Capítulo 31: Ajuste de cuentas

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / NOCHE

Pablo ha abierto la puerta de la habitación en la que reposa Milena sorprendiendo a Marissa y a Cecilia cuando éstas discutían y la primera le impedía a la segunda entrar a la habitación.



Pablo: Mamá, tú aquí.

Marissa: (apenada) Pablo, hijo, lamento el escándalo.

Pablo: ¿Qué está pasando?

Marissa: Esta mujer sólo quiere importunar a Milena y trataba de impedírselo.

Cecilia: (retadora) Pero estás muy equivocada si crees que lo vas a lograr. ¡Los dos están muy equivocados!

Cecilia logra zafarse de Marissa y escabullirse para entrar a la fuerza a la habitación. Pablo se interpone en la puerta.

Pablo: ¿Qué no está escuchando, señora? Milena no necesita saber de usted.

Cecilia: ¡Déjame pasar, imbécil! (Gritando) ¡Milena! ¡Milena! Necesito verte y hablar contigo, hija. ¡Por favor!

Milena, desde adentro de la habitación, se percata de la situación y frunce el ceño. La chica se ve indecisa.

Marissa: Es mejor que dejes en paz a esta muchacha de una buena vez. ¡Vete ya, Cecilia!

Cecilia: ¡Milena! ¡Milena, escúchame!

Pablo: ¡Qué se vaya! ¿No entiende?

Milena: ¡Ya basta, por favor! Pablo, déjala pasar.

Pablo: Pero Milena…

Milena: Déjala. Ella y yo tenemos una conversación pendiente.

Pablo decide respetar la decisión de su novia, aunque indeciso, y deja de interponerse en la puerta. Cecilia entra, chocando de hombro bruscamente con él. Marissa se acerca al umbral de la puerta y tanto ella como Pablo observan. Madre e hija se miran fijamente, la primera con cierto desconsuelo y la segunda con una notable molestia.

Cecilia: (acercándose) Milena, hija…

Milena: (tragando saliva) Déjenme sola con ella, por favor.

Pablo: Mile, no me pidas eso. Esta señora lo único que quiere es molestarte y tú no estás en condiciones todavía.

Marissa: Milena tiene razón, Pablo. Ella y su… “mamá” (Dice con cierto reproche) tienen mucho de qué platicar y eso es algo en lo que ni tú ni yo podemos intervenir. Tarde que temprano tiene que darse.

Pablo: Pero no ahora que apenas se está recuperando.

Milena: Voy a estar bien, Pablo, de verdad. Quédate tranquilo. De verdad necesito estar a solas con mi mamá.

Pablo: ¿Estás segura?

Milena: Sí. No te preocupes. Mañana nos vemos. ¿Te parece?

Cecilia: Ya escucharon. Lárguense de una buena vez y no estorben más.

Marissa: Vámonos, Pablito. Mañana venimos de nuevo.

Pablo: (resignado) Está bien.

Pablo se adentra a la habitación y le da un beso rápido en los labios a Milena. Cecilia observa disgustada. El joven y su madre se retiran cerrando la puerta tras sí.

Milena: (seria) Bien, ahora que ya por fin estás aquí, dime qué quieres.

Cecilia se queda en silencio sintiéndose un poco mal al ver la actitud a la defensiva de la muchacha.

EXT. / MANSIÓN DE LA TORRE / NOCHE

Carolina conduce su auto rumbo a la mansión. Cruz va a su lado en el asiento de copiloto, pero hay un cierto silencio incómodo.



Cruz: Me supongo que aún sigue muy molesta conmigo por la revelación que hice esta tarde en la hacienda de Eduardo Román.

Carolina: Tengo muchos sentimientos encontrados, Cruz. No solo estoy molesta. Me siento consternada, dolida y no sólo por ti. Mi papá tiene mucho que ver en ello y enterarme de tantas cosas cuando sólo esta mañana fue su funeral me deja muy mal.

Cruz: Me puedo imaginar y ahora cabe la posibilidad de que tenga una hermana más, aparte de la señora Marissa.

Carolina: No lo es. Ni Lisa ni esa tal María Helena son hijas de mi papá.

Cruz: (suspicaz) ¿Por qué está tan segura? ¿Usted sabe algo al respecto?

Carolina se pone nerviosa ante tales preguntas por parte de su ama de llaves.

Carolina: Claro que no. ¿Qué podría saber yo?

Cruz: Es que usted lo afirma como si ya se trata de un hecho comprobado. Después de todo, a mí por lo menos se me hace muy extraño que siendo usted tan amiga de Helena Montalbán nunca supiera absolutamente nada de sus más oscuros secretos.

Carolina: No te entiendo. Explícate. ¿Qué tratas de decir?

Cruz: Helena y su padre fueron amantes por dieciocho largos años, señorita y si hasta yo que era la criada me enteré de semejante amorío, ¿cómo es que usted nunca lo pudo sospechar tratándose de dos personas tan cercanas?

Carolina detiene abruptamente el auto y se exaspera.

Carolina: ¡Basta, Cruz! Me estás poniendo nerviosa con tus estúpidas preguntas y rodeos. ¿Qué es lo que pretendes?

Cruz: Nada. ¿Qué podría yo pretender?

Carolina: Es que no entiendo a dónde quieres llegar diciéndome todo esto. Habla directamente y dime de una buena vez qué es lo que insinúas.

Cruz: Tan solo estoy haciendo un comentario. No tiene por qué ponerse así.

Carolina: Entonces, no me indispongas más con tus comentarios salidos de lugar. Tengo mucho en qué pensar y no me estás ayudando en nada.

Cruz: Está bien. Discúlpeme. Lo que menos quiero es importunarla con más cosas de las que ya ha pasado. Usted merece estar tranquila.

Carolina: Dudo mucho que lo esté. Cuando creo que por fin voy a estar tranquila, siempre pasa algo y la llegada de esa muchacha no me da buena espina.

Cruz: Deje de pensar en ello y mejor sigamos, señorita. Usted debe estar agotadísima y no ha dormido ni comida nada en los últimos días. Tiene que descansar un poco o, por lo menos, tratar.

Carolina se queda silencio y se dispone a continuar conduciendo el vehículo, pero al mirar hacia adelante, alcanza a vislumbrar una llamara de fuego.

Carolina: (extrañada) ¿Qué es eso?

Cruz: ¿Qué?

Carolina: Eso. Mira allá.

Cruz mira hacia adelante y en efecto también alcanza ver fuego.

Cruz: ¡Ay, Dios! Creo que es un incendio y si mal no me parece proviene de la mansión.

Carolina: (impactada) ¿Estás segura?

Cruz: Pues no alcanzo a ver muy bien por los árboles. Puede ser la mansión de algún vecino, pero esas quedan a quince minutos de la nuestra.

Carolina: Tiene que ser un error. ¿Por qué habría un incendio en mi casa?

Cruz: Ni idea, pero apresurémonos. Tenemos que ir a checar qué pasa.

Carolina acelera y conduce con prontitud en dirección a la mansión. En cuestión de un par minutos, ambas llegan y se sorprenden en gran manera al ver que, en efecto, la mansión de La Torre está envuelta en llamas y todos los empleados de la casa están afueran siendo testigos del evento.

Cruz: (aterrada) ¡Válgame Dios!

Carolina: (negando con la cabeza) No, no. Esto no puede estar pasando.

Carolina no tarda en bajarse del auto rápidamente. Cruz sale tras ella.

Cruz: ¡Señorita Carolina!

El cuerpo de bomberos está intentando controlar el fuego. Es de notar que también hay algunos policías en el área.

Carolina: (gritando) ¡Mi casa! ¡Mi casa! ¡Por Dios! ¡Hagan algo!

Dos policías se acercan y uno de ellos se dirige a la desesperada mujer.

Policía: ¿Es usted la dueña del predio?

Carolina: Sí, soy yo. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué significa esto?

Policía: Recibimos una llamada de emergencia de uno de sus empleados reportando fuego. Todos tuvieron que evacuar por la salida trasera de la casa. La entrada estaba completamente bloqueada.

Cruz: ¡Dios mío! ¡Qué horror! (Persignándose).

Carolina: Tienen que hacer algo. Yo no puedo perder mi casa.

Policía: Los bomberos están haciendo su trabajo, señorita.

Carolina: ¡Eso no me sirve! Necesito que controlar el incendio antes de que acabe con todo.

Policía: Lo mejor que pueden hacer es esperar y dejar que los bomberos extingan el fuego.

Carolina: (furiosa) ¡Ineptos!

Carolina intenta cruzar el portón, pero es detenida por Cruz.

Cruz: ¡Señorita Carolina! ¿Para dónde cree que va?

Carolina: ¿Qué no estás viendo? ¡Mi casa se está quemando! Tengo que intentar salvarla.

Cruz: Pero nosotras no podemos hacer nada. Es una locura pensar en el solo hecho de entrar ahí. Es muy peligroso.

Carolina: (intentando soltarse) ¡Déjame, Cruz! ¡No me importa! No puedo perder mi casa. Es lo único que me queda (Rompe a llorar).

Cruz: Cálmese y reaccione. Dejemos que esta gente haga su trabajo.

Carolina: Ellos no van a hacer nada y yo no me puedo quedar de brazos cruzados viendo la casa que me dejó mi padre reduciéndose a cenizas. ¡Entiéndelo!

Carolina se zafa de su ama de llaves y la empuja para luego intenta entrar.

Cruz: (angustiada) ¡Señorita, por favor!

Varios policías se interponen y evitan que la mujer cruce el portón de la mansión.

Carolina: ¡Apártense! ¡Déjenme pasar! ¡Déjenme!

Cruz se acerca e intenta tranquilizar a Carolina, quien al final, termina desvaneciéndose en llanto en el piso. La mansión de La Torre, entretanto, arde insaciablemente en el fondo a pesar de los esfuerzos de los bomberos en extinguir el fuego. Todos los presentes observan murmurando y con notables caras de tragedia.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / NOCHE



Eduardo se encuentra en la cocina, a oscuras, con el torso descubierto, tan solo usando un pantalón tipo pijama y sandalias. El hombre se sirve agua en un vaso y luego de tomar un sorbo mira a través de la ventana.



Eduardo: Ya son poco más de las diez y aún Marissa no llega. ¿En dónde se metió?

De repente, alguien prende las luces y Eduardo se da la vuelta, encontrándose con María Helena, quien está en bata. La muchacha se apena al verlo.



María Helena: ¡Ay, señor! Discúlpeme usted. No sabía que usted estaba aquí.

La muchacha no puede evitar ver su torso de abajo hacia arriba con cierta curiosidad. Manuel también anda rondando cerca de allí y se oculta tras una pared para espiar.



Eduardo: No te preocupes. Bajé solo a tomar un poco de agua.

María Helena: ¿Usted tampoco puede dormir?

Eduardo: Realmente no. Estoy esperando a Marissa, mi prometida. Te acuerdas de ella, ¿no?

María Helena: Sí, claro. ¿Cómo cree que no? Ella se portó bien amable conmigo en la cena. Hacen una muy bonita pareja.

Eduardo: Gracias, aunque todavía no decidimos la fecha. Quisiera que fuera lo más pronto posible.

María Helena: Espero todo les salga bien y que sean muy felices. Usted se lo merece.

Eduardo: ¿Por qué lo dices?

María Helena: (sonriendo nerviosa) Pos porque se ve que usted es retebuena persona, un buen hombre y por lo que he entendido, ha sufrido mucho y… Es muy guapo, también (Baja la cabeza apenada).

Eduardo: (riendo) Ah bueno. Muchas gracias por los cumplidos. Tú también mereces estar tranquila y ten por seguro que acá nada les hará falta ni a tu ni a Martha, tu madre.

María Helena: Lo mejor es que yo me vaya en cuanto a mi mamá la operen. No quiero causar problemas.

Eduardo: Ya hablamos de eso. Tu lugar es este, incluso si no eres mi hija, por serlo de mi difunta esposa tienes derechos sobre nuestro patrimonio.

María Helena: ¿Y usted cree que…? (Hace una pausa)

Eduardo: ¿Qué? ¿Que sí eres mi hija?

María Helena: Sí, eso mismo. Ya ve usted lo que dijo su hermano, que a lo mejor mi papá es ese otro señor que dijeron y que según escuché falleció hace poco.

Eduardo: ¿Quién te lo dijo?

María Helena: Esta tarde lo escuché de las muchachas de la limpieza. Estaban diciendo que la hija de él había venido de visita aquí. También las escuché murmurando sobre mi llegada.

Eduardo: Era de esperarse. Los chismes y las murmuraciones entre los empleados no faltan. En cuanto a lo otro, sí. Carolina vino esta tarde. Está muy mal con lo que pasó y es mi mejor amiga, además, también la invité a que viniera para hablar de ese mismo asunto con ella.

María Helena: ¿Y entonces? ¿Cómo lo tomó?

Eduardo: Mal como te podrás imaginar. No estaba enterada de que su padre y Helena fueron amantes. Cruz, su ama de llaves, era la que estaba al tanto y al final llegamos a la conclusión de no es seguro quién pueda ser tu padre. Lo mejor es hacer una prueba de ADN.

María Helena: Chale, cuántas cosas. Yo sabía que mi llegada iba a causar molestias, pero no me imaginé nunca todo este asunto de quién pueda ser mi papá.

Eduardo: Te prometo que lo vamos a averiguar. Es tu derecho saberlo después de todo.

María Helena: Gracias, señor. ¿Sabe? Me gustaría preguntarle algo si no le incomoda.

Eduardo: Claro, dime (Termina de tomarse el agua).

María Helena: (dudosa) Es que… Me preguntaba qué pasaría si se termina comprobando que… Usted sabe, que yo sí soy su hija. ¿Cómo van a cambiar las cosas?

Eduardo se queda pensativo durante unos segundos.

Eduardo: Para serte honesto, no lo había pensado. Créeme que fui muy feliz cuando pensé tener la familia perfecta, una esposa que creía que me amaba y una hija que era todo para mí.

María Helena escucha con atención y lo ve con cierta compasión.

Eduardo: Después de la muerte de ambas y de una serie de cosas que pasaron cuando descubrí quienes eran ellas en verdad, el mundo se me vino encima, pero ahora estoy tratando de recuperar un poco de la persona que era antes.

María Helena: (sonriéndole) Me parece muy bien.

Eduardo: Por eso…

Eduardo se acerca a la muchacha al tiempo que habla y toma el rostro de ella entre sus manos mirándola con un cierto cariño genuino. Ella se estremece un poco al sentirlo tan cerca.

Eduardo: Si la vida me da la oportunidad de tener otra hija, te juro que sería el hombre más feliz del mundo.

María Helena: Ay, señor (Se aleja un poco). Qué bonito suena eso y más para mí que crecí sin un papá que me enseñara tantísimas cosas. No sabe la falta que me hizo.

Eduardo: (sonriéndole) Esperemos que en mí puedas ver un padre, incluso si la prueba sale negativa. Me recuerdas mucho a Lisa antes de que se corrompiera tanto (Esboza su sonrisa).

María Helena: Pero yo nunca voy a ser como ella. Téngalo por seguro.

Los dos se sonríen mutuamente siendo observados aún por Manuel, cuya mirada y sonrisa perversa da a notar que algo más trae entre manos. De repente, una llamada entra al celular de Eduardo y él mira en la pantalla de quién se trata.

Eduardo: Es Carolina. Debe estar llamándome para decirme que llegó bien (Contesta) ¿Bueno? (Pausa) ¿Qué te pasa, Carolina? ¿Por qué lloras?

María Helena se extraña al escuchar. Manuel también escucha con atención. Eduardo, por su parte, desencaja el rostro.

Eduardo: Maldición, no puede ser. ¿Cómo pasó? (Pausa) Está bien, está bien. No digas nada. Trata de tranquilizarte. Sé que es difícil, pero haz un esfuerzo. Yo ya voy para allá.

Eduardo cuelga la llamada rápidamente.

María Helena: ¿Qué pasó?

Eduardo: Hubo un incendio en la mansión de La Torre mientras Carolina estuvo ausente. Tal parece que lo perdió todo.

Manuel enarca una ceja al enterarse y se ríe en silencio mofándose de la situación.

María Helena: ¡Ay, no me diga! Qué mal.

Eduardo: Yo voy a ir para ver qué fue lo que sucedió y acompañarla. La escuché muy mal y tan solo hoy enterró a su papá (Perturbado).

María Helena: No me imagino. Pobrecita.

Eduardo: Voy a pedirte un favor, María Helena. Cuando llegue Marissa, avísale que tuve que salir y cuéntale lo que pasó. Dile que yo la llamo para informarle.

María Helena: Claro que sí, señor. Cuente conmigo.

Eduardo: Gracias. Voy a subir para ponerme algo de ropa. Nos vemos.

Eduardo sale de la cocina sumamente apurado y ya que la mayor parte de las luces de la casa están apagadas, no ve a su hermano cuando pasa. María Helena se queda preocupada.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / NOCHE

Cecilia ha logrado ver a Milena, sin embargo, la muchacha mantiene una actitud reservada y a la defensiva con su madre.



Milena: ¿No vas a decir nada?

Cecilia: Pensé que te daría gusto verme y veo que solo me tratas con la misma frialdad con la que me trata tu hermano.

Milena: Por favor, mamá. No seas cínica. Te recuerdo que si estoy postrada en esta cama es por ti, por tus mentiras. ¿A poco querías que te recibiera con un beso y un abrazo?

Cecilia: Pues tal vez a ti no te dé gusto, pero a mí sí. He estado muy preocupada por ti, pero no me habían dejado verte y no te imaginas lo mucho que me duele saber que… (Quiebra la voz).

Cecilia se pone solloza y se cubre la boca conteniendo las ganas de llorar. Milena solo mira muy seria hacia otro lado y guarda silencio.

Cecilia: Milena, aunque me cueste aceptarlo, yo sé que he cometido muchos errores en la vida. Tu hermano, tu padre…

Milena: (la interrumpe) Ese señor no es mi padre.

Cecilia: Como sea. Todos, hasta la mojigata y el bastardo que tiene por hijo, me han recalcado mis errores y solo contigo, en este momento, es que admito que es cierto, que tienen razón.

Milena: ¿Y no crees que es un poco tarde ya?

Cecilia: Milena, hija…

Milena: Mírame.

Milena se quita la sábana que cubre sus piernas, las cuales tiene extendidas sobre la cama sin movilidad alguna.

Milena: ¡Esto que ves es el resultado de tus mentiras, de tu ambición! Indirectamente, por tu culpa y la de ese hombre que mi hermano y yo tenemos por padre es que ya no puedo caminar.

Cecilia rompe a llorar. Milena también derrama algunas lágrimas discretas.

Milena: Tú me orillaste a esto. Tú nos quitaste a Danilo y a mí la oportunidad de poder tener un padre y tuvimos que conformarnos con cartas, llamadas, dinero que ni era suficiente, ¿y todo para qué? ¿Para esto? ¿Para quedarme inválida? (Llora muy dolida y decepcionada)

Cecilia: No me lo tienes que recordar, porque yo lo sé perfectamente.

Milena: ¿Para qué me buscas entonces si ya demostraste que mi hermano y yo no te importamos nada?

Cecilia: Claro que no. Eso no es así.

Milena: Lo es. Tú desde el inicio sacrificaste nuestra felicidad solo por tu por avaricia y lo peor es que no te has dado cuenta que a mi dizque padre ni tú, ni mi hermano, ni yo jamás le hemos importado.

Cecilia: Eso tampoco es así. Debes creerme cuando te digo que, a pesar de todo, Luis Enrique y yo los amamos, y daríamos nuestra vida por ustedes.

Milena: Pero la ambición les pudo más. Date cuenta que a ese señor lo único que le importó fue su propio bienestar y nosotros siempre recibimos las sobras de lo que él obtenía casado con doña Marissa, así que tu dichoso plan jamás te funcionó. Hasta tú saliste perdiendo.

Cecilia guarda silencio y escucha con atención, pues sabe que su hija está en lo correcto.

Milena: Y me alegra que así haya sido, ¿sabes? Creo que no me perdonaría tener una vida de lujos conseguida con mentiras y engaños habiendo dañado a otras personas.

Cecilia: Puede que tengas razón, pero no me arrepiento de nada, porque todo lo hice para darles la vida que no yo tuve, pero tú y tu hermano son tan mensos y tan honrados que no logran darse cuenta de que a veces, para ser alguien en la vida, hace falta hacer cosas no tan buenas.

Milena: Pues prefiero quedarme pobre y mensa como dices antes que ser alguien como tú y dicho eso, no creo que tengamos nada más de qué hablar.

Cecilia: (dolida) ¿Vas a sacarme también de tu vida como lo hizo tu hermano?

Milena: Es mejor así. Han pasado tantas cosas que ya no puedo verte de la misma manera que antes, mamá.

Cecilia: Por favor, Milena. Tú no me puedes hacer esto.

Cecilia se acerca llorando a Milena y toma el rostro de ella entre sus manos.

Milena: Suéltame. No me toques (Apartándola).

Cecilia: Por favor, no me hagas esto. Tú eres mi niña. Puedo ser una basura, pero no quiero perderte a ti tampoco, por favor…

Milena: Muy tarde. Te pedí que fueras sincera, que nos dijeras la verdad sobre mi papá, pero siempre te negaste. Preferiste protegerlo y seguir con tus engaños, y mira las consecuencias, ahorita que ya no puedo caminar por tu culpa (Llora muy dolida). ¿Qué más quieres?

Cecilia: Voy a arreglarlo te lo prometo. Todo va a volver a ser como antes. Solo te pido que me perdones y que me des una oportunidad.

Milena: No, mamá. Vete y mejor aléjate de nosotros, de Danilo, de mí.

Cecilia: (desconsolada) Milena…

Milena: El día que estés realmente arrepentida, ese día las cosas podrán ser como antes, pero no ahora cuando no sientes ni tantito de remordimiento por todo lo que has hecho. Vete.

Cecilia deja de insistir en vista del tajante rechazo de su hija y sin más opción, asiente despacio la cabeza y se traga sus lágrimas.

Cecilia: Está bien. Me voy, pero sólo será por hoy. Voy a recuperarlos, tanto a ti como a tu hermano. Se los prometo y vamos a ser la familia que siempre debimos ser.

Cecilia decide retirarse de la habitación y una vez que se queda a solas, Milena rompe a llorar, pese a lo mucho que había intentado contenerse.

EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / NOCHE

Entretanto, Cecilia sale del hospital y va marcando su celular para luego llevárselo a la oreja a espera que le contesten la llamada al otro lado de la línea.



Cecilia: Contesta, imbécil. Contesta… (Impaciente).

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / NOCHE

Tarcisio se encuentra jugando una partida de póker con otros peones de la hacienda mientras toman cerveza, fuman y escuchan música.



Tarcisio: (molesto) ¡Óyeme, no se vale! Esta partida era mía, güey. ¿Qué te crees?

El celular del capataz suena con insistencia mientras los otros participantes del juego discuten entre sí por otro que al parecer ganó.

Tarcisio: Viste mis cartas, idiota, ¿no? Te descubrí viendo las de los demás. Te conozco.

Tarcisio se exaspera al ver que su celular no deja de sonar.

Tarcisio: ¿Quién llama a chingar justo ahorita? (Contesta de mala gana) ¿Bueno? ¿Quién habla?

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / NOCHE

Cecilia es, evidentemente, la persona al otro lado de la línea. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.

Cecilia: Soy yo. ¿Dónde estás metido?

Tarcisio: ¿Qué te importa? Habla rápido y dime qué quieres que estoy ocupado.

Cecilia: Te recuerdo que tenemos algo pendiente que hacer esta noche. No me salgas con que hoy tampoco vas a ejecutar el plan, porque te juro que te va a pesar, infeliz.

Tarcisio: Yo sé muy bien lo que te prometí y lo voy a cumplir, así que ya no chingues y despreocúpate.

Cecilia: Entonces, empieza por dejar lo que sea que estés haciendo y ponte manos a la obra. Yo ya voy para la hacienda a hacer mi parte para que tú hagas la tuya y te prepares. ¿Entendido?

Tarcisio: Está bien, está bien (Bebe un sorbo de cerveza). Tú ya sabes lo que tienes que hacer. Llévamela y yo me encargo del resto.

Cecilia cuelga la llamada y sonríe con malicia.

Cecilia: Por fin te llegó tu hora, mojigata. Ya no vas a hacer un estorbo en nuestras vidas.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / NOCHE

Tarcisio también ha colgado la llamada y se pone de pie dispuesto a llevar a cabo su malévolo plan.

Tarcisio: Los dejo, muchachos. Tengo otras cosas que hacer. Yo ya tengo mi premio y me está esperando para darle lo suyo. Ahí se ven.

El capataz toma su sombrero, se lo pone y se retira de allí con cierta cautela, pero no se percata de que, a lo lejos, es observado por Luis Enrique, quien se esconde detrás de un árbol y deja ver una pistola que trae.



Luis Enrique: De esta noche no pasas, mugroso. Voy a acabar contigo antes de que tú lo hagas conmigo.

Luis Enrique se retira de allí rumbo a seguir a Tarcisio.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE



María Helena aguarda en la sala, sentada en un sofá. De repente, tocan el timbre y se dirige a abrir rápidamente, encontrándose con Marissa y Pablo, quienes recién llegan del hospital.



María Helena: Ay, qué bueno que llegan.

Marissa: María Helena. ¿Qué haces levantada a esta hora? ¿O a poco te despertamos?

Marissa y Pablo entran. María Helena cierra la puerta.

María Helena: No, no, para nada. De hecho, no podía dormir.

Marissa: Ya veo. Pablo y yo pensamos que no íbamos a encontrar a nadie por ahí.

Pablo: Sí, así es. Tuvimos algo de problemas en llegar. Estaban pasando varios camiones de bomberos en el camino para acá y nos retrasamos.

María Helena: Claro. ¿Cómo no iban a ver bomberos después de lo que pasó?

Los dos se extrañan al escucharla.

Marissa: ¿Cómo que después de lo que pasó? ¿Qué ocurre?

María Helena: Es que hubo un incendio en la mansión de Carolina de La Torre, la amiga del señor Eduardo y me supongo que suya también.

Marissa: (muy sorprendida) ¿En la mansión de Carolina?

María Helena: Sí. Eso fue lo que ella le dijo a él cuando lo llamó. Don Eduardo no tardó en irse para allá y para ver mejor qué había pasado.

Marissa: (perturbada) Ay, no puede ser. Esto no le puede estar pasando, justo a ella. Dios mío… ¿Cómo está?

María Helena: Desgraciadamente, no supe nada más. Eso fue lo único que me dijo don Eduardo.

Marissa: Tengo que ir yo también para allá. Debo saber cómo está Carolina.

Pablo: Cálmate, ma’. Es muy tarde y acabamos de llegar como para que salgas otra vez. ¿Por qué mejor no esperas aquí a Eduardo para que él te dé noticias?

María Helena: Su hijo tiene razón, señora. Él quedó de que la iba a llamar en cuanto pudiera.

Marissa: Pero no me puedo esperar aquí como si nada a recibir una llamada. Mira, Pablo, hay algo que no te he dicho y que por tantas cosas no había podido hablar contigo, pero Carolina es tu tía, mi amor.

Pablo: (sorprendido) ¿Qué? ¿Cómo mi tía? ¿De qué estás hablando?

María Helena también luce sorprendida al saber tal información.

Marissa: Sé que es difícil de entender y ahorita no tengo tiempo de explicártelo bien, pero debo ir. Carolina es mi hermana y ya le fallé a ella y a su padre una vez, que por cierto era tu verdadero abuelo.

Pablo: (muy confundido) ¿Abuelo? A ver, ma’. Ahora sí que no estoy entendiendo nada. Yo pensé que tú no tenías parientes y menos aquí en este pueblo.

Marissa: Yo sé, yo sé que todo es muy confuso, pero te prometo que te lo voy a explicar mejor mañana si me das chance. ¿Está bien? Por ahora tengo que irme. Le prometí a Carolina que no la iba a dejar sola después de la muerte de Epifanio.

Pablo: Está bien, pero voy a ir contigo. No te quiero dejar sola por ahí a esta ahora. Vamos a hablarle a Danilo a ver si nos lleva en una camioneta.

Marissa: Danilo ya debe estar descansando. No lo quiero molestar.

Pablo: ¿Entonces?

Marissa: Tú no te preocupes. Quédate aquí y yo me encargo de decirle al mismo muchacho que nos trajo que me lleve. Voy a tratar de alcanzarlo antes de que se vaya a dormir.

Pablo: No me convences mucho, pero como sé cómo eres, está bien. Tan solo te pido que te cuides mucho. Es tarde.

Marissa: Tranquilo. Tú vete a descansar y mañana nos vemos (Lo besa en la frente). María Helena, si Eduardo llega a llamar, dile que voy en camino para allá. Te lo agradezco.

María Helena: Sí, señora. Yo le digo, aunque me parece que se va a molestar. A él de seguro tampoco le va a hacer mucha gracia que usted haya ido y menos así sola.

Marissa: Voy a estar bien. No se preocupen. Mejor vayan a descansar y mañana les traemos noticias.

Pablo: Cuídate, mamá. Te amo.

Marissa: Yo a ti, hijo. Buenas noches.

Marissa sale de la hacienda solo a un par de minutos de haber entrado. Pablo se queda preocupado.

Pablo: No debí haberla dejado ir así en medio de la noche, aunque todavía tengo tiempo de alcanzarla y acompañarla.

María Helena: Por lo que vi tu mamá es tantito terca, así que no creo que te deje acompañarla.

Pablo: Sí que lo es, pero ya hace falta que yo madure un poco y haga valer un poco mis decisiones.

María Helena: Tienes razón. Mi mamá también es así de terca a veces (Se pone nostálgica). Tal vez si le hubiera insistido en ir al médico y hacerse chequeos, ahorita no estaría en el hospital

Pablo: Hablas de la señora con la que creciste y te adoptó, ¿no?

María Helena: Sí, ella misma y aunque no sea mi madre de sangre, para mí eso nunca cambiará el que la vea como tal.

Pablo: Te entiendo. Marissa tampoco es mi verdadera madre. Yo soy adoptado.

María Helena: ¿En serio?

Pablo: Sí, tal como lo ves, pero al igual que tú, es la única madre que reconozco y a la que reconoceré. Es mi todo y la amo con todo el corazón.

María Helena: Qué lindo escucharte hablando así de tu mamá.

Pablo: ¿Y qué tiene la tuya?

María Helena: Está malita del corazón y necesita una cirugía muy costosa, y como nosotras no tenemos seguro, no la cubre el hospital.

Pablo: Ahora entiendo por qué viniste aquí. ¿Desde siempre habías sabido la verdad?

María Helena: No. Me enteré hace poco cuando ella cayó enferma, pero si me preguntas, estaba mejor así sin saber nada. Esta familia no me da buena espina y menos después de escucharte a ti y a tu amigo diciendo lo mismo.

Pablo: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Nos escuchaste a Danilo y a mí?

María Helena se avergüenza al saber que cometió una imprudencia.

María Helena: Ay, bueno. Yo… Es que…

Pablo se ríe.

María Helena: Lo siento. No lo pude evitar. Me la he pasado tan aburrida que me he dedicado a caminar por los alrededores y fue por accidente, te lo juro. No creas que me gusta andar de chismosa o fisgona.

Pablo: Está bien. Pierde cuidado. A cualquiera le puede pasar y sí, Danilo que es el chavo con quien me viste hablando, fue el que me dijo que esta familia no les conviene ni a ti ni a mi mamá, ya sabes, por lo de que ella se va a casar con Eduardo.

María Helena: Sí, de eso me di cuenta. Él está enamorado de tu mamá.

Pablo: Vaya, hasta eso lo escuchaste.

María Helena: (apenada) Ay, perdón de nuevo. Qué imprudente soy. Debería morderme la lengua antes de decir tantas cosas.

Pablo: (riendo) Pues no está de más cuidar lo que decimos, ya sabes. Nunca se saben los malentendidos que se pueden crear.

María Helena: Tienes razón. Perdón. Voy a tratar de evitarlo.

Manuel, de nuevo, merodea no muy lejos de allí, escuchando.



Manuel: (susurrando) Justo lo que necesitaba. El peón enamorado de nada más y nada menos que la prometida de mi querido hermano. Con esto tengo el plan perfecto para terminar la relación de esos dos.

Manuel sonríe mofándose de lo que acaba de enterarse y se retira. Pablo y María Helena siguen platicando.

Pablo: En cuanto a lo que me dijiste, no estaría mal que cuando te sientas aburrida, salgamos por ahí los cuatro.

María Helena: ¿Quiénes?

Pablo: Milena, Danilo, tú y yo. Milena y Danilo son hermanos, y ella es mi novia. Podríamos pasar un rato bien padre y, ¿quién sabe? Hasta haces que Danilo se olvide de mi mamá.

María Helena: Ay, ¿qué dices?

Pablo: ¿Por qué no? Date el chance de conocerlo. Danilo es a todo dar y el pobre, pues como escuchaste, está muy enamorado de mi mamá. Tal vez lo que le hace falta es conocer alguien más, alguien así de buena onda como tú.

María Helena: Puede ser, pero solo en plan de amigos. Ahorita no estoy interesada en buscarme novio. Quiero que mi mamá se ponga bien en cuanto antes.

Pablo: Vas a ver que sí, pero piensa mi propuesta. Hay que salir a divertirse de vez en cuando. Te lo digo yo que siempre fui el nerd de la universidad y no salía a ninguna parte.

María Helena: (riendo) Pues ya somos dos. Yo tampoco acostumbro a salir mucho, pero lo voy a pensar. Te lo prometo.

Los dos muchachos se sonríen simpatizando muy bien entre sí.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / NOCHE

Marissa camina por los alrededores de la hacienda buscando el peón que la había llevado al hospital y la había traído de vuelta previamente.



Marissa: Dios mío. ¿Qué voy a hacer? Parece que este muchacho ya se fue a su habitación. Tengo que buscar una manera de llegar a la mansión de La Torre, pero necesito un coche (Frustrada).



Cecilia: ¿Buscas algo?

Marissa se da la vuelta y se encuentra en primer plano con Cecilia, quien, cruzada de brazos, se acerca caminando a ella.

Marissa: Eso no es tu incumbencia.

Cecilia: Tienes razón. Nada de lo que pase contigo debería de importarme, pero qué bueno que te veo, porque tengo que pedirte un favor.

Marissa: (incrédula) ¿Tú? ¿Un favor a mí?

Cecilia: Sí, aunque me cueste hacerlo, pero lo hago solo por mi hijo.

Marissa: Mira, Cecilia, desconozco de qué se trate, pero ahora no tengo tiempo. Tengo algo muy serio que atender y lo que necesites hablar conmigo, tendrá que esperar hasta mañana.

Marissa le da la espalda dispuesta a irse.

Cecilia: ¡Espera! Tienes que escucharme, por favor.

Marissa de nuevo se voltea, un tanto exasperada por su prisa.

Cecilia: Es muy humillante para mí tener que decirte esto, pero de verdad necesito que me ayudes, Marissa (Solloza). Danilo está muy mal. Es de vida o muerte.

Marissa: (confundida) ¿De qué estás hablando? ¿Qué tiene Danilo?

Cecilia: Tú más que nadie sabes lo enamorado que él está de ti. Te ama y como sabe que tú jamás le vas a corresponder, está muy deprimido.

Marissa: Voy a hablar con él después sobre ese asunto.

Cecilia: Tú no entiendes. Después puede ser muy tarde. Danilo está en estos momentos en la habitación de Tarcisio a punto de cometer una locura.

Marissa: (sorprendida) ¿Qué?

Cecilia: Quiere quitarse la vida, resignado, porque tú no lo amas y estoy desesperada (Rompe a llorar). Tiene una pistola que Tarcisio escondía en su habitación y si no vas a hablar con él ahora mismo, se va a matar.

Marissa: (negando con la cabeza) Eso no puede ser verdad. Danilo no es la clase de muchacho que haría una cosa así.

Cecilia: Eso es lo que tú crees, pero ya él sufrió una decepción amorosa de la que casi no se levanta y no resistirá pasar por esto otra vez. ¡Tienes que hacer algo, Marissa! ¡Te lo suplico! (La agarra de la ropa).

Marissa se suelta de Cecilia y se va corriendo con prisa hacia la habitación. Cecilia, entre lágrimas, sonríe con malicia y sale tras ella.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE TARCISIO / NOCHE

Un par de minutos después, la mujer llega hasta la puerta de la habitación de Tarcisio y trata de abrirla, pero está bajo llave.



Marissa: (tocando) ¡Danilo! ¡Danilo, soy yo! Ábreme la puerta, por favor. Tu madre ya me contó lo que piensas hacer y lo único que te pido es que me escuches.

Cecilia: (fingiendo) Sí, Danilo, por favor. Habla con ella y piensa mejor las cosas, hijo. Todo tiene una solución, pero no lo hagas.

Marissa: ¡Danilo! ¡Danilo, ábreme!

De repente, la puerta se abre desde adentro. Marissa no tarda en un segundo en entrar, pero solo ve completa oscuridad,

Marissa: ¿Danilo? ¿Dónde estás?



Es así como, sin ella esperárselo, Tarcisio la asecha por detrás y le pone un pañuelo impregnado de una droga especial entre la boca y la nariz. Marissa, aterrada, intenta soltarse a pesar de no entender lo que ocurre y lucha, pero termina por perder el conocimiento.

EXT. / CAMPO BALDÍO / NOCHE

Todo está en negro. Marissa poco a poco comienza a despertar, con un ligero dolor de cabeza y sintiéndose muy confundida. Ve borroso e intenta sentarse, pero solo se percata de que está atada de manos.



Marissa: ¿Dónde estoy? ¿Qué ocurrió?

Tarcisio se encuentra cavando un hueco con una pala y se ve sudado ante el esfuerzo físico que eso le ha conllevado.



Tarcisio: ¡Vaya, vaya! Hasta que por fin despierta la bella durmiente. ¿Qué tal pasaste, mamacita?

Marissa aclara su visión y reconoce al capataz.

Marissa: (confundida) ¿Tarcisio?

Marissa mira a su alrededor y solo ve la oscuridad de la noche en medio de un extenso campo en el que sólo se alcanza a escuchar el canto de los grillos. Ve sus manos atadas y se asusta.

Marissa: ¿Qué está pasando? ¿Qué significa esto?

Tarcisio sólo se ríe a carcajadas y es ahí donde Cecilia hace aparición.



Marissa: ¡Cecilia!

Cecilia: De verdad que eres ingenua, mojigata. Mira que creerme ese cuento de que mi hijo estaba a punto de suicidarse por ti…

Cecilia y Tarcisio se ríen de la mujer, quien solo los observa con los ojos desorbitados y sintiéndose muy aterrada.

Cecilia: Pues déjame decirte que era mentira. Danilo es demasiado hombre para fijarse en alguien tan insignificante como tú y mucho menos se quitaría la vida solo porque tú no lo quieres.

Marissa: (en un hilo de voz) ¿Qué pretendes?

Cecilia: Matarte.

Marissa empalidece al escucharla. Cecilia se pone en cuchillas para estar a la altura de ella.

Cecilia: Y me encanta verte así, derrotada, sin nadie que te defienda esta vez.

Cecilia la presiona fuertemente de la mandíbula y la escupe.

Marissa: ¡Estás completamente loca, Cecilia! Deshacerte de mí de esta manera tan vil no será tan fácil como crees. Tengo personas que me conocen.

Cecilia: Tarcisio se encargará de eso para que no quede rastro de ti, “queridita”. Si no te moriste en el accidente ni me deshice de ti cuando intenté desterrarte de Villa Encantada, de esta no te salvas.

Marissa: ¿Por qué haces esto? Yo jamás te he hecho daño, cosa que no puedo decir de ti.

Cecilia frunce el ceño y la cachetea fuertemente. Marissa gime adolorida y se vuelve el rostro con el labio superior sangrándole producto del golpe.

Cecilia: ¿Estás segura? ¿Cómo le llamas al hecho de haberme puesto en contra de mis hijos, de haber enamorado a uno de ellos y de quitarme a mi hombre, malnacida?

Marissa: Nada de eso es mi culpa. La única culpable de que las cosas te salieran así fuiste tú, además, bien sabes que Luis Enrique siempre fue más tuyo que mío, aunque fuera mi esposo.

Cecilia: Pero nunca te dejó y de no ser porque yo fui la que destapó su engaño, todo hubiera seguido como antes y por eso es que ahora terminó conmigo para recuperarte a ti. ¿Qué no te habías dado cuenta?

Marissa: ¡Estás delirando!

Cecilia: Lástima que no les voy a dar el gusto de verlos juntos otra vez porque tú, maldita, vas a estar tres metros bajo tierra y yo, voy a recuperar a mi familia. Tú solo serás un mal recuerdo.

Cecilia se incorpora y mira Tarcisio.

Cecilia: Ya sabes lo que tienes que hacer. La quiero bien muerta.

Tarcisio: Tú tranquila, mi Ceci. Cuando termine con ella, te llamo para que tú misma lo compruebes.

Cecilia se retira de allí.

Marissa: ¡Cecilia, espera! ¡No hagas esto! ¡Recapacita, por Dios!

Cecilia la ignora por completo.

Marissa: (gritando desgarrada) ¡Cecilia, vuelve! No puedes hacer esto. ¡Regresa!

Marissa rompe a llorar ante el terror que siente. Tarcisio se acerca a ella y tira la pala a un lado.

Tarcisio: Sh, sh, ya no grites, chula. Ella no va a cambiar de opinión. Con decirte que ya veníamos planeando esto desde hace tiempo solo que no se había dado.

Marissa: ¿Por qué lo haces? ¿Qué ganas tú siendo su cómplice?

Tarcisio: Digamos que calmar mis necesidades, tú sabes, mi reina (Comienza a desabrocharse la camisa). Soy un macho y la Ceci me pagó muy bien con su cuerpo.

Marissa: (llorando) Están completamente enfermos.

Tarcisio: Sí, sí, lo que digas. El caso es que ya me va a terminar de pagar, pero no con el cuerpo de ella, sino con el tuyo.

Tarcisio procede a desabrocharse el cinturón mirando con una enferma lascivia a Marissa.

Marissa: ¡No te atrevas a tocarme! ¡Prefiero que me mates antes que estar contigo!

Tarcisio: Pues la que pone las reglas no eres tú. ¿Cómo la ves? Ya hace tiempo que me las debías tú también y por fin me las voy a cobrar.

Marissa intenta ponerse de pie y salir corriendo, aún con las manos atadas, pero es inútil. Tarcisio la alcanza tomándola desde atrás.

Tarcisio: ¿Para dónde crees que vas, chiquita?

Marissa: (gritando) ¡Suéltame, infeliz!

Tarcisio: Con las manos así atadas no vas a llegar muy lejos. Mejor ni lo intentes.

Tarcisio la tira al piso y se abalanza sobre ella al tiempo que rasga en pedazos la blusa de la mujer. Marissa se revuelve.

Marissa: ¡No! ¡No lo hagas! ¡No te atrevas, infeliz! ¡Desgraciado!

Tarcisio: (furioso) ¡Cállate, zorra!

Tarcisio la cachetea. Marissa gime adolorida y llora de impotencia. El hombre, de la manera más enferma, comienza a llenarla de besos y la lame por el cuello.

Tarcisio: (gimiendo) Me encantan tus pechos, tu cuerpo. El festín que me voy a dar contigo, zorra infeliz.

El capataz incluso le mete la mano por debajo de la ropa interior y comienza a manosear sus partes íntimas.

Marissa: ¡NOOO! ¡POR FAVOR!

En tal momento, cuando tan baja agresión parece que fuera a consumarse, Luis Enrique hace aparición en escena, apuntando con una pistola hacia Tarcisio.



Luis Enrique: (furioso) ¡Suéltala, maldito animal!

Todo pasa en cámara lenta. El hombre le dispara a Tarcisio en la espalda. Éste último cae desplomado a un lado de Marissa y sin darse a la espera, Luis Enrique dispara dos veces más. Marissa grita en un angustiante y profundo eco mientras la sangre del capataz se hace evidente.

CONTINUARÁ…

Comentarios

¿Tienes consejos, sugerencias o comentarios? Contáctame

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *