Capítulo 46: Sentimientos confusos
INT. / RESTAURANTE, TERRAZA / NOCHE
Marissa se despide de Pablo en un lugar apartado de la terraza del restaurante y desde la cual hay una hermosa vista a Villa Encantada. Milena se encuentra a unos cuantos pasos de distancia y los ve. Danilo está justo detrás de ella.


Marissa: Bueno, mi amor. Creo que ya va siendo hora de que te diga adiós de nuevo. A partir de hoy empieza otra etapa de tu vida y en esta sí que no te puedo acompañar.
Pablo: No te pongas triste, mamá. No nos vamos a dejar de ver ni mucho menos.
Marissa: Lo sé, pero no niego que se me sigue encogiendo el corazón, tal vez de nostalgia y de ver que ya eres todo un hombre y no el niño precioso que tantos años de felicidad me dio.
Marissa le acaricia el rostro a su hijo con suavidad y ambos se ven de forma especial.
Pablo: Espérate tantito a que Milena salga bien de la cirugía y de su tratamiento para que conozcas a los nietos que te vamos a dar.
Marissa: (riendo) Sí eres. Apenas te casaste hoy y ya andas pensando en hijos. ¡Qué bárbaro!
Pablo: Cuando hay amor de verdad, yo creo que lo único que uno quiere es expandirlo más y hacer crecer la familia, ¿no? Por eso me adoptaste.
Marissa: Sí, en eso tienes toda la razón y por lo mismo es que te digo que conmigo siempre vas a poder contar en todo, y como regalo de bodas, ten…
Marissa saca de su bolso una caja pequeña y se la entrega a Pablo.
Pablo: (extrañado) ¿Qué es?
Marissa: Ábrelo y velo por ti mismo.
Pablo abre la caja y se sorprende al ver una llave.
Pablo: ¿Qué es esto? (Hace una pausa y ve a su madre) No manches. No me digas que…
Marissa: (asentando) Sí, hijo. Es un depa que compré para ti y para Milena. Ahí van a poder empezar a formar ese hogar con el que tú te sueñas.
Pablo: (conmovido) Esto sí que no me lo esperaba. Es más de lo que me merezco, mamá. Muchas gracias.
Pablo no tarda en lanzarse a abrazar a Marissa quien, por supuesto, le corresponde. Los dos se quedan así un par de segundos.
Marissa: Te deseo toda la felicidad del mundo, Pablito.
Ambos se separan de su abrazo. Milena se acerca en su silla de ruedas impulsada por Danilo. Las dos mujeres se dan las manos mirándose con aprecio.


Milena: Muchas gracias por todo, suegra. Usted sin duda es un ángel y créame que le voy a estar siempre reteagradecida por lo de mi cirugía.
Marissa: (sonriéndole) No hay de qué, Milena. Lo hago con todo el amor y el gusto del mundo. Quien les debe mucho tanto a ti como a tu hermano soy yo. Ustedes sí que fueron mis ángeles cuando tuve aquel accidente.
Milena: De todos modos, no puedo dejar de agradecerle y si no es mucho pedir, espero que nos acompañe siempre en sus oraciones. Las voy a necesitar muchísimo para cuando me operen.
Marissa: Por supuesto. Cuenta con ello. Voy a orar mucho para que todo salga bien y tengo fe que así será. Pablo y tú van a ser muy felices.
Marissa se inclina un poco y ambas se dan un beso mutuamente en la mejilla.
Pablo: Bueno, yo creo que ahora sí nos podemos ir. ¿Vas a acompañarnos hasta abajo, bro?
Danilo: Ni lo digas. Claro. Hasta estaba pensando, claro, si a doña Marissa no le molesta, llevarlos directo hasta el hotel para que no tomen un taxi.
Marissa: Por mí no hay problema. Yo puedo esperarte aquí en el restaurante, Danilo.
Pablo: ¿Cómo? ¿Es que a poco no iban a venir con nosotros para quedarse también en el hotel?
Marissa: No, Pablo. Esta noche vamos a regresar a la capital. Tú sabes que estoy atendiendo varios asuntos y mañana temprano tengo también algunos compromisos.
Pablo: Pero es tarde. No me parece buena idea que se vayan. ¿Por qué mejor no pasan la noche en Villa Encantada y ya mañana temprano se van?
Milena: Yo también estoy de acuerdo, suegra. A mí me parecería mejor que se quedaran usted y Danilo, solo por hoy. El día estuvo largo con tanta cosa como para que viajen tan tarde.
Pablo: Claro. Además, Danilo ha de estar bien cansado, mamá.
Marissa mira a Danilo el cual le rehúye la mirada.
Pablo: Él segurito debe estar súper cansado como para que lo pongas a conducir ahora. ¿O no, bro?
Pablo le da un leve codazo a Danilo.
Danilo: ¿Qué? ¿Yo? Para nada. Estoy bien.
Pablo: (burlándose) Si tú… Si hasta se te caen los ojos del sueño (Le guiña un ojo). Di la verdad y deja la pena que mi mamá va a entender. Ella no es ninguna explotadora.
Danilo entiende la referencia del guiño para que diga que, en efecto, sí está cansado y así pueda pasar la noche con Marissa en el pueblo.
Marissa: ¿Es eso cierto, Danilo? ¿Te sientes muy agotado?
Danilo: Bueno. La neta es que… (Dudando) Sí estoy medio agotado, señora, pero usted tranquila. Si necesita que viajemos enseguida, no tengo ningún problema. Después de todo usted es la que manda y yo estoy trabajando para usted.
Marissa: Me hubieras dicho sin pena. Ya Pablo lo dijo. No soy ninguna explotadora y tampoco pretendo tampoco exigirte más de lo que puedas. Quedémonos por hoy y ya mañana nos regresamos. ¿Te parece?
Danilo: No, señora. ¿Cómo cree? Ahí sí que me va a dar más pena con usted que cambie sus planes por mi culpa.
Marissa: El descanso es prioridad y tampoco es tan grave que mueva mi agenda para más tarde o incluso para pasado mañana.
Danilo: Sí, pero…
Marissa le sonríe y le pone una mano en el hombro.
Marissa: No se diga más. Vamos todos al hotel (Empieza a mirar alrededor). Y ahora que me acuerdo, ¿qué fue de Luis Enrique? ¿Lo vieron irse?
Milena: Sí, se despidió de mí y de Pablo hace ya bastante rato, y de paso me pidió mi número de celular para que estemos en contacto.
Danilo: ¿A poco se lo diste?
Milena: Pues no le vi nada de malo después de que ya hicimos las paces.
Danilo guarda silencio, pero no puede disimular la molestia al escucharla.
Milena: ¡Ay ya, Danilo! Deja un poco lo enojón. Al fin y al cabo me va a llamar a mí, no a ti. Si tú no quieres perdonarlo ni verlo ni en pintura, allá tú, pero ya deja tus caras.
Danilo: (fastidiado) Como quieras. Vamos.
Danilo impulsa la silla de su hermana y todos empiezan a retirarse del lugar. Ninguno se percata de que Luis Enrique en realidad no se ha ido, sino que estaba a lo lejos espiándolos cubriéndose la cara con la carta del menú. El hombre los mira fulminantemente.

Luis Enrique: Van a pasar la noche juntos. Estoy seguro, pero eso sí que no, Danilo…
Luis Enrique dice aquello último con gran firmeza para luego terminar de tomarse de un solo sorbo el licor que le restaba en un vaso.
Luis Enrique: No me vas a quitar a Marissa después de lo que costó apartarla de Eduardo, mijito. Claro que no.
Luis Enrique, con prontitud, saca de su billetera un billete y lo deja sobre la mesa para después salir detrás de ellos.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE

Eduardo sigue tosiendo de forma compulsiva y se levanta del sillón. Lisa finge preocupación y se le acerca.


Lisa: ¿Se siente bien?
Eduardo pone frente a ella su mano indicándole que no se acerque y trata de reponerse.
Lisa: ¿Quiere un vaso con agua?
Eduardo niega con la cabeza y traga saliva.
Eduardo: Es… Est… (Carraspea un poco para aclarar la voz) Estoy bien…
Lisa: ¿Seguro? Veo que se puso pálido así de la nada.
Eduardo: No te preocupes. De verdad… (Tose un poco) De verdad estoy bien. No es nada.
Lisa: Me imagino que fue mi culpa por estarle poniéndole conversa y contándole mis cosas. Qué pena con usted. Lo distraje y por eso se ahogó.
Eduardo: Ya te dije que estoy bien. Es más, debería irme a descansar de una vez y no quedarme hasta tarde bebiendo. Tengo que ir a recoger a María Helena mañana temprano.
Lisa: Tiene razón. Ya es tarde. Yo también me siento un tanto cansada del viaje.
Eduardo asiente con la cabeza.
Eduardo: (cortante) Descansa entonces. Mañana nos vemos.
Eduardo parece querer evitarla y salir de allí rápido por la incomodidad que la joven le causa, pero ella lo detiene justo cuando él va a salir del estudio.
Lisa: ¡Don Eduardo! (Él voltea)
Eduardo: Dime.
Lisa: Si no es mucha molestia, ¿podría ir con usted al hospital? Me haría un gran favor porque necesito ir al pueblo a hacer algunas cosas.
Eduardo: Claro. No hay problema. Pienso salir a eso de las ocho. ¿Te queda bien?
Lisa: (sonriéndole) Totalmente. Lo esperaré en la entrada a esa hora.
Eduardo: Perfecto. Mañana a las ocho entonces. Buenas noches (Le esboza una sonrisa).
Lisa: Buenas noches.
Eduardo termina por retirarse del estudio. Lisa se queda viéndolo de forma descarada y muerde sensualmente la uña de uno de sus dedos índices.
Lisa: Mañana me pondré manos a la obra y vas a volver a ser mío, mi amor. Vamos a ser uno y no nos vamos a separar nunca más.
Lisa habla con una gran firmeza impresa en sus ojos como si en ellos guardara un auténtico fuego que está a punto de consumir lo que se atreviese.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / NOCHE
Eduardo, por su parte, se encierra y comienza a desabrocharse la camisa sintiéndose sumamente pensativo.

Eduardo: ¿Quién es esta mujer? ¿Por qué carajos me recuerda tanto a …? (Perturbado, hace una pausa) A ella… Sí, a ella. A Lisa… Habla como ella; se expresa igual.
Eduardo niega con la cabeza y termina de quitarse la camisa.
Eduardo: He de estarme volviendo loco con tantas cosas y tantos problemas.
El hombre tira de mala gana la camisa al piso y se tumba en la cama mientras cierra los ojos para conciliar el sueño, aunque le da dificultad.
INT. / HOTEL, RECEPCIÓN / NOCHE
Danilo viene bajando las escaleras de un hotel acogedor del pueblo. Marissa lo espera sentada y al verlo se pone de pie.


Marissa: ¿Cómo te fue?
Danilo: Bien. Los dejé instalados en la habitación. Lástima que todavía haya tantos sitios acá en Villa Encantada que no estén adecuados para personas como Milena. Hacen reteharta falta.
Marissa: Tienes razón. Hay muy poca inclusión en ese sentido. Al final sí fue buena idea que nos quedáramos porque así le pudiste echar una mano a Pablo.
Danilo: Pues si yo no hice nada. Él fue el que la cargó en los brazos como novio recién casado. Yo nada más le ayudé subiendo la silla.
Marissa: De igual modo, él no habría podido hacer ambas cosas al mismo tiempo y eso es que me gusta mucho de ti, Danilo; tu sentido de pertenencia y lo colaborativo que eres. Definitivamente me gané la lotería contigo como asistente. Eres un muchacho de oro.
Danilo: Usted bien sabe que me nace y… (comienza a acercarse) más que su asistente, usted también sabe qué más me gustaría ser en su vida.
Marissa suelta un suspiro, baja la cabeza y esboza una sonrisa. Él de inmediato la levanta con delicadeza del mentón.
Danilo: Quiero ser el que la ame y le haga olvidar todo lo pasado, señora.
Marissa: Ahora no creo que este sea el lugar más apropiado para hablar de esto, Danilo. Tengo mucho qué pensar. Yo te lo dije y…
Danilo: (la interrumpe) Y yo también ya le dije ayer cuando nos besamos en su casa que conmigo no tiene nada qué temer. Lo que siento por usted es tan grande y tan fuerte que hasta si mi vida la tuviera que dar por usted, la daría.
Marissa: (sonriendo incrédula) ¿Qué dices?
Danilo: La verdad, nada más. Te amo, Marissa.
Danilo toma el rostro de la mujer entre sus manos y ambos se miran fijamente.
Danilo: Yo sé que soy medio bruto con las palabras y no hablo tan fino como Luis Enrique o don Eduardo, pero te amo y te deseo tanto que esto me vuelve loco.
Marissa se incomoda y traga saliva.
Marissa: Es que…
Danilo: Déjame demostrártelo esta noche. Déjame que te demuestre que yo sí puedo ser el hombre que te va a ser feliz y que te ama de verdad.
Marissa: (preocupada) Danilo, yo no…
Danilo no duda en callarla con un beso. Marissa duda, pero termina correspondiéndole poco a poco. Ninguno de los dos se percata de que son observados a una distancia prudente por Luis Enrique, quien está dentro de su auto estacionado justo al frente del hotel.

Luis Enrique: Lo sabía. ¡Lo sabía maldita sea! (Golpea el volante) Los dos van a pasar la noche juntos, pero eso si yo lo permito.
Luis Enrique respira agitado pensando detenidamente qué hacer. Entretanto, Marissa y Danilo continúan besándose. Ella es quien se aparta y se cubre los labios con una mano.
Marissa: Esto… Esto no está bien. Perdóname, pero no puedo.
Danilo: Marissa…
Marissa: (desesperada) ¡No puedo! Me siento mal como si estuviera cometiendo el peor de los crímenes besándome contigo, Danilo. No puedo…
Danilo: ¿Crimen? ¿Usted le llama crimen al besarse con un hombre que le gusta y que está dispuesto a todo por estar a su lado?
Marissa: Entiéndeme, por favor. Es algo que me frena aquí dentro y no me deja (Dice tocándose el pecho). No me lo puedo explicar, pero me hace sentir fatal.
Danilo: ¿Y qué es? Porque si es por miedo, yo ya le dejé muy en claro mis intenciones. Yo no soy como los patanes que le hicieron daño y me parece que se lo he demostrado.
Marissa: Lo sé.
Danilo: ¿O es que acaso le da vergüenza andar con un tipo como yo?
Marissa: Claro que no. Tampoco.
Danilo: (desesperado) ¿Entonces? Explíqueme porque sinceramente me está confundiendo y ya no sé qué más hacer. Yo lo estoy arriesgando todo por usted la última vez y necesito saber qué piensa a ver si así me pierdo de su vida y la dejo en paz.
Marissa: (solloza) Ese es el problema. Estás tan dispuesto a todo por mí que quizá no me siento digna…
Danilo: ¿Cómo?
Marissa hace una pausa y aprieta los labios pensando cómo expresar lo que siente.
Marissa: Danilo… Tú eres un hombre joven, noble, guapísimo y te juro que no tengo ninguna duda de que tus intenciones son buenas.
Marissa comienza a acariciarle el rostro con delicadeza.
Marissa: Eres la mejor persona con la que me pude haber encontrado, pero no puedo mentirme a mí misma ni tampoco mentirte a ti dándote falsas esperanzas. Tú sabes lo que siento por ti.
Danilo se aparta serio.
Danilo: Pues ahí está el problema. Yo ya sé muy bien que usted no me quiere y que sus sentimientos por mí no van a cambiar de la noche a la mañana, mucho menos cuando todavía siente algo por don Eduardo.
Marissa: Eso no es verdad.
Danilo: Lo es, aunque usted en el fondo no lo quiera aceptar y hasta me tomo el atrevimiento de afirmar que es eso mismo lo que la frena a corresponderme. ¿Lo va a negar?
Marissa se queda pensativa algunos segundos reafirmando justo lo que él acaba de decirle.
Danilo: ¿Lo ve? Su silencio ya me dio la respuesta, pero entienda que yo no pretendo que usted me ame así de golpe.
Marissa sigue sin hablar y evita mirarlo a los ojos. Danilo se le acerca y de nuevo toma el rostro de ella entre sus manos.
Danilo: (susurrando) Lo único que le pido es que deje el pasado atrás y me dé una oportunidad y así de paso se la dé a usted misma. Una sola a ver qué pasa…
Entre los dos se forma un silencio incómodo de varios segundos. Marissa se aparta a lo que él, un tanto decepcionado, suelta una bocanada de aire y asiente con la cabeza.
Danilo: Está bien. Tampoco pienso insistirle. Piénselo esta noche y si definitivamente no tengo chance en su vida, le pido que al menos me lo haga saber mañana y así me rindo de una vez por todas. La decisión es suya.
Danilo se retira del hotel con evidente molestia. Marissa se queda pensativa y sintiéndose muy afligida por lo que a los segundos sale tras él. Luis Enrique sigue observando todo muy atento.
Marissa: ¡Danilo! (Intenta alcanzarlo) ¡Danilo, espera!
Danilo: (fastidiado) Váyase a descansar, señora, que ya es tarde.
Marissa: ¿Para dónde vas si no tienes donde pasar la noche?
Danilo: Por ahí. Por mí no se preocupe.
Danilo sigue reacio caminando y al intentar alcanzarlo, Marissa, por accidente, se dobla el pie y cae.
Marissa: (adolorida) ¡Argh!
Danilo voltea.
Danilo: (alertado) ¡Marissa!
Él corre hacia ella de inmediato y la ayuda a levantarse.
Danilo: (preocupado) ¿Está bien? ¿Se hizo daño?
Marissa: Estoy bien. No es nada.
Danilo: ¿Segura? Mire que ya se lastimó el tobillo una vez. ¿A poco fue el mismo pie?
Marissa: Creo, no lo recuerdo ya, pero no te preocupes. Me enredé un poco con los tacones.
Danilo: Me parece que mejor la acompaño a su habitación. No vaya a ser que caiga por ahí.
Marissa: (sonriéndole) No soy una niña. Tranquilo. Solo quiero que no te vayas así, molesto y a pasar la noche por ahí en la intemperie. No me quedaría tranquila.
Danilo: Pues yo tampoco soy un niño. Tengo algunos carnales que conozco de hace años. De hecho, pienso ir al bar del pueblo a ver a cuál veo. Puedo pasar la noche en casa de alguno.
Marissa: ¿Vas a beber entonces?
Danilo se queda en silencio un par de segundos y evade la respuesta.
Danilo: Buenas noches, señora.
Danilo se da la vuelta, pero una vez más ella lo detiene tomándolo de la mano.
Marissa: Danilo…
Él voltea de nuevo y sin esperarlo, Marissa lo abraza fuertemente. Luis Enrique, desde su auto, aprieta cada vez más fuerte los lados del volante y a la vez tensa la mandíbula.
Marissa: No te vayas, te lo pido.
Danilo se queda sin habla.
Marissa: Sé que… (Hace una pausa) Te he hecho mucho daño y me pesa como no tienes idea el no poder corresponderte como quieres. Me siento incluso como una idiota por no darme la oportunidad de ser amada por ti y me da miedo…
Danilo la escucha atentamente. Ella derrama un par de lágrimas.
Marissa: No porque llegues a jugar conmigo, sino porque es algo nuevo para mí que no sé cómo afrontar.
Marissa se separa del abrazo y se limpia con delicadeza las lágrimas.
Marissa: Perdóname.
Danilo: Ya lo hemos hablado y no tengo nada qué perdonarte. Lo único que yo quiero es amarte y darte la felicidad que esos otros imbéciles te han robado, Marissa. Nada más que eso, pero no te voy a forzar ni mucho menos. No te quiero fastidiar.
Marissa: Nunca lo harías.
Danilo: De igual, piénsalo bien y luego lo hablamos cuando te sientas mejor.
Marissa: Es que no quiero que te vayas. Todos estos días que hemos pasado juntos me han hecho sentirme tan bien a tu lado que dejarte ir así y a lo mejor perder la oportunidad de ser feliz a tu lado no me lo perdonaría.
Danilo: (confundido) ¿Eso qué significa?
Marissa: Que sí quiero. Sí quiero que pases esta noche conmigo.
Danilo: ¿Estás segura?
Marissa: (asentando) Sí, muy segura, aunque ahorita me muera de miedo por lo que pueda pasar, siento que si espero hasta mañana, ya no voy a ser capaz.
Marissa es quien esta vez toma la iniciativa de besarlo. Danilo, aunque se sorprende, no duda en corresponderle. Luis Enrique en su auto niega con la cabeza.
Luis Enrique: (furioso) Esto ya es el colmo. No voy a permitir que se burlen de mí. ¡Claro que no!
Luis Enrique abre la puerta del vehículo dispuesto a interrumpirlos, pero una llamada a su celular es lo que se lo impide. El hombre mira en la pantalla de dónde viene la llamada, pero se desconcierta al ver que es un número desconocido.
Luis Enrique: ¿Quién carajos llama a esta hora?
Luis Enrique ignora la llamada y sale del auto, pero de inmediato el celular suena nuevamente y ahí duda en contestar.
Luis Enrique: (fastidiado) Mierda (Contesta) ¿Quién es?
Lisa: (voz en off) Qué gusto oírte.
Luis Enrique: (desconcertado) ¿Quién habla?
INTERCUT
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN / NOCHE
Lisa se encuentra en la oscuridad de una habitación tenuemente alumbrada por una lámpara. Tan solo se pueden enfocar sus labios de rojo carmesí.

Lisa: ¿No me reconoces? ¿Tan pronto te olvidaste de mí?
EXT. / CALLES / NOCHE
Luis Enrique alcanza a ver que su exesposa e hijo dejan de besarse para luego tomarse de la mano tímidamente y regresar al hotel, cosa que le exaspera.

Luis Enrique: Escucha, no sé si eres una de las tantas rameras con las que me he revolcado y tomaste mi celular sin permiso para agregar mi número, pero ahora no tengo tiempo para ti. ¿Entendiste? Estoy ocupado.
Lisa: Te equivocas. No soy una vulgar de esas, así que yo no colgaría tan pronto, mi bigotón. Te conviene escucharme. ¿O ya se te olvidó nuestro trato meses atrás cuando acordamos matar a Helena?
Luis Enrique se sorprende al escuchar.
Lisa: O mejor aún. ¿Te acuerdas cuando me diste órdenes precisas para acabar con la vieja dinosauria de mi abuela en el hospital?
Luis Enrique cada vez luce más desconcertado al punto de que se olvida de continuar espiando a Marissa y Danilo.
Luis Enrique: ¿Quién eres?
Lisa: (sonriendo) ¿De verdad no me reconoces? ¿No se te viene nadie a la cabeza?
Luis Enrique no sabe qué decir y sólo frunce el ceño.
Lisa: (en tono infantil) ¡Ay, anda! Haz un esfuercito y di aunque sea un nombre. No es tan difícil. Mira que yo fui una pieza clave en tus planes de apoderarte del patrimonio de mi familia. Por eso querías quitar del camino a Helena y Lucrecia, para desestabilizar a mi papi. Recuérdalo…
Luis Enrique: (impactado) No… No puede ser…
Lisa: ¿Ves? Estoy segura de que ya tienes el nombre, pero no atreves a decirlo. ¡Anda! ¿Sí? Ya dilo..
Luis Enrique: Es que es imposible. La única que sabía de eso era…
Lisa: ¿Quién? ¡Escúpelo!
Luis Enrique: (tartamudeando) Li… Lisa…
Lisa: ¡Bingo! ¿Ves que no estaba tan difícil?
Luis Enrique: Dime quién eres. ¿Cómo sabes tanto?
Lisa: Ay, sí que eres tarado. ¿Quién podría saber tanto si no yo? ¡La misma Lisa!
Luis Enrique: ¡No estoy jugando! ¡Habla!
Lisa cambia su tono juguetón a uno más serio y siniestro.
Lisa: Yo tampoco estoy jugando, imbécil, pero te entiendo. Sé que te es difícil de creer si para todo el mundo estoy enterrada tres metros bajo tierra, pero ya ves que no. Estoy viva.
Luis Enrique: Eso es imposible. Lisa tuvo que habértelo contado todo. La mocosa esa murió. Murió quemada en un accidente, así que no sé quién seas, pero conmigo no vas a jugar. ¿Qué quieres?
Lisa: No pienso quedarme la noche entera tratando de convencerte de algo que evidentemente no vas a creer, así que escúchame muy bien y haz todo lo que te digo si no quieres que haga una llamada anónima a la policía reportando que el autor intelectual de Helena Montalbán sigue por ahí como si nada.
Luis Enrique: No tienes pruebas y ese caso ya se cerró. Todos saben que la culpable fue Lisa. ¿Por qué caería en tu juego?
Lisa: Porque te conviene. Sé muy bien que quieres recuperar a la maldita zorra esa de la Marissa Miranda. Manuel me lo contó todo antes de morir. En cuanto a las pruebas, ¿te acuerdas de aquel restaurante donde me citaste para chantajearme por los videos que tenías de mí desnuda?
Luis Enrique: ¿Qué hay con eso?
Lisa: Bueno, pues que puedo ir para pedir una copia de las cámaras de seguridad del local de ese día y enviarlas a la policía afirmando que me obligaste, o más bien, obligaste a Lisa a hacer parte de tu plan.
Luis Enrique: Eso no te bastaría. No es prueba suficiente.
Lisa: Tal vez, pero ciertamente metiéndole algo de cizaña a la policía, reabran el caso. Eduardo no se quedaría tranquilo, además sé bien que Carolina de La Torre fue la que la mató, esa otra zorra que por cierto ya sé también que es tu hermana.
Luis Enrique empalidece al sentirse acorralado y ante su silencio, Lisa sonríe con satisfacción.
Lisa: ¿Te parece si ahora bajas la guardia y me escuchas? Te juro que te conviene y por las explicaciones, no te preocupes. También te las daré. ¿Qué dices?
Luis Enrique sigue en silencio, desconcertado y dudoso.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / NOCHE
Entretanto, Marissa y Danilo llegan a la habitación que con anterioridad reservaron. Él la adentra besándola y al tiempo que la toma de la cintura. Ella, por su parte, le corresponde y rodea con sus brazos el cuello de él.


Danilo: (susurrando) ¿Estás segura de esto? Porque no quiero que te sientas forzada.
Marissa: (lo interrumpe) No quiero dudarlo más ni pensar en nada, solo en nosotros y ver qué pasa.
Danilo: ¿Nosotros?
Marissa: (asentando y sonriendo) Sí, solo nosotros. Lo único que quiero en este momento es sentirme amada y deseada por ti, Danilo.
Danilo le sonríe enamorado, la besa de nuevo y poco a poco, la unión de sus labios se torna más apasionada. Él la besa bajando por su cuello mientras va bajando también los tirantes del vestido que ella usa. Marissa, por su parte, cierra los ojos y se deja llevar, por lo que procede a desabrochar el cinturón de él y luego el pantalón.
Danilo: Te amo tanto…
Danilo no deja de besarla por el cuello y los hombros con delicadeza. Pronto, el vestido cae. Marissa queda en ropa interior y ella decide con algo de timidez desabrocharle la camisa. Danilo termina de quitársela y lanzarla al piso. Marissa aprovecha y pasa con delicadeza su mano por el pecho de él, a lo que éste la rodea con sus brazos y continúa besándola mientras desabrocha el sostén para luego dejarlo caer. Los dos poco a poco se empujan hasta tumbarse en la cama, Danilo sobre Marissa.
Marissa: (susurrando) Espero no estar cometiendo una locura.
Danilo: Te juro que no. Esta noche vamos a ser tú y yo, Marissa. Solo nosotros dos…
Marissa: (aún poco convencida) No me vayas a fallar, por favor.
Danilo: Nunca (La besa). Eso nunca. Desde esta noche vas a ser mi mujer, mía y solo mía.
Marissa: Danilo…
Danilo la calla besándola de nuevo apasionadamente y no duda en ir bajando para apoderarse con pasión de su busto. Marissa sigue viéndose poco convencida y la expresión de su rostro denota que le invade una cierta preocupación e inquietud.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN DE PABLO Y MILENA / NOCHE
Pablo y Milena, por su parte, se encuentran acostados en la cama y en una situación similar. El muchacho está sin camisa sobre su ahora esposa, la cual usa una pijama corta y ambos se besan con ánimo de consumar su matrimonio. No obstante, en un momento dado, Milena se detiene.


Milena: (incómoda) Espera, Pablo.
Pablo: ¿Qué…? ¿Qué pasa? (Desconcertado)
Milena: Perdóname, pero creo que no voy a poder.
Pablo: ¿Qué quieres decir?
Milena: Que no voy a poder estar contigo. No me siento capaz de corresponderte. Lo siento.
Pablo: ¿Por qué no? ¿Te sientes mal o algo? ¿Estás bien?
Milena: Estoy bien, sí, pero…
Pablo: ¿Entonces? ¿Acaso…no tienes deseo de estar conmigo? ¿Es eso? ¿No quieres hacer el amor conmigo?
Milena: Claro que sí. Es lo que más quisiera en este momento (Le acaricia el rostro). Te deseo y quisiera sentirte, amarte, pero ese es el problema.
Pablo: No te entiendo.
Milena: (agobiada) Pablo, no siento nada a nivel físico. Por más que quiera, no logro sentir nada. Mi cuerpo no me responde.
Pablo se queda en silencio analizando la situación.
Pablo: Quizá no es eso. Quizá te esté preocupando algo o yo te estoy incomodando de alguna forma. Incluso pueden ser los nervios porque si me preguntas, yo estoy muerto del susto y aunque te rías o no me lo creas, es mi primera vez.
Milena: (sorprendida) ¿De veras?
Pablo: (asentando y sonriendo) Sí, te lo juro. Tú bien sabes que por mucho tiempo fue muy tímido. Las chavas ni me pelaban y me hacían el feo. Nunca tuve novia ni salí con nadie hasta que te conocí.
Milena: Me halaga mucho eso de ser la primera en tu vida. Es muy bonito, pero no creo que esta noche se nos dé el chance de, tú sabes, de estar juntos. Con mi condición perdí toda sensibilidad y así sería muy difícil para ti y para mí… Voy a estar como muerta.
Pablo se queda en silencio analizando un poco desanimado la situación. Milena lo nota.
Milena: (solloza) Perdóname. Quisiera que fuera diferente, pero no puedo. Sólo trata de ponerte en mi lugar.
Pablo: No te preocupes, mi amor. Ni siquiera hay nada por lo cual debas pedirme perdón. Esto no es tu culpa.
Milena: No puedo evitar sentirme muy mal.
Pablo: No hay lío. Te entiendo de verdad y esto es parte de que ahora estemos casados. El juramento es estar ahí en las buenas y en las malas sin importar qué, así que voy a esperarte el tiempo que haga falta.
Milena: ¿Estás seguro?
Pablo: Claro. Pues no seré el más experto, pero el sexo no debe ser la parte central de una relación. Hay cosas mucho más importantes como el respeto, la comprensión, la confianza y sobre todo el amor que nos tenemos, ¿no crees?
Milena: Sí, tienes razón. Creo también lo mismo.
Pablo: Muy bien. Entonces no te sientas mal. Esto va a pasar y tú te vas a poner bien en cuando te operes, ¿va?
Milena esboza una sonrisa y asiente con la cabeza. Pablo la besa y ambos se quedan abrazados en la cama.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Es un nuevo día en el pueblo. Carolina llega a la hacienda. Una empleada es quien le ha abierto la puerta.

Empleada: (preocupada) Le ruego que por favor se retire. No quiero que el patrón se vaya a molestar conmigo por haberla dejado entrar.
Carolina: No lo hará. Me está esperando y estoy casi segura de que va a querer verme.
Empleada: Pero él no me dijo nada, así que por favor, váyase, se lo pido. Hace poco que conseguí esta chamba y no quiero que me corran tan pronto. No me haga tener que llamar a los peones.
Carolina: No sea tan atrevida. Yo me voy cuando quiera, además muy pronto la que le dará órdenes voy a ser yo cuando me case con su patrón y no querrá usted que ahí sí se quede en la calle por impedirme la entrada.
Empleada: Señorita, pero…
Carolina: ¡Pero nada! ¿Dónde está Eduardo?
La empleada con timidez se queda en silencio.
Carolina: (exasperada) ¡Anda! ¡Dime que no tengo todo el día!
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA
Eduardo acaba de salir de la ducha cubriéndose con una toalla del torso hacia abajo mientras que con otra aprovecha a secarse el cabello. No se ha percatado de que Lisa está allí dentro viéndolo recostada en la puerta cerrada y con notable deseo. El hombre, en un momento dado, se quita la toalla que lo cubre y escucha la voz de la joven.


Lisa: Don Eduardo…
Él se da la vuelta impactado y con prontitud se cubre nuevamente.
Eduardo: (molesto) ¿Qué se supone que estás haciendo?
Lisa: (fingiendo pena) Discúlpeme. Venía a buscarlo porque hace un rato que lo llevo esperando abajo, usted sabe, para salir al hospital.
Eduardo: ¿Y no podías tocar la puerta?
Lisa: Lo hice, pero usted no me escuchó. ¿Y cómo iba a hacerlo si veo que se estaba dando un baño? (Lo mira de arriba a abajo con deseo)
Eduardo: Debiste esperar. ¿Que no sabes que entrar sin permiso es de mal gusto?
Lisa: Lo siento muchísimo, yo…
Eduardo: Sal, por favor. Me voy a vestir.
Lisa parece hacerse sorda y se queda viéndolo de arriba a abajo como si ardiera del deseo de que algo más sucediera.
Eduardo: ¿No me estás escuchando? Te dije que salieras.
Lisa: Don Eduardo, no me puedo ir sin decirle lo atractivo que es usted (Eduardo se sorprende). Está tan bien conservado.
Eduardo: (incómodo) Martina, te pedí algo.
Lisa se acerca lentamente.
Lisa: No hace falta que me lo repita. Lo escuché muy bien, pero es muy difícil para mí no decirle lo que verlo así me hace sentir por dentro. Se me pasan una mil y cosas por la cabeza; cosas muy ricas…
Eduardo: ¿Qué estás diciendo? ¿Qué pretendes?
Lisa: Los dos somos adultos. No creo que tenga que ser tan explícita, ¿o sí?
Lisa se ha acercado de una manera tal que incluso toma la toalla con que él se cubre y la tira al piso. Eduardo se siente paralizado por alguna razón y no sabe cómo reaccionar. La joven le habla muy cerca a los labios.
Lisa: Hace tanto que un hombre no me toca…
Lisa, incluso, se toma el atrevimiento de tomarlo de la entrepierna. Eduardo se estremece.
Eduardo: Basta, por favor detente.
Eduardo intenta apartarla, pero ella se resiste y le habla al oído de manera muy sensual.
Lisa: Y hace tanto que no me siento mujer que ver su cuerpo desnudo y su hombría me pone muy mal y me hace sentir cosas que no debería.
Eduardo: Espera, Martina, yo…
Lisa no lo duda más y lo besa, pero antes de que incluso él le pueda corresponder, ambos son súbitamente interrumpidos.

Carolina: (furiosa) ¡Eduardo Román!
Los dos voltean a ver a Carolina, quien alucina con lo que acaba de presenciar desde el umbral de la puerta.
Carolina: (muy indignada) No puedo creer lo que estoy viendo. Es que… Es que no tengo palabras para definir la clase de perro que eres. ¿Qué significa esto?
Eduardo se apresura a recoger su toalla del suelo para cubrirse.
Eduardo: No pienso hablar contigo en este momento, Carolina. ¡Fuera de las dos de mi habitación de inmediato!
Lisa: (fingiendo pena) Con permiso.
Lisa baja la cabeza. Carolina la toma bruscamente de un brazo justo antes de salir.
Carolina: ¿Este tipo de mujerzuelas son las que prefieres? ¿Prostitutas baratas de pueblo con las cuales revolcarte sin compromiso mientras que a mí me rechazas?
Lisa: ¡No me toques, maldita ruca! (Se suelta de mala gana) ¿Quién te has creído para dirigirte a mí en esas palabras?
Carolina: No sé quién seas ni de dónde hayas salido, pero no necesito conocerte para saber de qué calaña eres. ¿Cuánto te pagó, Eduardo? ¡Anda, dilo! ¿Cuál es tu valor?
Lisa: Tú has de ser la tal Carolina de La Torre (Le sonríe con burla). Déjame decirte que he escuchado mucho de ti y qué ironía. Mientras a mí me tratas de prostituta, tú ya no sabes ni qué hacer para casarte con un hombre que te desprecia por ser tan poca cosa.
Eduardo y Carolina se sorprenden al escuchar eso, pues para ellos Lisa es una completa desconocida.
Carolina: (desafiante) ¿Tú qué sabes de mi vida? No eres más que un recién aparecida.
Lisa: Sé lo suficiente para saber que eres patética. Has vivido siempre bajo la sombra de otras mujeres y por más que te esfuerces, no le llegas a ninguna a los talones. ¡Pobre de ti!
Carolina siente impulsos de cachetear a la joven y cuando está a punto de hacerlo, es detenida por Eduardo.
Eduardo: (furioso) ¡Basta ya! No pienso tolerar este tipo de comportamiento. ¡Las quiero a las dos fuera de aquí y no voy a repetirlo más! ¡Fuera!
Lisa: Espero que luego podamos hablar con más calma, don Eduardo. Con permiso.
Eduardo no dice nada. Lisa obedece y sale de la habitación.
Carolina: ¿Cómo pudiste hacerme esto, Eduardo? ¿No decías que estabas tan dolido por Marissa? ¿Qué haces entonces revolcándote con ese tipo de mujeres e incluso burlándose de mí con ellas? ¿Por qué esa imbécil me dijo todo eso?
Eduardo: No te debo explicaciones de ningún tipo, Carolina. También quiero que te vayas.
Carolina: No voy a irme. Vine por una respuesta y no me pienso mover de aquí hasta que me la des.
Eduardo: (exasperado) ¡Muy bien! Si es lo que quieres escuchar, perfecto. Voy a casarme contigo, sí.
Carolina no puede evitar que un brillo se le dibuje en los ojos.
Eduardo: Voy a aceptar tu sucio trato y te voy a hacer mi esposa para que me devuelvas lo que es mío.
Lisa ha escuchado todo detrás de la puerta y sonríe de forma malévola.
Lisa: Eso sólo si yo lo permito. Vas a ver cómo te sale el tiro por la culata, mustia.
Lisa se retira de allí caminando de forma imponente y con seguridad.
CONTINUARÁ…


Marissa: Bueno, mi amor. Creo que ya va siendo hora de que te diga adiós de nuevo. A partir de hoy empieza otra etapa de tu vida y en esta sí que no te puedo acompañar.
Pablo: No te pongas triste, mamá. No nos vamos a dejar de ver ni mucho menos.
Marissa: Lo sé, pero no niego que se me sigue encogiendo el corazón, tal vez de nostalgia y de ver que ya eres todo un hombre y no el niño precioso que tantos años de felicidad me dio.
Marissa le acaricia el rostro a su hijo con suavidad y ambos se ven de forma especial.
Pablo: Espérate tantito a que Milena salga bien de la cirugía y de su tratamiento para que conozcas a los nietos que te vamos a dar.
Marissa: (riendo) Sí eres. Apenas te casaste hoy y ya andas pensando en hijos. ¡Qué bárbaro!
Pablo: Cuando hay amor de verdad, yo creo que lo único que uno quiere es expandirlo más y hacer crecer la familia, ¿no? Por eso me adoptaste.
Marissa: Sí, en eso tienes toda la razón y por lo mismo es que te digo que conmigo siempre vas a poder contar en todo, y como regalo de bodas, ten…
Marissa saca de su bolso una caja pequeña y se la entrega a Pablo.
Pablo: (extrañado) ¿Qué es?
Marissa: Ábrelo y velo por ti mismo.
Pablo abre la caja y se sorprende al ver una llave.
Pablo: ¿Qué es esto? (Hace una pausa y ve a su madre) No manches. No me digas que…
Marissa: (asentando) Sí, hijo. Es un depa que compré para ti y para Milena. Ahí van a poder empezar a formar ese hogar con el que tú te sueñas.
Pablo: (conmovido) Esto sí que no me lo esperaba. Es más de lo que me merezco, mamá. Muchas gracias.
Pablo no tarda en lanzarse a abrazar a Marissa quien, por supuesto, le corresponde. Los dos se quedan así un par de segundos.
Marissa: Te deseo toda la felicidad del mundo, Pablito.
Ambos se separan de su abrazo. Milena se acerca en su silla de ruedas impulsada por Danilo. Las dos mujeres se dan las manos mirándose con aprecio.


Milena: Muchas gracias por todo, suegra. Usted sin duda es un ángel y créame que le voy a estar siempre reteagradecida por lo de mi cirugía.
Marissa: (sonriéndole) No hay de qué, Milena. Lo hago con todo el amor y el gusto del mundo. Quien les debe mucho tanto a ti como a tu hermano soy yo. Ustedes sí que fueron mis ángeles cuando tuve aquel accidente.
Milena: De todos modos, no puedo dejar de agradecerle y si no es mucho pedir, espero que nos acompañe siempre en sus oraciones. Las voy a necesitar muchísimo para cuando me operen.
Marissa: Por supuesto. Cuenta con ello. Voy a orar mucho para que todo salga bien y tengo fe que así será. Pablo y tú van a ser muy felices.
Marissa se inclina un poco y ambas se dan un beso mutuamente en la mejilla.
Pablo: Bueno, yo creo que ahora sí nos podemos ir. ¿Vas a acompañarnos hasta abajo, bro?
Danilo: Ni lo digas. Claro. Hasta estaba pensando, claro, si a doña Marissa no le molesta, llevarlos directo hasta el hotel para que no tomen un taxi.
Marissa: Por mí no hay problema. Yo puedo esperarte aquí en el restaurante, Danilo.
Pablo: ¿Cómo? ¿Es que a poco no iban a venir con nosotros para quedarse también en el hotel?
Marissa: No, Pablo. Esta noche vamos a regresar a la capital. Tú sabes que estoy atendiendo varios asuntos y mañana temprano tengo también algunos compromisos.
Pablo: Pero es tarde. No me parece buena idea que se vayan. ¿Por qué mejor no pasan la noche en Villa Encantada y ya mañana temprano se van?
Milena: Yo también estoy de acuerdo, suegra. A mí me parecería mejor que se quedaran usted y Danilo, solo por hoy. El día estuvo largo con tanta cosa como para que viajen tan tarde.
Pablo: Claro. Además, Danilo ha de estar bien cansado, mamá.
Marissa mira a Danilo el cual le rehúye la mirada.
Pablo: Él segurito debe estar súper cansado como para que lo pongas a conducir ahora. ¿O no, bro?
Pablo le da un leve codazo a Danilo.
Danilo: ¿Qué? ¿Yo? Para nada. Estoy bien.
Pablo: (burlándose) Si tú… Si hasta se te caen los ojos del sueño (Le guiña un ojo). Di la verdad y deja la pena que mi mamá va a entender. Ella no es ninguna explotadora.
Danilo entiende la referencia del guiño para que diga que, en efecto, sí está cansado y así pueda pasar la noche con Marissa en el pueblo.
Marissa: ¿Es eso cierto, Danilo? ¿Te sientes muy agotado?
Danilo: Bueno. La neta es que… (Dudando) Sí estoy medio agotado, señora, pero usted tranquila. Si necesita que viajemos enseguida, no tengo ningún problema. Después de todo usted es la que manda y yo estoy trabajando para usted.
Marissa: Me hubieras dicho sin pena. Ya Pablo lo dijo. No soy ninguna explotadora y tampoco pretendo tampoco exigirte más de lo que puedas. Quedémonos por hoy y ya mañana nos regresamos. ¿Te parece?
Danilo: No, señora. ¿Cómo cree? Ahí sí que me va a dar más pena con usted que cambie sus planes por mi culpa.
Marissa: El descanso es prioridad y tampoco es tan grave que mueva mi agenda para más tarde o incluso para pasado mañana.
Danilo: Sí, pero…
Marissa le sonríe y le pone una mano en el hombro.
Marissa: No se diga más. Vamos todos al hotel (Empieza a mirar alrededor). Y ahora que me acuerdo, ¿qué fue de Luis Enrique? ¿Lo vieron irse?
Milena: Sí, se despidió de mí y de Pablo hace ya bastante rato, y de paso me pidió mi número de celular para que estemos en contacto.
Danilo: ¿A poco se lo diste?
Milena: Pues no le vi nada de malo después de que ya hicimos las paces.
Danilo guarda silencio, pero no puede disimular la molestia al escucharla.
Milena: ¡Ay ya, Danilo! Deja un poco lo enojón. Al fin y al cabo me va a llamar a mí, no a ti. Si tú no quieres perdonarlo ni verlo ni en pintura, allá tú, pero ya deja tus caras.
Danilo: (fastidiado) Como quieras. Vamos.
Danilo impulsa la silla de su hermana y todos empiezan a retirarse del lugar. Ninguno se percata de que Luis Enrique en realidad no se ha ido, sino que estaba a lo lejos espiándolos cubriéndose la cara con la carta del menú. El hombre los mira fulminantemente.

Luis Enrique: Van a pasar la noche juntos. Estoy seguro, pero eso sí que no, Danilo…
Luis Enrique dice aquello último con gran firmeza para luego terminar de tomarse de un solo sorbo el licor que le restaba en un vaso.
Luis Enrique: No me vas a quitar a Marissa después de lo que costó apartarla de Eduardo, mijito. Claro que no.
Luis Enrique, con prontitud, saca de su billetera un billete y lo deja sobre la mesa para después salir detrás de ellos.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE

Eduardo sigue tosiendo de forma compulsiva y se levanta del sillón. Lisa finge preocupación y se le acerca.


Lisa: ¿Se siente bien?
Eduardo pone frente a ella su mano indicándole que no se acerque y trata de reponerse.
Lisa: ¿Quiere un vaso con agua?
Eduardo niega con la cabeza y traga saliva.
Eduardo: Es… Est… (Carraspea un poco para aclarar la voz) Estoy bien…
Lisa: ¿Seguro? Veo que se puso pálido así de la nada.
Eduardo: No te preocupes. De verdad… (Tose un poco) De verdad estoy bien. No es nada.
Lisa: Me imagino que fue mi culpa por estarle poniéndole conversa y contándole mis cosas. Qué pena con usted. Lo distraje y por eso se ahogó.
Eduardo: Ya te dije que estoy bien. Es más, debería irme a descansar de una vez y no quedarme hasta tarde bebiendo. Tengo que ir a recoger a María Helena mañana temprano.
Lisa: Tiene razón. Ya es tarde. Yo también me siento un tanto cansada del viaje.
Eduardo asiente con la cabeza.
Eduardo: (cortante) Descansa entonces. Mañana nos vemos.
Eduardo parece querer evitarla y salir de allí rápido por la incomodidad que la joven le causa, pero ella lo detiene justo cuando él va a salir del estudio.
Lisa: ¡Don Eduardo! (Él voltea)
Eduardo: Dime.
Lisa: Si no es mucha molestia, ¿podría ir con usted al hospital? Me haría un gran favor porque necesito ir al pueblo a hacer algunas cosas.
Eduardo: Claro. No hay problema. Pienso salir a eso de las ocho. ¿Te queda bien?
Lisa: (sonriéndole) Totalmente. Lo esperaré en la entrada a esa hora.
Eduardo: Perfecto. Mañana a las ocho entonces. Buenas noches (Le esboza una sonrisa).
Lisa: Buenas noches.
Eduardo termina por retirarse del estudio. Lisa se queda viéndolo de forma descarada y muerde sensualmente la uña de uno de sus dedos índices.
Lisa: Mañana me pondré manos a la obra y vas a volver a ser mío, mi amor. Vamos a ser uno y no nos vamos a separar nunca más.
Lisa habla con una gran firmeza impresa en sus ojos como si en ellos guardara un auténtico fuego que está a punto de consumir lo que se atreviese.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / NOCHE
Eduardo, por su parte, se encierra y comienza a desabrocharse la camisa sintiéndose sumamente pensativo.

Eduardo: ¿Quién es esta mujer? ¿Por qué carajos me recuerda tanto a …? (Perturbado, hace una pausa) A ella… Sí, a ella. A Lisa… Habla como ella; se expresa igual.
Eduardo niega con la cabeza y termina de quitarse la camisa.
Eduardo: He de estarme volviendo loco con tantas cosas y tantos problemas.
El hombre tira de mala gana la camisa al piso y se tumba en la cama mientras cierra los ojos para conciliar el sueño, aunque le da dificultad.
INT. / HOTEL, RECEPCIÓN / NOCHE
Danilo viene bajando las escaleras de un hotel acogedor del pueblo. Marissa lo espera sentada y al verlo se pone de pie.


Marissa: ¿Cómo te fue?
Danilo: Bien. Los dejé instalados en la habitación. Lástima que todavía haya tantos sitios acá en Villa Encantada que no estén adecuados para personas como Milena. Hacen reteharta falta.
Marissa: Tienes razón. Hay muy poca inclusión en ese sentido. Al final sí fue buena idea que nos quedáramos porque así le pudiste echar una mano a Pablo.
Danilo: Pues si yo no hice nada. Él fue el que la cargó en los brazos como novio recién casado. Yo nada más le ayudé subiendo la silla.
Marissa: De igual modo, él no habría podido hacer ambas cosas al mismo tiempo y eso es que me gusta mucho de ti, Danilo; tu sentido de pertenencia y lo colaborativo que eres. Definitivamente me gané la lotería contigo como asistente. Eres un muchacho de oro.
Danilo: Usted bien sabe que me nace y… (comienza a acercarse) más que su asistente, usted también sabe qué más me gustaría ser en su vida.
Marissa suelta un suspiro, baja la cabeza y esboza una sonrisa. Él de inmediato la levanta con delicadeza del mentón.
Danilo: Quiero ser el que la ame y le haga olvidar todo lo pasado, señora.
Marissa: Ahora no creo que este sea el lugar más apropiado para hablar de esto, Danilo. Tengo mucho qué pensar. Yo te lo dije y…
Danilo: (la interrumpe) Y yo también ya le dije ayer cuando nos besamos en su casa que conmigo no tiene nada qué temer. Lo que siento por usted es tan grande y tan fuerte que hasta si mi vida la tuviera que dar por usted, la daría.
Marissa: (sonriendo incrédula) ¿Qué dices?
Danilo: La verdad, nada más. Te amo, Marissa.
Danilo toma el rostro de la mujer entre sus manos y ambos se miran fijamente.
Danilo: Yo sé que soy medio bruto con las palabras y no hablo tan fino como Luis Enrique o don Eduardo, pero te amo y te deseo tanto que esto me vuelve loco.
Marissa se incomoda y traga saliva.
Marissa: Es que…
Danilo: Déjame demostrártelo esta noche. Déjame que te demuestre que yo sí puedo ser el hombre que te va a ser feliz y que te ama de verdad.
Marissa: (preocupada) Danilo, yo no…
Danilo no duda en callarla con un beso. Marissa duda, pero termina correspondiéndole poco a poco. Ninguno de los dos se percata de que son observados a una distancia prudente por Luis Enrique, quien está dentro de su auto estacionado justo al frente del hotel.

Luis Enrique: Lo sabía. ¡Lo sabía maldita sea! (Golpea el volante) Los dos van a pasar la noche juntos, pero eso si yo lo permito.
Luis Enrique respira agitado pensando detenidamente qué hacer. Entretanto, Marissa y Danilo continúan besándose. Ella es quien se aparta y se cubre los labios con una mano.
Marissa: Esto… Esto no está bien. Perdóname, pero no puedo.
Danilo: Marissa…
Marissa: (desesperada) ¡No puedo! Me siento mal como si estuviera cometiendo el peor de los crímenes besándome contigo, Danilo. No puedo…
Danilo: ¿Crimen? ¿Usted le llama crimen al besarse con un hombre que le gusta y que está dispuesto a todo por estar a su lado?
Marissa: Entiéndeme, por favor. Es algo que me frena aquí dentro y no me deja (Dice tocándose el pecho). No me lo puedo explicar, pero me hace sentir fatal.
Danilo: ¿Y qué es? Porque si es por miedo, yo ya le dejé muy en claro mis intenciones. Yo no soy como los patanes que le hicieron daño y me parece que se lo he demostrado.
Marissa: Lo sé.
Danilo: ¿O es que acaso le da vergüenza andar con un tipo como yo?
Marissa: Claro que no. Tampoco.
Danilo: (desesperado) ¿Entonces? Explíqueme porque sinceramente me está confundiendo y ya no sé qué más hacer. Yo lo estoy arriesgando todo por usted la última vez y necesito saber qué piensa a ver si así me pierdo de su vida y la dejo en paz.
Marissa: (solloza) Ese es el problema. Estás tan dispuesto a todo por mí que quizá no me siento digna…
Danilo: ¿Cómo?
Marissa hace una pausa y aprieta los labios pensando cómo expresar lo que siente.
Marissa: Danilo… Tú eres un hombre joven, noble, guapísimo y te juro que no tengo ninguna duda de que tus intenciones son buenas.
Marissa comienza a acariciarle el rostro con delicadeza.
Marissa: Eres la mejor persona con la que me pude haber encontrado, pero no puedo mentirme a mí misma ni tampoco mentirte a ti dándote falsas esperanzas. Tú sabes lo que siento por ti.
Danilo se aparta serio.
Danilo: Pues ahí está el problema. Yo ya sé muy bien que usted no me quiere y que sus sentimientos por mí no van a cambiar de la noche a la mañana, mucho menos cuando todavía siente algo por don Eduardo.
Marissa: Eso no es verdad.
Danilo: Lo es, aunque usted en el fondo no lo quiera aceptar y hasta me tomo el atrevimiento de afirmar que es eso mismo lo que la frena a corresponderme. ¿Lo va a negar?
Marissa se queda pensativa algunos segundos reafirmando justo lo que él acaba de decirle.
Danilo: ¿Lo ve? Su silencio ya me dio la respuesta, pero entienda que yo no pretendo que usted me ame así de golpe.
Marissa sigue sin hablar y evita mirarlo a los ojos. Danilo se le acerca y de nuevo toma el rostro de ella entre sus manos.
Danilo: (susurrando) Lo único que le pido es que deje el pasado atrás y me dé una oportunidad y así de paso se la dé a usted misma. Una sola a ver qué pasa…
Entre los dos se forma un silencio incómodo de varios segundos. Marissa se aparta a lo que él, un tanto decepcionado, suelta una bocanada de aire y asiente con la cabeza.
Danilo: Está bien. Tampoco pienso insistirle. Piénselo esta noche y si definitivamente no tengo chance en su vida, le pido que al menos me lo haga saber mañana y así me rindo de una vez por todas. La decisión es suya.
Danilo se retira del hotel con evidente molestia. Marissa se queda pensativa y sintiéndose muy afligida por lo que a los segundos sale tras él. Luis Enrique sigue observando todo muy atento.
Marissa: ¡Danilo! (Intenta alcanzarlo) ¡Danilo, espera!
Danilo: (fastidiado) Váyase a descansar, señora, que ya es tarde.
Marissa: ¿Para dónde vas si no tienes donde pasar la noche?
Danilo: Por ahí. Por mí no se preocupe.
Danilo sigue reacio caminando y al intentar alcanzarlo, Marissa, por accidente, se dobla el pie y cae.
Marissa: (adolorida) ¡Argh!
Danilo voltea.
Danilo: (alertado) ¡Marissa!
Él corre hacia ella de inmediato y la ayuda a levantarse.
Danilo: (preocupado) ¿Está bien? ¿Se hizo daño?
Marissa: Estoy bien. No es nada.
Danilo: ¿Segura? Mire que ya se lastimó el tobillo una vez. ¿A poco fue el mismo pie?
Marissa: Creo, no lo recuerdo ya, pero no te preocupes. Me enredé un poco con los tacones.
Danilo: Me parece que mejor la acompaño a su habitación. No vaya a ser que caiga por ahí.
Marissa: (sonriéndole) No soy una niña. Tranquilo. Solo quiero que no te vayas así, molesto y a pasar la noche por ahí en la intemperie. No me quedaría tranquila.
Danilo: Pues yo tampoco soy un niño. Tengo algunos carnales que conozco de hace años. De hecho, pienso ir al bar del pueblo a ver a cuál veo. Puedo pasar la noche en casa de alguno.
Marissa: ¿Vas a beber entonces?
Danilo se queda en silencio un par de segundos y evade la respuesta.
Danilo: Buenas noches, señora.
Danilo se da la vuelta, pero una vez más ella lo detiene tomándolo de la mano.
Marissa: Danilo…
Él voltea de nuevo y sin esperarlo, Marissa lo abraza fuertemente. Luis Enrique, desde su auto, aprieta cada vez más fuerte los lados del volante y a la vez tensa la mandíbula.
Marissa: No te vayas, te lo pido.
Danilo se queda sin habla.
Marissa: Sé que… (Hace una pausa) Te he hecho mucho daño y me pesa como no tienes idea el no poder corresponderte como quieres. Me siento incluso como una idiota por no darme la oportunidad de ser amada por ti y me da miedo…
Danilo la escucha atentamente. Ella derrama un par de lágrimas.
Marissa: No porque llegues a jugar conmigo, sino porque es algo nuevo para mí que no sé cómo afrontar.
Marissa se separa del abrazo y se limpia con delicadeza las lágrimas.
Marissa: Perdóname.
Danilo: Ya lo hemos hablado y no tengo nada qué perdonarte. Lo único que yo quiero es amarte y darte la felicidad que esos otros imbéciles te han robado, Marissa. Nada más que eso, pero no te voy a forzar ni mucho menos. No te quiero fastidiar.
Marissa: Nunca lo harías.
Danilo: De igual, piénsalo bien y luego lo hablamos cuando te sientas mejor.
Marissa: Es que no quiero que te vayas. Todos estos días que hemos pasado juntos me han hecho sentirme tan bien a tu lado que dejarte ir así y a lo mejor perder la oportunidad de ser feliz a tu lado no me lo perdonaría.
Danilo: (confundido) ¿Eso qué significa?
Marissa: Que sí quiero. Sí quiero que pases esta noche conmigo.
Danilo: ¿Estás segura?
Marissa: (asentando) Sí, muy segura, aunque ahorita me muera de miedo por lo que pueda pasar, siento que si espero hasta mañana, ya no voy a ser capaz.
Marissa es quien esta vez toma la iniciativa de besarlo. Danilo, aunque se sorprende, no duda en corresponderle. Luis Enrique en su auto niega con la cabeza.
Luis Enrique: (furioso) Esto ya es el colmo. No voy a permitir que se burlen de mí. ¡Claro que no!
Luis Enrique abre la puerta del vehículo dispuesto a interrumpirlos, pero una llamada a su celular es lo que se lo impide. El hombre mira en la pantalla de dónde viene la llamada, pero se desconcierta al ver que es un número desconocido.
Luis Enrique: ¿Quién carajos llama a esta hora?
Luis Enrique ignora la llamada y sale del auto, pero de inmediato el celular suena nuevamente y ahí duda en contestar.
Luis Enrique: (fastidiado) Mierda (Contesta) ¿Quién es?
Lisa: (voz en off) Qué gusto oírte.
Luis Enrique: (desconcertado) ¿Quién habla?
INTERCUT
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN / NOCHE
Lisa se encuentra en la oscuridad de una habitación tenuemente alumbrada por una lámpara. Tan solo se pueden enfocar sus labios de rojo carmesí.

Lisa: ¿No me reconoces? ¿Tan pronto te olvidaste de mí?
EXT. / CALLES / NOCHE
Luis Enrique alcanza a ver que su exesposa e hijo dejan de besarse para luego tomarse de la mano tímidamente y regresar al hotel, cosa que le exaspera.

Luis Enrique: Escucha, no sé si eres una de las tantas rameras con las que me he revolcado y tomaste mi celular sin permiso para agregar mi número, pero ahora no tengo tiempo para ti. ¿Entendiste? Estoy ocupado.
Lisa: Te equivocas. No soy una vulgar de esas, así que yo no colgaría tan pronto, mi bigotón. Te conviene escucharme. ¿O ya se te olvidó nuestro trato meses atrás cuando acordamos matar a Helena?
Luis Enrique se sorprende al escuchar.
Lisa: O mejor aún. ¿Te acuerdas cuando me diste órdenes precisas para acabar con la vieja dinosauria de mi abuela en el hospital?
Luis Enrique cada vez luce más desconcertado al punto de que se olvida de continuar espiando a Marissa y Danilo.
Luis Enrique: ¿Quién eres?
Lisa: (sonriendo) ¿De verdad no me reconoces? ¿No se te viene nadie a la cabeza?
Luis Enrique no sabe qué decir y sólo frunce el ceño.
Lisa: (en tono infantil) ¡Ay, anda! Haz un esfuercito y di aunque sea un nombre. No es tan difícil. Mira que yo fui una pieza clave en tus planes de apoderarte del patrimonio de mi familia. Por eso querías quitar del camino a Helena y Lucrecia, para desestabilizar a mi papi. Recuérdalo…
Luis Enrique: (impactado) No… No puede ser…
Lisa: ¿Ves? Estoy segura de que ya tienes el nombre, pero no atreves a decirlo. ¡Anda! ¿Sí? Ya dilo..
Luis Enrique: Es que es imposible. La única que sabía de eso era…
Lisa: ¿Quién? ¡Escúpelo!
Luis Enrique: (tartamudeando) Li… Lisa…
Lisa: ¡Bingo! ¿Ves que no estaba tan difícil?
Luis Enrique: Dime quién eres. ¿Cómo sabes tanto?
Lisa: Ay, sí que eres tarado. ¿Quién podría saber tanto si no yo? ¡La misma Lisa!
Luis Enrique: ¡No estoy jugando! ¡Habla!
Lisa cambia su tono juguetón a uno más serio y siniestro.
Lisa: Yo tampoco estoy jugando, imbécil, pero te entiendo. Sé que te es difícil de creer si para todo el mundo estoy enterrada tres metros bajo tierra, pero ya ves que no. Estoy viva.
Luis Enrique: Eso es imposible. Lisa tuvo que habértelo contado todo. La mocosa esa murió. Murió quemada en un accidente, así que no sé quién seas, pero conmigo no vas a jugar. ¿Qué quieres?
Lisa: No pienso quedarme la noche entera tratando de convencerte de algo que evidentemente no vas a creer, así que escúchame muy bien y haz todo lo que te digo si no quieres que haga una llamada anónima a la policía reportando que el autor intelectual de Helena Montalbán sigue por ahí como si nada.
Luis Enrique: No tienes pruebas y ese caso ya se cerró. Todos saben que la culpable fue Lisa. ¿Por qué caería en tu juego?
Lisa: Porque te conviene. Sé muy bien que quieres recuperar a la maldita zorra esa de la Marissa Miranda. Manuel me lo contó todo antes de morir. En cuanto a las pruebas, ¿te acuerdas de aquel restaurante donde me citaste para chantajearme por los videos que tenías de mí desnuda?
Luis Enrique: ¿Qué hay con eso?
Lisa: Bueno, pues que puedo ir para pedir una copia de las cámaras de seguridad del local de ese día y enviarlas a la policía afirmando que me obligaste, o más bien, obligaste a Lisa a hacer parte de tu plan.
Luis Enrique: Eso no te bastaría. No es prueba suficiente.
Lisa: Tal vez, pero ciertamente metiéndole algo de cizaña a la policía, reabran el caso. Eduardo no se quedaría tranquilo, además sé bien que Carolina de La Torre fue la que la mató, esa otra zorra que por cierto ya sé también que es tu hermana.
Luis Enrique empalidece al sentirse acorralado y ante su silencio, Lisa sonríe con satisfacción.
Lisa: ¿Te parece si ahora bajas la guardia y me escuchas? Te juro que te conviene y por las explicaciones, no te preocupes. También te las daré. ¿Qué dices?
Luis Enrique sigue en silencio, desconcertado y dudoso.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / NOCHE
Entretanto, Marissa y Danilo llegan a la habitación que con anterioridad reservaron. Él la adentra besándola y al tiempo que la toma de la cintura. Ella, por su parte, le corresponde y rodea con sus brazos el cuello de él.


Danilo: (susurrando) ¿Estás segura de esto? Porque no quiero que te sientas forzada.
Marissa: (lo interrumpe) No quiero dudarlo más ni pensar en nada, solo en nosotros y ver qué pasa.
Danilo: ¿Nosotros?
Marissa: (asentando y sonriendo) Sí, solo nosotros. Lo único que quiero en este momento es sentirme amada y deseada por ti, Danilo.
Danilo le sonríe enamorado, la besa de nuevo y poco a poco, la unión de sus labios se torna más apasionada. Él la besa bajando por su cuello mientras va bajando también los tirantes del vestido que ella usa. Marissa, por su parte, cierra los ojos y se deja llevar, por lo que procede a desabrochar el cinturón de él y luego el pantalón.
Danilo: Te amo tanto…
Danilo no deja de besarla por el cuello y los hombros con delicadeza. Pronto, el vestido cae. Marissa queda en ropa interior y ella decide con algo de timidez desabrocharle la camisa. Danilo termina de quitársela y lanzarla al piso. Marissa aprovecha y pasa con delicadeza su mano por el pecho de él, a lo que éste la rodea con sus brazos y continúa besándola mientras desabrocha el sostén para luego dejarlo caer. Los dos poco a poco se empujan hasta tumbarse en la cama, Danilo sobre Marissa.
Marissa: (susurrando) Espero no estar cometiendo una locura.
Danilo: Te juro que no. Esta noche vamos a ser tú y yo, Marissa. Solo nosotros dos…
Marissa: (aún poco convencida) No me vayas a fallar, por favor.
Danilo: Nunca (La besa). Eso nunca. Desde esta noche vas a ser mi mujer, mía y solo mía.
Marissa: Danilo…
Danilo la calla besándola de nuevo apasionadamente y no duda en ir bajando para apoderarse con pasión de su busto. Marissa sigue viéndose poco convencida y la expresión de su rostro denota que le invade una cierta preocupación e inquietud.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN DE PABLO Y MILENA / NOCHE
Pablo y Milena, por su parte, se encuentran acostados en la cama y en una situación similar. El muchacho está sin camisa sobre su ahora esposa, la cual usa una pijama corta y ambos se besan con ánimo de consumar su matrimonio. No obstante, en un momento dado, Milena se detiene.


Milena: (incómoda) Espera, Pablo.
Pablo: ¿Qué…? ¿Qué pasa? (Desconcertado)
Milena: Perdóname, pero creo que no voy a poder.
Pablo: ¿Qué quieres decir?
Milena: Que no voy a poder estar contigo. No me siento capaz de corresponderte. Lo siento.
Pablo: ¿Por qué no? ¿Te sientes mal o algo? ¿Estás bien?
Milena: Estoy bien, sí, pero…
Pablo: ¿Entonces? ¿Acaso…no tienes deseo de estar conmigo? ¿Es eso? ¿No quieres hacer el amor conmigo?
Milena: Claro que sí. Es lo que más quisiera en este momento (Le acaricia el rostro). Te deseo y quisiera sentirte, amarte, pero ese es el problema.
Pablo: No te entiendo.
Milena: (agobiada) Pablo, no siento nada a nivel físico. Por más que quiera, no logro sentir nada. Mi cuerpo no me responde.
Pablo se queda en silencio analizando la situación.
Pablo: Quizá no es eso. Quizá te esté preocupando algo o yo te estoy incomodando de alguna forma. Incluso pueden ser los nervios porque si me preguntas, yo estoy muerto del susto y aunque te rías o no me lo creas, es mi primera vez.
Milena: (sorprendida) ¿De veras?
Pablo: (asentando y sonriendo) Sí, te lo juro. Tú bien sabes que por mucho tiempo fue muy tímido. Las chavas ni me pelaban y me hacían el feo. Nunca tuve novia ni salí con nadie hasta que te conocí.
Milena: Me halaga mucho eso de ser la primera en tu vida. Es muy bonito, pero no creo que esta noche se nos dé el chance de, tú sabes, de estar juntos. Con mi condición perdí toda sensibilidad y así sería muy difícil para ti y para mí… Voy a estar como muerta.
Pablo se queda en silencio analizando un poco desanimado la situación. Milena lo nota.
Milena: (solloza) Perdóname. Quisiera que fuera diferente, pero no puedo. Sólo trata de ponerte en mi lugar.
Pablo: No te preocupes, mi amor. Ni siquiera hay nada por lo cual debas pedirme perdón. Esto no es tu culpa.
Milena: No puedo evitar sentirme muy mal.
Pablo: No hay lío. Te entiendo de verdad y esto es parte de que ahora estemos casados. El juramento es estar ahí en las buenas y en las malas sin importar qué, así que voy a esperarte el tiempo que haga falta.
Milena: ¿Estás seguro?
Pablo: Claro. Pues no seré el más experto, pero el sexo no debe ser la parte central de una relación. Hay cosas mucho más importantes como el respeto, la comprensión, la confianza y sobre todo el amor que nos tenemos, ¿no crees?
Milena: Sí, tienes razón. Creo también lo mismo.
Pablo: Muy bien. Entonces no te sientas mal. Esto va a pasar y tú te vas a poner bien en cuando te operes, ¿va?
Milena esboza una sonrisa y asiente con la cabeza. Pablo la besa y ambos se quedan abrazados en la cama.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Es un nuevo día en el pueblo. Carolina llega a la hacienda. Una empleada es quien le ha abierto la puerta.

Empleada: (preocupada) Le ruego que por favor se retire. No quiero que el patrón se vaya a molestar conmigo por haberla dejado entrar.
Carolina: No lo hará. Me está esperando y estoy casi segura de que va a querer verme.
Empleada: Pero él no me dijo nada, así que por favor, váyase, se lo pido. Hace poco que conseguí esta chamba y no quiero que me corran tan pronto. No me haga tener que llamar a los peones.
Carolina: No sea tan atrevida. Yo me voy cuando quiera, además muy pronto la que le dará órdenes voy a ser yo cuando me case con su patrón y no querrá usted que ahí sí se quede en la calle por impedirme la entrada.
Empleada: Señorita, pero…
Carolina: ¡Pero nada! ¿Dónde está Eduardo?
La empleada con timidez se queda en silencio.
Carolina: (exasperada) ¡Anda! ¡Dime que no tengo todo el día!
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA
Eduardo acaba de salir de la ducha cubriéndose con una toalla del torso hacia abajo mientras que con otra aprovecha a secarse el cabello. No se ha percatado de que Lisa está allí dentro viéndolo recostada en la puerta cerrada y con notable deseo. El hombre, en un momento dado, se quita la toalla que lo cubre y escucha la voz de la joven.


Lisa: Don Eduardo…
Él se da la vuelta impactado y con prontitud se cubre nuevamente.
Eduardo: (molesto) ¿Qué se supone que estás haciendo?
Lisa: (fingiendo pena) Discúlpeme. Venía a buscarlo porque hace un rato que lo llevo esperando abajo, usted sabe, para salir al hospital.
Eduardo: ¿Y no podías tocar la puerta?
Lisa: Lo hice, pero usted no me escuchó. ¿Y cómo iba a hacerlo si veo que se estaba dando un baño? (Lo mira de arriba a abajo con deseo)
Eduardo: Debiste esperar. ¿Que no sabes que entrar sin permiso es de mal gusto?
Lisa: Lo siento muchísimo, yo…
Eduardo: Sal, por favor. Me voy a vestir.
Lisa parece hacerse sorda y se queda viéndolo de arriba a abajo como si ardiera del deseo de que algo más sucediera.
Eduardo: ¿No me estás escuchando? Te dije que salieras.
Lisa: Don Eduardo, no me puedo ir sin decirle lo atractivo que es usted (Eduardo se sorprende). Está tan bien conservado.
Eduardo: (incómodo) Martina, te pedí algo.
Lisa se acerca lentamente.
Lisa: No hace falta que me lo repita. Lo escuché muy bien, pero es muy difícil para mí no decirle lo que verlo así me hace sentir por dentro. Se me pasan una mil y cosas por la cabeza; cosas muy ricas…
Eduardo: ¿Qué estás diciendo? ¿Qué pretendes?
Lisa: Los dos somos adultos. No creo que tenga que ser tan explícita, ¿o sí?
Lisa se ha acercado de una manera tal que incluso toma la toalla con que él se cubre y la tira al piso. Eduardo se siente paralizado por alguna razón y no sabe cómo reaccionar. La joven le habla muy cerca a los labios.
Lisa: Hace tanto que un hombre no me toca…
Lisa, incluso, se toma el atrevimiento de tomarlo de la entrepierna. Eduardo se estremece.
Eduardo: Basta, por favor detente.
Eduardo intenta apartarla, pero ella se resiste y le habla al oído de manera muy sensual.
Lisa: Y hace tanto que no me siento mujer que ver su cuerpo desnudo y su hombría me pone muy mal y me hace sentir cosas que no debería.
Eduardo: Espera, Martina, yo…
Lisa no lo duda más y lo besa, pero antes de que incluso él le pueda corresponder, ambos son súbitamente interrumpidos.

Carolina: (furiosa) ¡Eduardo Román!
Los dos voltean a ver a Carolina, quien alucina con lo que acaba de presenciar desde el umbral de la puerta.
Carolina: (muy indignada) No puedo creer lo que estoy viendo. Es que… Es que no tengo palabras para definir la clase de perro que eres. ¿Qué significa esto?
Eduardo se apresura a recoger su toalla del suelo para cubrirse.
Eduardo: No pienso hablar contigo en este momento, Carolina. ¡Fuera de las dos de mi habitación de inmediato!
Lisa: (fingiendo pena) Con permiso.
Lisa baja la cabeza. Carolina la toma bruscamente de un brazo justo antes de salir.
Carolina: ¿Este tipo de mujerzuelas son las que prefieres? ¿Prostitutas baratas de pueblo con las cuales revolcarte sin compromiso mientras que a mí me rechazas?
Lisa: ¡No me toques, maldita ruca! (Se suelta de mala gana) ¿Quién te has creído para dirigirte a mí en esas palabras?
Carolina: No sé quién seas ni de dónde hayas salido, pero no necesito conocerte para saber de qué calaña eres. ¿Cuánto te pagó, Eduardo? ¡Anda, dilo! ¿Cuál es tu valor?
Lisa: Tú has de ser la tal Carolina de La Torre (Le sonríe con burla). Déjame decirte que he escuchado mucho de ti y qué ironía. Mientras a mí me tratas de prostituta, tú ya no sabes ni qué hacer para casarte con un hombre que te desprecia por ser tan poca cosa.
Eduardo y Carolina se sorprenden al escuchar eso, pues para ellos Lisa es una completa desconocida.
Carolina: (desafiante) ¿Tú qué sabes de mi vida? No eres más que un recién aparecida.
Lisa: Sé lo suficiente para saber que eres patética. Has vivido siempre bajo la sombra de otras mujeres y por más que te esfuerces, no le llegas a ninguna a los talones. ¡Pobre de ti!
Carolina siente impulsos de cachetear a la joven y cuando está a punto de hacerlo, es detenida por Eduardo.
Eduardo: (furioso) ¡Basta ya! No pienso tolerar este tipo de comportamiento. ¡Las quiero a las dos fuera de aquí y no voy a repetirlo más! ¡Fuera!
Lisa: Espero que luego podamos hablar con más calma, don Eduardo. Con permiso.
Eduardo no dice nada. Lisa obedece y sale de la habitación.
Carolina: ¿Cómo pudiste hacerme esto, Eduardo? ¿No decías que estabas tan dolido por Marissa? ¿Qué haces entonces revolcándote con ese tipo de mujeres e incluso burlándose de mí con ellas? ¿Por qué esa imbécil me dijo todo eso?
Eduardo: No te debo explicaciones de ningún tipo, Carolina. También quiero que te vayas.
Carolina: No voy a irme. Vine por una respuesta y no me pienso mover de aquí hasta que me la des.
Eduardo: (exasperado) ¡Muy bien! Si es lo que quieres escuchar, perfecto. Voy a casarme contigo, sí.
Carolina no puede evitar que un brillo se le dibuje en los ojos.
Eduardo: Voy a aceptar tu sucio trato y te voy a hacer mi esposa para que me devuelvas lo que es mío.
Lisa ha escuchado todo detrás de la puerta y sonríe de forma malévola.
Lisa: Eso sólo si yo lo permito. Vas a ver cómo te sale el tiro por la culata, mustia.
Lisa se retira de allí caminando de forma imponente y con seguridad.
CONTINUARÁ…
Comentarios
Publicar un comentario