Capítulo 29: Secreto de madre e hijo

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE



Danilo entra algo fatigado a su habitación y comienza a desabotonarse la camisa. De repente, su madre entra sin tocar y cierra la puerta tras sí. El joven se da la vuelta y frunce el ceño con tan solo verla.



Danilo: ¿Qué estás haciendo aquí?

Cecilia: Te estaba esperando. Tenemos que hablar, hijo.

Danilo: Yo no tengo nada qué hablar contigo. Lárgate de aquí. Estoy muy cansado y quiero irme a dormir.

Cecilia: ¿Cómo se te da tan fácil correrme? ¿Dónde quedó el respeto y el cariño que me debes por el hecho de ser tu madre?

Danilo: Tú te encargaste de acabar con todo lo bueno que alguna vez sentí por ti y te lo he dicho ya. Te desconozco. Tú no eres quien yo pensaba. No mereces ni siquiera que te llame “mamá”.

Cecilia: (dolida) Danilo, por favor. Tan sólo te pido que me escuches (Se acerca a él). Lo que pasó entre Tarcisio y yo tiene una explicación.

Danilo: (alejándose) No me interesa escucharla.

Cecilia: Déjame que te la diga. Te lo suplico.

Danilo: (molesto) ¿Que no me escuchas? Te estoy diciendo que no. Poco me importa con quien te puedas revolcar.

Cecilia: No me hables así.

Danilo: Es la verdad. Haz lo que te plazca de ahora en adelante. Ve y síguete cogiendo con Tarcisio o con todos los peones de la hacienda si eso te hace sentir mejor.

Cecilia pierde los estribos y le lanza una cachetada a su hijo, quien se vuelve el rostro mirándola muy molesto.

Cecilia: ¡No te permito que me sigas faltando al respeto! He sido muy paciente contigo y lo único que sigo recibiendo son desprecios de tu parte. ¿Quién te has creído?

Danilo: El hecho de me pegues no va a cambiar en nada lo que pienso de ti. Lo mejor que puedes hacer es olvidarte de que tienes hijos, porque ni Milena ni yo te vamos a perdonar por todo el daño que has hecho.

Cecilia: ¿Daño? ¿Llamas daño el querer proteger a mi familia de las garras de esa maldita mujer?

Danilo: Ni la menciones. Ella es una dama, mucho más mujer que tú.

Cecilia: (furiosa) ¡Cállate!

Cecilia enfurece y esta vez le lanza una cachetada aún más fuerte a Danilo para luego sujetarlo de la camisa.

Cecilia: No vuelvas a mencionar eso nunca más en tu vida. ¿Me escuchaste? ¡Nunca en tu vida te atrevas a compararme con ésa! ¡Nunca!

Cecilia se ve fuera de sí. Danilo solo la observa de forma retadora.

Danilo: ¿Por qué te duele tanto la verdad?

Cecilia: ¡Te dije que te callaras!

Danilo: Dime por qué la odias tanto si todo el daño se lo has causado tú a ella desde el principio.

Cecilia: (solloza) Yo solo quise un mejor futuro para nosotros desde el momento en que acepté que tu padre se casara con ella. Fueron años en los que ambos sacrificamos nuestra felicidad por ustedes para darles la vida que Luis Enrique y yo no les podíamos dar por nuestra cuenta.

Danilo: ¿Con engaños?

Cecilia: Era la única manera que teníamos de salir adelante.

Danilo: (asentando con la cabeza) Sí, tal como lo hiciste conmigo, ¿no? Vendiéndome con Helena Montalbán.

Cecilia: No menciones eso.

Danilo: ¿Por qué? ¿A qué le temes?

Cecilia: A nada. No digas estupideces. Es pasado y ya hay que enterrarlo.

Danilo: ¿No será que tienes tanto miedo de confrontarte con la verdad? ¿Miedo a reconocer tus errores y a darte cuenta que estás podrida por dentro, mamá?

Cecilia: Yo siempre he querido lo mejor. Date cuenta de una buena vez.

Danilo: ¿Por eso me metiste por los ojos que me volviera el amante de doña Helena?

Cecilia: Deja ya ese asunto en el pasado y olvídate de eso.

Danilo: (sollozo) No es tan fácil. Yo era un chavo tímido que apenas si se daba cuenta de las insinuaciones que ella me hacía y tú siempre estuviste sobre mí, convenciéndome de que le hiciera caso, diciéndome que era una buena mujer y no sé qué más, todo movida por el cochino interés.

Cecilia: (llorando) Ya no más, por favor. Cállate.

Danilo: (muy dolido) Me vendiste, mamá y ahora es que me doy cuenta de las intenciones que tuviste en ese entonces. Casimira llegó a decirme que hasta recibiste lana de ella y no sólo vendiste a mi dizque padre, el hombre que tanto dices que amas, sino también a tu propio hijo.

Cecilia se suelta al llanto y siente que se ahoga ante las contundentes palabras de Danilo, quien a su vez derrama varias lágrimas discretas.

Danilo: Lo que tú no sabes es lo mucho que me destruiste y te aprovechaste de lo que sentía para empujarme a hacer cosas que no quería, incluso a verme implicado en su muerte.

Cecilia: Tú no tuviste la culpa de lo que pasó. No pienses más en eso.

Danilo: Sí la tuve porque si no hubiera andado con doña Helena, la señorita Lisa jamás nos hubiera descubierto ni me hubiera chantajeado para matarla.

Cecilia: ¡Pero no lo hiciste! No tienes por qué sentir culpa. La mujer esa tenía muchos enemigos y alguien más se te adelantó.

Danilo: ¿Y qué hay con eso? Lisa siempre pensó que yo lo hice. Gracias a eso, Casimira también está muerta cuando descubrió todas las fechorías de la señorita Lisa y yo si bien pude haber hecho algo, haber hablado con don Eduardo para detenerla a tiempo, pero no…

Danilo no para de derramar lágrimas, sintiéndose muy dolido.

Danilo: Tuve que callar para no implicarte ni a ti, ni a mí, ni para ver sufrir a Milena.

Cecilia: Puede ser que todo sea mi culpa y que no haya medido las consecuencias de mis actos, pero, al fin y al cabo, mi intención desde un principio nunca fue mala.

Cecilia limpia con delicadeza las lágrimas de Danilo.

Cecilia: Tan solo quería asegurarnos nuestro bienestar, nuestro futuro y ya la señorita Lisa también está muerta.

Danilo aparta la mano de su madre con desprecio.

Danilo: Puede que todo haya vuelto a la normalidad, pero no quiero que pudras lo poco bueno que queda en mí. No te quiero en mi vida ni mucho menos en la de Milena para que termines haciéndole lo mismo que me hiciste a mí. Ya suficiente tiene con haberse quedado inválida.

Danilo se dirige a salir de la habitación ante la devastada expresión de su madre.

Cecilia: ¿Es tu última palabra?

Danilo se detiene en el umbral de la puerta al escucharla y sin darse la vuelta, le da una respuesta contundente.

Danilo: Sí.

Cecilia: Está bien. Solo te diré que te vas a arrepentir algún día.

Danilo: No lo haré y espero no verte aquí cuando regrese.

Danilo no dice nada más y sale de la habitación. Cecilia se queda a solas y traga saliva al tiempo que trata de contener el llanto. Varios recuerdos llegan a su mente en ese momento.

FLASHBACK

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA


Danilo entra notablemente airado a su habitación con algunos golpes evidentes en su rostro y la camisa a medio abrir. Cecilia va tras él.

Cecilia: ¡Danilo! ¡Danilo! ¡Te estoy hablando!

Danilo: Déjame solo, mamá. No quiero hablar contigo ni con nadie en este momento.

Cecilia: Pues no te pienso dejar así sin saber qué es lo que está pasando. Últimamente has estado muy raro y ya hasta te peleaste con uno de los peones por una tontería cuando tú no eres así.

Danilo: Él me buscó. Me dijo que como yo le hacía el mandado a doña Helena me creía superior a todos los demás.

Cecilia: Debiste controlarte y ser menos estúpido. Esos son solo rumores de la gente chismosa que trabaja en esta hacienda, pero con tu comportamiento solo haces más evidente que algo sí pasa entre doña Helena y tú.

Danilo: Pues ya me estoy cansado de tener que esconderme, mamá. No quiero tener que seguir siendo su amante.

Cecilia: Tú no eres su amante. No lo repitas.

Danilo: ¿Ah, no? ¿Qué soy entonces? Te recuerdo que ella está casada con don Eduardo, que siempre ha sido muy bueno con nosotros. No me siento bien haciéndole esto.

Cecilia: El matrimonio de ellos está más que acabado y solo siguen juntos por las apariencias. Tú ya sabes cómo es doña Lucrecia, pero doña Helena te quiere a ti, hijo.

Danilo: ¿Cómo estás tan segura de que no me está usando?

Cecilia: Ella misma me lo dijo. Yo soy su empleada de confianza, además, soy la madre del hombre que ama que eres tú, Danilo. Doña Helena sólo está esperando a divorciarme y una vez lo haga, se podrá casar contigo.

Danilo: Pues te mintió. Ella no se va a casar con un simple peón como yo.

Cecilia: ¿Por qué lo dices? Doña Helena ha sido muy buena con nosotros. Te ama.

Danilo: Si me amara, no se andaría revolcando con Epifanio de La Torre.

Cecilia: (sorprendida) Claro que no. ¿De dónde sacas semejante tontería?

Danilo: La señorita Lisa me lo dijo.

Cecilia: ¿La señorita Lisa? No te entiendo. ¿Por qué ella habría de decirte algo así?

Danilo: Ella nos descubrió a doña Helena y a mí besándonos el otro día en las caballerizas a escondidas.

Cecilia: (sorprendida) ¿Qué?

Danilo: Ella… (Hace una pausa) Ella quiere que yo mate a doña Helena o si no, no sólo se va a encargar de corrernos de la hacienda, sino también de decirle todo a su familia de lo nuestro.

Cecilia no articula palabra alguna, sintiéndose muy sorprendida y perturbada a la vez.

Danilo: Estoy muy asustado. No quiero mancharme las manos de sangre. No podría y menos hacerle daño a doña Helena, mamá. ¡No puedo! (Desesperado).

Cecilia: Claro que no lo vas a hacer. Tú no vas a matar absolutamente a nadie.

Danilo: (sollozo) ¿Qué vamos a hacer?

Cecilia: Por el momento, hazle creer que aceptaste y vas a hacer lo que ella te diga, solo pídele tiempo.

Danilo: ¿Para qué?

Cecilia: Hay que poner en sobre aviso a Helena. Tiene que saber que su hijita no es tan inocente como parece y le quiere hacer daño, pero no le digas de esto a nadie más. Te conozco y sé qué podrías írselo a contar todo a don Eduardo, pero no lo harás. ¿Entendido?

FIN DEL FLASHBACK

Cecilia deja de recordar y aún sigue derramando varias lágrimas.

Cecilia: La muerte de doña Helena fue lo mejor que pudo pasar para arreglar ese desastre, haya sido quien haya sido, y esta vez será igual una vez Tarcisio termine con la mojigata para siempre. Voy a recuperarte, hijo y también me encargaré de recuperar a tu padre.

Cecilia mira al vacío, endurece sus ojos y empuña las manos, muy segura de sus palabras.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / NOCHE

Marissa, Luis Enrique, Manuel y Pablo están sentados a la mesa con la comida ya servida.



Luis Enrique: Me pregunto de qué se trata todo esto. Eduardo siempre tan misterioso con sus cenas.

Luis Enrique toma un poco de vino en una copa.

Luis Enrique: La última vez fue para anunciarnos que se casaría con Marissa, algo que nadie se esperaba porque nunca la había presentado ni siquiera como pareja.

Manuel: Mi hermano es un estúpido. Cree que estos formalismos sirven de algo.

Marissa: (seria) Tu hermano solo trata de hacer las cosas bien a diferencia de ti que no has sido precisamente un gran apoyo para él cuando más lo ha necesitado.

Manuel: (sarcástico) ¡Ay, por favor! ¿Qué sabes de tú? Eduardo siempre me ha excluido de todo y es él quien toma las decisiones que se le plazcan.

Marissa: Porque nunca has sido alguien de fiar en tu afán de querer poseer todo lo que tiene.

Manuel: ¿Sabes qué, preciosa? ¿Por qué mejor no cierras tus lindos labios y dejas de opinar sobre asuntos familiares que no te conciernen? Tú no eres más que una aparecida y no tienes derecho a criticarme.

Pablo: (levantándose indignado) Hey, no voy a permitir que le hables así a mi mamá (Marissa trata de contenerlo).

Manuel: ¿Y qué vas a hacer? ¿Me vas a pegar, baboso? Tú también eres un aparecido junto con tu mamita que ahora se creen con derecho de mandar sobre esta familia solo porque van a emparentar con nosotros.

Marissa: Pablo, siéntate.

Pablo toma asiento de nuevo mirando muy serio a Manuel.

Luis Enrique: Ya basta. ¿Qué necesidad tienes de lanzar tanto veneno, Manuel? (Sirviendo vino) ¿Por qué mejor no te calmas y llevas la fiesta en paz?

Luis Enrique le pasa a Manuel la copa en la que sirvió vino. Éste mira al primero con suspicacia.

Luis Enrique: No querrás que Eduardo también te excluya hasta del comedor y de los anuncios familiares que tenga para decir al ver cómo tratas a su futura esposa.

Manuel se queda pensativo durante unos segundos y mira a Marissa con cierta expresión de picardía.

Manuel: En eso tienes razón. Mi hermano se molestaría mucho si le espanto su millonario negocio. Después de todo, nos conviene a ambos.

Marissa: Eduardo no pretende casarse conmigo por interés si a eso te refieres.

Manuel suelta una sutil risa.

Manuel: Sí, lo que digas. Más bien, discúlpenme todos por mi comportamiento (Alza la copa y la pasea en el aire). Es que no han sido días fáciles para mí, pero les prometo que voy a mejorar.

Manuel bebe un sorbo de la copa. Luis Enrique se queda en silencio, pensativo por aquellas palabras de Manuel. Eduardo hace aparición en el comedor en ese momento.



Eduardo: ¿Ocurre algo?

Manuel: Para nada, hermano. Estábamos aquí platicando muy a gusto antes de que llegaras. Te estábamos esperando.

Marissa y Pablo miran al hombre con suspicacia por su cinismo.

Luis Enrique: ¿De qué se trata todo esto, Eduardo? ¿Vas a decirnos por fin cuál es el asunto tan importante por el cual organizaste esta cena?

Eduardo: Sí, Luis Enrique. Manuel ya sabe perfectamente de qué se trata. Marissa puede que no lo sepa muy bien, pero ya les voy a despejar todas sus dudas. Puedes pasar.



María Helena entra tímidamente al comedor ante la mirada atónita de Luis Enrique. Pablo se sorprende de igual manera y Marissa, por su parte, no puede evitar sentirse perturbada, pues, aunque ya había visto a María Helena con anterioridad, su parecido con Lisa le impresiona.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / NOCHE

Tarcisio se fuma un puro apoyando uno de sus pies en la cerca que divide la hacienda de otros predios. Cecilia se le acerca y se para frente a él.



Tarcisio: (burlesco) Órale, por la cara que traes parece que no te fue muy bien hablando con el Danilo. ¿Te corrió o qué onda?

Cecilia: (pensativa) Peor. Me corrió para siempre de su vida y de la de Milena.

Tarcisio: ¿Qué mal tan grande les hiciste para que te odien tanto? Porque que yo sepa, no has sido tan mala madre. Hasta de mí los has defendido.

Cecilia: Y lo seguiría haciendo si fuera necesario, no solo de ti, sino de cualquier persona que intente hacerles daño. Son mis hijos. Por eso necesito acabar con la mojigata. Danilo está enceguecido por ella y eso no le traerá nada bueno.

Tarcisio: Pues lamento darte malas noticias, mi Ceci, pero hoy como que tampoco se va a poder, ¿sabes?

Cecilia: (molesta) ¿De qué estás hablando? Me citaste aquí para que lleváramos a cabo el plan. No me salgas con que no lo vas a hacer.

Tarcisio: Sí, yo sé, pero no es mi culpa. Don Eduardo organizó una cena para anunciar algo, qué sé yo y así pues ni modo. No tenemos oportunidad de que esté solita e indefensa como queremos.

Cecilia: Espero que no me estés mintiendo, Tarcisio. No permitiré que me engañes otra vez.

Tarcisio: Te juro que no te estoy mintiendo. Ve y chécalo por ti misma si tanto desconfías de mí, además, yo que tú me aparecería por la hacienda. Por ahí me dijeron que don Eduardo ha estado preguntando por ti, porque ahora te la pasas más en la calle que en tu chamba.

Cecilia: Muy probablemente vaya a correrme después de que intenté que desterraran a la mojigata del pueblo. Como ahora están enamorados y de seguro se van a casar, va a querer complacerla en todo.

Tarcisio: Pues a lo mejor para eso es el anuncio que iban a dar, no sé y tampoco me importa. En todo caso, ahí te ves. Yo me largo a dormir.

Cecilia: Espérate.

Tarcisio: ¿Qué? ¿Me vas a venir a calentar la cama otra vez? (Mirándola lascivo).

Cecilia: Por supuesto que no. Yo ya hice mi parte y ya te toca a ti hacer la tuya. De mañana no quiero que pase. ¿Entendido?

Tarcisio: Está bien. A esta misma hora nos encontramos. Tú ya sabes lo que tienes que hacer.

Cecilia: No quiero errores, Tarcisio.

Tarcisio: No los habrá. Tranquilita. Tú tendrás a la gata tres metros bajo tierra y yo me voy a quitar las ganas que le traigo.

Tarcisio sonríe con una desmesurada perversidad. Cecilia lo mira muy seria como asintiendo en silencio ante tales propósitos.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / NOCHE

Eduardo ha presentado formalmente a María Helena ante todos los presentes en la cena. Luis Enrique es uno de los más impactados, pues recién ha visto a la muchacha.



Eduardo: Quiero que conozcan a María Helena Quintana, hija de mi difunta esposa, Helena y posiblemente mi hija, también.

Todos se sorprenden ante tal presentación. Manuel no, pues ya se lo esperaba.

María Helena: Buenas noches a todos. Mucho gusto en conocerlos.

Luis Enrique: ¿Qué significa esto, Eduardo? ¿Hija de Helena?

Eduardo: Así es, Luis Enrique. Esta muchacha que todos ven aquí creció lejos de nosotros por las malas decisiones de mi difunda esposa y de mi suegro que ya no están con nosotros.

Marissa: Ahora comprendo por qué es idéntica a Lisa. Me impresionó muchísimo hoy cuando la vi por primera, pero no entendía nada.

Pablo: Sí. Aunque yo no conocí mucho a Lisa, sí logré distinguirla un poco y es como verla a ella.

María Helena: Yo prefería que no me compararan con Lisa. Sé que es difícil para ustedes, pero es lo único que he escuchado desde que llegué a esta casa y solo quisiera que me vieran como a otra persona.

Manuel: A mí me parece bien. La chica tiene razón. ¿Por qué compararla con su hermana que no era más que una perra y una asesina? Hasta se metió contigo y pasó por tu cama, hermano.

María Helena se sorprende al escuchar tal comentario. Todos los presentes sienten la tensión del momento.

Eduardo: Cierra la boca. No es momento de sacar a relucir esas cosas.

Manuel: ¿Por qué no? Tú acabas de escucharla. Todos los que estamos aquí debemos reconocer que ver a esta muchacha es como recordar todas las locuras y los asesinatos que Lisa cometió. Verla a ella es tener un mal recuerdo.

Eduardo: (gritando) ¡Bueno, ya basta! Te juro que al próximo comentario salido de lugar que hagas, te vas a arrepentir. Me estás agotando la paciencia.

María Helena: Pues yo no sé mucho del pasado de esta familia, pero soy muy distinta a lo que haya podido ser mi hermana gemela. Yo no soy Lisa. Me llamo María Helena y quisiera que eso les quedara claro a todos.

Marissa: Por supuesto que sí. Discúlpanos si te hemos incomodado con nuestros comentarios.

Marissa se pone de pie y se acerca a la muchacha.

Marissa: Entenderás que no es fácil y nos ha causado mucha impresión conocerte, pero ya que ahora eres parte de esta familia, eres más que bienvenida.

Marissa le extiende la mano a María Helena muy amablemente. Ella le corresponde el gesto sonriéndole.

María Helena: Gracias, señora.

Marissa: Marissa. Llámame, Marissa.

Eduardo: Marissa es mi prometida, María Helena. Vamos a casarnos dentro de poco.

María Helena: Me alegra escuchar eso. Muchas felicidades.

Manuel se vive de un solo sorbo el vino restante de su copa y se nota fastidiado por lo que presencia. Pablo también se pone de pie.

Marissa: Y él es mi hijo, Pablo. Ha estado aquí quedándose conmigo.

Pablo: Mucho gusto. Bienvenida (Ambos se dan la mano).

María Helena: (sonriendo) El gusto es mío, Pablo. Gracias.

Eduardo: ¿Y tú, Luis Enrique? ¿No vas a venir a presentarte?

Luis Enrique: Por supuesto. No podría pasar desapercibida una ocasión tan importante.

Luis Enrique se dirige hacia María Helena y besa muy galante una de sus manos.

Luis Enrique: (sonriéndole) Luis Enrique Escalante. Es un placer conocerte, María Helena.

María Helena: Mucho gusto, señor.

María Helena se incomoda un poco, como si la presencia del hombre no le hubiese causado una buena impresión. Luis Enrique no deja de mirarla, fascinado y Manuel, por su parte, se levanta de la mesa.

Manuel: Perfecto. Ya que el show se acabó, yo me voy a la cama. Me asquea un poco tanto protocolo.

Eduardo: Pues no sería mala idea que te retiraras. Tu presencia no nos hace falta y puedo pedirle a una de las muchachas de servicio que retiren tu plato de la mesa.

Manuel: Gracias, hermanito. Tú tan cariñoso como de costumbre, pero tranquilo. Ya los dejo para que disfruten su velada.

Manuel se retira del comedor con cierta amargura y fastidio.

Marissa: ¿Por qué mejor no tomamos asiento de nuevo y cenamos antes de que se enfríe la comida?

Eduardo: Tienes razón, mi amor. Siéntate, María Helena, por favor.

María Helena: Muchas gracias. Les agradezco su amabilidad.

Marissa: Me parece que hay mucho de qué hablar. ¿Por qué no nos cuentas de ti? ¿Dónde estuviste todo este tiempo?

Luis Enrique: Yo justo quería preguntar lo mismo. Todo esto de una hija perdida de Helena es muy extraño.

Eduardo: Tratemos de no presionarla con tantas preguntas. Nada de esto ha sido fácil para ella.

Pablo: Yo estoy de acuerdo. Me parece a mí que está un poco incómoda. Nada más imagínense llegar a la casa de unas personas desconocidas que resultan ser tu familia.

Marissa: En eso tienes razón, hijo. Discúlpanos de nuevo, María Helena. Tal vez sea mejor hablar de cosas más amables.

María Helena: Está bien, no hay lío. Tal vez don Eduardo les pueda explicar luego sobre mis orígenes.

Luis Enrique: ¿Don Eduardo? Es tu padre, ¿no? ¿Por qué llamarlo de manera tan formal?

Eduardo: Eso es algo que está por comprobar, Luis Enrique. Bien es sabido que Lisa no era mi hija, pero eso es lo que ella y Manuel siempre dijeron. A nadie en realidad le consta, así que pienso hacer una prueba de ADN.

Luis Enrique: ¿Qué razón hubiesen tenido Lisa y Manuel para mentir con algo tan serio?

Eduardo: Ninguna. Fue Helena quien se lo dijo a Manuel y él luego se lo dijo a Lisa, y si María Helena resulta ser mi hija también, tendrá el apellido de la familia.

Luis Enrique: Una razón más para Manuel de odiarte. Imagina las implicaciones de que haya alguien más en la familia con el apellido Román.

Eduardo: Manuel puede hacer y decir lo que quiera, pero eso no cambiará en nada el hecho de que sí o sí, María Helena hará parte de esta familia. Después de todo y si no resulta ser mi hija, Helena sí era su madre y eso ya le da derechos.

Manuel ha estado escuchando tras la pared sin ser visto, tensa la mandíbula y empuña las manos.

María Helena: De igual forma, como les dije esta tarde, mi interés no es el dinero. Don Eduardo ya sabe mis razones para haber venido hasta aquí.

Marissa: Yo creo que es mejor cambiar el tema de conversación y dejar de lado los asuntos económicos de lado. Insisto que es mejor que platiquemos de algo más ameno.

Eduardo: Es cierto. Podemos hablarte de nosotros para que nos conozcas mejor y también puedes hablarnos de ti y de tu infancia. ¿Qué te parece?

María Helena: (sonriendo) Me parece muy bien.

Manuel: (susurrando) Tengo que deshacerme de esta tipa. Por ningún motivo permitiré que se ponga en mi camino.

Manuel se retira de allí sumamente molesto mientras que en el comedor se quedan platicando amenamente.

EXT. / CEMENTERIO DE VILLA ENCANTADA / AL DÍA SIGUIENTE

Es un nuevo día y en el cementerio del pueblo se está llevando a cabo el entierro de Epifanio de La Torre. Todos los presentes visten de negro para la ocasión. Carolina preside la multitud, usando unos lentes de sol, acompañada de Cruz, quien por su parte lleva un velo negro que cubre su cabello. El sacerdote, como es usual, da unas palabras de consuelo.



El sacerdote: En medio del dolor que sentimos por la muerte de nuestro hermano, Epifanio de La Torre, pidámosle al Señor la capacidad de sobrellevar esta pérdida que ha dejado un vacío tan grande en su hija y sus más allegados. Pidamos el consuelo que necesitamos y la resignación que… (Continúa hablando).

Cruz: (susurrando) Estoy muy preocupada por usted, señorita. No ha comido nada desde ayer y anoche la escuché llorando en su habitación sin poder dormir. Va a enfermarse si sigue así.

Carolina: ¿Qué más puedo hacer? Perdí a mi padre, mi única familia en el mundo. ¿Cómo más quieres que esté?

Cruz: Recuerde que me tiene a su lado. Yo no la dejaré sola, además, ¿no cree usted que sería una buena idea localizar a su hermano ahora que don Epifanio no está?

Carolina: (exaltada) ¿De qué estás hablando? No vuelvas a mencionar una cosa como esa y menos en medio de tanta gente.

Cruz: Nadie nos está escuchando. Todos están pendientes del aburrido y fingido discurso del padre que ya hasta se lo sabe de la memoria, porque lo dice en todos los entierros. Se lo digo yo que no me pierdo un funeral.

Carolina: ¿Y qué importa si nadie nos escucha? Yo tampoco quiero hablar de ese asunto.

Cruz: Pero es necesario. Usted se quería mucho con su hermano. Recuerdo muy bien que jugaban y pasaban el tiempo juntos, inseparablemente.

Carolina: Y también recuerdo que él desapareció y no volví a saber nada de él. ¿Qué caso tiene localizarlo en este punto de mi vida? Ya debe estar casado y con hijos.

Cruz: Usted y yo sabemos muy bien que el pobre sufrió mucho a manos de don Epifanio y ahora que usted no tiene a nadie más, aparte de mí, me parece que puede buscarlo y pedirle perdón en nombre de su padre. Quién quita que hasta se vuelvan cercanos otra vez.

Carolina: Olvídalo. El pasado debe quedarse en el pasado y te pido que no me vuelvas a mencionar lo mismo nunca más, Cruz, menos aquí en el funeral de mi papá. ¿Me entendiste?

Cruz: (suspirando resignada) Está bien. Como usted guste.

De repente, Eduardo llega al entierro acompañado de Marissa, ambos también vestidos de acuerdo a la ocasión.



Eduardo: Carolina.

Carolina se da la vuelta y, al ver a Eduardo, lo abraza fuertemente. Él le corresponde.

Carolina: Gracias por venir (Dejan de abrazarse).

Eduardo: ¿Cómo podría dejarte sola en una situación como esta? Tú también estuviste a mi lado cuando perdí a Helena, antes de saber quién era en verdad, y a mi mamá.

Carolina: Entonces, ¿debo pensar que solo me estás devolviendo lo que hice por ti?

Eduardo: Por supuesto que no. Estoy aquí porque eres mi mejor amiga y a pesar de las cosas que han pasado entre nosotros, ahí voy a estar.

Marissa: (interviniendo) Yo sé que no debes estar muy contenta de verme aquí, Carolina, pero no podía dejar de venir. De verdad quiero que también cuentes conmigo como tu hermana.

Carolina: Gracias, Marissa. Discúlpame por haber sido tan dura contigo ayer, pero… (Trata de contener el llanto) Entiéndeme. Estoy destrozado por haber perdido a mi papá.

Marissa: (conmovida) No te preocupes. Te entiendo perfectamente y no hay qué pedir disculpas por nada (La toma de ambos manos). Eduardo y yo te acompañamos en tu dolor.

Marissa abraza a Carolina y le frota la espalda para consolarla. Carolina le corresponde, aunque se puede notar un poco el rechazo que siente hacia Marissa a pesar de que trata de fingirlo. Cruz observa la situación y sonríe con cierta picardía, como si ocultara algo.

INT. / RESTAURANTE / DÍA

Luis Enrique aguarda a solas en un restaurante del centro del pueblo. El hombre ocupa una mesa y se toma una taza de café mientras mira al vacío.



Luis Enrique: (pensando) No puedo volver a mi departamento hasta averiguar quién fue el imbécil disfrazado que intentó asesinarme. Tengo el leve presentimiento de que debe tratarse del capataz de Eduardo, el tal Tarcisio. Él fue también quien le envió la grabación de las cámaras de seguridad a Epifanio para delatar a Carolina. No hay otro…

Manuel hace aparición en ese momento y se sienta frente a Luis Enrique.



Luis Enrique: (fastidiado) ¡Vaya! Por fin te dignas a llegar. Llevo esperándote una hora aquí sentado.

Manuel: Lo bueno se hace esperar y me imagino, que, si me necesitabas, debe tratarse de algo muy importante, porque no creo que me hayas llamado a tomar el té como dos amiguitas.

Luis Enrique: No te creas tan importante. Recuerda que eres un muerto de hambre que vive a expensas de la caridad de Eduardo.

Manuel: Mira, no vine aquí a escuchar tus insultos. Habla de una vez y dime qué quieres.

Luis Enrique: Está bien. Iré directo al punto que me interesa. Explícame qué quisiste decir anoche con eso de que Eduardo tiene un millonario negocio al casarse con Marissa.

Manuel se echa a reír al escuchar a Luis Enrique. Éste permanece impasible

Manuel: Ah, caray. Todo me imagine menos que me fueras a preguntar eso.

Luis Enrique: Déjate de estupideces y habla de una buena vez.

Manuel: No tengo que darte explicaciones. Gano más guardando silencio y siguiéndole el juego a mi hermano que diciéndotelo a ti.

Luis Enrique: ¿Debo asumir con eso que me dices que Eduardo se trae algo entre manos?

Manuel: No pienso confirmarte nada. Quédate con la curiosidad.

Manuel se toma descaradamente un sorbo del café de Luis Enrique.

Manuel: Total, si así fuera, ¿qué ganas tú?

Luis Enrique: Marissa legalmente sigue siendo mi esposa, pero ella piensa que estamos divorciados. Todo se trató de un montaje.

Manuel: Cierto, ya ni me acordaba y te agradezco, eh. Creo que a mi hermano le haría muy bien saber esa información.

Luis Enrique: Tú no le vas a decir nada.

Manuel: ¿Por qué no? Podría utilizar esa información a mi favor para sacar partido.

Luis Enrique: No seas estúpido. ¿Crees que contándole a Eduardo que Marissa sigue estando casada conmigo hará que él te dé el lugar que te mereces?

Manuel borra su sonrisa burlona del rostro y se queda pensativo.

Manuel: Supongo que no.

Luis Enrique: ¿Lo ves? Cásense ellos o no, seguirás siendo un perdedor, un arrimado (Burlesco). Nunca tendrás la oportunidad de ver un peso de la fortuna que por derecho también te corresponde y menos ahora que apareció esa muchacha, la tal María Helena.

Manuel: Debo admitir que tienes razón por más que me fastidie. Eduardo lo único que quiere es dejarme por fuera y sacar provecho de su dichoso matrimonio.

Luis Enrique: Lo que quiere decir que estoy en lo cierto. Eduardo sólo está utilizando a Marissa.

Manuel: No te lo voy a negar. Da igual y no tiene caso. Él ve en ella a una segunda Helena para salvarse de la crisis por la que estamos pasando, con la diferencia de que esta vez está muy consciente de lo que hace y de las intenciones que tiene. La primera vez fue un tonto enamorado.

Luis Enrique: Me lo debí haber imaginado. Eso es lo que siempre ha pretendido. Él no la ama en verdad.

Manuel: Si la ama o no, se casará, pero eso a ti te conviene después de todo, ¿no? Puedes denunciar a tu esposa por bígama y apoderarte de todo para dejarnos en la calle, pero eso me afectaría a mí también y antes de permitirlo, prefiero contarlo todo.

Luis Enrique: No te preocupes. Hice mis averiguaciones y no creo que sea posible. Después de todo, ese segundo matrimonio sería inválido y cómo mucho sólo podría quedarme con la parte de Marissa, no la de ustedes, así que no tiene caso, además, ella podría contrademandarme por fraude notarial y eso solo complicaría las cosas.

Manuel: Vaya. Pensé que el único perdedor de esta conversación era yo, pero ya veo que tú tampoco tienes mucho las de ganar. ¿Qué piensas hacer?

Luis Enrique: Evitar ese matrimonio obviamente y ganar tiempo para recuperarla.

Manuel: ¿Qué? Dame un momento. Déjame a ver si escuché bien. ¿Me acabas de decir que…?

Luis Enrique: (lo interrumpe) Sí, eso mismo. Quiero recuperarla y no pienso permitir que Eduardo me arrebate la mujer que fue mía durante tantos años ni mucho menos que se quede con lo que me pertenece.

Manuel: (mofándose) Óyete. Hablas como si estuvieras celoso de mi hermano. Pensé que estabas feliz con la chacha de la hacienda que es tu amante y con la que tuviste hijos.

Luis Enrique: Entre Cecilia y yo ya no hay nada. Fueron muchos años de tener una relación a escondidas, pero no la amo. Marissa en cambio es mi esposa y mi mina de oro, y la perdí por culpa de Cecilia, pero todavía tengo chance de recuperarla.

Manuel: (mofándose) Te pasas, eh. Eres el único hombre al que se le despierta de la nada el amor por la mujer que siempre trató de la patada.

Luis Enrique: No pienso discutir eso contigo. Tan solo te diré que podríamos beneficiarnos mutuamente si tú me colaboras.

Manuel: ¿Ah, sí? ¿Y como por qué tendría yo que ayudarte? ¿Qué salgo ganando?

Luis Enrique: Mucho. Piensa que dejando que Marissa y tu hermano se casen, en nada saldrás beneficiado. Él será quien saque partido de la situación, así que, ¿por qué mejor no ayudarme para evitar que eso pase y tú puedas tener el camino libre?

Manuel: Suena razonable. Ese matrimonio solo ha sido una estrategia de él para despistarme y si no se realiza, me sería más fácil presionarlo para que me ceda mi parte.

Luis Enrique: No pudiste haberlo dicho mejor.

Manuel: Está bien. Te voy ayudar. Dime qué tengo que hacer.

Luis Enrique sonríe con malicia ante Manuel, quien espera expectante el plan del primero.

CONTINUARÁ…

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