Capítulo 57: Gran final (1° parte)
INT. / CABAÑA / NOCHE
Lisa está terminando de vestirse con una bata de pijama corta que deja al descubierto sus hombros y parte de su pecho. A espaldas de ella, se encuentra Eduardo en el fondo, desnudo, con la mirada ida y de un pésimo semblante, como si algo hubiera muerto en él.


Lisa: ¿Cómo te sentiste, papi?
Lisa voltea a verlo con una sonrisa de oreja a oreja y se acerca a él.
Lisa: ¿Te gustó entrar en mí? Porque a mí sí me encantó sentirte; sentir tu hombría; tu olor…
Lisa se acerca a él y lo olfatea con cierto fetichismo. Eduardo ya ni reacciona.
Lisa: Me haces sentir plena, mi amor, aunque ¿sabes una cosa? Debo reconocer que me gustó más la primera vez cuando estabas tomado. Te sentí más fogoso con tus manos de macho recorriéndome toda y esos besotes que me dabas.
Lisa se atreve a morderle la comisura del labio. Eduardo sigue ido y se ve seco.
Lisa: ¡Ay, papi! Dime al menos algo. Mira que me aburro fácil.
Eduardo solo la mira en un silencio sepulcral y en sus ojos se ve un profundo dolor. Lisa, sin ningún tipo de arrepentimiento, le acaricia el rostro con suavidad.
Lisa: Está bien. No me digas nada si no quieres. Yo sé que para ti no es fácil, pero vas a terminar acostumbrándote. Ahora intenta descansar y mañana será otro día.
Lisa le da un beso sencillo en los labios y se da la vuelta.
Eduardo: (débil) Lisa…
Lisa: (volteando a verlo) De ahora en adelante, te queda terminantemente prohibido llamarme así. Llámame Martina.
Eduardo: Cada vez me estoy sintiendo peor. Tengo sed…
Lisa: No pienso darte a beber una sola gota de agua hasta que me ruegues amor y te convenzas de que solo yo soy tu mujer.
Eduardo: Lisa, te lo pido.
Lisa: (molesta) ¡Ya te dije que no me llames por ese nombre!
Eduardo: Tengo fiebre, me siento mareado y con ganas de vomitar.
Lisa: No armes tanto drama, ¿quieres? Yo sé bien que solo deseas que te suelte, pero digas lo que digas, no lo pienso hacer. Vas a quedarte así, encadenado, sin comer ni tomar nada, hasta que aprendas a amarme.
Eduardo: Por favor…
Lisa: Ya te dije que no, así que no insistas.
Eduardo: Lisa…
Lisa: (furiosa) ¿Qué te dije, maldita sea?
Lisa pierde la paciencia y le pega una fortísima bofetada a su padre. Eduardo se vuelve el rostro y logra verse una leve herida en su labio producto del golpe.
Lisa: ¡Ay, no! (Preocupada) No quise hacerlo. Perdóname, papito. Yo no quería.
Lisa se acerca a él y le limpia la sangre del labio con delicadeza.
Lisa: Te juro que no era mi intención, pero tú me provocaste. Perdóname.
La joven, totalmente trastornada, lo besa desenfrenadamente varias veces.
Lisa: Yo te amo y nunca te podría lastimar. Tú eres mi vida. Perdóname, por favor.
Eduardo: Si quieres hacer algo bueno por mí, dame agua. Te lo suplico.
Lisa: (alejándose) Lo siento, pero no puedo. Tengo que ser firme contigo. Es la única manera que tengo para que dependas de mí y me ames.
Eduardo: No puedo seguir así. Ni siquiera había terminado de recuperarme de la cirugía y tengo la herida medio abierta. Me puedo morir.
Lisa: Va a cicatrizar con los días. De mi cuenta corre que no te vas a morir porque pienso mantenerte con vida para que seamos muy felices juntos, papito lindo. Te lo juro.
Eduardo: Lisa, te lo imploro… (Cada vez más débil)
Lisa: ¿Sabes qué? Me estás empezando a hacer perder la paciencia de nuevo y no quiero ensañarme contigo, así que no tendré de otra que callarte a las malas.
Lisa se dirige a una mesa pequeña donde tiene puestos varios objetos, entre ellos jeringas, pastillas y gasas. De allí, toma un trapo y se dirige hacia su padre.
Eduardo: No, no lo hagas.
Lisa: Perdóname, pero tú me obligaste.
Lisa lo amordaza y amarra con fuerza aquel trapo.
Lisa: Te voy a dejar así y espero que te quedes toda la noche pensando muy bien en tu situación, papi. Recuerda que estás en mis manos y dependes únicamente de mí, y espero que mañana estés más dócil. Te conviene.
Lisa le da un beso en la frente y le sonríe. Luego, se dirige a la mesa de nuevo y se sirve un poco de agua en un vaso, la cual bebe.
Lisa: Hasta a mí me da sed. No creas que hacer todo esto no me tiene agotada, pero sé que valdrá buena. Buenas noches, mi papito chulo. Que descanses.
Eduardo muge tratando de hablar, pero le es imposible por la mordaza y al final se rinde. Lisa le tira un beso en el aire y apaga las luces de la cabaña.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE
Marissa, Pablo y Milena llegan rápidamente a la sala de espera. Danilo aguarda allí, entre lágrimas, junto a otros visitantes y personal del hospital que forman un cierto bullicio, al parecer comentando sobre algo.




Milena: Danilo, hermanito, ¿qué pasó? Oímos desde la capilla un disparo.
Marissa: ¿Por qué estás llorando, Danilo? ¿Qué ocurrió?
Danilo: (destrozado) No sé ni cómo decirles esto.
Pablo: (exasperado) Pues ya habla, bro. ¿Tiene que ver con Luis Enrique?
Danilo asiente con la cabeza preocupando a los recién llegados.
Milena: ¡Di algo, Danilo o se me va a salir el corazón!
Danilo: Tienes que tomar esto con calma, Milena.
Milena: Entonces escúpelo que me estás poniendo muy nerviosa.
Danilo: Mi mamá… (Hace una pausa) Mi mamá acaba de matar a Luis Enrique.
Todos se impactan en gran manera al escucharlo.
Danilo: Y luego… Luego se disparó a ella misma.
Marissa se cubre la boca con una mano y Milena desencaja el rostro por completo.
Milena: No, eso no puede ser (Niega con la cabeza). Dime que no es verdad. Dime que no es cierto.
Danilo: Lo siento mucho, manita.
Milena respira agitada rompiendo a llorar desgarradamente. Pablo, de inmediato, la abraza con fuerza por detrás.
Milena: ¡No, no! ¡Mi mamá, no! (Gritando) ¡Dime que no, Danilo! ¡Dime que eso no puedo pasar! ¡Mi mamá no puede estar muerta! ¡Dios mío, no!
Milena llora rota de dolor junto a Danilo. Marissa parece que ha enmudecido con la noticia y se acerca para consolarlo, el cual se aferra a ella sin poder dejar de lamentarse sumido en un doloroso llanto. Pablo, por su parte, continúa abrazando a Milena.
INT. / PATRULLA DE POLICÍA / NOCHE
Ernesto y María Helena van sentados en los asientos traseros de la patrulla. Dos policías van adelante, uno de ellos manejando. Hay otra patrulla de policías adelante y otra más atrás.


Ernesto: (muy serio) Espero que todo este despliegue de hombres valga la pena, María Helena. Siéndote muy honesto, no me convenzo mucho de que esa nota que te encontraste sea real.
María Helena: Es un riesgo que había que tomar, señor detective. Hay que seguir cualquier pista que nos lleve a mi papá. Él está corriendo peligro en manos de la pinche loca esa que tengo por hermana.
Ernesto: Como sea, ya también estamos trabajando en coordinación con la policía del pueblo vecino y tienen bloqueadas todas las salidas. Si es una trampa de Lisa para despistarnos, no tiene cómo salir.
María Helena: ¿Qué cree que pase con ella? Supongo que le va a caer todo el peso de la ley, ¿o no?
Ernesto: Me voy a encargar de que así sea. Criminales de esa calaña son mi obsesión y la muy zorra se burló en mi cara aquel día que fui al funeral de Enzo Quiroga aprovechando que nadie la podía reconocer.
María Helena: Bueno, pues ¿qué iba a imaginar usted que Martina Villareal podía ser Lisa? Estaba bien difícil con lo del cambio de rostro.
Ernesto: En eso tienes razón. De no ser por los videos anónimos que nos llegaron, hubiera estado muy complicado dar con la verdad. Me hubiera llevado muchísimo más tiempo.
María Helena: Me supongo que los videos los tuvo que haber enviado El Alma en Pena. ¿Todavía no dan con su paradero?
Ernesto: Es lo menos relevante ahora para el caso, pero ya tengo a algunos de mis hombres investigando la dirección IP y esas cosas de sistemas para rastrear al dichoso sujete ese.
María Helena: Me pregunto quién será. La última vez que hablamos me dijo cosas muy raras. Me trató hasta de “mi niña”.
Ernesto: Luego voy a pedirte que nos permitas interceptar tu celular. No creas que no me intriga saber por qué el tipo hizo todo esto y qué ganaba desenmascarando a Lisa, aunque estoy seguro de que era alguien que Epifanio de La Torre conocía.
María Helena: (sorprendida) ¿Por qué lo dice?
Ernesto: Por el video del anciano confesando la verdad. Hay alguien más que lo estaba grabando y estaba al tanto de sus secretos.
María Helena: (pensativa) No sé me ocurre nadie, aunque…
María Helena recuerda la noche en que hubo el incendio en la mansión de La Torre, justo la misma noche en que se conoció con Carolina y Cruz quienes se hospedaron en la hacienda.
FLASHBACK
Carolina, quien luce apática y devastada, voltea a ver a la muchacha y se sorprende por su evidente parecido con Lisa. La mujer intercambia miradas con Cruz, quien también se ha sorprendido.




Eduardo: Gracias, María Helena.
Carolina: (en un hilo de voz) Ella es…
Eduardo: Sí, es la hermana de Lisa de la que te hablé.
Cruz: ¡Válgame Dios! Sí que son idénticas. Parecen dos gotas de agua.
María Helena sonríe con algo de incomodidad y timidez por tal comentario.
FIN DEL FLASHBACK
Ernesto: ¿Qué pasa? ¿Tienes alguna idea de quién pueda ser?
María Helena: No, nadie. La verdad no se me ocurre quién esté detrás.
Ernesto: Bueno, no importa. Como sea, ahora no es relevante para el caso y ya me voy a encargar de investigarlo luego. Por ahora, como ya estamos por llegar, voy a pedirte que te mantengas al margen dentro de la patrulla. ¿Entendido?
María Helena: Sí, señor. Nada más le pido que hagan todo con mucha cautela. No vaya a ser que Lisa lastime a mi papá.
Ernesto: Así será. No te preocupes. Déjanoslo a nosotros. ¡Vamos más rápido, muchachos! (A los policías) No tenemos tiempo.
María Helena denota gran angustia por lo que pueda suceder. Ernesto, sin embargo, denota firmeza y seguridad.
INT. / CABAÑA / NOCHE
Lisa intenta conciliar el sueño acostada en una modesta cama, pero se recuesta al sentirse extrañamente sofocada.

Lisa: ¿Qué pedo? ¿Qué me pasa?
Lisa prende las luces del interruptor que queda al lado de la cama y se pone la mano en el pecho.
Lisa: ¿Por qué me estoy sintiendo tan rara?
La joven suda aparatosamente y su respiración se vuelve cada vez más pesada, por lo que se pone de pie y va a servirse un poco de agua de una jarra. Bebe rápidamente y pone el vaso en la mesa para luego voltea a ver a Eduardo, quien al parecer se ha quedado dormido.

Lisa: Pronto vamos a ser muy felices, papi. Tú y yo, solos, como siempre debió ser.
Lisa le acaricia el rostro con suavidad, pero nota que el hombre arde en fiebre.
Lisa: Estás muy caliente. Entonces sí era cierto que no te estabas sintiendo bien.
Lisa parece preocuparse e intenta despertarlo.
Lisa: Despierta (Moviéndolo). Despierta, mi vida.
Eduardo continúa dormido. Lisa se preocupa aún más y lo mueve con más fuerza.
Lisa: Papi, abre los ojos. Dime algo.
Eduardo, sin embargo, se encuentra totalmente inconsciente. Lisa, ante ello, se angustia en gran manera y le quita la mordaza.
Lisa: Despierta, por favor. No me asustes así, papito. Dime algo, por favor. ¡Despierta!
Lisa le da leves palmadas en cada lado de la cara, pero es inútil.
Lisa: No me hagas esto. Tú no te puedes morir. Tienes que estar conmigo, Eduardo. ¡No me puedes dejar sola, papi! ¡Reacciona!
Lisa regresa a la mesa, abre el cajón y saca unas llaves para luego ir a quitarle las esposas a Eduardo. Éste se desvanece, pero ella lo sostiene e intenta recostarlo en su regazo.
Lisa: Papi, te lo suplico. Reacciona.
Lisa respira cada vez más pesadamente. Asustada, deja a Eduardo en el piso, se levanta y da da un paso hacia atrás al tiempo que un fuerte vacío en el pecho la invade que la hace derrumbarse de rodillas al ver el cuerpo inanimado de su padre.
Lisa: Esto no me puede estar pasando. Yo no te pude haber matado, no. ¡Yo te amo! ¡Yo no me perdonaría si algo te pasa, papi! (Rompe a llorar)
De forma inexplicable, todo a su alrededor comienza a darle vueltas y un mareo la invade. Lisa se pone de pie, pero se tambalea y es ahí cuando Lucrecia aparece a sus espaldas hablando en una especie de voz de ultratumba.

Lucrecia: Mira que lo hiciste. Mataste a tu propio padre después de lo bajo que caíste abusando de él.
Lisa: ¡Cállate! ¡Tú no eres real! ¡Tú estás muerta, maldita vieja decrépita!
Lucrecia: Eres una puerca, una desvergonzada. ¡Estás acabada, Lisa!
Lisa: ¡Que te calles, infeliz!
Lisa, desesperada por las fuertes burlas, intenta ir hacia su abuela, pero esta se desvanece y, en su lugar, escucha esta vez a Manuel, quien le habla a sus espaldas desde otro ángulo.

Manuel: ¿Qué pasó, sobrinita? (Lisa voltea a ver) ¿Para esto querías tanto a tu papito adorado? ¿Para dejarlo morir así?
Lisa ve la alucinación con los ojos desorbitados y niega con la cabeza.
Lisa: ¡No, no! ¡Él no está muerto! Yo lo amo y nunca podría hacerle ningún daño (Desesperada).
Manuel: Ya se lo hiciste. Mi hermano no resistió el asco de que lo tocaras y lo obligaras a hacer algo que no quería. ¡Él solo sentía repudio por ti!
Lisa: (furiosa) ¡Cierra la boca! Repudio fue lo que yo sentí por ti cuando me vi obligada a ser tu amante desde que era una niña solo para calmar lo que sentía por Eduardo. ¡Tú sí que produces asco! Además, Eduardo me ama. ¡Él sí que me ama!
Casimira es quien esta vez aparece detrás de ella.

Casimira: ¡Falso! (Lisa voltea a verla) Don Eduardo siempre te detestó por ser una bastarda, por ser la hija de don Epifanio de La Torre. Tú siempre significaste para él un engañó, una mentira, muchacha. ¡No vales nada!
Lisa: ¡No te permito que me hables en ese modo, chacha de mierda! ¡Tú también estás muerta! ¡Yo me di la tarea de acabar contigo, malnacida! ¡Eduardo es mi padre!
Carolina es ahora la que aparece a sus espaldas.

Carolina: ¿Por qué lo obligaste a acostarse contigo si entonces es tu padre?
Lisa voltea a ver cada vez más atormentada.
Carolina: Tú misma te contradices.
Lisa: Porque tú me orillaste a enamorarme de él. Tú siempre callaste la verdad y todos pensamos, hasta yo, que Eduardo no era mi papá. ¡Todo es tu culpa, perra!
Lisa corre hacia Carolina, pero esta se desvanece como un espectro. Enzo es el que aparece ahora a las espaldas de ella.

Enzo: Pobrecito él (Burlándose). ¿Qué se iba a imaginar que su propia hija lo iba a matar no sin antes violarlo?
Lisa voltea a ver al cirujano y siente enloquecer al ir viendo frente a ella a cada una de sus víctimas.
Enzo: Cayó como un completo imbécil tal y como yo que se dejó engañar por una rata como tú, pero la vas a pagar (Dice muy serio).
Lisa: (incrédula) ¿Ah, sí? ¿Pagar? ¿Y cómo? ¡A ver, dime si todos ustedes están muertos!
Lisa dice aquello gritando y mirando a su alrededor. Cada una de sus víctimas la tienen acorralada en forma de círculo y se burlan de ella.
Lisa: ¡Todos y cada uno de ustedes están muertos y enterrados, y no me pueden hacer nada!
Las carcajadas se tornan cada vez más y más fuertes. Lisa se desespera y respirando agitada, se cubre los oídos y habla para sí misma.
Lisa: Esto es una pesadilla. ¡Eso es! ¡Una pesadilla! ¡Nada es verdad! ¡Estoy alucinando! ¡Estoy alucinando! (Repite fuera de sí)
De repente, Eduardo es quien esta vez aparece, semidesnudo y cubierto en sangre de una forma macabra. El hombre la mira con tristeza.
Eduardo: Sí, estamos muertos y enterrados, pero tú te vas con nosotros, hija.
Lisa retrocede pegando un grito asustada.
Lisa: ¡Aléjate!
Eduardo: ¿Por qué me mataste, Lisa? Yo soy tu papá ¿Por qué me hiciste esto si yo te quiero?
Lisa: ¡Aléjate de mí! ¡Tú no eres Eduardo! ¡Mi papá sigue vivo y yo estoy soñando!
Lisa se aleja, pero todas sus víctimas comienzan a acorralarla. Eduardo es quien va a la cabeza. Las carcajadas no paran y se hacen insoportables.
Lisa: ¡Que no! ¡Basta! ¡Cállense, malditos! ¡Cállense, desgraciados!
Lisa grita desgarrada y cierra los ojos negándose a ver aquel panorama producto de su subconsciente que la pone frente a su realidad. Todos se pone en negro por un instante. Eduardo comienza a despertar poco a poco en medio de una cómoda habitación de hospital. Marissa está frente a él sentada en una silla y tiene la cabeza recostada en la cama, pues, al parecer se ha quedado dormida.


Eduardo: (confundido) ¿Dónde…? ¿Dónde estoy?
Eduardo mira a su alrededor y ve a la mujer que ama allí junto a él.
Eduardo: ¿Marissa?
Marissa reacciona sobresaltada al escucharlo y se pone de pie.
Marissa: ¡Eduardo! ¡Ay, qué bueno! ¡Gracias a Dios despertaste!
Eduardo: ¿Qué me pasó?
Marissa: Quédate tranquilo. Voy a llamar a una enfermera para que te cheque.
Eduardo: Espera, Marissa (La agarra de la mano). Dime qué hago aquí. Yo… (Hace una pausa) Yo estaba con Lisa. Perdí el conocimiento y ya de ahí no recuerdo más. ¿Qué me ocurrió?
Marissa guarda silencio poniendo una cierta expresión de preocupación. Varias escenas comienzan a enfocarse. El entierro doble de Cecilia y Luis Enrique se está llevando a cabo. Hay muy pocos asistentes al funeral, empleados de la hacienda y conocidos, entre ellos, Danilo, Milena, Pablo y María Helena.




Es de notar que todos visten de negro y los dos primeros se ven notablemente tristes. Milena es quien llora con discreción. El sacerdote, como es tradición, dice algunas palabras de consuelo. Marissa habla en el fondo narrando lo ocurrido en las últimas horas.
Marissa: (voz en off) Han pasado muchísimas cosas, Eduardo. Cecilia terminó asesinando anoche a Luis Enrique en un descuido de las enfermeras y luego se suicidó. Justo ahora Danilo y Milena deben estar en el entierro de ambos.
Pablo se inclina y abraza a Milena cuando el sacerdote termina de dar sus palabras y los sepultureros proceden a bajar a los ataúdes. María Helena, por su parte, también abraza a Danilo, quien se ve seco y sumamente triste con los ojos hinchados.
Marissa: (voz en off) En cuanto a ti, no sabemos cómo, pero alguien sabía de tu paradero y le dejó a María Helena escrita en una nota la dirección del sitio.
Una escena se enfoca en la que los policías irrumpen a la fuerza en la cabaña. Ven a allí a Eduardo, sin ropa, inconsciente y en el piso al igual que a Lisa, en el piso, aparentemente desmayada. Ernesto entra justo detrás y se acerca a la joven para tomarle el pulso.
Marissa: (voz en off) Cuando la policía llegó, te encontraron a ti y a Lisa inconscientes. Tú menos mal seguías con vida, pero ella…
Ernesto mira a sus hombres y niega con la cabeza indicando que la joven está sin vida. La escena vuelve al presente, específicamente a la habitación del hospital donde Marissa y Eduardo se encuentran. Él se ve sumamente afectado y contiene el llanto.
Marissa: De verdad que lo siento mucho, Eduardo.
Marissa toma las manos de él y lo mira conmovida.
Eduardo: Yo sabía que esto iba a volver a pasar. Lisa iba a terminar mal otra vez, aunque esta vez me siento peor que la primera vez.
Eduardo solloza y se ve notablemente mortificado.
Eduardo: Quizá porque debí haberme alegrado de saber que estaba viva, pero no. Todo lo contrario. Me siento mal de solo desear que hubiera sido mejor que no hubiera sobrevivido al accidente que tuvo el día que tú y yo nos íbamos a casar. Estaba mejor muerta y ahora…
Marissa: No tienes porqué sentirte mal. Pienso que es normal que te sientas así. Lisa nunca iba a recapacitar.
Eduardo: Me duele en el alma, Marissa. Me duele cómo no tienes idea y lo peor es que… (Hace una pausa) Me obligó a…
Eduardo no logra completar la frase y llora. Marissa lo consuela y le limpia las lágrimas.
Marissa: No me tienes que dar explicaciones. Todos sabemos lo que ella pretendía. La policía te encontró desnudo en la cabaña.
Eduardo: (desconsolado) Era mi hija, pero nadie se logra a hacer a la idea del asco que sentí. Quería vomitar y no podía creer lo que estaba haciendo, pero no quería… El cuerpo me traicionó y ella me drogó. No quería, Marissa. Te juro que no quería.
Marissa: Yo sé, no te preocupes. Lo mejor que puedes hacer es tratar de olvidarte de este asunto, aunque sé muy bien que va a ser difícil. Por ahora hay que agradecer que estás bien porque tu herida se había infectado. Un día más en esa cabaña y no hubieras resistido.
Eduardo: ¿Cómo fue que murió?
Marissa: No lo sabemos todavía. Precisamente, llevaron su cuerpo a la morgue para hacerle una autopsia porque no tenía heridas ni rastros que le infringieran la muerte. Fue muy extraño.
Eduardo: Por favor averígualo y avísame. Quisiera ir a su entierro que supongo será ya mañana.
Marissa: Todavía no te has recuperado, Eduardo. Estuviste cerca de morir.
Eduardo: Tengo que ir. Era mi hija y pudo hacerme cosas horribles, pero quiero despedirla y perdonarla. Ayúdame, por favor. Te lo pido.
Marissa lo ve indecisa.
Marissa: Está bien. Voy a hablarlo con el médico que está llevando tu caso. Por lo pronto, descansa e intenta no agitarte demasiado si de verdad quieres que te den un permiso para mañana. Mira que tuve el alma pendiendo de un hilo pensando lo peor y no quiero perderte.
Eduardo: Yo tampoco quería irme sin poder estar contigo y sin poder disfrutar de María Helena. Ustedes son lo único que tengo en la vida; lo único que me quedan. Gracias por estar conmigo, Marissa.
Marissa: No tienes que agradecérmelo, mi amor. Yo te amo y ahora es obvio que después de tantas cosas que nos han pasado, no lo veamos y estemos llenos de tristeza, pero tengamos fe que van a venir mejores tiempos. Luchemos porque así sea.
Marissa lo besa y él le corresponde, y sigue tomándolo de las manos en señal de apoyo y confianza.
EXT. / CEMENTERIO / DÍA
El entierro ya ha sido terminado y los asistentes van yéndose. Pablo es quien impulsa la silla de Milena. Danilo y María Helena caminan juntos unos cuantos pasos más adelante.


María Helena: ¿Qué piensan hacer ahora?
Danilo: (pensativo) La verdad no sé. Ahorita no quiero ni pensar en el futuro. Más bien quisiera irme lejos de aquí y perderme donde nadie me conozca. Lo único que me retiene es mi hermana que todavía no la operan.
María Helena: No sería mala idea que sí te des un tiempo para ti. Después de todo, lo que vivieron fue muy fuerte, pero si te sirve de consuelo, cuenta conmigo para lo que sea.
Danilo: Gracias, María Helena. De veras que sí has sido un gran apoyo en estos días para mí. Creo que yo solo no hubiera aguantado.
María Helena: Lo he hecho con todo el gusto. Te podrá parecer raro, pero me inspiras algo muy bonito, Danilo.
Danilo: (confundido) ¿Cómo que algo bonito?
María Helena: (apenada) Me refiero a que eres un chavo súper buena onda y me he sentido muy conmovida por todo lo que te ha pasado, y si me dejas, ahí quisiera estar para tenderte la mano cada vez que lo necesites. Además… También estás muy guapo.
Danilo se sorprende al escucharla, pero no dice nada. María Helena queda apenada y un silencio incómodo se forma entre ambos. Ella carraspea un poco la garganta.
María Helena: ¡Ejem! Bueno, creo que ahora sí los dejo. Voy a ir al hospital a ver cómo sigue mi papá. Marissa se quedó allá con él y me pidió excusarlos por no haber venido.
Danilo: Dile que pierda cuidado. Igual, un entierro no es como que sea una fiesta o una invitación especial. Además, yo sé que don Eduardo también pasó por mucho. Espero de corazón que se mejore.
María Helena: Gracias, Danilo. Hasta luego.
María Helena se atreve a darle un beso en la mejilla dejando al joven hombre sorprendido por aquel detalle. Él se queda viéndola y ella se va caminando. En la salida al cementerio, la joven, de lejos, alcanza a vislumbrar a Cruz, quien al parecer visita una tumba.

María Helena: ¿Esta no es…?
María Helena se queda pensativa un par de segundos y camina hacia allá. Cruz, por su parte, mira con fijación la lápida y es abruptamente sacada de sus pensamientos por la muchacha.
María Helena: Qué gusto verla de nuevo, doña Cruz.
Cruz voltea sorprendida al verla, pero se porta un tanto petulante como es típico en ella.
Cruz: ¡Madre mía! Pareces un gato. Ni te sentí acercarte. Menos mal es de día porque si fuera de noche ya te digo yo que me matas de un susto, muchachita.
María Helena: Discúlpeme. Es que la vi aquí y la reconocí, así que quise venir a saludarla.
Cruz: Eres muy educada. Mira que ni hemos tratado. Tan solo una vez y hasta te acordaste de mi nombre.
María Helena: Mi mamá me enseñó a serlo con las personas mayores y en especial con las que nos tienden la mano.
Cruz: (confundida) Yo no te he tendido la mano en ningún momento. ¿De qué hablas?
Cruz la mira de forma suspicaz. María Helena le sonríe.
María Helena: Dígame mejor a quién vino a visitar acá porque esta no es la tumba de Carolina. Veo otros nombres grabados en la lápida.
Cruz: En efecto, no lo es. Vine por mi madre y mi padre, que en paz descansen. Tú, me imagino, estabas en el entierro de Cecilia y Luis Enrique Escalante.
María Helena: Sí, estaba acompañando a Danilo y Milena. A los pobres les cayó como un baldado de agua fría semejante tragedia.
Cruz: No es para menos. El chisme corrió como pan caliente por el pueblo.
María Helena: Bien dicen que “pueblo chico, infierno grande”. En fin, como ya iba al hospital y no le quiero quitar tampoco mucho tiempo, nada más quería agradecerle por todo lo que hizo por mí.
Cruz: Sigo sin entender a qué refieres. ¿Por qué me estás agradeciendo?
María Helena: Conmigo no tiene que fingir, doña Cruz. Yo sé muy bien que fue usted la que estuvo detrás de mi llegada a este pueblo. Usted es “El Alma en Pena”.
Cruz se impacta en gran manera y mira a su alrededor cuidando que no estén siendo escuchadas por nadie más.
María Helena: Lo estuve pensando y analizando mucho, y la persona que grabó el video de Epifanio de La Torre confesando que salvó a Lisa del accidente y también que Carolina mató a Helena tuvo que ser alguien a quien él le tenía mucha confianza. Lo digo porque esa persona que grabó fue la que le envió luego el video a la policía. No hay de otra. Es usted.
Cruz permanece tranquila y seria.
Cruz: ¿Le hablaste de esto a la policía? ¿Lo comentaste con alguien más?
María Helena: No se preocupe. No lo he hecho ni tampoco lo pienso hacer. Venir aquí y descubrir mi origen me hizo darme cuenta que todos guardamos secretos, incluso mi mamá Martha tenía el suyo con respecto a mí, así que ahora este va a ser un secreto suyo y mío.
Cruz: Puede que no te interese, pero quiero decirte que yo solo quería poner en orden las cosas. Don Epifanio siempre pensó que Lisa Román era su hija y ya luego, para sacarlo del error, le di a conocer los resultados de ADN que la señorita Carolina había hecho en secreto, pero fue tarde. Él ya había salvado a la muchachita esa del accidente.
María Helena: Claro. Por eso fue que me buscó y me metió en todo este embrollo bien feo.
Cruz: Si en mí hubiera estado, jamás te hubiera involucrado. Tenía a alguien más trabajando para mí que ahora no viene al caso y esa persona te vio por casualidad. Cuando me enteré que Martha necesitaba una cirugía costosa, se me ocurrió que una forma de ayudarte podía ser que supieras la verdad, tu verdad… Después de todo, tenías derecho a saberla y así ibas a tener el dinero que necesitabas.
María Helena: Puede ser que sí, pero eso no le resta al hecho de que usted me usó. De seguro también sabía que Manuel tenía contacto con Lisa y me puso de carnada en esa hacienda para que el muy asqueroso ese se sobrepasara conmigo.
Cruz: Pero no lo hizo y antes de que pudiera hacerlo, terminó como tú sabes. Yo jamás hubiera permitido que nada te pasara en manos de aquel puerco, muchacha, pero necesitaba que me llevaras hasta Lisa y lo lograste. Ella cayó en la trampa que le tendimos y yo necesitaba tenerla en la hacienda para luego enviarle los videos a la policía, y así acorralarla.
María Helena: Una trampa bien arriesgada en la que por poco se muere mi papá, pero bueno. Lo importante es que él ahora está bien. Lástima por Lisa que todavía ni me explico cómo fue que se murió, pero hizo reharto daño. Ojalá y logre descansar en paz.
Cruz: No todo fue tan malo. Ahora ya tienes un padre.
María Helena: Sí, ahí le doy la razón. En medio de todo, pude tener al papá que siempre quise y le agradezco por eso, doña Cruz (Esboza una sonrisa).
Cruz: Entonces, ¿no me tienes ningún rencor?
María Helena: Para nada, aunque sí me intriga reharto por qué hizo todo esto. ¿Qué ganaba? Dice usted que para poner en orden las cosas, pero nada de eso era su problema. Entonces, ¿por qué?
Cruz: ¿De verdad estarías dispuesta a oír la verdad?
María Helena: Creo que con tantas cosas que me han pasado y que he ido descubriendo, no tengo problema en saber más, así que usted dirá. Soy toda oídos.
Cruz la mira con cierta ternura ante la actitud expectante de la muchacha.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / NOCHE
Eduardo duerme plácidamente en su cama y la habitación está oscura. De repente, siente una presencia pesada de alguien más que entra y se acerca a él, pero a quien no se le puede ver el rostro. Parece ser que es una mujer.


Lisa: Despierta, papi. Ya vine por ti.
Eduardo abre los ojos y, al ver frente a él a Lisa, se sobresalta y se recuesta en la cama, pero se ve atado con unas correas de cuero. Ella lo mira con un sutil destello de maldad en sus ojos y usa el mismo vestido rojo corto y de escote que usaba el día anterior.
Lisa: ¿Qué te ocurre? ¿Por qué me ves así? ¿No te complace ver a tu hija?
Eduardo: Me dijeron que estás…
Lisa: ¿Muerta? Pues sí, lo estoy. Lisa murió hace mucho en aquel accidente. ¿Te acuerdas? Ahora soy otra persona.
Eduardo: Vete, Lisa. Vete antes de que sea tarde. ¡Lárgate muy lejos y déjame en paz de una maldita vez! (Grita asustado) ¡Vete!
Todo el ambiente alrededor de la habitación comienza a distorsionarse y a verse acuoso.
Lisa: ¿Tanto me odias?
Eduardo: Una hija jamás le haría una cosa a su padre como la que tú me hiciste. ¡Me forzaste a acostarme contigo!
Lisa: (sonriéndole) ¡Ay, papito lindo! Qué poca de tu parte, de veras. ¿Echarme a mí la culpa de que me hicieras tu mujer en una de tus borracheras?
Eduardo: No estaba en mis cabales en esa ocasión.
Lisa: Pero bien que lo disfrutaste. ¿Olvidas tus caricias, tus besos en mi cuerpo, en mi piel y cómo entraste en mí así tan apasionado?
Eduardo respira agitado y frente a él ve como una película aquella vez que, ebrio y confundido, tuvo intimidad con Lisa.
Eduardo: Te pareces tanto a Helena. ¿De verdad es posible que seas ella? ¿De verdad eres tú? (Acariciándole el cabello)
Lisa: Sí y volví para no dejarte nunca más. Por eso hazme el amor como sólo tú me lo hacías. Hazme tuya ya.
Lisa finalmente besa en los labios a Eduardo, quien se muestra un poco inseguro, aunque poco a comienza a corresponderle. Ella lo tumba sobre la cama y se siente sobra él para continuar besándolo.
Eduardo: (cerrando los ojos) Te extrañé, mi amor. Te extrañé como no tienes idea.
Lisa: Sh, no hables tanto. Tan solo piensa en este momento de los dos y disfruta.
Eduardo: No te vuelvas a ir de mi lado, Helena. No me vuelvas a dejar.
Lisa: Tranquilo. Aquí voy a estar para ti. Yo voy a ser tu única mujer de ahora en adelante (Sonríe con malicia).
Los dos se besan apasionadamente al tiempo que Eduardo termina de quitarse la camisa y ella desabrocha su pantalón. Lisa lo llena de caricias por todo el torso y él la toma entre sus brazos al tiempo que la besa sin parar por el cuello y los hombros. La muchacha sonríe con una enorme satisfacción y acto seguido, Eduardo la acuesta sobre la cama y se tumba sobre ella para luego bajarle la falda. El hombre procede a besar y oler sus piernas con desmedida pasión al tiempo que su respiración se vuelve pesada. Con besos, va subiendo sus labios por el cuerpo de ella y se apodera de su busto. La joven se aferra de su espalda e incluso se muerde el labio inferior ante el placer que siente.
Eduardo, como espectador de aquel recuerdo, llora desconsolado. Lisa, con el rostro de Martina, le habla cerca al oído e intenta perturbarlo más.
Lisa: ¿Ves? Yo no me lo inventé y no te forcé.
Eduardo: ¡Yo no quería! ¡Yo no quería! (Repite desesperado agarrándose de la cabeza) ¡Jugaste con mi mente y pensé que eras Helena!
Lisa: Pero lo hiciste y anoche solo quise repetir lo que tanto deseábamos.
Eduardo: ¡Tampoco quería! ¡Tú anoche me drogaste y me obligaste! ¿Cómo pudiste a pesar de que te lo rogué tanto?
Lisa: Mi amor por ti lo justifica todo, papi.
Eduardo: (furioso) ¡No me llames así! ¡No te quiero ver en la vida nunca más! ¡Lárgate ya antes de que el poco cariño que te tengo como hija se acabe y termine despreciándote, Lisa! ¡Vete!
Lisa: No me iré hasta que me des lo que quiero.
Lisa deja caer su vestido rojo y se sube encima de él.
Eduardo: ¡No lo hagas otra vez! ¡No te atrevas!
Lisa: Hazme tuya, Eduardo.
Eduardo: ¡Basta!
Eduardo pega un desgarrador grito lleno de impotencia y es así como despierta de aquella pesadilla, exaltado y sudando.


Eduardo: ¡NOOOO!
Marissa, quien justo estaba dormida en un sofá, se despierta también y corre hacia él.
Marissa: (preocupado) ¡Eduardo! ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?
Eduardo, con los ojos desorbitados, mira a su alrededor.
Eduardo: ¿Dónde está?
Marissa: (confundida) ¿Quién?
Eduardo: ¡Lisa! ¡Ella estaba aquí conmigo! ¿Dónde está? (Intenta pararse de la cama)
Marissa: (reteniéndolo) Eduardo, cálmate. Aquí no hay nadie más que tú y yo. He estado casi todo el día contigo acompañándote.
Eduardo: (llorando) ¡Yo la vi! Estaba frente a mí, torturándome, mostrándome la vez que me acosté con ella y quería forzarme otra vez. ¡Estaba conmigo, Marissa!
Marissa: Fue una pesadilla, mi amor. Tranquilízate. Lisa ya está muerta. Precisamente, mañana la van a enterrar. Respira profundo.
Eduardo intenta calmarse y controla su respiración. Marissa le acaricia el rostro.
Marissa: Eso, así. Nada malo te va a pasar porque yo estoy contigo.
Eduardo: Me voy a volver loco, Marissa. Siento como si estuviera observándome, siguiéndome.
Marissa: Es normal porque todo todavía está muy reciente, pero con el tiempo va a pasar. Te lo aseguro.
Eduardo: Tú no lo entiendes. Saber que Lisa estaba viva y después de que me obligó a tener sexo con ella anoche cuando me tenía secuestrado, me hizo revivir esa herida que pensé que tenía sanada. Nadie, absolutamente nadie, puede ponerse en mi lugar y entender la culpa que me carcome por haberme acostado con mi propia hija.
Eduardo llora roto de dolor.
Marissa: Puede que tengas razón. Yo ni me logro hacer a una idea tal, pero debes tratar de sobreponerte, mi amor. Cuando te recuperes, si quieres, podemos ir con algún psicólogo.
Eduardo: ¿Tú crees que me pueda volver loco en serio?
Marissa: Claro que no. Un psicólogo no es para tratar enfermos mentales o patologías serias. Es solo una forma de ayuda, un soporte, para que sanes poco a poco esa herida que a lo mejor nunca sanaste con respecto a Lisa y a todo lo que tu familia te hizo, incluida tu mamá, tu hermano y hasta Helena. Confía en mí.
Marissa abraza al hombre para infundirle confianza y tranquilidad. Él le corresponde y sigue llorando para desahogar la pena que siente.
EXT. / CEMENTERIO / DÍA
Es así como, al día siguiente, se lleva a cabo el entierro de Lisa. Marissa y Eduardo son quienes encabezan a todos los demás presentes, entre ellos María Helena, Ernesto y algunos conocidos de Eduardo. Incluso hay algunos periodistas que toman fotos. El sacerdote, por su parte, lanza agua bendita sobre el ataúd. Eduardo usa lentes de sol.




Marissa: (susurrando) ¿Estás seguro de que te sientes bien, amor?
Eduardo: (asentando) Sí, no te preocupes. Tan solo sí me hubiera gustado que el entierro hubiera sido más privado, algo entre nosotros nada más.
Marissa: Tu búsqueda se filtró en los medios locales y, según me enteré, algunos nacionales también vinieron. Recuerda, además, que Lisa mató a ese cirujano plástico famoso y ese era un caso de interés nacional.
Ernesto: Así es, Eduardo. Como lanzamos tu alerta de secuestro en varios municipios y pueblos cercanos, fue muy difícil que la información no se filtrara. Lo lamento. Si quieres puedo pedir algunos hombres para que te escolten a la salida y así evitemos las preguntas.
Eduardo: ¿Qué más da ya? Es una pena que ni el dolor ajeno respeten.
Eduardo da unos cuantos pasos adelante hacia el ataúd. Marissa va de gancho con él.
Eduardo: Espero que logres descansar en paz, hija. Te pido perdón en nombre de todos los que pudieron haberte dañado tanto. Te pido perdón en nombre de Helena que con sus infidelidades te causó tanto dolor; de Luis Enrique que te chantajeó a hacer cosas tan bajas; de Carolina por habernos ocultado la verdad; de Manuel que se aprovechó de ti; y hasta por mí te pido perdón por no haber sabido protegerte a tiempo y permitir que terminaras de esta forma, Lisa. Perdóname.
Una lágrima se desliza por el rostro del hombre. Marissa lo conforta frotándole la espalda.
Eduardo: Espero que descanses en paz y quiero creer que a lo mejor en el último momento te arrepentiste de todo. Pese a las cosas que pasaron, te amo y te prometo que siempre voy a tratar de llevar conmigo el recuerdo de esa niña que llegó a mi vida y me dio tanta alegría antes de todo lo que pasó.
Eduardo traga saliva y pone una rosa blanca sobre el ataúd. Luego se aleja y los sepultureros proceden a bajarlo.
María Helena: Es mejor que regreses al hospital, papá. No vaya a ser que te sientas mal. Tú todavía no estás recuperado.
Marissa: Así es, Eduardo. El médico de cabecera solo nos dio dos horas. Hay que volver.
Eduardo se queda pensativo y ve cómo el ataúd va entrando en la fosa.
Marissa: Que así como enterramos a Lisa, ahora tú le eches tierra a todo el pasado para que empieces de nuevo.
Eduardo: No va a ser tan fácil.
Marissa: Pero aquí voy a estar yo para ayudarte, mi amor.
María Helena: Y yo también, papá. No te vamos a dejar solo.
María Helena lo toma de la mano y le esboza una sonrisa. Eduardo se queda viendo el ataúd y decide dar una última despedida.
Eduardo: Adiós, Lisa.
El ataúd toca el fondo y los sepultureros comienza a echar tierra sobre él. Todos van saliendo. Los periodistas se acercan a Eduardo para hacerle algunas preguntas, pero Ernesto ayuda a esquivarlos. Cruz, quien observaba muy de lejos, usando lentes de sol y una pañoleta para no ser reconocida, espera a que no haya más personas y se acerca a la tumba que ya ha sido cubierta de tierra en su totalidad.

Cruz: Espero que puedas perdonarme por lo que te hice, pero fue lo mejor para darte un alto de una vez por todas o esto nunca iba a parar. Hasta nunca, Lisa.
Cruz se va de allí caminando despacio. Dentro del ataúd, Lisa abre despacio los ojos, confundida y respirando de forma cortante en medio de la oscuridad total.

Lisa: (ahogada) ¿Do…? ¿Dónde estoy?
Lisa, completamente extrañada, palpa la madera que está frente a su rostro.
Lisa: (asustada) ¿Qué mierda es esto? ¿Dónde estoy metida?
Lisa araña la tapa y comienza a tratar de empujarla, pero es inútil. Comienza a entrar en pánico en aquel pequeño espacio y golpea aún más fuertemente la tapa del ataúd, pero el sonido es inaudible para quien sea que esté en la superficie.
Lisa: ¡Ayuda! ¡Estoy aquí! (Gritando) ¡Ayúdenme, por favor! ¡Alguien sáqueme, maldita sea!
Su pecho sube y baja descontroladamente. Jadea como si el aire se le escapara antes de alcanzarlo y en medio de su desespero, patea con los pies y golpea con las manos la tapa sellada del ataúd.
Lisa: Yo no puedo terminar así. ¡No puedo! ¡Déjenme salir!
Las lágrimas se mezclan con el sudor que le corre por la frente de la joven. Sigue golpeando la tapa, pero sus fuerzas empiezan a fallar .
Lisa: (llorando) Que alguien me saque…
Lisa llora desgarrada y grita con todas sus fuerzas, pero sus intentos por ser escuchada son inútiles. En eso se enfoca la superficie de su tumba, con la tierra recién removida y los arreglos florales encima. Cualquiera que pasara, ni siquiera podría imaginar que allí abajo una persona ha sido enterrada viva.
CONTINUARÁ…


Lisa: ¿Cómo te sentiste, papi?
Lisa voltea a verlo con una sonrisa de oreja a oreja y se acerca a él.
Lisa: ¿Te gustó entrar en mí? Porque a mí sí me encantó sentirte; sentir tu hombría; tu olor…
Lisa se acerca a él y lo olfatea con cierto fetichismo. Eduardo ya ni reacciona.
Lisa: Me haces sentir plena, mi amor, aunque ¿sabes una cosa? Debo reconocer que me gustó más la primera vez cuando estabas tomado. Te sentí más fogoso con tus manos de macho recorriéndome toda y esos besotes que me dabas.
Lisa se atreve a morderle la comisura del labio. Eduardo sigue ido y se ve seco.
Lisa: ¡Ay, papi! Dime al menos algo. Mira que me aburro fácil.
Eduardo solo la mira en un silencio sepulcral y en sus ojos se ve un profundo dolor. Lisa, sin ningún tipo de arrepentimiento, le acaricia el rostro con suavidad.
Lisa: Está bien. No me digas nada si no quieres. Yo sé que para ti no es fácil, pero vas a terminar acostumbrándote. Ahora intenta descansar y mañana será otro día.
Lisa le da un beso sencillo en los labios y se da la vuelta.
Eduardo: (débil) Lisa…
Lisa: (volteando a verlo) De ahora en adelante, te queda terminantemente prohibido llamarme así. Llámame Martina.
Eduardo: Cada vez me estoy sintiendo peor. Tengo sed…
Lisa: No pienso darte a beber una sola gota de agua hasta que me ruegues amor y te convenzas de que solo yo soy tu mujer.
Eduardo: Lisa, te lo pido.
Lisa: (molesta) ¡Ya te dije que no me llames por ese nombre!
Eduardo: Tengo fiebre, me siento mareado y con ganas de vomitar.
Lisa: No armes tanto drama, ¿quieres? Yo sé bien que solo deseas que te suelte, pero digas lo que digas, no lo pienso hacer. Vas a quedarte así, encadenado, sin comer ni tomar nada, hasta que aprendas a amarme.
Eduardo: Por favor…
Lisa: Ya te dije que no, así que no insistas.
Eduardo: Lisa…
Lisa: (furiosa) ¿Qué te dije, maldita sea?
Lisa pierde la paciencia y le pega una fortísima bofetada a su padre. Eduardo se vuelve el rostro y logra verse una leve herida en su labio producto del golpe.
Lisa: ¡Ay, no! (Preocupada) No quise hacerlo. Perdóname, papito. Yo no quería.
Lisa se acerca a él y le limpia la sangre del labio con delicadeza.
Lisa: Te juro que no era mi intención, pero tú me provocaste. Perdóname.
La joven, totalmente trastornada, lo besa desenfrenadamente varias veces.
Lisa: Yo te amo y nunca te podría lastimar. Tú eres mi vida. Perdóname, por favor.
Eduardo: Si quieres hacer algo bueno por mí, dame agua. Te lo suplico.
Lisa: (alejándose) Lo siento, pero no puedo. Tengo que ser firme contigo. Es la única manera que tengo para que dependas de mí y me ames.
Eduardo: No puedo seguir así. Ni siquiera había terminado de recuperarme de la cirugía y tengo la herida medio abierta. Me puedo morir.
Lisa: Va a cicatrizar con los días. De mi cuenta corre que no te vas a morir porque pienso mantenerte con vida para que seamos muy felices juntos, papito lindo. Te lo juro.
Eduardo: Lisa, te lo imploro… (Cada vez más débil)
Lisa: ¿Sabes qué? Me estás empezando a hacer perder la paciencia de nuevo y no quiero ensañarme contigo, así que no tendré de otra que callarte a las malas.
Lisa se dirige a una mesa pequeña donde tiene puestos varios objetos, entre ellos jeringas, pastillas y gasas. De allí, toma un trapo y se dirige hacia su padre.
Eduardo: No, no lo hagas.
Lisa: Perdóname, pero tú me obligaste.
Lisa lo amordaza y amarra con fuerza aquel trapo.
Lisa: Te voy a dejar así y espero que te quedes toda la noche pensando muy bien en tu situación, papi. Recuerda que estás en mis manos y dependes únicamente de mí, y espero que mañana estés más dócil. Te conviene.
Lisa le da un beso en la frente y le sonríe. Luego, se dirige a la mesa de nuevo y se sirve un poco de agua en un vaso, la cual bebe.
Lisa: Hasta a mí me da sed. No creas que hacer todo esto no me tiene agotada, pero sé que valdrá buena. Buenas noches, mi papito chulo. Que descanses.
Eduardo muge tratando de hablar, pero le es imposible por la mordaza y al final se rinde. Lisa le tira un beso en el aire y apaga las luces de la cabaña.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, SALA DE ESPERA / NOCHE
Marissa, Pablo y Milena llegan rápidamente a la sala de espera. Danilo aguarda allí, entre lágrimas, junto a otros visitantes y personal del hospital que forman un cierto bullicio, al parecer comentando sobre algo.




Milena: Danilo, hermanito, ¿qué pasó? Oímos desde la capilla un disparo.
Marissa: ¿Por qué estás llorando, Danilo? ¿Qué ocurrió?
Danilo: (destrozado) No sé ni cómo decirles esto.
Pablo: (exasperado) Pues ya habla, bro. ¿Tiene que ver con Luis Enrique?
Danilo asiente con la cabeza preocupando a los recién llegados.
Milena: ¡Di algo, Danilo o se me va a salir el corazón!
Danilo: Tienes que tomar esto con calma, Milena.
Milena: Entonces escúpelo que me estás poniendo muy nerviosa.
Danilo: Mi mamá… (Hace una pausa) Mi mamá acaba de matar a Luis Enrique.
Todos se impactan en gran manera al escucharlo.
Danilo: Y luego… Luego se disparó a ella misma.
Marissa se cubre la boca con una mano y Milena desencaja el rostro por completo.
Milena: No, eso no puede ser (Niega con la cabeza). Dime que no es verdad. Dime que no es cierto.
Danilo: Lo siento mucho, manita.
Milena respira agitada rompiendo a llorar desgarradamente. Pablo, de inmediato, la abraza con fuerza por detrás.
Milena: ¡No, no! ¡Mi mamá, no! (Gritando) ¡Dime que no, Danilo! ¡Dime que eso no puedo pasar! ¡Mi mamá no puede estar muerta! ¡Dios mío, no!
Milena llora rota de dolor junto a Danilo. Marissa parece que ha enmudecido con la noticia y se acerca para consolarlo, el cual se aferra a ella sin poder dejar de lamentarse sumido en un doloroso llanto. Pablo, por su parte, continúa abrazando a Milena.
INT. / PATRULLA DE POLICÍA / NOCHE
Ernesto y María Helena van sentados en los asientos traseros de la patrulla. Dos policías van adelante, uno de ellos manejando. Hay otra patrulla de policías adelante y otra más atrás.


Ernesto: (muy serio) Espero que todo este despliegue de hombres valga la pena, María Helena. Siéndote muy honesto, no me convenzo mucho de que esa nota que te encontraste sea real.
María Helena: Es un riesgo que había que tomar, señor detective. Hay que seguir cualquier pista que nos lleve a mi papá. Él está corriendo peligro en manos de la pinche loca esa que tengo por hermana.
Ernesto: Como sea, ya también estamos trabajando en coordinación con la policía del pueblo vecino y tienen bloqueadas todas las salidas. Si es una trampa de Lisa para despistarnos, no tiene cómo salir.
María Helena: ¿Qué cree que pase con ella? Supongo que le va a caer todo el peso de la ley, ¿o no?
Ernesto: Me voy a encargar de que así sea. Criminales de esa calaña son mi obsesión y la muy zorra se burló en mi cara aquel día que fui al funeral de Enzo Quiroga aprovechando que nadie la podía reconocer.
María Helena: Bueno, pues ¿qué iba a imaginar usted que Martina Villareal podía ser Lisa? Estaba bien difícil con lo del cambio de rostro.
Ernesto: En eso tienes razón. De no ser por los videos anónimos que nos llegaron, hubiera estado muy complicado dar con la verdad. Me hubiera llevado muchísimo más tiempo.
María Helena: Me supongo que los videos los tuvo que haber enviado El Alma en Pena. ¿Todavía no dan con su paradero?
Ernesto: Es lo menos relevante ahora para el caso, pero ya tengo a algunos de mis hombres investigando la dirección IP y esas cosas de sistemas para rastrear al dichoso sujete ese.
María Helena: Me pregunto quién será. La última vez que hablamos me dijo cosas muy raras. Me trató hasta de “mi niña”.
Ernesto: Luego voy a pedirte que nos permitas interceptar tu celular. No creas que no me intriga saber por qué el tipo hizo todo esto y qué ganaba desenmascarando a Lisa, aunque estoy seguro de que era alguien que Epifanio de La Torre conocía.
María Helena: (sorprendida) ¿Por qué lo dice?
Ernesto: Por el video del anciano confesando la verdad. Hay alguien más que lo estaba grabando y estaba al tanto de sus secretos.
María Helena: (pensativa) No sé me ocurre nadie, aunque…
María Helena recuerda la noche en que hubo el incendio en la mansión de La Torre, justo la misma noche en que se conoció con Carolina y Cruz quienes se hospedaron en la hacienda.
FLASHBACK
Carolina, quien luce apática y devastada, voltea a ver a la muchacha y se sorprende por su evidente parecido con Lisa. La mujer intercambia miradas con Cruz, quien también se ha sorprendido.




Eduardo: Gracias, María Helena.
Carolina: (en un hilo de voz) Ella es…
Eduardo: Sí, es la hermana de Lisa de la que te hablé.
Cruz: ¡Válgame Dios! Sí que son idénticas. Parecen dos gotas de agua.
María Helena sonríe con algo de incomodidad y timidez por tal comentario.
FIN DEL FLASHBACK
Ernesto: ¿Qué pasa? ¿Tienes alguna idea de quién pueda ser?
María Helena: No, nadie. La verdad no se me ocurre quién esté detrás.
Ernesto: Bueno, no importa. Como sea, ahora no es relevante para el caso y ya me voy a encargar de investigarlo luego. Por ahora, como ya estamos por llegar, voy a pedirte que te mantengas al margen dentro de la patrulla. ¿Entendido?
María Helena: Sí, señor. Nada más le pido que hagan todo con mucha cautela. No vaya a ser que Lisa lastime a mi papá.
Ernesto: Así será. No te preocupes. Déjanoslo a nosotros. ¡Vamos más rápido, muchachos! (A los policías) No tenemos tiempo.
María Helena denota gran angustia por lo que pueda suceder. Ernesto, sin embargo, denota firmeza y seguridad.
INT. / CABAÑA / NOCHE
Lisa intenta conciliar el sueño acostada en una modesta cama, pero se recuesta al sentirse extrañamente sofocada.

Lisa: ¿Qué pedo? ¿Qué me pasa?
Lisa prende las luces del interruptor que queda al lado de la cama y se pone la mano en el pecho.
Lisa: ¿Por qué me estoy sintiendo tan rara?
La joven suda aparatosamente y su respiración se vuelve cada vez más pesada, por lo que se pone de pie y va a servirse un poco de agua de una jarra. Bebe rápidamente y pone el vaso en la mesa para luego voltea a ver a Eduardo, quien al parecer se ha quedado dormido.

Lisa: Pronto vamos a ser muy felices, papi. Tú y yo, solos, como siempre debió ser.
Lisa le acaricia el rostro con suavidad, pero nota que el hombre arde en fiebre.
Lisa: Estás muy caliente. Entonces sí era cierto que no te estabas sintiendo bien.
Lisa parece preocuparse e intenta despertarlo.
Lisa: Despierta (Moviéndolo). Despierta, mi vida.
Eduardo continúa dormido. Lisa se preocupa aún más y lo mueve con más fuerza.
Lisa: Papi, abre los ojos. Dime algo.
Eduardo, sin embargo, se encuentra totalmente inconsciente. Lisa, ante ello, se angustia en gran manera y le quita la mordaza.
Lisa: Despierta, por favor. No me asustes así, papito. Dime algo, por favor. ¡Despierta!
Lisa le da leves palmadas en cada lado de la cara, pero es inútil.
Lisa: No me hagas esto. Tú no te puedes morir. Tienes que estar conmigo, Eduardo. ¡No me puedes dejar sola, papi! ¡Reacciona!
Lisa regresa a la mesa, abre el cajón y saca unas llaves para luego ir a quitarle las esposas a Eduardo. Éste se desvanece, pero ella lo sostiene e intenta recostarlo en su regazo.
Lisa: Papi, te lo suplico. Reacciona.
Lisa respira cada vez más pesadamente. Asustada, deja a Eduardo en el piso, se levanta y da da un paso hacia atrás al tiempo que un fuerte vacío en el pecho la invade que la hace derrumbarse de rodillas al ver el cuerpo inanimado de su padre.
Lisa: Esto no me puede estar pasando. Yo no te pude haber matado, no. ¡Yo te amo! ¡Yo no me perdonaría si algo te pasa, papi! (Rompe a llorar)
De forma inexplicable, todo a su alrededor comienza a darle vueltas y un mareo la invade. Lisa se pone de pie, pero se tambalea y es ahí cuando Lucrecia aparece a sus espaldas hablando en una especie de voz de ultratumba.

Lucrecia: Mira que lo hiciste. Mataste a tu propio padre después de lo bajo que caíste abusando de él.
Lisa: ¡Cállate! ¡Tú no eres real! ¡Tú estás muerta, maldita vieja decrépita!
Lucrecia: Eres una puerca, una desvergonzada. ¡Estás acabada, Lisa!
Lisa: ¡Que te calles, infeliz!
Lisa, desesperada por las fuertes burlas, intenta ir hacia su abuela, pero esta se desvanece y, en su lugar, escucha esta vez a Manuel, quien le habla a sus espaldas desde otro ángulo.

Manuel: ¿Qué pasó, sobrinita? (Lisa voltea a ver) ¿Para esto querías tanto a tu papito adorado? ¿Para dejarlo morir así?
Lisa ve la alucinación con los ojos desorbitados y niega con la cabeza.
Lisa: ¡No, no! ¡Él no está muerto! Yo lo amo y nunca podría hacerle ningún daño (Desesperada).
Manuel: Ya se lo hiciste. Mi hermano no resistió el asco de que lo tocaras y lo obligaras a hacer algo que no quería. ¡Él solo sentía repudio por ti!
Lisa: (furiosa) ¡Cierra la boca! Repudio fue lo que yo sentí por ti cuando me vi obligada a ser tu amante desde que era una niña solo para calmar lo que sentía por Eduardo. ¡Tú sí que produces asco! Además, Eduardo me ama. ¡Él sí que me ama!
Casimira es quien esta vez aparece detrás de ella.

Casimira: ¡Falso! (Lisa voltea a verla) Don Eduardo siempre te detestó por ser una bastarda, por ser la hija de don Epifanio de La Torre. Tú siempre significaste para él un engañó, una mentira, muchacha. ¡No vales nada!
Lisa: ¡No te permito que me hables en ese modo, chacha de mierda! ¡Tú también estás muerta! ¡Yo me di la tarea de acabar contigo, malnacida! ¡Eduardo es mi padre!
Carolina es ahora la que aparece a sus espaldas.

Carolina: ¿Por qué lo obligaste a acostarse contigo si entonces es tu padre?
Lisa voltea a ver cada vez más atormentada.
Carolina: Tú misma te contradices.
Lisa: Porque tú me orillaste a enamorarme de él. Tú siempre callaste la verdad y todos pensamos, hasta yo, que Eduardo no era mi papá. ¡Todo es tu culpa, perra!
Lisa corre hacia Carolina, pero esta se desvanece como un espectro. Enzo es el que aparece ahora a las espaldas de ella.

Enzo: Pobrecito él (Burlándose). ¿Qué se iba a imaginar que su propia hija lo iba a matar no sin antes violarlo?
Lisa voltea a ver al cirujano y siente enloquecer al ir viendo frente a ella a cada una de sus víctimas.
Enzo: Cayó como un completo imbécil tal y como yo que se dejó engañar por una rata como tú, pero la vas a pagar (Dice muy serio).
Lisa: (incrédula) ¿Ah, sí? ¿Pagar? ¿Y cómo? ¡A ver, dime si todos ustedes están muertos!
Lisa dice aquello gritando y mirando a su alrededor. Cada una de sus víctimas la tienen acorralada en forma de círculo y se burlan de ella.
Lisa: ¡Todos y cada uno de ustedes están muertos y enterrados, y no me pueden hacer nada!
Las carcajadas se tornan cada vez más y más fuertes. Lisa se desespera y respirando agitada, se cubre los oídos y habla para sí misma.
Lisa: Esto es una pesadilla. ¡Eso es! ¡Una pesadilla! ¡Nada es verdad! ¡Estoy alucinando! ¡Estoy alucinando! (Repite fuera de sí)
De repente, Eduardo es quien esta vez aparece, semidesnudo y cubierto en sangre de una forma macabra. El hombre la mira con tristeza.
Eduardo: Sí, estamos muertos y enterrados, pero tú te vas con nosotros, hija.
Lisa retrocede pegando un grito asustada.
Lisa: ¡Aléjate!
Eduardo: ¿Por qué me mataste, Lisa? Yo soy tu papá ¿Por qué me hiciste esto si yo te quiero?
Lisa: ¡Aléjate de mí! ¡Tú no eres Eduardo! ¡Mi papá sigue vivo y yo estoy soñando!
Lisa se aleja, pero todas sus víctimas comienzan a acorralarla. Eduardo es quien va a la cabeza. Las carcajadas no paran y se hacen insoportables.
Lisa: ¡Que no! ¡Basta! ¡Cállense, malditos! ¡Cállense, desgraciados!
Lisa grita desgarrada y cierra los ojos negándose a ver aquel panorama producto de su subconsciente que la pone frente a su realidad. Todos se pone en negro por un instante. Eduardo comienza a despertar poco a poco en medio de una cómoda habitación de hospital. Marissa está frente a él sentada en una silla y tiene la cabeza recostada en la cama, pues, al parecer se ha quedado dormida.


Eduardo: (confundido) ¿Dónde…? ¿Dónde estoy?
Eduardo mira a su alrededor y ve a la mujer que ama allí junto a él.
Eduardo: ¿Marissa?
Marissa reacciona sobresaltada al escucharlo y se pone de pie.
Marissa: ¡Eduardo! ¡Ay, qué bueno! ¡Gracias a Dios despertaste!
Eduardo: ¿Qué me pasó?
Marissa: Quédate tranquilo. Voy a llamar a una enfermera para que te cheque.
Eduardo: Espera, Marissa (La agarra de la mano). Dime qué hago aquí. Yo… (Hace una pausa) Yo estaba con Lisa. Perdí el conocimiento y ya de ahí no recuerdo más. ¿Qué me ocurrió?
Marissa guarda silencio poniendo una cierta expresión de preocupación. Varias escenas comienzan a enfocarse. El entierro doble de Cecilia y Luis Enrique se está llevando a cabo. Hay muy pocos asistentes al funeral, empleados de la hacienda y conocidos, entre ellos, Danilo, Milena, Pablo y María Helena.




Es de notar que todos visten de negro y los dos primeros se ven notablemente tristes. Milena es quien llora con discreción. El sacerdote, como es tradición, dice algunas palabras de consuelo. Marissa habla en el fondo narrando lo ocurrido en las últimas horas.
Marissa: (voz en off) Han pasado muchísimas cosas, Eduardo. Cecilia terminó asesinando anoche a Luis Enrique en un descuido de las enfermeras y luego se suicidó. Justo ahora Danilo y Milena deben estar en el entierro de ambos.
Pablo se inclina y abraza a Milena cuando el sacerdote termina de dar sus palabras y los sepultureros proceden a bajar a los ataúdes. María Helena, por su parte, también abraza a Danilo, quien se ve seco y sumamente triste con los ojos hinchados.
Marissa: (voz en off) En cuanto a ti, no sabemos cómo, pero alguien sabía de tu paradero y le dejó a María Helena escrita en una nota la dirección del sitio.
Una escena se enfoca en la que los policías irrumpen a la fuerza en la cabaña. Ven a allí a Eduardo, sin ropa, inconsciente y en el piso al igual que a Lisa, en el piso, aparentemente desmayada. Ernesto entra justo detrás y se acerca a la joven para tomarle el pulso.
Marissa: (voz en off) Cuando la policía llegó, te encontraron a ti y a Lisa inconscientes. Tú menos mal seguías con vida, pero ella…
Ernesto mira a sus hombres y niega con la cabeza indicando que la joven está sin vida. La escena vuelve al presente, específicamente a la habitación del hospital donde Marissa y Eduardo se encuentran. Él se ve sumamente afectado y contiene el llanto.
Marissa: De verdad que lo siento mucho, Eduardo.
Marissa toma las manos de él y lo mira conmovida.
Eduardo: Yo sabía que esto iba a volver a pasar. Lisa iba a terminar mal otra vez, aunque esta vez me siento peor que la primera vez.
Eduardo solloza y se ve notablemente mortificado.
Eduardo: Quizá porque debí haberme alegrado de saber que estaba viva, pero no. Todo lo contrario. Me siento mal de solo desear que hubiera sido mejor que no hubiera sobrevivido al accidente que tuvo el día que tú y yo nos íbamos a casar. Estaba mejor muerta y ahora…
Marissa: No tienes porqué sentirte mal. Pienso que es normal que te sientas así. Lisa nunca iba a recapacitar.
Eduardo: Me duele en el alma, Marissa. Me duele cómo no tienes idea y lo peor es que… (Hace una pausa) Me obligó a…
Eduardo no logra completar la frase y llora. Marissa lo consuela y le limpia las lágrimas.
Marissa: No me tienes que dar explicaciones. Todos sabemos lo que ella pretendía. La policía te encontró desnudo en la cabaña.
Eduardo: (desconsolado) Era mi hija, pero nadie se logra a hacer a la idea del asco que sentí. Quería vomitar y no podía creer lo que estaba haciendo, pero no quería… El cuerpo me traicionó y ella me drogó. No quería, Marissa. Te juro que no quería.
Marissa: Yo sé, no te preocupes. Lo mejor que puedes hacer es tratar de olvidarte de este asunto, aunque sé muy bien que va a ser difícil. Por ahora hay que agradecer que estás bien porque tu herida se había infectado. Un día más en esa cabaña y no hubieras resistido.
Eduardo: ¿Cómo fue que murió?
Marissa: No lo sabemos todavía. Precisamente, llevaron su cuerpo a la morgue para hacerle una autopsia porque no tenía heridas ni rastros que le infringieran la muerte. Fue muy extraño.
Eduardo: Por favor averígualo y avísame. Quisiera ir a su entierro que supongo será ya mañana.
Marissa: Todavía no te has recuperado, Eduardo. Estuviste cerca de morir.
Eduardo: Tengo que ir. Era mi hija y pudo hacerme cosas horribles, pero quiero despedirla y perdonarla. Ayúdame, por favor. Te lo pido.
Marissa lo ve indecisa.
Marissa: Está bien. Voy a hablarlo con el médico que está llevando tu caso. Por lo pronto, descansa e intenta no agitarte demasiado si de verdad quieres que te den un permiso para mañana. Mira que tuve el alma pendiendo de un hilo pensando lo peor y no quiero perderte.
Eduardo: Yo tampoco quería irme sin poder estar contigo y sin poder disfrutar de María Helena. Ustedes son lo único que tengo en la vida; lo único que me quedan. Gracias por estar conmigo, Marissa.
Marissa: No tienes que agradecérmelo, mi amor. Yo te amo y ahora es obvio que después de tantas cosas que nos han pasado, no lo veamos y estemos llenos de tristeza, pero tengamos fe que van a venir mejores tiempos. Luchemos porque así sea.
Marissa lo besa y él le corresponde, y sigue tomándolo de las manos en señal de apoyo y confianza.
EXT. / CEMENTERIO / DÍA
El entierro ya ha sido terminado y los asistentes van yéndose. Pablo es quien impulsa la silla de Milena. Danilo y María Helena caminan juntos unos cuantos pasos más adelante.


María Helena: ¿Qué piensan hacer ahora?
Danilo: (pensativo) La verdad no sé. Ahorita no quiero ni pensar en el futuro. Más bien quisiera irme lejos de aquí y perderme donde nadie me conozca. Lo único que me retiene es mi hermana que todavía no la operan.
María Helena: No sería mala idea que sí te des un tiempo para ti. Después de todo, lo que vivieron fue muy fuerte, pero si te sirve de consuelo, cuenta conmigo para lo que sea.
Danilo: Gracias, María Helena. De veras que sí has sido un gran apoyo en estos días para mí. Creo que yo solo no hubiera aguantado.
María Helena: Lo he hecho con todo el gusto. Te podrá parecer raro, pero me inspiras algo muy bonito, Danilo.
Danilo: (confundido) ¿Cómo que algo bonito?
María Helena: (apenada) Me refiero a que eres un chavo súper buena onda y me he sentido muy conmovida por todo lo que te ha pasado, y si me dejas, ahí quisiera estar para tenderte la mano cada vez que lo necesites. Además… También estás muy guapo.
Danilo se sorprende al escucharla, pero no dice nada. María Helena queda apenada y un silencio incómodo se forma entre ambos. Ella carraspea un poco la garganta.
María Helena: ¡Ejem! Bueno, creo que ahora sí los dejo. Voy a ir al hospital a ver cómo sigue mi papá. Marissa se quedó allá con él y me pidió excusarlos por no haber venido.
Danilo: Dile que pierda cuidado. Igual, un entierro no es como que sea una fiesta o una invitación especial. Además, yo sé que don Eduardo también pasó por mucho. Espero de corazón que se mejore.
María Helena: Gracias, Danilo. Hasta luego.
María Helena se atreve a darle un beso en la mejilla dejando al joven hombre sorprendido por aquel detalle. Él se queda viéndola y ella se va caminando. En la salida al cementerio, la joven, de lejos, alcanza a vislumbrar a Cruz, quien al parecer visita una tumba.

María Helena: ¿Esta no es…?
María Helena se queda pensativa un par de segundos y camina hacia allá. Cruz, por su parte, mira con fijación la lápida y es abruptamente sacada de sus pensamientos por la muchacha.
María Helena: Qué gusto verla de nuevo, doña Cruz.
Cruz voltea sorprendida al verla, pero se porta un tanto petulante como es típico en ella.
Cruz: ¡Madre mía! Pareces un gato. Ni te sentí acercarte. Menos mal es de día porque si fuera de noche ya te digo yo que me matas de un susto, muchachita.
María Helena: Discúlpeme. Es que la vi aquí y la reconocí, así que quise venir a saludarla.
Cruz: Eres muy educada. Mira que ni hemos tratado. Tan solo una vez y hasta te acordaste de mi nombre.
María Helena: Mi mamá me enseñó a serlo con las personas mayores y en especial con las que nos tienden la mano.
Cruz: (confundida) Yo no te he tendido la mano en ningún momento. ¿De qué hablas?
Cruz la mira de forma suspicaz. María Helena le sonríe.
María Helena: Dígame mejor a quién vino a visitar acá porque esta no es la tumba de Carolina. Veo otros nombres grabados en la lápida.
Cruz: En efecto, no lo es. Vine por mi madre y mi padre, que en paz descansen. Tú, me imagino, estabas en el entierro de Cecilia y Luis Enrique Escalante.
María Helena: Sí, estaba acompañando a Danilo y Milena. A los pobres les cayó como un baldado de agua fría semejante tragedia.
Cruz: No es para menos. El chisme corrió como pan caliente por el pueblo.
María Helena: Bien dicen que “pueblo chico, infierno grande”. En fin, como ya iba al hospital y no le quiero quitar tampoco mucho tiempo, nada más quería agradecerle por todo lo que hizo por mí.
Cruz: Sigo sin entender a qué refieres. ¿Por qué me estás agradeciendo?
María Helena: Conmigo no tiene que fingir, doña Cruz. Yo sé muy bien que fue usted la que estuvo detrás de mi llegada a este pueblo. Usted es “El Alma en Pena”.
Cruz se impacta en gran manera y mira a su alrededor cuidando que no estén siendo escuchadas por nadie más.
María Helena: Lo estuve pensando y analizando mucho, y la persona que grabó el video de Epifanio de La Torre confesando que salvó a Lisa del accidente y también que Carolina mató a Helena tuvo que ser alguien a quien él le tenía mucha confianza. Lo digo porque esa persona que grabó fue la que le envió luego el video a la policía. No hay de otra. Es usted.
Cruz permanece tranquila y seria.
Cruz: ¿Le hablaste de esto a la policía? ¿Lo comentaste con alguien más?
María Helena: No se preocupe. No lo he hecho ni tampoco lo pienso hacer. Venir aquí y descubrir mi origen me hizo darme cuenta que todos guardamos secretos, incluso mi mamá Martha tenía el suyo con respecto a mí, así que ahora este va a ser un secreto suyo y mío.
Cruz: Puede que no te interese, pero quiero decirte que yo solo quería poner en orden las cosas. Don Epifanio siempre pensó que Lisa Román era su hija y ya luego, para sacarlo del error, le di a conocer los resultados de ADN que la señorita Carolina había hecho en secreto, pero fue tarde. Él ya había salvado a la muchachita esa del accidente.
María Helena: Claro. Por eso fue que me buscó y me metió en todo este embrollo bien feo.
Cruz: Si en mí hubiera estado, jamás te hubiera involucrado. Tenía a alguien más trabajando para mí que ahora no viene al caso y esa persona te vio por casualidad. Cuando me enteré que Martha necesitaba una cirugía costosa, se me ocurrió que una forma de ayudarte podía ser que supieras la verdad, tu verdad… Después de todo, tenías derecho a saberla y así ibas a tener el dinero que necesitabas.
María Helena: Puede ser que sí, pero eso no le resta al hecho de que usted me usó. De seguro también sabía que Manuel tenía contacto con Lisa y me puso de carnada en esa hacienda para que el muy asqueroso ese se sobrepasara conmigo.
Cruz: Pero no lo hizo y antes de que pudiera hacerlo, terminó como tú sabes. Yo jamás hubiera permitido que nada te pasara en manos de aquel puerco, muchacha, pero necesitaba que me llevaras hasta Lisa y lo lograste. Ella cayó en la trampa que le tendimos y yo necesitaba tenerla en la hacienda para luego enviarle los videos a la policía, y así acorralarla.
María Helena: Una trampa bien arriesgada en la que por poco se muere mi papá, pero bueno. Lo importante es que él ahora está bien. Lástima por Lisa que todavía ni me explico cómo fue que se murió, pero hizo reharto daño. Ojalá y logre descansar en paz.
Cruz: No todo fue tan malo. Ahora ya tienes un padre.
María Helena: Sí, ahí le doy la razón. En medio de todo, pude tener al papá que siempre quise y le agradezco por eso, doña Cruz (Esboza una sonrisa).
Cruz: Entonces, ¿no me tienes ningún rencor?
María Helena: Para nada, aunque sí me intriga reharto por qué hizo todo esto. ¿Qué ganaba? Dice usted que para poner en orden las cosas, pero nada de eso era su problema. Entonces, ¿por qué?
Cruz: ¿De verdad estarías dispuesta a oír la verdad?
María Helena: Creo que con tantas cosas que me han pasado y que he ido descubriendo, no tengo problema en saber más, así que usted dirá. Soy toda oídos.
Cruz la mira con cierta ternura ante la actitud expectante de la muchacha.
INT. / HOSPITAL DE VILLA ENCANTADA, HABITACIÓN / NOCHE
Eduardo duerme plácidamente en su cama y la habitación está oscura. De repente, siente una presencia pesada de alguien más que entra y se acerca a él, pero a quien no se le puede ver el rostro. Parece ser que es una mujer.


Lisa: Despierta, papi. Ya vine por ti.
Eduardo abre los ojos y, al ver frente a él a Lisa, se sobresalta y se recuesta en la cama, pero se ve atado con unas correas de cuero. Ella lo mira con un sutil destello de maldad en sus ojos y usa el mismo vestido rojo corto y de escote que usaba el día anterior.
Lisa: ¿Qué te ocurre? ¿Por qué me ves así? ¿No te complace ver a tu hija?
Eduardo: Me dijeron que estás…
Lisa: ¿Muerta? Pues sí, lo estoy. Lisa murió hace mucho en aquel accidente. ¿Te acuerdas? Ahora soy otra persona.
Eduardo: Vete, Lisa. Vete antes de que sea tarde. ¡Lárgate muy lejos y déjame en paz de una maldita vez! (Grita asustado) ¡Vete!
Todo el ambiente alrededor de la habitación comienza a distorsionarse y a verse acuoso.
Lisa: ¿Tanto me odias?
Eduardo: Una hija jamás le haría una cosa a su padre como la que tú me hiciste. ¡Me forzaste a acostarme contigo!
Lisa: (sonriéndole) ¡Ay, papito lindo! Qué poca de tu parte, de veras. ¿Echarme a mí la culpa de que me hicieras tu mujer en una de tus borracheras?
Eduardo: No estaba en mis cabales en esa ocasión.
Lisa: Pero bien que lo disfrutaste. ¿Olvidas tus caricias, tus besos en mi cuerpo, en mi piel y cómo entraste en mí así tan apasionado?
Eduardo respira agitado y frente a él ve como una película aquella vez que, ebrio y confundido, tuvo intimidad con Lisa.
Eduardo: Te pareces tanto a Helena. ¿De verdad es posible que seas ella? ¿De verdad eres tú? (Acariciándole el cabello)
Lisa: Sí y volví para no dejarte nunca más. Por eso hazme el amor como sólo tú me lo hacías. Hazme tuya ya.
Lisa finalmente besa en los labios a Eduardo, quien se muestra un poco inseguro, aunque poco a comienza a corresponderle. Ella lo tumba sobre la cama y se siente sobra él para continuar besándolo.
Eduardo: (cerrando los ojos) Te extrañé, mi amor. Te extrañé como no tienes idea.
Lisa: Sh, no hables tanto. Tan solo piensa en este momento de los dos y disfruta.
Eduardo: No te vuelvas a ir de mi lado, Helena. No me vuelvas a dejar.
Lisa: Tranquilo. Aquí voy a estar para ti. Yo voy a ser tu única mujer de ahora en adelante (Sonríe con malicia).
Los dos se besan apasionadamente al tiempo que Eduardo termina de quitarse la camisa y ella desabrocha su pantalón. Lisa lo llena de caricias por todo el torso y él la toma entre sus brazos al tiempo que la besa sin parar por el cuello y los hombros. La muchacha sonríe con una enorme satisfacción y acto seguido, Eduardo la acuesta sobre la cama y se tumba sobre ella para luego bajarle la falda. El hombre procede a besar y oler sus piernas con desmedida pasión al tiempo que su respiración se vuelve pesada. Con besos, va subiendo sus labios por el cuerpo de ella y se apodera de su busto. La joven se aferra de su espalda e incluso se muerde el labio inferior ante el placer que siente.
Eduardo, como espectador de aquel recuerdo, llora desconsolado. Lisa, con el rostro de Martina, le habla cerca al oído e intenta perturbarlo más.
Lisa: ¿Ves? Yo no me lo inventé y no te forcé.
Eduardo: ¡Yo no quería! ¡Yo no quería! (Repite desesperado agarrándose de la cabeza) ¡Jugaste con mi mente y pensé que eras Helena!
Lisa: Pero lo hiciste y anoche solo quise repetir lo que tanto deseábamos.
Eduardo: ¡Tampoco quería! ¡Tú anoche me drogaste y me obligaste! ¿Cómo pudiste a pesar de que te lo rogué tanto?
Lisa: Mi amor por ti lo justifica todo, papi.
Eduardo: (furioso) ¡No me llames así! ¡No te quiero ver en la vida nunca más! ¡Lárgate ya antes de que el poco cariño que te tengo como hija se acabe y termine despreciándote, Lisa! ¡Vete!
Lisa: No me iré hasta que me des lo que quiero.
Lisa deja caer su vestido rojo y se sube encima de él.
Eduardo: ¡No lo hagas otra vez! ¡No te atrevas!
Lisa: Hazme tuya, Eduardo.
Eduardo: ¡Basta!
Eduardo pega un desgarrador grito lleno de impotencia y es así como despierta de aquella pesadilla, exaltado y sudando.


Eduardo: ¡NOOOO!
Marissa, quien justo estaba dormida en un sofá, se despierta también y corre hacia él.
Marissa: (preocupado) ¡Eduardo! ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal?
Eduardo, con los ojos desorbitados, mira a su alrededor.
Eduardo: ¿Dónde está?
Marissa: (confundida) ¿Quién?
Eduardo: ¡Lisa! ¡Ella estaba aquí conmigo! ¿Dónde está? (Intenta pararse de la cama)
Marissa: (reteniéndolo) Eduardo, cálmate. Aquí no hay nadie más que tú y yo. He estado casi todo el día contigo acompañándote.
Eduardo: (llorando) ¡Yo la vi! Estaba frente a mí, torturándome, mostrándome la vez que me acosté con ella y quería forzarme otra vez. ¡Estaba conmigo, Marissa!
Marissa: Fue una pesadilla, mi amor. Tranquilízate. Lisa ya está muerta. Precisamente, mañana la van a enterrar. Respira profundo.
Eduardo intenta calmarse y controla su respiración. Marissa le acaricia el rostro.
Marissa: Eso, así. Nada malo te va a pasar porque yo estoy contigo.
Eduardo: Me voy a volver loco, Marissa. Siento como si estuviera observándome, siguiéndome.
Marissa: Es normal porque todo todavía está muy reciente, pero con el tiempo va a pasar. Te lo aseguro.
Eduardo: Tú no lo entiendes. Saber que Lisa estaba viva y después de que me obligó a tener sexo con ella anoche cuando me tenía secuestrado, me hizo revivir esa herida que pensé que tenía sanada. Nadie, absolutamente nadie, puede ponerse en mi lugar y entender la culpa que me carcome por haberme acostado con mi propia hija.
Eduardo llora roto de dolor.
Marissa: Puede que tengas razón. Yo ni me logro hacer a una idea tal, pero debes tratar de sobreponerte, mi amor. Cuando te recuperes, si quieres, podemos ir con algún psicólogo.
Eduardo: ¿Tú crees que me pueda volver loco en serio?
Marissa: Claro que no. Un psicólogo no es para tratar enfermos mentales o patologías serias. Es solo una forma de ayuda, un soporte, para que sanes poco a poco esa herida que a lo mejor nunca sanaste con respecto a Lisa y a todo lo que tu familia te hizo, incluida tu mamá, tu hermano y hasta Helena. Confía en mí.
Marissa abraza al hombre para infundirle confianza y tranquilidad. Él le corresponde y sigue llorando para desahogar la pena que siente.
EXT. / CEMENTERIO / DÍA
Es así como, al día siguiente, se lleva a cabo el entierro de Lisa. Marissa y Eduardo son quienes encabezan a todos los demás presentes, entre ellos María Helena, Ernesto y algunos conocidos de Eduardo. Incluso hay algunos periodistas que toman fotos. El sacerdote, por su parte, lanza agua bendita sobre el ataúd. Eduardo usa lentes de sol.




Marissa: (susurrando) ¿Estás seguro de que te sientes bien, amor?
Eduardo: (asentando) Sí, no te preocupes. Tan solo sí me hubiera gustado que el entierro hubiera sido más privado, algo entre nosotros nada más.
Marissa: Tu búsqueda se filtró en los medios locales y, según me enteré, algunos nacionales también vinieron. Recuerda, además, que Lisa mató a ese cirujano plástico famoso y ese era un caso de interés nacional.
Ernesto: Así es, Eduardo. Como lanzamos tu alerta de secuestro en varios municipios y pueblos cercanos, fue muy difícil que la información no se filtrara. Lo lamento. Si quieres puedo pedir algunos hombres para que te escolten a la salida y así evitemos las preguntas.
Eduardo: ¿Qué más da ya? Es una pena que ni el dolor ajeno respeten.
Eduardo da unos cuantos pasos adelante hacia el ataúd. Marissa va de gancho con él.
Eduardo: Espero que logres descansar en paz, hija. Te pido perdón en nombre de todos los que pudieron haberte dañado tanto. Te pido perdón en nombre de Helena que con sus infidelidades te causó tanto dolor; de Luis Enrique que te chantajeó a hacer cosas tan bajas; de Carolina por habernos ocultado la verdad; de Manuel que se aprovechó de ti; y hasta por mí te pido perdón por no haber sabido protegerte a tiempo y permitir que terminaras de esta forma, Lisa. Perdóname.
Una lágrima se desliza por el rostro del hombre. Marissa lo conforta frotándole la espalda.
Eduardo: Espero que descanses en paz y quiero creer que a lo mejor en el último momento te arrepentiste de todo. Pese a las cosas que pasaron, te amo y te prometo que siempre voy a tratar de llevar conmigo el recuerdo de esa niña que llegó a mi vida y me dio tanta alegría antes de todo lo que pasó.
Eduardo traga saliva y pone una rosa blanca sobre el ataúd. Luego se aleja y los sepultureros proceden a bajarlo.
María Helena: Es mejor que regreses al hospital, papá. No vaya a ser que te sientas mal. Tú todavía no estás recuperado.
Marissa: Así es, Eduardo. El médico de cabecera solo nos dio dos horas. Hay que volver.
Eduardo se queda pensativo y ve cómo el ataúd va entrando en la fosa.
Marissa: Que así como enterramos a Lisa, ahora tú le eches tierra a todo el pasado para que empieces de nuevo.
Eduardo: No va a ser tan fácil.
Marissa: Pero aquí voy a estar yo para ayudarte, mi amor.
María Helena: Y yo también, papá. No te vamos a dejar solo.
María Helena lo toma de la mano y le esboza una sonrisa. Eduardo se queda viendo el ataúd y decide dar una última despedida.
Eduardo: Adiós, Lisa.
El ataúd toca el fondo y los sepultureros comienza a echar tierra sobre él. Todos van saliendo. Los periodistas se acercan a Eduardo para hacerle algunas preguntas, pero Ernesto ayuda a esquivarlos. Cruz, quien observaba muy de lejos, usando lentes de sol y una pañoleta para no ser reconocida, espera a que no haya más personas y se acerca a la tumba que ya ha sido cubierta de tierra en su totalidad.

Cruz: Espero que puedas perdonarme por lo que te hice, pero fue lo mejor para darte un alto de una vez por todas o esto nunca iba a parar. Hasta nunca, Lisa.
Cruz se va de allí caminando despacio. Dentro del ataúd, Lisa abre despacio los ojos, confundida y respirando de forma cortante en medio de la oscuridad total.

Lisa: (ahogada) ¿Do…? ¿Dónde estoy?
Lisa, completamente extrañada, palpa la madera que está frente a su rostro.
Lisa: (asustada) ¿Qué mierda es esto? ¿Dónde estoy metida?
Lisa araña la tapa y comienza a tratar de empujarla, pero es inútil. Comienza a entrar en pánico en aquel pequeño espacio y golpea aún más fuertemente la tapa del ataúd, pero el sonido es inaudible para quien sea que esté en la superficie.
Lisa: ¡Ayuda! ¡Estoy aquí! (Gritando) ¡Ayúdenme, por favor! ¡Alguien sáqueme, maldita sea!
Su pecho sube y baja descontroladamente. Jadea como si el aire se le escapara antes de alcanzarlo y en medio de su desespero, patea con los pies y golpea con las manos la tapa sellada del ataúd.
Lisa: Yo no puedo terminar así. ¡No puedo! ¡Déjenme salir!
Las lágrimas se mezclan con el sudor que le corre por la frente de la joven. Sigue golpeando la tapa, pero sus fuerzas empiezan a fallar .
Lisa: (llorando) Que alguien me saque…
Lisa llora desgarrada y grita con todas sus fuerzas, pero sus intentos por ser escuchada son inútiles. En eso se enfoca la superficie de su tumba, con la tierra recién removida y los arreglos florales encima. Cualquiera que pasara, ni siquiera podría imaginar que allí abajo una persona ha sido enterrada viva.
CONTINUARÁ…
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