Capítulo 47: Una revelación impactante
INT. / HABITACIÓN DE HOTEL, HABITACIÓN / DÍA
Marissa apenas está despertando por causa de la luz que entra tenuemente a través de la ventana. Está desnuda y se cubre con las sábanas, por lo que al verse sola, se extraña y alcanza su celular en la mesita de noche para ver la hora. Danilo justo entra a la habitación sosteniendo una bandeja con un delicioso desayuno y un girasol encima.


Danilo: ¿Cómo amanece la mujer de mi vida, ah? Veo que ya despertaste.
Marissa: (sonriéndole) Sí, dormí demasiado. Ni recuerdo cuándo fue la última vez que logré descansar más de ocho horas seguidas. Es casi medio día.
Danilo pone la bandeja en la cama y se sienta al lado de la mujer sin dejar de sonreírle feliz.
Danilo: Pues me da gusto que hayas descansado (Le acaricia el rostro). Te lo mereces y además te hace falta. Mira que por allá cuando estaba en la escuela, según me enseñaron, dormir reharto embellece y no quiero que vayas a dejar de ser así de hermosa.
Marissa: (riendo) ¡Ay, Danilo! ¿Qué voy a hacer contigo diciéndome solo cumplidos?
Danilo: Créertelos, ¿no? Y en cuanto a mí, amarme mucho.
Danilo la besa y ella le corresponde durante algunos segundos para luego apartarse.
Danilo: ¿Qué pasó?
Marissa: Tengo miedo de que este no vaya a funcionar. Ni siquiera sé qué va a pasar ahora con nosotros.
Danilo: Va a pasar lo que tú quieras. No te voy a pedir que tengamos una relación de novios o que nos casemos ya mismo, aunque quisiera, eh.
Marissa: (riendo) Loco…
Danilo: Eso no te lo quito. Estoy loquito pero de amor por ti y desde hace mucho. Podrá sonarte cursi, pero pasé la noche más bonita y más especial de mi vida a tu lado, Marissa.
Marissa: Yo también me sentí muy bien contigo.
Danilo: (sonriendo pícaro) ¿De verdad? ¿Qué sentiste?
Marissa: ¿Por qué me preguntas eso? (Ríe un poco nerviosa)
Danilo: ¿Pues por qué más? Porque quiero saber.
Danilo se le acerca y la besa acariciándole el rostro.
Marissa: No sé. Siéndote sincera, me he entregado a pocos hombres en mi vida. Nunca me he sentido del todo amada o deseada y por eso fui algo tonta, lo admito…
Danilo: Claro que no. ¿Pos qué dices? Quizás tímida, pero tonta jamás…
Marissa: Tú eres un caballero y sé que no me lo vas a decir tan directamente, pero a lo que voy es que a pesar de eso, fuiste muy lindo conmigo y eso te lo agradezco.. Fue muy especial sentir tus besos, tu piel…
Danilo: ¿Y qué más? (Le habla muy cerca)
Marissa se ruboriza.
Marissa: No me hagas continuar.
Danilo: Yo sí quisiera que continuaras, pero no con palabras, sino repitiendo lo de anoche. Nada más que así se te va a enfriar el desayuno.
Los dos ríen y él le da de comer una uva en la boca.
Marissa: (masticando) Tienes razón y debo ducharme primero. Hay mil cosas pendientes por hacer y no hay tiempo, así que espérame y ya salgo.
Marissa se levanta de la cama cubriéndose con la sábana para luego entrar al baño. Danilo se queda pensativo y al escuchar el sonido de la ducha de fondo, sonríe pícaro, se dirige al baño y comienza a espiar a Marissa. Él, sin dudarlo, empieza a desvestirse y la sorprende al abrir la mampara de cristal.
Marissa: (volteandose) ¡Danilo! ¿Qué haces?
Danilo: Que te deseo demasiado y sólo quiero amarte (Cierra la mampara).
Marissa: Espera, es que…
Danilo la arrincona contra la pared y ambos se besan mientras el agua cae sobre ellos. Marissa no parece convencida y, en un momento dado, al abrir los ojos, ve por un instante a Luis Enrique.

Luis Enrique: No eres más que una mojigata, Marissa. No habrá hombre que te aguante como yo. No vales nada como mujer. ¡Tú fuiste la que me alejó! ¡Tú me empujaste a engañarte!
Marissa se exalta y aquella alucinación se borra. Danilo la rodea con sus brazos mientras besa su cuello y hombros, pero ella luce sumamente incómoda.
Danilo: ¿Qué pasa?
Marissa alza los ojos y de nuevo alucina, pero ahora ve a Eduardo.

Eduardo: Nunca te amé de verdad. Eras mi mina de oro, pero si te hubieras esforzado lo suficiente y te hubieras quedado a mi lado, hasta hubiera llegado a quererte, pero no. Me alejaste como alejaste a Luis Enrique y como alejas a todos los hombres que se te acercan.
Marissa: (negando con la cabeza) ¡No, no es cierto! ¡No es mi culpa!
Eduardo: ¿Ahora crees que uno más joven que tú va a ser la excepción? No seas tan ilusa.
Marissa: ¡Basta! ¡No más!
Tanto la voz de Eduardo como la de Luis Enrique se entremezclan en un eco ensordecedor.
Eduardo y Luis Enrique: ¡Ilusa! ¡Ilusa!
Marissa: ¡Basta ya! ¡Déjenme!
Danilo la hace reaccionar y cierra el grifo.
Danilo: ¡Marissa! ¡Marissa! ¿Qué tienes?
Marissa vuelve en sí y se percata de que todo era producto de su imaginación. Danilo está frente a ella y luce preocupado.
Danilo: ¿Te sientes bien?
Marissa: (aturdida) Perdóname. Perdóname, Danilo. Yo…
Danilo: De la nada te quedaste como pasmada y después me empezaste a decir “basta”. ¿Acaso te incomodé? ¿Hice algo que no te gustó?
Marissa: No, no es eso. Es que… Creo que estoy un poco sugestionada, es todo. No te preocupes. No es por ti.
Danilo: ¿Segura? Estás medio pálida.
Marissa: Sí, tranquilo. Ha de ser porque no he desayunado y ya es tarde. Mejor salte y luego entras tú. ¿Te parece?
Danilo: (desanimado) Sale. Cualquier cosa, me llamas. Voy a estar afuera.
Marissa asiente con la cabeza. Danilo abre la mampara, alcanza una toalla y se cubre del torso hacia abajo para luego salir del baño. Marissa cierra la mampara sin dejar de sentirse aturdida por las alucinaciones que tuvo y abre el grifo nuevamente frotando su rostro con sus manos mientras deja que el agua caiga.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Eduardo acaba de decirle a Carolina que acepta casarse con ella, algo ante lo que la mujer no puede evitar ocultar su felicidad.


Carolina: ¿Es en serio? ¿Me lo estás diciendo de verdad, Eduardo? ¿Puedo contar con tu palabra?
Eduardo: Es tu problema creerlo o no. Ahora sal, por favor. Necesito vestirme e ir al hospital. María Helena me está esperando.
Carolina se le acerca emocionada.
Carolina: ¡Gracias, mi amor! (Solloza) Es la mejor noticia que he recibido. Es que me parece de no creer que tú y yo… (Intenta tocarlo)
Eduardo: (retrocede) Carolina, te pedí algo.
Carolina: ¿Vas a correrme así? Pronto voy a ser tu esposa. Voy a ser tu mujer.
Carolina lo mira de arriba a abajo sin nada de discreción y se le acerca nuevamente.
Carolina: ¿Por qué no dejas que borre de tu cuerpo las caricias sucias de esa prostituta barata con la que te acostaste?
Eduardo: (exasperado) Escúchame bien algo. No voy a acostarme contigo, no ahora. Después de casarnos, ya veremos, pero no me pidas más de lo que ya me has pedido.
Carolina: Yo sé que vas a aprender a amarme, Eduardo. Es cuestión de tiempo.
Eduardo: Lo dudo. Helena, Lisa y tú me han hecho ver lo despreciables que pueden llegar a ser algunas mujeres y ten por seguro que nunca podría amar a nadie de tal calaña.
Carolina: ¿Y si te doy un hijo? ¿Cambiarían las cosas? Porque por ti soy capaz de eso y mucho más.
Eduardo: Un hijo de los dos sólo nos haría peor la vida de mierda a la que tú nos van a condenar con este absurdo matrimonio forzado. Si tengo un hijo, no quiero que venga de ti y ahora lárgate.
Carolina: Eduardo…
Eduardo: (gritando) ¡Largo!
Carolina: (resignada) Como quieras. No voy a indisponerte más por hoy. Sólo ten presente que la conversación no ha terminado y necesitamos aún finiquitar ciertos detalles ahora que vamos a casarnos. ¿Qué te parece si cenamos juntos hoy, mañana, no sé?
Eduardo: ¿Te quieres lucir saliendo conmigo en lugares públicos?
Carolina: Por supuesto que no. Sólo quiero que nos relajemos un poco y tengamos una conversación civilizada. ¿Que acaso no se puede?
Eduardo guarda silencio.
Carolina: Por favor. No te estoy pidiendo nada del otro mundo.
Eduardo: Te aviso luego. Ahora déjame en paz y no me sigas haciendo perder el tiempo.
Carolina le sonríe y sale de la habitación cerrando la puerta tras sí. Eduardo, una vez a solas, empuña ambos manos y golpea la parte superior de una mesa sintiéndose sumamente frustrado.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique, acostado sobre el sofá de la sala, apenas está despertando perturbado por el sonido del timbre. Tiene un mal semblante, la camisa a medio abotonar y hay un par de botellas de alcohol en el piso.

Luis Enrique: (fastidiado) ¿Quién mierda puede ser? No estoy para recibir a nadie ahora.
El hombre se sienta lentamente y se frota el rostro con las manos.
Luis Enrique: (exasperado) ¡Argh! ¡Cómo un carajo! ¡Ya voy!
Luis Enrique se levanta despacio del sofá y se dirige a abrir la puerta de mala gana, pues el timbre no ha dejado de sonar.
Luis Enrique: ¿Quién viene a molestar desde tan temprano?
Él se sorprende al ver a una joven y atractiva mujer a la que escanea con los ojos de abajo hacia arriba. Es Lisa, la cual, además, usa lentes de sol.

Lisa: Pensé que nunca ibas a abrir la puerta. Llevo rato timbrando.
La joven lo empuja y se adentra en el departamento. Luis Enrique sólo la ve desconcertado sin entender nada. Lisa se quita las gafas y voltea a verlo.
Lisa: ¿Qué? ¿Olvidaste que teníamos una cita?
Luis Enrique: (dudoso) ¿Eres tú?
Lisa: Ay, pues qué pregunta, mi bigotón. ¿Quién más crees que iba a venir a verte a esta pocilga que apesta a alcohol? Pero bueno. Era el único lugar seguro y no nos podemos arriesgar a que nos vean juntos.
Lisa camina y mira el departamento a su alrededor. Luis Enrique aún le cuesta creerlo.
Lisa: Veo que estuviste tomando porque hasta aquí te siento el aliento a camionero borracho. Ten cuidado, eh. No vayas a terminar como mi papi al que yo volví un alcohólico por orden tuya para que no revelaras que me desnudaba por internet. ¿Sí te acuerdas?
Luis Enrique: Es imposible que sepas tanto (Cierra la puerta). Debiste conocer a Lisa antes, así que anda y dime quién eres en verdad porque no vas a jugar conmigo haciéndome creer que eres ella. No tiene sentido y no soy imbécil.
Lisa: Lo eres, ¿y sabes que es lo peor? Que yo creo que es de familia porque tu hijo, el peón ese, no se queda atrás. El pobrecito fue tan ingenuo que pensó que Helena de verdad iba a dejar a mi papá por un miserable como él. También te acuerdas, ¿no?
Luis Enrique sólo la ve con los ojos desorbitados.
Lisa: (habla con cierto resentimiento) Fue por eso que me chantajeaste y me pediste que lo dejara en paz ya que como había descubierto el amorío entre él y la zorra de mi mami, yo le ordené que la matara. De igual forma, Helena se murió y en manos de la que menos me esperaba, la mustia de Carolina de La Torre. ¡Tu hermana! ¡Qué ironías! (Sonríe)
Luis Enrique, de repente, la toma con una sola mano del cuello y comienza a ahorcarla.
Luis Enrique: ¡No te voy a permitir que te burles de mí y me enredes con tus palabras!
Lisa: ¡Suéltame, animal! (Habla con dificultad)
Luis Enrique: ¡Habla de una buena vez y dime quién eres!
Luis Enrique la suelta de mala gana lanzándola al sofá. Lisa, adolorida, se frota con una mano el cuello
Lisa: ¡Eres un ordinario! ¡Bestia! ¿Que acaso tu pobre coeficiente intelectual no te da una idea? (Se pone de pie) ¿Nunca has oído hablar de la cirugía plástica?
Luis Enrique: (incrédulo) No me vengas con fantasías. Lisa murió en un accidente, quemada por completo. La policía encontró su cuerpo y dieron el reporte. Eduardo incluso la enterró.
Lisa: Es cierto. Todos pensaron eso. Epifanio quiso que todos lo creyeran así.
Luis Enrique: ¿Epifanio?
Lisa: Sí, tu papito falso y antes de que me preguntas cómo lo sé, no me fue tan difícil averiguarlo mientras estuve encerrada en el depa que el viejo tenía en el DF.
Lisa saca de su bolso de mano unos papeles que tira al piso.
Lisa: Encontré fotos y hasta tu acta de nacimiento entre sus cosas…
FLASHBACK
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / DEPARTAMENTO DE EPIFANIO, DESPACHO / DÍA
Lisa, quien aún está completamente vendada debido a las graves quemaduras, se encuentra hurgando cajones y libros. Hay una lámpara sobre el escritorio que alumbra y se extraña al ver algunas fotos antiguas en color sepia de una familia: Epifanio, su difunta esposa y los dos hijos, Carolina y Luis Enrique de niños.
Lisa: (desconcertada) ¿Quién este chavo? Epifanio, que yo sepa, no tuvo más hijos.
Lisa continúa hurgando entre los innumerables papeles que ve y en eso logra encontrar uno que llama su atención.
Lisa: Estas son unas actas de nacimiento. La de acá es de Carolina y esta es de…
Lisa, sorprendida, se detiene al leer el nombre.
Lisa: ¿Qué pedo? ¿Luis Enrique de La Torre Escalante? Así se llama el socio de mi Eduardo, el que estaba casado con la zorra esa de Marissa Miranda y el mismo maldito que me chantajeó, solo que le falta el primer apellido (Desconcertada).
FIN DEL FLASHBACK
Luis Enrique está sin palabras y respira un poco agitado al ver descubierto uno de sus secretos. Lisa habla con cierto descaro.
Lisa: Como puedes ver, no fue tan difícil descubrir que eras parte de la familia de La Torre y que sólo te quitaste el apellido conservando el de tu mamá. ¿Por qué? Eso sí no lo sé, pero sí me imagino que algo grave debió pasar para que todos lo escondieran.
Luis Enrique se apresura a recoger las fotografías, que están fotocopiadas, y su acta de nacimiento para luego romperlas.
Luis Enrique: Pues no seré yo quien te diga mi pasado. No te conozco y aún no termina de convencerme tu cuento de que eres Lisa Román.
Lisa: Es tu problema. Epifanio lo que hizo fue hacerme pasar por muerta. El día del accidente él ya venía siguiéndome en su auto y le dio la orden a sus hombres de que me sacaran. El viejo sabía que yo era su hija y quiso salvarme. Él sabía que yo pensaba impedir la boda entre Marissa y Eduardo, e incluso quiso advertirla antes de ir a la notaría.
Luis Enrique: Recuerdo ese día. Marissa estaba retrasada y al rato llegó con Carolina y unos policías. Ahí fue donde la tomaste de rehén.
Lisa: Así es. Epifanio tenía miedo de que yo hiciera algo porque pensaba que yo había matado a Helena. Él me contó que la noche del asesinato, Helena lo llamó para decirle que yo estaba enterada de que los muy puercos eran amantes y que yo la iba a matar. No sé cómo lo supo, pero me late que fue tu hijo, el peón, el que la puso sobreaviso.
Luis Enrique: Entonces… ¿Todo este tiempo…?
Lisa: Sí, he estado recuperándome de decenas de cirugías que me hicieron; cirugías muy dolorosas con injertos de piel para que se me regenerara y aquí me tienes…
Lisa camina unos cuantos pasos modelando con vanidad ante Luis Enrique.
Lisa: Hecha una nueva mujer dispuesta a todo y a recuperar lo que es mío.
Luis Enrique: A Eduardo…
Lisa: (sonriendo) ¡Bingo! Y esta vez no pienso fallar, menos ahora que regresé con otro rostro y nadie sospecha quién soy.
Luis Enrique: Sigo sin entender qué planeas hacer y para qué me contactaste. Bien podría haber hecho todo tú sola. ¿De qué te sirvo yo?
Lisa: (acercándose a él) Tienes razón. No me sirves de mucho más que para tener alejada a Marissa Miranda y a tu hermana de mi papi. ¿Me entiendes? Ya sé bien que la mustia esa planea casarse con él y hasta pagó la hipoteca de la hacienda para obligarlo.
Luis Enrique: De Marissa me encargo yo y ya logré mantenerla lejos de Eduardo mucho antes de que tú me lo pidieras.
Lisa: ¡Muy bien! Pues ahora encárgate de la otra por las buenas porque por las malas, se me podría escapar una llamadita anónima a la policía para contarles quién mató a Helena. Vi el video de las cámaras de seguridad y no hay dudas. Epifanio mismo me lo mostró.
Luis Enrique: ¿Cómo consiguió Epifanio esa grabación?
Lisa: Nunca se lo pregunté. No tuve oportunidad. El mismo día que hablamos, murió y no sé por qué me da la leve impresión de que Carolina y tú tuvieron mucho que ver en ello.
Luis Enrique: No tienes cómo probar nada.
Lisa: Tal vez no, pero ya te lo dije anoche por teléfono…
Lisa pasa con delicadeza su dedo índice por la nariz de Luis Enrique. Él sólo la ve con seriedad.
Lisa: Con solo meterle un poco de intriga a la policía, podrían comenzar a investigar y descubrir cómo una cosa lleva a la otra, empezando por el asesinato de Helena.
Luis Enrique aparta la mano de la joven y se la retiene con brusquedad.
Luis Enrique: ¿Es para lo único que querías verme? ¿Para chantajearme y amenazarme?
Lisa: (soltándose) Era mi turno. Tú me chantajeaste una vez siendo Lisa, pero hoy es Martina Villarreal la que te tiene en sus manos.
Luis Enrique: ¿Y no temes que te mate ahora mismo o revele a todos quién eres?
Lisa: Si yo caigo, tú caes y cae tu hermana, y no creo que seas tan imbécil. ¿O sí? Además si intentas ponerme un dedo encima, María Helena te denunciará.
Luis Enrique: Entonces están en esto juntas. Fuiste tú quien la envió a aparecerse en la hacienda.
Lisa: Pues no. No sé cómo se habrá dado cuenta de su origen y al cabo que ni me importa. Ella descubrió que Manuel y yo teníamos contacto, me buscó y de ahí nos conocimos. Digamos que nos llevamos bien como hermanas que somos y me ayudó a infiltrarme en la hacienda tal y como Manuel me hubiera ayudado si no lo hubieran matado por imbécil.
Luis Enrique: ¿Quién lo hizo? ¿Fuiste tú?
Lisa: No, no fui yo y tampoco pienso decírtelo. Lo que sí te puedo decir es que te tengo una propuesta.
Luis Enrique: (incrédulo) ¿Una propuesta?
Luis Enrique se aleja y va al minibar para servirse un trago.
Luis Enrique: ¿Todavía me chantajeas y me tienes una propuesta?
Lisa: Así es, para que veas que todavía soy generosa con ratas como tú. Es la misma propuesta que le hice a Manuel en su momento y por la cual aceptó ayudarme a infiltrarme en la hacienda antes de que lo mataran.
Luis Enrique: ¿Te vas a acostar conmigo tal y cómo te acostabas con él? (Burlándose)
Luis Enrique se toma de un solo sorbo el licor.
Lisa: No creo tener el estómago de hacerlo contigo. Eres muy poco hombre para mí, así que ni lo sueñes.
Luis Enrique la toma a la fuerza de la cintura y la aprieta contra su cuerpo.
Luis Enrique: Entonces deja de darme vueltas porque si me sigues provocando y subestimando, voy a terminar demostrándote lo hombre que puedo llegar a ser.
Lisa: Fíjate que no, gracias (Lo empuja). Eso se lo dejo a Marissa y a la chacha con la que te revolcabas. Con que aceptes lo que te tengo me basta y me sobra, ¿va?
Luis Enrique: ¿Qué es? Habla de una buena vez.
Lisa: Tú siempre has querido robar el patrimonio de mi familia, ¿no? Por eso me obligaste a hundir a Eduardo en el alcohol luego de la muerte de Helena y no contento, me ordenaste acabar con mi abuela. Querías verlo débil para manipularlo.
Luis Enrique: (pensativo) Era la oportunidad de que me nombrara su apoderado mientras estaba vulnerable, pero se conoció con Marissa, salieron con que se iban a casar, ella lo puso en mi contra y el idiota se recuperó al punto de que ya ni confía en mí.
Lisa: No trates así a mi papi en mi presencia. El único idiota aquí eres tú que no supo cuidar a su mujercita. Si la zorra esa se interpuso, fue porque tú se lo permitiste.
Luis Enrique: ¿Qué más da? El patrimonio de tu familia ya no vale la pena. Ahora tengo otros planes.
Lisa: Sí, lo sé. Quieres recuperar a Marissa, pero tú y yo sabemos que el patrimonio de ella no se iguala al de mi familia y aunque no lo creas, todavía tienes una chance para obtenerlo como siempre quisiste.
Luis Enrique: ¿Ah, sí? ¿Cómo? (Incrédulo) ¿Vas a obligar a Eduardo a que me herede todo sólo porque sí?
Lisa: Eduardo hace mucho pasa por una crisis financiera, no sé mucho de eso, pero el punto es que planeo ser su mujer y ofrecerle mi ayuda uniendo mi patrimonio al suyo.
Luis Enrique: (confundido) No estoy entendiendo. ¿Tu patrimonio?
Lisa: (sonriendo) Así es, mi bigotón. Martina Villareal es la viuda de un aclamado cirujano plástico, el doctor Enzo Quiroga. Búscalo en internet.
Luis Enrique la ve con suspicacia y saca su celular del bolsillo de su pantalón para corroborar tal información.
Lisa: Tengo el dinero suficiente para salvar a Eduardo de la bancarrota, algo así como lo que él pensaba hacer al casarse con Marissa.
Luis Enrique se queda anonadado al ver varios artículos y noticias en la web hablando sobre Enzo.
Luis Enrique: No lo puedo creer. ¿Cómo lo lograste?
Lisa: Una tiene sus trucos. ¿Ya entiendes por qué no me conviene que ni Marissa ni Carolina estén cerca de mi papi? Necesito que me colabores y solo así, te daré el patrimonio de los Román una vez lo tenga en mis manos.
Luis Enrique no puede evitar mostrar interés por tal propuesta. Lisa lo ve expectante de una respuesta.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA, OFICINA / DÍA
Ernesto se encuentra sentado frente a su computador. Hay una placa sobre el escritorio que dice su nombre y cargo: “Detective Ernesto Martínez”. El hombre observa cuidadosamente una grabación de una cámara de seguridad del pasillo del hospital donde justo estaba interna Lisa. En dicha grabación, puede verse el momento exacto en que ella, con bata, descalza y los vendajes que cubren su cara, escapa del hospital luego de haber asesinado a Enzo días atrás.

Ernesto: (intrigado) ¿Quién es esta mujer? ¿Por qué no hay registro de ella como paciente en el hospital? Es como si la hubieran estado escondiendo…
En un momento dado de la grabación, Lisa voltea a ver a sus alrededores para no ser vista y Ernesto se apresura a pausar el video justo en la parte en que se ve la cara de la joven.
Ernesto: (frustrado) Si tan solo no tuviera esas malditas vendas que le tapan la cara…
De repente, un policía toca la puerta.
Ernesto: Adelante.
El policía: (entrando) Buen día, detective Martínez.
Ernesto: (serio) ¿Ya tienes lo que te pedí?
El policía: Tan sólo una parte.
Ernesto: (molesto) ¿Cómo que una parte? ¿Qué quieres decir?
El policía: (apenado) Ya interceptamos las cámaras de seguridad de todo el perímetro del hospital y en algunas de las grabaciones se puede ver a la sospechosa.
Ernesto: A ver. Dame lo que trajiste.
El policía pone una memoria USB sobre el escritorio y Ernesto la conecta al computador para luego abrir una serie de grabaciones de varias calles cerca al hospital.
El policía: Como usted puede ver ahí, la sospechosa caminó un par de kilómetros después de huir del hospital y de haberse robado la ropa de una enfermera hasta que tomó un taxi.
En efecto, en una de las grabaciones, Lisa extiende la mano para detener un taxi y se sube con prontitud.
Ernesto: Sí, eso estoy viendo, pero la zorra no se quitó en ningún momento las vendas de la cara.
Ernesto hace zoom a la grabación desde el ángulo de otra cámara y logra ver, de forma borrosa, el número de la placa del taxi, la cual se apresura a escribir en un papel.
Ernesto: Ten (Le da el papel). Investiga quién es el dueño del vehículo y tráeme cuanto antes sus datos, nombre, ubicación, todo. Quiero ir a interrogarlo yo mismo para que me diga donde dejó a la asesina.
El policía: Sí, señor.
Ernesto: En cuanto a la alerta de “se busca” que montamos en los medios, ¿no ha llamado nadie?
El policía: No, todavía no y es raro porque la recompensa no está mal.
Ernesto: (pensativo) No te creas. Me da por pensar que esa mujer es más astuta de lo que parece y de seguro se quitó las vendas en una zona donde sabía que no sería grabada.
El policía: ¿Qué hacemos entonces, señor? Hay muchas cámaras en toda la ciudad y revisarlas todas llevaría mucho tiempo. Son horas y horas de material.
Ernesto: Sí, ya sé. Este caso se hace más difícil porque cualquier mujer ahí afuera podría ser la que buscamos y la ventaja que tiene es que no le podemos ver la cara. Bien podría huir del país.
Ernesto se queda pensativo durante un momento.
Ernesto: ¿Sabes qué? Hazme una lista de las zonas donde no haya cobertura de videovigilancia y me la traes también. Hay que interrogar a la gente a la antigua, de voz a voz y preguntarles si vieron a una mujer con la cara vendada en la calle.
El policía: Como ordene y aquí está la prueba de ADN que me había pedido.
El policía le entrega un sobre al detective, quien lo agarra y saca un documento que se apresura a leer.
Ernesto: Me lo imaginé. El tenedor está limpio. No tiene rastros de saliva ni huellas tampoco.
Ernesto arruga el papel de mala gana y lo tira al piso.
Ernesto: Y era de esperarse. Según lo que dijeron algunas de las enfermeras que iban a la habitación, era una mujer calcinada que entró por cirugía plástica. Tenía las huellas dactilares destrozadas. En fin, tráeme lo que te pedí. Lo quiero todo para hoy. ¿Entendido?
El policía: Sí, señor. Me pondré en esas con los demás.
Ernesto: ¡Espera! ¡Algo más! ¿Qué hay de la viuda? ¿Tampoco ha llamado a preguntar cómo va el caso?
El policía: Hasta ahora no. ¿Quiere que la contactemos?
Ernesto: No, deja así. Retírate.
El policía: Con permiso.
El policía se retira de la oficina. Ernesto sigue mirando al vacío y tiene un recuerdo de hace unos días.
FLASHBACK
EXT. / CEMENTERIO / DÍA
Enzo acaba de ser enterrado. Varios asistentes al funeral y conocidos del célebre cirujano le han dejado arreglos florales. Muchos se retiran y le dan el pésame a Martina, que no es otra que Lisa, usando lentes de sol, guantes y ropa negra para la ocasión.

Lisa: Gracias por venir (Les da la mano a unos hombres). Les agradezco, gracias.
Ernesto que venía observándola de lejos se le acerca.

Ernesto: Lamento mucho su pérdida, señora de Quiroga.
Lisa se voltea. Ernesto le muestra su placa de detective.
Ernesto: Mucho gusto. Soy el detective Ernesto Martínez, el encargado del caso de su esposo, que en paz descanse.
Ernesto le extiende la mano y ella, con suspicacia, le corresponde el gesto.
Ernesto: Mi más sentido pésame.
Lisa: Gracias. Supongo que vino para contarme cómo va la investigación. ¿Ya saben quién mató a mi esposo?
Ernesto: Me gustaría decirle que sí, pero por desgracia, nos va a llevar algo de tiempo.
Lisa dibuja una sonrisa de sarcasmo en su rostro.
Lisa: No me extraña con lo rápida y efectiva que es la policía de este país.
Ernesto: Pero si todos cooperan, incluida usted, tenga por seguro que el proceso se nos va a facilitar.
Lisa: ¿Y en qué se supone que les puedo yo ayudar?
Ernesto: Respondiendo a mis preguntas, por ejemplo. La mujer que cometió el asesinato, según las enfermeras, llevaba varias semanas internada en el hospital en estado de recuperación después de múltiples cirugías plásticas. Llegó con más del cincuenta por ciento de su cuerpo calcinado.
Lisa: Mi esposo era cirujano plástico. Era su trabajo.
Ernesto: Lo sé y es ahí a dónde quiero llegar, señora. Quiero saber si algún momento él le comentó algo sobre esa paciente, su nombre, origen, no sé. Cualquier cosa que me quiera compartir y nos ayude en la investigación.
Lisa: Lamento informarle que no, detective. Enzo nunca me hablaba de su trabajo ni mucho menos de sus pacientes.
Ernesto: ¿Está segura? ¿No le dice algo el nombre de “Lisa”?
Lisa se siente un poco nerviosa al escuchar su propio nombre.
Ernesto: Le pregunto porque tal parece que así se llama la presunta asesina. Una de las enfermeras del hospital me comentó que una vez que la paciente despertó de una cirugía, su esposo la llamó así, pero lo interesante fue que él le ordenó a la enfermera que saliera justo cuando la asesina la mencionó a usted.
Lisa: (nerviosa) ¿A mí?
Ernesto: Así es. Lisa, o como sea que se llame, dijo que usted estaba muerta justo después de que le advertía al doctor Enzo que más le valía decirle la verdad con respecto a su recuperación. Al parecer ella estaba ansiosa por salir del hospital según me contó la enfermera.
Lisa guarda silencio y se incomoda mirando hacia atrás cómo otros asistentes al funeral se van.
Ernesto: Y me causa curiosidad que la asesina dijera eso porque escuché que usted estaba de viaje o eso fue lo que su esposo les dijo a varios conocidos suyos para justificar su ausencia.
Lisa: Veo que ya interrogó a otras personas.
Ernesto: Es mi trabajo para hacer que la justicia sea tan rápida y eficiente como usted decía. Nada más me falta hablar con usted, pero no pude localizarla.
Lisa: No quisiera tener que decir esto justo en el entierro de mi esposo, pero ya que usted me está interrogando y quiero aclarar la situación, no veo de otra. Enzo me maltrataba, detective.
Ernesto: ¿La maltrataba? (Enarca una ceja)
Lisa: Sí, él… (Hace una pausa) Él me pegaba y en varias ocasiones abusó de mí.
Ernesto: ¿Lo denunció alguna vez?
Lisa: No, no podía. Era muy violento y me daba muchísimo miedo (Quiebra un poco la voz). Por eso no vi de otra que fingir mi muerte después de una de sus tantas golpizas.
Ernesto la mira con suspicacia. Lisa finge dolor ante lo que relata.
Lisa: Él pensó que me había matado y cuando fue a buscar las llaves del coche, yo aproveché a escapar y corrí tan rápido como pude de allí.
Ernesto: ¿Dónde estuvo todo este tiempo?
Lisa: Me escondí, obviamente. Enzo sabía que estaba viva y por eso le dijo a todo el mundo que yo estaba de viaje, pero la verdad es esa.
Ernesto: ¿Puedo saber específicamente donde?
Lisa: ¿Qué gana con saber eso?
Ernesto: Son solo preguntas de rutina que pienso corroborar después si usted no tiene problema.
Lisa: No es que tenga problema. Simplemente no quiero que esto trascienda a los medios y se enteren de lo que me pasó.
Ernesto: Sé cómo hago mi trabajo y hasta ahora la información relevante no se ha filtrado, así que ¿puede decirme dónde se escondió?
Lisa: Bueno, es que… (Hace una pausa titubeando) Fue en casa de una amiga, pero no quiero involucrarla.
Ernesto: Es necesario si queremos darle claridad al caso. ¿Cómo se llama su amiga? (Saca una libreta y empieza a escribir)
Lisa: María Helena Quintana, pero si piensa interrogarla, déjeme decirle que ella no está en la ciudad.
Ernesto: ¿Dónde se encuentra?
Lisa: Está viviendo en Villa Encantada. De hecho hasta pienso ir a visitarla hoy mismo para quedarme unos días con ella.
Ernesto: En ese caso, si necesito algo más de su parte, ¿puedo contactarla o ir hasta allá?
Lisa: ¿Por qué no? Todo con tal de aclarar el caso como usted dice. No quiero que vayan a pensar que yo tuve algo que ver con la muerte de Enzo.
Ernesto: No he mencionado eso en ningún momento.
Lisa: Pero no soy estúpida
Lisa se quita los lentes de sol y lo mira de mala forma. Ernesto le sostiene la mirada y no se deja intimidar.
Lisa: La forma en que me habla me deja entrever que sospecha de mí por el tiempo que estuve ausente, pero ya le expliqué y con su permiso, tengo un viaje que hacer.
Ernesto: Tenga buen día.
Lisa no le corresponde la despedida, se pone sus lentes nuevamente y se va.
FIN DEL FLASHBACK
Ernesto ha dejado de recordar.
Ernesto: Hay algo en esa viuda que no me cuadra. Me oculta más, lo sé.
Ernesto sigue pensativo y sintiéndose intrigado por el caso
VILLA ENCANTADA

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / DÍA
Eduardo, por su parte, se encuentra sentado y pensando en lo ocurrido en la mañana en su habitación.
FLASHBACK
Lisa: Es muy difícil para mí no decirle lo que verlo así me hace sentir por dentro. Se me pasan una mil y cosas por la cabeza.
Eduardo: ¿Qué estás diciendo? ¿Qué pretendes?
Lisa: No hace falta que me lo repita. Lo escuché muy bien, pero es muy difícil para mí no decirle lo que verlo así me hace sentir por dentro. Se me pasan una mil y cosas por la cabeza.
Eduardo: ¿Qué estás diciendo? ¿Qué pretendes?
Lisa: Los dos somos adultos, don Eduardo. No creo que tenga que ser tan explícita, ¿o sí?
Lisa se ha acercado de una manera tal que incluso toma la toalla con que él se cubre y la tira al piso. Eduardo se siente paralizado por alguna razón y no sabe cómo reaccionar. La joven le habla muy cerca a los labios.
Lisa: Hace tanto que un hombre no me toca…
Lisa, incluso, se toma el atrevimiento de tomarlo de la entrepierna. Eduardo se estremece.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo deja de recordar al ser irrumpido por María Helena, quien viene saliendo del baño.


María Helena: Ya estoy lista, don Eduardo. Creo que ya nos podemos ir.
Eduardo: (poniéndose de pie) Perfecto. Yo ya pagué la cuenta del hospital y los exámenes que menos mal salieron todos bien. Igual ya escuchaste el doctor. Debes guardar reposo.
María Helena: Ahí sí me va a tener que perdonar, pero usted sabe que debo viajar unos días a la capital para estar pendiente de mi mamá. La he tenido muy abandonada.
Eduardo: Puedes ir, sólo ten cuidado por ahí. Y a propósito de eso, ¿cómo le fue en la operación? ¿Lograste llamar?
María Helena: (asentando) Sí, anoche. Gracias a Dios todo salió excelente y sin complicaciones. Ahorita la deben tener en una habitación de reposo recuperándose.
Eduardo: Me alegra por ti. Una buena noticia al menos.
María Helena: Sí y fue gracias a usted que pagó la cirugía. Sin eso, no me quiero ni imaginar qué habría sido de mi mamita chula que harto se ha partido el lomo para sacarme adelante.
Eduardo: Lo sé. No me imagino por todas las precariedades que pasó Martha. Por eso no dudes en traerla contigo a la hacienda. Habíamos quedado en eso, ¿no?
María Helena: Sí, claro está que solo lo haré si mi mamá se deja convencer. Todavía estoy pensando cómo le voy a decir que ya sé todo sobre mis orígenes.
Eduardo: Sé que vas a encontrar la manera. Eres una muchacha muy inteligente.
María Helena: (sonriéndole) Gracias, papá.
Eduardo se sorprende al escucharla.
Eduardo: ¿Papá? (Confundido)
María Helena: Eso eres, ¿no? Mi papá. Creo que ya está bueno de andarte tratando de “don” y hablarte de “usted” todo el tiempo.
Eduardo: (conmovido) No sé qué decir. Hace mucho que no escuchaba esa palabra.
Eduardo hace una pausa, pues se le ha formado un nudo en la garganta. María Helena también lo ve conmovida.
Eduardo: Me hace dar mucha nostalgia. Es como sentir que recuperé a mi niña, a mi hija, antes de que se volviera el monstruo en que se volvió (Sollozo).
María Helena: Pues si la vida nos puso en el mismo camino, seguro ha de ser para compensarte por haber sido el mejor padre del mundo, aunque haya sido con una loca, pero aquí estoy yo y sí soy tu hija.
Eduardo derrama una lágrima discreta y esboza una sonrisa. Helena se acerca a él y ambos se abrazan fuertemente.
Eduardo: Gracias. Gracias por devolverme un pedacito de lo que creía perdido.
Eduardo no puede evitar seguir derramando lágrimas a espaldas de la muchacha, le da un beso fraternal en la frente y la presiona contra su pecho. María Helena también se aferra a él y solloza un poco.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique se dirige a abrir la puerta, pues alguien toca el timbre. El hombre acaba de ducharse, usa bata y aún tiene el cabello húmedo.

Luis Enrique: ¡Voy!
Carolina no tarda en entrar justo después de que él abre.

Carolina: ¿Te interrumpí? Veo que estabas tomando un baño.
Luis Enrique: (serio) Había terminado de hacerlo. ¿Qué estás haciendo aquí? No me dijiste que vendrías (Cierra la puerta).
Carolina: No pienso tardarme demasiado. Sabes bien que, aunque tu departamento es privado, no es conveniente que me vean viniendo con tanta frecuencia. ¿Cómo van las cosas con Marissa?
Luis Enrique: (fastidiado) Mal, ni me lo recuerdes.
Luis Enrique se aparta y se seca el cabello con una toalla dándole la espalda a su hermana.
Carolina: ¿Mal por qué?
Luis Enrique: No sé si lo sabes, pero Danilo ha estado enamorado de ella. Él fue el que la rescató del accidente y la protegió mientras recuperaba la memoria.
Carolina: Sí, sí lo sé. Ella misma me lo contó una vez. ¿Por qué? No me digas que ahora sí le está correspondiendo.
Luis Enrique deja de secarse el cabello y recuerda furioso la noche anterior en que vio a Marissa y a Danilo besándose a las afueras del hotel.
Luis Enrique: Sí y probablemente hasta hayan pasado la noche juntos.
Carolina: Era de esperarse. ¿Por qué te extraña? Danilo ha sido insistente y pues ahora que Marissa está sola, piensa olvidarse de ti y de Eduardo con él.
Luis Enrique: (dándose la vuelta) ¡Eso si yo lo permito! Marissa es mi mujer y no voy a dejar que otro me la arrebate así se trate de mi propio hijo.
Carolina: ¿De verdad sientes algo por ella o sólo la quieres recuperar por interés?
Luis Enrique: (pensativo) Yo ya la quería recuperar mucho antes de que tú me propusieras compartirle la herencia que le dejó Epifanio.
Carolina: Una herencia muy cuantiosa, por cierto. Si la desposas, eso automáticamente también te da derecho.
Luis Enrique: Ya sé, pero ahora me estoy dando cuenta que el dinero no es lo único que quiero de ella. Marissa siempre fue mi esposa y me pertenece.
Carolina: Entiendo. Solo la estás viendo como un objeto de tu propiedad que por ego te niegas a perder.
Luis Enrique: Tú no te quedas atrás. Estás en una situación muy similar con Eduardo.
Carolina: Esto no se trata de mí, Luis Enrique. Si vine, fue para ayudarte porque mi instinto me decía que ya Marissa se te estaba saliendo de las manos y lo confirmo con lo que me dices. De hecho ayer la vi bien acompañada de Danilo. Según, iban para la boda de Pablo.
Luis Enrique: ¿Y cómo me puedes tú ayudar con Marissa cuando no has logrado casarte con Eduardo?
Carolina: Te equivocas. Eduardo ya me dio el sí.
Luis Enrique desencaja un poco el rostro al oírla, pues tiene presente la amenaza de Lisa.
Carolina: ¿Qué pasa? ¿No te alegra?
Luis Enrique: No es eso. Sólo que a veces creo que ese tipejo no te conviene. Marissa estuvo casada conmigo y es mi mujer, pero a ti nada te ata a Eduardo.
Carolina: Qué considerado que pienses en mí como hermano mayor, pero no me hace falta. Recuerda que llevo dieciocho años esperándolo. ¿Te parece poco?
Luis Enrique: Pero hay alguien que te quiere destruir. Me dijiste que te enviaron al hotel los resultados de la prueba de ADN que hiciste en secreto para desmentir la paternidad de Eduardo. ¿Qué tal si es alguien que sabe más cosas de ti o de los dos, incluso?
Carolina: (mirándolo con suspicacia) Lo he pensado y tienes razón. Sé que hay alguien que quiere hacerme daño, pero pienso casarme con Eduardo en cuanto antes para luego irnos del país.
Luis Enrique: ¿Crees que dejará la hacienda?
Carolina: Lo convenceré. Prácticamente la hacienda es mía. Yo pagué la hipoteca y él lo sabe, sin embargo necesito que tú te cases de nuevo con Marissa para que Eduardo se termine de olvidar de ella por completo.
Luis Enrique: Tengo que pensar cómo. Con Danilo de por medio se me hace muy difícil.
Carolina: (sonriendo con malicia) En la guerra y en el amor todo se vale, Luis Enrique. Tu hijo no puede pasar por encima de ti.
Luis Enrique: (exasperado) ¿Y qué sugieres que haga?
Carolina: Fácil. Quítalo del camino.
Luis Enrique: ¡No voy a matar a mi hijo! ¿Te has vuelto loca? No soy un asesino a sueldo. ¿Por quién me tomas?
Carolina: Yo no digo que llegues hasta ese extremo, pero tengo un plan que te puede funcionar. Tú solo escucha y haz lo que te digo para que todo nos salga bien.
Luis Enrique mira intrigado a Carolina. Ella, por su parte, no deja de sonreír con malicia.
INT. / HOTEL, TERRAZA / DÍA
Pablo acaba de almorzar en compañía de Milena en la terraza del hotel donde se están hospedando y que tiene una bonita vista a todo el pueblo. Ella, sin embargo, se ve pensativa y no ha terminado de comer.


Pablo: (sonriendo) Está deli el almuerzo, ¿no crees? Y mira nomás la vista que tenemos. La verdad es que dimos en el clavo viniendo a este hotel.
Milena: (cortante) Sí, está padre.
Pablo se da cuenta de la actitud de ella.
Pablo: ¿Qué te pasa, amor? Has estado muy callada y nada más me respondes lo necesario. Ni siquiera pareciera que tuvieras hambre. Mira que tienes el almuerzo a la mitad (Se limpia los labios con una servilleta).
Milena: No es nada. Tranquilo. Es que no pasé buena noche y estoy así como medio cansada.
Pablo: ¿De veras? ¿Por qué?
Milena: No sé. A lo mejor fue la cama. Quizá me estaba malacostumbrando a la del hospital que era más cómoda.
Pablo: (riendo) ¡Sí eres! Pero no te preocupes. Me voy a encargar de que compremos la mejor cama para cuando nos mudemos a nuestro depa y para que así estés bien cómoda.
Milena: (esbozando una sonrisa) Tú siempre tan lindo y considerado.
Pablo: Es lo mínimo. Debo tenerle atenciones a mi esposa para que esté bien feliz, ¿o no?
Milena: No quiero que tampoco me consientas tanto. Mira que me malacostumbro rápido.
Pablo: ¿Qué importa? Yo nada más quiero tu felicidad, Mile. Nada más me espero que tú también me consientas de vez en cuando (Milena no dice nada y solo sonríe). Bueno, espérame aquí. Voy a ir a pagar la cuenta y ya regreso, ¿va?
Milena asiente con la cabeza en una actitud aún algo cortante. Pablo se dirige a la caja para pagar, pero al hacerlo, choca accidentalmente con una mujer que cargaba una bebida y la derrama toda sobre su camisa.
Pablo: (algo molesto) ¡Oiga! ¿Pero por qué no…?
Pablo voltea a ver a la desconocida encontrándose en primer plano con el seductor y aparentemente angelical rostro de Lisa.

Lisa: (fingiendo pena) ¡Ay, no qué vergüenza! ¡Lo lamento muchísimo! No me fijé por dónde iba. ¡Qué pena!
Pablo se queda viéndola y no puede evitar sentirse impresionado por ella.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Eduardo y María Helena acaban de llegar. Los dos se paran a hablar cerca de las escalas.


Eduardo: ¿Vas a hacer maletas entonces?
María Helena: Sí, me voy a poner en esas. De igual tampoco es mucho lo que voy a llevar. Es solo una semana mientras le dan de alta a mi mamá.
Eduardo: Es una semana, pero te voy a echar mucho de menos.
María Helena: (sonriéndole) Y yo a ti, papá, pero voy a estar llamándote y escribiéndote, así que no te preocupes.
Eduardo: Más te vale, jovencita. Quiero que te cuides mucho por ahí y cualquier cosa que necesites de urgencia, me dices de inmediato. ¿Entendido?
María Helena: (riendo) ¡Órale! ¡Qué padre más estricto! (Eduardo ríe) Pero sí, entendido. Me voy al cuarto y más tarde nos vemos.
Eduardo: Sale.
María Helena le da un beso en la mejilla y sube las escaleras. Una empleada se acerca al hombre y trae un sobre en las manos.
Empleada: Disculpe, señor. Le llegó esto esta mañana después de que usted se fue.
Eduardo: ¿De parte de quién? (Toma el sobre)
Empleada: Vino el cartero y ahí dice que es de parte de la señorita Carolina de La Torre.
Eduardo: (extrañado) Ella ya vino esta mañana. ¿Por qué habría de mandar correspondencia si ya habló conmigo? (Se queda pensativo) Está bien, gracias.
Empleada: Con gusto. Con permiso.
La empleada se retira. Eduardo solo mira extrañado el sobre.
Eduardo: ¿Qué es esto? ¿Qué se trae ahora entre manos?
Eduardo rasga el sobre y saca lo que hay en el interior del mismo. Es un documento el cual él comienza a leer.
Eduardo: (confundido) Son los resultados de un laboratorio.
El hombre continúa leyendo y a medida que lo hace, se impacta en gran manera y frunce el ceño sin dar crédito.
Eduardo: (en un hilo de voz) Li… Lisa era mi hija… Lisa era mi hija biológica.
Eduardo respira agitado y arruga el papel al tiempo que tensa la mandíbula ante los múltiples sentimientos encontrados que tiene.
CONTINUARÁ…


Danilo: ¿Cómo amanece la mujer de mi vida, ah? Veo que ya despertaste.
Marissa: (sonriéndole) Sí, dormí demasiado. Ni recuerdo cuándo fue la última vez que logré descansar más de ocho horas seguidas. Es casi medio día.
Danilo pone la bandeja en la cama y se sienta al lado de la mujer sin dejar de sonreírle feliz.
Danilo: Pues me da gusto que hayas descansado (Le acaricia el rostro). Te lo mereces y además te hace falta. Mira que por allá cuando estaba en la escuela, según me enseñaron, dormir reharto embellece y no quiero que vayas a dejar de ser así de hermosa.
Marissa: (riendo) ¡Ay, Danilo! ¿Qué voy a hacer contigo diciéndome solo cumplidos?
Danilo: Créertelos, ¿no? Y en cuanto a mí, amarme mucho.
Danilo la besa y ella le corresponde durante algunos segundos para luego apartarse.
Danilo: ¿Qué pasó?
Marissa: Tengo miedo de que este no vaya a funcionar. Ni siquiera sé qué va a pasar ahora con nosotros.
Danilo: Va a pasar lo que tú quieras. No te voy a pedir que tengamos una relación de novios o que nos casemos ya mismo, aunque quisiera, eh.
Marissa: (riendo) Loco…
Danilo: Eso no te lo quito. Estoy loquito pero de amor por ti y desde hace mucho. Podrá sonarte cursi, pero pasé la noche más bonita y más especial de mi vida a tu lado, Marissa.
Marissa: Yo también me sentí muy bien contigo.
Danilo: (sonriendo pícaro) ¿De verdad? ¿Qué sentiste?
Marissa: ¿Por qué me preguntas eso? (Ríe un poco nerviosa)
Danilo: ¿Pues por qué más? Porque quiero saber.
Danilo se le acerca y la besa acariciándole el rostro.
Marissa: No sé. Siéndote sincera, me he entregado a pocos hombres en mi vida. Nunca me he sentido del todo amada o deseada y por eso fui algo tonta, lo admito…
Danilo: Claro que no. ¿Pos qué dices? Quizás tímida, pero tonta jamás…
Marissa: Tú eres un caballero y sé que no me lo vas a decir tan directamente, pero a lo que voy es que a pesar de eso, fuiste muy lindo conmigo y eso te lo agradezco.. Fue muy especial sentir tus besos, tu piel…
Danilo: ¿Y qué más? (Le habla muy cerca)
Marissa se ruboriza.
Marissa: No me hagas continuar.
Danilo: Yo sí quisiera que continuaras, pero no con palabras, sino repitiendo lo de anoche. Nada más que así se te va a enfriar el desayuno.
Los dos ríen y él le da de comer una uva en la boca.
Marissa: (masticando) Tienes razón y debo ducharme primero. Hay mil cosas pendientes por hacer y no hay tiempo, así que espérame y ya salgo.
Marissa se levanta de la cama cubriéndose con la sábana para luego entrar al baño. Danilo se queda pensativo y al escuchar el sonido de la ducha de fondo, sonríe pícaro, se dirige al baño y comienza a espiar a Marissa. Él, sin dudarlo, empieza a desvestirse y la sorprende al abrir la mampara de cristal.
Marissa: (volteandose) ¡Danilo! ¿Qué haces?
Danilo: Que te deseo demasiado y sólo quiero amarte (Cierra la mampara).
Marissa: Espera, es que…
Danilo la arrincona contra la pared y ambos se besan mientras el agua cae sobre ellos. Marissa no parece convencida y, en un momento dado, al abrir los ojos, ve por un instante a Luis Enrique.

Luis Enrique: No eres más que una mojigata, Marissa. No habrá hombre que te aguante como yo. No vales nada como mujer. ¡Tú fuiste la que me alejó! ¡Tú me empujaste a engañarte!
Marissa se exalta y aquella alucinación se borra. Danilo la rodea con sus brazos mientras besa su cuello y hombros, pero ella luce sumamente incómoda.
Danilo: ¿Qué pasa?
Marissa alza los ojos y de nuevo alucina, pero ahora ve a Eduardo.

Eduardo: Nunca te amé de verdad. Eras mi mina de oro, pero si te hubieras esforzado lo suficiente y te hubieras quedado a mi lado, hasta hubiera llegado a quererte, pero no. Me alejaste como alejaste a Luis Enrique y como alejas a todos los hombres que se te acercan.
Marissa: (negando con la cabeza) ¡No, no es cierto! ¡No es mi culpa!
Eduardo: ¿Ahora crees que uno más joven que tú va a ser la excepción? No seas tan ilusa.
Marissa: ¡Basta! ¡No más!
Tanto la voz de Eduardo como la de Luis Enrique se entremezclan en un eco ensordecedor.
Eduardo y Luis Enrique: ¡Ilusa! ¡Ilusa!
Marissa: ¡Basta ya! ¡Déjenme!
Danilo la hace reaccionar y cierra el grifo.
Danilo: ¡Marissa! ¡Marissa! ¿Qué tienes?
Marissa vuelve en sí y se percata de que todo era producto de su imaginación. Danilo está frente a ella y luce preocupado.
Danilo: ¿Te sientes bien?
Marissa: (aturdida) Perdóname. Perdóname, Danilo. Yo…
Danilo: De la nada te quedaste como pasmada y después me empezaste a decir “basta”. ¿Acaso te incomodé? ¿Hice algo que no te gustó?
Marissa: No, no es eso. Es que… Creo que estoy un poco sugestionada, es todo. No te preocupes. No es por ti.
Danilo: ¿Segura? Estás medio pálida.
Marissa: Sí, tranquilo. Ha de ser porque no he desayunado y ya es tarde. Mejor salte y luego entras tú. ¿Te parece?
Danilo: (desanimado) Sale. Cualquier cosa, me llamas. Voy a estar afuera.
Marissa asiente con la cabeza. Danilo abre la mampara, alcanza una toalla y se cubre del torso hacia abajo para luego salir del baño. Marissa cierra la mampara sin dejar de sentirse aturdida por las alucinaciones que tuvo y abre el grifo nuevamente frotando su rostro con sus manos mientras deja que el agua caiga.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Eduardo acaba de decirle a Carolina que acepta casarse con ella, algo ante lo que la mujer no puede evitar ocultar su felicidad.


Carolina: ¿Es en serio? ¿Me lo estás diciendo de verdad, Eduardo? ¿Puedo contar con tu palabra?
Eduardo: Es tu problema creerlo o no. Ahora sal, por favor. Necesito vestirme e ir al hospital. María Helena me está esperando.
Carolina se le acerca emocionada.
Carolina: ¡Gracias, mi amor! (Solloza) Es la mejor noticia que he recibido. Es que me parece de no creer que tú y yo… (Intenta tocarlo)
Eduardo: (retrocede) Carolina, te pedí algo.
Carolina: ¿Vas a correrme así? Pronto voy a ser tu esposa. Voy a ser tu mujer.
Carolina lo mira de arriba a abajo sin nada de discreción y se le acerca nuevamente.
Carolina: ¿Por qué no dejas que borre de tu cuerpo las caricias sucias de esa prostituta barata con la que te acostaste?
Eduardo: (exasperado) Escúchame bien algo. No voy a acostarme contigo, no ahora. Después de casarnos, ya veremos, pero no me pidas más de lo que ya me has pedido.
Carolina: Yo sé que vas a aprender a amarme, Eduardo. Es cuestión de tiempo.
Eduardo: Lo dudo. Helena, Lisa y tú me han hecho ver lo despreciables que pueden llegar a ser algunas mujeres y ten por seguro que nunca podría amar a nadie de tal calaña.
Carolina: ¿Y si te doy un hijo? ¿Cambiarían las cosas? Porque por ti soy capaz de eso y mucho más.
Eduardo: Un hijo de los dos sólo nos haría peor la vida de mierda a la que tú nos van a condenar con este absurdo matrimonio forzado. Si tengo un hijo, no quiero que venga de ti y ahora lárgate.
Carolina: Eduardo…
Eduardo: (gritando) ¡Largo!
Carolina: (resignada) Como quieras. No voy a indisponerte más por hoy. Sólo ten presente que la conversación no ha terminado y necesitamos aún finiquitar ciertos detalles ahora que vamos a casarnos. ¿Qué te parece si cenamos juntos hoy, mañana, no sé?
Eduardo: ¿Te quieres lucir saliendo conmigo en lugares públicos?
Carolina: Por supuesto que no. Sólo quiero que nos relajemos un poco y tengamos una conversación civilizada. ¿Que acaso no se puede?
Eduardo guarda silencio.
Carolina: Por favor. No te estoy pidiendo nada del otro mundo.
Eduardo: Te aviso luego. Ahora déjame en paz y no me sigas haciendo perder el tiempo.
Carolina le sonríe y sale de la habitación cerrando la puerta tras sí. Eduardo, una vez a solas, empuña ambos manos y golpea la parte superior de una mesa sintiéndose sumamente frustrado.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique, acostado sobre el sofá de la sala, apenas está despertando perturbado por el sonido del timbre. Tiene un mal semblante, la camisa a medio abotonar y hay un par de botellas de alcohol en el piso.

Luis Enrique: (fastidiado) ¿Quién mierda puede ser? No estoy para recibir a nadie ahora.
El hombre se sienta lentamente y se frota el rostro con las manos.
Luis Enrique: (exasperado) ¡Argh! ¡Cómo un carajo! ¡Ya voy!
Luis Enrique se levanta despacio del sofá y se dirige a abrir la puerta de mala gana, pues el timbre no ha dejado de sonar.
Luis Enrique: ¿Quién viene a molestar desde tan temprano?
Él se sorprende al ver a una joven y atractiva mujer a la que escanea con los ojos de abajo hacia arriba. Es Lisa, la cual, además, usa lentes de sol.

Lisa: Pensé que nunca ibas a abrir la puerta. Llevo rato timbrando.
La joven lo empuja y se adentra en el departamento. Luis Enrique sólo la ve desconcertado sin entender nada. Lisa se quita las gafas y voltea a verlo.
Lisa: ¿Qué? ¿Olvidaste que teníamos una cita?
Luis Enrique: (dudoso) ¿Eres tú?
Lisa: Ay, pues qué pregunta, mi bigotón. ¿Quién más crees que iba a venir a verte a esta pocilga que apesta a alcohol? Pero bueno. Era el único lugar seguro y no nos podemos arriesgar a que nos vean juntos.
Lisa camina y mira el departamento a su alrededor. Luis Enrique aún le cuesta creerlo.
Lisa: Veo que estuviste tomando porque hasta aquí te siento el aliento a camionero borracho. Ten cuidado, eh. No vayas a terminar como mi papi al que yo volví un alcohólico por orden tuya para que no revelaras que me desnudaba por internet. ¿Sí te acuerdas?
Luis Enrique: Es imposible que sepas tanto (Cierra la puerta). Debiste conocer a Lisa antes, así que anda y dime quién eres en verdad porque no vas a jugar conmigo haciéndome creer que eres ella. No tiene sentido y no soy imbécil.
Lisa: Lo eres, ¿y sabes que es lo peor? Que yo creo que es de familia porque tu hijo, el peón ese, no se queda atrás. El pobrecito fue tan ingenuo que pensó que Helena de verdad iba a dejar a mi papá por un miserable como él. También te acuerdas, ¿no?
Luis Enrique sólo la ve con los ojos desorbitados.
Lisa: (habla con cierto resentimiento) Fue por eso que me chantajeaste y me pediste que lo dejara en paz ya que como había descubierto el amorío entre él y la zorra de mi mami, yo le ordené que la matara. De igual forma, Helena se murió y en manos de la que menos me esperaba, la mustia de Carolina de La Torre. ¡Tu hermana! ¡Qué ironías! (Sonríe)
Luis Enrique, de repente, la toma con una sola mano del cuello y comienza a ahorcarla.
Luis Enrique: ¡No te voy a permitir que te burles de mí y me enredes con tus palabras!
Lisa: ¡Suéltame, animal! (Habla con dificultad)
Luis Enrique: ¡Habla de una buena vez y dime quién eres!
Luis Enrique la suelta de mala gana lanzándola al sofá. Lisa, adolorida, se frota con una mano el cuello
Lisa: ¡Eres un ordinario! ¡Bestia! ¿Que acaso tu pobre coeficiente intelectual no te da una idea? (Se pone de pie) ¿Nunca has oído hablar de la cirugía plástica?
Luis Enrique: (incrédulo) No me vengas con fantasías. Lisa murió en un accidente, quemada por completo. La policía encontró su cuerpo y dieron el reporte. Eduardo incluso la enterró.
Lisa: Es cierto. Todos pensaron eso. Epifanio quiso que todos lo creyeran así.
Luis Enrique: ¿Epifanio?
Lisa: Sí, tu papito falso y antes de que me preguntas cómo lo sé, no me fue tan difícil averiguarlo mientras estuve encerrada en el depa que el viejo tenía en el DF.
Lisa saca de su bolso de mano unos papeles que tira al piso.
Lisa: Encontré fotos y hasta tu acta de nacimiento entre sus cosas…
FLASHBACK
CIUDAD DE MÉXICO
INT. / DEPARTAMENTO DE EPIFANIO, DESPACHO / DÍA
Lisa, quien aún está completamente vendada debido a las graves quemaduras, se encuentra hurgando cajones y libros. Hay una lámpara sobre el escritorio que alumbra y se extraña al ver algunas fotos antiguas en color sepia de una familia: Epifanio, su difunta esposa y los dos hijos, Carolina y Luis Enrique de niños.
Lisa: (desconcertada) ¿Quién este chavo? Epifanio, que yo sepa, no tuvo más hijos.
Lisa continúa hurgando entre los innumerables papeles que ve y en eso logra encontrar uno que llama su atención.
Lisa: Estas son unas actas de nacimiento. La de acá es de Carolina y esta es de…
Lisa, sorprendida, se detiene al leer el nombre.
Lisa: ¿Qué pedo? ¿Luis Enrique de La Torre Escalante? Así se llama el socio de mi Eduardo, el que estaba casado con la zorra esa de Marissa Miranda y el mismo maldito que me chantajeó, solo que le falta el primer apellido (Desconcertada).
FIN DEL FLASHBACK
Luis Enrique está sin palabras y respira un poco agitado al ver descubierto uno de sus secretos. Lisa habla con cierto descaro.
Lisa: Como puedes ver, no fue tan difícil descubrir que eras parte de la familia de La Torre y que sólo te quitaste el apellido conservando el de tu mamá. ¿Por qué? Eso sí no lo sé, pero sí me imagino que algo grave debió pasar para que todos lo escondieran.
Luis Enrique se apresura a recoger las fotografías, que están fotocopiadas, y su acta de nacimiento para luego romperlas.
Luis Enrique: Pues no seré yo quien te diga mi pasado. No te conozco y aún no termina de convencerme tu cuento de que eres Lisa Román.
Lisa: Es tu problema. Epifanio lo que hizo fue hacerme pasar por muerta. El día del accidente él ya venía siguiéndome en su auto y le dio la orden a sus hombres de que me sacaran. El viejo sabía que yo era su hija y quiso salvarme. Él sabía que yo pensaba impedir la boda entre Marissa y Eduardo, e incluso quiso advertirla antes de ir a la notaría.
Luis Enrique: Recuerdo ese día. Marissa estaba retrasada y al rato llegó con Carolina y unos policías. Ahí fue donde la tomaste de rehén.
Lisa: Así es. Epifanio tenía miedo de que yo hiciera algo porque pensaba que yo había matado a Helena. Él me contó que la noche del asesinato, Helena lo llamó para decirle que yo estaba enterada de que los muy puercos eran amantes y que yo la iba a matar. No sé cómo lo supo, pero me late que fue tu hijo, el peón, el que la puso sobreaviso.
Luis Enrique: Entonces… ¿Todo este tiempo…?
Lisa: Sí, he estado recuperándome de decenas de cirugías que me hicieron; cirugías muy dolorosas con injertos de piel para que se me regenerara y aquí me tienes…
Lisa camina unos cuantos pasos modelando con vanidad ante Luis Enrique.
Lisa: Hecha una nueva mujer dispuesta a todo y a recuperar lo que es mío.
Luis Enrique: A Eduardo…
Lisa: (sonriendo) ¡Bingo! Y esta vez no pienso fallar, menos ahora que regresé con otro rostro y nadie sospecha quién soy.
Luis Enrique: Sigo sin entender qué planeas hacer y para qué me contactaste. Bien podría haber hecho todo tú sola. ¿De qué te sirvo yo?
Lisa: (acercándose a él) Tienes razón. No me sirves de mucho más que para tener alejada a Marissa Miranda y a tu hermana de mi papi. ¿Me entiendes? Ya sé bien que la mustia esa planea casarse con él y hasta pagó la hipoteca de la hacienda para obligarlo.
Luis Enrique: De Marissa me encargo yo y ya logré mantenerla lejos de Eduardo mucho antes de que tú me lo pidieras.
Lisa: ¡Muy bien! Pues ahora encárgate de la otra por las buenas porque por las malas, se me podría escapar una llamadita anónima a la policía para contarles quién mató a Helena. Vi el video de las cámaras de seguridad y no hay dudas. Epifanio mismo me lo mostró.
Luis Enrique: ¿Cómo consiguió Epifanio esa grabación?
Lisa: Nunca se lo pregunté. No tuve oportunidad. El mismo día que hablamos, murió y no sé por qué me da la leve impresión de que Carolina y tú tuvieron mucho que ver en ello.
Luis Enrique: No tienes cómo probar nada.
Lisa: Tal vez no, pero ya te lo dije anoche por teléfono…
Lisa pasa con delicadeza su dedo índice por la nariz de Luis Enrique. Él sólo la ve con seriedad.
Lisa: Con solo meterle un poco de intriga a la policía, podrían comenzar a investigar y descubrir cómo una cosa lleva a la otra, empezando por el asesinato de Helena.
Luis Enrique aparta la mano de la joven y se la retiene con brusquedad.
Luis Enrique: ¿Es para lo único que querías verme? ¿Para chantajearme y amenazarme?
Lisa: (soltándose) Era mi turno. Tú me chantajeaste una vez siendo Lisa, pero hoy es Martina Villarreal la que te tiene en sus manos.
Luis Enrique: ¿Y no temes que te mate ahora mismo o revele a todos quién eres?
Lisa: Si yo caigo, tú caes y cae tu hermana, y no creo que seas tan imbécil. ¿O sí? Además si intentas ponerme un dedo encima, María Helena te denunciará.
Luis Enrique: Entonces están en esto juntas. Fuiste tú quien la envió a aparecerse en la hacienda.
Lisa: Pues no. No sé cómo se habrá dado cuenta de su origen y al cabo que ni me importa. Ella descubrió que Manuel y yo teníamos contacto, me buscó y de ahí nos conocimos. Digamos que nos llevamos bien como hermanas que somos y me ayudó a infiltrarme en la hacienda tal y como Manuel me hubiera ayudado si no lo hubieran matado por imbécil.
Luis Enrique: ¿Quién lo hizo? ¿Fuiste tú?
Lisa: No, no fui yo y tampoco pienso decírtelo. Lo que sí te puedo decir es que te tengo una propuesta.
Luis Enrique: (incrédulo) ¿Una propuesta?
Luis Enrique se aleja y va al minibar para servirse un trago.
Luis Enrique: ¿Todavía me chantajeas y me tienes una propuesta?
Lisa: Así es, para que veas que todavía soy generosa con ratas como tú. Es la misma propuesta que le hice a Manuel en su momento y por la cual aceptó ayudarme a infiltrarme en la hacienda antes de que lo mataran.
Luis Enrique: ¿Te vas a acostar conmigo tal y cómo te acostabas con él? (Burlándose)
Luis Enrique se toma de un solo sorbo el licor.
Lisa: No creo tener el estómago de hacerlo contigo. Eres muy poco hombre para mí, así que ni lo sueñes.
Luis Enrique la toma a la fuerza de la cintura y la aprieta contra su cuerpo.
Luis Enrique: Entonces deja de darme vueltas porque si me sigues provocando y subestimando, voy a terminar demostrándote lo hombre que puedo llegar a ser.
Lisa: Fíjate que no, gracias (Lo empuja). Eso se lo dejo a Marissa y a la chacha con la que te revolcabas. Con que aceptes lo que te tengo me basta y me sobra, ¿va?
Luis Enrique: ¿Qué es? Habla de una buena vez.
Lisa: Tú siempre has querido robar el patrimonio de mi familia, ¿no? Por eso me obligaste a hundir a Eduardo en el alcohol luego de la muerte de Helena y no contento, me ordenaste acabar con mi abuela. Querías verlo débil para manipularlo.
Luis Enrique: (pensativo) Era la oportunidad de que me nombrara su apoderado mientras estaba vulnerable, pero se conoció con Marissa, salieron con que se iban a casar, ella lo puso en mi contra y el idiota se recuperó al punto de que ya ni confía en mí.
Lisa: No trates así a mi papi en mi presencia. El único idiota aquí eres tú que no supo cuidar a su mujercita. Si la zorra esa se interpuso, fue porque tú se lo permitiste.
Luis Enrique: ¿Qué más da? El patrimonio de tu familia ya no vale la pena. Ahora tengo otros planes.
Lisa: Sí, lo sé. Quieres recuperar a Marissa, pero tú y yo sabemos que el patrimonio de ella no se iguala al de mi familia y aunque no lo creas, todavía tienes una chance para obtenerlo como siempre quisiste.
Luis Enrique: ¿Ah, sí? ¿Cómo? (Incrédulo) ¿Vas a obligar a Eduardo a que me herede todo sólo porque sí?
Lisa: Eduardo hace mucho pasa por una crisis financiera, no sé mucho de eso, pero el punto es que planeo ser su mujer y ofrecerle mi ayuda uniendo mi patrimonio al suyo.
Luis Enrique: (confundido) No estoy entendiendo. ¿Tu patrimonio?
Lisa: (sonriendo) Así es, mi bigotón. Martina Villareal es la viuda de un aclamado cirujano plástico, el doctor Enzo Quiroga. Búscalo en internet.
Luis Enrique la ve con suspicacia y saca su celular del bolsillo de su pantalón para corroborar tal información.
Lisa: Tengo el dinero suficiente para salvar a Eduardo de la bancarrota, algo así como lo que él pensaba hacer al casarse con Marissa.
Luis Enrique se queda anonadado al ver varios artículos y noticias en la web hablando sobre Enzo.
Luis Enrique: No lo puedo creer. ¿Cómo lo lograste?
Lisa: Una tiene sus trucos. ¿Ya entiendes por qué no me conviene que ni Marissa ni Carolina estén cerca de mi papi? Necesito que me colabores y solo así, te daré el patrimonio de los Román una vez lo tenga en mis manos.
Luis Enrique no puede evitar mostrar interés por tal propuesta. Lisa lo ve expectante de una respuesta.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA, OFICINA / DÍA
Ernesto se encuentra sentado frente a su computador. Hay una placa sobre el escritorio que dice su nombre y cargo: “Detective Ernesto Martínez”. El hombre observa cuidadosamente una grabación de una cámara de seguridad del pasillo del hospital donde justo estaba interna Lisa. En dicha grabación, puede verse el momento exacto en que ella, con bata, descalza y los vendajes que cubren su cara, escapa del hospital luego de haber asesinado a Enzo días atrás.

Ernesto: (intrigado) ¿Quién es esta mujer? ¿Por qué no hay registro de ella como paciente en el hospital? Es como si la hubieran estado escondiendo…
En un momento dado de la grabación, Lisa voltea a ver a sus alrededores para no ser vista y Ernesto se apresura a pausar el video justo en la parte en que se ve la cara de la joven.
Ernesto: (frustrado) Si tan solo no tuviera esas malditas vendas que le tapan la cara…
De repente, un policía toca la puerta.
Ernesto: Adelante.
El policía: (entrando) Buen día, detective Martínez.
Ernesto: (serio) ¿Ya tienes lo que te pedí?
El policía: Tan sólo una parte.
Ernesto: (molesto) ¿Cómo que una parte? ¿Qué quieres decir?
El policía: (apenado) Ya interceptamos las cámaras de seguridad de todo el perímetro del hospital y en algunas de las grabaciones se puede ver a la sospechosa.
Ernesto: A ver. Dame lo que trajiste.
El policía pone una memoria USB sobre el escritorio y Ernesto la conecta al computador para luego abrir una serie de grabaciones de varias calles cerca al hospital.
El policía: Como usted puede ver ahí, la sospechosa caminó un par de kilómetros después de huir del hospital y de haberse robado la ropa de una enfermera hasta que tomó un taxi.
En efecto, en una de las grabaciones, Lisa extiende la mano para detener un taxi y se sube con prontitud.
Ernesto: Sí, eso estoy viendo, pero la zorra no se quitó en ningún momento las vendas de la cara.
Ernesto hace zoom a la grabación desde el ángulo de otra cámara y logra ver, de forma borrosa, el número de la placa del taxi, la cual se apresura a escribir en un papel.
Ernesto: Ten (Le da el papel). Investiga quién es el dueño del vehículo y tráeme cuanto antes sus datos, nombre, ubicación, todo. Quiero ir a interrogarlo yo mismo para que me diga donde dejó a la asesina.
El policía: Sí, señor.
Ernesto: En cuanto a la alerta de “se busca” que montamos en los medios, ¿no ha llamado nadie?
El policía: No, todavía no y es raro porque la recompensa no está mal.
Ernesto: (pensativo) No te creas. Me da por pensar que esa mujer es más astuta de lo que parece y de seguro se quitó las vendas en una zona donde sabía que no sería grabada.
El policía: ¿Qué hacemos entonces, señor? Hay muchas cámaras en toda la ciudad y revisarlas todas llevaría mucho tiempo. Son horas y horas de material.
Ernesto: Sí, ya sé. Este caso se hace más difícil porque cualquier mujer ahí afuera podría ser la que buscamos y la ventaja que tiene es que no le podemos ver la cara. Bien podría huir del país.
Ernesto se queda pensativo durante un momento.
Ernesto: ¿Sabes qué? Hazme una lista de las zonas donde no haya cobertura de videovigilancia y me la traes también. Hay que interrogar a la gente a la antigua, de voz a voz y preguntarles si vieron a una mujer con la cara vendada en la calle.
El policía: Como ordene y aquí está la prueba de ADN que me había pedido.
El policía le entrega un sobre al detective, quien lo agarra y saca un documento que se apresura a leer.
Ernesto: Me lo imaginé. El tenedor está limpio. No tiene rastros de saliva ni huellas tampoco.
Ernesto arruga el papel de mala gana y lo tira al piso.
Ernesto: Y era de esperarse. Según lo que dijeron algunas de las enfermeras que iban a la habitación, era una mujer calcinada que entró por cirugía plástica. Tenía las huellas dactilares destrozadas. En fin, tráeme lo que te pedí. Lo quiero todo para hoy. ¿Entendido?
El policía: Sí, señor. Me pondré en esas con los demás.
Ernesto: ¡Espera! ¡Algo más! ¿Qué hay de la viuda? ¿Tampoco ha llamado a preguntar cómo va el caso?
El policía: Hasta ahora no. ¿Quiere que la contactemos?
Ernesto: No, deja así. Retírate.
El policía: Con permiso.
El policía se retira de la oficina. Ernesto sigue mirando al vacío y tiene un recuerdo de hace unos días.
FLASHBACK
EXT. / CEMENTERIO / DÍA
Enzo acaba de ser enterrado. Varios asistentes al funeral y conocidos del célebre cirujano le han dejado arreglos florales. Muchos se retiran y le dan el pésame a Martina, que no es otra que Lisa, usando lentes de sol, guantes y ropa negra para la ocasión.

Lisa: Gracias por venir (Les da la mano a unos hombres). Les agradezco, gracias.
Ernesto que venía observándola de lejos se le acerca.

Ernesto: Lamento mucho su pérdida, señora de Quiroga.
Lisa se voltea. Ernesto le muestra su placa de detective.
Ernesto: Mucho gusto. Soy el detective Ernesto Martínez, el encargado del caso de su esposo, que en paz descanse.
Ernesto le extiende la mano y ella, con suspicacia, le corresponde el gesto.
Ernesto: Mi más sentido pésame.
Lisa: Gracias. Supongo que vino para contarme cómo va la investigación. ¿Ya saben quién mató a mi esposo?
Ernesto: Me gustaría decirle que sí, pero por desgracia, nos va a llevar algo de tiempo.
Lisa dibuja una sonrisa de sarcasmo en su rostro.
Lisa: No me extraña con lo rápida y efectiva que es la policía de este país.
Ernesto: Pero si todos cooperan, incluida usted, tenga por seguro que el proceso se nos va a facilitar.
Lisa: ¿Y en qué se supone que les puedo yo ayudar?
Ernesto: Respondiendo a mis preguntas, por ejemplo. La mujer que cometió el asesinato, según las enfermeras, llevaba varias semanas internada en el hospital en estado de recuperación después de múltiples cirugías plásticas. Llegó con más del cincuenta por ciento de su cuerpo calcinado.
Lisa: Mi esposo era cirujano plástico. Era su trabajo.
Ernesto: Lo sé y es ahí a dónde quiero llegar, señora. Quiero saber si algún momento él le comentó algo sobre esa paciente, su nombre, origen, no sé. Cualquier cosa que me quiera compartir y nos ayude en la investigación.
Lisa: Lamento informarle que no, detective. Enzo nunca me hablaba de su trabajo ni mucho menos de sus pacientes.
Ernesto: ¿Está segura? ¿No le dice algo el nombre de “Lisa”?
Lisa se siente un poco nerviosa al escuchar su propio nombre.
Ernesto: Le pregunto porque tal parece que así se llama la presunta asesina. Una de las enfermeras del hospital me comentó que una vez que la paciente despertó de una cirugía, su esposo la llamó así, pero lo interesante fue que él le ordenó a la enfermera que saliera justo cuando la asesina la mencionó a usted.
Lisa: (nerviosa) ¿A mí?
Ernesto: Así es. Lisa, o como sea que se llame, dijo que usted estaba muerta justo después de que le advertía al doctor Enzo que más le valía decirle la verdad con respecto a su recuperación. Al parecer ella estaba ansiosa por salir del hospital según me contó la enfermera.
Lisa guarda silencio y se incomoda mirando hacia atrás cómo otros asistentes al funeral se van.
Ernesto: Y me causa curiosidad que la asesina dijera eso porque escuché que usted estaba de viaje o eso fue lo que su esposo les dijo a varios conocidos suyos para justificar su ausencia.
Lisa: Veo que ya interrogó a otras personas.
Ernesto: Es mi trabajo para hacer que la justicia sea tan rápida y eficiente como usted decía. Nada más me falta hablar con usted, pero no pude localizarla.
Lisa: No quisiera tener que decir esto justo en el entierro de mi esposo, pero ya que usted me está interrogando y quiero aclarar la situación, no veo de otra. Enzo me maltrataba, detective.
Ernesto: ¿La maltrataba? (Enarca una ceja)
Lisa: Sí, él… (Hace una pausa) Él me pegaba y en varias ocasiones abusó de mí.
Ernesto: ¿Lo denunció alguna vez?
Lisa: No, no podía. Era muy violento y me daba muchísimo miedo (Quiebra un poco la voz). Por eso no vi de otra que fingir mi muerte después de una de sus tantas golpizas.
Ernesto la mira con suspicacia. Lisa finge dolor ante lo que relata.
Lisa: Él pensó que me había matado y cuando fue a buscar las llaves del coche, yo aproveché a escapar y corrí tan rápido como pude de allí.
Ernesto: ¿Dónde estuvo todo este tiempo?
Lisa: Me escondí, obviamente. Enzo sabía que estaba viva y por eso le dijo a todo el mundo que yo estaba de viaje, pero la verdad es esa.
Ernesto: ¿Puedo saber específicamente donde?
Lisa: ¿Qué gana con saber eso?
Ernesto: Son solo preguntas de rutina que pienso corroborar después si usted no tiene problema.
Lisa: No es que tenga problema. Simplemente no quiero que esto trascienda a los medios y se enteren de lo que me pasó.
Ernesto: Sé cómo hago mi trabajo y hasta ahora la información relevante no se ha filtrado, así que ¿puede decirme dónde se escondió?
Lisa: Bueno, es que… (Hace una pausa titubeando) Fue en casa de una amiga, pero no quiero involucrarla.
Ernesto: Es necesario si queremos darle claridad al caso. ¿Cómo se llama su amiga? (Saca una libreta y empieza a escribir)
Lisa: María Helena Quintana, pero si piensa interrogarla, déjeme decirle que ella no está en la ciudad.
Ernesto: ¿Dónde se encuentra?
Lisa: Está viviendo en Villa Encantada. De hecho hasta pienso ir a visitarla hoy mismo para quedarme unos días con ella.
Ernesto: En ese caso, si necesito algo más de su parte, ¿puedo contactarla o ir hasta allá?
Lisa: ¿Por qué no? Todo con tal de aclarar el caso como usted dice. No quiero que vayan a pensar que yo tuve algo que ver con la muerte de Enzo.
Ernesto: No he mencionado eso en ningún momento.
Lisa: Pero no soy estúpida
Lisa se quita los lentes de sol y lo mira de mala forma. Ernesto le sostiene la mirada y no se deja intimidar.
Lisa: La forma en que me habla me deja entrever que sospecha de mí por el tiempo que estuve ausente, pero ya le expliqué y con su permiso, tengo un viaje que hacer.
Ernesto: Tenga buen día.
Lisa no le corresponde la despedida, se pone sus lentes nuevamente y se va.
FIN DEL FLASHBACK
Ernesto ha dejado de recordar.
Ernesto: Hay algo en esa viuda que no me cuadra. Me oculta más, lo sé.
Ernesto sigue pensativo y sintiéndose intrigado por el caso
VILLA ENCANTADA

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / DÍA
Eduardo, por su parte, se encuentra sentado y pensando en lo ocurrido en la mañana en su habitación.
FLASHBACK
Lisa: Es muy difícil para mí no decirle lo que verlo así me hace sentir por dentro. Se me pasan una mil y cosas por la cabeza.
Eduardo: ¿Qué estás diciendo? ¿Qué pretendes?
Lisa: No hace falta que me lo repita. Lo escuché muy bien, pero es muy difícil para mí no decirle lo que verlo así me hace sentir por dentro. Se me pasan una mil y cosas por la cabeza.
Eduardo: ¿Qué estás diciendo? ¿Qué pretendes?
Lisa: Los dos somos adultos, don Eduardo. No creo que tenga que ser tan explícita, ¿o sí?
Lisa se ha acercado de una manera tal que incluso toma la toalla con que él se cubre y la tira al piso. Eduardo se siente paralizado por alguna razón y no sabe cómo reaccionar. La joven le habla muy cerca a los labios.
Lisa: Hace tanto que un hombre no me toca…
Lisa, incluso, se toma el atrevimiento de tomarlo de la entrepierna. Eduardo se estremece.
FIN DEL FLASHBACK
Eduardo deja de recordar al ser irrumpido por María Helena, quien viene saliendo del baño.


María Helena: Ya estoy lista, don Eduardo. Creo que ya nos podemos ir.
Eduardo: (poniéndose de pie) Perfecto. Yo ya pagué la cuenta del hospital y los exámenes que menos mal salieron todos bien. Igual ya escuchaste el doctor. Debes guardar reposo.
María Helena: Ahí sí me va a tener que perdonar, pero usted sabe que debo viajar unos días a la capital para estar pendiente de mi mamá. La he tenido muy abandonada.
Eduardo: Puedes ir, sólo ten cuidado por ahí. Y a propósito de eso, ¿cómo le fue en la operación? ¿Lograste llamar?
María Helena: (asentando) Sí, anoche. Gracias a Dios todo salió excelente y sin complicaciones. Ahorita la deben tener en una habitación de reposo recuperándose.
Eduardo: Me alegra por ti. Una buena noticia al menos.
María Helena: Sí y fue gracias a usted que pagó la cirugía. Sin eso, no me quiero ni imaginar qué habría sido de mi mamita chula que harto se ha partido el lomo para sacarme adelante.
Eduardo: Lo sé. No me imagino por todas las precariedades que pasó Martha. Por eso no dudes en traerla contigo a la hacienda. Habíamos quedado en eso, ¿no?
María Helena: Sí, claro está que solo lo haré si mi mamá se deja convencer. Todavía estoy pensando cómo le voy a decir que ya sé todo sobre mis orígenes.
Eduardo: Sé que vas a encontrar la manera. Eres una muchacha muy inteligente.
María Helena: (sonriéndole) Gracias, papá.
Eduardo se sorprende al escucharla.
Eduardo: ¿Papá? (Confundido)
María Helena: Eso eres, ¿no? Mi papá. Creo que ya está bueno de andarte tratando de “don” y hablarte de “usted” todo el tiempo.
Eduardo: (conmovido) No sé qué decir. Hace mucho que no escuchaba esa palabra.
Eduardo hace una pausa, pues se le ha formado un nudo en la garganta. María Helena también lo ve conmovida.
Eduardo: Me hace dar mucha nostalgia. Es como sentir que recuperé a mi niña, a mi hija, antes de que se volviera el monstruo en que se volvió (Sollozo).
María Helena: Pues si la vida nos puso en el mismo camino, seguro ha de ser para compensarte por haber sido el mejor padre del mundo, aunque haya sido con una loca, pero aquí estoy yo y sí soy tu hija.
Eduardo derrama una lágrima discreta y esboza una sonrisa. Helena se acerca a él y ambos se abrazan fuertemente.
Eduardo: Gracias. Gracias por devolverme un pedacito de lo que creía perdido.
Eduardo no puede evitar seguir derramando lágrimas a espaldas de la muchacha, le da un beso fraternal en la frente y la presiona contra su pecho. María Helena también se aferra a él y solloza un poco.
INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA
Luis Enrique se dirige a abrir la puerta, pues alguien toca el timbre. El hombre acaba de ducharse, usa bata y aún tiene el cabello húmedo.

Luis Enrique: ¡Voy!
Carolina no tarda en entrar justo después de que él abre.

Carolina: ¿Te interrumpí? Veo que estabas tomando un baño.
Luis Enrique: (serio) Había terminado de hacerlo. ¿Qué estás haciendo aquí? No me dijiste que vendrías (Cierra la puerta).
Carolina: No pienso tardarme demasiado. Sabes bien que, aunque tu departamento es privado, no es conveniente que me vean viniendo con tanta frecuencia. ¿Cómo van las cosas con Marissa?
Luis Enrique: (fastidiado) Mal, ni me lo recuerdes.
Luis Enrique se aparta y se seca el cabello con una toalla dándole la espalda a su hermana.
Carolina: ¿Mal por qué?
Luis Enrique: No sé si lo sabes, pero Danilo ha estado enamorado de ella. Él fue el que la rescató del accidente y la protegió mientras recuperaba la memoria.
Carolina: Sí, sí lo sé. Ella misma me lo contó una vez. ¿Por qué? No me digas que ahora sí le está correspondiendo.
Luis Enrique deja de secarse el cabello y recuerda furioso la noche anterior en que vio a Marissa y a Danilo besándose a las afueras del hotel.
Luis Enrique: Sí y probablemente hasta hayan pasado la noche juntos.
Carolina: Era de esperarse. ¿Por qué te extraña? Danilo ha sido insistente y pues ahora que Marissa está sola, piensa olvidarse de ti y de Eduardo con él.
Luis Enrique: (dándose la vuelta) ¡Eso si yo lo permito! Marissa es mi mujer y no voy a dejar que otro me la arrebate así se trate de mi propio hijo.
Carolina: ¿De verdad sientes algo por ella o sólo la quieres recuperar por interés?
Luis Enrique: (pensativo) Yo ya la quería recuperar mucho antes de que tú me propusieras compartirle la herencia que le dejó Epifanio.
Carolina: Una herencia muy cuantiosa, por cierto. Si la desposas, eso automáticamente también te da derecho.
Luis Enrique: Ya sé, pero ahora me estoy dando cuenta que el dinero no es lo único que quiero de ella. Marissa siempre fue mi esposa y me pertenece.
Carolina: Entiendo. Solo la estás viendo como un objeto de tu propiedad que por ego te niegas a perder.
Luis Enrique: Tú no te quedas atrás. Estás en una situación muy similar con Eduardo.
Carolina: Esto no se trata de mí, Luis Enrique. Si vine, fue para ayudarte porque mi instinto me decía que ya Marissa se te estaba saliendo de las manos y lo confirmo con lo que me dices. De hecho ayer la vi bien acompañada de Danilo. Según, iban para la boda de Pablo.
Luis Enrique: ¿Y cómo me puedes tú ayudar con Marissa cuando no has logrado casarte con Eduardo?
Carolina: Te equivocas. Eduardo ya me dio el sí.
Luis Enrique desencaja un poco el rostro al oírla, pues tiene presente la amenaza de Lisa.
Carolina: ¿Qué pasa? ¿No te alegra?
Luis Enrique: No es eso. Sólo que a veces creo que ese tipejo no te conviene. Marissa estuvo casada conmigo y es mi mujer, pero a ti nada te ata a Eduardo.
Carolina: Qué considerado que pienses en mí como hermano mayor, pero no me hace falta. Recuerda que llevo dieciocho años esperándolo. ¿Te parece poco?
Luis Enrique: Pero hay alguien que te quiere destruir. Me dijiste que te enviaron al hotel los resultados de la prueba de ADN que hiciste en secreto para desmentir la paternidad de Eduardo. ¿Qué tal si es alguien que sabe más cosas de ti o de los dos, incluso?
Carolina: (mirándolo con suspicacia) Lo he pensado y tienes razón. Sé que hay alguien que quiere hacerme daño, pero pienso casarme con Eduardo en cuanto antes para luego irnos del país.
Luis Enrique: ¿Crees que dejará la hacienda?
Carolina: Lo convenceré. Prácticamente la hacienda es mía. Yo pagué la hipoteca y él lo sabe, sin embargo necesito que tú te cases de nuevo con Marissa para que Eduardo se termine de olvidar de ella por completo.
Luis Enrique: Tengo que pensar cómo. Con Danilo de por medio se me hace muy difícil.
Carolina: (sonriendo con malicia) En la guerra y en el amor todo se vale, Luis Enrique. Tu hijo no puede pasar por encima de ti.
Luis Enrique: (exasperado) ¿Y qué sugieres que haga?
Carolina: Fácil. Quítalo del camino.
Luis Enrique: ¡No voy a matar a mi hijo! ¿Te has vuelto loca? No soy un asesino a sueldo. ¿Por quién me tomas?
Carolina: Yo no digo que llegues hasta ese extremo, pero tengo un plan que te puede funcionar. Tú solo escucha y haz lo que te digo para que todo nos salga bien.
Luis Enrique mira intrigado a Carolina. Ella, por su parte, no deja de sonreír con malicia.
INT. / HOTEL, TERRAZA / DÍA
Pablo acaba de almorzar en compañía de Milena en la terraza del hotel donde se están hospedando y que tiene una bonita vista a todo el pueblo. Ella, sin embargo, se ve pensativa y no ha terminado de comer.


Pablo: (sonriendo) Está deli el almuerzo, ¿no crees? Y mira nomás la vista que tenemos. La verdad es que dimos en el clavo viniendo a este hotel.
Milena: (cortante) Sí, está padre.
Pablo se da cuenta de la actitud de ella.
Pablo: ¿Qué te pasa, amor? Has estado muy callada y nada más me respondes lo necesario. Ni siquiera pareciera que tuvieras hambre. Mira que tienes el almuerzo a la mitad (Se limpia los labios con una servilleta).
Milena: No es nada. Tranquilo. Es que no pasé buena noche y estoy así como medio cansada.
Pablo: ¿De veras? ¿Por qué?
Milena: No sé. A lo mejor fue la cama. Quizá me estaba malacostumbrando a la del hospital que era más cómoda.
Pablo: (riendo) ¡Sí eres! Pero no te preocupes. Me voy a encargar de que compremos la mejor cama para cuando nos mudemos a nuestro depa y para que así estés bien cómoda.
Milena: (esbozando una sonrisa) Tú siempre tan lindo y considerado.
Pablo: Es lo mínimo. Debo tenerle atenciones a mi esposa para que esté bien feliz, ¿o no?
Milena: No quiero que tampoco me consientas tanto. Mira que me malacostumbro rápido.
Pablo: ¿Qué importa? Yo nada más quiero tu felicidad, Mile. Nada más me espero que tú también me consientas de vez en cuando (Milena no dice nada y solo sonríe). Bueno, espérame aquí. Voy a ir a pagar la cuenta y ya regreso, ¿va?
Milena asiente con la cabeza en una actitud aún algo cortante. Pablo se dirige a la caja para pagar, pero al hacerlo, choca accidentalmente con una mujer que cargaba una bebida y la derrama toda sobre su camisa.
Pablo: (algo molesto) ¡Oiga! ¿Pero por qué no…?
Pablo voltea a ver a la desconocida encontrándose en primer plano con el seductor y aparentemente angelical rostro de Lisa.

Lisa: (fingiendo pena) ¡Ay, no qué vergüenza! ¡Lo lamento muchísimo! No me fijé por dónde iba. ¡Qué pena!
Pablo se queda viéndola y no puede evitar sentirse impresionado por ella.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Eduardo y María Helena acaban de llegar. Los dos se paran a hablar cerca de las escalas.


Eduardo: ¿Vas a hacer maletas entonces?
María Helena: Sí, me voy a poner en esas. De igual tampoco es mucho lo que voy a llevar. Es solo una semana mientras le dan de alta a mi mamá.
Eduardo: Es una semana, pero te voy a echar mucho de menos.
María Helena: (sonriéndole) Y yo a ti, papá, pero voy a estar llamándote y escribiéndote, así que no te preocupes.
Eduardo: Más te vale, jovencita. Quiero que te cuides mucho por ahí y cualquier cosa que necesites de urgencia, me dices de inmediato. ¿Entendido?
María Helena: (riendo) ¡Órale! ¡Qué padre más estricto! (Eduardo ríe) Pero sí, entendido. Me voy al cuarto y más tarde nos vemos.
Eduardo: Sale.
María Helena le da un beso en la mejilla y sube las escaleras. Una empleada se acerca al hombre y trae un sobre en las manos.
Empleada: Disculpe, señor. Le llegó esto esta mañana después de que usted se fue.
Eduardo: ¿De parte de quién? (Toma el sobre)
Empleada: Vino el cartero y ahí dice que es de parte de la señorita Carolina de La Torre.
Eduardo: (extrañado) Ella ya vino esta mañana. ¿Por qué habría de mandar correspondencia si ya habló conmigo? (Se queda pensativo) Está bien, gracias.
Empleada: Con gusto. Con permiso.
La empleada se retira. Eduardo solo mira extrañado el sobre.
Eduardo: ¿Qué es esto? ¿Qué se trae ahora entre manos?
Eduardo rasga el sobre y saca lo que hay en el interior del mismo. Es un documento el cual él comienza a leer.
Eduardo: (confundido) Son los resultados de un laboratorio.
El hombre continúa leyendo y a medida que lo hace, se impacta en gran manera y frunce el ceño sin dar crédito.
Eduardo: (en un hilo de voz) Li… Lisa era mi hija… Lisa era mi hija biológica.
Eduardo respira agitado y arruga el papel al tiempo que tensa la mandíbula ante los múltiples sentimientos encontrados que tiene.
CONTINUARÁ…
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