Capítulo 56: Mórbida obsesión

INT. / CABAÑA / DÍA

Marissa sigue atada de manos. Luis Enrique, por su parte, está tirado en el piso desangrándose y aún gimiendo adolorido por las quemaduras. El hombre llora.



Luis Enrique: Perdóname, Marissa. Todo esto es mi culpa. Toda la maldita culpa es mía. Yo fui el que provocó todo.

Marissa guarda silencio y evita mirarlo. Ella también tiene el rostro bañado en lágrimas luego de los fuertes momentos que ha vivido.

Luis Enrique: Yo… (Hace una pausa) Yo sólo quería ser alguien en la vida…

Luis Enrique mira hacia el hecho sintiendo como su vida se apaga y es de notar que su rostro, en efecto, ha quedado desfigurado en más de la mitad.

Luis Enrique: Quería tener poder, que nadie me pisoteara; quería acaparar todo, pero las cosas me salieron mal…

Marissa sigue escuchando con atención.

Luis Enrique: ¿Y sabes una cosa? Tengo que admitir que ya lo tenía todo contigo y no lo aproveché. Quise más, y más, y más hasta que me pudrí por dentro de tanta ambición. Quería dañar a Eduardo, quitarle todo. Hasta a mis hijos los hice de lado y nunca me importaron… Incluso a Danilo lo vi como rival cuando se me interpuso en mis planes.

Una lágrima alcanza a brotar de uno de los ojos del hombre, quien parece arrepentirse de todo el daño que ha hecho.

Luis Enrique: Él sí que te ama de verdad y yo lo obligué a que te terminara (Marissa se sorprende). Lo embestí con el coche y lo amenacé con inculparlo del asesinato de Helena si no te dejaba.

Marissa niega con la cabeza y rompe a llorar al enterarse de ello, pero intenta contenerse.

Luis Enrique: Y Milena… Mi hija, mi niña, ahora no puede caminar también por mi culpa mientras que Cecilia me entregó toda su vida y yo la mandé a la cárcel, la traicioné. Siempre la usé para no tener que acostarme contigo por el asco que me dabas…

Marissa siente ahogarse en su propio llanto con cada palabra.

Luis Enrique: Me parecías tan patética… Tan insignificante… No valías nada para mí como mujer y solo cuando te perdí es que me di cuenta que tenía a un tesoro a mi lado.

Marissa: (muy perturbada) Basta ya, Luis Enrique… Ya no más, te lo pido. No más…

Luis Enrique alcanza a dibujar una cierta sonrisa perturbadora en su apenas reconocible rostro.

Luis Enrique: Yo sé que te satisface verme muriéndome y arrepintiéndome de todo lo que hice, y hasta te doy la razón. Sí me lo merezco. En parte hasta me hubieras hecho un favor acabando con mi vida de mierda como Lisa quería…

Marissa: Jamás en la vida podría darme gusto verte así, menos podría atentar contra ti y si antes me producías asco, ahora, muy en el fondo, hasta lástima me das por terminar de esta forma para que te pudieras dar cuenta de las cosas.

Luis Enrique: Yo no quiero que me compadezcas, sino que me perdones. No me quiero morir sin que al menos alguien de toda la gente que lastimé me perdone y esa eres tú, Marissa.

Marissa: Todos los años de la tortura de matrimonio que pasé contigo no se equipara con todo el otro daño que le provocaste a Eduardo, a tus hijos… Es a ellos a los que les debes pedir perdón, no a mí.

Luis Enrique: (llorando) Yo ya no voy a poder, mujer. No voy a tener tiempo.

Marissa: No te rindas, Luis Enrique. Aguanta un poco. Trata de sacar fuerzas al menos para llamar a una ambulancia y a la policía.

Luis Enrique: No vale la pena que me ayuden. Muerto el perro, se acabó la rabia y va a ser mejor que termine así.

Marissa: Te lo pido, Luis Enrique. Aguanta solo un poco más.

Luis Enrique derrama varias lágrimas y habla en un hilo de voz.

Luis Enrique: Gracias por… Gracias por tanto… Gracias por todos los años que me diste, por tu amor, por tu paciencia y perdóname por no haber sabido hacerte feliz como te lo merecías. Perdóname y pídeles perdón a mis hijos en mi nombre…

Marissa: Luis Enrique, resiste. No te vayas.

Luis Enrique: Adiós, Marissa…

El hombre va cerrando poco a pocos sus ojos.

Marissa: ¡Luis Enrique, por favor aguanta! (Desesperada) ¡No te vayas, te lo suplico! ¡Háblame, dime algo, pero no te rindas! ¡Abre los ojos!

Luis Enrique termina de cerrar sus ojos y perder el conocimiento. Marissa llora ante el desesperado y la impotencia que siente por tener las manos atadas, pero intenta ponerse de pie y corre con dificultad hacia él.

Marissa: ¡Luis Enrique! ¡Abre los ojos, por favor! ¡No te vayas así! ¡Despierta! ¡Despierta, te lo pido! ¡Quédate conmigo!

De repente, varios policías entran abruptamente a la cabaña tumbando en el acto la puerta. Dos de ellos se acercan a Marissa mientras que los demás van a verificar el estado de Luis Enrique.

Marissa: ¡Gracias a Dios vinieron! ¡Llamen a una ambulancia rápido! ¡Sálvenlo! ¡Tienen que ayudarlo!

Policía 1: (por radio) Unidad 12, necesitamos una ambulancia en el lugar de inmediato. Hombre herido de gravedad con pérdida considerable de sangre. Repito, situación crítica.

Policía 2: (desatando a Marissa) Tranquila, señora, ya está a salvo. ¿Está herida? (La ayuda a ponerse de pie).

Marissa: Yo estoy bien. Sólo ayúdenme a él rápido antes de que sea tarde.

Marissa sigue llorando y se cubre la boca con la man mientras sus ojos permanecen fijos en Luis Enrique, quien yace inmóvil e inconsciente en el suelo.

INT. / CABAÑA DE EPIFANIO / DÍA

Cruz se encuentra empacando algunas prendas en una maleta. Epifanio aparece detrás caminando apoyándose de su bastón. El hombre sonríe.



Epifanio: Veo que la idea de irnos lejos de verdad te gustó. No esperaba que empezaras a hacer maletas desde ya.

Cruz: Mujer prevenida vale por dos, usted sabe, además es bueno ir adelantando. Tan solo nos queda esperar a que todo esto termine para que podamos irnos tranquilos.

Epifanio esboza su sonrisa al escucharla.

Epifanio: Tengo que reconocer que me preocupa cómo terminen las cosas. Lisa podría hacerle daño a Marissa y no me perdonaría perder otra hija, Cruz (Perturbado). Lo de Carolina ya fue suficiente para mí. ¿Estás segura que lo que hicimos va a funcionar?

Cruz se da la vuelta para encararlo al tiempo que le da algunos dobletes a una camisa.

Cruz: Más que segura. Los videos que le mandé a la policía van a probar que María Helena es inocente de haber matado a Manuel Román. Ahí se ve clarito que fue Gracia disfrazada la que le dio fin a ese degenerado.

Epifanio: ¿Y qué hay del video donde aparezco yo diciendo la verdad? Si bien la policía podría sospechar que la misma que mató a Enzo es Lisa, pero les será difícil saber que Lisa es Martina. No tienen ni cómo sospecharlo.

Cruz: Puede ser, pero es ahí donde entra María Helena.

Epifanio: No veo cómo. Yo no mencioné a María Helena en mi video.

Cruz: No la mencionó, pero la policía va a cuestionarse el porqué les llegó dos videos que aparentemente no se relacionan; por una parte, uno en el que usted confiesa que Carolina era la asesina de Helena Montalbán y que salvó a Lisa Román del accidente dejándola al cuidado del doctor; por otra parte, el video de Malenita a punto de ser abusada por Manuel.

Cruz termina de doblar la camisa y la mete en la maleta mientras sigue explicando para luego seguir doblando otra camisa.

Cruz: Si todo sale como lo planeé, la policía vendrá al pueblo para investigar y estar tras la pista de Lisa. Irán a la hacienda y allá se van a encontrar con María Helena, y la van a reconocer como la chamaca que sale en uno de los videos que envié, pero eso no es todo.

Cruz prosigue doblando un pantalón.

Cruz: También van a ver a Martina allá. Entonces, dígame ¿qué diría la policía al ver a la viuda del doctor asesinado justo en la hacienda donde vivió Lisa Román, que es la asesina, y donde ahora vive Malenita?

Epifanio: Les va a parecer muy extraño.

Cruz: Así es. Van a descubrir el punto en común entre Martina y Lisa es María Helena, y la muchacha va a terminar confirmando que las dos son la misma persona. Lisa no tendrá salida (Cierra la maleta).

Epifanio: (pensativo) Suena bien, pero de que pase justo tal cual como lo planeaste es lo que no sabemos. Ya viste lo que pasó con Carolina.

Epifanio baja triste la cabeza. Cruz de nuevo se da la vuelta y pone sus manos en el pecho de él para infundirle confianza.

Cruz: Usted quédese tranquilo. Esta vez las cosas van a ser muy distintas porque ya metimos a la policía.

Epifanio: ¿Crees que sí hagan algo?

Cruz: Es un caso que involucra gente de dinero, al cirujano, a los Román y a usted mismo que todos creen muerto, así que sí lo creo. Hay que reconocer que si fuera un caso de asesinato de algún pobre diablo de por ahí, ni atención prestarían, pero este es diferente.

Epifanio: (poco convencido) Lo único que me interesa es que Marissa salga bien librada y no solo ella. También María Helena y hasta el mismo Eduardo Román, a pesar de que nunca fue santo de mi devoción por la familia de la que viene.

Cruz: Él fue una de las mayores víctimas de toda esta tragedia desde el momento en que se casó con Helena Montalbán. Recuérdelo.

Epifanio: Sí y en parte me siento mal con él de solo pensar que fue tantos años amante de su mujer. Es un buen hombre. Espero que pueda ser feliz con Marissa. Los dos se lo merecen.

Cruz: (sonriendo) Así como ahora nos lo merecemos usted y yo.

Cruz rodea el cuello del hombre con sus brazos y lo besa.

Cruz: Yo también espero que podamos ser muy felices de ahora en adelante, don Epifanio.

Epifanio: ¿Vas a seguirme tratando de patrón?

Cruz: Es que no todavía no me acostumbro, aunque siéndole muy sincera, tampoco me molesta seguirlo tratando de jefe. ¿No le parece tantito excitante? Porque a mí sí.

Cruz le sonríe de forma pícara y comienza a desabotonar la camisa de él.

Epifanio: (riendo) Sí que eres mala. Muy, muy mala…

Cruz: Resérvese los comentarios, porque todavía no le he mostrado todo lo demás que sé hacer, mi tigre.

Epifanio: (riendo) Ese apodo me gusta mucho más.

Cruz: Pues a usted le cae como anillo al dedo.

Cruz le guiña el ojo y luego ambos se unen en un apasionado beso mientras se abrazan.

EXT. / CABAÑA / DÍA

Ernesto, Danilo y María Helena llegan en la patrulla en la que se desplazaban, la cual se estaciona afuera de la cabaña que, a su vez, está rodeada de otras dos patrullas de policía y una ambulancia. Marissa aguarda allí afuera, muy angustiada, abrazándose a sí misma y ve cómo los paramédicos sacan a Luis Enrique, inconsciente, sobre una camilla para luego subirlo rápidamente a la ambulancia. Los tres primeros en cuestión se bajan rápidamente y se acercan a la mujer.




Ernesto: ¡Marissa!

Marissa voltea a ver y se sorprende al verlos a todos.

Marissa: Ernesto, tú aquí…

María Helena: ¡Ay, qué alivio que se encuentra bien! Estábamos muy preocupados por usted.

Danilo solo la observa en silencio y con timidez, sin decir nada, atrás de los demás.

Marissa: ¿Cómo lo supieron? Yo no le dije nada a nadie.

Ernesto: Era muy evidente que estabas corriendo peligro en manos de Lisa Román y Luis Enrique justo después de lo que hablamos anoche por celular, pero luego la llamada se cayó. Intenté contactarte varias veces, pero era inútil.

María Helena: De no haber sido por Danilo, ¿quién sabe qué le hubiera podido pasar en manos de esos dos?

Marissa voltea a ver al muchacho, quien le esquiva la mirada.

María Helena: Él todavía tenía una aplicación de rastreo instalada en el celular que usted le dio conectada con el suyo. Gracias a eso es que pudimos llegar hasta aquí.

Marissa: Les agradezco mucho su preocupación y puede que no me haya pasado nada a mí, pero… (Rompe a llorar)

Ernesto: Tranquilízate, Marissa. Dinos más bien qué pasó. ¿Dónde están Lisa y Luis Enrique? ¿Quién va en esa ambulancia?

Marissa: Luis Enrique precisamente (Todos se sorprenden). Lisa estuvo a nada de tirarme ácido encima y de no ser por él que se lo impidió, hubiera logrado su cometido.

María Helena: ¿Y luego?

Marissa: Al final, el afectado fue él. Lisa le quemó gran parte de la cara y le disparó dos veces. Antes de que se desmayara, me pidió perdón por todo. Incluso me dijo que te pidiera perdón a ti, Danilo, y también a Milena, en nombre de él.

Danilo no dice nada, pero logra verse un tanto afectado por lo ocurrido. Marissa se le acerca y lo toma de las manos.

Marissa: Yo espero que luego tú y ella puedan ir al hospital a verlo antes de que sea tarde. Luis Enrique hizo muchísimo daño, pero es de humanos también perdonar y me defendió como pudo, y muy seguramente hubiera hecho lo mismo con ustedes que son sus hijos.

Danilo: Lo dudo. Milena y yo nunca le importamos. Hay cosas que usted ni sabe. Conmigo hasta fue capaz de…

Marissa: (interrumpiendo) Sí, yo ya sé que te obligó a que te alejaras de mí (Danilo se sorprende). Él mismo me lo confesó y se arrepintió por ello, y yo sé que es difícil, pero ten al menos esa acto de caridad con él. Guardar odio y rencor de nada sirve.

Danilo: (negando con la cabeza) No sé si pueda. Lo siento.

Danilo se aleja de allí con varios sentimientos encontrados y se queda de pie mirando al vacío.

María Helena: Tranquila, doña Marissa. Yo hablo luego con él. Danilo es bueno y yo sé que puede terminar perdonando a Luis Enrique.

Marissa: Gracias, María Helena (Esboza una sonrisa). Yo sé que sí. Hay que darle tiempo, solo que no sé si alcance. Luis Enrique está muy delicado.

Justo en ese momento, la ambulancia arranca y se va de allí a toda prisa haciendo sonar al mismo tiempo la sirena.

Ernesto: ¿Qué hay de Lisa? Supongo que huyó.

Marissa: Peor que eso. Tomó a Eduardo de rehén.

María Helena: (impactada) ¿Cómo que de rehén? Se supone que mi papá está en el hospital.

Marissa: (llorando) Ese es el problema, María Helena. Lisa me obligó a terminar con él y a decirle que iba a darme una oportunidad con Luis Enrique a cambio de no hacerle daño a Pablo. Eduardo no lo tomó nada bien y parece que nos siguió a Luis Enrique y a mí cuando veníamos para acá.

María Helena: (angustiada) No puede ser. Él todavía ni se había terminado de recuperar. Recién salió de la cirugía.

Marissa: Yo sé y hasta lo vi sangrando porque al parecer se le abrieron los puntos. Lisa lo obligó a irse con ella a cambio de no matarme ahí mismo.

María Helena: (solloza) Dios mío, todo esto es mi culpa. Yo fui la que prácticamente le abrí la puerta a esa pinche loca permitiéndole que viniera al pueblo. ¿Y ahora qué hacemos?

Ernesto: ¿Tienes alguna idea de a dónde pudieron haber ido, Marissa?

Marissa: No, aunque según escuché, iba a llevarlo a una cabaña que alquiló lejos de aquí, pero no dio detalles.

María Helena: ¿Qué vamos a hacer, señor detective? Mi papá está corriendo peligro en manos de esa. Si algo le pasa, no me lo voy a perdonar nunca.

Ernesto: Voy a coordinar las labores de búsqueda y vigilancia con la policía municipal por si ven algo sospechoso.

María Helena: Ya usted conoce a esa tipa. Ella es como una rata que se esconde en la peor de las alcantarillas. Mira que se escondió en un hotel de mala muerte después de que mató al doctor.

Ernesto: Por ahora es lo que tenemos y si alquiló una cabaña, lo primordial es comenzar interrogando las agencias hoteleras de este y los demás pueblos aledaños para seguirle el rastro. En cuanto a ti, Marissa, espero que me puedas acompañar para que rindas la declaración de lo que pasó aquí.

Marissa: Ahora lo que más preocupa es que den con el paradero de Eduardo y si es posible, ayúdame también sacando a Pablo de la estación de policía. Lisa lo acusó de intento de violación. Incluso lo golpearon allá adentro. Tengo miedo de que ella, con una llamada, le haga algo peor.

Ernesto: Tranquila. Yo me encargo. Lo mejor ahora es que conservemos la calma. Lo que les puedo asegurar es que Lisa Román no se me va a escapar y la voy a poner tras las rejas. De allí no va a salir nunca más.

Ernesto dice aquello con gran firmeza. Marissa y María Helena, por su parte, se miran entre sí con gran angustia.

EXT. / CABAÑA DE LISA / DÍA

Está casi atardeciendo. Eduardo se estaciona justo frente al portón de una bonita cabaña en un bosque. El hombre respira agitado, suda aparatosamente y se ve mareado.



Lisa: (sonriendo) ¿Qué te ocurre, papi?

Eduardo: No me estoy sintiendo bien.

Lisa, quien sigue sentada en los asientos traseros, se inclina hacia el frente y le habla cerca al oído.

Lisa: Es normal. Es casi hora de que la droga que te inyecté haga efecto. Mientras estés dormido, tendré el tiempo de prepararlo todo, así que ahora sal y camina, y ni se te ocurra hacer nada estúpido. ¿Va?

Lisa se atreve a morder con delicadeza la oreja de él. Eduardo duda durante algunos y, al final, sale del auto casi tambaleándose y se recuesta en la puerta. Lisa también sale sosteniendo la pistola.

Lisa: No te quedes ahí. Mira que si te desmayas me será muy difícil arrastrarte hasta adentro. Camina.

Lisa le señala el camino de entrada con la pistola. Eduardo solo la ve con un pálido semblante.

Eduardo: De verdad no me estoy sintiendo nada bien y no creo que sea lo que me inyectaste. Los puntos de la cirugía se me abrieron. He perdido mucha sangre y la herida se puede infectar. Déjame ir, Lisa, por favor.

Lisa: ¿Dejarte ir? ¡Ay, papito chulo! Me parece que no has entendido nada.

Lisa se le acerca y le acaricia el rostro mirándolo con una enfermiza obsesión que se denota en sus ojos.

Lisa: Tú ya no vas a volver a tu vida de antes ahora que te tengo conmigo. Las cosas serán muy distintas de ahora en adelante.

Eduardo: No podemos vivir así siempre escondiéndonos. Marissa va a venir a buscarme y la policía nos va a encontrar tarde que temprano. Entiéndelo.

Lisa: No me creas tan mensa. Esto es solo un refugio temporal donde te voy a enseñar a amarme. Incluso ya hasta planeé mientras veníamos para acá lo que pienso hacer una vez que te convenzas de que podemos ser muy felices juntos y que solo yo soy tu mujer.

Eduardo: Lisa, te lo suplico. Recapacita. Vete lejos si quieres y vive tu vida. Yo nunca voy a poder amarte como tú quieres porque eres mi hija. ¡Entiéndelo!

Eduardo se siente desvanecer y sigue recostándose en el auto. Lisa lo ve con seriedad.

Lisa: No pienso seguir discutiendo contigo lo mismo y no me hagas tampoco perder la paciencia. Entra a la cabaña.

Eduardo: ¿Y qué piensas hacer si no te obedezco?

Lisa: ¿Vas a retarme? Porque no estás en las condiciones de hacerlo y si se me pega la gana, me las arreglo para mandar a matar a tu zorra y no solo a ella, sino también a la bastarda aparecida esa de María Helena.

Eduardo: ¿Cómo puedes ser capaz de llegar tan lejos como para atentar con tu propia hermana?

Lisa: María Helena no es mi hermana y no la conocía hasta hace poco. Además, ¿para qué la defiendes si la mosca muerta mató a tu hermano?

Eduardo: No es verdad.

Lisa: Lo es. María Helena mató a Manuel y has tenido viviendo al enemigo todo este tiempo bajo tu techo.

Eduardo: No puede ser. Estás mintiendo.

Eduardo se niega a escucharla, siente que todo le da vueltas y alza los ojos, pero su mirada se pierde entre los árboles del bosque y ve borroso. El hombre da unos cuantos pasos hacia adelante, pero sigue tambaleándose.

Lisa: Créelo o no, ella lo mató supuestamente cuando la quiso violar, robó el celular de él y como los dos teníamos contacto, la mustia dio con mi paradero allá en la capital para hacerme un trato. Yo la ayudaba a encubrir su crimen y ella, a cambio, me ayudaba a infiltrarme en la hacienda para acercarse a ti. ¿Lo ves? ¡Tu otra hijita te vendió conmigo!

Eduardo: (desesperado) ¡Cállate! ¡Nada de eso es cierto! ¡No haces más que mentir y confundirme!

Eduardo se desvanece y cae de rodillas al suelo apoyándose con las palmas.

Lisa: Va siendo hora de que dejes de ser tan imbécil y te des cuenta de que la gente que te rodea no te quiere, papi. Helena se casó contigo por acuerdo mutuo de las familias; mi abue te vendió y te utilizó para no caer en la bancarrota; Manuel siempre fue un maldito ambicioso que siempre te tuvo envidia.

Eduardo rompe a llorar atormentado por tales palabras que retumban con fuerza en su cabeza debido al efecto de la droga.

Lisa: ¡Nadie, ninguno de ellos, te ha querido! Ni siquiera Marissa.

Eduardo: (en un hilo de voz) Mentira… Ella sí… Ella sí me ama.

Lisa: Te equivocas. Muy en el fondo te quiere por lástima porque todo este tiempo lo único que has demostrado es ser un débil, un pelele. Mira que, según lo que supe, Danilo y ella tienen algo, ¿y sabes lo que harán esos cuando ya no aparezcas?

Eduardo sigue llorando e intenta cubrirse los oídos con las manos.

Lisa: Van a burlarse de ti.

Eduardo: (desesperado) ¡Basta ya! ¡Cállate ya!

Lisa: Todos te desprecian. La única que te conviene en la vida soy yo, Eduardo. ¡Solo yo!

Eduardo respira cada vez más pesadamente y termina por perder el conocimiento. Todo se pone en negro y a poco a poco, el hombre abre, sumamente despacio los ojos. Todo está absoluto silencio; tan solo se escucha una gotera cayendo en el fondo y él mira confundido a su alrededor.

Eduardo: (débil) ¿Do…? ¿Dónde estoy?

Eduardo ve que se encuentra en el interior de una modesta cabaña de madera apenas iluminada por un foco que cuelga del techo y se ve a sí mismo, con el torso descubierto y con las manos encadenadas a unas cadenas que cuelgan también del techo.

Eduardo: (asustado) ¿Qué es esto?

Eduardo intenta zafarse de aquellas cadenas, pero es evidentemente imposible y se desespera.

Eduardo: ¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! (Gritando fuertemente) ¡Que alguien venga! ¡Necesito que alguien me ayude!

Eduardo comienza a respirar agitado y sigue intentando liberarse.

Eduardo: ¡Ayuda!

Lisa: Mejor ni te esfuerces en gritar que nadie te va a oír, papi.

Eduardo reconoce aquella voz y se queda en silencio. Lisa sale de la penumbra de la apenas tenuemente iluminada cabaña. Usa un corto vestido rojo que deja al descubierto sus hombros y se acerca caminando despacio. Eduardo la observa con los ojos desorbitados.

Eduardo: Déjame ir, Lisa (Desesperado). Ten un poco de lucidez y reacciona. Date cuenta que nada de esto vale la pena y cualquier cosa que hagas va a ser inútil. ¡Yo nunca, nunca te voy a amar como tú quieres! (Grita lleno de impotencia) ¡Nunca! ¡Entiéndelo!

Lisa solo sonríe apaciblemente y le acaricia el rostro con suavidad hasta ir bajando por su pecho. Eduardo intenta apartarse, pero no puede.

Lisa: Eso es lo que tú crees, pero fue precisamente por esa razón que vinimos aquí. Voy a enseñarte a amarme a las malas.

La joven desabrocha el jean del hombre.

Eduardo: Basta, por favor. Te lo suplico. Tarde que temprano nos van a encontrar.

Lisa: Puede ser, pero me parece que me estás subestimando mucho, papito chulo. Este lugar lo conseguí precisamente porque queda apartado de todo, en medio de la nada y me la vendió un vejete del pueblo que no trabaja para ninguna agencia, así que por ahí no hay modo de que la policía nos siga el rastro.

Eduardo comienza a sollozar ante la impotencia que siente.

Lisa: Le di tanta lana que me aseguré de que se fuera del pueblo y eso lo hice justo el primer día que llegué, antes de ir a presentarme a la hacienda, porque tenía fríamente calculado traerte acá por si no accedías a corresponderme por las buenas como ese día te lo pedí en el hospital. ¿Sí te acuerdas? Solo que me rechazaste…

Lisa frunce el ceño al recordar aquella conversación.

Lisa: Me rechazaste por culpa de esa maldita zorra que te engatusó y se apareció en nuestras vidas para robarme tu amor, y he aquí las consecuencias.

Eduardo: Ninguna mujer podría robarme el amor que siento por ti porque eres mi hija y siempre, a pesar de todo lo que has hecho, te voy a querer, Lisa… (Quiebra la voz) Entiende eso.

Lisa: Me conmueves, pero ese tipo de amor no me interesa. Yo quiero más y yo me voy a encargar de que ese amor se transforme en deseo.

Lisa le baja el pantalón con sutileza. Eduardo, inmovilizado por las esposas, siente una cierta repulsión que denota en su rostro.

Eduardo: Basta, Lisa. Detente. Te lo imploro.

Lisa: Te voy a demostrar que solo yo soy tu mujer y mientras no te convenzas, te quedarás aquí conmigo.

Eduardo: No puedes tenerme encerrado como tu prisionero toda la vida.

Lisa: Claro que puedo. Te pienso cuidar. Mira que hasta limpié tu herida y tengo el suficiente dinero para que podamos sobrevivir gracias a la herencia que me dio mi maridito de mentira, el mismo médico que me convirtió en esta que vez frente a ti.

Lisa se aparta y con discreción, a la vez que con sutileza, mete las manos por debajo de su falda y se quita los panties. Eduardo evita mirarla.

Lisa: El maldito cerdo ese era un loco que me puso el rostro de su mujercita muerta y yo le saqué ventaja. Lo seduje y le pedí los documentos de la tipa, y así me convertí en Martina Villareal, pero no te preocupes. Él nunca me tocó y antes de que lo hiciera, le di su fin al muy cerdo. Me he conservado para ti, mi amor.

Lisa se inclina y pasa su lengua por el abdomen de su padre. Eduardo solo cierra los ojos con fuerza y lágrimas caen de sus ojos al sentir como la joven lo lame.

Lisa: Mi único hombre eres tú, mi todo…

Lisa, respirando agitada, se va poniendo de pie y besa el pecho de él. Eduardo solo retiene las ganas de llorar e intenta soportarlo.

Lisa: No sabes las muchas veces que imaginé este momento

Eduardo siente que no puede más y rompe a llorar.

Eduardo: (en un hilo de voz) Te lo suplico, te lo suplico Lisa (Repite cada vez más asqueado).

Lisa: Quien te suplica que me hagas tuya otra vez soy yo, papi.

Lisa lame los pezones del hombre y luego sus axilas con un desenfrenado fetiche.

Lisa: Vas a ver que te va a gustar cuando estemos unidos, cuerpo a cuerpo, siendo los dos uno solo.

Lisa sonríe con completa depravación al tiempo que pone su mano en la entrepierna de él.

Lisa: Y veo que hasta la viagra que te di cuando estabas dormido te está surtiendo efecto. Todo saldrá bien tal y como lo planeé.

Eduardo llora desconsolado sintiendo culpa al experimentar una erección involuntaria. Lisa, por su parte, sin dejar de sonreír, vuelve a inclinarse para quitarle la ropa interior.

Eduardo: Por favor, no lo hagas… Te lo estoy pidiendo. Detente ya.

Lisa va bajando el boxer muy despacio.

Lisa: Te amo, Eduardo.

Eduardo: ¡Detente, no más!

Eduardo pega un grito ensordecedor y que se escucha en un profundo eco lleno de impotencia para luego darse por vencido mientras llora.

INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA, OFICINA / NOCHE

Marissa acaba de rendir declaración de lo sucedido en horas de la tarde frente a un policía que ha escrito todo en el computador. Ernesto está presente de pie al lado del policía.



Policía: Ya está, señora. No tengo más preguntas.

Marissa: ¿Y ahora qué sigue? ¿Cuándo piensan ponerse manos a la obra para encontrar a Eduardo? Porque a mí sinceramente me parece que este formalismo de la declaración lo único que hace es hacernos perder más tiempo.

Ernesto: Ya hablamos de eso, Marissa. Debemos tener paciencia. Hay varios policías patrullando tanto aquí en Villa Encantada como en los pueblos vecinos. También se ha estado investigando entre la gente si vieron el coche de Luis Enrique con las características que les dimos. Es lo único que podemos hacer por el momento.

Marissa se pone de pie sintiéndose un tanto frustrada y se aleja dándoles la espalda. Ernesto se acerca poniéndose frente a ella.

Ernesto: Si te sirve de algo, te prometo que voy a hacer lo posible por encontrar a Eduardo Román. Tú conoces mi trabajo y sabes que siempre resuelvo mis casos.

Marissa: Lo sé. Eres el mejor en lo que haces. Diría que hasta el mejor detective que he conocido.

Ernesto: (sonriéndole) Será porque soy el único que conoces.

Marissa esboza una muy leve sonrisa.

Ernesto: Trata de conservar la calma, Marissa. No me gusta verte así.

Marissa: Mientras Eduardo siga secuestrado en manos de su propia hija, no voy a tener paz, Ernesto y no soy la única. María Helena también está muy preocupada.

Ernesto: Yo ya hablé con ella y también le aseguré que iba a encontrar a su papá. Es un tipo bien afortunado, ¿sabes?

Marissa: ¿Por qué lo dices?

Ernesto: Porque tiene un hija que se preocupa por él y una mujer preciosa que lo debe amar muchísimo.

Marissa: (extrañada) ¿Por qué me dices eso?

Ernesto: Tú sabes que ser directo es uno de mis fuertes, así que no finjas que te pregunto por nada. Tú siempre me has gustado, Marissa.

Marissa, un tanto incómoda, guarda silencio

Ernesto: Y perdóname porque sé que no es el mejor momento, pero desde que estábamos en la universidad, siempre fuiste la mujer ideal que quise en mi vida y que no pude tener.

Marissa: Yo siempre te tuve mucho cariño, como amigo, claro y en ese entonces estaba muy enamorada de Luis Enrique.

Ernesto: Ni me lo recuerdes. Dejaste hasta tu carrera de pintora prometedora por casarte con él. Me hiciste pasar un chingo de rabia, eh. No creas que no se me olvida.

Marissa: Sí, sí me acuerdo que te dio mucho coraje cuando te lo conté y ahí fue donde me dijiste lo que sentías por mí.

Ernesto: Y yo como pendejo pensé que por decírtelo ibas a recapacitar y te ibas a dar cuenta de que el hombre que te convenía era yo (Suspira). ¡Hombre! ¡Qué recuerdos!

Marissa: Supongo que de haber sabido desde un inicio la clase de persona que era Luis Enrique, quizá si te hubiera correspondido y hoy estaríamos casados, con una familia, como siempre quisiste.

Ernesto: Soy muy conservador. Tú me conoces. A diferencia de otros, a mí sí me hacía ilusión formar una familia, pero no con cualquier mujer. Necesitaba la indicada y esa eras tú.

Marissa: ¿A qué viene todo eso, Ernesto? Ya pasaron muchísimos años y no es posible que en tanto tiempo no te hayas podido interesar en otra persona.

Ernesto: ¿Qué te puedo decir? Lo intenté, pero siempre fracasé en las relaciones que inicié y me di por vencido, y justito hoy nada más pensaba en lo que hubiera podido ser junto a ti. Me vi reflejado mucho en ese muchacho, en Danilo…

Marissa: ¿Danilo?

Ernesto: Por lo que alcancé a escuchar, él también está enamorado de ti y te terminó al parecer obligado por Luis Enrique, ¿no?

Marissa: Lo de Danilo y yo fue demasiado fugaz, cosa de una noche. Él venía hacía tiempo insistiendo y quise darme una oportunidad con él en vista de que había terminado con Eduardo por ciertos malentendidos que ya luego aclaramos.

Ernesto: Quizá para ti fue cosa de una noche, pero para él significas mucho tanto así que también se preocupó por ti cuando supo todo.

Marissa: Lo sé. Danilo es un gran muchacho y le tengo también muchísimo aprecio. Él fue el que me salvó del accidente que tuve cuando descubrí que Luis Enrique me era infiel, pero yo a quien amo es a Eduardo y lo único que quiero es que pueda salir de todo esto bien librado (Solloza). No quiero perderlo.

Ernesto: Y no lo harás. De mi cuenta corre. Tengo tanta curiosidad de conocerlo que me voy a encargar de que estés con él, pero mientras ¿por qué mejor no cambias un poco esa tristeza? Te tengo una buena noticia.

Marissa: (incrédula) ¿Una buena noticia? ¿En medio de todo eso?

Ernesto: (sonriendo) Pásale, muchacho.

Ernesto dice aquello en voz alta. Pablo entra a la oficina en ese instante.



Pablo: Hola, mamá.

Marissa: (muy conmovida) ¡Pablo, hijo!

Marissa no duda en correr para abrazarlo fuertemente y se suelta a llorar.

Marissa: ¡Ay, mi vida! ¡No sabes la alegría tan grande que me da ya verte libre! (Lo besa en la frente) No te imaginas la angustia tan grande que pasé teniéndote encerrado.

Pablo: No te creas. A mí también me da muchísimo alivio ver que sí estás bien y no te pasó nada malo. Ya aquí tu amigo me puso al tanto.

Marissa se aparta y se limpia las lágrimas.

Marissa: Gracias, Ernesto. No tengo cómo pagarte el gran favor que me hiciste ayudándome a liberar a Pablo. ¡Mil gracias!

Ernesto: De algo sirve tener influencias porque estaba difícil liberarlo con la denuncia que le metió Martina, Lisa o como sea que se llame. Había incluso testimonios de empleados y huéspedes del hotel. De manera ordinaria, el caso se hubiera llevado varias semanas.

Marissa: De todas maneras, te agradezco en el alma lo que hiciste. Con Pablito allá dentro, tenía el alma pendiendo de un hilo también.

Ernesto: No me agradezcas todavía hasta que encontremos a Eduardo Román. Ahí sí te acepto las gracias.

Ernesto le guiña un ojo. Marissa asiente con la cabeza y vuelve abrazar a su hijo.

Marissa: ¿Y Milena? ¿No estaba contigo?

Pablo: Danilo vino para contarle lo que pasó con Luis Enrique y se la llevó al hospital. Deben estar allá esperando noticias. María Helena también se fue con ellos.

Marissa: Creo que sería bueno que nosotros también fuéramos y los acompañemos, pero no sé ahorita con todo este problema con Eduardo.

Ernesto: Pierdan cuidado y vayan. Si me entero de alguna cosa, yo les aviso. De igual no hay nada que puedan hacer aquí. Harían mejor estando allá.

Pablo: El detective Martínez tiene razón, ma’. Milena me debe estar necesitando. Cuando Danilo le contó, la vi medio afectada y pues no es para menos. Luis Enrique es su papá y también fue el mío a pesar de que siempre me trató de la patada.

Marissa acaricia el rostro de su hijo y le sonríe con ternura.

Marissa: Tú siempre tan noble, mi amor, pero ¿sabes que sí? Voy a tomarte la palabra. Me parece que es mejor ir al hospital y así de paso estamos al tanto del estado de Luis Enrique.

Ernesto: ¿Quieren que los lleve?

Marissa: No, Ernesto. No te preocupes. El hospital no queda muy lejos de aquí y podemos ir caminando. Tú sí que necesitas quedarte para seguir coordinando la búsqueda de Eduardo.

Ernesto: Está bien. Los mantendré informados si me entero de algo.

Marissa: Gracias de nuevo.

Marissa lo abraza por un par de segundos y se va de allí con Pablo. Ernesto se queda viéndola y suelta resignado un suspiro.

Ernesto: ¡Ay, Marissa! Qué pena tenerte tan cerca otra vez y darme cuenta que definitivamente nunca tuve ni tendré chance contigo.

Ernesto niega con la cabeza sintiéndose un tanto desanimado.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE

Danilo se encuentra de pie, en silencio y recostado en la pared. María Helena justo está hablando con Milena un tanto apartadas de él.



Milena: (solloza) Yo ya sabía que algo andaba mal. Danilo no es esa clase de patán y yo como mensa desconfié de él.

María Helena: No te creas. Yo también pensé por un momento que a lo mejor todo lo que le dijo a doña Marissa sí había sido verdad. Yo los escuché hablando esa noche.

Milena: Claro. Sí me acuerdo que te vi entrar a la sala de urgencias y después saliste corriendo detrás de doña Marissa.

María Helena: Quise alcanzarla para consolarla un poco y también para que aclarara las cosas con mi papá que estaba debatiéndose entre la vida y la muerte, igual que ahora, solo que en manos de esa pinche loca de Lisa.

Milena: A mí todavía me cuesta creer que siga viva y haya sido capaz de acusar a Pablo de haberla querido violar. Hasta me quiso sembrar cizaña en contra de él y, por lo que tú me cuentas, por poco obliga a Danilo a que mate a doña Helena.

María Helena: Así es. Tu hermano es inocente. Él nunca hubiera sido capaz de hacer una cosa así y sí estuvo mal que se volviera amante de una mujer casada, pero por lo que él me contó, fue precisamente tu mamá la que lo convenció de que accediera a tener algo con Helena.

Milena: Qué turbio. Todavía ni sé cómo mi mamá fue capaz de vender a su propio hijo así, aunque si estuvo de acuerdo con que Luis Enrique fuera amante de doña Marissa tantos años por puro interés, no me extraña que hubiera querido vender a Danilo con doña Helena para sacar también su tajada. ¡Qué poca! (Indignada)

María Helena: Debe ser bien difícil pensar en todas las cosas que han hecho tus papas.

Milena: Yo ya los había perdonado, pero enterarme de estas cosas que no sabía, sí me remueve un tantito de resentimiento. Luis Enrique tuvo la sangre tan fría para chantajear a Danilo con el asesinato de doña Helena y todo para apartarlo de doña Marissa. ¿Qué padre le hace algo así de bajo a su hijo?

María Helena: Todos nos preguntamos lo mismo, pero ya que te conté que lo de Marissa fue un malentendido, sería bueno que hablaras con Danilo. Los sentí medio tensos de camino acá. Para él nada de esto ha sido fácil y le dolió tener que mentirles a ti y a doña Marissa.

Milena: Tienes razón y te agradezco por todo, María Helena. Tú sí que eres bien distinta a Lisa.

María Helena: Llámame Malena. Igual podemos ser amigas de aquí en adelante.

Las dos intercambian sonrisas. Milena le quita el seguro a su silla y se acerca a Danilo, quien sigue de pie, sumido en sus pensamientos. María Helena los observa de lejos y aprovecha para retirarse misteriosamente.

Milena: Danilo, ¿podemos hablar?

Danilo: ¿Ya María Helena habló contigo?

Danilo dice aquello sin mirarla directamente.

Milena: (asentando) Sí y… (Hace una pausa) Me siento muy mal. Me duele haber desconfiado de ti y haberte tratado como lo hice.

Danilo guarda silencio y la escucha con atención.

Milena: Tú eres mi hermano mayor, el que me enseñó tantas cosas, el que me cuidó, al que siempre admiré por lo noble que es. Te quiero muchísimo y ahorita no sé ni cómo pedirte perdón, manito.

Danilo comienza a sollozar y traga saliva.

Milena: Fui bien tonta y lo admito, pero en mi defensa, tengo que reconocer que eres un súper actorazo, digno de un premio, y con lo guapísimo que eres, pues sí, me creí tu papel.

Danilo esboza, sin quererlo, una sonrisa entre lágrimas.

Milena: De veras, me arrepiento mucho. Perdóname, ¿sí? Mira que me dolió en el alma haberme enojado así contigo y no quisiera que estemos mal.

Danilo la mira finalmente, guarda silencio durante algunos segundos y se inclina poniéndose a la altura de ella.

Danilo: Yo no tengo nada que perdonarte, manita. Yo ya sabía a lo que me exponía cediendo al chantaje ese de Luis Enrique. Era perder a Marissa y también perderte a ti si te enterabas. Yo nada más quise protegerte porque me morí de miedo de que él cumpliera su amenaza y me mandara al bote, y no podía dejarte sola. No me lo hubiera perdonado.

Milena toma las manos de su hermano y las presiona con fuerza.

Milena: Yo sé y te agradezco por haber pensado en mí, pero espero que esto nos sirva a los dos de enseñanza. La próxima vez, por más miedo que tengas, no me ocultes nada. Yo soy tu hermana y tenemos que confiar el uno en el otro. Prométemelo.

Danilo: (asentando) Va. Te lo prometo. Te quiero mucho.

Danilo besa las manos de su hermana y ambos se abrazan durante varios segundos. De repente, son interrumpidos por un doctor que se les acerca.

Doctor: ¿Ustedes son los familiares del señor Luis Enrique Escalante?

Danilo se incorpora de inmediato.

Milena: Somos sus hijos, doctor. ¿Cómo sigue?

Doctor: Su pronóstico es reservado. Logramos extraer las balas que, por fortuna, no comprometieron ningún órgano vital, pero hay que tenerlo en observación por las quemaduras.

Milena: Entiendo.

Doctor: Como ya despertó de la anestesia, nos preguntó quiénes estaban aquí y está pidiendo verlos precisamente a ustedes dos.

Milena y Danilo se miran entre sí con cierta duda.

EXT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA / NOCHE

María Helena se encuentra intentando hacer una llamada. Espera a que le contesten, pero es inútil.



María Helena: El Alma en Pena no responde (Desesperada). Parece como si se la hubiera tragado la tierra justo ahorita que necesito que me ayude a encontrar a mi papá.

María Helena sigue intentando llamar, pero sin esperarlo, una mujer cubriéndose la cabeza con una pañoleta tropieza fuertemente con ella, deja caer un papel y entra al hospital.

María Helena: (molesta) ¡Oígame! ¡Fíjese un poco por dónde va!

María Helena se queda viendo con extrañeza a la misteriosa mujer y nota el papel caído en el piso.

María Helena: Parece que esto se le cayó a la sangrona esa que ni se disculpó.

La joven recoge el papel y nota que allí dentro hay un contundente mensaje.

María Helena: (leyendo en voz alta) “Si quieren rescatar a Eduardo Román, vayan a este sitio. Lisa se está escondiendo ahí”.

María Helena, exaltada y con los ojos desorbitados, voltea a ver a la mujer, pero ya no la ve por ninguna parte.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / NOCHE

Danilo y Milena han entrado a ver a su padre, quien yace en la cama, conectado al electrocardiograma y con suero intravenoso. Es de notar que ambos muchachos usan un tipo de ropa especial y Luis Enrique, al verlos con su cara parcialmente desfigurada, voltea a verlos. Ellos lo ven con cierta impresión.



Luis Enrique: (débil) Danilo… Milena…

Danilo es quien impulsa la silla de su hermana y ambos se acercan a la cama.

Luis Enrique: No tengo mucho qué decir más que pedirles a los dos que me perdonen por todo el daño que le hice; por haberlos abandonado…

Luis Enrique se agita un poco. Milena lo mira conmovida. Danilo, por su parte, luce más serio.

Luis Enrique: En especial tú, Danilo… (Hace una pausa) Te hice algo muy bajo, mijo. Me enceguecí y me ensañé contigo por imbécil, por ambicioso, por mis estúpidos celos y no te alcanzas a imaginar el arrepentimiento tan grande que me está carcomiendo…

Danilo lo escucha con atención. Milena solloza un poco.

Luis Enrique: Por un momento no te vi como mi hijo, sino como rival y ya sé que no tengo excusa. Merezco que me odien, que me desprecien, quedarme solo como un perro, pero nada más les quería decir que lo mejor de esta miseria de vida que tuve fueron ustedes dos.

Danilo siente que se le forma un nudo en la garganta y también empieza a sollozar.

Luis Enrique: Perdónenme, por favor. Perdónenme, hijos. Si me muero ahora, con eso me iría tranquilo. No quiero nada más, solo que perdonen.

Danilo derrama un par de lágrimas discretas. Milena también gimotea un poco y toma con delicadeza una de las manos de Luis Enrique.

Milena: Yo ya te había perdonado, papá.

Luis Enrique: (sorprendido) ¿Papá?

Milena asiente con la cabeza entre lágrimas.

Milena: Sí, porque eso eres y porque a pesar de que nunca estuviste con nosotros y solo nos enviabas cartas, dinero, yo siempre te extrañé y fue muy consciente de que ahí estabas, lejos, pero quiero creer que por lo menos nos pensabas.

Luis Enrique rompe a llorar al escuchar a la muchacha.

Milena: Y sí es cierto que enterarnos de que nunca estuviste a nuestro lado por ambición nos dolió mucho, pero sí te perdono y yo sé que Danilo también.

Luis Enrique alza los ojos hacia Danilo. Padre e hijo se miran fijamente con mucha pena y dolor durante unos cuantos segundos. Danilo, con un amargo nudo en la garganta, luego de reflexionar, asiente con la cabeza.

Luis Enrique: ¿De verdad, hijo? ¿De verdad también me perdonas?

Danilo no responde y respira profundo para evitar el llanto. Intenta hablar, pero la voz le sale temblorosa.

Danilo: No creo que sea capaz de olvidarme nunca de todo lo que nos hizo, de cómo jugó con tantas personas, incluidos nosotros, pero sí… (Hace una pausa y quiebra la voz) También te perdono, papá.

Luis Enrique llora desconsolado.

Danilo: Y a mí también se me hizo bien difícil no poder crecer contigo; que no estuvieras ahí para enseñarme a jugar fútbol y a montar bicicleta; a escucharme cuando me enamoré de una chava por primera vez; tantas cosas que a veces le envidiaba a los demás chavos que andaban con sus papás…

Luis Enrique lo escucha sin poder dejar de llorar y el electrocardiograma aumenta de velocidad.

Danilo: Pero siempre me creí la mentira de que estabas lejos trabajando con nosotros y esa mentira me enseñó a que yo también tenía que ser como tú; que también tenía que trabajar reharto para salir adelante y… (Hace una pausa) Te eché demasiado de menos.

Luis Enrique baja la mirada, visiblemente conmovido. Milena, desde su silla, aprieta suavemente la mano de su hermano en un gesto de apoyo.

Danilo: Así que no quiero cargar con este rencor para siempre que solo me ha vuelto amargado y te perdono… Te perdono, papá.

Luis Enrique respira cada vez más agitado y trata de articular algunas palabras en medio de su desconsolado llanto acompañado de un gran alivio que denota en su deformado rostro.

Luis Enrique: (en un hilo de voz) Gra…. Gracias… Gracias, mis muchachos. Me siento… Me siento muy orgulloso de ustedes. Que sean felices.

Luis Enrique sonríe débilmente y dirige una última mirada a sus hijos, llena de una mezcla de gratitud y arrepentimiento.

Luis Enrique: (susurrando) Mis hijos...

El electrocardiograma emite un pitido más pausado. Danilo y Milena intercambian una mirada de alarma. Milena, aún agarrando la mano de Luis Enrique, la siente aflojarse lentamente.

Milena: ¡Papá! ¡Papá, aguanta! ¡Dios mío, Danilo!

Danilo: (acercándose) Luis Enrique (Moviéndolo con suavidad) Luis Enrique abre los ojos. ¡Por favor! (Llorando) ¡Reacciona! ¡Papá!

Milena: (gritando) ¡Ayuda, por favor! ¡Doctor, enfermera! ¡Ayuda!

Con prontitud, unas enfermeras acuden a la habitación acompañadas del doctor, quien no tarda en dirigirse hacia Luis Enrique para verificar su estado.

Doctor: ¡Que los muchachos salgan de inmediato!

Enfermera 1: Tienen que retirarse.

Milena: ¡Hagan algo, por favor! ¡Reanímenlo!

Enfermera 2: Nosotros nos encargamos. Retírense, por favor.

La segunda enfermera los persuade para salir de la habitación, quienes, resignados, obedecen. Milena y Danilo se quedan viendo hacia atrás a su moribundo padre, quien comienza a ser reanimado por el doctor por medio del desfibrilador.

INT. / ESTACIÓN DE POLICÍA, RECEPCIÓN / NOCHE

María Helena llega corriendo sudando aparatosamente y jadeando, y se acerca al policía que se encuentra en el puesto de recepción.




María Helena: ¡Tengo que hablar de inmediato con el detective Martínez! ¡Es de vida o muerte, por favor! ¡Rápido!

Ernesto, quien justo venía tomando un café, aparece en este instante.



Ernesto: Aquí estoy, María Helena. ¿Qué ocurre?

María Helena: Pasa que ya sé dónde se está escondiendo Lisa y dónde es que tiene secuestrado a mi papá.

Ernesto: (sorprendido) ¿Cómo? ¿Lisa se contactó contigo?

María Helena: No, para nada. Mire.

María Helena le entrega el papel que aquella mujer misteriosa que chocó con ella tiró al piso. Ernesto lo lee y pone el vaso de café en una mesa.

Ernesto: ¿Quién te dio esto?

María Helena: Estaba afuera del hospital del pueblo tratando de comunicarme con El Alma en Pena y una tipa muy rara se tropezó súper fuerte conmigo y dejó caer eso. Cuando volteé a verla, se me perdió. Ni siquiera le pude ver la cara porque la tenía casi tapada.

Ernesto: Es muy extraño. No nos consta que sea verdad. Puede ser alguna trampa de Lisa para despistarnos.

María Helena: Sea verdad o no, es la única pista que tenemos. Yo ya me di la tarea de buscar en internet y el sitio está a unas tres horas de aquí en coche. Solo es que usted se comunique con la policía de ese pueblo para que rodeen todas las salidas. Así Lisa no va a tener cómo huir si de verdad es una trampa. ¡Por favor!

Ernesto se queda pensativo ante la suplicante mirada y actitud desesperada de la muchacha.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE

Marissa y Pablo se encuentran acompañando a Danilo y Milena. Pablo abraza de lado a esta última sentado él en una silla. Danilo, por su parte, está sentado en otra silla, notablemente angustiado y agarrándose del cuello.



Milena: (llorando) De veras que no quiero que se muera. Luis Enrique pudo ser muy malo, pero es mi papá. Lo que más quiero es que se recupere y salga bien de esto.

Marissa: Ten por seguro que así será, Milena. Ten fe.

Pablo: Así es, mi amor. De todas maneras, ten muy en cuenta que en cuanto se recupere, va a ir a prisión y es bueno que te prepares para eso. Te lo digo porque tampoco será fácil.

Milena: Sí, lo sé, pero tenerlo en la cárcel es preferible. Ahora lo importante es que sobreviva.

Marissa voltea a ver a Danilo.

Marissa: Denme un momento. Voy a ir a hablar con Danilo.

Marissa se acerca al muchacho y se sienta junto a él poniéndole su mano en la pierna. Él se sorprende por el gesto, pero aún expresa cierta timidez hacia ella.

Marissa: No hace falta preguntar cómo te sientes porque me lo puedo imaginar, pero quiero que sepas que aquí estoy y a pesar de que la situación de ninguno es buena, entre todos nos apoyamos.

Danilo: Gracias, Marissa. Perdón, señora (Se corrige apenado).

Marissa: (sonriéndole) No tienes que tratarme con tanto formalismo, Danilo. Después de todo lo que hemos pasado y de lo que corto que hubo en nosotros, me parece que hay una relación muy íntima entre los dos.

Danilo: A mí, por el contrario, me parece que es mejor que guardemos las distancias. Todavía siento reharta pena con usted por todo lo que me vi obligado a decirle, pero en parte me sirvió para darme cuenta que lo de nosotros no puede ser. Usted ama a don Eduardo y pues yo…

Marissa: (pensativa) A veces hay cosas que por más que deseamos no nos convienen y no hace falta que te diga lo valioso que eres porque mira que perdonar a Luis Enrique es cosa de valientes, y te admiro muchísimo por eso.

Danilo: Es mi padre después de todo y no le puedo desear el mal.

Marissa: ¿Ves? Es por eso que te digo que eres un gran ser humano y ahora no es el mejor momento, pero si deseas alejarte de mí, lo voy a entender, aunque me duele por el aprecio que te tengo.

Danilo, con timidez, la ve a los ojos.

Marissa: Hay heridas que hay que sanar y solo el tiempo ayuda, pero ten muy presente que ocupas un lugar muy especial en mi corazón, Danilo. Te quiero mucho.

Marissa lo abraza. Él se sorprende por tal gesto y, con cierta duda, traga saliva y le corresponde. El doctor les interrumpe en ese instante.

Doctor: Buenas noches. ¿Los hijos del señor Escalante?

Todos, de inmediato, se congregan para prestarle atención al doctor.

Milena: (preocupada) ¿Cómo sigue mi papá, doctor?

Doctor: Tuvo una crisis difícil, pero logramos estabilizarlo nuevamente.

Los presentes dibujan sonrisas de alivio al escuchar tal noticia.

Marissa: ¡Qué bueno! ¡Gracias a Dios!

Pablo: ¿Y cuál es el diagnóstico, doc?

Doctor: Reservado. Lo ideal ahora con este tipo de casos es dejar al paciente en pleno reposo y según la evolución que tenga, podrán pasar a verlo. Por el momento, lo desaconsejo.

Marissa: Entendido. Le agradecemos mucho.

Doctor: Con gusto y les pido un permiso. Tengo otros pacientes por atender.

El doctor se retira y los demás siguen sonriendo más tranquilos.

Marissa: Por fin otra buena noticia. Ahora lo que falta es que encuentren a Eduardo.

Milena: Yo creo que sería bueno que fuéramos a la capilla y recemos en agradecimiento, y de paso así pedimos por don Eduardo.

Marissa: Me parece una muy buena idea, Milena. En momentos así no nos queda más que orar. Yo voy contigo.

Pablo: Yo también las acompaño.

Milena: ¿Tú vienes con nosotros, Danilo?

Danilo: Más tarde voy y los alcanzo. Por si algo, me voy a quedar aquí. Quisiera estar solo.

Milena: Está bien. Igual ya volvemos.

Marissa, Pablo y Milena se van. Él impulsa la silla de ella. Danilo, por su parte, suelta una bocanada de aire y se queda pensativo.

INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / NOCHE

Luis Enrique reposa en la cama ya más estable. La puerta de la habitación se abre y apenas se puede escuchar su rechinar. Una mujer entra y se acerca. De arriba hacia abajo se puede ver que se trata de Cecilia, quien mira a su examante con notable rencor. Viste, de hecho, la misma ropa de aquella mujer que se tropezó con María Helena.



Cecilia: Despierta, Luis Enrique. Vamos, abre los ojos.

Luis Enrique escucha y con un muy débil semblante, alcanza a reconocerla.

Luis Enrique: (exaltado) Ce… Cecilia…

Cecilia: Supongo que te sorprende verme aquí. Debería estar en la cárcel, sola, pudriéndose, pero no. Aquí estoy para que lo último que veas en la vida sea mi cara, desgraciado.

Luis Enrique: (en un hilo de voz) Cecilia, nuestros hijos… Nuestros hijos están afuera. No les hagas más daño.

Cecilia: El daño que les hicimos ya está hecho, Luis Enrique. Tan solo le voy a dar fin acabando contigo. Al fin y al cabo, para ellos no significas nada.

La mujer deja ver una pistola. Luis Enrique se asusta.

Cecilia: ¿Reconoces esta arma? Pude ver que la buscabas muy insistentemente en tu departamento, solo que yo me encargué de tomarla por ti y me escondí sin que pudieras darte cuenta. Todavía conservaba una copia de las llaves y escuché cada una de tus conversaciones con Lisa Román.

Luis Enrique: Cecilia, por favor, escúchame…

Cecilia: (ignorándolo) Si antes te odiaba por haberme traicionado culpándome de la muerte de Tarcisio, mi odio por ti creció cuando me enteré por cuenta de Carolina de La Torre que habías atropellado a Danilo nada más para quitarle del camino en tus planes de reconquistar a la mojigata, tal y como hiciste conmigo.

Luis Enrique comienza a respirar agitado.

Cecilia: Solo que yo pude dejarlo pasar, pero hacerle eso a mi hijo sí que no te lo voy a perdonar, desgraciado, miserable (Habla con mucha rabia).

Luis Enrique: Ya Danilo y Milena me perdonaron. Sé que hice mal contigo también. Perdóname.

Cecilia: ¡Muy tarde! Te mereces este final, convertido en un monstruo por la muchachita psicópata esa con la que te aliaste y a la que chantajeaste para que matara a doña Lucrecia, a Casimira que era mi amiga, y hasta a doña Helena.

Luis Enrique: Tú también querías a Helena muerta. Carolina me dijo que fuiste tú quien le dio las llaves de la hacienda para que entrara esa noche.

Cecilia: ¡Sí! ¡Lo hice y fue para proteger a Danilo! Pero tú, en cambio, planeaste matar a Helena junto con Lisa para tu beneficio, no por nuestro hijo, así que hasta aquí llegaste, Luis Enrique Escalante.

Luis Enrique: Perdóname, Cecilia. Te lo suplico.

Cecilia: ¡Púdrete!

Cecilia, sin ninguna piedad, dispara contra el hombre en la cabeza. El electrocardiograma emite de inmediato un pitido plano indicando que la vida de él ha terminado.

CONTINUARÁ…

Comentarios

¿Tienes consejos, sugerencias o comentarios? Contáctame

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *