Capítulo 48: Ataques imprevistos
INT. / HOTEL, TERRAZA / DÍA
Lisa se ha tropezado con Pablo derramando por accidente una bebida sobre la camisa que él trae puesta.


Lisa: De verdad que lo siento muchísimo. Estaba algo distraída y no me fijé. Discúlpame.
Pablo: (resignado) Está bien. Nada más tenga un poco más de cuidado la próxima vez.
Lisa: Es que ando buscando a alguien y me dijeron que la podía encontrar aquí, así que andaba medio mensa caminando por si la veía. ¿Conoces de casualidad a la señora Marissa Miranda?
Pablo: (extrañado) Sí, claro. Es mi mamá. ¿Por qué la buscas?
Lisa: ¿En serio? Mira tú qué casualidad. Quisiera que habláramos para hacerle una propuesta. María Helena me habló de ella.
Pablo: (sorprendido) ¿María Helena?
Lisa: Sí, somos amigas y me recomendó a tu mamá para un proyecto que me gustaría comentarle. Sé que tiene una fundación de arte y sería un placer trabajar con ella.
Pablo: Hum, entiendo. En ese caso, si quieres, puedes esperarla aquí y yo ya le digo que venga para que hablen.
Lisa: Te lo agradecería. Un gusto conocerte. Soy Martina.
Lisa le extiende la mano con delicadeza y mirándolo de forma seductora. Pablo se intimida un poco, pero le corresponde el gesto.
Pablo: Mucho gusto. Me llamo Pablo.
Lisa: Lindo nombre y muy guapo el que lo lleva.
Pablo: Ah, pues… Gracias (Ríe con timidez).
Lisa: No hay de qué. María Helena sí me había comentado que doña Marissa tenía un hijo muy galán. Espero que me puedas disculpar por el incidente.
Pablo: No hay problema y con tu permiso, debo pagar la cuenta. Mi esposa me está esperando.
Pablo voltea a ver a Milena, quien ni siquiera se ha percatado de lo que ocurre, pues está sumida en sus pensamientos. Lisa la alcanza a ver.

Lisa: Ya veo. En ese caso, voy a esperar por aquí y quedo al pendiente para verme con tu mamá.
Pablo: Claro, ya le escribo para que suba. Con permiso.
Pablo le esboza una sonrisa y se retira. Lisa se queda viéndolo con una desmedida malicia.
Lisa: (hablando en voz baja) Esto va a ser más fácil de lo que pensé. El tipo está casado nada más y nada menos que con una lisiada. ¡Ay, Marissa! No voy a tener piedad contigo y te voy a dar por dónde más te duele, maldita.
Lisa habla con total seguridad de sus intenciones sin dejar de sonreír.
INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Carolina camina detrás de un policía que la dirige a una celda en específico. Cecilia aguarda allí, sentada en el piso y abrazando sus piernas mientras mira al vacío como si no hubiera alma en ella.


El policía: Hey, tienes visita.
Cecilia voltea a ver con algo de interés.
Cecilia: ¿De quién? ¿Son mis hijos?
El policía se aparta y deja ver a Carolina.
Carolina: No, Cecilia. Soy yo.
Cecilia se sorprende al verla y se pone de pie.
El policía: Tienen cinco minutos.
El policía se retira dejando a ambas mujeres solas. Cecilia ve con suspicacia a la hermana del que fue su amante durante tantos años y se acerca un poco. Cabe aclarar que los barrotes las separan.
Cecilia: ¿Qué está haciendo usted aquí? (Pregunta muy seria)
Carolina: Vine a hablar contigo.
Cecilia: No veo de qué tengamos que hablar usted y yo, señorita.
Carolina: De muchas cosas que te interesan.
Cecilia: La mera verdad y para serle muy sincera, no me hace mucha gracia verla. Luis Enrique la mandó, ¿no? Yo ya sé que ustedes también son amantes.
Carolina: (sorprendida) ¿De qué estás hablando? Claro que no. ¿De dónde sacas semejante cosa?
Cecilia: No tiene caso que me lo niegue. Yo sé también que Luis Enrique fue el que la mandó a matar a doña Helena Montalbán y así yo fui tan estúpida de haberla ayudado a usted aquella vez dándole las llaves de la hacienda sin saber nada.
Las dos mujeres recuerdan ese momento del pasado meses atrás.
FLASHBACK
Carolina va saliendo de la hacienda en medio de la lluvia. La mujer llora desconsolada mientras se dirige a su auto después de que Helena la humillara y le dijera que está embarazada de nuevo sin saber si el padre es Epifanio o Eduardo.
Cecilia: ¡Señorita! ¡Señorita Carolina, espere!
Carolina gira la cabeza sorprendiéndose al ver a la empleada. Por eso, decide mantenerse de espaldas para ocultar que llora.
Carolina: ¿Qué quieres, Cecilia? Ya me voy.
Cecilia: Escuché toda su conversación con doña Helena (Carolina se sorprende). Y antes de que me diga cualquier cosa, déjeme decirle que estoy completamente de su lado.
Carolina la encara.
Carolina: ¿Cómo puedes ser tan atrevida? Escuchar conversaciones detrás de la puerta es de muy mal gusto.
Cecilia: Lo sé y no lo acostumbro a hacer, pero me fue inevitable no escuchar la discusión.
Carolina: Entonces, no se te ocurra decir nada. Es algo muy delicado y nadie puede saberlo.
Cecilia: Jamás diría algo, señorita. Yo solo soy una sirvienta en esta hacienda y no me meto en los asuntos de los patrones, pero no le niego que se me hace bien injusto lo que está pasando.
Carolina la ve con suspicacia.
Cecilia: Doña Helena es una descarada y merece pagar por ello. Por eso, si tanto quiere matarla, no lo dude y tome…
Cecilia le entrega unas llaves, las cuales la otra mujer recibe extrañada.
Cecilia: Esta es una copia de las llaves de las puertas del primer piso de la casa. Úselas cuando crea necesario y acabe con esa pesadilla de una vez por todas.
Carolina: No comprendo. ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas o qué es lo que quieres?
Cecilia: Justicia, señorita, nada más. Doña Helena es una devorahombres que no sólo se acuesta con su papá, sino con mi hijo, Danilo.
Carolina se sorprende aún más al escucharla.
Cecilia: Tanto es así que lo manipula a su antojo para que le haga el mandado cuando ella quiere. He intentado hablar con él, pero no oye razones. Doña Helena lo tiene trastornado y eso es algo que no pienso permitir.
Carolina: ¿Te das cuenta de que si algo sale mal estarías implicada?
Cecilia: Nada saldrá mal. Es solo cuestión de que entre tarde en la noche y mañana podría ser un buen momento. Yo me las voy a arreglar para que doña Helena salga a tomar un paseo y ahí usted tendrá la oportunidad de acabar con ella como tanto quiere. Confíe en mí.
Cecilia le sonríe con malicia. Carolina se ve insegura ante tales planes, pero después de unos segundos, encierra en un puño las llaves que la otra le entregó y le sonríe también como asintiendo.
FIN DEL FLASHBACK
El recuerdo termina. Cecilia le esboza una sonrisa con cierta amargura a Carolina.
Cecilia: Qué imbécil y qué ironía, ¿no? ¿Qué me iba a imaginar yo que estaba ayudando a la amante de mi amante?
Carolina: Cecilia, no es así. Escucha…
Cecilia: (la interrumpe) Pero ¿sabe qué es lo peor?
Cecilia traga saliva y solloza al hablar.
Cecilia: (dolida) Que yo tengo la culpa. Yo empujé a Danilo a que se hiciera amante de doña Helena por ambición y la señorita Lisa los descubrió. Ella lo empezó a chantajear y a ordenarle que matara a doña Helena, y no tuve de otra que hablar con Luis Enrique para que nuestro hijo no se manchara las manos de sangre.
Cecilia se sienta en la modesta cama de la celda mientras una lágrima se desliza por su rostro.
Cecilia: Hasta en una ocasión grabé a Lisa desnuda frente a la computadora y le di el video a Luis Enrique para que la chantajeara también y así ella dejara a Danilo en paz, pero me aseguró que era inútil…
FLASHBACK
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Más tarde, se ve a Luis Enrique entrar a una desolada caballeriza. Cecilia aguarda allí.


Cecilia: Menos mal llegaste.
Luis Enrique: ¿Qué era eso tan importante que tienes?
Cecilia: Mira esto.
Cecilia le muestra a Luis Enrique un video en su celular en el que claramente se ve a Lisa ligera de ropa o desnudándose frente a su computador.
Cecilia: Varias veces la he cachado desnuda haciendo no sé qué cosas en frente de la computadora. En cuanto supe que estaba chantajeando a nuestro hijo, la empecé a investigar y corrí con suerte porque mira nada más el secretito que se carga.
Luis Enrique: ¿Y qué pretendes que haga yo con eso?
Cecilia: Yo te lo envío y tú se lo muestras a ella para que se olvide de esa idea absurda de obligar a Danilo a matar a doña Helena.
Luis Enrique: Estamos hablando de la hija de mi socio, Cecilia. No quiero meterme en problemas. ¿Qué tal si me acusa?
Cecilia: No lo hará si la tienes en tus manos.
Luis Enrique: ¿Por qué no te encargas tú?
Cecilia: Soy una chacha, Luis Enrique. La muchachita esa podría conspirar para que me corran de la hacienda junto a nuestros hijos. Como mucho a ella la castigarían, pero a nosotros nos pondrían por el piso. Doña Lucrecia hasta se encargaría de que no consigamos más chamba en el pueblo.
Luis Enrique luce indeciso.
Cecilia: Hazlo por Danilo. Él no puede mancharse las manos de sangre. ¡Por favor! (Desesperada)
Luis Enrique: No, no lo voy a hacer.
Cecilia: ¡Luis Enrique!
Luis Enrique: Tú misma lo dijiste. A ella solo la castigarían, pero tú y yo podríamos hasta ir presos si llego a chantajear a esa mocosa con ese video si a ella se le ocurre abrir la boca. Deja que sea yo quien mate a Helena.
Cecilia: (impactado) ¿Enloqueciste? ¿Vas a mancharte las manos de sangre así nomás?
Luis Enrique: No hay más opción. Date cuenta. Prefiero hacerlo yo a que Danilo lo haga.
FIN DEL FLASHBACK
Cecilia endurece el rostro mientras sigue relatando.
Cecilia: Ahí fue donde se ofreció a matar a doña Helena, muy abnegado él, dizque para proteger a Danilo, pero qué va. En el fondo sacó provecho del problema por beneficio propio compinchado con usted. Él quería de seguro que don Eduardo enviudara para que usted se casara con él y así compartir la herencia, ¿no? Eso era lo que buscaban.
Carolina: Estás muy equivocada, Cecilia. Luis Enrique y yo no somos amantes ni planeamos nada de eso. Estás confundida.
Cecilia: Yo lo escuché de boca de él cuando mató a Tarcisio. Luis Enrique pensó que él lo estaba chantajeando con un dizque video de las cámaras de seguridad donde muy seguro sale usted dándole cuchillo a doña Helena.
Carolina: Mira, es cierto que le pagué a Tarcisio para que me entregara la copia original de la grabación y Luis Enrique aparentemente lo mató pensando que era él quien nos estaba chantajeando, pero hay más que eso.
Cecilia: No me importa, ¿sabe? Total, me estoy pudriendo aquí esperando un juicio y si Luis Enrique la mandó a amenazarme para que no diga nada, tranquilos. Aunque hable, nadie me va a creer, así que qué más da.
Carolina: (exasperada) ¡Cecilia, escucha, por favor! La relación entre Luis Enrique y yo va más allá de lo que piensas. ¡Él y yo somos hermanos!
Cecilia: (incrédula) ¿Qué?
Carolina: Los dos nos reencontramos hace unos meses justo después del funeral de Lucrecia.
Carolina se acerca aún más y baja la voz para que nadie la oiga.
Carolina: Cuando maté a Helena, ni siquiera teníamos contacto y esa noche él me vio cuando la degollé. Fue por eso que cuando me vio en el funeral, me reconoció y me abordó al final para que habláramos.
Cecilia: (dudosa) Él nunca me dijo que tenía una hermana y cuando lo conocí era un pobre diablo que trabaja en la plaza de mercado.
Carolina: Era un secreto familiar que no le convenía a nadie que se supiera. La última vez que nos vimos éramos unos niños y él huyó de casa porque mi papá… (Hace una pausa) Mi papá lo maltrataba.
Cecilia escucha con atención.
Carolina: Lo maltrataba porque no era su hijo de verdad, sino producto de un amorío de mi mamá con el chofer.
Cecilia se sorprende al conocer el pasado de su amante que desconocía.
Cecilia: ¿Y para qué me viene a contar esa historia?
Carolina: Porque de ahí parte todo. Luis Enrique nunca perdonó a mi papá y piensa que yo tengo la culpa. Me odia a mí también y hasta hace muy poco descubrí que solo se ha acercado para vengarse de mí. Sí es cierto que me han estado amenazando de forma anónima, pero es él y no sé si lo sabes, pero también incendió mi mansión.
Cecilia: Pues qué mal por usted y no me extraña viniendo de una rata como Luis Enrique, pero sigo sin entender qué busca de mí.
Carolina: Que me ayudes.
Cecilia: ¿Yo ayudarla?
Carolina: Yo nunca me hubiera atrevido a acabar con Helena de no ser porque tú me convenciste y me diste el acceso a la hacienda. De cierta forma hasta me utilizaste.
Cecilia baja la cabeza y evita mirarla, pues sabe que es verdad.
Carolina: Como Luis Enrique te dijo que no se podía hacer nada con el video de Lisa, recurriste a mí y te aprovechaste de mi situación y de lo mucho que odiaba a Helena.
Cecilia: Lo hice porque tampoco quería que él se metiera en problemas matando a doña Helena. Era muy arriesgado y…
Carolina: Sí, ya sé lo que vas a decir. Preferías que si alguien caía por la muerte de Helena fuera yo, y no tu hijo y tu hombre, pero no te preocupes. Las dos teníamos intereses por su lado, pero si yo te ayudé, ahora tú deberías ayudarme a mí.
Cecilia: No entiendo cómo estando aquí metida en esta maldita pocilga.
Carolina: Mira, Cecilia. Tu caso es muy complicado. Aunque se demuestre que tú no mataste a Tarcisio, no saldrías libre fácilmente por los cargos de intento de asesinato a Marissa.
Cecilia: (seria) No me nombre a esa mojigata. De solo pensar que voy a pasar un buen tiempo aquí por ella y por Luis Enrique, me hierve la sangre.
Carolina: Te entiendo. Marissa tampoco me cae bien y desde que llegó, sólo ha traído problemas. Yo en tu lugar estaría furiosa de solo pensar que esos dos se van a casar nuevamente y se van a reír de mí a mis espaldas mientras me pudro en prisión, así que te tengo una propuesta.
Cecilia se extraña al oírla.
Carolina: Una propuesta con la que no sólo podrás ayudarme a quitarme de encima a Luis Enrique, sino a la mojigata. ¿Te interesa?
Cecilia: ¿De qué se trata?
Carolina le entrega una llave.
Cecilia: ¿Y esto?
Carolina: Recuerda que con dinero todo se puede comprar y no me fue difícil pagarle al guarda para que me diera la llave con la que podrás salir de aquí y así encargarte de Luis Enrique.
Carolina sonríe con desmedida maldad y expectante ante la respuesta de Cecilia.
Carolina: Deberías hacerlo porque el imbécil hasta me confesó que piensa atacar a Danilo.
Cecilia: (alterada) ¿Atacarlo? ¿De qué habla?
Carolina: Es lo que me dijo. Danilo y Marissa al parecer tienen una relación. Luis Enrique lo ve como rival.
Cecilia: (furiosa) ¡Maldito! ¿Cómo tiene la sangre para atacar a nuestro propio hijo? ¡Es su hijo! Y por defender a esa desgraciada.
Carolina: ¿Lo ves? Es hora de que Luis Enrique deje de ser un problema. Yo siendo tú aprovecharía la oportunidad que te estoy dando para que pongas las cosas en su orden. ¿Qué me dices?
Cecilia se queda pensativa mirando la llave.
INT. / HOTEL, TERRAZA / DÍA
Marissa ha llegado al encuentro de Martina sin imaginarse que el rostro que se esconde detrás es el de Lisa. Esta última la espera sentada en una mesa con parasol.


Marissa: Hola. ¿Eres Martina?
Lisa se pone de pie sonriéndole y le extiende la mano fingiendo amabilidad.
Lisa: Sí, soy yo. Es un placer conocerte, Marissa.
Marissa no puede evitar que una sensación extraña la aborde, pero le corresponde el saludo y ambas aprietan las manos.
Marissa: Pablo me dijo que necesitabas hablar conmigo sobre mi fundación y que María Helena fue la que te habló de mí.
Lisa: Es correcto, pero siéntate, por favor (Las dos toman asiento). Malena y yo somos muy buenas amigas, y cuando le pregunté si conocía a alguien con quien pudiera llevar a cabo este proyecto tan padre que tengo en mente, me habló de ti.
Marissa: ¿De qué se trata tu proyecto?
Lisa: Para empezar, quiero contarte que mi esposo murió hace unos días.
Marissa: (sorprendida) Lo siento mucho…
Lisa: (esbozando una sonrisa) Gracias, pero si te lo digo es porque en vida, él siempre quiso apoyar a los más vulnerables, así como tú con tu fundación de arte. Tengo entendido que trabajas con niños de orfanatos que pintan cuadros y luego los subastas para recoger fondos, ¿no?
Marissa: Sí, es algo que empezó Heliodoro Miranda, mi padre, que en paz descanse y yo lo que hice fue seguir su legado. Es muy gratificante poder ayudar a tantos chiquitos sin padres y que, además, son tan talentosos. Tengo varios de sus cuadros en el sitio web.
Lisa: Es cierto, los vi y son hermosos. De verdad que me conmueve muchísimo tu labor, Marissa, pero para ir al punto, mi esposo hacía una labor similar. Él era cirujano plástico y ofrecía operaciones y reconstrucciones faciales gratuitas a niños con quemaduras.
Marissa: Qué bien. Me parece que hacen falta más centros e instituciones de ese tipo.
Lisa: Lo mismo pienso y ahora que él murió, me gustaría continuar su proyecto y patentarlo. Es ahí donde entras tú.
Marissa: Bueno, dime. Soy toda oídos.
Lisa: Verás, estaba pensando en asociarme con una fundación de caridad como la tuya para que trabajemos en pro de los más necesitados. Tu fundación podría aliarse con nuestro hospital para financiar la salud de los niños huérfanos que a veces no tienen medicamentos o la oportunidad de acceder a un buen tratamiento.
Marissa: (impresionada) Debo reconocer que parece una excelente idea.
Lisa: Lo es. Si trabajamos juntas bajo la misma sociedad, tú pones el dinero y nosotros los equipos médicos. Ganaríamos por partes iguales, claro está, no para nuestro beneficio, sino para el de los chiquitos. ¿Qué dices entonces?
Marissa: Me gusta el proyecto a decir verdad, pero tengo que pensarlo y consultarlo con mis abogados, Martina. Bien sabes que hay mucho dinero de por medio.
Lisa: Entiendo y tienes razón. Tómate tu tiempo y me cuentas. De todas maneras, voy a estar acá en el pueblo unos días.
Marissa: ¿Ah sí?
Lisa: Sí, estoy visitando a Malena y tomando unas vacaciones para no pensar tanto en la muerte de mi esposo. Es mejor eso a estar encerrada en casa llorando y lamentándome.
Marissa: Es respetable. Cada persona vive el luto de maneras diferentes.
Lisa. Y por cierto, ¿te importaría decirme cuál es la talla de camisa de tu hijo?
Lisa dirige su mirada hacia otra mesa en donde Pablo y Danilo se encuentran conversando. Pablo nota las miradas coquetas de la joven, pero intenta esquivarlas.
Marissa: ¿La talla de mi hijo?
Lisa: Es que por accidente, cuando te estaba buscando, iba tan distraída que me tropecé con él y le derramé encima toda la soda que me traía. Me siento tan apenada que en serio me gustaría reponerle la camisa que le eché a perder.
Marissa la ve con algo de suspicacia. Entretanto, Pablo nota que Lisa no ha dejado de verlo y le rehúye la mirada con algo de timidez. Danilo se da cuenta.


Danilo: ¿Quién es esa chava con la que está hablando tu mamá?
Pablo: Se llama Martina y según quiere hacerle una propuesta de algo de la fundación, no sé muy bien.
Danilo: Está bien guapa y hace rato no deja de mirarte de lejos.
Pablo: Ha de ser porque hace un rato chocó conmigo y me derramó la soda en la camisa (Le muestra). Mira nomás y era una de las que más me gustaba.
Danilo: Pues dile que te compre otra. Se ve que tiene lana la tipa y ha de estar avergonzada al saber que eres hijo de Marissa.
Pablo: ¿Para qué? Es una tontería. Mejor retomando lo que te decía, Milena anda medio rara y ya ves que prefirió encerrarse en la habitación a que saliéramos a dar un paseo o algo.
Danilo: Tienes que entendarla, bro. Me imagino que está frustrada por lo de que no pudieron estar juntos anoche, pero se le va a pasar.
Pablo: (poco convencido) Eso espero.
Danilo: No te desanimes. Las mujeres son así y a veces tienen sus momentos. Tu mamá esta mañana tampoco… (Hace una pausa)
Pablo: ¿Tampoco quiso hacerlo contigo?
Danilo: ¡Chale! Me da algo de pena hablar de esas cosas contigo por ser sobre tu mamá.
Pablo: No seas imbécil (Dice en tono jocoso) ¿Qué hay de mí? Te conté lo que me pasó con Milena anoche y es tu hermana. ¿Qué diferencia hay? Además mi mamá es mujer y sé que también tiene necesidades. No te dé pena.
Danilo: Es que todavía no me acostumbro.
Pablo: Pues vete acostumbrando que, a este paso, ya no vas a ser mi cuñado, sino mi padrastro (Los dos ríen).
Danilo: ¡Tarado! ¿Sabes qué? Te voy a echar una mano con Milena.
Pablo: No le vayas a decir que te conté, eh. No quiero que se enoje conmigo.
Danilo: Tranquilo. Nada más la voy a sacar a dar un paseo para tratar de subirle el ánimo. Esta noche la buscas e intentas otra vez.
Pablo: No la quiero presionar, Danilo. Además, tampoco es que le dé tanta importancia a eso del sexo. Me parece que hay cosas más importantes.
Danilo: Lo sé, pero no se trata de eso. Yo sé que ella también desea estar contigo, solo que le da miedo. La conozco. Cuando supo que no podía caminar, se desanimó pensando que tú no la ibas a pelar por ser inválida y yo fui el que le sacó esas ideas de la cabeza.
Pablo: No sabía.
Danilo: Por eso te lo digo. Milena te quiere, bro. No lo dudes y déjamelo a mí. ¿Sale?
Pablo: Sale. Ahí nos vemos. Cuídate.
Danilo le da un par de palmadas en el hombro a su ahora cuñado y se va. Pablo nota que Lisa sigue viéndolo de lejos, cosa que lo incomoda.
INT. / CABAÑA DE EPIFANIO / NOCHE
Ha caído la noche. Cruz carga dos bolsas que pone sobre el mesón. Epifanio sólo está sentado frente a la chimenea en silencio y bebe un poco de alcohol.


Cruz: (seria) Le traje un poco de comida ya hecha, así que no tiene que preocuparse por cocinar. Nos vemos luego.
Epifanio: ¿Nada más viniste para eso?
Cruz: ¿Tendría que venir por algún otro motivo?
Epifanio termina de tomarse el poco licor que le quedaba en el vaso y voltea a ver al ama de llaves.
Epifanio: ¿Cuándo vas a terminar con todo esto, Cruz? Podría ocurrir cualquier tragedia si no los detenemos.
Cruz: Muy pronto, don Epifanio. Hoy es el gran día.
Epifanio: (desconcertado) ¿De qué estás hablando?
Cruz: Hoy los que deben pagar van a caer como fichas de dominó. Usted nomás espérese.
Epifanio: ¿Qué estás planeando, mujer? No quiero que nadie vaya a morir.
Cruz: Despreocúpese. Ningún inocente va a caer en este juego y creo que se lo he demostrado.
Epifanio: De Manuel Román te lo acepto porque era un maldito degenerado, pero Gracia…
Cruz: Gracia sólo era una ficha que debíamos utilizar. Fue por eso que le ordenamos matar a Manuel y ya era una loquita inútil. En cualquier momento, hubiera arruinado todo.
Epifanio: Hablas con tanta frialdad que te desconozco a veces.
Cruz: Ver cómo mi familia se hundió en la bancarrota y que mi madre tuviera que prostituirse conmigo para sobrevivir me hizo ser esto que soy, don Epifanio.
Epifanio: Yo también pasé por mucho de joven y nunca hubiera tenido tus alcances.
Cruz: No se haga el santo. ¿Olvida lo mucho que maltrató a su difunta esposa y al hijo bastardo que ella tuvo? ¿Olvidó que fue amante de una mujer casada por años? ¿Que hizo pasar por muerta a Lisa Román? ¿Lo ha olvidado?
Epifanio: ¡Ya basta!
Epifanio se pone de pie apoyándose en su bastón.
Epifanio: No tienes que recordarme mi pasado porque lo conozco muy bien. Lo único que quiero ahora es acabar con esta pesadilla y que todo vuelva a la normalidad.
Cruz: Espere un poco más. Hoy su hija será la primera ficha en este juego de ajedrez que va a caer.
Epifanio: Dime qué planeas, por favor. Te lo suplico. Dime si al menos Carolina va a estar bien. Recuerda que sigue siendo mi hija.
Cruz: Mi plan es que pise la cárcel como mucho, no se preocupe, pero no le puedo garantizar que vaya a estar bien. Cualquier cosa podría pasar, don Epifanio.
Epifanio: No me tranquiliza en nada que me digas eso.
Cruz: Sólo espere y vea. Recuerde que yo también estoy arriesgando mucho por usted.
Cruz se da la vuelta para irse.
Epifanio: ¿Y cuando todo acabe qué?
Cruz se queda en silencio un par de segundos dándole la espalda al hombre.
Cruz: Cuando todo se acabe, usted podrá estar tranquilo y seguir su vida como mejor le parezca. Puede entregarse a la policía, irse lejos y olvidarse de mí, o lo que le venga en gana.
Epifanio: Quieres que me case contigo y te vuelva mi esposa, ¿no?
Cruz no responde y sale de la cabaña. Epifanio se queda pensativo y vuelve a tomar asiento sintiéndose sumamente perturbado.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / DÍA
Lisa toca la puerta de una habitación. Es de notar que carga una bolsa de compras. Pablo abre pocos segundos después y se sorprende al verla.


Pablo: ¿Tú?
Lisa: (sonriéndole) Hola. ¿Tienes un momento?
Pablo: Mi mamá no está en esta habitación por si la buscas.
Lisa: No, no estoy buscando a tu mamá. Vine a verte a ti.
Pablo: No entiendo. ¿Qué tienes para hablar conmigo?
Lisa: ¿Por qué estás a la defensiva conmigo? ¿Es por lo que pasó esta mañana con tu camisa?
Pablo: Para nada. Son ideas tuyas. Es sólo que sí se me hace medio raro.
Lisa: Bueno, pues para que veas lo apenada que estoy, fui a la tienda y te compré esto.
Lisa le entrega la bolsa. Él la recibe extrañado.
Lisa: Es una camisa súper linda para que repongas las que te manché por accidente.
Pablo: No te hubieras molestado. Nada más era necesario lavar la que ya tenía.
Lisa: Tómalo como una disculpa de mi parte y no me la rechaces, por favor. Mire que lo hice con harto gusto para un chavo tan guapo como tú.
Pablo se sorprende al escucharla.
Pablo: Bueno, pues… Gracias, supongo.
Lisa: No hay de qué. ¿Por qué no te la pruebas?
Pablo: Lo haré luego. Estaba por tomarme un baño.
Lisa: ¡Ay, anda! No te tardas ni un minuto. Quiero asegurarme de que sí te quede o sino para irla a cambiar.
Pablo, indeciso, asiente con la cabeza.
Pablo: Está bien. Si quieres pasas y me esperas.
Lisa entra a la habitación.
Lisa: ¿Estás solo?
Pablo: Sí, mi esposa salió con su hermano, pero ya deben estar por volver.
Pablo entra al baño y se quita la camisa que trae puesta para probarse la nueva. Lisa, sonriendo con malicia, para aprovechar la oportunidad, se acerca al baño y lo observa en silencio.
Lisa: Definitivamente eres guapísimo, Pablo.
Pablo se voltea sorprendido.
Pablo: ¿Qué haces? Te dije que me esperaras.
Lisa: (acercándose) ¿En serio no te has dado cuenta de lo mucho que me atraes? Porque desde esta mañana que te vi no pude evitar fijarme en lo lindo y simpático que eres.
Pablo no sabe qué decir.
Lisa: Los chavos así de serios y de esquivos son mi debilidad (Pone su mano en el pecho de él).
Pablo: Oye, esto no me gusta. Salte, por favor. Mi esposa puede llegar en cualquier momento.
Lisa: Solo quiero probarte por una vez. ¿Qué hay de malo con eso?
Lisa, de forma atrevida, comienza a desabrocharle el cinturón y lo besa. Pablo intenta retenerla, pero ella insiste.
Pablo: ¡Ya, por favor! ¡Detente!
Lisa: No me rechaces. Es solo sexo casual. Nadie lo sabrá (Sigue besándolo). ¿Qué tiene de malo?
Pablo: ¡Que no! ¡Basta!
Pablo la empuja algo fuerte. Lisa pierde el equilibrio y cae, cosa que lo asusta.
Pablo: ¿Estás bien?
Lisa: (gritando) ¡Auxilio! ¡Auxilio, por favor! ¡Ayuda!
Pablo se desconcierta por los gritos. Lisa se levanta y sale corriendo de la habitación.
Pablo: Oye, espera.
Lisa: ¡Ayuda! ¡Me quieren violar!
Pablo: ¿Qué dices? ¡Cállate!
Pablo la toma del brazo e intenta tranquilizarla.
Lisa: ¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude! (Grita desesperada)
Pablo: ¡Cálmate! ¡No hagas esto!
Pronto, los demás huéspedes salen de sus habitaciones e incluso los empleados del hotel acuden a los gritos. Pablo se avergüenza y suelta a Lisa quien se aleja de él.
Lisa: (llorando) ¡Llamen a la policía! Este tipo estaba intentando abusar de mí.
Pablo: ¿De qué hablas? ¡Eso no es cierto!
Lisa: Me estaba forzando a acostarme con él. ¡Hagan algo! Tengo mucho miedo.
Pablo no sabe qué hacer y las circunstancias lo delatan, pues está sin camisa y el pantalón a medio abrochar.
EXT. / CALLES / DÍA

Está atardeciendo. Danilo da un paseo por las coloniales calles de Villa Encantada acompañando a Milena. Él impulsa la silla de rueda despacio y ambos van conversando.


Danilo: Y así van las cosas. Marissa todavía tiene sus dudas y se siente medio insegura, pero esta vez creo que sí se me va a dar la oportunidad de estar con ella.
Milena: Te lo mereces, Danilo y doña Marissa también se lo merece. Ella ya sufrió mucho al lado de Luis Enrique que la engañó por tanto tiempo y pues don Eduardo tampoco es que la hubiera tomado muy en serio por lo que me contó Pablo.
Danilo: Eso es justo lo que quiero, que se olvide de esos dos tipos y se deje querer. No te imaginas lo mucho que amo esa mujer, Mile (Sonríe al pensar en ella). Lo que sentí anoche cuando estábamos juntos nunca lo había sentido con ninguna mujer en la intimidad.
Milena: ¿A poco ya has tenido tus noviecitas por ahí y no me enteré?
Danilo: No seas mensa. Soy hombre y novias como tal, pues no, pero sí me han gustado otras chavas y han pasado cositas. No te lo tengo que contar todo.
Milena: (riendo) Pero soy tu hermana.
Danilo: Pues sí, pero tú tampoco me lo cuentas todo, ¿o sí? A ver dime, ¿qué te ha tenido tan cabizbaja todo el día? Y no me digas que nada, eh, porque ya me di cuenta.
Milena: ¡Ay, Danilo! Es que…
Danilo deja de impulsar la silla y se para frente a ella para luego hincarse poniéndose a su altura.
Danilo: ¿Qué pasa? Tú sabes que me lo puedes confiar todo.
Milena: Dime algo. ¿Qué sentirías o qué harías si un día doña Marissa te dice que no tiene ganas de estar contigo, tú sabes, íntimamente? ¿Te molestarías con ella?
Danilo: No, para nada. La entendería porque a lo mejor no está en sus días así como tantas mujeres o quizá se sienta cansada.
Milena: ¿No te buscarías otra que te satisfaga o te quite las ganas?
Danilo: ¿Pos qué pasó, Milena? Sí es cierto que nosotros los hombres somos más…
Milena: ¿Más promiscuos y más puercos? (Enarca una ceja)
Danilo: No lo iba a decir de ese modo, pero lo que quiero que entiendas es que no todos somos así y cuando queremos de verdad, le metemos todo el corazón a esa persona y no se nos pasa por la cabeza engañarla.
Milena suspira aún poco convencida.
Danilo: Pablo te quiere reharto y si tienes tus inseguridades por lo de que no puedes caminar todavía, él te va a entender el tiempo que haga falta.
Milena: ¡Ajá! ¿Y tú cómo sabes que estoy hablando de Pablo y de mí? ¿Él te dijo algo?
Danilo: ¡Ay, Milena! No soy un niño. No hace falta que ni tú ni él me digan algo, además recuerda que soy mayor que tú y tengo mucha más experiencia en esto de las relaciones.
Milena: ¡Ay, sí tú! Hablas como si fueras ya un ruco sabelotodo (Los dos ríen)
Danilo: Pues no me las sé todas, pero hablo desde lo que ya he vivido y de mi propio sentir, así que arriba ese ánimo y no pienses tonterías, ¿va?
Milena: (asentando) Va.
Danilo: (incorporándose) ¿Qué te parece si te invito a un helado y luego te llevo de vuelta al hotel?
Milena: Te estabas tardando. Ya estaba por pensar que eras un tacaño.
Danilo: (riendo) No te creas. Hoy quiero consentir a mi hermanita bella, pero eso sí. A la próxima invitas tú y así quedamos a mano.
Milena: ¡Óyeme! ¡Sí eres!
Danilo: Espérame aquí.
Luis Enrique, muy cerca de allí, se encuentra dentro de su auto y observa a sus hijos. Tal parece que venía siguiéndolos.

Luis Enrique: Perdóname por lo que voy a hacer, hijo, pero es por tu bien. Me lo vas a agradecer.
El hombre respira profundo, se pone una gorra y un cubrebocas, pisa el pedal y acelera en dirección a Danilo, quien justo está cruzando la calle.
Milena: (aterrada) ¡Danilo! ¡Cuidado!
Danilo voltea a ver, pero es tarde. Luis Enrique lo embiste tumbándolo al piso y rápidamente retrocede para escapar.
Milena: ¡Danilo! ¡Hermano!
Milena, muy preocupada, corre hacia él en la silla de ruedas. Danilo yace en la carretera, inconsciente y con una protuberante herida en su cabeza que sangra.
Milena: (llorando) ¡Danilo! ¡Danilo, reacciona! ¡Levántate! (Gritando) ¡Ayuda, por favor! ¡Ayúdenme! ¡Atropellaron a mi hermano! ¡Ayuda!
Varias personas acuden al llamado de auxilio y hay quienes sacan su celular para llamar a emergencias.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE

Eduardo mira la vista nocturna a través de la ventana mientras sostiene un vaso lleno de licor. Tal parece que lleva bebiendo desde hace un rato. En eso tocan la puerta.

Eduardo: Adelante.

Carolina: (entrando) Hola, Eduardo. Vine tan pronto como vi tu mensaje diciéndome que necesitabas hablar conmigo. ¿Recapacitaste? ¿Vas a salir a cenar conmigo?
Eduardo solo voltea a verla con desprecio y una profunda amargura. Carolina se percata de ello y se preocupa.
Carolina: ¿Qué te ocurre? ¿Por qué me ves así?
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / NOCHE
De manera simultánea, María Helena entra a su cuarto y al encender las luces, se asusta al ver que Lisa esperaba allí. Esta última la ve seria cruzándose de brazos.


María Helena: (molesta) ¿Qué se supone que haces ahí a oscuras? ¿Me quieres matar de un susto?
Lisa: Pues no sería mala idea. Todavía no me fío del todo de tus dizque buenas intenciones de ayudarme. Lástima que la imbécil de Carolina no fue capaz de hacerlo por mí.
María Helena: (seria) Ya quisieras, pero fíjate que no y aquí sigo, vivita y coleando para tu desgracia.
Lisa: Me encanta lo altanera que eres. En el fondo hasta nos parecemos. ¿Y esta maleta? ¿Te vas a ir o acaso estás pensando en escapar?
María Helena: Voy a acompañar a mi mamá unos días mientras le dan de alta y ya mejor dime qué quieres porque no me estabas esperando solo para echar chisme como dos buenas hermanitas, ¿o sí?
Lisa: En efecto. Necesito que me hagas un favor si de verdad te quieres ir ganando mi confianza.
María Helena: (indiferente) ¿De qué se trata?
Lisa: Esta mañana, Marissa Miranda y su hijo el menso me conocieron. Les dije que iba recomendada por ti ya que me hablaste de ella para que trabajáramos juntas en un proyecto de caridad que se me ocurrió.
María Helena: ¿Y qué pretendías haciendo eso? ¿Qué planeas?
Lisa: Más bien qué planeaba. Intenté seducir al chavo ese con la excusa de llevarle un regalito, ¿y a que no adivinas? ¡Lo acusé de violación!
María Helena: (impactada) ¿Qué? ¿Te volviste loca?
Lisa: Ay, no seas aguafiestas. No te imaginas lo mucho que me divertí armando ese drama en el hotel. Al muy tonto se lo llevaron para la estación de policía.
María Helena: No puedo estar de acuerdo contigo. Pablo es inocente. ¿Qué buscas afectándolo de esa forma?
Lisa: Es cierto que no me ha hecho nada, pero es hijo de esa maldita Marissa Miranda y, por ende, su punto débil, así que si te preguntan, tú nada más le dices que sí me conoces y eres mi amiga de toda la vida, lo mismo que le dijimos a Eduardo.
De repente, las hermanas escuchan un grito estrepitoso a lo lejos, cosa que les extraña.
Lisa: ¿Qué fue eso?
María Helena: Creo que vino del estudio y parecía una mujer.
Las dos se ven desconcertadas y salen en dirección al estudio. En efecto, allí, Carolina ha gritado aterrada después de que Eduardo lanzara hacia ella el pesado vaso de vidrio del cual bebía y que cayó a un lado.


Carolina: ¿Te volviste loco, Eduardo? ¡Pudiste hacerme daño! ¿Qué te pasa?
Eduardo: ¿Qué me pasa? ¿Todavía tienes el descaro de preguntar qué me pasa?
Eduardo pierde la paciencia, la toma bruscamente de un brazo y la lleva hacia el escritorio. Una vez allí, toma el documento que recibió en la tarde y se lo restriega en la cara.
Eduardo: ¡Esto es lo que me pasa! ¡Esto, maldita sea! (Fuera de sí)
Carolina: Eduardo, cálmate, por favor. No entiendo.
Eduardo: Léelo.
Carolina duda en tomar el documento.
Eduardo: (gritando) ¡Que lo leas!
Carolina agarra el arrugado papel entre sus manos y lo lee sorprendiéndose al ver que se trata de los resultados de la prueba de ADN que realizó en secreto.
Eduardo: (dolido) ¿Cómo pudiste ocultarme algo así? ¡Tú sabías que Lisa era mi hija biológica!
Lisa y María Helena acaban de escuchar aquello detrás de la puerta, algo que las impacta en gran manera.
Eduardo: Lo supiste desde un inicio, ¿no? Tú siempre supiste que tu papá fue amante de Helena y así te hiciste la sorprendida el día que te lo conté después de su entierro. ¡Admítelo!
Carolina: (balbuceando) Ed… Edu… Eduardo déjame explicarte.
Eduardo: No necesito que me expliques nada porque yo ya lo entendí todo. Lo que hiciste no tiene perdón. ¿No te das cuenta? (Hace una pausa y rompe a llorar) Por tu culpa… Por tu culpa me acosté con mi propia hija.
Lisa, detrás de la puerta, no da crédito a lo que escucha y se ve notablemente afectada endureciendo el rostro. María Helena siente miedo de lo que pueda ocurrir.
Eduardo: Por tu culpa, Lisa pensó que yo no era su padre y se enamoró de mí, se obsesionó conmigo al punto de que se aprovechó de mí por mi maldito alcoholismo.
Carolina: (llorando) No es mi culpa que esa muchacha estuviera loca y se fijara en ti.
Eduardo: Pero callaste. Hiciste esas pruebas en secreto porque tenías dudas de que Lisa fuera mi hija. Pensaste que era hija de tu papá.
Carolina: Es lo que Helena nos hizo creer a todos. Ella pensaba que tú eras estéril y de haber resultado que Lisa no era tu hija, hubiera tenido el fundamento para desenmascarar a Helena, pero no fue así. ¿Qué importaba si hablaba o no?
Eduardo: ¿Qué importaba? Así nunca hubiera habido dudas sobre la paternidad de Lisa. Ella siempre pensó que Epifanio era su padre porque Manuel se lo dijo y por eso no vio impedimento para fijarse en mí. ¡Como un carajo! ¿Es que no lo entiendes?
Carolina: ¿Y me hubieras creído sin evidencia?
Eduardo: Si tuviste la astucia de hacer unas pruebas de ADN sin que nadie lo supiera, podrías haber buscado más maneras de desenmascararla como dices; videos; fotos…
Carolina: Lo intenté. En varias ocasiones lo hice y te envié las pruebas de forma anónima, pero de alguna forma Helena siempre se las arreglaba para confiscar la correspondencia y se deshacía de todo para luego burlarse de mí diciéndome que nunca podría separarte de ella.
Eduardo: Y por esa razón la mataste.
Carolina se queda sin habla al escucharlo. María Helena se lleva las manos a la boca alucinando ante lo que escucha. Lisa solo guarda silencio.
Eduardo: No sé quién envió un sobre esta tarde que supuestamente venía de ti para mí con las pruebas de ADN y una grabación de esa noche que Helena se suicidó, pero el caso es que ya lo sé.
Carolina colapsa y se derrumba en el piso. Eduardo no deja de derramar lágrimas sintiendo un gran dolor.
Eduardo: ¿Cómo? (Hace una pausa tragando sus lágrimas) ¿Cómo pudiste caer tan bajo?
Carolina: Eduardo… Eduardo, perdóname (Llorando). Para mí no fue fácil llegar a esos extremos. Yo nunca quise…
Eduardo: ¡Pero lo hiciste! Preferiste volverte una asesina antes de hablar con la verdad. Qué engañado estuve contigo (Niega con la cabeza). Y todavía quieres que me case contigo, pero ya tus chantajes se acabaron.
Carolina: No vayas a romper el compromiso, mi amor. Te lo pido (Desgarrada). Te hice un favor al librarte de Helena que no te quería. ¡Yo sí te voy a amar como te lo mereces!
Eduardo: Te equivocas. La mataste por celos también, para quedarte conmigo, así como también me alejaste de Marissa, pero no te voy a tolerar más.
Carolina: ¡Eduardo, por favor!
Eduardo: Te vas a pudrir en la cárcel.
De repente, se escuchan las sirenas de la policía acercándose a la hacienda. Lisa se va de allí en silencio.
María Helena: (susurrando) ¡Oye! ¿A dónde vas?
María Helena sienta el impulso de seguirla, pero prefiere quedarse detrás de la puerta.
Carolina: No lo puedo creer. Fuiste capaz de denunciarme. Claro, por eso me dijiste que viniera a esta hora. ¡Me tendiste una trampa! (Se pone de pie furiosa)
Eduardo: Es lo que mereces. Pudiste ser la única persona hace dieciocho en años en advertirme y sacarme de toda la podredumbre que me ha rodeado desde que me casé con Helena, pero guardaste silencio y ahora vas a pagar.
Carolina: No, Eduardo… (Niega con la cabeza) No me puedes hacer esto.
Eduardo: Espero nunca más tener que volver a verte en la vida.
Carolina: ¡Pues si no eres para mí que te esperé dieciocho, no serás para nadie!
Carolina se apresura y saca de su bolso una pistola con la cual le apunta. Eduardo se echa hacia atrás.
Eduardo: Baja eso y no cometas más errores.
Carolina: Los errores que cometí los hice por estúpida, por amor a ti y si no eres capaz de valorar nada, prefiero que te mueras y después morirme yo.
María Helena entra de inmediato al estudio.
María Helena: (alertada) ¡No lo hagas!
Carolina se voltea y le apunta a María Helena.
Eduardo: (asustado) ¡María Helena! ¡Vete de aquí!
María Helena: No hagas las cosas más difíciles y entrégate.
Carolina: A ti también debería matarte. De seguro quieres repetir la historia de tu hermana y revolcarte con mi Eduardo, pero no te lo voy a permitir.
Eduardo, con prontitud y aprovechando la distracción, se abalanza sobre Carolina y ambos empiezan a forcejear.
María Helena: (aterrada) ¡Papá, ten cuidado!
Eduardo intenta quitarle la pistola, pero Carolina se resiste.
Carolina: ¡Suéltame! ¡No me vas a impedir que te mate!
Eduardo: ¡Razona, Carolina! ¡Ya basta!
Carolina: Nunca voy a dejar que seas feliz con nadie más. ¡Nunca!
De repente, se escucha un disparo. María Helena grita en un profundo eco y Eduardo se desploma. Ha recibido un impacto de bala en el abdomen.
CONTINUARÁ…
Lisa se ha tropezado con Pablo derramando por accidente una bebida sobre la camisa que él trae puesta.


Lisa: De verdad que lo siento muchísimo. Estaba algo distraída y no me fijé. Discúlpame.
Pablo: (resignado) Está bien. Nada más tenga un poco más de cuidado la próxima vez.
Lisa: Es que ando buscando a alguien y me dijeron que la podía encontrar aquí, así que andaba medio mensa caminando por si la veía. ¿Conoces de casualidad a la señora Marissa Miranda?
Pablo: (extrañado) Sí, claro. Es mi mamá. ¿Por qué la buscas?
Lisa: ¿En serio? Mira tú qué casualidad. Quisiera que habláramos para hacerle una propuesta. María Helena me habló de ella.
Pablo: (sorprendido) ¿María Helena?
Lisa: Sí, somos amigas y me recomendó a tu mamá para un proyecto que me gustaría comentarle. Sé que tiene una fundación de arte y sería un placer trabajar con ella.
Pablo: Hum, entiendo. En ese caso, si quieres, puedes esperarla aquí y yo ya le digo que venga para que hablen.
Lisa: Te lo agradecería. Un gusto conocerte. Soy Martina.
Lisa le extiende la mano con delicadeza y mirándolo de forma seductora. Pablo se intimida un poco, pero le corresponde el gesto.
Pablo: Mucho gusto. Me llamo Pablo.
Lisa: Lindo nombre y muy guapo el que lo lleva.
Pablo: Ah, pues… Gracias (Ríe con timidez).
Lisa: No hay de qué. María Helena sí me había comentado que doña Marissa tenía un hijo muy galán. Espero que me puedas disculpar por el incidente.
Pablo: No hay problema y con tu permiso, debo pagar la cuenta. Mi esposa me está esperando.
Pablo voltea a ver a Milena, quien ni siquiera se ha percatado de lo que ocurre, pues está sumida en sus pensamientos. Lisa la alcanza a ver.

Lisa: Ya veo. En ese caso, voy a esperar por aquí y quedo al pendiente para verme con tu mamá.
Pablo: Claro, ya le escribo para que suba. Con permiso.
Pablo le esboza una sonrisa y se retira. Lisa se queda viéndolo con una desmedida malicia.
Lisa: (hablando en voz baja) Esto va a ser más fácil de lo que pensé. El tipo está casado nada más y nada menos que con una lisiada. ¡Ay, Marissa! No voy a tener piedad contigo y te voy a dar por dónde más te duele, maldita.
Lisa habla con total seguridad de sus intenciones sin dejar de sonreír.
INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA DE VILLA ENCANTADA / DÍA
Carolina camina detrás de un policía que la dirige a una celda en específico. Cecilia aguarda allí, sentada en el piso y abrazando sus piernas mientras mira al vacío como si no hubiera alma en ella.


El policía: Hey, tienes visita.
Cecilia voltea a ver con algo de interés.
Cecilia: ¿De quién? ¿Son mis hijos?
El policía se aparta y deja ver a Carolina.
Carolina: No, Cecilia. Soy yo.
Cecilia se sorprende al verla y se pone de pie.
El policía: Tienen cinco minutos.
El policía se retira dejando a ambas mujeres solas. Cecilia ve con suspicacia a la hermana del que fue su amante durante tantos años y se acerca un poco. Cabe aclarar que los barrotes las separan.
Cecilia: ¿Qué está haciendo usted aquí? (Pregunta muy seria)
Carolina: Vine a hablar contigo.
Cecilia: No veo de qué tengamos que hablar usted y yo, señorita.
Carolina: De muchas cosas que te interesan.
Cecilia: La mera verdad y para serle muy sincera, no me hace mucha gracia verla. Luis Enrique la mandó, ¿no? Yo ya sé que ustedes también son amantes.
Carolina: (sorprendida) ¿De qué estás hablando? Claro que no. ¿De dónde sacas semejante cosa?
Cecilia: No tiene caso que me lo niegue. Yo sé también que Luis Enrique fue el que la mandó a matar a doña Helena Montalbán y así yo fui tan estúpida de haberla ayudado a usted aquella vez dándole las llaves de la hacienda sin saber nada.
Las dos mujeres recuerdan ese momento del pasado meses atrás.
FLASHBACK
Carolina va saliendo de la hacienda en medio de la lluvia. La mujer llora desconsolada mientras se dirige a su auto después de que Helena la humillara y le dijera que está embarazada de nuevo sin saber si el padre es Epifanio o Eduardo.
Cecilia: ¡Señorita! ¡Señorita Carolina, espere!
Carolina gira la cabeza sorprendiéndose al ver a la empleada. Por eso, decide mantenerse de espaldas para ocultar que llora.
Carolina: ¿Qué quieres, Cecilia? Ya me voy.
Cecilia: Escuché toda su conversación con doña Helena (Carolina se sorprende). Y antes de que me diga cualquier cosa, déjeme decirle que estoy completamente de su lado.
Carolina la encara.
Carolina: ¿Cómo puedes ser tan atrevida? Escuchar conversaciones detrás de la puerta es de muy mal gusto.
Cecilia: Lo sé y no lo acostumbro a hacer, pero me fue inevitable no escuchar la discusión.
Carolina: Entonces, no se te ocurra decir nada. Es algo muy delicado y nadie puede saberlo.
Cecilia: Jamás diría algo, señorita. Yo solo soy una sirvienta en esta hacienda y no me meto en los asuntos de los patrones, pero no le niego que se me hace bien injusto lo que está pasando.
Carolina la ve con suspicacia.
Cecilia: Doña Helena es una descarada y merece pagar por ello. Por eso, si tanto quiere matarla, no lo dude y tome…
Cecilia le entrega unas llaves, las cuales la otra mujer recibe extrañada.
Cecilia: Esta es una copia de las llaves de las puertas del primer piso de la casa. Úselas cuando crea necesario y acabe con esa pesadilla de una vez por todas.
Carolina: No comprendo. ¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas o qué es lo que quieres?
Cecilia: Justicia, señorita, nada más. Doña Helena es una devorahombres que no sólo se acuesta con su papá, sino con mi hijo, Danilo.
Carolina se sorprende aún más al escucharla.
Cecilia: Tanto es así que lo manipula a su antojo para que le haga el mandado cuando ella quiere. He intentado hablar con él, pero no oye razones. Doña Helena lo tiene trastornado y eso es algo que no pienso permitir.
Carolina: ¿Te das cuenta de que si algo sale mal estarías implicada?
Cecilia: Nada saldrá mal. Es solo cuestión de que entre tarde en la noche y mañana podría ser un buen momento. Yo me las voy a arreglar para que doña Helena salga a tomar un paseo y ahí usted tendrá la oportunidad de acabar con ella como tanto quiere. Confíe en mí.
Cecilia le sonríe con malicia. Carolina se ve insegura ante tales planes, pero después de unos segundos, encierra en un puño las llaves que la otra le entregó y le sonríe también como asintiendo.
FIN DEL FLASHBACK
El recuerdo termina. Cecilia le esboza una sonrisa con cierta amargura a Carolina.
Cecilia: Qué imbécil y qué ironía, ¿no? ¿Qué me iba a imaginar yo que estaba ayudando a la amante de mi amante?
Carolina: Cecilia, no es así. Escucha…
Cecilia: (la interrumpe) Pero ¿sabe qué es lo peor?
Cecilia traga saliva y solloza al hablar.
Cecilia: (dolida) Que yo tengo la culpa. Yo empujé a Danilo a que se hiciera amante de doña Helena por ambición y la señorita Lisa los descubrió. Ella lo empezó a chantajear y a ordenarle que matara a doña Helena, y no tuve de otra que hablar con Luis Enrique para que nuestro hijo no se manchara las manos de sangre.
Cecilia se sienta en la modesta cama de la celda mientras una lágrima se desliza por su rostro.
Cecilia: Hasta en una ocasión grabé a Lisa desnuda frente a la computadora y le di el video a Luis Enrique para que la chantajeara también y así ella dejara a Danilo en paz, pero me aseguró que era inútil…
FLASHBACK
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, CABALLERIZAS / DÍA

Más tarde, se ve a Luis Enrique entrar a una desolada caballeriza. Cecilia aguarda allí.


Cecilia: Menos mal llegaste.
Luis Enrique: ¿Qué era eso tan importante que tienes?
Cecilia: Mira esto.
Cecilia le muestra a Luis Enrique un video en su celular en el que claramente se ve a Lisa ligera de ropa o desnudándose frente a su computador.
Cecilia: Varias veces la he cachado desnuda haciendo no sé qué cosas en frente de la computadora. En cuanto supe que estaba chantajeando a nuestro hijo, la empecé a investigar y corrí con suerte porque mira nada más el secretito que se carga.
Luis Enrique: ¿Y qué pretendes que haga yo con eso?
Cecilia: Yo te lo envío y tú se lo muestras a ella para que se olvide de esa idea absurda de obligar a Danilo a matar a doña Helena.
Luis Enrique: Estamos hablando de la hija de mi socio, Cecilia. No quiero meterme en problemas. ¿Qué tal si me acusa?
Cecilia: No lo hará si la tienes en tus manos.
Luis Enrique: ¿Por qué no te encargas tú?
Cecilia: Soy una chacha, Luis Enrique. La muchachita esa podría conspirar para que me corran de la hacienda junto a nuestros hijos. Como mucho a ella la castigarían, pero a nosotros nos pondrían por el piso. Doña Lucrecia hasta se encargaría de que no consigamos más chamba en el pueblo.
Luis Enrique luce indeciso.
Cecilia: Hazlo por Danilo. Él no puede mancharse las manos de sangre. ¡Por favor! (Desesperada)
Luis Enrique: No, no lo voy a hacer.
Cecilia: ¡Luis Enrique!
Luis Enrique: Tú misma lo dijiste. A ella solo la castigarían, pero tú y yo podríamos hasta ir presos si llego a chantajear a esa mocosa con ese video si a ella se le ocurre abrir la boca. Deja que sea yo quien mate a Helena.
Cecilia: (impactado) ¿Enloqueciste? ¿Vas a mancharte las manos de sangre así nomás?
Luis Enrique: No hay más opción. Date cuenta. Prefiero hacerlo yo a que Danilo lo haga.
FIN DEL FLASHBACK
Cecilia endurece el rostro mientras sigue relatando.
Cecilia: Ahí fue donde se ofreció a matar a doña Helena, muy abnegado él, dizque para proteger a Danilo, pero qué va. En el fondo sacó provecho del problema por beneficio propio compinchado con usted. Él quería de seguro que don Eduardo enviudara para que usted se casara con él y así compartir la herencia, ¿no? Eso era lo que buscaban.
Carolina: Estás muy equivocada, Cecilia. Luis Enrique y yo no somos amantes ni planeamos nada de eso. Estás confundida.
Cecilia: Yo lo escuché de boca de él cuando mató a Tarcisio. Luis Enrique pensó que él lo estaba chantajeando con un dizque video de las cámaras de seguridad donde muy seguro sale usted dándole cuchillo a doña Helena.
Carolina: Mira, es cierto que le pagué a Tarcisio para que me entregara la copia original de la grabación y Luis Enrique aparentemente lo mató pensando que era él quien nos estaba chantajeando, pero hay más que eso.
Cecilia: No me importa, ¿sabe? Total, me estoy pudriendo aquí esperando un juicio y si Luis Enrique la mandó a amenazarme para que no diga nada, tranquilos. Aunque hable, nadie me va a creer, así que qué más da.
Carolina: (exasperada) ¡Cecilia, escucha, por favor! La relación entre Luis Enrique y yo va más allá de lo que piensas. ¡Él y yo somos hermanos!
Cecilia: (incrédula) ¿Qué?
Carolina: Los dos nos reencontramos hace unos meses justo después del funeral de Lucrecia.
Carolina se acerca aún más y baja la voz para que nadie la oiga.
Carolina: Cuando maté a Helena, ni siquiera teníamos contacto y esa noche él me vio cuando la degollé. Fue por eso que cuando me vio en el funeral, me reconoció y me abordó al final para que habláramos.
Cecilia: (dudosa) Él nunca me dijo que tenía una hermana y cuando lo conocí era un pobre diablo que trabaja en la plaza de mercado.
Carolina: Era un secreto familiar que no le convenía a nadie que se supiera. La última vez que nos vimos éramos unos niños y él huyó de casa porque mi papá… (Hace una pausa) Mi papá lo maltrataba.
Cecilia escucha con atención.
Carolina: Lo maltrataba porque no era su hijo de verdad, sino producto de un amorío de mi mamá con el chofer.
Cecilia se sorprende al conocer el pasado de su amante que desconocía.
Cecilia: ¿Y para qué me viene a contar esa historia?
Carolina: Porque de ahí parte todo. Luis Enrique nunca perdonó a mi papá y piensa que yo tengo la culpa. Me odia a mí también y hasta hace muy poco descubrí que solo se ha acercado para vengarse de mí. Sí es cierto que me han estado amenazando de forma anónima, pero es él y no sé si lo sabes, pero también incendió mi mansión.
Cecilia: Pues qué mal por usted y no me extraña viniendo de una rata como Luis Enrique, pero sigo sin entender qué busca de mí.
Carolina: Que me ayudes.
Cecilia: ¿Yo ayudarla?
Carolina: Yo nunca me hubiera atrevido a acabar con Helena de no ser porque tú me convenciste y me diste el acceso a la hacienda. De cierta forma hasta me utilizaste.
Cecilia baja la cabeza y evita mirarla, pues sabe que es verdad.
Carolina: Como Luis Enrique te dijo que no se podía hacer nada con el video de Lisa, recurriste a mí y te aprovechaste de mi situación y de lo mucho que odiaba a Helena.
Cecilia: Lo hice porque tampoco quería que él se metiera en problemas matando a doña Helena. Era muy arriesgado y…
Carolina: Sí, ya sé lo que vas a decir. Preferías que si alguien caía por la muerte de Helena fuera yo, y no tu hijo y tu hombre, pero no te preocupes. Las dos teníamos intereses por su lado, pero si yo te ayudé, ahora tú deberías ayudarme a mí.
Cecilia: No entiendo cómo estando aquí metida en esta maldita pocilga.
Carolina: Mira, Cecilia. Tu caso es muy complicado. Aunque se demuestre que tú no mataste a Tarcisio, no saldrías libre fácilmente por los cargos de intento de asesinato a Marissa.
Cecilia: (seria) No me nombre a esa mojigata. De solo pensar que voy a pasar un buen tiempo aquí por ella y por Luis Enrique, me hierve la sangre.
Carolina: Te entiendo. Marissa tampoco me cae bien y desde que llegó, sólo ha traído problemas. Yo en tu lugar estaría furiosa de solo pensar que esos dos se van a casar nuevamente y se van a reír de mí a mis espaldas mientras me pudro en prisión, así que te tengo una propuesta.
Cecilia se extraña al oírla.
Carolina: Una propuesta con la que no sólo podrás ayudarme a quitarme de encima a Luis Enrique, sino a la mojigata. ¿Te interesa?
Cecilia: ¿De qué se trata?
Carolina le entrega una llave.
Cecilia: ¿Y esto?
Carolina: Recuerda que con dinero todo se puede comprar y no me fue difícil pagarle al guarda para que me diera la llave con la que podrás salir de aquí y así encargarte de Luis Enrique.
Carolina sonríe con desmedida maldad y expectante ante la respuesta de Cecilia.
Carolina: Deberías hacerlo porque el imbécil hasta me confesó que piensa atacar a Danilo.
Cecilia: (alterada) ¿Atacarlo? ¿De qué habla?
Carolina: Es lo que me dijo. Danilo y Marissa al parecer tienen una relación. Luis Enrique lo ve como rival.
Cecilia: (furiosa) ¡Maldito! ¿Cómo tiene la sangre para atacar a nuestro propio hijo? ¡Es su hijo! Y por defender a esa desgraciada.
Carolina: ¿Lo ves? Es hora de que Luis Enrique deje de ser un problema. Yo siendo tú aprovecharía la oportunidad que te estoy dando para que pongas las cosas en su orden. ¿Qué me dices?
Cecilia se queda pensativa mirando la llave.
INT. / HOTEL, TERRAZA / DÍA
Marissa ha llegado al encuentro de Martina sin imaginarse que el rostro que se esconde detrás es el de Lisa. Esta última la espera sentada en una mesa con parasol.


Marissa: Hola. ¿Eres Martina?
Lisa se pone de pie sonriéndole y le extiende la mano fingiendo amabilidad.
Lisa: Sí, soy yo. Es un placer conocerte, Marissa.
Marissa no puede evitar que una sensación extraña la aborde, pero le corresponde el saludo y ambas aprietan las manos.
Marissa: Pablo me dijo que necesitabas hablar conmigo sobre mi fundación y que María Helena fue la que te habló de mí.
Lisa: Es correcto, pero siéntate, por favor (Las dos toman asiento). Malena y yo somos muy buenas amigas, y cuando le pregunté si conocía a alguien con quien pudiera llevar a cabo este proyecto tan padre que tengo en mente, me habló de ti.
Marissa: ¿De qué se trata tu proyecto?
Lisa: Para empezar, quiero contarte que mi esposo murió hace unos días.
Marissa: (sorprendida) Lo siento mucho…
Lisa: (esbozando una sonrisa) Gracias, pero si te lo digo es porque en vida, él siempre quiso apoyar a los más vulnerables, así como tú con tu fundación de arte. Tengo entendido que trabajas con niños de orfanatos que pintan cuadros y luego los subastas para recoger fondos, ¿no?
Marissa: Sí, es algo que empezó Heliodoro Miranda, mi padre, que en paz descanse y yo lo que hice fue seguir su legado. Es muy gratificante poder ayudar a tantos chiquitos sin padres y que, además, son tan talentosos. Tengo varios de sus cuadros en el sitio web.
Lisa: Es cierto, los vi y son hermosos. De verdad que me conmueve muchísimo tu labor, Marissa, pero para ir al punto, mi esposo hacía una labor similar. Él era cirujano plástico y ofrecía operaciones y reconstrucciones faciales gratuitas a niños con quemaduras.
Marissa: Qué bien. Me parece que hacen falta más centros e instituciones de ese tipo.
Lisa: Lo mismo pienso y ahora que él murió, me gustaría continuar su proyecto y patentarlo. Es ahí donde entras tú.
Marissa: Bueno, dime. Soy toda oídos.
Lisa: Verás, estaba pensando en asociarme con una fundación de caridad como la tuya para que trabajemos en pro de los más necesitados. Tu fundación podría aliarse con nuestro hospital para financiar la salud de los niños huérfanos que a veces no tienen medicamentos o la oportunidad de acceder a un buen tratamiento.
Marissa: (impresionada) Debo reconocer que parece una excelente idea.
Lisa: Lo es. Si trabajamos juntas bajo la misma sociedad, tú pones el dinero y nosotros los equipos médicos. Ganaríamos por partes iguales, claro está, no para nuestro beneficio, sino para el de los chiquitos. ¿Qué dices entonces?
Marissa: Me gusta el proyecto a decir verdad, pero tengo que pensarlo y consultarlo con mis abogados, Martina. Bien sabes que hay mucho dinero de por medio.
Lisa: Entiendo y tienes razón. Tómate tu tiempo y me cuentas. De todas maneras, voy a estar acá en el pueblo unos días.
Marissa: ¿Ah sí?
Lisa: Sí, estoy visitando a Malena y tomando unas vacaciones para no pensar tanto en la muerte de mi esposo. Es mejor eso a estar encerrada en casa llorando y lamentándome.
Marissa: Es respetable. Cada persona vive el luto de maneras diferentes.
Lisa. Y por cierto, ¿te importaría decirme cuál es la talla de camisa de tu hijo?
Lisa dirige su mirada hacia otra mesa en donde Pablo y Danilo se encuentran conversando. Pablo nota las miradas coquetas de la joven, pero intenta esquivarlas.
Marissa: ¿La talla de mi hijo?
Lisa: Es que por accidente, cuando te estaba buscando, iba tan distraída que me tropecé con él y le derramé encima toda la soda que me traía. Me siento tan apenada que en serio me gustaría reponerle la camisa que le eché a perder.
Marissa la ve con algo de suspicacia. Entretanto, Pablo nota que Lisa no ha dejado de verlo y le rehúye la mirada con algo de timidez. Danilo se da cuenta.


Danilo: ¿Quién es esa chava con la que está hablando tu mamá?
Pablo: Se llama Martina y según quiere hacerle una propuesta de algo de la fundación, no sé muy bien.
Danilo: Está bien guapa y hace rato no deja de mirarte de lejos.
Pablo: Ha de ser porque hace un rato chocó conmigo y me derramó la soda en la camisa (Le muestra). Mira nomás y era una de las que más me gustaba.
Danilo: Pues dile que te compre otra. Se ve que tiene lana la tipa y ha de estar avergonzada al saber que eres hijo de Marissa.
Pablo: ¿Para qué? Es una tontería. Mejor retomando lo que te decía, Milena anda medio rara y ya ves que prefirió encerrarse en la habitación a que saliéramos a dar un paseo o algo.
Danilo: Tienes que entendarla, bro. Me imagino que está frustrada por lo de que no pudieron estar juntos anoche, pero se le va a pasar.
Pablo: (poco convencido) Eso espero.
Danilo: No te desanimes. Las mujeres son así y a veces tienen sus momentos. Tu mamá esta mañana tampoco… (Hace una pausa)
Pablo: ¿Tampoco quiso hacerlo contigo?
Danilo: ¡Chale! Me da algo de pena hablar de esas cosas contigo por ser sobre tu mamá.
Pablo: No seas imbécil (Dice en tono jocoso) ¿Qué hay de mí? Te conté lo que me pasó con Milena anoche y es tu hermana. ¿Qué diferencia hay? Además mi mamá es mujer y sé que también tiene necesidades. No te dé pena.
Danilo: Es que todavía no me acostumbro.
Pablo: Pues vete acostumbrando que, a este paso, ya no vas a ser mi cuñado, sino mi padrastro (Los dos ríen).
Danilo: ¡Tarado! ¿Sabes qué? Te voy a echar una mano con Milena.
Pablo: No le vayas a decir que te conté, eh. No quiero que se enoje conmigo.
Danilo: Tranquilo. Nada más la voy a sacar a dar un paseo para tratar de subirle el ánimo. Esta noche la buscas e intentas otra vez.
Pablo: No la quiero presionar, Danilo. Además, tampoco es que le dé tanta importancia a eso del sexo. Me parece que hay cosas más importantes.
Danilo: Lo sé, pero no se trata de eso. Yo sé que ella también desea estar contigo, solo que le da miedo. La conozco. Cuando supo que no podía caminar, se desanimó pensando que tú no la ibas a pelar por ser inválida y yo fui el que le sacó esas ideas de la cabeza.
Pablo: No sabía.
Danilo: Por eso te lo digo. Milena te quiere, bro. No lo dudes y déjamelo a mí. ¿Sale?
Pablo: Sale. Ahí nos vemos. Cuídate.
Danilo le da un par de palmadas en el hombro a su ahora cuñado y se va. Pablo nota que Lisa sigue viéndolo de lejos, cosa que lo incomoda.
INT. / CABAÑA DE EPIFANIO / NOCHE
Ha caído la noche. Cruz carga dos bolsas que pone sobre el mesón. Epifanio sólo está sentado frente a la chimenea en silencio y bebe un poco de alcohol.


Cruz: (seria) Le traje un poco de comida ya hecha, así que no tiene que preocuparse por cocinar. Nos vemos luego.
Epifanio: ¿Nada más viniste para eso?
Cruz: ¿Tendría que venir por algún otro motivo?
Epifanio termina de tomarse el poco licor que le quedaba en el vaso y voltea a ver al ama de llaves.
Epifanio: ¿Cuándo vas a terminar con todo esto, Cruz? Podría ocurrir cualquier tragedia si no los detenemos.
Cruz: Muy pronto, don Epifanio. Hoy es el gran día.
Epifanio: (desconcertado) ¿De qué estás hablando?
Cruz: Hoy los que deben pagar van a caer como fichas de dominó. Usted nomás espérese.
Epifanio: ¿Qué estás planeando, mujer? No quiero que nadie vaya a morir.
Cruz: Despreocúpese. Ningún inocente va a caer en este juego y creo que se lo he demostrado.
Epifanio: De Manuel Román te lo acepto porque era un maldito degenerado, pero Gracia…
Cruz: Gracia sólo era una ficha que debíamos utilizar. Fue por eso que le ordenamos matar a Manuel y ya era una loquita inútil. En cualquier momento, hubiera arruinado todo.
Epifanio: Hablas con tanta frialdad que te desconozco a veces.
Cruz: Ver cómo mi familia se hundió en la bancarrota y que mi madre tuviera que prostituirse conmigo para sobrevivir me hizo ser esto que soy, don Epifanio.
Epifanio: Yo también pasé por mucho de joven y nunca hubiera tenido tus alcances.
Cruz: No se haga el santo. ¿Olvida lo mucho que maltrató a su difunta esposa y al hijo bastardo que ella tuvo? ¿Olvidó que fue amante de una mujer casada por años? ¿Que hizo pasar por muerta a Lisa Román? ¿Lo ha olvidado?
Epifanio: ¡Ya basta!
Epifanio se pone de pie apoyándose en su bastón.
Epifanio: No tienes que recordarme mi pasado porque lo conozco muy bien. Lo único que quiero ahora es acabar con esta pesadilla y que todo vuelva a la normalidad.
Cruz: Espere un poco más. Hoy su hija será la primera ficha en este juego de ajedrez que va a caer.
Epifanio: Dime qué planeas, por favor. Te lo suplico. Dime si al menos Carolina va a estar bien. Recuerda que sigue siendo mi hija.
Cruz: Mi plan es que pise la cárcel como mucho, no se preocupe, pero no le puedo garantizar que vaya a estar bien. Cualquier cosa podría pasar, don Epifanio.
Epifanio: No me tranquiliza en nada que me digas eso.
Cruz: Sólo espere y vea. Recuerde que yo también estoy arriesgando mucho por usted.
Cruz se da la vuelta para irse.
Epifanio: ¿Y cuando todo acabe qué?
Cruz se queda en silencio un par de segundos dándole la espalda al hombre.
Cruz: Cuando todo se acabe, usted podrá estar tranquilo y seguir su vida como mejor le parezca. Puede entregarse a la policía, irse lejos y olvidarse de mí, o lo que le venga en gana.
Epifanio: Quieres que me case contigo y te vuelva mi esposa, ¿no?
Cruz no responde y sale de la cabaña. Epifanio se queda pensativo y vuelve a tomar asiento sintiéndose sumamente perturbado.
INT. / HOTEL, HABITACIÓN / DÍA
Lisa toca la puerta de una habitación. Es de notar que carga una bolsa de compras. Pablo abre pocos segundos después y se sorprende al verla.


Pablo: ¿Tú?
Lisa: (sonriéndole) Hola. ¿Tienes un momento?
Pablo: Mi mamá no está en esta habitación por si la buscas.
Lisa: No, no estoy buscando a tu mamá. Vine a verte a ti.
Pablo: No entiendo. ¿Qué tienes para hablar conmigo?
Lisa: ¿Por qué estás a la defensiva conmigo? ¿Es por lo que pasó esta mañana con tu camisa?
Pablo: Para nada. Son ideas tuyas. Es sólo que sí se me hace medio raro.
Lisa: Bueno, pues para que veas lo apenada que estoy, fui a la tienda y te compré esto.
Lisa le entrega la bolsa. Él la recibe extrañado.
Lisa: Es una camisa súper linda para que repongas las que te manché por accidente.
Pablo: No te hubieras molestado. Nada más era necesario lavar la que ya tenía.
Lisa: Tómalo como una disculpa de mi parte y no me la rechaces, por favor. Mire que lo hice con harto gusto para un chavo tan guapo como tú.
Pablo se sorprende al escucharla.
Pablo: Bueno, pues… Gracias, supongo.
Lisa: No hay de qué. ¿Por qué no te la pruebas?
Pablo: Lo haré luego. Estaba por tomarme un baño.
Lisa: ¡Ay, anda! No te tardas ni un minuto. Quiero asegurarme de que sí te quede o sino para irla a cambiar.
Pablo, indeciso, asiente con la cabeza.
Pablo: Está bien. Si quieres pasas y me esperas.
Lisa entra a la habitación.
Lisa: ¿Estás solo?
Pablo: Sí, mi esposa salió con su hermano, pero ya deben estar por volver.
Pablo entra al baño y se quita la camisa que trae puesta para probarse la nueva. Lisa, sonriendo con malicia, para aprovechar la oportunidad, se acerca al baño y lo observa en silencio.
Lisa: Definitivamente eres guapísimo, Pablo.
Pablo se voltea sorprendido.
Pablo: ¿Qué haces? Te dije que me esperaras.
Lisa: (acercándose) ¿En serio no te has dado cuenta de lo mucho que me atraes? Porque desde esta mañana que te vi no pude evitar fijarme en lo lindo y simpático que eres.
Pablo no sabe qué decir.
Lisa: Los chavos así de serios y de esquivos son mi debilidad (Pone su mano en el pecho de él).
Pablo: Oye, esto no me gusta. Salte, por favor. Mi esposa puede llegar en cualquier momento.
Lisa: Solo quiero probarte por una vez. ¿Qué hay de malo con eso?
Lisa, de forma atrevida, comienza a desabrocharle el cinturón y lo besa. Pablo intenta retenerla, pero ella insiste.
Pablo: ¡Ya, por favor! ¡Detente!
Lisa: No me rechaces. Es solo sexo casual. Nadie lo sabrá (Sigue besándolo). ¿Qué tiene de malo?
Pablo: ¡Que no! ¡Basta!
Pablo la empuja algo fuerte. Lisa pierde el equilibrio y cae, cosa que lo asusta.
Pablo: ¿Estás bien?
Lisa: (gritando) ¡Auxilio! ¡Auxilio, por favor! ¡Ayuda!
Pablo se desconcierta por los gritos. Lisa se levanta y sale corriendo de la habitación.
Pablo: Oye, espera.
Lisa: ¡Ayuda! ¡Me quieren violar!
Pablo: ¿Qué dices? ¡Cállate!
Pablo la toma del brazo e intenta tranquilizarla.
Lisa: ¡Auxilio! ¡Que alguien me ayude! (Grita desesperada)
Pablo: ¡Cálmate! ¡No hagas esto!
Pronto, los demás huéspedes salen de sus habitaciones e incluso los empleados del hotel acuden a los gritos. Pablo se avergüenza y suelta a Lisa quien se aleja de él.
Lisa: (llorando) ¡Llamen a la policía! Este tipo estaba intentando abusar de mí.
Pablo: ¿De qué hablas? ¡Eso no es cierto!
Lisa: Me estaba forzando a acostarme con él. ¡Hagan algo! Tengo mucho miedo.
Pablo no sabe qué hacer y las circunstancias lo delatan, pues está sin camisa y el pantalón a medio abrochar.
EXT. / CALLES / DÍA

Está atardeciendo. Danilo da un paseo por las coloniales calles de Villa Encantada acompañando a Milena. Él impulsa la silla de rueda despacio y ambos van conversando.


Danilo: Y así van las cosas. Marissa todavía tiene sus dudas y se siente medio insegura, pero esta vez creo que sí se me va a dar la oportunidad de estar con ella.
Milena: Te lo mereces, Danilo y doña Marissa también se lo merece. Ella ya sufrió mucho al lado de Luis Enrique que la engañó por tanto tiempo y pues don Eduardo tampoco es que la hubiera tomado muy en serio por lo que me contó Pablo.
Danilo: Eso es justo lo que quiero, que se olvide de esos dos tipos y se deje querer. No te imaginas lo mucho que amo esa mujer, Mile (Sonríe al pensar en ella). Lo que sentí anoche cuando estábamos juntos nunca lo había sentido con ninguna mujer en la intimidad.
Milena: ¿A poco ya has tenido tus noviecitas por ahí y no me enteré?
Danilo: No seas mensa. Soy hombre y novias como tal, pues no, pero sí me han gustado otras chavas y han pasado cositas. No te lo tengo que contar todo.
Milena: (riendo) Pero soy tu hermana.
Danilo: Pues sí, pero tú tampoco me lo cuentas todo, ¿o sí? A ver dime, ¿qué te ha tenido tan cabizbaja todo el día? Y no me digas que nada, eh, porque ya me di cuenta.
Milena: ¡Ay, Danilo! Es que…
Danilo deja de impulsar la silla y se para frente a ella para luego hincarse poniéndose a su altura.
Danilo: ¿Qué pasa? Tú sabes que me lo puedes confiar todo.
Milena: Dime algo. ¿Qué sentirías o qué harías si un día doña Marissa te dice que no tiene ganas de estar contigo, tú sabes, íntimamente? ¿Te molestarías con ella?
Danilo: No, para nada. La entendería porque a lo mejor no está en sus días así como tantas mujeres o quizá se sienta cansada.
Milena: ¿No te buscarías otra que te satisfaga o te quite las ganas?
Danilo: ¿Pos qué pasó, Milena? Sí es cierto que nosotros los hombres somos más…
Milena: ¿Más promiscuos y más puercos? (Enarca una ceja)
Danilo: No lo iba a decir de ese modo, pero lo que quiero que entiendas es que no todos somos así y cuando queremos de verdad, le metemos todo el corazón a esa persona y no se nos pasa por la cabeza engañarla.
Milena suspira aún poco convencida.
Danilo: Pablo te quiere reharto y si tienes tus inseguridades por lo de que no puedes caminar todavía, él te va a entender el tiempo que haga falta.
Milena: ¡Ajá! ¿Y tú cómo sabes que estoy hablando de Pablo y de mí? ¿Él te dijo algo?
Danilo: ¡Ay, Milena! No soy un niño. No hace falta que ni tú ni él me digan algo, además recuerda que soy mayor que tú y tengo mucha más experiencia en esto de las relaciones.
Milena: ¡Ay, sí tú! Hablas como si fueras ya un ruco sabelotodo (Los dos ríen)
Danilo: Pues no me las sé todas, pero hablo desde lo que ya he vivido y de mi propio sentir, así que arriba ese ánimo y no pienses tonterías, ¿va?
Milena: (asentando) Va.
Danilo: (incorporándose) ¿Qué te parece si te invito a un helado y luego te llevo de vuelta al hotel?
Milena: Te estabas tardando. Ya estaba por pensar que eras un tacaño.
Danilo: (riendo) No te creas. Hoy quiero consentir a mi hermanita bella, pero eso sí. A la próxima invitas tú y así quedamos a mano.
Milena: ¡Óyeme! ¡Sí eres!
Danilo: Espérame aquí.
Luis Enrique, muy cerca de allí, se encuentra dentro de su auto y observa a sus hijos. Tal parece que venía siguiéndolos.

Luis Enrique: Perdóname por lo que voy a hacer, hijo, pero es por tu bien. Me lo vas a agradecer.
El hombre respira profundo, se pone una gorra y un cubrebocas, pisa el pedal y acelera en dirección a Danilo, quien justo está cruzando la calle.
Milena: (aterrada) ¡Danilo! ¡Cuidado!
Danilo voltea a ver, pero es tarde. Luis Enrique lo embiste tumbándolo al piso y rápidamente retrocede para escapar.
Milena: ¡Danilo! ¡Hermano!
Milena, muy preocupada, corre hacia él en la silla de ruedas. Danilo yace en la carretera, inconsciente y con una protuberante herida en su cabeza que sangra.
Milena: (llorando) ¡Danilo! ¡Danilo, reacciona! ¡Levántate! (Gritando) ¡Ayuda, por favor! ¡Ayúdenme! ¡Atropellaron a mi hermano! ¡Ayuda!
Varias personas acuden al llamado de auxilio y hay quienes sacan su celular para llamar a emergencias.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, ESTUDIO / NOCHE

Eduardo mira la vista nocturna a través de la ventana mientras sostiene un vaso lleno de licor. Tal parece que lleva bebiendo desde hace un rato. En eso tocan la puerta.

Eduardo: Adelante.

Carolina: (entrando) Hola, Eduardo. Vine tan pronto como vi tu mensaje diciéndome que necesitabas hablar conmigo. ¿Recapacitaste? ¿Vas a salir a cenar conmigo?
Eduardo solo voltea a verla con desprecio y una profunda amargura. Carolina se percata de ello y se preocupa.
Carolina: ¿Qué te ocurre? ¿Por qué me ves así?
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE MARÍA HELENA / NOCHE
De manera simultánea, María Helena entra a su cuarto y al encender las luces, se asusta al ver que Lisa esperaba allí. Esta última la ve seria cruzándose de brazos.


María Helena: (molesta) ¿Qué se supone que haces ahí a oscuras? ¿Me quieres matar de un susto?
Lisa: Pues no sería mala idea. Todavía no me fío del todo de tus dizque buenas intenciones de ayudarme. Lástima que la imbécil de Carolina no fue capaz de hacerlo por mí.
María Helena: (seria) Ya quisieras, pero fíjate que no y aquí sigo, vivita y coleando para tu desgracia.
Lisa: Me encanta lo altanera que eres. En el fondo hasta nos parecemos. ¿Y esta maleta? ¿Te vas a ir o acaso estás pensando en escapar?
María Helena: Voy a acompañar a mi mamá unos días mientras le dan de alta y ya mejor dime qué quieres porque no me estabas esperando solo para echar chisme como dos buenas hermanitas, ¿o sí?
Lisa: En efecto. Necesito que me hagas un favor si de verdad te quieres ir ganando mi confianza.
María Helena: (indiferente) ¿De qué se trata?
Lisa: Esta mañana, Marissa Miranda y su hijo el menso me conocieron. Les dije que iba recomendada por ti ya que me hablaste de ella para que trabajáramos juntas en un proyecto de caridad que se me ocurrió.
María Helena: ¿Y qué pretendías haciendo eso? ¿Qué planeas?
Lisa: Más bien qué planeaba. Intenté seducir al chavo ese con la excusa de llevarle un regalito, ¿y a que no adivinas? ¡Lo acusé de violación!
María Helena: (impactada) ¿Qué? ¿Te volviste loca?
Lisa: Ay, no seas aguafiestas. No te imaginas lo mucho que me divertí armando ese drama en el hotel. Al muy tonto se lo llevaron para la estación de policía.
María Helena: No puedo estar de acuerdo contigo. Pablo es inocente. ¿Qué buscas afectándolo de esa forma?
Lisa: Es cierto que no me ha hecho nada, pero es hijo de esa maldita Marissa Miranda y, por ende, su punto débil, así que si te preguntan, tú nada más le dices que sí me conoces y eres mi amiga de toda la vida, lo mismo que le dijimos a Eduardo.
De repente, las hermanas escuchan un grito estrepitoso a lo lejos, cosa que les extraña.
Lisa: ¿Qué fue eso?
María Helena: Creo que vino del estudio y parecía una mujer.
Las dos se ven desconcertadas y salen en dirección al estudio. En efecto, allí, Carolina ha gritado aterrada después de que Eduardo lanzara hacia ella el pesado vaso de vidrio del cual bebía y que cayó a un lado.


Carolina: ¿Te volviste loco, Eduardo? ¡Pudiste hacerme daño! ¿Qué te pasa?
Eduardo: ¿Qué me pasa? ¿Todavía tienes el descaro de preguntar qué me pasa?
Eduardo pierde la paciencia, la toma bruscamente de un brazo y la lleva hacia el escritorio. Una vez allí, toma el documento que recibió en la tarde y se lo restriega en la cara.
Eduardo: ¡Esto es lo que me pasa! ¡Esto, maldita sea! (Fuera de sí)
Carolina: Eduardo, cálmate, por favor. No entiendo.
Eduardo: Léelo.
Carolina duda en tomar el documento.
Eduardo: (gritando) ¡Que lo leas!
Carolina agarra el arrugado papel entre sus manos y lo lee sorprendiéndose al ver que se trata de los resultados de la prueba de ADN que realizó en secreto.
Eduardo: (dolido) ¿Cómo pudiste ocultarme algo así? ¡Tú sabías que Lisa era mi hija biológica!
Lisa y María Helena acaban de escuchar aquello detrás de la puerta, algo que las impacta en gran manera.
Eduardo: Lo supiste desde un inicio, ¿no? Tú siempre supiste que tu papá fue amante de Helena y así te hiciste la sorprendida el día que te lo conté después de su entierro. ¡Admítelo!
Carolina: (balbuceando) Ed… Edu… Eduardo déjame explicarte.
Eduardo: No necesito que me expliques nada porque yo ya lo entendí todo. Lo que hiciste no tiene perdón. ¿No te das cuenta? (Hace una pausa y rompe a llorar) Por tu culpa… Por tu culpa me acosté con mi propia hija.
Lisa, detrás de la puerta, no da crédito a lo que escucha y se ve notablemente afectada endureciendo el rostro. María Helena siente miedo de lo que pueda ocurrir.
Eduardo: Por tu culpa, Lisa pensó que yo no era su padre y se enamoró de mí, se obsesionó conmigo al punto de que se aprovechó de mí por mi maldito alcoholismo.
Carolina: (llorando) No es mi culpa que esa muchacha estuviera loca y se fijara en ti.
Eduardo: Pero callaste. Hiciste esas pruebas en secreto porque tenías dudas de que Lisa fuera mi hija. Pensaste que era hija de tu papá.
Carolina: Es lo que Helena nos hizo creer a todos. Ella pensaba que tú eras estéril y de haber resultado que Lisa no era tu hija, hubiera tenido el fundamento para desenmascarar a Helena, pero no fue así. ¿Qué importaba si hablaba o no?
Eduardo: ¿Qué importaba? Así nunca hubiera habido dudas sobre la paternidad de Lisa. Ella siempre pensó que Epifanio era su padre porque Manuel se lo dijo y por eso no vio impedimento para fijarse en mí. ¡Como un carajo! ¿Es que no lo entiendes?
Carolina: ¿Y me hubieras creído sin evidencia?
Eduardo: Si tuviste la astucia de hacer unas pruebas de ADN sin que nadie lo supiera, podrías haber buscado más maneras de desenmascararla como dices; videos; fotos…
Carolina: Lo intenté. En varias ocasiones lo hice y te envié las pruebas de forma anónima, pero de alguna forma Helena siempre se las arreglaba para confiscar la correspondencia y se deshacía de todo para luego burlarse de mí diciéndome que nunca podría separarte de ella.
Eduardo: Y por esa razón la mataste.
Carolina se queda sin habla al escucharlo. María Helena se lleva las manos a la boca alucinando ante lo que escucha. Lisa solo guarda silencio.
Eduardo: No sé quién envió un sobre esta tarde que supuestamente venía de ti para mí con las pruebas de ADN y una grabación de esa noche que Helena se suicidó, pero el caso es que ya lo sé.
Carolina colapsa y se derrumba en el piso. Eduardo no deja de derramar lágrimas sintiendo un gran dolor.
Eduardo: ¿Cómo? (Hace una pausa tragando sus lágrimas) ¿Cómo pudiste caer tan bajo?
Carolina: Eduardo… Eduardo, perdóname (Llorando). Para mí no fue fácil llegar a esos extremos. Yo nunca quise…
Eduardo: ¡Pero lo hiciste! Preferiste volverte una asesina antes de hablar con la verdad. Qué engañado estuve contigo (Niega con la cabeza). Y todavía quieres que me case contigo, pero ya tus chantajes se acabaron.
Carolina: No vayas a romper el compromiso, mi amor. Te lo pido (Desgarrada). Te hice un favor al librarte de Helena que no te quería. ¡Yo sí te voy a amar como te lo mereces!
Eduardo: Te equivocas. La mataste por celos también, para quedarte conmigo, así como también me alejaste de Marissa, pero no te voy a tolerar más.
Carolina: ¡Eduardo, por favor!
Eduardo: Te vas a pudrir en la cárcel.
De repente, se escuchan las sirenas de la policía acercándose a la hacienda. Lisa se va de allí en silencio.
María Helena: (susurrando) ¡Oye! ¿A dónde vas?
María Helena sienta el impulso de seguirla, pero prefiere quedarse detrás de la puerta.
Carolina: No lo puedo creer. Fuiste capaz de denunciarme. Claro, por eso me dijiste que viniera a esta hora. ¡Me tendiste una trampa! (Se pone de pie furiosa)
Eduardo: Es lo que mereces. Pudiste ser la única persona hace dieciocho en años en advertirme y sacarme de toda la podredumbre que me ha rodeado desde que me casé con Helena, pero guardaste silencio y ahora vas a pagar.
Carolina: No, Eduardo… (Niega con la cabeza) No me puedes hacer esto.
Eduardo: Espero nunca más tener que volver a verte en la vida.
Carolina: ¡Pues si no eres para mí que te esperé dieciocho, no serás para nadie!
Carolina se apresura y saca de su bolso una pistola con la cual le apunta. Eduardo se echa hacia atrás.
Eduardo: Baja eso y no cometas más errores.
Carolina: Los errores que cometí los hice por estúpida, por amor a ti y si no eres capaz de valorar nada, prefiero que te mueras y después morirme yo.
María Helena entra de inmediato al estudio.
María Helena: (alertada) ¡No lo hagas!
Carolina se voltea y le apunta a María Helena.
Eduardo: (asustado) ¡María Helena! ¡Vete de aquí!
María Helena: No hagas las cosas más difíciles y entrégate.
Carolina: A ti también debería matarte. De seguro quieres repetir la historia de tu hermana y revolcarte con mi Eduardo, pero no te lo voy a permitir.
Eduardo, con prontitud y aprovechando la distracción, se abalanza sobre Carolina y ambos empiezan a forcejear.
María Helena: (aterrada) ¡Papá, ten cuidado!
Eduardo intenta quitarle la pistola, pero Carolina se resiste.
Carolina: ¡Suéltame! ¡No me vas a impedir que te mate!
Eduardo: ¡Razona, Carolina! ¡Ya basta!
Carolina: Nunca voy a dejar que seas feliz con nadie más. ¡Nunca!
De repente, se escucha un disparo. María Helena grita en un profundo eco y Eduardo se desploma. Ha recibido un impacto de bala en el abdomen.
CONTINUARÁ…
Comentarios
Publicar un comentario