Capítulo 43: El regreso de Lisa Román
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE MARTHA / NOCHE
María Helena entra en silencio a la habitación de su madre adoptiva. Martha, con los ojos cerrados, yace sobre la cama, conectada a un electrocardiograma y con suero. María Helena se acerca a ella y toma una de sus manos.


María Helena: Mamá…
Martha abre los ojos despacio al escucharla y en su rostro se dibuja una gran ilusión al ver a la muchacha al punto de que se exalta un poco.
Martha: (débil) Malena, mija.
María Helena: (sonriéndole) Hola, mamita.
Martha intenta echarse hacia adelante para recostarse.
María Helena: Tranquila. No te muevas.
Martha: ¿Dónde te habías metido, muchacha? Llevaba días sin verte. Estaba muy preocupada por ti.
María Helena: (conmovida) Perdóname. He estado trabajando mucho para pagar tu operación. Era por eso que no había podido venir en horario de visita y nada más ahorita es que la enfermera de turno me dio permiso para entrar un par de minutitos de tanto que le insistí.
Martha: ¿Cómo que trabajar? ¿Con qué tiempo? No me digas que te saliste de la preparatoria, hija. Dime que no.
María Helena: No te preocupes. Yo sé cómo hago las cosas. Tú solo confía en mí y vas a ver que me voy a graduar como tanto quieres. Eso te lo juro.
Martha: Es que tienes que estudiar y prepararte, Malena. Te lo he dicho mucho. Yo me estoy muriendo porque ya me llegó mi hora, pero tú no. Tú estás aún muy jovencita y necesito que salgas adelante para cuando no esté.
María Helena: (solloza) No digas eso, mamá. Por lo mismo de que soy joven es que tengo todas las energías puestas para entrarle a la chamba y mientras pueda hacer algo para que estés bien, lo voy a hacer sin duda. ¿Entendiste?
Martha: ¿Y de dónde se supone que vas a sacar la lana para pagar una operación tan cara?
María Helena: El trabajo que me encontré es muy bien pago y, además, pedí un adelanto. Con eso, mañana mismo te van a operar y en menos de lo que piensas, vamos a estar juntas otra vez. Vas a ver.
Martha: Ay, mija. Cómo me lamento haberte dado dolores de cabeza justo ahora. Me empeñé tanto en no preocuparte y mírate ahora trabajando en vez de estar estudiando como es debido.
María Helena: ¿Qué importa? Deja de mortificarte. Lo importante es que reces mucho para que todo salga bien durante tu operación. Con eso sí me vas a ahorrar más preocupaciones, ¿va?
Martha: Te quiero mucho. Nunca lo olvides (Solloza).
María Helena: (sonriéndole) Y yo a ti, mamá. Gracias por tanto amor y tantos sacrificios que has hecho por mí. Créeme que nunca tendré cómo pagarte.
María Helena derrama un par de lágrimas y besa la mano de su madre que sostenía.
EXT. / CASA DE LOS MIRANDA / NOCHE
Entretretanto, Eduardo ha aparecido de forma repentina sorprendiendo a Marissa y Danilo quienes justo estaban besándose. El hombre se acerca despacio a ella con los ojos vidriosos y una notable decepción que se hace evidente en su rostro.



Eduardo: ¿No vas a decir nada?
Marissa, desconcertada, guarda silencio.
Eduardo: ¿No vas ni siquiera a tener la decencia de explicarme lo que acabo de ver?
Marissa: ¿Qué estás haciendo tú aquí, Eduardo?
Eduardo: María Helena me dijo que probablemente estabas en la capital y di con la dirección con ayuda de algunos contactos que tenía, ya que, como recordarás Luis Enrique era mi socio.
Marissa: (seria) ¿Y? No entiendo qué es lo que necesitas.
Eduardo: Quería pedirte que me dieras una oportunidad de aclarar el malentendido con Carolina, pero ya ni hace falta porque veo que nunca fuiste sincera conmigo y solo fue cuestión de que te fueras de mi lado para enredarte con ése.
Marissa: Para empezar, no tengo que darte explicaciones de ningún tipo. Creo que las cosas ya quedaron muy claras entre nosotros.
Eduardo: ¡Eres una descarada! ¡Una cualquiera!
Danilo decide interponerse entre ellos.
Danilo: Me parece que es mejor que se vaya, don Eduardo.
Eduardo: (furioso) ¡Tú no te metas!
Danilo: Me meto porque no le voy a permitir que le ande faltando el respeto a una dama como esta mujer. ¿Quién se ha creído?
Eduardo toma bruscamente a Danilo de la camisa.
Eduardo: Cuida bien la forma en que me hablas. Tú no eres más que un pobre diablo que se ha aprovechado de Marissa todo este tiempo.
Marissa se preocupa temiendo que se desate una pelea.
Marissa: Eduardo, suéltalo…
Eduardo: Pero ¿sabes qué es lo que más ira me da?
Los dos hombres se miran de forma retadora. Marissa siente la tensión entre ambos.
Eduardo: Que te burlaste de mí en mis narices el otro día diciéndome que ibas a renunciar para probar suerte, pero nada más le sacaste partido a la situación para venir hasta aquí y quitarme a mi mujer. ¡Infeliz!
Marissa: ¡Eduardo, ya!
Danilo: (sonriendo incrédulo) ¿De qué mujer habla? Que yo sepa, ustedes no están casados.
Eduardo: ¡Es mi prometida!
Danilo: Entonces, debió haber cuidado mejor su relación, porque ya perdió, déjeme le digo. Yo la amo y no pienso renunciar a ella. ¿Escuchó?
Eduardo enfurece y no duda en lanzarle un puñetazo en la cara al joven hombre quien pierde el equilibrio y cae al piso.
Marissa: (aterrada) ¡Por Dios, Eduardo!
Eduardo intenta ir hacia el joven. Marissa, con prontitud, se pone en medio para evitar una pelea mayor.
Marissa: ¡Ni te atrevas a tocarlo de nuevo porque te va a pesar!
Eduardo: ¿Vas a defender a ese mugroso para ponerte en contra mía?
Marissa: No voy a permitir que le hagas daño y será mejor que te vayas porque si no lo haces ahorita mismo, voy a llamar a la policía.
Marissa lo mira fulminante y ayuda a Danilo a levantarse del piso. Un poco de sangre sale del labio inferior de él.
Marissa: (preocupada) ¿Estás bien?
Danilo: Sí, señora. No fue nada.
Marissa: Estás sangrando.
Danilo: Tranquila. Es solo un poquito nada más.
Marissa: Vamos adentro. Creo que tengo algo para limpiarle la herida.
Eduardo: Espera, Marissa. Tú no te puedes ir. No me puedes dejar y terminar lo nuestro así.
Marissa voltea a verlo con sumo reproche y se acerca nuevamente.
Marissa: Nunca hubo algo que pudiéramos considerar como “lo nuestro” porque tú lo tiraste todo por la borda acostándote con mi hermana, embarazándola y por sobre todo, jugando tan vilmente conmigo.
Eduardo: Yo nunca he jugado contigo. Mi amor por ti ha sido sincero.
Marissa: (incrédula) ¿Sincero? ¿Sincero dices después de todo lo que hiciste?
Eduardo: Todo tiene una muy buena explicación que estoy dispuesto a darte a pesar de haberte visto besuqueándote con ese tipejo que solo está contigo por interés tal como lo estuvo Luis Enrique. Padre e hijo son tal para cual, pero yo sí te amo, Marissa.
Marissa: ¡No vuelvas a decir eso en tu vida, Eduardo Román! ¡Nunca más! (Furiosa)
Eduardo: Marissa…
Eduardo intenta tomar el rostro de Marissa entre sus manos, pero ella se porta esquiva.
Marissa: ¡No me toques!
Eduardo: Tú y yo nos amamos. ¿Cómo puedes dejarlo todo por un peón, un miserable que sólo te está confundiendo?
Marissa: Danilo me ama de verdad y me lo ha demostrado a diferencia de ti que solo quisiste utilizarme para salir de tu crisis financiera.
Eduardo: Estás equivocada. Yo jamás te he utilizado y al principio hicimos un acuerdo, es cierto, pero me terminé enamorando de ti. Tú sabes lo que siento (Desesperado).
Marissa: No me sigas mintiendo en mi cara. Ten al menos los pantalones de reconocer que sólo buscas la forma más pronta de recuperarte económicamente ya sea conmigo o con Carolina.
Eduardo: ¿De qué estás hablando, por Dios? Nada es así. Yo…
Marissa: (interrumpiéndolo) Tú nada, Eduardo. Tú nada. Ya hiciste lo mismo una vez con Helena, pero no permitiré que lo hagas conmigo.
Eduardo: ¿Cómo me puedes decir algo así si tú bien sabes mi historia? Tú sabes que el padre de Helena y mi madre arreglaron mi matrimonio. Me casé con ella enamorado.
Marissa: Dudo mucho de tus supuestas buenas intenciones después de ver la clase de familia de la que vienes.
Eduardo: (solloza) Estás siendo muy injusta conmigo…
Marissa: (sarcástica) ¿Injusta? El injusto fuiste tú; tú que jugaste con mis ilusiones de amar de nuevo después de la traición y la mentira en que viví al lado de Luis Enrique.
Eduardo: Marissa, no seas necia. Déjame que…
Marissa lo interrumpe nuevamente poniendo su mano frente a él para indicarle silencio.
Marissa: (interrumpe nuevamente) Ni lo intentes. No estoy dispuesta a escuchar una sola mentira más. Vete por donde viniste y si Carolina tiene tan poca dignidad para seguirte amando y casarse contigo sabiendo la clase de hombre que eres, allá ella. Yo no repetiré esa historia.
Marissa termina de decir aquellas decisivas palabras al tiempo que un amargo nudo se le forma en la garganta.
Marissa: Vamos, Danilo.
Danilo mira de mala forma a Eduardo y entra junto con Marissa a la casa. Eduardo, por su parte, luce notablemente decepcionado, como si le acabaran de arrancar una parte de sí y no puede evitar derramar lágrimas discretas.
Eduardo: (susurrando) No me dejes, Marissa. No me dejes. Tu amor era lo que me mantenía en pie. No me dejes… (Repite muy dolido)
Eduardo rompe a llorar y ante la frustración que siente, se frota el rostro con brusquedad y se pone en cuclillas desahogándose por la amargura que le invade.
INT. / CASA DE LOS MIRANDA / NOCHE
Dentro, Marissa evita mirar a Danilo, gimotea un poco y mantiene baja la cabeza. Él lo nota y la ve con algo de pena.


Marissa: Toma asiento. Iré por el botiquín de primeros auxilios para curarte la herida en el labio y ya regreso.
Marissa se adelanta un poco, pero el muchacho la detiene tomándola del brazo con delicadeza.
Danilo: Doña Marissa…
Marissa le da la espalda y evita voltearse.
Danilo: Yo sé que ahorita no se está sintiendo nada bien, pero creo que ya le había dicho que mi hombro siempre va a estar pa’ que usted llore y se desahogue todo lo que quiera.
Marissa guarda silencio y se cubre la boca con la mano para contener el llanto. Danilo la trae para sí y la abraza cubriéndola con sus brazos. La mujer. entonces, llora fuertemente en el pecho de él y ambos se quedan en dicha posición durante varios segundos.
VILLA ENCANTADA
INT. / HOTEL, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Carolina acaba de salir de la ducha, tiene el cabello húmedo y se encuentra en bata. Mientras se seca el cabello con una toalla, recuerda, perturbada, la noche que dejó morir a Epifanio junto con Luis Enrique.
FLASHBACK


Luis Enrique: Pues si tu amor por Eduardo es tan grande como dices, lo único que se me ocurre es quitar a tu padre de en medio.
Carolina: (desconcertada) ¿Cómo?
Luis Enrique: Dejarlo con vida sí o sí te afecta, no solo a ti, sino también a mí. Tenemos que deshacernos de él.
Carolina: No quiero matarlo. Te dije que es mi padre. No soy una desalmada que mata a diestra y siniestra a sangre fría.
Luis Enrique: Es la única opción que tenemos.
Carolina: Debe haber otra manera.
Luis Enrique: ¿Qué otra se te ocurre a ti? Me llamaste y me pediste que viniera para que te ayude. ¡Pues bien! Esta es mi propuesta si no queremos que todo se vaya al carajo.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina deja de recordar y esta vez trae a su cabeza la conversación con Gracia esa tarde.
FLASHBACK


Gracia: Me dijo que lo hacía para vengarse de ti. Él nunca perdonó a tu padre por los maltratos que sufrió y vino a este pueblo para vengarse desde un principio. Él fue quien también le envió ese video a don Epifanio y no descansará hasta destruirte…
Carolina: (solloza) Claro, ahora todo tiene sentido. Era ese el motivo por el que mató a Tarcisio. De seguro le dio dinero para que le entregara el video de las cámaras de seguridad de la hacienda y lo silenció matándolo para no dejar cabos sueltos.
Gracia: (asentando) Y a mí me encerró en esta casa de locos y les ordena a las enfermeras que me mantengan dopada para que guarde silencio, pero tengo miedo de que en cualquier momento venga a matarme, Carolina (Aterrada). Ese hombre es muy peligroso…
FIN DEL FLASHBACK
Carolina: ¿Cómo es posible que me traicionaras de esa forma, Luis Enrique? (Pregunta para sí misma decepcionada) ¿Cómo si eres mi hermano y siempre nos apoyamos?
Carolina se ve sacada abruptamente de sus pensamientos cuando escucha un sonido de notificación de correo recibido en su laptop puesta sobre una mesa.
Carolina: (extrañada) ¿Qué será?
La mujer se acerca con suspicacia a la laptop y abre la bandeja de correos recibidos. El nuevo que ha llegado sobresale en negrita de parte de “El Alma en Pena”.
Carolina: Está vacío. Nada más tiene un video adjunto.
Carolina abre el correo y luego da clic sobre el video anexo. Gimotea exaltada y se echa para atrás al ver que es la grabación de las cámaras de seguridad donde se ve cómo asesina a Helena Montalbán a sangre fría.
Carolina: (respirando agitada) Es el video… Es otra vez la maldita grabación que me enviaron la noche que mi papá me enfrentó. Tuvo que ser él. Tuvo que ser Luis Enrique que está jugando conmigo. ¿Qué es lo que pretende? (Perturbada)
Un nuevo mensaje llega. Carolina no tarda en abrirlo. Esta vez se trata de un texto escrito en letras grandes.
“Prepárate. Eduardo Román pronto sabrá la clase de zorra que eres”.
De repente, tocan la puerta. Ella, asustada, cierra abruptamente la laptop.
Carolina: ¿Quién es?
Cruz: (desde afuera) Soy yo, señorita.
Carolina intenta reponerse de la impresión y se dirige a abrir la puerta. Cruz entra y ella le da la espalda mientras sigue secándose el cabello.

Carolina: ¿Qué quieres, Cruz? Estaba por irme a dormir.
Cruz: ¿Tan temprano? Si apenas van a ser las nueve.
Carolina voltea a verla y enarca una ceja.
Carolina:: ¿Es que ahora te vas a dedicar a monitorear mis horarios y a qué horas hago las cosas?
Cruz: Ay, yo nada más decía, señorita. Qué delicada.
Carolina: Discúlpame. La verdad ahorita no estoy de humor ni me siento nada bien. Lo único que quiero es estar en la cama.
Cruz: Sí se le nota. Con esas ojeras y palidez que trae, parece una muerta. ¡Válgame Dios! (Carolina se sorprende) Con una cara así, don Eduardo Román no va a querer ni tocarla con un palo.
Carolina: (molesta) Me parece que no venías precisamente para hablar de mi rostro, ¿no? Mejor dime de una vez qué quieres y te retiras.
Cruz: Ay, señorita. No se me ponga así. Mire que se lo digo por su bien para que no baje la guardia y menos ahora que los planes que tiene van de maravilla. He ahí el por qué me desconcierta el mal semblante que le veo.
Carolina: No es nada de lo que preocuparse.
Cruz: (suspicaz) ¿Segura? Mire que se puso así después de que salimos de ese manicomio. ¿Tan grave fue lo que quería hablar con usted su amiga la loca?
Carolina: Gracia no está loca. Fue encerrada en ese sitio en contra de su voluntad.
Cruz: ¿Ah, sí? ¿Por quién? (Pregunta muy curiosa)
Carolina: Mira, Cruz. Tú has sido un gran apoyo para mí desde la muerte de mi papá, pero entre menos sepas, es mejor. Hay cosas que no te puedo decir.
Cruz: Me parece un poco injusto que me diga eso si le he demostrado mi fidelidad. De hecho, hasta le venía a contar que mis contactos en la hacienda de los Román me informaron que don Eduardo salió muy temprano esta mañana de viaje junto con la muchacha esa, María Helena.
Carolina: (extrañada) ¿Un viaje? ¿Para dónde?
Cruz: Según me contaron, para la capital, pero de ahí no sé más.
Carolina: (pensativa) De seguro fue a buscar a Marissa.
Cruz: ¿Cree que la encuentre y le explique el malentendido que ocurrió con usted?
Carolina: Es probable y eso no me gusta nada. Podrían reconciliarse ese par y aunque esté embarazada, un niño en estos tiempos ya no amarra a una pareja. Yo llevo las de perder (Preocupada).
Cruz: Usted me había dicho que todavía tenía un recurso en sus manos para terminar de destruir a la suripanta de su hermana, ¿no?
Carolina: Sí, pero ya no sé si incluso eso sirva de algo. Todo lo que tengo pensado podría irse a la basura ahora que…
Cruz: ¿Ahora que qué?
Carolina guarda silencio y se queda pensativa mirando a su ama de llaves con indecisión. Cruz solo se muestra bastante intrigada y expectante a lo que ella tenía para decir.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CASA DE LOS MIRANDA, SALA / NOCHE
Marissa está sentada en el sofá y termina de beberse un té relajante. Danilo se encuentra a su lado y la observa sonriendo en silencio.


Danilo: ¿Cómo se siente?
Marissa: Mucho mejor. Me hizo bien este té que me preparaste. Gracias.
Danilo: No hay de qué, señora. Yo con todo el gusto del mundo le preparo cuantos tés hagan falta para esté mejor.
Marissa: (sonriéndole) Tú siempre tan lindo conmigo. Eres un muchacho tan especial y con un corazón tan noble. Bien pudiste haberte defendido de Eduardo y, sin embargo, preferiste conservar la calma para evitar un pleito mayor. Es algo que admiro mucho de ti.
Danilo: Es que en el fondo le guardo respeto a don Eduardo y siempre le voy a estar agradecido por habernos dado chamba a mi mamá y mi hermana todos estos años, solo que hoy no podía negar frente a él lo que siento por usted y menos quedarme como si nada cuando la insultó.
Marissa: Gracias también por ello, aunque si bien no era necesario que me defendieras. Eduardo puede pensar lo que quiera de mí. En nada me afecta.
Danilo: Entonces, ¿por qué se puso así cuando entramos? ¿O es que acaso todavía siente algo por él?
Marissa: (pensativa) No te voy a negar que sí me duele la forma en que jugó conmigo y no es fácil arrancarse a alguien del corazón en unos días.
Danilo: Dígamelo a mí…
Marissa: ¿Ves? Hasta tú me das la razón, pero el tiempo lo sana todo y ahora lo que más deseo es dejar atrás el pasado.
Danilo la toma de la mano en ese momento y la mira enamorado.
Danilo: Pasado que, si usted me permito, yo le voy ayudar a olvidar o, por lo menos, a sanar.
Marissa: Ay, Danilo… (Suelta un suspiro)
Danilo: ¿Qué pasó? ¿Me va a decir que ese beso allá afuera no significó nada?
Marissa: Significó mucho. Es solo que todavía no me hago a la idea de que haya algo entre nosotros dos. Es que ni siquiera sé si sea capaz de… (Se detiene)
Danilo: ¿De qué?
Marissa no responde y guarda silencio mientras baja la mirada sintiendo cierta incertidumbre.
Danilo: ¿No cree que sea capaz de enamorarse de m? ¿De verme como hombre?
Danilo comienza a acercarse más a ella mirando sus labios con deseo. Marissa se exalta al sentirlo tan cerca de nuevo y pone sus dedos con delicadeza en los labios de él para evitar que se aproxime más.
Marissa: Por favor, no me hagas esto, Danilo.
Danilo se atreve a besar los dedos de ella un par de veces y cierra los ojos como para disfrutar de ese contacto.
Marissa: (en un hilo) Basta. Te lo pido…
Marissa le aparta la mano y se pone de pie.
Marissa: Esto no está bien y me parece mejor que dejemos la plática hasta aquí.
Danilo: (levantándose) ¿Por qué le da tanto miedo darme un chance, señora? ¿A qué le teme?
Marissa: Tú lo sabes y te lo dije afuera. No quiero que las cosas lleguen a terminar mal para nosotros si no funciona.
Danilo: Va a funcionar. Va a ver que sí. Nada más tiene que dejar de lado esos miedos y dejarse querer, señora.
Danilo le dice aquello mientras le sonríe y le acaricia el rostro con suavidad.
Danilo: Cuando hay amor de verdad, no tiene por qué salir mal nada.
Marissa: (indecisa) Lo sé, pero es que tú y yo…
Danilo: Deme una oportunidad y va a ver que no le voy a fallar. Solo una.
Danilo se acerca de nuevo con ánimos de besarla. Marissa respira pesadamente y se sienta cada vez más estremecida hasta que finalmente, él une sus labios con los de ella y ambos se unen en otro beso lento durante varios segundos. Marissa, en un momento dado, se aparta exaltada.
Marissa: (susurrando) Yo creo que es mejor que te vayas, Danilo.
Danilo: ¿Le gusta cuando nos besamos?
Marissa guarda silencio, baja la mirada y no se atreve a responder. Danilo le alza la cabeza del mentón.
Danilo: Porque si no, dígamelo mirándome a los ojos y me voy por hoy.
Marissa: Me gusta (Cierra los ojos al admitirlo). Debo reconocer que sí me gusta y mucho, pero…
Danilo sonríe y no la deja terminar porque la besa de nuevo. Poco a poco, el beso se torna más apasionado. Danilo la toma de la cintura y junta su cuerpo más al de ella. Marissa solo se deja llevar y una fuerte tensión sexual se crea entre ambos de nuevo. Los dos dejan de besarse, pero se quedan a tan solo un par de centímetros el uno del otro al punto de escuchar su respiración.
Marissa: Me parece que es más conveniente que paremos y dejemos hasta aquí.
Danilo: (asentando) Yo creo que sí. Perdóneme si antes me pasé.
Marissa: No te preocupes. Los dos somos adultos y tú no me estás forzando a nada, pero sí creo más prudente parar.
Danilo: Tiene razón. Yo la amo y la deseo demasiado, pero de ninguna manera voy a faltarle el respeto o a presionarla. Yo no quiero que esto tan bonito se acabe por acelerar las cosas.
Marissa: (esbozando una sonrisa) Te agradezco que pienses así.
Danilo: Lo que sí le pido es que no se prive de nada y no sienta miedos que conmigo la historia va a ser muy diferente. Se lo aseguro.
Marissa: Lo tendré en cuenta. ¿Por qué mejor no vas a descansar? Mañana nos espera un día largo y debemos viajar a la boda de Pablo y Milena.
Danilo: Sí. Es verdad. Ya hasta se me estaba olvidando y donde faltemos, los dos nos ponen como camote. Eso ni lo dude..
Marissa: (riendo incómoda) Tú lo has dicho.
Danilo: Buenas noches, señora. Qué descanse.
Marissa: (balbuceando) Gr… Gracias, Danilo. Tú… Tú igual.
Danilo se queda viéndola un par de segundos con el impulso de besarla de nuevo, pero solo le sonríe y se va. De fondo se escucha la puerta cerrarse. Marissa, a solas, se sienta en el sofá y se lleva una mano al pecho.
Marissa: ¿Qué voy a hacer contigo, Danilo?
Marissa se toca los labios con suavidad y recuerda fugazmente los besos que se dieron.
Marissa: ¿Por qué me siento así tan rara?
De repente, la mujer recuerda parte de una plática que tuvo con Eduardo la noche que pasaron juntos en un hotel luego de que ella se lastimara el tobillo al escapar de la turba furiosa del pueblo que querían desterrarla.
FLASHBACK
Eduardo la silencia con un corto beso en los labios y le habla muy cerca llevando las manos de ella a su pecho.
Eduardo: Quiero que sepas que pase lo que pase, te quiero y eres sumamente importante para mí, Marissa. Eso tenlo muy presente.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa: (dejando de recordar) Me voy a volver loca con estos dos hombres en medio. ¿Qué voy a hacer?
Marissa se queda pensativa y perturbada ante varios sentimientos encontrados.
VILLA ENCANTADA
INT. / HOTEL, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Cruz sigue expectante y muy curiosa después de que Carolina callara abruptamente cuando ambas platicaban.


Cruz: ¿Por qué no dice nada? ¿Se le comieron la lengua los ratones?
Carolina: (pensativa) No sé si debería confiar en ti, Cruz. No quiero terminar de hundirme si llego a confiarte cosas tan delicadas.
Cruz: ¿Cómo va a pensar usted que yo podría hundirla, señorita? ¡Jamás!
Cruz se acerca a ella y le acaricia el pelo mirándola con ternura.
Cruz: Usted ha sido como una hija para mí. Recuerde que yo la vi crecer, además, guardé los secretos de su difunto padre, que en paz descanse, con mucho celo y jamás abrí la boca. ¿Por qué seguiría yo a su lado si no sintiera por usted todo este cariño que le guardo?
Carolina: Hay cosas muy malas que hice, peores que el haber ocultado una hija o una relación clandestina con una mujer casada como hizo mi papá. Esto no tiene comparación (Perturbada).
Cruz: He vivido lo suficiente y ya nada me sorprende, señorita, y no lo digo por mi edad que, por cierto, no es tanta, sino por la experiencia que he adquirido con los años.
Carolina guarda silencio un par de segundos y la mira con suspicacia.
Cruz: Confíe en mí y verá que puedo serle de muchísima más utilidad de la que he sido hasta ahora para usted.
Carolina: ¿Me juras que no me juzgarás ni me traicionarás?
Cruz: Creo que no tengo que repetirlo, pero allá usted. Yo, antes que nada, respeto su privacidad y sus decisiones. Finalmente, solo soy su empleada, pero piénselo y luego me dice.
Cruz le sonríe con hipocresía y se da la vuelta para retirarse. Carolina, de inmediato, la detiene en seco con la voz.
Carolina: ¿No me juzgarías incluso si te digo que maté a alguien?
Cruz sonríe con una desmedida satisfacción al escucharla, se da la vuelta para encararla de nuevo y muestra una expresión seria.
Cruz: Me parece que, si llegó a eso, sus razones tendría, así que mi respuesta es no, señorita. Tampoco la juzgaría.
Carolina siente que se le forma un nudo en la garganta a punto de llorar y asiente con la cabeza.
Carolina: Está bien. Voy a confiar en ti, Cruz. Nada más te advierto que si llegas a delatarme o a traicionarme, no te la vas a acabar por más aprecio que te tenga. Ni siquiera yo sé de lo que sería capaz, así que dime, ¿estás dispuesta a involucrarte conmigo en esto?
Cruz: Dispuesta y más que preparadísima, señorita.
Cruz le esboza una sonrisa. Carolina solo la ve sintiendo aún algo de indecisión. Minutos después, se ve a ambas de pie frente a la laptop. Carolina acaba de mostrarle el video de la grabación de las cámaras de seguridad que le enviaron y se muerde la uña del dedo pulgar con cierta ansiedad. Cruz ha visto el visto y permanece con una expresión un tanto parca.
Carolina: ¿Y bien? (Hace una pausa) ¿Con eso ya entiendes mejor a qué me refería y por qué me costaba tanto contártelo?
Cruz también hace una pausa de varios segundos y luego voltea a verla con aquella misma parquedad.
Carolina: Dime algo. No te quedes solo mirándome así.
Cruz: ¿Qué le puedo decir? Me imagino lo mucho que le ha costado cargar con esto. Hasta siento pena de usted. Debió haber confiando en mi antes y le hubiera sido más fácil sobrellevarlo.
Carolina: No podía contárselo a nadie, Cruz. Tenía miedo… Mucho miedo (Comienza a sollozar) Yo nunca me había manchado las manos de sangre y no quería llegar a esos extremos, pero ya no podía soportar que Helena fuera tan cínica e hiciera tanto daño.
Cruz: ¿No la mató solo para quedarse con don Eduardo?
Carolina: No, jamás (Niega muy segura con la cabeza) Lo hice porque siempre se burló de mí y me humilló restregándome en la cara que tenía comiendo de su mano no solo a Eduardo, sino a mi papá, porque sí. Yo siempre supe que ellos dos eran amantes.
Cruz: Entonces, usted nada más fingió no saberlo ese día que don Eduardo nos invitó a la hacienda después del entierro, ¿no?
Carolina: ¿Cómo iba a reconocer frente a Eduardo que yo ya estaba enterada? Me hubiera odiado por no habérselo dicho desde un principio, mucho antes de que casara con Helena.
Cruz: ¿Y por qué no lo hizo? ¿No hubiera sido más fácil que esperar tantísimos años para haberse echado al plato a esa mujer?
Carolina rompe a llorar ante esas preguntas.
Carolina: Créeme que yo me hago las mismas preguntas todos los días y no te imaginas lo mucho que me odio a mí misma por haber sido tan cobarde, Cruz. En el fondo, tenía miedo de desenmascarar a Helena y que no me creyeran. Conociendo a mi papá y sabiendo lo enamorado que estaba de ella, hasta me hubiera corrido y desheredado.
Cruz: No exagere. Usted era su hija después de todo. ¿Cómo se iba a poner en contra suya por defender a esa vagabunda de Helena?
Carolina: Te lo digo porque así me lo hizo saber la noche que murió cuando descubrió que maté a Helena.
Cruz finge sorpresa ante esa confesión.
Carolina: Me pidió que me fuera lejos y me dijo que no me iba a denunciar, pero se disgustó tanto que no aguantó. Prácticamente, yo también lo maté, Cruz (Llora desconsolada) Yo también maté a mi papá.
Cruz: Ay, señorita. Enterarme de esto sí me pone muy mal (Finge perturbación).
Carolina: ¿Cómo crees que me siento yo cargando con eso en mi consciencia? ¡Era mi padre!
Cruz: Pero si lo vemos de otro lado, usted no tuvo la culpa. Don Epifanio no tenía muy buena salud que digamos.
Carolina: Pude haberlo auxiliado para que lo llevaran al hospital de urgencia. Quizá así si hubiera sobrevivido, pero no lo hice.
Cruz: ¿Por qué no?
Carolina: Luis Enrique me convenció.
Cruz: (extrañada) ¿Luis Enrique? ¿Cuál? (Hace una pausa) ¡Espérese tantito! No me diga que su hermano, el desaparecido. ¿Ese Luis Enrique?
Carolina: Sí, él. Mi hermano que, de paso, también es el exmarido de Marissa.
Cruz: (impactada) ¿El bigotón?
Carolina asiente con la cabeza.
Cruz: Ahí sí me va a disculpar, pero me voy a sentar antes de que me vaya pal’ otro lado sin terminarme el chisme.
Cruz se sienta cómicamente en la cama y se da viento con la mano.
Carolina: Luis Enrique sabe que yo maté a Helena. De hecho, él también quería matarla y me vio justo cuando yo lo hice.
Cruz: (impresionada) Entonces, usted se le adelantó por cuestión de segundos.
Carolina: Él no sabía que yo era su hermana en ese momento y el día del entierro de Lucrecia, se enteró que yo era hija de Epifanio de La Torre, me abordó de la nada y ahí me dijo quién era. Me contó que me había visto y me dijo también las razones que tenía para matar a Helena.
Cruz: ¿Qué razones?
Carolina: Danilo y Milena, los hijos de Cecilia, son también hijos de Luis Enrique, mis sobrinos.
Cruz: ¡Ahora sí está que me da! Esto sí que es demasiada información a la que estoy acostumbrada a recibir.
Carolina: Tampoco es importante que entiendas esa parte. El punto es que, al parecer, Helena también tenía por amante a Danilo. Lisa los descubrió y como la muchachita ya estaba enamorada de Eduardo, vio a Helena como su rival y chantajeó a Danilo para que la matara. Luis Enrique, para evitar que su hijo se metiera en problemas, quiso hacerlo él mismo.
Cruz: Vaya que doña Helenita Montalbán tenía enemigos por doquier. ¡Era toda una joyita!
Carolina: Lo grave ahora es que Luis Enrique, según Gracia, quiere vengarse de mí por los maltratos que recibió de mi papá cuando era niño y me está enviando estos videos de las cámaras de seguridad para amenazarme. Él también fue el que quemó mi casa.
Cruz: Entonces, sí él tiene esos videos, es porque alguien dentro de la hacienda se los dio. Tuvo que ser el capataz maloliente ese, el que supuestamente mató la Ceci.
Carolina: Tarcisio…
Cruz: ¡Ese! Muy seguramente el bigotón lo mató para no dejar cabos sueltos. Ahora entiendo por qué la Ceci lo acusaba el día que se la llevaron presa, pero nadie le prestó atención.
Carolina: Así es. Luis Enrique ha sabido deshacerse de cada persona que le ha estorbado y la siguiente soy yo, Cruz. En cualquier momento él podría enviarle ese video a la policía y Eduardo me terminaría odiando cuando sepa todo lo que le he ocultado.
Cruz: ¡Madre mía! ¡De verdad que es un psicópata!
Carolina: No sé que voy a hacer. Con todo siento que me voy a enloquecer (Desesperada).
Cruz guarda silencio durante un instante.
Cruz: No pasará nada si usted está un paso delante de él.
Carolina: (confundida) ¿Qué quieres decir?
Cruz se pone nuevamente de pie y se la acerca acariciándole el cabello.
Cruz: Que a veces hay que encontrarle el punto débil al enemigo para saber cómo pelear, señorita Carolina.
Carolina: No te estoy entendiendo. Yo no tengo nada para contraatacar a Luis Enrique si es lo que te refieres.
Cruz: ¿Segura? Porque a mí me parece que sí hay algo que podemos hacer ahora que lo pienso bien.
Carolina: ¿De qué se trata?
Carolina la mira intrigada. Cruz solo sigue sonriendo con malicia. Tal parece que está sabiendo jugar bien sus cartas.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / BAR / NOCHE
María Helena llega a un tipo de bar lujoso de la ciudad y mira para todos lados como si buscara a alguien. De lejos, alcanza a ver a Eduardo, quien al parecer se ha quedado dormido con la cabeza puesta sobre la barra. La chica, con prontitud, se dirige hacia él.


María Helena: (moviéndolo) Don Eduardo… Don Eduardo, soy yo.
Eduardo no se inmuta y se muestra bastante ebrio.
Eduardo: Déjame. Quiero estar solo. Vete.
María Helena: Primero tiene que pararse. Déjeme llevarlo al menos al hotel para que se acueste en una cama decente.
El barman se acerca mientras limpia una copa.
Barman: ¿Tú eres María Helena?
María Helena: Sí, soy yo. ¿Fuiste tú el que me llamó?
Barman: Sí. Es que como vi al cuate tan pedo y para colmo solo, se me ocurrió pedirle el teléfono. Cuando le pregunté a quién le marcaba, me dijo tu nombre.
María Helena: Gracias por haberme avisado. El problema ahora es hacer que se levante y tomemos un taxi por lo menos.
Barman: Yo que tú ni intentaba. No creo que se vaya a levantar de ahí, pero ya te llamo uno de los de seguridad para que te echen una mano, ¿va?
María Helena: (resignada) Está bien. Gracias.
María Helena mira a su padre con cierta compasión y preocupación al encontrarlo en tal estado.
Eduardo: (balbuceando) Ma… Marissa… Marissa, no me dejes… Marissa…
María Helena: Ay, papá. Cómo quisiera poderte ayudar de alguna manera, pero en asuntos del corazón no creo que haya mucho qué hacer.
María Helena le acaricia el cabello sin dejar de sentir compasión por él. Eduardo solo permanece ajeno a lo que sucede a su alrededor.
VILLA ENCANTADA

EXT. / CALLES / DÍA

Es un nuevo día. Carolina camina con Cruz por las calles del pueblo. Es de notar que la primera sostiene una carpeta.


Cruz: Entonces, ¿vamos a ir a tomar posesión de la hacienda así nada más, señorita?
Carolina: ¿Vamos?
Cruz: Bueno, me refería a que si usted va a ir tomar posesión de la hacienda. ¿Que no teme que don Eduardo Román la corra?
Carolina: (sonriendo) No lo hará. Voy a tener el respaldo del licenciado Mantilla. ¿Te acuerdas de él?
Cruz: Claro. El abogado de confianza de su papá.
Carolina: Exacto, ese mismo. Lo cité en la hacienda y si sincronicé bien los tiempos, estará allá para cuando nosotras lleguemos. Con la presencia del licenciado, Eduardo verá que no podrá deshacerse de mí si quiere evitar meterse en un pleito legal conmigo.
Cruz: (emocionada) Qué bueno porque ya me veo como el ama de llaves de la hacienda dándole órdenes a la ralea esa de perezosas que trabajan allá. Es el puesto que siempre soñé.
Carolina: Y ten por seguro que lo tendrás, Cruz. Tengo mucho que agradecerte porque, en medio de todo, eres la única que ha sabido entenderme y ha estado a mi lado incondicionalmente.
Cruz: Es con todo el gusto, señorita. Como le dije anoche, mi aprecio por usted es muy grande y mi fidelidad ni se diga.
Carolina: Lo sé y me lo demostraste anoche escuchándome sin juzgarme. Gracias por ello de verdad.
Cruz: Ni lo mencione. ¿Cuándo piensa ejecutar el siguiente plan para ponerle un alto al bigotón ese psicópata que tiene por hermano o no le gustó mi idea?
Carolina: Por supuesto que me gustó, pero todo a su tiempo, Cruz. Tengo que barajar mis cartas despacio si no quiero que algo salga mal. Luis Enrique me sigue los pasos y debo andarme con cuidado si no quiero que actúe antes que yo.
Cruz: Entre otras cosas, mire allí nada más quién llegó.
Cruz le señala con el dedo discretamente hacia la fachada del hospital. Danilo se acaba de bajar de un auto y se apresura a abrirle la puerta a Marissa. Ella sale del vehículo y le sonríe por su amabilidad.
Carolina: (indignada) No puedo creerlo. Pensé que estaba lejos. ¿Qué hace Marissa aquí?
Cruz: Yo que usted iría a ver y le dejaría bien claros los puntos sobre las íes a esa musaraña de una vez por todas. ¡Sí, señor!
Carolina se queda pensativa desde la distancia. Marissa, entretanto, luce muy elegante para la ocasión usando un vestido negro con algunas piedras brillantes. Danilo también usa un traje.


Marissa: Bueno, creo que estamos a tiempo. Milena ya debe estar lista para que vayamos a la notaría. ¿Qué te dijo Pablo cuando le hablaste?
Danilo: Que venía camino para acá. Supongo que ya llegó y está adentro. ¿Los esperamos aquí o prefiere que los vaya yo a buscar?
Marissa: Deja que yo voy contigo. Quiero verlos y desearles lo mejor antes de que se casen. Han de estar preciosos los dos.
Danilo: Usted no se queda atrás. Está hecha una reina.
Marissa: (sonriéndole) ¿Qué dices?
Danilo: La verdad nada más y ya se lo dije cuando la fui a recoger, pero ni usted se lo cree.
Marissa: Tan solo me arreglé de acuerdo para la ocasión. Mi hijo se casa y eso no es cualquier cosa.
Danilo: Pues vestida o no para la ocasión, para mí siempre se ve hermosa y no se lo digo solo porque esté enamorado de usted. Puede preguntarle a cualquiera y segurito me daría la razón porque buen gusto tengo, eh.
Marissa: (riendo) ¡Qué bárbaro! Me vas a hacer dar pena desde temprano y mira que ya me eché harto rubor como para sonrojarme.
Danilo: Es que ni le hacía falta echarse porque es bien penosa usted.
Danilo le ofrece el brazo en un gesto caballeroso.
Danilo: ¿Vamos?
Marissa: ¡Vamos!
Marissa se engancha de brazo con él, pero justo cuando se dirigen a entrar al hospital, son detenidos súbitamente por una voz a sus espaldas.
Carolina: No pensé que tuvieras tan poca dignidad para aparecerte por estos lados después de lo que te dije…
Los dos voltean a ver encontrándose en primer plano con Carolina y Cruz aproximándose. Marissa se pone seria al ver a su hermana.
Carolina: Pero ¿qué se podía esperar de ti si dignidad es lo que nunca tuviste mientras estuviste casada tantos años con un hombre que nunca te amó?
Carolina termina aquella pregunta con un evidente tono de molestia y mirando de forma fulminante a Marissa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Eduardo y María Helena, por su parte, entran a la casa y también recién llegan de la capital. Entre los dos hay un pesado e incómodo silencio. Eduardo solo suelta una bocanada de aire.


Eduardo: Bien, ya llegamos. Voy a estar en el estudio. Si necesitas algo, puedes ir a buscarme allá o en mi habitación si no me encuentras.
María Helena: Espérese tantito, don Eduardo. Quisiera hablar con usted una cosa antes si no es mucha molestia.
Eduardo: Me siento un tanto cansado y con mucha resaca, María Helena. Preferiría que habláramos más tarde.
María Helena: No me voy a tardar. Nada más quería pedirle perdón.
Eduardo: (extrañado) ¿Perdón? ¿Por qué?
María Helena: Porque fui yo la que le recomendó ir a buscar a doña Marissa a la capital y aunque usted no me ha contado qué pasó, después de haberlo visto anoche en ese estado, me imagino que fue una malísima idea de parte mía. De verdad, perdón.
Eduardo: Confórmate solo con saber que fue mejor así y no tienes por qué sentirte culpable. Lo que sí te voy a pedir es que no me vuelvas a mencionar ese asunto. No me hace nada bien.
María Helena: Como usted diga. Quiero también aprovechar para agradecerle por el dinero que le transfirió al hospital para la cirugía de mi mamá. Hoy ya finalmente la van a operar y si todo sale bien, esperemos que sí, sepa que voy a aceptar su propuesta y me voy a quedar aquí en la hacienda con usted.
Eduardo: Me alegra escuchar eso (Esboza una leve sonrisa). Espero que, al menos contigo en esta casa, logre sobrellevar esta maldita soledad en la que estoy (Dice con notable amargura). Te lo agradezco mucho.
María Helena: No hay de qué. De verdad que quiero mucho empezar a verlo como mi papá y ojalá usted también me vea a mí como una hija, don Eduardo.
Eduardo: Yo también y espero que así sea.
María Helena: ¿Me deja darle un abrazo? Me parece que le hace reteharta falta.
Eduardo asiente con la cabeza. María Helena se le acerca y ambos se funden un fraternal abrazo que es observado por alguien más. Eduardo se da cuenta de la presencia de aquella persona cuyo y se separa.
Eduardo: ¿Quién eres tú?
María Helena también voltea a ver y se sorprende en gran manera.

Lisa: Me llamo Martina Villareal, señor. Mucho gusto.
Lisa, con su nuevo y bello rostro, desconcierta a Eduardo a quien le invade una extraña sensación con tan solo verla. Lisa solo sonríe con algo de modestia. María Helena, por su parte, siente que le invade un vacío pues ha reconocido que aquella mujer es su hermana.
CONTINUARÁ…
INT. / HOSPITAL, HABITACIÓN DE MARTHA / NOCHE
María Helena entra en silencio a la habitación de su madre adoptiva. Martha, con los ojos cerrados, yace sobre la cama, conectada a un electrocardiograma y con suero. María Helena se acerca a ella y toma una de sus manos.


María Helena: Mamá…
Martha abre los ojos despacio al escucharla y en su rostro se dibuja una gran ilusión al ver a la muchacha al punto de que se exalta un poco.
Martha: (débil) Malena, mija.
María Helena: (sonriéndole) Hola, mamita.
Martha intenta echarse hacia adelante para recostarse.
María Helena: Tranquila. No te muevas.
Martha: ¿Dónde te habías metido, muchacha? Llevaba días sin verte. Estaba muy preocupada por ti.
María Helena: (conmovida) Perdóname. He estado trabajando mucho para pagar tu operación. Era por eso que no había podido venir en horario de visita y nada más ahorita es que la enfermera de turno me dio permiso para entrar un par de minutitos de tanto que le insistí.
Martha: ¿Cómo que trabajar? ¿Con qué tiempo? No me digas que te saliste de la preparatoria, hija. Dime que no.
María Helena: No te preocupes. Yo sé cómo hago las cosas. Tú solo confía en mí y vas a ver que me voy a graduar como tanto quieres. Eso te lo juro.
Martha: Es que tienes que estudiar y prepararte, Malena. Te lo he dicho mucho. Yo me estoy muriendo porque ya me llegó mi hora, pero tú no. Tú estás aún muy jovencita y necesito que salgas adelante para cuando no esté.
María Helena: (solloza) No digas eso, mamá. Por lo mismo de que soy joven es que tengo todas las energías puestas para entrarle a la chamba y mientras pueda hacer algo para que estés bien, lo voy a hacer sin duda. ¿Entendiste?
Martha: ¿Y de dónde se supone que vas a sacar la lana para pagar una operación tan cara?
María Helena: El trabajo que me encontré es muy bien pago y, además, pedí un adelanto. Con eso, mañana mismo te van a operar y en menos de lo que piensas, vamos a estar juntas otra vez. Vas a ver.
Martha: Ay, mija. Cómo me lamento haberte dado dolores de cabeza justo ahora. Me empeñé tanto en no preocuparte y mírate ahora trabajando en vez de estar estudiando como es debido.
María Helena: ¿Qué importa? Deja de mortificarte. Lo importante es que reces mucho para que todo salga bien durante tu operación. Con eso sí me vas a ahorrar más preocupaciones, ¿va?
Martha: Te quiero mucho. Nunca lo olvides (Solloza).
María Helena: (sonriéndole) Y yo a ti, mamá. Gracias por tanto amor y tantos sacrificios que has hecho por mí. Créeme que nunca tendré cómo pagarte.
María Helena derrama un par de lágrimas y besa la mano de su madre que sostenía.
EXT. / CASA DE LOS MIRANDA / NOCHE
Entretretanto, Eduardo ha aparecido de forma repentina sorprendiendo a Marissa y Danilo quienes justo estaban besándose. El hombre se acerca despacio a ella con los ojos vidriosos y una notable decepción que se hace evidente en su rostro.



Eduardo: ¿No vas a decir nada?
Marissa, desconcertada, guarda silencio.
Eduardo: ¿No vas ni siquiera a tener la decencia de explicarme lo que acabo de ver?
Marissa: ¿Qué estás haciendo tú aquí, Eduardo?
Eduardo: María Helena me dijo que probablemente estabas en la capital y di con la dirección con ayuda de algunos contactos que tenía, ya que, como recordarás Luis Enrique era mi socio.
Marissa: (seria) ¿Y? No entiendo qué es lo que necesitas.
Eduardo: Quería pedirte que me dieras una oportunidad de aclarar el malentendido con Carolina, pero ya ni hace falta porque veo que nunca fuiste sincera conmigo y solo fue cuestión de que te fueras de mi lado para enredarte con ése.
Marissa: Para empezar, no tengo que darte explicaciones de ningún tipo. Creo que las cosas ya quedaron muy claras entre nosotros.
Eduardo: ¡Eres una descarada! ¡Una cualquiera!
Danilo decide interponerse entre ellos.
Danilo: Me parece que es mejor que se vaya, don Eduardo.
Eduardo: (furioso) ¡Tú no te metas!
Danilo: Me meto porque no le voy a permitir que le ande faltando el respeto a una dama como esta mujer. ¿Quién se ha creído?
Eduardo toma bruscamente a Danilo de la camisa.
Eduardo: Cuida bien la forma en que me hablas. Tú no eres más que un pobre diablo que se ha aprovechado de Marissa todo este tiempo.
Marissa se preocupa temiendo que se desate una pelea.
Marissa: Eduardo, suéltalo…
Eduardo: Pero ¿sabes qué es lo que más ira me da?
Los dos hombres se miran de forma retadora. Marissa siente la tensión entre ambos.
Eduardo: Que te burlaste de mí en mis narices el otro día diciéndome que ibas a renunciar para probar suerte, pero nada más le sacaste partido a la situación para venir hasta aquí y quitarme a mi mujer. ¡Infeliz!
Marissa: ¡Eduardo, ya!
Danilo: (sonriendo incrédulo) ¿De qué mujer habla? Que yo sepa, ustedes no están casados.
Eduardo: ¡Es mi prometida!
Danilo: Entonces, debió haber cuidado mejor su relación, porque ya perdió, déjeme le digo. Yo la amo y no pienso renunciar a ella. ¿Escuchó?
Eduardo enfurece y no duda en lanzarle un puñetazo en la cara al joven hombre quien pierde el equilibrio y cae al piso.
Marissa: (aterrada) ¡Por Dios, Eduardo!
Eduardo intenta ir hacia el joven. Marissa, con prontitud, se pone en medio para evitar una pelea mayor.
Marissa: ¡Ni te atrevas a tocarlo de nuevo porque te va a pesar!
Eduardo: ¿Vas a defender a ese mugroso para ponerte en contra mía?
Marissa: No voy a permitir que le hagas daño y será mejor que te vayas porque si no lo haces ahorita mismo, voy a llamar a la policía.
Marissa lo mira fulminante y ayuda a Danilo a levantarse del piso. Un poco de sangre sale del labio inferior de él.
Marissa: (preocupada) ¿Estás bien?
Danilo: Sí, señora. No fue nada.
Marissa: Estás sangrando.
Danilo: Tranquila. Es solo un poquito nada más.
Marissa: Vamos adentro. Creo que tengo algo para limpiarle la herida.
Eduardo: Espera, Marissa. Tú no te puedes ir. No me puedes dejar y terminar lo nuestro así.
Marissa voltea a verlo con sumo reproche y se acerca nuevamente.
Marissa: Nunca hubo algo que pudiéramos considerar como “lo nuestro” porque tú lo tiraste todo por la borda acostándote con mi hermana, embarazándola y por sobre todo, jugando tan vilmente conmigo.
Eduardo: Yo nunca he jugado contigo. Mi amor por ti ha sido sincero.
Marissa: (incrédula) ¿Sincero? ¿Sincero dices después de todo lo que hiciste?
Eduardo: Todo tiene una muy buena explicación que estoy dispuesto a darte a pesar de haberte visto besuqueándote con ese tipejo que solo está contigo por interés tal como lo estuvo Luis Enrique. Padre e hijo son tal para cual, pero yo sí te amo, Marissa.
Marissa: ¡No vuelvas a decir eso en tu vida, Eduardo Román! ¡Nunca más! (Furiosa)
Eduardo: Marissa…
Eduardo intenta tomar el rostro de Marissa entre sus manos, pero ella se porta esquiva.
Marissa: ¡No me toques!
Eduardo: Tú y yo nos amamos. ¿Cómo puedes dejarlo todo por un peón, un miserable que sólo te está confundiendo?
Marissa: Danilo me ama de verdad y me lo ha demostrado a diferencia de ti que solo quisiste utilizarme para salir de tu crisis financiera.
Eduardo: Estás equivocada. Yo jamás te he utilizado y al principio hicimos un acuerdo, es cierto, pero me terminé enamorando de ti. Tú sabes lo que siento (Desesperado).
Marissa: No me sigas mintiendo en mi cara. Ten al menos los pantalones de reconocer que sólo buscas la forma más pronta de recuperarte económicamente ya sea conmigo o con Carolina.
Eduardo: ¿De qué estás hablando, por Dios? Nada es así. Yo…
Marissa: (interrumpiéndolo) Tú nada, Eduardo. Tú nada. Ya hiciste lo mismo una vez con Helena, pero no permitiré que lo hagas conmigo.
Eduardo: ¿Cómo me puedes decir algo así si tú bien sabes mi historia? Tú sabes que el padre de Helena y mi madre arreglaron mi matrimonio. Me casé con ella enamorado.
Marissa: Dudo mucho de tus supuestas buenas intenciones después de ver la clase de familia de la que vienes.
Eduardo: (solloza) Estás siendo muy injusta conmigo…
Marissa: (sarcástica) ¿Injusta? El injusto fuiste tú; tú que jugaste con mis ilusiones de amar de nuevo después de la traición y la mentira en que viví al lado de Luis Enrique.
Eduardo: Marissa, no seas necia. Déjame que…
Marissa lo interrumpe nuevamente poniendo su mano frente a él para indicarle silencio.
Marissa: (interrumpe nuevamente) Ni lo intentes. No estoy dispuesta a escuchar una sola mentira más. Vete por donde viniste y si Carolina tiene tan poca dignidad para seguirte amando y casarse contigo sabiendo la clase de hombre que eres, allá ella. Yo no repetiré esa historia.
Marissa termina de decir aquellas decisivas palabras al tiempo que un amargo nudo se le forma en la garganta.
Marissa: Vamos, Danilo.
Danilo mira de mala forma a Eduardo y entra junto con Marissa a la casa. Eduardo, por su parte, luce notablemente decepcionado, como si le acabaran de arrancar una parte de sí y no puede evitar derramar lágrimas discretas.
Eduardo: (susurrando) No me dejes, Marissa. No me dejes. Tu amor era lo que me mantenía en pie. No me dejes… (Repite muy dolido)
Eduardo rompe a llorar y ante la frustración que siente, se frota el rostro con brusquedad y se pone en cuclillas desahogándose por la amargura que le invade.
INT. / CASA DE LOS MIRANDA / NOCHE
Dentro, Marissa evita mirar a Danilo, gimotea un poco y mantiene baja la cabeza. Él lo nota y la ve con algo de pena.


Marissa: Toma asiento. Iré por el botiquín de primeros auxilios para curarte la herida en el labio y ya regreso.
Marissa se adelanta un poco, pero el muchacho la detiene tomándola del brazo con delicadeza.
Danilo: Doña Marissa…
Marissa le da la espalda y evita voltearse.
Danilo: Yo sé que ahorita no se está sintiendo nada bien, pero creo que ya le había dicho que mi hombro siempre va a estar pa’ que usted llore y se desahogue todo lo que quiera.
Marissa guarda silencio y se cubre la boca con la mano para contener el llanto. Danilo la trae para sí y la abraza cubriéndola con sus brazos. La mujer. entonces, llora fuertemente en el pecho de él y ambos se quedan en dicha posición durante varios segundos.
VILLA ENCANTADA
INT. / HOTEL, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Carolina acaba de salir de la ducha, tiene el cabello húmedo y se encuentra en bata. Mientras se seca el cabello con una toalla, recuerda, perturbada, la noche que dejó morir a Epifanio junto con Luis Enrique.
FLASHBACK


Luis Enrique: Pues si tu amor por Eduardo es tan grande como dices, lo único que se me ocurre es quitar a tu padre de en medio.
Carolina: (desconcertada) ¿Cómo?
Luis Enrique: Dejarlo con vida sí o sí te afecta, no solo a ti, sino también a mí. Tenemos que deshacernos de él.
Carolina: No quiero matarlo. Te dije que es mi padre. No soy una desalmada que mata a diestra y siniestra a sangre fría.
Luis Enrique: Es la única opción que tenemos.
Carolina: Debe haber otra manera.
Luis Enrique: ¿Qué otra se te ocurre a ti? Me llamaste y me pediste que viniera para que te ayude. ¡Pues bien! Esta es mi propuesta si no queremos que todo se vaya al carajo.
FIN DEL FLASHBACK
Carolina deja de recordar y esta vez trae a su cabeza la conversación con Gracia esa tarde.
FLASHBACK


Gracia: Me dijo que lo hacía para vengarse de ti. Él nunca perdonó a tu padre por los maltratos que sufrió y vino a este pueblo para vengarse desde un principio. Él fue quien también le envió ese video a don Epifanio y no descansará hasta destruirte…
Carolina: (solloza) Claro, ahora todo tiene sentido. Era ese el motivo por el que mató a Tarcisio. De seguro le dio dinero para que le entregara el video de las cámaras de seguridad de la hacienda y lo silenció matándolo para no dejar cabos sueltos.
Gracia: (asentando) Y a mí me encerró en esta casa de locos y les ordena a las enfermeras que me mantengan dopada para que guarde silencio, pero tengo miedo de que en cualquier momento venga a matarme, Carolina (Aterrada). Ese hombre es muy peligroso…
FIN DEL FLASHBACK
Carolina: ¿Cómo es posible que me traicionaras de esa forma, Luis Enrique? (Pregunta para sí misma decepcionada) ¿Cómo si eres mi hermano y siempre nos apoyamos?
Carolina se ve sacada abruptamente de sus pensamientos cuando escucha un sonido de notificación de correo recibido en su laptop puesta sobre una mesa.
Carolina: (extrañada) ¿Qué será?
La mujer se acerca con suspicacia a la laptop y abre la bandeja de correos recibidos. El nuevo que ha llegado sobresale en negrita de parte de “El Alma en Pena”.
Carolina: Está vacío. Nada más tiene un video adjunto.
Carolina abre el correo y luego da clic sobre el video anexo. Gimotea exaltada y se echa para atrás al ver que es la grabación de las cámaras de seguridad donde se ve cómo asesina a Helena Montalbán a sangre fría.
Carolina: (respirando agitada) Es el video… Es otra vez la maldita grabación que me enviaron la noche que mi papá me enfrentó. Tuvo que ser él. Tuvo que ser Luis Enrique que está jugando conmigo. ¿Qué es lo que pretende? (Perturbada)
Un nuevo mensaje llega. Carolina no tarda en abrirlo. Esta vez se trata de un texto escrito en letras grandes.
“Prepárate. Eduardo Román pronto sabrá la clase de zorra que eres”.
De repente, tocan la puerta. Ella, asustada, cierra abruptamente la laptop.
Carolina: ¿Quién es?
Cruz: (desde afuera) Soy yo, señorita.
Carolina intenta reponerse de la impresión y se dirige a abrir la puerta. Cruz entra y ella le da la espalda mientras sigue secándose el cabello.

Carolina: ¿Qué quieres, Cruz? Estaba por irme a dormir.
Cruz: ¿Tan temprano? Si apenas van a ser las nueve.
Carolina voltea a verla y enarca una ceja.
Carolina:: ¿Es que ahora te vas a dedicar a monitorear mis horarios y a qué horas hago las cosas?
Cruz: Ay, yo nada más decía, señorita. Qué delicada.
Carolina: Discúlpame. La verdad ahorita no estoy de humor ni me siento nada bien. Lo único que quiero es estar en la cama.
Cruz: Sí se le nota. Con esas ojeras y palidez que trae, parece una muerta. ¡Válgame Dios! (Carolina se sorprende) Con una cara así, don Eduardo Román no va a querer ni tocarla con un palo.
Carolina: (molesta) Me parece que no venías precisamente para hablar de mi rostro, ¿no? Mejor dime de una vez qué quieres y te retiras.
Cruz: Ay, señorita. No se me ponga así. Mire que se lo digo por su bien para que no baje la guardia y menos ahora que los planes que tiene van de maravilla. He ahí el por qué me desconcierta el mal semblante que le veo.
Carolina: No es nada de lo que preocuparse.
Cruz: (suspicaz) ¿Segura? Mire que se puso así después de que salimos de ese manicomio. ¿Tan grave fue lo que quería hablar con usted su amiga la loca?
Carolina: Gracia no está loca. Fue encerrada en ese sitio en contra de su voluntad.
Cruz: ¿Ah, sí? ¿Por quién? (Pregunta muy curiosa)
Carolina: Mira, Cruz. Tú has sido un gran apoyo para mí desde la muerte de mi papá, pero entre menos sepas, es mejor. Hay cosas que no te puedo decir.
Cruz: Me parece un poco injusto que me diga eso si le he demostrado mi fidelidad. De hecho, hasta le venía a contar que mis contactos en la hacienda de los Román me informaron que don Eduardo salió muy temprano esta mañana de viaje junto con la muchacha esa, María Helena.
Carolina: (extrañada) ¿Un viaje? ¿Para dónde?
Cruz: Según me contaron, para la capital, pero de ahí no sé más.
Carolina: (pensativa) De seguro fue a buscar a Marissa.
Cruz: ¿Cree que la encuentre y le explique el malentendido que ocurrió con usted?
Carolina: Es probable y eso no me gusta nada. Podrían reconciliarse ese par y aunque esté embarazada, un niño en estos tiempos ya no amarra a una pareja. Yo llevo las de perder (Preocupada).
Cruz: Usted me había dicho que todavía tenía un recurso en sus manos para terminar de destruir a la suripanta de su hermana, ¿no?
Carolina: Sí, pero ya no sé si incluso eso sirva de algo. Todo lo que tengo pensado podría irse a la basura ahora que…
Cruz: ¿Ahora que qué?
Carolina guarda silencio y se queda pensativa mirando a su ama de llaves con indecisión. Cruz solo se muestra bastante intrigada y expectante a lo que ella tenía para decir.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / CASA DE LOS MIRANDA, SALA / NOCHE
Marissa está sentada en el sofá y termina de beberse un té relajante. Danilo se encuentra a su lado y la observa sonriendo en silencio.


Danilo: ¿Cómo se siente?
Marissa: Mucho mejor. Me hizo bien este té que me preparaste. Gracias.
Danilo: No hay de qué, señora. Yo con todo el gusto del mundo le preparo cuantos tés hagan falta para esté mejor.
Marissa: (sonriéndole) Tú siempre tan lindo conmigo. Eres un muchacho tan especial y con un corazón tan noble. Bien pudiste haberte defendido de Eduardo y, sin embargo, preferiste conservar la calma para evitar un pleito mayor. Es algo que admiro mucho de ti.
Danilo: Es que en el fondo le guardo respeto a don Eduardo y siempre le voy a estar agradecido por habernos dado chamba a mi mamá y mi hermana todos estos años, solo que hoy no podía negar frente a él lo que siento por usted y menos quedarme como si nada cuando la insultó.
Marissa: Gracias también por ello, aunque si bien no era necesario que me defendieras. Eduardo puede pensar lo que quiera de mí. En nada me afecta.
Danilo: Entonces, ¿por qué se puso así cuando entramos? ¿O es que acaso todavía siente algo por él?
Marissa: (pensativa) No te voy a negar que sí me duele la forma en que jugó conmigo y no es fácil arrancarse a alguien del corazón en unos días.
Danilo: Dígamelo a mí…
Marissa: ¿Ves? Hasta tú me das la razón, pero el tiempo lo sana todo y ahora lo que más deseo es dejar atrás el pasado.
Danilo la toma de la mano en ese momento y la mira enamorado.
Danilo: Pasado que, si usted me permito, yo le voy ayudar a olvidar o, por lo menos, a sanar.
Marissa: Ay, Danilo… (Suelta un suspiro)
Danilo: ¿Qué pasó? ¿Me va a decir que ese beso allá afuera no significó nada?
Marissa: Significó mucho. Es solo que todavía no me hago a la idea de que haya algo entre nosotros dos. Es que ni siquiera sé si sea capaz de… (Se detiene)
Danilo: ¿De qué?
Marissa no responde y guarda silencio mientras baja la mirada sintiendo cierta incertidumbre.
Danilo: ¿No cree que sea capaz de enamorarse de m? ¿De verme como hombre?
Danilo comienza a acercarse más a ella mirando sus labios con deseo. Marissa se exalta al sentirlo tan cerca de nuevo y pone sus dedos con delicadeza en los labios de él para evitar que se aproxime más.
Marissa: Por favor, no me hagas esto, Danilo.
Danilo se atreve a besar los dedos de ella un par de veces y cierra los ojos como para disfrutar de ese contacto.
Marissa: (en un hilo) Basta. Te lo pido…
Marissa le aparta la mano y se pone de pie.
Marissa: Esto no está bien y me parece mejor que dejemos la plática hasta aquí.
Danilo: (levantándose) ¿Por qué le da tanto miedo darme un chance, señora? ¿A qué le teme?
Marissa: Tú lo sabes y te lo dije afuera. No quiero que las cosas lleguen a terminar mal para nosotros si no funciona.
Danilo: Va a funcionar. Va a ver que sí. Nada más tiene que dejar de lado esos miedos y dejarse querer, señora.
Danilo le dice aquello mientras le sonríe y le acaricia el rostro con suavidad.
Danilo: Cuando hay amor de verdad, no tiene por qué salir mal nada.
Marissa: (indecisa) Lo sé, pero es que tú y yo…
Danilo: Deme una oportunidad y va a ver que no le voy a fallar. Solo una.
Danilo se acerca de nuevo con ánimos de besarla. Marissa respira pesadamente y se sienta cada vez más estremecida hasta que finalmente, él une sus labios con los de ella y ambos se unen en otro beso lento durante varios segundos. Marissa, en un momento dado, se aparta exaltada.
Marissa: (susurrando) Yo creo que es mejor que te vayas, Danilo.
Danilo: ¿Le gusta cuando nos besamos?
Marissa guarda silencio, baja la mirada y no se atreve a responder. Danilo le alza la cabeza del mentón.
Danilo: Porque si no, dígamelo mirándome a los ojos y me voy por hoy.
Marissa: Me gusta (Cierra los ojos al admitirlo). Debo reconocer que sí me gusta y mucho, pero…
Danilo sonríe y no la deja terminar porque la besa de nuevo. Poco a poco, el beso se torna más apasionado. Danilo la toma de la cintura y junta su cuerpo más al de ella. Marissa solo se deja llevar y una fuerte tensión sexual se crea entre ambos de nuevo. Los dos dejan de besarse, pero se quedan a tan solo un par de centímetros el uno del otro al punto de escuchar su respiración.
Marissa: Me parece que es más conveniente que paremos y dejemos hasta aquí.
Danilo: (asentando) Yo creo que sí. Perdóneme si antes me pasé.
Marissa: No te preocupes. Los dos somos adultos y tú no me estás forzando a nada, pero sí creo más prudente parar.
Danilo: Tiene razón. Yo la amo y la deseo demasiado, pero de ninguna manera voy a faltarle el respeto o a presionarla. Yo no quiero que esto tan bonito se acabe por acelerar las cosas.
Marissa: (esbozando una sonrisa) Te agradezco que pienses así.
Danilo: Lo que sí le pido es que no se prive de nada y no sienta miedos que conmigo la historia va a ser muy diferente. Se lo aseguro.
Marissa: Lo tendré en cuenta. ¿Por qué mejor no vas a descansar? Mañana nos espera un día largo y debemos viajar a la boda de Pablo y Milena.
Danilo: Sí. Es verdad. Ya hasta se me estaba olvidando y donde faltemos, los dos nos ponen como camote. Eso ni lo dude..
Marissa: (riendo incómoda) Tú lo has dicho.
Danilo: Buenas noches, señora. Qué descanse.
Marissa: (balbuceando) Gr… Gracias, Danilo. Tú… Tú igual.
Danilo se queda viéndola un par de segundos con el impulso de besarla de nuevo, pero solo le sonríe y se va. De fondo se escucha la puerta cerrarse. Marissa, a solas, se sienta en el sofá y se lleva una mano al pecho.
Marissa: ¿Qué voy a hacer contigo, Danilo?
Marissa se toca los labios con suavidad y recuerda fugazmente los besos que se dieron.
Marissa: ¿Por qué me siento así tan rara?
De repente, la mujer recuerda parte de una plática que tuvo con Eduardo la noche que pasaron juntos en un hotel luego de que ella se lastimara el tobillo al escapar de la turba furiosa del pueblo que querían desterrarla.
FLASHBACK
Eduardo la silencia con un corto beso en los labios y le habla muy cerca llevando las manos de ella a su pecho.
Eduardo: Quiero que sepas que pase lo que pase, te quiero y eres sumamente importante para mí, Marissa. Eso tenlo muy presente.
FIN DEL FLASHBACK
Marissa: (dejando de recordar) Me voy a volver loca con estos dos hombres en medio. ¿Qué voy a hacer?
Marissa se queda pensativa y perturbada ante varios sentimientos encontrados.
VILLA ENCANTADA
INT. / HOTEL, HABITACIÓN DE CAROLINA / NOCHE
Cruz sigue expectante y muy curiosa después de que Carolina callara abruptamente cuando ambas platicaban.


Cruz: ¿Por qué no dice nada? ¿Se le comieron la lengua los ratones?
Carolina: (pensativa) No sé si debería confiar en ti, Cruz. No quiero terminar de hundirme si llego a confiarte cosas tan delicadas.
Cruz: ¿Cómo va a pensar usted que yo podría hundirla, señorita? ¡Jamás!
Cruz se acerca a ella y le acaricia el pelo mirándola con ternura.
Cruz: Usted ha sido como una hija para mí. Recuerde que yo la vi crecer, además, guardé los secretos de su difunto padre, que en paz descanse, con mucho celo y jamás abrí la boca. ¿Por qué seguiría yo a su lado si no sintiera por usted todo este cariño que le guardo?
Carolina: Hay cosas muy malas que hice, peores que el haber ocultado una hija o una relación clandestina con una mujer casada como hizo mi papá. Esto no tiene comparación (Perturbada).
Cruz: He vivido lo suficiente y ya nada me sorprende, señorita, y no lo digo por mi edad que, por cierto, no es tanta, sino por la experiencia que he adquirido con los años.
Carolina guarda silencio un par de segundos y la mira con suspicacia.
Cruz: Confíe en mí y verá que puedo serle de muchísima más utilidad de la que he sido hasta ahora para usted.
Carolina: ¿Me juras que no me juzgarás ni me traicionarás?
Cruz: Creo que no tengo que repetirlo, pero allá usted. Yo, antes que nada, respeto su privacidad y sus decisiones. Finalmente, solo soy su empleada, pero piénselo y luego me dice.
Cruz le sonríe con hipocresía y se da la vuelta para retirarse. Carolina, de inmediato, la detiene en seco con la voz.
Carolina: ¿No me juzgarías incluso si te digo que maté a alguien?
Cruz sonríe con una desmedida satisfacción al escucharla, se da la vuelta para encararla de nuevo y muestra una expresión seria.
Cruz: Me parece que, si llegó a eso, sus razones tendría, así que mi respuesta es no, señorita. Tampoco la juzgaría.
Carolina siente que se le forma un nudo en la garganta a punto de llorar y asiente con la cabeza.
Carolina: Está bien. Voy a confiar en ti, Cruz. Nada más te advierto que si llegas a delatarme o a traicionarme, no te la vas a acabar por más aprecio que te tenga. Ni siquiera yo sé de lo que sería capaz, así que dime, ¿estás dispuesta a involucrarte conmigo en esto?
Cruz: Dispuesta y más que preparadísima, señorita.
Cruz le esboza una sonrisa. Carolina solo la ve sintiendo aún algo de indecisión. Minutos después, se ve a ambas de pie frente a la laptop. Carolina acaba de mostrarle el video de la grabación de las cámaras de seguridad que le enviaron y se muerde la uña del dedo pulgar con cierta ansiedad. Cruz ha visto el visto y permanece con una expresión un tanto parca.
Carolina: ¿Y bien? (Hace una pausa) ¿Con eso ya entiendes mejor a qué me refería y por qué me costaba tanto contártelo?
Cruz también hace una pausa de varios segundos y luego voltea a verla con aquella misma parquedad.
Carolina: Dime algo. No te quedes solo mirándome así.
Cruz: ¿Qué le puedo decir? Me imagino lo mucho que le ha costado cargar con esto. Hasta siento pena de usted. Debió haber confiando en mi antes y le hubiera sido más fácil sobrellevarlo.
Carolina: No podía contárselo a nadie, Cruz. Tenía miedo… Mucho miedo (Comienza a sollozar) Yo nunca me había manchado las manos de sangre y no quería llegar a esos extremos, pero ya no podía soportar que Helena fuera tan cínica e hiciera tanto daño.
Cruz: ¿No la mató solo para quedarse con don Eduardo?
Carolina: No, jamás (Niega muy segura con la cabeza) Lo hice porque siempre se burló de mí y me humilló restregándome en la cara que tenía comiendo de su mano no solo a Eduardo, sino a mi papá, porque sí. Yo siempre supe que ellos dos eran amantes.
Cruz: Entonces, usted nada más fingió no saberlo ese día que don Eduardo nos invitó a la hacienda después del entierro, ¿no?
Carolina: ¿Cómo iba a reconocer frente a Eduardo que yo ya estaba enterada? Me hubiera odiado por no habérselo dicho desde un principio, mucho antes de que casara con Helena.
Cruz: ¿Y por qué no lo hizo? ¿No hubiera sido más fácil que esperar tantísimos años para haberse echado al plato a esa mujer?
Carolina rompe a llorar ante esas preguntas.
Carolina: Créeme que yo me hago las mismas preguntas todos los días y no te imaginas lo mucho que me odio a mí misma por haber sido tan cobarde, Cruz. En el fondo, tenía miedo de desenmascarar a Helena y que no me creyeran. Conociendo a mi papá y sabiendo lo enamorado que estaba de ella, hasta me hubiera corrido y desheredado.
Cruz: No exagere. Usted era su hija después de todo. ¿Cómo se iba a poner en contra suya por defender a esa vagabunda de Helena?
Carolina: Te lo digo porque así me lo hizo saber la noche que murió cuando descubrió que maté a Helena.
Cruz finge sorpresa ante esa confesión.
Carolina: Me pidió que me fuera lejos y me dijo que no me iba a denunciar, pero se disgustó tanto que no aguantó. Prácticamente, yo también lo maté, Cruz (Llora desconsolada) Yo también maté a mi papá.
Cruz: Ay, señorita. Enterarme de esto sí me pone muy mal (Finge perturbación).
Carolina: ¿Cómo crees que me siento yo cargando con eso en mi consciencia? ¡Era mi padre!
Cruz: Pero si lo vemos de otro lado, usted no tuvo la culpa. Don Epifanio no tenía muy buena salud que digamos.
Carolina: Pude haberlo auxiliado para que lo llevaran al hospital de urgencia. Quizá así si hubiera sobrevivido, pero no lo hice.
Cruz: ¿Por qué no?
Carolina: Luis Enrique me convenció.
Cruz: (extrañada) ¿Luis Enrique? ¿Cuál? (Hace una pausa) ¡Espérese tantito! No me diga que su hermano, el desaparecido. ¿Ese Luis Enrique?
Carolina: Sí, él. Mi hermano que, de paso, también es el exmarido de Marissa.
Cruz: (impactada) ¿El bigotón?
Carolina asiente con la cabeza.
Cruz: Ahí sí me va a disculpar, pero me voy a sentar antes de que me vaya pal’ otro lado sin terminarme el chisme.
Cruz se sienta cómicamente en la cama y se da viento con la mano.
Carolina: Luis Enrique sabe que yo maté a Helena. De hecho, él también quería matarla y me vio justo cuando yo lo hice.
Cruz: (impresionada) Entonces, usted se le adelantó por cuestión de segundos.
Carolina: Él no sabía que yo era su hermana en ese momento y el día del entierro de Lucrecia, se enteró que yo era hija de Epifanio de La Torre, me abordó de la nada y ahí me dijo quién era. Me contó que me había visto y me dijo también las razones que tenía para matar a Helena.
Cruz: ¿Qué razones?
Carolina: Danilo y Milena, los hijos de Cecilia, son también hijos de Luis Enrique, mis sobrinos.
Cruz: ¡Ahora sí está que me da! Esto sí que es demasiada información a la que estoy acostumbrada a recibir.
Carolina: Tampoco es importante que entiendas esa parte. El punto es que, al parecer, Helena también tenía por amante a Danilo. Lisa los descubrió y como la muchachita ya estaba enamorada de Eduardo, vio a Helena como su rival y chantajeó a Danilo para que la matara. Luis Enrique, para evitar que su hijo se metiera en problemas, quiso hacerlo él mismo.
Cruz: Vaya que doña Helenita Montalbán tenía enemigos por doquier. ¡Era toda una joyita!
Carolina: Lo grave ahora es que Luis Enrique, según Gracia, quiere vengarse de mí por los maltratos que recibió de mi papá cuando era niño y me está enviando estos videos de las cámaras de seguridad para amenazarme. Él también fue el que quemó mi casa.
Cruz: Entonces, sí él tiene esos videos, es porque alguien dentro de la hacienda se los dio. Tuvo que ser el capataz maloliente ese, el que supuestamente mató la Ceci.
Carolina: Tarcisio…
Cruz: ¡Ese! Muy seguramente el bigotón lo mató para no dejar cabos sueltos. Ahora entiendo por qué la Ceci lo acusaba el día que se la llevaron presa, pero nadie le prestó atención.
Carolina: Así es. Luis Enrique ha sabido deshacerse de cada persona que le ha estorbado y la siguiente soy yo, Cruz. En cualquier momento él podría enviarle ese video a la policía y Eduardo me terminaría odiando cuando sepa todo lo que le he ocultado.
Cruz: ¡Madre mía! ¡De verdad que es un psicópata!
Carolina: No sé que voy a hacer. Con todo siento que me voy a enloquecer (Desesperada).
Cruz guarda silencio durante un instante.
Cruz: No pasará nada si usted está un paso delante de él.
Carolina: (confundida) ¿Qué quieres decir?
Cruz se pone nuevamente de pie y se la acerca acariciándole el cabello.
Cruz: Que a veces hay que encontrarle el punto débil al enemigo para saber cómo pelear, señorita Carolina.
Carolina: No te estoy entendiendo. Yo no tengo nada para contraatacar a Luis Enrique si es lo que te refieres.
Cruz: ¿Segura? Porque a mí me parece que sí hay algo que podemos hacer ahora que lo pienso bien.
Carolina: ¿De qué se trata?
Carolina la mira intrigada. Cruz solo sigue sonriendo con malicia. Tal parece que está sabiendo jugar bien sus cartas.
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / BAR / NOCHE
María Helena llega a un tipo de bar lujoso de la ciudad y mira para todos lados como si buscara a alguien. De lejos, alcanza a ver a Eduardo, quien al parecer se ha quedado dormido con la cabeza puesta sobre la barra. La chica, con prontitud, se dirige hacia él.


María Helena: (moviéndolo) Don Eduardo… Don Eduardo, soy yo.
Eduardo no se inmuta y se muestra bastante ebrio.
Eduardo: Déjame. Quiero estar solo. Vete.
María Helena: Primero tiene que pararse. Déjeme llevarlo al menos al hotel para que se acueste en una cama decente.
El barman se acerca mientras limpia una copa.
Barman: ¿Tú eres María Helena?
María Helena: Sí, soy yo. ¿Fuiste tú el que me llamó?
Barman: Sí. Es que como vi al cuate tan pedo y para colmo solo, se me ocurrió pedirle el teléfono. Cuando le pregunté a quién le marcaba, me dijo tu nombre.
María Helena: Gracias por haberme avisado. El problema ahora es hacer que se levante y tomemos un taxi por lo menos.
Barman: Yo que tú ni intentaba. No creo que se vaya a levantar de ahí, pero ya te llamo uno de los de seguridad para que te echen una mano, ¿va?
María Helena: (resignada) Está bien. Gracias.
María Helena mira a su padre con cierta compasión y preocupación al encontrarlo en tal estado.
Eduardo: (balbuceando) Ma… Marissa… Marissa, no me dejes… Marissa…
María Helena: Ay, papá. Cómo quisiera poderte ayudar de alguna manera, pero en asuntos del corazón no creo que haya mucho qué hacer.
María Helena le acaricia el cabello sin dejar de sentir compasión por él. Eduardo solo permanece ajeno a lo que sucede a su alrededor.
VILLA ENCANTADA

EXT. / CALLES / DÍA

Es un nuevo día. Carolina camina con Cruz por las calles del pueblo. Es de notar que la primera sostiene una carpeta.


Cruz: Entonces, ¿vamos a ir a tomar posesión de la hacienda así nada más, señorita?
Carolina: ¿Vamos?
Cruz: Bueno, me refería a que si usted va a ir tomar posesión de la hacienda. ¿Que no teme que don Eduardo Román la corra?
Carolina: (sonriendo) No lo hará. Voy a tener el respaldo del licenciado Mantilla. ¿Te acuerdas de él?
Cruz: Claro. El abogado de confianza de su papá.
Carolina: Exacto, ese mismo. Lo cité en la hacienda y si sincronicé bien los tiempos, estará allá para cuando nosotras lleguemos. Con la presencia del licenciado, Eduardo verá que no podrá deshacerse de mí si quiere evitar meterse en un pleito legal conmigo.
Cruz: (emocionada) Qué bueno porque ya me veo como el ama de llaves de la hacienda dándole órdenes a la ralea esa de perezosas que trabajan allá. Es el puesto que siempre soñé.
Carolina: Y ten por seguro que lo tendrás, Cruz. Tengo mucho que agradecerte porque, en medio de todo, eres la única que ha sabido entenderme y ha estado a mi lado incondicionalmente.
Cruz: Es con todo el gusto, señorita. Como le dije anoche, mi aprecio por usted es muy grande y mi fidelidad ni se diga.
Carolina: Lo sé y me lo demostraste anoche escuchándome sin juzgarme. Gracias por ello de verdad.
Cruz: Ni lo mencione. ¿Cuándo piensa ejecutar el siguiente plan para ponerle un alto al bigotón ese psicópata que tiene por hermano o no le gustó mi idea?
Carolina: Por supuesto que me gustó, pero todo a su tiempo, Cruz. Tengo que barajar mis cartas despacio si no quiero que algo salga mal. Luis Enrique me sigue los pasos y debo andarme con cuidado si no quiero que actúe antes que yo.
Cruz: Entre otras cosas, mire allí nada más quién llegó.
Cruz le señala con el dedo discretamente hacia la fachada del hospital. Danilo se acaba de bajar de un auto y se apresura a abrirle la puerta a Marissa. Ella sale del vehículo y le sonríe por su amabilidad.
Carolina: (indignada) No puedo creerlo. Pensé que estaba lejos. ¿Qué hace Marissa aquí?
Cruz: Yo que usted iría a ver y le dejaría bien claros los puntos sobre las íes a esa musaraña de una vez por todas. ¡Sí, señor!
Carolina se queda pensativa desde la distancia. Marissa, entretanto, luce muy elegante para la ocasión usando un vestido negro con algunas piedras brillantes. Danilo también usa un traje.


Marissa: Bueno, creo que estamos a tiempo. Milena ya debe estar lista para que vayamos a la notaría. ¿Qué te dijo Pablo cuando le hablaste?
Danilo: Que venía camino para acá. Supongo que ya llegó y está adentro. ¿Los esperamos aquí o prefiere que los vaya yo a buscar?
Marissa: Deja que yo voy contigo. Quiero verlos y desearles lo mejor antes de que se casen. Han de estar preciosos los dos.
Danilo: Usted no se queda atrás. Está hecha una reina.
Marissa: (sonriéndole) ¿Qué dices?
Danilo: La verdad nada más y ya se lo dije cuando la fui a recoger, pero ni usted se lo cree.
Marissa: Tan solo me arreglé de acuerdo para la ocasión. Mi hijo se casa y eso no es cualquier cosa.
Danilo: Pues vestida o no para la ocasión, para mí siempre se ve hermosa y no se lo digo solo porque esté enamorado de usted. Puede preguntarle a cualquiera y segurito me daría la razón porque buen gusto tengo, eh.
Marissa: (riendo) ¡Qué bárbaro! Me vas a hacer dar pena desde temprano y mira que ya me eché harto rubor como para sonrojarme.
Danilo: Es que ni le hacía falta echarse porque es bien penosa usted.
Danilo le ofrece el brazo en un gesto caballeroso.
Danilo: ¿Vamos?
Marissa: ¡Vamos!
Marissa se engancha de brazo con él, pero justo cuando se dirigen a entrar al hospital, son detenidos súbitamente por una voz a sus espaldas.
Carolina: No pensé que tuvieras tan poca dignidad para aparecerte por estos lados después de lo que te dije…
Los dos voltean a ver encontrándose en primer plano con Carolina y Cruz aproximándose. Marissa se pone seria al ver a su hermana.
Carolina: Pero ¿qué se podía esperar de ti si dignidad es lo que nunca tuviste mientras estuviste casada tantos años con un hombre que nunca te amó?
Carolina termina aquella pregunta con un evidente tono de molestia y mirando de forma fulminante a Marissa.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Eduardo y María Helena, por su parte, entran a la casa y también recién llegan de la capital. Entre los dos hay un pesado e incómodo silencio. Eduardo solo suelta una bocanada de aire.


Eduardo: Bien, ya llegamos. Voy a estar en el estudio. Si necesitas algo, puedes ir a buscarme allá o en mi habitación si no me encuentras.
María Helena: Espérese tantito, don Eduardo. Quisiera hablar con usted una cosa antes si no es mucha molestia.
Eduardo: Me siento un tanto cansado y con mucha resaca, María Helena. Preferiría que habláramos más tarde.
María Helena: No me voy a tardar. Nada más quería pedirle perdón.
Eduardo: (extrañado) ¿Perdón? ¿Por qué?
María Helena: Porque fui yo la que le recomendó ir a buscar a doña Marissa a la capital y aunque usted no me ha contado qué pasó, después de haberlo visto anoche en ese estado, me imagino que fue una malísima idea de parte mía. De verdad, perdón.
Eduardo: Confórmate solo con saber que fue mejor así y no tienes por qué sentirte culpable. Lo que sí te voy a pedir es que no me vuelvas a mencionar ese asunto. No me hace nada bien.
María Helena: Como usted diga. Quiero también aprovechar para agradecerle por el dinero que le transfirió al hospital para la cirugía de mi mamá. Hoy ya finalmente la van a operar y si todo sale bien, esperemos que sí, sepa que voy a aceptar su propuesta y me voy a quedar aquí en la hacienda con usted.
Eduardo: Me alegra escuchar eso (Esboza una leve sonrisa). Espero que, al menos contigo en esta casa, logre sobrellevar esta maldita soledad en la que estoy (Dice con notable amargura). Te lo agradezco mucho.
María Helena: No hay de qué. De verdad que quiero mucho empezar a verlo como mi papá y ojalá usted también me vea a mí como una hija, don Eduardo.
Eduardo: Yo también y espero que así sea.
María Helena: ¿Me deja darle un abrazo? Me parece que le hace reteharta falta.
Eduardo asiente con la cabeza. María Helena se le acerca y ambos se funden un fraternal abrazo que es observado por alguien más. Eduardo se da cuenta de la presencia de aquella persona cuyo y se separa.
Eduardo: ¿Quién eres tú?
María Helena también voltea a ver y se sorprende en gran manera.

Lisa: Me llamo Martina Villareal, señor. Mucho gusto.
Lisa, con su nuevo y bello rostro, desconcierta a Eduardo a quien le invade una extraña sensación con tan solo verla. Lisa solo sonríe con algo de modestia. María Helena, por su parte, siente que le invade un vacío pues ha reconocido que aquella mujer es su hermana.
CONTINUARÁ…
Comentarios
Publicar un comentario