Capítulo 32: Pronto regreso
EXT. / CAMPO BALDÍO / NOCHE
Luis Enrique le ha disparado tres veces seguidas a Tarcisio ante los ojos de Marissa, quien estaba a punto de sufrir una violación a manos de este último. Las balas han caído en diferentes partes del torso del hombre y, a su vez, ha caído desplomado en tierra. Cecilia escucha de lejos.

Cecilia: (asustada) Esos fueron disparos. Pensé que el imbécil ese iba a violarla primero.
Cecilia se ve un poco impresionada y se queda pensativa durante unos segundos para luego dibujar una sutil sonrisa de maldad en su rostro.
Cecilia: Bueno. ¿Qué más da si la violó o no? Lo importante es que ya está muerta la maldita esa y este es un gusto que no me voy a perder ver con mis propios ojos.
Cecilia se da la vuelta y decide regresar. Entretanto, un silencio tedioso se apodera de Marissa y de Luis Enrique. Ella gimotea sin poder articular palabra alguna e incluso sus labios tiemblan. Tarcisio, por su parte, expulsa sangre por la boca e intenta balbucear unas cuantas palabras.



Tarcisio: (balbuceando) ¿Qué…? ¿Qué chin…? ¿Qué… chingados?
Marissa: (en un hilo de voz) Luis Enrique…
Luis Enrique se acerca caminando a pasos lentos.
Marissa: Luis Enrique, ¿qué hiciste, por Dios? ¿Qué hiciste? (Repite aterrada).
Luis Enrique: Estaba intentando defenderte de este miserable. ¿Qué no lo ves?
Marissa: (desesperada) Todo me esperé menos esto. Tienes que hacer algo. Va a desangrarse si no recibe ayuda médica.
Luis Enrique: ¿Te volviste loca? Este animal intentó violarte, ¿y me pides que lo lleve al hospital para que se salve?
Marissa: No puedes dejarlo morir.
Luis Enrique: (gritando) ¿Y qué si lo hago?
Luis Enrique mira con desprecio a Tarcisio y le apunta con la pistola en dirección a la cabeza.
Marissa: (gritando) ¡No, Luis Enrique! ¡No lo hagas, por favor! Te lo suplico. Detente.
Tarcisio: Mátame, güero. Ándale.
Tarcisio sonríe mientras continúa expulsando más sangre por la boca.
Tarcisio: Hazlo, porque si me dejas vivir, te va a pesar cuando me meriende no solo a la gata esta sino a tu hijita, Milena ¿Cómo la ves?
Tarcisio habla con dificultad y se burla.
Tarcisio: Porque si tú eres el mero, mero Luis Enrique me imagino que la Milena es tu hija y la Ceci es tu vieja, ¿no?
Luis Enrique parece fulminarlo con la mirada y comienza a apretar el gatillo suavemente.
Marissa: No lo escuches, Luis Enrique. Te está provocando.
Tarcisio: ¿Qué estás esperando? Mátame.
Marissa: (llorando) Luis Enrique, por favor. Te lo imploro, no lo escuches. Yo me voy a encargar de denunciarlo a él y a Cecilia, pero no te manches las manos de sangre. ¡Por favor!
Luis Enrique: Matar gusanos como este tipejo no es asesinato, Marissa. Es un favor que te voy a hacer a ti y a muchas personas acabando con su vida de mierda.
Marissa: ¡Esta no es la manera! ¡Entiéndelo! (Desgarrada).
Luis Enrique pierde la paciencia y baja la pistola para luego acercase a Marissa.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué vas a hacer?
Luis Enrique no responde y comienza a desatar las manos de quien fuera su esposa.
Marissa: ¿Qué estás haciendo, Luis Enrique?
Luis Enrique termina de desatar a Marissa y se quita el saco que trae puesto.
Luis Enrique: Ponte esto para que te cubras.
Luis Enrique le lanza el saco a la mujer, la cual se encuentra en sostén.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué planeas?
Luis Enrique: Busca en uno de los bolsillos las llaves de mi coche y vete.
Marissa: ¿Qué?
Luis Enrique: ¡Que te vayas, maldita sea! (Gritando) Mi coche está en la carretera. Búscalo y vete en cuanto antes.
Marissa: No, no pienso dejarte aquí a que cometas una locura.
Luis Enrique: Eso ya no va a ser de tu problema. Tú sólo vete. Corre lejos de aquí que yo me encargo de esta basura.
Marissa: No me pidas eso. Te lo suplico. Haz lo que te dije y no te metas en un problema.
Luis Enrique: En problemas vas a estar tú si te quedas. Una vez te vayas, lo que haga o deje de hacer, y lo que pase con este tipo no tiene por qué preocuparte.
Marissa: (negando con la cabeza) Luis Enrique, no me hagas esto…
Luis Enrique: Vete, Marissa. Es la última vez que te lo digo. Tú solo olvídate de este incidente y sigue con tu vida como si nada hubiera pasado. Yo me encargo.
Marissa no puede dejar de llorar ante el torbellino de emociones que la invade en ese instante. Mira desconsolada
Luis Enrique: (exasperado) ¿Qué estás esperando? ¡Lárgate ya!
Marissa se echa a correr lo más rápido que puede al tiempo que llora. Cecilia, de lejos, escondida tras un árbol, presencia todo muy impactada.

La primera no para de correr a lo largo de aquel campo baldío en medio de la oscuridad y siente que se ahoga en su propio llanto al punto de que, en un momento dado, lastima su pie esquinzado, tropieza y cae. La mujer gime adolorida.
Marissa: ¡Dios mío! ¿Por qué? ¿Por qué tienen que pasar estas cosas? ¿Por qué? (Repite devastada) Luis Enrique va a matar Tarcisio y no pude detenerlo. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? (Repite desesperada).
Marissa pega un grito lamentándose de impotencia mientras que, en el lugar de los hechos, Luis Enrique empuña de nuevo su arma y le apunta a Tarcisio, quien le sonríe con burla.


Luis Enrique: Ahora sí, solos, para acabar con tu vida, infeliz (Habla apretando los dientes).
Tarcisio: ¿Pos qué estás esperando? Hazlo. Defiende a tu vieja, pero antes déjame decirte algo, güerito…
El capataz tose y expulsa más sangre; sangre carmesí que derrama sobre él mientras intenta sentarse con suma dificultad. Luis Enrique le sigue apuntando fijamente.
Tarcisio: Si me matas, vas a tener que matar a tu otra vieja, ¿sí sabes? La Ceci no se va a quedar tranquila hasta acabar con la mojigata como ella le dice, tanto así que la hice mi mujer, ¿cómo ves?
Tarcisio se ríe, pero a la vez frunce el ceño por el dolor que eso le produce. Luis Enrique permanece serio.
Tarcisio: La muy estúpida se acostó conmigo para pagarme este favorcito. De ella también te vas a tener que encargar luego, luego…
Luis Enrique: Ese es mi problema. Lo único cierto es que esta noche no vas a salir de aquí con vida, baboso, pero esto no lo hago sólo por salvar a Marissa o porque te hayas acostado con Cecilia.
Tarcisio: (incrédulo) ¿Ah, no?
Luis Enrique: Tú me las debes desde hace mucho tiempo desde el momento que atacaste a mi hijo, a Danilo, ¿sí te acuerdas?
Tarcisio: Ahí te equivocas. Yo no fui. Él quería merendarse a la gata tanto como yo y ella lo atacó.
Luis Enrique: (furioso) ¡Mentira!
Cecilia también está al pendiente de la conversación y presencia la escena con los ojos desorbitados y vidriosos.
Luis Enrique: Yo sé perfectamente que la historia fue otra y que esta no es la primera vez que intentas abusar de Marissa. Danilo sólo la defendió y tú lo atacaste.
Tarcisio guarda silencio tratando de disimular su perdición con su típica sonrisa cínica aun agonizando.
Luis Enrique: Pero eso no es lo único. Yo sé muy bien que fuiste tú el que intentó matarme aquel día en mi departamento.
Tarcisio: No sé de qué estás hablando.
Luis Enrique: No te hagas. Ibas disfrazado, pero eras tú. ¿Qué querías? ¿Más dinero del que Carolina te dio para que le entregaras la grabación de la cámara de seguridad la noche que ella mató a Helena?
Cecilia cubra su boca con sus manos al escuchar tal verdad. Tarcisio luce desconcertado.
Luis Enrique: ¿Eso querías, infeliz? ¿Por eso le entregaste el video al viejo Epifanio?
Tarcisio: Me estás confundiendo con la persona que no es, manito. Yo no tengo nada que ver en eso.
Luis Enrique: No me veas la cara de imbécil. Conozco los de tu clase, sedientos de dinero al punto que no les importaría hasta entregar a su propia madre, pero eso se acabó.
Luis Enrique comienza a presionar el gatillo poco a poco.
Luis Enrique: Muerto el perro, acabada la rabia y ya no vas a ser más un problema, capataz de mierda.
Tarcisio siente que el tiempo se le paraliza en ese instante y las pupilas de sus ojos se dilatan al ver venir su inminente final. Cecilia, desde su escondite, también siente paralizarse y Luis Enrique, sin dar más vueltas, le dispara de forma fulminante y definitiva a Tarcisio en la cabeza. Éste muere ante la mirada fría y sin remordimientos de Luis Enrique, quien baja el arma. Marissa, desde muy lejos, aún en el piso, también ha escuchado y gime.
Marissa: Lo mató… Luis Enrique lo hizo, lo mató…
Marissa tiembla sin poder asumir todo lo ocurrido. Cecilia, por su parte, se da la vuelta en silencio y derrama un par de lágrimas discretas. Llora, recostada en el árbol, y cubre su boca para no ser escuchada para luego salir de allí corriendo.
Luis Enrique: Hasta nunca.
Luis Enrique ve el hoyo que Tarcisio estaba cavando y la pala tirada en el suelo en señal de que él mismo se encargará de enterrarlo.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE

Es tarde. Eduardo llega a la hacienda y pasa a la sala de estar acompañado por Carolina y Cruz. María Helena y Pablo también están presentes, ya que ambos esperaban noticias.





María Helena: Me da gusto mucho que hayan llegado, señor.
Carolina, quien luce apática y devastada, voltea a ver a la muchacha y se sorprende por su evidente parecido con Lisa. La mujer intercambia miradas con Cruz, quien también se ha sorprendido.
Eduardo: Gracias, María Helena.
Carolina: (en un hilo de voz) Ella es…
Eduardo: Sí, es la hermana de Lisa de la que te hablé.
Cruz: ¡Válgame Dios! Sí que son idénticas. Parecen dos gotas de agua.
María Helena sonríe con algo de incomodidad y timidez por tal comentario.
Eduardo: Les pido guarden un poco de prudencia con este asunto, especialmente tú, Cruz.
Cruz: ¿Yo por qué, don Eduardo? Habla usted como si fuera una chismosa de lo peor.
Eduardo: Tan solo digo. María Helena ya ha tenido suficiente con las habladurías de los empleados y no debe faltar mucho para que la noticia de su llegada corra por Villa Encantada.
Pablo: Yéndonos a otro tema, evidentemente parece que no les fue muy bien.
Eduardo: ¿Qué te podemos decir, Pablo? Toda la mansión de La Torre quedó destrozada.
Pablo: Órale, qué mal.
Eduardo: Todavía no se ha hecho una valorización, pero lo más probable es que la pérdida sea millonaria, pero ya mañana nos encargaremos de eso con la ayuda de un perito.
Pablo: Lo siento mucho, Carolina. Ya mi mamá me dijo que somos parientes, que tú eres mi tía y lamento lo ocurrido.
Carolina: (seria) Gracias. Tú debes ser Pablo entonces.
Pablo: Sí, así es. Hoy nada más me enteré cuando mi mamá me contó rápidamente antes de salir, solo que no me dio muchos detalles y a propósito de ella, ¿dónde está? ¿Que no venía con ustedes?
Eduardo: (extrañado) No. Marissa no estaba en casa cuando salí. Ella no vino conmigo.
Pablo: Lo sé. Ella y yo estábamos juntos, y cuando llegamos, María Helena nos contó lo que ocurrió. Fue ahí donde salió para buscar a uno de los muchachos que nos trajo para que la llevara para la mansión, pero no entiendo por qué no está con ustedes.
Carolina: Porque en ningún momento nos encontramos con ella.
Eduardo: Así es. Nosotros nos quedamos hasta que los bomberos controlaron el incendio y Marissa nunca apareció.
Pablo: (preocupado) Entonces, ¿dónde está mi mamá? Se supone que ella iba para allá.
Eduardo: Si ese es el caso, de seguro se perdió en el camino.
Pablo: Pues si es eso, hay que salir a buscarla. No voy a dejar que mi mamá pase la noche por ahí perdida corriendo algún peligro.
Eduardo: Claro que vamos a ir a buscarla, pero no debieron dejarla salir a tan altas horas de la noche. María Helena, te encargué decirle que yo la llamaría.
María Helena: (apenada) Sí, don Eduardo. Yo se lo dije, pero ella se preocupó muchísimo cuando les conté lo del incendio y dijo que iba para ver en qué podía ayudar.
Cruz: ¿Por qué no se calman todos? Puede ser que llegó después de que nosotros nos fuimos y ya debe estar en camino para acá, además, si está con uno de los empleados, él mismo la traerá de regreso.
Carolina: Yo estoy de acuerdo con Cruz. Es mejor que tú descanses, Eduardo. Marissa de seguro llegará más tarde y tú ya tuviste suficiente cargando con nosotras.
Eduardo: No digas eso. No iba a dejarte sola en una situación como ésta.
Carolina: Pero no quiero que te comprometas conmigo. Cruz y yo pudimos haber ido a un hotel o viajar a la ciudad. Tengo allí un departamento, pequeño, pero suficiente para las dos.
Eduardo: De ninguna manera. Es demasiado tarde y tú no estás en condiciones de conducir. Podrías provocar un accidente y ya fue suficiente de tragedias.
Cruz: Don Eduardo tiene razón, señorita. Quedémonos un par de días, por lo menos mientras se resuelve el asunto de la lectura del testamento de don Epifanio.
Carolina: (fastidiada) Ah, sí, no lo recordaba. Mañana es la cita, pero ya mi casa no existe. ¿Dónde se va a leer el dichoso testamento ese si era allí donde se iba a realizar la lectura?
Eduardo: La lectura puede hacerse aquí en mi casa, Carolina. No tengo ningún problema. Como te dijo Cruz, puedes quedarte todo el tiempo que necesites mientras resuelves tu situación.
Carolina: (apenada) No te quiero causar más molestias, Eduardo. Gracias.
Eduardo: Tan solo estoy tratando de ayudarte. Estoy seguro de que Marissa también lo va a querer así cuando llegue y hablemos, claro está.
Pablo: ¿Y si no llega? Perdón que insista, pero no me siento muy bien sabiendo a mi mamá por ahí sola.
Eduardo: La verdad yo tampoco. Tal vez sea mejor salir a mirar por los alrededores.
María Helena: ¿Y qué tal si todos se van a descansar? Yo me puedo quedar haciendo guardia a espera que ella llegue. A lo mejor la señora aquí tiene razón y…
Cruz: (la interrumpe) Cruz, querida. Me llamo Cruz.
María Helena: Bueno, a lo mejor doña Cruz tiene razón y doña Marissa está por llegar.
Pablo: (poco convencido) Puede que sí, pero no sé. Preferiría quedarme esperándola contigo, María Helena, si no te molesta.
María Helena: (sonriéndole) Para nada, aunque insisto que yo lo puedo hacer. Tú también deberías dormir. Es muy tarde.
Pablo: Dudo que lo haga sin que mi mamá no esté, así que no importa.
Eduardo: De todas maneras, Marissa debería estar aquí a más tardar en media hora si de verdad no se perdió y viene en camino. La mansión de La Torre no es tan lejos, así que en cuanto llegue, háganmelo saber. Voy a estar en mi habitación.
María Helena: Claro que sí, don Eduardo, no se preocupe.
Eduardo: Carolina, Cruz, acompáñenme. Voy a mostrarles sus habitaciones de huéspedes para que se acomoden. Las muchachas del servicio evidentemente están durmiendo y no lo van a hacer ellas a esta hora.
Eduardo sube las escaleras seguido de ambas mujeres.
Pablo: Por lo menos sólo hubo pérdidas materiales con el asunto del incendio. Ahorita me preocupa es mi mamá y que llegue bien. Sabía que no debía dejarla ir sola (Mortificado).
María Helena: Ya, Pablo. No te preocupes. Vas a ver que pronto va tocar la puerta. Por ahora, esperemos.
Pablo: Eso me sonó a más café.
María Helena: (riendo) Tú lo dijiste. Deja voy y lo preparo yo, y ya regreso.
María Helena se dirige a la cocina. Pablo, por su parte, se nota preocupado y mira a través de la ventana a espera de su madre.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Entretanto, Danilo duerme plácidamente en su habitación, pero de repente, tocan la puerta, por lo que despierta extrañado y prende la lámpara de su mesita de noche.

Danilo: (fastidiado) ¿Qué pasa? ¿Quién puede ser a esta hora de la madrugada?
El muchacho se levanta de la cama, sin camisa, sólo usando un pantalón corto y abre la puerta. En primer plano, se encuentra con Marissa, quien tiembla aún producto de todo lo que vivió.

Danilo: (sorprendido) Señora, usted…
Danilo se impresiona al verla en tales condiciones, ligera de ropa, en sostén, tan solo cubriéndose con el saco que Luis Enrique le había dado, el maquillaje regado y un leve golpe en el rostro que Tarcisio le había propinado.
Marissa: (en un hilo) Danilo…
Danilo: ¿Qué le pasó? ¿Se encuentra bien?
Marissa abre los labios intentando articular palabra, pero le es imposible y rompe a llorar al tiempo que se lanza a abrazarlo. Danilo se desconcierta.
Marissa: ¡Ay, Danilo! (Llorando desconsolada).
Danilo: Me está preocupando. ¿Qué le pasa?
Maissa: Abrázame. No me dejes sola. Te lo suplico. Abrázame fuerte, por favor. Te lo pido.
Danilo no puede evitar estremecerse al tener tan cerca la mujer que ama y al escuchar tal petición de parte de ella. El muchacho, sin dudarlo, no la suelta y le corresponde su abrazo.
Marissa: (llorando) No me vayas a dejar sola por lo que más quieras.
Danilo: Tranquila. Aquí estoy. Todo va a estar bien.
Marissa continúa su llanto a modo de desahogarse por la amarga experiencia por la que pasó momentos atrás.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / NOCHE
Eduardo ha llevado a Carolina a la habitación de huéspedes en la que ella se hospedará temporalmente. Ella mira alrededor.


Eduardo: Ya que acomodamos a Cruz en uno de los cuartos, tú te puedes quedar en este. Creo que no falta nada. Es uno de los mejores que tenemos para las visitas que se quedan.
Carolina: Para mí está perfecto, Eduardo. Muchísimas gracias.
Eduardo: No hay de qué. Espero que logres descansar, aunque sé que será un poco difícil. Tan solo te pido que trates de estar tranquila mientras resolvemos tu situación
Carolina: Para serte sincera, no sé qué tanto pueda solucionar. Mi papá no va a volver a la vida y económicamente perdí la mansión. Reconstruirla tardará tiempo y no sé ni cuántas indemnizaciones tendré que pagarles a los empleados ahora que ya no podrán trabajar para mí.
Eduardo: Todavía tenemos que investigar bien lo que pasó. Si el incendio fue un descuido por parte de ellos o provocado, no habrá lugar a demandas o a indemnizaciones como dices.
Carolina: (frustrada) No sé, Eduardo. No sé…
Carolina se sienta en la cama y se frota el rostro con sus manos.
Carolina: Lo único que tengo claro en estos momentos es que estoy acabada y ya no tengo fuerzas para seguir.
Eduardo: ¿Te vas a rendir tan fácil?
Carolina: Todas las tragedias se me vinieron encima. ¿Cómo más quieres que esté?
Eduardo: Optimista como siempre.
Eduardo se pone de cuclillas frente a ella y la toma de las manos.
Eduardo: Tú siempre has sido una mujer muy fuerte, has salido adelante, tienes tu propia agencia de modelos. De cierta de forma me has inspirado a mí a ser un mejor hombre, me has ayudado y no te puedes dar por vencida justo ahora.
Carolina: Es difícil para mí misma aplicar ese mismo positivismo que alguna vez proyecté en ti.
Eduardo: Pero no es imposible. Eres una gran mujer, Carolina. Tienes muchas cosas buenas y estoy seguro que vas a salir de todo esto, así como yo también salí de mi mal momento.
Carolina: (seria) Tal vez todo sería más liviano si tú estuvieras a mi lado.
Eduardo: Lo estoy. Tú lo sabes.
Carolina: No como un simple amigo, Eduardo. Tú lo sabes a lo que me refiero.
Eduardo entiende y se incorpora un poco incómodo.
Carolina: ¿Lo ves? Tú nunca te vas a fijar en mí y esa solo ha sido una pena más con la que he tenido que cargar.
Eduardo: Créeme que a mí también me duele. ¿Qué más hubiera dado yo para fijarme en ti desde el principio?
Carolina: Pero no lo hiciste (Se pone de pie). Tuviste que poner tus ojos en Helena, en ella que tanto daño te hizo y luego de que murió, te enamoraste de Marissa cuando apenas y la conocías.
Eduardo: Nadie elige de quién enamorarse.
Carolina: Lo sé y te juro que, si pudiera, te arrancaría de mi corazón, pero no puedo (Solloza). Tú eres el único hombre al que he amado y al que amaré, Eduardo. El único y no sabes lo feliz que fui la noche que me hiciste tuya, aunque no te acordaras de nada, pero fui tuya…
Eduardo: (incómodo) Es mejor que me retire y trates de dormir un poco. Es demasiado tarde y mañana te espera otro día ajetreado con lo de la lectura del testamento de tu padre.
Carolina: Para mí es más importante que tú estés a mi lado, más que ese dichoso testamento.
Eduardo: No puedo, aunque no estuviera enamorado de Marissa, no podría. ¿Cuándo lo vas a entender?
Carolina rompe a llorar muy dolida al escuchar tales palabras. Eduardo suelta un suspiro, frustrado, sin saber qué decir para consolarla.
Eduardo: No llores, por favor. Eso es lo que menos necesitas ahora.
Carolina: No puedo evitarlo. Esto es algo que siempre me dolerá y lo sabes, pero no te preocupes. Trataré de estar bien (Limpia sus lágrimas). Tan solo déjame pedirte un último favor por hoy.
Eduardo: Claro. Dime.
Carolina: Quédate conmigo esta noche.
Eduardo: Carolina, yo…
Carolina: (lo interrumpe) No tiene por qué pasar nada. Quédate, al menos mientras me quedo dormida, porque sé que sola no lograré conciliar el sueño y necesito que estés a mi lado, Eduardo, por favor.
Eduardo se ve indeciso y lo piensa unos cuantos segundos, pero al final, asiente con la cabeza.
Eduardo: Está bien, pero sólo mientras logras dormir.
Carolina: Gracias.
Carolina abraza al hombre y éste, incómodo y poco convencido, decide corresponderle. Ella, a espaldas de él, cierra los ojos con fuerza, aprovechando aquel momento para sentirlo cerca de una manera más íntima.

Cruz, por su parte, presencia la escena mirando muy seria y pensativa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Danilo le entrega un té a Marissa, quien está sentada sobre la cama, aún cubriéndose con el saco. Ella lo recibe, viéndose un poco más tranquila.


Marissa: Gracias, Danilo.
Danilo: ¿Cómo se siente?
Marissa: Ya mejor (Bebe un sorbo).
Danilo: Me alegra. Aquí también le traje unas blusas de mi hermana. No sé si le queden, así que le traje varias para que se las mida y tenga que ponerse (Pone la bolsa sobre la cama).
Marissa: Te agradezco. Eres un muchacho tan bueno que jamás voy a tener con qué pagarte todo lo que haces por mí.
Danilo: Tampoco espero nada a cambio. Todo lo que hago es porque la amo, señora.
Marissa se incomoda y baja el té.
Danilo: Por eso no espero nada a cambio y, por lo tanto, tampoco tiene por qué correr los gastos del tratamiento de mi hermana.
Marissa: ¿Pablo te lo dijo?
Danilo: Sí y estaba buscando el momento para decirle que no tiene por qué hacer algo así. Yo puedo pagarlo todo.
Marissa: Yo sólo quiero ayudar a Milena, pero luego hablamos mejor de eso. Lo mejor es que me retire y te deje descansar.
Danilo: Tranquila. Puede quedarse aquí. Yo puedo dormir en las caballerizas o en cualquier otro lado, pero usted no.
Marissa: ¿Qué dices? De ninguna manera. Hace demasiado frío ahí fuera.
Danilo: Por mí no hay problema. Yo nunca voy a dejar de ayudarla, así usted no se fije en mí.
Marissa: Danilo, no lo digas más, por favor.
Danilo: Es la verdad, señora. Yo la amo y aunque usted se vaya a casar con don Eduardo, eso no va a cambiar en nada lo que siento ni tampoco el que la quiera proteger como en este momento, así usted no me quiera contar lo qué le pasó.
Marissa: Discúlpame. Fue algo muy fuerte que no quiero recordar y quisiera ser discreta hasta que logre aclarar mejor mis ideas.
Danilo: Como guste. Ya sabe que cuenta conmigo y que aquí siempre voy a estar para usted.
Danilo se dirige a salir de la habitación, pero antes de hacerlo, Marissa lo llama para detenerlo.
Marissa: ¡Danilo!
Él voltea. Marissa siente que se le forma un nudo en la garganta y traga saliva.
Marissa: Perdóname.
Danilo guarda silencio.
Marissa: Perdóname por no haberme enamorado de ti (Quiebra la voz). Perdóname por haber sido tan ciega y no haber visto el gran hombre que eres. Perdóname…
Danilo: Yo no tengo que perdonarle nada, señora.
Marissa: Eso no es verdad.
Marissa deja el té a un lado y se pone de pie acercándose a él.
Marissa: Yo sé muy bien lo mucho que sufres en silencio por mi culpa y lo mucho que has de llorar por no sentirte correspondido, y eso me duele a mí también cómo no te imaginas.
Danilo guarda silencio mirándola con los ojos destrozados.
Marissa: Tú eres tan noble y un muchacho tan maravilloso que ni yo misma entiendo por qué no te vi antes. Debo hasta reconocer que eres guapo (Esboza una sonrisa) y no te imaginas lo mucho que quisiera corresponderte, pero…
Danilo: (baja la cabeza) Pero en el corazón no se manda. Yo lo sé.
Marissa: Desgraciadamente, y a veces no podemos hacer nada para cambiar el rumbo de las cosas, pero te juro que, en otras circunstancias, a lo mejor te habría dado una oportunidad.
Marissa acaricia el rostro del muchacho, quien cierra los ojos dejando caer un par de lágrimas y sintiendo el roce de las delicadas manos de ella.
Danilo: Entonces, ¿qué voy a hacer con esto que estoy sintiendo si me quema por dentro?
Danilo se acerca y junta su frente con la de la mujer al tiempo que la toma de la cintura.
Marissa: Danilo…
Danilo: Usted lo es todo para mí, señora.
Danilo siente la tentación de besarla, pero ella se aleja.
Marissa: Yo te quiero mucho, no de la misma manera como tú me quieres, pero me importas demasiado y ya no quiero que sigas sufriendo por mí.
Danilo intenta contener el llanto y respira profundo.
Danilo: (muy serio) Está bien. Si eso es lo que quiera, entonces lo tendrá. Me voy a olvidar de usted, aunque me cueste la vida de entera, pero ya no la voy a molestar más.
Danilo sale de la habitación muy dolido y cerrando la puerta tras sí. Marissa, a solas, cierra los ojos y llora de impotencia, dejándose caer de rodillas en el piso y abrazándose a sí misma.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA

Es un nuevo día en Villa Encantada. María Helena acaba de salir de la ducha y cubre su cuerpo con una toalla mientras tatarea con el buen humor que la caracteriza. De repente, la joven se impacta al ver frente a ella a Manuel apoyándose sobre una cómoda.


Manuel: Buenos días, preciosa.
El hombre la mira de arriba abajo con una sonrisa burlona. María Helena enmudece sin saber qué decir.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / DÍA
Entretanto, Marissa desayuna en el comedor acompañada de Pablo. Hay una empleada de servicio doméstico terminando de servir el jugo de naranja.


Pablo: De verdad que me tenías muy preocupado, mamá. María Helena y yo nos quedamos al pendiente esperándote, pero al final nos venció el sueño y ya no supimos nada más. Estaba por salir a buscarte cuando una de las muchachas de servicio me dijo que estabas aquí.
Marissa: Perdóname, hijo. Es sólo que decidí entrar por la cocina para no despertar a nadie tocando la puerta principal. Me imaginé que todos dormían y no quise importunar. Es todo.
Pablo: ¿Y cómo le hiciste? ¿Tenías las llaves?
Marissa: Eh, sí. Recuerda que trabajé unos días en reemplazo de Casimira y todavía conservo las llaves.
Pablo: Está bien. Sólo no me hagas preocupar así otra vez, por favor. De verdad estuvo bien gacho.
Marissa: Tranquilo. Trataré de que no vuelva a pasar. Mejor cuéntame tú qué pasó en mi ausencia. ¿Qué te dijo Eduardo cuando llegó?
Pablo: Trajo a Carolina y a su ama de llaves para acá para que pasen unos días mientras resuelven.
Marissa: (sorprendida) ¿De verdad?
Pablo: Sí. Ya ves que la mansión quedó reducida a cenizas según lo que escuché. Me supongo tú la viste, ¿no?
Marissa: Sí, sí, claro (Miente). Me pareció terrible el incidente. Lo que pasa es que ya no tuve chance de encontrarlos cuando llegué.
Pablo: Eso fue lo que nos imaginamos todos.
Marissa: ¿Y si Carolina pasó la noche aquí por qué no ha bajado a desayunar? De hecho, Eduardo tampoco y esperaba encontrarlo aquí.
Cruz irrumpe en el comedor en ese momento en una actitud presunciosa, como es típico en ella.

Cruz: Porque los dos están durmiendo juntos plácidamente en este momento, querida. Yo que tú iría a ver.
Cruz se sienta a la mesa y descaradamente bebe del jugo de naranja de Pablo. Marissa y él se miran entre sí, desconcertados ante tal comentario dicho por el ama de llaves.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique recién llega a su departamento, cansado y sucio. Con prontitud, se dirige al baño para lavarse las manos, cierra el grifo y se mira un poco alterado en el espejo.

Luis Enrique: Tenía que hacerlo. No iba a permitir que ese tipo intentara ser más inteligente que yo. No lo podía permitir (Repite respirando agitado).
En eso, el hombre ve en el reflejo del espejo a Cecilia detrás de él, por lo que, impactado, se da exaltado la vuelta.

Luis Enrique: ¡Cecilia!
Cecilia endurece el rostro y se darse a la espera, le lanza una sonora cachetada a quien fuera su amante.
Cecilia: ¡Eres un maldito imbécil, Luis Enrique! ¡Un traidor!
Luis Enrique se vuelve el rostro adolorido y ambos se miran de forma retadora.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA
María Helena se ha sorprendido en gran manera al ver a Manuel en su habitación estando ella en paños menores, solo cubriéndose con una toalla.


María Helena: (muy molesta) ¿Qué está haciendo usted aquí? ¿Que no sabe que es de mal gusto entrar así a violar la privacidad de otras personas? ¡Váyase inmediatamente!
Manuel: ¿Perdón? ¿Me estás corriendo?
María Helena: Pues no creo que sea tan menso como para no entender lo que le estoy diciendo. Váyase y si necesita hablar conmigo, espéreme afuera.
Manuel: Qué osada eres, niñita. Mira que echarme de ésta que es mi casa no lo haría cualquiera. Tal vez ya te estás creyendo con derechos, pero si es así, déjame aclararte que todavía no tienes nada.
María Helena: No necesito tener derechos para exigirle que respete mi privacidad. Esta podrá ser su casa y todo lo que usted quiera, pero hay algo que se llama educación, señor.
Manuel: No me vengas con cuentos baratos de moral que no los necesito. Suficiente tengo con el imbécil de Eduardo, además, ¿qué puedes tú venir a reprocharme cuando no eres más que una oportunista?
María Helena: ¡No le permito que…!
Manuel: (la interrumpe) ¿No me permites qué, mocosa? ¿A ver?
Manuel comienza a acercarse a María Helena a lo que ella se pone nerviosa.
Manuel: Tú eres exactamente igual a tu hermana y no lo digo solo por tu parecido físico, no… Me refiero a lo que son como personas, las dos, igual de podridas e interesadas.
María Helena: Se está equivocando conmigo. Yo ya les expliqué a todos mis razones para haber venido a esta casa y si no me cree, pues allá usted.
Manuel: Deja de fingir que yo te vi anoche, ¿sabes? Cuando estabas en la cocina con mi hermano. Reconocí en tus ojos esa mirada.
Manuel sigue acorralando a María Helena, quien comienza a retroceder hacia atrás, poniéndose cada vez más nerviosa.
Manuel: Era la misma mirada de deseo de Lisa. La misma mirada de perra en celo que ella ponía cuando veía a Eduardo.
María Helena: No sé de qué me está hablando.
Manuel logra acorralar por completo a la muchacha en una pared y la rodea con sus brazos. Ella gime asustada.
Manuel: No te hagas y reconócelo de una buena vez. Te gustó mi hermano.
María Helena: Está usted loco. ¿Cómo se le ocurre si quiera pensar algo así cuando él podría ser mi padre?
Manuel: ¿No me escuchaste el otro día? Eduardo no es tu padre ni tampoco el de Lisa. Ella lo sabía muy bien porque yo mismo se lo conté, así que no hubo impedimento para que los dos se revolcaran, pero no juzgo a mi hermano, ¿sabes?
Manuel dice aquello mirando con cierta perversión a María Helena.
Manuel: Lisa era bien fogosa y yo también le di no sólo una, sino varias probaditas.
María Helena: Pero ese no será mi caso. Yo soy muy distinta a mi hermana y se los voy a demostrar a todos.
María Helena intenta quitarse de encima a Manuel, pero la aprisiona contra la pared.
Manuel: Deja de ser estúpida. Tú podrías ser un perfecto reemplazo de ella en todos los sentidos.
El hombre le acaricia el rostro y le habla muy cerca. María Helena se siente aterrorizada.
Manuel: Podrías tener su elegancia, su malicia, su ambición y, ante todo, su fogosidad. Un hombre como mi hermano no es mal partido y ahí lo tienes, a punto de casarse con Marissa y con muchas pretendientes, entre esas Carolina de La Torre y Lisa, que estaba loca por él.
María Helena se sorprende al escuchar tal información.
Manuel: Eso dice mucho, ¿no crees? Ha de ser todo un casanova mi hermanito, aunque no tanto como yo. Tú también te podrías divertir conmigo.
Manuel comienza a pasar su mano por la pierna de la joven.
María Helena: ¡No me toque!
Manuel: ¿Por qué te haces la difícil? ¿A poco un hombre nunca te ha acariciado?
María Helena: (furiosa) ¡Que me deje le digo o voy gritar!
Manuel: Ya. Tranquila.
Manuel se aleja y burla al verla tan asustada y respirando agitada.
María Helena: Lárguese o le voy a contar todo esto a don Eduardo si no me deja en paz.
Manuel: Como quieras. Nada más, piénsalo. Todos saldríamos ganando si por “azares del destino” te casas con nada más y nada menos que mi hermano que es un hombre tan cotizado.
María Helena: (muy seria) ¡Que se largue!
Manuel no borra su sonrisa burlona de su rostro y decide retirarse. María Helena se deja caer en el piso tratando de reponerse del susto que el hombre le hizo pasar.
María Helena: Pablo y aquel muchacho, Danilo, tenían razón. Esta familia está llena de locos y de enfermos. ¿En qué me vine a meter? (Desesperada).
Entretanto, Manuel camina por el pasillo y de forma misteriosa, hace una llamada cuidando no ser visto. Espera unos cuantos segundos hasta que finalmente alguien le contesta al otro lado de la línea.
Manuel: Soy yo. Te llamo para decirte que ya comencé con el plan. Le hice la propuesta a la recién llegada, aunque como me supuse, se hizo la digna y la inmaculada.
INT. / HABITACIÓN / DÍA
Una persona misteriosa, al otro lado de la línea, se enfoca, pero sólo pueden verse sus labios y ojos, habiendo alrededor del resto del rostro lo que parece ser un vendaje. Mira una foto que tampoco puede verse y habla con una voz familiar.
Persona misteriosa: Tienes que intentar convencerla de que acepte. Ella nos será de mucha ayuda. Tú para que te quedes con tu cochina fortuna y yo, para vengarme de todos los malditos que me hicieron daño…
El misterioso personaje tensa todo su rostro con ira y gran rencor al tiempo que pone sobre una mesa la foto que contemplaba hace rato en la cual aparece Lisa.

CONTINUARÁ…

Cecilia: (asustada) Esos fueron disparos. Pensé que el imbécil ese iba a violarla primero.
Cecilia se ve un poco impresionada y se queda pensativa durante unos segundos para luego dibujar una sutil sonrisa de maldad en su rostro.
Cecilia: Bueno. ¿Qué más da si la violó o no? Lo importante es que ya está muerta la maldita esa y este es un gusto que no me voy a perder ver con mis propios ojos.
Cecilia se da la vuelta y decide regresar. Entretanto, un silencio tedioso se apodera de Marissa y de Luis Enrique. Ella gimotea sin poder articular palabra alguna e incluso sus labios tiemblan. Tarcisio, por su parte, expulsa sangre por la boca e intenta balbucear unas cuantas palabras.



Tarcisio: (balbuceando) ¿Qué…? ¿Qué chin…? ¿Qué… chingados?
Marissa: (en un hilo de voz) Luis Enrique…
Luis Enrique se acerca caminando a pasos lentos.
Marissa: Luis Enrique, ¿qué hiciste, por Dios? ¿Qué hiciste? (Repite aterrada).
Luis Enrique: Estaba intentando defenderte de este miserable. ¿Qué no lo ves?
Marissa: (desesperada) Todo me esperé menos esto. Tienes que hacer algo. Va a desangrarse si no recibe ayuda médica.
Luis Enrique: ¿Te volviste loca? Este animal intentó violarte, ¿y me pides que lo lleve al hospital para que se salve?
Marissa: No puedes dejarlo morir.
Luis Enrique: (gritando) ¿Y qué si lo hago?
Luis Enrique mira con desprecio a Tarcisio y le apunta con la pistola en dirección a la cabeza.
Marissa: (gritando) ¡No, Luis Enrique! ¡No lo hagas, por favor! Te lo suplico. Detente.
Tarcisio: Mátame, güero. Ándale.
Tarcisio sonríe mientras continúa expulsando más sangre por la boca.
Tarcisio: Hazlo, porque si me dejas vivir, te va a pesar cuando me meriende no solo a la gata esta sino a tu hijita, Milena ¿Cómo la ves?
Tarcisio habla con dificultad y se burla.
Tarcisio: Porque si tú eres el mero, mero Luis Enrique me imagino que la Milena es tu hija y la Ceci es tu vieja, ¿no?
Luis Enrique parece fulminarlo con la mirada y comienza a apretar el gatillo suavemente.
Marissa: No lo escuches, Luis Enrique. Te está provocando.
Tarcisio: ¿Qué estás esperando? Mátame.
Marissa: (llorando) Luis Enrique, por favor. Te lo imploro, no lo escuches. Yo me voy a encargar de denunciarlo a él y a Cecilia, pero no te manches las manos de sangre. ¡Por favor!
Luis Enrique: Matar gusanos como este tipejo no es asesinato, Marissa. Es un favor que te voy a hacer a ti y a muchas personas acabando con su vida de mierda.
Marissa: ¡Esta no es la manera! ¡Entiéndelo! (Desgarrada).
Luis Enrique pierde la paciencia y baja la pistola para luego acercase a Marissa.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué vas a hacer?
Luis Enrique no responde y comienza a desatar las manos de quien fuera su esposa.
Marissa: ¿Qué estás haciendo, Luis Enrique?
Luis Enrique termina de desatar a Marissa y se quita el saco que trae puesto.
Luis Enrique: Ponte esto para que te cubras.
Luis Enrique le lanza el saco a la mujer, la cual se encuentra en sostén.
Marissa: (desconcertada) ¿Qué planeas?
Luis Enrique: Busca en uno de los bolsillos las llaves de mi coche y vete.
Marissa: ¿Qué?
Luis Enrique: ¡Que te vayas, maldita sea! (Gritando) Mi coche está en la carretera. Búscalo y vete en cuanto antes.
Marissa: No, no pienso dejarte aquí a que cometas una locura.
Luis Enrique: Eso ya no va a ser de tu problema. Tú sólo vete. Corre lejos de aquí que yo me encargo de esta basura.
Marissa: No me pidas eso. Te lo suplico. Haz lo que te dije y no te metas en un problema.
Luis Enrique: En problemas vas a estar tú si te quedas. Una vez te vayas, lo que haga o deje de hacer, y lo que pase con este tipo no tiene por qué preocuparte.
Marissa: (negando con la cabeza) Luis Enrique, no me hagas esto…
Luis Enrique: Vete, Marissa. Es la última vez que te lo digo. Tú solo olvídate de este incidente y sigue con tu vida como si nada hubiera pasado. Yo me encargo.
Marissa no puede dejar de llorar ante el torbellino de emociones que la invade en ese instante. Mira desconsolada
Luis Enrique: (exasperado) ¿Qué estás esperando? ¡Lárgate ya!
Marissa se echa a correr lo más rápido que puede al tiempo que llora. Cecilia, de lejos, escondida tras un árbol, presencia todo muy impactada.

La primera no para de correr a lo largo de aquel campo baldío en medio de la oscuridad y siente que se ahoga en su propio llanto al punto de que, en un momento dado, lastima su pie esquinzado, tropieza y cae. La mujer gime adolorida.
Marissa: ¡Dios mío! ¿Por qué? ¿Por qué tienen que pasar estas cosas? ¿Por qué? (Repite devastada) Luis Enrique va a matar Tarcisio y no pude detenerlo. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? (Repite desesperada).
Marissa pega un grito lamentándose de impotencia mientras que, en el lugar de los hechos, Luis Enrique empuña de nuevo su arma y le apunta a Tarcisio, quien le sonríe con burla.


Luis Enrique: Ahora sí, solos, para acabar con tu vida, infeliz (Habla apretando los dientes).
Tarcisio: ¿Pos qué estás esperando? Hazlo. Defiende a tu vieja, pero antes déjame decirte algo, güerito…
El capataz tose y expulsa más sangre; sangre carmesí que derrama sobre él mientras intenta sentarse con suma dificultad. Luis Enrique le sigue apuntando fijamente.
Tarcisio: Si me matas, vas a tener que matar a tu otra vieja, ¿sí sabes? La Ceci no se va a quedar tranquila hasta acabar con la mojigata como ella le dice, tanto así que la hice mi mujer, ¿cómo ves?
Tarcisio se ríe, pero a la vez frunce el ceño por el dolor que eso le produce. Luis Enrique permanece serio.
Tarcisio: La muy estúpida se acostó conmigo para pagarme este favorcito. De ella también te vas a tener que encargar luego, luego…
Luis Enrique: Ese es mi problema. Lo único cierto es que esta noche no vas a salir de aquí con vida, baboso, pero esto no lo hago sólo por salvar a Marissa o porque te hayas acostado con Cecilia.
Tarcisio: (incrédulo) ¿Ah, no?
Luis Enrique: Tú me las debes desde hace mucho tiempo desde el momento que atacaste a mi hijo, a Danilo, ¿sí te acuerdas?
Tarcisio: Ahí te equivocas. Yo no fui. Él quería merendarse a la gata tanto como yo y ella lo atacó.
Luis Enrique: (furioso) ¡Mentira!
Cecilia también está al pendiente de la conversación y presencia la escena con los ojos desorbitados y vidriosos.
Luis Enrique: Yo sé perfectamente que la historia fue otra y que esta no es la primera vez que intentas abusar de Marissa. Danilo sólo la defendió y tú lo atacaste.
Tarcisio guarda silencio tratando de disimular su perdición con su típica sonrisa cínica aun agonizando.
Luis Enrique: Pero eso no es lo único. Yo sé muy bien que fuiste tú el que intentó matarme aquel día en mi departamento.
Tarcisio: No sé de qué estás hablando.
Luis Enrique: No te hagas. Ibas disfrazado, pero eras tú. ¿Qué querías? ¿Más dinero del que Carolina te dio para que le entregaras la grabación de la cámara de seguridad la noche que ella mató a Helena?
Cecilia cubra su boca con sus manos al escuchar tal verdad. Tarcisio luce desconcertado.
Luis Enrique: ¿Eso querías, infeliz? ¿Por eso le entregaste el video al viejo Epifanio?
Tarcisio: Me estás confundiendo con la persona que no es, manito. Yo no tengo nada que ver en eso.
Luis Enrique: No me veas la cara de imbécil. Conozco los de tu clase, sedientos de dinero al punto que no les importaría hasta entregar a su propia madre, pero eso se acabó.
Luis Enrique comienza a presionar el gatillo poco a poco.
Luis Enrique: Muerto el perro, acabada la rabia y ya no vas a ser más un problema, capataz de mierda.
Tarcisio siente que el tiempo se le paraliza en ese instante y las pupilas de sus ojos se dilatan al ver venir su inminente final. Cecilia, desde su escondite, también siente paralizarse y Luis Enrique, sin dar más vueltas, le dispara de forma fulminante y definitiva a Tarcisio en la cabeza. Éste muere ante la mirada fría y sin remordimientos de Luis Enrique, quien baja el arma. Marissa, desde muy lejos, aún en el piso, también ha escuchado y gime.
Marissa: Lo mató… Luis Enrique lo hizo, lo mató…
Marissa tiembla sin poder asumir todo lo ocurrido. Cecilia, por su parte, se da la vuelta en silencio y derrama un par de lágrimas discretas. Llora, recostada en el árbol, y cubre su boca para no ser escuchada para luego salir de allí corriendo.
Luis Enrique: Hasta nunca.
Luis Enrique ve el hoyo que Tarcisio estaba cavando y la pala tirada en el suelo en señal de que él mismo se encargará de enterrarlo.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / NOCHE

Es tarde. Eduardo llega a la hacienda y pasa a la sala de estar acompañado por Carolina y Cruz. María Helena y Pablo también están presentes, ya que ambos esperaban noticias.





María Helena: Me da gusto mucho que hayan llegado, señor.
Carolina, quien luce apática y devastada, voltea a ver a la muchacha y se sorprende por su evidente parecido con Lisa. La mujer intercambia miradas con Cruz, quien también se ha sorprendido.
Eduardo: Gracias, María Helena.
Carolina: (en un hilo de voz) Ella es…
Eduardo: Sí, es la hermana de Lisa de la que te hablé.
Cruz: ¡Válgame Dios! Sí que son idénticas. Parecen dos gotas de agua.
María Helena sonríe con algo de incomodidad y timidez por tal comentario.
Eduardo: Les pido guarden un poco de prudencia con este asunto, especialmente tú, Cruz.
Cruz: ¿Yo por qué, don Eduardo? Habla usted como si fuera una chismosa de lo peor.
Eduardo: Tan solo digo. María Helena ya ha tenido suficiente con las habladurías de los empleados y no debe faltar mucho para que la noticia de su llegada corra por Villa Encantada.
Pablo: Yéndonos a otro tema, evidentemente parece que no les fue muy bien.
Eduardo: ¿Qué te podemos decir, Pablo? Toda la mansión de La Torre quedó destrozada.
Pablo: Órale, qué mal.
Eduardo: Todavía no se ha hecho una valorización, pero lo más probable es que la pérdida sea millonaria, pero ya mañana nos encargaremos de eso con la ayuda de un perito.
Pablo: Lo siento mucho, Carolina. Ya mi mamá me dijo que somos parientes, que tú eres mi tía y lamento lo ocurrido.
Carolina: (seria) Gracias. Tú debes ser Pablo entonces.
Pablo: Sí, así es. Hoy nada más me enteré cuando mi mamá me contó rápidamente antes de salir, solo que no me dio muchos detalles y a propósito de ella, ¿dónde está? ¿Que no venía con ustedes?
Eduardo: (extrañado) No. Marissa no estaba en casa cuando salí. Ella no vino conmigo.
Pablo: Lo sé. Ella y yo estábamos juntos, y cuando llegamos, María Helena nos contó lo que ocurrió. Fue ahí donde salió para buscar a uno de los muchachos que nos trajo para que la llevara para la mansión, pero no entiendo por qué no está con ustedes.
Carolina: Porque en ningún momento nos encontramos con ella.
Eduardo: Así es. Nosotros nos quedamos hasta que los bomberos controlaron el incendio y Marissa nunca apareció.
Pablo: (preocupado) Entonces, ¿dónde está mi mamá? Se supone que ella iba para allá.
Eduardo: Si ese es el caso, de seguro se perdió en el camino.
Pablo: Pues si es eso, hay que salir a buscarla. No voy a dejar que mi mamá pase la noche por ahí perdida corriendo algún peligro.
Eduardo: Claro que vamos a ir a buscarla, pero no debieron dejarla salir a tan altas horas de la noche. María Helena, te encargué decirle que yo la llamaría.
María Helena: (apenada) Sí, don Eduardo. Yo se lo dije, pero ella se preocupó muchísimo cuando les conté lo del incendio y dijo que iba para ver en qué podía ayudar.
Cruz: ¿Por qué no se calman todos? Puede ser que llegó después de que nosotros nos fuimos y ya debe estar en camino para acá, además, si está con uno de los empleados, él mismo la traerá de regreso.
Carolina: Yo estoy de acuerdo con Cruz. Es mejor que tú descanses, Eduardo. Marissa de seguro llegará más tarde y tú ya tuviste suficiente cargando con nosotras.
Eduardo: No digas eso. No iba a dejarte sola en una situación como ésta.
Carolina: Pero no quiero que te comprometas conmigo. Cruz y yo pudimos haber ido a un hotel o viajar a la ciudad. Tengo allí un departamento, pequeño, pero suficiente para las dos.
Eduardo: De ninguna manera. Es demasiado tarde y tú no estás en condiciones de conducir. Podrías provocar un accidente y ya fue suficiente de tragedias.
Cruz: Don Eduardo tiene razón, señorita. Quedémonos un par de días, por lo menos mientras se resuelve el asunto de la lectura del testamento de don Epifanio.
Carolina: (fastidiada) Ah, sí, no lo recordaba. Mañana es la cita, pero ya mi casa no existe. ¿Dónde se va a leer el dichoso testamento ese si era allí donde se iba a realizar la lectura?
Eduardo: La lectura puede hacerse aquí en mi casa, Carolina. No tengo ningún problema. Como te dijo Cruz, puedes quedarte todo el tiempo que necesites mientras resuelves tu situación.
Carolina: (apenada) No te quiero causar más molestias, Eduardo. Gracias.
Eduardo: Tan solo estoy tratando de ayudarte. Estoy seguro de que Marissa también lo va a querer así cuando llegue y hablemos, claro está.
Pablo: ¿Y si no llega? Perdón que insista, pero no me siento muy bien sabiendo a mi mamá por ahí sola.
Eduardo: La verdad yo tampoco. Tal vez sea mejor salir a mirar por los alrededores.
María Helena: ¿Y qué tal si todos se van a descansar? Yo me puedo quedar haciendo guardia a espera que ella llegue. A lo mejor la señora aquí tiene razón y…
Cruz: (la interrumpe) Cruz, querida. Me llamo Cruz.
María Helena: Bueno, a lo mejor doña Cruz tiene razón y doña Marissa está por llegar.
Pablo: (poco convencido) Puede que sí, pero no sé. Preferiría quedarme esperándola contigo, María Helena, si no te molesta.
María Helena: (sonriéndole) Para nada, aunque insisto que yo lo puedo hacer. Tú también deberías dormir. Es muy tarde.
Pablo: Dudo que lo haga sin que mi mamá no esté, así que no importa.
Eduardo: De todas maneras, Marissa debería estar aquí a más tardar en media hora si de verdad no se perdió y viene en camino. La mansión de La Torre no es tan lejos, así que en cuanto llegue, háganmelo saber. Voy a estar en mi habitación.
María Helena: Claro que sí, don Eduardo, no se preocupe.
Eduardo: Carolina, Cruz, acompáñenme. Voy a mostrarles sus habitaciones de huéspedes para que se acomoden. Las muchachas del servicio evidentemente están durmiendo y no lo van a hacer ellas a esta hora.
Eduardo sube las escaleras seguido de ambas mujeres.
Pablo: Por lo menos sólo hubo pérdidas materiales con el asunto del incendio. Ahorita me preocupa es mi mamá y que llegue bien. Sabía que no debía dejarla ir sola (Mortificado).
María Helena: Ya, Pablo. No te preocupes. Vas a ver que pronto va tocar la puerta. Por ahora, esperemos.
Pablo: Eso me sonó a más café.
María Helena: (riendo) Tú lo dijiste. Deja voy y lo preparo yo, y ya regreso.
María Helena se dirige a la cocina. Pablo, por su parte, se nota preocupado y mira a través de la ventana a espera de su madre.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Entretanto, Danilo duerme plácidamente en su habitación, pero de repente, tocan la puerta, por lo que despierta extrañado y prende la lámpara de su mesita de noche.

Danilo: (fastidiado) ¿Qué pasa? ¿Quién puede ser a esta hora de la madrugada?
El muchacho se levanta de la cama, sin camisa, sólo usando un pantalón corto y abre la puerta. En primer plano, se encuentra con Marissa, quien tiembla aún producto de todo lo que vivió.

Danilo: (sorprendido) Señora, usted…
Danilo se impresiona al verla en tales condiciones, ligera de ropa, en sostén, tan solo cubriéndose con el saco que Luis Enrique le había dado, el maquillaje regado y un leve golpe en el rostro que Tarcisio le había propinado.
Marissa: (en un hilo) Danilo…
Danilo: ¿Qué le pasó? ¿Se encuentra bien?
Marissa abre los labios intentando articular palabra, pero le es imposible y rompe a llorar al tiempo que se lanza a abrazarlo. Danilo se desconcierta.
Marissa: ¡Ay, Danilo! (Llorando desconsolada).
Danilo: Me está preocupando. ¿Qué le pasa?
Maissa: Abrázame. No me dejes sola. Te lo suplico. Abrázame fuerte, por favor. Te lo pido.
Danilo no puede evitar estremecerse al tener tan cerca la mujer que ama y al escuchar tal petición de parte de ella. El muchacho, sin dudarlo, no la suelta y le corresponde su abrazo.
Marissa: (llorando) No me vayas a dejar sola por lo que más quieras.
Danilo: Tranquila. Aquí estoy. Todo va a estar bien.
Marissa continúa su llanto a modo de desahogarse por la amarga experiencia por la que pasó momentos atrás.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / NOCHE
Eduardo ha llevado a Carolina a la habitación de huéspedes en la que ella se hospedará temporalmente. Ella mira alrededor.


Eduardo: Ya que acomodamos a Cruz en uno de los cuartos, tú te puedes quedar en este. Creo que no falta nada. Es uno de los mejores que tenemos para las visitas que se quedan.
Carolina: Para mí está perfecto, Eduardo. Muchísimas gracias.
Eduardo: No hay de qué. Espero que logres descansar, aunque sé que será un poco difícil. Tan solo te pido que trates de estar tranquila mientras resolvemos tu situación
Carolina: Para serte sincera, no sé qué tanto pueda solucionar. Mi papá no va a volver a la vida y económicamente perdí la mansión. Reconstruirla tardará tiempo y no sé ni cuántas indemnizaciones tendré que pagarles a los empleados ahora que ya no podrán trabajar para mí.
Eduardo: Todavía tenemos que investigar bien lo que pasó. Si el incendio fue un descuido por parte de ellos o provocado, no habrá lugar a demandas o a indemnizaciones como dices.
Carolina: (frustrada) No sé, Eduardo. No sé…
Carolina se sienta en la cama y se frota el rostro con sus manos.
Carolina: Lo único que tengo claro en estos momentos es que estoy acabada y ya no tengo fuerzas para seguir.
Eduardo: ¿Te vas a rendir tan fácil?
Carolina: Todas las tragedias se me vinieron encima. ¿Cómo más quieres que esté?
Eduardo: Optimista como siempre.
Eduardo se pone de cuclillas frente a ella y la toma de las manos.
Eduardo: Tú siempre has sido una mujer muy fuerte, has salido adelante, tienes tu propia agencia de modelos. De cierta de forma me has inspirado a mí a ser un mejor hombre, me has ayudado y no te puedes dar por vencida justo ahora.
Carolina: Es difícil para mí misma aplicar ese mismo positivismo que alguna vez proyecté en ti.
Eduardo: Pero no es imposible. Eres una gran mujer, Carolina. Tienes muchas cosas buenas y estoy seguro que vas a salir de todo esto, así como yo también salí de mi mal momento.
Carolina: (seria) Tal vez todo sería más liviano si tú estuvieras a mi lado.
Eduardo: Lo estoy. Tú lo sabes.
Carolina: No como un simple amigo, Eduardo. Tú lo sabes a lo que me refiero.
Eduardo entiende y se incorpora un poco incómodo.
Carolina: ¿Lo ves? Tú nunca te vas a fijar en mí y esa solo ha sido una pena más con la que he tenido que cargar.
Eduardo: Créeme que a mí también me duele. ¿Qué más hubiera dado yo para fijarme en ti desde el principio?
Carolina: Pero no lo hiciste (Se pone de pie). Tuviste que poner tus ojos en Helena, en ella que tanto daño te hizo y luego de que murió, te enamoraste de Marissa cuando apenas y la conocías.
Eduardo: Nadie elige de quién enamorarse.
Carolina: Lo sé y te juro que, si pudiera, te arrancaría de mi corazón, pero no puedo (Solloza). Tú eres el único hombre al que he amado y al que amaré, Eduardo. El único y no sabes lo feliz que fui la noche que me hiciste tuya, aunque no te acordaras de nada, pero fui tuya…
Eduardo: (incómodo) Es mejor que me retire y trates de dormir un poco. Es demasiado tarde y mañana te espera otro día ajetreado con lo de la lectura del testamento de tu padre.
Carolina: Para mí es más importante que tú estés a mi lado, más que ese dichoso testamento.
Eduardo: No puedo, aunque no estuviera enamorado de Marissa, no podría. ¿Cuándo lo vas a entender?
Carolina rompe a llorar muy dolida al escuchar tales palabras. Eduardo suelta un suspiro, frustrado, sin saber qué decir para consolarla.
Eduardo: No llores, por favor. Eso es lo que menos necesitas ahora.
Carolina: No puedo evitarlo. Esto es algo que siempre me dolerá y lo sabes, pero no te preocupes. Trataré de estar bien (Limpia sus lágrimas). Tan solo déjame pedirte un último favor por hoy.
Eduardo: Claro. Dime.
Carolina: Quédate conmigo esta noche.
Eduardo: Carolina, yo…
Carolina: (lo interrumpe) No tiene por qué pasar nada. Quédate, al menos mientras me quedo dormida, porque sé que sola no lograré conciliar el sueño y necesito que estés a mi lado, Eduardo, por favor.
Eduardo se ve indeciso y lo piensa unos cuantos segundos, pero al final, asiente con la cabeza.
Eduardo: Está bien, pero sólo mientras logras dormir.
Carolina: Gracias.
Carolina abraza al hombre y éste, incómodo y poco convencido, decide corresponderle. Ella, a espaldas de él, cierra los ojos con fuerza, aprovechando aquel momento para sentirlo cerca de una manera más íntima.

Cruz, por su parte, presencia la escena mirando muy seria y pensativa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Danilo le entrega un té a Marissa, quien está sentada sobre la cama, aún cubriéndose con el saco. Ella lo recibe, viéndose un poco más tranquila.


Marissa: Gracias, Danilo.
Danilo: ¿Cómo se siente?
Marissa: Ya mejor (Bebe un sorbo).
Danilo: Me alegra. Aquí también le traje unas blusas de mi hermana. No sé si le queden, así que le traje varias para que se las mida y tenga que ponerse (Pone la bolsa sobre la cama).
Marissa: Te agradezco. Eres un muchacho tan bueno que jamás voy a tener con qué pagarte todo lo que haces por mí.
Danilo: Tampoco espero nada a cambio. Todo lo que hago es porque la amo, señora.
Marissa se incomoda y baja el té.
Danilo: Por eso no espero nada a cambio y, por lo tanto, tampoco tiene por qué correr los gastos del tratamiento de mi hermana.
Marissa: ¿Pablo te lo dijo?
Danilo: Sí y estaba buscando el momento para decirle que no tiene por qué hacer algo así. Yo puedo pagarlo todo.
Marissa: Yo sólo quiero ayudar a Milena, pero luego hablamos mejor de eso. Lo mejor es que me retire y te deje descansar.
Danilo: Tranquila. Puede quedarse aquí. Yo puedo dormir en las caballerizas o en cualquier otro lado, pero usted no.
Marissa: ¿Qué dices? De ninguna manera. Hace demasiado frío ahí fuera.
Danilo: Por mí no hay problema. Yo nunca voy a dejar de ayudarla, así usted no se fije en mí.
Marissa: Danilo, no lo digas más, por favor.
Danilo: Es la verdad, señora. Yo la amo y aunque usted se vaya a casar con don Eduardo, eso no va a cambiar en nada lo que siento ni tampoco el que la quiera proteger como en este momento, así usted no me quiera contar lo qué le pasó.
Marissa: Discúlpame. Fue algo muy fuerte que no quiero recordar y quisiera ser discreta hasta que logre aclarar mejor mis ideas.
Danilo: Como guste. Ya sabe que cuenta conmigo y que aquí siempre voy a estar para usted.
Danilo se dirige a salir de la habitación, pero antes de hacerlo, Marissa lo llama para detenerlo.
Marissa: ¡Danilo!
Él voltea. Marissa siente que se le forma un nudo en la garganta y traga saliva.
Marissa: Perdóname.
Danilo guarda silencio.
Marissa: Perdóname por no haberme enamorado de ti (Quiebra la voz). Perdóname por haber sido tan ciega y no haber visto el gran hombre que eres. Perdóname…
Danilo: Yo no tengo que perdonarle nada, señora.
Marissa: Eso no es verdad.
Marissa deja el té a un lado y se pone de pie acercándose a él.
Marissa: Yo sé muy bien lo mucho que sufres en silencio por mi culpa y lo mucho que has de llorar por no sentirte correspondido, y eso me duele a mí también cómo no te imaginas.
Danilo guarda silencio mirándola con los ojos destrozados.
Marissa: Tú eres tan noble y un muchacho tan maravilloso que ni yo misma entiendo por qué no te vi antes. Debo hasta reconocer que eres guapo (Esboza una sonrisa) y no te imaginas lo mucho que quisiera corresponderte, pero…
Danilo: (baja la cabeza) Pero en el corazón no se manda. Yo lo sé.
Marissa: Desgraciadamente, y a veces no podemos hacer nada para cambiar el rumbo de las cosas, pero te juro que, en otras circunstancias, a lo mejor te habría dado una oportunidad.
Marissa acaricia el rostro del muchacho, quien cierra los ojos dejando caer un par de lágrimas y sintiendo el roce de las delicadas manos de ella.
Danilo: Entonces, ¿qué voy a hacer con esto que estoy sintiendo si me quema por dentro?
Danilo se acerca y junta su frente con la de la mujer al tiempo que la toma de la cintura.
Marissa: Danilo…
Danilo: Usted lo es todo para mí, señora.
Danilo siente la tentación de besarla, pero ella se aleja.
Marissa: Yo te quiero mucho, no de la misma manera como tú me quieres, pero me importas demasiado y ya no quiero que sigas sufriendo por mí.
Danilo intenta contener el llanto y respira profundo.
Danilo: (muy serio) Está bien. Si eso es lo que quiera, entonces lo tendrá. Me voy a olvidar de usted, aunque me cueste la vida de entera, pero ya no la voy a molestar más.
Danilo sale de la habitación muy dolido y cerrando la puerta tras sí. Marissa, a solas, cierra los ojos y llora de impotencia, dejándose caer de rodillas en el piso y abrazándose a sí misma.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA

Es un nuevo día en Villa Encantada. María Helena acaba de salir de la ducha y cubre su cuerpo con una toalla mientras tatarea con el buen humor que la caracteriza. De repente, la joven se impacta al ver frente a ella a Manuel apoyándose sobre una cómoda.


Manuel: Buenos días, preciosa.
El hombre la mira de arriba abajo con una sonrisa burlona. María Helena enmudece sin saber qué decir.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / DÍA
Entretanto, Marissa desayuna en el comedor acompañada de Pablo. Hay una empleada de servicio doméstico terminando de servir el jugo de naranja.


Pablo: De verdad que me tenías muy preocupado, mamá. María Helena y yo nos quedamos al pendiente esperándote, pero al final nos venció el sueño y ya no supimos nada más. Estaba por salir a buscarte cuando una de las muchachas de servicio me dijo que estabas aquí.
Marissa: Perdóname, hijo. Es sólo que decidí entrar por la cocina para no despertar a nadie tocando la puerta principal. Me imaginé que todos dormían y no quise importunar. Es todo.
Pablo: ¿Y cómo le hiciste? ¿Tenías las llaves?
Marissa: Eh, sí. Recuerda que trabajé unos días en reemplazo de Casimira y todavía conservo las llaves.
Pablo: Está bien. Sólo no me hagas preocupar así otra vez, por favor. De verdad estuvo bien gacho.
Marissa: Tranquilo. Trataré de que no vuelva a pasar. Mejor cuéntame tú qué pasó en mi ausencia. ¿Qué te dijo Eduardo cuando llegó?
Pablo: Trajo a Carolina y a su ama de llaves para acá para que pasen unos días mientras resuelven.
Marissa: (sorprendida) ¿De verdad?
Pablo: Sí. Ya ves que la mansión quedó reducida a cenizas según lo que escuché. Me supongo tú la viste, ¿no?
Marissa: Sí, sí, claro (Miente). Me pareció terrible el incidente. Lo que pasa es que ya no tuve chance de encontrarlos cuando llegué.
Pablo: Eso fue lo que nos imaginamos todos.
Marissa: ¿Y si Carolina pasó la noche aquí por qué no ha bajado a desayunar? De hecho, Eduardo tampoco y esperaba encontrarlo aquí.
Cruz irrumpe en el comedor en ese momento en una actitud presunciosa, como es típico en ella.

Cruz: Porque los dos están durmiendo juntos plácidamente en este momento, querida. Yo que tú iría a ver.
Cruz se sienta a la mesa y descaradamente bebe del jugo de naranja de Pablo. Marissa y él se miran entre sí, desconcertados ante tal comentario dicho por el ama de llaves.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique recién llega a su departamento, cansado y sucio. Con prontitud, se dirige al baño para lavarse las manos, cierra el grifo y se mira un poco alterado en el espejo.

Luis Enrique: Tenía que hacerlo. No iba a permitir que ese tipo intentara ser más inteligente que yo. No lo podía permitir (Repite respirando agitado).
En eso, el hombre ve en el reflejo del espejo a Cecilia detrás de él, por lo que, impactado, se da exaltado la vuelta.

Luis Enrique: ¡Cecilia!
Cecilia endurece el rostro y se darse a la espera, le lanza una sonora cachetada a quien fuera su amante.
Cecilia: ¡Eres un maldito imbécil, Luis Enrique! ¡Un traidor!
Luis Enrique se vuelve el rostro adolorido y ambos se miran de forma retadora.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA
María Helena se ha sorprendido en gran manera al ver a Manuel en su habitación estando ella en paños menores, solo cubriéndose con una toalla.


María Helena: (muy molesta) ¿Qué está haciendo usted aquí? ¿Que no sabe que es de mal gusto entrar así a violar la privacidad de otras personas? ¡Váyase inmediatamente!
Manuel: ¿Perdón? ¿Me estás corriendo?
María Helena: Pues no creo que sea tan menso como para no entender lo que le estoy diciendo. Váyase y si necesita hablar conmigo, espéreme afuera.
Manuel: Qué osada eres, niñita. Mira que echarme de ésta que es mi casa no lo haría cualquiera. Tal vez ya te estás creyendo con derechos, pero si es así, déjame aclararte que todavía no tienes nada.
María Helena: No necesito tener derechos para exigirle que respete mi privacidad. Esta podrá ser su casa y todo lo que usted quiera, pero hay algo que se llama educación, señor.
Manuel: No me vengas con cuentos baratos de moral que no los necesito. Suficiente tengo con el imbécil de Eduardo, además, ¿qué puedes tú venir a reprocharme cuando no eres más que una oportunista?
María Helena: ¡No le permito que…!
Manuel: (la interrumpe) ¿No me permites qué, mocosa? ¿A ver?
Manuel comienza a acercarse a María Helena a lo que ella se pone nerviosa.
Manuel: Tú eres exactamente igual a tu hermana y no lo digo solo por tu parecido físico, no… Me refiero a lo que son como personas, las dos, igual de podridas e interesadas.
María Helena: Se está equivocando conmigo. Yo ya les expliqué a todos mis razones para haber venido a esta casa y si no me cree, pues allá usted.
Manuel: Deja de fingir que yo te vi anoche, ¿sabes? Cuando estabas en la cocina con mi hermano. Reconocí en tus ojos esa mirada.
Manuel sigue acorralando a María Helena, quien comienza a retroceder hacia atrás, poniéndose cada vez más nerviosa.
Manuel: Era la misma mirada de deseo de Lisa. La misma mirada de perra en celo que ella ponía cuando veía a Eduardo.
María Helena: No sé de qué me está hablando.
Manuel logra acorralar por completo a la muchacha en una pared y la rodea con sus brazos. Ella gime asustada.
Manuel: No te hagas y reconócelo de una buena vez. Te gustó mi hermano.
María Helena: Está usted loco. ¿Cómo se le ocurre si quiera pensar algo así cuando él podría ser mi padre?
Manuel: ¿No me escuchaste el otro día? Eduardo no es tu padre ni tampoco el de Lisa. Ella lo sabía muy bien porque yo mismo se lo conté, así que no hubo impedimento para que los dos se revolcaran, pero no juzgo a mi hermano, ¿sabes?
Manuel dice aquello mirando con cierta perversión a María Helena.
Manuel: Lisa era bien fogosa y yo también le di no sólo una, sino varias probaditas.
María Helena: Pero ese no será mi caso. Yo soy muy distinta a mi hermana y se los voy a demostrar a todos.
María Helena intenta quitarse de encima a Manuel, pero la aprisiona contra la pared.
Manuel: Deja de ser estúpida. Tú podrías ser un perfecto reemplazo de ella en todos los sentidos.
El hombre le acaricia el rostro y le habla muy cerca. María Helena se siente aterrorizada.
Manuel: Podrías tener su elegancia, su malicia, su ambición y, ante todo, su fogosidad. Un hombre como mi hermano no es mal partido y ahí lo tienes, a punto de casarse con Marissa y con muchas pretendientes, entre esas Carolina de La Torre y Lisa, que estaba loca por él.
María Helena se sorprende al escuchar tal información.
Manuel: Eso dice mucho, ¿no crees? Ha de ser todo un casanova mi hermanito, aunque no tanto como yo. Tú también te podrías divertir conmigo.
Manuel comienza a pasar su mano por la pierna de la joven.
María Helena: ¡No me toque!
Manuel: ¿Por qué te haces la difícil? ¿A poco un hombre nunca te ha acariciado?
María Helena: (furiosa) ¡Que me deje le digo o voy gritar!
Manuel: Ya. Tranquila.
Manuel se aleja y burla al verla tan asustada y respirando agitada.
María Helena: Lárguese o le voy a contar todo esto a don Eduardo si no me deja en paz.
Manuel: Como quieras. Nada más, piénsalo. Todos saldríamos ganando si por “azares del destino” te casas con nada más y nada menos que mi hermano que es un hombre tan cotizado.
María Helena: (muy seria) ¡Que se largue!
Manuel no borra su sonrisa burlona de su rostro y decide retirarse. María Helena se deja caer en el piso tratando de reponerse del susto que el hombre le hizo pasar.
María Helena: Pablo y aquel muchacho, Danilo, tenían razón. Esta familia está llena de locos y de enfermos. ¿En qué me vine a meter? (Desesperada).
Entretanto, Manuel camina por el pasillo y de forma misteriosa, hace una llamada cuidando no ser visto. Espera unos cuantos segundos hasta que finalmente alguien le contesta al otro lado de la línea.
Manuel: Soy yo. Te llamo para decirte que ya comencé con el plan. Le hice la propuesta a la recién llegada, aunque como me supuse, se hizo la digna y la inmaculada.
INT. / HABITACIÓN / DÍA
Una persona misteriosa, al otro lado de la línea, se enfoca, pero sólo pueden verse sus labios y ojos, habiendo alrededor del resto del rostro lo que parece ser un vendaje. Mira una foto que tampoco puede verse y habla con una voz familiar.
Persona misteriosa: Tienes que intentar convencerla de que acepte. Ella nos será de mucha ayuda. Tú para que te quedes con tu cochina fortuna y yo, para vengarme de todos los malditos que me hicieron daño…
El misterioso personaje tensa todo su rostro con ira y gran rencor al tiempo que pone sobre una mesa la foto que contemplaba hace rato en la cual aparece Lisa.

CONTINUARÁ…
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