Capítulo 37: Asesinato en el bosque
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / NOCHE

Ha caído ya la noche en el pueblo. Carolina entra a la habitación sosteniendo unas cuantas bolsas dando a entender que se fue de compras. Cruz le sigue ayudándole a cargar un par de bolsas más.


Cruz: ¿Dónde quiere que le coloque esto, señorita?
Carolina: No sé, Cruz. Ponlo por ahí. Más tarde me encargo yo de organizar (Pone las bolsas sobre la cama).
Cruz: La veo de muy buen semblante. Por lo que noto no sólo se fue de compras, sino que también fue al salón de belleza y de esta pobre alma que no tiene un centavo ni se acordó.
Carolina: No vayas a hacer drama. En cuanto llegue fin de mes te pagaré tu sueldo y te prometo que seré bien generosa contigo. Vas a ver.
Cruz: ¿En serio, señorita?
Carolina: Por supuesto. Tú has sido la única que se ha quedado a mi lado todo este tiempo y me has apoyado. Es lo menos que puedo hacer por ti.
Cruz: ¡Ay, qué alivio! No se imagina usted lo necesitada que ando. Ya ve que ni he podido cambiarme de ropa interior desde la noche del incendio (Apenada).
Carolina: (asqueada) No necesitaba saber esos detalles, Cruz. Déjatelos para ti.
Cruz: Perdone usted, pero es la verdad. Todo se me quemó en el dichoso incendio ese del que milagro salimos ilesas.
Carolina: Bueno, pues ya no te preocupes. Pronto podrás comprarte lo que necesites. Es bueno que ya la vida nos sonría un poco a las dos.
Cruz: Me imagino que tiene motivos para decirlo. He ahí el por qué viene tan contenta.
Carolina: No te equivocas. Hoy ya por fin logré deshacerme del mayor obstáculo que tenía en el camino para quedarme con Eduardo.
Cruz: ¿De veras?
Carolina: (asentando con la cabeza) Así es. Marissa ya no será un estorbo. Estoy casi segura de que ni siquiera la volveremos a ver después de la bomba que le lancé esta mañana.
Cruz: Me tiene en ascuas, señorita. ¿A poco qué fue lo que hizo?
Carolina: Fácil. Le dije que estoy esperando un hijo de Eduardo (Cruz se impacta). Con eso tuvo suficiente para terminar de decepcionarse de él luego de lo otro que pasó.
Cruz: (balbuceando) ¿Lo… otro que pasó?
Carolina: No sé si lo supiste, pero ya Marissa nos había descubierto a Eduardo y a mí en una situación bastante comprometedora, y lo de hoy fue la gota que colmó el vaso.
Cruz recuerda que ella fue la causante de que dicha situación sucediera la vez que irrumpió en el comedor cuando Marissa y Pablo desayunaban.
FLASHBACK
Marissa: ¿Y si Carolina pasó la noche aquí por qué no ha bajado a desayunar? De hecho, Eduardo tampoco y esperaba encontrarlo aquí.
Cruz irrumpe en el comedor en ese momento en una actitud llena de presunción, como es típico en ella.
Cruz: Porque los dos están durmiendo juntos plácidamente en este momento, querida. Yo que tú iría a ver.
Cruz se sienta a la mesa y descaradamente bebe del jugo de naranja de Pablo. Marissa y él se miran entre sí, desconcertados ante tal comentario dicho por el ama de llaves.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz deja de recordar y sigue fingiendo sorpresa ante las novedades que oye de parte de Carolina.
Carolina: (continúa hablando) Estoy casi segura de que no vamos a volver a ver nunca más a esa “suripanta” como tú la llamaste, ¿te acuerdas? (Ambas ríen).
Cruz: Claro, claro que me acuerdo. Después de todo eso es lo que es. Como ya le había dicho, quien se merece el amor de Eduardo Román es usted, no ella. Ahora lo que me desconcierta es la mentira que dijo. ¿Qué tal si don Eduardo se entera y se le cae el teatro?
Carolina: Ningún teatro, Cruz. Es muy probable que sí esté embarazada.
Cruz: ¿Pero cómo? ¿Qué acaso usted y don Eduardo…?
Carolina: No tendría por qué contarme mis intimidades, pero ya que estamos en confianza, te lo diré. Hubo una noche en la que drogué a Eduardo y me acosté con él. La droga que utilicé era lo suficientemente efectiva como para que sostuviera una erección. Además, estaba en mis días fértiles.
Cruz: Cada vez me quedo más sorprendida de su inteligencia y astucia, señorita. Es usted mi heroína. De haber tenido yo esas mañas, hasta habría hecho lo mismo con su padre para quedarme con él y quitar del medio a su mamá.
Carolina la mira seria ante tal imprudencia. Cruz se da cuenta y ríe apenada entre los dientes.
Cruz: Discúlpeme. Pensé en voz alta.
Carolina: Sí, sí. Como sea. El punto es que ya no necesitaré la prueba reina que tenía en mis manos para terminar de destrozar a Marissa, la misma de la que te hablé cuando te dije que me serías de mucha ayuda.
Cruz: Sí, lo recuerdo, pero no me dijo de qué prueba se trataba.
Carolina: Por el momento no hace falta que lo sepas. Con lo que hice hoy ya fue suficiente para garantizar mi pronta unión con Eduardo.
La sonrisa maliciosa del rostro de la mujer se borra repentinamente cuando Eduardo entra de forma abrupta a la habitación sin ni siquiera haberse anunciado.

Carolina: ¡Eduardo!
Eduardo: Qué bueno que te encuentro aquí, Carolina, porque tenemos que hablar muy seriamente.
Carolina: (nerviosa) ¿Qué pasa? ¿Por qué vienes así?
Eduardo: Pasa que quiero que te vayas de mi casa ahora mismo.
Carolina y Cruz se miran entre sí sorprendidas ante tal requerimiento dicho por el hombre, quien luce serio y exaltado.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Danilo entra notablemente ebrio a su habitación, la misma que comparte con Pablo, quien duerme tranquilo en la cama. El primero no duda en acercarse y quitarle de encima el cobertor en una actitud un tanto agresiva.


Danilo: ¡Levántate, idiota!
Pablo: (entredormido) ¿Qué…? ¿Qué onda, Danilo?
Danilo: ¡Que te levantes, te dije!
Danilo pierde la paciencia y lo toma a la fuerza del cuello de la camiseta.
Pablo: (desconcertado) ¡Óyeme! ¿Pero qué te pasa? ¿Qué te traes?
Danilo: ¡Cierra el pico! (Lo zarandea) El único que va a hablar aquí soy yo. No quiero que digas nada si no quieres que te muela a golpes.
Pablo: Por lo menos explícame que no entiendo. ¿Por qué tienes tanto coraje?
Danilo: ¿Para qué preguntas si ya lo sabes? (Lo zarandea de nuevo) ¿Que no era suficiente con que tu mamá me desgraciara la vida como para que ahora tú también te le unas y me quieras quitar a mi hermana? ¿Qué no era suficiente? (Le grita furioso).
Pablo: Por lo que veo ya te enteraste.
Danilo: Sí, ya Milena me contó y óyeme muy bien. No voy a permitir que un riquillo venido de la ciudad como tú venga a casarse con mi hermana. Eso sí que no lo voy a permitir. ¿Entendiste?
Pablo: Pues entonces vas a tener que pegarme hasta que te canses, pero no voy a desistir de casarme con Milena.
Danilo, enfurecido, le lanza un puño en la cara para acto seguido volverlo a agarrar de la camiseta con más fuerza.
Danilo: No me provoques más, Pablo porque te juro que no sé de lo que sea capaz con tal de defender a mi hermana.
Pablo: (incrédulo) ¿Defenderla? ¿De qué, ah?
Pablo se suelta de él y se toca adolorido el lado de la cara en que recibió el golpe.
Pablo: ¿De mí que la amo y no veo la vida sin ella? Tú bien sabes que mis sentimientos por Milena son sinceros. ¿Qué te hace pensar que tengo malas intenciones si tú me conoces?
Danilo: Ese es el problema. Pensé que te conocía. Pensé que eras un buen chavo al igual que tu dizque madre, pero los dos sólo llegaron a nuestras vidas para arruinarlas y no se los voy a seguir permitiendo.
Pablo: Párale ahí. Ni mi mamá ni yo te hemos hecho nada. Tú eres el que está dolido porque mi mamá no ha sabido corresponder a lo que sientes, así que no nos vengas ahora a echar la culpa de tu desamor.
Danilo: (sollozo) No seas cínico. ¿Te parece poco que por culpa de lo que siento por ella mi hermana ya no puede caminar y que mi mamá haya parado en la cárcel? ¿A poco te parece poca la miseria en la que vivo por amarla? (Habla con bastante amargura).
Pablo: Nada de eso ha sido culpa de mi mamá. Lo del accidente de Milena fue algo provocado indirectamente por tus padres que siempre les mintieron a ustedes dos y el que tu mamá haya terminado en prisión se lo buscó ella sola por confabular para matar a la mía con el cerdo ese de Tarcisio.
Danilo guarda silencio ante tan contundentes palabras.
Pablo: En el fondo tú bien sabes que las cosas fueron así. Date cuenta, pero claro. Como ahora andas despechado no haces otra cosa que buscar culpables donde no los hay.
Danilo baja levemente la cabeza y derrama un par de lágrimas. Pablo lo mira con lástima.
Pablo: Yo sé que ahorita estás pasando por momentos duros y lo entiendo, pero no dejes que ese dolor te enceguece, Danilo. Tú eres un buen chavo.
Danilo: Ser bueno de nada me ha servido.
Danilo se tambalea y se sienta en la cama debido a la embriaguez.
Danilo: Todos se han aprovechado de eso para hacerme daño. Todos, hasta mi propia madre cuando me metió por los ojos volverme el querido de…
Danilo se detiene abruptamente al ver que estaba a punto de mencionar a Helena.
Pablo: (extrañado) ¿Cómo?
Danilo: Nada, no tiene caso. Iba a decir que, en medio de todo, enamorarme de tu mamá fue lo único que me trajo un poco de alegría a la vida de mierda que llevaba, pero sólo me metió en más problemas, ¿y para qué, ah? ¿Para qué si ella no deja de verme como un amigo o un hijo?
Pablo se sienta a su lado.
Pablo: Mira, Danilo. Yo no seré el mejor consejero. Por años viví sintiéndome el raro, al que nadie pelaba en la prepa y en la universidad hasta que entendí que no podía seguir haciéndome la víctima así como estás haciendo ahorita mismo.
Danilo: ¿Qué quieres decir?
Pablo: Que el único culpable de lo que estás viviendo eres tú. Hasta ahora lo único que has hecho es lamentarte por lo que te pasa y porque mi mamá no te quiere, pero no has hecho nada para que eso cambie.
Danilo: ¿Y qué puedo hacer? Tu mamá está enamorada de don Eduardo. Va a casarse con él. ¿Qué trompetas toco yo ahí?
Pablo: Mi mamá ya no se va a casar con Eduardo (Danilo se sorprende). El por qué no me lo preguntes porque no estoy del todo seguro y tampoco creo que sea relevante. A lo que voy es que deberías aprovechar y enamorarla en vez de llorar porque ella no te quiere.
Danilo: No es tan fácil así como lo pintas.
Pablo: ¿Ves? Ese es tu problema. Que eres un cobarde y no te atreves. En vez de estarle confesando a ella lo mucho que la amas, haz algo para que te corresponda. Tú bien sabes que a mí lo de la diferencia de edad me vale. Yo sí creo que tú la mereces.
Danilo: ¿Tú crees? ¿De verdad crees que ella se llegue a enamorar de mí?
Pablo: ¡Claro! Mi mamá te quiere reteharto y es sólo cuestión de que luches por su amor para que todo ese cariño que te tiene se vuelva algo más. Míranos a Milena y a mí que decíamos ser muy amigos, pero nos terminamos dando cuenta que sentíamos algo más.
Danilo: El caso de ustedes es diferente. Dudo que tu mamá se fije en un pelado como yo.
Pablo: Pues si te quedas en la duda, las cosas van a seguir tal cual como están. Yo que tú mañana mismo iría a buscarla a la capital y me pararía firme frente a ella para decirle lo dispuesto que estoy a ganarme su amor.
Danilo: No puedo irme, Pablo (Se frota el rostro con ambos manos). No tengo dinero ni puedo dejar a Milena sola.
Pablo: Milena está conmigo. No se va a quedar sola y por dinero no te preocupes. Yo te puedo prestar algo para que viajes y hasta invites a mi mamá a salir.
Danilo: ¿Harías eso por mí?
Pablo: Hasta la pregunta ofende. Claro que sí.
Pablo pone su mano en el hombro de Danilo de manera fraternal.
Pablo: Pese al golpe que me diste, eres como un hermano para mí y no te pienso dejar solo en esto.
Danilo: (esbozando una sonrisa) Gracias, Pablo. Gracias de verdad.
Danilo se ve un poco más tranquilo y ambos se sonríen entre sí.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / NOCHE
Eduardo ha irrumpido sin aviso en la habitación en la que se hospeda Carolina. Cruz también está presente y una gran tensión se apodera del momento.



Carolina: ¿Escuché bien? ¿Me estás pidiendo que…?
Eduardo: No creo que haya necesidad de repetirlo, pero por si te quedan dudas, así es. Quiero que te vayas esta noche de mi casa.
Carolina: Pero ¿por qué me pides algo así tan de la nada? ¿Qué ocurre?
Eduardo mira a Cruz seriamente, la cual entiende el mensaje.
Cruz: Yo como que mejor los dejo a solas para que platiquen. Con permisito.
La locuaz ama de llaves sale de la habitación y cierra la puerta tras sí, aunque como es habitual en ella, se queda escuchando detrás de la puerta con una gran curiosidad e intriga.
Eduardo: No creo que haya mucho qué explicar, Carolina. Fui muy contundente y claro. No pienso dejar viviendo en mi casa a una persona de tu calaña.
Carolina: ¿Cómo que de mi calaña? ¿Por qué me hablas así? Cada vez te entiendo menos.
Eduardo: (furioso) ¡Deja de fingir que no hay nada que me haga hervir más la sangre que me vean la cara de estúpido!
Cruz, detrás de la puerta, se sorprende del grito.
Carolina: Está bien, está bien. Tranquilízate y hablemos. Explícame calmadamente de qué se trata todo esto y por qué estás tan enojado conmigo para saber al menos de qué me acusas.
Eduardo: ¿Vas a seguir fingiendo que no lo sabes?
Carolina: ¡Es que no lo sé! (Desesperada).
Eduardo respira profundo para controlar la ira que siente. Carolina intenta acercársele.
Carolina: Eduardo…
Eduardo: ¡No me toques! Bastante que lo hiciste la noche que me drogaste para fingir que me había acostado contigo.
Carolina se impacta al escucharlo y se sienta descubierta. Cruz, detrás de la puerta, se cubre la boca de la sorpresa.
Eduardo: ¿Para eso no tienes nada qué decir?
Carolina: Eduardo, yo…
Eduardo: Y no intentas negarlo porque yo mismo lo vi en la grabación de las cámaras de seguridad del restaurante al que fuimos esa noche en plan de amigos. Vi muy bien cómo derramaste el vino a propósito para que yo fuera al baño y tuvieras oportunidad de verterle algo a mi bebida sin que yo me diera cuenta.
Carolina guarda silencio y baja la mirada. Eduardo comienza a acorralarla y ella camina hacia atrás.
Eduardo: Te aprovechaste de mí para confundirme y hacerme pensar que yo era un patán que te había ilusionado, pero ahora entiendo por qué era incapaz de recordar lo que pasó esa noche. Me drogaste, Carolina. ¿Cómo pudiste, maldita sea? ¿Cómo?
Carolina: ¿Qué te puedo decir, Eduardo? (Habla con un nudo en la garganta) Yo te amo…
Eduardo se enfurece y se da la vuelta lanzando al piso un jarrón que encontró a su paso. Carolina se aturde al igual que Cruz quien continúa escuchando atentamente. De inmediato, el hombre se vuelve a ella y le apunta con el dedo índice hablándole muy de cerca.
Eduardo: No vuelvas a decirme eso en tu vida nunca más. ¿Me entendiste? ¡Nunca más!
Carolina: (temblando) Entiéndeme, por favor. Fue la única manera que encontré de estar contigo, de sentir que era tuya y que tú eras mío, aunque fuera por una noche. Mi amor por ti es verdadero.
Eduardo: Lo que tú sientes no es amor. Es una obsesión tanto o más enferma de la que sintió Lisa por mí. Verte a ti es como verla a ella ahora.
Carolina: No me compares con esa chiquilla rebelde. ¡Yo soy más que ella y que la misma Helena que siempre te engañó!
Eduardo: Todas son iguales. ¿O te parece muy normal haberme drogado sólo para fingir que habíamos tenido intimidad?
Carolina: La tuvimos. No fue fingido.
Eduardo: No voy a seguir escuchando estupideces de tu parte. Lárgate de mi casa ya mismo.
Carolina: Aunque no me creas, pese al estado en el que te encontrabas, sí lo hicimos, Eduardo y no me puedes botar a la calle a sabiendas de que muy probablemente esté embarazada de ti.
Eduardo: (riendo con incredulidad) Esto ya es el colmo. Es mejor que te vayas por las buenas. No quiero recurrir a sacarte por la fuerza con la servidumbre.
Carolina: (solloza) No me puedes hacer esto. Tú no tienes idea de todo lo que he hecho para estar junto a ti. Tuve que aguantar por años el amarte en silencio. Merezco que me des oportunidad, Eduardo, por favor.
Eduardo: ¿Te olvidas de que ya amo a otra mujer?
Carolina: Marissa no quiere saber nada más de ti porque ella ya sabe que estoy embarazada. Yo se lo dije.
Eduardo: (impactado) ¿De qué estás hablando?
Carolina: Ella comprendió que ustedes no pueden estar juntos y prefirió hacerse a un lado para que tú y yo seamos felices con nuestro bebé (Toca su vientre).
Eduardo niega con la cabeza sin dar crédito a lo que oye.
Eduardo: Vete, Carolina. No te lo voy a repetir más y por si no te ha quedado claro, piérdete de mi vida porque lo que respecta a mí, no quiero volver a saber nunca más de ti.
Eduardo sale airado de la habitación y no se fija en que Cruz había estado escuchando. Carolina, por su parte, se derrumba en el piso y rompe a llorar.
Carolina: ¡Eduardo! ¡Eduardo no me hagas esto! (Llamándolo a gritos) ¡Te lo suplico! ¡Regresa!
Cruz entra con prontitud y se acerca a Carolina para ayudarla a levantarse.
Cruz: ¡Ay, señorita! Cálmese, por favor. Esto no le hace bien.
Carolina: (desconsolada) Lo perdí, Cruz. Perdí a Eduardo para siempre. Lo perdí…
Carolina se levanta ayuda por el ama de llaves y la abraza sin dejar de llorar. Cruz, a sus espaldas, rueda los ojos como si aquello le fastidiara y le diera igual.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CASA DE LOS ESCALANTE / DÍA
Es un nuevo día. Marissa recién va llegando a su casa en la capital en donde solía vivir antes de los acontecimientos de los últimos meses. Una empleada de servicio doméstico le sigue y toma su maleta.

Empleada: Qué bueno verla por estos lares, señora. ¡Bienvenida!
Marissa: (sonriéndole) Gracias, Rosita. Qué bien se siente bien volver a este que fue mi hogar durante tantísimos años. ¿Cómo va todo por aquí?
Empleada: Muy bien. He puesto su correspondencia en el estudio tal como me indicó y como podrá ver he tratado de tener todo lo más limpio posible.
Marissa: Eso veo. Tienes la casa como una tacita de té (Mira a su alrededor). Te agradezco mucho tu compromiso.
Empleada: Es con todo gusto, señora. Dígame, ¿se le ofrece algo? ¿Quiere que le traiga un jugo o algo de tomar?
Marissa: Creo que no, gracias. Por ahora sólo lleva la maleta a mi habitación, por favor. Más tarde iré a revisar la correspondencia.
Empleada: Está bien. Cualquier cosa me dice. Con permiso.
Marissa: Gracias, Rosita. Propio.
La empleada se retira con la maleta. Marissa se queda a solas y camina despacio sin dejar de mirar a su alrededor. Posa justo los ojos en un portarretratos puesto sobre un buró en el que salen ella y Luis Enrique fotografiados celebrando su último aniversario de matrimonio, algo que aprecia con cierta nostalgia.
Marissa: Cómo han cambiado las cosas en cuestión de meses justo para mí que siempre tuve miedo al cambio y no veía la vida más allá de esa mentira que siempre quise creer.
Luis Enrique: Pero nunca es tarde…
Marissa se pone ojiplática al escuchar y se da la vuelta encontrándose en primer plano con Luis Enrique frente a ella. Éste se acerca caminando y sigue hablando.

Luis Enrique: Nunca es tarde para enmendarse y que eso que creíamos que era mentira pueda hacerse realidad.
Marissa enmudece sin saber qué decir ante Luis Enrique quien la ve con un rostro apacible.
VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

Danilo se encuentra bien vestido con ropa casual y carga una pequeña maleta. Pablo está frente a él.


Pablo: Bueno, pues ya no creo que haga falta nada. ¿Estás listo?
Danilo: (ansioso) Eso creo. ¿Cómo me ves?
Pablo: ¿Y por qué me preguntas a mí? Soy tu cuñado y recuerda que la me gusta es tu hermana, no tú (Los dos se ríen).
Danilo: Ya, no seas payaso. Te lo pregunto en serio. Me siento medio raro con esta ropa que me prestaste, como si fuera otra persona, no sé.
Pablo: Relájate, carnal. Es normal. Lo que pasa es que estás acostumbrado a la misma ropa de peón que siempre te pones, pero te ves muy bien. Vas a dejar a mi mamá matada.
Danilo: Igual no dejo de sentirme raro. Quizá sean los nervios de viajar hasta tan lejos. Es que nunca he ido al DF y ya hasta ni sé si todo esto sea buena idea.
Pablo: Claro que lo es. Déjate de inseguridades.
Pablo lo empuja suavemente de la espalda y lo lleva hasta la puerta.
Pablo: Esta es la mejor decisión que has podido tomar que te lo digo yo. ¿O es que de la borrachera que traías ya se te olvidó la plática que tuvimos anoche?
Danilo: No, claro que no, pero…
Pablo: Pero nada. Mejor vete ya antes de que te arrepientas y te devuelva yo el golpe que me diste (Ambos ríen de nuevo). Ándale.
Danilo: Antes de irme, te quería pedir disculpas por eso. De verdad me pesa haberte dicho tantas pendejadas juntas. Tú eres como un hermano para mí, Pablo y te prometo que te voy a pagar todo esto que estás haciendo por mí.
Pablo: No tienes que pagarme nada. Es con todo el gusto (Pone su mano en el hombro de él). Vas a ver que las cosas se pondrán mejor para ti de aquí en adelante.
Los dos se sonríen y se abrazan de manera fraternal por un par de segundos.
Pablo: Y bueno, ya dejémonos de cursilería y vete, que si no vas a perder el bus.
Pablo abre la puerta y justo en ese momento, ambos muchachos se encuentran de plano con Eduardo quien al parecer estaba a punto de tocar la puerta.

Danilo: (sorprendido) Don Eduardo…
Eduardo: Buenos días, Danilo.
Eduardo se fija que el joven peón se encuentra vestido de manera casual y lleva una maleta.
Danilo: ¿Me necesitaba para algo?
Eduardo: No, de hecho, venía para hablar con Pablo porque sé que compartes tu cuarto con él. ¿Y tú? ¿Vas para algún lado?
Danilo: (balbuceando) Eh… Bueno, yo…
Pablo: (interviniendo) Danilo ya no va a trabajar más para esta hacienda.
Danilo se sorprende al escuchar aquella mentira improvisada y dicha por su amigo.
Eduardo: (incrédulo) ¿De verdad? ¿Por qué no me habías dicho nada?
Danilo: Es que… Iba a decírselo, pero no encontré oportunidad, patrón. Usted es un hombre tan ocupado que no vi cómo.
Eduardo: Qué pena. Desde que tenías dieciocho años has sido un muy buen trabajador y nunca has faltado con nada. Es una lástima que te vayas.
Pablo: Danilo irá a probar suerte en la capital. Él necesita ganar un poco más ahora que ya pronto le darán de alta a Milena y ella debe empezar tratamiento.
Eduardo: Si ese es el problema, podría nombrarte el nuevo capataz de la hacienda, Danilo.
Danilo: (sorprendido) ¿Capataz? ¿Yo?
Eduardo: Claro. ¿Por qué no? Siempre me ha parecido que estás bien capacitado para el cargo, mucho más de lo que estaba Tarcisio a quien sólo tenía ahí por mi madre, pero ya ni ella ni él están, así que tú podrías ser una buena opción. ¿Qué dices?
Danilo se mira con Pablo sin saber qué decir.
Pablo: Me parece que lo debe pensar. Después de todo, yo ya le organicé una entrevista de trabajo con un colega en el DF y precisamente iba de salida.
Danilo: Sí, así es. Le agradezco por la oportunidad, don Eduardo, pero sí quisiera probar suerte en otro lugar a ver cómo me va.
Eduardo: Está bien, pero sigo pensando que no hay nadie mejor para ese cargo que tú, así que si cambias de opinión, no dudes en decírmelo. No tengo inconveniente en esperar.
Danilo: Gracias, don Eduardo y con su permiso, ya me voy. Tengo un bus que tomar.
Eduardo: Buena suerte entonces. Voy a organizar luego lo de tu liquidación en un cheque y a tu regreso te lo entrego.
Danilo: No hay afán. No se preocupe. Ahí nos vemos, Pablo. Cuida de mi hermana mientras no estoy.
Pablo: Cuenta con eso, bro. Que te vaya bien en el viaje.
Danilo se retira dejando a solas a Pablo y a Eduardo. Éste último ve con suspicacia al peón irse como si sospechara de él.
Pablo: ¡Bien! Dijiste que querías hablar conmigo. ¿Qué necesitas?
Eduardo ve con seriedad al muchacho, aunque él tampoco le es indiferente y se siente cierta tensión.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ALREDEDORES / DÍA
María Helena camina por los alrededores de la hacienda y suspira como sintiendo una cierta nostalgia.

María Helena: Cómo extraño mi vida antes de venir a este sitio; la prepa, mis compañeros de clase, mi mamá… A ella más que a nadie. Espero que esté bien y aguante tantito más mientras se confirma si soy parte o no de esta familia de locos.

De repente, María Helena vislumbra no a muchos metros de donde se encuentra a Manuel, ejercitándose y haciendo flexiones de pecho sin camisa. El hombre suda aparatosamente y jadea. La muchacha no puede evitar quedarse mirándolo con cierta curiosidad, aunque es sorprendida por Danilo quien justo venía caminando por allí.

Danilo: María Helena.
La joven se asusta y Manuel alcanza a escuchar de lejos percatándose de que ella lo estaba espiando.
María Helena: (esbozando una sonrisa) Ho… Hola, Danilo.
Danilo: ¿Qué estás haciendo por acá?
María Helena: Nada en especial. Tú sabes. Dando un paseo matutino, aunque debería estar en cama como me dijo el doctor.
Danilo: ¿Qué doctor? ¿A poco estás enferma?
María Helena: No, para nada. Es que ayer me caí y me lastimé el tobillo por mensa, pero mejor ni te digo cómo.
María Helena ve de nuevo a Manuel quien, a su vez, también la observa sin quitarle los ojos de encima mientras toma agua de una botella. La chica se intimida y le aparta la mirada.
Danilo: Si es así, debiste quedarte guardando reposo. Digo, ¿no? No querrás que se inflame más.
María Helena: Estoy bien. No quiero quedarme encerrada en las mismas cuatro paredes sin hacer nada.
Danilo: Me imagino. ¿Por qué no vas al pueblo para que lo conozcas? Pablo te podría llevar y así te puedes distraer un poco. Te llevaría yo, pero como ves voy de salida.
María Helena: ¿Para dónde vas?
Danilo: Me voy al DF.
María Helena: (sorprendida) ¿Cómo? ¿Por qué?
Danilo: Digamos que voy dispuesto a buscar mi propia felicidad por primera vez en la vida.
María Helena: (desconcertada) No te entiendo.
Danilo: Te lo diré porque me caes bien, pero prométeme que no se lo dirás a nadie, ¿va?
María Helena: (sonriéndole) Está bien. Te lo prometo.
Danilo se le acerca un poco y le susurra cuidando que nadie los vaya a escuchar.
Danilo: Voy a buscar a doña Marissa para ganarme su amor.
María Helena gime de sorpresa y se cubre la boca con ambas manos.
Danilo: Pero recuerda. No se lo digas a nadie, María Helena, por favor.
María Helena: No entiendo. ¿A poco doña Marissa se fue para la capital y dejó a don Eduardo?
Danilo: Tal parece que así fue, aunque no sé por qué. El punto es que voy a aprovechar esta oportunidad para enamorarla.
María Helena: Esa parte no me sorprende. Yo ya sabía de tus sentimientos por ella.
Danilo: (enarcando las cejas) ¿De veras?
María Helena: Sí. Te había escuchado a ti y a Pablo un día hablando sobre ellos, pero no te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.
Danilo: (sonriéndole) Gracias, María Helena. Espero que sí y ahora me voy porque no quiero perder el bus y ya me retrasé bastante. Cuídate.
María Helena: Gracias. Tú igual.
Los dos se besan en la mejilla y él se va. María Helena vuelve los ojos a Manuel y se intimida al ver que éste sigue observándola mientras bebe agua y derrama un poco sobre sí mismo para refrescarse. La muchacha recuerda entonces el momento similar que vivió el día anterior cuando espiaba también a Eduardo.
FLASHBACK
María Helena traga saliva sintiéndose muy nerviosa y decide salir corriendo.
Eduardo: ¡Oiga! ¡Deténgase!
Eduardo sale tras ella. María Helena corre tan rápido como puede, pero en el intento tropieza y cae gritando adolorida.
María Helena: ¡Argh!
Eduardo llega hasta allí. María Helena alza el rostro, pero lo baja de inmediato, muy avergonzada.
Eduardo: (desconcertado) ¿María Helena? ¿Tú?
María Helena: Perdóname, don Eduardo. Yo sólo…
FIN DEL FLASHBACK
La chica deja de recordar y decide irse de allí a paso rápido. Manuel sonríe con picardía.
Manuel: Esta vez sí no te me escapas, Malenita.
El hombre decide seguirla.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CASA DE LOS ESCALANTE / DÍA
Marissa continúa muy desconcertada al ver que Luis Enrique también se encuentra en su casa.


Luis Enrique: ¿Qué ocurre, Marissa? ¿Tanto te sorprende verme en este sitio que ambos compartimos por tantos años?
Marissa: Luis Enrique. ¿Qué estás haciendo aquí? (Pone el portarretratos en su lugar).
Luis Enrique: Vine a recoger algunas cosas que aún me faltaban y aproveché dado que aún tengo las llaves.
Luis Enrique le muestra las llaves mientras sonríe con cierto cinismo.
Luis Enrique: Espero que no te haya incomodado.
Marissa: (seria) Para serte sincera, sí me incomoda y bastante. Después de divorciarnos, debiste entregármelas y llevarte todo lo que fuera tuyo o más bien yo debí cambiar la cerradura, pero ni se me cruzó por la cabeza.
Luis Enrique: Discúlpame. No pensé que te molestara tanto, aunque no entiendo el motivo. Después de todo, no soy un desconocido para ti.
Marissa: Prácticamente eso fuiste y has sido (Se cruza de brazos). En tantos años de matrimonio, nunca supe realmente quién eres y el hecho de haberte perdonado no quiere decir que debemos tratarnos con tanta familiaridad como para que invadas mi casa.
Luis Enrique: Está bien. Perdóname. Pensé que las cosas podían ser un poco diferentes a pesar de la pesadilla de matrimonio que te hice vivir. He pensado mucho últimamente en todo lo que perdí después de que terminamos nuestra relación, ¿y sabes? Me pesa como no tienes idea, Marissa.
Marissa: (mirándolo con suspicacia) ¿A qué viene eso justo ahora?
Luis Enrique: No lo sé, sólo digo y no soy el único que lo siente así por lo que te escuché decir hace un rato mirando esa foto de nuestro último aniversario de casados.
Marissa: No te confundas. Mi vida contigo antes era sólo una mentira que yo misma tejí por años y que me obligué a creer, pero en absoluto la extraño.
Luis Enrique: ¿Estás segura?
Marissa: Más que nunca. Hoy ya me siento libre, sin opresiones y he aprendido que no necesito el amor de ningún hombre para sentirme realizada como mujer.
Luis Enrique: ¿Debo asumir entonces que ya no sientes absolutamente nada por mí?
Marissa: Puedes asumirlo de la manera en que mejor te parezca y, ahora si me permites, me retiro. Llévate tus cosas y deja las llaves por ahí, por favor.
Marissa se da la vuelta y comienza a subir las escaleras.
Luis Enrique: ¿Qué hay de Eduardo?
Ella se detiene y voltea a verlo con seriedad.
Luis Enrique: Pensé que lo amabas y que por él te habías olvidado de mí, y sin embargo, te veo aquí dándome ese discurso de mujer empoderada y autosuficiente.
Marissa: Eduardo, al igual que tú, son pasado.
Luis Enrique: ¿Rompiste tu compromiso con él? (Finge no saber).
Marissa: No tengo por qué ni tampoco quiero darte explicaciones, Luis Enrique. Discúlpame.
Luis Enrique: Sólo preguntaba porque de ser así, ¿sabes lo que eso significa?
Marissa guarda silencio como respondiendo de forma negativa ante tal pregunta.
Luis Enrique: Significa que tu compromiso con ese tipo siempre fue una farsa y que sólo aceptaste casarte con él para olvidarme, pero no te funcionó.
Marissa: (sorprendida) ¿Cómo dices?
Luis Enrique da unos cuantos pasos adelante. Marissa lo ve desconcertada desde los pocos escalones que ya había subido.
Luis Enrique: Y también significa que ahora ninguno de los dos tiene de por medio una persona que nos impida estar juntos tú y yo, de nuevo, como siempre debimos estarlo.
Marissa alucina negando con la cabeza.
Luis Enrique: Yo te sigo amando, Marissa…
Marissa: Creo que ya escuché suficiente. Es mejor que te vayas.
Marissa intenta retirarse, pero Luis Enrique la detiene tomándola del brazo.
Luis Enrique: Espera. No te vayas, Marissa. Escúchame.
Marissa: Suéltame, Luis Enrique. No pienso escuchar tus disparates venidos de un arranque de sentimentalismo barato.
Luis Enrique: El abrirte mi corazón no es ningún sentimentalismo barato. Te estoy develando lo más profundo de mí, lo que nunca te dejé de ver.
Marissa: No te creo. ¿Tú amarme? ¡Por favor! (Cuestiona con incredulidad) Para empezar nunca me amaste. Me utilizaste descaradamente. ¿Y vienes a decirme esto? No trates de verme la cara de estúpida.
Luis Enrique: Sé que para ti es difícil de comprender, pero haz un intento por confiar en mí. Yo ya no soy el mismo hombre que conociste por más de veinticuatro años. Incluso dejé a Cecilia por ti.
Marissa: Si la dejaste o no, es tu problema. Después de todo, ella es la madre de tus hijos; hijos a los que ni siquiera criaste por estar a mi lado por interés.
Luis Enrique: No voy a negar que mis intenciones contigo durante todos esos años fueron otras, pero después de que terminamos, me di cuenta del error que cometí. Me di cuenta de que te amo y me quema por dentro tener que reconocerlo. ¡Créeme!
Marissa: ¡Basta, por favor! ¡Cállate!
Luis Enrique: Es la verdad y no me voy a callar. No sabes los celos que empecé a sentir cuando te veía al lado de Eduardo. Me incomodaba ver cómo se besaban y cuando empezaste a portarte tan gentil conmigo a pesar de lo que te hice, no lo pude evitar.
Marissa: Puedes decir lo que quieras, pero no voy a creer ni una sola palabra de lo que digas. Ya no soy esa mujer a la que podías manipular a tu antojo, Luis Enrique. ¡Ya no!
Luis Enrique: Te juro que es la verdad. Esto que empecé a sentir es genuino y lo que más deseo es que volvamos a estar juntos, que todo esto que vivimos solo sea una crisis y empecemos de nuevo. Yo sé que podemos. Lo único que te pido es una oportunidad.
Marissa: Eso nunca. Ni las moscas vuelven al fango del que salieron y yo ya no te amo.
Luis Enrique: No me digas eso, por favor…
Marissa: Y si no te quedó claro, grábatelo. No necesito ni tu repentino amor ni el de Eduardo ni el de ningún hombre para ser feliz, así que haré de cuenta que esta conversación nunca existió. No hagas que ese desprecio que sentí por ti regrese, no ahora que nuestros hijos están comprometidos, se van a casar y tendremos que seguir viéndonos.
Luis Enrique: No sabía que iban a casarse.
Marissa: Ya lo sabes y ahora déjame en paz. Te pido que te vayas.
Marissa mira fulminantemente a su exmarido y continúa subiendo las escaleras.
Luis Enrique: Debo darte la razón en ello, ¿sabes? Vamos a tener que seguir viéndonos, aunque no quieras, y no lo digo por el compromiso de nuestros hijos (Marissa lo ignora). Lo digo porque tú y yo aún somos marido y mujer.
Marissa se detiene en seco al escuchar tal revelación.
Luis Enrique: Porque es así tal como lo oyes, tú y yo seguimos oficialmente casados.
Marissa voltea a verlo aún más desconcertada.
Marissa: Debes estar jugando conmigo.
Luis Enrique: Como no me crees, no vale la pena que me desgaste intentando explicarte, pero si te interesa escucharme, llámame y lo hablamos mejor cuando estés más tranquila.
Luis Enrique sale de la casa. Marissa, por su parte, se queda impávida sin dar crédito a lo dicho por su exesposo y se pone la mano en el pecho sintiendo una gran angustia.
Marissa: Debe ser mentira. Debe ser una treta de su parte para desestabilizarme. Eso es.
La mujer niega con la cabeza sin reponerse aún.
VILLA ENCANTADA
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA
Eduardo y Pablo están frente a frente. Los dos se miran seriamente luego de que el primero viniera para hablar con el segundo.


Eduardo: Voy a ser breve contigo, Pablo. Vengo para preguntarte sobre el paradero de tu mamá. Fui a su habitación y pude ver que sus cosas no estaban. Es evidente que se fue de la hacienda y necesito saber a dónde fue.
Pablo: No hay mucho qué te pueda decir. Mi mamá se fue porque ya no quiere saber más de ti y entenderás que por respeto a su decisión no puedo decirte a dónde.
Eduardo: Es importante para mí saberlo, por favor. Hay muchas cosas que tengo que aclarar con ella y no puedo dejarla ir sin explicarle.
Pablo: ¿Explicarle qué? ¿Tu desliz con Carolina?
Eduardo: Aunque me lo digas con ese tono de reproche, así es, pero no pienso perder mi tiempo explicándotelo. Me interesa hablarlo con tu madre. Dime dónde está.
Pablo: Lo siento, Eduardo, pero no. Mi mamá ya ha sufrido mucho por amor y ella se merece un buen hombre, alguien que la respete y que esté dispuesto a darlo todo por ella y ese no eres tú.
Eduardo: Estás siendo muy injusto conmigo, muchacho.
Pablo: No lo creo. Para serte muy sincero, nunca me convenció ese compromiso tuyo con ella. Por tu culpa, indirectamente, ha corrido peligro varias veces y ya está bueno. Es mejor que la olvides.
Eduardo: No vine para discutir eso contigo, pero está bien. Si no estás dispuesto a darme su dirección, no hay problema. Yo mismo la puedo averiguar.
Eduardo ve molesto al joven y se retira. Pablo niega con la cabeza en señal de total desaprobación.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ALREDEDORES / DÍA
María Helena continúa paseándose por los alrededores de la hacienda, pero ha entrado en lo que parece ser un terreno baldío y poco frecuentado. Es tarde y parece que pronto anochecerá.

María Helena: Órale, creo que ya me alejé bastante. No había llegado a pasar por estos lados de la hacienda antes.
De repente, la joven ve un pequeño cobertizo y decide entrar para curiosear. No se percata de que es seguida sigilosamente por Manuel quien también entra al cobertizo.

Manuel: ¿Te gusta este sitio?
María Helena, exaltada, se da la vuelta al darse cuenta que no está sola.
María Helena: ¡Usted!
Manuel: (sonriéndole) ¿Te sorprende verme?
María Helena: Me estaba siguiendo, ¿no? ¿Qué es lo quiere ahora?
Manuel: ¿Yo? Nada. Quise ver hacia dónde te dirigías y me sorprendió ver que llegaste justo hasta este sitio. Venía mucho de niño y era como mi escondite secreto, ¿sabes?
Manuel comienza a caminar mientras mira alrededor de la cabaña. María Helena se siente incómoda y tensa con la presencia del hombre quien además está sin camisa.
Manuel: Venir de nuevo me trae hartos recuerdos, porque también era como mi guarida. Me trae a la memoria todas las viejas buenotas que pasaron por mis manos, entre ellas tu mamacita y tu hermanita (Ríe a carcajadas). ¡Qué recuerdos! La pasaba a toda madre.
María Helena: (tragando saliva) Yo mejor me voy.
Maria Helena se dirige a la salida, pero Manuel se le interpone en el paso y cierra la puerta.
Manuel: ¿Por qué te vas tan rápido? ¿Ya te aburrí, Malenita?
Manuel le acaricia el rostro a María Helena, pero ésta le aparta de mala gana la mano.
María Helena: Le agradezco que no me toque, señor.
Manuel: Yo sé muy bien que en el fondo deseas otra cosa y solo te haces la difícil, pero ¿sabes algo?
Manuel la acorrala contra la pared, algo ante lo que María Helena comienza a asustarse.
Manuel: Eso me excita mucho más.
Manuel la toma con brusquedad de la cintura y la junta a su cuerpo. María Helena gime exaltada y cada vez más asustada.
María Helena: Déjeme (intenta soltarse) Ya le dije que no quiero que me toque.
Manuel: ¿Estás segura que eso quieres? Porque te vi en la mañana espiándome mientras hacía ejercicio. ¿Me lo vas a negar?
María Helena: Nada más estaba pasando y lo vi de lejos. Eso no significa nada.
Manuel: No te creo. Reconoce que en el fondo te gusta y que te mueres de ganas de que un hombre como yo te haga sentir mujer. ¿Me lo vas a negar?
María Helena: Déjeme de una buena vez o voy a gritar auxilio.
Manuel: ¿Dejarte? Claro que no, preciosura. Una oportunidad como esta no la voy a perder. En un principio te vi como una amenaza a mis planes, pero ahora pienso que me puedes ser de muchísima utilidad y ya llegó el día.
María Helena: ¡Que me deje le digo!
Manuel: ¡Cállate! ¡No quiero que hables!
María Helena: ¡Auxilio! ¡Alguien que me ayude, por favor!
Manuel: ¡Te dije que te calles, perra!
Manuel le cubre la boca a la muchacha, pero ésta lo muerde fuertemente. El hombre grita adolorido y la libera a lo que ella aprovecha para salir corriendo del cobertizo.
Manuel: ¡Ni lo intentes!
Él sale corriendo tras ella y en el afán de huir, la joven tropieza con una piedra y cae. Manuel aprovecha para alcanzarla y se lanza sobre ella reteniéndola de las muñecas al tiempo que se baja el pantalón con la otra mano.
María Helena: (aterrada) ¡Se lo suplico, por favor! ¡No lo haga! ¡No me vaya a hacer esa porquería! (Rompe a llorar).
Manuel: Voy a demostrarte que lo que necesitas es un hombre de verdad que te domine, Malenita. Vas a pedirme tanto como me lo pedía Lisa.
María Helena niega con la cabeza negándose a besarlo y se revuelve.
María Helena: ¡No, por favor! ¡Se lo suplico, señor! ¡Deténgase!
Manuel: ¡Ya, no te muevas!
María Helena, dispuesta a evitar tal vejación, le pega una patada en los genitales a Manuel. Éste grita adolorido y la libera, por lo que ella intenta salir corriendo nuevamente. No obstante, en la fracción de un segundo y como si no quisiera perder a su presa, Manuel la alcanza jalándola del pelo.
María Helena: (gritando desgarrada) ¡Déjeme!
Manuel: ¡Tú lo quisiste por las malas!
Manuel pierde la paciencia y todavía teniéndola agarrada de la cabellera, la entra a la fuerza al cobertizo.
María Helena: (llorando) ¡Por lo que más quiera, don Manuel! Haré lo que me pida. ¡Por favor!
Manuel: ¿Ah, sí? ¿Harás lo que yo quiera? ¿Qué me dirías entonces si te digo que esto es justo lo que quiero, estúpida?
Manuel la lanza brutalmente al piso y, en el acto, la joven se golpea la frente contra una mesa. María Helena cae inconsciente y Manuel, respirando exhausto luego de aquel forcejeo, sonríe con una desmedida maldad.
Manuel: Te lo dije. De esta no te ibas a escapar.
El hombre se lanza sobre la chica dispuesto a consumar el abuso. Todo se pone en negro por un par de segundos. Poco a poco, ella empieza a despertar y se percata de que ya ha anochecido.
María Helena: (confundida) ¿Qu…? ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?
María Helena se mueve un poco intentando sentarse y gime adolorida.
María Helena: Me duele todo.
De repente, se percata de que a su lado hay una pica ensangrentada en una de las manos, cosa que le asusta.
María Helena: ¿Qué es eso?
La chica mira confundida a su alrededor y se queda impávida al ver a su lado a Manuel, tirado boca abajo, muerto, con los ojos abiertos y múltiples puñaladas en la espalda que al parecer fueron causadas usando la pica.
María Helena: (negando con la cabeza) Don Manuel…
María Helena tiembla y suelta un profundo grito de angustia y terror que se alcanza a oír hasta por fuera del cobertizo.
CONTINUARÁ…

Ha caído ya la noche en el pueblo. Carolina entra a la habitación sosteniendo unas cuantas bolsas dando a entender que se fue de compras. Cruz le sigue ayudándole a cargar un par de bolsas más.


Cruz: ¿Dónde quiere que le coloque esto, señorita?
Carolina: No sé, Cruz. Ponlo por ahí. Más tarde me encargo yo de organizar (Pone las bolsas sobre la cama).
Cruz: La veo de muy buen semblante. Por lo que noto no sólo se fue de compras, sino que también fue al salón de belleza y de esta pobre alma que no tiene un centavo ni se acordó.
Carolina: No vayas a hacer drama. En cuanto llegue fin de mes te pagaré tu sueldo y te prometo que seré bien generosa contigo. Vas a ver.
Cruz: ¿En serio, señorita?
Carolina: Por supuesto. Tú has sido la única que se ha quedado a mi lado todo este tiempo y me has apoyado. Es lo menos que puedo hacer por ti.
Cruz: ¡Ay, qué alivio! No se imagina usted lo necesitada que ando. Ya ve que ni he podido cambiarme de ropa interior desde la noche del incendio (Apenada).
Carolina: (asqueada) No necesitaba saber esos detalles, Cruz. Déjatelos para ti.
Cruz: Perdone usted, pero es la verdad. Todo se me quemó en el dichoso incendio ese del que milagro salimos ilesas.
Carolina: Bueno, pues ya no te preocupes. Pronto podrás comprarte lo que necesites. Es bueno que ya la vida nos sonría un poco a las dos.
Cruz: Me imagino que tiene motivos para decirlo. He ahí el por qué viene tan contenta.
Carolina: No te equivocas. Hoy ya por fin logré deshacerme del mayor obstáculo que tenía en el camino para quedarme con Eduardo.
Cruz: ¿De veras?
Carolina: (asentando con la cabeza) Así es. Marissa ya no será un estorbo. Estoy casi segura de que ni siquiera la volveremos a ver después de la bomba que le lancé esta mañana.
Cruz: Me tiene en ascuas, señorita. ¿A poco qué fue lo que hizo?
Carolina: Fácil. Le dije que estoy esperando un hijo de Eduardo (Cruz se impacta). Con eso tuvo suficiente para terminar de decepcionarse de él luego de lo otro que pasó.
Cruz: (balbuceando) ¿Lo… otro que pasó?
Carolina: No sé si lo supiste, pero ya Marissa nos había descubierto a Eduardo y a mí en una situación bastante comprometedora, y lo de hoy fue la gota que colmó el vaso.
Cruz recuerda que ella fue la causante de que dicha situación sucediera la vez que irrumpió en el comedor cuando Marissa y Pablo desayunaban.
FLASHBACK
Marissa: ¿Y si Carolina pasó la noche aquí por qué no ha bajado a desayunar? De hecho, Eduardo tampoco y esperaba encontrarlo aquí.
Cruz irrumpe en el comedor en ese momento en una actitud llena de presunción, como es típico en ella.
Cruz: Porque los dos están durmiendo juntos plácidamente en este momento, querida. Yo que tú iría a ver.
Cruz se sienta a la mesa y descaradamente bebe del jugo de naranja de Pablo. Marissa y él se miran entre sí, desconcertados ante tal comentario dicho por el ama de llaves.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz deja de recordar y sigue fingiendo sorpresa ante las novedades que oye de parte de Carolina.
Carolina: (continúa hablando) Estoy casi segura de que no vamos a volver a ver nunca más a esa “suripanta” como tú la llamaste, ¿te acuerdas? (Ambas ríen).
Cruz: Claro, claro que me acuerdo. Después de todo eso es lo que es. Como ya le había dicho, quien se merece el amor de Eduardo Román es usted, no ella. Ahora lo que me desconcierta es la mentira que dijo. ¿Qué tal si don Eduardo se entera y se le cae el teatro?
Carolina: Ningún teatro, Cruz. Es muy probable que sí esté embarazada.
Cruz: ¿Pero cómo? ¿Qué acaso usted y don Eduardo…?
Carolina: No tendría por qué contarme mis intimidades, pero ya que estamos en confianza, te lo diré. Hubo una noche en la que drogué a Eduardo y me acosté con él. La droga que utilicé era lo suficientemente efectiva como para que sostuviera una erección. Además, estaba en mis días fértiles.
Cruz: Cada vez me quedo más sorprendida de su inteligencia y astucia, señorita. Es usted mi heroína. De haber tenido yo esas mañas, hasta habría hecho lo mismo con su padre para quedarme con él y quitar del medio a su mamá.
Carolina la mira seria ante tal imprudencia. Cruz se da cuenta y ríe apenada entre los dientes.
Cruz: Discúlpeme. Pensé en voz alta.
Carolina: Sí, sí. Como sea. El punto es que ya no necesitaré la prueba reina que tenía en mis manos para terminar de destrozar a Marissa, la misma de la que te hablé cuando te dije que me serías de mucha ayuda.
Cruz: Sí, lo recuerdo, pero no me dijo de qué prueba se trataba.
Carolina: Por el momento no hace falta que lo sepas. Con lo que hice hoy ya fue suficiente para garantizar mi pronta unión con Eduardo.
La sonrisa maliciosa del rostro de la mujer se borra repentinamente cuando Eduardo entra de forma abrupta a la habitación sin ni siquiera haberse anunciado.

Carolina: ¡Eduardo!
Eduardo: Qué bueno que te encuentro aquí, Carolina, porque tenemos que hablar muy seriamente.
Carolina: (nerviosa) ¿Qué pasa? ¿Por qué vienes así?
Eduardo: Pasa que quiero que te vayas de mi casa ahora mismo.
Carolina y Cruz se miran entre sí sorprendidas ante tal requerimiento dicho por el hombre, quien luce serio y exaltado.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE
Danilo entra notablemente ebrio a su habitación, la misma que comparte con Pablo, quien duerme tranquilo en la cama. El primero no duda en acercarse y quitarle de encima el cobertor en una actitud un tanto agresiva.


Danilo: ¡Levántate, idiota!
Pablo: (entredormido) ¿Qué…? ¿Qué onda, Danilo?
Danilo: ¡Que te levantes, te dije!
Danilo pierde la paciencia y lo toma a la fuerza del cuello de la camiseta.
Pablo: (desconcertado) ¡Óyeme! ¿Pero qué te pasa? ¿Qué te traes?
Danilo: ¡Cierra el pico! (Lo zarandea) El único que va a hablar aquí soy yo. No quiero que digas nada si no quieres que te muela a golpes.
Pablo: Por lo menos explícame que no entiendo. ¿Por qué tienes tanto coraje?
Danilo: ¿Para qué preguntas si ya lo sabes? (Lo zarandea de nuevo) ¿Que no era suficiente con que tu mamá me desgraciara la vida como para que ahora tú también te le unas y me quieras quitar a mi hermana? ¿Qué no era suficiente? (Le grita furioso).
Pablo: Por lo que veo ya te enteraste.
Danilo: Sí, ya Milena me contó y óyeme muy bien. No voy a permitir que un riquillo venido de la ciudad como tú venga a casarse con mi hermana. Eso sí que no lo voy a permitir. ¿Entendiste?
Pablo: Pues entonces vas a tener que pegarme hasta que te canses, pero no voy a desistir de casarme con Milena.
Danilo, enfurecido, le lanza un puño en la cara para acto seguido volverlo a agarrar de la camiseta con más fuerza.
Danilo: No me provoques más, Pablo porque te juro que no sé de lo que sea capaz con tal de defender a mi hermana.
Pablo: (incrédulo) ¿Defenderla? ¿De qué, ah?
Pablo se suelta de él y se toca adolorido el lado de la cara en que recibió el golpe.
Pablo: ¿De mí que la amo y no veo la vida sin ella? Tú bien sabes que mis sentimientos por Milena son sinceros. ¿Qué te hace pensar que tengo malas intenciones si tú me conoces?
Danilo: Ese es el problema. Pensé que te conocía. Pensé que eras un buen chavo al igual que tu dizque madre, pero los dos sólo llegaron a nuestras vidas para arruinarlas y no se los voy a seguir permitiendo.
Pablo: Párale ahí. Ni mi mamá ni yo te hemos hecho nada. Tú eres el que está dolido porque mi mamá no ha sabido corresponder a lo que sientes, así que no nos vengas ahora a echar la culpa de tu desamor.
Danilo: (sollozo) No seas cínico. ¿Te parece poco que por culpa de lo que siento por ella mi hermana ya no puede caminar y que mi mamá haya parado en la cárcel? ¿A poco te parece poca la miseria en la que vivo por amarla? (Habla con bastante amargura).
Pablo: Nada de eso ha sido culpa de mi mamá. Lo del accidente de Milena fue algo provocado indirectamente por tus padres que siempre les mintieron a ustedes dos y el que tu mamá haya terminado en prisión se lo buscó ella sola por confabular para matar a la mía con el cerdo ese de Tarcisio.
Danilo guarda silencio ante tan contundentes palabras.
Pablo: En el fondo tú bien sabes que las cosas fueron así. Date cuenta, pero claro. Como ahora andas despechado no haces otra cosa que buscar culpables donde no los hay.
Danilo baja levemente la cabeza y derrama un par de lágrimas. Pablo lo mira con lástima.
Pablo: Yo sé que ahorita estás pasando por momentos duros y lo entiendo, pero no dejes que ese dolor te enceguece, Danilo. Tú eres un buen chavo.
Danilo: Ser bueno de nada me ha servido.
Danilo se tambalea y se sienta en la cama debido a la embriaguez.
Danilo: Todos se han aprovechado de eso para hacerme daño. Todos, hasta mi propia madre cuando me metió por los ojos volverme el querido de…
Danilo se detiene abruptamente al ver que estaba a punto de mencionar a Helena.
Pablo: (extrañado) ¿Cómo?
Danilo: Nada, no tiene caso. Iba a decir que, en medio de todo, enamorarme de tu mamá fue lo único que me trajo un poco de alegría a la vida de mierda que llevaba, pero sólo me metió en más problemas, ¿y para qué, ah? ¿Para qué si ella no deja de verme como un amigo o un hijo?
Pablo se sienta a su lado.
Pablo: Mira, Danilo. Yo no seré el mejor consejero. Por años viví sintiéndome el raro, al que nadie pelaba en la prepa y en la universidad hasta que entendí que no podía seguir haciéndome la víctima así como estás haciendo ahorita mismo.
Danilo: ¿Qué quieres decir?
Pablo: Que el único culpable de lo que estás viviendo eres tú. Hasta ahora lo único que has hecho es lamentarte por lo que te pasa y porque mi mamá no te quiere, pero no has hecho nada para que eso cambie.
Danilo: ¿Y qué puedo hacer? Tu mamá está enamorada de don Eduardo. Va a casarse con él. ¿Qué trompetas toco yo ahí?
Pablo: Mi mamá ya no se va a casar con Eduardo (Danilo se sorprende). El por qué no me lo preguntes porque no estoy del todo seguro y tampoco creo que sea relevante. A lo que voy es que deberías aprovechar y enamorarla en vez de llorar porque ella no te quiere.
Danilo: No es tan fácil así como lo pintas.
Pablo: ¿Ves? Ese es tu problema. Que eres un cobarde y no te atreves. En vez de estarle confesando a ella lo mucho que la amas, haz algo para que te corresponda. Tú bien sabes que a mí lo de la diferencia de edad me vale. Yo sí creo que tú la mereces.
Danilo: ¿Tú crees? ¿De verdad crees que ella se llegue a enamorar de mí?
Pablo: ¡Claro! Mi mamá te quiere reteharto y es sólo cuestión de que luches por su amor para que todo ese cariño que te tiene se vuelva algo más. Míranos a Milena y a mí que decíamos ser muy amigos, pero nos terminamos dando cuenta que sentíamos algo más.
Danilo: El caso de ustedes es diferente. Dudo que tu mamá se fije en un pelado como yo.
Pablo: Pues si te quedas en la duda, las cosas van a seguir tal cual como están. Yo que tú mañana mismo iría a buscarla a la capital y me pararía firme frente a ella para decirle lo dispuesto que estoy a ganarme su amor.
Danilo: No puedo irme, Pablo (Se frota el rostro con ambos manos). No tengo dinero ni puedo dejar a Milena sola.
Pablo: Milena está conmigo. No se va a quedar sola y por dinero no te preocupes. Yo te puedo prestar algo para que viajes y hasta invites a mi mamá a salir.
Danilo: ¿Harías eso por mí?
Pablo: Hasta la pregunta ofende. Claro que sí.
Pablo pone su mano en el hombro de Danilo de manera fraternal.
Pablo: Pese al golpe que me diste, eres como un hermano para mí y no te pienso dejar solo en esto.
Danilo: (esbozando una sonrisa) Gracias, Pablo. Gracias de verdad.
Danilo se ve un poco más tranquilo y ambos se sonríen entre sí.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE HUÉSPEDES / NOCHE
Eduardo ha irrumpido sin aviso en la habitación en la que se hospeda Carolina. Cruz también está presente y una gran tensión se apodera del momento.



Carolina: ¿Escuché bien? ¿Me estás pidiendo que…?
Eduardo: No creo que haya necesidad de repetirlo, pero por si te quedan dudas, así es. Quiero que te vayas esta noche de mi casa.
Carolina: Pero ¿por qué me pides algo así tan de la nada? ¿Qué ocurre?
Eduardo mira a Cruz seriamente, la cual entiende el mensaje.
Cruz: Yo como que mejor los dejo a solas para que platiquen. Con permisito.
La locuaz ama de llaves sale de la habitación y cierra la puerta tras sí, aunque como es habitual en ella, se queda escuchando detrás de la puerta con una gran curiosidad e intriga.
Eduardo: No creo que haya mucho qué explicar, Carolina. Fui muy contundente y claro. No pienso dejar viviendo en mi casa a una persona de tu calaña.
Carolina: ¿Cómo que de mi calaña? ¿Por qué me hablas así? Cada vez te entiendo menos.
Eduardo: (furioso) ¡Deja de fingir que no hay nada que me haga hervir más la sangre que me vean la cara de estúpido!
Cruz, detrás de la puerta, se sorprende del grito.
Carolina: Está bien, está bien. Tranquilízate y hablemos. Explícame calmadamente de qué se trata todo esto y por qué estás tan enojado conmigo para saber al menos de qué me acusas.
Eduardo: ¿Vas a seguir fingiendo que no lo sabes?
Carolina: ¡Es que no lo sé! (Desesperada).
Eduardo respira profundo para controlar la ira que siente. Carolina intenta acercársele.
Carolina: Eduardo…
Eduardo: ¡No me toques! Bastante que lo hiciste la noche que me drogaste para fingir que me había acostado contigo.
Carolina se impacta al escucharlo y se sienta descubierta. Cruz, detrás de la puerta, se cubre la boca de la sorpresa.
Eduardo: ¿Para eso no tienes nada qué decir?
Carolina: Eduardo, yo…
Eduardo: Y no intentas negarlo porque yo mismo lo vi en la grabación de las cámaras de seguridad del restaurante al que fuimos esa noche en plan de amigos. Vi muy bien cómo derramaste el vino a propósito para que yo fuera al baño y tuvieras oportunidad de verterle algo a mi bebida sin que yo me diera cuenta.
Carolina guarda silencio y baja la mirada. Eduardo comienza a acorralarla y ella camina hacia atrás.
Eduardo: Te aprovechaste de mí para confundirme y hacerme pensar que yo era un patán que te había ilusionado, pero ahora entiendo por qué era incapaz de recordar lo que pasó esa noche. Me drogaste, Carolina. ¿Cómo pudiste, maldita sea? ¿Cómo?
Carolina: ¿Qué te puedo decir, Eduardo? (Habla con un nudo en la garganta) Yo te amo…
Eduardo se enfurece y se da la vuelta lanzando al piso un jarrón que encontró a su paso. Carolina se aturde al igual que Cruz quien continúa escuchando atentamente. De inmediato, el hombre se vuelve a ella y le apunta con el dedo índice hablándole muy de cerca.
Eduardo: No vuelvas a decirme eso en tu vida nunca más. ¿Me entendiste? ¡Nunca más!
Carolina: (temblando) Entiéndeme, por favor. Fue la única manera que encontré de estar contigo, de sentir que era tuya y que tú eras mío, aunque fuera por una noche. Mi amor por ti es verdadero.
Eduardo: Lo que tú sientes no es amor. Es una obsesión tanto o más enferma de la que sintió Lisa por mí. Verte a ti es como verla a ella ahora.
Carolina: No me compares con esa chiquilla rebelde. ¡Yo soy más que ella y que la misma Helena que siempre te engañó!
Eduardo: Todas son iguales. ¿O te parece muy normal haberme drogado sólo para fingir que habíamos tenido intimidad?
Carolina: La tuvimos. No fue fingido.
Eduardo: No voy a seguir escuchando estupideces de tu parte. Lárgate de mi casa ya mismo.
Carolina: Aunque no me creas, pese al estado en el que te encontrabas, sí lo hicimos, Eduardo y no me puedes botar a la calle a sabiendas de que muy probablemente esté embarazada de ti.
Eduardo: (riendo con incredulidad) Esto ya es el colmo. Es mejor que te vayas por las buenas. No quiero recurrir a sacarte por la fuerza con la servidumbre.
Carolina: (solloza) No me puedes hacer esto. Tú no tienes idea de todo lo que he hecho para estar junto a ti. Tuve que aguantar por años el amarte en silencio. Merezco que me des oportunidad, Eduardo, por favor.
Eduardo: ¿Te olvidas de que ya amo a otra mujer?
Carolina: Marissa no quiere saber nada más de ti porque ella ya sabe que estoy embarazada. Yo se lo dije.
Eduardo: (impactado) ¿De qué estás hablando?
Carolina: Ella comprendió que ustedes no pueden estar juntos y prefirió hacerse a un lado para que tú y yo seamos felices con nuestro bebé (Toca su vientre).
Eduardo niega con la cabeza sin dar crédito a lo que oye.
Eduardo: Vete, Carolina. No te lo voy a repetir más y por si no te ha quedado claro, piérdete de mi vida porque lo que respecta a mí, no quiero volver a saber nunca más de ti.
Eduardo sale airado de la habitación y no se fija en que Cruz había estado escuchando. Carolina, por su parte, se derrumba en el piso y rompe a llorar.
Carolina: ¡Eduardo! ¡Eduardo no me hagas esto! (Llamándolo a gritos) ¡Te lo suplico! ¡Regresa!
Cruz entra con prontitud y se acerca a Carolina para ayudarla a levantarse.
Cruz: ¡Ay, señorita! Cálmese, por favor. Esto no le hace bien.
Carolina: (desconsolada) Lo perdí, Cruz. Perdí a Eduardo para siempre. Lo perdí…
Carolina se levanta ayuda por el ama de llaves y la abraza sin dejar de llorar. Cruz, a sus espaldas, rueda los ojos como si aquello le fastidiara y le diera igual.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CASA DE LOS ESCALANTE / DÍA
Es un nuevo día. Marissa recién va llegando a su casa en la capital en donde solía vivir antes de los acontecimientos de los últimos meses. Una empleada de servicio doméstico le sigue y toma su maleta.

Empleada: Qué bueno verla por estos lares, señora. ¡Bienvenida!
Marissa: (sonriéndole) Gracias, Rosita. Qué bien se siente bien volver a este que fue mi hogar durante tantísimos años. ¿Cómo va todo por aquí?
Empleada: Muy bien. He puesto su correspondencia en el estudio tal como me indicó y como podrá ver he tratado de tener todo lo más limpio posible.
Marissa: Eso veo. Tienes la casa como una tacita de té (Mira a su alrededor). Te agradezco mucho tu compromiso.
Empleada: Es con todo gusto, señora. Dígame, ¿se le ofrece algo? ¿Quiere que le traiga un jugo o algo de tomar?
Marissa: Creo que no, gracias. Por ahora sólo lleva la maleta a mi habitación, por favor. Más tarde iré a revisar la correspondencia.
Empleada: Está bien. Cualquier cosa me dice. Con permiso.
Marissa: Gracias, Rosita. Propio.
La empleada se retira con la maleta. Marissa se queda a solas y camina despacio sin dejar de mirar a su alrededor. Posa justo los ojos en un portarretratos puesto sobre un buró en el que salen ella y Luis Enrique fotografiados celebrando su último aniversario de matrimonio, algo que aprecia con cierta nostalgia.
Marissa: Cómo han cambiado las cosas en cuestión de meses justo para mí que siempre tuve miedo al cambio y no veía la vida más allá de esa mentira que siempre quise creer.
Luis Enrique: Pero nunca es tarde…
Marissa se pone ojiplática al escuchar y se da la vuelta encontrándose en primer plano con Luis Enrique frente a ella. Éste se acerca caminando y sigue hablando.

Luis Enrique: Nunca es tarde para enmendarse y que eso que creíamos que era mentira pueda hacerse realidad.
Marissa enmudece sin saber qué decir ante Luis Enrique quien la ve con un rostro apacible.
VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA

Danilo se encuentra bien vestido con ropa casual y carga una pequeña maleta. Pablo está frente a él.


Pablo: Bueno, pues ya no creo que haga falta nada. ¿Estás listo?
Danilo: (ansioso) Eso creo. ¿Cómo me ves?
Pablo: ¿Y por qué me preguntas a mí? Soy tu cuñado y recuerda que la me gusta es tu hermana, no tú (Los dos se ríen).
Danilo: Ya, no seas payaso. Te lo pregunto en serio. Me siento medio raro con esta ropa que me prestaste, como si fuera otra persona, no sé.
Pablo: Relájate, carnal. Es normal. Lo que pasa es que estás acostumbrado a la misma ropa de peón que siempre te pones, pero te ves muy bien. Vas a dejar a mi mamá matada.
Danilo: Igual no dejo de sentirme raro. Quizá sean los nervios de viajar hasta tan lejos. Es que nunca he ido al DF y ya hasta ni sé si todo esto sea buena idea.
Pablo: Claro que lo es. Déjate de inseguridades.
Pablo lo empuja suavemente de la espalda y lo lleva hasta la puerta.
Pablo: Esta es la mejor decisión que has podido tomar que te lo digo yo. ¿O es que de la borrachera que traías ya se te olvidó la plática que tuvimos anoche?
Danilo: No, claro que no, pero…
Pablo: Pero nada. Mejor vete ya antes de que te arrepientas y te devuelva yo el golpe que me diste (Ambos ríen de nuevo). Ándale.
Danilo: Antes de irme, te quería pedir disculpas por eso. De verdad me pesa haberte dicho tantas pendejadas juntas. Tú eres como un hermano para mí, Pablo y te prometo que te voy a pagar todo esto que estás haciendo por mí.
Pablo: No tienes que pagarme nada. Es con todo el gusto (Pone su mano en el hombro de él). Vas a ver que las cosas se pondrán mejor para ti de aquí en adelante.
Los dos se sonríen y se abrazan de manera fraternal por un par de segundos.
Pablo: Y bueno, ya dejémonos de cursilería y vete, que si no vas a perder el bus.
Pablo abre la puerta y justo en ese momento, ambos muchachos se encuentran de plano con Eduardo quien al parecer estaba a punto de tocar la puerta.

Danilo: (sorprendido) Don Eduardo…
Eduardo: Buenos días, Danilo.
Eduardo se fija que el joven peón se encuentra vestido de manera casual y lleva una maleta.
Danilo: ¿Me necesitaba para algo?
Eduardo: No, de hecho, venía para hablar con Pablo porque sé que compartes tu cuarto con él. ¿Y tú? ¿Vas para algún lado?
Danilo: (balbuceando) Eh… Bueno, yo…
Pablo: (interviniendo) Danilo ya no va a trabajar más para esta hacienda.
Danilo se sorprende al escuchar aquella mentira improvisada y dicha por su amigo.
Eduardo: (incrédulo) ¿De verdad? ¿Por qué no me habías dicho nada?
Danilo: Es que… Iba a decírselo, pero no encontré oportunidad, patrón. Usted es un hombre tan ocupado que no vi cómo.
Eduardo: Qué pena. Desde que tenías dieciocho años has sido un muy buen trabajador y nunca has faltado con nada. Es una lástima que te vayas.
Pablo: Danilo irá a probar suerte en la capital. Él necesita ganar un poco más ahora que ya pronto le darán de alta a Milena y ella debe empezar tratamiento.
Eduardo: Si ese es el problema, podría nombrarte el nuevo capataz de la hacienda, Danilo.
Danilo: (sorprendido) ¿Capataz? ¿Yo?
Eduardo: Claro. ¿Por qué no? Siempre me ha parecido que estás bien capacitado para el cargo, mucho más de lo que estaba Tarcisio a quien sólo tenía ahí por mi madre, pero ya ni ella ni él están, así que tú podrías ser una buena opción. ¿Qué dices?
Danilo se mira con Pablo sin saber qué decir.
Pablo: Me parece que lo debe pensar. Después de todo, yo ya le organicé una entrevista de trabajo con un colega en el DF y precisamente iba de salida.
Danilo: Sí, así es. Le agradezco por la oportunidad, don Eduardo, pero sí quisiera probar suerte en otro lugar a ver cómo me va.
Eduardo: Está bien, pero sigo pensando que no hay nadie mejor para ese cargo que tú, así que si cambias de opinión, no dudes en decírmelo. No tengo inconveniente en esperar.
Danilo: Gracias, don Eduardo y con su permiso, ya me voy. Tengo un bus que tomar.
Eduardo: Buena suerte entonces. Voy a organizar luego lo de tu liquidación en un cheque y a tu regreso te lo entrego.
Danilo: No hay afán. No se preocupe. Ahí nos vemos, Pablo. Cuida de mi hermana mientras no estoy.
Pablo: Cuenta con eso, bro. Que te vaya bien en el viaje.
Danilo se retira dejando a solas a Pablo y a Eduardo. Éste último ve con suspicacia al peón irse como si sospechara de él.
Pablo: ¡Bien! Dijiste que querías hablar conmigo. ¿Qué necesitas?
Eduardo ve con seriedad al muchacho, aunque él tampoco le es indiferente y se siente cierta tensión.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ALREDEDORES / DÍA
María Helena camina por los alrededores de la hacienda y suspira como sintiendo una cierta nostalgia.

María Helena: Cómo extraño mi vida antes de venir a este sitio; la prepa, mis compañeros de clase, mi mamá… A ella más que a nadie. Espero que esté bien y aguante tantito más mientras se confirma si soy parte o no de esta familia de locos.

De repente, María Helena vislumbra no a muchos metros de donde se encuentra a Manuel, ejercitándose y haciendo flexiones de pecho sin camisa. El hombre suda aparatosamente y jadea. La muchacha no puede evitar quedarse mirándolo con cierta curiosidad, aunque es sorprendida por Danilo quien justo venía caminando por allí.

Danilo: María Helena.
La joven se asusta y Manuel alcanza a escuchar de lejos percatándose de que ella lo estaba espiando.
María Helena: (esbozando una sonrisa) Ho… Hola, Danilo.
Danilo: ¿Qué estás haciendo por acá?
María Helena: Nada en especial. Tú sabes. Dando un paseo matutino, aunque debería estar en cama como me dijo el doctor.
Danilo: ¿Qué doctor? ¿A poco estás enferma?
María Helena: No, para nada. Es que ayer me caí y me lastimé el tobillo por mensa, pero mejor ni te digo cómo.
María Helena ve de nuevo a Manuel quien, a su vez, también la observa sin quitarle los ojos de encima mientras toma agua de una botella. La chica se intimida y le aparta la mirada.
Danilo: Si es así, debiste quedarte guardando reposo. Digo, ¿no? No querrás que se inflame más.
María Helena: Estoy bien. No quiero quedarme encerrada en las mismas cuatro paredes sin hacer nada.
Danilo: Me imagino. ¿Por qué no vas al pueblo para que lo conozcas? Pablo te podría llevar y así te puedes distraer un poco. Te llevaría yo, pero como ves voy de salida.
María Helena: ¿Para dónde vas?
Danilo: Me voy al DF.
María Helena: (sorprendida) ¿Cómo? ¿Por qué?
Danilo: Digamos que voy dispuesto a buscar mi propia felicidad por primera vez en la vida.
María Helena: (desconcertada) No te entiendo.
Danilo: Te lo diré porque me caes bien, pero prométeme que no se lo dirás a nadie, ¿va?
María Helena: (sonriéndole) Está bien. Te lo prometo.
Danilo se le acerca un poco y le susurra cuidando que nadie los vaya a escuchar.
Danilo: Voy a buscar a doña Marissa para ganarme su amor.
María Helena gime de sorpresa y se cubre la boca con ambas manos.
Danilo: Pero recuerda. No se lo digas a nadie, María Helena, por favor.
María Helena: No entiendo. ¿A poco doña Marissa se fue para la capital y dejó a don Eduardo?
Danilo: Tal parece que así fue, aunque no sé por qué. El punto es que voy a aprovechar esta oportunidad para enamorarla.
María Helena: Esa parte no me sorprende. Yo ya sabía de tus sentimientos por ella.
Danilo: (enarcando las cejas) ¿De veras?
María Helena: Sí. Te había escuchado a ti y a Pablo un día hablando sobre ellos, pero no te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.
Danilo: (sonriéndole) Gracias, María Helena. Espero que sí y ahora me voy porque no quiero perder el bus y ya me retrasé bastante. Cuídate.
María Helena: Gracias. Tú igual.
Los dos se besan en la mejilla y él se va. María Helena vuelve los ojos a Manuel y se intimida al ver que éste sigue observándola mientras bebe agua y derrama un poco sobre sí mismo para refrescarse. La muchacha recuerda entonces el momento similar que vivió el día anterior cuando espiaba también a Eduardo.
FLASHBACK
María Helena traga saliva sintiéndose muy nerviosa y decide salir corriendo.
Eduardo: ¡Oiga! ¡Deténgase!
Eduardo sale tras ella. María Helena corre tan rápido como puede, pero en el intento tropieza y cae gritando adolorida.
María Helena: ¡Argh!
Eduardo llega hasta allí. María Helena alza el rostro, pero lo baja de inmediato, muy avergonzada.
Eduardo: (desconcertado) ¿María Helena? ¿Tú?
María Helena: Perdóname, don Eduardo. Yo sólo…
FIN DEL FLASHBACK
La chica deja de recordar y decide irse de allí a paso rápido. Manuel sonríe con picardía.
Manuel: Esta vez sí no te me escapas, Malenita.
El hombre decide seguirla.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CASA DE LOS ESCALANTE / DÍA
Marissa continúa muy desconcertada al ver que Luis Enrique también se encuentra en su casa.


Luis Enrique: ¿Qué ocurre, Marissa? ¿Tanto te sorprende verme en este sitio que ambos compartimos por tantos años?
Marissa: Luis Enrique. ¿Qué estás haciendo aquí? (Pone el portarretratos en su lugar).
Luis Enrique: Vine a recoger algunas cosas que aún me faltaban y aproveché dado que aún tengo las llaves.
Luis Enrique le muestra las llaves mientras sonríe con cierto cinismo.
Luis Enrique: Espero que no te haya incomodado.
Marissa: (seria) Para serte sincera, sí me incomoda y bastante. Después de divorciarnos, debiste entregármelas y llevarte todo lo que fuera tuyo o más bien yo debí cambiar la cerradura, pero ni se me cruzó por la cabeza.
Luis Enrique: Discúlpame. No pensé que te molestara tanto, aunque no entiendo el motivo. Después de todo, no soy un desconocido para ti.
Marissa: Prácticamente eso fuiste y has sido (Se cruza de brazos). En tantos años de matrimonio, nunca supe realmente quién eres y el hecho de haberte perdonado no quiere decir que debemos tratarnos con tanta familiaridad como para que invadas mi casa.
Luis Enrique: Está bien. Perdóname. Pensé que las cosas podían ser un poco diferentes a pesar de la pesadilla de matrimonio que te hice vivir. He pensado mucho últimamente en todo lo que perdí después de que terminamos nuestra relación, ¿y sabes? Me pesa como no tienes idea, Marissa.
Marissa: (mirándolo con suspicacia) ¿A qué viene eso justo ahora?
Luis Enrique: No lo sé, sólo digo y no soy el único que lo siente así por lo que te escuché decir hace un rato mirando esa foto de nuestro último aniversario de casados.
Marissa: No te confundas. Mi vida contigo antes era sólo una mentira que yo misma tejí por años y que me obligué a creer, pero en absoluto la extraño.
Luis Enrique: ¿Estás segura?
Marissa: Más que nunca. Hoy ya me siento libre, sin opresiones y he aprendido que no necesito el amor de ningún hombre para sentirme realizada como mujer.
Luis Enrique: ¿Debo asumir entonces que ya no sientes absolutamente nada por mí?
Marissa: Puedes asumirlo de la manera en que mejor te parezca y, ahora si me permites, me retiro. Llévate tus cosas y deja las llaves por ahí, por favor.
Marissa se da la vuelta y comienza a subir las escaleras.
Luis Enrique: ¿Qué hay de Eduardo?
Ella se detiene y voltea a verlo con seriedad.
Luis Enrique: Pensé que lo amabas y que por él te habías olvidado de mí, y sin embargo, te veo aquí dándome ese discurso de mujer empoderada y autosuficiente.
Marissa: Eduardo, al igual que tú, son pasado.
Luis Enrique: ¿Rompiste tu compromiso con él? (Finge no saber).
Marissa: No tengo por qué ni tampoco quiero darte explicaciones, Luis Enrique. Discúlpame.
Luis Enrique: Sólo preguntaba porque de ser así, ¿sabes lo que eso significa?
Marissa guarda silencio como respondiendo de forma negativa ante tal pregunta.
Luis Enrique: Significa que tu compromiso con ese tipo siempre fue una farsa y que sólo aceptaste casarte con él para olvidarme, pero no te funcionó.
Marissa: (sorprendida) ¿Cómo dices?
Luis Enrique da unos cuantos pasos adelante. Marissa lo ve desconcertada desde los pocos escalones que ya había subido.
Luis Enrique: Y también significa que ahora ninguno de los dos tiene de por medio una persona que nos impida estar juntos tú y yo, de nuevo, como siempre debimos estarlo.
Marissa alucina negando con la cabeza.
Luis Enrique: Yo te sigo amando, Marissa…
Marissa: Creo que ya escuché suficiente. Es mejor que te vayas.
Marissa intenta retirarse, pero Luis Enrique la detiene tomándola del brazo.
Luis Enrique: Espera. No te vayas, Marissa. Escúchame.
Marissa: Suéltame, Luis Enrique. No pienso escuchar tus disparates venidos de un arranque de sentimentalismo barato.
Luis Enrique: El abrirte mi corazón no es ningún sentimentalismo barato. Te estoy develando lo más profundo de mí, lo que nunca te dejé de ver.
Marissa: No te creo. ¿Tú amarme? ¡Por favor! (Cuestiona con incredulidad) Para empezar nunca me amaste. Me utilizaste descaradamente. ¿Y vienes a decirme esto? No trates de verme la cara de estúpida.
Luis Enrique: Sé que para ti es difícil de comprender, pero haz un intento por confiar en mí. Yo ya no soy el mismo hombre que conociste por más de veinticuatro años. Incluso dejé a Cecilia por ti.
Marissa: Si la dejaste o no, es tu problema. Después de todo, ella es la madre de tus hijos; hijos a los que ni siquiera criaste por estar a mi lado por interés.
Luis Enrique: No voy a negar que mis intenciones contigo durante todos esos años fueron otras, pero después de que terminamos, me di cuenta del error que cometí. Me di cuenta de que te amo y me quema por dentro tener que reconocerlo. ¡Créeme!
Marissa: ¡Basta, por favor! ¡Cállate!
Luis Enrique: Es la verdad y no me voy a callar. No sabes los celos que empecé a sentir cuando te veía al lado de Eduardo. Me incomodaba ver cómo se besaban y cuando empezaste a portarte tan gentil conmigo a pesar de lo que te hice, no lo pude evitar.
Marissa: Puedes decir lo que quieras, pero no voy a creer ni una sola palabra de lo que digas. Ya no soy esa mujer a la que podías manipular a tu antojo, Luis Enrique. ¡Ya no!
Luis Enrique: Te juro que es la verdad. Esto que empecé a sentir es genuino y lo que más deseo es que volvamos a estar juntos, que todo esto que vivimos solo sea una crisis y empecemos de nuevo. Yo sé que podemos. Lo único que te pido es una oportunidad.
Marissa: Eso nunca. Ni las moscas vuelven al fango del que salieron y yo ya no te amo.
Luis Enrique: No me digas eso, por favor…
Marissa: Y si no te quedó claro, grábatelo. No necesito ni tu repentino amor ni el de Eduardo ni el de ningún hombre para ser feliz, así que haré de cuenta que esta conversación nunca existió. No hagas que ese desprecio que sentí por ti regrese, no ahora que nuestros hijos están comprometidos, se van a casar y tendremos que seguir viéndonos.
Luis Enrique: No sabía que iban a casarse.
Marissa: Ya lo sabes y ahora déjame en paz. Te pido que te vayas.
Marissa mira fulminantemente a su exmarido y continúa subiendo las escaleras.
Luis Enrique: Debo darte la razón en ello, ¿sabes? Vamos a tener que seguir viéndonos, aunque no quieras, y no lo digo por el compromiso de nuestros hijos (Marissa lo ignora). Lo digo porque tú y yo aún somos marido y mujer.
Marissa se detiene en seco al escuchar tal revelación.
Luis Enrique: Porque es así tal como lo oyes, tú y yo seguimos oficialmente casados.
Marissa voltea a verlo aún más desconcertada.
Marissa: Debes estar jugando conmigo.
Luis Enrique: Como no me crees, no vale la pena que me desgaste intentando explicarte, pero si te interesa escucharme, llámame y lo hablamos mejor cuando estés más tranquila.
Luis Enrique sale de la casa. Marissa, por su parte, se queda impávida sin dar crédito a lo dicho por su exesposo y se pone la mano en el pecho sintiendo una gran angustia.
Marissa: Debe ser mentira. Debe ser una treta de su parte para desestabilizarme. Eso es.
La mujer niega con la cabeza sin reponerse aún.
VILLA ENCANTADA
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA
Eduardo y Pablo están frente a frente. Los dos se miran seriamente luego de que el primero viniera para hablar con el segundo.


Eduardo: Voy a ser breve contigo, Pablo. Vengo para preguntarte sobre el paradero de tu mamá. Fui a su habitación y pude ver que sus cosas no estaban. Es evidente que se fue de la hacienda y necesito saber a dónde fue.
Pablo: No hay mucho qué te pueda decir. Mi mamá se fue porque ya no quiere saber más de ti y entenderás que por respeto a su decisión no puedo decirte a dónde.
Eduardo: Es importante para mí saberlo, por favor. Hay muchas cosas que tengo que aclarar con ella y no puedo dejarla ir sin explicarle.
Pablo: ¿Explicarle qué? ¿Tu desliz con Carolina?
Eduardo: Aunque me lo digas con ese tono de reproche, así es, pero no pienso perder mi tiempo explicándotelo. Me interesa hablarlo con tu madre. Dime dónde está.
Pablo: Lo siento, Eduardo, pero no. Mi mamá ya ha sufrido mucho por amor y ella se merece un buen hombre, alguien que la respete y que esté dispuesto a darlo todo por ella y ese no eres tú.
Eduardo: Estás siendo muy injusto conmigo, muchacho.
Pablo: No lo creo. Para serte muy sincero, nunca me convenció ese compromiso tuyo con ella. Por tu culpa, indirectamente, ha corrido peligro varias veces y ya está bueno. Es mejor que la olvides.
Eduardo: No vine para discutir eso contigo, pero está bien. Si no estás dispuesto a darme su dirección, no hay problema. Yo mismo la puedo averiguar.
Eduardo ve molesto al joven y se retira. Pablo niega con la cabeza en señal de total desaprobación.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ALREDEDORES / DÍA
María Helena continúa paseándose por los alrededores de la hacienda, pero ha entrado en lo que parece ser un terreno baldío y poco frecuentado. Es tarde y parece que pronto anochecerá.

María Helena: Órale, creo que ya me alejé bastante. No había llegado a pasar por estos lados de la hacienda antes.
De repente, la joven ve un pequeño cobertizo y decide entrar para curiosear. No se percata de que es seguida sigilosamente por Manuel quien también entra al cobertizo.

Manuel: ¿Te gusta este sitio?
María Helena, exaltada, se da la vuelta al darse cuenta que no está sola.
María Helena: ¡Usted!
Manuel: (sonriéndole) ¿Te sorprende verme?
María Helena: Me estaba siguiendo, ¿no? ¿Qué es lo quiere ahora?
Manuel: ¿Yo? Nada. Quise ver hacia dónde te dirigías y me sorprendió ver que llegaste justo hasta este sitio. Venía mucho de niño y era como mi escondite secreto, ¿sabes?
Manuel comienza a caminar mientras mira alrededor de la cabaña. María Helena se siente incómoda y tensa con la presencia del hombre quien además está sin camisa.
Manuel: Venir de nuevo me trae hartos recuerdos, porque también era como mi guarida. Me trae a la memoria todas las viejas buenotas que pasaron por mis manos, entre ellas tu mamacita y tu hermanita (Ríe a carcajadas). ¡Qué recuerdos! La pasaba a toda madre.
María Helena: (tragando saliva) Yo mejor me voy.
Maria Helena se dirige a la salida, pero Manuel se le interpone en el paso y cierra la puerta.
Manuel: ¿Por qué te vas tan rápido? ¿Ya te aburrí, Malenita?
Manuel le acaricia el rostro a María Helena, pero ésta le aparta de mala gana la mano.
María Helena: Le agradezco que no me toque, señor.
Manuel: Yo sé muy bien que en el fondo deseas otra cosa y solo te haces la difícil, pero ¿sabes algo?
Manuel la acorrala contra la pared, algo ante lo que María Helena comienza a asustarse.
Manuel: Eso me excita mucho más.
Manuel la toma con brusquedad de la cintura y la junta a su cuerpo. María Helena gime exaltada y cada vez más asustada.
María Helena: Déjeme (intenta soltarse) Ya le dije que no quiero que me toque.
Manuel: ¿Estás segura que eso quieres? Porque te vi en la mañana espiándome mientras hacía ejercicio. ¿Me lo vas a negar?
María Helena: Nada más estaba pasando y lo vi de lejos. Eso no significa nada.
Manuel: No te creo. Reconoce que en el fondo te gusta y que te mueres de ganas de que un hombre como yo te haga sentir mujer. ¿Me lo vas a negar?
María Helena: Déjeme de una buena vez o voy a gritar auxilio.
Manuel: ¿Dejarte? Claro que no, preciosura. Una oportunidad como esta no la voy a perder. En un principio te vi como una amenaza a mis planes, pero ahora pienso que me puedes ser de muchísima utilidad y ya llegó el día.
María Helena: ¡Que me deje le digo!
Manuel: ¡Cállate! ¡No quiero que hables!
María Helena: ¡Auxilio! ¡Alguien que me ayude, por favor!
Manuel: ¡Te dije que te calles, perra!
Manuel le cubre la boca a la muchacha, pero ésta lo muerde fuertemente. El hombre grita adolorido y la libera a lo que ella aprovecha para salir corriendo del cobertizo.
Manuel: ¡Ni lo intentes!
Él sale corriendo tras ella y en el afán de huir, la joven tropieza con una piedra y cae. Manuel aprovecha para alcanzarla y se lanza sobre ella reteniéndola de las muñecas al tiempo que se baja el pantalón con la otra mano.
María Helena: (aterrada) ¡Se lo suplico, por favor! ¡No lo haga! ¡No me vaya a hacer esa porquería! (Rompe a llorar).
Manuel: Voy a demostrarte que lo que necesitas es un hombre de verdad que te domine, Malenita. Vas a pedirme tanto como me lo pedía Lisa.
María Helena niega con la cabeza negándose a besarlo y se revuelve.
María Helena: ¡No, por favor! ¡Se lo suplico, señor! ¡Deténgase!
Manuel: ¡Ya, no te muevas!
María Helena, dispuesta a evitar tal vejación, le pega una patada en los genitales a Manuel. Éste grita adolorido y la libera, por lo que ella intenta salir corriendo nuevamente. No obstante, en la fracción de un segundo y como si no quisiera perder a su presa, Manuel la alcanza jalándola del pelo.
María Helena: (gritando desgarrada) ¡Déjeme!
Manuel: ¡Tú lo quisiste por las malas!
Manuel pierde la paciencia y todavía teniéndola agarrada de la cabellera, la entra a la fuerza al cobertizo.
María Helena: (llorando) ¡Por lo que más quiera, don Manuel! Haré lo que me pida. ¡Por favor!
Manuel: ¿Ah, sí? ¿Harás lo que yo quiera? ¿Qué me dirías entonces si te digo que esto es justo lo que quiero, estúpida?
Manuel la lanza brutalmente al piso y, en el acto, la joven se golpea la frente contra una mesa. María Helena cae inconsciente y Manuel, respirando exhausto luego de aquel forcejeo, sonríe con una desmedida maldad.
Manuel: Te lo dije. De esta no te ibas a escapar.
El hombre se lanza sobre la chica dispuesto a consumar el abuso. Todo se pone en negro por un par de segundos. Poco a poco, ella empieza a despertar y se percata de que ya ha anochecido.
María Helena: (confundida) ¿Qu…? ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?
María Helena se mueve un poco intentando sentarse y gime adolorida.
María Helena: Me duele todo.
De repente, se percata de que a su lado hay una pica ensangrentada en una de las manos, cosa que le asusta.
María Helena: ¿Qué es eso?
La chica mira confundida a su alrededor y se queda impávida al ver a su lado a Manuel, tirado boca abajo, muerto, con los ojos abiertos y múltiples puñaladas en la espalda que al parecer fueron causadas usando la pica.
María Helena: (negando con la cabeza) Don Manuel…
María Helena tiembla y suelta un profundo grito de angustia y terror que se alcanza a oír hasta por fuera del cobertizo.
CONTINUARÁ…
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