Capítulo 30: Planes en acción

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA



Marissa y Eduardo recién llegan a la hacienda, tomados de las manos y siendo acompañados por Carolina y Cruz. Llegan del entierro de Epifanio. Los cuatro pasan a la sala y toman asiento, siendo seguidos por Cecilia.



Cecilia: Buenas tardes. Bienvenidos.

Carolina: Buenas tardes, Cecilia.

Cruz: Buenas tardes.

Eduardo: (serio) Qué bueno que te veo, Cecilia. Últimamente has estado muy desaparecida y nadie me daba razón de ti. ¿En dónde te habías metido?

Marissa y Cecilia intercambian miradas ante tal pregunta hecha por Eduardo.

Cecilia: Lo lamento mucho, don Eduardo. Mi hija Milena tuvo un accidente hace poco y ha estado en el hospital.

Eduardo: (sorprendido) ¿Y cómo sigue? ¿Está bien?

Cecilia: En lo que cabe, sí. Por desgracia no podrá volver a caminar.

Todos se sorprenden por esa noticia, excepto Marissa quien ya lo sabía.

Eduardo: Qué mal. No sabía nada. Lo siento mucho.

Cecilia: Gracias. Ya ve usted que era por eso que había estado ausente y le pido que me disculpe.

Eduardo: No te preocupes. Entiendo perfectamente. Milena es una de nuestras empleadas de confianza, al igual que tú, y si algo puedo ayudarlas, no dudes en decírmelo, por favor.

Cecilia: Así será, don Eduardo. Le agradezco, pero bueno. No quiero importunar con mis problemas. Díganme en qué les puedo servir.

Eduardo: Por ahora se me ofrece un café solamente.

Cecilia: ¿Y a usted, señorita Carolina?

Carolina: Yo solo quisiera un vaso de agua. Gracias.

Cruz: (en actitud imprudente) Yo quiero un jugo natural con galletitas de esas dietéticas o un postre sin mucha azúcar, querida. Gracias. O no, ¿sabes qué? Cambié de opinión. Tráeme una malteada de fresa con mucha crema batida y un banano picado.

Carolina: (regañándola) ¡Cruz, por favor!

Cruz: ¿Qué pasa, señorita? Pensé que éramos las invitadas de don Eduardo Román.

Carolina: Sí, pero no para que abuses.

Eduardo: (riendo) Déjala, Carolina. Cruz tiene razón y yo fui quien las invitó, así que Cecilia puede traerles todo lo que pidan. Siéntanse como en su casa.

Cruz: ¡Ay! ¿De veras? ¿También me puedo echar una siesta? (Todos se sorprenden) Porque me matan los pies, don Eduardo, como usted no se imagina. El funeral me ha dejado exhausta y a este paso, me van a salir callos.

Carolina: (incómoda) ¡Cruz! ¿Qué te dije? Si sigues así, nos vamos.

Cruz: (apenada) Está bien, está bien. Disculpen mi atrevimiento. Con la comida es suficiente, querida Ceci. Gracias.

Cecilia: (fastidiada) Claro. Como mande.

Eduardo: ¿Y tú, mi amor? ¿No se te antoja nada?

Marissa: No, muchas gracias. Puedo ir a la cocina a buscar lo que necesite por mí misma.

Marissa dice aquello mirando muy seria a Cecilia. Ésta tampoco le es indiferente al punto de fulminarla con los ojos.

Eduardo: Muy bien. En ese caso, puedes retirarte, Cecilia. Muchas gracias.

Cecilia: Con permiso. En un rato vuelvo con lo que me pidieron.

Cecilia se retira de la sala y todos los demás toman asiento. Marissa y Eduardo se sientan juntos mientras Carolina y Cruz también lo hacen en otro sofá frente a los dos primeros.

Eduardo: Me da gusto que hayas aceptado venir, Carolina. Sabía que no te haría bien irte a tu casa luego del funeral, a encerrarte y a recordar a tu padre.

Carolina: Es imposible no hacerlo, Eduardo, aun cuando esté rodeada de otras personas.

Marissa: Es totalmente entendible. El luto no es algo que se vaya de la nada y toma su tiempo. Yo también lo viví cuando mi madre y mi padre murieron.

Carolina: Heliodoro era su nombre, ¿no?

Marissa: (nostálgica) Sí y lo recuerdo con un gran cariño. Fue un padre ejemplar para mí.

Carolina: No lo dudo. Mi papá me habló de él. Me dijo que fueron grandes amigos y que era él un hombre excelente con una muy buena posición económica.

Marissa: ¿Él te contó toda la historia?

Carolina: Sí. Me dijo que para ese entonces era solo un empleado de tu padre y ya el resto tú también lo conoces, pero créeme que no lo hizo por mal. Mi papá renunció a ti, porque quiso un mejor futuro para ti.

Marissa: Lo sé. Fue un poco difícil para mí entenderlo al principio, pero ya luego comprendí que tuvo que haber sido una decisión muy difícil para él y, aunque ya no está, quedamos nosotras y me regaló la oportunidad de tener la hermana que algún momento quise tener (Le sonríe).

Carolina: Es verdad. De cierta forma y a pesar de la distancia, lo más valioso que mi papá pudo heredarme es una hermana para no quedarme tan sola (Sonriéndole).

Eduardo: Yo no estaría tan seguro que sea tan solo una hermana, Carolina.

Carolina: (confundida) ¿Qué quieres decir?

Eduardo: Yo sé que no es el momento más adecuado dada la muerte tan reciente de tu padre, pero quiero aprovechar esta visita porque necesito tu ayuda y por eso también quise que Cruz nos acompañara.

Cruz: (extrañada) ¿Yo? ¿Por qué?

Eduardo: La muerte de don Epifanio no fue la única noticia sorpresiva que recibimos ayer. Cuando Marissa y yo regresamos, había una muchacha esperándonos.

Carolina: ¿Qué muchacha?

Eduardo: La otra hija de Helena.

Carolina se sorprende en gran manera al escuchar al hombre. Cruz también se sorprende y baja la mirada un tanto nerviosa.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA



María Helena se encuentra caminando por los predios de la hacienda mientras habla por celular con un sujeto. La chica cuida no ser vista. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.



María Helena: Sí, la cena salió tal cual como querías. Don Eduardo me presentó con su prometida, su hermano y uno de sus socios.

INT. / CASA ABANDONADA / DÍA

El sujeto, que se encuentra al otro lado de la línea, está en lo que parece ser una casa abandonada y habla por celular a través de la penumbra. Puede enfocar de fondo un estante con varias máscaras del Alma en Pena, dando a entender que se trata del misterioso personaje.



El Alma en Pena: Muy bien. Me da gusto que los planes hayan empezado como queríamos.

María Helena: ¿Qué hay de mi mamá? Recuerda que por ella decidí aceptar tu trato.

El Alma en Pena: De eso se encargará tu nueva familia. Ellos serán quienes paguen la cirugía.

María Helena: Pero no puedo exigirles dinero cuando recién llegué a este lugar. Eso no estaría bien de mi parte y sólo pensarán peor de mí.

El Alma en Pena: Deja de pensar en los demás y piensa más en ti. Reclama tu lugar. Todo lo que les pertenece a esas personas también es tuyo.

María Helena: (indecisa) No puedo. No me siento bien. El hombre que se supone es mi tío me trató de la patada y ahora imagínate si yo…

El Alma en Pena: (la interrumpe) Ese es tu problema. Demuestra lo que eres. Yo ya te ayudé lo suficiente abriéndote los ojos y ahora te toca a ti.

El Alma en Pena: Por lo menos dime algo. ¿Qué sabes tú de mi verdadero padre? ¿De verdad es don Eduardo?

El misterioso personaje cuelga la llamada dejando con la duda a la joven quien, pensativa, mira al horizonte y suelta un suspiro.

María Helena: ¿En qué te metiste, María Helena? ¿Ahora cómo le vas a hacer para salir de todo este problema?

María Helena continúa caminando y explorando los predios de la hacienda.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Danilo se encuentra cepillando el pelaje de un caballo. Pablo le acompaña sentado en un tronco de madera y ambos conversan.



Danilo: Así que la chava resultó ser también hija de doña Helena.

María Helena justo va pasando por allí sin ser vista por los muchachos.

Pablo: Pues así parece. Lisa era su hermana gemela y si las pruebas de sangre arrojan que también es hija de Eduardo, él le va a dar su apellido.

María Helena se percata de que hablan de ella y decide quedarse escuchando escondida tras una pared.

Danilo: Me parece increíble. Cuántos secretos se llevó a la tumba esa mujer (Pensativo). Vaya uno a saber con qué sorpresa nos salga más adelante aun después de muerta.

Pablo: Sí. Es que ha sido bien polémica la difunta y ni se diga su hija. Todavía me parece de película todo lo que fue capaz de hacer. Hasta a mi mamá la secuestró sólo para quedarse con Eduardo.

Danilo: Lisa estaba completamente loca y su mamá igual. Eran tal para cual.

Pablo: ¿Tú las conociste bien?

Danilo: (nervioso) ¿Por qué me preguntas eso?

Pablo: No sé. Solo digo. Tú prácticamente creciste y has vivido en esta hacienda desde niño.

Danilo: Lo necesario. Eran las patronas, pero a leguas se les notaba que le faltaba un tornillo a cada una.

Pablo: No sólo a ellas. Yo diría que a toda esta familia. Fíjate en Manuel. Es bien sangrón el tipo y me cae de la patada. El único que se salva es Eduardo.

Danilo: Sí. Don Eduardo no es un mal tipo. Él también ha sufrido mucho por culpa de su familia.

Pablo: ¿Tú crees que sea conveniente para mi mamá casarse con él? No quisiera que tuviera problemas más adelante con ese Manuel.

Danilo: ¿Pues qué te puedo decir, Pablo? (Suspira) De esta gente nunca se puede esperar nada bueno y todo lo que tocan lo dañan.

Pablo: Vaya. Con eso que me dices ahora estoy menos convencido.

Danilo: Perdóname, pero es la verdad. Me da pena por tu mamá y por esta chava que recién llegó, pero no siento que les vaya a ir muy bien. Yo, que ustedes, me iría bien lejos.

María Helena se lleva una mano a la boca sintiendo cierta angustia por lo que escucha.

Pablo: Es que igual no puedo hacer nada. Tal vez pueda hablar con mi mamá, pero dudo mucho que me escuche. La veo muy enamorada de Eduardo y no va a romper su compromiso con él sólo porque yo se lo diga.

Danilo deja de cepillar el caballo en ese momento y se queda pensativo por lo dicho por Pablo. Éste se da cuenta y se apena.

Pablo: Óyeme, lo siento. No debí haber dicho eso, bro.

Danilo: No, está bien. No tendría por qué importante tampoco. Solo espero que al menos ella y don Eduardo sean felices en medio de tanta podredumbre y ambición.

Pablo: ¿Todavía sientes algo por mi mamá?

María Helena escucha con atención a la respuesta.

Danilo: No me siento bien diciéndotelo, pero no te puedo mentir. La amo (María Helena se sorprende) y me duele al mismo tiempo porque sé muy bien que ella no es para mí y bueno. Tampoco creo que tú me quieras tener de padrastro.

Pablo: (riendo) No seas tarado. ¿Qué importa eso? Yo te aprecio y lo sabes, y si mi mamá se diera una oportunidad contigo no me molestaría para nada. Es solo que…

Danilo: (lo interrumpe) Sí, yo sé. El cuento de siempre. En los sentimientos no se manda, así que olvídalo. Tú mejor y cuida a mi hermana, eh. Ella ya me dijo que andan.

Pablo: No manches. ¿En serio? Habíamos quedado que yo te lo diría.

Danilo: (riéndose) Pues se te adelantó, carnal, así que ya sabes. Es mi hermana y no quiero verla llorando después por ahí. Cuídala mucho.

Pablo: Así va a ser. Pierde cuidado. Yo sería incapaz de hacer sufrir a Milena. De hecho, quería también hablar contigo para decirte que mi mamá piensa ayudarla y pagará su cirugía para que pueda volver a caminar.

Danilo: Pues dile que le agradezco mucho o mejor déjamelo a mí y se lo digo, pero que no hace falta. Yo me puedo hacer cargo de todos los gastos.

Pablo: Ya, Danilo, no seas terco. Tú no tienes el dinero para costear algo así y lo que a todos nos interesa es que ella pueda volver a caminar lo más pronto posible.

Danilo: (muy serio) No estoy acostumbrado a que me den nada de gratis. Yo siempre he trabajado.

Pablo: Pero esta vez es diferente. Es un regalo que mi mamá quiere hacerle a Milena por haberla ayudado cuando ella se accidentó y cuando tú también la ayudaste.

Danilo: Favor no se paga con favor, además, es mi hermana. Yo me puedo responsabilizar de ella y ya está. No hablemos más del asunto. Yo voy a ser el que corra con todos los gastos.

Pablo: (poniéndose de pie) De verdad que eres terco. Igual ahí te dejo y lo piensas. Recuerda que Milena es lo más importante y esto lo queremos hacer por ella.

Pablo se retira de las caballerizas. Danilo sigue en su labor, pero en un momento dado se detiene y se queda pensativo. María Helena le observa en silencio a escondidas.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

Cecilia les ha traído a todos lo que pidieron con anterioridad y mientras sirve, no puede evitar cruzar miradas con Marissa, quien la mira con suspicacia. La mujer la fulmina con sus ojos y Eduardo nota cierta tensión entre ambas.



Eduardo: ¿Te ocurre algo, mi amor?

Marissa: (negando con la cabeza) No, para nada. No te preocupes.

Cecilia: ¿Necesitan algo más?

Cruz: Yo sí, chula. ¿Qué tienen de postre?

Marissa y Eduardo sonríen ante las ocurrencias del ama de llaves.

Carolina: (apenada) Cruz, ya. No voy a repetírtelo una vez más.

Cruz: (resignada) Bueno, bueno. Es solo que una invitación de estas no se hace todos los días, señorita. No puedo ser tan maleducada como para rechazar tan amables atenciones de parte de don Eduardo Román.

Carolina: Pero ya te dije que no abuses. Cecilia, eso es todo para nosotras. Gracias.

Eduardo: Para mí también. Mejor vete a descansar por hoy y ve al hospital. Es bueno que acompañes a tu hija en estos momentos.

Cecilia: ¿De verdad, don Eduardo? ¿Me da permiso de ir?

Eduardo: Claro que sí. Ve y dale saludos de mi parte. Recuerden que cuentan con todo mi apoyo para lo que necesiten.

Cecilia: Ay, es usted tan amable. Muchísimas gracias. Voy a ir antes de que se me pase la hora de visita y regreso en la noche, entonces. Con permiso.

Eduardo: Propio.

Cecilia se retira. Marissa la ve irse sintiendo cierta indignación por su cinismo e hipocresía.

Marissa: Yo también me retiro, mi amor. Es mejor que los deje a solas para que platiquen con más comodidad.

Eduardo: (extrañado) Para nada nos incomodas, además, es necesario que tú estés presente en lo que hablaremos. Este asunto que hablaré también te incluye a ti.

Marissa: Podemos conversarlo en la noche. Recordé que debo hacer una diligencia con Pablo en el pueblo.

Eduardo: ¿Por qué no lo dejas para después y dejas que te lleve? Todavía no estás bien de tu tobillo. Recuerda las indicaciones. Debes descansar.

Marissa: Voy a estar bien, mi amor. Tranquilo. Voy a pedirle el favor a uno de los peones para que me acerque al pueblo.

Eduardo: Si quieres, puedo prestarte mi coche. ¿Sabes conducir?

Marissa: Sí, pero hace mucho no lo hago y creo que ya me oxidé un poco, así que mejor no. Prefiero evitar un accidente (Ríe levemente).

Carolina se ve incómoda al ver la forma cariñosa en que la pareja se trata.

Eduardo: (poco convencido) Está bien. Solo ten cuidado, por favor.

Marissa: Deja de preocuparte. Estaré bien (Lo besa en los labios). Regreso en la noche. ¿Bueno? Y de nuevo discúlpenme, pero de verdad debo hacer algo importante.

Carolina: No te preocupes, Marissa. Deberes son deberes.

Marissa: Gracias, Carolina. Te prometo que estaré visitándote más a menudo en la mansión si eso no te molesta.

Carolina: (sonriendo forzada) En absoluto. Me encantaría. Eres más que bienvenida.

Marissa se retira de la sala.

Eduardo: Bueno, creo que podemos continuar con la plática que dejamos pendiente hace un rato, sólo si te sientes lo suficientemente bien, Carolina.

Carolina: Estoy bien. No tengo ningún problema (Toma un sorbo de agua). Tan solo estoy un poco consternada con lo que me dijiste. Es increíble para mí pensar que Helena haya tenido otra hija.

Eduardo: Los documentos que la muchacha trajo consigo lo comprueban. Tenemos su acta de nacimiento original y lo más contundente, una carta en la que Helena confesaba que se vio presionada por su padre a deshacerse de una de las niñas.

Carolina: Qué terrible, pero no me extraña. Evaristo Montalbán era un hombre muy autoritario y… Bueno, nunca te lo he dicho, pero su mayor interés era casar a Helena contigo por ambición.

Eduardo: No hace falta. Manuel me lo dijo ayer y me dijo algo más, que es ahí donde entran ustedes.

Carolina: ¿Es lo mismo que insinuaste hace un rato?

Eduardo: (asentando con la cabeza) Así es.

Carolina: Pero eso sería completamente descabellado. Lisa y esta muchacha que me dices no pueden ser hijas de mi padre. Pensarlo sería como afirmar que…

Eduardo: Que él y Helena también fueron amantes.

Carolina: (seria) Eduardo, mi padre está muerto.

Eduardo: Lo sé y te pido disculpas, pero trata de entender que esto no solo me afecta a mí, sino a ti y a Marissa de cierta forma.

Carolina: Pero es que no puede ser…

Cruz: Pues pudo ser, señorita.

Eduardo y Carolina fijan de inmediato su mirada en Cruz quien justo terminaba de tomarse un sorbo de su té de una manera muy recatada.

Carolina: ¿De qué estás hablando?

Cruz: Don Eduardo quiso que viniera con usted para despejar sus dudas y eso estoy haciendo.

Eduardo: ¿Qué es lo que sabes, Cruz?

Cruz: Lo suficiente para que confirmen la información que ya saben. Bien conocen ustedes que fui la fiel ama de llaves de don Epifanio por toda una vida y eso me ha hizo partícipe de muchos de sus secretos.

Carolina: Ten cuidado con lo que vayas a decir, Cruz. No quiero que faltes a la memoria de mi papá.

Cruz: Faltar a su memoria sería seguir callando algo que ha afectado a tantas personas y don Eduardo necesita que yo hable, así que eso haré.

Cruz hace una pausa y baja la mirada un tanto indecisa de lo que dirá.

Cruz: Sí es cierto que Helena Montalbán y don Epifanio fueron amantes.

Eduardo se sorprende en gran manera al escucharla. Carolina también luce sorprendida, no tanto por enterarse de tal hecho que ella ya sabía, sino por darse cuenta de que Cruz también estaba al tanto de tal secreto.

Cruz: Lo fueron por muchos años hasta la muerte de ella.

Eduardo niega con la cabeza al confirmar otro engaño más de su difunta esposa.

Cruz: Yo siempre callé, pero no era difícil para mí percatarme del amorío que ambos sostuvieron desde el primer momento en que se conocieron cuando precisamente usted, señorita, la presentó con él siendo más jóvenes.

Eduardo: Entonces, ¿Manuel está en lo cierto? ¿Lisa y María Helena son hijas de Epifanio?

Cruz: Eso es lo que la señora Helena siempre le dijo a don Epifanio e incluso él siempre estuvo al tanto de que ella había dado a luz a dos niñas en vez de a una

Carolina: ¿Tú lo sabías?

Cruz: Sí, señorita (Baja la cabeza).

Carolina: (indignada) No lo puedo creer. ¿Cómo pudiste callar algo tan delicado sobre mi familia? Tenía derecho a saberlo, Cruz.

Cruz: Yo no podía contarle nada. Yo era y sigo siendo tan solo una criada, además, mi fidelidad se la debía a don Epifanio. Entiéndame.

Carolina: No, no te puedo entender. En este preciso momento me siento como una completa estúpida a la que siempre le ocultaron todo.

Eduardo: Cálmate, Carolina. Cruz estaba en una situación muy complicada. Muchas veces es mejor callar ciertas cosas. Mira lo que le pasó a Casimira cuando descubrió las fechorías de Lisa.

Cruz: (persignándose) ¡Ay, Dios me libre de algo así!

Carolina: Lo siento, no puedo dejar de sentirme tremendamente mal de solo pensar que mi padre fue uno más de los amantes de Helena.

Cruz: Por eso cualquier hombre podría ser el padre de esas muchachas, hasta usted, don Eduardo.

Carolina se siente nerviosa al ver que el secreto que ha callado por años sobre la paternidad de Lisa está a punto de descubrirse.

Eduardo: (confundido) ¿Qué quieres decir?

Cruz: Que a pesar de que don Epifanio y la señora Helena tuvieron una relación, no es correcto afirmar que las hijas de ella hayan sido de él también.

Eduardo: Pero eso no tendría sentido. ¿Por qué Helena le hubiera dicho a Epifanio algo así?

Cruz: Es muy sencillo, don Eduardo. Tal vez ni ella misma sabía quién era el padre de sus hijas.

Carolina: Qué turbio es enterarse de todas estas cosas. Me siento horrible, pero no me imagino cómo debes de estar sintiéndote tú, Eduardo. Lo lamento mucho.

Eduardo: No te preocupes. Créeme que ya nada sobre Helena me afecta, aunque no deja de sorprenderme cuántas cosas nos ocultó.

Carolina: Para mí es increíble darme cuenta que nunca terminé de conocer la que fue una de mis mejores amigas. Helena era tan impredecible y ahora esto…

Carolina finge estar perturbada. Cruz la mira de reojo con cierta suspicacia.

Eduardo: Discúlpame por haber sacado a flote un secreto tan privado de tu padre justo ahora que estás de luto. Tal vez debí haber hablado con Cruz directamente.

Carolina: Es mejor así y creería yo que ahora lo que importa es comprobar si esta muchacha recién llegada de verdad es hija de mi papá y por ende mi hermana.

Cruz: O su hija, don Eduardo…

Eduardo se queda pensativo ante tal posibilidad. Cruz sigue tomando su té mirando de reojo y con una sutil discreción a sus acompañantes.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA

Cecilia ha llegado al hospital a visitar a su hija, pero antes de entrar a la habitación, se detiene al escuchar voces.



Cecilia: ¿Quién está con Milena?

Dentro, Pablo se encuentra visitando a la muchacha, quien yace recostada sobre la cama. Él está sentado a un lado y ambos conversan mientras él la toma de una mano.



Milena: (sorprendida) Ay, no te puedo creer. ¿Una hermana gemela de la señorita Lisa?

Pablo: Tal como lo oyes. Es idéntica a ella, aunque yo no es que haya conocido muy bien a la famosa Lisa, pero sí la vi en fotos alrededor de la casa y llegué a verla de lejos.

Milena: Pero no entiendo de dónde salió esa chava así de la nada. ¿Ellos no sabían de su existencia al menos?

Pablo: Pues no me sé el chisme completo, amor (Besa su mano). Recuerda que soy tu novio, no tu amiga.

Los dos ríen por tal comentario en tono jocoso, pero detrás de la puerta, Cecilia frunce muy molesto el ceño al enterarse de tal relación.

Milena: Ay, sí eres menso y no es por chisme. Es sólo que la llegada de esa muchacha nos puede afectar a todos de una u otra forma, ¿no crees?

Pablo: ¿Quién sabe? Ella se ve buena onda. No creo que sea una loca desquiciada como su hermana.

Milena: Eso pensábamos todos de la señorita Lisa, que era una creída, caprichosa, rebelde y mira que hasta se echó al plato a su mamá, a su abuela y a… mi Casimira (Se pone nostálgica). Cómo me hace de falta y más en estos momentos.

Pablo: No recuerdes eso. No quiero que te pongas triste, menos ahora que todos necesitamos que estés más alegre que nunca.

Milena: Quisiera, Pablito, pero, aunque tú y mi hermano me digan que voy a poder volver a caminar, es difícil pensar en que tendré que usar una silla de ruedas. Yo siempre he sido muy independiente y ahora mírame…

Pablo: Mile, eso no será por mucho tiempo. Es más, quería darte la sorpresa, pero ya que estás baja de ánimo, te lo voy a decir.

Milena: ¿Qué sorpresa?

Pablo: Te la diré sólo si me prometes que vas a luchar para recuperar la movilidad de tus piernas y ya no vas a volver a estar triste por lo mismo.

Milena: (desanimada) Ay, Pablo… Es que…

Pablo: ¿Que acaso no confías en mí?

Milena: Claro que sí. Es sólo que trato de ser un poco realista con mi situación, pero está bien. Voy a hacer un esfuerzo. Te lo prometo.

Pablo: (sonriéndole) Así me gusta más. Vas a ver que todo saldrá bien. Yo también te lo prometo. Ya hablé con mi mamá y cómo recordarás pensaba pedirle un préstamo para pagar tu cirugía y tus terapias.

Milena: Supongo que te dijo que sí, pero no se me hace justo que te endeudes con ella por mí. Me da muchísima pena y si Danilo se entera, va a querer ayudarte a pagar y…

Pablo: (la interrumpe) Escúchame. No es ningún préstamo.

Milena: (confundida) ¿Ah, no? ¿Entonces?

Pablo: Mi mamá piensa pagar absolutamente todo sin cobrarle un peso a nadie. Es un regalo que ella piensa hacerte.

Milena se sorprende al escuchar a su novio. Cecilia, detrás de la puerta, se molesta aún más y siente el impulso de entrar, pero justo al hacerlo, es detenida por la voz de Marissa.



Marissa: (muy seria) Yo que tú lo pensaba dos veces antes de entrar ahí.

Las dos mujeres se miran entre sí con una evidente rivalidad.

Cecilia: ¿Tú aquí?

Marissa: Sí. No pensaba quedarme de brazos cruzados y por eso no dudé ni un segundo en salir detrás de ti para evitar que importunes a Milena.

Cecilia suelta una risa cargada de cierto cinismo.

Cecilia: Ay, por favor. ¿Quién te crees tú para venir a impedirme que vea a mi hija? Ocúpate de tus asuntos.

Cecilia se da la vuelta dispuesta a entrar, pero Marissa la gira hacia ella tomándola de un brazo.

Marissa: ¿No me escuchaste?

Cecilia: (soltándose molesta) ¡No me toques, mujerzuela!

Marissa: La única mujerzuela aquí eres tú, Cecilia, tú, que fuiste la amante del que fue mi marido por más de veinte años ocultándole a tus hijos que él es su padre.

Cecilia: ¿Para qué repetirme tanto lo que yo ya sé? ¿Todavía te duele que yo haya sido más mujer que tú y que Luis Enrique me prefiriera?

Marissa: En absoluto. Luis Enrique pudo haberte preferido a ti, pero jamás serás más mujer que yo si para ti eso significa que un hombre te elija en vez de otra. Yo soy una dama y no necesito del amor de ningún hombre para ser feliz, a diferencia de ti.

Marissa la mira con desprecio de abajo hacia arriba.

Cecilia: ¡No te permito que me insultes!

Marissa: ¡Y yo no te permito a ti que sigas haciendo daño! Por tu causa Milena está en esa condición, por ocultarle la verdad y no creas que no sé que fuiste tú quien me envió aquellas fotografías comprometedoras de Luis Enrique y tú a mi celular la noche que los descubrí.

Cecilia: (nerviosa) No sé de qué estás hablando.

Marissa: Yo sé perfectamente lo que digo. Tú no causaste con tus propias manos ni mi accidente ni el de tu hija, pero los provocaste con tus acciones.

Cecilia guarda silencio conteniendo su ira al verse enfrentada de tal forma por su enemiga.

Marissa: Y no me extrañaría saber que fuiste tú la que manipuló a Luis Enrique desde un inicio para que se casara conmigo por interés.

Cecilia: Ya no sabes ni qué inventar. Definitivamente, estás loca, mojigata.

Marissa: Piensa lo que quieras de mí, pero ya no permitiré que sigas haciéndonos daño.

Cecilia: ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Golpearme?

Marissa: No necesito caer tan bajo como tú. Tengo otras maneras.

Cecilia: Ay sí, tú. ¡Cobarde! Eso es lo que eres, porque sabes que no puedes conmigo y que siempre tiene que salir alguien a defenderte.

Marissa: Hay maneras más inteligentes de defenderse que irse a los golpes y solo te diré algo. Si sigues atacándonos, tendré que hablar con Eduardo y decirle todo lo que sé de ti y de cómo intentaste desterrarme del pueblo tan miserablemente.

Cecilia: Hazlo. No me importa. Hagas lo que hagas, tú no me vas a impedir que me acerque a mis hijos y he dicho.

Cecilia no tarda en dirigirse a la entrada de la habitación, pero Marissa de nuevo la alcanza y la de tiene.

Marissa: ¡Y ya te dije que yo no lo permitiré!

Cecilia: ¡Suéltame o te vas a arrepentir, maldita!

Marissa: ¡Basta, Cecilia! Es mejor que te vayas de una buena vez por las buenas.

Cecilia: (chillando) ¡Que no, desgraciada! ¡Déjame ya!

Dentro de la habitación, Pablo y Milena continúan platicando, aunque de fondo se escucha la discusión.



Milena: (apenada) Ay, Pablo. Me tomas tan fuera de base, que no sé qué decirte.

Pablo: No tienes qué decir nada, Mile. Tan solo alégrate y mantén los ánimos arriba para que en cuanto te den de alta, empecemos con los estudios y tu tratamiento lo más pronto posible.

Milena: Pero me da tanta pena con tu mamá. Es muchísimo dinero y no me siento cómoda aceptando algo así de ella.

Pablo: Danilo me dijo exactamente lo mismo, pero mi mamá está muy agradecida con ustedes y sólo quiere ayudar ahora que lo necesitan. ¿Qué tiene eso de malo?

Milena: (indecisa) Es que no sé. Nosotros los pobres siempre estamos acostumbrados a trabajar para ganarnos las cosas y no a recibirlas sin haberlas luchado.

Pablo: Y eso está bien, pero esta vez es diferente. Ustedes ayudaron a mi mamá cuando ella tanto lo necesitó y tú también me ayudaste a mí. Todos en algún momento necesitamos de la ayuda de otros y eso no tiene nada qué ver con ganarse la vida fácil.

Milena: En eso tienes razón, pero sigo tantito insegura. Puede que yo acepte, pero mi hermano…

Pablo: Sí, lo sé. Voy a hablar con mi mamá para que logremos convencerlo y de ser posible, habla tú también con él. Yo sé que va a terminar entendiendo.

Milena: Va. Veré qué puedo hacer, pero no creas que yo ya di mi sí. Todavía tengo que pensarlo.

Pablo: Está bien. Tómate tu tiempo. Solo te pido que lo consideres y veas esto como una nueva oportunidad que te está dando la vida. ¿Cuántas personas no quisieran tener un chance de volver a caminar?

Milena: (esboza una sonrisa) Sí, es cierto. Te prometo que lo pensaré bien y te doy mi respuesta luego.

Cecilia: (desde afuera) ¡Que me sueltes, mojigata! ¡Voy a entrar como sea! ¡Déjame!

Milena: Oye, ¿escuchas eso?

Los dos guardan silencio por unos segundos y, en efecto, escuchan la discusión que sus respectivas madres sostienen afuera.

Pablo: Sí, no me había dado. Parece una pelea entre dos mujeres.

Milena: Y creo que una de ella es mi mamá. Es su voz.

Pablo: (extrañado) Voy a ver.

Pablo se levanta de la cama y abre la puerta de la habitación encontrándose a su madre reteniendo a Cecilia.

Pablo: ¡Mamá!

Marissa y Cecilia se quedan en quietud al ser vistas por el joven.

EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE / DÍA

Está atardeciendo en Villa Encantada. Todo está tranquilo alrededor de la mansión, pero no lo estará por mucho tiempo. El Alma en Pena merodea el lugar usando su típico traje y va derramando alrededor gasolina de un recipiente.



El Alma en Pena: Llegó la hora de hacer limpieza.

El misterioso personaje parece haberle dado ya la vuelta a la mansión de La Torre y llega justo hasta a la imponente entrada. Lanza el recipiente lejos y luego procede a sacar de entre su traje una caja de cerillos.

El Alma en Pena: Llegó la hora de que el fuego del purgatorio limpie nuestros pecados para descansar en paz y no penar más…

El Alma en Pena no tarda en tomar uno de los cerillos y lo enciende frotándolo contra la caja.

El Alma en Pena: Que comience la purificación.

El Alma en Pena lanza el cerillo hacia el piso y al entrar en contacto con la gasolina, la mansión tan solo tarda segundos en verse envuelta en una gran llamarada de fuego. El Alma en Pena observa de lejos el incendio que poco a poco comienza a tomar fuerza y se escabulle entre los árboles del bosque a medida que la noche cae.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE



Eduardo se encuentra sentado frente a su laptop escribiendo muy concentrado. Manuel irrumpe sin tocar, detalle que molesta al primero.



Manuel: Vaya, qué mal. Estaba esperando que se fuera tu prestigiosa visita para hablar contigo y ahora te encuentro ocupado trabajando. ¿Debo pedirte una cita? (Dice con ironía).

Eduardo: No sería mala idea para que dejes de importunarme. Yo sí trabajo, a diferencia de ti que no haces nada.

Manuel: Eso es porque tú nunca me has incluido en los negocios ni me das la oportunidad de demostrarte mis habilidades. Podría serte de mucha ayuda.

Eduardo: No, gracias. Tengo ya suficiente tratando de resolver los problemas financieros de la hacienda como para que vengas tú y empeores las cosas.

Manuel: ¡Muy bien!

Manuel se sienta frente a su hermano y pone atrevidamente los pies sobre el escritorio.

Manuel: Si eres tan capaz, ¿por qué necesitas casarte con una rica heredera para resolver nuestra economía?

Eduardo: Por ese tipo de preguntas no te doy la oportunidad que tanto reclamas. Esto no se trata de qué tan capaz sea yo. Bien sabes que muchos inversionistas nos dieron la espalda y la producción de la hacienda por sí sola no es suficiente. A eso súmale la hipoteca.

Manuel: Es por esa razón que necesitamos capital.

Eduardo: Tú lo has dicho. Capital que ningún inversionista se atreverá a cedernos en medio de la crisis por la que pasamos.

Manuel: Por suerte no tenemos de qué preocuparnos. Puede que no seas una eminencia en los negocios, ya que, como recordarás por ti, estamos metidos en este problema, pero eres todo un galán.

Eduardo: (fastidiado) Déjate de estupideces.

Manuel: Es cierto. Tú mismo me lo dijiste el otro día. Marissa será tu nueva Helena, la que nos salve de todo este desastre financiero. ¿O ya me lo vas a negar?

Eduardo: No, no te lo voy a negar, pero también recuerdo haberte dicho que tú debías hacer lo mismo si quieres ver una parte de lo que tanto reclamas.

Manuel: Estoy en ello, buscando posibles candidatas. Yo no tengo tanta suerte como tú con las mujeres como para enamorarlas y quitarles su fortuna tal como estás haciendo con Marissa.

Eduardo: Ese no es tu problema.

Manuel: Lo sé y no me importa. Es sólo que la veo tan enamorada y tan convencida de que quieres casarte con ella por amor que me recuerda mucho a ti, ¿sabes? Tú tampoco sabías que tu matrimonio con Helena era solo una farsa con intereses económicos de por medio.

Eduardo: La diferencia es que esta vez estoy muy consciente de lo que significa casarme. En aquel entonces no.

Manuel: ¿Y no te parece un poco injusto repetir la historia? Vas a hacerle lo mismo que te hicieron a ti y no sólo eso. Para ella será peor después de su fracaso matrimonial con Luis Enrique.

Eduardo: (exasperado) Eso no tienes que recordármelo. Lo sé perfectamente.

Manuel: ¿Y no te importa?

Eduardo: Mira Manuel. No entiendo qué buscas diciéndome todo esto. No creo que te importe cómo se pueda sentir Marissa (Cierra la laptop).

Manuel: Tan solo estoy asegurando mi terreno. Tu matrimonio con esa mujer también me beneficia, recuerda, y no me gustaría que te echaras para atrás con el plan.

Eduardo: Pues si te hace sentir más tranquilo, no te preocupes. Ya te lo había dicho y te lo repito. Me casaré para que recuperemos la hacienda y volvamos a ser quiénes éramos antes. ¿Eso era lo que querías escuchar? Ahí tienes.

Eduardo se levanta algo fastidiado y sale del estudio, dejando a solas a Manuel. Éste sonríe con malicia y saca del bolsillo de su pantalón su celular presionando un botón en la pantalla. Tal parece estaba grabando la conversación.

Manuel: Vamos a ver qué dice tu futura esposa cuando se entere de tus verdaderas intenciones, hermano.

Manuel comienza a reproducir la grabación y carcajea mientras la escucha aún con los pies sobre el escritorio.

CONTINUARÁ…

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