Capítulo 36: Decepción amorosa

CIUDAD DE MÉXICO



INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN / DÍA

Enzo está acompañado de una enfermera que termina de revisar los signos vitales de Lisa. Ésta, quien al parecer dormía, comienza a despertar poco a poco.



Enzo: Lisa… Lisa, ¿me escuchas?

Lisa mira confundida a su alrededor. Es de notar que sólo sus ojos verdes y labios pueden ser lo único que logra verse de todo el vendaje que cubre su rostro y brazos.

Enfermera: Debe estar pasándosele el efecto de la anestesia, doctor.

Lisa: (débil) ¿Qué me pasó?

Enzo: Esta mañana terminamos de realizar tu última cirugía de reconstrucción facial. ¿Recuerdas algo?

Lisa: Muy poco. ¿Cómo estoy?

Lisa habla con un poco de dificultad entre los dientes sin poder articular muy bien las palabras con los labios y tampoco sin poder mover su cuerpo.

Enzo: Es lo que estamos checando, pero en términos generales, la cirugía fue todo un éxito. Con esto terminamos de arreglar algunos detalles finales en tu rostro que hacían falta.

Lisa: Me alegra (Esboza una sonrisa). Cada vez estoy más cerca de ser otra. ¿Cuándo me quitarán estas pinches vendas?

Enzo: Todavía tienes que esperar a que la cirugía cicatrice.

Lisa: (exasperada) ¿Cuándo?

Enzo: Bueno, estimo que pueden ser mínimo unas cuatro semanas para que podamos asegurarnos de que los resultados fueron satisfactorios.

Lisa: Es mucho tiempo. Quiero pararme de esta cama ya.

Lisa intenta recostarse, pero la enfermera se apresura a ayudarle.

Enzo: Te entiendo, pero debes ser prudente y cuidarte. Tu rostro ha pasado por varias modificaciones y le hemos puesto muchos injertos de piel para que se regenere. No querrás arruinar el proceso por tu impaciencia.

Lisa: (resignada) Si no hay más opción, esperaré, pero más te vale estarme diciendo la verdad.

Enzo: (serio) Por supuesto que te estoy siendo sincero. ¿Por qué habría de estar mintiéndote?

Lisa: Dímelo tú. ¿Qué tienes para decir de tu querida mujercita muerta?

Enzo se sorprende al escuchar a Lisa e intercambia miradas con la enfermera en señal de que se retire.

Enfermera: Con permiso. Los dejo a solas.

La enfermera sale de la habitación cerrando la puerta tras sí. Enzo, por su parte, se acerca lentamente a la cama, mirando muy serio a la muchacha.

Enzo: ¿Quién te habló de mi esposa?

Lisa: No tengo por qué darte explicaciones, médico de pacotilla.

Enzo: Este “médico de pacotilla”, como me llamas, es una eminencia de la cirugía plástica en el país y en el extranjero. Deberías estar agradecida conmigo por lo que hice por ti.

Lisa: ¿Yo, agradecida? No me hagas reír porque apenas si puedo mover los labios para hablar. Este no es un favor de gratis, doctorcito Enzo.

Enzo: Es verdad. Epifanio me pagó casi que una fortuna para reconstruir tu rostro, pero cualquier otro cirujano no lo habría hecho para evitar meterse en problemas teniendo en cuenta que eres prófuga de la justicia.

Lisa: Me imagino que te lo dijo el viejo.

Enzo: No te lo voy a negar. Tu padre me contó todo sobre ti, cosas tan íntimas como tu origen. Quiso ser sincero conmigo para que aceptara ayudarlos.

Lisa: Sí, claro. Ayudarnos dices, pero no soy estúpida. Yo conozco muy bien los motivos por los que aceptaste operarme, más que el dinero o por ser amigo del vejete de mi padre.

Enzo guarda silencio, desconcertado.

Lisa: Yo sé que Epifanio te ayudó a encubrir un crimen y no sólo uno. Varios.

El doctor cambia su semblante al escucharla.

Lisa: Un crimen que tú cometiste el día que mataste a tu esposa.

Enzo se echa para atrás, sorprendido al verse encarado por la muchacha. Ella logra esbozar una pequeña y sutil sonrisa con sus labios, y a pesar de que no pueden verse sus ojos por completo, todavía conserva en ellos la maldad y la astucia que la caracterizan.

VILLA ENCANTADA



INT. / RESTAURANTE / DÍA

Entretanto, Carolina le ha confesado a Marissa que está supuestamente embarazada de Eduardo dejando muy consternada a la primera, quien niega con la cabeza e intenta reaccionar.



Carolina: Marissa, yo sé que esto es muy incómodo para ambas y créeme que es mucho más difícil para mí, pero…

Marissa: (la interrumpe) Creo que no es necesario que digas algo más, Carolina. Ya escuché suficiente. Me voy.

Marissa toma su cartera y se pone de pie. Carolina también se levanta para detenerla.

Carolina: Espera, por favor. No puedes irte así sin que hayamos terminado de platicar.

Marissa: Yo sí. Tú bien sabes que esto me hace daño. Yo también amo a Eduardo y me ha costado después de la terrible decepción que sufrí. ¡Te la acabo de contar!

Carolina: Trata de comprenderme. Han sido muchísimos años enamorada de él, teniéndolo cerca sin sentirme correspondida y cuando tuve la oportunidad, no lo dudé y me entregué a él.

Marissa: ¿Y te parece muy bien? Yo te lo dije esta mañana. Ninguna de nosotras debería caer tan bajo para humillársele a ningún hombre de esa manera.

Carolina: Por Eduardo soy capaz de lo que sea, Marissa. Es lo más cerca que pude sentirme suya. Tú también eres mujer. Deberías entenderme.

Marissa: Pues no. No puedo. No puedo comprender cómo perdiste tu dignidad de esa manera y mira las consecuencias. Estás esperando un hijo que los dos ni siquiera planearon y yo me voy a casar con él, Carolina. ¡Por Dios!

Carolina: Lo sé, lo sé (Repite desesperada). Pero ya no podemos devolver el tiempo atrás y lamento decírtelo así, pero no pienso renunciar a Eduardo ahora que estoy embarazada.

Marissa: (seria) ¿Qué debo entender por eso?

Carolina: Que debes renunciar a él.

Marissa se queda en silencio sintiéndose enormemente indignada.

Carolina: Si de verdad en algo quieres que nuestra relación como hermanas empiece por buen camino, pienso que esta es la mejor manera de demostrármelo. Deja que sea yo quien que se quede con Eduardo, Marissa. Te lo pido. Dame la oportunidad de ser feliz con mi hijo a su lado.

Carolina se toca el vientre victimizándose y mirando de forma suplicante a Marissa. Ella no dice nada y sólo se va del restaurante muy molesta. Carolina se queda viéndola y sonríe.

Carolina: ¡Estúpida! Eres tan manipulable que vas a terminar haciendo lo que yo te pida.

Carolina sigue sonriendo con malicia.

EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, JARDÍN / DÍA



María Helena se ha escondido tras un árbol para ocultarse de Eduardo al cual observaba mientras hacía ejercicio ligero de ropa. Éste se acerca al árbol.



Eduardo: (serio) Preguntaré por última vez. ¿Quién está ahí?

María Helena traga saliva sintiéndose muy nerviosa y decide salir corriendo.

Eduardo: ¡Oiga! ¡Deténgase!

Eduardo sale tras ella. María Helena corre tan rápido como puede, pero en el intento tropieza y cae gritando adolorida.

María Helena: ¡Argh!

Eduardo llega hasta allí. María Helena alza el rostro, pero lo baja de inmediato, muy avergonzada.

Eduardo: (desconcertado) ¿María Helena? ¿Tú?

María Helena: Perdóname, don Eduardo. Yo sólo…

Eduardo: (inclinándose) ¿Estás bien?

María Helena: Sí, eso creo.

Eduardo: Déjame ayudarte.

Eduardo le da las manos a la muchacha y la ayuda a incorporarse, pero en el intento, ella grita adolorida de nuevo.

María Helena: ¡Ay! Chale, creo que no.

Eduardo: ¿Qué te pasa? ¿Qué sientes?

María Helena: Que parece que sí me lastimé. Me duele el pie.

Eduardo: Debe ser algún esguince que te provocaste en la caída.

María Helena: ¿Usted cree?

Eduardo: No sé, no soy doctor, pero si te duele es lo más seguro. Para empezar, no entiendo por qué tuviste que salir corriendo así y te escondiste. ¿Qué pretendías?

María Helena: Discúlpeme. Es que me dio pena que usted me cachara mirándolo.

Eduardo: (confundido) ¿Y qué hacías mirándome?

María Helena enmudece ante tal pregunta y se queda sin saber qué responder.

Eduardo: Da igual. Déjame llevarte a tu habitación.

María Helena: No, no se moleste. Puedo ir sola.

Eduardo: No seas terca, muchacha. ¿Quieres empeorar tu pie? Deja que te lleve y llamo al doctor de la familia para que venga a verte.

María Helena: Pero…

Eduardo: No se diga más. Hazme caso.

María Helena: (resignada) Está bien.

Eduardo: Ven. Apóyate en mí.

Eduardo se inclina un poco y permite que María Helena ponga uno de sus brazos detrás del cuello de él para que se apoye. Ella se pone cada vez más nerviosa y se incomoda.

Eduardo: ¿Te parece que puedes caminar así o prefieres que te lleve cargada?

María Helena: (alarmada) Para nada, así está perfecto. Gracias.

Los dos comienzan a caminar despacio. Ella cojea y gime adolorida al movilizarse.

Eduardo: Vamos. Trata de aguantar.

María Helena: Eso hago, pero sí duele un resto.

Eduardo: Sostente fuerte de ti para que no te esfuerces de más.

De lejos, son observados a través de un ventanal por Cruz, quien tiene una expresión muy seria y se retira de allí de forma misteriosa.



INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA

Tocan el timbre del departamento. Luis Enrique justo acaba de tomar una ducha y está en bata, por lo que sale del baño y se seca el cabello con una toalla.



Luis Enrique: Voy, un momento.

El hombre abre la puerta encontrándose en primer plano con su hermana.



Luis Enrique: (sorprendido) Carolina, ¿qué estás haciendo aquí?

Carolina: ¿Puedo pasar?

Luis Enrique se asegura de que no estén siendo vigilados y permite que la mujer entre al departamento para luego cerrar la puerta.

Carolina: Tienes un depa muy bonito (Mira a su alrededor). Para no estar casado, todo está muy limpio y bien organizado. Supongo algo aprendiste mientras estuviste casado con Marissa con quien por cierto tuve una interesante charla hoy, ¿sabes?

Luis Enrique la observa con suspicacia. Carolina se mueve alrededor de la sala.

Carolina: Me contó toda su triste historia contigo, aunque yo ya la supiera por tu cuenta aquella vez que nos reencontramos.

Luis Enrique: ¿Viniste sólo para decirme eso?

Carolina: ¿Qué no puedo venir a visitar a mi hermano?

Luis Enrique: Tú bien sabes que es arriesgado. Nadie sabe de nuestra relación y prefiero que se quede así.

Carolina: ¿Tú crees que yo no? Imagínate lo que diría el pueblo si se corre el rumor de que tengo un hermano, además de las bastardas esas de Marissa, Lisa y la recién llegada de María Helena.

Luis Enrique: (desconcertado) ¿De qué estás hablando?

Carolina: Supuse que no lo sabías y dado que no hemos podido hablar muy bien desde nuestro reencuentro, no he tenido la oportunidad de contarte que Marissa también es hija de mi padre.

Luis Enrique: (impactado) ¿Me estás tomando el pelo?

Carolina: Quisiera que fuera mentira, pero no. ¿Te das cuenta? De haber sido tú también hijo de sangre de mi padre, te habrías hasta casado con tu hermana y sin saberlo.

Luis Enrique: No estoy entendiendo nada. Explícate. ¿Cómo es esa estupidez? Marissa tenía ya un padre, el viejo Heliodoro Miranda que nunca me quiso, recuerdo. Decía que era muy poca cosa para ella.

Carolina: Tal parece nuestra madre no fue la única que engañó a mi padre. La madre de Marissa también lo hizo con el tal Heliodoro, pero antes de meterse con él, ya había tenido una relación con mi papá cuando él y ella trabajaban como empleados de Heliodoro, precisamente.

Luis Enrique: (muy impresionado) No puedo creerlo.

Luis Enrique niega con la cabeza y va al minibar para servirse un trago.

Carolina: Mi papá no siempre fue el hombre hacendado y de negocios que tú y yo creímos, Luis Enrique. Él mismo me contó que antes de serlo, fue un pobre diablo que no tenía en qué caerse muerto y sólo tuvo suerte cuando mi abuelo lo adoptó como hijo.

Luis Enrique: Debo aceptar que nunca me imaginé una historia así (Bebe de un solo sorbo).

Carolina: Ni yo. Descubrí la verdad aquel día que Marissa y Eduardo iban a casarse. Los escuché a ella y mi papá hablando. Luego ya él me explicó todo con calma.

Luis Enrique: De ser así, supongo que el viejo Epifanio le heredó algo a Marissa con su muerte.

Carolina: Desafortunadamente. En cambio, a mí, me puso por fuera de su testamento después de que descubrió que maté a Helena.

Luis Enrique: (pensativo) Nada mal. Eso hace a Marissa más atractiva para mí de lo que ya era cuando me casé con ella por interés.

Carolina: No pienso perder mi fortuna, la que me merezco por derecho, Luis Enrique.

Luis Enrique: Es natural. Marissa tampoco la necesita. Tiene de sobra. ¿Qué piensas hacer?

Carolina: Podría demandar, pero sólo sería meterme en pleitos legales largos y exhaustivos que quiero evitar, así que le propuse al licenciado cambiar el testamento a mi favor. Con eso lograré comprarme a Eduardo y necesito tu ayuda.

Luis Enrique: No tengo que ver en tus asuntos amorosos con ese estúpido.

Luis Enrique le da la espalda para servirse otro trago y bebérselo.

Carolina: Tal vez no, pero no soy tonta. Yo sé que estás tratando de recuperar a Marissa de nuevo, si no, ¿por qué terminaste tu relación con Cecilia y la culpaste de tu crimen?

Luis Enrique se da la vuelta para mirarla sorprendido.

Carolina: No me mires de esa manera. Conmigo no tienes que mentir. Escuché que Cecilia mató a Tarcisio, pero esa historia no tiene sentido. Tú tenías el arma y eras el único ahí presente. Ni siquiera Marissa puede atestiguar para verificar que los hechos ocurrieron tal como tú dices.

Luis Enrique: ¿Cómo sabes tanto?

Carolina tiene un recuerdo de la noche anterior.

FLASHBACK

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / NOCHE


Carolina está cepillando su cabello frente al tocador. Cruz la acompaña de pie justo detrás.



Carolina: No puedo creer todo lo que me estás contando, Cruz. Tarcisio muerto y a manos de Cecilia. ¿Quién se lo imaginaría?

Cruz: Ya ve usted. La servidumbre de esta hacienda resultó ser bien peligrosa. Por eso no hay que confiar ni en la propia sombra. Hay personas capaces de cometer crímenes horrendos y andan por ahí como si nada.

Cruz enarca una ceja diciendo aquello último con doble sentido. Carolina se pone un poco nerviosa y deja de peinarse, quedándose en silencio y pensativa.

Cruz: ¿Le ocurre algo, señorita?

Carolina: ¿Qué? ¿A mí? (Reaccionando) No, nada (Poniéndose de pie). Mejor dime qué pasó después de que los policías se llevaron a Cecilia.

Cruz: No mucho. Todo se calmó. El exmarido de la señora Marissa, ese bigotudo que se llama Luis Enrique, la acusó.

Carolina: (sorprendida) ¿Luis Enrique? ¿Qué tiene que ver él?

Cruz: Tal parece que él estuvo presente en los hechos y evitó que el capataz apestoso aquel violara a Marissa, aunque se me hace muy raro algo, ¿sabe?

Carolina: ¿Qué cosa?

Cruz: (pensativa) No sé. Cuando se estaban llevando a la Ceci, ella también acusó al tal Luis Enrique de que había sido él quien cometió el crimen, pero nadie le prestó mucha atención.

Carolina: ¿Marissa no dijo nada? ¿Ella estaba ahí cuando mataron a Tarcisio?

Cruz: No, señorita. Momentos antes de que se formara el bochinche, estuve escuchando detrás de las paredes y según lo que entendí, Luis Enrique le dijo a Marissa que se fuera y ella, minutos después. escuchó el disparo, así que no vio quien disparó el arma en realidad.

FIN DEL FLASHBACK

Carolina deja de recordar indicando que acaba de relatarle lo mismo a Luis Enrique.

Luis Enrique: (serio) No sabía que tenías espías en la hacienda de los Román.

Carolina: Cruz es sólo fiel a mí. Es mi única compañía en estos momentos y también mi único apoyo después del incendio que acabó con mi casa.

Luis Enrique: Escuché los rumores y me enteré. Quise contactarte para darte mi pésame, pero como te dije, prefiero estar en bajo en perfil en todo lo que me relacione contigo.

Carolina: Está bien. Tampoco necesito tu consuelo. Solo quiero que nos ayudemos mutuamente, así como me ayudaste a encubrir la muerte de mi papá.

Luis Enrique: No lo sé, Carolina. ¿Cómo podría serte de ayuda esta vez? Y, además, ¿qué gano yo? Ya te ayudé suficiente encubriendo la muerte del vejete de tu padre y de una u otra manera, también te ayudé matando al sucio maloliente ése de Tarcisio.

Carolina: De eso no me tires el agua sucia. Yo no tuve nada que ver. Eso lo hiciste tú por defender a Marissa para ganar puntos con ella.

Luis Enrique: En efecto, pero también lo hice porque sé muy bien que ese imbécil fue el que se encargó de enviarle a tu padre la grabación de la cámara de seguridad.

Luis Enrique va al minibar para servir otros dos vasos de whiskey.

Carolina: (dudosa) ¿Tú crees?

Luis Enrique: ¿Quién más podría haber sido? Recuerda que tú le pagaste para que te entregara la grabación, pero nadie nos garantiza que haya hecho una copia para beneficiarse luego y claro, al tipejo lo movía el interés y de seguro no dudó en entregársela a Epifanio por una buena lana.

Luis Enrique le entrega uno de los vasos a su hermana. Ella lo recibe.

Carolina: Tiene sentido. No lo había pensado.

Luis Enrique: ¿Ves? Te estaba protegiendo. Además, tú no lo sabes, pero el otro día intentaron matarme aquí en mi departamento.

Carolina: (impactada) ¿Matarte? ¿Pero cómo?

Luis Enrique: No sé. De alguna manera lograron entrar. El individuo estaba disfrazado y me estaba esperando, y de no ser porque luego llegó Pablo, ahorita no te estaría echando el cuento y estoy muy seguro que era el mismo imbécil ese.

Carolina: Lo que me estás diciendo es muy serio, aunque pienso que debiste denunciarlo.

Luis Enrique: ¿Denunciarlo? ¿Para qué? ¿Quieres que investiguen y lleguen al fondo de todo lo que hemos hecho? No, Carolina. No soy estúpido.

Carolina: Bueno, no debería decirlo, pero si de verdad Tarcisio estaba detrás de todo, me tranquiliza saber que ya no va a abrir la boca nunca más.

Luis Enrique: Y yo no tendremos quién nos chantajee o amenace. Cecilia y Tarcisio eran los únicos estorbos en el camino y ya no serán un problema.

Carolina: Lo que no consigo entender son las razones que tuvo Tarcisio para matarte. Tú no tuviste nada que ver con el asesinato de Helena. Para ese entonces ni tú ni yo nos habíamos reencontrado todavía, a no ser que... Tú también hubieras tenido algo que ocultar.

Luis Enrique: (poniéndose nervioso) Te equivocas. No tenía absolutamente nada que ocultar. Tal vez el imbécil ese te tenía vigilada y sabía de nuestra relación. ¿Qué sé yo?

Carolina: Como sea y yendo al punto, los dos queremos quedarnos con dos personas que están juntas, aunque yo ya me encargué de hacer una parte. Hoy le dije a Marissa que estoy embarazada de Eduardo y no sé si logré convencerla para que se aleje de él, así que necesito que sigas tú y la recuperes.

Luis Enrique: (sonriendo con burla) Yo ya tenía en mente recuperar a Marissa mucho antes de que tú vinieras a pedírmelo. No necesito asociarme contigo, hermana querida.

Carolina: Pero no te caería mal que alguien como yo te eche una mano en tus planes. Unidos las cosas nos pueden salir mejor, Luis Enrique. Enamora a Marissa de nuevo y si es preciso, cásate con ella otra vez. Si lo haces, te prometo darte algo que te va a gustar.

Luis Enrique: (incrédulo) A ver. Soy todo oídos.

Carolina: Marissa es en estos momentos la heredera universal de mi padre. El licenciado piensa cambiar eso para ser yo la única beneficiaria, pero puedo decirle que no la deje completamente por fuera, sino que divida la herencia en partes iguales para ambas.

Luis Enrique: ¿Me estás diciendo que…?

Carolina: (sonriendo) Así es. Estoy dispuesta a compartir la herencia de mi padre con ella y si la desposas, eso te dará automáticamente el derecho de poseer esa parte. Un muy buen negocio, ¿no lo crees?

Luis Enrique: No suena nada mal. Aunque el viejo Epifanio de La Torre no era mi padre en realidad, puedo tomar eso como una compensación por todas las humillaciones que me hizo pasar.

Carolina: (sonriendo) No podrías haberlo dicho mejor. Yo sé que como unidos como hermanos podemos lograr muchas cosas y ese siempre será nuestro secreto.

Luis Enrique: De todas maneras, no está de más decirte que seas muy discreta con lo que sabes. Nadie puede saber que yo maté al sucio maloliente capataz ese. ¿Me entendiste?

Carolina: No tienes que decírmelo. Yo jamás te traicionaría.

Los dos hacen un pequeño brindis y se sonríen entre sí para luego beber.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA



Eduardo ayuda a María Helena a recostarse en la cama. Ella todavía siente el dolor en su tobillo y se queja un poco.



María Helena: ¡Auch!

Eduardo: ¿Cómo te sientes?

María Helena: Todavía me duele bastante, pero a lo mejor necesito reposar. Yo diría que de aquí a la noche se me pasa.

Eduardo: Yo no estaría tan seguro. No está de más que recibas atención médica.

María Helena: No se moleste, don Eduardo, de verdad…

De repente, una llamada entra al celular del hombre.

Eduardo: Espérame.

Eduardo saca el celular de sus shorts y le da la espalda a la muchacha para tomar la llamada.

Eduardo: ¿Sí, bueno? (Pausa) ¿Tienen lo que les pedí?

María Helena no puede evitar ver a Eduardo de arriba a abajo con notable atracción fijándose particularmente en su espalda ancha.

Eduardo: Perfecto. Me alegra que lo hayan encontrado. Voy ya mismo para allá. Gracias.

Eduardo cuelga. María Helena, con prontitud, rehúye la mirada hacia otra parte y él se da la vuelta.

Eduardo: María Helena, tengo que salir a hacer algo importante y cómo podrás ver, estaba ejercitándose y necesito tomarme un baño, arreglarme…

María Helena: No se preocupe, don Eduardo. Yo me puedo quedar sola. No soy una niña.

Eduardo: Lo sé, pero debes permanecer ahí acostada mientras te ve un doctor, así que ya mismo a llamar al médico de la familia para que te cheque. ¿Va?

María Helena: Está bien. Le agradezco mucho.

Eduardo: Nos vemos en la noche.

Eduardo sale de la habitación con cierta prisa cerrando la puerta tras sí. María Helena se acomoda en la cama y suspira mirando hacia el techo.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE CASIMIRA / DÍA

Marissa, por su parte, se encuentra poniendo algo de ropa en una maleta mientras gimotea. Pablo entra a la habitación y se desconcierta al verla realizando tal acción.



Pablo: ¿Mamá?

Marissa se limpia los ojos con discreción y trata de esbozar una sonrisa.

Marissa: Hola, hijo.

Pablo: ¿Qué estás haciendo? ¿Qué significa esa maleta?

Marissa: Voy a la ciudad.

Pablo: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Así de la nada?

Marissa: No es de la nada, Pablito. Recuerda que tengo este viaje pendiente desde que me dieron de alta en el hospital. Te lo mencioné hace una semana. ¿Lo olvidaste?

Pablo: Sí, pero pensé que lo ibas a aplazar para después de que te casaras con Eduardo.

Marissa baja la cabeza al escucharlo. Pablo se da cuenta.

Pablo: Es por él, ¿no? Esa es la razón por la que te quieres ir así.

Marissa: No quiero hablar sobre eso, hijo, por favor. Me case o no con Eduardo, debo arreglar unos asuntos pendientes con mi empresa después de que me divorcié de Luis Enrique. Tú sabes, cosas financieras y de protocolo de las que debo hacerme cargo yo solamente.

Pablo: Lamento mucho tu decisión y todo por lo que has tenido que pasar. Me enteré ya que por poco ese… (Hace muy molesto una pausa) Tú sabes, casi abusa de ti y todo orquestado por la mamá de Milena. Quise hablar contigo esta mañana, pero no te encontré.

Marissa: Ya no pienses en eso. Lo importante es que estoy bien y aunque desafortunadamente todo acabó con la muerte de una persona, tenemos que seguir adelante, como siempre.

Pablo: (sollozo) De todas maneras, me siento muy mal. No quiero que te pase nada malo nunca, y si no te pude proteger esa noche, sí tengo que hacerlo de Eduardo.

Marissa: Claro que no. No hace falta porque esto no es por él.

Pablo: Por favor, no me mientas. Yo sé que sí y aunque todavía desconozco lo que pasó, me imagino que Carolina y Eduardo se traen algo no precisamente bueno, y por eso tú estás así.

Marissa: No, Pablito. Escúchame…

Pablo: (la interrumpe) Mira, mamá. Podrás decirme lo que quieras, pero no voy a permitir que se burlen de ti como lo hizo Luis Enrique. ¿Me entiendes? No lo voy a permitir (Repite muy molesto).

Marissa: Ya está. Suficiente. No quiero que te metas en ningún problema o discusión con alguien de esta familia.

Pablo: Pero…

Marissa: Escúchame.

Marissa toma el rostro de Pablo entre sus manos.

Marissa: Es cierto que me voy movida por varias cosas de las que me he enterado, pero esto no tiene que ver contigo, mi amor. Tú puedes quedarte acá en Villa Encantada, acompañando a Milena, sólo si te pido que busques otro lugar a donde ir y me lo hagas saber para ayudarte.

Pablo: Es que hay algo que no te he contado.

Marissa: (extrañada) ¿De qué se trata?

Pablo: Le pedí a Milena que se casara conmigo.

Marissa: ¿Cómo?

Marissa se echa sorprendida hacia atrás.

Marissa: ¿Me estás hablando en serio?

Pablo: Muy en serio.

Marissa: Pero Pablo…

Pablo: Lo hice porque Danilo no va a permitir que tú pagues por el tratamiento que ella necesita y la única manera de que acepte es cuando vea que ella es mi esposa. Así ya no podrá meterse.

Marissa: Sí, pero una cosa así es demasiada apresurada. Un matrimonio no es cualquier cosa. Es una gran responsabilidad.

Pablo: Lo sé y Milena también lo sabe. Ella tampoco estaba tan segura cuando se lo propuse, pero al final aceptó y yo la amo, ma’. De verdad me haría muy feliz que nos casáramos.

Marissa: ¡Ay, hijo! (Frustrada) No te voy a negar que la idea no me gusta mucho y no me malentiendas. No es por ti ni por ella. Es sólo que los dos aún son jóvenes y no llevan tanto tiempo de novios como para dar un paso tan grande.

Pablo: ¿Y qué más puedo hacer? Quiero ayudarla, pero Danilo es muy terco y así será difícil.

Marissa: Lo sé y eso es algo que tampoco me termina de convencer. ¿Quién te asegura que Danilo no le va a impedir a Milena que se case contigo?

Pablo: Yo podría hablar con él, de hombre a hombre, para que vea que mis intenciones con ella son buenas.

Marissa: No creo que sea tan fácil. Tú lo acabas de decir. Danilo es muy terco y, además, me terminó odiando después de lo que pasó ayer con su madre. Me dijo incluso que se llevaría a Milena lejos para no vernos nunca más.

Pablo: Tal vez lo dijo porque estaba dolido, pero él nunca podría odiarte. Mira, hay algo que tampoco sabes, pero él está muy enamorado de ti.

Marissa se queda en silencio y se frota el rostro con una mano en señal de frustración.

Pablo: Perdóname por no habértelo dicho antes, pero ya sabes. Él me lo dijo como un secreto y no podía traicionar su confianza.

Marissa: Tampoco era necesario. Danilo mismo me lo terminó confesando hace unos días.

Pablo: ¿De verdad?

Marissa: Sí y aunque he tratado de hacerle entender, lo único que he hecho ha sido herirlo y esa es otra razón por la que me ahora me odia. Por eso no me gusta nada de esto. Quiero evitar más problema con él.

Marissa comienza a caminar de un lado a otro al tiempo que se frota suavemente el rostro con una mano.

Pablo: Trata de estar tranquila, ma’. Todo saldrá bien. Míralo por el lado bueno. Voy a ser feliz con la chava que quiero, ¿y qué puede ser más importante que eso?

Marissa: Yo sé que la quieres mucho, pero sigo muy insegura. Esto cambia completamente mis planes y ya ni sé si deba irme del pueblo.

Pablo: Si crees que así estarás más tranquila, hazlo. No te preocupes por mí. En parte hasta me agrada la idea porque las personas de esta familia no me terminan de caer bien y a lo mejor ni te convienen, incluida Carolina que dizque es tu hermana.

Marissa: Lo es y es tu tía, también. Es sólo que su amor por Eduardo la tiene ciega y él… (Hace una pausa) De él no sé ni qué pensar.

Pablo: Entonces, vete. Haz todo lo que tengas que hacer allá en el DF y el día de la boda, te llamo para que vengas. Tienes que ser nuestra madrina (Sonríe ilusionado).

Marissa: (poco convencida) ¿Me prometes que estarás bien?

Pablo: Sí y también te prometo que te vas a sentir tan orgullosa de mí como el día que me gradué.

Marissa: ¿Ya lo recuerdas?

Pablo: Claro. ¿Cómo olvidar ese momento si ha sido uno de los más especiales que he podido vivir y junto a ti, mi mamita chula?

Marissa: Ay, mi amor.

Marissa se conmueve y se lanza a abrazar a su hijo. Éste le corresponde el abrazo.

Marissa: Te amo tanto, hijo. No sé qué sería de mí si no te tuviera en mi vida.

Pablo: Yo también te amo, ma’. Muchísimo.

Marissa derrama un par de lágrimas, se separa de él y le da un beso en la frente.

Marissa: Mantenme informada de todo, ¿bueno? Voy a estar llamándote y por favor, vete también hoy mismo de esta hacienda. Búscate un hotel y quédate por unos días mientras compramos un depa para ti y para Milena (Sonriéndole).

Pablo: Eso haré y gracias por todo.

Marissa: No hay de qué.

Marissa vuelve abrazarlo y cierra los ojos al tiempo que más lágrimas caen en sus ojos.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA

Danilo se encuentra visitando a Milena. Los dos platican y aunque él se ve desanimado por los eventos vividos últimamente, trata de esbozar una sonrisa para ella.



Danilo: Me alegra saber que ya pronto vas a salir de aquí, manita. Te he echado mucho de menos en la hacienda como no tienes idea (Tomándola de las manos).

Milena: Yo también. Te lo juro. Quisiera ya salir de estas cuatro paredes que me tienen desesperada. Es la primera vez que me quedo tanto tiempo en un hospital, más que tú cuando el desgraciado de Tarcisio te atacó aquella vez.

Danilo borra su frágil sonrisa del rostro y se queda pensativo.

Milena: Y hablando de él, no sé ni cómo es que sigue trabajando para don Eduardo y de capataz. Yo siempre he pensado que ese puesto te lo mereces tú y no él. Cuánta injusticia.

Milena nota que su hermano permanece en silencio y se extraña.

Milena: ¿Qué te pasa? ¿Por qué te quedaste así calladote de la nada?

Danilo suelta un prolongado suspiro con cierta aflicción.

Danilo: Tarcisio está muerto.

Milena: (impactada) ¿Qué? ¿Cómo?

Danilo: Mi mamá lo mató.

Milena empalidece al escucharlo.

Danilo: Los dos acordaron matar a doña Marissa, pero antes él muy animal quiso abusar de ella.

Milena: Ay, Virgencita (Se cubre la boca con las manos) ¿Cuándo pasó todo eso? ¿Cómo que yo no estaba ni enterada?

Danilo: No quería importunarte y tampoco me sentía muy bien.

Milena: Es que no me imagino. ¿Neta mi mamá fue capaz de tanto? ¿Me lo juras?

Danilo: Quisiera que fuera una pesadilla, pero no (Traga saliva). Mi mamá ha hecho muchas cosas que tú no sabes y entre ellas, esto.

Milena: (perturbada) No lo puedo creer. Lo que hizo no tiene nombre.

Danilo: Tú sabes que mi mamá odia a la señora. Quiso deshacerse de ella y no sé muy bien cómo pasó todo ni cómo fue eso de que ella terminó matando a Tarcisio, pero el caso es que ya está en la cárcel. Luis Enrique es testigo y la vio cuando le disparó.

Milena: ¿Luis Enrique? ¿Te refieres a…?

Danilo: Sí, nuestro pa… Bueno, tú sabes. Él evitó que Tarcisio violara a doña Marissa.

Milena: Me siento muy mal, Danilo. No me logro hacer a la idea de que mi mamá pudiera caer tan bajo. Cruzó el límite. ¿Te das cuenta?

Danilo: Por eso quiero pedirte que en cuanto te den de alta, nos vayamos muy lejos de acá, Milena.

Milena: ¿Qué dices?

Danilo: Pues eso. Quiero que empecemos otra vida en otro lugar alejados de tanta podredumbre y de toda esta gente.

Milena: Estás loco. Yo no me puedo ir del pueblo, no así.

Danilo: Yo sé que andas con Pablo, pero a veces hay que renunciar a ciertas cosas y a ciertas personas para empezar de cero. Yo sé que vas a encontrar otro chavo que se fije en ti y…

Milena: ¡Que no me voy a ir, Danilo! ¿No lo entiendes?

Danilo: (exasperado) ¡Milena!

Milena: ¡Yo me voy a casar con él! Pablo me propuso matrimonio y no me voy a ir de Villa Encantada.

Danilo se sorprende en gran manera al escuchar a su hermana, mucho más cuando baja la mirada y nota el anillo de compromiso en uno de los dedos de ella.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA

María Helena se encuentra recostada en su cama. Hay un médico, un tanto mayor, terminando de revisarla.



María Helena: ¿Qué tal estoy, doctor? ¿Es grave?

Doctor: Para nada. Por lo que pude ver es sólo un esguince causado por la caída (Escribe algo sobre una libreta). Hubo un estiramiento en los ligamentos y hay una leve inflamación.

María Helena: Chale, don Eduardo tenía razón. ¿Tengo que ir al hospital?

Doctor: No, no es necesario. Puede permanecer en cama, guardando mucho reposo y evitando movilizarse tanto como pueda. Con el antibiótico y aplicando un poco de hielo será más que suficiente.

María Helena: Ay, qué bueno. Entonces voy a estar bien disciplinada siguiendo sus recomendaciones, doctor. Gracias.

Doctor: De nada y aquí tiene (Arranca la hoja y se la entrega). Esta es la fórmula médica. Puede pedirla a domicilio en alguna farmacia del pueblo para que se la traigan directo hasta acá.

María Helena: Le agradezco. En cuanto a su pago, don Eduardo salió y no sé si…

Doctor: No se preocupe. Conozco a Eduardo hace muchos años y ya le haré llegar la factura de mis honorarios. Él me hizo saber que debía hacer una diligencia y no estaría aquí, así que no hay ningún inconveniente.

María Helena: Ah, pues siendo así, muchísimas gracias. Yo ya me encargo de pedir lo que me recetó a domicilio como me dijo.

Doctor: Perfecto. Tenga entonces un feliz resto de día. Que se mejore.

María Helena: (sonriéndole) Gracias.

El doctor se retira de la habitación con su maletín. María Helena lee la fórmula médica y suspira.

María Helena: Pensar que esto me pasó por mensa. ¿Quién me manda a andar mirando escondida a don Eduardo?

De repente, la muchacha recuerda aquel preciso instante y esboza una pequeña, sutil sonrisa en sus labios.

María Helena: Debo admitir que es tan guapo, tan varonil. Nunca había conocido a un hombre tan interesante como él, pero… (Se angustia) Ay, no. ¿Qué estás diciendo, María Helena? Tú no puedes. Es que ni pensarlo. Don Eduardo podría hasta ser tu padre y tú viéndolo con otros ojos.

María Helena se da un par de golpes en la cabeza y luego se queda pensativa mirando hacia el cielorraso de su habitación.

María Helena: Pero ¿qué tal si no? ¿Qué tal si resulta que no soy su hija? Y aunque así fuera, él y yo nunca podríamos tener chance, porque va a casarse con doña Marissa. Es que ni siquiera sé por qué estoy pensando todo esto. ¿En qué momento me empecé a sentir por él?

María Helena se agarra del cabello con cierto desespero y angustia al verse inmersa en tantas sensaciones que la confunden.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / DEPARTAMENTO DE ENZO / NOCHE


La historia se traslada de manera panorámica a la urbe nocturna de la capital. Enzo se encuentra bebiendo licor en el minibar de su lujoso departamento, con las luces apagadas, dando la impresión de un deprimente ambiente. Parece que lleva haciéndolo desde hace rato y se ve de mal aspecto, con la camisa a medio abotonar y llorando mientras observa una foto.



Enzo: Hacía tanto no me sentía como una mierda. Recordarte siempre me pone mal, mi amor y esa maldita mocosa sacó de nuevo lo peor de mí.

Enzo enfurece arruga la foto y lanza furioso el vaso del cual bebía al piso, quebrándose éste en el acto.

Enzo: (llorando) Perdóname. Perdóname, Martina. Perdóname…

El cirujano se echa a llorar desconsolado en el piso y recuerda el resto de su plática inconclusa de ese día con Lisa.

FLASHBACK

Enzo se ha quedado impactado al verse encarado por Lisa. Ella le sonríe con mucha picardía.

Lisa: ¿Qué pasa? ¿Descubrí tu punto débil?

Enzo: ¿Cómo lo supiste? ¿Epifanio te lo dijo?

Lisa: Digamos que escuché tus conversaciones con el viejo dinosaurio. Quisiste negarte a operarme y fue ahí donde él te recordó ese oscuro hecho de tu pasado. Pobre de tu mujer. Martina se llamaba, ¿no?

Enzo: (furioso) ¡No se atrevas a mencionar el nombre de mi esposa!

Lisa: No me grites, estúpido. Recuerda quién soy.

Enzo toma con brusquedad a Lisa del rostro y ella gime adolorida.

Lisa: ¿Qué haces, animal? Estoy recién operada.

Enzo: No soy tu esclavo, muchachita ni permitiré que friegues el piso conmigo. Tú también debes recordar muy bien que está en mí devolverte a la vida o llevarte directo al infierno de donde saliste (La suelta de mala gana).

Lisa: ¿Y qué harás? ¿Matarme como a todas esas otras mujeres que pasaron por tu quirófano? Porque eso hiciste, ¿no? Matarlas tratando de hacerlas parecidas a tu difunta esposa, a la que por cierto tú también asesinaste.

Enzo guarda silencio respirando agitado.

Lisa: Epifanio te ayudó a encubrir tus crímenes. Lo oí muy bien cuando decía que las mataste cuando trataron de escapar de tus inmundas garras. Estás loco.

Enzo: ¡Cállate! (Cubriéndose los oídos).

Lisa: Eres un maldito enfermo sexual.

Enzo: ¡Cállate! ¡Cierra la boca!

Lisa: Y seguro quieres hacer lo mismo conmigo, convertirme una copia barata de tu esposa porque no aceptas su pérdida, pero ni te atrevas a ponerme un dedo encima, porque te puede pesar. Hay alguien que te hundiría si algo me llega a suceder, doctorcito.

FIN DEL FLASHBACK

Enzo deja de recordar sintiéndose muy perturbado.

Enzo: Vas a pagar muy caro el haber osado a desafiarme, pequeña zorra. Vas a ser mía, ya verás. Vas a ser mi Paulina y ese será tu peor castigo.

Enzo comienza a reír y poco a poco, sus carcajadas se hacen más escandalosas llenando todo el departamento. Tal parece el hombre está desequilibrado.

CONTINUARÁ…

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