Capítulo 45: Engaños del pasado

INT. / NOTARÍA / DÍA

Luis Enrique acaba de hacer aparición en la boda de su hija preguntándole si también le podía permitir acompañarla, algo que causa extrañeza y seriedad en los presentes, excepto en Marissa.



Danilo: (muy molesto) ¿Qué está haciendo usted aquí? ¿Quién lo invitó?

Luis Enrique: Discúlpenme, yo…

Marissa: (tímida) Yo lo hice.

Danilo: (sorprendido) ¿Usted?

Pablo: ¿Por qué no nos habías dicho nada, mamá?

Marissa: (apenada) Perdón, hijo. Sé que debí haberles consultado antes, pero por la premura del matrimonio, no tuve oportunidad y sólo alcancé a enviarle un mensaje a Luis Enrique avisándole que hoy se casaban tú y Milena. En realidad sólo le aconsejé que viniera.

Luis Enrique: Y seguí tu consejo, Marissa. Lo pensé mucho, pero al final me di cuenta que no podía perderme un día como este.

Luis Enrique se acerca a sus dos hijos. Ellos lo miran con suspicacia y en silencio.

Luis Enrique: Pese a que nunca estuve cerca de ustedes como hubiera querido, siempre los he tenido presentes, muchachos y uno como padre de una señorita siempre sabe que en algún momento va a llegar el momento de entregarla en el altar, y ese momento llegó… Quizá no como me hubiera gustado, pero aquí estoy.

Luis Enrique se hinca ante Milena.

Luis Enrique: Milena, puede que ni tú ni tu hermano me crean, pero la razón principal de mi vivir son ustedes dos.

Danilo: ¿Sabe qué? A mí me parece que sus cuentos baratos de padre arrepentido se los puede ahorrar. Váyase.

Milena: Danilo, espera…

Luis Enrique: Es normal que tengan ese concepto de mí y no me justifico, pero les juro por lo más sagrado que siempre me dolió estar apartado de ustedes por imbécil, por egoísta, por perseguir mis propios sueños… Fui un patán, un mal padre, pero eso no quita que no los quiera y que ustedes sean lo único que tengo…

Luis Enrique traga saliva como si realmente estuviera arrepentido y conmovido.

Luis Enrique: Nada me haría más feliz que me perdonaran, muchachos.

Milena y Danilo se miran entre sí. Ella lo hace un poco dudosa mientras que él con una notable desaprobación.

Luis Enrique: Es más. No les pido que me quieran, que me digan “papá” o que me acepten en sus vidas. Para mí vale más que me perdonen. Es lo único que les pido… Perdón.

Milena: (dudosa) Danilo…

Danilo: A mí ni me digas. Tú bien sabes que todo lo que hizo este “señor” es bien difícil de perdonar así como así.

Milena: Pero también fuimos a la cárcel a perdonar a mi mamá. Los dos cometieron errores. ¿Cuál es la diferencia?

Danilo: La diferencia es que por lo menos mi mamá estuvo con nosotros y en parte hasta fue también una víctima de este señor que la deslumbró con una vida dizque de lujos casado con doña Marissa.

Marissa: Yo sé que esto no me concierne, pero escucha a tu hermana, Danilo. Yo hace mucho que también perdoné a Luis Enrique por lo que me hizo y puedo hasta asegurar que Pablo también.

Pablo: Sí, bro. De nada sirve guardar tanto rencor y menos cuando esa persona que te hizo daño se arrepiente y te pide perdón.

Danilo: (desesperado) ¿Es que tan poquita memoria tienen todos para tapar el sol con un dedo y hacer como que este señor ahora suda agua bendita?

Luis Enrique: (incorporándose) Danilo, muchacho, nunca voy a dejar de reconocer mi error,. Nada de lo que hice lo voy a borrar nunca, pero al menos me voy a quedar tranquilo sabiendo que me arrepentí y que deseo también pedirles perdón.

Milena: Pues yo sí lo perdono, señor.

Danilo: ¡Milena!

Milena: (ignorándolo) Yo lo perdono de corazón por no haber estado con nosotros, por el abandono, por todo.

Luis Enrique: (conmovido) ¿De verdad?

Milena: (asentando) Sí, de veras. Nada más le decía a mi mamá esta mañana que quiero empezar de nuevo y dejar el pasado atrás, y eso incluye también el rencor y el resentimiento que siento por usted.

Luis Enrique hace una pausa al tiempo que un nudo se le forma en la garganta como si estuviera a punto de llorar.

Luis Enrique: No sé qué decir. Es… Es mucho más de lo que me podía esperar, Milena. Yo…

Milena: No tiene qué decir nada. Nomás deje usted también atrás el pasado y demuéstrenos que sí está arrepentido como dice. ¿Quién quita y algún día podamos verlo como padre?

Luis Enrique: (solloza) ¿Te gustaría?

Milena: Muchísimo.

Luis Enrique: Gracias. Gracias, Milena. Gracias. No te imaginas lo mucho que esto significa para mí.

Luis Enrique vuelve a hincarse y esta vez se une en un fuerte abrazo de perdón junto a su hija. Danilo siente como si le hirviera la sangre al presenciar tan hipócrita acto por parte de su padre. Marissa y Pablo, por su parte, esbozan una sonrisa al ver el momento.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / DÍA

Eduardo se encuentra sentado de piernas abiertas y apoyando los codos sobre los muslos mientras cruza los dedos de ambos manos debajo de su barbilla. Carolina se aparece en ese instante acompañada de Cruz.



Carolina: (angustiada) ¡Eduardo!

Él, al verla, se pone de pie de inmediato.

Eduardo: (muy serio) ¿Qué estás haciendo aquí?

Carolina: No podía quedarme cruzada de brazos en la hacienda después de lo que pasó. ¿Qué te han dicho? ¿Cómo está María Helena?

Eduardo: Tu cinismo no tiene límites. ¿Cómo te apareces a preguntarme por ella si por tu culpa está acá?

Carolina: Te juro que no fue mi intención. Tú lo viste todo. Todos los vieron. Fue un accidente.

Eduardo pierde la paciencia y la agarra fuerte de un brazo.

Eduardo: ¡Un accidente que tú provocaste!

Carolina: Yo necesitaba hablar contigo y ella me lo impidió. Entiéndelo.

Eduardo: Lo único que entiendo y puedo ver claro es que cada vez te pareces más a Lisa porque ya hasta llegaste al punto de atentar contra la vida de alguien más por esa maldita obsesión.

Cruz: Don Eduardo, por favor, compórtese. Estamos en un hospital y usted es un caballero.

Eduardo: ¡Usted cierre el pico!

Cruz se asusta ante el regaño.

Eduardo: En cuanto a ti, Carolina, con esto terminaste de sepultar todo el aprecio y el aprecio que una vez sentí por ti porque ahora no me produces otra cosa que asco.

Carolina: (dolida) No me digas eso, Eduardo. No merezco que me trates así.

Eduardo: ¡Te mereces mi desprecio y más! (La aprieta más fuerte).

Carolina: Me estás lastimando…

Eduardo: Tú me has lastimado peor. No te bastó con arruinar mi relación con Marissa, sino que ahora te metiste con mi hija y escúchame bien. Donde algo le llegue a pasar a María Helena, no te la vas a acabar y te voy a refundir en la cárcel aunque sea lo último que haga.

Eduardo la suelta de mala gana, la mira fulminante y se da la vuelta para retirarse. Carolina, de inmediato, corre hacia él para detenerlo.

Carolina: ¡Pues no te lo voy a permitir! Pase lo que pase con esa estúpida, tengo testigos que vieron el accidente y podría contratar los mejores abogados. El que pierde eres tú porque ahora mismo si quiero puedo dejarte en la calle. Recuerda que ya la hacienda es mía.

Eduardo: No tienes ningún título de propiedad que lo conste. Legalmente está a mi nombre.

Carolina: Por ahora, pero pagué la hipoteca y estás en deuda conmigo. Por ley estás obligado a pagarme hasta el último peso.

Eduardo: No te preocupes. Te voy a devolver todo para no tener que verte nunca más, así que ya déjame en paz.

Carolina: (incrédula) ¡Por favor! ¿Con qué si ahorita no tienes en donde caerte muerto? Estás arruinado.

Eduardo: Ese no es tu problema.

Carolina: Lo es ahora que invertí una buena parte de la herencia de mi papá en ayudarte, así que o te casas conmigo y pones la hacienda a mi nombre para que saldemos la deuda o mañana mismo te meto una demanda.

Eduardo: No tienes como ganarla. ¡Yo no te pedí que pagaras nada!

Carolina: Lo sé, pero a nadie le consta. Si te niegas a pagarme, el caso sería llevado a juicio donde yo podría alegar que tú pediste un préstamo para pagar la hipoteca.

Eduardo la ve con los ojos desorbitados.

Carolina: E incluso, tengo el apoyo del licenciado Mantilla que es bien conocedor del tema y al que seguramente viste a mi lado cuando llegué a la hacienda esta mañana. Llevo todas las de ganar. No tienes opción.

Eduardo: (muy dolido) ¿Cómo pudiste convertirte en una mujer tan despreciable y tan ruin?

Carolina: Soy fiel creyente de que en el amor y en la guerra todo se vale, y estoy segura de que vas a terminar agradeciéndomelo tarde que temprano, así que ya sabes. Quiero una respuesta para mañana o atente a las consecuencias. Vámonos, Cruz.

Cruz: Sí, señorita.

Carolina y Cruz se retiran. Eduardo se queda sintiéndose cada vez más destrozado y se tumba sobre la silla.

Eduardo: No puedo… No puedo casarme con Carolina. No puedo… (Niega con la cabeza)

Una enfermera se le acerca.

Enfermera: Disculpe. ¿Es usted familiar de la paciente María Helena Quintana?

Eduardo: (poniéndose de pie) Sí, soy papá. ¿Cómo está? ¿Se encuentra bien?

Enfermera: Sí, señor. Afortunadamente se encuentra fuera de peligro y ya reaccionó. Le cosimos la herida en la cabeza y también ya se la vendamos.

Eduardo: (suspirando aliviado) Gracias a Dios. Pensé que iba a ser grave, pero veo que no pasó a mayores. ¿Puedo verla?

Enfermera: Solo unos minutos. Por recomendación del doctor, se va a quedar en observación hasta mañana y se la harán unos exámenes para descartar alguna afectación interna.

Eduardo: Está bien. Entiendo.

Enfermera: Acompáñeme por aquí, por favor.

Eduardo sigue a la enfermera.

INT. / RESTAURANTE, TERRAZA / DÍA



En un elegante restaurante, con vista a la panorámica de Villa Encantada, se lleva a cabo la postcelebración del matrimonio. Marissa, Milena y Luis Enrique platican sentados mientras beben cada uno un cóctel. No lejos de allí, en el balcón, Danilo y Pablo también platican pero de pie. Los dos beben también cócteles. Cabe decir que hay más comensales en el restaurante.



Pablo: Ya relájate, bro. Te ves muy tenso. Vas a terminar indisponiendo a Milena si sigues con esa actitud y con tu cara de querer echar a patadas a Luis Enrique.

Danilo: Es que me molesta que ustedes se creyeran la escenita de arrepentimiento barato que hizo en la notaría el tipo ese. A mí sí que no me convenció nada.

Pablo: ¿Por qué te cuesta tanto creerle? Mira que yo lo conocí más que tú y no me lo tomes a mal, eh. Es solo que en tantos años conviviendo con él jamás lo vi así de sumiso. Para mí que sí está arrepentido. No sé…

Danilo termina de tomarse su cóctel.

Danilo: Di lo que quieras, pero a mí nadie me saca de la cabeza que él está haciendo todo esto por algo y ya van a ver.

Pablo: Pues sí tú lo dices. Total, eres bien terco así que ni para qué intentar convencerte. Cambiando de tema, ¿cómo les terminó de ir a ti y mi mamá en la capital?

Danilo: Bien, aunque anoche tuvimos un problemita con don Eduardo que se apareció de la nada y no sé cómo dio con la dirección.

Pablo: Luis Enrique y él han sido socios por mucho tiempo. Supongo que la averiguó con alguno de sus contactos.

Danilo: Sí, eso creo. Algo así nos dijo también cuando tu mamá le preguntó.

Pablo: ¿Y por qué dices que tuvieron un problema? ¿A poco qué pasó?

Danilo: Pues, es que…

Pablo: Ándale. Ya suelta.

Danilo: Don Eduardo justo nos vio cuando tu mamá y yo nos estábamos besando ahí afuera de la casa.

Pablo: (sorprendido) ¡No manches! ¿En serio?

Danilo: No te incomoda que te cuente, ¿verdad?

Pablo: ¡No seas mamón! Por supuesto que no. Si el primero que quiere que algo pase entre ustedes soy yo. Un beso no tiene nada de raro y eso es buena señal de que sí le gustas a mi mamá.

Danilo: No sé, bro. A veces me da por pensar que a lo mejor no debería presionarla tanto y tampoco quiero que vaya a tener algo conmigo por despecho.

Pablo: Eduardo ya es pasado para ella. Lo va a superar. Vas a ver. Lo importante ahora es que sigas así para que se termine de convencer de que quien le conviene eres tú. ¡Ánimo!

Pablo le da una leve palmada en la espalda a Danilo al tiempo que éste intercambia miradas con Marissa de lejos. Ella le sonríe de forma angelical mientras platica con Milena. Luis Enrique se da cuenta de aquel detalle y voltea a ver a su hijo. Los dos se ven con cierto recelo.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / DÍA

Eduardo entra a la habitación a la que fue llevada María Helena. Ésta se encuentra recostada en la cama con suero fisiológico y un notable vendaje en su cabeza.



Eduardo: Malena…

María Helena: (sonriéndole) Don Eduardo…

Eduardo no tarda en abrazarla con delicadeza.

Eduardo: No te imaginas lo mucho que me preocupé por ti. Gracias a Dios estás bien (La besa en la frente). ¿Cómo te sientes?

María Helena: Con la cabeza un poco atolondrada, pero bien. Gracias. Más bien dígame usted cómo está. ¿Qué más pasó con esa mujer? La verdad, como desmayé, no recuerdo nada más, así que dígame si lo siguió molestando para ponerla como camote.

Eduardo: No hablemos ahorita de eso y tampoco te preocupes por nada. Ya me dijeron que te vas a tener que quedar hasta mañana para que te hagan unos exámenes.

María Helena: ¿Exámenes? ¿De qué?

Eduardo: Tú sabes. Para descartar problemas que el golpe te haya generado por dentro.

María Helena: ¡Ay, don Eduardo! Yo no me quiero quedar aquí, empezando porque ni me gustan los hospitales. De niña los detestaba cuando mi mamá me llevaba a vacunarme.

Eduardo: Te gusten o no, es necesario y ya estás hecha toda una señorita como para que hagas berrinches de ese tipo.

María Helena: Es que no es berrinche. Yo le conté que a mi mamá la operaban hoy y tengo que estar pendiente llamando a ver cómo le fue en la cirugía.

Eduardo: Va a estar bien. Quédate tranquila. Desde aquí también puedes llamar.

María Helena: Pues sí, pero usted sabe que además hay otro motivo por el que prefiero estar en la hacienda y no aquí sin hacer nada.

Eduardo: María Helena, escúchame. No lo tomes como regaño, pero lo que hiciste fue una completa inmadurez. No debiste enfrentarte con Carolina de esa forma.

María Helena: Yo sé, pero tampoco iba a permitir que la Carolina esa lo importunara, don Eduardo. Usted ya ha tenido suficiente con lo de doña Marissa y…

Eduardo: (la interrumpe) Y yo te agradezco que te preocupes. De verdad. Me parece muy bonito saber que cuento contigo, pero yo sé cómo hago las cosas.

María Helena: Perdóneme, pero no lo creo. Ya es tiempo de que hubiera ido con la policía para ponerle una orden de alejamiento o algo así a la loca esa. ¿Por qué deja que lo siga acosando?

Eduardo: Simplemente pensé que iba a llegar a un punto en que se iba a dar por vencida.

María Helena: Pues ya vio que no y a mí me huele muy mal lo que llegó diciendo esta mañana, eso de que pagó la hipoteca de la hacienda. Para mí que algo se trae entre manos y hay que detenerla.

Eduardo guarda silencio y suelta una bocanada de aire.

Eduardo: Lo mejor ahorita es que descanses y no te mortifiques. Déjamelo a mí y ya veremos que pasa. ¿Te parece?

María Helena: Sinceramente no, pero allá usted. Nada más no se le olvide que cualquier cosa aquí voy a estar para usted y no voy a permitir que nada le pase. ¿Va?

Eduardo: (sonriéndole) Va y te dejo. Más tarde te llamo para saber cómo sigues o por si necesitas algo.

Eduardo se acerca y le da otro beso en la frente de despedida.

María Helena: Gracias. Cuídese mucho.

Eduardo: Tú también. Mañana paso por ti. Descansa.

Eduardo esboza su sonrisa y sale de la habitación. Una vez a solas, la muchacha saca su celular de debajo de su almohada y marca rápidamente un número a espera de que le contesten.

María Helena: Soy yo (Pausa) Nada más llamo para pedirte que estés muy pendiente de mi papá. No voy a estar en la hacienda y el que esté solo allá con esas dos mujeres me da muy mala espina.

INT. / CABAÑA DE EPIFANIO / DÍA

Cruz se encuentra al otro lado de la línea en lo que parece ser una habitación oscura con luz tenue. Tan solo se enfocan sus ojos y boca hablando con una voz distorsionada a través de un aplicativo en el teléfono.



Cruz: Lo haré. Estaré al pendiente. Tú tranquila. Eduardo Román está sano y salvo, y esto terminará más pronto de lo que crees. Confía.

María Helena: (indecisa) No sé. No me convence del todo nada de esto. Tengo miedo de que algo salga mal, además, tampoco me gusta la idea de poner a mi papá en bandeja de plata para que Lisa o Carolina hagan con él lo que quieran.

Cruz: La mejor forma de librarte de todos tus enemigos es atacándolos por su debilidad y Eduardo Román es justo el punto débil de ambas. Tú nomás espera y haz todo lo que te diga.

María Helena: ¿Y los videos? ¿Qué piensas hacer con ellos? ¿Cuándo vas a entregárselos a la policía? Lisa sabe que yo supuestamente maté a Manuel y hasta lo mismo hubiera pensado yo de no ser porque...

FLASHBACK

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / NOCHE


María Helena se encuentra recostada en su cama mirando el celular de Manuel que tomó hace un rato y donde descubrió que éste tenía contacto con Lisa.

María Helena: ¿Qué hago, Dios mío? ¿Será que llamo a la policía o le digo a don Eduardo? Pero hacerlo implicaría también decirle que yo maté al sangrón de Manuel y eso no. No puedo tener pedos con la policía.

La muchacha suelta una bocanada de aire mirando para el techo y sintiéndose frustrada. De repente, parece ocurrírsele una idea. Toma su celular y comienza a buscar rápidamente algo.

María Helena: Tiene que estar por aquí.

María Helena se toma unos segundos hasta que al parecer encuentra lo que busca y llama a alguien a una espera ansiosa de que le contesten.

INT. / HOTEL, HABITACIÓN DE CRUZ / NOCHE

Cruz está en bata terminando de ponerse una mascarilla de color verde frente al tocador. Es cuando un celular que tiene colocado sobre el tocador comienza a vibrar y ella lo mira de forma sospechosa.

Cruz: (sonriendo) Sabía que en cualquier momento iba a llamar.

El ama de llaves se apresura a abrir un aplicativo especial en el celular que distorsiona la voz y contesta de una forma recatada.

Cruz: ¿Bueno?

Las escenas de ambas se intercalan al hablar.

María Helena: (dudosa) ¿Eres tú?

Cruz: Pensé que nunca llamarías y hasta te habías olvidado de tu misión.

María Helena: Fuiste tú quien me dijo una vez que debía reclamar mi lugar en esta hacienda.

Cruz: Y te felicito por ello. Lo has logrado. He visto que Eduardo Román ya te considera como su hija.

María Helena: ¿Cómo lo sabes?

Cruz: Tengo ojos en varias partes y como un alma en pena, deambulo por ahí vigilando cada uno de tus movimientos. Has de estar muy asustada pensando que mataste a Manuel Román, ¿no?

María Helena se impacta al oírla.

María Helena: ¿Acaso...? (Hace una pausa) ¿Acaso fuiste tú? Porque si es así, dímelo de una vez (Exaltada) No he tenido vida pensando que le quité la vida a alguien. Yo no pude haberlo hecho. No lo recuerdo.

Cruz: En efecto, fui yo. Llegué a esa cabaña justo a tiempo antes de que ese maldito puerco abusara de ti.

María Helena suspira sintiendo un gran alivio y comienza a sollozar.

María Helena: Yo lo sabía. Con razón, por más que trataba, no lograba acordarme de nada, pero aún tengo miedo de que la policía se entere y sepan que yo estuve en la escena del crimen. ¡Me pueden inculpar! Tú sabes que si acepté venir a conocer a esta gente fue para tener la lana de la cirugía de mi mamá.

Cruz: ¿Qué se supone que puedo hacer yo, niña? Yo ya hice mi parte para que encontraras a tu familia.

María Helena: Ayudarme. ¿Qué más? Porque si me atrapan, te juro que no voy a quedarme callada y voy a contarles que desde el inicio tú estuviste detrás de mi llegada a esta hacienda. Hasta podrían rastrear este número y dar con tu paradero.

Cruz: (sonriendo con picardía) Escucho que has formado carácter y eso me gusta porque lo vas a necesitar, así que no hay necesidad de que me amenaces. Recuerda que yo también sé dónde está tu madre.

María Helena: ¡No le hagas daño a mi mamá, por favor! Solo quiero salir bien librada de todo esto. Te lo pido. Ayúdame. Tengo algo a cambio que te interesa.

Cruz enarca una ceja.

María Helena: Descubrí que Manuel tenía contacto con Lisa y ahí pude darme cuenta de que tenías razón, y ella sigue con vida. Tengo la dirección del sitio donde se está escondiendo, así que si me ayudas, te diré dónde está Lisa para que hagas justicia como tanto quieres.

Cruz: (sonriendo satisfecha) ¡Qué bien! Tenerte dentro de la hacienda sin duda fue lo mejor porque sabía que tarde que temprano darías con el paradero de tu gemela, así que baja la guardia y confía en mí. Voy a ayudarte como quieres, pero tendrás que seguir ciertas instrucciones a cambio. ¿Entendido?

María Helena: ¿Qué tengo que hacer?

Cruz: Ve a verla y dile que mataste a Manuel. Pídele que te ayude a encubrir tu crimen y a cambio le prometes que la ayudarás a entrar a la hacienda.

María Helena: Todo lo que he escuchado de Lisa es retefeo. La tipa estaba loca. ¿Qué tal si las cosas se ponen peor o llega a hacerle daño a Eduardo?

Cruz: Hay que sacrificar un poco y Eduardo es la carnada que necesitamos para atraerla.

María Helena: No estoy entendiendo.

Cruz: Tú haz lo que te indico y ya. Confía en mí.

FIN DEL FLASHBACK

El recuerdo termina.

Cruz: Voy a utilizar las pruebas que tengo en su debido momento.

María Helena: Te pregunté cuándo. No me enredes con tus acertijos de siempre. La policía puede descubrir en cualquier momento que yo fui una de las últimas personas que estuvo con Manuel. Pueden ficharme como sospechosa, y no puedo ir a la cárcel ahora que sé que no lo maté. Ese video que tienes es lo único que me puede salvar.

Cruz: (cortante) Ya te dije. En su debido momento y ya ni te molestes en llamar. Bloquearé tu número, así que espera a que te contacte.

María Helena: ¡Oye! ¡Un momento!

Cruz cuelga la llamada. María Helena lanza frustrada el celular a un lado de la cama. De fondo y detrás de ella, Epifanio se encuentra sentado en un amplio sillón.



Epifanio: (serio) Era María Helena, ¿no? ¿Cómo sigue?

Cruz se queda pensativa unos segundos y luego encara a Epifanio.

Cruz: Por la forma en que me habló, supongo que bien.

Epifanio: Lo de hoy no puede volver a suceder, Cruz. Pudo ser peor. Carolina pudo haber matado a esa muchacha. Tenemos que actuar. Con los videos y las grabaciones que tenemos…

Cruz: (lo interrumpe) Los videos y las grabaciones que tenemos no servirán de nada, don Epifanio. Carolina sería la única en pisar la cárcel, pero ¿qué hay de Lisa Román y de Luis Enrique Escalante? No hay pruebas que los incriminen de lo que han hecho. La escuincla esa hasta cambió de rostro gracias a su brillante idea.

Epifanio: Yo podría testificar y…

Cruz: (lo interrumpe nuevamente) ¿Y parar en la cárcel por haberse hecho pasar por muerto? ¿Es lo que quiere? Y no sólo eso. Tendría que pagar por el crimen de haber hecho pasar por muerta a Lisa Román también y por haber encubierto al tal doctor Enzo en sus fechoría. ¿Eso quiere?

Epifanio baja la cabeza sintiéndose mortificado y sin salida pues sabe que ella tiene razón.

Cruz: No hay vuelta atrás en esto, don Epifanio. Usted inició y lo justo es terminarlo. Hay que jugar con esos tres una buena partida de ajedrez donde se ataquen entre sí.

Epifanio: No soy el único culpable en esta historia. En parte fue tu culpa también por haberme ocultado que Eduardo Román sí era el padre biológico de Lisa y no yo como siempre Helena me lo hizo creer.

Cruz: ¿En qué hubieran cambiado las cosas decírselo si usted estaba tan loco por esa?

Cruz dice aquello último despectivamente. Epifanio se pone de pie con algo de dificultad y apoyándose en su bastón.

Epifanio: Si Carolina o tú hubieran hablado, yo habría cortado mi relación con Helena de inmediato. Lisa a lo mejor nunca se hubiera obsesionado con Eduardo al saber que era su padre y…

Cruz: ¡Y nada, don Epifanio! Para empezar, ni la misma Helena tuvo la certeza de quién era el verdadero padre de Lisa porque, mientras se acostaba con usted, también lo hacía con Eduardo Román. Las únicas que siempre supimos la verdad fuimos Carolina que hizo los exámenes esos de ADN en secreto y yo que que hurgué entre sus cosas.

Epifanio: Helena lo descartó como padre porque pensaba que era estéril. Llevaban varios meses casados y no habían podido concebir.

Cruz: ¿Y eso le justifica el que se haya acostado con tantos otros hombres? Porque le recuerdo que Eduardo Román y usted no fueron los únicos.

Epifanio: No, pero…

Cruz: (entrecerrando los ojos) Mejor no diga nada. Me parece de no creer lo ciego que todavía está, pero ha de esperarse. Tiene tan vivo el recuerdo de esa mujer que sigue pensando que era una santa que hasta sudaba agua bendita, ¿no?

Epifanio: (exasperado) Cruz, no empieces.

Cruz: Más bien no empiece usted a hacerme perder la paciencia que ya hice mucho arrastrándolo conmigo como lastre viejo, sin ofender.

Epifanio: ¿Por qué entonces has hecho todo al punto de mancharte las manos también de sangre? Porque ese cuento de que es por amor a mí no te lo termino de creer. Nada ganas de esto.

Cruz: (muy seria) No pienso responderle esa pregunta porque usted ya sabe perfectamente cuál es mi respuesta, pero no se preocupe. Siga fingiendo no saberla. Total ya me acostumbré.

Cruz lo mira con una profunda decepción y amargura para luego dirigirse a la puerta.

Cruz: Y ya me voy. No quiero que Carolina luego ande sospechando de mí si no me ve. Regreso en cuanto pueda.

Cruz agarra su bolso y da un portazo al salir aturdiendo a Epifanio. Éste suelta una bocanada de aire y vuelva a sentarse en el sillón mirando hacia arriba mientras recuerdo una plática pasada, específicamente del día que descubrió la verdad sobre el asesinato de Helena.

FLASHBACK

INT. / MANSIÓN DE LA TORRE, PASILLO / DÍA




Epifanio parece acabar de llegar y como es usual camina apoyándose de su bastón. Una empleada de unos treinta años le sigue.



Empleada: Llegó temprano de su viaje, patrón. Es que como apenas salió esta mañana pensé que se iba a tardar más días y no me lo esperaba. Ni preparé su cena (Apenada).

Epifanio: (serio) Era un simple viaje rutinario para atender algo importante. ¿Carolina ya llegó?

Empleada: No, señor. Todavía no llega, aunque sí hay alguien que necesita verlo con urgencia.

Epifanio: (fastidiado) Ahorita no estoy para visitas. Quién sea, dile que se largue y regrese luego.

Empleada: Es que…

Mientras hablan, el maduro hombre abre la puerta del despacho.

Epifanio: ¿Eres sorda? ¡No estoy para nadie!



Cruz: ¿Ni siquiera para mí, don Epifanio?

Epifanio se sorprende. Cruz ya estaba allí en el despacho esperándolo. La ve en primer plano y de espaldas.

Cruz: (volteándose) Porque yo sí tengo mucho de qué hablar con usted y estoy segura de que usted también conmigo.

Epifanio: (a la empleada) Retírate y que nadie nos interrumpa.

Empleada: (apenada) Sí, patrón. Con permiso.

La empleada se va. Epifanio cierra la puerta y se queda estático.

Cruz: Yo le aconsejaría que se sentara. Tenemos que hablar largo y tendido, y no tenemos mucho tiempo, así que póngase cómodo (Le sonríe con picardía).

Minutos después, Epifanio ya se encuentra sentado, pero Cruz sigue de pie dándole la espalda y mirando a través de la ventana. Parece que ya llevan rato conversando, pues él se ve notablemente pensativo e ido.

Epifanio: Entonces fuiste tú. Fuiste tú la que quiso matar a Lisa anoche en el hospital.

Cruz: Si se pone a pensarlo, no fui realmente yo. Recuerde que a esa hora estábamos usted y yo en plena acción haciendo cositas bien atrevidas. ¿O ya lo olvidó? (Sonríe pícara)

Epifanio: ¡No estoy para chistes!

Cruz: No es un chiste. Nada más lo estoy contextualizando, don Epifanio. Mientras usted y yo hacíamos el amor, Gracia intentaba matar a la escuincla babosa esa.

Epifanio: Te recuerdo que es mi hija y mientras no tenga pruebas, no pienso creer una sola palabra de lo que salga por tu afilada lengua de vieja chismosa y resentida.

Cruz: Si es así, ¿por qué llamó a su abogado esta mañana temprano para cambiar el testamento y dejarla por fuera? Y no solo a ella. A la señorita Carolina también.

Epifanio: (sorprendido) ¿Cómo sabes eso?

Cruz: Gracia hace varias semanas está aliada conmigo y como la pobre está hecha una indigente, por caridad le he pedido a las otras empleadas que le den de comer. Ella lo escuchó.

Epifanio: ¿La has dejado entrar a mi casa después de que abusó de Lisa y la intentó matar? (Se pone de pie muy molesto) ¿Desde cuándo me ocultas tantas cosas? ¿Qué quieres? ¿Qué buscas, bruja?

Cruz: No me extraña que me trate así. Peores ofensas me ha hecho en todos estos años que he trabajado para usted.

Epifanio: Nada más dime qué quieres. Si guardaste silencio hasta ahora y nunca me dijiste que Carolina era la asesina de Helena, es porque algo deseas.

Cruz guarda silencio, toma un sobre que estaba puesto sobre el escritorio y se lo lanza al hombre.

Epifanio: ¿Qué es esto?

Cruz: Ábralo y léalo usted mismo.

Epifanio, con prontitud, saca el contenido de aquel sobre y ve que se trata de un documento el cual comienza a leer. Cruz habla entretanto y sigue mirando por la ventana.

Cruz: Esta bruja chismosa y resentida como usted me llama es la única que puede despejarle todas sus dudas ahorita, don Epifanio y también soy la única que lo puede ayudar a limpiar todo este desastre que usted ha provocado.

Epifanio deja de leer muy consternado.

Epifanio: Imposible… (Niega con la cabeza) Esto no puede ser cierto. ¡Es una patraña! ¡Es una asquerosa mentira tuya!

Epifanio se exalta y arruga el documento para luego lanzarlo al piso.

Epifanio: (furioso) ¿Qué pretendes? ¡Habla! ¿De qué se trata esto si no quieres que pierda la paciencia contigo?

Cruz: La señorita Carolina no sólo mató a su tan amada Helena, don Epifanio. Ella también ha tenido muy bien guardado un secreto que ni la misma Helena sabía y es sobre el verdadero padre de Lisa Román.

Epifanio: ¿Me estás diciendo que…?

Cruz: Yo ya se lo dije anoche. Helena no es la mujer que usted cree o si no averigüe esta noche con la misma Carolina cuando vaya a preguntarle el porqué mató a Helena porque supongo que eso hará, ¿no?

Epifanio guarda silencio y baja la cabeza.

Cruz: No defiendo a la señorita por lo que hizo, pero me atrevería a decir que fue por celos y venganza. Helena Montalbán nunca fue muy buena amiga que digamos y en más de una ocasión las escuché por ahí discutiendo.

Epifanio: ¿Cómo que discutiendo? Explícate.

Cruz: Verá usted. A la señorita Carolina no le caía nada en gracia cuando la otra venía de visita nada más a revolcarse con usted. Le recalcaba que ya venía de hacerlo con don Eduardo y sus socios.

Epifanio: Eso no puede ser…

Cruz: Lo es. La señorita Carolina le exigía que se fuera, pero ella solo se burlaba y disfrutaba atormentarla cuando le decía que no había nada que pudiera hacer porque podía quedarse con usted, con Eduardo o con el que se la antojara.

Epifanio: ¡Es que no puede ser! ¡Carolina me lo hubiera dicho!

Cruz: Supongo que intentó primero desenmascararla y por eso hizo esos exámenes en secreto. El cómo se las ingenió no lo sé, pero estoy casi segura que pretendía demostrar que el verdadero padre de Lisa era usted y no don Eduardo como todos pensaban. Con lo que no contaba era descubrir que así era y por ende no tenía cómo desenmascararla.

Epifanio: Aún así, pudo haber hablado conmigo.

Cruz: ¿Y usted le hubiera creído?

Epifanio: ¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Es mi hija! ¡Por supuesto que le hubiera creído?

Cruz: Una hija a la que usted siempre hizo menos; una hija a la que le hacía el feo por la frustración de no haber podido tener un varoncito y claro, como el niño que pensó que era su hijo resultó ser nada más que el fruto de un amorío de su difunta esposa con el chofer, pues…

Epifanio: ¡No hables de lo que no sabes!

Cruz: (seria) ¿Va a negarme en la cara que es un viejo misógino que ve por muy debajo del hombro a una mujer?

Epifanio: No tengo por qué negarte nada porque solo escupes veneno por esa lengua afilada que tienes.

Cruz: (sarcástica) Sí. ¿Cómo no? Tenga al menos los pantalones de reconocer que tengo razón y nada más no me la da porque sabe que justo yo, la simplona, la imprudente, la fea de su ama de llaves, justo yo que soy mujer, le gané, don Epifanio.

Epifanio guarda silencio cada vez más molesto y respirando agitado. Cruz se le acerca mientras habla.

Cruz: Yo sé muy bien que el fondo le duele saber que me subestimó y que no esperaba que yo, a la que usted ve tan insignificante, destapara toda la podredumbre que lo rodea.

Epifanio: ¡Cállate ya! (Tira el bastón al suelo) ¡No digas nada más porque soy capaz de…!

Cruz: (desafiante) ¿Capaz de qué? ¿De matarme? ¿Va a callarme para que no diga que su hija resultó ser una asesina y que usted fue amante de una vagabunda como Helena Montalbán?

Epifanio se queda callado y solo la ve fuera de sí. Es tanta su ira que incluso se desabotona un poco la camisa al sentirse sofocado.

Cruz: ¿Es lo que hará? ¿Volverse un asesino también?

Epifanio: Di de una vez que buscas. ¿Dinero? ¿Poder? ¿Vas a chantajearme para que me case contigo como me has pedido? ¿Qué quieres, maldita sea?

Los dos se miran a los ojos fijamente durante un par de segundos.

Cruz: Nada.

Epifanio: ¿Qué?

Cruz: Ya escuchó. No quiero nada.

Epifanio: ¿Me quieres volver loco?

Cruz: En absoluto. ¿De qué me sirve pedirle dinero, joyas o que me haga su mujer si no me dará nada de corazón?

Epifanio: ¿Vas a hacerte la digna? Porque no te creo.

Cruz: Pues allá usted. Si he hecho esto es porque siempre usted lo ha sido todo para mí, don Epifanio. Me he quedado a su lado, soportándolo y aguantándolo porque es lo único que tengo en la vida. Llámelo amor o lo que sea, pero así es.

Cruz habla en un tono serio y sus ojos se ponen sollozos.

Cruz: A lo mejor usted ya ni se acuerde, pero cuando me recibió, yo era una mujer joven que venía de pasar las peores penurias después de que mi familia entró en bancarrota…

Epifanio la escucha con atención y ambos siguen mirándose con fijación.

Cruz: De lujos y una buena vida, pasé a ser una simple sirvienta en esta casa, pero le agradecí mucho la oportunidad y cuando lo vi, me impresioné tanto con su porte, su voz masculina, su caballerosidad que perdió con los años, que lo empecé a admirar y me enamoré de usted…

Cruz derrama un par de lágrimas discretas sin mudar aquella expresión de seriedad de su rostro.

Cruz: Me indignó luego saber que su mujer se acostaba con el chofer y que Luis Enrique era hijo de él, así que no dudé en decírselo. ¿Lo recuerda? Y sí, fui una egoísta, porque en el fondo lo que más quería era que se divorciara de ella y se fijara en mí, pero no pasó.

Epifanio: ¿A qué viene todo esto?

Cruz: A que ahora, por más increíble que le parezca, estoy haciendo lo mismo que hice en esa época por amor a usted, para protegerlo.

Cruz se limpia las lágrimas y toma del escritorio un pequeño frasco el cual le enseña a su patrón.

Cruz: Esto que usted ve es la oportunidad que le estoy dando de ayudarlo, don Epifanio.

Epifanio: ¿Qué planeas ahora?

Cruz: Un par de gotas de este líquido son suficientes para que usted caiga en un estado cataléptico. Todos pensarán que usted murió.

Epifanio: (impactado) ¿Quieres que yo… me haga pasar por muerto?

Cruz: Es su decisión, pero es la única manera de que arregle el desastre que usted ha causado por sus malas decisiones.

Epifanio: ¡No puedo hacer algo así! ¡Es ilegal!

Cruz: ¿Usted hablando de ilegalidad después de que hizo pasar por muerta a una delincuente, psicópata juvenil como Lisa Román? Le recuerdo que eso lo hace cómplice de ella.

Epifanio guarda silencio al saber que la mujer tiene razón.

Epifanio: Yo solo quise…

Cruz: Sí, ayudarla. Yo sé. Lo hizo pensando que era su hija, pero ya que sabe la verdad, debería aprovechar la oportunidad que tiene en sus manos de arreglar un poco este desastre y proteger a su otra hija… a Marissa. ¿La olvida?

Epifanio: ¿Cómo podría?

Cruz: Entonces sabe bien que ella corre peligro. Lisa no va a dudar en acabar con ella cuando regrese. Quise prevenirlo indicándole a Gracia que acabara con Lisa anoche, pero ya que no se pudo, habrá que hacerlo de la forma difícil a no ser que usted me diga dónde la escondió y la entregue.

Epifanio: Podría ir a la cárcel por haberla hecho pasar por muerta como dices (Baja la cabeza).

Cruz: No precisamente. Podríamos grabar un video suyo en el que confiese lo que hizo y continuar con el plan de hacerse pasar por muerto. El video podríamos enviarlo a la policía de forma anónima junto con el video donde se ve a Carolina asesinando a Helena y asunto arreglado. ¡Fácil! ¿No le parece?

Epifanio: El problema es que ya no estoy escondiendo a Lisa. Le pedí a Enzo, mi amigo el cirujano, que fuera a recogerla para llevársela con él. Si entrego a Lisa, estaría convirtiendo a Enzo en mi cómplice. Él también se implicó conmigo en todo esto.

Cruz: (sorprendida) ¿Me está diciendo que le van a cambiar el rostro?

Epifanio guarda silencio como asintiendo ante tal pregunta.

Cruz: (indignada) Es el colmo.

Epifanio: Si tú sabías del paradero de Lisa, he de esperarme que también sepas de la existencia de María Helena.

Cruz: Supone bien. Gracia justo me informó que la vio casualmente en el hospital. Según investigó, la madre adoptiva de la muchacha está grave.

Epifanio: Siempre pensé que ella también era mi sangre, pero debemos dejarla en paz. No tiene nada que ver y es feliz sin saber la verdad.

Cruz. Yo sé cómo hago las cosas, don Epifanio. Ya que irremediablemente Lisa va a cambiar de rostro, tendremos que hacer las cosas de la forma difícil y esperar a que ella regrese porque de seguro lo hará. Usted sólo confíe en la única persona leal que tiene a su lado.

Epifanio suelta una bocanada de aire y toma asiento nuevamente mirando al vacío.

Epifanio: ¿Qué es lo que tienes en mente? ¿Qué se supone que puedo hacer haciéndome pasar por muerto?

Cruz: (sonriendo) Vamos a jugar una partida de ajedrez donde los malos se van a atacar entre sí, don Epifanio.

Epifanio: ¿De qué hablas? (Desconcertado)

Cruz: Si toma este líquido ahora, hará efecto justo cuando para usted enfrente a Carolina. La pobre pensará que lo mató de un disgusto y no creo que ella quiera ir a la cárcel. De seguro va a recurrir a pedirle ayuda a su hermano.

Epifanio: ¿Qué hermano? (Hace una pausa) ¿Estás hablando de...?

Cruz: (asentando) Así es, don Epifanio. Hablo de nada más y nada menos que de Luis Enrique.

Epifanio: Él desapareció hace muchísimos años. Es imposible que Carolina sepa de su paradero.

Cruz: Se equivoca. Luis Enrique nunca se fue del todo de Villa Encantada. Es socio de don Eduardo Román hace un tiempo y está o estuvo casado con Marissa.

Epifanio: (impactado) No puedo creerlo.

Cruz: Pues créalo, mi tigre. En el entierro de Lucrecia, justo al final cuando todos se fueron, Luis Enrique abordó a Carolina y la invitó a que tomaran algo para hablar. Fue ahí donde se reencontraron y lo sé porque los seguí. Usted bien sabe que soy una excelente comunicadora.

Epifanio: Una chismosa querrás decir.

Cruz: Como sea, pude escuchar toda la conversación que tuvieron. Hace tiempo que me robé el celular de la señorita para hackearlo y le pagué una buena lana a un muchachito de esos que saben de tecnología para que le instalara un micrófono y un rastreador. Si no me cree, puedo mostrarle todas las grabaciones que me llegan a mi celular.

Epifanio: (impresionado) Nunca me esperé que tuvieras tantos alcances. ¿Quién lo diría?

Cruz: (sonriendo) Ahí tiene. Le dije que nunca debió subestimarme.

Epifanio: ¿Y de qué hablaron Carolina y Luis Enrique?

Cruz: Del asesinato de Helena, evidentemente. Luis Enrique también quería matarla. Tal parece su hijo es un peón en la hacienda de los Román y el muchacho también fue otro amante de Helena.

Epifanio se sorprende.

Epifanio: Lisa me lo dijo esta mañana que fui a verla. Se llama Danilo, ¿no?

Cruz: Exacto. Lisa los descubrió y amenazó al muchacho ese para que matara a Helena. Obviamente el pobrecito se asustó tanto que se lo contó todo a su madre, una de las sirvientas de la hacienda que se llama Cecilia y ella se lo contó a Luis Enrique. Los dos son amantes y acordaron que él sería quien mataría a Helena para que su hijo no se viera involucrado, aunque hay más.

Epifanio: ¿De qué se trata?

Cruz: Luis Enrique le confesó aquella vez a Carolina que él no solo quería matar a Helena dizque para ayudar a su hijo como padre abnegado. Quería también de esa forma hacer que Eduardo Román cayera en depresión y se hundiera en el alcohol, y para ello se valió de la misma Lisa.

Epifanio: Quiere decir que Lisa y Luis Enrique eran cómplices. Eso no me lo dijo ella esta mañana.

Cruz: No le convenía. Luis Enrique fue el que sonsacó a Lisa para que matara también a Lucrecia todo como parte de su plan para hundir a Eduardo Román.

Epifanio: No logro hacerme a la idea de que ese muchacho llegara tan lejos y cayera tan bajo.

Cruz: En parte es su culpa, don Epifanio. Usted lo convirtió en un monstruo cuando lo maltrataba por ser hijo ilegítimo suyo. ¿Ve por qué le digo que usted inició toda esta historia y es el único culpable?

Epifanio: (pensativo) No necesito que me lo hagas ver más. Suficiente tengo con la consciencia remordiéndome y más ahora al enterarme de tantas cosas.

Cruz: Aún está a tiempo de remediarlo si toma el líquido y sigue mi plan. Pienso en algún momento hacer que Carolina crea que Luis Enrique solo quiere destruirla y hundirla en venganza por la triste infancia que vivió bajo su yugo. Para ello, pienso también valerme de Gracia.

Epifanio: No quiero más muertos, Cruz. No quiero hacer de todo esto un infierno más de lo que ya es (Agobiado).

Cruz: No se preocupe. Carolina incluso va a creer que su supuesta muerte también fue un plan maquinado por Luis Enrique. Ella pensará que fue él quien le envió a usted la grabación de las cámaras de seguridad.

Cruz se acerca a él y lo toma de una mano con delicadeza mirándolo con cierto amor.

Cruz: Ponga en mí su confianza y tenga por seguro que vamos a alivianar toda su culpa un poco arreglando su desastre, don Epifanio.

FIN DEL FLASHBACK

Epifanio deja de recordar sintiéndose muy perturbado.

Epifanio: Nada más espero que todo esto sirva de algo y pueda arreglar el desastre que hice.

El hombre se pasa una mano por el rostro y siente una leve molestia en el brazo derecho.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE



Eduardo se encuentra tomando alcohol sentado en el cómodo sillón de su estudio mientras mira pensativo hacia el techo. Parece ya algo ebrio y tiene la camisa a medio abotonar. De repente, recuerda su discusión con Carolina en el hospital esa tarde.

FLASHBACK



Carolina: ¡Pues no te lo voy a permitir! Pase lo que pase con esa estúpida, tengo testigos que vieron el accidente y podría contratar los mejores abogados. El que pierde eres tú porque ahora mismo si quiero puedo dejarte en la calle. Recuerda que ya la hacienda es mía.

Eduardo: No tienes ningún título de propiedad que lo conste. Legalmente está a mi nombre.

Carolina: Por ahora, pero pagué la hipoteca y estás en deuda conmigo. Por ley estás obligado a pagarme hasta el último peso.

Eduardo: No te preocupes. Te voy a devolver todo para no tener que verte nunca más, así que ya déjame en paz.

Carolina: (incrédula) ¡Por favor! ¿Con qué si ahorita no tienes en donde caerte muerto? Estás arruinado.

Eduardo: Ese no es tu problema.

Carolina: Lo es ahora que invertí una buena parte de la herencia de mi papá en ayudarte, así que, o te casas conmigo y pones la hacienda a mi nombre para que saldemos la deuda o mañana mismo te meto una demanda.

FIN DEL FLASHBACK

Eduardo: (resignado) No tengo más opción. No puedo perder lo único que me queda. No puedo…

Eduardo cierra los ojos con fuerza sintiéndose sumamente mal. En ese momento tocan la puerta un par de veces.

Eduardo: (fastidiado) ¿Quién es? ¿Qué pasa?

Lisa entreabre la puerta un poco.



Lisa: Discúlpeme, don Eduardo. ¿Podemos hablar?

Eduardo: (algo serio) Sí, claro. Dime.

Lisa se adentra fingiendo decoro y timidez.

Lisa: Bueno, es que venía a preguntarle cómo sigue María Helena. Me enteré que tuvo un accidente en medio de una bronca, no sé y ya no tuve oportunidad de verla. ¿Cómo está?

Eduardo: Mucho mejor. Afortunadamente no fue grave, aunque se quedó en el hospital para que le hicieran algunos exámenes. Tú sabes… Para descartar daños internos.

Lisa: Ay, qué alivio. Estaba muy preocupada. No me imaginé que le pasara eso recién llegando yo y ahora que ella no está, debo confesarle que me da muchísima pena quedarme aquí.

Eduardo: No hay ningún problema. María Helena va a regresar mañana mismo creo. No tienes por qué sentirte incómoda.

Lisa: Es inevitable. Yo soy una recién aparecida y tampoco quiero abusar de usted sin conocernos todavía bien.

Eduardo: Puedes quedarte el tiempo que gustes o que necesites. Eres amiga de mi hija después de todo.

Lisa: (sonriéndole) Se lo agradezco mucho. En definitiva usted es un hombre espectacular. Su novia debe sentirse muy afortunada.

Eduardo: De hecho… (Hace una pausa) Estoy solo. No tengo ninguna relación.

Lisa: ¿Cómo? Pero a mí me parecía que sí. María Helena me había comentado que usted estaba a punto de casarse, ¿no?

Eduardo: Pasaron algunas cosas y rompimos el compromiso, así que ya no me voy a casar.

Lisa: Entiendo. Discúlpeme si le incomodé con mi pregunta.

Eduardo: Tranquila. Igual sucedió hace unos días y no tenías cómo saber.

Lisa: (ríe levemente) Sí es cierto.

Eduardo agarra el vaso y termina de beberse el poco alcohol que allí le restaba. Lisa no puede evitar quedarse viéndolo de una forma penetrante. Eduardo lo nota.

Eduardo: ¿Ocurre algo?

Lisa: No, nada. Es que me quedé pensando en lo tan atractivo que es usted.

Eduardo se sorprende.

Lisa: Y no me lo tome a mal. Es solo que se me hace increíble que un hombre tan guapo, fuerte y caballeroso esté solo. Es inevitable no pensarlo.

Eduardo: Pues… (Hace una pausa incómoda) ¿Qué te puedo decir? Cosas como esas no son suficientes para conservar una relación.

Lisa da unos cuantos pasos hacia adelante caminando muy sensual y toma asiento atrevidamente.

Lisa: ¿Por qué lo dice?

Eduardo: Porque la vida me lo ha enseñado. Estuve casado casi dieciocho años con una mujer al lado de la cual que pensé que envejecería, la madre de María Helena.

Lisa: Y se suicidó. Eso me lo contó ella.

Eduardo: El hecho de que se haya suicidado no fue el problema, sino el descubrir que en tantos años nunca me amó y solo fue un matrimonio arreglado por conveniencia por las familias de los dos, cosa de la que yo nunca me enteré.

Lisa: Cómo me lamento de escuchar eso, don Eduardo. Malena no me contó tantos detalles.

Eduardo: Por culpa de esa mujer ahora ni siquiera tengo la certeza de que María Helena sea mi hija.

Lisa: Qué gacho, en serio. No me lo imagino.

Lisa se inclina ligeramente hacia adelante, apoyando su codo sobre el escritorio y descansando su barbilla en sus dedos al tiempo que mira con extrema curiosidad a Eduardo.

Lisa: ¿Cómo una mujer podría hacerle tanto daño a un hombre tan bueno como usted? No me cabe en la cabeza.

Eduardo: Ahí ves el porqué te dije lo que te dije. Ser un buen hombre con las mujeres que he amado de nada me ha servido.

Lisa: ¿Lo dice también por esa con la que se iba a casar?

Eduardo: (asentando) Pensé que iba a ser mi oportunidad de comenzar de cero y quedarme con ella por lo que restara de vida, pero no. Tampoco fue así.

Lisa: Imagino que la ama demasiado.

Eduardo: Quisiera olvidarme de ella y arrancármela del corazón con la misma facilidad que ella lo hizo conmigo, pero qué va. Las cosas no funcionan así.

Eduardo alcanza la botella de alcohol para servirse otro trago. Lisa, con prontitud, también toma la botella y ambos se tocan sus manos.

Lisa: Déjeme hacerlo por usted. Yo le sirvo.

Eduardo: No te preocupes. Yo puedo…

Lisa: Permítame tener esa cortesía con usted, don Eduardo. Ya usted ha sido muy amable conmigo.

Lisa toma la botella y le sirve un poco de alcohol al hombre. Éste se siente un poco consternado.

Eduardo: Gracias.

Lisa: No hay de qué. Si pudiera hacer más por usted, lo haría e incluso hasta hacerle olvidar un poco esa pena.

Eduardo: (confundido) ¿Por qué? No me conoces lo suficiente.

Lisa: Puede que no y hasta le resulte ridículo lo que voy a decir, pero siento una muy fuerte conexión con usted.

Eduardo: ¿Una conexión?

Lisa: Sí, tal cual, así como si lo conociera desde hace mucho. Me recuerda mucho a mi papi.

Eduardo siente cierta familiaridad en tales palabras como si ya las hubiera escuchado antes.

Lisa: Él es así como usted… Guapísimo, simpático, educado y un hombre en todo el sentido de la palabra. No se imagina la falta que me hace y lo mucho que extraño sus abrazos, sus caricias, sus besos… Me hacía sentir tan, pero tan bien…

Eduardo siente que una inexplicable familiaridad le invadiera al escuchar a la muchacha sin imaginarse que ella se refiere a él. Lisa habla con todo el doble sentido posible.

Eduardo: ¿Y dónde está él?

Lisa: Lejos… Muy lejos y a pesar de que no es mi padre biológico, me crio como si lo fuera.

Eduardo: ¿Es tu padrastro entonces?

Lisa: Digamos que sí, pero yo lo llamaría el amor de vida.

Eduardo: ¿Tanta es tu estima por él?

Lisa: Podríamos decir que sí. El pobre también ha sufrido mucho por amor. Mi madre no fue una buena mujer con él y lo engañó de todas las formas posibles. Menos mal que ya se murió la muy zorra…

Eduardo bebe un sorbo y se siente cada vez más incómodo con una presión fuerte que le invade el pecho.

Eduardo: Noto que no sentías mucha estima por ella.

Lisa: Discúlpeme. Es que el solo acordarme de todo el daño que hizo me pone muy mal y como ve, su historia y la de él son muy parecidas.

Eduardo: Eso veo.

Lisa: Tanto así que… Él también se llama Eduardo…

El hombre, quien justo iba a tomar un sorbo del licor, se ahoga en ese instante y empieza a toser debido a la sorpresa.

CONTINUARÁ…

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