Capítulo 34: Juego sucio
CIUDAD DE MÉXICO

La historia se traslada a la capital del país azteca pudiéndose apreciar desde una increíble vista panorámica los edificios, avenidas y lugares emblemáticos de la ciudad.
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / DÍA
Una enfermera se encuentra tomándole la presión a una persona que no puede ser enfocada aún. Un hombre de apariencia mayor y que parece ser médico por la bata que trae puesta entra a la habitación.

Enzo: ¿Cómo se encuentra nuestra paciente el día de hoy?
Enfermera: Bien, doctor.
La joven enfermera le quita el tensiómetro a la otra persona que tal parece es una fémina.
Enfermera: El nivel de presión de la paciente está dentro de lo normal y no se le ha subido ni disminuido en los últimos dos días.
Enzo: Me da gusto. Como indiqué, quiero que estén monitoreándola las veinticuatro horas del día y que no la descuiden en ningún momento. ¿Está claro? Quiero vigilancia absoluta sobre ella.
Enfermera: Claro que sí, doctor. Con permiso.
Enzo: Propio.
La enfermera se retira de la habitación y cierra la puerta tras sí. Enzo se acerca a la cama y mira fijamente a la mujer allí presente que sigue sin ser enfocada.
Enzo: ¿Cómo te sientes?
Tan sólo hay silencio de parte de ella. Enzo, extrañado, enarca una ceja.
Enzo: Hoy estás más callada de lo normal. Me hiciste muchas preguntas cuando despertaste de la cirugía. ¿Qué te ocurre?
El silencio de aquella misteriosa mujer continúa. Enzo suelta un suspiro tratando de ser paciente.
Enzo: Lisa…
Lisa: ¡Cállese! ¡Le prohibido llamarme así!
El doctor ha sido interrumpido por el tosco tono de voz de aquella mujer que no es otra que Lisa. Pueden enfocarse únicamente sus labios y ojos verdes endurecidos al hablar.
Lisa: Yo ya no soy ésa y a partir de ahora, no quiero que vuelva a llamarme así, nunca más…
Enzo: Pero…
Lisa: ¿Te queda claro?
Enzo: (resignado) ¿Cómo quieres entonces que te llame? Tu padre me dijo que ese es tu nombre.
Una sutil sonrisa se dibuja en unos labios carnosos, de color rojo oscuro, rodeados de lo que parece ser un vendaje. Es el único detalle de aquel rostro que logra ser enfocado.
Lisa: Voy a comenzar a usar un nombre distinto; un nombre que va a cambiar el rumbo de las cosas y me va a dar el arranque que necesito para regresar más fuerte que nunca.
Enzo: (curioso) ¿Qué nombre?
Lisa: Helena.
Enzo se sorprende.
Lisa: Desde este día, voy a ser la nueva Helena Montalbán.
Lisa sigue sonriendo y de fondo, se hace un acercamiento a una foto colocada en una mesita de noche, foto en la que ella sale retratada con su apariencia anterior.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, DESPACHO / DÍA

Carolina aguarda sentada en un sofá del despacho y al frente de ella, se encuentra sentado el abogado de su familia, quien luce ya mayor y carga consigo un maletín.


Carolina: (impaciente) Lamento mucho la tardanza, licenciado Mantilla. Mi ama de llaves fue en busca de Marissa y María Helena para que les diga que las estamos esperando, pero no sé por qué todavía no están aquí.
Licenciado Mantilla: Pierda cuidado (Mira su reloj de muñeca). Todavía puedo esperar una hora más. Entiendo que fue en parte negligencia mía no haber citado a tiempo a las personas que deben estar presentes en la lectura del testamento de su padre. Es sólo que todo fue muy rápido que apenas y me dio tiempo de organizarlo todo.
Carolina: Tranquilo. Yo también lo entiendo. Mi papá se fue de una forma tan inesperada que nos tomó por sorpresa a todos, aunque de ser posible, podemos iniciar la lectura sin ellas y salir de esto lo más pronto posible.
Licenciado Mantilla: Desgraciadamente, Epifanio fue muy enfático al indicarme que la señora Marissa Miranda y la señorita María Helena Quintana también debían estar presentes. Fue su voluntad en caso de que algo le ocurriera.
Carolina: Entiendo, pero… Voy a ser directa con usted, licenciado. Marissa y María Helena podrán ser mis hermanas, pero no considero que ellas deban tener parte de la herencia de mi padre.
Licenciado Mantilla: ¿Por qué me lo dice?
Carolina se echa hacia adelante un poco para susurrarle.
Carolina: Marissa ya de por sí tiene dinero y propiedades como para que incremente su fortuna con lo que haya podido heredarle mi papá. En cuanto a esa otra muchacha, pues, desconocemos quién sea su padre y está pendiente una prueba de ADN para comprobar de quién es hija.
Licenciado Mantilla: Epifanio me habló de ello un día antes de su muerte.
Carolina: (sorprendida) ¿De verdad?
Licenciado Mantilla: Debo admitir que me llamó con urgencia aquella tarde, porque necesitaba cambiar su testamente y debía hacer unas modificaciones, pero no puedo decirle más hasta que no estén presentes las personas convocadas.
Carolina: (pensativa) Bueno. ¿Qué le parece si arreglamos esto de otra manera?
Licenciado Mantilla: (extrañado) ¿Disculpe?
Carolina: Como le estoy diciendo, no me parece que ellas dos también sean herederas de mi padre. Es algo que solo merezco yo que siempre estuve a su lado.
Licenciado Mantilla: No puedo discutir eso con usted, señorita. Yo sólo soy un funcionario público que sigue órdenes precisas.
Carolina: Órdenes que pueden cambiar, ¿no cree?
Licenciado Mantilla: ¿A dónde quiere llegar?
Carolina: Muy fácil. Podemos sacar de la lectura de ese testamento a Marissa y a María Helena. Usted lee el contenido de una buena vez, aquí, en este momento y según eso, podríamos considerar unas nuevas modificaciones que me beneficien.
Licenciado Mantilla: (sorprendido) ¿Me está proponiendo cambiar el testamente de su padre?
Carolina: Yo no lo llamaría cambiarlo, licenciado. Es hacerme justicia a mí misma. Yo nunca he sido ambiciosa, pero tengo fuertes razones para ser la única heredera de Epifanio de La Torre y usted podría trabajar para mí.
Licenciado Mantilla: Lo que me está pidiendo va en contra de mi ética profesional, señorita de La Torre y, además, es ilegal.
Carolina: He aprendido que hasta la ética se puede comprar, licenciado. Usted fue cercano a mi padre y sabe la gran fortuna que ostentaba, y yo necesito esa misma fortuna para comprarme a Eduardo Román.
Licenciado Mantilla: ¿De qué me está hablando?
Carolina: No tengo que darle muchos detalles de mi vida personal, pero dadas las circunstancias, tengo en mente apoderarme de esta hacienda pagando la hipoteca que pesa sobre ella y casarme con su dueño, con Eduardo y si usted me ayuda, podría tener muchísimos beneficios.
Licenciado Mantilla: (indeciso) No lo sé. Es la primera vez en casi cuarenta años de profesión que alguien me pide hacer algo así.
Carolina: ¿Por qué no lo piensa y dejamos esta ridícula lectura para otro día? Conmigo tendrá todo lo que nunca ha tenido. Puedo hasta montarle un bufete, imagínelo.
Licenciado Mantilla: Debo confesarle que me suena su propuesta, pero hay un gran problema.
Carolina: ¿De qué tipo?
Licenciado Mantilla: Epifanio le heredó el cincuenta por ciento de sus bienes y fortuna a la señora Marissa Miranda.
Carolina se impacta al escucharlo.
Licenciado Mantilla: En ninguna parte de su testamento usted fue incluida y dejó claro que sólo de comprobarse mediante una prueba de ADN que María Helena Quintana no es su hija, podrá heredar el otro cincuenta por ciento restante.
Carolina siente una gran sorpresa en conocer de palabras del abogado la voluntad que Epifanio dejó escrita en su testamente.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA
Una empleada de servicio doméstico se encuentra realizando sus labores en la cocina cuando es interrumpida por Eduardo, quien entra acompañado de Marissa, Luis Enrique y dos policías.



Eduardo: (muy serio) ¿Dónde está, Cecilia?
Empleada: (nerviosa) ¿Disculpe?
La empleada se encuentra un poco consternada con la presencia de los policías.
Eduardo: Que me digas dónde está Cecilia. Ella debería estar aquí contigo trabajando.
Empleada: ¡Ay, don Eduardo! Es que…
Luis Enrique: Es mejor que no la encubras y nos digas dónde está metida si no quieres tener problemas.
Eduardo: Esto déjamelo a mí, Luis Enrique. Yo me encargo y tú, ¿por qué tanto misterio y no nos dices de una buena vez lo que te estoy preguntando?
Empleada: Ella me pidió que la echara una mano y la cubriera, don Eduardo. Dijo que tenía que hablar algo importante, con Danilo, su hijo.
Marissa: ¿Y dónde está Danilo?
Empleada: Pues no sé, pero recuerdo que ella me dijo que iba para los establos cuando yo se lo pregunté. Puede estén allá los dos. No les sabría decir.
Luis Enrique: Tenemos que ir para los establos entonces. Cecilia es muy peligrosa y puede intentar hacerle algo a Danilo.
Empleada: Ay, don Eduardo. No sé por qué buscan a Cecilia, pero por favor no me vaya a correr por cubrirla. Ella me pidió el favor y me dijo que no se tardaba. Es que ha estado muy ocupada, según.
Eduardo: Ocupada haciéndole daño a otras personas dirás. Es una asesina (La empleada se sorprende). Vamos, oficiales. Por favor, acompáñennos por acá.
Todas las personas salen por la puerta trasera de la cocina con dirección a los establos. Cruz, de lejos, había estado presenciado lo que ocurría, escondida tras una pared y se cubra con sus manos su boca, en señal de sorpresa.

Cruz: Me da que va a haber bochinche y este chisme no me lo pierdo. ¡Claro que no!
Cruz decide ir detrás para estar al tanto de lo que ocurrirá.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTABLO / DÍA
Entretanto, Danilo se encuentra enseñándola a María Helena cómo ordeñar una vaca. Ella lo observa con mucha curiosidad.


Danilo: (explicándole) Y así es cómo le tiene que hacer, fuerte, pero muy sutil para evitar que la vaca se asuste o sienta dolor.
María Helena: Ay, no. Se ve rete complicado. Mejor ni le entro. Olvídalo.
Danilo: (riendo) ¿Por qué no? Inténtelo (Se incorpora). Va a ver que no es tan difícil como parece. Todo va en la técnica.
María Helena: ¿Cómo crees? ¿Qué tal si asusta y me da una patada?
Danilo se carcajea por tal ocurrencia.
María Helena: Es verdad. ¿Por qué te ríes?
Danilo: Porque es bien miedosa usted.
María Helena: Tú lo dices porque ya sabes de esto, pero yo en mi vida había estado tan cerca de tantos animales de granja, aunque de niña me gustaban mucho, ¿sabes?
Danilo: Pues si tanto le gustaba, ¿por qué no lo intenta ahorita que tiene chance? Vamos, éntrele (Quitándose los guantes y pasándoselos).
María Helena. Que no, Danilo. No me atrevo.
Danilo: Yo le ayudo y va a ver que no es muy complicado.
María Helena se ve indecisa, pero recibe los guantes.
María Helena: Está bien. Me convenciste, pero no te creas (Poniéndose los guantes). Vas a tenerlo que hacer tú por mí porque no tengo ni idea.
María Helena se sienta en un pequeño banco y Danilo se inclina junta a ella.
Danilo: Bueno, lo primero que tiene que hacer es poner las manos en esta posición.
María Helena: (confundida) ¿En cuál?
Danilo toma las manos de la muchacha para guiarla. Ella se sorprende un poco por tal cercanía, pero se deja llevar de él.
Danilo: Así, mire y ya luego comienza a presionar las ubres con los dedos y con fuerza.
María Helena: Ay, no quiero hacerle daño.
Danilo: Ella no va a sentir nada. Sólo empiece a presionar y ya está. La leche empieza a salir.
María Helena: A ver.
Danilo ayuda a María Helena y ambos comienzan a ordeñar a la vaca. La leche comienza a caer en un balde ubicado justo debajo de las ubres.
María Helena: Sí está saliendo.
Danilo: ¿Ya ve? No es difícil. Siempre tiene que ejercer fuerza poniendo el pulgar sobre los otros dedos.
María Helena: (riendo) Qué raro se siente. Nunca me imaginé que iba a ordeñar una vaca.
Danilo: Por ahí dicen que para todo hay una primera vez, ¿no?
María Helena: Pues sí es cierto y está padre.
Los dos ríen muy simpáticos y se miran entre sí. Cecilia hace aparición en ese momento y les interrumpe.

Cecilia: Danilo.
Los jóvenes voltean a ver. Cecilia se impresiona al ver a María Helena, ya que no había tenido oportunidad de verla antes y notar su parecido con Lisa. Danilo, por su parte se pone de pie molesto al ver a su madre.
Cecilia: Lisa… La señorita Lisa… (Echándose para atrás).
Danilo: (serio) Ella no es Lisa. Es su hermana.
Cecilia: (sorprendida) ¿Hermana?
Danilo: ¿No lo sabías? Se supone que trabajas para la familia. Deberías estar enterada.
Cecilia: Claro que no. Nunca se dijo que ella tuviera una hermana y menos así tan idéntica.
María Helena: (poniéndose de pie) Llegué hace poco, señora. Mucho gusto. ¿Usted es…?
Danilo: Es mi mamá. Trabaja en la casa, pero no sé qué hace buscándome. ¿Qué quieres ahora?
Cecilia intenta reponerse de la impresión de haber visto a María Helena.
Cecilia: Tenemos que hablar, Danilo.
Danilo: Yo no tengo nada qué hablar contigo. Fui muy claro la última vez que hablamos cuando te saqué definitivamente de mi vida.
Cecilia: (desesperada) Yo sé, pero…
Cecilia mira a María Helena y se siente un poco intimidada por su presencia, por lo que se acerca a su hijo y le habla susurrándole.
Cecilia: Hay algo muy importante que tengo que contarte y no puedo esperar.
Danilo: ¿Que no me entiendes? Te estoy diciendo que…
Cecilia: (lo interrumpe) Esto no es sobre mí. Es sobre tu padre y sobre esa mujer de la que estás enamorado como un estúpido. Tienes que escucharme.
Danilo: Para empezar, deja de decir que ese hombre es mi padre porque no lo es y nunca lo reconoceré como tal, y sobre ella, no me interesa lo que tengas para decir porque me la voy a arrancar del corazón.
Cecilia: Me parece muy bien, pero esto es muy urgente, hijo. Te lo suplico. Escúchame. En estos momentos tú eres mi única salida.
Danilo: (confundido) ¿A qué te refieres?
Cecilia: Luis Enrique va a intentar deshacerse de mí para cuidarse el pellejo, no sé cómo, pero lo hará. Por eso tienes que saber esto. Tarcisio intentó violar a la mojigata.
Danilo: (indignado) ¿Qué dices?
María Helena alcanza a escuchar, pero permanece el margen con cierta prudencia.
Cecilia: Sí. Intentó abusar de ella anoche y Luis Enrique hizo algo muy malo para defenderla…
En ese preciso instante la conversación de madre e hijo es interrumpida abruptamente por la voz de Eduardo.



Eduardo: ¡Cecilia!
Cecilia se da la vuelta y se sorprende en gran manera al ver a Eduardo, acompañado de Marissa, Luis Enrique y los policías. Danilo y María Helena se desconciertan.
Eduardo: Es ella, oficiales. Pueden proceder.
Los policías se acercan a Cecilia, uno de ellos con las esposas en la mano.
Cecilia: ¿Qué es esto? ¿Qué me van a hacer?
Cecilia se aferra a Danilo. Éste no comprende qué ocurre.
Policía 1: Está bajo arresto, señora, por varios intentos de asesinato premeditados hacia la señora Marissa Miranda y por el presunto asesinato del señor Tarcisio García.
Danilo: Ustedes no se pueden llevar a mi mamá. Ella no ha hecho nada.
Cecilia: ¡Claro que no! Me están acusando de un disparate (Escondiéndose detrás de Danilo). Yo jamás he intentado matar a esa maldita mujer ni tampoco maté a Tarcisio.
Marissa: (acercándose) Danilo… Yo sé que esto es difícil, pero tu madre no es la mujer que tú crees. Tú mismo viste que intentó poner al pueblo en mi contra aquella vez a la salida del hospital para que me apedrearan y me desterraran. Tú estabas ahí.
Danilo se queda en silencio escuchando con los ojos desorbitados.
Luis Enrique: Eso no es todo. Ella también orquestó violar y matar a Marissa anoche en complicidad con Tarcisio.
Cecilia: (histérica) ¡Cállate, Luis Enrique! No voy a permitir que te laves las manos y me eches a mí toda el agua sucia.
Luis Enrique: Quien se está lavando las manos eres, tú. Vamos. Di la verdad frente a nuestro hijo y sé honesta por una vez en tu vida. ¡Reconoce que no eres más que una criminal!
Danilo: Eso… Eso no puede ser.
Cecilia: Danilo, no lo escuches. Todo esto es una trampa para que pienses mal de mí.
Marissa: Me duele tenerte que decir esto, Danilo, pero es verdad. Ella me dijo que tú estabas en la habitación de Tarcisio a punto de suicidarte por no sentirte correspondido por mí.
Eduardo se extraña al escuchar aquello dicho por Marissa.
Cecilia: ¡Hijo, no los escuches, por favor!
Marissa: (solloza) Pero todo era una trampa. Entre los dos me drogaron para llevarme a un sitio en medio de la nada y me ataron. Él quería abusar de mí para después matarme por orden de ella.
Danilo: (negando con la cabeza) No, no… Es mentira. Eso no puede ser cierto.
Cecilia: Claro que es mentira, Danilo. Podré ser lo que quieras pensar de mí, pero nunca una asesina. ¡Debes creerme! (Desesperada)
Marissa: Yo sé que esta situación es muy dolorosa, pero yo jamás mentiría con algo tan grave. Luis Enrique es testigo. Él nos siguió y de no ser porque intervino, yo… (Rompe a llorar).
Eduardo se acerca y la consuela.
Eduardo: Basta, Marissa. Tú no tienes que seguir dando explicaciones cuando todavía ni te has repuesto de una experiencia tan fuerte. En cuanto a ti Danilo, sé que se trata de tu madre, pero debe estar tras las rejas.
Danilo: (dolido) Mamá, por favor. Dime que lo que están diciendo es un malentendido. Dime que es mentira.
Cecilia: Por supuesto que lo es, hijo.
Cecilia toma el rostro de Danilo entre sus manos y ambos se miran a los ojos.
Cecilia: Yo sé que he sido una mala madre y que les oculté muchas verdades a ti y a Milena, pero tengo límites y jamás haría algo como de lo que me están acusando esta partida de desgraciados.
Danilo: Júramelo.
Cecilia: Te estoy diciendo la verdad. Tienes que creerme.
Danilo: Me dijiste antes de que esta gente llegara que Tarcisio había intentado violar a la señora Marissa. Júrame que no tienes nada que ver con eso.
Cecilia: Danilo, por favor…
Luis Enrique: ¡Basta ya, Cecilia! Deja de manipularlo y entrégate por las buenas. Oficiales, hagan lo suyo, por favor.
Policía 2: Tiene que acompañarnos, señora.
Cecilia: Danilo, te lo imploro. No permitas que me lleven a la cárcel. ¡Te lo suplico, hijo! (Llorando).
Los policías se acercan dispuestos a poner bajo arresto a la mujer.
Policía 1: No haga esto más difícil y no nos obligue a usar la fuerza.
Los policías toman cada uno a Cecilia de un brazo e intentan llevársela. Ella se aferra a Danilo.
Cecilia: ¡Danilo! ¡Danilo, no lo permitas, por favor! ¡Ayúdame!
Danilo derrama un par de lágrimas discretas por la impotencia que siente. Los policías finalmente logran separar a Cecilia del muchacho a pesar de que ella intenta zafarse.
Cecilia: (gritando desgarrada) ¡Suéltenme! ¡Suéltenme, idiotas! ¡Yo no mate a Tarcisio! ¡Yo no lo hice! ¡Luis Enrique lo mató!
Luis Enrique se pone un poco nervioso, pero intenta disimular.
Policía 1: Cálmese. Todo lo que diga puede ser usado en su contra.
Cecilia: ¡Él lo mató! No me pueden arrestar solo a mí ¡Danilo! ¡Danilo, hijo! ¡Haz algo! ¡No dejes que me lleven!
Danilo siente que no puede más y sale casi que corriendo de allí. María Helena, quien estaba presenciando la situación, sale tras él.
María Helena: ¡Danilo, espera!
Marissa: (separándose de Eduardo) Tengo que ir a hablar con él.
Eduardo: Marissa, ahora no es conveniente. Tenemos que ir a la estación de policía para levantar formalmente la denuncia. Deben tomar tu declaración.
Luis Enrique: Eduardo tiene razón. Tú y yo somos los únicos que presenciamos lo que ocurrió, y con nuestra declaración podrán comenzar a investigar para que la sentencien.
Marissa: Perdónenme, pero esto es muchísimo más importante. Danilo ya ha tenido suficiente y no pienso dejarlo solo en esto.
Marissa se retira. Eduardo se queda un poco extrañado por el interés y la gran preocupación que la mujer siente hacia Danilo.
Luis Enrique: Tendremos que esperarla. Es mejor que nos tomen la declaración a ambos al mismo tiempo, además, deben desenterrar el cuerpo del capataz ese y sólo nosotros sabemos dónde está.
Eduardo: Todo esto lo habría podido evitar si desde el principio hubiera corrido a Tarcisio de la hacienda la primera vez que intentó abusar de Marissa.
Luis Enrique: ¿Por qué no lo hiciste entonces?
Eduardo: Porque tenía mis propios problemas y se me pasó investigarlo. Estaba sumido en el alcohol, mi mamá murió, luego de lo Lisa (Frustrado).
Luis Enrique: De todas maneras, ya ese infeliz está muerto. ¿Qué más da? Cecilia bien que nos hizo un favor acabando con la vida de ese tipo al que nadie va a extrañar.
Eduardo: (suspicaz) ¿De verdad lo mató ella?
Luis Enrique: ¿Por qué me lo preguntas en ese tono?
Eduardo: Porque no eres de fiar. Como te lo dije esta mañana, siempre has sido un hipócrita que pretende fingir ser mi amigo, pero sólo esperas la oportunidad de apuñalarme por la espalda. ¿Qué nos garantiza que no hiciste lo mismo con la madre de tus hijos?
Luis Enrique: Piensa lo que quieras. Deberías agradecerme que defendí a tu futura esposa de que un maldito cerdo como ese que tenías por capataz la violara. Tú ni siquiera estabas ahí para protegerla.
Eduardo: Eso no lo pienso discutir contigo. Esta vez pienso llegar al fondo de las cosas y si se descubre que fuiste tú quien mató a Tarcisio, tendrás que asumir las consecuencias.
Luis Enrique: Hazlo. Investiga. Te aseguro que no vas a encontrar más de lo que yo ya les dije.
Luis Enrique se va de allí. Eduardo lo ve irse con cierta suspicacia y luego voltea a ver hacia la dirección en la que se fue Marissa.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA

Pablo se encuentra visitando a Milena, quien, como ya es usual, está recostada sobre la cama. Un doctor también está presente en la habitación terminando de examinarla con el estetoscopio.


Doctor: Con el último chequeo que te hicimos, pudimos ver que has evolucionado muy bien, Milena.
Pablo: ¿Cuándo le van a dar entonces de alta, doc?
Doctor: Yo diría que en una semana más estará lista y recuperada, en lo que cabe, claro.
Milena: (emocionada) ¡Ay, qué buena noticia! Estaba deseando que me dijeran eso. De verdad que ya quiero salir de aquí.
Doctor: (serio) De todas maneras, hay que tener en cuenta ciertos cuidados. El golpe en la columna fue demasiado severo y tardará unas semanas más en estabilizarse por completo antes de que puedan empezar un tratamiento.
Pablo: Está bien, doctor. Le agradezco mucho por todo.
Doctor: No hay de qué. Los dejo a solas. Con permiso.
El doctor se retira de la habitación y cierra la puerta tras sí. Pablo y Milena ríen muy emocionados.
Pablo: ¡Mi amor, por fin te voy a tener más cerca! (Besándola varias veces) No sabes la alegría que me da saber que ya pronto vas a salir.
Milena: Sí, Pablito. Yo también estoy muy contenta. Parece que llevara aquí postrada en esta cama un año. Es que ya quiero que se pase rápido esta semana para volver a la hacienda.
Pablo: ¿Hacienda?
Milena: Claro, menso. ¿Para dónde más crees que me voy a ir?
Pablo: Para mí casa en la ciudad.
Milena: ¿Cómo que tú casa? (Confundida) ¿De qué estás hablando?
Pablo: Mile… (Tomándola de las manos) Me quiero casar contigo.
Milena: (riendo) Ay, ahora sí que te zafó un tornillo. ¿Casarnos? De verdad te pasas.
Pablo: Nada de eso, tontita. Estoy hablando muy en serio.
Pablo saca del bolsillo de su pantalón una pequeña caja y la abre dejando ver un anillo de compromiso sencillo, pero muy bonito. Milena, quien inicialmente creyó que se trataba de una broma, cambia su expresión por una de gran sorpresa.
Pablo: Lo he pensado mucho y tomé la decisión de pedirte matrimonio, porque te amo y quiero que estés conmigo siempre, Milena.
Milena: (balbuceando) Ay, Pablo, yo…
Milena toma la caja y la cierra.
Pablo: (confundido) ¿Qué pasa?
Milena: Esto es una locura. Tú y yo no nos podemos casar.
Pablo: ¿Por qué no? ¿Qué acaso no me quieres?
Milena: Claro que sí y muchísimo, pero casarnos no es buena idea. Llevamos como una semana de novios y es muy pronto todavía para pensar en algo así.
Pablo: ¿Y tú crees que yo no pensé en eso?
Milena: (confundida) ¿Entonces?
Pablo: Mile, tu hermano nunca va a permitir que mi mamá y yo paguemos por tu tratamiento, pero si te casas conmigo, él no va a tener más opción que ceder siendo tú mi esposa.
Milena: Pues con eso que me dices sí que menos voy a aceptar.
Pablo: Mile, pero…
Milena: Yo quiero que te cases conmigo por convicción, no porque te sientas comprometido conmigo, así como en las novelas que el protagonista se casa con la mala de la historia cuando resulta embarazada. Lo que menos quiero es ser una carga para ti ni para nadie.
Pablo: No lo veas así. Por supuesto que quiero que nos casamos por convicción como dices, pero si lo hacemos ahora, va a facilitar las cosas para que puedas caminar lo más pronto posible.
Milena: (indecisa) No sé, Pablo…
Pablo: Tú bien sabes que Danilo no va a permitir que mi mamá corra con los gastos de tu tratamiento. Ya lo hablamos y me lo dijo muy clarito.
Milena: (pensativa) Sí, me lo imaginé.
Pablo: ¿Ves? Por eso, cuando seamos esposos, él ya no va a intervenir y podrás empezar rápido tu tratamiento.
Milena: Es que me da miedo que apresuremos las cosas. Primero quisiera que disfrutáramos de un noviazgo, así, bonito, sin prisas, como tantos chavos que ve una por ahí.
Pablo: No hay por qué temer. Yo sé que seremos muy felices. Tú me gustabas desde mucho antes de que nos viéramos, desde que intercambiábamos mensajes por la app, ¿recuerdas? Y ya luego que te conocí mejor es que me terminé enamorando de ti.
Milena: Yo en el fondo de mí también quisiera decirte que sí, que nos casemos. Te juro que nada me gustaría más que estar contigo porque me siento súper feliz a tu lado, Pablo.
Pablo: Entonces, ¿qué estamos esperando?
Milena: Es que no sé si sea buena idea ir tan rápido.
Pablo: Casémonos o no, mis sentimientos por ti ni tampoco mis intenciones van a cambiar. Nuestra relación seguirá siendo la misma y más especial de lo que ya es, así que, ¿qué me dices?
Milena se queda pensativa durante varios segundos y mira a su novio, quien le acaricia el rostro con mucho amor.
Pablo: ¿Aceptas casarte conmigo?
La muchacha inhala y exhala como preparándose para lo que dirá.
Milena: Está bien.
Pablo: (sonriendo) ¿Está bien qué?
Milena: Que sí. Que acepto casarme contigo.
Pablo: (gritando emocionado) ¡Sí! ¡Lo sabía, lo sabía!
Pablo no tarda ni un segundo en llenar de besos repetidos, unos tras a otros, a Milena. Ella se sonríe y se pone cosquillosa.
Milena: (riéndose) Ya, para, menso. Me estás haciendo cosquillas.
Pablo: Es que te amo tanto que no me cabe la felicidad por dentro. Siempre me soñé con tener un amor bonito con alguna chava y no sabes lo contento que me pone saber que serás mi esposa, mi amor. Gracias.
Milena: Gracias a ti por no dejarme sola en ningún momento y por todo lo que estás haciendo por mí. Te amo.
Pablo: Y yo a ti.
La pareja de jóvenes se besa de forma prolonga y luego, él procede a ponerle el anillo de compromiso en el dedo anular. Los dos se miran muy enamorados y se vuelven a besar.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA
Entretanto, Danilo está sentado en su cama, llorando de la manera más silenciosa que puede y tratando de reprimirse. María Helena está a tu lado frotándole la espalda para consolarlo.


María Helena: De verdad que no me puedo poner en tu lugar. Ha de ser muy duro ver cómo se llevan a tu mamá para la cárcel.
Danilo: (gimoteando) Me pude esperar todo de ella, menos que llegara tan lejos al punto de querer matar a alguien.
María Helena: ¿Sí crees que haya sido capaz de hacer todo de lo que la acusaron?
Danilo: Mi mamá odia con todas sus fuerzas a la señora Marissa (Limpiándose las lágrimas). Me niego a creerlo, pero en el fondo yo sé que es verdad. Ella y Tarcisio son amantes, o más bien eran porque ahorita él está muerto.
María Helena: (sorprendida) Órale. Puede que entonces si haya parte de verdad. De cualquier manera, lo siento mucho y cuenta conmigo para lo que necesites.
Danilo: Gracias.
María Helena: (esbozándole una sonrisa) No hay de qué. Me caíste muy bien. Eres muy buena onda y si se da la oportunidad, considérame como una amiga más. ¿Va?
De repente, ambos son interrumpidos por Marissa, quien toca la puerta que ya estaba entreabierta.

Marissa: Disculpen que interrumpa. María Helena, ¿me podrías dejar un momento a solas con Danilo?
María Helena: (poniéndose de pie) Claro que sí, señora. Pásele.
Marissa: (entrando) Gracias.
María Helena: Yo me retiro. Con permiso.
La muchacha sale de la habitación. Marissa se acerca a Danilo y se sienta a su lado en la cama, pero él voltea el rostro y evita mirarla.
Danilo: ¿Qué quiere?
Con disimulo y en silencio, Eduardo se ha acercado a la puerta para escuchar.

Marissa: Vine a decirte que me duele en el alma todo esto que estás pasando. Te juro que me parte el corazón no poder hacer nada.
Danilo: Dudo mucho que a usted le importe el cómo me pueda estar sintiendo yo, señora (Habla en mal tono).
Marissa: Te equivocas. Me importa y demasiado, tanto así que, de haber sido por mí, me habría callado lo que pasó para evitar que pasaras por este sufrimiento. Es sólo que Luis Enrique se me adelantó y se lo contó todo a Eduardo, y yo ya no pude hacer nada.
Danilo: No sólo me refiero a eso. Usted lo sabe muy bien.
Marissa cierra los ojos y baja la cabeza en señal de frustración. Danilo la mira con cierta amargura.
Danilo: Conocerla y haberla traído a esta haciendo sólo me ha hecho sufrir y echarme broncas encima que no son mías, ¿y todo para qué?
Marissa: (solloza) Danilo…
Danilo: Dígame. ¿Todo para qué si usted nunca me ha querido y nunca me va a querer?
Eduardo siente que los celos le invaden al escuchar tal conversación.
Marissa: Este no es el momento para hablar de eso, por favor.
Danilo: Pues a mí me parece que sí, ¿sabe? (Poniéndose de pie) Es el momento para que usted sepa que toda la culpa de lo que me pasado estos últimos meses es suya y hasta mía por estar enamorado de usted como un idiota.
Marissa: (dolida) Yo sé que estás muy molesto conmigo, pero te juro que mi intención jamás ha sido hacerte daño.
Danilo: Pero me lo ha hecho con su indiferencia y ya me cansé. Me cansé de usted y de ser su perro guardián, señora, el que siempre está dispuesto a darlo todo para que le paguen mal.
Marissa: Perdóname, por favor (Poniéndose de pie). Te prometo que haré lo posible para que la sentencia de tu madre no sea tan severa y…
Danilo: (la interrumpe) Gracias, pero no y si de verdad mi madre confabuló matarla con Tarcisio, le pido perdón en nombre de ella y que pague en la cárcel lo que tenga que pagar, pero no quiero su caridad.
Marissa: Danilo, por favor...
Danilo: En cuanto al trabajo como asistente que me ofreció una vez, tampoco me interesa ya. Cuando a mi hermana le den de alta, pienso llevármela lejos de aquí, a otro pueblo donde ya no tengamos nada que ver con ustedes.
Marissa: Pero Pablo y Milena tienen una relación. No les puedes hacer esto.
Danilo: De igual no llevan mucho tiempo. Dudo mucho que mi hermana vaya querer estar emparentada con la mujer que más daño me ha hecho en la vida, más que doña Hele… (Se detiene abruptamente). Más que nadie, quise decir…
Danilo mira fulminante a Marissa y sale del cuarto. Eduardo se aparta y no logra ser visto por el joven peón quien mientras camina se limpia enojado las lágrimas que no habían parado de caer de sus ojos.
Marissa: Danilo, perdóname. Perdóname, por favor.
Marissa rompe a llorar sintiéndose sumamente dolida y se sostiene de un buró. Eduardo la observa por la puerta, con una mirada muy seria.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / NOCHE

Manuel justo acaba de salir de la ducha cubriéndose con una toalla del torso para abajo mientras que con otra se seca el rostro y la cabeza. De repente, su celular suena y al ver en la pantalla, se apresura a contestar.

Manuel: (serio) ¿Qué quieres? Quedé en llamarte yo cuando te tuviera novedades.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / NOCHE
Lisa es quien habla al otro lado de la línea usando otro celular. Como es bien sabido, gran parte de su cuerpo está vendado. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.
Lisa: Bueno, sólo llamaba para recordarte que no tenemos mucho tiempo y como te conozco, necesito que te apresures con los planes, tiito querido.
Manuel: Te dije esta mañana que será un poco complicado convencer a tu gemela para que seduzca a Eduardo.
Lisa: Complicado o no, ese es tu trabajo, imbécil. Conviértela en mi perfecto reemplazo para que Eduardo caiga sin hesitar.
Manuel: ¿Y de verdad no te molesta que tu hermanita se disfrute por un tiempo a mi hermano?
Lisa: Para nada. De hecho, creo que hasta me excita un poco el sólo pensar que somos tan parecidas y que mi papi le hará el amor tal como me lo hizo a mí. Es como si me hiciera su mujer por segunda vez.
Manuel: (riendo) De verdad que estás enferma, sobrinita.
Lisa: (sarcástica) ¿Tú diciéndome eso? ¿Qué hay de ti? Te recuerdo que tú quieres emparejarla con él para que herede la fortuna de la familia y luego convertirla en tu amante para arrebatarle todo. ¿Quién de los dos está más enfermo, tiito?
Manuel: Dímelo tú que fuiste quien me lo propuso en cuanto me contactaste y te conté que tenías una hermana gemela. Yo sólo sigo tus órdenes para que, al final, tú te quedes con mi hermano y yo con el emporio que siempre me soñé.
Lisa: ¡Muy bien! Entonces, es un mano a mano. Los dos somos tal para cual y cada uno busca su propio beneficio. Tú bien sabes que a mí el podrido dinero de la familia me importa un bledo.
Manuel: Eso es lo que tú dices. Espero no me traiciones.
Lisa: Es tu decisión confiar en mi palabra o no. Tengo el dinero suficiente para vivir el resto de mi vida con Eduardo en el extranjero sin que nadie nos moleste.
Manuel: ¿De dónde lo sacaste?
Lisa: Epifanio fue muy generoso conmigo. Después de todo, el viejo decrépito ese sí era mi padre en verdad y no podía darle menos a su hija. Por lo pronto, tú deberías dejar de roncar y ponerte manos a la obra antes de mi regreso.
Manuel: Pues ya comencé una parte y me encargué de poner a Carolina de mi lado.
Lisa: Me supuse que aceptaría. La zorra esa siempre ha querido quedarse con mi papá.
Manuel: Eduardo no es tu padre y una hija jamás haría con su papá lo que tú pretendes hacer con mi hermano.
Lisa: Para mí siempre lo será y, además, lo convertiré en mi hombre una vez quitemos del camino a toda esa partida de zorras que estás detrás de él, incluida mi dizque hermana.
Manuel: (sonriendo) Me gusta cómo suena con decirte que no veo la hora.
En ese momento tocan la puerta de la habitación.
Manuel: Escucha. Tengo que colgar. Te llamo luego.
Manuel se apresura a colgar el celular. Lisa, en su habitación de hospital, deja su celular en la mesita de noche y se queda viendo al vacío.
Lisa: Muy pronto voy a regresar y será mejor que todos se preparen porque seré implacable. Vas a ser completamente mío, Eduardo y esta vez no voy a fallar.
Una sonrisa demoniaca se dibuja en los labios de la joven y que alcanzan a verse en medio del vendaje que cubre su rostro.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / NOCHE
Manuel deja su celular en la cama y finge secarse.

Manuel: ¿Quién es?
Carolina entra a la habitación y se incomoda un poco al verlo en paños menores.

Manuel: ¡Épale! Miren nada más a quién tenemos aquí (Sonríe con picardía).
Carolina: Mejor regreso más tarde para que tú te termines de vestir.
Carolina intenta retirarse.
Manuel: ¡Oye, oye! ¡Espérate!
Manuel la alcanza y le cierra la puerta, acorralándola.
Manuel: ¿Por qué me huyes? ¿Qué acaso te incomoda ver un hombre en poca ropa? ¿Temes que no te puedas resistir?
Carolina: (riendo) ¡Por favor, Manuel! Tú como hombre no inspiras ni la más pervertida fantasía de una mujer. Te falta mucho.
Manuel: Eso es porque eres una solterona que no sabe lo que se siente ser deseada, pero sí quisieras, bien que te lo podría demostrar.
Manuel la mira de arriba hacia abajo con cierta lascivia.
Carolina: Te lo agradezco, pero no me interesa. Eduardo es el amor de mi vida y nunca lo traicionaría, menos con alguien como tú.
Manuel se pone serio y se aleja dándole la espalda.
Manuel: Está bien. Tú te lo pierdes. Mejor dime qué quieres y lárgate que ya iba a dormir (Continúa secándose).
Carolina: Venía para informarte que la alianza que hicimos esta mañana se complicó un poco.
Manuel voltea a verla extrañado.
Manuel: ¿A qué te refieres?
Carolina: Hoy descubrí que mi padre me excluyó de su testamento y nombró como sus herederas a Marissa y a la muchacha aquella, María Helena.
Manuel: (incrédulo) Tiene que ser una broma. ¿Qué se supone que vamos a hacer? Tú me interesabas más como esposa de mi hermano por tu dinero y esto cambia mucho nuestro trato.
Carolina: Lo sé, pero nada está perdido todavía. Tengo un as un bajo la manga y ya me encargué de sobornar al licenciado de mi padre para que modifique el testamento a mi favor.
Manuel: Ah bueno. Eso me deja más tranquilo. Por lo menos resultaste ser un poco inteligente y menos honesta de lo que te creí.
Carolina: Por Eduardo soy capaz de lo que sea. Por eso pienso adquirir la hacienda pagando la hipoteca y así él no tendrá reparo en casarse conmigo cuando se lo pida.
Manuel: (sonriendo) ¡Óyeme! Nada mal, eh. Hasta yo podría presionarlo para que acepte cuando tú se lo pidas.
Carolina: Muy bien. Entonces, ahora quiero que me envíes la grabación que tienes en tu poder.
Manuel: ¿Cómo? ¿Tan pronto? Pensé que esperarías un poco más.
Carolina: He esperado por dieciocho largos años y ya no pienso perder más el tiempo tratando de enamorar a Eduardo. Tengo que actuar ya y por eso necesito la grabación.
Manuel: Está bien. Te la voy a enviar a tu celular siempre y cuando me garantices que será para cumplir con nuestro trato.
Carolina: Y así será. Me voy a encargar de alejar a Marissa para siempre de Eduardo y tengo pensado hacerlo justo el día de su pedida de mano.
Manuel: Como quieras, pero vas a necesitar más que eso. Eduardo puede salirse con la suya y lograr que esa estúpida lo perdone, así que te voy a echar una mano.
Carolina: ¿Qué tienes pensado?
Manuel: Bueno, por ahí escuchando detrás de las paredes me enteré que uno de los peones que trabaja para nosotros está enamorado de Marissa y pienso envenenar a Eduardo para que piense mal de su querida prometida.
Carolina: ¿Quieres ponerlos a ambos en contra?
Manuel: ¡Bingo! Los dos odiándose mutuamente no volverán a querer saber nada el uno del otro y tú tendrás más oportunidades de forzar a mi hermano para que te despose. Brillante, ¿no?
Manuel se echa a reír y Carolina asiente ante tales planes con una sonrisa de malicia.
CONTINUARÁ…

La historia se traslada a la capital del país azteca pudiéndose apreciar desde una increíble vista panorámica los edificios, avenidas y lugares emblemáticos de la ciudad.
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / DÍA
Una enfermera se encuentra tomándole la presión a una persona que no puede ser enfocada aún. Un hombre de apariencia mayor y que parece ser médico por la bata que trae puesta entra a la habitación.

Enzo: ¿Cómo se encuentra nuestra paciente el día de hoy?
Enfermera: Bien, doctor.
La joven enfermera le quita el tensiómetro a la otra persona que tal parece es una fémina.
Enfermera: El nivel de presión de la paciente está dentro de lo normal y no se le ha subido ni disminuido en los últimos dos días.
Enzo: Me da gusto. Como indiqué, quiero que estén monitoreándola las veinticuatro horas del día y que no la descuiden en ningún momento. ¿Está claro? Quiero vigilancia absoluta sobre ella.
Enfermera: Claro que sí, doctor. Con permiso.
Enzo: Propio.
La enfermera se retira de la habitación y cierra la puerta tras sí. Enzo se acerca a la cama y mira fijamente a la mujer allí presente que sigue sin ser enfocada.
Enzo: ¿Cómo te sientes?
Tan sólo hay silencio de parte de ella. Enzo, extrañado, enarca una ceja.
Enzo: Hoy estás más callada de lo normal. Me hiciste muchas preguntas cuando despertaste de la cirugía. ¿Qué te ocurre?
El silencio de aquella misteriosa mujer continúa. Enzo suelta un suspiro tratando de ser paciente.
Enzo: Lisa…
Lisa: ¡Cállese! ¡Le prohibido llamarme así!
El doctor ha sido interrumpido por el tosco tono de voz de aquella mujer que no es otra que Lisa. Pueden enfocarse únicamente sus labios y ojos verdes endurecidos al hablar.
Lisa: Yo ya no soy ésa y a partir de ahora, no quiero que vuelva a llamarme así, nunca más…
Enzo: Pero…
Lisa: ¿Te queda claro?
Enzo: (resignado) ¿Cómo quieres entonces que te llame? Tu padre me dijo que ese es tu nombre.
Una sutil sonrisa se dibuja en unos labios carnosos, de color rojo oscuro, rodeados de lo que parece ser un vendaje. Es el único detalle de aquel rostro que logra ser enfocado.
Lisa: Voy a comenzar a usar un nombre distinto; un nombre que va a cambiar el rumbo de las cosas y me va a dar el arranque que necesito para regresar más fuerte que nunca.
Enzo: (curioso) ¿Qué nombre?
Lisa: Helena.
Enzo se sorprende.
Lisa: Desde este día, voy a ser la nueva Helena Montalbán.
Lisa sigue sonriendo y de fondo, se hace un acercamiento a una foto colocada en una mesita de noche, foto en la que ella sale retratada con su apariencia anterior.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, DESPACHO / DÍA

Carolina aguarda sentada en un sofá del despacho y al frente de ella, se encuentra sentado el abogado de su familia, quien luce ya mayor y carga consigo un maletín.


Carolina: (impaciente) Lamento mucho la tardanza, licenciado Mantilla. Mi ama de llaves fue en busca de Marissa y María Helena para que les diga que las estamos esperando, pero no sé por qué todavía no están aquí.
Licenciado Mantilla: Pierda cuidado (Mira su reloj de muñeca). Todavía puedo esperar una hora más. Entiendo que fue en parte negligencia mía no haber citado a tiempo a las personas que deben estar presentes en la lectura del testamento de su padre. Es sólo que todo fue muy rápido que apenas y me dio tiempo de organizarlo todo.
Carolina: Tranquilo. Yo también lo entiendo. Mi papá se fue de una forma tan inesperada que nos tomó por sorpresa a todos, aunque de ser posible, podemos iniciar la lectura sin ellas y salir de esto lo más pronto posible.
Licenciado Mantilla: Desgraciadamente, Epifanio fue muy enfático al indicarme que la señora Marissa Miranda y la señorita María Helena Quintana también debían estar presentes. Fue su voluntad en caso de que algo le ocurriera.
Carolina: Entiendo, pero… Voy a ser directa con usted, licenciado. Marissa y María Helena podrán ser mis hermanas, pero no considero que ellas deban tener parte de la herencia de mi padre.
Licenciado Mantilla: ¿Por qué me lo dice?
Carolina se echa hacia adelante un poco para susurrarle.
Carolina: Marissa ya de por sí tiene dinero y propiedades como para que incremente su fortuna con lo que haya podido heredarle mi papá. En cuanto a esa otra muchacha, pues, desconocemos quién sea su padre y está pendiente una prueba de ADN para comprobar de quién es hija.
Licenciado Mantilla: Epifanio me habló de ello un día antes de su muerte.
Carolina: (sorprendida) ¿De verdad?
Licenciado Mantilla: Debo admitir que me llamó con urgencia aquella tarde, porque necesitaba cambiar su testamente y debía hacer unas modificaciones, pero no puedo decirle más hasta que no estén presentes las personas convocadas.
Carolina: (pensativa) Bueno. ¿Qué le parece si arreglamos esto de otra manera?
Licenciado Mantilla: (extrañado) ¿Disculpe?
Carolina: Como le estoy diciendo, no me parece que ellas dos también sean herederas de mi padre. Es algo que solo merezco yo que siempre estuve a su lado.
Licenciado Mantilla: No puedo discutir eso con usted, señorita. Yo sólo soy un funcionario público que sigue órdenes precisas.
Carolina: Órdenes que pueden cambiar, ¿no cree?
Licenciado Mantilla: ¿A dónde quiere llegar?
Carolina: Muy fácil. Podemos sacar de la lectura de ese testamento a Marissa y a María Helena. Usted lee el contenido de una buena vez, aquí, en este momento y según eso, podríamos considerar unas nuevas modificaciones que me beneficien.
Licenciado Mantilla: (sorprendido) ¿Me está proponiendo cambiar el testamente de su padre?
Carolina: Yo no lo llamaría cambiarlo, licenciado. Es hacerme justicia a mí misma. Yo nunca he sido ambiciosa, pero tengo fuertes razones para ser la única heredera de Epifanio de La Torre y usted podría trabajar para mí.
Licenciado Mantilla: Lo que me está pidiendo va en contra de mi ética profesional, señorita de La Torre y, además, es ilegal.
Carolina: He aprendido que hasta la ética se puede comprar, licenciado. Usted fue cercano a mi padre y sabe la gran fortuna que ostentaba, y yo necesito esa misma fortuna para comprarme a Eduardo Román.
Licenciado Mantilla: ¿De qué me está hablando?
Carolina: No tengo que darle muchos detalles de mi vida personal, pero dadas las circunstancias, tengo en mente apoderarme de esta hacienda pagando la hipoteca que pesa sobre ella y casarme con su dueño, con Eduardo y si usted me ayuda, podría tener muchísimos beneficios.
Licenciado Mantilla: (indeciso) No lo sé. Es la primera vez en casi cuarenta años de profesión que alguien me pide hacer algo así.
Carolina: ¿Por qué no lo piensa y dejamos esta ridícula lectura para otro día? Conmigo tendrá todo lo que nunca ha tenido. Puedo hasta montarle un bufete, imagínelo.
Licenciado Mantilla: Debo confesarle que me suena su propuesta, pero hay un gran problema.
Carolina: ¿De qué tipo?
Licenciado Mantilla: Epifanio le heredó el cincuenta por ciento de sus bienes y fortuna a la señora Marissa Miranda.
Carolina se impacta al escucharlo.
Licenciado Mantilla: En ninguna parte de su testamento usted fue incluida y dejó claro que sólo de comprobarse mediante una prueba de ADN que María Helena Quintana no es su hija, podrá heredar el otro cincuenta por ciento restante.
Carolina siente una gran sorpresa en conocer de palabras del abogado la voluntad que Epifanio dejó escrita en su testamente.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COCINA / DÍA
Una empleada de servicio doméstico se encuentra realizando sus labores en la cocina cuando es interrumpida por Eduardo, quien entra acompañado de Marissa, Luis Enrique y dos policías.



Eduardo: (muy serio) ¿Dónde está, Cecilia?
Empleada: (nerviosa) ¿Disculpe?
La empleada se encuentra un poco consternada con la presencia de los policías.
Eduardo: Que me digas dónde está Cecilia. Ella debería estar aquí contigo trabajando.
Empleada: ¡Ay, don Eduardo! Es que…
Luis Enrique: Es mejor que no la encubras y nos digas dónde está metida si no quieres tener problemas.
Eduardo: Esto déjamelo a mí, Luis Enrique. Yo me encargo y tú, ¿por qué tanto misterio y no nos dices de una buena vez lo que te estoy preguntando?
Empleada: Ella me pidió que la echara una mano y la cubriera, don Eduardo. Dijo que tenía que hablar algo importante, con Danilo, su hijo.
Marissa: ¿Y dónde está Danilo?
Empleada: Pues no sé, pero recuerdo que ella me dijo que iba para los establos cuando yo se lo pregunté. Puede estén allá los dos. No les sabría decir.
Luis Enrique: Tenemos que ir para los establos entonces. Cecilia es muy peligrosa y puede intentar hacerle algo a Danilo.
Empleada: Ay, don Eduardo. No sé por qué buscan a Cecilia, pero por favor no me vaya a correr por cubrirla. Ella me pidió el favor y me dijo que no se tardaba. Es que ha estado muy ocupada, según.
Eduardo: Ocupada haciéndole daño a otras personas dirás. Es una asesina (La empleada se sorprende). Vamos, oficiales. Por favor, acompáñennos por acá.
Todas las personas salen por la puerta trasera de la cocina con dirección a los establos. Cruz, de lejos, había estado presenciado lo que ocurría, escondida tras una pared y se cubra con sus manos su boca, en señal de sorpresa.

Cruz: Me da que va a haber bochinche y este chisme no me lo pierdo. ¡Claro que no!
Cruz decide ir detrás para estar al tanto de lo que ocurrirá.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTABLO / DÍA
Entretanto, Danilo se encuentra enseñándola a María Helena cómo ordeñar una vaca. Ella lo observa con mucha curiosidad.


Danilo: (explicándole) Y así es cómo le tiene que hacer, fuerte, pero muy sutil para evitar que la vaca se asuste o sienta dolor.
María Helena: Ay, no. Se ve rete complicado. Mejor ni le entro. Olvídalo.
Danilo: (riendo) ¿Por qué no? Inténtelo (Se incorpora). Va a ver que no es tan difícil como parece. Todo va en la técnica.
María Helena: ¿Cómo crees? ¿Qué tal si asusta y me da una patada?
Danilo se carcajea por tal ocurrencia.
María Helena: Es verdad. ¿Por qué te ríes?
Danilo: Porque es bien miedosa usted.
María Helena: Tú lo dices porque ya sabes de esto, pero yo en mi vida había estado tan cerca de tantos animales de granja, aunque de niña me gustaban mucho, ¿sabes?
Danilo: Pues si tanto le gustaba, ¿por qué no lo intenta ahorita que tiene chance? Vamos, éntrele (Quitándose los guantes y pasándoselos).
María Helena. Que no, Danilo. No me atrevo.
Danilo: Yo le ayudo y va a ver que no es muy complicado.
María Helena se ve indecisa, pero recibe los guantes.
María Helena: Está bien. Me convenciste, pero no te creas (Poniéndose los guantes). Vas a tenerlo que hacer tú por mí porque no tengo ni idea.
María Helena se sienta en un pequeño banco y Danilo se inclina junta a ella.
Danilo: Bueno, lo primero que tiene que hacer es poner las manos en esta posición.
María Helena: (confundida) ¿En cuál?
Danilo toma las manos de la muchacha para guiarla. Ella se sorprende un poco por tal cercanía, pero se deja llevar de él.
Danilo: Así, mire y ya luego comienza a presionar las ubres con los dedos y con fuerza.
María Helena: Ay, no quiero hacerle daño.
Danilo: Ella no va a sentir nada. Sólo empiece a presionar y ya está. La leche empieza a salir.
María Helena: A ver.
Danilo ayuda a María Helena y ambos comienzan a ordeñar a la vaca. La leche comienza a caer en un balde ubicado justo debajo de las ubres.
María Helena: Sí está saliendo.
Danilo: ¿Ya ve? No es difícil. Siempre tiene que ejercer fuerza poniendo el pulgar sobre los otros dedos.
María Helena: (riendo) Qué raro se siente. Nunca me imaginé que iba a ordeñar una vaca.
Danilo: Por ahí dicen que para todo hay una primera vez, ¿no?
María Helena: Pues sí es cierto y está padre.
Los dos ríen muy simpáticos y se miran entre sí. Cecilia hace aparición en ese momento y les interrumpe.

Cecilia: Danilo.
Los jóvenes voltean a ver. Cecilia se impresiona al ver a María Helena, ya que no había tenido oportunidad de verla antes y notar su parecido con Lisa. Danilo, por su parte se pone de pie molesto al ver a su madre.
Cecilia: Lisa… La señorita Lisa… (Echándose para atrás).
Danilo: (serio) Ella no es Lisa. Es su hermana.
Cecilia: (sorprendida) ¿Hermana?
Danilo: ¿No lo sabías? Se supone que trabajas para la familia. Deberías estar enterada.
Cecilia: Claro que no. Nunca se dijo que ella tuviera una hermana y menos así tan idéntica.
María Helena: (poniéndose de pie) Llegué hace poco, señora. Mucho gusto. ¿Usted es…?
Danilo: Es mi mamá. Trabaja en la casa, pero no sé qué hace buscándome. ¿Qué quieres ahora?
Cecilia intenta reponerse de la impresión de haber visto a María Helena.
Cecilia: Tenemos que hablar, Danilo.
Danilo: Yo no tengo nada qué hablar contigo. Fui muy claro la última vez que hablamos cuando te saqué definitivamente de mi vida.
Cecilia: (desesperada) Yo sé, pero…
Cecilia mira a María Helena y se siente un poco intimidada por su presencia, por lo que se acerca a su hijo y le habla susurrándole.
Cecilia: Hay algo muy importante que tengo que contarte y no puedo esperar.
Danilo: ¿Que no me entiendes? Te estoy diciendo que…
Cecilia: (lo interrumpe) Esto no es sobre mí. Es sobre tu padre y sobre esa mujer de la que estás enamorado como un estúpido. Tienes que escucharme.
Danilo: Para empezar, deja de decir que ese hombre es mi padre porque no lo es y nunca lo reconoceré como tal, y sobre ella, no me interesa lo que tengas para decir porque me la voy a arrancar del corazón.
Cecilia: Me parece muy bien, pero esto es muy urgente, hijo. Te lo suplico. Escúchame. En estos momentos tú eres mi única salida.
Danilo: (confundido) ¿A qué te refieres?
Cecilia: Luis Enrique va a intentar deshacerse de mí para cuidarse el pellejo, no sé cómo, pero lo hará. Por eso tienes que saber esto. Tarcisio intentó violar a la mojigata.
Danilo: (indignado) ¿Qué dices?
María Helena alcanza a escuchar, pero permanece el margen con cierta prudencia.
Cecilia: Sí. Intentó abusar de ella anoche y Luis Enrique hizo algo muy malo para defenderla…
En ese preciso instante la conversación de madre e hijo es interrumpida abruptamente por la voz de Eduardo.



Eduardo: ¡Cecilia!
Cecilia se da la vuelta y se sorprende en gran manera al ver a Eduardo, acompañado de Marissa, Luis Enrique y los policías. Danilo y María Helena se desconciertan.
Eduardo: Es ella, oficiales. Pueden proceder.
Los policías se acercan a Cecilia, uno de ellos con las esposas en la mano.
Cecilia: ¿Qué es esto? ¿Qué me van a hacer?
Cecilia se aferra a Danilo. Éste no comprende qué ocurre.
Policía 1: Está bajo arresto, señora, por varios intentos de asesinato premeditados hacia la señora Marissa Miranda y por el presunto asesinato del señor Tarcisio García.
Danilo: Ustedes no se pueden llevar a mi mamá. Ella no ha hecho nada.
Cecilia: ¡Claro que no! Me están acusando de un disparate (Escondiéndose detrás de Danilo). Yo jamás he intentado matar a esa maldita mujer ni tampoco maté a Tarcisio.
Marissa: (acercándose) Danilo… Yo sé que esto es difícil, pero tu madre no es la mujer que tú crees. Tú mismo viste que intentó poner al pueblo en mi contra aquella vez a la salida del hospital para que me apedrearan y me desterraran. Tú estabas ahí.
Danilo se queda en silencio escuchando con los ojos desorbitados.
Luis Enrique: Eso no es todo. Ella también orquestó violar y matar a Marissa anoche en complicidad con Tarcisio.
Cecilia: (histérica) ¡Cállate, Luis Enrique! No voy a permitir que te laves las manos y me eches a mí toda el agua sucia.
Luis Enrique: Quien se está lavando las manos eres, tú. Vamos. Di la verdad frente a nuestro hijo y sé honesta por una vez en tu vida. ¡Reconoce que no eres más que una criminal!
Danilo: Eso… Eso no puede ser.
Cecilia: Danilo, no lo escuches. Todo esto es una trampa para que pienses mal de mí.
Marissa: Me duele tenerte que decir esto, Danilo, pero es verdad. Ella me dijo que tú estabas en la habitación de Tarcisio a punto de suicidarte por no sentirte correspondido por mí.
Eduardo se extraña al escuchar aquello dicho por Marissa.
Cecilia: ¡Hijo, no los escuches, por favor!
Marissa: (solloza) Pero todo era una trampa. Entre los dos me drogaron para llevarme a un sitio en medio de la nada y me ataron. Él quería abusar de mí para después matarme por orden de ella.
Danilo: (negando con la cabeza) No, no… Es mentira. Eso no puede ser cierto.
Cecilia: Claro que es mentira, Danilo. Podré ser lo que quieras pensar de mí, pero nunca una asesina. ¡Debes creerme! (Desesperada)
Marissa: Yo sé que esta situación es muy dolorosa, pero yo jamás mentiría con algo tan grave. Luis Enrique es testigo. Él nos siguió y de no ser porque intervino, yo… (Rompe a llorar).
Eduardo se acerca y la consuela.
Eduardo: Basta, Marissa. Tú no tienes que seguir dando explicaciones cuando todavía ni te has repuesto de una experiencia tan fuerte. En cuanto a ti Danilo, sé que se trata de tu madre, pero debe estar tras las rejas.
Danilo: (dolido) Mamá, por favor. Dime que lo que están diciendo es un malentendido. Dime que es mentira.
Cecilia: Por supuesto que lo es, hijo.
Cecilia toma el rostro de Danilo entre sus manos y ambos se miran a los ojos.
Cecilia: Yo sé que he sido una mala madre y que les oculté muchas verdades a ti y a Milena, pero tengo límites y jamás haría algo como de lo que me están acusando esta partida de desgraciados.
Danilo: Júramelo.
Cecilia: Te estoy diciendo la verdad. Tienes que creerme.
Danilo: Me dijiste antes de que esta gente llegara que Tarcisio había intentado violar a la señora Marissa. Júrame que no tienes nada que ver con eso.
Cecilia: Danilo, por favor…
Luis Enrique: ¡Basta ya, Cecilia! Deja de manipularlo y entrégate por las buenas. Oficiales, hagan lo suyo, por favor.
Policía 2: Tiene que acompañarnos, señora.
Cecilia: Danilo, te lo imploro. No permitas que me lleven a la cárcel. ¡Te lo suplico, hijo! (Llorando).
Los policías se acercan dispuestos a poner bajo arresto a la mujer.
Policía 1: No haga esto más difícil y no nos obligue a usar la fuerza.
Los policías toman cada uno a Cecilia de un brazo e intentan llevársela. Ella se aferra a Danilo.
Cecilia: ¡Danilo! ¡Danilo, no lo permitas, por favor! ¡Ayúdame!
Danilo derrama un par de lágrimas discretas por la impotencia que siente. Los policías finalmente logran separar a Cecilia del muchacho a pesar de que ella intenta zafarse.
Cecilia: (gritando desgarrada) ¡Suéltenme! ¡Suéltenme, idiotas! ¡Yo no mate a Tarcisio! ¡Yo no lo hice! ¡Luis Enrique lo mató!
Luis Enrique se pone un poco nervioso, pero intenta disimular.
Policía 1: Cálmese. Todo lo que diga puede ser usado en su contra.
Cecilia: ¡Él lo mató! No me pueden arrestar solo a mí ¡Danilo! ¡Danilo, hijo! ¡Haz algo! ¡No dejes que me lleven!
Danilo siente que no puede más y sale casi que corriendo de allí. María Helena, quien estaba presenciando la situación, sale tras él.
María Helena: ¡Danilo, espera!
Marissa: (separándose de Eduardo) Tengo que ir a hablar con él.
Eduardo: Marissa, ahora no es conveniente. Tenemos que ir a la estación de policía para levantar formalmente la denuncia. Deben tomar tu declaración.
Luis Enrique: Eduardo tiene razón. Tú y yo somos los únicos que presenciamos lo que ocurrió, y con nuestra declaración podrán comenzar a investigar para que la sentencien.
Marissa: Perdónenme, pero esto es muchísimo más importante. Danilo ya ha tenido suficiente y no pienso dejarlo solo en esto.
Marissa se retira. Eduardo se queda un poco extrañado por el interés y la gran preocupación que la mujer siente hacia Danilo.
Luis Enrique: Tendremos que esperarla. Es mejor que nos tomen la declaración a ambos al mismo tiempo, además, deben desenterrar el cuerpo del capataz ese y sólo nosotros sabemos dónde está.
Eduardo: Todo esto lo habría podido evitar si desde el principio hubiera corrido a Tarcisio de la hacienda la primera vez que intentó abusar de Marissa.
Luis Enrique: ¿Por qué no lo hiciste entonces?
Eduardo: Porque tenía mis propios problemas y se me pasó investigarlo. Estaba sumido en el alcohol, mi mamá murió, luego de lo Lisa (Frustrado).
Luis Enrique: De todas maneras, ya ese infeliz está muerto. ¿Qué más da? Cecilia bien que nos hizo un favor acabando con la vida de ese tipo al que nadie va a extrañar.
Eduardo: (suspicaz) ¿De verdad lo mató ella?
Luis Enrique: ¿Por qué me lo preguntas en ese tono?
Eduardo: Porque no eres de fiar. Como te lo dije esta mañana, siempre has sido un hipócrita que pretende fingir ser mi amigo, pero sólo esperas la oportunidad de apuñalarme por la espalda. ¿Qué nos garantiza que no hiciste lo mismo con la madre de tus hijos?
Luis Enrique: Piensa lo que quieras. Deberías agradecerme que defendí a tu futura esposa de que un maldito cerdo como ese que tenías por capataz la violara. Tú ni siquiera estabas ahí para protegerla.
Eduardo: Eso no lo pienso discutir contigo. Esta vez pienso llegar al fondo de las cosas y si se descubre que fuiste tú quien mató a Tarcisio, tendrás que asumir las consecuencias.
Luis Enrique: Hazlo. Investiga. Te aseguro que no vas a encontrar más de lo que yo ya les dije.
Luis Enrique se va de allí. Eduardo lo ve irse con cierta suspicacia y luego voltea a ver hacia la dirección en la que se fue Marissa.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA

Pablo se encuentra visitando a Milena, quien, como ya es usual, está recostada sobre la cama. Un doctor también está presente en la habitación terminando de examinarla con el estetoscopio.


Doctor: Con el último chequeo que te hicimos, pudimos ver que has evolucionado muy bien, Milena.
Pablo: ¿Cuándo le van a dar entonces de alta, doc?
Doctor: Yo diría que en una semana más estará lista y recuperada, en lo que cabe, claro.
Milena: (emocionada) ¡Ay, qué buena noticia! Estaba deseando que me dijeran eso. De verdad que ya quiero salir de aquí.
Doctor: (serio) De todas maneras, hay que tener en cuenta ciertos cuidados. El golpe en la columna fue demasiado severo y tardará unas semanas más en estabilizarse por completo antes de que puedan empezar un tratamiento.
Pablo: Está bien, doctor. Le agradezco mucho por todo.
Doctor: No hay de qué. Los dejo a solas. Con permiso.
El doctor se retira de la habitación y cierra la puerta tras sí. Pablo y Milena ríen muy emocionados.
Pablo: ¡Mi amor, por fin te voy a tener más cerca! (Besándola varias veces) No sabes la alegría que me da saber que ya pronto vas a salir.
Milena: Sí, Pablito. Yo también estoy muy contenta. Parece que llevara aquí postrada en esta cama un año. Es que ya quiero que se pase rápido esta semana para volver a la hacienda.
Pablo: ¿Hacienda?
Milena: Claro, menso. ¿Para dónde más crees que me voy a ir?
Pablo: Para mí casa en la ciudad.
Milena: ¿Cómo que tú casa? (Confundida) ¿De qué estás hablando?
Pablo: Mile… (Tomándola de las manos) Me quiero casar contigo.
Milena: (riendo) Ay, ahora sí que te zafó un tornillo. ¿Casarnos? De verdad te pasas.
Pablo: Nada de eso, tontita. Estoy hablando muy en serio.
Pablo saca del bolsillo de su pantalón una pequeña caja y la abre dejando ver un anillo de compromiso sencillo, pero muy bonito. Milena, quien inicialmente creyó que se trataba de una broma, cambia su expresión por una de gran sorpresa.
Pablo: Lo he pensado mucho y tomé la decisión de pedirte matrimonio, porque te amo y quiero que estés conmigo siempre, Milena.
Milena: (balbuceando) Ay, Pablo, yo…
Milena toma la caja y la cierra.
Pablo: (confundido) ¿Qué pasa?
Milena: Esto es una locura. Tú y yo no nos podemos casar.
Pablo: ¿Por qué no? ¿Qué acaso no me quieres?
Milena: Claro que sí y muchísimo, pero casarnos no es buena idea. Llevamos como una semana de novios y es muy pronto todavía para pensar en algo así.
Pablo: ¿Y tú crees que yo no pensé en eso?
Milena: (confundida) ¿Entonces?
Pablo: Mile, tu hermano nunca va a permitir que mi mamá y yo paguemos por tu tratamiento, pero si te casas conmigo, él no va a tener más opción que ceder siendo tú mi esposa.
Milena: Pues con eso que me dices sí que menos voy a aceptar.
Pablo: Mile, pero…
Milena: Yo quiero que te cases conmigo por convicción, no porque te sientas comprometido conmigo, así como en las novelas que el protagonista se casa con la mala de la historia cuando resulta embarazada. Lo que menos quiero es ser una carga para ti ni para nadie.
Pablo: No lo veas así. Por supuesto que quiero que nos casamos por convicción como dices, pero si lo hacemos ahora, va a facilitar las cosas para que puedas caminar lo más pronto posible.
Milena: (indecisa) No sé, Pablo…
Pablo: Tú bien sabes que Danilo no va a permitir que mi mamá corra con los gastos de tu tratamiento. Ya lo hablamos y me lo dijo muy clarito.
Milena: (pensativa) Sí, me lo imaginé.
Pablo: ¿Ves? Por eso, cuando seamos esposos, él ya no va a intervenir y podrás empezar rápido tu tratamiento.
Milena: Es que me da miedo que apresuremos las cosas. Primero quisiera que disfrutáramos de un noviazgo, así, bonito, sin prisas, como tantos chavos que ve una por ahí.
Pablo: No hay por qué temer. Yo sé que seremos muy felices. Tú me gustabas desde mucho antes de que nos viéramos, desde que intercambiábamos mensajes por la app, ¿recuerdas? Y ya luego que te conocí mejor es que me terminé enamorando de ti.
Milena: Yo en el fondo de mí también quisiera decirte que sí, que nos casemos. Te juro que nada me gustaría más que estar contigo porque me siento súper feliz a tu lado, Pablo.
Pablo: Entonces, ¿qué estamos esperando?
Milena: Es que no sé si sea buena idea ir tan rápido.
Pablo: Casémonos o no, mis sentimientos por ti ni tampoco mis intenciones van a cambiar. Nuestra relación seguirá siendo la misma y más especial de lo que ya es, así que, ¿qué me dices?
Milena se queda pensativa durante varios segundos y mira a su novio, quien le acaricia el rostro con mucho amor.
Pablo: ¿Aceptas casarte conmigo?
La muchacha inhala y exhala como preparándose para lo que dirá.
Milena: Está bien.
Pablo: (sonriendo) ¿Está bien qué?
Milena: Que sí. Que acepto casarme contigo.
Pablo: (gritando emocionado) ¡Sí! ¡Lo sabía, lo sabía!
Pablo no tarda ni un segundo en llenar de besos repetidos, unos tras a otros, a Milena. Ella se sonríe y se pone cosquillosa.
Milena: (riéndose) Ya, para, menso. Me estás haciendo cosquillas.
Pablo: Es que te amo tanto que no me cabe la felicidad por dentro. Siempre me soñé con tener un amor bonito con alguna chava y no sabes lo contento que me pone saber que serás mi esposa, mi amor. Gracias.
Milena: Gracias a ti por no dejarme sola en ningún momento y por todo lo que estás haciendo por mí. Te amo.
Pablo: Y yo a ti.
La pareja de jóvenes se besa de forma prolonga y luego, él procede a ponerle el anillo de compromiso en el dedo anular. Los dos se miran muy enamorados y se vuelven a besar.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA
Entretanto, Danilo está sentado en su cama, llorando de la manera más silenciosa que puede y tratando de reprimirse. María Helena está a tu lado frotándole la espalda para consolarlo.


María Helena: De verdad que no me puedo poner en tu lugar. Ha de ser muy duro ver cómo se llevan a tu mamá para la cárcel.
Danilo: (gimoteando) Me pude esperar todo de ella, menos que llegara tan lejos al punto de querer matar a alguien.
María Helena: ¿Sí crees que haya sido capaz de hacer todo de lo que la acusaron?
Danilo: Mi mamá odia con todas sus fuerzas a la señora Marissa (Limpiándose las lágrimas). Me niego a creerlo, pero en el fondo yo sé que es verdad. Ella y Tarcisio son amantes, o más bien eran porque ahorita él está muerto.
María Helena: (sorprendida) Órale. Puede que entonces si haya parte de verdad. De cualquier manera, lo siento mucho y cuenta conmigo para lo que necesites.
Danilo: Gracias.
María Helena: (esbozándole una sonrisa) No hay de qué. Me caíste muy bien. Eres muy buena onda y si se da la oportunidad, considérame como una amiga más. ¿Va?
De repente, ambos son interrumpidos por Marissa, quien toca la puerta que ya estaba entreabierta.

Marissa: Disculpen que interrumpa. María Helena, ¿me podrías dejar un momento a solas con Danilo?
María Helena: (poniéndose de pie) Claro que sí, señora. Pásele.
Marissa: (entrando) Gracias.
María Helena: Yo me retiro. Con permiso.
La muchacha sale de la habitación. Marissa se acerca a Danilo y se sienta a su lado en la cama, pero él voltea el rostro y evita mirarla.
Danilo: ¿Qué quiere?
Con disimulo y en silencio, Eduardo se ha acercado a la puerta para escuchar.

Marissa: Vine a decirte que me duele en el alma todo esto que estás pasando. Te juro que me parte el corazón no poder hacer nada.
Danilo: Dudo mucho que a usted le importe el cómo me pueda estar sintiendo yo, señora (Habla en mal tono).
Marissa: Te equivocas. Me importa y demasiado, tanto así que, de haber sido por mí, me habría callado lo que pasó para evitar que pasaras por este sufrimiento. Es sólo que Luis Enrique se me adelantó y se lo contó todo a Eduardo, y yo ya no pude hacer nada.
Danilo: No sólo me refiero a eso. Usted lo sabe muy bien.
Marissa cierra los ojos y baja la cabeza en señal de frustración. Danilo la mira con cierta amargura.
Danilo: Conocerla y haberla traído a esta haciendo sólo me ha hecho sufrir y echarme broncas encima que no son mías, ¿y todo para qué?
Marissa: (solloza) Danilo…
Danilo: Dígame. ¿Todo para qué si usted nunca me ha querido y nunca me va a querer?
Eduardo siente que los celos le invaden al escuchar tal conversación.
Marissa: Este no es el momento para hablar de eso, por favor.
Danilo: Pues a mí me parece que sí, ¿sabe? (Poniéndose de pie) Es el momento para que usted sepa que toda la culpa de lo que me pasado estos últimos meses es suya y hasta mía por estar enamorado de usted como un idiota.
Marissa: (dolida) Yo sé que estás muy molesto conmigo, pero te juro que mi intención jamás ha sido hacerte daño.
Danilo: Pero me lo ha hecho con su indiferencia y ya me cansé. Me cansé de usted y de ser su perro guardián, señora, el que siempre está dispuesto a darlo todo para que le paguen mal.
Marissa: Perdóname, por favor (Poniéndose de pie). Te prometo que haré lo posible para que la sentencia de tu madre no sea tan severa y…
Danilo: (la interrumpe) Gracias, pero no y si de verdad mi madre confabuló matarla con Tarcisio, le pido perdón en nombre de ella y que pague en la cárcel lo que tenga que pagar, pero no quiero su caridad.
Marissa: Danilo, por favor...
Danilo: En cuanto al trabajo como asistente que me ofreció una vez, tampoco me interesa ya. Cuando a mi hermana le den de alta, pienso llevármela lejos de aquí, a otro pueblo donde ya no tengamos nada que ver con ustedes.
Marissa: Pero Pablo y Milena tienen una relación. No les puedes hacer esto.
Danilo: De igual no llevan mucho tiempo. Dudo mucho que mi hermana vaya querer estar emparentada con la mujer que más daño me ha hecho en la vida, más que doña Hele… (Se detiene abruptamente). Más que nadie, quise decir…
Danilo mira fulminante a Marissa y sale del cuarto. Eduardo se aparta y no logra ser visto por el joven peón quien mientras camina se limpia enojado las lágrimas que no habían parado de caer de sus ojos.
Marissa: Danilo, perdóname. Perdóname, por favor.
Marissa rompe a llorar sintiéndose sumamente dolida y se sostiene de un buró. Eduardo la observa por la puerta, con una mirada muy seria.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / NOCHE

Manuel justo acaba de salir de la ducha cubriéndose con una toalla del torso para abajo mientras que con otra se seca el rostro y la cabeza. De repente, su celular suena y al ver en la pantalla, se apresura a contestar.

Manuel: (serio) ¿Qué quieres? Quedé en llamarte yo cuando te tuviera novedades.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / NOCHE
Lisa es quien habla al otro lado de la línea usando otro celular. Como es bien sabido, gran parte de su cuerpo está vendado. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.
Lisa: Bueno, sólo llamaba para recordarte que no tenemos mucho tiempo y como te conozco, necesito que te apresures con los planes, tiito querido.
Manuel: Te dije esta mañana que será un poco complicado convencer a tu gemela para que seduzca a Eduardo.
Lisa: Complicado o no, ese es tu trabajo, imbécil. Conviértela en mi perfecto reemplazo para que Eduardo caiga sin hesitar.
Manuel: ¿Y de verdad no te molesta que tu hermanita se disfrute por un tiempo a mi hermano?
Lisa: Para nada. De hecho, creo que hasta me excita un poco el sólo pensar que somos tan parecidas y que mi papi le hará el amor tal como me lo hizo a mí. Es como si me hiciera su mujer por segunda vez.
Manuel: (riendo) De verdad que estás enferma, sobrinita.
Lisa: (sarcástica) ¿Tú diciéndome eso? ¿Qué hay de ti? Te recuerdo que tú quieres emparejarla con él para que herede la fortuna de la familia y luego convertirla en tu amante para arrebatarle todo. ¿Quién de los dos está más enfermo, tiito?
Manuel: Dímelo tú que fuiste quien me lo propuso en cuanto me contactaste y te conté que tenías una hermana gemela. Yo sólo sigo tus órdenes para que, al final, tú te quedes con mi hermano y yo con el emporio que siempre me soñé.
Lisa: ¡Muy bien! Entonces, es un mano a mano. Los dos somos tal para cual y cada uno busca su propio beneficio. Tú bien sabes que a mí el podrido dinero de la familia me importa un bledo.
Manuel: Eso es lo que tú dices. Espero no me traiciones.
Lisa: Es tu decisión confiar en mi palabra o no. Tengo el dinero suficiente para vivir el resto de mi vida con Eduardo en el extranjero sin que nadie nos moleste.
Manuel: ¿De dónde lo sacaste?
Lisa: Epifanio fue muy generoso conmigo. Después de todo, el viejo decrépito ese sí era mi padre en verdad y no podía darle menos a su hija. Por lo pronto, tú deberías dejar de roncar y ponerte manos a la obra antes de mi regreso.
Manuel: Pues ya comencé una parte y me encargué de poner a Carolina de mi lado.
Lisa: Me supuse que aceptaría. La zorra esa siempre ha querido quedarse con mi papá.
Manuel: Eduardo no es tu padre y una hija jamás haría con su papá lo que tú pretendes hacer con mi hermano.
Lisa: Para mí siempre lo será y, además, lo convertiré en mi hombre una vez quitemos del camino a toda esa partida de zorras que estás detrás de él, incluida mi dizque hermana.
Manuel: (sonriendo) Me gusta cómo suena con decirte que no veo la hora.
En ese momento tocan la puerta de la habitación.
Manuel: Escucha. Tengo que colgar. Te llamo luego.
Manuel se apresura a colgar el celular. Lisa, en su habitación de hospital, deja su celular en la mesita de noche y se queda viendo al vacío.
Lisa: Muy pronto voy a regresar y será mejor que todos se preparen porque seré implacable. Vas a ser completamente mío, Eduardo y esta vez no voy a fallar.
Una sonrisa demoniaca se dibuja en los labios de la joven y que alcanzan a verse en medio del vendaje que cubre su rostro.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / NOCHE
Manuel deja su celular en la cama y finge secarse.

Manuel: ¿Quién es?
Carolina entra a la habitación y se incomoda un poco al verlo en paños menores.

Manuel: ¡Épale! Miren nada más a quién tenemos aquí (Sonríe con picardía).
Carolina: Mejor regreso más tarde para que tú te termines de vestir.
Carolina intenta retirarse.
Manuel: ¡Oye, oye! ¡Espérate!
Manuel la alcanza y le cierra la puerta, acorralándola.
Manuel: ¿Por qué me huyes? ¿Qué acaso te incomoda ver un hombre en poca ropa? ¿Temes que no te puedas resistir?
Carolina: (riendo) ¡Por favor, Manuel! Tú como hombre no inspiras ni la más pervertida fantasía de una mujer. Te falta mucho.
Manuel: Eso es porque eres una solterona que no sabe lo que se siente ser deseada, pero sí quisieras, bien que te lo podría demostrar.
Manuel la mira de arriba hacia abajo con cierta lascivia.
Carolina: Te lo agradezco, pero no me interesa. Eduardo es el amor de mi vida y nunca lo traicionaría, menos con alguien como tú.
Manuel se pone serio y se aleja dándole la espalda.
Manuel: Está bien. Tú te lo pierdes. Mejor dime qué quieres y lárgate que ya iba a dormir (Continúa secándose).
Carolina: Venía para informarte que la alianza que hicimos esta mañana se complicó un poco.
Manuel voltea a verla extrañado.
Manuel: ¿A qué te refieres?
Carolina: Hoy descubrí que mi padre me excluyó de su testamento y nombró como sus herederas a Marissa y a la muchacha aquella, María Helena.
Manuel: (incrédulo) Tiene que ser una broma. ¿Qué se supone que vamos a hacer? Tú me interesabas más como esposa de mi hermano por tu dinero y esto cambia mucho nuestro trato.
Carolina: Lo sé, pero nada está perdido todavía. Tengo un as un bajo la manga y ya me encargué de sobornar al licenciado de mi padre para que modifique el testamento a mi favor.
Manuel: Ah bueno. Eso me deja más tranquilo. Por lo menos resultaste ser un poco inteligente y menos honesta de lo que te creí.
Carolina: Por Eduardo soy capaz de lo que sea. Por eso pienso adquirir la hacienda pagando la hipoteca y así él no tendrá reparo en casarse conmigo cuando se lo pida.
Manuel: (sonriendo) ¡Óyeme! Nada mal, eh. Hasta yo podría presionarlo para que acepte cuando tú se lo pidas.
Carolina: Muy bien. Entonces, ahora quiero que me envíes la grabación que tienes en tu poder.
Manuel: ¿Cómo? ¿Tan pronto? Pensé que esperarías un poco más.
Carolina: He esperado por dieciocho largos años y ya no pienso perder más el tiempo tratando de enamorar a Eduardo. Tengo que actuar ya y por eso necesito la grabación.
Manuel: Está bien. Te la voy a enviar a tu celular siempre y cuando me garantices que será para cumplir con nuestro trato.
Carolina: Y así será. Me voy a encargar de alejar a Marissa para siempre de Eduardo y tengo pensado hacerlo justo el día de su pedida de mano.
Manuel: Como quieras, pero vas a necesitar más que eso. Eduardo puede salirse con la suya y lograr que esa estúpida lo perdone, así que te voy a echar una mano.
Carolina: ¿Qué tienes pensado?
Manuel: Bueno, por ahí escuchando detrás de las paredes me enteré que uno de los peones que trabaja para nosotros está enamorado de Marissa y pienso envenenar a Eduardo para que piense mal de su querida prometida.
Carolina: ¿Quieres ponerlos a ambos en contra?
Manuel: ¡Bingo! Los dos odiándose mutuamente no volverán a querer saber nada el uno del otro y tú tendrás más oportunidades de forzar a mi hermano para que te despose. Brillante, ¿no?
Manuel se echa a reír y Carolina asiente ante tales planes con una sonrisa de malicia.
CONTINUARÁ…
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