Capítulo 39: Conexión develada
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / RESTAURANTE / DÍA
Entretanto, Marissa ha decidido calmarse un poco y se dispone a escuchar lo que Luis Enrique tiene para decirle. No obstante, ella está firme en su actitud a la defensiva.


Marissa: Y bien. ¿Para qué estás tan interesado en que hablemos? ¿Qué tanto tienes para decir si es que tiene alguna coherencia y mereces que te escuche?
Luis Enrique: Marissa, sé muy bien que, en todos nuestros años de casados, nuestra vida juntos fue un completo infierno y fue mi culpa porque nunca te valoré ni fui sincero contigo, pero…
Marissa: (lo interrumpe) Luis Enrique, no necesito que sigamos hablando de lo mismo que ambos nos sabemos de memoria. Ve al grano. ¿Qué quieres para que firmemos el divorcio como debe ser sin trampas ni juegos sucios?
Luis Enrique: Antes que nada, reitero lo que te dije ayer en tu casa.
Marissa cierra frustrada y notablemente exasperada los ojos.
Luis Enrique: No hagas ese gesto porque te lo voy a repetir cuantas veces haga falta. Te amo, Marissa. Te amo y uno de mis peores castigos es haberme dado cuenta tan tarde.
Marissa: ¿Vas a seguir?
Luis Enrique: Es la verdad. He ahí la razón por la que fingí todo eso de nuestro divorcio. No quería perderte y en parte lo hice también para protegerte.
Marissa: (incrédula) ¿Protegerme? ¿Cómo? ¿Denunciándome por bígama una vez que me casara con Eduardo para así dejarte el camino libre y tú pudieras continuar manejando mi empresa y finanzas? ¿Eso querías?
Luis Enrique: (mintiendo) Jamás. Todo lo contrario. Yo, desde el principio, cuando Eduardo anunció que se casaría contigo, supe que sólo lo hacía por interés.
Marissa: Y según tú fingiste haberte divorciado de mí para protegerme de las viles intenciones de Eduardo, ¿no? Mira, Luis Enrique. Yo ya estaba enterada. Fue algo que los dos acordamos para despistar a Manuel y quedamos en divorciarnos luego.
Luis Enrique: Entonces, ¿por qué decidiste romper tu compromiso con él después de enterarte de que se acostó con Carolina de La Torre?
Marissa se sorprende al ver que su exesposo está enterado de tal situación.
Marissa: ¿Cómo sabes lo de Carolina?
Luis Enrique: Es natural. Los rumores en la hacienda se esparcen muy rápido. El punto es que, si Eduardo se acostaba con ella o con cuanta mujer le viniera en gana, a ti no debería haberte importado. Al fin y al cabo era un matrimonio de apariencias, ¿no?
Marissa guarda silencio y evita mirarlo.
Luis Enrique: (sonriendo) Pero tranquila. No tienes que decírmelo porque yo lo sé. El juego se volvió en tu contra y Eduardo te enamoró para asegurarse su futuro. ¡Claro! ¿Cómo iba a dejar ir su única oportunidad de salir de la bancarrota? No es tan tonto.
Marissa se queda pensativa como dando un poco de crédito a esas palabras.
Luis Enrique: Te hizo creer que se casaría contigo por amor y no por conveniencia como inicialmente acordaron los dos, pero es mentira. Hasta su hermano Manuel lo sabía y te lo insinuó la noche en la que Eduardo nos presentó a la muchacha esta, la tal María Helena.
FLASHBACK




Manuel: ¿Sabes qué, preciosa? ¿Por qué mejor no cierras tus lindos labios y dejas de opinar sobre asuntos familiares que no te conciernen? Tú no eres más que una aparecida y no tienes derecho a criticarme.
Pablo: (levantándose indignado) Hey, no voy a permitir que le hables así a mi mamá (Marissa trata de contenerlo).
Manuel: ¿Y qué vas a hacer? ¿Me vas a pegar, baboso? Tú también eres un aparecido junto con tu mamita que ahora se creen con derecho de mandar sobre esta familia solo porque van a emparentar con nosotros.
Marissa: Pablo, siéntate.
Pablo toma asiento de nuevo mirando muy serio a Manuel.
Luis Enrique: Ya basta. ¿Qué necesidad tienes de lanzar tanto veneno, Manuel? (Sirviendo vino) ¿Por qué mejor no te calmas y llevas la fiesta en paz?
Luis Enrique le pasa a Manuel la copa en la que sirvió vino. Éste mira al primero con suspicacia.
Luis Enrique: No querrás que Eduardo también te excluya hasta del comedor y de los anuncios familiares que tenga para decir al ver cómo tratas a su futura esposa.
Manuel se queda pensativo durante unos segundos y mira a Marissa con cierta expresión de picardía.
Manuel: En eso tienes razón. Mi hermano se molestaría mucho si le espanto su millonario negocio. Después de todo, nos conviene a ambos.
Marissa: Eduardo no pretende casarse conmigo por interés si a eso te refieres.
Manuel suelta una sutil risa.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa no puede evitar indisponerse y darle la razón a su exmarido.
Marissa: ¿Qué ganas contándome todo esto? Ya no pienso casarse con él de todas maneras.
Luis Enrique: Te conozco, Marissa. Tú eres muy ingenua, lamento decirlo, pero así es. En cualquier momento, ese imbécil va a venir a pedirte perdón por el desliz que tuvo con Carolina de La Torre y tú le vas a creer. ¿Sabes por qué? Porque lo quieres.
Marissa: Creo haberte dicho que ya no soy la misma a la que pueden engañar tan fácil con cuentos y excusas baratas, y eso te incluye a ti por si no te ha quedado claro.
Luis Enrique: Yo no pretendo engañarte más. He sido sincero contigo al punto de que pienso darte el divorcio, pero porque te amo es que quiero que abras los ojos.
Marissa lo ve con suspicacia y parece creer en él cuando éste la toma de las manos.
Luis Enrique: El plan de Eduardo es arrebatarte todo lo que posees para salir de la bancarrota. ¿Y sabes qué hará después? Lo mismo con Carolina de La Torre. Si no, ¿por qué crees que se la llevó a la cama?
Marissa: (exasperada) No más, Luis Enrique, por favor. Me parece que ya tuve suficiente.
Luis Enrique: Como quieras. No te voy a mortificar más, pero por si todavía te quedan dudas, escucha esto cuando tengas tiempo.
Luis Enrique pone una pequeña tarjeta de memoria sobre la mesa.
Marissa: (extrañada) ¿Qué es?
Luis Enrique: La prueba que necesitas para darte cuenta de que te amo y sólo quiero evitar que cometas un grave error.
Luis Enrique se pone de pie y se va del restaurante. Marissa ve con extrañeza aquella tarjeta y se siente indecisa sobre si tomarla o no.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA

Eduardo llega a la hacienda manejando su auto. María Helena va a su lado en el asiento de copiloto y mira pensativa a través de la ventanilla. Entre los dos hay un pesado silencio.


Eduardo: Bien, ya llegamos (Detiene el auto).
María Helena no dice nada, abre la puerta y sale del vehículo en total silencio. La chica entra a la casa y él se queda extrañado ante tal actitud. Minutos después, se ve a María Helena en su habitación, acostada de lado en la cama mientras llora en silencio. Eduardo, con algo de indecisión, entreabre la puerta.
Eduardo: ¿Podemos hablar?
María Helena disimula el llanto y se limpia las lágrimas.
María Helena: (seria) ¿Qué necesita?
Eduardo se adentra en la habitación y se sienta en la cama. María Helena sigue en la misma posición.
Eduardo: Quería disculparme. Me imagino que estás enojada conmigo por haberte dejado esperando en el hospital toda la mañana, pero no fue mi intención. Tú sabes que tenía que ir a reconocer el cuerpo de Manuel y…
María Helena: (lo interrumpe) Tranquilo. No tiene por qué disculparse. Yo sé que estaba ocupado y tenía cosas más importantes que hacer.
Eduardo: María Helena…
María Helena: ¿Era todo? Es que quisiera estar sola, señor.
Eduardo: ¿Todavía te sientes mal?
María Helena: Un poco.
Eduardo: Entiendo. Veo que te afectó mucho saber lo de mi hermano y no es para menos. Incluso yo todavía me estoy reponiendo de la noticia.
María Helena: Discúlpeme, pero prefiero no hablar más de eso y como ya le dije, quiero estar sola si no le importa.
Eduardo asiente con la cabeza y se levanta.
Eduardo: Está bien. Si necesitas algo, no dudes en decírmelo. Iré a darme una ducha y después estaré en el estudio.
Eduardo se da la vuelta dispuesto a retirarse. En eso ella parece recapacitar, se recuesta en la cama y lo llama.
María Helena: Don Eduardo…
Eduardo: (volteándose de nuevo) ¿Sí?
María Helena: La verdad es que sí hay algo que me gustaría pedirle si no es mucha molestia.
Eduardo: Por supuesto. Dime.
María Helena: Yo sé que no es el momento, pero le pido que se apresure con el pago de la cirugía de mi mamá. Quiero irme rápido de este pueblo y volver con ella.
Eduardo: (sorprendido) Sí, claro. Deja gestiono eso hoy mismo, aunque no te niego que me saca un poco de onda tu decisión. ¿Tan incómoda te sientes aquí?
María Helena: Mucho para serle sincera. Don Manuel era el que más me incomodaba y ahora que ya está muerto, me siento peor.
Eduardo: Me lo imagino, pero no te preocupes. Entiendo tu decisión y voy a respetarla. Es solo que pensé que…
María Helena: Yo sé que le dije que me iba a quedar con usted y que en mí podía ver una hija, pero tengo la sensación de que, si me quedo en esta hacienda, me voy a volver loca. Perdóneme (Derrama un par de lágrimas).
Eduardo: Tranquila, no llores. Luego hablamos de eso. Por ahora trata de dormir un poco y descansa. ¿Está bien?
María Helena: (asentando) Muchísimas gracias.
Eduardo esboza una sonrisa y se retira de la habitación cerrando la puerta tras sí. María Helena rompe a llorar al quedarse a solas.
María Helena: Lamento mucho haberle fallado, don Eduardo. De veras que lo lamento ahora que comenzaba a verlo como un papá…
María Helena se cubre la boca mientras continúa llorando muy frustrada ante los acontecimientos que ha vivido.
EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, PATIO / DÍA
Pablo da un paseo con Milena. Ella evidentemente usa ya una silla de ruedas la cual es impulsada por él.


Milena: De verdad que me he perdido de un resto de cosas en el tiempo que he estado internada acá en este hospital. Don Manuel muerto… (Impresionada) Mira que no me lo veía venir.
Pablo: Ni yo. Para todos ha sido una sorpresa bien desagradable, con decirte que ya ni ganas tengo de aparecerme por allá en esa hacienda. Me da la impresión de que tiene una mala vibra, no sé… (Hace movimientos circulares con los hombros)
Milena: (pensativa) Ni que lo digas porque si nos ponemos a sacar cuentas en unos pocos meses ya se murió un chorro de gente y la mala racha empezó con la muerte de doña Helena Montalbán. Luego doña Lucrecia. Después Casimira…
Pablo: Lisa, el Tarcisio ese…
Milena: Y ahora don Manuel. ¡Ay, no! ¡Qué miedo! De solo pensar que haya alguien más, se me pone la piel chinita. Yo que tú me iría hoy mismo de allá, Pablito.
Pablo: Mi mamá me dijo lo mismo y si no me voy, de seguro me corre Eduardo.
Milena: (extrañada) ¿Por qué lo dices?
Pablo: Es que no te conté que mi mamá ya no se va a casar con él y, por lo tanto, ya no vive allá.
Milena: (sorprendida) ¿A poco discutieron?
Pablo: Peor.
Pablo deja de impulsar la silla y se hinca frente a Milena.
Pablo: Todavía no estoy muy seguro, pero me parece que Eduardo le puso el cuerno a mi mamá con Carolina de La Torre. Sí sabes quién es, ¿no?
Milena: Claro. ¿Cómo no? Pero ahora veo que los rumores eran verdad. Todo el mundo siempre dijo que ella estaba enamorada de él y por lo que me cuentas, don Eduardo no le fue indiferente.
Pablo: Pero hay otra parte todavía peor. Carolina es hermana de mi mamá.
Milena: (impactada) ¡No manches! ¿Me estás tomando del pelo?
Pablo: Quisiera, pero no. Yo tuve la misma reacción y todavía no entiendo bien cómo es que las dos resultaron ser hermanas. Mi mamá aún no me lo explica.
Milena: Qué horror. No me imagino cómo se sentirá tu mamá al verse traicionada por dos personas en las que se supone que podía confiar. Qué poca.
Pablo: (pensativo) Sí, me sentí bien gacho por ella. Mi mamá siempre se hace la fuerte frente a todo lo que le pasa, pero en el fondo sufre harto. Ojalá que tu hermano sí la pueda hacer feliz.
Milena: (desconcertada) ¿Cómo que mi hermano? ¿A qué te refieres?
Pablo: Bueno, es que esa es otra historia que te tengo que contar.
Milena: Pues suelta de una vez. ¿A poco ya Danilo se le declaró a tu mamá?
Pablo: (sorprendido) ¿Ya lo sabías?
Milena: Hace tiempo él mismo me lo confirmó, pero no estaba segura si la había superado, aunque por lo que me estás diciendo, veo que no.
Pablo: Danilo quiere mucho a mi mamá, Mile. No ha sido fácil para él y ha sufrido bastante.
Milena: Pobrecito. Me lo puedo imaginar. Con razón siempre en las visitas lo veo medio retraído.
Pablo: Lo bueno es que ahora que mi mamá no tiene ningún compromiso y Danilo tiene el camino libre para ganársela o eso es lo que espero. Nada más ayer salió de viaje para México a buscarla.
Milena: Ahora veo por qué no había venido a visitarme. ¿Y crees que esté bien? ¿Has sabido algo?
Pablo: Todavía no, pero justo en la noche voy a llamar a mi mamá a ver cómo van las cosas. Supongo que tú no tienes ningún problema si dado el caso, ellos dos…
Milena: (riendo) Claro que no. De hecho, me gustaría reharto que las cosas se les dieran. Hasta bonita pareja hacen a pesar de que ella ya le lleva unos años sin que me lo tomes a mal.
Pablo: Pero no me vas a negar que a su edad sigue guapísima.
Milena: (sonriendo) De ella no lo niego. De su hijo, no sé… (Duda de forma jocosa)
Pablo: ¿Ah, sí? ¿A poco su hijo te parece feo? (Enarca una ceja).
Milena: Es que hay algo en él que no me termina de convencer, pero me parece que es buen muchacho y a mí me gustan feos, así que no hay lío.
Pablo: (riendo) ¡Payasa!
Pablo se acerca a los labios de ella y ambos se besan por unos cuantos segundos.
Pablo: ¿Por qué tienes que ser tan preciosa, ah? (Besándole las manos) ¿Qué te echas que todos los días me enamoro más de ti? (Comienza a hacerle cosquillas).
Milena: (riendo) ¿Qué haces? ¡Ya párale!
Pablo: Va a tener que decirme su secreto, señorita porque no me voy a detener. ¿Cómo la ve?
Pablo sigue haciéndole cosquillas al tiempo que la llena de besos.
Milena: ¡Que no, Pablo! ¡Ya basta! ¡No seas malo! (Riendo a carcajadas) ¡Párale!
La joven pareja continúa disfrutando amenamente y compartiendo risas. Milena estira los brazos para intentar agarrarlo, pero él se escabulle hábilmente, rodeando la silla de ruedas para sorprenderla con cosquillas desde atrás.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / CASA DE LOS ESCALANTE / NOCHE
Marissa llega a su casa abriendo la puerta con su respectiva copia de las llaves. Una vez entra, cierra la puerta y se recuesta en ella dejándose caer notablemente abatida.

Marissa: ¿Cómo pudiste, Eduardo? ¿Cómo?
Un tono de decepción en su voz se siente en lo que dice.
Marissa: ¿Cómo pudiste engañarme de esa manera tú también?
De repente, la mujer tiene un recuerdo de esa misma tarde.
FLASHBACK
INT. / RESTAURANTE / DÍA
Luis Enrique se pone de pie y se va del restaurante. Marissa ve con extrañeza aquella tarjeta y se siente indecisa sobre si tomarla o no.
Marissa: ¿Qué pretendes, Luis Enrique? ¿A dónde quieres llegar con todo esto?
Marissa suelta una bocanada de aire y después de un par de segundos, mira a su alrededor con discreción al tiempo que se quita un pendiente. Luego, utiliza la punta de dicho pendiente como llave para insertarla en la ranura de su celular y, de forma exitosa, libera la bandeja SIM en la que se instalan los chips.
Marissa: Vamos a ver a qué estás jugando conmigo.
Marissa toma la tarjeta de memoria y la pone sobre la bandeja para luego insertarla nuevamente en el celular. Luego de ello, busca en el celular el archivo que contiene la memoria y logra ver que se trata de un audio.
Marissa: Parece ser una grabación.
La mujer no se da a la espera para reproducir el audio llevando el celular a su oreja.
GRABACIÓN
Manuel: ¿Y no te parece un poco injusto repetir la historia? Vas a hacerle lo mismo que te hicieron a ti y no sólo eso. Para ella será peor después de su fracaso matrimonial con Luis Enrique.
Eduardo: (exasperado) Eso no tienes que recordármelo. Lo sé perfectamente.
(Marissa escucha con atención al tiempo que frunce el ceño con extrañeza)
Manuel: ¿Y no te importa?
Eduardo: Mira Manuel. No entiendo qué buscas diciéndome todo esto. No creo que te importe cómo se pueda sentir Marissa.
Manuel: Tan solo estoy asegurando mi terreno. Tu matrimonio con esa mujer también me beneficia, recuerda, y no me gustaría que te echaras para atrás con el plan.
Eduardo: Pues si te hace sentir más tranquilo, no te preocupes. Ya te lo había dicho y te lo repito. Me casaré para que recuperemos la hacienda y volvamos a ser quiénes éramos antes. ¿Eso era lo que querías escuchar? Ahí tienes.
FIN DE LA GRABACIÓN
Marissa deja caer el celular de la impresión y se cubre la boca con ambas manos sin lograr dar crédito a lo que acaba de escuchar.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa ha dejado de recordar y tiene la mirada ida mientras sigue teniendo recuerdos de momentos vividos con Eduardo.
FLASHBACK


Ambos llegan a la habitación que habían reservado. Eduardo la carga en sus brazos para sorpresa de ella.
Marissa: Óyeme. ¿Qué estás haciendo?
Eduardo: Debo empezar a practicar para cuando me case contigo y tengamos nuestra primera noche de bodas, ¿no crees?
Marissa: (riendo) Ay, sí eres. Bájame.
Eduardo: ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo que lleve hasta la cama a mi futura esposa?
Marissa: Que eres un creído, porque no te he dado el sí.
Eduardo la deja sobre la cama y ambos ríen muy divertidos, pero en un momento dado, se quedan en silencio y él la mira acariciándole el rostro.
Eduardo: Es cierto. No me has dado el sí porque no te lo he pedido de manera formal, pero quisiera oficializar mi relación contigo, Marissa.
Marissa: Eduardo…
Eduardo la silencia con un corto beso en los labios y le habla muy cerca llevando las manos de ella a su pecho.
Eduardo: Quiero que sepas que pase lo que pase, te quiero y eres sumamente importante para mí, Marissa. Eso tenlo muy presente.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa no puede evitar acongojarse al tener presente esa conversación. Lágrimas caen de su rostro al tiempo que se arruga la blusa por encima del pecho. Un recuerdo más llega a su cabeza de esa misma noche en el hotel.
FLASHBACK
Eduardo: Entonces, ¿aceptarías casarte conmigo? ¿Te gustaría ser mi esposa y compartir lo que nos reste de vida juntos?
Marissa: (indecisa) Ay, Eduardo… Yo…
Eduardo: Sé que es pronto, es solo que de esa manera podremos crear el patrimonio juntos que te propuse, ¿recuerdas? Estaríamos más cerca el uno del otro que es lo más quiero, amándote… (Besándola) Cuidándote… (Besándola de nuevo) Teniéndote junto a mí.
Eduardo junta sus labios a los de ella. Marissa cierra los ojos, duda en corresponderle y se estremece un poco, pero termina por hacerlo. Es así como ambos unen en un beso que poco a poco va tornándose más apasionado y dura varios segundos al tiempo que se acuestan sobre la cama, él sobre ella. Los dos se miran fijamente a los ojos.
Marissa: (susurrando) Sí, Eduardo (Hace una pausa) Quiero ser tu esposa. Quiero amarte por lo que reste de vida.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa: ¿Cómo pudiste jugar conmigo después de todo lo que me dijiste? (Muy dolida) Me mentiste, me viste la cara de estúpida tanto como Luis Enrique. ¿Cómo pudiste ser tan cruel después de que sabías mi historia, Eduardo? ¿Cómo? (Pregunta muy decepcionada).
Danilo aparece en ese instante, puesto que viene de la sala de estar y se sorprende al verla.

Danilo: Doña Marissa…
Marissa alza la mirada sin poder dejar de derramar lágrimas. Danilo se conmueve ante ello y se le acerca de inmediato para ayudarla a ponerse de pie.
Danilo: (preocupado) ¿Qué le pasó? ¿Qué la tiene así?
Marissa: ¡Ay, Danilo! ¿Qué he hecho mal? Dime qué he hecho mal si lo único que hago es amar incondicionalmente y solo sigo siendo utilizada. ¿Tan poco vale mi amor?
Danilo se desconcierta ante tales preguntas.
Marissa: Dime. ¿Tan poco vale para los demás?
Danilo: Claro que no. Para mí su amor vale más que el oro mismo, señora.
Danilo toma el rostro de ella entre sus manos y le limpia las lágrimas con los dedos pulgares.
Danilo: Grábese eso. Un amor como el suyo es el mayor tesoro que un hombre puede tener. ¿Cuánto no diera yo para que usted me amara así como dice?
Marissa: (sonriendo entre lágrimas) Qué irónica es la vida, ¿no? Mientras tú me dices esto, hay quienes solo se aprovechan de ese amor que tanto tú quisieras tener. Cómo lamento en el alma no haberme enamorado de ti desde un principio.
Marissa dice aquello al tiempo que acaricia el rostro del muchacho.
Marissa: De ti que siempre has sido sincero, incondicional conmigo y has sufrido tanto por mi culpa. Perdóname.
Marissa se suelta al llanto. Danilo, ante ello, no duda en abrazarla fuertemente..
Marissa: (llorando) Perdóname, Danilo, por favor. Perdóname….
Marissa no deja de llorar en el pecho de él sumida en aquel abrazo. Danilo solo guarda silencio sin dejar de rodear a la mujer entre sus brazos.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / NOCHE
Carolina llega a la habitación del hotel donde está hospedándose de manera temporal. Cruz la sigue y tiene un sobre sellado entre sus manos.


Cruz: ¡Qué bueno que llega, señorita! Estuve esperándola toda la tarde. ¿Dónde se había metido?
Carolina: Estuve realizando varias diligencias, Cruz (Lanza su bolso y una carpeta en la cama). Hice de todo y estoy muerta. Me matan tanto los pies que no te imaginas.
Carolina se sienta sobre la cama y se quita unos zapatos de tacón mediano.
Cruz: Me lo imagino más de lo que cree, fíjese, porque esa es justo la sensación que yo experimentaba cuando era la chacha de su papá, que en paz descanse. Don Epifanio no me dejaba respirar ni un minuto.
Carolina: Pero ahora no te puedes quejar, eh. Mi papá ya no está como para que te explote y conmigo no estás trabajando a pesar de que hasta tu habitación estoy pagando y te llevo conmigo a donde quiera que vaya.
Cruz: (petulante) Es lo mínimo que puede hacer para compensarme por ser su perra fiel.
Carolina: (sorprendida) ¿Mi qué?
Cruz: Bueno, quise decir…
Carolina: Dejémoslo en acompañante. Me parece que suena mejor y sí, tienes razón. Tal vez ahorita no tanto, pero cuando tome posesión de la hacienda de Eduardo, me vas a ser de muchísima utilidad para mantenerme informada de todo.
Cruz: ¿Tomar posesión? ¿Qué quiere decir?
Carolina toma la carpeta y se la muestra.
Carolina: ¿Ves esto que tengo aquí?
Cruz: (asentando) ¿Qué es?
Carolina: El testamento de mi papá. Oficialmente ya puedo hacer uso de todo su dinero y propiedades. ¿Y sabes qué es lo primero que voy a hacer?
Cruz: ¿Pagarme mi sueldo?
Carolina: (exasperada) Ay, de verdad que a veces te pasas. Ya te dije que tu sueldo te lo pago a fin de mes. Deja el apuro.
Cruz: Discúlpeme. Es que de veras necesito algo de lana, señorita. Me late que no voy a llegar a fin de mes con la misma ropa interior (Preocupada).
Carolina: Bueno, bueno. Mañana te hago un cheque y te pago por adelantado para que dejes de molestarme con lo mismo y te compres lo que te venga en gana. ¿Contenta?
Cruz: (sonriente) Contentísima, señorita. ¡Muchísimas gracias! Lástima que ya su papá no está porque sino me compraba una lencería bien sexy para él. Me acuerdo de lo mucho que le gustaban mis panties negros. ¡Ay, es que don Epifanio era todo un tigre!
Carolina: (asqueada) Bueno, ya. Resérvate tus intimidades para ti solita que no necesito saberlas. Te decía que lo primero que voy a hacer ahora que soy la heredera de mi papá es apoderarme de la hacienda. Incluso ya fui al banco y pagué la hipoteca.
Cruz: (sorprendida) ¿De verdad?
Carolina: No tengo tiempo que perder, Cruz. Eduardo debe ser para mí cuanto antes.
Cruz: Pero dudo mucho que vaya a recibir su dinero de vuelta. Don Eduardo Román tiene serios problemas financieros. ¿Con qué le va a pagar?
Carolina: No necesito que me pague, no por lo menos con dinero. Con que se case conmigo, vivamos juntos y tengamos hijos es más que suficiente para mostrarme su agradecimiento.
Cruz: (dudosa) ¿Y usted cree que sí acepte casarse? Porque la otra noche nos corrió y estaba bien enojado cuando descubrió lo que usted le hizo.
Carolina: Tendrá que hacerlo. Eduardo no se podrá resistir y ya verás por qué te lo digo. En fin. Cambiando de tema, ¿para qué me estabas esperando?
Cruz: Ah, es cierto. Es que esta tarde le llegó este sobre.
Cruz le entrega el sobre a Carolina. Ella lo recibe un tanto extrañada.
Carolina: ¿Qué es?
Cruz: Ni idea. No lo abrí por respeto a usted, aunque ganas no me faltaron, pero me aguanté.
Carolina: Qué raro. Nadie sabe dónde me estoy hospedando. ¿Cómo es que me llega correspondencia justo a un hotel?
Cruz: A mí también se me hizo bien raro y más porque ni siquiera tiene remitente. Parece ser de un anónimo.
Carolina frunce el ceño con extrañeza y abre el sobre. Luego, saca de allí un documento que la deja fría. Cruz la mira con curiosidad al verla pasmada.
Cruz: ¿Se encuentra bien, señorita?
Carolina: Respóndeme algo, Cruz. ¿Estás segura de que no sabes quién envió esto?
Cruz: ¿Por qué habría yo de saberlo?
Carolina: Te estoy haciendo una pregunta. Respóndeme. ¿Me juras que no lo sabes o que no lo leíste?
Cruz: Ya le dije que no me atreví y en cuanto a lo otro, no tengo la más mínima idea. La recepcionista solo me llamó para decirme que había venido un hombre para entregarle el sobre.
Carolina: (extrañada) ¿Un hombre? ¿Quién?
Cruz: Si fuera adivina, se lo diría, pero eso es lo único que sé. ¿Por qué? ¿Es algo grave lo que contiene ese documento?
Carolina: Mejor no me hagas preguntas y retírate. Necesito descansar después del día tan ajetreado que tuve.
Cruz: Está bien. Como diga. Estaré en mi habitación por si necesita algo.
Cruz sale de la habitación y cierra la puerta tras sí mirando con suspicacia a su patrona. Carolina no puede evitar sentirse sumamente indispuesta.
Carolina: ¿Quién más sabe de estos resultados? ¿Quién más si siempre los mantuve en secreto?
Carolina se queda pensativa ante tales cuestionamientos y tiene un viejo recuerdo.
FLASHBACK
18 AÑOS ATRÁS
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA
La celebración del bautizo de Lisa, quien es tan solo una bebé de pocos meses, se está llevando a cabo. Hay una gran cantidad de invitados. Carolina carga a la niña entre sus brazos frente a Eduardo y Helena, quienes van de gancho. El rostro de ella no se enfoca como de costumbre, pero sí se escucha su voz.
Carolina: De verdad que cada día la niña se pone más preciosa. Los felicito de verdad. Es un amor.
Eduardo: (sonriendo) Gracias, Carolina. De verdad quise mucho que fueras la madrina, pero no logré convencer a Helena. Ella prefirió que fuera mi madre.
Carolina: No hay ningún problema, Eduardo. Tal vez se pueda para el próximo bebé que tengan porque supongo que van a darle un hermanito a Lisa, ¿no?
Helena: Por supuesto, amiga. De eso nos vamos a encargar esta misma noche. ¿O no, mi amor?
Helena besa a Eduardo frente a la incomodidad notable de Carolina quien prefiere evitar verlos.
Eduardo: (riendo) Te pasas. Lisa apenas cumplió seis meses y ya estás pensando en otro bebé.
Helena: Con un amor como el tuyo y el mío, lo natural es hacer bebés. ¿Y qué mejor prueba de amor que esa? (Sigue besándolo).
Eduardo: (apenado) Helena, compórtate. Carolina está aquí.
Carolina: (seria) No se preocupen. Como dice Helena, la intimidad en una pareja es lo más normal del mundo. No tienen por qué sentirse apenados.
Helena: Así es, amiga y tú lo experimentarás cuando conozcas el amor de tu vida. No hay nada mejor que sentirse amada y deseada por un hombre, en especial por tu marido.
Helena besa de una manera provocativa a Eduardo. Carolina cada vez se siente más incómoda y los interrumpe.
Carolina: ¡Ejem! Bueno, yo me retiro.
Carolina les sonríe con hipocresía y le pasa la niña a Helena.
Helena: ¿A dónde vas?
Carolina: Al baño, pero ya regreso. No me tardo.
Eduardo: Ven rápido. No quiero que te pierdas el brindis que voy a hacer. Me gustaría que todos estén presentes.
Carolina: No te preocupes, Eduardo. Regreso en un minuto.
Carolina se escabulle de la fiesta y se ve que entra con disimulo a una habitación decorada especialmente para bebé donde hay una cuna. Parece ser la habitación de Lisa. Con prontitud, la mujer comienza a hurgar entre las cosas hasta que encuentra un chupón de bebé, el cual mete en una bolsa plástica. Posteriormente, entra a la habitación conyugal de Eduardo y Helena, y sin darse a la espera, saca otra bolsa plástica y roba un peine con algunos cabellos.
Minutos después, la mujer baja a la primera planta de la casa donde ya algunos se han reunido para el brindis. Eduardo es quien lo preside, acompañado de Helena quien carga a Lisa. Manuel y Lucrecia, más jóvenes por supuesto, también están allí y cada uno sostiene una copa de champaña.
Eduardo: (sonriendo) De antemano, les agradezco mucho a todos, socios, accionistas, amigos, conocidos, que hayan asistido a esta fiesta en la que estamos celebrando el bautizo de mi hijita. Créanme que me siento el hombre más afortunado del mundo al tener a mi lado a una mujer tan maravillosa como lo es Helena….
Eduardo mira a Helena y la toma de la mano mientras comparten sonrisas. Carolina, desde lejos y entre los invitados, observa todo con notable odio.
Eduardo: Y a una hija que vamos a educar con los mejores principios y, sobre todo, con mucho amor. Por ese motivo, les pido que me acompañen a hacer un brindis (Levanta la copa). Un brindis por las familias y el tesoro que representan.
Todos: (al unísono) ¡Salud!
Carolina: (pensando) Vamos a ver cuánto te dura tu familia de cristal, Eduardo. Estoy casi segura de que esa niña de la que tanto alarde haces ni siquiera es tu hija y de comprobarlo, me voy a asegurar de desmontar toda esta farsa creada por esa perra que tienes por esposa.
Carolina sonríe con malicia al tiempo que mira desde la distancia a Eduardo, quien sonríe feliz mientras varios invitados se acercan para felicitarlo.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina vuelve al presente y no puede evitar sentirse sumamente perturbada.
Carolina: Es una lástima que al final esa mocosa sí resultara ser la hija legítima de Eduardo. De lo contrario, hubiera podido desenmascarar a Helena mucho tiempo atrás y no hubiera tenido que mancharme las manos de sangre acabando con ella.
Carolina arruga el documento formando con él una bola, la cual lanza al piso.
Carolina: Lo importante ahora es que Eduardo no sepa que yo tenía esos resultados. Podría pensar peor de mí y ya tuve suficiente con que se diera cuenta de que lo drogué. Debo averiguar quién demonios me envió esto.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
María Helena se encuentra ya en bata y con algo de indecisión, se dirige al estudio y toca la puerta un par de veces.

María Helena: Don Eduardo, soy yo. ¿Podemos hablar?
No obstante, no hay respuesta por parte de él.
María Helena: (tocando) Don Eduardo…
En vista de que sigue sin recibir respuesta, la chica no insiste más y se extraña, por lo que entreabre un poco la puerta y ve que no hay nadie.
María Helena: Qué raro. Él me dijo que iba a estar aquí. Ha de haberse ido a su habitación.
María Helena decide dirigirse como dijo a la habitación del hombre. Mientras camina por el pasillo, escucha una llamada entrante a un celular y se detiene en seco.
María Helena: (extrañada) ¿Qué es eso?
El celular sigue sonando y ella se queda estática para percibir de dónde proviene.
María Helena: Es un teléfono. ¿De quién será?
María Helena avanza unos cuantos pasos dejándose llevar por el sonido de la llamada y llega a una puerta en particular, percatándose de que el sonido proviene de allí.
María Helena: Si mal no recuerdo, esta era la habitación del sangrón de Manuel y ni loca entro aquí.
María Helena opta por retirarse, pero al dar unos pasos, se detiene nuevamente y voltea a ver hacia la puerta con mucha curiosidad.
María Helena: (indecisa) ¿Y si de pronto es importante? Puede ser algo que a lo mejor don Eduardo necesite saber. ¿Qué hago?
María Helena se muerde el labio inferior mientras titubea y al final decide entrar a la habitación que está en plena oscuridad. Tan solo es iluminada por la pantalla del celular que se encuentra justo sobre la cama, pero al tomarlo, la llamada se cuelga por sí sola.
María Helena: ¿Quién podrá estar llamando a ese tipo con tanta insistencia?
María Helena logra visualizar varias notificaciones en la pantalla de llamadas perdidas y mensajes nuevos recibidos. Desliza y, para su sorpresa, logra desbloquear el celular.
María Helena: Qué poco seguro. Ni contraseña a su propio celular le tenía el sangrón ese.
María Helena abre los mensajes y con extrañeza, comienza a leer el contenido de los mismos.
MENSAJE 1:
"Necesitamos hablar urgente. Llámame"
María Helena desliza el dedo y prosigue con los siguientes.
MENSAJE 2:
"¿Dónde estás metido que no me contestas? Tenemos que hablar. Llámame en cuanto leas esto".
MENSAJE 3:
"Llevo llamándote desde ayer. ¿Qué pasa que no me respondes?"
MENSAJE 4:
“Manuel, esto es en serio. Deja de ignorarme y llámame, maldita sea”.
María Helena: Quien quiera que sea esta persona, se ve que lo necesita con urgencia. ¿Quién será?
María Helena presiona sobre el perfil del remitente y abre los ojos como platos cuando lee que el contacto está guardado como “Lisa”,
María Helena: No puede ser. Es imposible (Niega con la cabeza).
De repente, una nueva llamada entra al celular y del susto, la chica gime y lo deja caer. Desde el piso, ella logra ver que es una llamada de “Lisa”, por lo que lo toma y contesta, sin embargo no dice nada.
Lisa: ¿Bueno? ¿Manuel?
María Helena guarda silencio cada vez más impactada.
Lisa: ¿Qué te pasa, imbécil? ¿Por qué no hablas? He estado llamándote y enviándote mensajes sin parar. ¿En qué andas?
María Helena sigue sin decir nada y comienza a temblar con los ojos desorbitados.
Lisa: ¿Bueno? ¿Bueno?
María Helena no aguanta más y se apresura a colgar la llamada sin dar crédito al descubrimiento que acaba de hacer. Es cuando oye una voz que la llama por su nombre.

Eduardo: (extrañado) ¿María Helena?
Ella se exalta y no se atreve a voltearse al sentirse descubierta. Eduardo solo la observa extrañado desde el umbral de la puerta.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE LISA / NOCHE
Lisa se exaspera al ver que la llamada ha sido repentinamente colgada. Está de pie mirando por la ventana y ya se le han retirado los vendajes de todo su cuerpo, excepto la cara.
Lisa: ¿Qué le pasa a este idiota? ¿Por qué anda tan raro últimamente? (Tocan la puerta) Adelante.
Enzo entra a la habitación.

Enzo: ¿Ocupada?
Lisa: (indiferente) ¿Qué quieres?
Enzo: Vengo a checarte ahora que ya retiramos los vendajes de tus piernas, brazos y torso. Quiero asegurarme de que todo quedó bien.
Lisa: No hace falta. Ya vi mi cuerpo en el espejo y estoy perfecta, así que vete por donde viniste porque no te daré el gusto de verme desnuda y de manosearme para dizque checarme.
Enzo: (acercándose) ¿Por qué piensas tan mal de mí? Gracias a mis dotes, ahora eres una mujer nueva. Deberías mostrarme al menos un poco de agradecimiento. ¿No te parece?
Lisa: Esto no lo hiciste de gratis, doctorcito Enzo. Fue un trabajo, uno muy bueno debo admitir, y te pagaron. Por lo tanto, no actúes como si me hubieras salvado la vida y ya mejor lárgate, que tengo sueño.
Lisa se da la vuelta dispuesta a ignorarlo.
Enzo: Dame al menos un chance de ver mi trabajo. Tan solo uno y te juro que te dejo en paz.
Lisa sonríe con malicia al escucharlo, pero no lo escara.
Lisa: ¿Y qué me darías a cambio?
Enzo: Te di un celular para que pudieras comunicarte con tu tío y no te pedí nada. Va siendo hora de que me pagues ese favor, ¿no crees?
Enzo se toma el atrevimiento de desajustar la cuerda trasera de la bata que cubre el cuerpo de la muchacha. Lisa no opone resistencia y se da la vuelta para quedar frente a él.
Lisa: Es cierto. Tal vez sí me he portado un tantito ingrata contigo.
Enzo mira fascinado el cuerpo desnudo de la muchacha. Ella se porta de forma seductora y rodea con sus manos el cuello de él.
Lisa: He sido grosera, voluntariosa y hasta te he tratado mal, pero me he dado cuenta de que sí debería portarme mejor.
Lisa pasea su dedo índice por la nariz y los labios del hombre, lo que hace que se sienta agitado.
Lisa: Después de todo, a ti te debo esta nueva mujer en la que me convertiste.
Enzo: ¿Me lo dices en serio?
Lisa: Claro. Quizás Epifanio no te lo dijo, pero siempre me he sentido particularmente atraída por hombres maduros, hombres con experiencia que me hagan vibrar.
Lisa le dice aquello acercando sus labios carnosos a los de él.
Lisa: Hombres como tú….
Enzo: Estás jugando con fuego, muchachita y te puedes quemar.
Lisa: Prefiero quemarme de pasión que en un accidente como el que sufrí.
Enzo no se contiene más e intenta darle un beso, pero ella se aparta y le sonríe pícara.
Lisa: No tan rápido, doctorcito. ¿Qué pensaste? ¿Que podías tenerme tan fácil y me iba a poner en bandeja de plata para ti así nomás?
Enzo la mira serio. Lisa toma su bata del suelo y vuelve a ponérsela al tiempo que habla.
Lisa: No, mi amor. Las cosas no son tan fáciles y si tanto te gusta lo que viste, podemos llegar a un acuerdo.
Enzo: (incrédulo) ¿Un acuerdo?
Lisa: Así es. He pensado mucho en tu esposa, la muerta o la que tú mataste más bien. Martina se llamaba, ¿no?
Enzo: No me provoques, Lisa, Helena, o como quieras que te llame. Ya te dije una vez que no menciones a mi esposa. Para mí su nombre es sagrado.
Lisa: Lo sé. Veo que la amabas demasiado, pero yo perfectamente podría volverme su reemplazo. Yo podría convertirme en tu nueva “Martina” si tú quieres.
Enzo: ¿A qué estás jugando?
Lisa: ¿Yo? A nada. He venido reflexionando y llegué a la conclusión de que Epifanio tenía razón cuando me dijo que debía olvidarme de mi pasado y aprovechar esta nueva oportunidad de vida que tengo. ¿Y qué mejor manera que siendo la esposa de un hombre como tú?
Enzo: No creo mucho en tus palabras. Epifanio me habló tanto de ti cuando me pidió encargarme de tu cirugía que me parece conocerte como la palma de mi mano.
Lisa: Es verdad que tengo unos antecedentes, pero ya no quiero ser esa, Enzo. Quiero empezar de cero. Quiero ser tu “Martina”.
Lisa se porta seductora con el doctor de nuevo, aunque ya tiene su bata puesta. Enzo la ve con suspicacia.
Lisa: Quiero que me hagas tu mujer cada noche cuando llegues del trabajo, que me presentes en sociedad, me des un lugar, un estatus y seamos muy felices juntos. ¿Te imaginas?
Lisa le da un beso delicado en la mejilla.
Lisa: Yo podría llenar ese vacío tan profundo que te dejó tu esposita. Lo único que pido es que me des sus credenciales ahora que estoy pronta a salir de aquí. ¿Qué me dices?
Enzo guarda silencio ante tal proposición y duda de la sinceridad de las palabras de la muchacha.
CONTINUARÁ…

INT. / RESTAURANTE / DÍA
Entretanto, Marissa ha decidido calmarse un poco y se dispone a escuchar lo que Luis Enrique tiene para decirle. No obstante, ella está firme en su actitud a la defensiva.


Marissa: Y bien. ¿Para qué estás tan interesado en que hablemos? ¿Qué tanto tienes para decir si es que tiene alguna coherencia y mereces que te escuche?
Luis Enrique: Marissa, sé muy bien que, en todos nuestros años de casados, nuestra vida juntos fue un completo infierno y fue mi culpa porque nunca te valoré ni fui sincero contigo, pero…
Marissa: (lo interrumpe) Luis Enrique, no necesito que sigamos hablando de lo mismo que ambos nos sabemos de memoria. Ve al grano. ¿Qué quieres para que firmemos el divorcio como debe ser sin trampas ni juegos sucios?
Luis Enrique: Antes que nada, reitero lo que te dije ayer en tu casa.
Marissa cierra frustrada y notablemente exasperada los ojos.
Luis Enrique: No hagas ese gesto porque te lo voy a repetir cuantas veces haga falta. Te amo, Marissa. Te amo y uno de mis peores castigos es haberme dado cuenta tan tarde.
Marissa: ¿Vas a seguir?
Luis Enrique: Es la verdad. He ahí la razón por la que fingí todo eso de nuestro divorcio. No quería perderte y en parte lo hice también para protegerte.
Marissa: (incrédula) ¿Protegerme? ¿Cómo? ¿Denunciándome por bígama una vez que me casara con Eduardo para así dejarte el camino libre y tú pudieras continuar manejando mi empresa y finanzas? ¿Eso querías?
Luis Enrique: (mintiendo) Jamás. Todo lo contrario. Yo, desde el principio, cuando Eduardo anunció que se casaría contigo, supe que sólo lo hacía por interés.
Marissa: Y según tú fingiste haberte divorciado de mí para protegerme de las viles intenciones de Eduardo, ¿no? Mira, Luis Enrique. Yo ya estaba enterada. Fue algo que los dos acordamos para despistar a Manuel y quedamos en divorciarnos luego.
Luis Enrique: Entonces, ¿por qué decidiste romper tu compromiso con él después de enterarte de que se acostó con Carolina de La Torre?
Marissa se sorprende al ver que su exesposo está enterado de tal situación.
Marissa: ¿Cómo sabes lo de Carolina?
Luis Enrique: Es natural. Los rumores en la hacienda se esparcen muy rápido. El punto es que, si Eduardo se acostaba con ella o con cuanta mujer le viniera en gana, a ti no debería haberte importado. Al fin y al cabo era un matrimonio de apariencias, ¿no?
Marissa guarda silencio y evita mirarlo.
Luis Enrique: (sonriendo) Pero tranquila. No tienes que decírmelo porque yo lo sé. El juego se volvió en tu contra y Eduardo te enamoró para asegurarse su futuro. ¡Claro! ¿Cómo iba a dejar ir su única oportunidad de salir de la bancarrota? No es tan tonto.
Marissa se queda pensativa como dando un poco de crédito a esas palabras.
Luis Enrique: Te hizo creer que se casaría contigo por amor y no por conveniencia como inicialmente acordaron los dos, pero es mentira. Hasta su hermano Manuel lo sabía y te lo insinuó la noche en la que Eduardo nos presentó a la muchacha esta, la tal María Helena.
FLASHBACK




Manuel: ¿Sabes qué, preciosa? ¿Por qué mejor no cierras tus lindos labios y dejas de opinar sobre asuntos familiares que no te conciernen? Tú no eres más que una aparecida y no tienes derecho a criticarme.
Pablo: (levantándose indignado) Hey, no voy a permitir que le hables así a mi mamá (Marissa trata de contenerlo).
Manuel: ¿Y qué vas a hacer? ¿Me vas a pegar, baboso? Tú también eres un aparecido junto con tu mamita que ahora se creen con derecho de mandar sobre esta familia solo porque van a emparentar con nosotros.
Marissa: Pablo, siéntate.
Pablo toma asiento de nuevo mirando muy serio a Manuel.
Luis Enrique: Ya basta. ¿Qué necesidad tienes de lanzar tanto veneno, Manuel? (Sirviendo vino) ¿Por qué mejor no te calmas y llevas la fiesta en paz?
Luis Enrique le pasa a Manuel la copa en la que sirvió vino. Éste mira al primero con suspicacia.
Luis Enrique: No querrás que Eduardo también te excluya hasta del comedor y de los anuncios familiares que tenga para decir al ver cómo tratas a su futura esposa.
Manuel se queda pensativo durante unos segundos y mira a Marissa con cierta expresión de picardía.
Manuel: En eso tienes razón. Mi hermano se molestaría mucho si le espanto su millonario negocio. Después de todo, nos conviene a ambos.
Marissa: Eduardo no pretende casarse conmigo por interés si a eso te refieres.
Manuel suelta una sutil risa.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa no puede evitar indisponerse y darle la razón a su exmarido.
Marissa: ¿Qué ganas contándome todo esto? Ya no pienso casarse con él de todas maneras.
Luis Enrique: Te conozco, Marissa. Tú eres muy ingenua, lamento decirlo, pero así es. En cualquier momento, ese imbécil va a venir a pedirte perdón por el desliz que tuvo con Carolina de La Torre y tú le vas a creer. ¿Sabes por qué? Porque lo quieres.
Marissa: Creo haberte dicho que ya no soy la misma a la que pueden engañar tan fácil con cuentos y excusas baratas, y eso te incluye a ti por si no te ha quedado claro.
Luis Enrique: Yo no pretendo engañarte más. He sido sincero contigo al punto de que pienso darte el divorcio, pero porque te amo es que quiero que abras los ojos.
Marissa lo ve con suspicacia y parece creer en él cuando éste la toma de las manos.
Luis Enrique: El plan de Eduardo es arrebatarte todo lo que posees para salir de la bancarrota. ¿Y sabes qué hará después? Lo mismo con Carolina de La Torre. Si no, ¿por qué crees que se la llevó a la cama?
Marissa: (exasperada) No más, Luis Enrique, por favor. Me parece que ya tuve suficiente.
Luis Enrique: Como quieras. No te voy a mortificar más, pero por si todavía te quedan dudas, escucha esto cuando tengas tiempo.
Luis Enrique pone una pequeña tarjeta de memoria sobre la mesa.
Marissa: (extrañada) ¿Qué es?
Luis Enrique: La prueba que necesitas para darte cuenta de que te amo y sólo quiero evitar que cometas un grave error.
Luis Enrique se pone de pie y se va del restaurante. Marissa ve con extrañeza aquella tarjeta y se siente indecisa sobre si tomarla o no.
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ENTRADA / DÍA

Eduardo llega a la hacienda manejando su auto. María Helena va a su lado en el asiento de copiloto y mira pensativa a través de la ventanilla. Entre los dos hay un pesado silencio.


Eduardo: Bien, ya llegamos (Detiene el auto).
María Helena no dice nada, abre la puerta y sale del vehículo en total silencio. La chica entra a la casa y él se queda extrañado ante tal actitud. Minutos después, se ve a María Helena en su habitación, acostada de lado en la cama mientras llora en silencio. Eduardo, con algo de indecisión, entreabre la puerta.
Eduardo: ¿Podemos hablar?
María Helena disimula el llanto y se limpia las lágrimas.
María Helena: (seria) ¿Qué necesita?
Eduardo se adentra en la habitación y se sienta en la cama. María Helena sigue en la misma posición.
Eduardo: Quería disculparme. Me imagino que estás enojada conmigo por haberte dejado esperando en el hospital toda la mañana, pero no fue mi intención. Tú sabes que tenía que ir a reconocer el cuerpo de Manuel y…
María Helena: (lo interrumpe) Tranquilo. No tiene por qué disculparse. Yo sé que estaba ocupado y tenía cosas más importantes que hacer.
Eduardo: María Helena…
María Helena: ¿Era todo? Es que quisiera estar sola, señor.
Eduardo: ¿Todavía te sientes mal?
María Helena: Un poco.
Eduardo: Entiendo. Veo que te afectó mucho saber lo de mi hermano y no es para menos. Incluso yo todavía me estoy reponiendo de la noticia.
María Helena: Discúlpeme, pero prefiero no hablar más de eso y como ya le dije, quiero estar sola si no le importa.
Eduardo asiente con la cabeza y se levanta.
Eduardo: Está bien. Si necesitas algo, no dudes en decírmelo. Iré a darme una ducha y después estaré en el estudio.
Eduardo se da la vuelta dispuesto a retirarse. En eso ella parece recapacitar, se recuesta en la cama y lo llama.
María Helena: Don Eduardo…
Eduardo: (volteándose de nuevo) ¿Sí?
María Helena: La verdad es que sí hay algo que me gustaría pedirle si no es mucha molestia.
Eduardo: Por supuesto. Dime.
María Helena: Yo sé que no es el momento, pero le pido que se apresure con el pago de la cirugía de mi mamá. Quiero irme rápido de este pueblo y volver con ella.
Eduardo: (sorprendido) Sí, claro. Deja gestiono eso hoy mismo, aunque no te niego que me saca un poco de onda tu decisión. ¿Tan incómoda te sientes aquí?
María Helena: Mucho para serle sincera. Don Manuel era el que más me incomodaba y ahora que ya está muerto, me siento peor.
Eduardo: Me lo imagino, pero no te preocupes. Entiendo tu decisión y voy a respetarla. Es solo que pensé que…
María Helena: Yo sé que le dije que me iba a quedar con usted y que en mí podía ver una hija, pero tengo la sensación de que, si me quedo en esta hacienda, me voy a volver loca. Perdóneme (Derrama un par de lágrimas).
Eduardo: Tranquila, no llores. Luego hablamos de eso. Por ahora trata de dormir un poco y descansa. ¿Está bien?
María Helena: (asentando) Muchísimas gracias.
Eduardo esboza una sonrisa y se retira de la habitación cerrando la puerta tras sí. María Helena rompe a llorar al quedarse a solas.
María Helena: Lamento mucho haberle fallado, don Eduardo. De veras que lo lamento ahora que comenzaba a verlo como un papá…
María Helena se cubre la boca mientras continúa llorando muy frustrada ante los acontecimientos que ha vivido.
EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, PATIO / DÍA
Pablo da un paseo con Milena. Ella evidentemente usa ya una silla de ruedas la cual es impulsada por él.


Milena: De verdad que me he perdido de un resto de cosas en el tiempo que he estado internada acá en este hospital. Don Manuel muerto… (Impresionada) Mira que no me lo veía venir.
Pablo: Ni yo. Para todos ha sido una sorpresa bien desagradable, con decirte que ya ni ganas tengo de aparecerme por allá en esa hacienda. Me da la impresión de que tiene una mala vibra, no sé… (Hace movimientos circulares con los hombros)
Milena: (pensativa) Ni que lo digas porque si nos ponemos a sacar cuentas en unos pocos meses ya se murió un chorro de gente y la mala racha empezó con la muerte de doña Helena Montalbán. Luego doña Lucrecia. Después Casimira…
Pablo: Lisa, el Tarcisio ese…
Milena: Y ahora don Manuel. ¡Ay, no! ¡Qué miedo! De solo pensar que haya alguien más, se me pone la piel chinita. Yo que tú me iría hoy mismo de allá, Pablito.
Pablo: Mi mamá me dijo lo mismo y si no me voy, de seguro me corre Eduardo.
Milena: (extrañada) ¿Por qué lo dices?
Pablo: Es que no te conté que mi mamá ya no se va a casar con él y, por lo tanto, ya no vive allá.
Milena: (sorprendida) ¿A poco discutieron?
Pablo: Peor.
Pablo deja de impulsar la silla y se hinca frente a Milena.
Pablo: Todavía no estoy muy seguro, pero me parece que Eduardo le puso el cuerno a mi mamá con Carolina de La Torre. Sí sabes quién es, ¿no?
Milena: Claro. ¿Cómo no? Pero ahora veo que los rumores eran verdad. Todo el mundo siempre dijo que ella estaba enamorada de él y por lo que me cuentas, don Eduardo no le fue indiferente.
Pablo: Pero hay otra parte todavía peor. Carolina es hermana de mi mamá.
Milena: (impactada) ¡No manches! ¿Me estás tomando del pelo?
Pablo: Quisiera, pero no. Yo tuve la misma reacción y todavía no entiendo bien cómo es que las dos resultaron ser hermanas. Mi mamá aún no me lo explica.
Milena: Qué horror. No me imagino cómo se sentirá tu mamá al verse traicionada por dos personas en las que se supone que podía confiar. Qué poca.
Pablo: (pensativo) Sí, me sentí bien gacho por ella. Mi mamá siempre se hace la fuerte frente a todo lo que le pasa, pero en el fondo sufre harto. Ojalá que tu hermano sí la pueda hacer feliz.
Milena: (desconcertada) ¿Cómo que mi hermano? ¿A qué te refieres?
Pablo: Bueno, es que esa es otra historia que te tengo que contar.
Milena: Pues suelta de una vez. ¿A poco ya Danilo se le declaró a tu mamá?
Pablo: (sorprendido) ¿Ya lo sabías?
Milena: Hace tiempo él mismo me lo confirmó, pero no estaba segura si la había superado, aunque por lo que me estás diciendo, veo que no.
Pablo: Danilo quiere mucho a mi mamá, Mile. No ha sido fácil para él y ha sufrido bastante.
Milena: Pobrecito. Me lo puedo imaginar. Con razón siempre en las visitas lo veo medio retraído.
Pablo: Lo bueno es que ahora que mi mamá no tiene ningún compromiso y Danilo tiene el camino libre para ganársela o eso es lo que espero. Nada más ayer salió de viaje para México a buscarla.
Milena: Ahora veo por qué no había venido a visitarme. ¿Y crees que esté bien? ¿Has sabido algo?
Pablo: Todavía no, pero justo en la noche voy a llamar a mi mamá a ver cómo van las cosas. Supongo que tú no tienes ningún problema si dado el caso, ellos dos…
Milena: (riendo) Claro que no. De hecho, me gustaría reharto que las cosas se les dieran. Hasta bonita pareja hacen a pesar de que ella ya le lleva unos años sin que me lo tomes a mal.
Pablo: Pero no me vas a negar que a su edad sigue guapísima.
Milena: (sonriendo) De ella no lo niego. De su hijo, no sé… (Duda de forma jocosa)
Pablo: ¿Ah, sí? ¿A poco su hijo te parece feo? (Enarca una ceja).
Milena: Es que hay algo en él que no me termina de convencer, pero me parece que es buen muchacho y a mí me gustan feos, así que no hay lío.
Pablo: (riendo) ¡Payasa!
Pablo se acerca a los labios de ella y ambos se besan por unos cuantos segundos.
Pablo: ¿Por qué tienes que ser tan preciosa, ah? (Besándole las manos) ¿Qué te echas que todos los días me enamoro más de ti? (Comienza a hacerle cosquillas).
Milena: (riendo) ¿Qué haces? ¡Ya párale!
Pablo: Va a tener que decirme su secreto, señorita porque no me voy a detener. ¿Cómo la ve?
Pablo sigue haciéndole cosquillas al tiempo que la llena de besos.
Milena: ¡Que no, Pablo! ¡Ya basta! ¡No seas malo! (Riendo a carcajadas) ¡Párale!
La joven pareja continúa disfrutando amenamente y compartiendo risas. Milena estira los brazos para intentar agarrarlo, pero él se escabulle hábilmente, rodeando la silla de ruedas para sorprenderla con cosquillas desde atrás.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / CASA DE LOS ESCALANTE / NOCHE
Marissa llega a su casa abriendo la puerta con su respectiva copia de las llaves. Una vez entra, cierra la puerta y se recuesta en ella dejándose caer notablemente abatida.

Marissa: ¿Cómo pudiste, Eduardo? ¿Cómo?
Un tono de decepción en su voz se siente en lo que dice.
Marissa: ¿Cómo pudiste engañarme de esa manera tú también?
De repente, la mujer tiene un recuerdo de esa misma tarde.
FLASHBACK
INT. / RESTAURANTE / DÍA
Luis Enrique se pone de pie y se va del restaurante. Marissa ve con extrañeza aquella tarjeta y se siente indecisa sobre si tomarla o no.
Marissa: ¿Qué pretendes, Luis Enrique? ¿A dónde quieres llegar con todo esto?
Marissa suelta una bocanada de aire y después de un par de segundos, mira a su alrededor con discreción al tiempo que se quita un pendiente. Luego, utiliza la punta de dicho pendiente como llave para insertarla en la ranura de su celular y, de forma exitosa, libera la bandeja SIM en la que se instalan los chips.
Marissa: Vamos a ver a qué estás jugando conmigo.
Marissa toma la tarjeta de memoria y la pone sobre la bandeja para luego insertarla nuevamente en el celular. Luego de ello, busca en el celular el archivo que contiene la memoria y logra ver que se trata de un audio.
Marissa: Parece ser una grabación.
La mujer no se da a la espera para reproducir el audio llevando el celular a su oreja.
GRABACIÓN
Manuel: ¿Y no te parece un poco injusto repetir la historia? Vas a hacerle lo mismo que te hicieron a ti y no sólo eso. Para ella será peor después de su fracaso matrimonial con Luis Enrique.
Eduardo: (exasperado) Eso no tienes que recordármelo. Lo sé perfectamente.
(Marissa escucha con atención al tiempo que frunce el ceño con extrañeza)
Manuel: ¿Y no te importa?
Eduardo: Mira Manuel. No entiendo qué buscas diciéndome todo esto. No creo que te importe cómo se pueda sentir Marissa.
Manuel: Tan solo estoy asegurando mi terreno. Tu matrimonio con esa mujer también me beneficia, recuerda, y no me gustaría que te echaras para atrás con el plan.
Eduardo: Pues si te hace sentir más tranquilo, no te preocupes. Ya te lo había dicho y te lo repito. Me casaré para que recuperemos la hacienda y volvamos a ser quiénes éramos antes. ¿Eso era lo que querías escuchar? Ahí tienes.
FIN DE LA GRABACIÓN
Marissa deja caer el celular de la impresión y se cubre la boca con ambas manos sin lograr dar crédito a lo que acaba de escuchar.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa ha dejado de recordar y tiene la mirada ida mientras sigue teniendo recuerdos de momentos vividos con Eduardo.
FLASHBACK


Ambos llegan a la habitación que habían reservado. Eduardo la carga en sus brazos para sorpresa de ella.
Marissa: Óyeme. ¿Qué estás haciendo?
Eduardo: Debo empezar a practicar para cuando me case contigo y tengamos nuestra primera noche de bodas, ¿no crees?
Marissa: (riendo) Ay, sí eres. Bájame.
Eduardo: ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo que lleve hasta la cama a mi futura esposa?
Marissa: Que eres un creído, porque no te he dado el sí.
Eduardo la deja sobre la cama y ambos ríen muy divertidos, pero en un momento dado, se quedan en silencio y él la mira acariciándole el rostro.
Eduardo: Es cierto. No me has dado el sí porque no te lo he pedido de manera formal, pero quisiera oficializar mi relación contigo, Marissa.
Marissa: Eduardo…
Eduardo la silencia con un corto beso en los labios y le habla muy cerca llevando las manos de ella a su pecho.
Eduardo: Quiero que sepas que pase lo que pase, te quiero y eres sumamente importante para mí, Marissa. Eso tenlo muy presente.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa no puede evitar acongojarse al tener presente esa conversación. Lágrimas caen de su rostro al tiempo que se arruga la blusa por encima del pecho. Un recuerdo más llega a su cabeza de esa misma noche en el hotel.
FLASHBACK
Eduardo: Entonces, ¿aceptarías casarte conmigo? ¿Te gustaría ser mi esposa y compartir lo que nos reste de vida juntos?
Marissa: (indecisa) Ay, Eduardo… Yo…
Eduardo: Sé que es pronto, es solo que de esa manera podremos crear el patrimonio juntos que te propuse, ¿recuerdas? Estaríamos más cerca el uno del otro que es lo más quiero, amándote… (Besándola) Cuidándote… (Besándola de nuevo) Teniéndote junto a mí.
Eduardo junta sus labios a los de ella. Marissa cierra los ojos, duda en corresponderle y se estremece un poco, pero termina por hacerlo. Es así como ambos unen en un beso que poco a poco va tornándose más apasionado y dura varios segundos al tiempo que se acuestan sobre la cama, él sobre ella. Los dos se miran fijamente a los ojos.
Marissa: (susurrando) Sí, Eduardo (Hace una pausa) Quiero ser tu esposa. Quiero amarte por lo que reste de vida.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa: ¿Cómo pudiste jugar conmigo después de todo lo que me dijiste? (Muy dolida) Me mentiste, me viste la cara de estúpida tanto como Luis Enrique. ¿Cómo pudiste ser tan cruel después de que sabías mi historia, Eduardo? ¿Cómo? (Pregunta muy decepcionada).
Danilo aparece en ese instante, puesto que viene de la sala de estar y se sorprende al verla.

Danilo: Doña Marissa…
Marissa alza la mirada sin poder dejar de derramar lágrimas. Danilo se conmueve ante ello y se le acerca de inmediato para ayudarla a ponerse de pie.
Danilo: (preocupado) ¿Qué le pasó? ¿Qué la tiene así?
Marissa: ¡Ay, Danilo! ¿Qué he hecho mal? Dime qué he hecho mal si lo único que hago es amar incondicionalmente y solo sigo siendo utilizada. ¿Tan poco vale mi amor?
Danilo se desconcierta ante tales preguntas.
Marissa: Dime. ¿Tan poco vale para los demás?
Danilo: Claro que no. Para mí su amor vale más que el oro mismo, señora.
Danilo toma el rostro de ella entre sus manos y le limpia las lágrimas con los dedos pulgares.
Danilo: Grábese eso. Un amor como el suyo es el mayor tesoro que un hombre puede tener. ¿Cuánto no diera yo para que usted me amara así como dice?
Marissa: (sonriendo entre lágrimas) Qué irónica es la vida, ¿no? Mientras tú me dices esto, hay quienes solo se aprovechan de ese amor que tanto tú quisieras tener. Cómo lamento en el alma no haberme enamorado de ti desde un principio.
Marissa dice aquello al tiempo que acaricia el rostro del muchacho.
Marissa: De ti que siempre has sido sincero, incondicional conmigo y has sufrido tanto por mi culpa. Perdóname.
Marissa se suelta al llanto. Danilo, ante ello, no duda en abrazarla fuertemente..
Marissa: (llorando) Perdóname, Danilo, por favor. Perdóname….
Marissa no deja de llorar en el pecho de él sumida en aquel abrazo. Danilo solo guarda silencio sin dejar de rodear a la mujer entre sus brazos.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / NOCHE
Carolina llega a la habitación del hotel donde está hospedándose de manera temporal. Cruz la sigue y tiene un sobre sellado entre sus manos.


Cruz: ¡Qué bueno que llega, señorita! Estuve esperándola toda la tarde. ¿Dónde se había metido?
Carolina: Estuve realizando varias diligencias, Cruz (Lanza su bolso y una carpeta en la cama). Hice de todo y estoy muerta. Me matan tanto los pies que no te imaginas.
Carolina se sienta sobre la cama y se quita unos zapatos de tacón mediano.
Cruz: Me lo imagino más de lo que cree, fíjese, porque esa es justo la sensación que yo experimentaba cuando era la chacha de su papá, que en paz descanse. Don Epifanio no me dejaba respirar ni un minuto.
Carolina: Pero ahora no te puedes quejar, eh. Mi papá ya no está como para que te explote y conmigo no estás trabajando a pesar de que hasta tu habitación estoy pagando y te llevo conmigo a donde quiera que vaya.
Cruz: (petulante) Es lo mínimo que puede hacer para compensarme por ser su perra fiel.
Carolina: (sorprendida) ¿Mi qué?
Cruz: Bueno, quise decir…
Carolina: Dejémoslo en acompañante. Me parece que suena mejor y sí, tienes razón. Tal vez ahorita no tanto, pero cuando tome posesión de la hacienda de Eduardo, me vas a ser de muchísima utilidad para mantenerme informada de todo.
Cruz: ¿Tomar posesión? ¿Qué quiere decir?
Carolina toma la carpeta y se la muestra.
Carolina: ¿Ves esto que tengo aquí?
Cruz: (asentando) ¿Qué es?
Carolina: El testamento de mi papá. Oficialmente ya puedo hacer uso de todo su dinero y propiedades. ¿Y sabes qué es lo primero que voy a hacer?
Cruz: ¿Pagarme mi sueldo?
Carolina: (exasperada) Ay, de verdad que a veces te pasas. Ya te dije que tu sueldo te lo pago a fin de mes. Deja el apuro.
Cruz: Discúlpeme. Es que de veras necesito algo de lana, señorita. Me late que no voy a llegar a fin de mes con la misma ropa interior (Preocupada).
Carolina: Bueno, bueno. Mañana te hago un cheque y te pago por adelantado para que dejes de molestarme con lo mismo y te compres lo que te venga en gana. ¿Contenta?
Cruz: (sonriente) Contentísima, señorita. ¡Muchísimas gracias! Lástima que ya su papá no está porque sino me compraba una lencería bien sexy para él. Me acuerdo de lo mucho que le gustaban mis panties negros. ¡Ay, es que don Epifanio era todo un tigre!
Carolina: (asqueada) Bueno, ya. Resérvate tus intimidades para ti solita que no necesito saberlas. Te decía que lo primero que voy a hacer ahora que soy la heredera de mi papá es apoderarme de la hacienda. Incluso ya fui al banco y pagué la hipoteca.
Cruz: (sorprendida) ¿De verdad?
Carolina: No tengo tiempo que perder, Cruz. Eduardo debe ser para mí cuanto antes.
Cruz: Pero dudo mucho que vaya a recibir su dinero de vuelta. Don Eduardo Román tiene serios problemas financieros. ¿Con qué le va a pagar?
Carolina: No necesito que me pague, no por lo menos con dinero. Con que se case conmigo, vivamos juntos y tengamos hijos es más que suficiente para mostrarme su agradecimiento.
Cruz: (dudosa) ¿Y usted cree que sí acepte casarse? Porque la otra noche nos corrió y estaba bien enojado cuando descubrió lo que usted le hizo.
Carolina: Tendrá que hacerlo. Eduardo no se podrá resistir y ya verás por qué te lo digo. En fin. Cambiando de tema, ¿para qué me estabas esperando?
Cruz: Ah, es cierto. Es que esta tarde le llegó este sobre.
Cruz le entrega el sobre a Carolina. Ella lo recibe un tanto extrañada.
Carolina: ¿Qué es?
Cruz: Ni idea. No lo abrí por respeto a usted, aunque ganas no me faltaron, pero me aguanté.
Carolina: Qué raro. Nadie sabe dónde me estoy hospedando. ¿Cómo es que me llega correspondencia justo a un hotel?
Cruz: A mí también se me hizo bien raro y más porque ni siquiera tiene remitente. Parece ser de un anónimo.
Carolina frunce el ceño con extrañeza y abre el sobre. Luego, saca de allí un documento que la deja fría. Cruz la mira con curiosidad al verla pasmada.
Cruz: ¿Se encuentra bien, señorita?
Carolina: Respóndeme algo, Cruz. ¿Estás segura de que no sabes quién envió esto?
Cruz: ¿Por qué habría yo de saberlo?
Carolina: Te estoy haciendo una pregunta. Respóndeme. ¿Me juras que no lo sabes o que no lo leíste?
Cruz: Ya le dije que no me atreví y en cuanto a lo otro, no tengo la más mínima idea. La recepcionista solo me llamó para decirme que había venido un hombre para entregarle el sobre.
Carolina: (extrañada) ¿Un hombre? ¿Quién?
Cruz: Si fuera adivina, se lo diría, pero eso es lo único que sé. ¿Por qué? ¿Es algo grave lo que contiene ese documento?
Carolina: Mejor no me hagas preguntas y retírate. Necesito descansar después del día tan ajetreado que tuve.
Cruz: Está bien. Como diga. Estaré en mi habitación por si necesita algo.
Cruz sale de la habitación y cierra la puerta tras sí mirando con suspicacia a su patrona. Carolina no puede evitar sentirse sumamente indispuesta.
Carolina: ¿Quién más sabe de estos resultados? ¿Quién más si siempre los mantuve en secreto?
Carolina se queda pensativa ante tales cuestionamientos y tiene un viejo recuerdo.
FLASHBACK
18 AÑOS ATRÁS
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA
La celebración del bautizo de Lisa, quien es tan solo una bebé de pocos meses, se está llevando a cabo. Hay una gran cantidad de invitados. Carolina carga a la niña entre sus brazos frente a Eduardo y Helena, quienes van de gancho. El rostro de ella no se enfoca como de costumbre, pero sí se escucha su voz.
Carolina: De verdad que cada día la niña se pone más preciosa. Los felicito de verdad. Es un amor.
Eduardo: (sonriendo) Gracias, Carolina. De verdad quise mucho que fueras la madrina, pero no logré convencer a Helena. Ella prefirió que fuera mi madre.
Carolina: No hay ningún problema, Eduardo. Tal vez se pueda para el próximo bebé que tengan porque supongo que van a darle un hermanito a Lisa, ¿no?
Helena: Por supuesto, amiga. De eso nos vamos a encargar esta misma noche. ¿O no, mi amor?
Helena besa a Eduardo frente a la incomodidad notable de Carolina quien prefiere evitar verlos.
Eduardo: (riendo) Te pasas. Lisa apenas cumplió seis meses y ya estás pensando en otro bebé.
Helena: Con un amor como el tuyo y el mío, lo natural es hacer bebés. ¿Y qué mejor prueba de amor que esa? (Sigue besándolo).
Eduardo: (apenado) Helena, compórtate. Carolina está aquí.
Carolina: (seria) No se preocupen. Como dice Helena, la intimidad en una pareja es lo más normal del mundo. No tienen por qué sentirse apenados.
Helena: Así es, amiga y tú lo experimentarás cuando conozcas el amor de tu vida. No hay nada mejor que sentirse amada y deseada por un hombre, en especial por tu marido.
Helena besa de una manera provocativa a Eduardo. Carolina cada vez se siente más incómoda y los interrumpe.
Carolina: ¡Ejem! Bueno, yo me retiro.
Carolina les sonríe con hipocresía y le pasa la niña a Helena.
Helena: ¿A dónde vas?
Carolina: Al baño, pero ya regreso. No me tardo.
Eduardo: Ven rápido. No quiero que te pierdas el brindis que voy a hacer. Me gustaría que todos estén presentes.
Carolina: No te preocupes, Eduardo. Regreso en un minuto.
Carolina se escabulle de la fiesta y se ve que entra con disimulo a una habitación decorada especialmente para bebé donde hay una cuna. Parece ser la habitación de Lisa. Con prontitud, la mujer comienza a hurgar entre las cosas hasta que encuentra un chupón de bebé, el cual mete en una bolsa plástica. Posteriormente, entra a la habitación conyugal de Eduardo y Helena, y sin darse a la espera, saca otra bolsa plástica y roba un peine con algunos cabellos.
Minutos después, la mujer baja a la primera planta de la casa donde ya algunos se han reunido para el brindis. Eduardo es quien lo preside, acompañado de Helena quien carga a Lisa. Manuel y Lucrecia, más jóvenes por supuesto, también están allí y cada uno sostiene una copa de champaña.
Eduardo: (sonriendo) De antemano, les agradezco mucho a todos, socios, accionistas, amigos, conocidos, que hayan asistido a esta fiesta en la que estamos celebrando el bautizo de mi hijita. Créanme que me siento el hombre más afortunado del mundo al tener a mi lado a una mujer tan maravillosa como lo es Helena….
Eduardo mira a Helena y la toma de la mano mientras comparten sonrisas. Carolina, desde lejos y entre los invitados, observa todo con notable odio.
Eduardo: Y a una hija que vamos a educar con los mejores principios y, sobre todo, con mucho amor. Por ese motivo, les pido que me acompañen a hacer un brindis (Levanta la copa). Un brindis por las familias y el tesoro que representan.
Todos: (al unísono) ¡Salud!
Carolina: (pensando) Vamos a ver cuánto te dura tu familia de cristal, Eduardo. Estoy casi segura de que esa niña de la que tanto alarde haces ni siquiera es tu hija y de comprobarlo, me voy a asegurar de desmontar toda esta farsa creada por esa perra que tienes por esposa.
Carolina sonríe con malicia al tiempo que mira desde la distancia a Eduardo, quien sonríe feliz mientras varios invitados se acercan para felicitarlo.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina vuelve al presente y no puede evitar sentirse sumamente perturbada.
Carolina: Es una lástima que al final esa mocosa sí resultara ser la hija legítima de Eduardo. De lo contrario, hubiera podido desenmascarar a Helena mucho tiempo atrás y no hubiera tenido que mancharme las manos de sangre acabando con ella.
Carolina arruga el documento formando con él una bola, la cual lanza al piso.
Carolina: Lo importante ahora es que Eduardo no sepa que yo tenía esos resultados. Podría pensar peor de mí y ya tuve suficiente con que se diera cuenta de que lo drogué. Debo averiguar quién demonios me envió esto.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
María Helena se encuentra ya en bata y con algo de indecisión, se dirige al estudio y toca la puerta un par de veces.

María Helena: Don Eduardo, soy yo. ¿Podemos hablar?
No obstante, no hay respuesta por parte de él.
María Helena: (tocando) Don Eduardo…
En vista de que sigue sin recibir respuesta, la chica no insiste más y se extraña, por lo que entreabre un poco la puerta y ve que no hay nadie.
María Helena: Qué raro. Él me dijo que iba a estar aquí. Ha de haberse ido a su habitación.
María Helena decide dirigirse como dijo a la habitación del hombre. Mientras camina por el pasillo, escucha una llamada entrante a un celular y se detiene en seco.
María Helena: (extrañada) ¿Qué es eso?
El celular sigue sonando y ella se queda estática para percibir de dónde proviene.
María Helena: Es un teléfono. ¿De quién será?
María Helena avanza unos cuantos pasos dejándose llevar por el sonido de la llamada y llega a una puerta en particular, percatándose de que el sonido proviene de allí.
María Helena: Si mal no recuerdo, esta era la habitación del sangrón de Manuel y ni loca entro aquí.
María Helena opta por retirarse, pero al dar unos pasos, se detiene nuevamente y voltea a ver hacia la puerta con mucha curiosidad.
María Helena: (indecisa) ¿Y si de pronto es importante? Puede ser algo que a lo mejor don Eduardo necesite saber. ¿Qué hago?
María Helena se muerde el labio inferior mientras titubea y al final decide entrar a la habitación que está en plena oscuridad. Tan solo es iluminada por la pantalla del celular que se encuentra justo sobre la cama, pero al tomarlo, la llamada se cuelga por sí sola.
María Helena: ¿Quién podrá estar llamando a ese tipo con tanta insistencia?
María Helena logra visualizar varias notificaciones en la pantalla de llamadas perdidas y mensajes nuevos recibidos. Desliza y, para su sorpresa, logra desbloquear el celular.
María Helena: Qué poco seguro. Ni contraseña a su propio celular le tenía el sangrón ese.
María Helena abre los mensajes y con extrañeza, comienza a leer el contenido de los mismos.
MENSAJE 1:
"Necesitamos hablar urgente. Llámame"
María Helena desliza el dedo y prosigue con los siguientes.
MENSAJE 2:
"¿Dónde estás metido que no me contestas? Tenemos que hablar. Llámame en cuanto leas esto".
MENSAJE 3:
"Llevo llamándote desde ayer. ¿Qué pasa que no me respondes?"
MENSAJE 4:
“Manuel, esto es en serio. Deja de ignorarme y llámame, maldita sea”.
María Helena: Quien quiera que sea esta persona, se ve que lo necesita con urgencia. ¿Quién será?
María Helena presiona sobre el perfil del remitente y abre los ojos como platos cuando lee que el contacto está guardado como “Lisa”,
María Helena: No puede ser. Es imposible (Niega con la cabeza).
De repente, una nueva llamada entra al celular y del susto, la chica gime y lo deja caer. Desde el piso, ella logra ver que es una llamada de “Lisa”, por lo que lo toma y contesta, sin embargo no dice nada.
Lisa: ¿Bueno? ¿Manuel?
María Helena guarda silencio cada vez más impactada.
Lisa: ¿Qué te pasa, imbécil? ¿Por qué no hablas? He estado llamándote y enviándote mensajes sin parar. ¿En qué andas?
María Helena sigue sin decir nada y comienza a temblar con los ojos desorbitados.
Lisa: ¿Bueno? ¿Bueno?
María Helena no aguanta más y se apresura a colgar la llamada sin dar crédito al descubrimiento que acaba de hacer. Es cuando oye una voz que la llama por su nombre.

Eduardo: (extrañado) ¿María Helena?
Ella se exalta y no se atreve a voltearse al sentirse descubierta. Eduardo solo la observa extrañado desde el umbral de la puerta.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE LISA / NOCHE
Lisa se exaspera al ver que la llamada ha sido repentinamente colgada. Está de pie mirando por la ventana y ya se le han retirado los vendajes de todo su cuerpo, excepto la cara.
Lisa: ¿Qué le pasa a este idiota? ¿Por qué anda tan raro últimamente? (Tocan la puerta) Adelante.
Enzo entra a la habitación.

Enzo: ¿Ocupada?
Lisa: (indiferente) ¿Qué quieres?
Enzo: Vengo a checarte ahora que ya retiramos los vendajes de tus piernas, brazos y torso. Quiero asegurarme de que todo quedó bien.
Lisa: No hace falta. Ya vi mi cuerpo en el espejo y estoy perfecta, así que vete por donde viniste porque no te daré el gusto de verme desnuda y de manosearme para dizque checarme.
Enzo: (acercándose) ¿Por qué piensas tan mal de mí? Gracias a mis dotes, ahora eres una mujer nueva. Deberías mostrarme al menos un poco de agradecimiento. ¿No te parece?
Lisa: Esto no lo hiciste de gratis, doctorcito Enzo. Fue un trabajo, uno muy bueno debo admitir, y te pagaron. Por lo tanto, no actúes como si me hubieras salvado la vida y ya mejor lárgate, que tengo sueño.
Lisa se da la vuelta dispuesta a ignorarlo.
Enzo: Dame al menos un chance de ver mi trabajo. Tan solo uno y te juro que te dejo en paz.
Lisa sonríe con malicia al escucharlo, pero no lo escara.
Lisa: ¿Y qué me darías a cambio?
Enzo: Te di un celular para que pudieras comunicarte con tu tío y no te pedí nada. Va siendo hora de que me pagues ese favor, ¿no crees?
Enzo se toma el atrevimiento de desajustar la cuerda trasera de la bata que cubre el cuerpo de la muchacha. Lisa no opone resistencia y se da la vuelta para quedar frente a él.
Lisa: Es cierto. Tal vez sí me he portado un tantito ingrata contigo.
Enzo mira fascinado el cuerpo desnudo de la muchacha. Ella se porta de forma seductora y rodea con sus manos el cuello de él.
Lisa: He sido grosera, voluntariosa y hasta te he tratado mal, pero me he dado cuenta de que sí debería portarme mejor.
Lisa pasea su dedo índice por la nariz y los labios del hombre, lo que hace que se sienta agitado.
Lisa: Después de todo, a ti te debo esta nueva mujer en la que me convertiste.
Enzo: ¿Me lo dices en serio?
Lisa: Claro. Quizás Epifanio no te lo dijo, pero siempre me he sentido particularmente atraída por hombres maduros, hombres con experiencia que me hagan vibrar.
Lisa le dice aquello acercando sus labios carnosos a los de él.
Lisa: Hombres como tú….
Enzo: Estás jugando con fuego, muchachita y te puedes quemar.
Lisa: Prefiero quemarme de pasión que en un accidente como el que sufrí.
Enzo no se contiene más e intenta darle un beso, pero ella se aparta y le sonríe pícara.
Lisa: No tan rápido, doctorcito. ¿Qué pensaste? ¿Que podías tenerme tan fácil y me iba a poner en bandeja de plata para ti así nomás?
Enzo la mira serio. Lisa toma su bata del suelo y vuelve a ponérsela al tiempo que habla.
Lisa: No, mi amor. Las cosas no son tan fáciles y si tanto te gusta lo que viste, podemos llegar a un acuerdo.
Enzo: (incrédulo) ¿Un acuerdo?
Lisa: Así es. He pensado mucho en tu esposa, la muerta o la que tú mataste más bien. Martina se llamaba, ¿no?
Enzo: No me provoques, Lisa, Helena, o como quieras que te llame. Ya te dije una vez que no menciones a mi esposa. Para mí su nombre es sagrado.
Lisa: Lo sé. Veo que la amabas demasiado, pero yo perfectamente podría volverme su reemplazo. Yo podría convertirme en tu nueva “Martina” si tú quieres.
Enzo: ¿A qué estás jugando?
Lisa: ¿Yo? A nada. He venido reflexionando y llegué a la conclusión de que Epifanio tenía razón cuando me dijo que debía olvidarme de mi pasado y aprovechar esta nueva oportunidad de vida que tengo. ¿Y qué mejor manera que siendo la esposa de un hombre como tú?
Enzo: No creo mucho en tus palabras. Epifanio me habló tanto de ti cuando me pidió encargarme de tu cirugía que me parece conocerte como la palma de mi mano.
Lisa: Es verdad que tengo unos antecedentes, pero ya no quiero ser esa, Enzo. Quiero empezar de cero. Quiero ser tu “Martina”.
Lisa se porta seductora con el doctor de nuevo, aunque ya tiene su bata puesta. Enzo la ve con suspicacia.
Lisa: Quiero que me hagas tu mujer cada noche cuando llegues del trabajo, que me presentes en sociedad, me des un lugar, un estatus y seamos muy felices juntos. ¿Te imaginas?
Lisa le da un beso delicado en la mejilla.
Lisa: Yo podría llenar ese vacío tan profundo que te dejó tu esposita. Lo único que pido es que me des sus credenciales ahora que estoy pronta a salir de aquí. ¿Qué me dices?
Enzo guarda silencio ante tal proposición y duda de la sinceridad de las palabras de la muchacha.
CONTINUARÁ…
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