Capítulo 41: Reencuentro de gemelas

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / NOCHE



María Helena ha bajado a cenar finalmente y toma asiento sintiéndose aún muy consternada al confirmar que su hermana gemela sigue con vida. Eduardo, quien ya estaba comiendo, la ve algo extrañado.



Eduardo: ¿Te sucede algo, María Helena?

María Helena: (reaccionando) ¿Ah? ¿Disculpe?

Eduardo: Ni te molestes en responderme. ¿Qué te ocurre?

Eduardo lleva un pedazo de carne a su boca usando un tenedor y mastica.

María Helena: Nada, don Eduardo. Estoy bien. Es solo que estaba ensimismada pensando en varias cosas.

Eduardo: Espero que le eches algo de cabeza a la propuesta que te hice anoche. ¿Ya tomaste una decisión?

María Helena: Todavía no. Primero quisiera esperar a que operen a mi mamá y cuando esté más repuesta, creo que podré hablar con ella para darle un sí o un no.

Eduardo: Está bien. Tampoco quiero que te sientas presionada. Para mí, lo más importante, es que te sientas cómoda.

Eduardo le esboza una sonrisa y pone su mano sobre la de ella, detalle que le sorprende.

María Helena: Gracias, don Eduardo. Usted siempre tan buena onda conmigo. Espero luego también retomar la prepa. Donde mi mamá se entere que la dejé, le da otro infarto.

Eduardo: Y no queremos eso. Cualquier cosa que necesitas, tú nomás hazme saber. Lisa también estaba por terminar la preparatoria antes de morir, así como tú, ¿sabes?

María Helena siente que un vacío incómodo la invade al escucharlo referirse a su hermana.

Eduardo: Era una chica bien inteligente y tenía muy buenas notas, pero el corazón se le envenenó y ya lo demás es historia.

María Helena: (pensativa) ¿Puedo hacerle una pregunta?

Eduardo: Claro, dime.

María Helena: Es una tontería, pero me dejó pensando lo que me dijo y se me ocurrió algo. ¿Qué hubiera hecho usted si ella nunca hubiera muerto?

Eduardo se ve pensativo ante tal pregunta.

María Helena: Ella estaba bien enamorada de usted u obsesionada más bien. ¿Cómo hubieran seguido las cosas?

Eduardo: Es algo que nunca me he preguntado, pero ahora que tú lo planteas, supongo que la hubiera internado en alguna clínica psiquiátrica o de reposo.

María Helena: ¿Tan mal estaba de la cabeza?

Eduardo: Lisa asesinó a su madre, que también era la tuya, a una de nuestras amas de llaves de confianza y a mi mamá. Por poco mata también a Marissa cuando la tomó de rehén el día que ella y yo nos íbamos a casar. Evidentemente, algo no andaba bien en ella.

María Helena: (perturbada) Chale, la verdad es que sí se echó al plato a mucha gente.

Eduardo: Y hubiera podido ponerse peor. Quizá, de haber sobrevivido a ese accidente que la mató, podría estar en una clínica regenerándose, pero no.

María Helena: Disculpe que sea tan curiosa, don Eduardo, pero ¿qué hicieron después del accidente? ¿Recuperaron el cuerpo?

Eduardo: Claro. Hicimos el funeral tan pronto como pudimos. Lo que pasó fue un escándalo en el pueblo y quería evitar que se siguiera propagando.

María Helena: ¿Y usted la vio?

Eduardo No hizo falta. Como el auto en el que se accidentó explotó, ella quedó irreconocible (Perturbado). Lisa era también muy vanidosa, pero de su belleza no le quedó nada y pensar en esa forma horrible en que murió, me sigue afectando cuando lo recuerdo. No te lo niego.

María Helena: (apenada) Discúlpeme si me pasé de imprudente y de curiosa.

Eduardo: Tranquila (Esboza una leve sonrisa). El que me afecte no quiere decir que no lo haya superado. Ahora me importa es que la policía dé con alguna pista del asesinato de Manuel. No nos llevábamos bien, pero no quisiera dejarlo impune.

María Helena desencaja el rostro al oírlo. Justo en ese instante, ambos son interrumpidos por la empleada de servicio suplente.

Empleada: Disculpen que los interrumpa. Don Eduardo, hay alguien que quiere en verlo.

Eduardo: (extrañado) ¿A esta hora? ¿Quién?

Empleada: La señorita Carolina de La Torre. Ya le dije que usted no desea verla, como me indicó, pero ella insiste.

Carolina hace acto de presencia en ese momento.



Carolina: Y no me iré hasta hablar contigo, Eduardo.

Eduardo frunce el ceño al verla. Carolina se ve segura de sí misma y María Helena observa en silencio.

CIUDAD DE MÉXICO

EXT. / CASA DE LOS ESCALANTE / NOCHE


Luis Enrique aguarda dentro de su auto al otro lado de la calle en la que se encuentra la lujosa casa en la que solía vivir con Marissa.



Luis Enrique: Va siendo hora de irme ganando a Marissa. Carolina tiene razón. La muy imbécil ha de andar desconsolada después de la decepción que se llevó al saber que Eduardo nomás la quería por interés y eso es justo lo que necesito para meterme en su vida de nuevo.

Luis Enrique sonríe con malicia y termina de fumarse un cigarrillo que tira a la calle a través de la ventana. De repente, ve llegar un auto a la casa del cual se baja Danilo, siendo él, al parecer, quien conducía.

Luis Enrique: (sorprendido) ¿Danilo?

El hombre observa con atención sintiéndose desconcertado a la vez que molesto. Danilo se dirige de inmediato a abrirle la puerta a Marissa y le da la mano de forma muy caballerosa.

Luis Enrique: ¿Qué está haciendo ese muchacho justo aquí?

Marissa y Danilo comparten sonrisas. Él cierra la puerta del auto y ambos quedan de pie muy cerca el uno del otro.



Danilo: Bueno, pues ya llegamos. Me imagino que ha de estar cansada después de estar por fuera de compras todo el día conmigo.

Marissa: Tanto como cansada, no. Más bien satisfecha con el avance que hicimos hoy.

Danilo: (apenada) Todavía me da reteharta pena con usted. Gastó mucho y me parece que se le fue la mano, señora. Hasta coche nuevo compró. Mire nomás esta máquina (Habla del auto que conducía).

Marissa: El trabajo lo amerita. Vas a ser mi asistente personal y no creas que vamos a andar en metro o en bus.

Danilo: (poco convencido) Pues sí. Me supongo que tiene razón.

Marissa lo toma de ambas manos al verlo todavía apenado.

Marissa: Deja que me encargue, Danilo. Quiero que empecemos con el pie derecho. Tú te mereces trabajar en las mejores condiciones y, además, esta también será una experiencia de aprendizaje para ti.

Danilo: Ni que lo diga. Hoy aprendí bastante allá en el restaurante tan fino al que fuimos a comer. Debería ser usted maestra.

Marissa: (riendo) ¿Qué dices?

Danilo: Es la verdad, señora. Tiene el porte, la elegancia, la voz, la paciencia y… (Hace una pausa) La belleza.

Marissa baja apenada la cabeza al escuchar los cumplidos del joven.

Danilo: Yo hubiera sido feliz teniendo una profesora como usted y de haberla tenido, hasta creo que no les hubiera prestado atención a las clases.

Marissa: Óyeme, sí eres.

Marissa se ríe y le pega una leve palmada en uno de los hombros.

Danilo: Es neta. ¿Quién se va a concentrar en una clase bien fome con una maestra así de guapa como usted?

Marissa: Pues más te vale no hacerlo de aquí en adelante, eh, porque como dices, soy paciente, pero también exigente.

Danilo: Y… ¿Qué pasa si no le obedezco, maestra?

Danilo realiza aquella pregunta acercándose a ella a una distancia de tan solo unos centímetros. Marissa se pone un tanto nerviosa al sentir tal cercanía.

Marissa: ¿Qué pregunta es esa?

Danilo: Digo, ¿no? Me imagino que algún castigo me va a poner si no me porto bien. ¿O usted qué dice?

Danilo acerca sus labios a los de ella y una cierta tensión sexual se siente entre ambos. Luis Enrique, en su auto, siente enfurecer y presiona fuerte el volante. Marissa, por su parte, respira pesadamente y voltea el rostro.

Marissa: (sonriendo nerviosa) Bueno, no sé. Eso habrá que verlo. ¿No te parece?

Danilo le sonríe pícaro y se aparta un poco. Marissa intenta disimular su nerviosismo, pero se siente un tanto agitada.

Danilo: Sí, habrá que verlo. Castigo o premio, para mí sería un gusto viniendo de usted.

Marissa: (carraspeando) ¡Ejem! Bueno, yo creo que ya es tarde y es justo que te deje ir. Tú también debes estar cansado.

Danilo: Ya ve que ni tanto. El tiempo se me fue volando con su compañía.

Marissa: A mí igual, pero lo digo porque te necesito bien despierto a partir de mañana. Vamos a empezar a trabajar en forma. Lo de hoy tómalo como una bienvenida o una introducción.

Danilo: Pero todavía me falta aprender un chorro de cosas, más que todo lo que tiene que ver con celulares, tabletas y eso, que ya ve que soy medio menso con la tecnología.

Marissa: Tú tranquilo. No es tan difícil. Te prometo que mañana te enseño mejor. Por lo pronto, voy a necesitar que me transportes a ciertos sitios y ya. Nada del otro mundo.

Danilo: Está bien, señora. Le prometo que sea lo que sea, no le voy a fallar y voy a estar bien atento a todo lo que me enseñe y necesite.

Marissa: Yo sé que sí, Danilo. Tengo toda mi confianza puesta en ti, así que mañana te quiero bien puntual aquí. ¿Va?

Danilo: (asentando) Va.

Marissa: Y, por último, ten.

Marissa le entrega las llaves del auto y las recibe.

Marissa: Vas a necesitar el coche para que te transportes, pero lo cuidas, aunque no hace falta que te lo diga. Yo sé que eres muy responsable.

Danilo: Ni lo diga. Créame que lo voy a cuidar como un tesoro (Besa las llaves). Quinientos mil pesos invertidos en un coche no son cualquier cosa y hay que tener tantito de cuidado. ¿No cree?

Marissa: (riendo) Tú lo has dicho.

Danilo: Bueno, ahora sí me voy, señora. Que pase buena noche.

Marissa: Tú igual, Danilo. Descansa.

Danilo no duda en despedirse dándole un beso en la mejilla. Marissa se siente consternada ante tal detalle, pero le esboza una sonrisa y se adentra a la casa. El joven se queda fascinado viéndola y justo cuando va a subir al auto, es abordado por una voz que se le hace familiar.



Luis Enrique: Cualquier cosa me esperé menos verte aquí, mijo.

Danilo se da la vuelta encontrándose con su padre.

Danilo: (sorprendido) ¿Usted?

Luis Enrique se acerca caminando mientras se fuma otro cigarrillo y a medida que lo hace, Danilo lo mira con notable recelo.

Luis Enrique: Veo que a pesar de todo lo que te ha sucedido, sigues siendo el perro fiel de Marissa. De lo contrario, no estarías aquí. Todavía la amas.

Danilo: No tengo que darle explicaciones de lo que sienta o deje de sentir, señor. Buenas noches.

Danilo abre la puerta del auto dispuesto a irse.

Luis Enrique: ¿Por qué tan rápido, muchacho? ¿Tanto me odias como para dejarme con la palabra en la boca?

Danilo: Tanto como odio no, pero sí asco de solo acordarme de todo lo que hice encompinchado con mi mamá.

Luis Enrique: Danilo, hay cosas que por amor haces así no sean buenas. Tú lo sabes muy bien. ¿O ya olvidaste esa relación a escondidas que tuviste con Helena Montalbán?

Danilo se queda frío al ver que su padre está al tanto de tal secreto. Luis Enrique expulsa el humo por la boca con gran satisfacción y sonríe.

Luis Enrique: Deja de mirarme así. No pienso recriminarte nada. ¿Con qué moral si yo también tuve una relación clandestina con tu mamá por tantos años, ah?

Danilo mira nervioso hacia atrás cuidando que Marissa no este viéndolos.

Danilo: ¿Qué quiere?

Luis Enrique: Hablar contigo nada más. Me parece que los dos tenemos una conversación pendiente de padre e hijo, de hombre a hombre o como le quieras llamar; una conversación pendiente desde hace muchísimo tiempo.

Danilo: No veo de qué podemos hablar usted y yo.

Luis Enrique: Dame algo de tu tiempo y ya lo verás. Te invito a un trago. Hay un buen bar que conozco y si quieres me sigues en el coche nuevo que Marissa te entregó por lo que vi.

Danilo se queda pensativo e indeciso ante tal invitación mirando con suspicacia a Luis Enrique.

VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, COMEDOR / NOCHE

Carolina se ha aparecido en la hacienda de manera inesperada ante el disgusto de Eduardo.



Eduardo: (a la empleada) Retírate, gracias. Yo me encargo.

Empleada: Está bien. Con permiso.

La empleada se retira. Eduardo continúa sentado mirando con sumo reproche a su examiga.

Eduardo: (molesto) ¿Qué quieres? Te recuerdo que no eres bienvenida en mi casa y que no me interesa nada que tenga que ver contigo.

Carolina: No tienes que tratarme con tanto desprecio y menos en frente de gente desconocida.

Carolina dice aquello lanzando una mirada hacia María Helena, quien baja apenada la cabeza.

Eduardo: (serio) María Helena es mi hija y no tiene por qué retirarse. Quien debe irse eres tú.

Carolina: (incrédula) ¿Tu hija? Pensé que eso estaba por confirmarse.

Eduardo: No tengo por qué darte explicaciones (Se pone de pie). Limítate con saber que esta muchacha es lo único que me queda después de haber perdido a toda mi familia.

Carolina: (acercándosele) Yo también estoy contigo, Eduardo. Supe lo de Manuel y quería venir a darte mis condolencias como siempre te las di las veces pasadas que han muerto tus otros familiares.

Eduardo: Dudo mucho que me hayas consolado todas esas veces pasadas que dices con sinceridad. A mí me parece más bien que solo te aprovechabas de la situación para estar cerca de mí y seducirme como la descarada que eres.

Carolina: (sorprendida) ¿Cómo puedes decirme una cosa así y justo de mí que siempre he sido incondicional contigo?

Eduardo: No pienso seguir escuchando tu palabrería barata. Vete.

Carolina: Eduardo, por favor.

Eduardo: No pienso repetirlo más. ¡Lárgate!

Carolina: (solloza) Trata de olvidar lo que pasó y dame una oportunidad. Te lo pido. Te juro que estoy muy arrepentida.

Eduardo: Esta vez no te va a funcionar hacerte la víctima, Carolina. Por tu culpa, la mujer que amo se fue de mi lado pensando lo peor de mí y no voy a caer en tus manipulaciones.

Carolina: Marissa no te ama tanto como parece. Ella no merece tu amor.

Eduardo: (ignorándola) Vete, por favor.

Carolina: Entiéndelo. Marissa es una ilusión. Cuando le dije que estoy embarazada de ti (María Helena se impresiona), me confesó que no le importaba porque iba a darse una oportunidad con el muchacho ese que tienes por peón, con Danilo.

Eduardo siente que enfurece aún más con cada palabra dicha por la mujer.

Carolina: Ella no tuvo reparo en decirme todas las veces que se han burlado de ti e hicieron el amor a tus espaldas en las caballerizas.

Eduardo respira agitado y María Helena se pone de pie de inmediato.

María Helena: ¡Mentira! ¡Puras calumnias!

Eduardo: María Helena, por favor. Déjanos a solas.

María Helena: ¿Por qué ahora sí me pide que me retire cuando esta mujer no hace más que lanzar veneno por la boca como una víbora?

Carolina: Tú te callas, niñita, que este es un asunto que no te concierne y tú no sabes nada.

María Helena: Se equivoca. Sé más de lo que usted cree y Danilo jamás le ha tocado un pelo a doña Marissa. Él sí la ama de verdad y por eso la respeta.

Carolina: (sonriendo) ¿Lo ves, Eduardo? Hasta esta muchacha está al tanto del romance de esos dos. ¿Qué más pruebas necesitas para creerme?

María Helena: No la escuche, don Eduardo. Quiere que usted piense mal de doña Marissa y de Danilo, pero las cosas no son como ella dice. Se lo juro.

Eduardo: ¡Basta, por favor! ¡No quiero escuchar más!

Carolina: Eduardo, permíteme que hablemos. Yo…

Eduardo: (furioso) ¡Tú te largas ya mismo de mi casa!

Carolina: Eduardo, pero…

Eduardo: No me hagas perder los estribos contigo, Carolina. ¡Largo!

Eduardo se acerca a ella a una distancia de tan solo unos centímetros y la mira a los ojos de forma fulminante. Carolina se asusta al verlo así.

Eduardo: Te juro que esta es la última vez que te tolero porque a la próxima se me va a olvidar que soy un caballero y te saco a rastras de aquí.

Carolina: Tú no me puedes hacer eso. Estoy embarazada de ti, mi amor. Vamos a ser padres…

María Helena: (rodando los ojos) Esta ilusa cree que con eso hoy en día se pesca a un hombre. Está bien mensa.

Carolina: ¡Cállate, estúpida!

Eduardo: ¿Por qué habría de callarse? Es joven, pero tiene toda la razón del mundo. Aunque estés embarazada, lo cual dudo, no me voy a casar contigo ni te voy a amar porque tu actitud solo me produce asco, Carolina…

Carolina: No, Eduardo, no me digas eso (Desconsolada).

Carolina intenta acariciarle el rostro, pero él le detiene la mano con fuerza presionándole la muñeca.

Eduardo: Aléjate de mí por las buenas porque me vas a obligar a ponerte un orden de alejamiento con la ley y no quiero llegar a esos extremos, así que vete.

Carolina: (llorando) Eduardo…

Eduardo: ¡Vete, maldita sea!

Carolina tiembla ante la humillación que acaba de provocarse a ella misma, pero intenta contener el llanto. La mujer asiente con la cabeza y se va sin decir nada más. Eduardo, por su parte, también derrama un par de lágrimas discretas y respira agitado al punto de que pega un desgarrador grito, tan fuerte que llena toda la casa, y se derrumba en el piso a llorar.

María Helena: (preocupada) Ay, don Eduardo…

María Helena corre hacia su padre y se inca tomando el rostro de él entre sus manos.

Eduardo: (desconsolado) Dime que es mentira, María Helena… Dime que es mentira, por favor.

María Helena: Tranquilo, don Eduardo. Cálmese. Esto no le hace bien.

Eduardo: Dime que es mentira y Marissa no me engañó. Dímelo.

María Helena: Claro que no. Yo se lo aseguro. Todo lo que dijo esa mujer es mentira. No le crea.

Eduardo se abraza a la muchacha fuertemente desahogando todo el dolor que lleva retenido desde hace tiempo.

Eduardo: Yo la amo. La amo y no la quiero perder. Es lo único que me mantiene en pie. No la puedo perder, María Helena. No puedo…

María Helena: Todo va a estar bien. Cuando hable con ella, los malentendidos se van a aclarar.

Eduardo: Se fue. Me dejó. ¿Dónde la voy a encontrar?

María Helena se separa del abrazo y toma el rostro de él nuevamente con sus manos.

María Helena: Escúcheme. Yo creo saber dónde está.

Eduardo: ¿Tú?

María Helena: Sí y mañana mismo, si quiere, vamos juntos a buscarla para que aclaren lo que haga falta. Doña Marissa lo ama, don Eduardo. Estoy segura.

Eduardo: Lo dudo. Ella me odia. Cree que la engañé como Luis Enrique. No me lo va a perdonar.

María Helena: Mire, no sé cómo pasaron las cosas o cuál fue el malentendido, pero estoy segura de que hablando se van a entender. Confíe en mí.

María Helena le esboza una sonrisa al desconsolado hombre quien no puede dejar de llorar, por lo que ella lo abraza de nuevo con fuerza y le frota la espalda para confortarlo.

CIUDAD DE MÉXICO

INT. / BAR / NOCHE


Luis Enrique y Danilo están en el bar que el primero ha venido frecuentando desde su llegada a la capital. Los dos se dirigen a la barra en donde toman asiento. Danilo, por su parte, observa a su alrededor el lugar con suspicacia.



Luis Enrique: (al barman) Danos dos dobles. Todo lo que pida el muchacho corre por mi cuenta.

El barman procede a preparar las bebidas. Luis Enrique sonríe de forma descarada mirando a su alrededor la gran cantidad de mujeres jóvenes que hay.

Luis Enrique: Nada mal, eh. ¿A poco no están una chulada?

Danilo: Vaya al grano. Mañana tengo que levantarme temprano. Quedé de llegarle puntual a doña Marissa ahora que estoy trabajando para ella.

Luis Enrique: Qué serio, hombre. Relájate. Tienes que aprovechar la edad que tienes y darle al cuerpo lo que pida. ¿Qué no diera yo para volver a tener tus años?

Danilo: ¿Sabe que no sería mala idea? Evitaría retehartas metidas de pata.

Luis Enrique: Hay mucho que no entiendes de mí, Danilo y no voy a justificar las mentadas metidas de pata que me dices que hice porque tienes toda la razón, pero hay algo que tienes que entender. Cuando se es joven, así como tú, se cometen errores y de eso se trata vivir.

Danilo: Qué excusa más pendeja para lavarse las manos. La cochinada que planeó con mi mamá no fue un simple error como usted lo quiere hacer ver. Fue mucho más.

Luis Enrique: Lo sé. No me malentiendas, pero a lo que voy es que fue un error del que aprendí y ahora me arrepiento. A ver, para que me entiendas mejor, respóndeme algo…

Luis Enrique se inclina un poco para hablarle más de cerca.

Luis Enrique: Si Helena Montalbán estuviera viva, ¿seguirías siendo su querido a escondidas de todo el mundo así tan campante?

Danilo se indispone ante tal cuestionamiento y guarda silencio.

Luis Enrique: Dime. ¿Continuarías con esa relación aun sabiendo que es una mujer casada y, para colmo, la mujer de tu patrón?

Danilo: (incómodo) ¿Mi mamá se lo dijo?

Luis Enrique: ¿Qué crees? Estaba preocupada y me pidió ayuda porque vio que la situación a la que ella misma te empujó se le salió de las manos.

Danilo se sorprende ante aquellos detalles que su padre le cuenta. El barman justo en ese instante les sirve las bebidas.

Danilo: No me diga que usted…

Luis Enrique no tarda en beberse de un solo sorbo la suya y luego sonríe al percatarse de la suposición que su hijo ha hecho.

Luis Enrique: Sé lo que estás pensando. Quieres saber si yo maté a Helena, ¿no?

Danilo empalidece y lo mira con los ojos desorbitados como si con su silencio asintiera ante el querer saber la respuesta.

FLASHBACK

Luis Enrique se encuentra conduciendo cuando, de repente, recibe una llamada la cual contesta mientras habla por medio de sus auriculares.



Luis Enrique: ¿Qué quieres, Cecilia?

Cecilia habla al otro lado de la línea cuidando no ser vista o escuchada por alguien en la cocina de la hacienda.

Cecilia: (muy angustiada) Tenemos que hacer algo. La señorita Lisa lo descubrió todo.

Luis Enrique: (desconcertado) ¿Descubrió qué? ¿De qué hablas, mujer?

Cecilia: Danilo y doña Helena son amantes.

Luis Enrique: (sorprendida) ¿Qué mierda dices?

Cecilia: No tengo tiempo para explicarte. Lo grave ahora es que la señorita Lisa lo sabe y amenazó a Danilo con revelarlo todo si no mata a doña Helena.

Luis Enrique se impacta al escucharla.

Cecilia: Pero tengo algo que nos puede ayudar y necesito que tú intervengas. Te necesito ya mismo acá.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Más tarde, se ve a Luis Enrique entrar a una desolada caballeriza. Cecilia aguarda allí.

Cecilia: Menos mal llegaste.

Luis Enrique: ¿Qué era eso tan importante que tienes?

Cecilia: Mira esto.

Cecilia le muestra a Luis Enrique un video en su celular en el que claramente se ve a Lisa ligera de ropa o desnudándose frente a su computador.

Cecilia: Varias veces la he cachado desnuda haciendo no sé qué cosas en frente de la computadora. En cuanto supe que estaba chantajeando a nuestro hijo, la empecé a investigar y corrí con suerte porque mira nada más el secretito que se carga.

Luis Enrique: ¿Y qué pretendes que haga yo con eso?

Cecilia: Yo te lo envío y tú se lo muestras a ella para que se olvide de esa idea absurda de obligar a Danilo a matar a doña Helena.

Luis Enrique: Estamos hablando de la hija de mi socio, Cecilia. No quiero meterme en problemas. ¿Qué tal si me acusa?

Cecilia: No lo hará si la tienes en tus manos.

Luis Enrique: ¿Por qué no te encargas tú?

Cecilia: Soy una chacha, Luis Enrique. La muchachita esa podría conspirar para que me corran de la hacienda junto a nuestros hijos. Como mucho a ella la castigarían, pero a nosotros nos pondrían por el piso. Doña Lucrecia hasta se encargaría de que no consigamos más chamba en el pueblo.

Luis Enrique luce indeciso.

Cecilia: Hazlo por Danilo. Él no puede mancharse las manos de sangre. ¡Por favor! (Desesperada)

INT. / CAFETERÍA / DÍA

La escena cambia. Lisa se encuentra sentada cubriéndose la cabeza con una pañoleta y usando lentes de sol. Parece esperar a alguien ansiosamente hasta que ve a Luis Enrique sentarse frente a ella.



Luis Enrique: Veo que recibiste bien mis mensajes.

Lisa: (sorprendida) ¿Usted? ¿El viejo bigotón socio de mi papá?

Luis Enrique: El mismo. Luis Enrique Escalante si todavía no te lo memorizas.

Lisa: (exaltada) ¿Qué es lo que quiere? ¿Dinero? ¿Sexo?

Luis Enrique mira a su alrededor con disimulo y por debajo de la mesa toca lascivamente una de las piernas de la muchacha.

Luis Enrique: ¿Sabes que sí? Una buena sesión de sexo no sería mala idea para comprar mi silencio y no decirle a tu familia que eres una chiquilla caliente que se desnuda en Internet.

Lisa: (furiosa) ¡Infeliz! ¡Puerco!

Luis Enrique: Déjate de insultos y quédate tranquila. Total, no me gustan de tu edad.

Lisa: Dime quién más está contigo en esto. Tú no pudiste grabar esos videos o tomar esas fotos tú solo. ¿Quién es tu cómplice, maldito?

Luis Enrique: Quien pone las reglas soy yo. Nada más te estoy dando una cucharada de tu propia medicina, así que escúchame muy bien. Quiero que dejes en paz a mi hijo.

Lisa: ¿Qué hijo? No sé de quién hablas.

Luis Enrique: De Danilo.

Lisa: ¿El peón ese? Pero ¿cómo? (Desconcertada)

Luis Enrique: No te daré explicaciones. Confórmate con saber que es mi hijo y ya me enteré de que lo andas chantajeando y quieres obligarlo a que mate a Helena.

Lisa: Si lo que buscas es que deje paz a ese baboso, está bien. Voy a guardar silencio y no le diré a nadie de la relación que tiene con mi mamá, pero quiero que borres delante de mí todos los videos y fotos que me tomaste.

Luis Enrique: En efecto, quiero que lo dejes de chantajear, pero hay algo más que busco.

Lisa: Eres una basura. Habla y dime de una buena vez que estoy perdiendo la paciencia.

Luis Enrique: Ve más despacio, mocosa y escucha… Tú, sin quererlo, me acabas de abrir la puerta a algo que he ambicionado por años.

Lisa: ¿A qué te refieres?

Luis Enrique: A nada más y nada menos que a la fortuna y el patrimonio que ostenta tu familia. No sé si estés consciente de ello, pero el poder que tienen en Villa Encantada y en parte del estado es inconmensurable.

Lisa: ¿Y qué hay con eso?

Luis Enrique: Quiero todo lo que tu familia tiene, Lisa y ese secreto tan bien guardado que esconde tu mamá siendo la amante de Epifanio de La Torre me cae como del cielo.

Lisa: No te estoy entendiendo. ¿A dónde quieres llegar?

Luis Enrique: Digamos que matar a Helena no es tan mala idea después de todo. Desconozco tus razones para odiarla hasta ese punto de conspirar para acabar con ella y sinceramente, me importa un rábano, pero a mí me sirve para desestabilizar a Eduardo y a tu familia.

Lisa: ¡No quiero que toques a mi papá! Él no tiene la culpa de nada.

Luis Enrique: Tranquila. Tu papito estará bien. Yo solo quiero quitar de en medio a tu mamá para que él se quede solo y vulnerable. Imagínate si un día, la encuentran sin vida y todo apunta a que fue un suicidio sin causa aparente…

Lisa escucha con atención. Varias escenas comienzan a enfocarse y a desarrollarse tal cual como el hombre las planea.

Luis Enrique: (voz en off) Eduardo quedaría devastado al perder a la mujer que tanto ama…

Eduardo llega alarmado a la alberca de la hacienda donde ya aguardan otros empleados murmurando. Ve el cuerpo de Helena flotando en la piscina sin vida y grita de impotencia ante tan desgarradora escena. Lucrecia y Manuel llegan detrás impactándose por lo que presencian.



Luis Enrique: (voz en off) Y con tu pequeña ayuda, podría comenzar a refugiarse en el alcohol…

Eduardo llora desconsolado en el estudio. Lisa entra sutilmente e intenta darle algo de ánimos abrazándolo para luego servirle un trago de whiskey que toma del minibar. Él intenta rechazarlo pese a la insistencia de ella y al final accede.

Luis Enrique: (voz en off) Poco a poco, terminaría por volverse un alcohólico que no vela por sí mismo ni por nadie…

Una nueva escena se enfoca. Eduardo se encuentra totalmente ebrio y duerme en el estudio. Varias copas vacías reposan sobre el escritorio. Lucrecia entra para despertarlo al tiempo que a gritos lo regaña, pero él solo se cubre los oídos negándose a escucharla. Lucrecia, enfurecida, lo zarandea de la ropa para que reaccione, pero ante su embriaguez, él pareciera ser un muerto en vida.

Luis Enrique: (voz en off) Todos sus socios e inversionistas comenzarían a abandonarlo…

Eduardo, con un muy mal semblante y descuidado aspecto, se pasea ebrio por los predios de la hacienda con un par de socios que van bien vestidos, pero por causa de la embriaguez, se detiene y vomita compulsivamente generando el disgusto de ellos. La escena vuelva a la del restaurante en donde se encuentran Lisa y Luis Enrique.

Luis Enrique: Y ahí entraría yo, convenciéndolo de nombrarme como su apoderado, su mano derecha, el estratega que lo saque de la ruina en la que caería. Brillante, ¿no?

Lisa: ¿Cómo esperas que acepte una cosa así? Me estás diciendo que quieres robarnos en mis narices.

Luis Enrique: Es el precio que deberás pagar para que tus vergonzosas fotos y videos no circulen por ahí en la web o quién sabe dónde. Imagínate el escándalo. Conociendo a Lucrecia, hasta te exiliaría del país enviándote a alguna escuela de señoritas en el extranjero. ¿Eso quieres?

Lisa guarda silencio y respira agitada al verse entre la espada y la pared. Luis Enrique la mira de forme penetrante esperando su respuesta.

FIN DEL FLASHBACK

Luis Enrique acaba de contarle a Danilo justo lo que recordó. El muchacho luce anonadado e incluso solloza sin dar crédito a lo que escuchó.



Danilo: Entonces… ¿Sí fue usted? ¿Fue usted el que estuvo detrás de la muerte de doña Helena?

Luis Enrique: Fue la única manera que encontré de ayudarte. Te evité un problema mayor si se hubiera sabido que eras su amante.

Danilo enfurece y lo toma del cuello de la camisa llamando la atención de algunas personas.

Danilo: ¡Miserable! Todo lo que hizo fue para su propio beneficio. ¿De qué ayuda me habla si sacó provecho de la situación para ponerlo todo a su favor, ah? ¿Qué ayuda, desgraciado?

Luis Enrique: (serio) Cálmate y contrólate. No te conviene ponerte en esa tónica conmigo.

Danilo: (llorando) ¡Cállese! ¿Tan poco valgo para usted?

Danilo lo suelta poco a poco sin dejar de llorar. Luis Enrique solo permanece impasible y estático como si no le afectara ver a su hijo en tal estado.

Danilo: ¿Tiene una pizca de idea de lo que pasé siendo el amante de Helena y el cargo de consciencia con el que he vivido creyéndome el culpable de su muerte?

Luis Enrique: Lisa estaba fuera de control y fue una buena manera de evitar que te delatara. ¿Por qué no lo entiendes?

Danilo: ¿Y a qué costo? Dígame. ¿Matando a doña Helena? ¿Hundiendo a don Eduardo en el alcohol para volverlo un monigote y así usted poder hacer de las suyas con su cochina ambición?

Luis Enrique: Eres muy ingenuo y ahora no lo ves, pero si analizas las cosas, te vas a dar cuenta de que fue lo mejor, muchacho.

Danilo tiene el rostro bañado en lágrimas.

Danilo: ¡Mentira! Usted nada más quería asegurarse su futuro. Le valió madres llevarse por delante a quien fuera, incluso a mí que dizque soy su hijo. Si antes me sentía culpable de la muerte de doña Helena, ahora me siento peor sabiendo que pude haber evitado tanto daño…

Luis Enrique: No seas tan imbécil. ¿Qué hubieras hecho? ¿Hablar con Eduardo y cargar con la deshonra y el escarnio del pueblo? Date cuenta que Lisa era una psicópata y le hubiera encargado el trabajo sucio a otro menos estúpido que tú. ¿Qué no lo ves?

Danilo: No lo creo. Don Eduardo la hubiera detenido a tiempo si yo hubiera platicado con él y así hasta hubiera hasta evitado la muerte de Casimira y de la misma doña Lucrecia, pero no… Me callé. Me callé por miedo, por cobarde y usted sacó ventaja importándole un carajo lo que yo sintiera. ¿Qué clase de padre hace una cosa así?

Luis Enrique: Escucha, si hace sentir mejor, había alguien más en la hacienda esa noche que se me adelantó y mató a Helena. Yo no lo hice.

Danilo: No le creo y para serle sincero, ¿ya qué importa quién fue? No se moleste en decirme nada más, que ya tuve suficiente de su porquería y podredumbre por esta noche, y si le preocupa que diga algo de lo que me contó, tranquilo. El daño igual está hecho, pero eso sí le advierto…

Danilo se le acerca y lo mira con los ojos de forma fulminante, los cuales brillan por las lágrimas.

Danilo: No se me acerque ni me dirija la palabra porque ahí sí se me puede soltar la lengua y lo puedo denunciar para que lo investiguen.

Luis Enrique: (muy serio) No te atreverías…

Danilo: Réteme y ahí veremos.

Danilo sale del bar a toda prisa mientras se limpia con enojo las lágrimas. Luis Enrique decide tomarse el trago que había sido servido para el muchacho y continúa serio.

Luis Enrique: Lamento haberte tenido que meter en esto, hijito, pero ya fuimos muy lejos. Esto solo fue el comienzo para sepas de lo que soy capaz cuando se meten en mis planes. Marissa es mi esposa y no la voy a perder por ti. A cada cosa su lugar…

Luis Enrique conserva una dureza inmutable en sus ojos sintiéndose seguro de lo que dice.

INT. / CASA DE LOS ESCALANTE, DORMITORIO / NOCHE

Marissa se encuentra sentada en la cama, ya desmaquillada y en pijama, hablando con Pablo por medio de una videollamada. Pablo se encuentra en lo que parece ser una habitación de hotel.



Marissa: (sonriendo) Me deja más tranquila saber que ya no estás viviendo más en la hacienda de los Román, hijo. Mientras tanto, quédate en ese hotel donde estás y mañana mismo comienzo a gestionar la compra de un depa para ti como acordamos.

Pablo: Gracias, mamá. Te prometo que te voy a pagar hasta el último centavo en cuanto consiga un trabajo, que ya va siendo hora, ¿no?

Marissa: No te apures. Tú sabes que siempre podrás contar con todo mi apoyo. Es más, no me parecería mala idea que te vinieras para acá conmigo. Esta también es tu casa y aquí siempre tendrás las puertas abiertas. Lo sabes, ¿no?

Pablo: Sí, pero creo que ya es hora de que viva mis propias experiencias, mamá. Me voy a casar y aunque no tengo mucho recorrido en lo que a una relación respecta, sí sé que Milena y yo vamos a necesitar nuestro espacio.

Marissa: Tienes razón. Discúlpame si todavía me porto tan sobreprotectora contigo. De cierta forma, fuiste mi refugio en los años de infierno que viví casada con Luis Enrique y ni me di cuenta de que te hice más un daño que un bien. Todavía ni me creo que ya estés hecho un hombre.

Pablo: No te preocupes. Quizá a veces si me sentí un tanto ahogado porque ni me dejabas salir con mis compas de la prepa o de la universidad. Me insistías mucho en que estudiara y me mantuviera en la casa que nunca supe bien cómo relacionarme con los demás.

Marissa: Pero ya es hora de que vivas tu vida, mi amor, la misma que yo te estaba impidiendo vivir por mis inseguridades y lo que más deseo es que seas muy feliz con Milena.

Pablo: Tú también te mereces ser feliz. Es hora de que le abras también la puerta a alguien que te respete y te quiera de verdad.

Marissa: Para ser feliz, no hay que estar en una relación de pareja, hijo. Hay muchas otras formas en las que una se puede sentir plena y realizada sin el amor de otra persona.

Pablo: Pero no está demás intentarlo y tú sabes a lo que me refiero.

Marissa: (seria) Sí, lo sé y ni me lo recuerdes, que todavía me parece el colmo que le hubieras acolitado a Danilo esa locura de venir a una ciudad tan grande que ni conocía.

Pablo: Eso quiere decir que sí dio con la dirección de la casa y ya se vieron, ¿no?

Marissa: Sí. De hecho, lo contraté como mi asistencia personal y mañana empieza.

Pablo: Qué padre. El pobre andaba bien decaído, pero de seguro le va a sentar bien esa oportunidad laboral que le diste.

Marissa: De alguna forma tenía que compensarlo por haber sido siempre mi ángel guardián y así se justificaba el viaje hasta acá. Menos mal no le pasó nada malo en el camino porque ahí sí te hubiera jalado de las orejas, eh, jovencito.

Pablo: (riendo) Él ya está bien grandecito y maduro para saberse cuidar, mamá. Deja de verlo como un niño y ya empieza a verlo como lo que es, un chavo que te ama y está dispuesto a todo por ti.

Marissa: Las cosas no son tan fáciles, Pablo. Danilo es un gran muchacho, pero…

Pablo: Pero te quiere. Me consta y yo en tu lugar no dudaría en darle una oportunidad. Te la mereces después de todo lo que has sufrido. ¿Qué te lo impide?

Marissa: (pensativa) Te juro que ni yo lo sé y no creas que no te doy la razón, pero…

Pablo: Pero nada. Olvídate ya de lo que viviste con Luis Enrique y Eduardo, y sé feliz con él. Danilo nunca te fallaría como ellos dos.

Marissa: Yo sé que no, pero ahora no me siento preparada para tener otra relación. Me parece más prudente darme un tiempo de sanar mis heridas y no me parecería justo por él.

Pablo: Bueno, pues ahí te la dejo. Al menos piénsalo. ¿Sí?

Marissa: Te prometo que lo haré. Tú mejor dime cómo va todo por allá. ¿Cuándo le dan de alta a Milena?

Pablo: En un par de días y no veo la hora. Me tiene súper ansioso todo lo del casamiento al que por cierto puedes faltar, eh. Tienes que avisarle a Danilo para que estén aquí con nosotros de testigos en la notaría.

Marissa: (sonriéndole) Tranquilo, mi amor. Por nada del mundo me perdería tu matrimonio, así que allá estaré sin falta. Cuenta con ello.

Pablo: Cambiando de tema, hay algo que no te he dicho, aunque no sé si haga falta que lo sepas.

Marissa: (extrañada) ¿De qué se trata?

Pablo: Es sobre Eduardo o más bien de su hermano.

Marissa: ¿Pasó algo?

Pablo: Fíjate que lo encontraron muerto hace unos días por los predios de la hacienda.

Marissa: (impresionada) Dios mío. ¿Cómo? ¿Qué le pasó?

Pablo: Todavía no se sabe, pero lo cierto es que lo asesinaron. Lo último que escuché es que la policía está investigando.

Marissa: No lo puedo creer. ¿Quién haría una cosa así y por qué motivos?

Pablo: Yo me pregunto lo mismo, pero a mí me late que tenía enemigos. Tú ya sabes cómo era y seguro se las debía a alguien.

Marissa: Qué lamentable. Eduardo ha de estar muy afectado. Era el único pariente que le quedaba (Consternada).

Pablo: Sí, pero al menos no está tan solo. Recuerda que María Helena está con él.

Marissa: Cierto. Ella es tan buena chica que de seguro lo debe estar apoyando bastante en estos momentos…

Marissa se queda pensativa al saber dicha noticia y, en el fondo, no puede evitar sentirse preocupada por Eduardo.

VILLA ENCANTADA



INT. / HOTEL, HABITACIÓN / DÍA

Es un nuevo día. Carolina termina de arreglarse el cabello frente al tocador cuando, de repente, entra una llamada misteriosa a su celular.



Carolina: (extrañada) ¿Quién será? Este número no lo tengo guardado (Contesta) ¿Bueno?

Del otro lado de la línea, hay una misteriosa mujer cuyos labios solo pueden ser enfocados.

Mujer: Caro…

Carolina: ¿Quién habla?

Mujer: Caro, soy yo.

Carolina: (confundida) ¿Gracia?

Gracia es, en efecto, aquella mujer que llama y se encuentra en una especie de habitación oscura.



Gracia: Gracias al Cielo que me contestaste (Rompe a llorar). Tengo tanto que hablar contigo.

Carolina: ¿Dónde estás? ¿Por qué te desapareciste así después de ese día que fuiste a mi casa a ponerme en sobre aviso sobre Lisa y Manuel?

Gracia: No tengo mucho tiempo para explicarte. Te llamo para decirte que debes andarte con cuidado. Hay alguien que te odia y que quiere hacerte mucho daño.

Carolina: ¿De qué estás hablando? ¿Quién?

Gracia: Luis Enrique Escalante, tu hermano…

Carolina se impresiona al escuchar a su amiga.

Carolina: (balbuceando) ¿Co…? ¿Cómo lo sabes? Nunca te hablé de eso.

Gracia: Confórmate con saber que él te detesta y no va a descansar hasta vengarse de ti por todo lo que sufrió por culpa de tu papá. Quiere cobrarte a ti y debes cuidarte, amiga, por favor.

Carolina: No entiendo absolutamente nada. Explícame.

Gracia: Ya te dije que no tengo tiempo y si me cachan, me voy a meter en problemas. Yo solo quería advertirte, pero ya tengo que colgar.

Carolina: ¡Espera, Gracia! No me puedes dejar así. Tienes que decirme dónde estás para que me expliques, por favor. ¿Cómo me llamas y me dices todas estas cosas así tan de repente?

Gracia: (llorando asustada) Es muy peligroso. No puedo platicarte mucho…

Carolina: Tranquila. Dime en dónde estás y te prometo que te voy ayudar, sea lo que sea en lo que estés metida, pero te voy a ayudar. Confía en mí.

Gracia mira hacia atrás en aquella oscura habitación y duda en acceder a la petición de su amiga.

CIUDAD DE MÉXICO



INT. / HOSTAL / DÍA

María Helena ha llegado a un modesto hostal que queda localizado en una desfavorecida zona de la capital. Parece ser que viajó temprano junto con Eduardo, aunque evidentemente no se encuentra con él.



María Helena: (mirando su celular) Es aquí. El GPS dice que esta es la dirección.

La chica entra y mira el lugar con desconfianza, por lo que se dirige con prontitud a la recepción donde aguarda un hombre no de muy buen aspecto que mastica chicle.

María Helena: Buenos días.

Recepcionista: (sonriéndole) Buenos días, reinita. ¿Qué te trae por acá? ¿Buscas cuarto?

María Helena: Hay alguien que me está esperando. Quedamos de vernos en este sitio.

Recepcionista: Ah, sí. La güerita rara de la máscara me dijo que iba a tener visita. Ha de ser la que me pagó un buen de lana y ni el nombre me dijo para registrarla.

María Helena: Sí, esa misma. ¿Dónde la encuentro?

Recepcionista: Está en la 302. Pásale con confianza.

María Helena le esboza una leve sonrisa en agradecimiento al hombre y se adentra en el hostal subiendo por las escaleras. Llega a la habitación indicada y respira agitada sintiéndose sumamente nerviosa con el corazón latiéndome más rápido de lo normal.

María Helena: Debo haberme vuelto loca metiéndome a la boca del lobo. Dios mío, ayúdame.

María Helena, con duda y casi temblando, toca la puerta un par de veces. Espera una respuesta y desde adentro escucha un “adelante”. Es así como pasa a la habitación despacio, la puerta rechina y a ella le invade un profundo vacío. Ve, de espaldas, a Lisa, con una abundante cabellera rubia y usando una máscara al igual que una bata de dormir negra.

Lisa: (sonriendo) Te estaba esperando. Tiempo sin vernos, tiito.

Lisa se da la vuelta y se echa hacia atrás al tener al frente a María Helena. Las dos hermanas se miran fijamente con los ojos desorbitados en un inesperado encuentro lleno de incertidumbre.

CONTINUARÁ…

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