Capítulo 44: Enfrentamiento fatídico
EXT. / CALLES / DÍA

Marissa y Danilo justo se acaban de encontrar con Carolina y Cruz, las cuales se han acercado a ellos. Hay una cierta tensión, la cual se hace evidente por la forma en que ambas hermanas se miran.




Carolina: ¿Qué pasó? ¿No piensas decir nada? ¿O es que acaso estoy en lo cierto y regresaste para demostrar que no eres más que una sinvergüenza que se humilla por el amor de un hombre.
Marissa: (susurrando) Danilo, adelántate, por favor. Yo mejor los espero acá afuera.
Danilo: ¿Está segura? Mire que me late que este no es un buen momento para que la deje sola con esas cacatúas.
Danilo dice aquello último fuertemente para que ellas lo escuchen, cosa que las sorprende.
Cruz: (molesta) ¡Pelado! ¿Cómo osas insultar a dos damas como nosotras?
Carolina: Déjalo, Cruz. No tiene la culpa de haber crecido sin padre y ser el hijo de una sirvienta. Míralo ahí ahora queriendo engatusar mujeres que casi le doblan la edad.
Danilo se pone serio ante tan despectiva forma de referirse a él y se acerca a las mujeres. Marissa lo toma de un brazo para evitar que se forme algún escándalo.
Danilo: (serio) Pues sí, ¿sabe?
Marissa: (incómoda) Danilo…
Danilo: Déjeme, señora, que yo sé lo que hago y en cuanto a usted, “señorita” Carolina, podré ser todo lo que me dijo y fíjese que no lo niego, pero lo que no le admito es que me calumnie y que me falta al respeto.
Carolina: (cínica) Yo nada más hablo de lo que veo y cualquiera en este pueblo pensaría lo mismo de ti al verte tan galante con una mujer soltera y de clase como Marissa (Se cruza de brazos) ¡Pero claro! Como tu padre no pudo con ella, tú vas a seguir su legado, ¿no es así?
Danilo: Pues tanto usted como todos los demás que piensen eso están bien equivocados déjeme le digo, pero al fin y al cabo, ladrón juzga por su condición.
Marissa: (exasperada) Danilo, ya basta, por favor. Retírate. Yo me encargo.
Danilo ignora a Marissa y sigue defendiéndose de Carolina.
Danilo: Yo no sé qué pasó entre usted y don Eduardo, y ni me interesa saberlo porque no soy como ciertas rucas por ahí a las que les pica la oreja y la lengua para chismear día y noche…
Danilo mira a Cruz mientras dice aquello último pues se refiere a ella. La mujer se indigna de forma cómica a punto de refunfuñar.
Danilo: Pero por lo que veo, usted nada más esperó a que don Eduardo se quedara viudo pa’ metérsele por los ojos y como no se fijó en usted, de algo se habrá valido para separarlo de doña Marissa.
Carolina mira fulminante al joven al sentirse aludida por todo lo que dice.
Marissa: ¡Danilo, ya!
Danilo: Y una última cosa, “señorita” (Acentúa de forma sarcástica la palabra). La próxima vez, antes de andar juzgando por ahí, examínese tantito la consciencia a ver si no es usted la que hace todo de lo que acusa a los demás. Con permiso.
Danilo mira con suspicacia a las mujeres, se retira y entra al hospital. Carolina, por su parte, se ve notablemente molesta y tensa la mandíbula.
Cruz: Qué insolencia. Prácticamente barrió el piso con nosotras el muchacho ese y de usted ni se diga. Por poco y le excomulga, señorita.
Carolina: (furiosa) ¡Cállate, Cruz! ¡No quiero comentarios!
Marissa: (seria) Danilo no dijo nada que haya sido mentira. Tú me acusaste de que no tengo dignidad y de que soy una sinvergüenza, pero la única que veo por aquí con tales calificativos eres tú, Carolina.
Carolina: (sarcástica) ¡Sí, claro! No me extraña que lo defiendas. Después de todo, yo nunca te caí bien.
Marissa: Todo lo contrario. Yo solo quería que fuéramos las hermanas que nunca pudimos ser; que recuperáramos el tiempo perdido e iniciáramos de cero, pero tú te encargaste de acabar con esa posibilidad con tus celos y tu cizaña. La que siempre me odió fuiste tú.
Carolina: Y no lo niego, pero no te hagas la víctima y deja la hipocresía. Admite que tú también siempre me viste como tu rival y como ahora el peón ese está enamorado de ti, lo tienes de reemplazo de Eduardo. ¡Te felicito, eh! No pierdes el tiempo.
Marissa: No necesito buscarme reemplazos para sentirme mejor. Creo que soy lo suficientemente mujer como para depender del amor de un hombre a diferencia de ti.
Carolina: No te creas mejor que yo, Marissa. Además, ese papel de mujer autosuficiente y empoderada no te lo crees ni tú misma. Los hechos hablan por sí solos.
Marissa: No sé a qué te refieres, ¿y sabes qué? Tampoco me interesa saberlo. Tengo cosas más importantes que quedarme aquí escuchando tus sandeces.
Marissa se da la vuelta para irse.
Carolina: No te hagas. Reconoce que estás respirando por la herida y que regresaste para robarme el amor de Eduardo mientras te coqueteas con un muchacho que hasta podría ser tu hijo.
Marissa la ignora y sigue caminando.
Carolina: Lo único que quieres es tener dos hombres a la vez que te bajen la menopausia, maldita descarada, pero óyeme bien.
Marissa se detiene en seco y se queda en silencio un par de segundos tratando de contenerse.
Carolina: ¡No te voy a permitir que interfieras entre nosotros! ¡Eduardo se casará conmigo! ¿Sí me oyes? ¡Conmigo, desvergonzada!
Marissa no aguanta más y se devuelve para acto seguido lanzarse una sonora cachetada.
Carolina: (adolorida) ¡Argh!
Cruz: (interviniendo) ¡Óigame! ¿Cómo se atreve a levantarle la mano?
Marissa: (muy molesta) ¡Ella se lo buscó! Quería evitar escándalos, pero tampoco voy a permitir que me pisoteen.
Cruz: ¡Ay, señorita Carolina! ¿Se encuentra bien?
Carolina, furiosa, se vuelve el rostro tocándose uno de los lados de la cara y mira con profundo rencor a su hermana.
Cruz: ¡Es usted una marginal! ¡Una salvaje!
Marissa: Le aconsejo que no intervenga porque tampoco me va a temblar la mano para darle su merecido por lamebotas y cizañera.
Cruz da un paso hacia atrás asustada.
Cruz: Tranquila. Yo nada más decía. Recuerde que, antes todo, somos unas damas y no unos camioneros borrachos.
Carolina: ¡Exacto! ¡Unas damas! Por eso nada más no me voy a rebajar a levantarte la mano.
Marissa: (incrédula) De damas ustedes no tienen nada y huelen mal de tanto veneno que cargan. No se me olvida que usted, doña Cruz, fue la que precisamente me dijo esa mañana que Eduardo y ella (Refiriéndose a Carolina) habían pasado la noche juntos…
Cruz se incomoda al ver que Marissa la ha hecho quedar mal frente a Carolina. Esta última se extraña.
Marissa: Y no me extrañaría enterarme de que fue una trampa que las dos orquestaron en mi contra para que descubriera que Eduardo me había sido infiel con ella, pero ¿saben qué? No me importa y en parte hasta se les agradezco porque fue mejor así. En cuanto a ti, Carolina…
Marissa hace una pausa mirándola con desprecio,
Marissa: No te imaginas la lástima que me produces y lo mucho que te compadezco por pensar que si Eduardo Román se casará contigo será por amor o porque van a tener un hijo.
Carolina: ¿Tú qué sabes?
Marissa: Lo suficiente. Eduardo nada más es un cazafortunas que busca desesperadamente salir de la bancarrota y como yo no fui su presa, ahora va detrás de ti, pero ese es tu problema y ahora sí, con tu permiso, mi hijo se casa en media hora y me debo retirar.
Marissa mira fulminantemente a ambas mujeres y se va caminando de forma imponente en dirección al hospital.
Cruz: (preocupada) ¿De verdad se siente bien, señorita? Me parece que le dejó el cachete inflado la suripanta esa.
Carolina: (exasperada) ¡Estoy bien! Y no me toques. Mejor explícame qué quiso decir ésa.
Cruz: (nerviosa) ¿A qué se refiere?
Carolina: No te hagas la tonta, Cruz. Tú le contaste esa mañana a Marissa que Eduardo y yo habíamos pasado la noche juntos. Fue por eso que ella llegó justo a la habitación y nos descubrió, ¿no?
Cruz: Bu… Bueno es que.. Como ella estaba preguntando por usted en el comedor, yo nada más le dije la verdad, señorita. Yo no vi salir a don Eduardo de la habitación de huéspedes en la que usted se quedó esa noche y le dije a Marissa que fuera a ver.
Carolina la mira con suspicacia.
Cruz: ¡Fue una manera de ayudarla! Créame. No lo hice con mala intención y, además, mire que funcionó porque las cosas se aceleraron y la suripanta se enteró de una vez por todas de lo que pasó entre usted y don Eduardo.
Carolina: (pensativa) En eso tienes razón. Debo reconocer que me convino que nos descubriera. En todo caso, no hagas cosas sin mi autorización la próxima vez. ¿Entendido? Consúltame.
Cruz: Y así será, señorita. Se lo juro.
Carolina: Por ahora, vámonos a la hacienda que ya perdimos mucho tiempo con esos dos y el licenciado Mantilla debe estar por llegar.
Carolina se va caminando con dirección a su auto estacionado no lejos de allí. Cruz la sigue y respira aliviada a sus espaldas.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Milena se encuentra sentada en su nueva silla de ruedas y usa un sencillo, pero bonito vestido blanco, además tiene el pelo recogido con una pinza y un sutil maquillaje estampado el rostro. Una maquilladora termina de darle los últimos retoques.

Maquilladora: (sonriendo) Ya quedó. ¿Qué te parece?
Milena toma un espejo de mano y ve un poco indecisa su reflejo.
Milena: Ay, no sé. Me gusta, pero…
Maquilladora: ¿Quieres que te retoque algo?
Milena: No, nada. No te preocupes. Es que estoy medio nerviosa y por eso no me termino de acomodar, pero así estoy bien. Muchas gracias.
De repente, tocan la puerta un par de veces.
Maquilladora: Va. Te dejo entonces que ya creo que llegaron por ti.
La maquilladora sale de la habitación y cierra la puerta tras sí. Milena se queda unos cuantos segundos a solas y se sigue mirando en el pequeño espejo.
Pablo entreabre y asoma un poco la cabeza pero con los ojos cerrados.

Pablo: Disculpen (Milena voltea a ver). Por acá me dijeron que anda la novia más hermosa de todo el hospital. ¡Qué digo hospital! De todo el pueblo.
Milena: (riendo) Ya, no seas cursi y abre los ojos.
Pablo entra a la habitación, pero sin abrir aún los ojos, por lo que extiende las manos hacia adelante y hacia los lados para ubicarse y evitar tropezarse dirigiéndose hacia la muchacha..
Pablo: Es que nada más me quería asegurar de que sí fueras tú. Ya sabes que por ahí dicen que es de mal agüero ver a la novia vestida antes de la boda.
Milena: Ajá. Entonces, ¿te vas a ir con los ojos cerrados hasta la notaría conmigo caminando como menso?
Pablo: Es mejor prevenir, ¿no?
Pablo se tropieza con una mensa pequeña y se golpea a la rodilla levemente.
Pablo: (adolorido) ¡Auch!
Milena: (riendo) ¡Oye, cuidado! Mejor evita tú un accidente y déjate de tonterías que te vas a caer.
Pablo se soba el golpe y se repone.
Pablo: No fue nada. Tranquila.
Milena: (sarcástica) ¡Ay, sí tú! Mira que no me quiero quedar viuda antes de que nos casemos.
Pablo: Pues fíjate que no te voy a dejar viuda tan pronto y te voy a seguir dando lata harto tiempo. Vas a ver.
Pablo llega hasta su novia y se inclina abriendo los ojos.
Pablo: (sonriendo) Hoy nada más es el comienzo de un viaje bien largo que vamos a tener juntos. Tenlo por seguro.
El muchacho no deja de mirarla enamorado y un brillo se dibuja en él al contemplar a Milena, quien le corresponde también con una gran sonrisa y le acaricia el rostro.
Pablo: Estás más preciosa de lo que me imaginé.
Milena: (poco convencida) ¿Tú crees?
Pablo: ¡Claro! Si yo te lo digo es porque así lo veo y lo siento. ¿Por qué la duda?
Milena: Es que me parece que no estoy lo suficientemente bonita para un día como éste, como si me faltara algo y hace ratito me di cuenta que ese “algo” a lo mejor es estar postrada en esta silla sin poder caminar (Esboza su sonrisa).
Pablo: ¿Cuándo vas a dejar de pensar que tu condición va a cambiar lo que siento por ti o lo guapa que te ves? Tú te sigues viendo hermosa, Mile. ¿O a poco no me vas a dar crédito sabiendo que soy yo el que se va a casar contigo en un rato, ah? Porque mal gusto no tengo.
Milena ríe un poco ante tal comentario y se limpia delicadamente uno de los ojos que ya estaba empezando a sollozar.
Milena: Siempre te las arreglas para sacarme una sonrisa.
Pablo: Y eso es justo lo que voy a hacer siempre para subirte el ánimo, así que ya no quiero más lágrimas. ¿Va?
Milena: (asentando) Va.
Los dos se sonríen de nuevo y se dan un beso corto en los labios que es justo interrumpido por Danilo, quien tocó la puerta ya abierta.

Danilo: Disculpen que interrumpa a los tortolitos. ¿Puedo?
Milena: (emocionada) ¡Danilo!
Pablo: (incorporándose) Ey, bro. Pásale.
Danilo se adentra a la habitación y le pone la mano en el hombro a Pablo de manera amistosa.
Danilo: Ya sé que andan muy enamorados, pero dejen algo para esta noche y no se coman la cereza del pastel tan temprano.
Milena: (avergonzada) ¡Óyeme! ¡No seas tan imprudente!
Danilo: Nada más decía. No la agarres conmigo, enana.
Milena: ¡Tonto! Vuélveme a llamar enana y a la próxima no te la vas a acabar, eh..
Danilo: ¿Oíste eso, Pablo? Es lo que te va a esperar casado con mi hermanita lo que te reste de vida. Yo que tú lo pensaba dos veces (Todos ríen).
Milena: Ya cállate. Pablo va a pensar que soy un ogro, una bruja o una qué sé yo.
Danilo: ¿Y qué no es la verdad?
Milena: ¡Exagerado!
Danilo se pone a la altura de su hermana, toma ambas manos de ella y las besa sonriéndole conmovido.
Danilo: Pero una cosa sí es cierta. Voy a echar mucho de menos a esa enana gruñona que tanto quiero.
Milena: Yo también te quiero y te voy a extrañar mucho, hermanito. Gracias por tanto que has hecho por mí siempre protegiéndome, aconsejándome y consolándome ahí cuando me ha hecho falta. Me siento muy afortunada de tenerte conmigo.
Esta vez es ella quien toma las manos de él y las aprieta mientras solloza. Danilo también solloza un poco.
Danilo: No vayas a llorar. Mira que estás hecha una princesa y debes llegar así tal cual a la notaría.
Milena: (riendo avergonzada) Perdón. Es que hoy estoy más sensible que nunca.
Danilo: Además, esto no es una despedida. Tú y yo nos vamos a seguir viendo seguido así ya no vivamos juntos porque no creo que te vayas a olvidar de mí, ¿o a poco sí?
Milena: Nunca y espero que tú tampoco de mí.
Danilo: Te juro que no. Voy a estar bien pendiente de tu tratamiento y de todo lo demás. Conmigo siempre vas a poder contar, manita.
Los dos hermanos se abrazan fuertemente durante un par de segundos. Pablo los observa sonriente y luego se separan. Danilo se incorpora en el acto.
Danilo: Bueno, yo creo que ya es hora de irnos. Doña Marissa nos está esperando afuera.
Pablo: Cierto y hay que estar en la notaría bien puntuales en media hora.
Milena: Esperen. Primero necesito hacer algo.
Pablo: ¿Qué te faltó, amor?
Milena: Quiero ir a un lugar y me gustaría que tú me acompañaras, Danilo. Creo que es importante que vayamos los dos juntos.
Pablo y Danilo se extrañan.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA
Lisa se encuentra sentada y una de las empleadas de la casa le da un vaso con agua. María Helena también está sentada a su lado y Eduardo se encuentra de pie cerca de la ventana.



Lisa: (sonriéndole) Gracias.
La empleada: No hay de qué. Con permiso.
Eduardo: Propio.
La empleada se retira del estudio. Lisa bebe tímidamente un sorbo y Eduardo se acerca a ella sin poder dejarla de mirar con una cierta curiosidad. María Helena, por su parte, guarda silencio.
Eduardo: (suspicaz) Entonces, María Helena y tú se conocen…
Lisa pasa el agua por la garganta y asiente con la cabeza.
Lisa: Sí, señor (Pone el vaso sobre el escritorio). Malenita y yo somos muy buenas amigas. Ella es…
La joven hace una pausa y sonríe mirando con suma hipocresía a su hermana. María Helena solo le devuelve la mirada con notable seriedad.
Lisa: Como una hermana para mí, la que nunca tuve, ¿sabe? Y claro, le llevo unos años, pero eso nunca fue impedimento para que nos relacionáramos bien. Como somos vecinas, yo hasta la cuidaba cuando estaba mas chiquita porque nuestras mamás tenían que salir a trabajar y ahí descubrimos que las dos tenemos tanto en común.
Lisa habla con un sutil sarcasmo que sólo es notado por María Helena. Eduardo no se percata.
Eduardo: Discúlpenme. Para serles muy sincero, no esperaba recibir visitas, Martina (Dudoso). Así me dijiste que te llamas, ¿no?
Lisa: Sí, señor. Martina Villareal.
Eduardo: Bueno. Como verás, María Helena no me había hablado ni siquiera de ti y no contaba con tu llegada.
María Helena: (nerviosa) Mil perdones, don Eduardo. La neta con el viaje a última hora que hicimos, lo de mi mamá y la muerte tan reciente de su hermano, se me pasó hablarlo con usted.
Lisa: Siento mucho saber que su hermano murió recientemente, señor. Mi más sentido pésame.
Eduardo: Gracias.
Lisa: De haber sabido que no era buen momento, no me hubiera aparecido por aquí. Discúlpeme lo inoportuna.
María Helena: Yo ya te habías dicho que era mejor esperar tantito, ¿te acuerdas? ¿Por qué te decidiste a aparecerte así tan de golpe, manita? (Pregunta con sarcasmo)
Lisa: Claro que me acuerdo, amiga, pero no me dijiste el porqué y tú sabes bien que necesitaba venir y no sólo para visitarte. Vine también por cuestiones laborales.
Eduardo: (extrañado) ¿Cuestiones laborales?
Lisa: Verá usted, don Eduardo. Mi situación no es la mejor. Malena puede dar crédito de ello porque vivimos en el mismo barrio, solo que como yo soy mayor y ya estoy en la uni, necesito reunir algo de lana para el próximo semestre. Es lo que hago siempre en vacaciones.
Eduardo: Entiendo.
María Helena: Pero yo ya le dije que va a tener que buscar chamba en otro lado porque aquí no hay nada que se ajuste a ella.
Lisa se pone seria al escuchar la inoportuna intromisión de María Helena.
Lisa: Qué pena. Malenita me dijo que esta hacienda era tan grande que pensé en la posibilidad de encontrar algo aquí. De verdad me urge un trabajo y hasta estaba por tomarme el atrevimiento de pedírselo, don Eduardo. Es temporal y luego me voy. Se lo aseguro.
Eduardo: Comprendo tu necesidad, pero lamentable es cierto. En estos momentos no estoy pasando por una buena racha y me temo que tendré que liquidar a algunos de mis empleados si las cosas no se mejoran de aquí a unas semanas.
Lisa: Qué mal. Lamento mucho escuchar eso.
Eduardo: Sin embargo, creo que te puedo ayudar recomendándote con algunos conocidos y contactos que tengo en Villa Encantada.
Lisa: (emocionada) ¿Me está hablando en serio?
Eduardo: Sí, cuenta con ello. Es lo menos que puedo hacer por una amiga de mi hija.
Lisa: ¿Hija? (Enarca extrañada una ceja)
Eduardo: ¿María Helena no te contado su historia?
María Helena: Claro que sí, don Eduardo. Solo que como todavía no tenemos nada confirmado, supongo que a Martina se le hizo medio raro. ¿O no, manita?
Lisa: Sí, sí. Es como una historia sacada de un libro o de una novela. Malena tiene reteharta suerte de tener a un papá tan guapísimo y tan galán.
Lisa le sonríe con un ligero descaro a Eduardo. Él se percata y se intimida un poco.
Lisa: Malena me ha hablado tanto de usted, don Eduardo, que ya siento que lo conozco de hace tiempo y espero que podamos seguir conociéndonos mucho mejor, eso si usted lo permite.
Eduardo: Cla… Claro. Ya habrá momento (Le esboza una sonrisa).
Lisa se pone de pie.
Lisa: Entonces, ¿puedo contar con usted para conseguir un trabajo temporal mientras me quedo aquí en Villa Encantada?
Eduardo: Por supuesto. Cuenta con ello. Cuando puedas, envíame una copia de tu curriculum y yo me encargo de recomendarte según tu experiencia.
Lisa: ¡Muchísimas gracias! Voy a estarle muy, pero muy agradecida.
Eduardo: No es nada. Pese a que no es el mejor momento de recibir visitas, te doy la bienvenida, Martina. Estás en tu casa.
Lisa: Gracias. Malena tenía razón cuando me dijo que es usted un hombre a todo dar. Espero que este sea el comienzo de una muy buena relación entre los dos.
Lisa extiende su mano cortésmente. Eduardo le corresponde el gesto y ambos se dan un apretón al tiempo que se miran fijamente. Mientras él la mira un tanto inquieto por su presencia, ella lo hace de manera penetrante y seductora. María Helena, ante ello, evita mirarlos sintiéndose molesta.
INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Cecilia se encuentra sola encerrada en una celda por la que apenas penetra la luz del sol. Está sentada en el piso y con la espalda recostada sobre el muro mientras mira hacia el vacío. Parece seca, como si algo en ella hubiera muerto y de repente, es sacada de su mundo cuando un policía golpea la reja con una macana.

Policía: Levántate. Vinieron a verte.
Cecilia: (confundida) ¿Qué?
Policía: Que tienes visita. Párate.
El policía se retira.
Cecilia: (extrañada) ¿Visita? ¿De quién?
Danilo y Milena aparecen en ese momento, él impulsando la silla de ruedas de ella. Cecilia, al verlos, se pone de pie de inmediato y corre hacia ellos aferrándose a la reja.


Cecilia: ¡Danilo! ¡Milena!
Milena: Hola, mamá.
Danilo guarda silencio algo serio y evita verla.
Cecilia: No me puedo creer que estén aquí. No saben lo mucho que he pensado en ustedes, hijos. Hasta pensé que nunca los iba a volver a ver o que se iban a olvidar de mí.
Cecilia saca las manos por la reja intentando alcanzarlos. Milena las toma.
Milena: (conmovida) Jamás podríamos olvidarnos de ti y hoy que me caso menos que nunca.
Cecilia: ¿Te casas?
Milena: (sonríe asentando) Sí. Pablo me propuso matrimonio y acepté.
Cecilia no puede evitar desencajar un poco el rostro en señal de desaprobación.
Milena: Inclusive se ofreció a hacer un préstamo con su mamá para pagar mi tratamiento.
Cecilia: Milena, tú sabes que…
Milena: Sí, yo sé que a lo mejor a ti no te gusta la idea y no pretendo que cambies de opinión. Nada más quise venir para compartir contigo este momento de mi vida que es tan reteimportante para mí y en el que me hubiera gustado que estuvieras.
Las dos siguen tomadas de las manos. Cecilia derrama varias lágrimas.
Milena: Porque, a pesar de todos los errores y de lo que pasó, nunca te voy a dejar de querer, mamá.
Cecilia intenta contener el llanto.
Milena: Tú siempre vas a ser muy especial para mí porque eres mi jefa, mi consejera, mi mejor amiga y todos cometemos errores, sí es cierto, unos más graves que otros,, pero también sé que hay que enmendarlos, perdonar y yo, de mi parte, te perdono de corazón.
Cecilia: ¿Me…? (Hace una pausa y se traga sus lágrimas) ¿Me estás hablando en serio?
Milena: Muy en serio, mamá. Te perdono de verdad.
Cecilia: Ay, hija. Yo…
Cecilia hace una pausa con un amargo nudo en la garganta.
Cecilia: Yo no siento que me merezca tanto de ti. Yo les fallé y les hice mucho daño. Por mi culpa… Por mi culpa estás así (Rompe a llorar muy dolida),
Milena: Claro que no. Fue un accidente hasta del que yo también soy culpable por haberme puesto de mensa a salir corriendo como lo hice esa noche. Me porté como una niñita inmadura y no pensé las cosas con cabeza fría. No es toda tu culpa.
Cecilia: De igual, lo pude haber evitado si no me hubiera empeñado como una estúpida en ocultarles quién es su papá. Cómo me pesa y me arde aquí en el pecho. Es que no me va a alcanzar la vida para arrepentirme (Llora desconsolada).
Milena: Con nuestro perdón te basta para que estés tranquila. Yo nunca te voy a dejar sola en este sitio.
Cecilia: ¿De verdad?
Milena: Te lo prometo. Quiero que empecemos de cero y que tratemos de olvidarnos de todo lo malo. Prefiero quedarme con los buenos recuerdos que tengo de esa mujer chambeadora que siempre hizo lo posible para darnos lo que necesitábamos; que nos cuidó; que nos llevaba a la escuela; que nos apapachaba De esa forma te quiero recordar, ma’.
Cecilia, en medio de su desconsuelo, se cubre la boca con una mano al escuchar a la muchacha. Danilo continúa silencioso y mira hacia otro lado con los ojos sollozos sintiéndose conmovido.
Cecilia: Gracias… Gracias, hija. Gracias (Repite sonriendo entre lágrimas).
Cecilia logra estirar el brazo sacándolo por la reja y acaricia con suavidad el rostro de Milena.
Cecilia: Espero que te vaya muy bien en tu boda y que seas muy feliz con ese muchacho. Para mí eso siempre será lo más importante. No lo olvides.
Milena también derrama un par de lágrimas y le sonríe en señal de aprobación. Cecilia dirige esta vez la mirada hacia Danilo quien sigue evitando verla.
Cecilia: Danilo… Creo que tú y yo también tenemos una plática pendiente, hijo.
Danilo parece ignorarla y no se inmuta, aunque también se ve notablemente conmovido.
Cecilia: Yo sé que decidiste sacarme de tu vida por mis burradas y por el daño que te hice con mi cochina ambición, pero espero que tú también puedas llegar a perdonarme algún día. Ustedes son lo único bueno que salió de mí y siempre los voy a amar como a nada. Siempre…
Danilo respira profundo como preparándose para lo que dirá.
Danilo: Y nosotros a ti…
El joven alza la cabeza y ve a su madre con los ojos bañados en lágrimas.
Danilo: Nosotros también siempre te vamos a querer y aunque me sigue doliendo todo lo que pasó, también te perdono y te prometo que tampoco te voy a dejar sola.
Cecilia: Gracias, hijo. Sé que con esto no voy a borrar nada, pero me haría bien que me dieras un abrazo. Uno solo…
Milena toma la mano de él como incentivándolo a que acceda a la petición de Cecilia. Él, entonces, se acerca a la reja y mete los brazos para rodear con ellos a la desconsolada mujer. Es así como los dos se unen en un abrazo apenas limitado por la reja de hierro que los separa.
Cecilia: Te amo… Te amo mucho, Danilo.
Cecilia, incluso, se pone de puntillas y le da un beso en la frente para luego limpiarle las lágrimas al muchacho.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA

Entretanto, María Helena entra a su habitación jalando de un brazo a Lisa.


Lisa: (fastidiada) ¡Oye! ¡Ya suéltame!
María Helena se asoma para asegurarse de que nadie esté viéndolas o escuchándolas por lo que procede a cerrar la puerta.
María Helena: Ahora sí me vas a explicar qué estás haciendo tú aquí si habíamos quedado en algo.
Lisa: ¿Perdón? Yo no tengo por qué darte explicaciones. ¿Quién te crees?
María Helena: Teníamos un trato y planeamos que haríamos las cosas a mi tiempo, pero ni siquiera me diste chance de hablarle de ti a mi papá.
Lisa: (sarcástica) ¡Vaya! Qué propiedad con la que hablas. Tu papá, eh…
María Helena: (molesta) Mira, no trates de pasarte de lista conmigo, mana, porque ahí sí no te la vas a acabar. Debías esperar a que yo te indicara que podías venir.
Lisa: Primero, tú no eres nadie para darme órdenes. Recuerda que eres una aparecida que hasta hace un tiempo no sabía de nuestra existencia. Y segundo, no estaba dispuesta a seguir esperando algo que he anhelado hacer desde hace tanto cuando ya estoy lista.
María Helena: ¿Y qué te costaba esperar tantito más?
Lisa: ¡Muy simple! Porque no me termino de fiar de ti y nada me garantizaba que mientras te esperaba, intentaras traicionarme.
María Helena: Pues ese es tu problema. Yo ya te di mi palabra y ahora que te apareciste, espero que tú también cumplas con la tuya y me saques del lío en el que estoy metida.
Lisa: Tranquila. Lo haré, pero no creas que será para ayudarte. Lo haré porque pienso sacar partido de eso para destruir a esa tal zorra de la Marissa Miranda que me las debe.
María Helena: ¿Por qué ella?
Lisa: Por su culpa mis planes de quedarme con Eduardo se fueron a la mierda. Ella se robó mi celular donde había guardada una grabación, un video, no sé. El punto es que ahí confesaba muchas de las cosas que he hecho, y como te imaginarás, usó eso en mi contra para denunciarme.
María Helena: Fue ahí donde tuviste el accidente, ¿no?
Lisa: Sí, el maldito accidente en el coche que casi me mata (Recuerda con mucho rencor). Ella es la culpable de que me desfigurara toda, pero la muy imbécil ni se imagina con lo que le voy a salir. ¡Voy a darle por donde más le duele a esa menopáusica!
María Helena: (preocupada) ¿Qué le piensas hacer?
Lisa: No te lo voy a contar porque ya te dije que no confío en ti con esa cara de mosca muerta que te traes, Malenita. Lo que sí te puedo adelantar es que seré implacable y tú me vas a ayudar a llegar a ella recomendándome para que me dé trabajo.
María Helena: No quiero que la mates, y es más, no quiero que mates a nadie. Ya tuve suficiente con lo de Manuel.
Lisa: No te preocupes. A las cucarachas como esa mujer no se les mata. Hay que echarles tantito de veneno para que sufran y se mueran por sí mismas. Tú nada más espera y verás.
De repente, ambas chicas escuchan unos gritos provenientes de la primera planta de la casa.
Carolina: ¡No se atrevan a interponerse! ¡Díganle a Eduardo que baje! ¡Díganle que estoy aquí!
Lisa: (extrañada) ¿Qué es eso?
Carolina: ¡Eduardo! ¡Eduardo, soy yo!
María Helena: No sé, pero voy a ver. Tú quédate aquí y no salgas.
Lisa rueda fastidiada los ojos y María Helena sale de la habitación cerrando la puerta tras sí. Desde arriba ve que, en efecto, es Carolina quien está provocando el escándalo y está siendo sujetada por un peón y una empleada de servicio que se interpone en el paso.



Carolina: ¡Ya les dije que se quitaran! ¡Necesito hablar con Eduardo!
María Helena: ¿Tú otra vez?
María Helena baja las escaleras y va hablando al tiempo.
María Helena: ¿Que no te quedó claro que mi papá no te quiere ver?
Carolina: No vengo a hablar contigo, muchachita.
María Helena: Me llamo María Helena por si no te acuerdas.
Carolina: Tú puedes llamarte como se te venga en gana y, además, no estoy aquí para hablar contigo. Vengo a hablar con Eduardo y no me iré hasta a hacerlo.
María Helena: Pues fíjate que no.
María Helena se cruza de brazos y termina de bajar las escaleras quedándose de pie sobre un peldaño arriba de Carolina.
María Helena: No te voy a permitir que hables con él
Las dos se miran de mala forma. Es de notar que Cruz y el abogado también están presentes.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA
Eduardo, por su parte, parece que acaba de darse un baño, por lo que no ha escuchado el escándalo y ya se ha vestido con ropa ligera mientras termina de secarse el cabello con una toalla. El hombre tiene un recuerdo de su discusión con Marissa la noche anterior.
FLASHBACK



Eduardo: Marissa, no seas necia. Déjame que…
Marissa lo interrumpe nuevamente poniendo su mano frente a él para indicarle silencio.
Marissa: (interrumpe nuevamente) Ni lo intentes. No estoy dispuesta a escuchar una sola mentira más. Vete por donde viniste y si Carolina tiene tan poca dignidad para seguirte amando y casarse contigo sabiendo la clase de hombre que eres, allá ella. Yo no repetiré esa historia.
Marissa termina de decir aquellas decisivas palabras al tiempo que un amargo nudo se le forma en la garganta.
Marissa: Vamos, Danilo.
Danilo mira de mala forma a Eduardo y entra junto con Marissa a la casa.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: ¿Cómo voy a hacer para olvidarme de ti, Marissa? ¿Cómo si me vuelve loco la idea de perderte con todo esto que siento? Es que al final pareciera que esto del amor y la vida misma fueran para mí (Dice con mucha amargura).
Eduardo tiene otro recuerdo antiguo cuando descubrió la verdad sobre su difunta esposa por boca de Lisa cuando ésta se lo contó a Lucrecia.
FLASHBACK


Lisa: Te equivocas. Eduardo no es mi padre biológico. Eso fue lo que Helena les hizo creer a todos. ¡Ella sí tenía que lavarse de todas sus porquerías!
Lucrecia: ¿De qué estás hablando?
Lisa: Bueno, ya que me lo pides, te lo contaré todo. Resulta que esa Helena buena y sumisa que todos creyeron conocer no era más que una perra.
Lucrecia mira a Lisa con los ojos desorbitados sin entender absolutamente nada.
Lisa: Helena engañó a mi papá por años sin que nadie lo supiera con amigos de él, socios y lo sé porque mi tío Manuel también fue testigo de sus engaños a escondidas de todo el mundo.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: Ni Helena me quiso nunca… ¡Qué ironía! Mientras ella y Marissa se fueron de mi lado, Carolina dice amarme y me hace tanto o más daño que las otras dos. En cuanto a Lisa… (Hace una pausa)
El hombre tiene un recuerdo más reciente de la mañana.
FLASHBACK
Lisa se pone de pie.
Lisa: Entonces, ¿puedo contar con usted para conseguir un trabajo temporal mientras me quedo aquí en Villa Encantada?
Eduardo: Por supuesto. Cuenta con ello. Cuando puedas, envíame una copia de tu curriculum y yo me encargo de recomendarte según tu experiencia.
Lisa: ¡Muchísimas gracias! Voy a estarle muy, pero muy agradecida.
Eduardo: No es nada. Pese a que no es el mejor momento de recibir visitas, te doy la bienvenida, Martina. Estás en tu casa.
Lisa: Gracias. Malena tenía razón cuando me dijo que es usted un hombre a todo dar. Espero que este sea el comienzo de una muy buena relación entre los dos.
Lisa extiende su mano cortésmente. Eduardo le corresponde el gesto y ambos se dan un apretón al tiempo que se miran fijamente.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: (pensativo) Lisa… (Pronuncia de forma retraída) ¡Claro! Con razón se me hacía familiar esa muchacha, la tal Martina Tiene un aire, un algo, que me hizo recordar a Lisa… Su mirada, su forma de hablar…
De repente, el hombre se ve abruptamente interrumpido en sus recuerdos por los gritos del piso de abajo.
Carolina: ¡Eduardo! ¡Eduardo, por favor! ¡Necesito que hablemos! ¡Escúchame!
Eduardo: Carolina… Esa es Carolina…
María Helena: ¡Ya te dije que no! ¡Vete por donde viniste!
Carolina: ¡No te metas, muchachita! ¡Quítate porque si no baja, lo voy yo a buscar!
Eduardo: Está discutiendo con María Helena.
Eduardo no tarda en salir de la habitación y desde el barandal del segundo piso, ve a María Helena interponiéndose en las escaleras para evitar que Carolina pase.





María Helena: ¡Pues no te voy a dejar! No voy a permitir que lo desestabilices más de lo que ya lo has hecho, así que ya vete.
Eduardo: ¿Qué significa esto?
Carolina: ¡Eduardo, necesito que me escuches! Tenemos que hablar de algo muy importante.
Carolina intenta subir, pero María Helena se lo impide.
María Helena: Por favor no le haga caso, don Eduardo. Yo ya me estaba haciendo cargo.
Carolina: (burlesca) ¡Por favor! ¡No te equivoques! ¿De cuándo acá te crees ama y señora de esta casa para dar órdenes? No eres más que una oportunista recién aparecida.
María Helena: A mí no me importa lo que pienses de mí. Al cabo que ya me terminé acostumbrando a que todo el mundo me trate así. Nada más estoy protegiendo a mi papá.
Carolina: ¿Y quién te garantiza que Eduardo es tu papá? ¿No será más bien que quieres repetir la historia de tu hermana y tienes el mismo fetiche que ella viéndolo como padre mientras en el fondo te mueres por acostarte con él?
María Helena: (indignada) Estás enferma…
Eduardo: ¡Ya basta! ¡No voy a permitir que sigas viniendo a importunarnos en mi casa, Carolina! Fui claro ya varias veces. ¡Lárgate!
Lisa, desde la habitación, entreabre la puerta y presencia lo que ocurre.

Lisa: (susurrando) Me late que esto se va a poner mejor de lo que pensé… (Sonríe con malicia)
Cruz se acerca discretamente a Carolina.
Cruz: Me parece que es prudente que volvamos otro día, señorita o esos dos nos van a agarrar de a pedradas si no nos vamos.
Carolina: (decidida y desafiante) ¡Yo no me voy hasta hablar contigo, Eduardo! Lo que tengo para decirte no da espera y te conviene.
Eduardo: No me interesa escuchar ni saber nada de ti. Hace rato que decidí sacarte de mi vida, Carolina. Vete si no quieres que tome medidas más drásticas.
Carolina: Medidas drásticas son las que yo voy a tomar si no me escuchas.
Carolina le arrebata una carpeta al abogado y se la enseña a Eduardo, quien sigue arriba.
Carolina: ¿Ves esto que tengo aquí? Es una carpeta con el documento de paz y salvo en el que consta que pagué la hipoteca de la hacienda.
Eduardo se sorprende y guarda silencio.
María Helena: ¿Ahora con qué patraña vas a salir?
Carolina: Ninguna patraña. Es una forma más de demostrar que te amo, Eduardo y que, por amor a ti, pagué la hipoteca como a Lucrecia le habría gustado para no perder este que es el patrimonio de tu familia. Dame la oportunidad de que hablemos.
María Helena. Pues es tu pedo si pagaste algo que nadie te pidió que pagaras. Allá tú por metiche.
María Helena toma bruscamente de un brazo a la mujer.
María Helena: Ahora vete de una y ya déjalo paz.
Carolina: (furiosa) ¡No me toques, cretina! ¡No me voy a ir!
Eduardo: (preocupado) ¡María Helena!
María Helena: ¡Muy bien! ¡Entonces, si no te largas, yo te saco! ¿Cómo la ves?
Eduardo: María Helena, déjala.
Carolina: ¡Veamos si eres capaz, imbécil!
Carolina empuja a la muchacha y sube corriendo las escaleras. María Helena se incorpora de inmediato y sale tras ella agarrándola del cabello.
Carolina: (adolorida) ¡Argh!
Cruz: (preocupada) ¡Señorita, cuidado!
María Helena: ¡Ahora sí te voy a sacar a rastras!
Carolina: (gritando) ¡Suéltame, maldita! ¡No te atrevas!
María Helena: ¡Tú te lo buscaste por maniática!
Carolina: ¡Estás loca!
Carolina también jala del cabello a María Helena y ambas comienzan a forcejear. Eduardo, angustiado, baja las escaleras para separarlas mientras que el peón que estaba presente sube.
Carolina: (chillando) ¡Déjame!
Eduardo: ¡María Helena, suficiente! ¡Suéltala!
En un momento dado, María Helena da un paso en falso y debido al forcejeo, pierde el equilibrio cayéndose por las escaleras brutalmente. Cruz pega un estrepitoso grito al igual que la empleada.
Eduardo: ¡¡María Helena!!
La muchacha termina de caer inconsciente en el descanso de las escaleras.
Cruz: (aterrada) ¡Ay, no puede ser! ¡Está muerta!
Eduardo baja corriendo sumamente angustiado y desesperado.
Eduardo: ¡Por Dios, Carolina! ¿Qué hiciste?
Carolina observa asustada lo sucedido sosteniéndose de la baranda de las escaleras. Eduardo, con prontitud, se inclina para ver si reacciona. Pronto un charco de sangre comienza a formarse alrededor de la cabeza de la joven.
Eduardo: María Helena… María Helena, dime algo. Reacciona.
Pero ella continúa inconsciente.
Eduardo: Dime algo. Te lo suplico.
Empleada: ¿Quiere que llame una ambulancia, patrón?
Eduardo: No, la voy a llevar yo mismo al hospital. No hay tiempo que perder. Ábranme la puerta.
Empleada: Sí, señor.
Eduardo carga a la muchacha en sus brazos al tiempo que la empleada abre la puerta de la entrada principal. Carolina, impactada, se sienta en uno de los escalones. Cruz sube para asistirla.
Cruz: ¡Ay, señorita! ¿En qué estaba pensando?
Carolina: (negando con la cabeza) No fue mi culpa. Ella se resbaló. Yo no lo hice.
Cruz solo la conforta frotándole la espalda y de manera suspicaz dirige la mirada hacia arriba alcanzando a notar que alguien se esconde.
INT. / NOTARÍA / DÍA
Entretanto, Milena y Pablo se encuentran frente al notario terminando de firmar el acta matrimonial. Marissa y Danilo están atrás presentes como testigos observando sonrientes el momento.




Notario: Muy bien. Por el poder que me confiere el Estado, oficialmente los declaro marido y mujer. ¡Felicitaciones!
Marissa: (aplaudiendo) ¡Bravo!
Notario: (a Pablo) Puede besar a la novia.
Pablo sonríe muy contento. Milena también y ambos pronto se unen en un sincero beso de amor que termina por sellar su unión.
Marissa: (conmovida) ¡Felicidades, muchachos! Mis más sinceras felicitaciones (Abraza a Pablo).
Pablo: Gracias, mamá.
Milena: Muchas gracias, doña Marissa.
Marissa:¿Cómo que “doña”? Ya a partir de hoy quítame eso que se oye muy modesto, eh. Llámame suegra (Todos ríen).
Milena: Sí es cierto. Muchas gracias, suegra. Es usted un amor. Gracias por apoyarnos tanto.
Marissa: Y lo haré siempre que pueda, Milena. Te estimo muchísimo,
Marissa abraza a Milena. Danilo, por su parte, también se acerca.
Danilo: Y a mí a partir de hoy, ya me tienes que llamar de cuñado, bro. Por fin somos familia.
Pablo: Sí, bro. Oficialmente cuñados.
Danilo: ¡Felicitaciones!
Los dos muchachos se abrazan de manera fraternal.
Danilo: Ya sabes (Le da una leve palmada en el hombro). Cuídame mucho a mi hermanita.
Pablo: Ni lo digas. Voy a cuidarla con mi vida.
Danilo: Bueno y tú, hermanita, ya eres toda una señora. ¿Quién te viera?
Milena: ¡Ay, ya! No empieces. Todavía ni paso de los veinticinco (Todos ríen de nuevo).
Danilo: Pues sí eso eres, ¿no? Desde hoy ya serás la señora de Miranda.
Milena: ¡Menso! Ven y dame tú también un abrazote de oso de esos que me das siempre.
Danilo se inclina un poco para estar a la altura de la silla de ruedas y ambos hermanos se abrazan fuerte. Luis Enrique justo entra en ese momento a la oficina del notario, pero ninguno de los demás se percata de su llegada.

Milena: Estoy muy contenta de veras por este día tan especial y porque a pesar de estar en esta silla, me doy cuenta de lo afortunada que soy por tener a tantas personas bonitas a mi lado.
Milena se pone un tanto nostálgica y esboza su sonrisa.
Milena: Nada más me hace falta alguien que partió hace ya tiempo, pero me consuela saber que al menos está descansando en paz y en un lugar mejor, y esa eres tú, mi Casimira bella (Mira hacia arriba). Espero que desde donde estés, nos acompañes tú también. Te extraño mucho.
Marissa: Así será, Milena. Casimira también debe sentirse muy orgullosa y feliz.
Luis Enrique: ¿Y yo?
Todos voltean a ver extrañados.
Luis Enrique: (conmovido) ¿Será que… yo también puedo tener el honor de acompañarte en este día tan importante para ti, hija?
Danilo mira disgustado al recién llegado. Milena también le ve con algo de seriedad y guarda silencio.
CONTINUARÁ…

Marissa y Danilo justo se acaban de encontrar con Carolina y Cruz, las cuales se han acercado a ellos. Hay una cierta tensión, la cual se hace evidente por la forma en que ambas hermanas se miran.




Carolina: ¿Qué pasó? ¿No piensas decir nada? ¿O es que acaso estoy en lo cierto y regresaste para demostrar que no eres más que una sinvergüenza que se humilla por el amor de un hombre.
Marissa: (susurrando) Danilo, adelántate, por favor. Yo mejor los espero acá afuera.
Danilo: ¿Está segura? Mire que me late que este no es un buen momento para que la deje sola con esas cacatúas.
Danilo dice aquello último fuertemente para que ellas lo escuchen, cosa que las sorprende.
Cruz: (molesta) ¡Pelado! ¿Cómo osas insultar a dos damas como nosotras?
Carolina: Déjalo, Cruz. No tiene la culpa de haber crecido sin padre y ser el hijo de una sirvienta. Míralo ahí ahora queriendo engatusar mujeres que casi le doblan la edad.
Danilo se pone serio ante tan despectiva forma de referirse a él y se acerca a las mujeres. Marissa lo toma de un brazo para evitar que se forme algún escándalo.
Danilo: (serio) Pues sí, ¿sabe?
Marissa: (incómoda) Danilo…
Danilo: Déjeme, señora, que yo sé lo que hago y en cuanto a usted, “señorita” Carolina, podré ser todo lo que me dijo y fíjese que no lo niego, pero lo que no le admito es que me calumnie y que me falta al respeto.
Carolina: (cínica) Yo nada más hablo de lo que veo y cualquiera en este pueblo pensaría lo mismo de ti al verte tan galante con una mujer soltera y de clase como Marissa (Se cruza de brazos) ¡Pero claro! Como tu padre no pudo con ella, tú vas a seguir su legado, ¿no es así?
Danilo: Pues tanto usted como todos los demás que piensen eso están bien equivocados déjeme le digo, pero al fin y al cabo, ladrón juzga por su condición.
Marissa: (exasperada) Danilo, ya basta, por favor. Retírate. Yo me encargo.
Danilo ignora a Marissa y sigue defendiéndose de Carolina.
Danilo: Yo no sé qué pasó entre usted y don Eduardo, y ni me interesa saberlo porque no soy como ciertas rucas por ahí a las que les pica la oreja y la lengua para chismear día y noche…
Danilo mira a Cruz mientras dice aquello último pues se refiere a ella. La mujer se indigna de forma cómica a punto de refunfuñar.
Danilo: Pero por lo que veo, usted nada más esperó a que don Eduardo se quedara viudo pa’ metérsele por los ojos y como no se fijó en usted, de algo se habrá valido para separarlo de doña Marissa.
Carolina mira fulminante al joven al sentirse aludida por todo lo que dice.
Marissa: ¡Danilo, ya!
Danilo: Y una última cosa, “señorita” (Acentúa de forma sarcástica la palabra). La próxima vez, antes de andar juzgando por ahí, examínese tantito la consciencia a ver si no es usted la que hace todo de lo que acusa a los demás. Con permiso.
Danilo mira con suspicacia a las mujeres, se retira y entra al hospital. Carolina, por su parte, se ve notablemente molesta y tensa la mandíbula.
Cruz: Qué insolencia. Prácticamente barrió el piso con nosotras el muchacho ese y de usted ni se diga. Por poco y le excomulga, señorita.
Carolina: (furiosa) ¡Cállate, Cruz! ¡No quiero comentarios!
Marissa: (seria) Danilo no dijo nada que haya sido mentira. Tú me acusaste de que no tengo dignidad y de que soy una sinvergüenza, pero la única que veo por aquí con tales calificativos eres tú, Carolina.
Carolina: (sarcástica) ¡Sí, claro! No me extraña que lo defiendas. Después de todo, yo nunca te caí bien.
Marissa: Todo lo contrario. Yo solo quería que fuéramos las hermanas que nunca pudimos ser; que recuperáramos el tiempo perdido e iniciáramos de cero, pero tú te encargaste de acabar con esa posibilidad con tus celos y tu cizaña. La que siempre me odió fuiste tú.
Carolina: Y no lo niego, pero no te hagas la víctima y deja la hipocresía. Admite que tú también siempre me viste como tu rival y como ahora el peón ese está enamorado de ti, lo tienes de reemplazo de Eduardo. ¡Te felicito, eh! No pierdes el tiempo.
Marissa: No necesito buscarme reemplazos para sentirme mejor. Creo que soy lo suficientemente mujer como para depender del amor de un hombre a diferencia de ti.
Carolina: No te creas mejor que yo, Marissa. Además, ese papel de mujer autosuficiente y empoderada no te lo crees ni tú misma. Los hechos hablan por sí solos.
Marissa: No sé a qué te refieres, ¿y sabes qué? Tampoco me interesa saberlo. Tengo cosas más importantes que quedarme aquí escuchando tus sandeces.
Marissa se da la vuelta para irse.
Carolina: No te hagas. Reconoce que estás respirando por la herida y que regresaste para robarme el amor de Eduardo mientras te coqueteas con un muchacho que hasta podría ser tu hijo.
Marissa la ignora y sigue caminando.
Carolina: Lo único que quieres es tener dos hombres a la vez que te bajen la menopausia, maldita descarada, pero óyeme bien.
Marissa se detiene en seco y se queda en silencio un par de segundos tratando de contenerse.
Carolina: ¡No te voy a permitir que interfieras entre nosotros! ¡Eduardo se casará conmigo! ¿Sí me oyes? ¡Conmigo, desvergonzada!
Marissa no aguanta más y se devuelve para acto seguido lanzarse una sonora cachetada.
Carolina: (adolorida) ¡Argh!
Cruz: (interviniendo) ¡Óigame! ¿Cómo se atreve a levantarle la mano?
Marissa: (muy molesta) ¡Ella se lo buscó! Quería evitar escándalos, pero tampoco voy a permitir que me pisoteen.
Cruz: ¡Ay, señorita Carolina! ¿Se encuentra bien?
Carolina, furiosa, se vuelve el rostro tocándose uno de los lados de la cara y mira con profundo rencor a su hermana.
Cruz: ¡Es usted una marginal! ¡Una salvaje!
Marissa: Le aconsejo que no intervenga porque tampoco me va a temblar la mano para darle su merecido por lamebotas y cizañera.
Cruz da un paso hacia atrás asustada.
Cruz: Tranquila. Yo nada más decía. Recuerde que, antes todo, somos unas damas y no unos camioneros borrachos.
Carolina: ¡Exacto! ¡Unas damas! Por eso nada más no me voy a rebajar a levantarte la mano.
Marissa: (incrédula) De damas ustedes no tienen nada y huelen mal de tanto veneno que cargan. No se me olvida que usted, doña Cruz, fue la que precisamente me dijo esa mañana que Eduardo y ella (Refiriéndose a Carolina) habían pasado la noche juntos…
Cruz se incomoda al ver que Marissa la ha hecho quedar mal frente a Carolina. Esta última se extraña.
Marissa: Y no me extrañaría enterarme de que fue una trampa que las dos orquestaron en mi contra para que descubriera que Eduardo me había sido infiel con ella, pero ¿saben qué? No me importa y en parte hasta se les agradezco porque fue mejor así. En cuanto a ti, Carolina…
Marissa hace una pausa mirándola con desprecio,
Marissa: No te imaginas la lástima que me produces y lo mucho que te compadezco por pensar que si Eduardo Román se casará contigo será por amor o porque van a tener un hijo.
Carolina: ¿Tú qué sabes?
Marissa: Lo suficiente. Eduardo nada más es un cazafortunas que busca desesperadamente salir de la bancarrota y como yo no fui su presa, ahora va detrás de ti, pero ese es tu problema y ahora sí, con tu permiso, mi hijo se casa en media hora y me debo retirar.
Marissa mira fulminantemente a ambas mujeres y se va caminando de forma imponente en dirección al hospital.
Cruz: (preocupada) ¿De verdad se siente bien, señorita? Me parece que le dejó el cachete inflado la suripanta esa.
Carolina: (exasperada) ¡Estoy bien! Y no me toques. Mejor explícame qué quiso decir ésa.
Cruz: (nerviosa) ¿A qué se refiere?
Carolina: No te hagas la tonta, Cruz. Tú le contaste esa mañana a Marissa que Eduardo y yo habíamos pasado la noche juntos. Fue por eso que ella llegó justo a la habitación y nos descubrió, ¿no?
Cruz: Bu… Bueno es que.. Como ella estaba preguntando por usted en el comedor, yo nada más le dije la verdad, señorita. Yo no vi salir a don Eduardo de la habitación de huéspedes en la que usted se quedó esa noche y le dije a Marissa que fuera a ver.
Carolina la mira con suspicacia.
Cruz: ¡Fue una manera de ayudarla! Créame. No lo hice con mala intención y, además, mire que funcionó porque las cosas se aceleraron y la suripanta se enteró de una vez por todas de lo que pasó entre usted y don Eduardo.
Carolina: (pensativa) En eso tienes razón. Debo reconocer que me convino que nos descubriera. En todo caso, no hagas cosas sin mi autorización la próxima vez. ¿Entendido? Consúltame.
Cruz: Y así será, señorita. Se lo juro.
Carolina: Por ahora, vámonos a la hacienda que ya perdimos mucho tiempo con esos dos y el licenciado Mantilla debe estar por llegar.
Carolina se va caminando con dirección a su auto estacionado no lejos de allí. Cruz la sigue y respira aliviada a sus espaldas.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE MILENA / DÍA
Milena se encuentra sentada en su nueva silla de ruedas y usa un sencillo, pero bonito vestido blanco, además tiene el pelo recogido con una pinza y un sutil maquillaje estampado el rostro. Una maquilladora termina de darle los últimos retoques.

Maquilladora: (sonriendo) Ya quedó. ¿Qué te parece?
Milena toma un espejo de mano y ve un poco indecisa su reflejo.
Milena: Ay, no sé. Me gusta, pero…
Maquilladora: ¿Quieres que te retoque algo?
Milena: No, nada. No te preocupes. Es que estoy medio nerviosa y por eso no me termino de acomodar, pero así estoy bien. Muchas gracias.
De repente, tocan la puerta un par de veces.
Maquilladora: Va. Te dejo entonces que ya creo que llegaron por ti.
La maquilladora sale de la habitación y cierra la puerta tras sí. Milena se queda unos cuantos segundos a solas y se sigue mirando en el pequeño espejo.
Pablo entreabre y asoma un poco la cabeza pero con los ojos cerrados.

Pablo: Disculpen (Milena voltea a ver). Por acá me dijeron que anda la novia más hermosa de todo el hospital. ¡Qué digo hospital! De todo el pueblo.
Milena: (riendo) Ya, no seas cursi y abre los ojos.
Pablo entra a la habitación, pero sin abrir aún los ojos, por lo que extiende las manos hacia adelante y hacia los lados para ubicarse y evitar tropezarse dirigiéndose hacia la muchacha..
Pablo: Es que nada más me quería asegurar de que sí fueras tú. Ya sabes que por ahí dicen que es de mal agüero ver a la novia vestida antes de la boda.
Milena: Ajá. Entonces, ¿te vas a ir con los ojos cerrados hasta la notaría conmigo caminando como menso?
Pablo: Es mejor prevenir, ¿no?
Pablo se tropieza con una mensa pequeña y se golpea a la rodilla levemente.
Pablo: (adolorido) ¡Auch!
Milena: (riendo) ¡Oye, cuidado! Mejor evita tú un accidente y déjate de tonterías que te vas a caer.
Pablo se soba el golpe y se repone.
Pablo: No fue nada. Tranquila.
Milena: (sarcástica) ¡Ay, sí tú! Mira que no me quiero quedar viuda antes de que nos casemos.
Pablo: Pues fíjate que no te voy a dejar viuda tan pronto y te voy a seguir dando lata harto tiempo. Vas a ver.
Pablo llega hasta su novia y se inclina abriendo los ojos.
Pablo: (sonriendo) Hoy nada más es el comienzo de un viaje bien largo que vamos a tener juntos. Tenlo por seguro.
El muchacho no deja de mirarla enamorado y un brillo se dibuja en él al contemplar a Milena, quien le corresponde también con una gran sonrisa y le acaricia el rostro.
Pablo: Estás más preciosa de lo que me imaginé.
Milena: (poco convencida) ¿Tú crees?
Pablo: ¡Claro! Si yo te lo digo es porque así lo veo y lo siento. ¿Por qué la duda?
Milena: Es que me parece que no estoy lo suficientemente bonita para un día como éste, como si me faltara algo y hace ratito me di cuenta que ese “algo” a lo mejor es estar postrada en esta silla sin poder caminar (Esboza su sonrisa).
Pablo: ¿Cuándo vas a dejar de pensar que tu condición va a cambiar lo que siento por ti o lo guapa que te ves? Tú te sigues viendo hermosa, Mile. ¿O a poco no me vas a dar crédito sabiendo que soy yo el que se va a casar contigo en un rato, ah? Porque mal gusto no tengo.
Milena ríe un poco ante tal comentario y se limpia delicadamente uno de los ojos que ya estaba empezando a sollozar.
Milena: Siempre te las arreglas para sacarme una sonrisa.
Pablo: Y eso es justo lo que voy a hacer siempre para subirte el ánimo, así que ya no quiero más lágrimas. ¿Va?
Milena: (asentando) Va.
Los dos se sonríen de nuevo y se dan un beso corto en los labios que es justo interrumpido por Danilo, quien tocó la puerta ya abierta.

Danilo: Disculpen que interrumpa a los tortolitos. ¿Puedo?
Milena: (emocionada) ¡Danilo!
Pablo: (incorporándose) Ey, bro. Pásale.
Danilo se adentra a la habitación y le pone la mano en el hombro a Pablo de manera amistosa.
Danilo: Ya sé que andan muy enamorados, pero dejen algo para esta noche y no se coman la cereza del pastel tan temprano.
Milena: (avergonzada) ¡Óyeme! ¡No seas tan imprudente!
Danilo: Nada más decía. No la agarres conmigo, enana.
Milena: ¡Tonto! Vuélveme a llamar enana y a la próxima no te la vas a acabar, eh..
Danilo: ¿Oíste eso, Pablo? Es lo que te va a esperar casado con mi hermanita lo que te reste de vida. Yo que tú lo pensaba dos veces (Todos ríen).
Milena: Ya cállate. Pablo va a pensar que soy un ogro, una bruja o una qué sé yo.
Danilo: ¿Y qué no es la verdad?
Milena: ¡Exagerado!
Danilo se pone a la altura de su hermana, toma ambas manos de ella y las besa sonriéndole conmovido.
Danilo: Pero una cosa sí es cierta. Voy a echar mucho de menos a esa enana gruñona que tanto quiero.
Milena: Yo también te quiero y te voy a extrañar mucho, hermanito. Gracias por tanto que has hecho por mí siempre protegiéndome, aconsejándome y consolándome ahí cuando me ha hecho falta. Me siento muy afortunada de tenerte conmigo.
Esta vez es ella quien toma las manos de él y las aprieta mientras solloza. Danilo también solloza un poco.
Danilo: No vayas a llorar. Mira que estás hecha una princesa y debes llegar así tal cual a la notaría.
Milena: (riendo avergonzada) Perdón. Es que hoy estoy más sensible que nunca.
Danilo: Además, esto no es una despedida. Tú y yo nos vamos a seguir viendo seguido así ya no vivamos juntos porque no creo que te vayas a olvidar de mí, ¿o a poco sí?
Milena: Nunca y espero que tú tampoco de mí.
Danilo: Te juro que no. Voy a estar bien pendiente de tu tratamiento y de todo lo demás. Conmigo siempre vas a poder contar, manita.
Los dos hermanos se abrazan fuertemente durante un par de segundos. Pablo los observa sonriente y luego se separan. Danilo se incorpora en el acto.
Danilo: Bueno, yo creo que ya es hora de irnos. Doña Marissa nos está esperando afuera.
Pablo: Cierto y hay que estar en la notaría bien puntuales en media hora.
Milena: Esperen. Primero necesito hacer algo.
Pablo: ¿Qué te faltó, amor?
Milena: Quiero ir a un lugar y me gustaría que tú me acompañaras, Danilo. Creo que es importante que vayamos los dos juntos.
Pablo y Danilo se extrañan.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / DÍA
Lisa se encuentra sentada y una de las empleadas de la casa le da un vaso con agua. María Helena también está sentada a su lado y Eduardo se encuentra de pie cerca de la ventana.



Lisa: (sonriéndole) Gracias.
La empleada: No hay de qué. Con permiso.
Eduardo: Propio.
La empleada se retira del estudio. Lisa bebe tímidamente un sorbo y Eduardo se acerca a ella sin poder dejarla de mirar con una cierta curiosidad. María Helena, por su parte, guarda silencio.
Eduardo: (suspicaz) Entonces, María Helena y tú se conocen…
Lisa pasa el agua por la garganta y asiente con la cabeza.
Lisa: Sí, señor (Pone el vaso sobre el escritorio). Malenita y yo somos muy buenas amigas. Ella es…
La joven hace una pausa y sonríe mirando con suma hipocresía a su hermana. María Helena solo le devuelve la mirada con notable seriedad.
Lisa: Como una hermana para mí, la que nunca tuve, ¿sabe? Y claro, le llevo unos años, pero eso nunca fue impedimento para que nos relacionáramos bien. Como somos vecinas, yo hasta la cuidaba cuando estaba mas chiquita porque nuestras mamás tenían que salir a trabajar y ahí descubrimos que las dos tenemos tanto en común.
Lisa habla con un sutil sarcasmo que sólo es notado por María Helena. Eduardo no se percata.
Eduardo: Discúlpenme. Para serles muy sincero, no esperaba recibir visitas, Martina (Dudoso). Así me dijiste que te llamas, ¿no?
Lisa: Sí, señor. Martina Villareal.
Eduardo: Bueno. Como verás, María Helena no me había hablado ni siquiera de ti y no contaba con tu llegada.
María Helena: (nerviosa) Mil perdones, don Eduardo. La neta con el viaje a última hora que hicimos, lo de mi mamá y la muerte tan reciente de su hermano, se me pasó hablarlo con usted.
Lisa: Siento mucho saber que su hermano murió recientemente, señor. Mi más sentido pésame.
Eduardo: Gracias.
Lisa: De haber sabido que no era buen momento, no me hubiera aparecido por aquí. Discúlpeme lo inoportuna.
María Helena: Yo ya te habías dicho que era mejor esperar tantito, ¿te acuerdas? ¿Por qué te decidiste a aparecerte así tan de golpe, manita? (Pregunta con sarcasmo)
Lisa: Claro que me acuerdo, amiga, pero no me dijiste el porqué y tú sabes bien que necesitaba venir y no sólo para visitarte. Vine también por cuestiones laborales.
Eduardo: (extrañado) ¿Cuestiones laborales?
Lisa: Verá usted, don Eduardo. Mi situación no es la mejor. Malena puede dar crédito de ello porque vivimos en el mismo barrio, solo que como yo soy mayor y ya estoy en la uni, necesito reunir algo de lana para el próximo semestre. Es lo que hago siempre en vacaciones.
Eduardo: Entiendo.
María Helena: Pero yo ya le dije que va a tener que buscar chamba en otro lado porque aquí no hay nada que se ajuste a ella.
Lisa se pone seria al escuchar la inoportuna intromisión de María Helena.
Lisa: Qué pena. Malenita me dijo que esta hacienda era tan grande que pensé en la posibilidad de encontrar algo aquí. De verdad me urge un trabajo y hasta estaba por tomarme el atrevimiento de pedírselo, don Eduardo. Es temporal y luego me voy. Se lo aseguro.
Eduardo: Comprendo tu necesidad, pero lamentable es cierto. En estos momentos no estoy pasando por una buena racha y me temo que tendré que liquidar a algunos de mis empleados si las cosas no se mejoran de aquí a unas semanas.
Lisa: Qué mal. Lamento mucho escuchar eso.
Eduardo: Sin embargo, creo que te puedo ayudar recomendándote con algunos conocidos y contactos que tengo en Villa Encantada.
Lisa: (emocionada) ¿Me está hablando en serio?
Eduardo: Sí, cuenta con ello. Es lo menos que puedo hacer por una amiga de mi hija.
Lisa: ¿Hija? (Enarca extrañada una ceja)
Eduardo: ¿María Helena no te contado su historia?
María Helena: Claro que sí, don Eduardo. Solo que como todavía no tenemos nada confirmado, supongo que a Martina se le hizo medio raro. ¿O no, manita?
Lisa: Sí, sí. Es como una historia sacada de un libro o de una novela. Malena tiene reteharta suerte de tener a un papá tan guapísimo y tan galán.
Lisa le sonríe con un ligero descaro a Eduardo. Él se percata y se intimida un poco.
Lisa: Malena me ha hablado tanto de usted, don Eduardo, que ya siento que lo conozco de hace tiempo y espero que podamos seguir conociéndonos mucho mejor, eso si usted lo permite.
Eduardo: Cla… Claro. Ya habrá momento (Le esboza una sonrisa).
Lisa se pone de pie.
Lisa: Entonces, ¿puedo contar con usted para conseguir un trabajo temporal mientras me quedo aquí en Villa Encantada?
Eduardo: Por supuesto. Cuenta con ello. Cuando puedas, envíame una copia de tu curriculum y yo me encargo de recomendarte según tu experiencia.
Lisa: ¡Muchísimas gracias! Voy a estarle muy, pero muy agradecida.
Eduardo: No es nada. Pese a que no es el mejor momento de recibir visitas, te doy la bienvenida, Martina. Estás en tu casa.
Lisa: Gracias. Malena tenía razón cuando me dijo que es usted un hombre a todo dar. Espero que este sea el comienzo de una muy buena relación entre los dos.
Lisa extiende su mano cortésmente. Eduardo le corresponde el gesto y ambos se dan un apretón al tiempo que se miran fijamente. Mientras él la mira un tanto inquieto por su presencia, ella lo hace de manera penetrante y seductora. María Helena, ante ello, evita mirarlos sintiéndose molesta.
INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Cecilia se encuentra sola encerrada en una celda por la que apenas penetra la luz del sol. Está sentada en el piso y con la espalda recostada sobre el muro mientras mira hacia el vacío. Parece seca, como si algo en ella hubiera muerto y de repente, es sacada de su mundo cuando un policía golpea la reja con una macana.

Policía: Levántate. Vinieron a verte.
Cecilia: (confundida) ¿Qué?
Policía: Que tienes visita. Párate.
El policía se retira.
Cecilia: (extrañada) ¿Visita? ¿De quién?
Danilo y Milena aparecen en ese momento, él impulsando la silla de ruedas de ella. Cecilia, al verlos, se pone de pie de inmediato y corre hacia ellos aferrándose a la reja.


Cecilia: ¡Danilo! ¡Milena!
Milena: Hola, mamá.
Danilo guarda silencio algo serio y evita verla.
Cecilia: No me puedo creer que estén aquí. No saben lo mucho que he pensado en ustedes, hijos. Hasta pensé que nunca los iba a volver a ver o que se iban a olvidar de mí.
Cecilia saca las manos por la reja intentando alcanzarlos. Milena las toma.
Milena: (conmovida) Jamás podríamos olvidarnos de ti y hoy que me caso menos que nunca.
Cecilia: ¿Te casas?
Milena: (sonríe asentando) Sí. Pablo me propuso matrimonio y acepté.
Cecilia no puede evitar desencajar un poco el rostro en señal de desaprobación.
Milena: Inclusive se ofreció a hacer un préstamo con su mamá para pagar mi tratamiento.
Cecilia: Milena, tú sabes que…
Milena: Sí, yo sé que a lo mejor a ti no te gusta la idea y no pretendo que cambies de opinión. Nada más quise venir para compartir contigo este momento de mi vida que es tan reteimportante para mí y en el que me hubiera gustado que estuvieras.
Las dos siguen tomadas de las manos. Cecilia derrama varias lágrimas.
Milena: Porque, a pesar de todos los errores y de lo que pasó, nunca te voy a dejar de querer, mamá.
Cecilia intenta contener el llanto.
Milena: Tú siempre vas a ser muy especial para mí porque eres mi jefa, mi consejera, mi mejor amiga y todos cometemos errores, sí es cierto, unos más graves que otros,, pero también sé que hay que enmendarlos, perdonar y yo, de mi parte, te perdono de corazón.
Cecilia: ¿Me…? (Hace una pausa y se traga sus lágrimas) ¿Me estás hablando en serio?
Milena: Muy en serio, mamá. Te perdono de verdad.
Cecilia: Ay, hija. Yo…
Cecilia hace una pausa con un amargo nudo en la garganta.
Cecilia: Yo no siento que me merezca tanto de ti. Yo les fallé y les hice mucho daño. Por mi culpa… Por mi culpa estás así (Rompe a llorar muy dolida),
Milena: Claro que no. Fue un accidente hasta del que yo también soy culpable por haberme puesto de mensa a salir corriendo como lo hice esa noche. Me porté como una niñita inmadura y no pensé las cosas con cabeza fría. No es toda tu culpa.
Cecilia: De igual, lo pude haber evitado si no me hubiera empeñado como una estúpida en ocultarles quién es su papá. Cómo me pesa y me arde aquí en el pecho. Es que no me va a alcanzar la vida para arrepentirme (Llora desconsolada).
Milena: Con nuestro perdón te basta para que estés tranquila. Yo nunca te voy a dejar sola en este sitio.
Cecilia: ¿De verdad?
Milena: Te lo prometo. Quiero que empecemos de cero y que tratemos de olvidarnos de todo lo malo. Prefiero quedarme con los buenos recuerdos que tengo de esa mujer chambeadora que siempre hizo lo posible para darnos lo que necesitábamos; que nos cuidó; que nos llevaba a la escuela; que nos apapachaba De esa forma te quiero recordar, ma’.
Cecilia, en medio de su desconsuelo, se cubre la boca con una mano al escuchar a la muchacha. Danilo continúa silencioso y mira hacia otro lado con los ojos sollozos sintiéndose conmovido.
Cecilia: Gracias… Gracias, hija. Gracias (Repite sonriendo entre lágrimas).
Cecilia logra estirar el brazo sacándolo por la reja y acaricia con suavidad el rostro de Milena.
Cecilia: Espero que te vaya muy bien en tu boda y que seas muy feliz con ese muchacho. Para mí eso siempre será lo más importante. No lo olvides.
Milena también derrama un par de lágrimas y le sonríe en señal de aprobación. Cecilia dirige esta vez la mirada hacia Danilo quien sigue evitando verla.
Cecilia: Danilo… Creo que tú y yo también tenemos una plática pendiente, hijo.
Danilo parece ignorarla y no se inmuta, aunque también se ve notablemente conmovido.
Cecilia: Yo sé que decidiste sacarme de tu vida por mis burradas y por el daño que te hice con mi cochina ambición, pero espero que tú también puedas llegar a perdonarme algún día. Ustedes son lo único bueno que salió de mí y siempre los voy a amar como a nada. Siempre…
Danilo respira profundo como preparándose para lo que dirá.
Danilo: Y nosotros a ti…
El joven alza la cabeza y ve a su madre con los ojos bañados en lágrimas.
Danilo: Nosotros también siempre te vamos a querer y aunque me sigue doliendo todo lo que pasó, también te perdono y te prometo que tampoco te voy a dejar sola.
Cecilia: Gracias, hijo. Sé que con esto no voy a borrar nada, pero me haría bien que me dieras un abrazo. Uno solo…
Milena toma la mano de él como incentivándolo a que acceda a la petición de Cecilia. Él, entonces, se acerca a la reja y mete los brazos para rodear con ellos a la desconsolada mujer. Es así como los dos se unen en un abrazo apenas limitado por la reja de hierro que los separa.
Cecilia: Te amo… Te amo mucho, Danilo.
Cecilia, incluso, se pone de puntillas y le da un beso en la frente para luego limpiarle las lágrimas al muchacho.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / DÍA

Entretanto, María Helena entra a su habitación jalando de un brazo a Lisa.


Lisa: (fastidiada) ¡Oye! ¡Ya suéltame!
María Helena se asoma para asegurarse de que nadie esté viéndolas o escuchándolas por lo que procede a cerrar la puerta.
María Helena: Ahora sí me vas a explicar qué estás haciendo tú aquí si habíamos quedado en algo.
Lisa: ¿Perdón? Yo no tengo por qué darte explicaciones. ¿Quién te crees?
María Helena: Teníamos un trato y planeamos que haríamos las cosas a mi tiempo, pero ni siquiera me diste chance de hablarle de ti a mi papá.
Lisa: (sarcástica) ¡Vaya! Qué propiedad con la que hablas. Tu papá, eh…
María Helena: (molesta) Mira, no trates de pasarte de lista conmigo, mana, porque ahí sí no te la vas a acabar. Debías esperar a que yo te indicara que podías venir.
Lisa: Primero, tú no eres nadie para darme órdenes. Recuerda que eres una aparecida que hasta hace un tiempo no sabía de nuestra existencia. Y segundo, no estaba dispuesta a seguir esperando algo que he anhelado hacer desde hace tanto cuando ya estoy lista.
María Helena: ¿Y qué te costaba esperar tantito más?
Lisa: ¡Muy simple! Porque no me termino de fiar de ti y nada me garantizaba que mientras te esperaba, intentaras traicionarme.
María Helena: Pues ese es tu problema. Yo ya te di mi palabra y ahora que te apareciste, espero que tú también cumplas con la tuya y me saques del lío en el que estoy metida.
Lisa: Tranquila. Lo haré, pero no creas que será para ayudarte. Lo haré porque pienso sacar partido de eso para destruir a esa tal zorra de la Marissa Miranda que me las debe.
María Helena: ¿Por qué ella?
Lisa: Por su culpa mis planes de quedarme con Eduardo se fueron a la mierda. Ella se robó mi celular donde había guardada una grabación, un video, no sé. El punto es que ahí confesaba muchas de las cosas que he hecho, y como te imaginarás, usó eso en mi contra para denunciarme.
María Helena: Fue ahí donde tuviste el accidente, ¿no?
Lisa: Sí, el maldito accidente en el coche que casi me mata (Recuerda con mucho rencor). Ella es la culpable de que me desfigurara toda, pero la muy imbécil ni se imagina con lo que le voy a salir. ¡Voy a darle por donde más le duele a esa menopáusica!
María Helena: (preocupada) ¿Qué le piensas hacer?
Lisa: No te lo voy a contar porque ya te dije que no confío en ti con esa cara de mosca muerta que te traes, Malenita. Lo que sí te puedo adelantar es que seré implacable y tú me vas a ayudar a llegar a ella recomendándome para que me dé trabajo.
María Helena: No quiero que la mates, y es más, no quiero que mates a nadie. Ya tuve suficiente con lo de Manuel.
Lisa: No te preocupes. A las cucarachas como esa mujer no se les mata. Hay que echarles tantito de veneno para que sufran y se mueran por sí mismas. Tú nada más espera y verás.
De repente, ambas chicas escuchan unos gritos provenientes de la primera planta de la casa.
Carolina: ¡No se atrevan a interponerse! ¡Díganle a Eduardo que baje! ¡Díganle que estoy aquí!
Lisa: (extrañada) ¿Qué es eso?
Carolina: ¡Eduardo! ¡Eduardo, soy yo!
María Helena: No sé, pero voy a ver. Tú quédate aquí y no salgas.
Lisa rueda fastidiada los ojos y María Helena sale de la habitación cerrando la puerta tras sí. Desde arriba ve que, en efecto, es Carolina quien está provocando el escándalo y está siendo sujetada por un peón y una empleada de servicio que se interpone en el paso.



Carolina: ¡Ya les dije que se quitaran! ¡Necesito hablar con Eduardo!
María Helena: ¿Tú otra vez?
María Helena baja las escaleras y va hablando al tiempo.
María Helena: ¿Que no te quedó claro que mi papá no te quiere ver?
Carolina: No vengo a hablar contigo, muchachita.
María Helena: Me llamo María Helena por si no te acuerdas.
Carolina: Tú puedes llamarte como se te venga en gana y, además, no estoy aquí para hablar contigo. Vengo a hablar con Eduardo y no me iré hasta a hacerlo.
María Helena: Pues fíjate que no.
María Helena se cruza de brazos y termina de bajar las escaleras quedándose de pie sobre un peldaño arriba de Carolina.
María Helena: No te voy a permitir que hables con él
Las dos se miran de mala forma. Es de notar que Cruz y el abogado también están presentes.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA
Eduardo, por su parte, parece que acaba de darse un baño, por lo que no ha escuchado el escándalo y ya se ha vestido con ropa ligera mientras termina de secarse el cabello con una toalla. El hombre tiene un recuerdo de su discusión con Marissa la noche anterior.
FLASHBACK



Eduardo: Marissa, no seas necia. Déjame que…
Marissa lo interrumpe nuevamente poniendo su mano frente a él para indicarle silencio.
Marissa: (interrumpe nuevamente) Ni lo intentes. No estoy dispuesta a escuchar una sola mentira más. Vete por donde viniste y si Carolina tiene tan poca dignidad para seguirte amando y casarse contigo sabiendo la clase de hombre que eres, allá ella. Yo no repetiré esa historia.
Marissa termina de decir aquellas decisivas palabras al tiempo que un amargo nudo se le forma en la garganta.
Marissa: Vamos, Danilo.
Danilo mira de mala forma a Eduardo y entra junto con Marissa a la casa.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: ¿Cómo voy a hacer para olvidarme de ti, Marissa? ¿Cómo si me vuelve loco la idea de perderte con todo esto que siento? Es que al final pareciera que esto del amor y la vida misma fueran para mí (Dice con mucha amargura).
Eduardo tiene otro recuerdo antiguo cuando descubrió la verdad sobre su difunta esposa por boca de Lisa cuando ésta se lo contó a Lucrecia.
FLASHBACK


Lisa: Te equivocas. Eduardo no es mi padre biológico. Eso fue lo que Helena les hizo creer a todos. ¡Ella sí tenía que lavarse de todas sus porquerías!
Lucrecia: ¿De qué estás hablando?
Lisa: Bueno, ya que me lo pides, te lo contaré todo. Resulta que esa Helena buena y sumisa que todos creyeron conocer no era más que una perra.
Lucrecia mira a Lisa con los ojos desorbitados sin entender absolutamente nada.
Lisa: Helena engañó a mi papá por años sin que nadie lo supiera con amigos de él, socios y lo sé porque mi tío Manuel también fue testigo de sus engaños a escondidas de todo el mundo.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: Ni Helena me quiso nunca… ¡Qué ironía! Mientras ella y Marissa se fueron de mi lado, Carolina dice amarme y me hace tanto o más daño que las otras dos. En cuanto a Lisa… (Hace una pausa)
El hombre tiene un recuerdo más reciente de la mañana.
FLASHBACK
Lisa se pone de pie.
Lisa: Entonces, ¿puedo contar con usted para conseguir un trabajo temporal mientras me quedo aquí en Villa Encantada?
Eduardo: Por supuesto. Cuenta con ello. Cuando puedas, envíame una copia de tu curriculum y yo me encargo de recomendarte según tu experiencia.
Lisa: ¡Muchísimas gracias! Voy a estarle muy, pero muy agradecida.
Eduardo: No es nada. Pese a que no es el mejor momento de recibir visitas, te doy la bienvenida, Martina. Estás en tu casa.
Lisa: Gracias. Malena tenía razón cuando me dijo que es usted un hombre a todo dar. Espero que este sea el comienzo de una muy buena relación entre los dos.
Lisa extiende su mano cortésmente. Eduardo le corresponde el gesto y ambos se dan un apretón al tiempo que se miran fijamente.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo: (pensativo) Lisa… (Pronuncia de forma retraída) ¡Claro! Con razón se me hacía familiar esa muchacha, la tal Martina Tiene un aire, un algo, que me hizo recordar a Lisa… Su mirada, su forma de hablar…
De repente, el hombre se ve abruptamente interrumpido en sus recuerdos por los gritos del piso de abajo.
Carolina: ¡Eduardo! ¡Eduardo, por favor! ¡Necesito que hablemos! ¡Escúchame!
Eduardo: Carolina… Esa es Carolina…
María Helena: ¡Ya te dije que no! ¡Vete por donde viniste!
Carolina: ¡No te metas, muchachita! ¡Quítate porque si no baja, lo voy yo a buscar!
Eduardo: Está discutiendo con María Helena.
Eduardo no tarda en salir de la habitación y desde el barandal del segundo piso, ve a María Helena interponiéndose en las escaleras para evitar que Carolina pase.





María Helena: ¡Pues no te voy a dejar! No voy a permitir que lo desestabilices más de lo que ya lo has hecho, así que ya vete.
Eduardo: ¿Qué significa esto?
Carolina: ¡Eduardo, necesito que me escuches! Tenemos que hablar de algo muy importante.
Carolina intenta subir, pero María Helena se lo impide.
María Helena: Por favor no le haga caso, don Eduardo. Yo ya me estaba haciendo cargo.
Carolina: (burlesca) ¡Por favor! ¡No te equivoques! ¿De cuándo acá te crees ama y señora de esta casa para dar órdenes? No eres más que una oportunista recién aparecida.
María Helena: A mí no me importa lo que pienses de mí. Al cabo que ya me terminé acostumbrando a que todo el mundo me trate así. Nada más estoy protegiendo a mi papá.
Carolina: ¿Y quién te garantiza que Eduardo es tu papá? ¿No será más bien que quieres repetir la historia de tu hermana y tienes el mismo fetiche que ella viéndolo como padre mientras en el fondo te mueres por acostarte con él?
María Helena: (indignada) Estás enferma…
Eduardo: ¡Ya basta! ¡No voy a permitir que sigas viniendo a importunarnos en mi casa, Carolina! Fui claro ya varias veces. ¡Lárgate!
Lisa, desde la habitación, entreabre la puerta y presencia lo que ocurre.

Lisa: (susurrando) Me late que esto se va a poner mejor de lo que pensé… (Sonríe con malicia)
Cruz se acerca discretamente a Carolina.
Cruz: Me parece que es prudente que volvamos otro día, señorita o esos dos nos van a agarrar de a pedradas si no nos vamos.
Carolina: (decidida y desafiante) ¡Yo no me voy hasta hablar contigo, Eduardo! Lo que tengo para decirte no da espera y te conviene.
Eduardo: No me interesa escuchar ni saber nada de ti. Hace rato que decidí sacarte de mi vida, Carolina. Vete si no quieres que tome medidas más drásticas.
Carolina: Medidas drásticas son las que yo voy a tomar si no me escuchas.
Carolina le arrebata una carpeta al abogado y se la enseña a Eduardo, quien sigue arriba.
Carolina: ¿Ves esto que tengo aquí? Es una carpeta con el documento de paz y salvo en el que consta que pagué la hipoteca de la hacienda.
Eduardo se sorprende y guarda silencio.
María Helena: ¿Ahora con qué patraña vas a salir?
Carolina: Ninguna patraña. Es una forma más de demostrar que te amo, Eduardo y que, por amor a ti, pagué la hipoteca como a Lucrecia le habría gustado para no perder este que es el patrimonio de tu familia. Dame la oportunidad de que hablemos.
María Helena. Pues es tu pedo si pagaste algo que nadie te pidió que pagaras. Allá tú por metiche.
María Helena toma bruscamente de un brazo a la mujer.
María Helena: Ahora vete de una y ya déjalo paz.
Carolina: (furiosa) ¡No me toques, cretina! ¡No me voy a ir!
Eduardo: (preocupado) ¡María Helena!
María Helena: ¡Muy bien! ¡Entonces, si no te largas, yo te saco! ¿Cómo la ves?
Eduardo: María Helena, déjala.
Carolina: ¡Veamos si eres capaz, imbécil!
Carolina empuja a la muchacha y sube corriendo las escaleras. María Helena se incorpora de inmediato y sale tras ella agarrándola del cabello.
Carolina: (adolorida) ¡Argh!
Cruz: (preocupada) ¡Señorita, cuidado!
María Helena: ¡Ahora sí te voy a sacar a rastras!
Carolina: (gritando) ¡Suéltame, maldita! ¡No te atrevas!
María Helena: ¡Tú te lo buscaste por maniática!
Carolina: ¡Estás loca!
Carolina también jala del cabello a María Helena y ambas comienzan a forcejear. Eduardo, angustiado, baja las escaleras para separarlas mientras que el peón que estaba presente sube.
Carolina: (chillando) ¡Déjame!
Eduardo: ¡María Helena, suficiente! ¡Suéltala!
En un momento dado, María Helena da un paso en falso y debido al forcejeo, pierde el equilibrio cayéndose por las escaleras brutalmente. Cruz pega un estrepitoso grito al igual que la empleada.
Eduardo: ¡¡María Helena!!
La muchacha termina de caer inconsciente en el descanso de las escaleras.
Cruz: (aterrada) ¡Ay, no puede ser! ¡Está muerta!
Eduardo baja corriendo sumamente angustiado y desesperado.
Eduardo: ¡Por Dios, Carolina! ¿Qué hiciste?
Carolina observa asustada lo sucedido sosteniéndose de la baranda de las escaleras. Eduardo, con prontitud, se inclina para ver si reacciona. Pronto un charco de sangre comienza a formarse alrededor de la cabeza de la joven.
Eduardo: María Helena… María Helena, dime algo. Reacciona.
Pero ella continúa inconsciente.
Eduardo: Dime algo. Te lo suplico.
Empleada: ¿Quiere que llame una ambulancia, patrón?
Eduardo: No, la voy a llevar yo mismo al hospital. No hay tiempo que perder. Ábranme la puerta.
Empleada: Sí, señor.
Eduardo carga a la muchacha en sus brazos al tiempo que la empleada abre la puerta de la entrada principal. Carolina, impactada, se sienta en uno de los escalones. Cruz sube para asistirla.
Cruz: ¡Ay, señorita! ¿En qué estaba pensando?
Carolina: (negando con la cabeza) No fue mi culpa. Ella se resbaló. Yo no lo hice.
Cruz solo la conforta frotándole la espalda y de manera suspicaz dirige la mirada hacia arriba alcanzando a notar que alguien se esconde.
INT. / NOTARÍA / DÍA
Entretanto, Milena y Pablo se encuentran frente al notario terminando de firmar el acta matrimonial. Marissa y Danilo están atrás presentes como testigos observando sonrientes el momento.




Notario: Muy bien. Por el poder que me confiere el Estado, oficialmente los declaro marido y mujer. ¡Felicitaciones!
Marissa: (aplaudiendo) ¡Bravo!
Notario: (a Pablo) Puede besar a la novia.
Pablo sonríe muy contento. Milena también y ambos pronto se unen en un sincero beso de amor que termina por sellar su unión.
Marissa: (conmovida) ¡Felicidades, muchachos! Mis más sinceras felicitaciones (Abraza a Pablo).
Pablo: Gracias, mamá.
Milena: Muchas gracias, doña Marissa.
Marissa:¿Cómo que “doña”? Ya a partir de hoy quítame eso que se oye muy modesto, eh. Llámame suegra (Todos ríen).
Milena: Sí es cierto. Muchas gracias, suegra. Es usted un amor. Gracias por apoyarnos tanto.
Marissa: Y lo haré siempre que pueda, Milena. Te estimo muchísimo,
Marissa abraza a Milena. Danilo, por su parte, también se acerca.
Danilo: Y a mí a partir de hoy, ya me tienes que llamar de cuñado, bro. Por fin somos familia.
Pablo: Sí, bro. Oficialmente cuñados.
Danilo: ¡Felicitaciones!
Los dos muchachos se abrazan de manera fraternal.
Danilo: Ya sabes (Le da una leve palmada en el hombro). Cuídame mucho a mi hermanita.
Pablo: Ni lo digas. Voy a cuidarla con mi vida.
Danilo: Bueno y tú, hermanita, ya eres toda una señora. ¿Quién te viera?
Milena: ¡Ay, ya! No empieces. Todavía ni paso de los veinticinco (Todos ríen de nuevo).
Danilo: Pues sí eso eres, ¿no? Desde hoy ya serás la señora de Miranda.
Milena: ¡Menso! Ven y dame tú también un abrazote de oso de esos que me das siempre.
Danilo se inclina un poco para estar a la altura de la silla de ruedas y ambos hermanos se abrazan fuerte. Luis Enrique justo entra en ese momento a la oficina del notario, pero ninguno de los demás se percata de su llegada.

Milena: Estoy muy contenta de veras por este día tan especial y porque a pesar de estar en esta silla, me doy cuenta de lo afortunada que soy por tener a tantas personas bonitas a mi lado.
Milena se pone un tanto nostálgica y esboza su sonrisa.
Milena: Nada más me hace falta alguien que partió hace ya tiempo, pero me consuela saber que al menos está descansando en paz y en un lugar mejor, y esa eres tú, mi Casimira bella (Mira hacia arriba). Espero que desde donde estés, nos acompañes tú también. Te extraño mucho.
Marissa: Así será, Milena. Casimira también debe sentirse muy orgullosa y feliz.
Luis Enrique: ¿Y yo?
Todos voltean a ver extrañados.
Luis Enrique: (conmovido) ¿Será que… yo también puedo tener el honor de acompañarte en este día tan importante para ti, hija?
Danilo mira disgustado al recién llegado. Milena también le ve con algo de seriedad y guarda silencio.
CONTINUARÁ…
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