Capítulo 40: Puñalada por la espalda
INT. / CASA DE LOS ESCALANTE, SALA / NOCHE
Marissa ya se encuentra más tranquila y está sentada en el sofá más amplio de su sala. Danilo la acompaña a su lado y al parecer le había traído un té para que se tranquilizara


Danilo: Y bien. ¿Ya se siente mejor?
Marissa: (asentando) Sí, Danilo. Te agradezco mucho las atenciones, aunque no dejo de sentirme sumamente apenada contigo (Pone la taza de té sobre la mesa de cristal).
Danilo: ¿Por qué apenada?
Marissa: Porque siempre eres mi paño de lágrimas. Este momento ya lo viví una vez y ahí también estuviste tú consolándome. ¿Te acuerdas? La noche en la que por poco tu mamá y Tarcisio… (Se detiene).
Danilo: Tranquila, señora (La toma de las manos y sonríe). No hace falta que recuerde los malos momentos que vivió. Lo que importa es que aquí estoy con usted y en mí siempre va a tener este hombro pa’ que llore todo lo que quiera.
Danilo dice aquello dándose una palmada fuerte sobre el hombro izquierdo sin dejar de sonreír. Marissa también esboza una sonrisa.
Marissa: De verdad que eres un chico muy tierno.
Danilo: ¿Nada más tierno?
Marissa: Bueno, también trabajador, honrado, fuerte y… (Hace una pausa bajando la cabeza) También muy guapo. ¿Qué digo guapo? Guapísimo.
Danilo: (apenado) Chale, señora. Me va a hacer sonrojar diciéndome tantas cosas.
Marissa: Es la verdad. Eres un muchacho que inspira confianza y a tu lado, de una u otra forma, siempre me he sentido protegida. De no ser por ti, no sé qué habría sido de mí en tantos momentos de oscuridad que he vivido.
Danilo: Usted no se queda atrás, eh. Para mí usted es un ángel que apareció en mi vida para darme la oportunidad de ver que sí se puede amar bonito.
Marissa: ¿Por qué lo dices?
Danilo: Es que, antes de usted, también amé reharto a otra mujer.
Marissa: (curiosa) ¿Y qué pasó?
Danilo: Digamos que ella se aprovechó de lo que sentía nada más para usarme como escape. Era casada (Marissa se sorprende) y solo me veía como un títere con el cual divertirse cuando le daba la gana.
Marissa: Lamento escuchar eso y quizá suene mal que te lo diga, pero ese tipo de relaciones clandestinas siempre terminan de la peor manera.
Danilo: Y créame que lo aprendí. Estaba tan enamorado que me enceguecí, pero ya luego es que vi las consecuencias y tuve que sufrir como un condenado en silencio, porque nunca lo hablé con nadie hasta hoy que se lo cuento a usted.
Marissa: Veo que eso fue lo único sincero que me dijo tu mamá la noche que quiso matarme.
Danilo: ¿De veras?
Marissa: Así es. Esa noche buscaba cómo llegar a la mansión de La Torre porque había habido un incendio. No sé si lo supiste.
Danilo: (pensativo) Algo escuché, pero no presté mucha atención.
Marissa: Bueno. El caso es que, al enterarme, quise ir de inmediato para acompañar a Carolina y asegurarme de que estuviera bien. Tú no lo sabes, pero ella y yo somos hermanas.
Danilo: (sorprendido) ¿Neta? Pensé que usted no tenía familiares.
Marissa. Es una historia un poco larga de la que ya luego te platicaré y como entenderás, por el lazo que nos une, no podía quedarme tan campante sin saber cómo estaba. Ahí fue cuando tu mamá me abordó y me mencionó sobre esa relación tortuosa que tuviste en el pasado.
FLASHBACK
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / NOCHE
Cecilia: Tú no entiendes. Después puede ser muy tarde. Danilo está en estos momentos en la habitación de Tarcisio a punto de cometer una locura.


Marissa: (sorprendida) ¿Qué?
Cecilia: Quiere quitarse la vida, resignado, porque tú no lo amas y estoy desesperada (Rompe a llorar). Tiene una pistola que Tarcisio escondía en su habitación y si no vas a hablar con él ahora mismo, se va a matar.
Marissa: (negando con la cabeza) Eso no puede ser verdad. Danilo no es la clase de muchacho que haría una cosa así.
Cecilia: Eso es lo que tú crees, pero ya él sufrió una decepción amorosa de la que casi no se levanta y no resistirá pasar por esto otra vez. ¡Tienes que hacer algo, Marissa! ¡Te lo suplico! (La agarra de la ropa).
FIN DEL FLASHBACK
Marissa deja de recordar dando a entender que acaba de contarle tal momento a Danilo.
Marissa: Como verás, le creí porque parecía desesperada, pero era una trampa bien montada para tener la oportunidad de drogarme y llevarme a ese sitio donde pensaban matarme.
Danilo queda en silencio, frunciendo el ceño, mientras se inclina ligeramente, apoyando los codos en los muslos y entrelazando las manos debajo del mentón.
Danilo: Me parece bien chafo de parte de mi mamá haberle dicho eso para engañarla. Cada vez me doy cuenta de cosas que me decepcionan más de ella.
Marissa: (apenada) Discúlpame. No era mi intención.
Danilo: No se preocupe. La única que tiene que arrepentirse y pedir perdón en esta historia es ella, y ¿sabe que es lo que más me duele?
Marissa guarda silencio escuchándolo con atención.
Danilo: Que mi mamá fue la que más me impulsó a meterme en esa relación con la mujer casada de la que le platiqué y aun así tuvo el descaro de utilizar eso para sacar ventaja para algo tan sucio como lo que planeaba hacer (Dolido).
Marissa: Puedo imaginar cómo te sientes, Danilo. Cecilia hizo mucho daño, pero de seguro terminará por darse cuenta y pedirá perdón. Después de todo, es madre.
Danilo: A mí me parece que ese título le quedó bien grande, así como el de “padre” al Luis Enrique Escalante ese (Habla con resentimiento).
Marissa: Puede ser, aunque lo único que puedo decirte en favor de los dos es que ningún padre viene con un manual debajo del brazo para saber cómo criar a sus hijos y no los justifico en absoluto, eh. No me vayas a malentender. Es solo que ambos cometieron errores y tarde que temprano se van a arrepentir.
Danilo: ¿Usted sí cree?
Marissa: (sonriéndole) Claro, no dejes que se te envenene el corazón pensando en lo que pudo ser. No vale la pena (Frotándole la espalda). Mírame a mí que fui engañada por dos hombres, de una forma tan cobarde y aquí me tienes, sin odio alguno, aunque sí con mucho dolor por superar.
Danilo: Me supongo que el otro hombre al que se refiere es don Eduardo, ¿no?
Marissa: Todavía me da dificultad admitirlo, pero sí. Eduardo no resultó ser el hombre honesto y de buenas intenciones que pensé. Es otro patán que solo quería casarse conmigo por mi dinero, así como Luis Enrique.
Danilo: Me sorprende porque siempre tuve en muy buen concepto a don Eduardo, pero ya ve usted que una cosa es lo que ellos muestren por fuera y otra cómo son en realidad.
Marissa: Tienes toda la razón, pero mejor cambiemos de tema y dejemos de lado las penas. Me imagino que tenías algo que hablar conmigo y por eso estás aquí.
Danilo: Sí, claro. De la propuesta de trabajo, ¿se acuerda? Usted me dijo que viniera hoy.
Marissa: ¡Qué tonta! ¡Es cierto! Te lo había dicho y ya ni lo recordaba. He de tener la cabeza en las nubes. Perdóname.
Danilo: No se apure. Yo la entiendo.
Marissa: Bueno, como ya me esperaste mucho y para evitar tanto protocolo, ¿qué te parece si empiezas mañana?
Danilo: ¿Mañana? ¿Así de golpe?
Marissa: (riendo) Por supuesto. ¿Cuándo pensabas que ibas a empezar?
Danilo: Pos no sé. Me imaginé que primero me iba a explicar un poco de qué es lo que tengo que hacer. Como lo mío siempre ha sido la chamba en el campo, pues…
Marissa: No te preocupes, Danilo. Yo sé perfectamente que esto es algo nuevo para ti y mañana mismo te iré explicando tus funciones sobre la marcha. Tú tranquilo.
Danilo: ¿Segura? No vaya a ser que me mate si cometo una burrada.
Marissa: ¡Ay, claro que no! ¿Cómo crees? Vas a ver que será fácil. Te lo prometo y yo también seré muy paciente, así que deja el miedo. No soy tan mala.
Marissa le guiña un ojo al muchacho mientras le sonríe. Él no le es indiferente y le sonríe de vuelta.
VILLA ENCANTADA
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / NOCHE

Eduardo ha visto a María Helena justo cuando ella revisaba el celular que pertenecía a Manuel. La muchacha, impactada, ha descubierto a su vez que éste mantenía contacto con Lisa y le da la espalda a Eduardo quien permanece en el umbral de la puerta.


Eduardo: (extrañado) María Helena, ¿ocurre algo?
María Helena se da lentamente la vuelta para encararlo. Él nota el celular en manos de ella.
María Helena: Mil perdones, don Eduardo. Lo fui a buscar al estudio para hablar con usted y no lo encontré.
Eduardo: ¿Pensaste que estaba aquí?
María Helena: Eh, sí, algo así. Más bien entré porque pasé y me pareció oír un ruido, y pensé que a lo mejor usted estaba aquí, pero ya me iba.
María Helena se dirige a la salida. Eduardo la ve con suspicacia, pues ella se comporta evidentemente nerviosa.
Eduardo: ¿Y ese es tu celular?
María Helena: ¿Este? Sí, sí. Es el mío. Usted sabe que ando con él para toda parte.
Eduardo: Claro, como todos los chavos hoy en día. Aún así, te noto medio rara. ¿Estás segura de que estás bien?
María Helena: Sí, don Eduardo. Tranquilo. Puede ser que me sentí con mala vibra entrando al cuarto de un difunto y más por el ruido que le dije que escuché.
Eduardo: Entiendo, pero bueno. No hay nada que temer. Quizá fue el viento que entró por la ventana y movió algo, porque mira. Está abierta.
En efecto, la ventana de la habitación se encuentra entreabierta. Eduardo va para cerrarla al tiempo que habla.
Eduardo: No vayas a creer en cuentos de fantasmas y esas cosas. Te lo digo yo después de todos los decesos que ha habido en estos meses en esta casa. Toda mi familia murió y puedo dar cuenta de que ninguno de sus fantasmas se me ha aparecido por ahí.
María Helena: Bueno, si usted lo dice, yo le creo. De veras que lamento mucho todo por lo que ha tenido que pasar, solo que no se lo había dicho porque todavía estaba bien consternada. Era por eso que lo buscaba.
Eduardo: (esbozando una sonrisa) No te preocupes. Te entiendo mejor de lo que crees. No se me olvida que, desde el primer día que llegaste a esta casa, Manuel intentó atacarte y hacerte menos. Es comprensible que te quieras ir ahora que murió.
María Helena: De todos modos, si me voy, no dude en contar conmigo pa’ lo que sea. En mí siempre va a poder ver una hija, séalo o no. ¿Qué importa?
Eduardo: ¿Hablas en serio?
María Helena: Sí, don Eduardo. Usted se ha portado muy amable conmigo y valoro mucho las atenciones que me ha dado sin saber si llevo su sangre o no.
Eduardo: Te sonará loco, pero en el fondo a veces tengo la sensación de que sí lo eres, María Helena.
María Helena: ¿Usted cree?
Eduardo: Sí y no me preguntes por qué, pero cuando estamos cerca, algo aquí dentro (Dice tocándose el pecho) me sobrecoge, me enternece. Es una sensación que no me sé explicar. De hecho, por eso también quería hablar contigo. Quiero proponerte algo.
María Helena: (extrañada) ¿Qué cosa?
Eduardo: ¿Qué te parece si después de que tu mamá sea operada, te vienes a esta a casa a vivir con ella?
María Helena: (sorprendida) ¡Ay, don Eduardo! Me tomó fuera de base. No sé qué decirle.
Eduardo: (alzando las cejas) ¿Quizá que sí?
María Helena: (indecisa) Es que no sé. Dudo muchísimo que mi mamá vaya a querer venirse pa’ acá. Ella quiere mucho nuestra casita allá en la capital. Además, ni siquiera está enterada de que yo ya sé toda la verdad y quiero evitarle que se angustie.
Eduardo: Hazlo con calma. Martha debe entender que tarde que temprano la verdad saldría a la luz y que tu verdadero lugar es aquí. Recuerda que así no seas mi hija, lo fuiste de Helena y, por lo tanto, tienes todo el derecho de disponer de esta hacienda como quieras.
María Helena: Sí, usted me lo había dicho. En todo caso, déjeme pensarlo y después le doy una respuesta, ¿sí?
Eduardo: Cuando quieras. Tómate tu tiempo. No pienso presionarte. Ante todo, quiero que sepas que cualquier decisión que tomes la voy a respetar.
María Helena: Le agradezco.
Eduardo: ¿Necesitabas hablar algo más conmigo?
María Helena: No, nada. Me parece mejor que nos vayamos a dormir. Yo me siento muerta después del ataque ese de pánico que me dio y me trasnoché feo. Me imagino que usted también.
Eduardo: Tú lo has dicho, pero no creas que fue tu culpa. De por sí la noche se puso pesada después de que me llamaron para darme la noticia y como dices, es mejor descansar que mañana tengo que asistir al entierro.
María Helena: ¿Le importaría ir solo? Es que todavía… Usted sabe…
Eduardo: No, María Helena. Tú quédate tranquila acá en casa descansando.
Eduardo pone sus manos sobre los hombres de ella.
Eduardo: De igual forma, no estaré solo. Estoy seguro de que va a venir medio pueblo a curiosear en el entierro porque las noticias vuelan.
María Helena: Ni lo diga. Me di cuenta con lo de mi llegada a esta hacienda.
Eduardo: ¿Lo ves? Entonces, no te preocupes. Voy a estar bien. Peores cosas he pasado ya.
María Helena: Está bien.
Eduardo: Ve tú también a descansar y mañana nos vemos.
Eduardo le esboza una sonrisa y le da un beso en la frente cerrando luego la puerta de la habitación. María Helena lo ve irse mientras exhala un suspiro pesado.
María Helena: Ay, don Eduardo. Me da tanta pena tenerle que mentir, pero tampoco le podía decir así de golpe que mi dizque hermana está viva y que para colmo se comunicaba con Manuel. Primero lo necesito confirmar.
María Helena aprieta el celular entre sus manos con fuerza y un notable desasosiego.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Es una nueva mañana. Luis Enrique se encuentra acostado en su cama y su sueño se ve interrumpido por el constante sonido del timbre que retumba a lo largo del departamento. Hay una mujer desnuda dormida en posición bocabajo a su lado y cubierta por la sábana.

Luis Enrique: (somnoliento) ¿Quién carajos llama a molestar?
El hombre, quien de paso también está a medio vestir, se rasca los ojos y alcanza su celular cuidando no despertar a la mujer que pasó la noche con él.
Luis Enrique: ¿Bueno?
VILLA ENCANTADA
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / DÍA
Carolina termina de ponerse unos aretes frente al espejo y tiene el celular en voz alta, puesto sobre el tocador. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.

Carolina: (seria) Pasé todo el día ayer esperando una llamada tuya y no recibí ninguna. ¿En qué quedamos, Luis Enrique?
Luis Enrique: (fastidiado) De verdad eres intensa, mujer. ¿Tenías que llamar tan temprano?
Luis Enrique se levanta en bóxer de la cama y alcanza una bata, la cual se pone sujetando el celular entre el hombro y la oreja.
Carolina: (sarcástica) Perdóname por despertarte a las nueve de la madrugada, hermano. ¡Qué desconsiderada soy!
Carolina termina de ponerse los aretes y quita el modo de alta voz del celular para llevarlo a su oreja.
Luis Enrique: Es domingo, Carolina. Fui anoche a tomarme un par de tragos y a divertirme un poco con alguna nena. ¿Qué tiene eso de malo?
Carolina: Bueno, allá tú. Poco me interesa cómo te diviertas. Tan solo ten cuidado. No querrás perder a Marissa si en un descuido suyo te cacha acostándote con alguna tipa por ahí.
Luis Enrique: (sonriendo) Marissa ahorita ha de andar desconsolada después de que le di la grabación. Mientras lo supera, dudo mucho que ponga sus ojos en mí y así también me divierto un rato en tanto vuelvo a mi vida de felizmente casado.
Carolina: Yo que tú no aprovecharía ese momento para ser su paño de lágrimas y no andaría perdiendo el tiempo.
Luis Enrique sale de la habitación y se dirige a la cocina con la bata abierta. Una vez allí, abre la nevera y se sirve leche.
Luis Enrique: Sé bien cómo hago las cosas, Carolina. Marissa piensa lo peor de mí en estos momentos después de que le confesé que aún seguíamos casados y que todo nuestro divorcio no fue más que una farsa.
Carolina: (sorprendida) ¿Por qué se lo confesaste? ¿Que no la alejarías más así?
Luis Enrique bebe un sorbo de su leche y sigue sonriendo.
Luis Enrique: Ya te dije que tengo todo bajo control. Fue una estrategia que utilicé para que vea que quiero hacer las cosas bien con ella y que estoy siendo sincero. Incluso pienso firmarle el divorcio. De nada me serviría negarme si podría hasta demandarme por fraude.
Carolina: (insegura) No sé, Luis Enrique. A mí me parece que es arriesgado, pero si tú lo consideras así, está bien, Total, es tu historia con Marissa y no afecta para nada la mía con Eduardo. Lo dudo después de que le mostraras la grabación a ella. Ahora me preocupa algo más.
Luis Enrique: ¿Qué te pasó?
Carolina: Hay algo sobre lo que no he sido completamente sincera, Verás… Hace muchos años, hice unas pruebas de sangre en secreto para comprobar que Lisa no era hija de Eduardo.
Luis Enrique: ¿Y qué buscabas con eso?
Carolina: Esa era la prueba que necesitaba para destruir el matrimonio entre Eduardo y Helena.
Luis Enrique: (extrañado) ¿Y por qué no la usaste antes? Te habrías evitado matarla y no habrías esperado tantos años.
Carolina: Luis Enrique, el resultado arrojó para sorpresa mía que sí, que Lisa era hija legítima de Eduardo.
Luis Enrique se sorprende al saber tal información.
Carolina: Como puedes ver, de nada me servía. Tuve que aguantar dieciocho largos años que Helena fuera la amante de mi papá y que para colmo estuviera casada con el hombre que yo amaba y la oportunidad de acabar con ella me la dio justo Cecilia, ¿sabías?
Luis Enrique: (desconcertado) ¿De qué mierda estás hablando? ¿Qué tiene que ver Cecilia en todo esto?
Carolina, entonces, tiene un recuerdo de hace unos cuantos meses atrás.
FLASHBACK
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Está lloviendo fuertemente en Villa Encantada. Helena, cuyo rostro no puede ser visto como es habitual, se encuentra de pie mirando la lluvia a través de la ventana. Carolina está presente.
Carolina: ¿Estás hablando en serio?
Helena: ¿Cuándo te he mentido, Caro? Tú siempre has sido mi mejor amiga, mi gran confidente.
Carolina: (indignada) ¡Eres una perra descarada!
Cecilia está escuchando detrás de la puerta del estudio con mucha atención.
Helena: Hace mucho que tus insultos me dejaron de importar. Es más, me suben el ego.
Helena se pasea a lo ancho y largo del estudio. Carolina la sigue con los ojos mirándola con un odio profundo.
Helena: Me fascina la sola idea de imaginarme lo mucho que te mueres de impotencia al ver cómo soy la mujer de los dos hombres más importantes de tu vida, tu padre y mi esposo, porque es mío y siempre lo será.
Una leve sonrisa de picardía se alcanzar a dibujar en el rostro de la mujer. Cecilia, afuera, se cubre la boca con la mano.
Cecilia: Entonces, es cierto. Lisa le dijo la verdad a Danilo. Doña Helena y Epifanio de La Torre son amantes…
Dentro del estudio, la conversación entre las dos aparentes amigas continúa.
Carolina: ¿Por qué lo haces?
Helena: No vayas a empezar con lo mismo, amiga. Tan sólo te llamé para que seas tú la primera en saber que estoy esperando otro bebé y tendrás que quedarte con la incertidumbre de saber de quién es, así como con Lisa.
Carolina: (solloza) Esta vez no me iré sin antes saber qué ganas humillándome de esta manera si bien sabes que podría hundirte con todo lo que sé de ti.
Helena: No lo has hecho ni lo harás nunca porque sabes que ni Epifanio ni Eduardo te van a creer. Los dos me aman y tú solo eres mi sombra, la misma que quiere ser como yo, pero nunca lo será…
Helena dice aquello acercándose a Carolina. Ésta no puede evitar derramar un par de lágrimas discretas.
Helena: Eres una poca cosa que me envidia porque tengo todo lo que tú soñaste. Yo estoy arriba mientras que tú estás abajo. A mí me aman y me adoran mientras que a ti te desprecian. Yo soy superior a ti mientras tú no eres más que una fracasada…
Carolina gime y se cubre la boca con la mano para contener el llanto.
Helena: ¿Ves, Caro? Tenerte a mi lado como amiga alimenta mi ego porque eres el vivo recuerdo de que yo gané y tú perdiste.
Carolina: No te alcanzas a imaginar lo mucho que te odio, Helena, tanto que, si estuviera en mis manos, te mataría sin pestañear, maldita zorra.
Helena: (burlándose) ¿Qué esperas? Hazlo. Mátame a ver si de esa forma tan cobarde lograrás algún día ocupar mi lugar, lo cual dudo con lo insignificante que eres…
Helena le sonríe y se aproxima a salir del estudio, por lo que Cecilia se esconde para no ser vista. Minutos después, se ve a Carolina saliendo de la hacienda en medio de la lluvia. La mujer llora desconsolada mientras se dirige a su auto.


Cecilia: ¡Señorita! ¡Señorita Carolina, espere!
Carolina gira la cabeza sorprendiéndose al ver a la empleada. Por eso, decide mantenerse de espaldas para ocultar que llora.
Carolina: ¿Qué quieres, Cecilia? Ya me voy.
Cecilia: Escuché toda su conversación con doña Helena (Carolina se sorprende). Y antes de que me diga cualquier cosa, déjeme decirle que estoy completamente de su lado.
Carolina la encara.
Carolina: ¿Cómo puedes ser tan atrevida? Escuchar conversaciones detrás de la puerta es de muy mal gusto.
Cecilia: Lo sé y no lo acostumbro a hacer, pero me fue inevitable no escuchar la discusión.
Carolina: Entonces, no se te ocurra decir nada. Es algo muy delicado y nadie puede saberlo.
Cecilia: Jamás diría algo, señorita. Yo solo soy una sirvienta en esta hacienda y no me meto en los asuntos de los patrones, pero no le niego que se me hace bien injusto lo que está pasando.
Carolina la ve con suspicacia.
Cecilia: Doña Helena es una descarada y merece pagar por ello. Por eso, si tanto quiere matarla, no lo dude y tome…
Cecilia le entrega unas llaves, las cuales la otra mujer recibe extrañada.
Cecilia: Esta es una copia de las llaves de las puertas del primer piso de la casa. Úselas cuando crea necesario y acabe con esa pesadilla de una vez por todas.
Carolina: No comprendo. ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas o qué es lo que quieres?
Cecilia: Justicia, señorita, nada más. Doña Helena es una devorahombres que no sólo se acuesta con su papá, sino con mi hijo, Danilo.
Carolina se sorprende aún más al escucharla.
Cecilia: Tanto es así que lo manipula a su antojo para que le haga el mandado cuando ella quiere. He intentado hablar con él, pero no oye razones. Doña Helena lo tiene trastornado y eso es algo que no pienso permitir.
Carolina: ¿Te das cuenta de que si algo sale mal estarías implicada?
Cecilia: Nada saldrá mal. Es solo cuestión de que entre tarde en la noche y mañana podría ser un buen momento. Yo me las voy a arreglar para que doña Helena salga a tomar un paseo y ahí usted tendrá la oportunidad de acabar con ella como tanto quiere. Confíe en mí.
Cecilia le sonríe con malicia. Carolina se ve insegura ante tales planes, pero después de unos segundos, encierra en un puño las llaves que la otra le entregó y le sonríe también como asintiendo.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina ha terminado de contarle a Luis Enrique precisamente lo que ella acaba de recordar. Luis Enrique luce notablemente impactado.
Carolina: Gracias a Cecilia, tuve acceso esa noche a la casa y ahí fue cuando vi a Helena dispuesta a suicidarse. El cómo la maté ya lo sabes tú.
Luis Enrique: Ya me suponía yo que no pudiste haberlo hecho sola. ¿Cómo te pudiste callar algo así, Carolina? Merecía saberlo. ¿En qué pensabas?
Carolina: No te llamé para que me regañes. Te cuento esto porque ayer recibí en el hotel donde me estoy hospedando una copia de los resultados de ADN y nadie más sabía de ello.
Luis Enrique: Cecilia está en prisión. No pudo ser ella. Además, los resultados estaban en tu mansión, me imagino. Es imposible que ella los tuviera.
Carolina: No soy tan estúpida. Sé muy bien que Cecilia no pudo ser la que los envió, pero me ha dado por pensar que a lo mejor la persona que le dio a mi papá el video de la grabación de las cámaras de seguridad de la hacienda es la misma que me envió ayer la copia de los resultados.
Luis Enrique: El único que tenía acceso a esos videos era el capataz de mierda ese del cual yo ya me encargué.
Carolina: Entonces, ¿quién fue?
Luis Enrique: (exasperado) ¿Qué voy a saber yo, mujer? Quizá algún empleado en tu casa los descubrió y ahora te quiere chantajear.
Carolina: No sé, no sé, pero Eduardo no puede tener estos resultados. Si llega a saberlo, pensará peor de mí porque pude haber evitado que la loca de su hija se acostara con él. Lisa pensaba que no era su padre.
Luis Enrique: Entonces, empieza por investigar. Yo que tú me andaría con cuidado. Me parece que confías mucho en esa tal Cruz.
Carolina: Es imposible. Cruz no me traicionaría. Me vio nacer y siempre estuvo enamorada de mi papá como para que…
De repente, la mujer se interrumpida por alguien que llama a la puerta insistencia.
Carolina: Dame un momento. Voy a abrir.
Carolina abre tal como dijo. Cruz pasa de inmediato incluso chocándose de hombro con ella y sosteniendo un periódico en sus manos.

Cruz: ¡Ay, señorita! ¡Qué bueno que no había salido! ¡Le traigo una bomba!
Carolina: (fastidiada) ¿Ahora qué pasa, Cruz? Estoy ocupada.
Cruz: Fui al pueblo a poner en práctica mis habilidades comunicativas y a que no divina lo que descubrí en el periódico.
Carolina: ¿Qué se yo? Dímelo tú. Para eso viniste.
Cruz: Se trata de Manuel Román, el hermano de don Eduardo. Lo encontraron muerto en los predios de la hacienda antier.
Carolina se impacta al enterarse de tal acontecimiento. Luis Enrique ha alcanzado a escuchar desde el otro lado de la línea y también queda frío con la noticia.
Cruz: Mírelo usted misma.
Cruz le entrega el periódico a Carolina y ella, en efecto, lee la noticia sobre la muerte de Manuel en primera plana.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CENTRO COMERCIAL / DÍA
Marissa se encuentra caminando con Danilo de gancho en un amplio y concurrido centro comercial de la capital. Él observa deslumbrado a su alrededor.


Danilo: Guau, señora. Primera vez que veo un sitio de estos tan grande. Parece un palacio.
Marissa: (sonriendo) De hecho, eso son los centros comerciales. Fueron pensados como palacios para que la gente fuera a comprar así tipo de bazar. Eso sí sabes que es, ¿no?
Danilo: Un bazar, sí. En el pueblo hacen muy seguido, pero nunca me llamó la atención ir a comprar nada. Es que casi ni salía de la hacienda.
Marissa: Bueno, pues hoy te traje no solo para que conozcas, sino también para que compres.
Danilo: Ahí me va a disculpar, señora, pero ¿con qué lana? Usted sabe que nomás vine con lo que me prestó su hijo (Apenado).
Marissa: Lo sé y no te preocupes. Vamos a usar una tarjeta de crédito.
Danilo: ¿Una qué?
Marissa: Una tarjeta de crédito. No me digas que no sabes lo que es.
Danilo: Pues sí. Tampoco soy tan burro, eh (Los dos ríen).
Marissa: No estoy diciendo eso. No me malinterpretes. Yo sé que tú eres un muchacho muy inteligente.
Danilo: Es que no le no le entiendo. ¿Cómo que tarjeta si ni tengo una?
Marissa: ¡Ay, Danilo! Haces muchas preguntas. La tarjeta es mía y la vamos a usar para comprar unas cuantas cosas que necesitas ahora que vas a empezar a trabajar conmigo.
Danilo: Espere, espere, señora (Los dos se detienen). Usted podrá pensar que a lo mejor soy terco como una mula, pero no me parece que me regale cosas que no me he ganado. Para eso voy a trabajar.
Marissa: No lo veas así. En todas las empresas, los empleadores están en la obligación de proveerles a sus empleados los elementos de trabajos indispensables para que cumplan con su labor.
Danilo la mira confundido.
Marissa: Te pongo un ejemplo. Tú trabajabas en la hacienda y para que pudieras hacer bien tu labor, necesitabas implementos como picas, palas, mangueras, carretillas y demás, y no precisamente debías comprarlas con tu dinero. ¿Ves?
Danilo: Pues así como usted lo dice, creo que tiene razón, pero depende de lo que vayamos a comprar.
Marissa: Nada del otro mundo y que no vayamos a necesitar. Por lo pronto, me parece que debemos renovar tu closet.
Danilo: ¿Mi closet?
Marissa: Así es y no solo eso. Te voy a prestar un celular nuevo para que estemos en contacto y un iPad para que organices mi agenda y me la compartas por correo. Creo que un par de relojes para que combines con tu ropa no te quedarían mal tampoco. ¿Y qué más? (Pensativa).
Danilo: Yo creo que ya con eso es suficiente, ¿no? Digo…
Marissa: Ya veremos. Como ves, vamos a tener una tarde ajetreada, así que vamos de una vez.
Marissa se vuelve a enganchar de brazo con él y ambos suben las escaleras eléctricas. Varias escenas de ambos se intercalan. Marissa lleva al muchacho a probarse bastante ropa casual y otra un poco más formal a diferentes tiendas del centro comercial. Ella lo espera a que se cambie y le da el visto bueno. Luego, se ve a ambos escogiendo relojes y también entran a una tienda de tecnología donde miran algunas opciones de celulares. Danilo luce confundido ante tantos dispositivos diferentes, pero Marissa lo hace sentir confiado y lo ayuda a escoger uno que le encargan al asesor de ventas.
Más tarde, van a almorzar a un restaurante de terraza y allí, Marissa le enseña cómo utilizar ciertos cubiertos pacientemente. Él se ve algo apenado y lo hace con timidez, pero ella lo anima a seguir intentando. Los dos no dejan de compartir sonrisas y pasan un muy agradable momento juntos.
VILLA ENCANTADA
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / NOCHE

María Helena ya está en bata y se está desmaquillando frente al tocador con una toallita húmeda. De repente, escucha el sonido de una notificación en el celular de Manuel el cual está puesto sobre la cama y ella voltea a verlo con curiosidad.

María Helena: ¿Será ella? ¿Será Lisa?
María Helena se ve indecisa al tiempo que se muerde la uña de uno de sus pulgares, pero al final, se levanta y se dirige a tomar el celular entre sus manos para revisar la notificación. El mensaje se enfoca en formato de burbuja.
MENSAJE:
“¿Hasta cuándo me vas a seguir ignorando, imbécil? Debo hablar contigo urgentemente”.
María Helena: Es ella, Dios mío. Entonces, sí es cierto que está viva. El tipo disfrazado que me secuestró antes de venir a este pueblo me dijo la verdad.
María Helena luce perturbada al tiempo que recuerdo tal momento que acaba de mencionar.
FLASHBACK
INT. / BODEGA ABANDONADA / NOCHE
María Helena: ¿Qué quieres de mí para que me dejes en paz?
El Alma en Pena: Quiero que vayas a y te presentes ante tu verdadera familia.
María Helena: (desconcertada) ¿Qué?
El Alma en Pena: Me has escuchado perfectamente. No me hagas repetirlo de nuevo.
María Helena: Estás loco, loca o lo que quiera que seas. No pienso hacer eso. Esas personas no son mi familia. Aunque tengamos la misma sangre, no me interesa saber de ellos ni que ellos sepan de mí.
El Alma en Pena saca un revólver y le apunta a la muchacha quien gimotea asustada y se echa para atrás.
El Alma en Pena: Lisa, tu hermana gemela, ha hecho mucho daño. Es por ella que me he convertido en un alma en pena y todos la han dado por muerta porque tuvo un accidente, pero no. Está viva y de seguro regresará en cualquier momento.
FIN DEL FLASHBACK
María Helena se queda pensativa durante un par de segundos con la intención de responder tal mensaje. Duda, pero finalmente lo hace. Mientras redacta, lo lee en voz alta.
María Helena: Disculpa. No te había podido responder. Don Eduardo…
María Helena se detiene al percatarse del error y lo borra.
María Helena: Ay, qué mensa. Casi me equivoco. No me puedo referir a él con tanta formalidad (Continúa escribiendo). Eduardo me ha tenido vigilado.
La muchacha envía el mensaje y espera respuesta.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE LISA / DÍA
Lisa se encuentra recostada en la cama y tiene su celular puesto en la mesita de noche de al lado. Cuando escucha que vibra, lo agarra.
Lisa: Debe ser el inútil de mi tío. ¿Quién se habrá creído para ignorar mis llamadas y mensajes ese perro?
Lisa revisa el mensaje recibido y lo lee, por lo que prosigue a responder. Las escenas de ambas hermanas se alternar al enviar mensajes y se leen con voz en off.
Lisa: Debiste avisarme antes, idiota. Me preocupé pensando que te habían descubierto. Por ningún motivo nadie puede tener acceso a tu celular.
María Helena: Lo siento, no volverá a pasar.
Lisa: ¿Puedo llamarte? Hay algo que te debo contar.
María Helena: Es mejor que no. Me pueden oír y tengo que andarme con cuidado.
Lisa: Como quieras. Tan solo te quería informar que hoy pienso ejecutar el plan. Voy a deshacerse del doctorcito para huir de este puerco hospital de una vez por todas y necesito tu ayuda…
María Helena gime asustada al leer el mensaje.
María Helena: Me está diciendo que va a matar a alguien. Dios mío, ¿qué es todo esto? (Perturbada). ¿Le aviso a don Eduardo, a la policía o qué hago?
De repente, la chica es interrumpida por alguien que toca a la puerta. Ella se asusta ante el nerviosismo que siente.
María Helena: Adelante.
Empleada: (entrando) Buenas noches, señorita. Venía a informarle que ya la cena está servida. Don Eduardo la está esperando.
María Helena: Bajo en un momento. Gracias.
Empleada: Está bien. Con permiso.
La empleada se retira cerrando la puerta tras sí. María Helena respira hondo y envía un mensaje más a su hermana gemela.
María Helena: ¿Qué quieres que haga?
Lisa se extraña al leer tal mensaje.
Lisa: ¿Eres tarado? Eso ya lo habíamos hablado. Voy a necesitar que mañana mismo te vengas para acá y me traigas ropa y dinero para encubrirme mientras vuelvo a la hacienda.
María Helena lee desorbitada, pero continúa con la conversación virtual.
María Helena: Dame la dirección y mañana nos vemos.
Lisa no tarda en enviarle una dirección en particular. María Helena apaga el celular y lo presiona contra su pecho.
María Helena: Todo lo que han dicho de esta chava siempre ha sido verdad. Si de veras es ella, está completamente loca y piensa asesinar a una persona. ¿Qué puedo hacer?
Lisa, en su habitación, también es interrumpida por alguien que toca la puerta, por lo que también apaga su celular y lo pone en la mesita de noche.
Lisa: (indiferente) ¿Quién es?
Enzo entra a la habitación sosteniendo un sobre y cierra la puerta tras sí.

Lisa: Ah, eres tú.
Enzo: ¿Esperabas a alguien más?
Lisa: ¿A quién? Nadie más, aparte de ti, me puede visitar. Se supone que todos bien creen que estoy muerta, con excepción de mi tío.
Enzo: ¿Y confías plenamente en él? Porque podría traicionarte y denunciarte con la policía.
Lisa: No lo hará. Él tiene cola que le pise y quiere quitar del medio a mi papá a como dé lugar.
Enzo: ¿Todavía lo amas?
Lisa guarda silencio sintiéndose sorprendida al ver que el cirujano está al tanto de ello.
Enzo: (riéndose) No me mires así, Lisa. Te lo he dicho varias veces. Epifanio me confió todo sobre ti, incluyendo tu decepción amorosa con ese tal Eduardo Román. He ahí mi pregunta.
Lisa: ¿Cómo podría amar a un tipejo que me rechazó tantas veces aun sabiendo lo que sentía?
Enzo: Dímelo tú. ¿Qué pretendes entonces al estar en contacto con tu tío?
Lisa: Vengarme. ¿No es obvio? Eduardo me las debe al igual que esa perra aparecida que se iba a casar con él. Por culpa de todos ellos es que ahora estoy en esta cama.
Enzo: Espero que así sea. Me dolería mucho saber que mi mujer aún siente algo por otro.
Lisa: (desconcertada) ¿Tu mujer?
Enzo sonríe y lanza el sobre en la cama.
Lisa: No me digas que...
Enzo: Así es. Son las credenciales de Martina que me pediste.
Lisa se emociona y toma el sobre entre sus manos para luego sacar de allí una serie de documentos los cuales pasa uno por uno.
Enzo: Ahí tienes su identificación, pasaporte, licencia de conducción, diplomas y otros certificados con su identidad, y todo es tuyo. Con eso ya eres oficialmente Martina Villareal.
Lisa: ¡Ay, Enzo! De veras no te imaginas lo mucho que esto significa para mí. Es un acto que siempre te agradeceré.
Enzo: Un acto que hice con un interés de por medio.
Enzo se acerca a ella y comienza a acariciarle una de las piernas desde el tobillo, pasando por su rodilla, hasta llegar a la entrepierna. Lisa se agita la mano de él en su parte más íntima.
Enzo: Créeme que lo pensé mucho, pero al final me convenciste con la plática tan interesante que tuvimos anoche. De hecho, desde mucho antes de que me lo propusieras, yo ya tenía en mis planes hacerte mía, Lisa.
Enzo continúa manoseando la entrepierna de la muchacha de una forma totalmente depravada.
Enzo: Desde el primer momento, tuve en mi cabeza la intención de imprimir en ti el rostro de mi esposa.
Luego, toma el rostro de ella entre sus manos y la mira fijamente.
Enzo: Necesitaba a una mujer tan desfigurada como tú. Necesita un rostro destruido por completo para hacer realidad mi obra luego de tantos intentos fallidos…
El hombre prosigue a acariciar el rostro de ella por encima del vendaje que lo cubre e incluso toca con suma suavidad los labios carnosos de ella sin dejarla de mirar fascinado. Lisa comienza a adoptar una actitud provocativa ante él.
Enzo: No lo pensé dos veces y lo hice. Me encargué de reconstruir en ti el rostro de Martina. No tenía nada que perder. Epifanio ya había muerto y prácticamente habías quedado a mi cargo, y ahora…
Lisa: (lo interrumpe) Y ahora seré ese reemplazo de tu esposa que tanto buscaste.
Lisa chupa los dedos del doctor.
Lisa: Aquí estoy de vuelta, mi amor.
Enzo no se contiene más y comienza a besarla apasionadamente mientras se desabrocha el cinturón con rapidez. Lisa corresponde a los besos. En un momento dado él la agarra de la cintura para traerla hacia sí mismo y comienza a entrar en ella de manera brusca. Lisa gime un poco.
Enzo: Me encantas, Martina. Me encantas, mi amor. No sabes cómo te extrañé…
Enzo la llena de besos por el cuello y la lame de forma lasciva mientras la sujeta de las piernas. Lisa solo hace una notable expresión de repugnancia y aprovechando ese momento de distracción, saca un tenedor debajo de la almohada y lo apuñala en el cuello. Enzo grita desgarrado y se aparta de ella de inmediato.
Enzo: ¡Argh! ¿Qué mierda?
Lisa no se da a la espera y saca el tenedor del cuello del hombro provocando que su sangre salga por montones.
Lisa: ¡Ay, Enzo! Fuiste muy ingenuo si pensaste que podría volverme la esposa de un cerdo como tú.
Enzo intenta balbucear unas palabras, pero le es imposible. Intenta contener la hemorragia con su mano, pero la sangre continúa saliendo.
Lisa: Es que solo en tu cabeza pudo caber la idea de que este mujerón en el que me convertiste iba alguna vez a ser tuya, pero no, mi vida. Estabas muy equivocado. Ya tuve mucho qué soportar siendo la amante del asqueroso de mi tío para fantasear un poco con mi papi adorado…
Enzo cae de rodillas al piso y sigue desangrándose ante la mirada macabra de Lisa que sobresale aún con el vendaje.
Lisa: Debiste ser un tantito más desconfiando si estabas enterado de mis antecedentes. Mira que, si me eché el plato a mi abue, a la chacha y hasta fui capaz de planear la muerte de mi mamita chula, deshacerme de una sabandija como tú sería pan comido y ahí tienes…
Lisa se burla mientras aplaude.
Lisa: ¡Pero muy bien! ¡Te convertiste en el rey de los estúpidos! ¡Excelente! (Sigue aplaudiendo) Y ahora con tu permisito, me largo de tu mugre hospital. Gracias por las credenciales de tu esposita y que te pudras, mi corazón. ¡Bye! ¡Mua!
Lisa le manda y sonríe con una desmedida malicia como si lo que acaba de cometer le diera igual. Con prontitud, toma su celular y el sobre con los documentos para luego salir de la habitación cuidando que no haya personas a su alrededor. Enzo, por su parte, yace en el piso, con los ojos abiertos y un leve charco de sangre empieza a formarse a su alrededor. Ha muerto irremediablemente, pues la puñalada fue justo en la yugular.
CONTINUARÁ…


Danilo: Y bien. ¿Ya se siente mejor?
Marissa: (asentando) Sí, Danilo. Te agradezco mucho las atenciones, aunque no dejo de sentirme sumamente apenada contigo (Pone la taza de té sobre la mesa de cristal).
Danilo: ¿Por qué apenada?
Marissa: Porque siempre eres mi paño de lágrimas. Este momento ya lo viví una vez y ahí también estuviste tú consolándome. ¿Te acuerdas? La noche en la que por poco tu mamá y Tarcisio… (Se detiene).
Danilo: Tranquila, señora (La toma de las manos y sonríe). No hace falta que recuerde los malos momentos que vivió. Lo que importa es que aquí estoy con usted y en mí siempre va a tener este hombro pa’ que llore todo lo que quiera.
Danilo dice aquello dándose una palmada fuerte sobre el hombro izquierdo sin dejar de sonreír. Marissa también esboza una sonrisa.
Marissa: De verdad que eres un chico muy tierno.
Danilo: ¿Nada más tierno?
Marissa: Bueno, también trabajador, honrado, fuerte y… (Hace una pausa bajando la cabeza) También muy guapo. ¿Qué digo guapo? Guapísimo.
Danilo: (apenado) Chale, señora. Me va a hacer sonrojar diciéndome tantas cosas.
Marissa: Es la verdad. Eres un muchacho que inspira confianza y a tu lado, de una u otra forma, siempre me he sentido protegida. De no ser por ti, no sé qué habría sido de mí en tantos momentos de oscuridad que he vivido.
Danilo: Usted no se queda atrás, eh. Para mí usted es un ángel que apareció en mi vida para darme la oportunidad de ver que sí se puede amar bonito.
Marissa: ¿Por qué lo dices?
Danilo: Es que, antes de usted, también amé reharto a otra mujer.
Marissa: (curiosa) ¿Y qué pasó?
Danilo: Digamos que ella se aprovechó de lo que sentía nada más para usarme como escape. Era casada (Marissa se sorprende) y solo me veía como un títere con el cual divertirse cuando le daba la gana.
Marissa: Lamento escuchar eso y quizá suene mal que te lo diga, pero ese tipo de relaciones clandestinas siempre terminan de la peor manera.
Danilo: Y créame que lo aprendí. Estaba tan enamorado que me enceguecí, pero ya luego es que vi las consecuencias y tuve que sufrir como un condenado en silencio, porque nunca lo hablé con nadie hasta hoy que se lo cuento a usted.
Marissa: Veo que eso fue lo único sincero que me dijo tu mamá la noche que quiso matarme.
Danilo: ¿De veras?
Marissa: Así es. Esa noche buscaba cómo llegar a la mansión de La Torre porque había habido un incendio. No sé si lo supiste.
Danilo: (pensativo) Algo escuché, pero no presté mucha atención.
Marissa: Bueno. El caso es que, al enterarme, quise ir de inmediato para acompañar a Carolina y asegurarme de que estuviera bien. Tú no lo sabes, pero ella y yo somos hermanas.
Danilo: (sorprendido) ¿Neta? Pensé que usted no tenía familiares.
Marissa. Es una historia un poco larga de la que ya luego te platicaré y como entenderás, por el lazo que nos une, no podía quedarme tan campante sin saber cómo estaba. Ahí fue cuando tu mamá me abordó y me mencionó sobre esa relación tortuosa que tuviste en el pasado.
FLASHBACK
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / NOCHE
Cecilia: Tú no entiendes. Después puede ser muy tarde. Danilo está en estos momentos en la habitación de Tarcisio a punto de cometer una locura.


Marissa: (sorprendida) ¿Qué?
Cecilia: Quiere quitarse la vida, resignado, porque tú no lo amas y estoy desesperada (Rompe a llorar). Tiene una pistola que Tarcisio escondía en su habitación y si no vas a hablar con él ahora mismo, se va a matar.
Marissa: (negando con la cabeza) Eso no puede ser verdad. Danilo no es la clase de muchacho que haría una cosa así.
Cecilia: Eso es lo que tú crees, pero ya él sufrió una decepción amorosa de la que casi no se levanta y no resistirá pasar por esto otra vez. ¡Tienes que hacer algo, Marissa! ¡Te lo suplico! (La agarra de la ropa).
FIN DEL FLASHBACK
Marissa deja de recordar dando a entender que acaba de contarle tal momento a Danilo.
Marissa: Como verás, le creí porque parecía desesperada, pero era una trampa bien montada para tener la oportunidad de drogarme y llevarme a ese sitio donde pensaban matarme.
Danilo queda en silencio, frunciendo el ceño, mientras se inclina ligeramente, apoyando los codos en los muslos y entrelazando las manos debajo del mentón.
Danilo: Me parece bien chafo de parte de mi mamá haberle dicho eso para engañarla. Cada vez me doy cuenta de cosas que me decepcionan más de ella.
Marissa: (apenada) Discúlpame. No era mi intención.
Danilo: No se preocupe. La única que tiene que arrepentirse y pedir perdón en esta historia es ella, y ¿sabe que es lo que más me duele?
Marissa guarda silencio escuchándolo con atención.
Danilo: Que mi mamá fue la que más me impulsó a meterme en esa relación con la mujer casada de la que le platiqué y aun así tuvo el descaro de utilizar eso para sacar ventaja para algo tan sucio como lo que planeaba hacer (Dolido).
Marissa: Puedo imaginar cómo te sientes, Danilo. Cecilia hizo mucho daño, pero de seguro terminará por darse cuenta y pedirá perdón. Después de todo, es madre.
Danilo: A mí me parece que ese título le quedó bien grande, así como el de “padre” al Luis Enrique Escalante ese (Habla con resentimiento).
Marissa: Puede ser, aunque lo único que puedo decirte en favor de los dos es que ningún padre viene con un manual debajo del brazo para saber cómo criar a sus hijos y no los justifico en absoluto, eh. No me vayas a malentender. Es solo que ambos cometieron errores y tarde que temprano se van a arrepentir.
Danilo: ¿Usted sí cree?
Marissa: (sonriéndole) Claro, no dejes que se te envenene el corazón pensando en lo que pudo ser. No vale la pena (Frotándole la espalda). Mírame a mí que fui engañada por dos hombres, de una forma tan cobarde y aquí me tienes, sin odio alguno, aunque sí con mucho dolor por superar.
Danilo: Me supongo que el otro hombre al que se refiere es don Eduardo, ¿no?
Marissa: Todavía me da dificultad admitirlo, pero sí. Eduardo no resultó ser el hombre honesto y de buenas intenciones que pensé. Es otro patán que solo quería casarse conmigo por mi dinero, así como Luis Enrique.
Danilo: Me sorprende porque siempre tuve en muy buen concepto a don Eduardo, pero ya ve usted que una cosa es lo que ellos muestren por fuera y otra cómo son en realidad.
Marissa: Tienes toda la razón, pero mejor cambiemos de tema y dejemos de lado las penas. Me imagino que tenías algo que hablar conmigo y por eso estás aquí.
Danilo: Sí, claro. De la propuesta de trabajo, ¿se acuerda? Usted me dijo que viniera hoy.
Marissa: ¡Qué tonta! ¡Es cierto! Te lo había dicho y ya ni lo recordaba. He de tener la cabeza en las nubes. Perdóname.
Danilo: No se apure. Yo la entiendo.
Marissa: Bueno, como ya me esperaste mucho y para evitar tanto protocolo, ¿qué te parece si empiezas mañana?
Danilo: ¿Mañana? ¿Así de golpe?
Marissa: (riendo) Por supuesto. ¿Cuándo pensabas que ibas a empezar?
Danilo: Pos no sé. Me imaginé que primero me iba a explicar un poco de qué es lo que tengo que hacer. Como lo mío siempre ha sido la chamba en el campo, pues…
Marissa: No te preocupes, Danilo. Yo sé perfectamente que esto es algo nuevo para ti y mañana mismo te iré explicando tus funciones sobre la marcha. Tú tranquilo.
Danilo: ¿Segura? No vaya a ser que me mate si cometo una burrada.
Marissa: ¡Ay, claro que no! ¿Cómo crees? Vas a ver que será fácil. Te lo prometo y yo también seré muy paciente, así que deja el miedo. No soy tan mala.
Marissa le guiña un ojo al muchacho mientras le sonríe. Él no le es indiferente y le sonríe de vuelta.
VILLA ENCANTADA
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MANUEL / NOCHE

Eduardo ha visto a María Helena justo cuando ella revisaba el celular que pertenecía a Manuel. La muchacha, impactada, ha descubierto a su vez que éste mantenía contacto con Lisa y le da la espalda a Eduardo quien permanece en el umbral de la puerta.


Eduardo: (extrañado) María Helena, ¿ocurre algo?
María Helena se da lentamente la vuelta para encararlo. Él nota el celular en manos de ella.
María Helena: Mil perdones, don Eduardo. Lo fui a buscar al estudio para hablar con usted y no lo encontré.
Eduardo: ¿Pensaste que estaba aquí?
María Helena: Eh, sí, algo así. Más bien entré porque pasé y me pareció oír un ruido, y pensé que a lo mejor usted estaba aquí, pero ya me iba.
María Helena se dirige a la salida. Eduardo la ve con suspicacia, pues ella se comporta evidentemente nerviosa.
Eduardo: ¿Y ese es tu celular?
María Helena: ¿Este? Sí, sí. Es el mío. Usted sabe que ando con él para toda parte.
Eduardo: Claro, como todos los chavos hoy en día. Aún así, te noto medio rara. ¿Estás segura de que estás bien?
María Helena: Sí, don Eduardo. Tranquilo. Puede ser que me sentí con mala vibra entrando al cuarto de un difunto y más por el ruido que le dije que escuché.
Eduardo: Entiendo, pero bueno. No hay nada que temer. Quizá fue el viento que entró por la ventana y movió algo, porque mira. Está abierta.
En efecto, la ventana de la habitación se encuentra entreabierta. Eduardo va para cerrarla al tiempo que habla.
Eduardo: No vayas a creer en cuentos de fantasmas y esas cosas. Te lo digo yo después de todos los decesos que ha habido en estos meses en esta casa. Toda mi familia murió y puedo dar cuenta de que ninguno de sus fantasmas se me ha aparecido por ahí.
María Helena: Bueno, si usted lo dice, yo le creo. De veras que lamento mucho todo por lo que ha tenido que pasar, solo que no se lo había dicho porque todavía estaba bien consternada. Era por eso que lo buscaba.
Eduardo: (esbozando una sonrisa) No te preocupes. Te entiendo mejor de lo que crees. No se me olvida que, desde el primer día que llegaste a esta casa, Manuel intentó atacarte y hacerte menos. Es comprensible que te quieras ir ahora que murió.
María Helena: De todos modos, si me voy, no dude en contar conmigo pa’ lo que sea. En mí siempre va a poder ver una hija, séalo o no. ¿Qué importa?
Eduardo: ¿Hablas en serio?
María Helena: Sí, don Eduardo. Usted se ha portado muy amable conmigo y valoro mucho las atenciones que me ha dado sin saber si llevo su sangre o no.
Eduardo: Te sonará loco, pero en el fondo a veces tengo la sensación de que sí lo eres, María Helena.
María Helena: ¿Usted cree?
Eduardo: Sí y no me preguntes por qué, pero cuando estamos cerca, algo aquí dentro (Dice tocándose el pecho) me sobrecoge, me enternece. Es una sensación que no me sé explicar. De hecho, por eso también quería hablar contigo. Quiero proponerte algo.
María Helena: (extrañada) ¿Qué cosa?
Eduardo: ¿Qué te parece si después de que tu mamá sea operada, te vienes a esta a casa a vivir con ella?
María Helena: (sorprendida) ¡Ay, don Eduardo! Me tomó fuera de base. No sé qué decirle.
Eduardo: (alzando las cejas) ¿Quizá que sí?
María Helena: (indecisa) Es que no sé. Dudo muchísimo que mi mamá vaya a querer venirse pa’ acá. Ella quiere mucho nuestra casita allá en la capital. Además, ni siquiera está enterada de que yo ya sé toda la verdad y quiero evitarle que se angustie.
Eduardo: Hazlo con calma. Martha debe entender que tarde que temprano la verdad saldría a la luz y que tu verdadero lugar es aquí. Recuerda que así no seas mi hija, lo fuiste de Helena y, por lo tanto, tienes todo el derecho de disponer de esta hacienda como quieras.
María Helena: Sí, usted me lo había dicho. En todo caso, déjeme pensarlo y después le doy una respuesta, ¿sí?
Eduardo: Cuando quieras. Tómate tu tiempo. No pienso presionarte. Ante todo, quiero que sepas que cualquier decisión que tomes la voy a respetar.
María Helena: Le agradezco.
Eduardo: ¿Necesitabas hablar algo más conmigo?
María Helena: No, nada. Me parece mejor que nos vayamos a dormir. Yo me siento muerta después del ataque ese de pánico que me dio y me trasnoché feo. Me imagino que usted también.
Eduardo: Tú lo has dicho, pero no creas que fue tu culpa. De por sí la noche se puso pesada después de que me llamaron para darme la noticia y como dices, es mejor descansar que mañana tengo que asistir al entierro.
María Helena: ¿Le importaría ir solo? Es que todavía… Usted sabe…
Eduardo: No, María Helena. Tú quédate tranquila acá en casa descansando.
Eduardo pone sus manos sobre los hombres de ella.
Eduardo: De igual forma, no estaré solo. Estoy seguro de que va a venir medio pueblo a curiosear en el entierro porque las noticias vuelan.
María Helena: Ni lo diga. Me di cuenta con lo de mi llegada a esta hacienda.
Eduardo: ¿Lo ves? Entonces, no te preocupes. Voy a estar bien. Peores cosas he pasado ya.
María Helena: Está bien.
Eduardo: Ve tú también a descansar y mañana nos vemos.
Eduardo le esboza una sonrisa y le da un beso en la frente cerrando luego la puerta de la habitación. María Helena lo ve irse mientras exhala un suspiro pesado.
María Helena: Ay, don Eduardo. Me da tanta pena tenerle que mentir, pero tampoco le podía decir así de golpe que mi dizque hermana está viva y que para colmo se comunicaba con Manuel. Primero lo necesito confirmar.
María Helena aprieta el celular entre sus manos con fuerza y un notable desasosiego.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Es una nueva mañana. Luis Enrique se encuentra acostado en su cama y su sueño se ve interrumpido por el constante sonido del timbre que retumba a lo largo del departamento. Hay una mujer desnuda dormida en posición bocabajo a su lado y cubierta por la sábana.

Luis Enrique: (somnoliento) ¿Quién carajos llama a molestar?
El hombre, quien de paso también está a medio vestir, se rasca los ojos y alcanza su celular cuidando no despertar a la mujer que pasó la noche con él.
Luis Enrique: ¿Bueno?
VILLA ENCANTADA
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / DÍA
Carolina termina de ponerse unos aretes frente al espejo y tiene el celular en voz alta, puesto sobre el tocador. Las escenas de ambos se intercalan al hablar.

Carolina: (seria) Pasé todo el día ayer esperando una llamada tuya y no recibí ninguna. ¿En qué quedamos, Luis Enrique?
Luis Enrique: (fastidiado) De verdad eres intensa, mujer. ¿Tenías que llamar tan temprano?
Luis Enrique se levanta en bóxer de la cama y alcanza una bata, la cual se pone sujetando el celular entre el hombro y la oreja.
Carolina: (sarcástica) Perdóname por despertarte a las nueve de la madrugada, hermano. ¡Qué desconsiderada soy!
Carolina termina de ponerse los aretes y quita el modo de alta voz del celular para llevarlo a su oreja.
Luis Enrique: Es domingo, Carolina. Fui anoche a tomarme un par de tragos y a divertirme un poco con alguna nena. ¿Qué tiene eso de malo?
Carolina: Bueno, allá tú. Poco me interesa cómo te diviertas. Tan solo ten cuidado. No querrás perder a Marissa si en un descuido suyo te cacha acostándote con alguna tipa por ahí.
Luis Enrique: (sonriendo) Marissa ahorita ha de andar desconsolada después de que le di la grabación. Mientras lo supera, dudo mucho que ponga sus ojos en mí y así también me divierto un rato en tanto vuelvo a mi vida de felizmente casado.
Carolina: Yo que tú no aprovecharía ese momento para ser su paño de lágrimas y no andaría perdiendo el tiempo.
Luis Enrique sale de la habitación y se dirige a la cocina con la bata abierta. Una vez allí, abre la nevera y se sirve leche.
Luis Enrique: Sé bien cómo hago las cosas, Carolina. Marissa piensa lo peor de mí en estos momentos después de que le confesé que aún seguíamos casados y que todo nuestro divorcio no fue más que una farsa.
Carolina: (sorprendida) ¿Por qué se lo confesaste? ¿Que no la alejarías más así?
Luis Enrique bebe un sorbo de su leche y sigue sonriendo.
Luis Enrique: Ya te dije que tengo todo bajo control. Fue una estrategia que utilicé para que vea que quiero hacer las cosas bien con ella y que estoy siendo sincero. Incluso pienso firmarle el divorcio. De nada me serviría negarme si podría hasta demandarme por fraude.
Carolina: (insegura) No sé, Luis Enrique. A mí me parece que es arriesgado, pero si tú lo consideras así, está bien, Total, es tu historia con Marissa y no afecta para nada la mía con Eduardo. Lo dudo después de que le mostraras la grabación a ella. Ahora me preocupa algo más.
Luis Enrique: ¿Qué te pasó?
Carolina: Hay algo sobre lo que no he sido completamente sincera, Verás… Hace muchos años, hice unas pruebas de sangre en secreto para comprobar que Lisa no era hija de Eduardo.
Luis Enrique: ¿Y qué buscabas con eso?
Carolina: Esa era la prueba que necesitaba para destruir el matrimonio entre Eduardo y Helena.
Luis Enrique: (extrañado) ¿Y por qué no la usaste antes? Te habrías evitado matarla y no habrías esperado tantos años.
Carolina: Luis Enrique, el resultado arrojó para sorpresa mía que sí, que Lisa era hija legítima de Eduardo.
Luis Enrique se sorprende al saber tal información.
Carolina: Como puedes ver, de nada me servía. Tuve que aguantar dieciocho largos años que Helena fuera la amante de mi papá y que para colmo estuviera casada con el hombre que yo amaba y la oportunidad de acabar con ella me la dio justo Cecilia, ¿sabías?
Luis Enrique: (desconcertado) ¿De qué mierda estás hablando? ¿Qué tiene que ver Cecilia en todo esto?
Carolina, entonces, tiene un recuerdo de hace unos cuantos meses atrás.
FLASHBACK
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE
Está lloviendo fuertemente en Villa Encantada. Helena, cuyo rostro no puede ser visto como es habitual, se encuentra de pie mirando la lluvia a través de la ventana. Carolina está presente.
Carolina: ¿Estás hablando en serio?
Helena: ¿Cuándo te he mentido, Caro? Tú siempre has sido mi mejor amiga, mi gran confidente.
Carolina: (indignada) ¡Eres una perra descarada!
Cecilia está escuchando detrás de la puerta del estudio con mucha atención.
Helena: Hace mucho que tus insultos me dejaron de importar. Es más, me suben el ego.
Helena se pasea a lo ancho y largo del estudio. Carolina la sigue con los ojos mirándola con un odio profundo.
Helena: Me fascina la sola idea de imaginarme lo mucho que te mueres de impotencia al ver cómo soy la mujer de los dos hombres más importantes de tu vida, tu padre y mi esposo, porque es mío y siempre lo será.
Una leve sonrisa de picardía se alcanzar a dibujar en el rostro de la mujer. Cecilia, afuera, se cubre la boca con la mano.
Cecilia: Entonces, es cierto. Lisa le dijo la verdad a Danilo. Doña Helena y Epifanio de La Torre son amantes…
Dentro del estudio, la conversación entre las dos aparentes amigas continúa.
Carolina: ¿Por qué lo haces?
Helena: No vayas a empezar con lo mismo, amiga. Tan sólo te llamé para que seas tú la primera en saber que estoy esperando otro bebé y tendrás que quedarte con la incertidumbre de saber de quién es, así como con Lisa.
Carolina: (solloza) Esta vez no me iré sin antes saber qué ganas humillándome de esta manera si bien sabes que podría hundirte con todo lo que sé de ti.
Helena: No lo has hecho ni lo harás nunca porque sabes que ni Epifanio ni Eduardo te van a creer. Los dos me aman y tú solo eres mi sombra, la misma que quiere ser como yo, pero nunca lo será…
Helena dice aquello acercándose a Carolina. Ésta no puede evitar derramar un par de lágrimas discretas.
Helena: Eres una poca cosa que me envidia porque tengo todo lo que tú soñaste. Yo estoy arriba mientras que tú estás abajo. A mí me aman y me adoran mientras que a ti te desprecian. Yo soy superior a ti mientras tú no eres más que una fracasada…
Carolina gime y se cubre la boca con la mano para contener el llanto.
Helena: ¿Ves, Caro? Tenerte a mi lado como amiga alimenta mi ego porque eres el vivo recuerdo de que yo gané y tú perdiste.
Carolina: No te alcanzas a imaginar lo mucho que te odio, Helena, tanto que, si estuviera en mis manos, te mataría sin pestañear, maldita zorra.
Helena: (burlándose) ¿Qué esperas? Hazlo. Mátame a ver si de esa forma tan cobarde lograrás algún día ocupar mi lugar, lo cual dudo con lo insignificante que eres…
Helena le sonríe y se aproxima a salir del estudio, por lo que Cecilia se esconde para no ser vista. Minutos después, se ve a Carolina saliendo de la hacienda en medio de la lluvia. La mujer llora desconsolada mientras se dirige a su auto.


Cecilia: ¡Señorita! ¡Señorita Carolina, espere!
Carolina gira la cabeza sorprendiéndose al ver a la empleada. Por eso, decide mantenerse de espaldas para ocultar que llora.
Carolina: ¿Qué quieres, Cecilia? Ya me voy.
Cecilia: Escuché toda su conversación con doña Helena (Carolina se sorprende). Y antes de que me diga cualquier cosa, déjeme decirle que estoy completamente de su lado.
Carolina la encara.
Carolina: ¿Cómo puedes ser tan atrevida? Escuchar conversaciones detrás de la puerta es de muy mal gusto.
Cecilia: Lo sé y no lo acostumbro a hacer, pero me fue inevitable no escuchar la discusión.
Carolina: Entonces, no se te ocurra decir nada. Es algo muy delicado y nadie puede saberlo.
Cecilia: Jamás diría algo, señorita. Yo solo soy una sirvienta en esta hacienda y no me meto en los asuntos de los patrones, pero no le niego que se me hace bien injusto lo que está pasando.
Carolina la ve con suspicacia.
Cecilia: Doña Helena es una descarada y merece pagar por ello. Por eso, si tanto quiere matarla, no lo dude y tome…
Cecilia le entrega unas llaves, las cuales la otra mujer recibe extrañada.
Cecilia: Esta es una copia de las llaves de las puertas del primer piso de la casa. Úselas cuando crea necesario y acabe con esa pesadilla de una vez por todas.
Carolina: No comprendo. ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas o qué es lo que quieres?
Cecilia: Justicia, señorita, nada más. Doña Helena es una devorahombres que no sólo se acuesta con su papá, sino con mi hijo, Danilo.
Carolina se sorprende aún más al escucharla.
Cecilia: Tanto es así que lo manipula a su antojo para que le haga el mandado cuando ella quiere. He intentado hablar con él, pero no oye razones. Doña Helena lo tiene trastornado y eso es algo que no pienso permitir.
Carolina: ¿Te das cuenta de que si algo sale mal estarías implicada?
Cecilia: Nada saldrá mal. Es solo cuestión de que entre tarde en la noche y mañana podría ser un buen momento. Yo me las voy a arreglar para que doña Helena salga a tomar un paseo y ahí usted tendrá la oportunidad de acabar con ella como tanto quiere. Confíe en mí.
Cecilia le sonríe con malicia. Carolina se ve insegura ante tales planes, pero después de unos segundos, encierra en un puño las llaves que la otra le entregó y le sonríe también como asintiendo.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina ha terminado de contarle a Luis Enrique precisamente lo que ella acaba de recordar. Luis Enrique luce notablemente impactado.
Carolina: Gracias a Cecilia, tuve acceso esa noche a la casa y ahí fue cuando vi a Helena dispuesta a suicidarse. El cómo la maté ya lo sabes tú.
Luis Enrique: Ya me suponía yo que no pudiste haberlo hecho sola. ¿Cómo te pudiste callar algo así, Carolina? Merecía saberlo. ¿En qué pensabas?
Carolina: No te llamé para que me regañes. Te cuento esto porque ayer recibí en el hotel donde me estoy hospedando una copia de los resultados de ADN y nadie más sabía de ello.
Luis Enrique: Cecilia está en prisión. No pudo ser ella. Además, los resultados estaban en tu mansión, me imagino. Es imposible que ella los tuviera.
Carolina: No soy tan estúpida. Sé muy bien que Cecilia no pudo ser la que los envió, pero me ha dado por pensar que a lo mejor la persona que le dio a mi papá el video de la grabación de las cámaras de seguridad de la hacienda es la misma que me envió ayer la copia de los resultados.
Luis Enrique: El único que tenía acceso a esos videos era el capataz de mierda ese del cual yo ya me encargué.
Carolina: Entonces, ¿quién fue?
Luis Enrique: (exasperado) ¿Qué voy a saber yo, mujer? Quizá algún empleado en tu casa los descubrió y ahora te quiere chantajear.
Carolina: No sé, no sé, pero Eduardo no puede tener estos resultados. Si llega a saberlo, pensará peor de mí porque pude haber evitado que la loca de su hija se acostara con él. Lisa pensaba que no era su padre.
Luis Enrique: Entonces, empieza por investigar. Yo que tú me andaría con cuidado. Me parece que confías mucho en esa tal Cruz.
Carolina: Es imposible. Cruz no me traicionaría. Me vio nacer y siempre estuvo enamorada de mi papá como para que…
De repente, la mujer se interrumpida por alguien que llama a la puerta insistencia.
Carolina: Dame un momento. Voy a abrir.
Carolina abre tal como dijo. Cruz pasa de inmediato incluso chocándose de hombro con ella y sosteniendo un periódico en sus manos.

Cruz: ¡Ay, señorita! ¡Qué bueno que no había salido! ¡Le traigo una bomba!
Carolina: (fastidiada) ¿Ahora qué pasa, Cruz? Estoy ocupada.
Cruz: Fui al pueblo a poner en práctica mis habilidades comunicativas y a que no divina lo que descubrí en el periódico.
Carolina: ¿Qué se yo? Dímelo tú. Para eso viniste.
Cruz: Se trata de Manuel Román, el hermano de don Eduardo. Lo encontraron muerto en los predios de la hacienda antier.
Carolina se impacta al enterarse de tal acontecimiento. Luis Enrique ha alcanzado a escuchar desde el otro lado de la línea y también queda frío con la noticia.
Cruz: Mírelo usted misma.
Cruz le entrega el periódico a Carolina y ella, en efecto, lee la noticia sobre la muerte de Manuel en primera plana.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CENTRO COMERCIAL / DÍA
Marissa se encuentra caminando con Danilo de gancho en un amplio y concurrido centro comercial de la capital. Él observa deslumbrado a su alrededor.


Danilo: Guau, señora. Primera vez que veo un sitio de estos tan grande. Parece un palacio.
Marissa: (sonriendo) De hecho, eso son los centros comerciales. Fueron pensados como palacios para que la gente fuera a comprar así tipo de bazar. Eso sí sabes que es, ¿no?
Danilo: Un bazar, sí. En el pueblo hacen muy seguido, pero nunca me llamó la atención ir a comprar nada. Es que casi ni salía de la hacienda.
Marissa: Bueno, pues hoy te traje no solo para que conozcas, sino también para que compres.
Danilo: Ahí me va a disculpar, señora, pero ¿con qué lana? Usted sabe que nomás vine con lo que me prestó su hijo (Apenado).
Marissa: Lo sé y no te preocupes. Vamos a usar una tarjeta de crédito.
Danilo: ¿Una qué?
Marissa: Una tarjeta de crédito. No me digas que no sabes lo que es.
Danilo: Pues sí. Tampoco soy tan burro, eh (Los dos ríen).
Marissa: No estoy diciendo eso. No me malinterpretes. Yo sé que tú eres un muchacho muy inteligente.
Danilo: Es que no le no le entiendo. ¿Cómo que tarjeta si ni tengo una?
Marissa: ¡Ay, Danilo! Haces muchas preguntas. La tarjeta es mía y la vamos a usar para comprar unas cuantas cosas que necesitas ahora que vas a empezar a trabajar conmigo.
Danilo: Espere, espere, señora (Los dos se detienen). Usted podrá pensar que a lo mejor soy terco como una mula, pero no me parece que me regale cosas que no me he ganado. Para eso voy a trabajar.
Marissa: No lo veas así. En todas las empresas, los empleadores están en la obligación de proveerles a sus empleados los elementos de trabajos indispensables para que cumplan con su labor.
Danilo la mira confundido.
Marissa: Te pongo un ejemplo. Tú trabajabas en la hacienda y para que pudieras hacer bien tu labor, necesitabas implementos como picas, palas, mangueras, carretillas y demás, y no precisamente debías comprarlas con tu dinero. ¿Ves?
Danilo: Pues así como usted lo dice, creo que tiene razón, pero depende de lo que vayamos a comprar.
Marissa: Nada del otro mundo y que no vayamos a necesitar. Por lo pronto, me parece que debemos renovar tu closet.
Danilo: ¿Mi closet?
Marissa: Así es y no solo eso. Te voy a prestar un celular nuevo para que estemos en contacto y un iPad para que organices mi agenda y me la compartas por correo. Creo que un par de relojes para que combines con tu ropa no te quedarían mal tampoco. ¿Y qué más? (Pensativa).
Danilo: Yo creo que ya con eso es suficiente, ¿no? Digo…
Marissa: Ya veremos. Como ves, vamos a tener una tarde ajetreada, así que vamos de una vez.
Marissa se vuelve a enganchar de brazo con él y ambos suben las escaleras eléctricas. Varias escenas de ambos se intercalan. Marissa lleva al muchacho a probarse bastante ropa casual y otra un poco más formal a diferentes tiendas del centro comercial. Ella lo espera a que se cambie y le da el visto bueno. Luego, se ve a ambos escogiendo relojes y también entran a una tienda de tecnología donde miran algunas opciones de celulares. Danilo luce confundido ante tantos dispositivos diferentes, pero Marissa lo hace sentir confiado y lo ayuda a escoger uno que le encargan al asesor de ventas.
Más tarde, van a almorzar a un restaurante de terraza y allí, Marissa le enseña cómo utilizar ciertos cubiertos pacientemente. Él se ve algo apenado y lo hace con timidez, pero ella lo anima a seguir intentando. Los dos no dejan de compartir sonrisas y pasan un muy agradable momento juntos.
VILLA ENCANTADA
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / NOCHE

María Helena ya está en bata y se está desmaquillando frente al tocador con una toallita húmeda. De repente, escucha el sonido de una notificación en el celular de Manuel el cual está puesto sobre la cama y ella voltea a verlo con curiosidad.

María Helena: ¿Será ella? ¿Será Lisa?
María Helena se ve indecisa al tiempo que se muerde la uña de uno de sus pulgares, pero al final, se levanta y se dirige a tomar el celular entre sus manos para revisar la notificación. El mensaje se enfoca en formato de burbuja.
MENSAJE:
“¿Hasta cuándo me vas a seguir ignorando, imbécil? Debo hablar contigo urgentemente”.
María Helena: Es ella, Dios mío. Entonces, sí es cierto que está viva. El tipo disfrazado que me secuestró antes de venir a este pueblo me dijo la verdad.
María Helena luce perturbada al tiempo que recuerdo tal momento que acaba de mencionar.
FLASHBACK
INT. / BODEGA ABANDONADA / NOCHE
María Helena: ¿Qué quieres de mí para que me dejes en paz?
El Alma en Pena: Quiero que vayas a y te presentes ante tu verdadera familia.
María Helena: (desconcertada) ¿Qué?
El Alma en Pena: Me has escuchado perfectamente. No me hagas repetirlo de nuevo.
María Helena: Estás loco, loca o lo que quiera que seas. No pienso hacer eso. Esas personas no son mi familia. Aunque tengamos la misma sangre, no me interesa saber de ellos ni que ellos sepan de mí.
El Alma en Pena saca un revólver y le apunta a la muchacha quien gimotea asustada y se echa para atrás.
El Alma en Pena: Lisa, tu hermana gemela, ha hecho mucho daño. Es por ella que me he convertido en un alma en pena y todos la han dado por muerta porque tuvo un accidente, pero no. Está viva y de seguro regresará en cualquier momento.
FIN DEL FLASHBACK
María Helena se queda pensativa durante un par de segundos con la intención de responder tal mensaje. Duda, pero finalmente lo hace. Mientras redacta, lo lee en voz alta.
María Helena: Disculpa. No te había podido responder. Don Eduardo…
María Helena se detiene al percatarse del error y lo borra.
María Helena: Ay, qué mensa. Casi me equivoco. No me puedo referir a él con tanta formalidad (Continúa escribiendo). Eduardo me ha tenido vigilado.
La muchacha envía el mensaje y espera respuesta.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE LISA / DÍA
Lisa se encuentra recostada en la cama y tiene su celular puesto en la mesita de noche de al lado. Cuando escucha que vibra, lo agarra.
Lisa: Debe ser el inútil de mi tío. ¿Quién se habrá creído para ignorar mis llamadas y mensajes ese perro?
Lisa revisa el mensaje recibido y lo lee, por lo que prosigue a responder. Las escenas de ambas hermanas se alternar al enviar mensajes y se leen con voz en off.
Lisa: Debiste avisarme antes, idiota. Me preocupé pensando que te habían descubierto. Por ningún motivo nadie puede tener acceso a tu celular.
María Helena: Lo siento, no volverá a pasar.
Lisa: ¿Puedo llamarte? Hay algo que te debo contar.
María Helena: Es mejor que no. Me pueden oír y tengo que andarme con cuidado.
Lisa: Como quieras. Tan solo te quería informar que hoy pienso ejecutar el plan. Voy a deshacerse del doctorcito para huir de este puerco hospital de una vez por todas y necesito tu ayuda…
María Helena gime asustada al leer el mensaje.
María Helena: Me está diciendo que va a matar a alguien. Dios mío, ¿qué es todo esto? (Perturbada). ¿Le aviso a don Eduardo, a la policía o qué hago?
De repente, la chica es interrumpida por alguien que toca a la puerta. Ella se asusta ante el nerviosismo que siente.
María Helena: Adelante.
Empleada: (entrando) Buenas noches, señorita. Venía a informarle que ya la cena está servida. Don Eduardo la está esperando.
María Helena: Bajo en un momento. Gracias.
Empleada: Está bien. Con permiso.
La empleada se retira cerrando la puerta tras sí. María Helena respira hondo y envía un mensaje más a su hermana gemela.
María Helena: ¿Qué quieres que haga?
Lisa se extraña al leer tal mensaje.
Lisa: ¿Eres tarado? Eso ya lo habíamos hablado. Voy a necesitar que mañana mismo te vengas para acá y me traigas ropa y dinero para encubrirme mientras vuelvo a la hacienda.
María Helena lee desorbitada, pero continúa con la conversación virtual.
María Helena: Dame la dirección y mañana nos vemos.
Lisa no tarda en enviarle una dirección en particular. María Helena apaga el celular y lo presiona contra su pecho.
María Helena: Todo lo que han dicho de esta chava siempre ha sido verdad. Si de veras es ella, está completamente loca y piensa asesinar a una persona. ¿Qué puedo hacer?
Lisa, en su habitación, también es interrumpida por alguien que toca la puerta, por lo que también apaga su celular y lo pone en la mesita de noche.
Lisa: (indiferente) ¿Quién es?
Enzo entra a la habitación sosteniendo un sobre y cierra la puerta tras sí.

Lisa: Ah, eres tú.
Enzo: ¿Esperabas a alguien más?
Lisa: ¿A quién? Nadie más, aparte de ti, me puede visitar. Se supone que todos bien creen que estoy muerta, con excepción de mi tío.
Enzo: ¿Y confías plenamente en él? Porque podría traicionarte y denunciarte con la policía.
Lisa: No lo hará. Él tiene cola que le pise y quiere quitar del medio a mi papá a como dé lugar.
Enzo: ¿Todavía lo amas?
Lisa guarda silencio sintiéndose sorprendida al ver que el cirujano está al tanto de ello.
Enzo: (riéndose) No me mires así, Lisa. Te lo he dicho varias veces. Epifanio me confió todo sobre ti, incluyendo tu decepción amorosa con ese tal Eduardo Román. He ahí mi pregunta.
Lisa: ¿Cómo podría amar a un tipejo que me rechazó tantas veces aun sabiendo lo que sentía?
Enzo: Dímelo tú. ¿Qué pretendes entonces al estar en contacto con tu tío?
Lisa: Vengarme. ¿No es obvio? Eduardo me las debe al igual que esa perra aparecida que se iba a casar con él. Por culpa de todos ellos es que ahora estoy en esta cama.
Enzo: Espero que así sea. Me dolería mucho saber que mi mujer aún siente algo por otro.
Lisa: (desconcertada) ¿Tu mujer?
Enzo sonríe y lanza el sobre en la cama.
Lisa: No me digas que...
Enzo: Así es. Son las credenciales de Martina que me pediste.
Lisa se emociona y toma el sobre entre sus manos para luego sacar de allí una serie de documentos los cuales pasa uno por uno.
Enzo: Ahí tienes su identificación, pasaporte, licencia de conducción, diplomas y otros certificados con su identidad, y todo es tuyo. Con eso ya eres oficialmente Martina Villareal.
Lisa: ¡Ay, Enzo! De veras no te imaginas lo mucho que esto significa para mí. Es un acto que siempre te agradeceré.
Enzo: Un acto que hice con un interés de por medio.
Enzo se acerca a ella y comienza a acariciarle una de las piernas desde el tobillo, pasando por su rodilla, hasta llegar a la entrepierna. Lisa se agita la mano de él en su parte más íntima.
Enzo: Créeme que lo pensé mucho, pero al final me convenciste con la plática tan interesante que tuvimos anoche. De hecho, desde mucho antes de que me lo propusieras, yo ya tenía en mis planes hacerte mía, Lisa.
Enzo continúa manoseando la entrepierna de la muchacha de una forma totalmente depravada.
Enzo: Desde el primer momento, tuve en mi cabeza la intención de imprimir en ti el rostro de mi esposa.
Luego, toma el rostro de ella entre sus manos y la mira fijamente.
Enzo: Necesitaba a una mujer tan desfigurada como tú. Necesita un rostro destruido por completo para hacer realidad mi obra luego de tantos intentos fallidos…
El hombre prosigue a acariciar el rostro de ella por encima del vendaje que lo cubre e incluso toca con suma suavidad los labios carnosos de ella sin dejarla de mirar fascinado. Lisa comienza a adoptar una actitud provocativa ante él.
Enzo: No lo pensé dos veces y lo hice. Me encargué de reconstruir en ti el rostro de Martina. No tenía nada que perder. Epifanio ya había muerto y prácticamente habías quedado a mi cargo, y ahora…
Lisa: (lo interrumpe) Y ahora seré ese reemplazo de tu esposa que tanto buscaste.
Lisa chupa los dedos del doctor.
Lisa: Aquí estoy de vuelta, mi amor.
Enzo no se contiene más y comienza a besarla apasionadamente mientras se desabrocha el cinturón con rapidez. Lisa corresponde a los besos. En un momento dado él la agarra de la cintura para traerla hacia sí mismo y comienza a entrar en ella de manera brusca. Lisa gime un poco.
Enzo: Me encantas, Martina. Me encantas, mi amor. No sabes cómo te extrañé…
Enzo la llena de besos por el cuello y la lame de forma lasciva mientras la sujeta de las piernas. Lisa solo hace una notable expresión de repugnancia y aprovechando ese momento de distracción, saca un tenedor debajo de la almohada y lo apuñala en el cuello. Enzo grita desgarrado y se aparta de ella de inmediato.
Enzo: ¡Argh! ¿Qué mierda?
Lisa no se da a la espera y saca el tenedor del cuello del hombro provocando que su sangre salga por montones.
Lisa: ¡Ay, Enzo! Fuiste muy ingenuo si pensaste que podría volverme la esposa de un cerdo como tú.
Enzo intenta balbucear unas palabras, pero le es imposible. Intenta contener la hemorragia con su mano, pero la sangre continúa saliendo.
Lisa: Es que solo en tu cabeza pudo caber la idea de que este mujerón en el que me convertiste iba alguna vez a ser tuya, pero no, mi vida. Estabas muy equivocado. Ya tuve mucho qué soportar siendo la amante del asqueroso de mi tío para fantasear un poco con mi papi adorado…
Enzo cae de rodillas al piso y sigue desangrándose ante la mirada macabra de Lisa que sobresale aún con el vendaje.
Lisa: Debiste ser un tantito más desconfiando si estabas enterado de mis antecedentes. Mira que, si me eché el plato a mi abue, a la chacha y hasta fui capaz de planear la muerte de mi mamita chula, deshacerme de una sabandija como tú sería pan comido y ahí tienes…
Lisa se burla mientras aplaude.
Lisa: ¡Pero muy bien! ¡Te convertiste en el rey de los estúpidos! ¡Excelente! (Sigue aplaudiendo) Y ahora con tu permisito, me largo de tu mugre hospital. Gracias por las credenciales de tu esposita y que te pudras, mi corazón. ¡Bye! ¡Mua!
Lisa le manda y sonríe con una desmedida malicia como si lo que acaba de cometer le diera igual. Con prontitud, toma su celular y el sobre con los documentos para luego salir de la habitación cuidando que no haya personas a su alrededor. Enzo, por su parte, yace en el piso, con los ojos abiertos y un leve charco de sangre empieza a formarse a su alrededor. Ha muerto irremediablemente, pues la puñalada fue justo en la yugular.
CONTINUARÁ…
Comentarios
Publicar un comentario