Capítulo 35: Atracción fatal

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CASIMIRA / NOCHE



Marissa se encuentra recostada en la cama mirando al vacío mientras se abraza a sí misma un poco afligida. En eso tocan la puerta y ella sale de sus pensamientos abruptamente.



Marissa: Adelante.

Eduardo entreabre un poco indeciso la puerta, pero no se atreve a entrar. Ella al verlo mira hacia otro lado.



Eduardo: ¿Podemos hablar?

Marissa: (seria) ¿Sobre qué?

Eduardo: Sobre todo lo que pasó el día de hoy, ¿no crees?

Marissa: Pues no sé qué tanto haya para decir.

Eduardo: (adentrándose) Hay mucho qué decir, Marissa y lo sabes. Es injusto que quieras hacerme de lado sin darme la oportunidad de que te explique.

Marissa: Me parece que lo que oí y vi fue lo suficientemente claro para percatarme de que no has sido tan sincero conmigo como pensé.

Eduardo: Carolina ha estado enamorada de mí desde antes de que me casara con Helena. Tú lo sabías.

Marissa: Sí, lo sabía, pero nunca me imaginé que le hubieras correspondido y que hubieras tenido intimidad con ella.

Eduardo suelta un prolongado suspiro por un par de segundos y asiente con la cabeza.

Eduardo: Es verdad. Es cierto que me acosté con ella, pero…

Marissa: (interrumpiéndolo) Muy bien. Entonces, no necesito saber nada más.

Eduardo: Marissa, escúchame.

Marissa se levanta molesta de la cama.

Marissa: ¿Qué más me vas a explicar, Eduardo? Pude haber sido una estúpida por muchos años mientras estuve casada con Luis Enrique, pero no pienso serlo más.

Eduardo: Estás siendo muy egoísta e injusta conmigo.

Marissa: ¿Qué hay de ti? ¿Te parece muy bien haberte callado algo tan importante?

Eduardo: Mira, sé que fallé y no te dije nada, pero trata de entenderme, por favor. Era difícil e incómodo para mí contarte algo tan íntimo.

Marissa: Puede ser incómodo, difícil y todo lo que tú quieras, pero merecía saberlo. Una relación se basa en honestidad, la confianza, el respeto y tú traicionaste todos esos principios.

Eduardo: Tienes toda la razón y no pienso discutirlo. Hice mal y no lo voy a negar, pero te amo y no quería perderte.

Marissa ríe con incredulidad. Eduardo se le acerca.

Eduardo: Esa es mi única verdad, Marissa. Te amo.

Marissa: ¿Y qué pretendías yéndote a la cama con Carolina? ¿Pasar el rato? ¿Ilusionarla en vano mientras pretendías tener una relación conmigo? (Indignada) Jugaste con los sentimientos de otra mujer que para colmo es mi hermana, Eduardo. ¿Te das cuenta?

Eduardo: Yo jamás he jugado con los sentimientos de Carolina. Siempre he sido sincero y directo con ella, y puedes preguntárselo.

Marissa: ¿Me vas a decir que ella te forzó?

Eduardo: Podrá sonarte loco, pero siento que así fue.

Marissa niega cada vez más indignada con la cabeza.

Eduardo: Ese día bebimos. Tomamos un poco de vino, sólo un poco y no sé qué me pasó, pero perdí la noción y ella se aprovechó de mi estado.

Marissa: Basta ya. No quiero oír más.

Eduardo: Marissa, por favor… (Desesperado)

Marissa: Es mejor que paremos esta conversación sin sentido. He tenido un día muy duro y ya tuve suficiente.

Eduardo: Pero no hemos terminado de hablar y tenemos que aclarar este estúpido malentendido. No quiero estar así contigo.

Marissa: Yo tampoco y me duele, pero no voy a correr a tus brazos pretendiendo que no pasó nada. Traicionaste la confianza que estaba depositando en ti después de terminar una relación tan tortuosa y eso me deja mucho qué reflexionar.

Eduardo: (dolido) ¿Vas a terminar lo nuestro entonces?

Marissa: (muy seria) No lo sé.

Eduardo: Marissa, no me hagas esto. De verdad no me veo sin ti. No te quiero perder.

Eduardo toma a Marissa entre sus brazos.

Marissa: (resistiéndose) No, Eduardo. Déjame.

Eduardo: Te amo, te lo juro. Tú eres la única mujer que necesitaba en mi vida, la única.

Marissa: Es mejor que te vayas.

Eduardo: Tan solo escúchame. Fui un estúpido y lo reconozco, pero te juro que no voy a volverte a lastimar, Marissa. Perdóname.

Eduardo presiona a la mujer fuertemente contra su cuerpo. Ella se estremece, pero intenta alejarlo empujándolo en el pecho suavemente.

Marissa: Eduardo, ya…

Eduardo: Perdóname por haberte lastimado.

Marissa: Es mejor que te salgas.

Eduardo: (suplicante) Perdóname…

Eduardo toma el rostro de ella y comienza a besarla. Marissa sigue resistiéndose.

Marissa: Para, no…

Eduardo continúa besándola lentamente y Marissa poco a poco termina por ceder. Es así como los dos se envuelven de esa manera en un romántico beso que comienza a tornarse a uno más apasionado. Ella se deja llevar, pero una serie de recuerdos comienzan a invadir su cabeza.

FLASHBACK

Danilo: Dígame. ¿Todo para qué si usted nunca me ha querido y nunca me va a querer?

Marissa: Este no es el momento para hablar de eso, por favor.

Danilo: Pues a mí me parece que sí, ¿sabe? (Poniéndose de pie) Es el momento para que usted sepa que toda la culpa de lo que me pasado estos últimos meses es suya y hasta mía por estar enamorado de usted como un idiota.

FIN DEL FLASHBACK

Marissa siente que aquellas palabras retumban en su cabeza y, aunque sigue besándose con Eduardo, más recuerdos llegan.

FLASHBACK

Carolina deja caer la bata que cubre su cuerpo ante la mirada atónita de Eduardo.

Eduardo: Carolina, ¿qué estás haciendo?

Carolina: Quiero que me hagas tuya de nuevo.

Marissa se cubre la boca con las manos sintiéndose muy sorprendida. Carolina, por su parte, se acerca a él.

Carolina: Quiero que antes de que te cases, sólo por una vez más, me hagas sentir tu mujer.

FIN DEL FLASHBACK

Eduardo comienza a bajar por el cuello de Marissa besándola sutilmente. Ella abre los ojos sintiéndose un poco perturbada e incómoda, pero no logra controlar sus pensamientos.

FLASHBACK

Marissa suelta un gemido de sorpresa y siente que no puede más. Manuel viene pasando por allí luego de haber salido de la habitación de María Helena y al ver a Marissa, se extraña.

Manuel: ¿Qué estás haciendo tú ahí?

Desde adentro, Eduardo y Carolina escuchan a Manuel. El primero se extraña y procede a abrir la puerta.

Carolina: ¡Eduardo, no! ¡No lo hagas!

Una vez que abre la puerta, el hombre se encuentra en primer plano con Marissa. Ésta ve en el fondo de la habitación a Carolina, quien muy avergonzada, toma su bata del piso y se cubre.

FIN DEL FLASHBACK

Marissa intenta quitarse de encima a Eduardo.

Marissa: Espera, Eduardo. Detente.

Eduardo: Te amo. Te deseo tanto…

Marissa se siente un tanto perturbada y Eduardo, cada vez más apasionado, la llena de caricias y la sigue besando.

FLASHBACK

Tarcisio la cachetea. Marissa gime adolorida y llora de impotencia. El hombre, de la manera más enferma, comienza a llenarla de besos y la lame por el cuello.

Tarcisio: (gimiendo) Me encantan tus pechos, tu cuerpo. El festín que me voy a dar contigo, zorra infeliz.

El capataz incluso le mete la mano por debajo de la ropa interior y comienza a manosear sus partes íntimas.

Marissa: ¡NOOO! ¡POR FAVOR!

FIN DEL FLASHBACK

La mujer siente que no puede más al traer a su memoria tantos sucesos fuertes que ha vivido en los últimos días y empuja fuertemente a su pareja.

Marissa: ¡Basta ya, Eduardo! ¡No me toques!

Eduardo: (desconcertado) Marissa, pero…

Marissa: Vete y déjame sola, por favor (Derrama un par de lágrimas).

Eduardo: (acercándose) ¿Qué te pasa?

Marissa rompe a llorar y le grita.

Marissa: ¡Que te salgas! ¿No me entiendes? ¡Vete!

Eduardo: Está bien. Cálmate. Dime por lo menos qué te ocurre. ¿Por qué te pusiste así de un momento a otro?

Marissa: Perdóname, pero no quiero hablar ni estar cerca de ti, no ahorita y si no es mucho pedirte, sólo déjame y después hablamos.

Eduardo asiente un tanto frustrado con la cabeza y sale de la habitación sin decir nada, cerrando la puerta tras sí. Marissa, entretanto, se queda llorando y se deja caer en la cama sintiéndose muy mal.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SEGUNDO PISO / NOCHE

Minutos después, Eduardo camina por el pasillo del segundo piso de la casa dirigiéndose rápido a su habitación con cara de pocos amigos al tiempo que se desabotona la camisa. María Helena, quien se encuentra en bata, lo ve pasar de lejos y se extraña al verlo así. Una vez él entra a su habitación, termina de quitarse la camisa y la lanza furioso al piso.



Eduardo: ¡Maldita sea!

El hombre jala las sábanas de su cama y las lanza por doquier. Luego, tira las cosas que encuentra a su alrededor, tales como cuadros y sillas, causando un gran estruendo. María Helena escucha angustiada detrás de la puerta y él termina por mirarse exhausto en el espejo.

Eduardo: (respirando agitado) No te puedo perder, Marissa. ¡No puedo!

Eduardo empuña una mano y golpea el espejo quebrándolo y cortándose en el acto. María Helena se impacta y comienza a tocar insistentemente.

María Helena: ¡Don Eduardo! ¡Don Eduardo, ábrame! ¿Qué le pasa?

María Helena continúa tocando, pero no recibe respuesta y decide pasar sin permiso encontrando al hombre, sentado en el piso, con una herida sangrando en su mano derecha.

María Helena: ¡Ay, don Eduardo! ¿Qué hizo?

La muchacha corre a atenderlo y lo ayuda a ponerse de pie.

Eduardo: (desanimado) Quiero estar solo. Déjame, por favor.

María Helena: ¿Cómo me va a pedir eso? ¿Que no ve que está sangrando?

María Helena lo lleva a sentarse en la cama.

Eduardo: Yo me sé cuidar. Tú vete a dormir. Esto no te concierne.

María Helena: Puede que no, pero no pienso dejarlo así. Yo le voy a ayudar. Espéreme.

María Helena corre al baño para buscar algo con qué curar la herida.

INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA DE VILLA ENCANTADA / NOCHE

Unos pasos cercanos se hacen escuchar. Es una persona que se dirige lentamente a una celda en particular y por el tipo de zapatos que usa, se puede ver que se trata de un hombre. Dentro de aquella celda, sólo hay una mujer que está acostada en el piso mirando hacia la pared. Es Cecilia, quien luce impasible, seca, como si le hubiesen arrancado la propia alma. El hombre llega a la celda. “Hola, querida mía” es lo que dice. Cecilia abre los ojos más de lo normal al escuchar y reconocer aquella voz, por lo que se levanta exaltada y ve en medio de la penumbra a su examante.



Luis Enrique: ¿Cómo la estás pasando?

Los ojos verdes del hombre parecen resplandecer en la tenue oscuridad de aquel lugar. Cecilia desencaja el rostro y se queda sin palabras.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / NOCHE

Entretanto, María Helena termina de envolver la mano herida de Eduardo con un vendaje especial. Los dos están sentados en la cama. Es dotar que él sigue sin camisa y ella en pijama, cubriéndose con una bata.



María Helena: (sonriendo) Listo, ya está. Con eso va a estar mejor, por lo menos hasta mañana que pueda ir al dispensario del pueblo para que le revisen la cortada.

Eduardo: No creo que haga falta. Me parece que con esto que hiciste es suficiente, María Helena. Gracias.

María Helena: Todavía hace falta que lo revise un médico. Yo sólo le di los primeros auxilios para que la herida no se pusiera peor, pero no soy enfermera.

Eduardo: Lo hiciste muy bien. Llegué a pensar que lo eras. ¿Dónde aprendiste?

María Helena: Nos dieron un curso en la prepa una vez, pero no fue gran cosa.

Eduardo: (sonriéndole) Todo conocimiento es importante. Nunca te subestimes.

María Helena: Bueno, ahí le doy la razón porque mi mamá dice lo mismo (Se pone nostálgica).

Eduardo: Debes extrañarla mucho, ¿no?

María Helena: Para que le digo mentiras. La verdad es que sí la extraño muchísimo. Hoy llamé al hospital y me dijeron que ya la estabilizaron un poco, pero también me dijeron que la deben operar en cuenta antes porque su corazón puede entrar en crisis en cualquier momento y…

Eduardo: (la interrumpe) No te preocupes. Te prometo que mañana mismo me encargo de transferir a la cuenta bancaria del hospital el dinero de la cirugía que necesita tu madre.

María Helena: (ilusionada) ¿De veras?

Eduardo: Claro que sí. Cuenta con ello.

María Helena: (emocionada) ¡Ay, qué alegría, don Eduardo!

María Helena no duda en abrazar a Eduardo sintiéndose muy contenta. Él se sorprende.

María Helena: ¡Muchísimas gracias! De verdad que no tengo cómo pagarle (Reacciona y se aleja) ¡Ay, qué pena! Discúlpeme. Fue la emoción.

Eduardo: (riendo) Tranquila. No es nada. No tienes por qué avergonzarte. Recuerda que te dije que me puedes ver como un padre y los hijos abrazan a sus padres, ¿no?

María Helena: Sí, es cierto, aunque todavía nos falta salir de dudas.

Eduardo: Sin importar el resultado, siempre cuenta conmigo, María Helena. Mira nada más lo que hiciste por mí ayudándome a curar la cortada. Eso no lo haría cualquier persona, menos cuando te dije que me dejaras solo. Discúlpame por ello.

María Helena: Pierda cuidadoso y aunque no sé por qué estaba tan enojado, déjeme decirle que no permita que nada le quite la tranquilidad, don Eduardo. Muchas veces no vale la pena.

Eduardo: No me pude controlar. Cometí un error y ahora Marissa está muy molesta conmigo.

María Helena: Sea lo que sea, confíe en que se le va a pasar. Lo que pasa es que, así como usted, a veces el enojo nos pone una venda en los ojos y no vemos más allá.

Eduardo: No lo sé. Tengo miedo que no me perdone y que se vaya de mi vida. No me quiero quedar solo otra vez.

María Helena: No diga eso. Usted no va a volver a estar solo.

Eduardo: No tengo a nadie más. Mi único pariente es Manuel y ya lo conociste.

María Helena: No me refiero a él. Me refiero a mí.

Eduardo: (extrañado) ¿A ti?

María Helena: Claro. Yo me voy a quedar con usted el tiempo que haga falta para no se sienta solo como dice, sólo si la señora Marissa no lo perdona y las cosas no se arreglan, eh. Esperemos que sí, obviamente.

Eduardo: (un poco incrédulo) ¿Te quedarías incluso si resulta que no soy tu padre?

María Helena: Sí, ¿por qué no? Usted me lo dijo hace tantito, que sea cual sea el resultado, podía verlo como un padre y de la misma manera, yo le digo que usted me puede ver como su hija.

Eduardo: Es muy reconfortante de tu parte escucharlo. Gracias.

María Helena: No hay de qué y ya no esté triste. Mire que se ve muchísimo más guapo cuando sonríe.

Eduardo ríe un poco apenado.

María Helena: ¡Sí, ándele! Así tal cual. Mire lo bien que se ve.

Eduardo: Si tú lo dices… (Esboza su sonrisa).

María Helena: Bueno (Poniéndose de pie). Yo creo que mejor me retiro que ya es tarde y usted debe dormir.

Eduardo también se pone de pie.

Eduardo: Tú también. Trata de descansar. Ha sido un día muy agotador.

María Helena: Ni que lo diga.

Eduardo: Gracias de nuevo por todo.

María Helena: Con mucho gusto. Espero y se mejore de la cortada pronto. Buenas noches.

María Helena se da la vuelta para retirarse, pero Eduardo la llama.

Eduardo: María Helena…

Ella voltea a verlo con curiosidad y se sorprende cuando éste inesperadamente le da un beso en la cabeza de forma fraternal.

Eduardo: Buenas noches.

María Helena se queda atónita por tal gesto y enmudece por un par de segundos.

María Helena: Bue… Buenas noches, señor.

María Helena sonríe un poco incómoda y se va un poco consternada. Eduardo se queda viéndola como si ella le despertara un cierto cariño genuino. Manuel, de lejos, ve a salir a la muchacha de la habitación y sonríe con picardía.



INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA DE VILLA ENCANTADA / NOCHE

Cecilia observa a través de la reja de la celda a Luis Enrique, quien dibuja una sonrisa de malicia en su rostro. Es poca la iluminación de la escena. Ella, por su parte, permanece en quietud, pero comienza a hablar con una notable amargura.



Cecilia: ¿Qué estás haciendo tú aquí? ¿Cómo es que tienes el cinismo de venir después de lo que me hiciste?

Luis Enrique: Quería hablar contigo.

Cecilia: Pero yo no. ¡Guardia! ¡Guardia! ¡Quiten a este hombre de mi vista! ¡No quiero verlo! (Aferrándose a la reja) ¡Guardia!

Luis Enrique: (callándola) Sh, sh… Por más que grites, nadie va a venir. ¿Olvidas quién soy y que tengo la lana para comprarme hasta a la policía?

Cecilia: Si ese es el caso, entonces, ¿por qué no confiesas que tú mataste a Tarcisio y a Helena, y mueves tus influencias para que te dejen libre? De seguro no permanecerías mucho tiempo encerrado en esta maldita pocilga.

Luis Enrique guarda silencio.

Cecilia: Anda, dime. ¿Por qué no me respondes? ¿No que eres intocable y todo lo puedes? Porque a mí más bien se me hace que eres un cobarde.

Él sigue sin decir nada.

Cecilia: ¡Sí, eso! Un cobarde que tuvo que acusarme a mí de su crimen para salir bien librado porque sabes que con un par billetes no podrás comprar otras cosas como la justicia.

Luis Enrique: Tal vez tengas razón. Tal vez si confieso mi culpa no pueda salir tan bien librado sólo con dinero como dices. Me complicaría las cosas y es lo que quiero evitar. Eras tú o era yo.

Cecilia: (dolida) Lo sé y ahora es que puedo ver que mis hijos y yo jamás te importamos. Llegamos hasta este punto por ti que lo mandaste todo al carajo, pero ya qué. Lo lograste. Te deshiciste de mí junto con esa maldita mojigata que espero se muera mientras yo me pudro aquí.

Luis Enrique: Y ten por seguro que será por mucho tiempo. Me voy a encargar de que no vuelvas a tener tu libertad, Cecilia.

Cecilia tensa fuertemente la mandíbula intentando contener las ganas de llorar.

Luis Enrique: En cuanto a Marissa, seremos muy felices cuando nos casemos de nuevo porque eso haremos, te cuento. Voy a convertirla en mi esposa para tenerla comiendo de mi mano como siempre debió ser.

Cecilia: No entiendo cómo es que te pude amar tantos años (Derrama un par de lágrimas). Eres una basura. Eres el peor error que pude haber cometido en mi vida. Cómo me lamento.

Luis Enrique: Ya no podemos devolver el tiempo atrás, querida. Hay que seguir y yo gané mientras que tú perdiste.

Cecilia: ¿Y qué ganas ya restregándomelo en la cara? ¿Humillarme? ¿Burlarte? De mí ya no puedes obtener nada.

Luis Enrique: Sólo quería venir a despedirme porque esta será la última vez que nos veamos, ¿y sabes algo? En parte te agradezco haberme dado dos hijos. Danilo y Milena son lo único bueno que pudo salir de mí y cuidaré bien de ellos. Es lo que te puedo garantizar.

Cecilia: Ni te atrevas. Mejor estarían sin ti y no te necesitan como nunca te necesitaron en todos estos años.

Luis Enrique: Y yo no necesito que tú me digas lo que tengo que hacer. Voy a encargarme de recuperarlos y seremos muy felices mientras tú te mueres sola encerrada en medio de las ratas. Hasta nunca, Cecilia.

Luis Enrique le lanza una última mirada muy seria a la madre de sus hijos y se retira de allí. Cecilia siente que el llanto la hiperventila y suelta un fuerte y desgarrador grito, cargado de impotencia y dolor, que llena todo el lugar. Luis Enrique alcanza a escuchar justo cuando sale de la estación de policía y se detiene por un momento pensativo, pero continúa su camino sin remordimientos.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CASIMIRA / DÍA



Marissa va saliendo de la habitación en la que siempre se ha hospedado desde que llegó a la hacienda para reemplazar a Casimira. Cuando cruza por el pasillo, se choca con Carolina.



Carolina: Marissa. Qué gusto me da verte. Precisamente iba a tu habitación para hablar contigo.

Marissa: (seria) ¿Qué necesitas?

Carolina: Hablar sobre lo de ayer. Ya no tuvimos oportunidad de hacerlo porque me contaron que tuviste algunos inconvenientes. Lamento todo lo que tuviste que pasar a manos de Tarcisio.

Marissa: Te agradezco.

Carolina: ¿Cómo te sientes? Escuché que ese animal quiso abusar de ti y todo por orden de Cecilia. Qué horror.

Marissa: Desgraciadamente, todo resultó con la muerte de él y a Cecilia se la llevaron detenida a la estación policía. Yo, por lo menos, estoy bien, en lo que cabe, pero bien. Gracias por tu preocupación.

Carolina: Me alegra oír eso. Mira, Marissa. Para ninguna de las dos es un secreto que es muy incómodo estar aquí hablándonos la una a la otra después de lo que pasó con Eduardo y…

Marissa: (lo interrumpe) No digas nada. De verdad estoy ya cansada de ese asunto, Carolina.

Carolina: Pero es necesario que lo platiquemos.

Marissa: ¿Qué te puedo decir? Él, por una parte, no fue sincero conmigo y tú tampoco, lo cual me parece muy bajo. Todos somos personas adultas y muy maduras para hablar este tipo de cosas.

Carolina: Lo sé y no te imaginas lo avergonzada que estoy contigo y hasta con Eduardo. Él no tiene la culpa y si nos escuchaste, pudiste darte cuenta que era yo quien lo estaba casi que forzando a acostarse conmigo.

Marissa: Ninguna mujer debería perder su dignidad rogándole a un hombre que le haga el amor. Tú eres muy bella, joven. Cualquier hombre se enamoraría de ti si le dieras la oportunidad.

Carolina: Tal vez tengas razón, pero no te puedes poner en mi lugar. Hay muchas cosas que debo contarte y necesito que me escuches.

Marissa: (incómoda) Yo creo que es mejor dejar las cosas como están y olvidarnos de este asunto. De verdad quiero construir una buena relación contigo como hermanas, las que nunca pudimos ser, pero esto no nos ayuda en nada.

Carolina: Yo también quiero lo mismo y por eso, como hermana, quiero pedirte que me escuches. ¿Por qué no salimos al pueblo a almorzar?

Marissa: (indecisa) No sé si sea buena idea, no ahora. Todo está muy reciente todavía.

Carolina: Acepta, Marissa, por favor. Yo te invito. Es mejor aclarar este asunto de una vez por todas. De verdad hay algo importante que debes saber.

Marissa se queda pensativa durante unos segundos.

Carolina: ¿Qué dices? Todavía tengo mi coche, así que podemos ir sin problema.

Marissa: (suspirando resignada) Está bien. Me convenciste.

Carolina: (sonriéndole) Perfecto. Yo ya estoy lista, así que podemos ir ya mismo si quieres. Llegar al pueblo nos lleva una hora de camino.

Marissa: Me parece bien. Vamos de una vez.

Las dos mujeres salen juntas de allí.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / DÍA

Pablo y María Helena desayunan juntos. Una muchacha del servicio termina de servirles el jugo de naranja.



Pablo: No te creo, María Helena Con todo lo que me contaste hasta se me quitó el apetito y me siento muy mal de solo pensar que estuvieron a punto de hacerle esas cosas tan gruesas a mi mamá (Perturbado).

María Helena: Me imagino, pero solo te estoy diciendo la verdad de lo que pasó.

Pablo: (poniéndose de pie) Voy a buscarla. Tengo que hablar con ella.

María Helena: Espérate, no seas tan impulsivo (Intenta detenerlo). Ella ya debe estar por venir para sentarse a desayunar con nosotros.

Pablo: Conozco a mi mamá. Cuando está triste o afligida por algo, prefiere estar encerrada y no comer nada. Te lo digo yo que la vi sufriendo en silencio muchos años mientras estuvo casada con el patán de Luis Enrique.

María Helena: ¿Luis Enrique? ¿Es el mismo de la cena el día aquel que llegué a la hacienda?

Pablo: Exacto. Él fue mi padre adoptivo. Mi mamá y él estuvieron casados, pero ya se divorciaron.

María Helena: Vaya, esa no me la sabía. Él también estaba ayer presente cuando se llevaron a la mamá de Danilo. La estaba acusando de cosas retefeas.

Pablo: Lo que pasa es que Luis Enrique y Cecilia fueron amantes, Malena (Ella se sorprende). Luis Enrique viene a ser el padre de Danilo y de Milena, mi novia.

María Helena: ¡Chale! Entonces, todo está más conectado de lo que pensé (Muy impresionada). ¿Cómo es que terminaron todos viviendo en el mismo lugar?

Pablo: Es una historia un poco larga, pero para resumirte, mi mamá descubrió a Luis Enrique y ese día sufrió un accidente en su coche. Danilo, por casualidad, la rescató y la trajo para acá.

María Helena: (pensativa) Claro, con razón él se enamoró de ella.

Pablo: Así es, y por eso es que Cecilia detesta a mi mamá, además de que le tiene envidia la muy víbora. Intentó poner a la gente del pueblo en su contra una vez para que la desterraran.

María Helena: Qué mal.

Pablo: Pero lo que hizo confabulada con el capataz ese fue la gota que colmó el vaso (Furioso). Te juro que si la tuviera en frente no sé ni lo que le haría, así sea la madre de Danilo y Milena…

María Helena: Ay, Pablo. No hables así. Mira que el odio ha sido el causante de todas las tragedias que les han pasado y ya es justo, ¿no te parece?

Pablo: Es que me tiene cansado que siempre la agarren contra mi mamá. Primero fue Luis Enrique, luego la tal Lisa, Después Cecilia y ya hasta Eduardo. Ella no le ha hecho nada malo a nadie.

María Helena. Yo sé que no, pero ya sabes cómo es la gente y la mejor manera de luchar con los enemigos es no siendo como ellos. Ni tú ni tu mamá tienen que rebajarse al nivel de esas personas y sobre don Eduardo, no creo que haya querido lastimar a tu mamá.

Pablo: ¿Tú sabes algo?

María Helena: Pues no, pero me consta que él también está sufriendo y tiene mucho miedo de perderla. Todos nos equivocamos y a lo mejor lo que pasó entre ellos debe ser un malentendido, no sé.

Pablo: Puede que sea cierto. El caso es que esta vez no quiero dejar a mi mamá sola cargando con todo como antes y debe necesitarme, así que iré a buscarla a la habitación. Perdona que no desayune contigo esta vez.

María Helena: Está bien. Pierde cuidado. Yo me puedo quedar aquí sola desayunando. Primero tu mamá, pero eso sí. Mándale mis mejores deseos.

Pablo: Gracias, Malena. Le voy a decir. Te hablo al rato.

Pablo se retira del comedor. María Helena se queda allí y decide continuar con su desayuno, pero al tomar asiento, Manuel hace aparición.



Manuel: No sabía que ya tenías la confianza de estar en la mesa como una de nosotros.

Manuel se sienta a su lado. María Helena rueda los ojos sintiéndose molesta al verlo.

María Helena: Pues ya con su sola presencia se me quitó el hambre y prefiero largarme.

La muchacha se pone de pie, pero él la jala de un brazo y la sienta a la fuerza.

María Helena: ¡Óigame! ¿Qué le pasa?

Manuel: Que últimamente me estás provocando mucho, preciosa.

Manuel comienza a manosearle las piernas por debajo de la mesa.

Manuel: Me recuerdas tanto a Lisa y lo bien que la pasábamos, que quiero repetirlo contigo.

María Helena le aparta muy indignada las manos de sus piernas.

María Helena: Ya le dije que me deje en paz porque si no le voy a contar todo a don Eduardo para que lo ponga en su sitio por cerdo.

Manuel: Hazlo, ve. Yo sé muy bien tu jueguito. Te haces la mustia y la digna conmigo, pero andas metiéndotele por los ojos a él. ¿Que crees que no lo sé?

María Helena: No sé de qué me está hablando, señor.

Manuel: Te vi saliendo anoche ya tarde de su habitación. ¿Crees que eso lo haría una muchachita pulcra y virginal como quieres hacernos pensar a todos?

María Helena: Piense lo que le venga en gana. No estábamos haciendo nada malo. Él simplemente es muy bueno conmigo y yo lo aprecio por eso.

Manuel: Sí, claro. Qué bonitas palabras, pero a mí no me engañas y tampoco trates de engañarte a ti misma. Ese aprecio que dices tarde que temprano se volverá algo más y vas a terminar como Lisa, enamorada locamente de él.

María Helena: ¡Jamás! Y que le quede claro algo. Prefiero irme muy lejos y pedir limosna en las calles para ayudar a mi mamá antes que hacer algo tan asqueroso.

María Helena sale del comedor. Manuel se ríe y se queda viéndola.

Manuel: Ya veremos. Voy a sembrar tanto la duda en ti que vas a terminar cayendo, Malenita. Ya veremos…

INT. / RESTAURANTE / DÍA

Marissa y Carolina almuerzan juntas en un bonito restaurante en el centro del pueblo. Parece que ya están por terminar.



Carolina: De nuevo te agradezco haber aceptado mi invitación, Marissa. Te aseguro que esto significa mucho para mí. Es nuestra primera salida juntas como hermanas.

Marissa: Es verdad. No habíamos tenido la oportunidad antes y quien te agradece por la invitación soy yo. Estuvo deliciosa la comida y el lugar espectacular. Nunca había venido.

Carolina: Me lo supuse. Desde que llegaste a este pueblo sólo te has movido de la hacienda al hospital y es justo que conozcas otros sitios.

Marissa: No sería mala idea (Suspira). Me haría bien para dejar de pensar en tantas cosas que me han pasado últimamente.

Carolina: Supongo lo dices también por lo que pasó entre Eduardo y yo.

Marissa: No sólo por eso. Mi vida nunca ha tenido la suficiente paz, pero todo se puso peor desde mi llegada a Villa Encantada. Tú no lo sabes, pero estuve casada muchos años.

Carolina: No te creas. Sí lo he escuchado y es casi obvio. Después de todo, tienes un hijo al que por cierto conocí el otro día, ¿sabes? Me pareció un chico muy amable y educado.

Marissa: (esbozando una sonrisa) Sí, Pablo es un gran muchacho, pero yo no soy su madre biológica. Es adoptado.

Carolina: ¿Él lo sabe? (Toma un poco de jugo).

Marissa: Desde que era muy chico. Traté de prepararlo poco a poco para que comprendiera la magnitud de lo que eso significaba, pero nunca fue un impedimento para que fuéramos muy cercanos.

Carolina: Me alegra escucharlo, pero, ¿qué hay de tu esposo?

Marissa: Ya me divorcié de él. Cecilia era precisamente su amante.

Carolina: (fingiendo sorpresa) ¿Cómo?

Marissa: (afligida) Los descubrí una noche y fue ahí donde empezó mi historia en este pueblo.

Carolina tiene un recuerdo en ese momento previo del entierro de Lucrecia luego de que ésta fuera asesinada por Lisa.

FLASHBACK

EXT. / CEMENTERIO DE VILLA ENCANTADA / DÍA


Carolina abraza a Eduardo fuertemente, quien le corresponde. Luis Enrique se acerca con disimulo a Manuel. Los dos miran de lejos a Eduardo y Carolina abrazándose.



Luis Enrique: ¿Quién es ella?

Manuel: Carolina de La Torre.

Luis Enrique: (sorprendido) ¿La hija de don Epifanio de La Torre?

Manuel: (serio) La misma. Ha sido amiga de Eduardo desde antes que él se casara y ha estado enamorada de él.

Cuando ya hay pocas personas en el cementerio y el funeral ha terminado, Carolina se dirige a abordar su auto, pero al abrir la puerta, Luis Enrique aparece y se la cierra abruptamente.

Carolina: (asustada) ¿Qué le pasa? ¿Quién es usted?

Luis Enrique: Carolina, soy yo.

Carolina: No sé de qué me habla. No lo conozco.

Luis Enrique: Mírame bien y trata de recordarme. Soy yo, Luis Enrique, tu hermano.

Carolina se impacta en gran manera y se echa hacia atrás sin poder dar crédito al escucharlo. Él, por su parte, luce conmovido y traga saliva, como si tuviera un nudo en la garganta.

INT. / CAFETERÍA / NOCHE

Más tarde, los dos toman un café en un sitio discreto de Villa Encantada.



Carolina: (solloza) Pensé que habías muerto. Fueron tantos años sin saber de ti después de huiste y me abandonaste con mi papá.

Luis Enrique: Hui porque en cualquier lugar iba a estar mejor que sometido a los maltratos y las humillaciones de ese vejete.

Carolina: Es mi padre, Luis Enrique.

Luis Enrique: Pero no es el mío. Por muchos años viví escondido y con miedo a que tomara represalias. Tú bien sabes la clase de basura que es.

Carolina: Mi papá cambió mucho. Te lo aseguro. Él ni siquiera se ocupó en buscarte. Desde ese día que nos dejaste, parece que soltó un peso que cargó por muchos años.

Luis Enrique: ¿Cómo no? Yo siempre fui su piedra en el zapato, el que le recordaba el engaño de nuestra madre. Por eso su odio hacia mí (Habla con mucha amargura).

Carolina: Deberías dejar atrás el pasado. Él ya ni te recuerda. Yo, en cambio, siempre te he tenido presente, pero no supe cómo ni dónde buscarte. Pregunté por ti en el pueblo, pero nadie nunca me dio razón. ¿Dónde estuviste? (Tomándolo de las manos).

Luis Enrique: Me mudé a un pueblo de acá cerca donde trabajé muchos años. Después tuve el dinero para irme a la capital y allá me casé.

Carolina: (sonriéndole) ¿En serio? ¿Tuviste hijos?

Luis Enrique: Sí, pero no con mi esposa. Todos estos años he tenido una amante aquí en Villa Encantada.

Carolina se sorprende y Luis Enrique toma un sorbo de café.

Luis Enrique: Tú has de conocerla bien.

Carolina: ¿Quién es?

Luis Enrique: Cecilia, una de las amas de llaves de la hacienda de Eduardo Román, de quien por cierto tú estás enamorada.

Carolina: No entiendo. ¿Cómo sabes eso?

Luis Enrique: Manuel Román me lo dijo hoy en el entierro de Lucrecia. Eduardo y yo hemos sido socios desde hace varios años.

Carolina se siente cada vez más sorprendida.

Luis Enrique: ¿Te das cuenta? Hemos estado más cerca de lo que pudimos haber imaginado y hay mucho que debes saber.

FIN DEL FLASHBACK

Carolina deja de recordar. Marissa, por su parte, le termina de contar su historia a la mujer, a pesar de que ésta ya la supiera por cuenta de Luis Enrique durante aquel reencuentro pasado.

Marissa: Y así fue cómo ocurrió todo. Poco después recuperé la memoria y me di cuenta de que Danilo y Milena eran los dos hijos que Cecilia había tenido con Luis Enrique.

Carolina: Me parece increíble. Lo que ese hombre te hizo no tiene nombre, pero sigo sin entender por qué Cecilia te odia tanto. Tú no le hiciste nada.

Marissa: Quizás solo sintió celos o envidia al ver que yo siempre tuve el estatus de ser la esposa del hombre al que ella tanto celaba, además, una vez la encaré y saqué a relucir su relación clandestina con él delante de Milena, y ya te imaginarás cómo se puso la pobre.

Carolina: ¿Por qué? ¿Ni ella ni Danilo lo sabían?

Marissa: No. Cecilia siempre les mintió. Les dijo que su padre estaba en el extranjero. Desde ese entonces Cecilia me ha odiado a muerte y se puso peor cuando supo que Danilo estaba enamorado de mí.

Carolina: ¿Enamorado dices?

Marissa: Así es, pero te pido que seas muy discreta con esta información, Carolina. No quiero que Danilo tenga más problemas por mi culpa. El pobre ya ha tenido suficiente desde el momento en que me salvó del accidente que te mencioné hace un rato cuando descubrí el engaño de Luis Enrique.

Carolina: No te preocupes. No le voy a contar absolutamente nada a nadie, pero a lo mejor ese muchacho sea la oportunidad que tú te mereces.

Marissa: (extrañada) ¿A qué te refieres?

Carolina: Estaba esperando el momento más adecuado de nuestra conversación para decirte eso y aunque me es muy difícil, debo hacerlo.

Marissa: ¿De qué se trata?

Carolina: No quiero que me malinterpretes, pero… Eduardo y tú no pueden estar juntos (Marissa se desconcierta). Hace mucho tiempo he amado a Eduardo, Marissa. Él es el amor de mi vida.

Marissa se incomoda al escucharla.

Carolina: Por eso tengo que pedirte esto con todo el dolor que ello me conlleve.

Marissa: Carolina, yo…

Carolina: (la interrumpe) Estoy embarazada.

Marissa se sorprende en gran manera al escucharla.

Carolina: Tienes que alejarte de él, Marissa, por favor.

Marissa enmudece al saber tal revelación por cuenta de su hermana.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, JARDÍN / DÍA



Entretanto, María Helena va paseándose por el amplio y bello jardín de la hacienda para tranquilizarse un poco del disgusto que Manuel le hizo pasar. La joven alcanza a ver a Eduardo, de lejos, haciendo ejercicio sin camisa.



El hombre suda debido al fuerte sol y ella no puede evitar seguir observándolo silencio escondida detrás de un árbol mientras un recuerdo llega a su mente.

FLASHBACK

Manuel: Hazlo, ve. Yo sé muy bien tu jueguito. Te haces la mustia y la digna conmigo, pero andas metiéndotele por los ojos a él. ¿Que crees que no lo sé?

María Helena: No sé de qué me está hablando, señor.

Manuel: Te vi saliendo anoche ya tarde de su habitación. ¿Crees que eso lo haría una muchachita pulcra y virginal como quieres hacernos pensar a todos?

María Helena: Piense lo que le venga en gana. No estábamos haciendo nada malo. Él simplemente es muy bueno conmigo y yo lo aprecio por eso.

Manuel: Sí, claro. Qué bonitas palabras, pero a mí no me engañas y tampoco trates de engañarte a ti misma. Ese aprecio que dices tarde que temprano se volverá algo más y vas a terminar como Lisa, enamorada locamente de él.

FIN DEL FLASHBACK

María Helena deja de recordar y siente que una cierta angustia le invade. Por alguna razón, no puede dejar de mirar con una desconcertante atracción a Eduardo.



María Helena: (preocupada) ¿Qué me está pasando con este hombre? ¿Por qué me estoy sintiendo así?

Eduardo voltea por casualidad y alcanza a ver a la joven, quien se exalta y se oculta tras el árbol. Él no la ha reconocido por la distancia.

Eduardo: ¿Quién anda ahí?

María Helena siente que el corazón se le pone a mil, en especial cuando siente que Eduardo se acerca al árbol.

Eduardo: Responda. ¿Quién es?

CONTINUARÁ…

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