Capítulo 54: Cara a cara

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / NOCHE



Un peón de la hacienda ayuda a María Helena a dejar a Danilo sobre la cama, el cual apenas puede mantenerse en pie debido a la embriaguez.



María Helena: (sonriéndole) Gracias por tu ayuda. Voy a hablar con mi papá luego para que te compense el favor.

Peón: Pierda cuida, señorita. Fue con gusto y si me disculpa, me retiro que ya es tarde.

María Helena: Claro que sí. Buenas noches.

El peón se retira de la habitación y cierra la puerta tras sí. María Helena se queda viendo a Danilo, el cual entreabre los ojos y mueve la cabeza de un lado a otro.

Danilo: ¿Dónde…? (Confundido) ¿Dónde estoy?

María Helena: Estás en la hacienda. Trata de dormir un poco que no puedes ni con la borrachera que traes.

María Helena se sienta en la cama y le ayuda a quitarle los zapatos.

Danilo: ¿Quién eres?

María Helena: Soy yo, menso. ¿Que ya no te acuerdas de mí?

Danilo se echa hacia atrás asustado y se intenta poner de pie.

María Helena: (alertada) ¡Oye! ¿Qué haces? ¡Cuidado!

María Helena intenta acercársele, pero él se aparta bruscamente y se arrincona en la pared.

Danilo: ¡No se me acerque!

María Helena: ¿Qué onda, Danilo? Soy yo. ¿No me reconoces?

Danilo: (gritando) ¡Váyase! ¡Ya Helena está muerta! ¡Déjeme en paz!

María Helena: ¿De qué hablas?

Danilo: Ya logró lo que quería, ¿no? Ya se deshizo de su mamá encompinchada con Luis Enrique. ¿Qué más quiere de mí?

María Helena se sorprende al escucharlo, pero intenta tranquilizarlo.

María Helena: Por lo que veo me estás confundiendo con Lisa, pero cálmate y mírame. Soy yo, María Helena.

Danilo se queda viéndola fijamente.

María Helena: Mírame bien. Tú y yo ya habíamos hablado varias veces, y hasta quedamos en ser amigos. ¿De veras ya lo olvidaste?

Danilo: (dudando) ¿María Helena?

María Helena: Sí, la misma. Una vez me enseñaste a ordeñar vacas y me consolaste cuando recién llegué a esta hacienda.

FLASHBACK

María Helena: Tienes razón, aunque no te niego que quisiera salir corriendo y olvidarme de esta familia, pero no me atrevo por mi mamá que está enferma y pensar que la tengo lejos me pone peor.

María Helena baja la cabeza y siente que se le forma un nudo en la garganta. Danilo la oye con cierta compasión.

María Helena: (solloza) Cuánto quisiera que ella estuviera conmigo para que me acompañara y me diera fuerzas, pero no. Me toca ser fuerte y valerme por mí misma esta vez.

Danilo saca de uno de los bolsillos de su jean un pañuelo y se lo entrega, esbozando una sonrisa.

Danilo: Tome. Son de los que uso para secarme a veces el sudor, pero ese está limpio, eh. Se lo juro. No lo he usado.

María Helena ríe un poco por el comentario y lo acepta para secarse un poco los ojos de las lágrimas que estaba a punto de derramar.

María Helena: Gracias y discúlpame. Apenas y me conoces, y ya me ves llorando.

Danilo: Pierda cuidado. Por aquí voy a estar a sus órdenes para todo lo que necesite. Me llamo Danilo, por cierto.

María Helena: Gracias, Danilo. Me imagino tú ya debes saber mi nombre, pero no está de más que me presente, así que mucho gusto (Extiende su mano). María Helena.

Danilo: Mucho gusto, señorita.

Los dos muchachos estrechan su mano e intercambian sonrisas. Tal parece han simpatizado a primera vista.

FIN DEL FLASHBACK

Danilo, en efecto, ha recordado tal encuentro y logra reconocer a María Helena.

María Helena: ¿Ya te acordaste?

Danilo asiente despacio con la cabeza y guarda silencio. Comienza a sollozar y se derrumba en la cama con los ojos bañados en lágrimas. María Helena lo ve con lástima.

Danilo: Debo dar pena, ¿no? Estoy como un muerto en vida, un pendejo por el que nadie da un peso y que no vale nada.

María Helena: Claro que no. No digas eso (Se sienta a su lado). Tú eres muy valioso, Danilo y en el tiempo que te he conocido, he podido ver que eres un chavo muy especial, noble, sencillo, sensible…

Danilo rompe a llorar conmovido al escucharla.

Danilo: Perdí a la mujer que amo, mi hermana piensa lo peor de mí, mi jefa está en la cárcel y el tipo que dice ser mi padre no es más que un hijo de su madre, un pinche pendejo ambicioso y hasta asesino que me terminó de joder la vida. ¿Qué valor tengo, ah? Dime.

María Helena: Quizá nada de lo que te diga te vaya a hacer sentir mejor ahorita, pero yo sí puedo ver ese valor que tienes y me duele que te expreses así de ti mismo. ¿Por qué mejor no tratas de dormir tantito? Vas a ver que mañana todo va a salir bien.

María Helena le frota la espalda de forma fraternal y trata de sonreírle. Danilo la mira con algo de vergüenza y se traga sus lágrimas.

Danilo: Perdóname por mostrarme así contigo. Debes estar pensando que soy bien patético y ridículo.

María Helena: Para nada. Llorar a veces hace bien al alma, o eso dicen, además tú eres más fuerte de lo que crees. Duerme, ¿sí? Es más, si quieres me quedo contigo para hacerte compañía mientras. Te juro que no hago ruido.

Danilo: No me quiero quedar acá. Esta es la hacienda de don Eduardo y no quiero pleitos con él.

María Helena: Tranquilo. Mi papá no está, además él no tiene porqué darse cuenta. Confía en mí y descansa que mañana vas a tener la cruda de tu vida.

María Helena sigue infundiéndole confianza con su angelical sonrisa, algo que lo hace sentirse un poco más calmado.

INT. / CABAÑA / NOCHE

Marissa y Luis Enrique llegan en auto a una cabaña algo destartalada en medio de la nada. Marissa está sentada en el asiento de copiloto. Tan solo se escucha el cantar de los grillos.



Marissa: ¿Es aquí?

Luis Enrique: (asentando) Sí. Debe estar adentro esperando. Le envié un mensaje para decirle que ya veníamos en camino.

Marissa abre la puerta dispuesta a bajarse en una decidida actitud. Luis Enrique la detiene tomándola suavemente de un brazo.

Luis Enrique: Ten por seguro que no voy a dejar que nada malo te pase, Marissa.

Marissa: No pretendas jugar a ser el héroe conmigo. De por sí, saber que todo este tiempo estuviste aliado con esa muchacha, me hace ver lo bajo que has caído. No sé ni cómo pude estar casada contigo durante tantos años.

Luis Enrique: Di lo que quieras, pero en el fondo y aunque no lo creas, te amo.

Marissa: Y yo en el fondo me sorprendo de ver la capacidad tan fácil que tienes de mentir así como respiras. ¡Qué bárbaro de verdad!

Luis Enrique: No seas ingrata. ¿Olvidas que maté al cerdo de Tarcisio para evitar que te violara? Y ahora también te estoy salvando porque bien pude traerte hasta acá a la fuerza. ¿Qué más demostración de amor quieres?

Marissa lo mira sintiendo gran repudio y niega con la cabeza.

Marissa: Qué asco me das, Luis Enrique. Sin darte cuenta, acabas de admitir que mataste a Tarcisio.

Luis Enrique se sorprende al percatarse de la imprudencia que cometió.

Marissa: Y según tú, la que lo mató había sido Cecilia. Culpaste a tu amante, la mujer que te dio dos hijos, para salvar tu pellejo, ¿y me hablas de amor, el mismo que seguro le juraste a ella y ahora me juras a mí? Pues no me interesa tu supuesto amor porque si así amas, no me quiero imaginar cómo odiarías.

Marissa lo mira fulminante, se baja del auto y camina hacia la cabaña. Luis Enrique sale tras ella. Lisa, entretanto, aguarda adentro con una mirada hacia el vacío que denota gran amargura. Marissa entra y la ve de espaldas.



Marissa: (muy seria) Aquí me tienes.

Lisa sonríe al escucharla y se da la vuelta para encararla. Luis Enrique aparece justo detrás de Marissa.

Lisa: ¡Órale! Qué sorpresa.

Lisa se acerca despacio hacia Marissa. Ésta última la mira fijamente sin sentir ningún tipo de intimidación.

Lisa: Para serte muy sincera, no esperaba que vinieras por tu propia voluntad. Esperaba que llegaras amordazada, golpeada, drogada, no sé, pero no. Veo que tu exmaridito hasta para eso es un inútil.

Lisa dice aquello mirando a Luis Enrique con reproche.

Luis Enrique: Marissa ya estaba enterada de todo cuando me acerqué. Sabe que eres Lisa. No vi necesario hacer de esto un pinche circo drogándola para traerla.

Lisa: Así que sabes quién soy y así tuviste las agallas de venir por ti misma (Enarca una ceja). Pues qué interesante y de veras que eres osada. ¿Quién te lo dijo? ¿María Helena por casualidad?

Marissa: (ignorándola) Habla de una buena vez. ¿Qué es lo que pretendes? ¿Qué piensas hacerle a mi hijo?

Lisa la mira con desprecio y luego de un par de segundos de silencio, la abofetea fuertemente. Marissa se vuelve el rostro consternada por tal golpe.

Lisa: Esto no es más que una probadita por todo lo que me hiciste sufrir, maldita perra.

Lisa vuelve a darle otra fuerte bofetada en el otro lado de la cara. Marissa gime adolorida y en esta ocasión, puede verse que sangra del labio inferior.

Luis Enrique: ¡Basta, Lisa!

Lisa: ¡Tú no te metas y mantente al margen!

Marissa: Pégame todo lo que quieras. ¡Vamos! ¡Pégame y mátame si quieres! Pero te exijo que dejes a mi hijo en paz porque ya veo que todo el teatro que montaste para inculparlo de intento de violación no fue sino una forma de vengarte de mí.

Lisa se ríe a carcajadas de ella.

Lisa: ¡Ay, Marissa! De veras que eres imbécil. ¿Crees que con eso ya estamos a mano? ¡Pues fíjate que no!

Lisa deja de reír, se pone seria y la jala fuertemente de la cabellera desde atrás para hablarle muy cerca al rostro.

Lisa: Fíjate que ni siquiera he empezado a vengarme de ti como dices. Me falta un resto para lograr que te arrastres como una cucaracha inmunda sintiendo la impotencia y el dolor que yo sentí cuando por tu culpa terminé quemada en ese accidente.

Lisa la empuja fuertemente contra la pared. Marissa choca con unas cajas de madera. Luis Enrique siente ganas de intervenir, pero no se atreve.

Marissa: Tú misma fuiste la que se orilló a tener ese accidente por todo lo malo que hiciste y que sigues haciendo. ¡Yo no tuve nada que ver! (Se pone de pie)

Lisa: Fuiste tú la que me robó mi celular para tener las pruebas necesarias para denunciarme con la policía. ¡Claro que fue tu culpa!

Lisa la jala nuevamente de la cabellera para sostenerla y le pega un puño en el estómago. Marissa tose.

Lisa: El día de tu boda con mi papi mis planes habrían salido a la perfección si no te hubieras atravesado. ¡Nada más llegaste a la hacienda a ponerlo todo de cabeza y a robarme el amor de mi hombre!

Lisa, furiosa, la empuja al piso y comienza a darle varias patadas. Marissa grita adolorida, pero no se defiende.

Lisa: Tú también me arruinaste la vida junto con todas esas zorras. ¡Carolina, Helena, todas! ¡Todas ustedes me pudrieron y me volvieron esto que soy! ¡Malditas! (Chillando)

Luis Enrique interviene y aparta a Lisa de Marissa, quien tose debido a los golpes propinados.

Luis Enrique: ¡Ya fue suficiente, Lisa! ¡Cálmate!

De repente, la joven saca una pequeña pistola de su sostén y le apunta a Luis Enrique.

Luis Enrique: ¿Qué se supone que estás haciendo?

Lisa: Te dije que no te metieras y si tengo que matarte, no dudes que lo haré. Total, no eres más que un bueno para nada.

Luis Enrique: Baja eso y tranquilízate. Sé más madura. Estamos juntos en el mismo barco. No empeores las cosas.

Lisa: (riéndose) No seas ingenuo. ¿Qué pensaste? ¿Crees que olvidé que tú también tienes culpa en todo esto y me orillaste a cometer muchos de los crímenes que me cargan?

Marissa continúa tosiendo y desde el piso, observa toda la situación.

Lisa: Tú me chantajeaste con publicar mis videos desnuda en internet y mostrárselos a mi familia a cambio de dejar en paz a tu hijo, el peón. ¿Te acuerdas? Dijiste que serías tú el que se encargaría de acabar con Helena para que tu retoñito no se manchara las manos de sangre. ¡Qué ternura! Solo que Carolina se te adelantó.

Marissa escucha la conversación sorprendiéndose al enterarse de cada vez más hechos.

Lisa: Y a eso sumemos el hecho de que si te ofreciste a matar a Helena no fue para proteger al baboso ese de Danilo, sino para desestabilizar a Eduardo. Tú mismo me ordenaste que lo indujera al alcohol para volverlo vulnerable y poderle robar más fácil a la familia.

Luis Enrique: ¡Cállate ya! ¡Estás hablando de más!

Lisa: ¿Por qué debería callarme? ¿Tienes miedo de que dañe tu imagen de hombre honorable delante de tu ex y ya no te puedas volver a casar con ella como pretendes?

Marissa: (en un hilo de voz) Entonces… Entonces, Eduardo se volvió un alcohólico por ustedes dos. Ustedes lo arrastraron a eso. Era un plan… (Indignada)

Lisa: Un plan de tu exmarido, no mío. Tanto es así es que me ordenó luego matar a Lucrecia y bueno, ahí cayó la chacha metiche aquella que me escuchó justo hablando con él.

Marissa: ¿Qué clase de persona eres, Luis Enrique? Cada vez sé una cosa peor que la anterior de ti. ¿Cómo pudiste caer tan bajo? (Llorando)

Luis Enrique: ¡Era la única manera de alcanzar lo que siempre soñé! ¿Qué puedes entender tú que naciste en cuna de oro y lo tuviste todo siempre?

Marissa lo mira con los ojos desorbitados y brillando por las lágrimas.

Luis Enrique: Yo… (Hace una pausa y quiebra la voz) Yo no tenía nada. Crecí en la miseria y trabajando en la plaza de mercado como burro para tener qué comer después de que el maldito Epifanio de La Torre me hiciera la vida un infierno cuando supo que no era su hijo.

Marissa enmudece el enterarse de tal verdad. Lisa sonríe como disfrutando aquel momento sin dejar de apuntarle a Luis Enrique con la pistola.

Marissa: ¿Me estás diciendo que…?

Luis Enrique: ¡Sí! Yo también fui un de La Torre y huí del yugo del viejo ese siendo un chamaco de doce años, asustado, hambriento, que no tenía a nada ni a nadie en el mundo hasta que te conocí a ti, Marissa.

Luis Enrique parece verse afectado al contar tal verdad. Marissa sigue en el piso asimilando todo.

Luis Enrique: Vi en ti el tiquete que necesitaba para salir de la miseria y lo logré, pero quería más y desde que me hice socio de Eduardo, me propuse ganarme su confianza hasta que me nombrara su apoderado y así poder arrebatarle todo cuando estuviera débil.

Marissa: Y matando a Helena y volviéndolo un alcohólico fueron las maneras que encontraste para volverlo débil como querías.

Luis Enrique: Yo solo quería llegar muy alto. El mundo, la sociedad, todo está hecho para la gente más fuerte, no para débiles; no para el niño que fui y que salió huyendo, pero no creo que logres entenderlo.

Marissa: Jamás lo entendería porque todo lo que hiciste fue horrible. Pude aceptar que fueras ambicioso, que te hubieras casado conmigo por interés y me engañaras, pero llegar tan lejos, no puedo aceptarlo. No puedo (Niega con la cabeza).

Lisa: Pues lo aceptes o no, es tu problema porque escucha bien, menopáusica. Mañana muy temprano vas a ir al hospital para decirle a Eduardo que no lo amas, que te vas a dar una oportunidad con tu ex y asunto arreglado.

Marissa: No pienso renunciar a Eduardo esta vez.

Lisa: ¿De veras? ¿Incluso si eso implica pasar por encima del menso que tienes por hijo?

Marissa: (furiosa) ¡No te atrevas a tocar a Pablo! ¡No te atrevas!

Marissa se pone de pie e intenta ir hacia ella, pero Lisa le apunta con la pistola.

Lisa: Me parece que no has entendido la situación en la que estás, pero seré más explícita por si tu poco intelecto no te lo permite. Eduardo no es para ti ni para ninguna. Carolina lo intentó y ya sabes cómo terminó, muerta, en la piscina, tal como murió Helena.

Marissa: Tú la mataste, ¿no? ¡Mataste a Carolina!

Lisa: Debía encargarme de ella porque estaba ya volviéndose un tantito estorbosa, además también debía hacerle pagar el haber ocultado la verdad sobre mi padre. Por culpa de esa es que ahorita estoy aquí, llegando tan lejos, por amor a mi papi.

Marissa: Si ya sabes que es tu padre biológico, ¿por qué no te detienes y buscas ayuda? Todavía estás a tiempo. ¡Reacciona!

Lisa: No voy a entregarme para pasar el resto de mi vida en una asquerosa cárcel encerrada con puras lesbis, así que ahórrate tus consejos baratos que no te pedí. Tú nada más haz lo que ordené si no quieres que con una sola llamada mande a matar a tu hijo.

Lisa saca su celular sin dejar de apuntar, busca algo allí y comienza a reproducir frente a Marissa un video en el que claramente se ve a Pablo siendo golpeado en su celda.

Marissa: ¡Pablo! ¡Dios mío! ¿Qué le hicieron? (Desesperada) ¿Qué le hiciste a mi hijo?

Lisa: (cínica) Tranquila. Pedí que no le partieran las costillas. Tan solo unos golpesitos nomás. Es solo una prueba para que veas mis alcances.

Marissa rompe a llorar de impotencia. Luis Enrique la mira con cierta lástima.

Lisa: Tú haces lo que te digo, te quitas de mi camino y yo no toco a tu hijo. Fácil, ¿no?

Lisa baja la pistola y vuelve a meterla en su sostén.

Lisa: ¿Qué dices? ¿Puedo contar contigo o tendré que pedir que se encarguen de tu bastardo? Porque imagino ha de ser adoptado, ¿no? No se parece a ti ni menos al bigotón. No hay que ser ni tan inteligente para darse cuenta.

Marissa no puede evitar continuar llorando y después de quedarse pensativa por un par de segundos, asiente despacio con la cabeza y se resigna.

Marissa: Lo haré. Me alejaré de Eduardo como quieres, pero te imploro que no le hagas nada a Pablo.

Lisa: Eso dependerá de ti y mejor que ni se te ocurra hablar con la policía porque tengo el dinero suficiente como para comprarme al alcalde si quiero. ¿Te queda claro? ¡Ah y algo más! Como todavía tengo planes contigo, te espero mañana por aquí a eso del medio día. ¿Estamos?

Marissa asiente de nuevo con la cabeza. Lisa sonríe con malicia y sale de la cabaña no sin antes mirar con suspicacia a Luis Enrique. Una vez a solas, la mujer se derrumba en el piso. Luis Enrique corre a sostenerla.

Luis Enrique: (preocupado) ¡Marissa!

Marissa: (histérica) ¡No me toques!

Marissa se aparta de él y lo mira con profunda decepción.

Marissa: Eres la peor escoria que he podido conocer, Luis Enrique. Tú y esa muchacha ni siquiera son personas. Son un par de monstruos, asesinos, criminales (Llora furiosa).

Luis Enrique: Yo no me he manchado las manos de sangre. Tan solo lo hice con Tarcisio.

Marissa: ¿Y te parece poco? El autor detrás de los asesinatos cometidos por Lisa eres tú. Lucrecia, la pobre Casimira. Todas y cada una de ellas murieron por tu ambición y usaste a Lisa para que hiciera el trabajo sucio por ti. A saber si no hiciste lo mismo con Carolina y la manipulaste para que fuera ella quien matara a Helena.

Luis Enrique: Carolina era mi hermana como ya pudiste darte cuenta. Fue una casualidad para mí verla esa noche asesinando a Helena justo cuando yo estaba por hacerlo.

Marissa: ¿Qué más da? Ella ahora también está muerta por sus errores y todavía tienes la desfachatez de aliarte con esa muchacha después de que mató a tu propia hermana que también era la mía.

Luis Enrique: Ya lo sabía. Carolina me dijo que son hermanas y créeme que me hierbe la sangre de solo pensar en eso. Nada más estoy fingiendo estar del lado de esa mocosa y si en este momento, tú me pides que acabe con ella, lo haré sin pestañear solo si me juras que te casarás conmigo de nuevo.

Marissa: (indignada) No puedo creer que todavía tengas el descaro de proponerme algo así.

Luis Enrique: Entiéndelo. Te conviene que esté muerta. Pablo corre peligro y tú también. ¿O acaso crees que va a dejarte en paz después de que vayas mañana a hablar con Eduardo? ¡No seas ingenua!

Marissa: No finjas consideración hacia mí porque no la necesito. Por más daño que Lisa me pueda hacer, no sería capaz de planear contigo su muerte porque hay justicia fuera de este mundo de la que nadie puede escapar y que tarde que temprano les va a llegar.

Marissa se dirige a la salida apoyándose de los mueves de la cabaña.

Luis Enrique: Déjame llevarte al pueblo.

Marissa pone su mano frente a él para marcar distancia.

Marissa: Ni se te ocurra. Tu sola presencia me enferma y ya tuve suficiente por hoy.

Luis Enrique: Entonces, quédate aquí por esta noche y deja que sea yo el que me vaya. Es de madrugada y no es bueno que andes por ahí sola a la mitad de la carretera.

Luis Enrique se dirige a la salida, pero antes de cruzar el umbral de la puerta, voltea a ver a la mujer.

Luis Enrique: Piensa en lo que te dije.

Luis Enrique se va cerrando la puerta tras sí. Marissa se deja caer así misma en el piso y suelta un fuerte llanto que parece desgarrarla.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA



Es un nuevo día. Danilo comienza a despertar, pero de inmediato siente la fuerte resaca producto de la gran cantidad de alcohol que consumió la noche anterior.



Danilo: (adolorido) Argh, no mames. ¡Qué cruda!

Danilo se lleva la mano a la cabeza y se recuesta en la cama dándose cuenta de que María Helena está allí dormida sobre una silla y con la cabeza recostada en una mesa.



Danilo: (extrañado) ¿María Helena?

Danilo mira a su alrededor, se queda pensativo y recuerda fugazmente cómo llegó a la hacienda.

Danilo: Claro, si ella fue la que me trajo aquí.

Danilo se pone de pie con un poco de dificultad y se acerca a la joven, quien duerme plácidamente y de forma angelical. El muchacho se queda apreciándose por un par de segundos y esboza una leve sonrisa.

Danilo: Hay que reconocer que se ve bien bonita dormida.

Danilo pone su mano sobre la espalda de ella y la mueve con delicadeza para despertarla.

Danilo: María Helena… (Moviéndola) María Helena, despiértate.

María Helena, somnolienta, abre los ojos, pero al percatarse de la situación, se pone de pie exaltada y se golpea la cabeza por accidente con una repisa clavada en la pared.

María Helena: ¡Auch!

Danilo: (preocupado) Oye, ¿estás bien?

María Helena: ¡Ay! Me pegué retefuerte. ¡Qué tortazo!

Danilo se ríe disimuladamente. María Helena empuña la mano para sobarse el punto donde se golpeó.

Danilo: ¿Pos quien te manda a pararte así? Justo te estaba despertando suavecito para que no te asustaras.

María Helena: Ay, sí, tú. Más bien dime quién fue el menso al que se le ocurrió poner ahí una repisa justo debajo de donde una se sienta. ¿Que no ves que al pararse cualquier persona se puede pegar en la cabeza?

Danilo se sigue riendo.

María Helena: (molesta) ¡Óyeme! Deja de reírte que no tiene nada de chistoso.

Danilo: (conteniendo la risa) Discúlpame.

María Helena: Ay, espero que ahora no me vaya a salir ahorita un chipote bien gacho. ¡Es que sí eres!

Danilo: No fue mi culpa. Dime, ¿te asusté o te desperté así de golpe?

María Helena: Pues no, pero…

Danilo: ¡Ah! ¿Lo ves? Tú fuiste la que solita se paró rápido. Yo nada más te quería despertar para que te acomodaras ya que te vi durmiendo como… (Hace una pausa)

María Helena: ¿Cómo qué?

Danilo: Como un angelito.

María Helena se sorprende al escucharlo y aún tiene la mano empuñada sobre el golpe. Danilo se apena.

María Helena: ¿Sabes qué? Si no es mucho pedir, al menos tráeme hielo a ver si me pongo en la cabeza que ya te eché yo la mano mucho, ¿no crees? Mira que te traje anoche y no te dejé por ahí tirado en la calle.

Danilo: Yo ya no trabajo acá, María Helena. No vaya a ser que me vean en la cocina y después te metas en problemas con Eduardo.

María Helena: No sé si te acuerdas por la borrachera que traías anoche, pero ya te dije que mi papá no está y mientras él no esté, la que está al mando soy yo, supongo, así que ve tranquilo.

Danilo: Está bien. Ya vuelvo.

Danilo va a salir de la habitación, pero se detiene en el umbral de la puerta y voltea a ver a la joven.

Danilo: Gracias por todo lo que hiciste por mí anoche y también por todo lo que me dijiste. Estaba muy borracho, pero sí me acuerdo.

María Helena: No hay de qué, pero no creas que te lo dije de dientes para afuera. Espero que de verdad te creas lo especial y lo valioso que eres.

Danilo le corresponde con una sonrisa, no dice nada y sale de la habitación. María Helena se queda sonriendo.

INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA / DÍA

Marissa ha ido a visitar a Pablo, quien derrama varias lágrimas de impotencia luego de una conversación que acaban de tener ambos. Pablo se ve con algunas contusiones por la golpiza dada por aquel policía corrupto.



Pablo: No puedes ceder a ese chantaje, mamá. Tienes que ir ya mismo a denunciar a esa tipa.

Marissa: No puedo denunciarla, no así de buenas a primeras. Ella me advirtió que tiene tanto dinero como para comprar hasta al alcalde. Mira a ti lo que te hicieron.

Pablo: ¿Y qué hay de ti? Por lo que veo, la pinche loca esa también se atrevió a pegarte.

Marissa: Lo mío no es grave. Tan solo me agarró a cachetadas, pero a ti te dieron una golpiza. Yo la vi porque ella misma me lo mostró en su celular y no sabes cómo me duele en el alma verte acá encerrado sin que puedas recibir atención médica (Solloza).

Pablo: Estoy bien, mamá. Estoy adolorido, sí, pero no creo que tenga nada roto, además esto es lo de menos que hay que preocuparse. ¿A poco crees que Lisa te va a dejar en paz y va a retirar la denuncia que levantó en mi contra así nomás?

Marissa: Luis Enrique me dijo lo mismo y lo más probable es que quiera seguir vengándose de mí. Ella cree que yo soy la culpable del accidente que sufrió y no va a descansar hasta hacerme pagar.

Pablo: ¿Lo ves? Tienes que hacer algo. ¡Es que si yo pudiera salir de aquí…!

Pablo golpea los barrotes de la celda con impotencia.

Marissa: Tranquilo, mi amor.

Marissa mete las manos entre los barrotes para tomar las de su hijo.

Marissa: Yo necesito que tratemos de sobreponernos. Es un riego que debo tomar. Por lo pronto, ya le di algo de dinero al policía de guardia para que te eche un ojo y a nadie más se le vaya ocurrir pegarte. Detesto hacer este tipo de cosas tan corruptas, pero no hay de otra.

Pablo: (angustiado) Ten mucho cuidado.

Marissa: Ten fe que todo saldrá bien y ya va siendo hora de que me vaya, pero antes, te traje una sorpresa.

Pablo: (desconcertado) ¿Una sorpresa?

Marissa: Puedes pasar.

Marissa dice aquello con el tono de voz más elevado. Milena hace aparición en ese instante en su silla de ruedas.



Pablo: ¡Milena!

Milena: (conmovida) Hola, Pablito.

Milena se acerca sonriendo con lágrimas en los ojos y mete sus manos entre los barrotes. Pablo las toma y las besa.

Pablo: (muy emocionado) Por un momento pensé que ya no te iba a volver a ver. No sabes lo mucho que he pensado en ti, mi amor.

Milena: Perdóname por haber desconfiado de ti. Fui bien mensa y bien tonta, pero ya tu mamá habló conmigo y me lo explicó todo.

Pablo: ¿Todo? ¿Incluso lo de Lisa?

Marissa: Sí, hijo. Milena ya está al tanto. Yo se lo conté esta mañana que fui al hotel a buscarla en su habitación. Yo sé muy bien que ella era lo que más te preocupaba, así que no dudé en hablarle y explicarle todo para que al menos estés más tranquilo.

Milena: Espero que me puedas perdonar. De veras que no tengo ni cara ahorita para verte por lo dura que fui contigo ayer.

Pablo saca un brazo y acaricia con suavidad el rostro de su joven esposa.

Pablo: Yo no tengo nada que perdonarte, Mile. Antes al contrario, me da reteharta alegría que estés aquí conmigo.

Marissa: Yo los dejo, muchachos. Me tengo que ir.

Milena: Cuídese mucho, suegra.

Pablo: Sí, ma’. No quiero que nada malo te vaya a pasar. Lisa es una psicópata. Puede ser capaz de cualquier cosa y no te quiero perder.

Marissa: Te prometo que voy a volver y a la próxima será para sacarte de esta pocilga, hijo. Te lo juro. Quédense los dos tranquilos y recen por que todo salga bien.

Milena: Cuente con eso.

Marissa le da un beso en la frente a Pablo y se despide también de Milena con un abrazo fraternal. La mujer se retira y los dos jóvenes la ven irse con cierta preocupación.

Pablo: No me perdonaría si algo le pasa a mi mamá estando yo aquí encerrado.

Milena: (indecisa) No sé si avisarle a Danilo. El problema es que también me porté tan dura con él que no sé dónde anda.

Pablo: (serio) Tu hermano jugó y se burló de mi mamá, Milena. ¿Para qué pensar si quiera en ponerlo al tanto? ¿Qué crees que va a hacer?

Milena: Es que yo sigo sin creer que ese mismo que se burló de tu mamá sea mi hermano, mi Danilo. Tú también lo conoces.

Pablo: Eso creía, que lo conocía y que éramos cuates, pero mira lo que hizo.

Milena: (pensativa) No sé. Anoche ni dormí pensando en todo y estoy segura de que hay algo más. Danilo no es así. Yo creo que sí sería buena idea avisarle y si se preocupa, entonces es que sí ama a tu mamá y quiso terminar con ella por una razón. ¿Qué dices?

Pablo se ve indeciso ante tal proposición.

INT. / DEPARTAMENTO DE LUIS ENRIQUE / DÍA

Hay un gran desastre alrededor del departamento, cosas tiradas en el piso y algunos enseres movidos. Luis Enrique lo ha puesto todo de cabeza buscando algo, al parecer, sin éxito alguno.



Luis Enrique: (frustrado) ¿Dónde mierda está? Yo la tenía guardada. ¡No pude haberla perdido, maldita sea! ¿Dónde voy a conseguir otra?

El hombre es observado desde una especie de armario sin que pueda percatarse. Puede incluso escucharse la respiración pesada de aquel misterioso observador. En un momento dado, a Luis Enrique parece ocurrírsele una idea.

Luis Enrique: ¡Claro! ¡El armario! ¡Tuve que haberla puesto allí!

Luis Enrique se acerca al armario con decisión, pero justo cuando toma la perilla para abrirlo, suena el timbre del departamento con insistencia.

Luis Enrique: (fastidiado) ¡Carajo! ¡Ya voy!

Con un suspiro frustrado, el hombre suelta la perilla y se dirige a la puerta. Al abrirla, se encuentra con Lisa, quien entra sin pedir permiso en una actitud típicamente altanera en ella.



Lisa: (burlesca) ¿Y qué pasó aquí? ¿Te entraron ganas de hacer la limpieza de tu ratonera a última hora o qué pedo?

Luis Enrique: (en mal tono) Estoy buscando algo que no te incumbe. ¿Qué quieres ahora?

Lisa: Te oyes molesto.

Luis Enrique: Me apuntaste ayer con una pistola y me hiciste quedar como un pinche asesino desalmado delante de Marissa. ¿Y qué quieres? ¿Que pretenda que nada pasó?

Lisa: De veras que eres cínico. Quien debería estar furiosa contigo soy yo porque nada de lo que le dije a la zorra esa fue mentira. Tú me orillaste también a ser este monstruo en el que me convertí. Agradece más bien que te tengo con vida porque aún me sirves.

Luis Enrique: ¿Por qué debería seguir ayudándote después de que echaste a perder mis planes para casarse de nuevo con Marissa y mataste a mi hermana?

Lisa: ¿Quién te dijo que lo eché a perder? Por el contrario, te di una mano.

Luis Enrique: ¿Y cómo? Marissa no se casará conmigo después de saber todo lo que hice contigo. Me mira con desprecio, con asco…

Lisa: La mojigata esa no tiene forma de negarse a nada de lo que yo le ordene porque la tengo acorralada. Tú también deberías sacar provecho y amenazarla con hacerle daño al menso de su hijo. Total ni es tuyo, ¿o sí?

Luis Enrique: No, Pablo es adoptado.

Lisa: ¿Lo ves? Tienes la excusa perfecta para obligarla a que se case contigo o hasta para que te ceda toda su fortuna sin tener que volverte a unir a ella.

Luis Enrique: Hacer eso implicaría que me odie más y muy en el fondo, lo que quiero es que me ame, que sea mía, tenerla comiendo en mi mano así como durante tantos años.

Lisa: (burlándose) ¡Vaya que eres ególatra! Detesto los dichos de viejos, pero a ti te cae perfecto eso que dicen de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Volver a tener a la mujer esa alimenta tu ego, ¿no?

Luis Enrique: ¿Qué te importa a ti lo que pueda o no pasar conmigo?

Luis Enrique la toma con brusquedad del brazo.

Luis Enrique: No tengo razones para seguirte ayudando. Soy un hombre y no el monigote de una maldita mocosa que apenas y se sabe limpiar los calzones.

Lisa se suelta de mala gana.

Lisa: ¿Olvidas todo lo que sé de ti?

Luis Enrique: Antes me tuviste en tus manos amenazándome con denunciar a mí y a Carolina a la policía por lo que sabías del asesinato de Helena y porque suponías que tuvimos que ver en la muerte de Epifanio.

Lisa: ¿Y a poco no fue así? (Enarca una ceja) El viejo ese murió en circunstancias muy raras justo el día que descubrió que Carolina era la que había matado a Helena y puede que ya Carolina no se vaya para el bote, pero tú aún estás vivo, bigotón y te puedo refundir en la cárcel si se me pega la gana.

Luis Enrique: ¿No temes que te mate en este preciso instante?

Lisa: Ay, no me hagas reír. Adelante. Mátame, solo que no veo con qué puedas hacerlo y si no lo hiciste antes, dudo que lo hagas ahora, así que deja de ser ridículo y enfócate.

Lisa se acerca a él a una distancia tal que le habla sumamente cerca a los labios.

Lisa: Marissa va a ir hoy a la cabaña tal y como la cité, y voy a necesitar que estés ahí para echarme una mano con algo que le tengo planeado.

Luis Enrique: No voy a dejar que la mates.

Lisa: Tranquilo. En mis planes jamás he pensado matar a esa imbécil. Nada más quiero verla sufriendo en vida y muriéndose de la impotencia por todo lo que le pienso hacer. Lo de Pablo es solo una probadita porque tengo más.

Lisa se aparta de él y camina a sus anchas por el departamento. Luis Enrique la mira con furia.

Lisa: Así que qué dices. ¿Me vas a ayudar o prefieres que vaya a la policía a meterles tantito de cizaña para que investiguen bien la muerte de Epifanio de La Torre, la de Tarcisio y todas las demás que me obligaste a cometer cuando era Lisa?

Luis Enrique: (resignado) ¿Qué quieres que haga?

Lisa: Como tampoco confío en ti, no pienso decirte. No vaya a ser que me traiciones en el último momento. Nada más encárgate de llevar a Marissa a la cabaña de anoche y allá te diré cómo actuar.

Lisa sonríe totalmente segura de sus intenciones. Luis Enrique solo se ve resignado sin imaginar de la presencia de alguien escondido en su armario, quien desde allí lo observa.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, HABITACIÓN DE DANILO / DÍA



María Helena, sentada en la cama, se ha puesto un poco de hielo envuelto en un trapo sobre la cabeza. Danilo está frente a ella recostado en el marco de la puerta y la mira con una sonrisa.



María Helena: ¿Qué tanto me ves ahí paradote? ¿Tengo monos en la cara o qué?

Danilo: ¿Por qué eres tan enojona? Nada más te veía. ¿Tiene algo malo?

María Helena: Pues no, pero me pones nerviosa ahí parado en silencio y sin decir nada. Ponme algo de conversa al menos.

Danilo: ¿Qué te puedo decir? Me recuerdas mucho a mi hermana (Esboza una sonrisa). Milena también tiene un carácter fuerte y eso era lo que estaba pensando.

María Helena guarda silencio un par de segundos.

María Helena: Anoche me alcanzaste a decir que ella estaba pensando lo peor de ti.

Danilo: (incómodo) Me parece que es mejor que evitemos hablar de ese tema.

María Helena: ¿Por qué? Si anoche te desahogaste, ¿qué te impide hacerlo ahora que sí estás sobrio?

Danilo: Por lo mismo de que estaba tomado es que hablé de más. Uno borracho dice muchas cosas sin pies ni cabeza, así que olvídalo.

María Helena: Pues sí es cierto que los borrachos hablan de más, pero mi mamá siempre me dijo que solo los niños y los borrachos son los que dicen la verdad, y a mí me parece que tienes mucho qué hablar al respecto.

Danilo no responde y María Helena hace una pausa.

María Helena: Dime algo, Danilo. ¿Por qué rompiste con doña Marissa y le dijiste todas esas cosas tan horribles?

Danilo: (sorprendido) ¿Cómo lo sabes? Que yo me acuerde, no te lo conté.

María Helena: Lo escuché. Tú no lo sabes, pero mi papá está en el hospital. Carolina de La Torre intentó matarlo la otra noche.

Danilo: ¿En serio? ¿Y… cómo está?

María Helena: Bien, ya fuera de peligro.

Danilo: No me imaginé que la señorita esa tuviera esos alcances, pero ya se me hacía medio sangrona una vez que me la encontré en el pueblo cuando iba justo con ella… con Marissa.

María Helena: Carolina estaba medio loca y obsesionada por mi papá. El caso es que esa misma noche, cuando estaba en el hospital, me encontré a Luis Enrique que acababa de salir de la sala de urgencias y me dijo que habías tenido un accidente. Quise ir a saludarte y ahí fue donde escuché toda tu plática con doña Marissa.

Danilo baja la cabeza y se pone serio.

María Helena: Yo sé muy bien que tú no eres así. Puede que doña Marissa ni se haya dado cuenta por lo fuerte que sonó lo que dijiste, pero a mí se me hizo súper forzado. ¿Qué ganabas hiriéndola así si tú la amas?

Danilo: Hay cosas que es mejor no contar, María Helena. Nada más te diré que fue mejor así.

María Helena, frustrada, se pone de pie.

María Helena: Entonces, ¿debo creer que sí eres un patán de lo peor que juega con cuenta mujer se le cruza enfrente? Porque a mí sinceramente me cuesta creerlo.

Danilo: Tú no lo entenderías. Precisamente dije todo eso por amor a Marissa, a Milena…

María Helena: Justo por esa razón te estoy dando la confianza de que cuentes bien qué pasó. Yo no te pienso juzgar, solo habla.

De repente, ambos son interrumpidos por una empleada de la casa.

Empleada: Disculpen que interrumpe. Señorita, la está buscando alguien.

María Helena: (extrañada) ¿A mí? ¿Quién?

Empleada: Es un detective. Dice que se llama Ernesto Martínez y necesita hablar urgentemente con usted sobre su mamá.

María Helena se sorprende al oír y se mira desconcertada con Danilo, quien se extraña por tal visita desconocida.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN DE EDUARDO / DÍA

Marissa entra a la habitación. Eduardo tiene los ojos cerrados, pero justo los abre al sentir la presencia de la mujer, quien tiene un mal semblante y luce seria. Eduardo, por su parte, luce de un mejor semblante, aunque se ve algo pálido.



Eduardo: (sonriendo) Marissa, mi amor, qué bueno que viniste. Justo estaba preguntándoles a las enfermeras si no te habían visto.

Marissa: Ho… Hola, Eduardo.

Eduardo: ¿Por qué tan seca? No te imaginas la falta tan grande que me has hecho desde anoche. Te he echado mucho de menos.

Marissa: Vine porque es importante que hablemos.

Eduardo esboza su sonrisa.

Eduardo: Pensé que ya habíamos hablado y aclarado todo entre nosotros. ¿Faltó algo más?

Marissa: Quiero que tomes esto con la mejor calma del mundo y no te vayas a sobresaltar ni mucho menos.

Eduardo: (extrañado) ¿De qué se trata? ¿Qué ocurre?

Marissa: Eduardo… Créeme que esto es sumamente difícil para mí y me duele cómo no tienes idea, pero lo pensé mucho anoche después de lo que hablamos y… Tomé una decisión.

Eduardo: ¿Qué decisión, Marissa? No estoy entendiendo.

Marissa respira profundo tratando de tener la valentía de hablar.

Marissa: Sí es cierto que te amo con toda el alma y eres muy especial para mí. Entendí todo lo ocurrido con Carolina, pero…

Eduardo: Pero ¿qué? Habla (Exasperado)

Eduardo se recuesta en la cama un tanto sobresaltado.

Marissa: Eduardo, por favor. Yo necesito que estés tranquilo y no vayas a hacer esto más difícil de lo que ya es para mí.

Eduardo: Es que no te estoy entendiendo. Deja de dar vueltas y dime qué te ocurre.

Marissa: Lo que pasa es que… (Hace una pausa) Tú y yo no podemos estar juntos.

Eduardo toma aquellas palabras como un baldado de agua fría y la mira con los ojos desorbitados.

Marissa: Para mí es difícil poder perdonarte por haberte acostado con mi hermana. Lo siento, pero no puedo… (Evita mirarlo a los ojos)

Eduardo: (desconcertado) Marissa, lo que estás diciendo no tiene sentido. Carolina me drogó, yo ya te lo dije. No estaba en mis cabales igual que pasó tiempo atrás cuando Lisa y yo… (Se detiene) Tú lo sabes. Todos lo saben. ¡Estaba borracho!

Marissa: ¿Qué importa si estabas drogado o no? Tendrías que haber tenido la confianza de decírmelo, pero no. Luego tú te acostaste conmigo en aquel hotel, ¿recuerdas? Me entregué a ti justo el día después de que tú estuviste con ella y no me dijiste nada.

Eduardo: No puedo creer que quieras terminar todo entre nosotros por algo así. Me parece una niñería, una inmadurez de tu parte.

Marissa: Carolina está muerta, Eduardo.

Eduardo se sorprende al escucharla.

Marissa: Todo apunta a que se sintió acorralada por la policía y se suicidó de una forma horrible, degollada y ahogada en la piscina, tal y como, según me contaron, murió Helena.

Eduardo: No sabía nada. Nadie me lo ha dicho. Tú eres la única que ha entrado a verme.

Marissa: Pues ya lo sabes. Terminó de una forma horrible que me duele de solo pensarlo.

Eduardo: Te juro que lo siento. Yo no quería que Carolina terminara así.

Marissa: (solloza) Ni yo menos. Éramos hermanas a pesar de que no crecimos juntas y me siento tremendamente mal de solo pensar que voy a darme una oportunidad con el hombre que ella tanto amaba.

Eduardo: Lamento muchísimo que tomara una decisión así. Ella fue mi amiga y de cierta forma la recuerdo con cariño antes de que empezara a acosarme, pero no puedes tirar a la borda la oportunidad que tenemos de estar juntos.

Marissa: Perdóname, pero si a ti no te importa, a mí sí mucho. De hecho, hasta pienso darme una oportunidad con Luis Enrique.

Eduardo: (incrédulo) Debes estar desvariando. No es posible.

Marissa: Lo es. Luis Enrique y yo nos hemos llevado relativamente bien desde que nos separamos. Estuvimos casados por más de veinticuatro años. Es mi marido.

Eduardo: (indignado) ¿Tu marido? ¿Llamas marido a ese imbécil que te engañó desde mucho antes de casarse contigo y te trató tan mal?

Marissa: Fue una crisis que pudimos superar, pero yo fui tonta y me empeciné en que nos separáramos. Entiéndelo.

Eduardo: (furioso) ¡No! ¡No te puedo entender ni mucho creer que anoche me dijeras que me amabas y rompas conmigo por razones tan estúpidas!

Marissa: Tranquilízate, Eduardo, por favor.

Eduardo: Lo único que estás haciendo es confundirme, ¿no? ¡Me quieres torturar! Me tomas y me dejas como si fuera tu juguete. ¿Qué clase de persona hace algo así?

Marissa: Lo vivido contigo fue muy lindo para mí. Le diste otro aire a mi vida, pero fue algo efímero, fugaz…

Eduardo: ¡No te excusas diciéndome tus palabras baratas para consolarme! Ya ni siquiera sé qué pensar de ti. No sé ni siquiera si lo que haces es normal y disfrutas que te hagan daño, que te maltraten y lo replicas conmigo. ¿Es lo que quieres? ¿Volverme loco?

Eduardo, muy molesto, se quita a la fuerza el catéter y se levanta de la cama.

Marissa: ¡Basta, Eduardo! ¡Vuelva a la cama!

Eduardo la toma de los brazos.

Eduardo: ¡Anda, dime! ¿Qué carajos quieres de mí? ¿Fue tu plan desde el principio? (La zarandea) ¿Esto lo planeaste con Luis Enrique? ¿Te apareciste en mi vida para infiltrarte en mi casa y enamorarme para luego robarme lo poco que me queda y dárselo a tu marido? ¡Habla! (Grita furioso)

Marissa: (llorando) ¡Déjame, por favor!

Eduardo: ¿Cómo me haces esto si te amo? (Quiebra la voz) ¿Cómo, Marissa? ¿Cómo? (Le pregunta desesperado)

Marissa: Perdóname, pero es mejor así. Lo de nosotros solo fue una ilusión, nada más. Sigue con tu vida y a mí déjame en paz.

Marissa se suelta y sale corriendo de la habitación.

Eduardo: ¡Marissa! ¡Marissa, vuelve aquí!

Eduardo intenta ir tras ella, pero gime adolorido y se toca por encima del abdomen, justo donde fue operado para retirar la bala. Marissa, por su parte, llora desconsolada y sale del hospital. Luis Enrique, quien espera dentro de su auto, se baja rápidamente y la aborda.



Luis Enrique: ¡Marissa!

Marissa voltea a verlo, pero lo mira fulminante y decide ignorarlo.

Luis Enrique: ¡Marissa, espera! (La alcanza y la toma de un brazo)

Marissa: ¡Déjame, Luis Enrique!

Marissa se suelta y lo empuja mirándolo con sumo desprecio.

Luis Enrique: Escúchame. tienes que venir conmigo.

Marissa: No voy a ir contigo a ninguna parte y mucho menos te atrevas a ponerme un solo dedo encima. No creo que tenga que recordarte el asco que me produces.

Luis Enrique: ¡No seas terca! Tienes que venir conmigo a la cabaña. Lisa nos está esperando.

Marissa: Iré sola. No necesito de ti.

Luis Enrique: Ella fue muy clara esta mañana que fue a verme a mi departamento. Me ordenó que fuera yo el que te llevara.

Marissa: No me hagas repetírtelo. No quiero estar contigo.

Luis Enrique: Recuerda que no estás en condiciones de hacer lo que se te venga en gana. Hay que acatar las órdenes de esa mocosa. Pablo está de por medio. Hasta yo puedo salir afectado.

Marissa: (incrédula) ¿Tú? ¿Su cómplice?

Luis Enrique: Lisa me tiene en sus manos. Me odia porque cree que yo también soy culpable de haberla convertido en un monstruo.

Marissa: No es para menos. Tú la chantajeaste. La obligaste a inducir a Eduardo al alcohol, a que matara a su abuela y ahí también pagó Casimira por escuchar algo que no debía.

Luis Enrique: Es verdad, lo reconozco, pero ahora todo es diferente. Me está amenazando con denunciarme y no quiero parar en la cárcel.

Marissa: No me interesa si paras allá traicionado por esa muchacha por no acatar sus órdenes. Yo haré mi parte.

Luis Enrique: Es que no puedes ir sola. Compréndelo. No me lo dijo, pero está planeando hacerte algo malo.

Marissa: (incrédula) ¿Y a ti qué? ¿Me vas a proteger? ¿Vas a dártela de héroe ahora?

Luis Enrique: Ya te dije anoche que estoy dispuesto a lo que sea por ti, incluso a acabar con ella.

Marissa: No voy a mancharme las manos de sangre por más daño que esa muchachita me pueda hacer. Me desligo por completo de cualquier cosa que intentes hacer.

Luis Enrique: Déjame llevarte, Marissa. ¡Te lo suplico! Sube a la parte de atrás del coche, imagina que no estoy ahí contigo, pero deja que vaya contigo, por favor.

Marissa guarda silencio mirando al hombre con desconfianza. Luis Enrique parece ser sincero al respecto y la ve con ojos suplicantes.

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA

María Helena sale al encuentro de Ernesto. Éste espera de pie en la sala de la casa.



María Helena: Buenas tardes.

Ernesto voltea a verla.

Ernesto: Buenas tardes. Por fin tengo el placer de conocerla, señorita Quintana. ¿O prefiere que la llame por otro apellido?

María Helena: Me es indiferente. Dígame sólo María Helena.

Ernesto: Como guste. Supongo que ya le informaron una de las tantas razones por la que vine.

María Helena: Así es. ¿Usted conoce a mi mamá?

Ernesto: Tuve también el placer de conocerla el día de ayer y la salvé justo cuando estaba a punto de ser secuestrada o asesinada.

María Helena: (angustiada) ¿De qué está hablando?

Ernesto: Como no tengo mucho tiempo, seré directo. En estos momentos estás fichada como principal sospecha en el asesinato del médico cirujano Enzo Quiroga y de ser cómplice de Lisa Román, tu hermana, que ya sabemos no murió.

María Helena se impacta al ver que el detective está al tanto de la situación.

Ernesto: Como no tengo pruebas, vine personalmente a interrogarte para escuchar la verdad y qué me digas cuál es tu relación con ella, y también con Martina Villareal, la viuda del doctor que según me dijo es tu amiga.

María Helena traga saliva y respira agitada al verse encarada. Ernesto solo la mira fija y seriamente.

CONTINUARÁ…

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