Capítulo 33: Nuevas alianzas
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / DÍA

Eduardo comienza a despertar poco a poco. De fondo se escucha una ducha y él mira extrañado a su alrededor.

Eduardo: Ah, no puede ser. Me quedé dormido.
El hombre se sienta soñoliento en la cama y se frota los ojos. El sonido de la ducha cesa y pocos segundos después, Carolina sale del baño envolviendo su cuerpo con una bata. Ella sonríe al verlo.

Carolina: Eduardo, despertaste.
Eduardo: Sí y por lo que veo ya es tarde. ¿Qué hora es?
Carolina: Casi las nueve.
Eduardo: ¡Dios!
Eduardo se levanta exaltado de la cama al escuchar la hora y procede a salir de la habitación.
Carolina: Espérate, Eduardo. ¿A dónde vas?
Carolina evita que salga de la habitación y le cierra la puerta.
Eduardo: Tengo mil cosas que hacer, Carolina. Debiste despertarme más temprano.
Carolina: Es que anoche estabas tan cansado que no quise importunarte y dejé que durmieras un poco más. También te hace falta descansar.
Eduardo: Sí, pero para eso tengo los domingos, además, la idea era quedarme contigo hasta que tú lograras dormir, no que durmiéramos juntos.
Carolina: ¿Por qué te molesta? ¿Tiene algo de malo?
Eduardo: Carolina, tú sabes que soy un hombre comprometido, todavía no oficialmente, pero pienso organizar muy pronto una reunión para pedirle a Marissa que se case conmigo.
Carolina: No entiendo qué tiene que ver eso. Tú y yo hemos sido amigos por mucho tiempo, además…
Marissa llega en ese momento a la habitación, pero al escuchar voces, decide permanecer tras la puerta.

Carolina: Marissa no tiene por qué enterarse. Como habrás podido ver, a pesar de lo que siento por ti y de lo que pasó entre nosotros esa noche, he sido muy discreta.
Marissa se desconcierta y desorbita los ojos sin entender muy bien.
Eduardo: Te agradezco eso y ante todo te pido que lo sigas siendo. Quiero evitar malentendidos y más ahora que vas a quedarte con nosotros unos días.
Carolina: Yo también quiero evita cualquier tipo de malentendido, aunque debo admitir que será muy difícil para mí viviendo bajo el mismo techo que tú.
Carolina deja caer la bata que cubre su cuerpo ante la mirada atónita de Eduardo.
Eduardo: Carolina, ¿qué estás haciendo?
Carolina: Quiero que me hagas tuya de nuevo.
Marissa se cubre la boca con las manos sintiéndose sumamente sorprendida. Carolina, por su parte, se acerca a él.
Carolina: Quiero que antes de que te cases, sólo por una vez más, me hagas sentir tu mujer.
Eduardo: (evitando mirarla) No, Carolina. No hagas esto.
Carolina: (desesperada) Te lo estoy pidiendo. Te prometo que después de esto, me voy de tu casa, de tu vida y no vas a volver a saber de mí.
Eduardo: Carolina, no…
Carolina: Te lo pido, por favor.
Carolina se aferra al hombre que tanto ama e intenta quitarle la camisa.
Eduardo: Basta. Detente. Estás haciendo exactamente lo que hacía Lisa conmigo. ¿Qué no te das cuenta?
Carolina: ¡Sí y no me importa! Las dos somos culpables de habernos apasionado por el mismo hombre y, aunque no justifico nada de lo ella que hizo, entiendo sus razones.
Eduardo: ¡Pues yo no! No me cabe en la cabeza cómo se puede acosar tanto a alguien que dices amar cuando ya te ha dicho que no y te ha rechazado de todas las formas posibles.
Carolina: Yo dejaré de acosarte como dices una vez me hagas el amor, Eduardo. Te lo suplico (Fuera de sí). Es más, con la fortuna que me heredó mi padre, podría hasta sacarte de la quiebra si te casas conmigo.
Eduardo: ¿Qué estás diciendo?
Carolina: Piénsalo. Ganarás más conmigo que casándote con Marissa, por favor. ¡Yo te necesito!
Carolina continúa intentando desvestirlo.
Eduardo: ¡Basta, ya, por favor! ¡No más!
Marissa suelta un gemido de sorpresa y siente que no puede más. Manuel viene pasando por allí luego de haber salido de la habitación de María Helena y al ver a Marissa, se extraña.

Manuel: ¿Qué estás haciendo tú ahí?
Desde adentro, Eduardo y Carolina escuchan a Manuel. El primero se extraña y procede a abrir la puerta.
Carolina: ¡Eduardo, no! ¡No lo hagas!
Una vez que abre la puerta, el hombre se encuentra en primer plano con Marissa. Ésta ve en el fondo de la habitación a Carolina, quien muy avergonzada, toma su bata del piso y se cubre. Manuel también se ha dado cuenta de la situación y todos los presentes se miran entre sí.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique ha encontrado a Cecilia en su departamento y para su sorpresa, la mujer lo ha cacheteado notablemente furiosa y decepcionada.


Luis Enrique: ¿Qué estás haciendo aquí? Creo haber sido claro contigo ese día en el hospital. Tú y yo ya no tenemos nada como para que vengas cuando se te pega la gana a mi departamento y me golpees.
Cecilia: (mostrándole unas llaves) Entonces, debiste haberme pedido esto aquel día para asegurarte de que no pisara más tu departamento de mierda. ¡Infeliz!
Cecilia, muy molesta, le lanza las llaves.
Luis Enrique: (muy serio) ¿Qué quieres?
Cecilia: ¿No lo adivinas?
Luis Enrique: No estoy para tus juegos tontos. Habla de una vez, aunque si vas a venir a rogarme que regrese contigo, ahórrate el discurso y vete. Estar contigo sólo me ha traído problemas.
Cecilia: (dolida) Eso no fue lo que pensaste durante los más de veinte años que estuvimos juntos, pero claro. Milena tenía razón cuando me dijo que nunca te importamos y sólo estuviste casado con la maldita de Marissa para conservar tu lugar, tu estatus, ¿no? ¡Eso querías! (Empujándolo).
Luis Enrique: ¡Pues sí! ¡Lo admito, lo reconozco! (Zarandeándola de los hombros) Por muchos años tuve una vida miserable al lado del que creí que era mi padre. Tuve que comer basura y vivir en el infierno, y Marissa fue la única que me sacó de ahí cuando nos casamos.
Cecilia: (soltándose) Entonces, ¿por qué jugaste conmigo y me hiciste dos hijos si lo único que buscabas era dinero?
Luis Enrique: Tú también querías dinero. Te recuerdo que entre los dos acordamos casarme con una heredera rica para darnos la vida que siempre quisimos. ¿De qué te quejas?
Cecilia: Y yo te recuerdo a ti que solo lo permití para que la despojaras de todo y pudiéramos irnos lejos con nuestros hijos, pero me traicionaste y permaneciste casado con ella por años. ¡Años en los que tuve que conformarme con ser tu amante! (Llorando) ¿Y para qué?
Luis Enrique guarda silencio, sintiéndose acusado, pues sabe que la mujer tiene razón.
Cecilia: ¿Para qué? Dime para qué si sigo siendo una mugre chacha y hoy en día no tengo nada de lo que esperé que tendríamos. Mis hijos me odian y tú me desprecias.
Luis Enrique: Puede que no me creas, pero sí te amé y soñé tener una familia contigo, con nuestros hijos, Cecilia.
Cecilia: Pero te pudo más la ambición, ¿no? (Habla en tono sarcástico).
Luis Enrique: Más que ambición, quería poder, respeto y separarme de Marissa por irme contigo significaba perder todo lo que había construido, y no lo iba a permitir.
Cecilia: Claro, ahora quieres recuperarla y estás dispuesto a hacer hasta las cosas más bajas con tal de lograrlo, pero dudo que la mojigata regrese con alguien de tu calaña, Luis Enrique (Hablándole muy cerca y con mucho desprecio). Ella no va a querer estar con un asesino.
Luis Enrique enmudece el escucharla, pero recupera el semblante y no se deja intimidar.
Luis Enrique: Con eso asumo que lo viste todo, ¿no es así?
Cecilia: ¿Tú qué crees?
Luis Enrique: ¿Y qué pretendes? ¿Amedrentarme? Tú también caíste muy bajo al haberte acostado ese tipejo sucio y maloliente para que matara a Marissa. No eres mejor que yo.
Cecilia: No me creo mejor que tú porque somos tal para cual, y si planeé la muerte de la mojigata, fue para recuperarte, pero ya me doy cuenta que si fuiste capaz de mancharte las manos de sangre por ésa, nada de lo que yo haga servirá para que estemos juntos.
Luis Enrique: ¿Qué quieres entonces? ¿Por qué no te largas y me dejas en paz?
Cecilia: (sonríe irónicamente) No, mi amor (Borra aquella sonrisa y endurece el rostro). Me hiciste perder más de veinticinco años de mi vida y de paso se la arruinaste a nuestros hijos que no tenían la culpa de nuestros errores. Milena ni puede caminar y todo porque me empeñé en ocultarles la verdad, ¿y para qué? ¿Para que nos mandaras por un tubo?
Luis Enrique escucha muy serio y frunciendo el ceño.
Cecilia: Lo que hiciste no tiene perdón, Luis Enrique Escalante y si mis hijos no te lo perdonan, yo menos lo voy a hacer. No tendré compasión contigo y me vas a pagar muy caro esta traición.
Luis Enrique: No me amenaces, Cecilia.
Cecilia: No es una amenaza, fíjate. Voy muy en serio, dispuesta a hundirte al lugar donde perteneces y de donde nunca debiste haber salido.
Luis Enrique: Déjate de estupideces. Tú también tienes mucho que perder si te atreves a abrir la boca.
Cecilia: No tanto como tú porque Carolina de La Torre y tú son los culpables de la muerte de doña Helena, y mataste a Tarcisio no sólo por defender a la mojigata, sino porque creíste que él te estaba chantajeando, pero te equivocaste y mataste a la persona equivocada.
Luis Enrique: ¿Quién me lo asegura? ¿Tú? Porque hay muchas cosas que tú desconoces, pero sí te puedo decir que una de mis razones para planear la muerte de Helena fue para evitar que nuestro hijo saliera implicado gracias a tu brillante idea de convertirlo en amante de Helena (Habla en tono de reproche).
Cecilia: Dudo mucho que lo hicieras por salvarlo. Más bien a mí me late que la mataste por celos porque tú también fuiste su amante, al igual que Epifanio de La Torre y muchos más.
Luis Enrique: Estás completamente loca. No hables de lo que no sabes.
Cecilia: Todo lo contrario. Sé mucho más de lo que crees y ahora es que entendí tu jueguito sucio. No me extrañaría tampoco saber que la solterona esa de la Carolina también es tu amante y la manipulaste para que ella hiciera el trabajo sucio de matar a doña Helena. Total, ella también siempre ha querido quedarse con Eduardo.
Luis Enrique: (furiosa) ¡Cállate ya! Carolina es mucho más que una vulgar amante y no pienso permitir que hables mal de ella.
Cecilia: ¿Ah, sí? ¿Qué tiene de importante esa mujer para ti? ¿Es ella a la que verdaderamente amas, por la que me cambiaste?
Luis Enrique toma a Cecilia del rostro y lo presiona fuertemente con cierta agresividad.
Luis Enrique: Eso no lo pienso discutir contigo, menos ahora que ya te saqué de mi vida para siempre. Lo que tienes que hacer es largarte y mantener tu boquita bien cerrada si no quieres que se me termine de acabar la poca consideración que te tengo al ser la madre de mis hijos.
Cecilia lo escupe y se lo quita de encima.
Cecilia: ¡Intenta detenerme, infeliz! Ya veremos quién sale vencedor.
Cecilia sale del departamento y da un portazo al cerrar la puerta. Luis Enrique limpia la escupa con la manga de su camisa y enfurecido, tira todo lo que encuentra a su paso.
Luis Enrique: ¡Maldita sea! Esto me lo vas a pagar, Cecilia. No pienso permitir que arruines mis planes.
El hombre respira agitado y parece comenzar a maquinar un nuevo plan.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / DÍA
Eduardo ha abierto la puerta encontrándose sorprendido a Marissa, quien evidentemente había estado escuchando toda su conversación con Carolina, quien además le estaba acosando. Manuel también está presente.




Eduardo: ¡Marissa!
Manuel: ¡Vaya, vaya! ¿Tan pronto estás siéndole infiel a mi cuñadita, hermano? Tú no pierdes el tiempo.
Eduardo: (furioso) ¡Cállate, imbécil! Marissa… Marissa, esto no es lo que parece (Intenta acercarse).
Marissa: ¡No te atrevas, Eduardo!
Eduardo: Hablemos, por favor.
Marissa: (seria) ¡Déjame! Necesito estar sola.
Marissa sale apurada de allí, pero Eduardo va tras ella.
Eduardo: ¡Marissa! ¡Marissa, escúchame!
Manuel se mofa de lo que pasó. Carolina, por su parte, se derrumba en el piso, sintiéndose muy consternada.
Carolina: No puede ser. ¿Qué hice? ¿Qué me pasó? Eduardo me va a odiar después de esto. ¿Cómo pude ser tan estúpida?
Manuel: No te preocupes, Carito. Tú no hiciste nada malo.
Carolina le lanza una mala mirada a Manuel y se pone de pie nuevamente.
Carolina: Vete de aquí y déjame sola, Manuel.
Manuel: ¡Vaya! Una más que se atreve a correrme de mi propia casa. ¿Qué les pasa? ¿Que acaso se les olvida que son unas arrimadas nada más?
Carolina: Pues si ese es el problema, no te preocupes. Yo ya me largo de este lugar.
Manuel: (burlesco) ¿A dónde si según me enteré estás en la calle?
Carolina: Eso no es tu incumbencia. Todavía tengo un departamento en la capital en el cual hospedarme. Tengo la fortuna de mi papá y una agencia de modelaje con la cual vivir. No estoy acabada si eso pensabas.
Manuel: ¿Quién ha dicho eso? Yo sé que estás podrida en lana. Tú hasta le podrías convenir más a mi hermano que la Marissa esa.
Carolina: El dinero no es lo que le importa a Eduardo (Dolida). Él no me ama y jamás lo va a hacer por más dinero que yo tenga. Está enamorado de Marissa.
Manuel: (riendo) ¿Enamorado dices? ¡Por favor! ¿De dónde sacas eso?
Carolina se desconcierta.
Manuel: Eduardo no está enamorado de esa mujer.
Carolina: ¿De qué estás hablando?
Manuel: Pues eso mismo. Mi querido hermano sólo quiere casarse con ella por interés, sólo que la prefiere a ella en vez de ti por sus atributos, tú sabes. Él es hombre y nosotros clavamos la vista en la que más nos prenda y tú pues…
Carolina: Eres un asqueroso y, aparte de todo, un mentiroso. Eduardo jamás se casaría con esas intenciones. De ser así, se habría ido a la cama conmigo y no respetaría su relación con Marissa.
Manuel: Ya te lo dije. Tú no le incitas a nada, sino se hubiera liado contigo aun estando con Helena. Eres demasiado insignificante para él.
Carolina enfurece e intenta cachetearlo, pero él le detiene la mano.
Manuel: Óyeme, no te pases, eh. Mi madre ya está muerta y solo a ella le aguantaba cachetadas, estúpida.
Carolina zafa su mano de mala gana.
Carolina: Mejor vete que debo vestirme para largarme muy lejos de aquí. Ya no tengo motivos por los cuales quedarme en este pueblo. Eduardo me va a correr luego de esto.
Manuel: Yo que tú lo pensaba. Todavía nada está perdido y tú y yo podríamos ayudarnos mutuamente.
Manuel sonríe con malicia, saca su celular y luego de hurgar entre sus archivos, comienza a reproducir la grabación que había realizado la vez pasando conversando con Eduardo. Carolina escucha con suspicacia.
GRABACIÓN
Manuel: ¿Y no te parece un poco injusto repetir la historia? Vas a hacerle lo mismo que te hicieron a ti y no sólo eso. Para ella será peor después de su fracaso matrimonial con Luis Enrique.
Eduardo: (exasperado) Eso no tienes que recordármelo. Lo sé perfectamente.
Manuel: ¿Y no te importa?
Eduardo: Mira Manuel. No entiendo qué buscas diciéndome todo esto. No creo que te importe cómo se pueda sentir Marissa.
Manuel: Tan solo estoy asegurando mi terreno. Tu matrimonio con esa mujer también me beneficia, recuerda, y no me gustaría que te echaras para atrás con el plan.
Eduardo: Pues si te hace sentir más tranquilo, no te preocupes. Ya te lo había dicho y te lo repito. Me casaré para que recuperemos la hacienda y volvamos a ser quiénes éramos antes. ¿Eso era lo que querías escuchar? Ahí tienes.
FIN DE LA GRABACIÓN
Carolina termina de escuchar muy sorprendida. Manuel sigue sonriendo con malicia.
Manuel: ¿Qué me dices ahora? ¿Todavía te parece que Eduardo es el hombre perfecto?
Carolina: No lo puedo creer. Yo pensé que…
Manuel: Pensaste mal y ahí lo tienes. Mi hermanito sólo busca sacar partido de su matrimonio y por nada del mundo quiere echar por la borda sus planes enredándose contigo. Es todo.
Carolina: ¿Marissa conoce la existencia de esa grabación?
Manuel: Claro que no. He estado esperando el momento oportuno y ya que tú estás aquí, ambos podríamos echarnos una mano, ¿no crees?
Carolina: ¿Qué es lo que quieres?
Manuel: Ayúdame a que esos dos terminen y tú te casas con Eduardo. Muy simple.
Carolina: (incrédula) Dudo que sea así de simple como dices. ¿Qué vas a ganar tú?
Manuel: Mucho. Recuerda que, del matrimonio de Eduardo, también depende mi futuro económico y tú tienes mucho más que ofrecer, así que, ¿qué dices?
Manuel extiende su mano en señal de trato.
Manuel: ¿Vas a aceptar o no?
Carolina se ve pensativa y dudosa, mirando con suspicacia la mano del hombre. Entretanto, Marissa baja las escaleras a paso rápido huyendo de Eduardo, quien continúa siguiéndola. Pablo está en la sala y se percata de lo que ocurre.



Eduardo: Marissa, te lo pido. Tenemos que hablar de lo que viste. No puedes pensar mal de mí.
Marissa: (molesta) ¡Te dije que me dejaras sola, Eduardo! No quiero hablar contigo en este momento.
Eduardo: Marissa…
Pablo se interpone.
Pablo: Creo que ya escuchaste muy bien a mi mamá, Eduardo. Ella ahorita no quiere hablar contigo.
Eduardo: Discúlpame, Pablo, pero tú no sabes lo que pasó y esto es algo entre tu madre y yo.
Eduardo intenta seguir. Pablo continúa interponiéndose.
Pablo: Pues ahí me vas a tener que disculpar tú a mí, pero es mi mamá y no voy a dejar que nadie la importune. Ella ya suficiente tuvo con Luis Enrique como para que tú le vengas a hacer lo mismo y con su hermana.
Eduardo: (exasperado) Mira, no sé qué tanto sabes, pero te juro que todo se trata de un malentendido y tengo que hablar con ella para explicarle.
Pablo: Entonces, hazlo más tarde, pero ahorita no. Déjala sola para que piense.
Pablo mira muy serio a Eduardo y va tras su madre. Eduardo, exasperado, empuña una mano y golpea la pared. Cruz, de lejos, observa todo y se ríe, mofándose de la situación para luego retirarse.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

María Helena se pasea cerca de las caballerizas de la hacienda y contempla pensativa la extensa pradera mientras recuerda un breve momento vivido la noche anterior en la cocina.

FLASHBACK
Eduardo se da la vuelta, encontrándose con María Helena, quien está en bata. La muchacha se apena al verlo.
María Helena: ¡Ay, señor! Discúlpeme usted, no sabía que usted estaba aquí.
La muchacha no puede evitar ver su torso de abajo hacia arriba con cierta curiosidad.
FIN DEL FLASHBACK
María Helena deja de recordar y deja que el viento sople su cabello mientras continúa mirando al horizonte. Más fragmentos de ese momento siguen llevando a su cabeza.
FLASHBACK
María Helena: Espero todo les salga bien y que sean muy felices. Usted se lo merece.
Eduardo: ¿Por qué lo dices?
María Helena: (sonriendo nerviosa) Bueno, porque se ve que usted es retebuena persona, un buen hombre y por lo que he entendido, ha sufrido mucho y… Es muy guapo, también (Baja la cabeza apenada).
FIN DEL FLASHBACK
FLASHBACK
Eduardo se acerca a la muchacha al tiempo que habla y toma el rostro de ella entre sus manos mirándola con un cierto cariño genuino. Ella se estremece un poco al sentirlo tan cerca.
Eduardo: Si la vida me da la oportunidad de tener otra hija, te juro que sería el hombre más feliz del mundo.
María Helena: Ay, señor (Se aleja un poco). Qué bonito suena eso y más para mí que crecí sin un papá que me enseñara tantísimas cosas. No sabe la falta que me hizo.
Eduardo: (sonriéndole) Esperemos que en mí puedas ver un padre, incluso si la prueba sale negativa. Me recuerdas mucho a Lisa antes de que se corrompiera tanto (Esboza su sonrisa).
María Helena: Pero yo nunca voy a ser como ella. Téngalo por seguro.
Los dos se sonríen mutuamente
FIN DEL FLASHBACK
María Helena deja de recordar y se siente notablemente abrumada frotando entre sí sus manos.
María Helena: Dios mío. ¿Qué me está pasando? ¿Por qué me siento tan reterara?
La muchacha tiene un recuerdo más de aquella mañana.
FLASHBACK
Manuel: Deja de fingir que yo te vi anoche, ¿sabes? Cuando estabas en la cocina con mi hermano. Reconocí en tus ojos esa mirada.
Manuel sigue acorralando a María Helena, quien comienza a retroceder hacia atrás, poniéndose cada vez más nerviosa.
Manuel: Era la misma mirada de deseo de Lisa. La misma mirada de perra en celo que ella ponía cuando veía a Eduardo.
María Helena: No sé de qué me está hablando.
Manuel logra acorralar por completo a la muchacha en una pared y la rodea con sus brazos. Ella gime asustada.
Manuel: No te hagas y reconócelo de una buena vez. Te gustó mi hermano.
FIN DEL FLASHBACK
María Helena: Debo reconocer que el sangrón ese tiene razón. Don Eduardo es un hombre tan guapo y se ve tan buena persona, pero no. Yo no puedo verlo con esos ojos y nunca podría (Preocupada). Más sabiendo que existe la posibilidad de que él sea mi papá.
Danilo viene cerca cargando una paca de heno para caballos y alcanza a ver a María Helena de espaldas, por lo que se extraña y descarga el heno.

Danilo: ¡Óyeme, tú!
María Helena se asusta y se da la vuelta, sorprendiendo y apenando a Danilo, quien no la había reconocido.
Danilo: Ah, lo siento. Discúlpeme. Pensé que era una muchacha de servicio. Ellas no tienen autorización para caminar por aquí.
María Helena: (sonriéndole un poco) No te preocupes. Estaba tomando un paseo. No sabía que estuviera prohibido.
Danilo: Pues usted es la dueña, supongo. Puede caminar por donde quiera.
María Helena: Todavía no soy dueña de nada y tampoco es que me interese serlo. Yo prefiero que me vean como una persona normal.
Danilo: La entiendo, pero va a tener que irse acostumbrando a este estilo de vida. Lo digo porque escuché que usted viene de un barrio humilde de la ciudad y entre los ricos las cosas se manejan muy distinto.
María Helena: Eso he visto y estaba más tranquila en mi casita con mi mamá y no aquí donde no sé ni qué me espera. Tú mismo se lo decías el otro día a Pablo.
Danilo: (avergonzado) ¿Usted nos escuchó hablando?
María Helena: Sí, pero no te dé pena. Tampoco es que hayan dicho nada malo de mí, a diferencia de la otra gente que trabaja aquí que no me conocen y ya me tachan de oportunista y no sé qué más cosas feas (Desanimada).
Danilo: Sí, así son, pero no les preste mucha atención y siga siendo usted misma. La gente siempre va a hablar para bien o para mal.
María Helena: Tienes razón, aunque no te niego que quisiera salir corriendo y olvidarme de esta familia, pero no me atrevo por mi mamá que está enferma y pensar que la tengo lejos me pone peor.
María Helena baja la cabeza y siente que se le forma un nudo en la garganta. Danilo la oye con cierta compasión.
María Helena: (solloza) Cuánto quisiera que ella estuviera conmigo para que me acompañara y me diera fuerzas, pero no. Me toca ser fuerte y valerme por mí misma esta vez.
Danilo saca de uno de los bolsillos de su jean un pañuelo y se lo entrega, esbozando una sonrisa.
Danilo: Tome. Son de los que uso para secarme a veces el sudor, pero ese está limpio, eh. Se lo juro. No lo he usado.
María Helena ríe un poco por el comentario y lo acepta para secarse un poco los ojos de las lágrimas que estaba a punto de derramar.
María Helena: Gracias y discúlpame. Apenas y me conoces, y ya me ves llorando.
Danilo: Pierda cuidado. Por aquí voy a estar a sus órdenes para todo lo que necesite. Me llamo Danilo, por cierto.
María Helena: Gracias, Danilo. Me imagino tú ya debes saber mi nombre, pero no está de más que me presente, así que mucho gusto (Extiende su mano). María Helena.
Danilo: Mucho gusto, señorita.
Los dos muchachos estrechan su mano e intercambian sonrisas. Tal parece han simpatizado a primera vista.
María Helena: Pero no me digas eso de “señorita”, por fa. Yo no soy tu patrona ni nada y se me hace superaburrido.
Danilo: Discúlpeme. Es la costumbre.
María Helena: Entonces vete desacostumbrando. Me gustaría más hacer amigos que tener gente que me esté venerando.
Danilo: Pues no creo que se me haga fácil, pero le prometo que voy a intentar.
Los dos continúan sonriéndose entre sí.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CASIMIRA / DÍA
Marissa se encuentra gimoteando sentada en la cama. Pablo toca la puerta insistentemente.


Pablo: Mamá, ábreme, por favor. ¿Qué fue lo que pasó que te pusiste así?
Marissa: Déjame sola, hijo. Estoy bien. No te preocupes.
Pablo suelta un suspiro y decide entrar sin haber sido autorizado.
Marissa: (un poco molesta) Pablo…
Marissa baja la cabeza y se limpia las lágrimas con discreción.
Pablo: Discúlpame, pero esta vez no te voy a obedecer. Recuerdo bien la última vez que estuviste en ese estado y me dijiste exactamente lo mismo, que no me preocupara, que estabas bien y esa misma noche tuviste el accidente aquel después de descubrir que Luis Enrique te era infiel.
Marissa guarda silencio y evita mirarlo. Pablo la mira, conmovido, y se sienta a su lado tomándola de las manos.
Pablo: Tú y yo siempre hemos sido muy cercanos y me parece que ya suficiente tuviste casada con Luis Enrique, pretendiendo que tenías el matrimonio perfecto con él para que yo no me preocupara, pero ya no está bueno de fingir, mamá. Yo ya soy un hombre y entiendo todo.
Marissa ríe levemente ante aquel comentario y le sonríe a su hijo.
Marissa: Me cuesta a veces aceptarlo, pero yo lo sé mi amor. Yo sé que tú ya eres todo un hombre, pero esto no tiene que ver con el hecho de que hayas madurado.
Pablo: ¿Entonces? ¿A poco no me tienes confianza?
Marissa: Claro que no. No es eso. Es sólo que prefiero que estés al margen de lo que tenga que ver con mi vida amorosa porque soy madre, pero también mujer y son situaciones con las que sé cómo lidiar.
Pablo: Puede que tengas razón, pero no por eso voy a permitir que pases lo mismo que pasaste con Luis Enrique o que te falten al respeto. Dime qué viste allá arriba. ¿La señora esta, Cruz, dijo la verdad? ¿Eduardo y Carolina durmieron juntos?
Marissa suelta un suspiro sintiéndose un poco indecisa de contarle.
Marissa: Sí, pero lo que me puso mal no fue eso. Carolina está enamorada de Eduardo desde hace mucho tiempo.
Pablo: (sorprendido) ¿Cómo?
Marissa: Bueno, yo ya lo sabía. Hubo una vez que él le pidió a ella que nos ayudara con los preparativos de la boda, mucho antes de que ambas supiéramos que somos hermanas y se puso muy mal, solo que pensé que lo había superado, pero ya vi que no.
Pablo: ¿Por qué lo dices? ¿Qué más pasó?
Marissa: Te lo voy a decir, pero quiero que seas extremadamente prudente con esto y no hagas nada, por favor.
Pablo: ¿Tan serio es que me lo dices en ese tono?
Marissa: (seria) Tan sólo prométemelo, Pablo.
Pablo: Está bien. No te preocupes. Te lo prometo.
De repente, una joven empleada de servicio doméstico toca la puerta entreabierta.
Empleada: Disculpen que interrumpa. Venía para informar que tiene usted visita, señora.
Marissa: (extrañada) ¿Yo? ¿Visita?
Empleada: Es el señor Luis Enrique Escalante.
Marissa empalidece al escuchar tal nombre y cruza miradas con su hijo, quien no se imagina en absoluto lo sucedido la noche anterior. Éste se extraña.
Pablo: ¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué te quedaste tan callada así de la nada?
Marissa traga saliva y trata de reponerse para fingir que todo anda bien.
Marissa: Por nada, hijo. Es sólo que no esperaba a Luis Enrique.
Pablo: ¿Vas a recibirlo?
Marissa: Sí, claro. Iré para ver qué quiere.
Pablo: Bueno, pero no te olvides de que tenemos una plática pendiente, eh.
Marissa: Claro que no. Tranquilo. Te veo más tarde.
Marissa sonríe forzada y le da un beso a Pablo en la frente para luego retirarse de la habitación. Pablo se queda un poco extrañado por su repentina actitud.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Efectivamente, Luis Enrique aguarda de pie en la sala de la gran casa que hace parte de la hacienda y mira a través de la ventana. Eduardo pasa por allí y, al verlo, frunce el ceño.


Eduardo: ¿Luis Enrique?
Luis Enrique: (dándose la vuelta) ¡Eduardo, hombre! Vaya gusto verte (Hipócrita).
Eduardo: ¿Qué se te ofrece? Me es extraño verte por estos lares desde tan temprano.
Luis Enrique: Te diría que vine para que hablemos de negocios, pero no. Para serte muy sincero vine por Marissa.
Eduardo: Como todos los demás días, ¿no?
Luis Enrique: ¿Disculpa?
Eduardo: ¿Vas a negarme que últimamente ese tu único motivo para pisar esta casa?
Luis Enrique: Pues no sé a qué viene a la pregunta, pero…
Eduardo: (lo interrumpe) Mira, Luis Enrique. Hace ya unos meses que cambié y ya no permito que me vean la cara de idiota como tú y tantos otros pudieron habérmela visto antes.
Luis Enrique: Me doy cuenta. Te veo más seguro de ti y ya ni bebes. Estabas en un estado deplorable.
Eduardo: Estado al que ya no voy a volver para que personas hipócritas como tú se aprovechen.
Luis Enrique: Creo que te estás equivocando conmigo. Yo jamás intenté aprovecharme de tu mal momento. Te recuerdo que siempre estuve ahí apoyándote.
Eduardo: Sí, claro. Apoyándome (Habla en tono sarcástico). Bien que recuerdo que en una ocasión me insinuaste que lo mejor que podía hacer era acabar con mi vida, ¿y sabes una cosa?
Luis Enrique se siente confrontado y guarda silencio mirando suspicaz a Eduardo.
Eduardo: Lo peor es que lo consideré e incluso lo intenté. De no ser por Marissa, ahorita estaría en el cementerio, enterrado junto a Helena, Lisa y mi madre.
Luis Enrique: ¿Qué te puedo decir? Malinterpretaste mis palabras. Yo en ningún momento te insinué tal cosa y sólo intenté aconsejarte.
Eduardo: Pues ya no necesito de tus consejos y como no me gusta andarme con rodeos, tampoco quiero que te acerques a Marissa. Ella va a ser mi esposa y ya se divorció de ti.
Luis Enrique: No sé quién te llenó la cabeza de basura, pero si lo que intentas decir es que pretendo reconquistar a Marissa, te equivocas de nuevo.
Eduardo: ¿Ah, no? ¿Cómo explicas entonces tu repentino interés en ella? El otro día hasta los encontré juntos en medio de la nada, dormidos, abrazados, dentro de tu coche. Al día siguiente la invitas a comer con Pablo y hoy tan campante la vienes a visitar en mi casa. ¿Qué puedo pensar?
Marissa hace aparición en la escena y se percata de que los dos hombres discuten.

Marissa: ¿Qué está pasando?
Luis Enrique: Marissa, qué bueno que llegas.
Marissa: (seria) ¿Qué estás haciendo aquí, Luis Enrique?
Luis Enrique: Tenemos que hablar y lo sabes. Hay un asunto pendiente que tenemos que resolver.
Eduardo se extraña. Marissa se incomoda y mira a su exesposo como si quisiera callarlo con los ojos.
Marissa: Tienes razón, pero eso no es algo que debamos discutir en este lugar ni tampoco es el momento.
Luis Enrique: ¿Por qué no? A mí me parece que este es el momento perfecto para hablar de lo que ocurrió anoche aprovechando que Eduardo está presente.
Eduardo: Quien ahora pregunta qué pasa soy yo. ¿Qué se traen ustedes dos?
Marissa: (cortante) Nada. Luis Enrique, por favor, retírate. Yo luego me pongo en contacto contigo.
Luis Enrique: Lo siento, Marissa, pero si tú no me quieres escuchar, voy a hablar con Eduardo antes de que toda esta situación se salga de control. Después de todo, él va a ser tu esposo.
Marissa: Te estoy diciendo que no. Vete y déjamelo a mí. Yo me puedo hacer cargo.
Luis Enrique: Muy bien, si esa es tu última palabra, no me dejas opción. Eduardo, Marissa está corriendo un grave peligro.
Eduardo: (desconcertado) ¿Cómo que peligro? Explícate.
Marissa: Luis Enrique, cállate.
Luis Enrique: Cecilia ha intentado asesinarla en dos ocasiones.
Eduardo se sorprende en gran manera al escuchar a su socio. Marissa se frota el rostro con una mano, en señal de frustración y resignación.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / DÍA
Carolina está terminando de peinarse frente al tocador cuando, de repente, tocan la puerta.

Carolina: Adelante.

Cruz: (entrando) Señorita Carolina. El licenciado Héctor Mantilla ya está en el despacho de don Eduardo esperándola para iniciar con la lectura del testamento.
Carolina: Está bien. En un rato bajo.
Cruz: Me solicitó también que estén presentes Marissa y esa muchacha, María Helena Quintana.
Carolina deja de peinarse el cabello y voltea a ver sorprendida a su ama de llaves.
Carolina: ¿Me estás hablando en serio? ¿Por qué ellas?
Cruz: Intenté averiguarlo y sacarle información al abogado con mis habilidades comunicativas, pero me fue imposible. Tan solo me dijo eso.
Carolina: Tampoco hay que ser muy inteligente como para saber que si están citadas es porque mi padre les dejó algo por ser sus hijas también.
Cruz: En cambio a mí, sólo me dejó pesares y fatigas el viejo gruñón ese.
Carolina: (molesta) Cruz, no te refieras así a mi padre. Respeta su memoria.
Cruz: Discúlpeme. Es que fueron tantos años de amarlo incondicionalmente a cambio de malos tratos, pero usted también es mujer y puede entenderme. Después de todo, a usted le pasa exactamente lo mismo con Eduardo Román.
Carolina: Sí, no te lo voy a negar.
Carolina se queda pensativa mirando su reflejo en el espejo.
Carolina: Yo siempre he estado ahí para Eduardo, amándolo incondicionalmente como tú lo hiciste con mi padre, pero él sólo me rechaza, me humilla…
Cruz: ¿Lo ve? Estamos en la misma posición.
Carolina: Pero eso no será por mucho tiempo, Cruz.
Cruz: (extrañada) ¿A qué se refiere?
Carolina se pone de pie y endurece un poco el rostro mirando a su ama de llaves fijamente.
Carolina: A que esa Carolina buena y estúpida se acabó. No voy a permitir que Eduardo siga haciéndome de lado. Él va a ser mío a como dé lugar.
Cruz: ¡Ay, señorita! Me asusta con esa forma de hablar, además, ¿cómo se le ocurre pensar en algo así cuando usted bien sabe que él está comprometido y justo con su hermana?
Carolina: ¡Ay, por favor! Marissa podrá ser mi hermana de sangre, pero no hay ningún vínculo afectivo que nos una. Cada una creció lejos de la otra e hizo su vida de forma muy distinta.
Cruz: (susurrando) Pues aquí entre nos, a mí tampoco es que me caiga muy bien esa suripanta con su cara de “yo no fui”. Usted sí que se merece a don Eduardo que ha luchado tanto por él.
Carolina: (sonriendo) Me da gusto ver que estamos en la misma sintonía, mi Crucecita bella, así que yo creo que tú me vas a hacer de mucha ayuda.
Cruz: (sorprendida) ¿Yo? ¿De veras?
Carolina: Claro. Tú te vas a encargar de darle la estocada final a Marissa para que se aleje para siempre de Eduardo y ya se me está ocurriendo cómo. Manuel nos va a ayudar.
Cruz: Lo que me da pena es hacerle daño. Nadie merece sufrir por amor. Usted y yo bien que conocemos esa sensación.
Carolina: No te creas. Hay algo sobre Eduardo que tú no sabes y que ella tampoco, así que nos va a terminar agradeciendo que la apartemos de él. Ya verás por qué te lo digo.
Carolina sonríe con malicia y en complicidad con Cruz.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Entretanto, Luis Enrique acaba de contarle a Eduardo sobre las veces en que Cecilia ha atentado contra la vida de Marissa, información que ha dejado sorprendido a este último.



Eduardo: Lo que estás diciendo es sumamente grave, Luis Enrique. Estás acusando a tu mujer de un intento de asesinato.
Luis Enrique: Cecilia y yo ya no tenemos nada, menos desde que me enteré de todas las cosas que ha hecho para acabar con la vida de Marissa, pero si no me crees, pregúntaselo.
Eduardo: ¿Es eso cierto, Marissa? ¿Cecilia ha intentado matarte?
Marissa: (asentando con la cabeza) Sí, es verdad.
Eduardo suelta una larga bocanada de aire.
Eduardo: Claro, ahora lo entiendo todo. Con razón noté cierta tensión entre ustedes ayer.
Marissa: Ella siempre me ha odiado a muerte, mucho antes de que me divorciara. Estoy casi segura que incluso ella fue quien me envió las fotos con las que descubrí su relación con Luis Enrique.
Eduardo: ¿Y por qué no me dijiste nada? Esto es muy serio, Marissa.
Marissa: Porque quería evitar un problema mayor con ella y causarles más dolor a sus hijos. Danilo y Milena ya han sufrido muchísimo por sus errores y solo estaba pensando qué hacer.
Eduardo: Muy bien, pues ahora que lo sé, dime exactamente qué te hizo esa mujer.
Luis Enrique: Tú me mencionabas hace un rato aquella ocasión en que nos encontraste perdidos en media de la nada a Marissa y a mí, pero lo que no sabes es que solo la salvé de que una turba enfurecida con piedras en mano y liderada por Cecilia la desterrara de Villa Encantada.
Eduardo: (muy sorprendido) ¿Desterrarla?
Marissa: Así es. Por esa razón me lastimé el tobillo cuando estaba tratando de huir.
Luis Enrique: Pero eso no es todo. Lo que pasó anoche rebozó los límites y esta vez, el inútil de tu capataz estuvo involucrado.
Eduardo: (confundido) ¿Tarcisio? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?
Luis Enrique mira a Marissa en señal de que sea ella quien le relate a Eduardo los hechos.
Eduardo: Habla, Marissa. Necesito saber qué pasó. No voy a permitir que ese tipo de gente trabaje para mí y estén en mi casa.
Marissa inhala y trata de hablar al tiempo que sus ojos comienzan a sollozar.
Marissa: Cecilia y Tarcisio me secuestraron engañada. Me drogaron y me llevaron a un terreno abandonado lejos donde él tuviera la oportunidad de violarme y después asesinarme.
Eduardo desorbita los ojos sin poder dar crédito a tales hechos.
Marissa: Los dos lo acordaron a cambio de que ella se acostara con él.
Eduardo: No me digas que ese desgraciado te...
Marissa: No, no lo logró. Por suerte, en ese momento, Luis Enrique…
Marissa se detiene abruptamente y derrama un par de lágrimas recordando con dolor aquella fuerte situación.
Luis Enrique: Vamos, Marissa. Díselo tranquila. No tengo ningún problema en que Eduardo sepa que le disparé a ese maldito cerdo para quitártelo de encima.
Eduardo voltea a ver a su socio cada vez más sorprendido.
Eduardo: ¿Lo mataste?
Marissa rompe a llorar mientras que Luis Enrique guarda silencio durante algunos segundos ante la mirada aterrada de Eduardo.
Luis Enrique: Me habría gustado, pero no.
Marissa se exalta al escucharlo.
Marissa: ¿Qué?
Luis Enrique: Lo que les dije. Tarcisio está muerto, pero yo no lo maté.
Marissa: (negando con la cabeza) Eso… Eso no puede ser. Tú me dijiste que me fuera y yo luego escuché un disparo.
Luis Enrique: En efecto, ese fue el disparo que acabó con la vida de ese tipo, pero no fui yo.
Eduardo: Explícate mejor. ¿De qué estás hablando?
Luis Enrique: Cecilia fue quien disparó. Ella mató a Tarcisio.
Marissa y Eduardo se impactan en gran manera al escuchar a Luis Enrique. Él permanece serio y trata de mostrar una actitud creíble luego de haber relatado tal versión distorsionada de los hechos.
CONTINUARÁ…

Eduardo comienza a despertar poco a poco. De fondo se escucha una ducha y él mira extrañado a su alrededor.

Eduardo: Ah, no puede ser. Me quedé dormido.
El hombre se sienta soñoliento en la cama y se frota los ojos. El sonido de la ducha cesa y pocos segundos después, Carolina sale del baño envolviendo su cuerpo con una bata. Ella sonríe al verlo.

Carolina: Eduardo, despertaste.
Eduardo: Sí y por lo que veo ya es tarde. ¿Qué hora es?
Carolina: Casi las nueve.
Eduardo: ¡Dios!
Eduardo se levanta exaltado de la cama al escuchar la hora y procede a salir de la habitación.
Carolina: Espérate, Eduardo. ¿A dónde vas?
Carolina evita que salga de la habitación y le cierra la puerta.
Eduardo: Tengo mil cosas que hacer, Carolina. Debiste despertarme más temprano.
Carolina: Es que anoche estabas tan cansado que no quise importunarte y dejé que durmieras un poco más. También te hace falta descansar.
Eduardo: Sí, pero para eso tengo los domingos, además, la idea era quedarme contigo hasta que tú lograras dormir, no que durmiéramos juntos.
Carolina: ¿Por qué te molesta? ¿Tiene algo de malo?
Eduardo: Carolina, tú sabes que soy un hombre comprometido, todavía no oficialmente, pero pienso organizar muy pronto una reunión para pedirle a Marissa que se case conmigo.
Carolina: No entiendo qué tiene que ver eso. Tú y yo hemos sido amigos por mucho tiempo, además…
Marissa llega en ese momento a la habitación, pero al escuchar voces, decide permanecer tras la puerta.

Carolina: Marissa no tiene por qué enterarse. Como habrás podido ver, a pesar de lo que siento por ti y de lo que pasó entre nosotros esa noche, he sido muy discreta.
Marissa se desconcierta y desorbita los ojos sin entender muy bien.
Eduardo: Te agradezco eso y ante todo te pido que lo sigas siendo. Quiero evitar malentendidos y más ahora que vas a quedarte con nosotros unos días.
Carolina: Yo también quiero evita cualquier tipo de malentendido, aunque debo admitir que será muy difícil para mí viviendo bajo el mismo techo que tú.
Carolina deja caer la bata que cubre su cuerpo ante la mirada atónita de Eduardo.
Eduardo: Carolina, ¿qué estás haciendo?
Carolina: Quiero que me hagas tuya de nuevo.
Marissa se cubre la boca con las manos sintiéndose sumamente sorprendida. Carolina, por su parte, se acerca a él.
Carolina: Quiero que antes de que te cases, sólo por una vez más, me hagas sentir tu mujer.
Eduardo: (evitando mirarla) No, Carolina. No hagas esto.
Carolina: (desesperada) Te lo estoy pidiendo. Te prometo que después de esto, me voy de tu casa, de tu vida y no vas a volver a saber de mí.
Eduardo: Carolina, no…
Carolina: Te lo pido, por favor.
Carolina se aferra al hombre que tanto ama e intenta quitarle la camisa.
Eduardo: Basta. Detente. Estás haciendo exactamente lo que hacía Lisa conmigo. ¿Qué no te das cuenta?
Carolina: ¡Sí y no me importa! Las dos somos culpables de habernos apasionado por el mismo hombre y, aunque no justifico nada de lo ella que hizo, entiendo sus razones.
Eduardo: ¡Pues yo no! No me cabe en la cabeza cómo se puede acosar tanto a alguien que dices amar cuando ya te ha dicho que no y te ha rechazado de todas las formas posibles.
Carolina: Yo dejaré de acosarte como dices una vez me hagas el amor, Eduardo. Te lo suplico (Fuera de sí). Es más, con la fortuna que me heredó mi padre, podría hasta sacarte de la quiebra si te casas conmigo.
Eduardo: ¿Qué estás diciendo?
Carolina: Piénsalo. Ganarás más conmigo que casándote con Marissa, por favor. ¡Yo te necesito!
Carolina continúa intentando desvestirlo.
Eduardo: ¡Basta, ya, por favor! ¡No más!
Marissa suelta un gemido de sorpresa y siente que no puede más. Manuel viene pasando por allí luego de haber salido de la habitación de María Helena y al ver a Marissa, se extraña.

Manuel: ¿Qué estás haciendo tú ahí?
Desde adentro, Eduardo y Carolina escuchan a Manuel. El primero se extraña y procede a abrir la puerta.
Carolina: ¡Eduardo, no! ¡No lo hagas!
Una vez que abre la puerta, el hombre se encuentra en primer plano con Marissa. Ésta ve en el fondo de la habitación a Carolina, quien muy avergonzada, toma su bata del piso y se cubre. Manuel también se ha dado cuenta de la situación y todos los presentes se miran entre sí.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique ha encontrado a Cecilia en su departamento y para su sorpresa, la mujer lo ha cacheteado notablemente furiosa y decepcionada.


Luis Enrique: ¿Qué estás haciendo aquí? Creo haber sido claro contigo ese día en el hospital. Tú y yo ya no tenemos nada como para que vengas cuando se te pega la gana a mi departamento y me golpees.
Cecilia: (mostrándole unas llaves) Entonces, debiste haberme pedido esto aquel día para asegurarte de que no pisara más tu departamento de mierda. ¡Infeliz!
Cecilia, muy molesta, le lanza las llaves.
Luis Enrique: (muy serio) ¿Qué quieres?
Cecilia: ¿No lo adivinas?
Luis Enrique: No estoy para tus juegos tontos. Habla de una vez, aunque si vas a venir a rogarme que regrese contigo, ahórrate el discurso y vete. Estar contigo sólo me ha traído problemas.
Cecilia: (dolida) Eso no fue lo que pensaste durante los más de veinte años que estuvimos juntos, pero claro. Milena tenía razón cuando me dijo que nunca te importamos y sólo estuviste casado con la maldita de Marissa para conservar tu lugar, tu estatus, ¿no? ¡Eso querías! (Empujándolo).
Luis Enrique: ¡Pues sí! ¡Lo admito, lo reconozco! (Zarandeándola de los hombros) Por muchos años tuve una vida miserable al lado del que creí que era mi padre. Tuve que comer basura y vivir en el infierno, y Marissa fue la única que me sacó de ahí cuando nos casamos.
Cecilia: (soltándose) Entonces, ¿por qué jugaste conmigo y me hiciste dos hijos si lo único que buscabas era dinero?
Luis Enrique: Tú también querías dinero. Te recuerdo que entre los dos acordamos casarme con una heredera rica para darnos la vida que siempre quisimos. ¿De qué te quejas?
Cecilia: Y yo te recuerdo a ti que solo lo permití para que la despojaras de todo y pudiéramos irnos lejos con nuestros hijos, pero me traicionaste y permaneciste casado con ella por años. ¡Años en los que tuve que conformarme con ser tu amante! (Llorando) ¿Y para qué?
Luis Enrique guarda silencio, sintiéndose acusado, pues sabe que la mujer tiene razón.
Cecilia: ¿Para qué? Dime para qué si sigo siendo una mugre chacha y hoy en día no tengo nada de lo que esperé que tendríamos. Mis hijos me odian y tú me desprecias.
Luis Enrique: Puede que no me creas, pero sí te amé y soñé tener una familia contigo, con nuestros hijos, Cecilia.
Cecilia: Pero te pudo más la ambición, ¿no? (Habla en tono sarcástico).
Luis Enrique: Más que ambición, quería poder, respeto y separarme de Marissa por irme contigo significaba perder todo lo que había construido, y no lo iba a permitir.
Cecilia: Claro, ahora quieres recuperarla y estás dispuesto a hacer hasta las cosas más bajas con tal de lograrlo, pero dudo que la mojigata regrese con alguien de tu calaña, Luis Enrique (Hablándole muy cerca y con mucho desprecio). Ella no va a querer estar con un asesino.
Luis Enrique enmudece el escucharla, pero recupera el semblante y no se deja intimidar.
Luis Enrique: Con eso asumo que lo viste todo, ¿no es así?
Cecilia: ¿Tú qué crees?
Luis Enrique: ¿Y qué pretendes? ¿Amedrentarme? Tú también caíste muy bajo al haberte acostado ese tipejo sucio y maloliente para que matara a Marissa. No eres mejor que yo.
Cecilia: No me creo mejor que tú porque somos tal para cual, y si planeé la muerte de la mojigata, fue para recuperarte, pero ya me doy cuenta que si fuiste capaz de mancharte las manos de sangre por ésa, nada de lo que yo haga servirá para que estemos juntos.
Luis Enrique: ¿Qué quieres entonces? ¿Por qué no te largas y me dejas en paz?
Cecilia: (sonríe irónicamente) No, mi amor (Borra aquella sonrisa y endurece el rostro). Me hiciste perder más de veinticinco años de mi vida y de paso se la arruinaste a nuestros hijos que no tenían la culpa de nuestros errores. Milena ni puede caminar y todo porque me empeñé en ocultarles la verdad, ¿y para qué? ¿Para que nos mandaras por un tubo?
Luis Enrique escucha muy serio y frunciendo el ceño.
Cecilia: Lo que hiciste no tiene perdón, Luis Enrique Escalante y si mis hijos no te lo perdonan, yo menos lo voy a hacer. No tendré compasión contigo y me vas a pagar muy caro esta traición.
Luis Enrique: No me amenaces, Cecilia.
Cecilia: No es una amenaza, fíjate. Voy muy en serio, dispuesta a hundirte al lugar donde perteneces y de donde nunca debiste haber salido.
Luis Enrique: Déjate de estupideces. Tú también tienes mucho que perder si te atreves a abrir la boca.
Cecilia: No tanto como tú porque Carolina de La Torre y tú son los culpables de la muerte de doña Helena, y mataste a Tarcisio no sólo por defender a la mojigata, sino porque creíste que él te estaba chantajeando, pero te equivocaste y mataste a la persona equivocada.
Luis Enrique: ¿Quién me lo asegura? ¿Tú? Porque hay muchas cosas que tú desconoces, pero sí te puedo decir que una de mis razones para planear la muerte de Helena fue para evitar que nuestro hijo saliera implicado gracias a tu brillante idea de convertirlo en amante de Helena (Habla en tono de reproche).
Cecilia: Dudo mucho que lo hicieras por salvarlo. Más bien a mí me late que la mataste por celos porque tú también fuiste su amante, al igual que Epifanio de La Torre y muchos más.
Luis Enrique: Estás completamente loca. No hables de lo que no sabes.
Cecilia: Todo lo contrario. Sé mucho más de lo que crees y ahora es que entendí tu jueguito sucio. No me extrañaría tampoco saber que la solterona esa de la Carolina también es tu amante y la manipulaste para que ella hiciera el trabajo sucio de matar a doña Helena. Total, ella también siempre ha querido quedarse con Eduardo.
Luis Enrique: (furiosa) ¡Cállate ya! Carolina es mucho más que una vulgar amante y no pienso permitir que hables mal de ella.
Cecilia: ¿Ah, sí? ¿Qué tiene de importante esa mujer para ti? ¿Es ella a la que verdaderamente amas, por la que me cambiaste?
Luis Enrique toma a Cecilia del rostro y lo presiona fuertemente con cierta agresividad.
Luis Enrique: Eso no lo pienso discutir contigo, menos ahora que ya te saqué de mi vida para siempre. Lo que tienes que hacer es largarte y mantener tu boquita bien cerrada si no quieres que se me termine de acabar la poca consideración que te tengo al ser la madre de mis hijos.
Cecilia lo escupe y se lo quita de encima.
Cecilia: ¡Intenta detenerme, infeliz! Ya veremos quién sale vencedor.
Cecilia sale del departamento y da un portazo al cerrar la puerta. Luis Enrique limpia la escupa con la manga de su camisa y enfurecido, tira todo lo que encuentra a su paso.
Luis Enrique: ¡Maldita sea! Esto me lo vas a pagar, Cecilia. No pienso permitir que arruines mis planes.
El hombre respira agitado y parece comenzar a maquinar un nuevo plan.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / DÍA
Eduardo ha abierto la puerta encontrándose sorprendido a Marissa, quien evidentemente había estado escuchando toda su conversación con Carolina, quien además le estaba acosando. Manuel también está presente.




Eduardo: ¡Marissa!
Manuel: ¡Vaya, vaya! ¿Tan pronto estás siéndole infiel a mi cuñadita, hermano? Tú no pierdes el tiempo.
Eduardo: (furioso) ¡Cállate, imbécil! Marissa… Marissa, esto no es lo que parece (Intenta acercarse).
Marissa: ¡No te atrevas, Eduardo!
Eduardo: Hablemos, por favor.
Marissa: (seria) ¡Déjame! Necesito estar sola.
Marissa sale apurada de allí, pero Eduardo va tras ella.
Eduardo: ¡Marissa! ¡Marissa, escúchame!
Manuel se mofa de lo que pasó. Carolina, por su parte, se derrumba en el piso, sintiéndose muy consternada.
Carolina: No puede ser. ¿Qué hice? ¿Qué me pasó? Eduardo me va a odiar después de esto. ¿Cómo pude ser tan estúpida?
Manuel: No te preocupes, Carito. Tú no hiciste nada malo.
Carolina le lanza una mala mirada a Manuel y se pone de pie nuevamente.
Carolina: Vete de aquí y déjame sola, Manuel.
Manuel: ¡Vaya! Una más que se atreve a correrme de mi propia casa. ¿Qué les pasa? ¿Que acaso se les olvida que son unas arrimadas nada más?
Carolina: Pues si ese es el problema, no te preocupes. Yo ya me largo de este lugar.
Manuel: (burlesco) ¿A dónde si según me enteré estás en la calle?
Carolina: Eso no es tu incumbencia. Todavía tengo un departamento en la capital en el cual hospedarme. Tengo la fortuna de mi papá y una agencia de modelaje con la cual vivir. No estoy acabada si eso pensabas.
Manuel: ¿Quién ha dicho eso? Yo sé que estás podrida en lana. Tú hasta le podrías convenir más a mi hermano que la Marissa esa.
Carolina: El dinero no es lo que le importa a Eduardo (Dolida). Él no me ama y jamás lo va a hacer por más dinero que yo tenga. Está enamorado de Marissa.
Manuel: (riendo) ¿Enamorado dices? ¡Por favor! ¿De dónde sacas eso?
Carolina se desconcierta.
Manuel: Eduardo no está enamorado de esa mujer.
Carolina: ¿De qué estás hablando?
Manuel: Pues eso mismo. Mi querido hermano sólo quiere casarse con ella por interés, sólo que la prefiere a ella en vez de ti por sus atributos, tú sabes. Él es hombre y nosotros clavamos la vista en la que más nos prenda y tú pues…
Carolina: Eres un asqueroso y, aparte de todo, un mentiroso. Eduardo jamás se casaría con esas intenciones. De ser así, se habría ido a la cama conmigo y no respetaría su relación con Marissa.
Manuel: Ya te lo dije. Tú no le incitas a nada, sino se hubiera liado contigo aun estando con Helena. Eres demasiado insignificante para él.
Carolina enfurece e intenta cachetearlo, pero él le detiene la mano.
Manuel: Óyeme, no te pases, eh. Mi madre ya está muerta y solo a ella le aguantaba cachetadas, estúpida.
Carolina zafa su mano de mala gana.
Carolina: Mejor vete que debo vestirme para largarme muy lejos de aquí. Ya no tengo motivos por los cuales quedarme en este pueblo. Eduardo me va a correr luego de esto.
Manuel: Yo que tú lo pensaba. Todavía nada está perdido y tú y yo podríamos ayudarnos mutuamente.
Manuel sonríe con malicia, saca su celular y luego de hurgar entre sus archivos, comienza a reproducir la grabación que había realizado la vez pasando conversando con Eduardo. Carolina escucha con suspicacia.
GRABACIÓN
Manuel: ¿Y no te parece un poco injusto repetir la historia? Vas a hacerle lo mismo que te hicieron a ti y no sólo eso. Para ella será peor después de su fracaso matrimonial con Luis Enrique.
Eduardo: (exasperado) Eso no tienes que recordármelo. Lo sé perfectamente.
Manuel: ¿Y no te importa?
Eduardo: Mira Manuel. No entiendo qué buscas diciéndome todo esto. No creo que te importe cómo se pueda sentir Marissa.
Manuel: Tan solo estoy asegurando mi terreno. Tu matrimonio con esa mujer también me beneficia, recuerda, y no me gustaría que te echaras para atrás con el plan.
Eduardo: Pues si te hace sentir más tranquilo, no te preocupes. Ya te lo había dicho y te lo repito. Me casaré para que recuperemos la hacienda y volvamos a ser quiénes éramos antes. ¿Eso era lo que querías escuchar? Ahí tienes.
FIN DE LA GRABACIÓN
Carolina termina de escuchar muy sorprendida. Manuel sigue sonriendo con malicia.
Manuel: ¿Qué me dices ahora? ¿Todavía te parece que Eduardo es el hombre perfecto?
Carolina: No lo puedo creer. Yo pensé que…
Manuel: Pensaste mal y ahí lo tienes. Mi hermanito sólo busca sacar partido de su matrimonio y por nada del mundo quiere echar por la borda sus planes enredándose contigo. Es todo.
Carolina: ¿Marissa conoce la existencia de esa grabación?
Manuel: Claro que no. He estado esperando el momento oportuno y ya que tú estás aquí, ambos podríamos echarnos una mano, ¿no crees?
Carolina: ¿Qué es lo que quieres?
Manuel: Ayúdame a que esos dos terminen y tú te casas con Eduardo. Muy simple.
Carolina: (incrédula) Dudo que sea así de simple como dices. ¿Qué vas a ganar tú?
Manuel: Mucho. Recuerda que, del matrimonio de Eduardo, también depende mi futuro económico y tú tienes mucho más que ofrecer, así que, ¿qué dices?
Manuel extiende su mano en señal de trato.
Manuel: ¿Vas a aceptar o no?
Carolina se ve pensativa y dudosa, mirando con suspicacia la mano del hombre. Entretanto, Marissa baja las escaleras a paso rápido huyendo de Eduardo, quien continúa siguiéndola. Pablo está en la sala y se percata de lo que ocurre.



Eduardo: Marissa, te lo pido. Tenemos que hablar de lo que viste. No puedes pensar mal de mí.
Marissa: (molesta) ¡Te dije que me dejaras sola, Eduardo! No quiero hablar contigo en este momento.
Eduardo: Marissa…
Pablo se interpone.
Pablo: Creo que ya escuchaste muy bien a mi mamá, Eduardo. Ella ahorita no quiere hablar contigo.
Eduardo: Discúlpame, Pablo, pero tú no sabes lo que pasó y esto es algo entre tu madre y yo.
Eduardo intenta seguir. Pablo continúa interponiéndose.
Pablo: Pues ahí me vas a tener que disculpar tú a mí, pero es mi mamá y no voy a dejar que nadie la importune. Ella ya suficiente tuvo con Luis Enrique como para que tú le vengas a hacer lo mismo y con su hermana.
Eduardo: (exasperado) Mira, no sé qué tanto sabes, pero te juro que todo se trata de un malentendido y tengo que hablar con ella para explicarle.
Pablo: Entonces, hazlo más tarde, pero ahorita no. Déjala sola para que piense.
Pablo mira muy serio a Eduardo y va tras su madre. Eduardo, exasperado, empuña una mano y golpea la pared. Cruz, de lejos, observa todo y se ríe, mofándose de la situación para luego retirarse.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

María Helena se pasea cerca de las caballerizas de la hacienda y contempla pensativa la extensa pradera mientras recuerda un breve momento vivido la noche anterior en la cocina.

FLASHBACK
Eduardo se da la vuelta, encontrándose con María Helena, quien está en bata. La muchacha se apena al verlo.
María Helena: ¡Ay, señor! Discúlpeme usted, no sabía que usted estaba aquí.
La muchacha no puede evitar ver su torso de abajo hacia arriba con cierta curiosidad.
FIN DEL FLASHBACK
María Helena deja de recordar y deja que el viento sople su cabello mientras continúa mirando al horizonte. Más fragmentos de ese momento siguen llevando a su cabeza.
FLASHBACK
María Helena: Espero todo les salga bien y que sean muy felices. Usted se lo merece.
Eduardo: ¿Por qué lo dices?
María Helena: (sonriendo nerviosa) Bueno, porque se ve que usted es retebuena persona, un buen hombre y por lo que he entendido, ha sufrido mucho y… Es muy guapo, también (Baja la cabeza apenada).
FIN DEL FLASHBACK
FLASHBACK
Eduardo se acerca a la muchacha al tiempo que habla y toma el rostro de ella entre sus manos mirándola con un cierto cariño genuino. Ella se estremece un poco al sentirlo tan cerca.
Eduardo: Si la vida me da la oportunidad de tener otra hija, te juro que sería el hombre más feliz del mundo.
María Helena: Ay, señor (Se aleja un poco). Qué bonito suena eso y más para mí que crecí sin un papá que me enseñara tantísimas cosas. No sabe la falta que me hizo.
Eduardo: (sonriéndole) Esperemos que en mí puedas ver un padre, incluso si la prueba sale negativa. Me recuerdas mucho a Lisa antes de que se corrompiera tanto (Esboza su sonrisa).
María Helena: Pero yo nunca voy a ser como ella. Téngalo por seguro.
Los dos se sonríen mutuamente
FIN DEL FLASHBACK
María Helena deja de recordar y se siente notablemente abrumada frotando entre sí sus manos.
María Helena: Dios mío. ¿Qué me está pasando? ¿Por qué me siento tan reterara?
La muchacha tiene un recuerdo más de aquella mañana.
FLASHBACK
Manuel: Deja de fingir que yo te vi anoche, ¿sabes? Cuando estabas en la cocina con mi hermano. Reconocí en tus ojos esa mirada.
Manuel sigue acorralando a María Helena, quien comienza a retroceder hacia atrás, poniéndose cada vez más nerviosa.
Manuel: Era la misma mirada de deseo de Lisa. La misma mirada de perra en celo que ella ponía cuando veía a Eduardo.
María Helena: No sé de qué me está hablando.
Manuel logra acorralar por completo a la muchacha en una pared y la rodea con sus brazos. Ella gime asustada.
Manuel: No te hagas y reconócelo de una buena vez. Te gustó mi hermano.
FIN DEL FLASHBACK
María Helena: Debo reconocer que el sangrón ese tiene razón. Don Eduardo es un hombre tan guapo y se ve tan buena persona, pero no. Yo no puedo verlo con esos ojos y nunca podría (Preocupada). Más sabiendo que existe la posibilidad de que él sea mi papá.
Danilo viene cerca cargando una paca de heno para caballos y alcanza a ver a María Helena de espaldas, por lo que se extraña y descarga el heno.

Danilo: ¡Óyeme, tú!
María Helena se asusta y se da la vuelta, sorprendiendo y apenando a Danilo, quien no la había reconocido.
Danilo: Ah, lo siento. Discúlpeme. Pensé que era una muchacha de servicio. Ellas no tienen autorización para caminar por aquí.
María Helena: (sonriéndole un poco) No te preocupes. Estaba tomando un paseo. No sabía que estuviera prohibido.
Danilo: Pues usted es la dueña, supongo. Puede caminar por donde quiera.
María Helena: Todavía no soy dueña de nada y tampoco es que me interese serlo. Yo prefiero que me vean como una persona normal.
Danilo: La entiendo, pero va a tener que irse acostumbrando a este estilo de vida. Lo digo porque escuché que usted viene de un barrio humilde de la ciudad y entre los ricos las cosas se manejan muy distinto.
María Helena: Eso he visto y estaba más tranquila en mi casita con mi mamá y no aquí donde no sé ni qué me espera. Tú mismo se lo decías el otro día a Pablo.
Danilo: (avergonzado) ¿Usted nos escuchó hablando?
María Helena: Sí, pero no te dé pena. Tampoco es que hayan dicho nada malo de mí, a diferencia de la otra gente que trabaja aquí que no me conocen y ya me tachan de oportunista y no sé qué más cosas feas (Desanimada).
Danilo: Sí, así son, pero no les preste mucha atención y siga siendo usted misma. La gente siempre va a hablar para bien o para mal.
María Helena: Tienes razón, aunque no te niego que quisiera salir corriendo y olvidarme de esta familia, pero no me atrevo por mi mamá que está enferma y pensar que la tengo lejos me pone peor.
María Helena baja la cabeza y siente que se le forma un nudo en la garganta. Danilo la oye con cierta compasión.
María Helena: (solloza) Cuánto quisiera que ella estuviera conmigo para que me acompañara y me diera fuerzas, pero no. Me toca ser fuerte y valerme por mí misma esta vez.
Danilo saca de uno de los bolsillos de su jean un pañuelo y se lo entrega, esbozando una sonrisa.
Danilo: Tome. Son de los que uso para secarme a veces el sudor, pero ese está limpio, eh. Se lo juro. No lo he usado.
María Helena ríe un poco por el comentario y lo acepta para secarse un poco los ojos de las lágrimas que estaba a punto de derramar.
María Helena: Gracias y discúlpame. Apenas y me conoces, y ya me ves llorando.
Danilo: Pierda cuidado. Por aquí voy a estar a sus órdenes para todo lo que necesite. Me llamo Danilo, por cierto.
María Helena: Gracias, Danilo. Me imagino tú ya debes saber mi nombre, pero no está de más que me presente, así que mucho gusto (Extiende su mano). María Helena.
Danilo: Mucho gusto, señorita.
Los dos muchachos estrechan su mano e intercambian sonrisas. Tal parece han simpatizado a primera vista.
María Helena: Pero no me digas eso de “señorita”, por fa. Yo no soy tu patrona ni nada y se me hace superaburrido.
Danilo: Discúlpeme. Es la costumbre.
María Helena: Entonces vete desacostumbrando. Me gustaría más hacer amigos que tener gente que me esté venerando.
Danilo: Pues no creo que se me haga fácil, pero le prometo que voy a intentar.
Los dos continúan sonriéndose entre sí.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CASIMIRA / DÍA
Marissa se encuentra gimoteando sentada en la cama. Pablo toca la puerta insistentemente.


Pablo: Mamá, ábreme, por favor. ¿Qué fue lo que pasó que te pusiste así?
Marissa: Déjame sola, hijo. Estoy bien. No te preocupes.
Pablo suelta un suspiro y decide entrar sin haber sido autorizado.
Marissa: (un poco molesta) Pablo…
Marissa baja la cabeza y se limpia las lágrimas con discreción.
Pablo: Discúlpame, pero esta vez no te voy a obedecer. Recuerdo bien la última vez que estuviste en ese estado y me dijiste exactamente lo mismo, que no me preocupara, que estabas bien y esa misma noche tuviste el accidente aquel después de descubrir que Luis Enrique te era infiel.
Marissa guarda silencio y evita mirarlo. Pablo la mira, conmovido, y se sienta a su lado tomándola de las manos.
Pablo: Tú y yo siempre hemos sido muy cercanos y me parece que ya suficiente tuviste casada con Luis Enrique, pretendiendo que tenías el matrimonio perfecto con él para que yo no me preocupara, pero ya no está bueno de fingir, mamá. Yo ya soy un hombre y entiendo todo.
Marissa ríe levemente ante aquel comentario y le sonríe a su hijo.
Marissa: Me cuesta a veces aceptarlo, pero yo lo sé mi amor. Yo sé que tú ya eres todo un hombre, pero esto no tiene que ver con el hecho de que hayas madurado.
Pablo: ¿Entonces? ¿A poco no me tienes confianza?
Marissa: Claro que no. No es eso. Es sólo que prefiero que estés al margen de lo que tenga que ver con mi vida amorosa porque soy madre, pero también mujer y son situaciones con las que sé cómo lidiar.
Pablo: Puede que tengas razón, pero no por eso voy a permitir que pases lo mismo que pasaste con Luis Enrique o que te falten al respeto. Dime qué viste allá arriba. ¿La señora esta, Cruz, dijo la verdad? ¿Eduardo y Carolina durmieron juntos?
Marissa suelta un suspiro sintiéndose un poco indecisa de contarle.
Marissa: Sí, pero lo que me puso mal no fue eso. Carolina está enamorada de Eduardo desde hace mucho tiempo.
Pablo: (sorprendido) ¿Cómo?
Marissa: Bueno, yo ya lo sabía. Hubo una vez que él le pidió a ella que nos ayudara con los preparativos de la boda, mucho antes de que ambas supiéramos que somos hermanas y se puso muy mal, solo que pensé que lo había superado, pero ya vi que no.
Pablo: ¿Por qué lo dices? ¿Qué más pasó?
Marissa: Te lo voy a decir, pero quiero que seas extremadamente prudente con esto y no hagas nada, por favor.
Pablo: ¿Tan serio es que me lo dices en ese tono?
Marissa: (seria) Tan sólo prométemelo, Pablo.
Pablo: Está bien. No te preocupes. Te lo prometo.
De repente, una joven empleada de servicio doméstico toca la puerta entreabierta.
Empleada: Disculpen que interrumpa. Venía para informar que tiene usted visita, señora.
Marissa: (extrañada) ¿Yo? ¿Visita?
Empleada: Es el señor Luis Enrique Escalante.
Marissa empalidece al escuchar tal nombre y cruza miradas con su hijo, quien no se imagina en absoluto lo sucedido la noche anterior. Éste se extraña.
Pablo: ¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué te quedaste tan callada así de la nada?
Marissa traga saliva y trata de reponerse para fingir que todo anda bien.
Marissa: Por nada, hijo. Es sólo que no esperaba a Luis Enrique.
Pablo: ¿Vas a recibirlo?
Marissa: Sí, claro. Iré para ver qué quiere.
Pablo: Bueno, pero no te olvides de que tenemos una plática pendiente, eh.
Marissa: Claro que no. Tranquilo. Te veo más tarde.
Marissa sonríe forzada y le da un beso a Pablo en la frente para luego retirarse de la habitación. Pablo se queda un poco extrañado por su repentina actitud.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Efectivamente, Luis Enrique aguarda de pie en la sala de la gran casa que hace parte de la hacienda y mira a través de la ventana. Eduardo pasa por allí y, al verlo, frunce el ceño.


Eduardo: ¿Luis Enrique?
Luis Enrique: (dándose la vuelta) ¡Eduardo, hombre! Vaya gusto verte (Hipócrita).
Eduardo: ¿Qué se te ofrece? Me es extraño verte por estos lares desde tan temprano.
Luis Enrique: Te diría que vine para que hablemos de negocios, pero no. Para serte muy sincero vine por Marissa.
Eduardo: Como todos los demás días, ¿no?
Luis Enrique: ¿Disculpa?
Eduardo: ¿Vas a negarme que últimamente ese tu único motivo para pisar esta casa?
Luis Enrique: Pues no sé a qué viene a la pregunta, pero…
Eduardo: (lo interrumpe) Mira, Luis Enrique. Hace ya unos meses que cambié y ya no permito que me vean la cara de idiota como tú y tantos otros pudieron habérmela visto antes.
Luis Enrique: Me doy cuenta. Te veo más seguro de ti y ya ni bebes. Estabas en un estado deplorable.
Eduardo: Estado al que ya no voy a volver para que personas hipócritas como tú se aprovechen.
Luis Enrique: Creo que te estás equivocando conmigo. Yo jamás intenté aprovecharme de tu mal momento. Te recuerdo que siempre estuve ahí apoyándote.
Eduardo: Sí, claro. Apoyándome (Habla en tono sarcástico). Bien que recuerdo que en una ocasión me insinuaste que lo mejor que podía hacer era acabar con mi vida, ¿y sabes una cosa?
Luis Enrique se siente confrontado y guarda silencio mirando suspicaz a Eduardo.
Eduardo: Lo peor es que lo consideré e incluso lo intenté. De no ser por Marissa, ahorita estaría en el cementerio, enterrado junto a Helena, Lisa y mi madre.
Luis Enrique: ¿Qué te puedo decir? Malinterpretaste mis palabras. Yo en ningún momento te insinué tal cosa y sólo intenté aconsejarte.
Eduardo: Pues ya no necesito de tus consejos y como no me gusta andarme con rodeos, tampoco quiero que te acerques a Marissa. Ella va a ser mi esposa y ya se divorció de ti.
Luis Enrique: No sé quién te llenó la cabeza de basura, pero si lo que intentas decir es que pretendo reconquistar a Marissa, te equivocas de nuevo.
Eduardo: ¿Ah, no? ¿Cómo explicas entonces tu repentino interés en ella? El otro día hasta los encontré juntos en medio de la nada, dormidos, abrazados, dentro de tu coche. Al día siguiente la invitas a comer con Pablo y hoy tan campante la vienes a visitar en mi casa. ¿Qué puedo pensar?
Marissa hace aparición en la escena y se percata de que los dos hombres discuten.

Marissa: ¿Qué está pasando?
Luis Enrique: Marissa, qué bueno que llegas.
Marissa: (seria) ¿Qué estás haciendo aquí, Luis Enrique?
Luis Enrique: Tenemos que hablar y lo sabes. Hay un asunto pendiente que tenemos que resolver.
Eduardo se extraña. Marissa se incomoda y mira a su exesposo como si quisiera callarlo con los ojos.
Marissa: Tienes razón, pero eso no es algo que debamos discutir en este lugar ni tampoco es el momento.
Luis Enrique: ¿Por qué no? A mí me parece que este es el momento perfecto para hablar de lo que ocurrió anoche aprovechando que Eduardo está presente.
Eduardo: Quien ahora pregunta qué pasa soy yo. ¿Qué se traen ustedes dos?
Marissa: (cortante) Nada. Luis Enrique, por favor, retírate. Yo luego me pongo en contacto contigo.
Luis Enrique: Lo siento, Marissa, pero si tú no me quieres escuchar, voy a hablar con Eduardo antes de que toda esta situación se salga de control. Después de todo, él va a ser tu esposo.
Marissa: Te estoy diciendo que no. Vete y déjamelo a mí. Yo me puedo hacer cargo.
Luis Enrique: Muy bien, si esa es tu última palabra, no me dejas opción. Eduardo, Marissa está corriendo un grave peligro.
Eduardo: (desconcertado) ¿Cómo que peligro? Explícate.
Marissa: Luis Enrique, cállate.
Luis Enrique: Cecilia ha intentado asesinarla en dos ocasiones.
Eduardo se sorprende en gran manera al escuchar a su socio. Marissa se frota el rostro con una mano, en señal de frustración y resignación.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / DÍA
Carolina está terminando de peinarse frente al tocador cuando, de repente, tocan la puerta.

Carolina: Adelante.

Cruz: (entrando) Señorita Carolina. El licenciado Héctor Mantilla ya está en el despacho de don Eduardo esperándola para iniciar con la lectura del testamento.
Carolina: Está bien. En un rato bajo.
Cruz: Me solicitó también que estén presentes Marissa y esa muchacha, María Helena Quintana.
Carolina deja de peinarse el cabello y voltea a ver sorprendida a su ama de llaves.
Carolina: ¿Me estás hablando en serio? ¿Por qué ellas?
Cruz: Intenté averiguarlo y sacarle información al abogado con mis habilidades comunicativas, pero me fue imposible. Tan solo me dijo eso.
Carolina: Tampoco hay que ser muy inteligente como para saber que si están citadas es porque mi padre les dejó algo por ser sus hijas también.
Cruz: En cambio a mí, sólo me dejó pesares y fatigas el viejo gruñón ese.
Carolina: (molesta) Cruz, no te refieras así a mi padre. Respeta su memoria.
Cruz: Discúlpeme. Es que fueron tantos años de amarlo incondicionalmente a cambio de malos tratos, pero usted también es mujer y puede entenderme. Después de todo, a usted le pasa exactamente lo mismo con Eduardo Román.
Carolina: Sí, no te lo voy a negar.
Carolina se queda pensativa mirando su reflejo en el espejo.
Carolina: Yo siempre he estado ahí para Eduardo, amándolo incondicionalmente como tú lo hiciste con mi padre, pero él sólo me rechaza, me humilla…
Cruz: ¿Lo ve? Estamos en la misma posición.
Carolina: Pero eso no será por mucho tiempo, Cruz.
Cruz: (extrañada) ¿A qué se refiere?
Carolina se pone de pie y endurece un poco el rostro mirando a su ama de llaves fijamente.
Carolina: A que esa Carolina buena y estúpida se acabó. No voy a permitir que Eduardo siga haciéndome de lado. Él va a ser mío a como dé lugar.
Cruz: ¡Ay, señorita! Me asusta con esa forma de hablar, además, ¿cómo se le ocurre pensar en algo así cuando usted bien sabe que él está comprometido y justo con su hermana?
Carolina: ¡Ay, por favor! Marissa podrá ser mi hermana de sangre, pero no hay ningún vínculo afectivo que nos una. Cada una creció lejos de la otra e hizo su vida de forma muy distinta.
Cruz: (susurrando) Pues aquí entre nos, a mí tampoco es que me caiga muy bien esa suripanta con su cara de “yo no fui”. Usted sí que se merece a don Eduardo que ha luchado tanto por él.
Carolina: (sonriendo) Me da gusto ver que estamos en la misma sintonía, mi Crucecita bella, así que yo creo que tú me vas a hacer de mucha ayuda.
Cruz: (sorprendida) ¿Yo? ¿De veras?
Carolina: Claro. Tú te vas a encargar de darle la estocada final a Marissa para que se aleje para siempre de Eduardo y ya se me está ocurriendo cómo. Manuel nos va a ayudar.
Cruz: Lo que me da pena es hacerle daño. Nadie merece sufrir por amor. Usted y yo bien que conocemos esa sensación.
Carolina: No te creas. Hay algo sobre Eduardo que tú no sabes y que ella tampoco, así que nos va a terminar agradeciendo que la apartemos de él. Ya verás por qué te lo digo.
Carolina sonríe con malicia y en complicidad con Cruz.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Entretanto, Luis Enrique acaba de contarle a Eduardo sobre las veces en que Cecilia ha atentado contra la vida de Marissa, información que ha dejado sorprendido a este último.



Eduardo: Lo que estás diciendo es sumamente grave, Luis Enrique. Estás acusando a tu mujer de un intento de asesinato.
Luis Enrique: Cecilia y yo ya no tenemos nada, menos desde que me enteré de todas las cosas que ha hecho para acabar con la vida de Marissa, pero si no me crees, pregúntaselo.
Eduardo: ¿Es eso cierto, Marissa? ¿Cecilia ha intentado matarte?
Marissa: (asentando con la cabeza) Sí, es verdad.
Eduardo suelta una larga bocanada de aire.
Eduardo: Claro, ahora lo entiendo todo. Con razón noté cierta tensión entre ustedes ayer.
Marissa: Ella siempre me ha odiado a muerte, mucho antes de que me divorciara. Estoy casi segura que incluso ella fue quien me envió las fotos con las que descubrí su relación con Luis Enrique.
Eduardo: ¿Y por qué no me dijiste nada? Esto es muy serio, Marissa.
Marissa: Porque quería evitar un problema mayor con ella y causarles más dolor a sus hijos. Danilo y Milena ya han sufrido muchísimo por sus errores y solo estaba pensando qué hacer.
Eduardo: Muy bien, pues ahora que lo sé, dime exactamente qué te hizo esa mujer.
Luis Enrique: Tú me mencionabas hace un rato aquella ocasión en que nos encontraste perdidos en media de la nada a Marissa y a mí, pero lo que no sabes es que solo la salvé de que una turba enfurecida con piedras en mano y liderada por Cecilia la desterrara de Villa Encantada.
Eduardo: (muy sorprendido) ¿Desterrarla?
Marissa: Así es. Por esa razón me lastimé el tobillo cuando estaba tratando de huir.
Luis Enrique: Pero eso no es todo. Lo que pasó anoche rebozó los límites y esta vez, el inútil de tu capataz estuvo involucrado.
Eduardo: (confundido) ¿Tarcisio? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?
Luis Enrique mira a Marissa en señal de que sea ella quien le relate a Eduardo los hechos.
Eduardo: Habla, Marissa. Necesito saber qué pasó. No voy a permitir que ese tipo de gente trabaje para mí y estén en mi casa.
Marissa inhala y trata de hablar al tiempo que sus ojos comienzan a sollozar.
Marissa: Cecilia y Tarcisio me secuestraron engañada. Me drogaron y me llevaron a un terreno abandonado lejos donde él tuviera la oportunidad de violarme y después asesinarme.
Eduardo desorbita los ojos sin poder dar crédito a tales hechos.
Marissa: Los dos lo acordaron a cambio de que ella se acostara con él.
Eduardo: No me digas que ese desgraciado te...
Marissa: No, no lo logró. Por suerte, en ese momento, Luis Enrique…
Marissa se detiene abruptamente y derrama un par de lágrimas recordando con dolor aquella fuerte situación.
Luis Enrique: Vamos, Marissa. Díselo tranquila. No tengo ningún problema en que Eduardo sepa que le disparé a ese maldito cerdo para quitártelo de encima.
Eduardo voltea a ver a su socio cada vez más sorprendido.
Eduardo: ¿Lo mataste?
Marissa rompe a llorar mientras que Luis Enrique guarda silencio durante algunos segundos ante la mirada aterrada de Eduardo.
Luis Enrique: Me habría gustado, pero no.
Marissa se exalta al escucharlo.
Marissa: ¿Qué?
Luis Enrique: Lo que les dije. Tarcisio está muerto, pero yo no lo maté.
Marissa: (negando con la cabeza) Eso… Eso no puede ser. Tú me dijiste que me fuera y yo luego escuché un disparo.
Luis Enrique: En efecto, ese fue el disparo que acabó con la vida de ese tipo, pero no fui yo.
Eduardo: Explícate mejor. ¿De qué estás hablando?
Luis Enrique: Cecilia fue quien disparó. Ella mató a Tarcisio.
Marissa y Eduardo se impactan en gran manera al escuchar a Luis Enrique. Él permanece serio y trata de mostrar una actitud creíble luego de haber relatado tal versión distorsionada de los hechos.
CONTINUARÁ…
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