último termina de leer atónito unos documentos mientras Manuel espera de pie, viéndose algo ansioso.



Manuel: ¿Bueno? ¿Y entonces? ¿Qué es lo que tanto lees?

Eduardo: Estoy tratando de asimilarlo todo y tú con tus interrupciones no ayudas en nada. Es mejor que te salgas.

Manuel: Estás muy equivocado si piensas que voy te voy a dejar a solas con esta…

Manuel hace una pausa abrupta viendo a María Helena, quien se siente sumamente incómoda por la situación.

Manuel: Esta muchacha… Yo también merezco saber qué es lo que pasa.

Eduardo: (a María Helena) Dime algo. ¿De dónde sacaste esos papeles?

María Helena: Mi mamá los tenía guardados en la casa donde vivimos.

Eduardo: ¿Tu mamá?

María Helena: Bueno, no es mi verdadera madre en realidad como pudo usted ver en los papeles que leyó, pero para mí es cómo si lo fuera y eso ningún documento lo va a cambiar (Dice muy segura).

Manuel: ¿Quién nos asegura que todo este circo es cierto y que no eres más que una oportunista que viene a sacarnos dinero?

María Helena baja la cabeza apenada.

Eduardo: (molesto) ¡Manuel, basta!

Manuel: Estoy diciendo la verdad. No pretenderás creerle a una recién aparecida que llega a la hacienda diciendo que es parte de nuestra familia.

Eduardo: ¿Eres ciego? ¿Qué no la ves? Es idéntica a Lisa.

Manuel: ¿Qué hay con eso? Hay muchas personas parecidas a otras por ahí. Ella bien podría estarse aprovechando de eso con el único propósito de sacarnos dinero.

María Helena: Se equivoca, señor. Créame que yo tampoco me siento muy bien por venir acá a importunarlos y tampoco porque me interese ser parte de esta familia o que me hereden.

Manuel: Entonces, ¿por qué viniste si se puede saber?

María Helena: Mi mamá está muy enferma. En estos momentos necesita una operación y yo no tengo cómo pagarla.

Manuel: ¿Ves? Ahí está.

Eduardo: Manuel, déjala hablar, por favor.

Manuel: ¿Qué no la estás escuchando? Es más que obvio que quiere pedirnos dinero y así dice que no le interesa nuestra familia. Típico.

Eduardo: ¡Que te calles de una buena vez! (Golpea la mesa) Te juro que a la próxima vez que abras la boca para decir una estupidez, te saco yo mismo del despacho y te dejo por fuera de este asunto.

Manuel mira molesto a su hermano y decide guardar silencio.

Eduardo: Disculpa. ¿Qué nos decías?

María Helena: Quiero que sepan ante todo que no quiero causar conflictos ni problemas entre ustedes. Estoy haciendo esto porque no tuve más opción. Yo hasta hace poco desconocía esta información y hasta he llegado a pensar que puede ser una señal para ayudar a mi mamá.

Eduardo: Creí escuchar hace un momento que está enferma.

María Helena: (asentando con la cabeza) Así es. Ella sufre del corazón y si no se le hace esa cirugía, se puede morir (Comienza a sollozar). Mi mamá es lo único que tengo en el mundo y es mi única familia, bueno, aparte de ustedes ahora que recién me entero de su existencia.

Eduardo: Eso es algo que tendremos que verificar. Entenderás que no podemos darte todo el crédito solo porque vienes con estos documentos a decirnos que eres hija mía y de mi difunta esposa, que precisamente se llamaba como tú, ¿sabes? Helena.

Manuel: Pensé que eras más difícil de convencer. ¿Vas a dejarte llevar por las impresiones en serio?

Eduardo: No es solo por el parecido. Esta carta está escrita a puño y letra de Helena. Puedo recordar perfectamente su caligrafía. Es inconfundible. Mírala y compruébalo tú mismo…

Manuel: Esto no significa nada, además, ¿qué voy a saber yo? Helena fue mi amante. No me interesaba saber cómo escribía.

María Helena se sorprende al escuchar eso. Eduardo lo fulmina con la mirada.

Eduardo: No te respondo como debiera por no ser el momento más adecuado, pero luego hablamos tú y yo.

Manuel: (burlesco) Perdóname. Se me salió, hermanito. Es solo que una mujer como ella es difícil de olvidar y mira tú. Incluso después de muerta nos sale con sorpresas.

Eduardo: No pienso reprochar sus acciones. Está muerta y no tiene caso. Lo que importa ahora es que es muy probable que esta muchacha sea su hija también. En la carta, ella expresó claramente que se la dejaba al cuidado de su empleada de confianza, Martha Quintana.

María Helena: Ese es el nombre de mi mamá.

Manuel: ¿Tú acaso conociste a la tal “Martha Quintana”?

Eduardo: Sí, un poco. Cuando Helena y yo empezamos a salir, la visitaba en su casa y Martha era su ama de llaves de toda de la vida.

Manuel: (incrédulo) Muy bien. Si todo encaja, ¿por qué Helena nos ocultó que tuvo otra hija y se la regaló a una chacha? ¿Qué ganaba con ello?

Eduardo le extiende el brazo a Manuel para entregarle la carta. Éste, con suspicacia, se la arrebata y comienza a leer entre líneas con cierta seguridad.

Manuel: Las razones que mencionó aquí no son nuevas para mí. Yo ya lo sabía, pero tú fuiste tan ciego que nunca te diste cuenta. Mi madre supo jugar bien sus cartas.

Eduardo: ¿A qué te refieres?

Manuel: Tu matrimonio solo fue un negocio entre nuestra madre y Evaristo Montalbán para unir fuerzas y crear un emporio más grande.

Eduardo: ¿Qué tiene que ver el padre de Helena en todo esto? Explícate.

Manuel: A ver, Eduardo. Es muy obvio. Helena dice muy bien aquí que fue obligada por su padre con el único interés de emparentar con nosotros para beneficiarse, pero mamá siempre les ocultó que estábamos en la ruina y al final fuimos nosotros los beneficiados con tu unión con Helena.

Eduardo entrelaza sus manos y recuesta el mentón sobre ellas viéndose pensativo. María Helena lo mira con algo de lástima.

María Helena: Yo no sé muy bien la historia, pero si de algo me pude dar cuenta es que… Mi madre biológica en realidad vio su matrimonio con usted y el habernos tenido a mi hermana y a mí como parte de un plan de su papá, o sea, quien viene siendo mi abuelo.

Manuel: ¿Lo ves? Hasta la forastera ha entendido mejor la situación que tú, hermanito.

María Helena lo mira un poco molesta ante el término al que se ha referido a ella despectivamente.

Manuel: En todo caso, Helena siempre fue una desgraciada. Mira que regalar a una de sus hijas.

María Helena: No solo fue una decisión de ella. Pude leer que también lo hizo impulsada por su papá. Ella dijo ahí que él sólo quería una heredera y dos niñas sólo complicarían las cosas.

Manuel: En parte tuvo razón. Eran más personas entre las cuales dividir el emporio que según él lograría construir uniéndose con nosotros. Lástima que no alcanzó a disfrutarlo.

María Helena: ¿Qué pasó con él?

Eduardo: Murió al poco tiempo del matrimonio. Tenía una enfermedad silenciosa que le quitó la vida.

María Helena: Vaya. Qué pena.

Manuel: Sí, una pena, así como tú. Creciste privada de todos los lujos y comodidades que tu hermana sí disfrutó, pero ella también está muerta y si lo que pretendes es volverte su reemplazo, te equivocas.

Manuel arruga la carta en una bola y la lanza al piso al tiempo que la pisa. María Helena observa intimidada.

Manuel: Debes saber que ni ella ni tú son hijas en verdad de mi hermano.

María Helena: ¿Qué? (Mira desconcertada a Eduardo).

Eduardo: Manuel tiene razón, María Helena. Lisa era hija solo de mi esposa. Fue un secreto que ella guardó durante años y hasta el día de hoy todos desconocemos quién pueda ser el hombre del que ella se embarazó.

María Helena: Eso complica mucho las cosas y quiere decir que entonces ustedes no me pueden ayudar. Perdí mi tiempo viniendo hasta aquí y de paso se los hice perder a ustedes. Ay, cómo lo siento (Apenada). Yo…

Eduardo: Te equivocas. No creo que hayas venido a perder tu tiempo. Todo lo contrario. Después de todo, tu lugar es aquí por ser hija de mi difunta esposa.

Manuel: ¿De qué estás hablando? ¿Te volviste loco, Eduardo?

Eduardo: (poniéndose de pie) Para nada. Incluso si no es mi hija, ella puede reclamar lo que le pertenece por serlo de Helena y bien podría recurrir a la ley para exigir que se le respeten sus derechos por ser su heredera.

Manuel: Helena no tenía nada. Ella te lo cedió todo a ti al casarse contigo.

Eduardo: Pero gracias a eso nuestra familia no se fue al carajo. Por Helena y su fortuna somos lo que somos hoy en día. Mi madre y tú les robaron a los Montalbán su patrimonio muy sutilmente a base de mentiras y tú me lo acabas de confirmar.

Manuel: No puedo creer lo que estoy escuchando (Furioso). ¡Eres un idiota! No puedes permitir que una recién aparecida nos arrebate lo nuestro.

María Helena: Yo ya les dije que no pienso arrebatarle nada a nadie. Yo sólo quiero que ayuden a mi mamá que está enferma. Es lo único que les pido de corazón. Después de eso me iré y no volverán a saber nada de mí.

Eduardo: No es necesario. Tu lugar es este. Esta hacienda es tuya. Todo lo que esta familia posee también te pertenece a ti por derecho.

María Helena: Pero yo…

Eduardo: Por tu madre adoptiva no te preocupes. Tendrá todo lo que necesita, pero a partir de hoy eres parte de esta familia y quien se oponga a ello, sea quien sea, podrás denunciarlo ante la ley y meter una demanda si es preciso.

Eduardo dice aquello último al tiempo que cruza miradas con Manuel, quien a su vez luce alucinado y sin dar crédito a la jugada que acaba de hacerle su hermano.

Eduardo: Y, además, ¿qué tal si en realidad eres mi hija?

Manuel: ¡Eduardo, por favor!

Eduardo: ¿Qué? Toda mi vida me han engañado y han jugado conmigo como han querido. Tú, mi mamá, Helena, Lisa. ¡Todos! Pero nunca me he tomado la libertad de comprobar las cosas por mi propia cuenta.

Manuel: Perderás tu tiempo y si estás montando todo este circo para molestarme cómo sueles hacer, mejor ni te esfuerces. El lugar de esta tipita no es con nosotros, sino con Epifanio de La Torre. Él sí es su padre.

Eduardo se sorprende ante tal revelación. María Helena se ve desconcertada, sin entender a qué se refiere el hombre.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, PASILLOS / DÍA

Danilo camina por los pasillos del primer piso de la casa en donde están ubicadas las habitaciones de los empleados.



Danilo: (molesto) ¿En dónde se habrá metido el inútil de Tarcisio? Va a salir un camión y él debe encargarse de checar el inventario.

El joven se acerca a la puerta de la habitación del capataz y justo cuando va a tocar, se detiene, pues alcanza a escuchar gemidos y voces que le son familiares.

Tarcisio: (gimiendo) Ah, eso. No pares. Ándale, Ceci. Vamos, sigue…

Danilo se desconcierta y acerca el oído a la puerta.

Tarcisio: Vamos. Sigue así que lo estás haciendo muy bien, chiquita. Eres toda una profesional.

Danilo, aunque indeciso, pero confundido a la vez por creer haber escuchado el nombre de su madre, decide entreabrir un poco la puerta llevándose una gran sorpresa que lo deja helado. Efectivamente, la ve a ella de espaldas, encima de Tarcisio, ambos teniendo relaciones íntimas.



Tarcisio: Muévete más, reinita. Sí, así. Dame más…

De repente, el capataz alcanza a ver a Danilo y se aparta asustado de Cecilia quitándosela de encima.

Cecilia: (molesta) Oye. ¿Qué te pasa? ¿Por qué paras?

Cecilia se desconcierta y decide mirar hacia la puerta, misma dirección en que lo hace Tarcisio.

Cecilia: (impactada) ¡Danilo!

Cecilia tan solo tarda milésimas de segundos para cubrirse el busto con las sábanas.

Tarcisio: ¿Qué acaso no sabes que las puertas se tocan, idiota? ¿Qué haces aquí?

Danilo: Vine a buscarte porque no te ocupas de lo verdaderamente importante, pero vaya sorpresa la que me llevé.

Tarcisio: ¿Quién te manda a meter las narices donde no te han llamado? Tú te lo buscaste por andar de metiche invadiendo cuartos ajenos.

Cecilia: (nerviosa) ¡Cállate, Tarcisio!

Tarcisio: Es la verdad. Mejor sácate de aquí y déjanos a solas a tu mamá y a mí.

Danilo: Tranquilo. No se apuren. Ya los dejo en paz para que sigan en lo suyo.

Cecilia: Espera, Danilo. Esto tiene una explicación. Déjame que hablemos…

Danilo: Ni te molestes. Tú sigue revolcándote con este tipo. ¿Qué más da? Esto era lo único que me faltaba ver de ti para darme cuenta de la clase de persona que eres.

Danilo dice aquello último con una evidente expresión de amargura en el rostro y se retira dando un portazo.

Cecilia: Esto no me puede estar pasando. Era lo único que me faltaba, que me descubrieran en estas contigo. ¿Qué voy a hacer? (Desesperada).

Tarcisio: Ya cálmate y deja el drama. Tu hijito está muy crecidito como para que no sepa que esto es lo que pasa entre un hombre y una mujer que se traen ganas. El bien que anda buscando lo mismo con la gata.

Cecilia: ¡Cállate y cierra la boca de una buena vez! Tus comentarios no me ayudan en nada.

Tarcisio: Entonces, ¿qué quieres que te diga?

Cecilia: ¡Nada! Calladito te ves mejor. Tengo que pensar ahora la manera de explicarle a Danilo lo que vio. Suficiente con lo que ha pasado últimamente como para que piense peor de mí. No comprendo cómo nos descubrió, maldita sea.

Tarcisio: ¿Qué no lo escuchaste? Venía a buscarme a mí y de seguro nos escuchó.

Cecilia: (furiosa) ¡Entonces la culpa la tienes tú! Debiste haber asegurado la puerta. Mira ahora no más el problema en el que me metí.

Tarcisio: Yo que tú me calmaba. Vas a ver que se le va a pasar, déjalo.

Tarcisio le acaricia el rostro y el cabello mirándola con cierta lascivia.

Tarcisio: Mejor sigamos en lo nuestro. Ya estaba por, tú sabes. Lástima que el cuate nos interrumpió cuando mejor nos la estábamos pasando.

Tarcisio intenta besar a Cecilia, pero ella le aparta asqueada el rostro.

Cecilia: ¿Qué crees? ¿Qué voy a seguir después de la situación tan bochornosa que acabo de pasar?

Tarcisio: Cómo quieras. Tú ya sabes lo que está en juego, mi reina y no pienso hacer nada si me dejas así, con ganas de más.

Cecilia: No veo la hora de que todo esto termine para librarme de ti. Dime ya de una buena vez qué piensas hacer y cuál es el plan para prepararme esta noche.

Tarcisio: Bueno, ya que insistes, creo que tu hijo nos será de mucha ayuda.

Cecilia: ¿De qué estás hablando? No pienso meter a Danilo en esto.

Tarcisio: Tranquila. No lo vamos a involucrar, no por lo menos directamente como dirían. Tengo un plan que no va a fallar.

Cecilia se queda atenta y expectante ante el plan que el capataz tiene en mente.

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, HABITACIÓN DE EPIFANIO / DÍA



Carolina se encuentra en su habitación, vestida con ropa de tonos oscuros en señal de luto. Camina sintiéndose desolada mirando alrededor y toma del tocador una foto de Epifanio.



Carolina: (sollozando) Cómo lamento haber tenido que caer tan bajo, papá. Mis errores también te llevaron a ti a la muerte. Perdóname… (Habla hacia la foto). En donde quiera que estés, perdóname…

Carolina suelta el llanto y escucha que tocan la puerta que ya estaba abierta. Carolina se exalta y se sorprende al ver a Cruz en el umbral



Carolina: Cruz…

Cruz también está vestida de luto y muestra una expresión triste en su rostro.

Cruz: Hola, señorita.

Carolina: ¿Dónde estabas? ¿Qué fue lo que pasó contigo y por qué apenas te apareces?

Cruz: ¿Me permite hablar con usted?

Carolina deja la foto de nuevo en el tocador y se cruza de brazos al tiempo que asiente con la cabeza.

Cruz: Me imagino debe estar usted molesta conmigo por haberme desaparecido en un momento como éste. Me enteré apenas hoy que la noticia corrió por el pueblo como pan caliente.

Carolina: Pues no estoy molesta, pero sí muy decepcionada. Pensé que nos apreciabas por tantos años trabajando a nuestro servicio, pero te olvidaste de tus obligaciones como empleada y de la nada dejaste solo a mi papá.

Cruz: Yo no lo dejé solo. Déjeme explicarle.

Carolina: ¿Qué me vas a explicar? Tú sabías de sus problemas de salud y de lo mucho que necesitaba a una persona a su lado que le asistiera en todo. Tal vez si hubiera estado acompañado a lo mejor seguiría con vida.

Cruz: Había discutido con él un par de días atrás. Por eso tomé la decisión de renunciar de nuevo e irme. Usted bien sabe. Don Epifanio era un hombre difícil y…

Carolina: Está bien. Tampoco pienso echarte la culpa.

Cruz: (muy seria) Y no tendría por qué, señorita. Si hay alguien culpable de la muerte de su papá, no soy yo, sino otros.

Carolina empalidece al escuchar al ama de llaves.

Carolina: (balbuceando) ¿Qué…? ¿Qué quieres decir?

Cruz: Yo solo digo. Usted sabe, tantos negocios que su padre manejaba y tantos socios que le causaban disgustos, a eso me refiero.

Carolina suelta un respiro de alivio ante eso.

Cruz: Vaya una a saber si en su viaje no recibió alguna mala noticia, qué se yo, pero eso fue lo que realmente desgastó y deterioró al pobre don Epifanio.

Carolina: (poco convencida) Sí, sí. Tienes razón.

Cruz: De cualquier manera, señorita, yo solo vine a darle mi pésame y a pedirle de corazón que me deje acompañarla en su dolor. Yo sé cómo se siente.

Carolina: Dudo mucho que lo sepas. Esto es algo que debo cargar yo sola.

Cruz: Pero no es bueno que cargue con tanto. Yo la conozco a usted desde que nació y la vi crecer. La aprecio profundamente y a don Epifanio, bueno… Usted sabe que lo amé en secreto durante tantos años.

Carolina: ¿Cómo no? Soportaste sus burlas y mal humor aun cuando el pago no era el mejor. Eso es algo que sólo haría una mujer enamorada, pero ya mi papá no está. ¿Qué razón tendrías para quedarte conmigo?

Cruz: Porque en ustedes siempre vi una familia y créame que, si hubiera tenido la oportunidad de tener una hija, nada me hubiera gustado más que tener una como usted, señorita Carolina.

Carolina: Ay, Cruz (Suspira) ¿Qué te puedo decir? Lo único que puedo hacer es agradecerte por tus palabras.

Cruz: No hay de qué.

Cruz mira con tristeza a Carolina y se acerca a ella para tomarla de las manos.

Cruz: Déjeme estar a su lado y consolarnos la una a la otra en medio del dolor que sentimos por la pérdida de don Epifanio. Juntas podemos sobrellevar mejor el luto.

Cruz le esboza una sonrisa a la mujer y la abraza. Carolina le corresponde el gesto, aunque a sus espaldas, Cruz endurece la expresión de su rostro y su mirada se torna a una profundamente seria, tal como si ocultara o supiera algo más.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA

Danilo ha ido a visitar a su hermana, quien yace recostada sobre la cama con un semblante un tanto mejorado luego del accidente. Él está sentado en la cama y ambos están tomados de las manos.



Milena: Me da muchísimo gusto que hayas venido, Danilo. Me estaba sintiendo ya sola acá en este hospital. Estoy deseando que me den de alta.

Danilo: Todavía te faltan varios días aquí. Tienes que recuperarte por completo. Mira que nos hiciste pasar un buen susto a todos y el accidente no fue cualquier cosa.

Milena: Yo sé, pero ya me siento mucho mejor. Quiero cambiar de ambiente, no despertar y ver las mismas cuatro paredes todos los días, aunque… (Esboza su sonrisa) Tampoco es que pueda hacer mucho estando así sin caminar.

Danilo: No te me desanimes (Le toca el mentón con ternura). Vas a ver que todo será igual que siempre cuando salgas de aquí.

Milena: (poco convencida) ¿Tú crees?

Danilo: Claro y puede que sí, que usar la silla de ruedas sea difícil al principio, pero será temporal. Vas a ver. Recuerda que te prometí que trabajaría duro para que vuelvas a caminar.

Milena: Hay algo que tengo que contarte sobre eso.

Danilo: ¿Ah, sí? ¿Qué es?

Milena: Pero no me vayas a regañar, eh.

Danilo: Pues eso no te lo puedo prometer si andas metida en algo raro.

Milena: Ay, claro que no. ¿Cómo crees? Es algo más bien personal. No es nada malo.

Danilo: Bueno, anda. Dime y déjate de misterios.

Milena: Es que… Pablo y yo…

Danilo: ¿Qué? ¿Ya son novios?

Milena: (sorprendida) ¿Cómo lo sabías?

Danilo se echa a reír. Milena se extraña.

Milena: ¡Óyeme! ¿Qué te parece tan chistoso?

Danilo: Ay, hermanita. ¿Era eso?

Milena: Pues sí. ¿Qué tiene? Te estoy contando algo serio y no entiendo por qué te estás riendo.

Danilo: Pues es que eso no es noticia. No entiendo por qué te andabas con tantos rodeos. Pablo y tú se gustan desde que conocieron (Continúa riéndose).

Milena: (muy seria) Te equivocas. Yo a él lo veía como un amigo.

Danilo: Ay, ya reconócelo que conmigo no te debe dar pena. Bien que todos se dieron cuenta y ustedes haciendo como que no se gustaban.

Milena: ¡Es en serio! Pablo y yo platicábamos antes de vernos por primera vez en una red social en plan de amigos para que te lo sepas.

Danilo: Muy mal, eh. No deberías usar esos sitios por Internet. Hay gente bien rara ahí.

Milena: Ay, no seas anticuado. Todos los jóvenes la usan, además, yo ya no la necesito, porque tengo novio. Tú en cambio sí deberías echarle un vistazo, no te caería mal.

Danilo: Para empezar, no tengo celular y luego no me interesa. No necesito esas cosas.

Milena: ¿Por qué no? Te la pasas muy solo y yo estoy segurísima que con lo guapo que eres, te lloverían solicitudes de chat a montones.

Danilo se queda en silencio y pensativo ante eso recordando a Marissa.

Milena: A no ser que todavía andes enamorado de doña Marissa.

Danilo: ¡Ya! No digas payasadas. Trabajo mucho y me la paso muy ocupado para pensar en doña Marissa o salir con alguna chava.

Milena: ¿Estás seguro?

Danilo: Sí, ya te dije y deja de molestarme con lo mismo. Mejor y me devuelvo para la hacienda, no quiero que se me haga tarde.

Danilo besa en la frente a su hermana.

Danilo: Mañana te veo. Tú pórtate bien, eh.

Milena: Está bien. Nos vemos. Cuídate en el camino de regreso.

Danilo sale de la habitación. Milena lo ve irse y se queda sonriendo pícara.

Milena: Con que no hay nadie, ah… Como si no me diera cuenta. Danilo sigue muy enamorado de doña Marisa.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA



Marissa, Luis Enrique y Pablo llegan del almuerzo que tuvieron juntos hace un rato. Entran a la casa y van caminando mientras platican.



Marissa: Muchas gracias por traernos de vuelta, Luis Enrique y gracias también por la invitación. Estaba exquisita la comida. ¿O no, mi amor?

Pablo: Sí. No hay que negar que estaba deliciosa y el sitio muy padre. También te agradezco, Luis Enrique.

Luis Enrique: Fue con el mayor de los gustos. Me alegra que les haya gustado a ambos, además, sirvió para platicar de otros temas.

Marissa: Es cierto y es irónico que en tantos años haya sido la única vez que pudimos estar juntos los tres en un buen ambiente.

Luis Enrique: Espero que no sea la última y quien les agradece soy yo por darme una nueva oportunidad, además, de seguro nos veremos más seguido ahora que Pablo y Milena tienen una relación. Puede y nos sorprendan con una boda pronto.

Todos rían ante tal posibilidad.

Pablo: Pues no sería mala idea. Mis intenciones con Milena son muy serias y la quiero con todo mi corazón. Por supuesto me encantaría casarme con ella.

Marissa: Me alegra que así sea, Pablito, pero ambos son muy jóvenes todavía. Yo, que ustedes, me esperaba tantito más.

Luis Enrique: Déjalo que tome sus propias decisiones, mujer. Es todo un hombre ya.

Pablo: Sí, mamá. No te preocupes. Yo sé muy bien lo que hago, aunque te agradezco siempre estar tan al pendiente de mí.

Marissa: (sonriéndole) ¿Cómo no si eres mi hijo? (Acariciándole el rostro) Nunca voy a dejar de preocuparme por ti y para una madre nunca estará de más dar un consejo.

Luis Enrique: Bueno, yo los dejo. Debo irme, aunque me hubiera gustado saludar a Eduardo, pero no he tenido el chance de verlo.

Marissa: Yo lo puedo saludar de tu parte. Debe estar muy ocupado con su hermano.

Luis Enrique: ¿Cómo? ¿Manuel regresó?

Marissa: (asentando con la cabeza) Así es. Regresó hace poco y ahorita deben estar atendiendo un asunto importante.

Luis Enrique: (burlesco) Me imagino qué clase de asunto debe ser. Manuel no cambia. Me pregunto qué irá a hacer Eduardo esta vez para quitárselo de encima.

Marissa: Esta vez no se trata de un asunto económico. Es algo más que los concierne a los dos.

Luis Enrique: (curioso) ¿Por qué lo dices?

Eduardo hace aparición en escena en ese momento y habla desde arriba mirando a los presentes algo serio.



Eduardo: Si deseas saberlo, puedes quedarte a cenar, Luis Enrique.

Todos dirigen su mirada hacia el hombre, quien comienza a bajar las escaleras.

Luis Enrique: Eduardo. ¿Cómo estás, hombre? Estaba por irme. Justo estaba preguntándole a Marissa por ti.

Eduardo: Me doy cuenta. Los escuché platicando muy a gusto y por lo que veo, acaban de llegar.

Marissa: Sí, así es, Eduardo. Luis Enrique nos invitó a almorzar a Pablo y a mí, pero supuse que estabas muy ocupado y preferí no importunar para avisarte que saldría.

Eduardo: No te preocupes.

Eduardo se acerca a la mujer y le da un beso en los labios ante una sonrisa hipócrita y fingida de Luis Enrique.

Eduardo: Lo importante es que se la hayan pasado bien.

Luis Enrique: Totalmente, como la familia que siempre debimos ser.

Marissa se incomoda un poco ante aquel comentario y sonríe nerviosa. Pablo guarda silencio y alza las cejas mientras que Eduardo nota de inmediato la doble intención detrás de tales palabras.

Eduardo: Es cierto, pero una familia que por tus errores no pudieron ser, por desgracia.

Luis Enrique: Tienes razón y justo también les agradecía por darme una nueva oportunidad en sus vidas, no de la misma manera, claro, pero demostrando que hasta los hombres como yo podemos cambiar.

Eduardo: (muy serio) Me alegra escucharlo.

Marissa: (incómoda) ¿Y cómo te fue con aquella muchacha? ¿Qué pudieron hablar tu hermano y tú con ella?

Pablo: ¿Qué muchacha?

Eduardo: Podrán saberlo todo mejor durante la cena. Precisamente, por eso le pedía a Luis Enrique que se quedara. Él es cercano a nosotros y me parece prudente que sepa lo que pasa.

Luis Enrique: Por como lo dices, diría que es algo serio.

Eduardo: En efecto, lo es. Es importantísimo que estén todos, porque hay alguien a quien me gustaría presentarles formalmente.

Todos quedan intrigados ante las palabras de Eduardo mirándose entre sí confundidos.

CONTINUARÁ…

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