Capítulo 57: Gran final (2° parte)
Cruz sale del cementerio y toma un taxi. Sube a los asientos traseros y se queda viendo pensativa por la ventana al tiempo que tiene una serie de recuerdos.
FLASHBACK
EXT. / CABAÑA / NOCHE
Cecilia sale del baúl del auto de Luis Enrique con suma cautela y cuidando no hacer ningún ruido.

Cecilia: (asustada) Tengo que pintarme de aquí antes de que me descubran.
De repente y sin esperarlo, la mujer es abordada por una voz por detrás.

Cruz: ¿Qué haces tú aquí?
Cecilia, exaltada, se da la vuelta.
Cecilia: (sorprendida) ¿Usted?
Cruz: (muy seria) Te hice una pregunta. Responde.
Cecilia: Mejor ni se me acerque, señora.
Cecilia saca la pistola que le robó a Luis Enrique de su departamento y le apunta a Cruz. Ella, sin embargo, no se inmuta y ni pestañea.
Cecilia: Yo ya sé muy bien que usted ha estado detrás de todo lo que le ha venido pasando a Luis Enrique. Los escuché a él y a Lisa hablando sobre usted en el departamento.
Cruz: Entonces, te has estado escondiendo allá. Supongo que también te escondiste en el baúl del coche para tener la oportunidad de matar a Luis Enrique en cuanto tuvieras oportunidad, ¿no? Y terminaste por error aquí.
Cecilia: El plan era ese. Carolina de La Torre me fue a buscar a la cárcel y me hizo la propuesta, incluso me ayudó a escapar, pero ya descubrí que no fue idea de ella, sino suya. Usted le metió cizaña para que pensara que Luis Enrique se quería dizque vengar de ella por cosas de familia porque al parecer son hermanos y Luis Enrique era un bastardo.
Cruz: En efecto, fui yo la que organizó todo aquel montaje y tú fuiste una ficha más en mi juego de ajedrez.
Cecilia: ¿Y qué es lo que busca? ¿Por qué quiere usted destruir a Luis Enrique?
Cruz: Quiero hacer justicia. Luis Enrique Escalante es como un cáncer que destruye lo que toca y ha hecho muchísimo daño, incluso a ti y a tus hijos. ¿Me lo vas a negar?
Cecilia: Lo sé muy bien. Incluso a mí me culpó del asesinato de Tarcisio por defender a la maldita mojigata de la Marissa Miranda. Me enteré por Carolina que hasta se atrevió a hacerle daño a Danilo el muy infeliz.
Cruz: La idea en realidad no fue de Carolina. También fue mía. Yo le dije a ella que le propusiera a Luis Enrique atropellar a Danilo y, así ya luego, ella iría a la cárcel para envenenarte en contra de Luis Enrique.
Cecilia: ¿Qué? ¿Y me lo dice así tan campante? (Muy molesta)
Cruz: Necesitaba que tú fueras la que le diera un fin a ese “infeliz” como tú le llamas y, si lo analizas bien, él tampoco dudó en aceptar el plan. Se le fue encima con el coche al pobre de Danilo nada más para quitarlo del camino y recuperar a Marissa. ¿Crees que un padre le haría algo así a su hijo aunque otra persona le diera la idea?
Cecilia parece asentir con su silencio.
Cruz: ¿Lo ves? Muy en el fondo me das la razón. ¿No crees justo ponerle un alto a Luis Enrique de una vez por todas?
Cecilia: Da igual. Lisa ya se encargó de él. Escuché que le disparó y hasta lo quemó con ácido por defender a Marissa. Una lástima que el muy imbécil se metiera.
Cruz: Marissa no tiene culpa de nada. Es inocente.
Cecilia: ¡Ella me robó todo! ¡Mi hombre, mi hijo! ¡Me destruyó la vida!
Cruz: No seas cínica, Ceci. ¿Quién fue la pobre tonta que estuvo casada por tantos años con un infeliz que le era infiel y la maltrataba verbalmente?
Cecilia no responde a tal pregunta.
Cruz: Si de destruir vidas se trata, tú contribuiste mucho a arruinar la de Marissa. Fuiste cómplice de Luis Enrique y aceptaste que se casara con ella por interés. Tanto tú como él son tal para cual.
Cecilia: No hable de lo que no sabe. No tiene ningún derecho a juzgarme o a creerse mejor que yo.
Cruz: Solo te estoy haciendo ver la verdad, pero tienes razón. Tu vida me importa un bledo, querida. Nada más te informo que Luis Enrique sigue con vida. Tengo algunos contactos en el hospital que ya me avisaron que se encuentra estable.
Cecilia: ¿Y qué quiere que haga?
Cruz: Yo, nada. Tú ya estás libre como para tomar tus propias decisiones, pero sí quisiera que me pagaras el favorcito de haber intercedido para que te escaparas de la cárcel.
Cruz le entrega un papel arrugado a Cecilia. Ella lo recibe extrañada.
Cruz: Dale esto a cualquier conocido de Eduardo Román. Puede ser a María Helena o a la misma Marissa.
Cecilia: Estoy muy lejos de Villa Encantada.
Cruz: Toma un taxi.
Cruz le da un billete.
Cruz: Es lo único que te pido. Eduardo Román está corriendo peligro en manos de Lisa allá adentro. Hazlo por él que siempre fue un buen patrón contigo.
Cecilia: No puedo negar que sí. Don Eduardo siempre se portó muy bien con mis hijos y conmigo. Nos defendió muchas veces de Manuel y de la bruja de su mamá.
Cruz: ¿Lo ves? Los inocentes no merecen pagar por las atrocidades de gente podrida como Lisa y Luis Enrique.
Cecilia: ¿Y usted qué piensa hacer? Si Lisa se entera, no va a dudar en echársela al plato. Ella ya sabe que usted le anda siguiendo la pista y se lo dijo a Luis Enrique. Él incluso ya sabía que fue usted la que envenenó a Carolina en contra de él.
Cruz: Sí, ya sé que me descubrieron, pero lo que Lisa no sabe es que estoy más cerca de lo que cree. Tú vete y yo me encargo del resto.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz deja de recordar y tiene otro recuerdo de esa misma noche.
FLASHBACK
INT. / CABAÑA / NOCHE
Lisa está tendida en el piso luego de haber sido torturada por aquellas aterradoras alucinaciones de todas sus víctimas. Tiene la visión borrosa y su respiración se va apagando. Es cuando alguien entra a la cabaña usando unos zapatos de tacón y medias veladas.

Lisa: (en un hilo de voz) ¿Qu…? ¿Quién? ¿Quién eres?
Lisa intenta alzar los ojos y se encuentra, de forma muy distorsionada, con el rostro de Cruz.

Lisa: Tú…
Cruz: Veo que ya está haciendo efecto. De seguro también has tenido muchas alucinaciones, ¿no?
Lisa: (balbuceando) ¿Qué me hiciste, vieja decrépita?
Cruz: Has hecho muchísimo daño, muchacha. Tú, a diferencia de Malenita, eres la semilla del mal que salió de Helena. Eres peor que ella y ya es hora de que te detengas.
Lisa: (incrédula) ¿Tú me vas a detener a mí? ¿Cómo? ¡A ver! Entérate que no hay quien pueda conmigo, desgraciada. ¡También voy a acabar contigo, maldita!
Lisa alcanza a agarrar a Cruz de un pie, pero esta no se inmuta y permanece tranquila.
Cruz: Ni intentes hacer nada. En cuestión de un par de minutos vas a morir temporalmente. Vas a entrar en un estado cataléptico y todos van a pensar que estás muerta de verdad.
Cruz le lanza al piso un pequeño frasco con un líquido de color verdoso.
Cruz: Esto fue exactamente lo que te tomaste sin te dieras en cuenta gracias a que se lo eché al agua que te tomaste justo antes de que llegaras.
Lisa se impacta al escuchar y mira hacia la mesa en la que tenía una jarra con agua. En efecto, recuerda que desde su llegada a la cabaña, tomó de allí.
Lisa: No puede ser…
Cruz: Pues puede ser, querida. ¿Ves esta cabaña que compraste a tan buen precio? Es mía (Lisa se sorprende) y era de mi abuela, solo que no valía la pena venderla ya que nunca tuve el dinero para mandarla a reparar. Estaba casi que en las ruinas y me encargué de enviarte un supuesto vendedor cuando supe que había venido una citadina queriendo comprar un sitio alejado del pueblo. Como sabía quién eras, no dudé en tenderte una trampa y caíste…
Cruz habla con una frialdad y seriedad apenas reconocibles en ella. Lisa cada vez respira más despacio.
Lisa: ¿Por qué? ¿Por qué meterte conmigo si no era tu pedo? ¿Por qué, desgraciada?
Cruz: Tú eres mi nieta, Lisa.
Lisa se impacta aún más al enterarse.
Cruz: Y Helena, tu mamá, era mi hija; una hija a la que regalé por mucho dinero para poder sobrevivir, solo que mi error me las cobró cuando ella se volvió la amiga precisamente de Carolina de La Torre y la amante de don Epifanio.
Lisa se arrastra, pero llega a un punto en que ya no logra mover sus extremidades.
Cruz: Me llené de tanto miedo y cobardía que nunca le dije a él que su amante era justo mi hija. No quería remover esa parte de mi pasado y por mi cobardía es que luego se pensó que tú eras producto de esa relación clandestina cuando en realidad no. Eres la hija legítima de Eduardo Román y fue Carolina la que también ocultó ese secreto, solo que yo siempre estuve al tanto y seguí callando, pero todo se complicó luego cuando…
Cruz respira profundo evitando llorar.
Cruz: Cuando Helena fue asesinada por Carolina y ahí ya no pude seguir callando lo que sabía. Debía poner las cosas en orden y ahí entrabas tú.
Lisa: Yo solo fui víctima de Helena. Verla tantas veces revolcándose con otros hombres, entre esos el vejete ese de Epifanio, fue lo que llenó de tanto odio; lo que me enfermó. ¿Qué hay de mí? ¿No pensaste en ello y en todo lo que me tocó sufrir?
Cruz: Todos sufrimos y tenemos penas que cargar, y es ahí donde solo nos quedan dos caminos. Utilizar esas penas para hacernos más fuertes y mejores o dejar que nos pudran como fue tu caso. Nada de lo que hiciste justifica tus actos, Lisa.
Lisa: Si de verdad eres mi abuela, no me puedes matar así. Podemos unirnos.
Cruz: No voy a matarte. Lo que te di a beber solo te hará entrar en un estado de catalepsia unas cuarenta y ocho horas, y luego vas a despertar, rodeada de pura oscuridad y sin nadie que te escuche. Todos pensarán que moriste como la primera vez, solo que ahora no vas a regresar nunca más.
Lisa: ¡No me hagas esto! ¡Te lo suplico!
Cruz: Descansa en paz y arrepiéntete de todo lo que hiciste.
Cruz, sin más que decir, sale de la cabaña. Lisa intenta moverse, pero ya ha perdido la movilidad completa de su cuerpo.
Lisa: ¡Vuelve! ¡No me dejes! ¡Tienes que ayudarme! ¡Vuelve!
Lisa grita, pero poco a poco comienza a perder el conocimiento.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz tiene un recuerdo más.
FLASHBACK
INT. / MORGUE / DÍA
Cruz, con la cabeza cubierta por una pañoleta y con mucha discreción, habla con un médico forense de la morgue, quien usa un traje especial blanco, guantes, cubrebocas y gorra.
Cruz: Ten. Es mucho más dinero del que te prometí.
Cruz le entrega un fajo de billetes al hombre, quien mira a sus alrededores, se quita uno de los guantes y mete el dinero en uno de los bolsillos del traje.
Cruz: Por ningún motivo puedes permitir que le hagan la autopsia a Lisa Román, ni tú ni alguno de tus compañeros. ¿Entendido? Di que murió de un infarto y ya está.
El encargado asiente con la cabeza.
FIN DEL FLASHBACK
Finalmente, el ama de llaves trae a su cabeza una conversación que tuvo el día anterior.
FLASHBACK
EXT. / CEMENTERIO / DIA
Cruz y María Helena conversan sentadas en un banco. El viento sopla fuerte debido a la humedad y el frío que hace en el lugar.


María Helena: Entonces, usted es mi abuela. Vaya que sí me sorprende, aunque tampoco me causa tanta impresión. Con tantas verdades, una ya se atiene a cualquier cosa.
Cruz: Si te lo estoy contando es para que sepas la razón por la que empecé con este juego.
María Helena: Y sí que fue un juego. Prácticamente, usted lo que hizo fue jugar con cada uno de nosotros como fichitas de un tablero de ajedrez donde los unos tumbaban a los otros. Manipuló a Carolina para que ella luego manipulara a Cecilia y así darle fin a Luis Enrique mientras que mi papá y yo fuimos la carnada para tenderle la trampa a Lisa.
Cruz: Supongo que estás molesta.
María Helena: No le voy a negar que sí me parece muy triste que personas como Lisa o Luis Enrique terminaran tan mal, pero pensándolo bien, ellos se lo buscaron.
Cruz: Y yo tuve mucha culpa en cada una de las cosas que pasaron.
María Helena: Helena actuó por cuenta propia. Ella ya era de mala entraña como para volverse amante del señor Epifanio y de tantos otros hombres. Usted ni la crio como para decir que fue su culpa. A lo mejor fueron esos señores, los Montalbán, los que nunca le pusieron límites y siempre le dieron todo lo que pedía. Por eso, cuando se volvió adulta, pensó que podía manejar el mundo como quisiera y esa misma crianza se la dio a Lisa.
María Helena la toma de las manos. Cruz se sorprende por tal gesto y se conmueve un poco.
María Helena: Usted ya cargó con culpas que no son suyas. Quizá su único error fue haber encubierto que Helena y Epifanio eran amantes porque eso luego dio pie a que se pensara erróneamente que Lisa era hija de él.
Cruz: Sentí que no tenía derecho de meterme en la vida de la hija a la que regalé. Era como traicionarla. Además, no vi tampoco importante revelar que Lisa sí era hija de Eduardo. Era una verdad muy obvia.
María Helena: Sí, pero Manuel creyó en esa mentira de que Epifanio era el padre. Lisa también y, pues, esa fue la razón por la que ella se terminó obsesionando con mi papá, por pensar que no eran nada. Claro que usted tampoco tenía forma de saber que Lisa se iba dizque a enamorar de mi papá. En conclusión, no tiene por qué sentirse culpable.
Cruz: Te agradezco, muchacha. Puede ser que ninguna estuvo en la vida de la otra, pero me enorgullece mucho lo linda y lo buena que eres.
María Helena le esboza una sonrisa y no dice nada al respecto.
María Helena: ¿Qué piensa hacer ahorita?
Cruz: Voy a irme al extranjero. Creo que es bueno que recomience de cero y me olvide de todo este pasado tan turbio. Quiero vivir tranquila por lo que me reste de vida.
María Helena: Me parece muy bien. Espero que lo logre.
Las dos se sonríen entre sí.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz dibuja una leve sonrisa en su rostro con aquel último recuerdo.
Conductor: ¿Para dónde quiere que la lleve, doña? Todavía no me dice.
Cruz habla sin dejar de mirar por la ventana.
Cruz: Lejos… Muy lejos de aquí. Váyase por la salida al pueblo que yo le digo dónde me puede dejar.
El conductor arranca y se va de allí. Cruz se queda viendo el cementerio dispuesta a abandonar el pasado y a recomenzar de nuevo. Es así como el tiempo comienza a pasar y se enfocan varias escenas de las vidas de los personajes.


Eduardo termina recuperándose satisfactoriamente y se le puede ver asistiendo a sesiones psicológicas para sanar lo que vivió. Marissa siempre lo acompaña y lo espera a la salida del consultorio. Los dos, al verse, se abrazan y se besan luciendo con un mejor semblante y aparentemente más tranquilos.



María Helena, por su parte, viaja a la capital y se reencuentra con su madre adoptiva, quien también ya luce de mejor semblante y ha sido dada de alta. Madre e hija se abrazan llorando muy conmovidas. Ernesto, quien justo llevó a María Helena, las observa conmovido desde el umbral de la puerta.



Milena, entretanto, ingresa a un quirófano para ser sometida a una riesgosa cirugía de varias para devolverle la movilidad de sus piernas. En la sala de espera, Danilo y Pablo se ven ansiosos y esperan noticias.
UN AÑO DESPUÉS
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Marissa se encuentra yendo de allí para allá coordinando con algunas empleadas lo que parece ser una decoración de fiesta. Hay varias mesas con manteles de ciertos colores y globos.

Marissa: ¡Lleven el candelabro para aquella mesa, por favor! Y vayan poniendo los cubiertos y los platos en las mesas que ya se nos hace tarde, muchachas.
Eduardo aparece en ese instante y se acerca a ella.

Eduardo: ¿Todo bien?
Marissa se voltea a verlo y le sonríe. Los dos se dan un beso sencillo en los labios.
Marissa: Sí, amor. Estoy, tú sabes, algo estresada organizando todo lo de la celebración para esta noche. Es el primer aniversario de bodas de Pablito y Milena, y quiero que salga todo bien. Según me dijeron, nos tienen una sorpresa.
Eduardo: Ya quiero saber qué se traen esos dos muchachos. Hacen una pareja muy bonita, aunque tú y yo no nos quedamos atrás.
Eduardo la toma de la cintura y la besa nuevamente.
Eduardo: Te ves hermosa como siempre, pero hoy estás deslumbrante.
Marissa: (riendo) ¿Qué dices? Todavía necesito retocarme. Tú también deberías irte arreglando. En esto cae la noche y van a empezar a llegar los invitados.
Eduardo: Como mande usted.
Marissa: Bueno, pues. Ándale que se nos hace tarde. Yo voy a seguir en lo mío.
Marissa se aleja y le pega muy divertidamente una palmada en el trasero a Eduardo. Él de inmediato, la toma con delicadeza de la mano para retenerla.
Eduardo: (sonriéndole) ¡Óyeme! ¿Quién te dio permiso de tocar ahí?
Marissa: Tengo derecho y no necesito permiso. ¿O sí?
Eduardo: Vaya que sí eres bien coqueta, eh.
Los dos, en medio de su charla, se besan nuevamente.
Marissa: Ya está bueno, no me vas a dejar terminar los preparativos de la fiesta y me faltan muchísimas cosas. Supongo que María Helena también viene, ¿no?
Eduardo: Sí, de hecho la he echado de menos. Me acostumbré mucho a tenerla en la hacienda y ahora que está en la universidad, pues no me hago a la idea. Espero aprovechar el tiempo con ella ahora que viene a quedarse de vacaciones.
Marissa: Créeme que eso también hace parte de ver a los hijos crecer y realizarse. A mí también me fue difícil en un inicio ver a Pablo casado con Milena, pero ahí ya los tienes cumpliendo su primer año juntos.
Eduardo: Ve, pues. No te quito más tiempo. Ah, por cierto. Ya se me iba a olvidar decirte que te está buscando un abogado en la sala.
Marissa: (extrañada) ¿Un abogado?
Eduardo: Sí, un tal Hector Mantilla. Dice que debe tratar un asunto importante contigo.
Marissa: Bueno, iré a ver de qué se trata. Nos vemos al rato.
Marissa se despide con un beso sencillo y se va. Eduardo la ve irse con una sonrisa de oreja a oreja.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / UNIVERSIDAD / DÍA
María Helena y Danilo caminan juntos por los pasillos. Él se ve vestido de una manera más casual, con un aire citadino, pero acorde a su edad.


María Helena: ¡Qué bárbaro! Qué bueno que ya por fin terminamos el semestre después de cinco meses de trabajo arduo. No veía la hora de salir de vacaciones.
Danilo: Dímelo a mí que fue mi primer semestre y apenas me estoy acostumbrando a esto del estudio.
María Helena: Pero te fue bien. Sacaste buenas notas, no excelentes, pero pudiste aprobar todas las materias sin ningún problema.
Danilo: El mérito no es mío. Fue gracias a ti que me ayudaste un chorro.
María Helena: Ay, no fue nada. Tan solo te eché una manito.
Danilo deja de caminar al mismo tiempo que ella y se queda en silencio.
María Helena: (extrañada) ¿Qué te pasa?
Danilo: Hay algo que quisiera hablar contigo, Malena y nada más quería esperar a que el semestre terminara para decírtelo.
María Helena: Pues ya suelta. ¿De qué se trata?
Danilo: No te enojes conmigo, pero yo siento que este no es mi mundo.
María Helena: No te entiendo, Danilo. ¿De qué estás hablando?
Danilo: Malena, mira. Yo vengo de un pueblo y lo único que he hecho en la vida es trabajar como peón. A duras penas terminé la preparatoria. A mí me parece que este tema de estudiar en una universidad no es para mí. No me lo merezco.
María Helena: ¿Cómo que no te lo mereces? ¿Tan poca estima te tienes?
Danilo: No es eso. Mira que de no ser porque tú me ayudaste mucho, yo nunca hubiera podido entrar a estudiar aquí. Hasta don Eduardo es el que está pagándome los estudios y no me siento bien.
María Helena: Ya hablamos de eso y tú acordaste que lo ibas a tomar como un préstamo a largo plazo.
Danilo: ¿Y qué hay de lo otro? No creas que no me he dado cuenta cómo esos otros cuates con los que estudiamos me ven. Se burlan de mí y me tratan como burro. Nada más que no les he partido la cara por respeto a ti.
María Helena: ¿Y tanto te importa lo que digan los demás? Porque yo tampoco vengo de familia rica y lo sabes. Recuerda que crecí en un barriecito pobre con mi mamá y eso me ha dado más razones de salir adelante para demostrarles a los pelados esos que gente como tú y yo, de origen humilde, sí podemos.
Danilo: (poco convencido) No sé. Yo pienso que es mejor que me regrese a Villa Encantada y siga en lo mío.
María Helena: (molesta) Pues ¿sabes que sí? Deberías hacerlo porque a mí la neta ya me cansó estar empujándote y animándote a que le entres al estudio y a formarte como profesional. Si no quieres, pues allá tú. Haz lo que se te venga en gana.
María Helena se adelanta caminando muy molesta. Danilo va tras ella y la alcanza.
Danilo: Espera, Malena.
Malena: Ya déjame que no quiero hablar contigo. Tengo que llegar a mi casa a arreglarme para ir al pueblo y no quiero perder el tiempo con un acomplejado como tú que se cree tan poca cosa.
Danilo: Es que escúchame. Yo…
Danilo intenta tomar valentía para lo que dirá.
Danilo: ¡Me estoy enamorando de ti!
María Helena se detiene en seco al oírlo, pero le da la espalda.
Danilo: Y a mí, la mera verdad, me da miedo. Me da mucho miedo estar sintiéndome así por ti que me has apoyado tanto y has estado ahí como una amiga.
María Helena voltea a verlo.
María Helena: ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Danilo: Porque no quiero volver a sufrir como ya lo hice y por eso pensé en tomar distancia contigo, para evitarme esto, porque a lo mejor tú no sientes lo mismo por mí y el que va a salir perdiendo voy a ser yo otra vez, solo que siempre ando de bocón y ya te solté la sopa. Perdóname.
Danilo, desanimado, baja la cabeza. María Helena lo escucha con atención y en silencio.
Danilo: Es más, ¿sabes qué? Olvídate de lo que te dije y mejor dejemos las cosas así.
María Helena: Pues te equivocas. No me puedo olvidar tan fácil de lo que me acabas de decir.
Danilo: Es mejor así, María Helena. Tú eres una chava muy guapa, buena onda, preciosísima que no se merece estar lidiando con un pelado como yo y tampoco me parece justo conmigo volver a sufrir por amor. Tomemos distancia por la paz de los dos.
María Helena: Es que eso es lo que no quiero. Yo también hace muchos meses que me siento así por ti, Danilo.
Danilo se sorprende al escucharla.
María Helena: (solloza) Yo también estoy muy enamorada de ti, pero me daba muchísima pena decirte lo que sentía y también me dio miedo que me rechazaras por todo lo que pasaste con Marissa.
Danilo: ¿De veras? ¿Estás hablando en serio?
María Helena: Muy en serio. Yo te quiero mucho. Pensé que era cariño, pero no. Tú me gustas, me encantas, me haces sentir cosas que ni sé y… ¡Ay! ¡Me hago bolas de lo mensa que soy en esto del amor!
Danilo le sonríe en silencio.
María Helena: ¿Te estás riendo de mí?
Danilo: No, para nada. Es solo que me pareces tan tierna, tan hermosa y ni si me pasó por la cabeza que te pudieras fijar en alguien como yo.
María Helena: Deja de hacerte menos. A mí no me importa de dónde vengas porque da la casualidad de que los dos venimos desde muy abajo. Además, yo ya te he dicho mil veces lo valioso y especial que eres, además de lo guapo, lo fuerte, esa sonrisa que me pone a pensar en ti todo el día, lo divertido, lo caballeroso y…
Danilo: ¿Y qué más?
María Helena: (avergonzada) Ay, ya mejor ni me hagas seguir hablando que me muero de la pena.
Danilo: (acercándose) Yo quiero saber porque, si me lo preguntas a mí, no te imaginas las muchas veces que se me ha pasado por la cabeza robarte un beso mientras estudiamos juntos.
María Helena: Pues déjame decirte que te has tardado, eh.
Danilo no da más espera y la besa. María Helena no duda en corresponderle denotando el gran deseo que ambos sentían de unirse en tal gesto. Los dos se besan apasionadamente durante varios segundos a las afueras de la universidad.
VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Marissa recibe al abogado y ambos se dan la mano.


Marissa: Buenos días, licenciado.
Licenciado Mantilla: Buenos días, Marissa. Es un placer verla.
Marissa: Me dijo mi novio que me está buscando y necesita hablar conmigo. Discúlpeme si me falla la memoria, pero no lo recuerdo. ¿De dónde me conoce?
Licenciado Mantilla: No la conozco personalmente, pero sí conocí en vida a Epifanio de La Torre, su difunto padre y que fue mi cliente durante muchos años.
Marissa: Ya veo. No me imaginé que él le hubiera dicho a alguien más sobre la relación que teníamos.
Licenciado Mantilla: Epifanio me confió cosas muy personales que se entremezclaban con asuntos legales y precisamente por eso vine.
Marissa: Claro, siéntese. Usted dirá.
Los dos toman asiento.
Licenciado Mantilla: No quisiera quitarle mucho tiempo. Yo sé que ya pasó más de un año desde la muerte de Epifanio, pero hay un asunto pendiente por resolver respecto a la cuantiosa herencia que él le dejó.
Marissa: (sorprendida) ¿Una herencia?
Licenciado Mantilla: Así es. Justo el día de su muerte, muy temprano en la mañana, Epifanio se contactó conmigo para modificar su testamento. Dejó por fuera a su otra hija, a Carolina, que supe que murió también y la nombró a usted como su heredera universal. Como Epifanio tampoco tenía certeza de que María Helena Quintana fuera su hija, me pidió incluir una cláusula en la que, de comprobarse su lazo sanguíneo con ella, ambas tendrían derecho a un cincuenta por ciento de la herencia.
Marissa: Me toma por sorpresa, licenciado. No sabía absolutamente nada. ¿Por qué apenas hasta ahora me viene a buscar?
Licenciado Mantilla: (apenado) Siéndole muy honesto, por miedo.
Marissa: (extrañada) ¿Como que por miedo? No le entiendo
Licenciado Mantilla: Marissa, el año pasado vine a esta hacienda para hacer la lectura del testamento como era debido, pero necesitaba que tanto usted como María Helena estuvieran presentes.
Marissa: ¿Y qué pasó? A mí nunca se me notificó nada.
Licenciado Mantilla: Carolina me pidió que cambiáramos el testamento de su padre.
Marissa se impresiona al oírlo.
Licenciado Mantilla: Para ella, ni usted ni la otra muchacha merecían ser herederas de Epifanio. Me habló de un plan que tenía, algo así como de pagar la hipoteca de la hacienda para poder casarse con el dueño, don Eduardo Román.
Marissa: (consternada) No lo puedo creer. Si supe que Carolina pagó la hipoteca, pero jamás se me pasó por la cabeza que hubiera cambiado el testamento. A mí, la verdad, ni me interesaba el dinero de Epifanio. No hace mucho me enteré que era mi padre y jamás pensé en sacar ningún beneficio de él.
Licenciado Mantilla: La entiendo, pero ese es su derecho legal y lamento muchísimo haberme prestado para algo así. Para convencerme, Carolina me regaló un bufete en la capital y como mis dos nietos también son abogados, acepté por ellos.
Marissa: ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Bien podría haber seguido como si nada.
Licenciado Mantilla: Epifanio fue uno de mis clientes más importantes. Fue siempre muy generoso conmigo y nunca me sentí del todo bien haciendo algo así. Además, dado que Carolina murió y al no haber más herederos, la ley establece traspasar los derechos a los familiares vivos, usted en este caso, solo que preferí esperar por miedo a tener algún pleito legal y para pedirle personalmente disculpas por la forma tan poco ética en la que actué.
Marissa: No se preocupe, licenciado. Para evitar que nos compliquemos la vida, me parece justo que dejemos esto por la paz. El dinero de la herencia realmente no me hace falta, pero hay muchas cosas útiles que podría hacer con él. Ya usted dirá cómo procedemos.
Marissa le sonríe.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / NOCHE

La noche cae. Varias personas van ingresando a la hacienda vistiendo con ropa casual, pero con un toque de cierta elegancia. Marissa y Eduardo los reciben en la entrada para darles la bienvenida al tiempo que les dan la mano.


Marissa: Bienvenidos. Muchas gracias por venir.
Marissa les sonríe de forma muy simpática.
Marissa: ¿Cómo van? Pasen, por favor. En un momento estamos con ustedes en el patio trasero. Están en su casa.
Eduardo: Sigan, bienvenidos.
De repente, Danilo y María Helena llegan tomados de la mano. Martha viene con ellos.



Marissa: (sonriente) ¡Malena! ¡Danilo! ¡Ay, qué bueno verlos!
Marissa no duda en abrazarlos.
Marissa: ¡Cuánto tiempo, muchachos!
María Helena: (riendo) Ay, no exageres. Tan solo fueron cinco meses.
Eduardo: Para mí fue como una eternidad. Eché mucho de menos a mi niña hermosa que ya está hecha toda una universitaria.
María Helena: ¡Ay, papá! ¡Yo también te extrañé como no tienes idea!
Padre e hija se abrazan de forma muy fraternal durante un par de segundos.
Eduardo: Bienvenido, Danilo. Usted también, doña Martha. Siéntanse como en su casa.
Martha: Gracias, don Eduardo. Usted y su novia siempre tan amables.
Marissa: ¿Cómo les terminó de ir en la uni?
Danilo: Muy bien, bueno, a mí no tanto. Malena me ayudó bastante porque a mí sí me costó adaptarme, pero ahí vamos.
Marissa: Es normal. Es tu primer semestre y más que ahora vives en la ciudad. Con el tiempo te vas a acostumbrar.
María Helena: Yo le dije lo mismo y espero que me ayuden sacándole esas ideas de la cabeza de quererse salir.
Marissa: Nada de eso, Danilo. Tienes que continuar hasta el final. Estudiar siempre vale la pena y te va a abrir muchas más puertas en lo laboral.
Ernesto: Además, ya que tanto tú como María Helena están en la misma carrera de ingeniería agronómica, saben que aquí en la hacienda van a tener trabajo en cuanto terminen. ¿Quién mejor que tú, Danilo, que trabajaste en esta hacienda desde tan jovencito?
Danilo: (sonriéndoles) No se preocupen. Les prometo que voy a seguir y más ahorita que tengo la motivación.
Danilo dice aquello dándole un beso en la mejilla a María Helena. Marissa y Eduardo se miran extrañados, pero intercambiando sonrisas de confusión.
Marissa: ¿De qué nos perdimos?
Eduardo: ¿A poco ustedes…?
Martha: Sí, don Eduardo. Fíjese que estos dos muchachos ahora andan dizque de novios. Me llegaron con la noticia esta tarde antes de que saliéramos para acá.
María Helena: Les queríamos dar la sorpresa.
Danilo: (tímido) Así es, don Eduardo. Espero luego podamos hablar con más calma usted y yo.
Eduardo: No creo que haya mucho de qué hablar, Danilo (Le pone la mano en el hombro). Yo te conozco y sé bien que eres un buen muchacho, serio, trabajador, y si mi hija te escogió, por algo ha de ser. Tengo mi plena confianza en ti.
Danilo: Le agradezco por eso.
Marissa: Y yo los felicito. Hacen muy linda pareja, y ahora que hablamos de eso, ¿Pablo y Milena no venían con ustedes? ¿Dónde andan? Dijeron que nos tenían una sorpresa.
Danilo: ¡Hey, bro! ¡Ya pásenle!
Pablo entra seguido de Milena a la que toma de la mano. Marissa y Eduardo se sorprenden al ver a la joven caminando y con una leve barriga de embarazo.


Milena: (sonriendo) Buenas noches a todos.
Marissa se lleva las manos a la boca de la impresión y se acerca a su nuera.
Marissa: Milena, hija. ¡Mírate nada más! Estás… Estás caminando y…
Pablo: Sí, mamá. Vas a ser abuela.
Marissa se conmueve a tal punto que un nudo se le forma en la garganta y apenas puede hablar de la emoción.
Marissa: Ay, no se imaginan la alegría tan inmensa que me da. Es que… (Sollozando) Parece de no creer. Me da un gusto enorme verte caminando, Milena.
Marissa la toma de las manos.
Milena: Muchas gracias, suegra. Fue un proceso tantito largo y difícil, pero aquí me tienen.
Pablo: Y no saben lo mucho que le costó, pero ella nunca se rindió. Hasta yo me quedé sorprendido de lo mucho que se esforzó con las terapias y la rehabilitación.
Danilo: Me consta. Mi hermanita es toda una guerrera.
Milena: No me digan eso. Me van a hacer llorar y la verdad es que con el embarazo ando medio sensible.
Eduardo: Pues a mí también me da muchísimo gusto. Mis más sinceras felicitaciones, muchachos, en especial para ti, Milena. Es de admirar poder ver que te recuperaste tan satisfactoriamente.
Milena: Le agradezco mucho, don Eduardo. Nada hubiera sido posible de no haber sido porque ustedes siempre me animaron mucho a no rendirme. Pablito siempre fue mi soporte y usted, suegra, ni se diga. Esto se lo debo a usted (Conmovida).
Marissa: Para mí lo más importante es que ustedes estén bien porque somos familia y la familia siempre es lo que debe primar en la vida. Me alegra de todo corazón que puedas caminar y por este bebito que viene en camino.
Marissa y Milena se abrazan con cuidado durante unos cuantos segundos. Luego de apartarse, la primera se limpia con sutileza los ojos antes de derramar lágrimas.
Marissa: ¿Cuándo es que nos pensaban contar?
Pablo: Queríamos esperar la fiesta de aniversario para darles la sorpresa.
Marissa: ¡Sí son! Esperan tantito más y por poco nace mi nieto. ¿O nieta? ¿Qué va a ser? ¿Cuántos meses de gestación tienes, Milena?
Milena: Cuatro y va a ser niño.
Eduardo: ¿Ya pensaron en el nombre?
Pablo: Todavía no, pero ya en unos meses nos vamos a poner en la tarea.
Eduardo: Bueno, pues esta fiesta era para ustedes y con la buena noticia que nos trajeron, yo creo que merecemos un brindis. Pasemos ya al patio porque yo también tengo una noticia.
Marissa: (extrañada) No me dijiste nada.
Eduardo: Porque también es sorpresa. No comas ansias.
Cada uno ríe por el comentario y pasan al patio en donde aguardan los demás invitados. Una vez allí, toman asiento en las mesas delanteras. Eduardo agarra un micrófono y se dirige a todos.
Eduardo: Buenas noches. Quiero agradecerles a cada uno de ustedes, socios, inversionistas, compañeros de trabajo y conocidos míos, por haber aceptado esta invitación tan especial para mi familia en la que festejamos el primer aniversario de Pablo, el hijo de mi novia, Marissa Miranda a quienes muchos de ustedes ya conocen por las labores sociales que ha venido llevando a cabo en Villa Encantada, y la esposa de él, Milena, quien trabajó para mi familia durante tantos años y a la que aprecio por ser una muchacha tan trabajadora y valiente…
Pablo toma la mano de Milena y ambos se sonríen muy enamorados.
Eduardo: Estos dos jovencitos son una pareja ejemplar que podrían darles cátedra a muchas otras parejas maduras acá presentes porque demuestran que el matrimonio es una sociedad que se sostiene en el amor, en el respeto y en el apoyo mutuo. Para muestra, tenemos el placer de anunciarles que ya esperan su primer hijo y quisiera invitarlos a todos a hacer un brindis muy caluroso por ellos.
Eduardo toma una de las tantas copas de champaña que tiene el mesero parado a su lado y la alza.
Eduardo: Sin embargo, antes de que brindemos, quisiera pedirle a una persona muy importante para mí que venga aquí y esa eres tú, Marissa.
Marissa se desconcierta.
Pablo: Te están llamando, mamá. Ve, anda.
La mujer, sonriendo, aunque extrañada, se levanta de su silla y se acerca al hombre que ama. Eduardo la ve de forma especial y continúa hablando.
Eduardo: Muchos ya la han visto trabajando en su fundación que extendió en nuestro pueblo para ayudar a varios niños desfavorecidos. Me ha apoyado a superar varias dificultades personales que viví tiempo atrás y ha sido un soporte incondicional para mí. Es por esa razón que esta noche, quiero que sean testigos de una prueba de amor que tengo para hacerle a esta mujer que es el amor de vida y de la que me enorgullezco tanto…
Marissa le sonríe un tanto nerviosa. Eduardo pone el micrófono y su copa de champaña en una mesa de al lado. Luego procede a sacar del bolsillo de su chaqueta una pequeña caja la cual abre dejando ver un bonito anillo de compromiso. Todos se sorprenden, en especial ella.
Eduardo: Quiero pedirte que seas mi esposa, Marissa. Quiero que te quedes conmigo por lo que reste de vida. Es cierto que me tardé y no fue porque tuviera dudas de lo mucho que te amo, sino porque si algo he aprendido de ti es a sanar lo que perdí para empezar desde cero y este, sin duda, es el momento en que te quiero pedir que te cases conmigo, mi amor.
Marissa: (conmovida) Ay, Eduardo…
Eduardo: ¿Me aceptas?
Marissa asiente con la cabeza a punto de llorar de la emoción.
Marissa: Claro que acepto. Es lo que más deseo, que estemos juntos por lo que nos reste de vida.
Eduardo tampoco oculta su emoción y no tarda en ponerle en el dedo anular el anillo de compromiso. Los dos no tardan en unirse en un apasionado beso que desborda todo el amor que sienten el uno por el otro al tiempo que son rodeados de aplausos.
Marissa: Te amo.
Eduardo: Y yo a ti, con toda el alma.
La pareja continúa besándose y la cámara va alejándose lentamente hacia arriba. Puede verse como al rato cada asistente a la fiesta alza su copa para unirse en un brindis como gesto de celebración y con la esperanza de un mejor porvenir rodeado de felicidad.
FIN
EXT. / CABAÑA / NOCHE
Cecilia sale del baúl del auto de Luis Enrique con suma cautela y cuidando no hacer ningún ruido.

Cecilia: (asustada) Tengo que pintarme de aquí antes de que me descubran.
De repente y sin esperarlo, la mujer es abordada por una voz por detrás.

Cruz: ¿Qué haces tú aquí?
Cecilia, exaltada, se da la vuelta.
Cecilia: (sorprendida) ¿Usted?
Cruz: (muy seria) Te hice una pregunta. Responde.
Cecilia: Mejor ni se me acerque, señora.
Cecilia saca la pistola que le robó a Luis Enrique de su departamento y le apunta a Cruz. Ella, sin embargo, no se inmuta y ni pestañea.
Cecilia: Yo ya sé muy bien que usted ha estado detrás de todo lo que le ha venido pasando a Luis Enrique. Los escuché a él y a Lisa hablando sobre usted en el departamento.
Cruz: Entonces, te has estado escondiendo allá. Supongo que también te escondiste en el baúl del coche para tener la oportunidad de matar a Luis Enrique en cuanto tuvieras oportunidad, ¿no? Y terminaste por error aquí.
Cecilia: El plan era ese. Carolina de La Torre me fue a buscar a la cárcel y me hizo la propuesta, incluso me ayudó a escapar, pero ya descubrí que no fue idea de ella, sino suya. Usted le metió cizaña para que pensara que Luis Enrique se quería dizque vengar de ella por cosas de familia porque al parecer son hermanos y Luis Enrique era un bastardo.
Cruz: En efecto, fui yo la que organizó todo aquel montaje y tú fuiste una ficha más en mi juego de ajedrez.
Cecilia: ¿Y qué es lo que busca? ¿Por qué quiere usted destruir a Luis Enrique?
Cruz: Quiero hacer justicia. Luis Enrique Escalante es como un cáncer que destruye lo que toca y ha hecho muchísimo daño, incluso a ti y a tus hijos. ¿Me lo vas a negar?
Cecilia: Lo sé muy bien. Incluso a mí me culpó del asesinato de Tarcisio por defender a la maldita mojigata de la Marissa Miranda. Me enteré por Carolina que hasta se atrevió a hacerle daño a Danilo el muy infeliz.
Cruz: La idea en realidad no fue de Carolina. También fue mía. Yo le dije a ella que le propusiera a Luis Enrique atropellar a Danilo y, así ya luego, ella iría a la cárcel para envenenarte en contra de Luis Enrique.
Cecilia: ¿Qué? ¿Y me lo dice así tan campante? (Muy molesta)
Cruz: Necesitaba que tú fueras la que le diera un fin a ese “infeliz” como tú le llamas y, si lo analizas bien, él tampoco dudó en aceptar el plan. Se le fue encima con el coche al pobre de Danilo nada más para quitarlo del camino y recuperar a Marissa. ¿Crees que un padre le haría algo así a su hijo aunque otra persona le diera la idea?
Cecilia parece asentir con su silencio.
Cruz: ¿Lo ves? Muy en el fondo me das la razón. ¿No crees justo ponerle un alto a Luis Enrique de una vez por todas?
Cecilia: Da igual. Lisa ya se encargó de él. Escuché que le disparó y hasta lo quemó con ácido por defender a Marissa. Una lástima que el muy imbécil se metiera.
Cruz: Marissa no tiene culpa de nada. Es inocente.
Cecilia: ¡Ella me robó todo! ¡Mi hombre, mi hijo! ¡Me destruyó la vida!
Cruz: No seas cínica, Ceci. ¿Quién fue la pobre tonta que estuvo casada por tantos años con un infeliz que le era infiel y la maltrataba verbalmente?
Cecilia no responde a tal pregunta.
Cruz: Si de destruir vidas se trata, tú contribuiste mucho a arruinar la de Marissa. Fuiste cómplice de Luis Enrique y aceptaste que se casara con ella por interés. Tanto tú como él son tal para cual.
Cecilia: No hable de lo que no sabe. No tiene ningún derecho a juzgarme o a creerse mejor que yo.
Cruz: Solo te estoy haciendo ver la verdad, pero tienes razón. Tu vida me importa un bledo, querida. Nada más te informo que Luis Enrique sigue con vida. Tengo algunos contactos en el hospital que ya me avisaron que se encuentra estable.
Cecilia: ¿Y qué quiere que haga?
Cruz: Yo, nada. Tú ya estás libre como para tomar tus propias decisiones, pero sí quisiera que me pagaras el favorcito de haber intercedido para que te escaparas de la cárcel.
Cruz le entrega un papel arrugado a Cecilia. Ella lo recibe extrañada.
Cruz: Dale esto a cualquier conocido de Eduardo Román. Puede ser a María Helena o a la misma Marissa.
Cecilia: Estoy muy lejos de Villa Encantada.
Cruz: Toma un taxi.
Cruz le da un billete.
Cruz: Es lo único que te pido. Eduardo Román está corriendo peligro en manos de Lisa allá adentro. Hazlo por él que siempre fue un buen patrón contigo.
Cecilia: No puedo negar que sí. Don Eduardo siempre se portó muy bien con mis hijos y conmigo. Nos defendió muchas veces de Manuel y de la bruja de su mamá.
Cruz: ¿Lo ves? Los inocentes no merecen pagar por las atrocidades de gente podrida como Lisa y Luis Enrique.
Cecilia: ¿Y usted qué piensa hacer? Si Lisa se entera, no va a dudar en echársela al plato. Ella ya sabe que usted le anda siguiendo la pista y se lo dijo a Luis Enrique. Él incluso ya sabía que fue usted la que envenenó a Carolina en contra de él.
Cruz: Sí, ya sé que me descubrieron, pero lo que Lisa no sabe es que estoy más cerca de lo que cree. Tú vete y yo me encargo del resto.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz deja de recordar y tiene otro recuerdo de esa misma noche.
FLASHBACK
INT. / CABAÑA / NOCHE
Lisa está tendida en el piso luego de haber sido torturada por aquellas aterradoras alucinaciones de todas sus víctimas. Tiene la visión borrosa y su respiración se va apagando. Es cuando alguien entra a la cabaña usando unos zapatos de tacón y medias veladas.

Lisa: (en un hilo de voz) ¿Qu…? ¿Quién? ¿Quién eres?
Lisa intenta alzar los ojos y se encuentra, de forma muy distorsionada, con el rostro de Cruz.

Lisa: Tú…
Cruz: Veo que ya está haciendo efecto. De seguro también has tenido muchas alucinaciones, ¿no?
Lisa: (balbuceando) ¿Qué me hiciste, vieja decrépita?
Cruz: Has hecho muchísimo daño, muchacha. Tú, a diferencia de Malenita, eres la semilla del mal que salió de Helena. Eres peor que ella y ya es hora de que te detengas.
Lisa: (incrédula) ¿Tú me vas a detener a mí? ¿Cómo? ¡A ver! Entérate que no hay quien pueda conmigo, desgraciada. ¡También voy a acabar contigo, maldita!
Lisa alcanza a agarrar a Cruz de un pie, pero esta no se inmuta y permanece tranquila.
Cruz: Ni intentes hacer nada. En cuestión de un par de minutos vas a morir temporalmente. Vas a entrar en un estado cataléptico y todos van a pensar que estás muerta de verdad.
Cruz le lanza al piso un pequeño frasco con un líquido de color verdoso.
Cruz: Esto fue exactamente lo que te tomaste sin te dieras en cuenta gracias a que se lo eché al agua que te tomaste justo antes de que llegaras.
Lisa se impacta al escuchar y mira hacia la mesa en la que tenía una jarra con agua. En efecto, recuerda que desde su llegada a la cabaña, tomó de allí.
Lisa: No puede ser…
Cruz: Pues puede ser, querida. ¿Ves esta cabaña que compraste a tan buen precio? Es mía (Lisa se sorprende) y era de mi abuela, solo que no valía la pena venderla ya que nunca tuve el dinero para mandarla a reparar. Estaba casi que en las ruinas y me encargué de enviarte un supuesto vendedor cuando supe que había venido una citadina queriendo comprar un sitio alejado del pueblo. Como sabía quién eras, no dudé en tenderte una trampa y caíste…
Cruz habla con una frialdad y seriedad apenas reconocibles en ella. Lisa cada vez respira más despacio.
Lisa: ¿Por qué? ¿Por qué meterte conmigo si no era tu pedo? ¿Por qué, desgraciada?
Cruz: Tú eres mi nieta, Lisa.
Lisa se impacta aún más al enterarse.
Cruz: Y Helena, tu mamá, era mi hija; una hija a la que regalé por mucho dinero para poder sobrevivir, solo que mi error me las cobró cuando ella se volvió la amiga precisamente de Carolina de La Torre y la amante de don Epifanio.
Lisa se arrastra, pero llega a un punto en que ya no logra mover sus extremidades.
Cruz: Me llené de tanto miedo y cobardía que nunca le dije a él que su amante era justo mi hija. No quería remover esa parte de mi pasado y por mi cobardía es que luego se pensó que tú eras producto de esa relación clandestina cuando en realidad no. Eres la hija legítima de Eduardo Román y fue Carolina la que también ocultó ese secreto, solo que yo siempre estuve al tanto y seguí callando, pero todo se complicó luego cuando…
Cruz respira profundo evitando llorar.
Cruz: Cuando Helena fue asesinada por Carolina y ahí ya no pude seguir callando lo que sabía. Debía poner las cosas en orden y ahí entrabas tú.
Lisa: Yo solo fui víctima de Helena. Verla tantas veces revolcándose con otros hombres, entre esos el vejete ese de Epifanio, fue lo que llenó de tanto odio; lo que me enfermó. ¿Qué hay de mí? ¿No pensaste en ello y en todo lo que me tocó sufrir?
Cruz: Todos sufrimos y tenemos penas que cargar, y es ahí donde solo nos quedan dos caminos. Utilizar esas penas para hacernos más fuertes y mejores o dejar que nos pudran como fue tu caso. Nada de lo que hiciste justifica tus actos, Lisa.
Lisa: Si de verdad eres mi abuela, no me puedes matar así. Podemos unirnos.
Cruz: No voy a matarte. Lo que te di a beber solo te hará entrar en un estado de catalepsia unas cuarenta y ocho horas, y luego vas a despertar, rodeada de pura oscuridad y sin nadie que te escuche. Todos pensarán que moriste como la primera vez, solo que ahora no vas a regresar nunca más.
Lisa: ¡No me hagas esto! ¡Te lo suplico!
Cruz: Descansa en paz y arrepiéntete de todo lo que hiciste.
Cruz, sin más que decir, sale de la cabaña. Lisa intenta moverse, pero ya ha perdido la movilidad completa de su cuerpo.
Lisa: ¡Vuelve! ¡No me dejes! ¡Tienes que ayudarme! ¡Vuelve!
Lisa grita, pero poco a poco comienza a perder el conocimiento.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz tiene un recuerdo más.
FLASHBACK
INT. / MORGUE / DÍA
Cruz, con la cabeza cubierta por una pañoleta y con mucha discreción, habla con un médico forense de la morgue, quien usa un traje especial blanco, guantes, cubrebocas y gorra.
Cruz: Ten. Es mucho más dinero del que te prometí.
Cruz le entrega un fajo de billetes al hombre, quien mira a sus alrededores, se quita uno de los guantes y mete el dinero en uno de los bolsillos del traje.
Cruz: Por ningún motivo puedes permitir que le hagan la autopsia a Lisa Román, ni tú ni alguno de tus compañeros. ¿Entendido? Di que murió de un infarto y ya está.
El encargado asiente con la cabeza.
FIN DEL FLASHBACK
Finalmente, el ama de llaves trae a su cabeza una conversación que tuvo el día anterior.
FLASHBACK
EXT. / CEMENTERIO / DIA
Cruz y María Helena conversan sentadas en un banco. El viento sopla fuerte debido a la humedad y el frío que hace en el lugar.


María Helena: Entonces, usted es mi abuela. Vaya que sí me sorprende, aunque tampoco me causa tanta impresión. Con tantas verdades, una ya se atiene a cualquier cosa.
Cruz: Si te lo estoy contando es para que sepas la razón por la que empecé con este juego.
María Helena: Y sí que fue un juego. Prácticamente, usted lo que hizo fue jugar con cada uno de nosotros como fichitas de un tablero de ajedrez donde los unos tumbaban a los otros. Manipuló a Carolina para que ella luego manipulara a Cecilia y así darle fin a Luis Enrique mientras que mi papá y yo fuimos la carnada para tenderle la trampa a Lisa.
Cruz: Supongo que estás molesta.
María Helena: No le voy a negar que sí me parece muy triste que personas como Lisa o Luis Enrique terminaran tan mal, pero pensándolo bien, ellos se lo buscaron.
Cruz: Y yo tuve mucha culpa en cada una de las cosas que pasaron.
María Helena: Helena actuó por cuenta propia. Ella ya era de mala entraña como para volverse amante del señor Epifanio y de tantos otros hombres. Usted ni la crio como para decir que fue su culpa. A lo mejor fueron esos señores, los Montalbán, los que nunca le pusieron límites y siempre le dieron todo lo que pedía. Por eso, cuando se volvió adulta, pensó que podía manejar el mundo como quisiera y esa misma crianza se la dio a Lisa.
María Helena la toma de las manos. Cruz se sorprende por tal gesto y se conmueve un poco.
María Helena: Usted ya cargó con culpas que no son suyas. Quizá su único error fue haber encubierto que Helena y Epifanio eran amantes porque eso luego dio pie a que se pensara erróneamente que Lisa era hija de él.
Cruz: Sentí que no tenía derecho de meterme en la vida de la hija a la que regalé. Era como traicionarla. Además, no vi tampoco importante revelar que Lisa sí era hija de Eduardo. Era una verdad muy obvia.
María Helena: Sí, pero Manuel creyó en esa mentira de que Epifanio era el padre. Lisa también y, pues, esa fue la razón por la que ella se terminó obsesionando con mi papá, por pensar que no eran nada. Claro que usted tampoco tenía forma de saber que Lisa se iba dizque a enamorar de mi papá. En conclusión, no tiene por qué sentirse culpable.
Cruz: Te agradezco, muchacha. Puede ser que ninguna estuvo en la vida de la otra, pero me enorgullece mucho lo linda y lo buena que eres.
María Helena le esboza una sonrisa y no dice nada al respecto.
María Helena: ¿Qué piensa hacer ahorita?
Cruz: Voy a irme al extranjero. Creo que es bueno que recomience de cero y me olvide de todo este pasado tan turbio. Quiero vivir tranquila por lo que me reste de vida.
María Helena: Me parece muy bien. Espero que lo logre.
Las dos se sonríen entre sí.
FIN DEL FLASHBACK
Cruz dibuja una leve sonrisa en su rostro con aquel último recuerdo.
Conductor: ¿Para dónde quiere que la lleve, doña? Todavía no me dice.
Cruz habla sin dejar de mirar por la ventana.
Cruz: Lejos… Muy lejos de aquí. Váyase por la salida al pueblo que yo le digo dónde me puede dejar.
El conductor arranca y se va de allí. Cruz se queda viendo el cementerio dispuesta a abandonar el pasado y a recomenzar de nuevo. Es así como el tiempo comienza a pasar y se enfocan varias escenas de las vidas de los personajes.


Eduardo termina recuperándose satisfactoriamente y se le puede ver asistiendo a sesiones psicológicas para sanar lo que vivió. Marissa siempre lo acompaña y lo espera a la salida del consultorio. Los dos, al verse, se abrazan y se besan luciendo con un mejor semblante y aparentemente más tranquilos.



María Helena, por su parte, viaja a la capital y se reencuentra con su madre adoptiva, quien también ya luce de mejor semblante y ha sido dada de alta. Madre e hija se abrazan llorando muy conmovidas. Ernesto, quien justo llevó a María Helena, las observa conmovido desde el umbral de la puerta.



Milena, entretanto, ingresa a un quirófano para ser sometida a una riesgosa cirugía de varias para devolverle la movilidad de sus piernas. En la sala de espera, Danilo y Pablo se ven ansiosos y esperan noticias.
UN AÑO DESPUÉS
EXT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / DÍA

Marissa se encuentra yendo de allí para allá coordinando con algunas empleadas lo que parece ser una decoración de fiesta. Hay varias mesas con manteles de ciertos colores y globos.

Marissa: ¡Lleven el candelabro para aquella mesa, por favor! Y vayan poniendo los cubiertos y los platos en las mesas que ya se nos hace tarde, muchachas.
Eduardo aparece en ese instante y se acerca a ella.

Eduardo: ¿Todo bien?
Marissa se voltea a verlo y le sonríe. Los dos se dan un beso sencillo en los labios.
Marissa: Sí, amor. Estoy, tú sabes, algo estresada organizando todo lo de la celebración para esta noche. Es el primer aniversario de bodas de Pablito y Milena, y quiero que salga todo bien. Según me dijeron, nos tienen una sorpresa.
Eduardo: Ya quiero saber qué se traen esos dos muchachos. Hacen una pareja muy bonita, aunque tú y yo no nos quedamos atrás.
Eduardo la toma de la cintura y la besa nuevamente.
Eduardo: Te ves hermosa como siempre, pero hoy estás deslumbrante.
Marissa: (riendo) ¿Qué dices? Todavía necesito retocarme. Tú también deberías irte arreglando. En esto cae la noche y van a empezar a llegar los invitados.
Eduardo: Como mande usted.
Marissa: Bueno, pues. Ándale que se nos hace tarde. Yo voy a seguir en lo mío.
Marissa se aleja y le pega muy divertidamente una palmada en el trasero a Eduardo. Él de inmediato, la toma con delicadeza de la mano para retenerla.
Eduardo: (sonriéndole) ¡Óyeme! ¿Quién te dio permiso de tocar ahí?
Marissa: Tengo derecho y no necesito permiso. ¿O sí?
Eduardo: Vaya que sí eres bien coqueta, eh.
Los dos, en medio de su charla, se besan nuevamente.
Marissa: Ya está bueno, no me vas a dejar terminar los preparativos de la fiesta y me faltan muchísimas cosas. Supongo que María Helena también viene, ¿no?
Eduardo: Sí, de hecho la he echado de menos. Me acostumbré mucho a tenerla en la hacienda y ahora que está en la universidad, pues no me hago a la idea. Espero aprovechar el tiempo con ella ahora que viene a quedarse de vacaciones.
Marissa: Créeme que eso también hace parte de ver a los hijos crecer y realizarse. A mí también me fue difícil en un inicio ver a Pablo casado con Milena, pero ahí ya los tienes cumpliendo su primer año juntos.
Eduardo: Ve, pues. No te quito más tiempo. Ah, por cierto. Ya se me iba a olvidar decirte que te está buscando un abogado en la sala.
Marissa: (extrañada) ¿Un abogado?
Eduardo: Sí, un tal Hector Mantilla. Dice que debe tratar un asunto importante contigo.
Marissa: Bueno, iré a ver de qué se trata. Nos vemos al rato.
Marissa se despide con un beso sencillo y se va. Eduardo la ve irse con una sonrisa de oreja a oreja.
CIUDAD DE MÉXICO

INT. / UNIVERSIDAD / DÍA
María Helena y Danilo caminan juntos por los pasillos. Él se ve vestido de una manera más casual, con un aire citadino, pero acorde a su edad.


María Helena: ¡Qué bárbaro! Qué bueno que ya por fin terminamos el semestre después de cinco meses de trabajo arduo. No veía la hora de salir de vacaciones.
Danilo: Dímelo a mí que fue mi primer semestre y apenas me estoy acostumbrando a esto del estudio.
María Helena: Pero te fue bien. Sacaste buenas notas, no excelentes, pero pudiste aprobar todas las materias sin ningún problema.
Danilo: El mérito no es mío. Fue gracias a ti que me ayudaste un chorro.
María Helena: Ay, no fue nada. Tan solo te eché una manito.
Danilo deja de caminar al mismo tiempo que ella y se queda en silencio.
María Helena: (extrañada) ¿Qué te pasa?
Danilo: Hay algo que quisiera hablar contigo, Malena y nada más quería esperar a que el semestre terminara para decírtelo.
María Helena: Pues ya suelta. ¿De qué se trata?
Danilo: No te enojes conmigo, pero yo siento que este no es mi mundo.
María Helena: No te entiendo, Danilo. ¿De qué estás hablando?
Danilo: Malena, mira. Yo vengo de un pueblo y lo único que he hecho en la vida es trabajar como peón. A duras penas terminé la preparatoria. A mí me parece que este tema de estudiar en una universidad no es para mí. No me lo merezco.
María Helena: ¿Cómo que no te lo mereces? ¿Tan poca estima te tienes?
Danilo: No es eso. Mira que de no ser porque tú me ayudaste mucho, yo nunca hubiera podido entrar a estudiar aquí. Hasta don Eduardo es el que está pagándome los estudios y no me siento bien.
María Helena: Ya hablamos de eso y tú acordaste que lo ibas a tomar como un préstamo a largo plazo.
Danilo: ¿Y qué hay de lo otro? No creas que no me he dado cuenta cómo esos otros cuates con los que estudiamos me ven. Se burlan de mí y me tratan como burro. Nada más que no les he partido la cara por respeto a ti.
María Helena: ¿Y tanto te importa lo que digan los demás? Porque yo tampoco vengo de familia rica y lo sabes. Recuerda que crecí en un barriecito pobre con mi mamá y eso me ha dado más razones de salir adelante para demostrarles a los pelados esos que gente como tú y yo, de origen humilde, sí podemos.
Danilo: (poco convencido) No sé. Yo pienso que es mejor que me regrese a Villa Encantada y siga en lo mío.
María Helena: (molesta) Pues ¿sabes que sí? Deberías hacerlo porque a mí la neta ya me cansó estar empujándote y animándote a que le entres al estudio y a formarte como profesional. Si no quieres, pues allá tú. Haz lo que se te venga en gana.
María Helena se adelanta caminando muy molesta. Danilo va tras ella y la alcanza.
Danilo: Espera, Malena.
Malena: Ya déjame que no quiero hablar contigo. Tengo que llegar a mi casa a arreglarme para ir al pueblo y no quiero perder el tiempo con un acomplejado como tú que se cree tan poca cosa.
Danilo: Es que escúchame. Yo…
Danilo intenta tomar valentía para lo que dirá.
Danilo: ¡Me estoy enamorando de ti!
María Helena se detiene en seco al oírlo, pero le da la espalda.
Danilo: Y a mí, la mera verdad, me da miedo. Me da mucho miedo estar sintiéndome así por ti que me has apoyado tanto y has estado ahí como una amiga.
María Helena voltea a verlo.
María Helena: ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Danilo: Porque no quiero volver a sufrir como ya lo hice y por eso pensé en tomar distancia contigo, para evitarme esto, porque a lo mejor tú no sientes lo mismo por mí y el que va a salir perdiendo voy a ser yo otra vez, solo que siempre ando de bocón y ya te solté la sopa. Perdóname.
Danilo, desanimado, baja la cabeza. María Helena lo escucha con atención y en silencio.
Danilo: Es más, ¿sabes qué? Olvídate de lo que te dije y mejor dejemos las cosas así.
María Helena: Pues te equivocas. No me puedo olvidar tan fácil de lo que me acabas de decir.
Danilo: Es mejor así, María Helena. Tú eres una chava muy guapa, buena onda, preciosísima que no se merece estar lidiando con un pelado como yo y tampoco me parece justo conmigo volver a sufrir por amor. Tomemos distancia por la paz de los dos.
María Helena: Es que eso es lo que no quiero. Yo también hace muchos meses que me siento así por ti, Danilo.
Danilo se sorprende al escucharla.
María Helena: (solloza) Yo también estoy muy enamorada de ti, pero me daba muchísima pena decirte lo que sentía y también me dio miedo que me rechazaras por todo lo que pasaste con Marissa.
Danilo: ¿De veras? ¿Estás hablando en serio?
María Helena: Muy en serio. Yo te quiero mucho. Pensé que era cariño, pero no. Tú me gustas, me encantas, me haces sentir cosas que ni sé y… ¡Ay! ¡Me hago bolas de lo mensa que soy en esto del amor!
Danilo le sonríe en silencio.
María Helena: ¿Te estás riendo de mí?
Danilo: No, para nada. Es solo que me pareces tan tierna, tan hermosa y ni si me pasó por la cabeza que te pudieras fijar en alguien como yo.
María Helena: Deja de hacerte menos. A mí no me importa de dónde vengas porque da la casualidad de que los dos venimos desde muy abajo. Además, yo ya te he dicho mil veces lo valioso y especial que eres, además de lo guapo, lo fuerte, esa sonrisa que me pone a pensar en ti todo el día, lo divertido, lo caballeroso y…
Danilo: ¿Y qué más?
María Helena: (avergonzada) Ay, ya mejor ni me hagas seguir hablando que me muero de la pena.
Danilo: (acercándose) Yo quiero saber porque, si me lo preguntas a mí, no te imaginas las muchas veces que se me ha pasado por la cabeza robarte un beso mientras estudiamos juntos.
María Helena: Pues déjame decirte que te has tardado, eh.
Danilo no da más espera y la besa. María Helena no duda en corresponderle denotando el gran deseo que ambos sentían de unirse en tal gesto. Los dos se besan apasionadamente durante varios segundos a las afueras de la universidad.
VILLA ENCANTADA

INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN, SALA / DÍA
Marissa recibe al abogado y ambos se dan la mano.


Marissa: Buenos días, licenciado.
Licenciado Mantilla: Buenos días, Marissa. Es un placer verla.
Marissa: Me dijo mi novio que me está buscando y necesita hablar conmigo. Discúlpeme si me falla la memoria, pero no lo recuerdo. ¿De dónde me conoce?
Licenciado Mantilla: No la conozco personalmente, pero sí conocí en vida a Epifanio de La Torre, su difunto padre y que fue mi cliente durante muchos años.
Marissa: Ya veo. No me imaginé que él le hubiera dicho a alguien más sobre la relación que teníamos.
Licenciado Mantilla: Epifanio me confió cosas muy personales que se entremezclaban con asuntos legales y precisamente por eso vine.
Marissa: Claro, siéntese. Usted dirá.
Los dos toman asiento.
Licenciado Mantilla: No quisiera quitarle mucho tiempo. Yo sé que ya pasó más de un año desde la muerte de Epifanio, pero hay un asunto pendiente por resolver respecto a la cuantiosa herencia que él le dejó.
Marissa: (sorprendida) ¿Una herencia?
Licenciado Mantilla: Así es. Justo el día de su muerte, muy temprano en la mañana, Epifanio se contactó conmigo para modificar su testamento. Dejó por fuera a su otra hija, a Carolina, que supe que murió también y la nombró a usted como su heredera universal. Como Epifanio tampoco tenía certeza de que María Helena Quintana fuera su hija, me pidió incluir una cláusula en la que, de comprobarse su lazo sanguíneo con ella, ambas tendrían derecho a un cincuenta por ciento de la herencia.
Marissa: Me toma por sorpresa, licenciado. No sabía absolutamente nada. ¿Por qué apenas hasta ahora me viene a buscar?
Licenciado Mantilla: (apenado) Siéndole muy honesto, por miedo.
Marissa: (extrañada) ¿Como que por miedo? No le entiendo
Licenciado Mantilla: Marissa, el año pasado vine a esta hacienda para hacer la lectura del testamento como era debido, pero necesitaba que tanto usted como María Helena estuvieran presentes.
Marissa: ¿Y qué pasó? A mí nunca se me notificó nada.
Licenciado Mantilla: Carolina me pidió que cambiáramos el testamento de su padre.
Marissa se impresiona al oírlo.
Licenciado Mantilla: Para ella, ni usted ni la otra muchacha merecían ser herederas de Epifanio. Me habló de un plan que tenía, algo así como de pagar la hipoteca de la hacienda para poder casarse con el dueño, don Eduardo Román.
Marissa: (consternada) No lo puedo creer. Si supe que Carolina pagó la hipoteca, pero jamás se me pasó por la cabeza que hubiera cambiado el testamento. A mí, la verdad, ni me interesaba el dinero de Epifanio. No hace mucho me enteré que era mi padre y jamás pensé en sacar ningún beneficio de él.
Licenciado Mantilla: La entiendo, pero ese es su derecho legal y lamento muchísimo haberme prestado para algo así. Para convencerme, Carolina me regaló un bufete en la capital y como mis dos nietos también son abogados, acepté por ellos.
Marissa: ¿Qué le hizo cambiar de opinión? Bien podría haber seguido como si nada.
Licenciado Mantilla: Epifanio fue uno de mis clientes más importantes. Fue siempre muy generoso conmigo y nunca me sentí del todo bien haciendo algo así. Además, dado que Carolina murió y al no haber más herederos, la ley establece traspasar los derechos a los familiares vivos, usted en este caso, solo que preferí esperar por miedo a tener algún pleito legal y para pedirle personalmente disculpas por la forma tan poco ética en la que actué.
Marissa: No se preocupe, licenciado. Para evitar que nos compliquemos la vida, me parece justo que dejemos esto por la paz. El dinero de la herencia realmente no me hace falta, pero hay muchas cosas útiles que podría hacer con él. Ya usted dirá cómo procedemos.
Marissa le sonríe.
INT. / HACIENDA DE LOS ROMÁN / NOCHE

La noche cae. Varias personas van ingresando a la hacienda vistiendo con ropa casual, pero con un toque de cierta elegancia. Marissa y Eduardo los reciben en la entrada para darles la bienvenida al tiempo que les dan la mano.


Marissa: Bienvenidos. Muchas gracias por venir.
Marissa les sonríe de forma muy simpática.
Marissa: ¿Cómo van? Pasen, por favor. En un momento estamos con ustedes en el patio trasero. Están en su casa.
Eduardo: Sigan, bienvenidos.
De repente, Danilo y María Helena llegan tomados de la mano. Martha viene con ellos.



Marissa: (sonriente) ¡Malena! ¡Danilo! ¡Ay, qué bueno verlos!
Marissa no duda en abrazarlos.
Marissa: ¡Cuánto tiempo, muchachos!
María Helena: (riendo) Ay, no exageres. Tan solo fueron cinco meses.
Eduardo: Para mí fue como una eternidad. Eché mucho de menos a mi niña hermosa que ya está hecha toda una universitaria.
María Helena: ¡Ay, papá! ¡Yo también te extrañé como no tienes idea!
Padre e hija se abrazan de forma muy fraternal durante un par de segundos.
Eduardo: Bienvenido, Danilo. Usted también, doña Martha. Siéntanse como en su casa.
Martha: Gracias, don Eduardo. Usted y su novia siempre tan amables.
Marissa: ¿Cómo les terminó de ir en la uni?
Danilo: Muy bien, bueno, a mí no tanto. Malena me ayudó bastante porque a mí sí me costó adaptarme, pero ahí vamos.
Marissa: Es normal. Es tu primer semestre y más que ahora vives en la ciudad. Con el tiempo te vas a acostumbrar.
María Helena: Yo le dije lo mismo y espero que me ayuden sacándole esas ideas de la cabeza de quererse salir.
Marissa: Nada de eso, Danilo. Tienes que continuar hasta el final. Estudiar siempre vale la pena y te va a abrir muchas más puertas en lo laboral.
Ernesto: Además, ya que tanto tú como María Helena están en la misma carrera de ingeniería agronómica, saben que aquí en la hacienda van a tener trabajo en cuanto terminen. ¿Quién mejor que tú, Danilo, que trabajaste en esta hacienda desde tan jovencito?
Danilo: (sonriéndoles) No se preocupen. Les prometo que voy a seguir y más ahorita que tengo la motivación.
Danilo dice aquello dándole un beso en la mejilla a María Helena. Marissa y Eduardo se miran extrañados, pero intercambiando sonrisas de confusión.
Marissa: ¿De qué nos perdimos?
Eduardo: ¿A poco ustedes…?
Martha: Sí, don Eduardo. Fíjese que estos dos muchachos ahora andan dizque de novios. Me llegaron con la noticia esta tarde antes de que saliéramos para acá.
María Helena: Les queríamos dar la sorpresa.
Danilo: (tímido) Así es, don Eduardo. Espero luego podamos hablar con más calma usted y yo.
Eduardo: No creo que haya mucho de qué hablar, Danilo (Le pone la mano en el hombro). Yo te conozco y sé bien que eres un buen muchacho, serio, trabajador, y si mi hija te escogió, por algo ha de ser. Tengo mi plena confianza en ti.
Danilo: Le agradezco por eso.
Marissa: Y yo los felicito. Hacen muy linda pareja, y ahora que hablamos de eso, ¿Pablo y Milena no venían con ustedes? ¿Dónde andan? Dijeron que nos tenían una sorpresa.
Danilo: ¡Hey, bro! ¡Ya pásenle!
Pablo entra seguido de Milena a la que toma de la mano. Marissa y Eduardo se sorprenden al ver a la joven caminando y con una leve barriga de embarazo.


Milena: (sonriendo) Buenas noches a todos.
Marissa se lleva las manos a la boca de la impresión y se acerca a su nuera.
Marissa: Milena, hija. ¡Mírate nada más! Estás… Estás caminando y…
Pablo: Sí, mamá. Vas a ser abuela.
Marissa se conmueve a tal punto que un nudo se le forma en la garganta y apenas puede hablar de la emoción.
Marissa: Ay, no se imaginan la alegría tan inmensa que me da. Es que… (Sollozando) Parece de no creer. Me da un gusto enorme verte caminando, Milena.
Marissa la toma de las manos.
Milena: Muchas gracias, suegra. Fue un proceso tantito largo y difícil, pero aquí me tienen.
Pablo: Y no saben lo mucho que le costó, pero ella nunca se rindió. Hasta yo me quedé sorprendido de lo mucho que se esforzó con las terapias y la rehabilitación.
Danilo: Me consta. Mi hermanita es toda una guerrera.
Milena: No me digan eso. Me van a hacer llorar y la verdad es que con el embarazo ando medio sensible.
Eduardo: Pues a mí también me da muchísimo gusto. Mis más sinceras felicitaciones, muchachos, en especial para ti, Milena. Es de admirar poder ver que te recuperaste tan satisfactoriamente.
Milena: Le agradezco mucho, don Eduardo. Nada hubiera sido posible de no haber sido porque ustedes siempre me animaron mucho a no rendirme. Pablito siempre fue mi soporte y usted, suegra, ni se diga. Esto se lo debo a usted (Conmovida).
Marissa: Para mí lo más importante es que ustedes estén bien porque somos familia y la familia siempre es lo que debe primar en la vida. Me alegra de todo corazón que puedas caminar y por este bebito que viene en camino.
Marissa y Milena se abrazan con cuidado durante unos cuantos segundos. Luego de apartarse, la primera se limpia con sutileza los ojos antes de derramar lágrimas.
Marissa: ¿Cuándo es que nos pensaban contar?
Pablo: Queríamos esperar la fiesta de aniversario para darles la sorpresa.
Marissa: ¡Sí son! Esperan tantito más y por poco nace mi nieto. ¿O nieta? ¿Qué va a ser? ¿Cuántos meses de gestación tienes, Milena?
Milena: Cuatro y va a ser niño.
Eduardo: ¿Ya pensaron en el nombre?
Pablo: Todavía no, pero ya en unos meses nos vamos a poner en la tarea.
Eduardo: Bueno, pues esta fiesta era para ustedes y con la buena noticia que nos trajeron, yo creo que merecemos un brindis. Pasemos ya al patio porque yo también tengo una noticia.
Marissa: (extrañada) No me dijiste nada.
Eduardo: Porque también es sorpresa. No comas ansias.
Cada uno ríe por el comentario y pasan al patio en donde aguardan los demás invitados. Una vez allí, toman asiento en las mesas delanteras. Eduardo agarra un micrófono y se dirige a todos.
Eduardo: Buenas noches. Quiero agradecerles a cada uno de ustedes, socios, inversionistas, compañeros de trabajo y conocidos míos, por haber aceptado esta invitación tan especial para mi familia en la que festejamos el primer aniversario de Pablo, el hijo de mi novia, Marissa Miranda a quienes muchos de ustedes ya conocen por las labores sociales que ha venido llevando a cabo en Villa Encantada, y la esposa de él, Milena, quien trabajó para mi familia durante tantos años y a la que aprecio por ser una muchacha tan trabajadora y valiente…
Pablo toma la mano de Milena y ambos se sonríen muy enamorados.
Eduardo: Estos dos jovencitos son una pareja ejemplar que podrían darles cátedra a muchas otras parejas maduras acá presentes porque demuestran que el matrimonio es una sociedad que se sostiene en el amor, en el respeto y en el apoyo mutuo. Para muestra, tenemos el placer de anunciarles que ya esperan su primer hijo y quisiera invitarlos a todos a hacer un brindis muy caluroso por ellos.
Eduardo toma una de las tantas copas de champaña que tiene el mesero parado a su lado y la alza.
Eduardo: Sin embargo, antes de que brindemos, quisiera pedirle a una persona muy importante para mí que venga aquí y esa eres tú, Marissa.
Marissa se desconcierta.
Pablo: Te están llamando, mamá. Ve, anda.
La mujer, sonriendo, aunque extrañada, se levanta de su silla y se acerca al hombre que ama. Eduardo la ve de forma especial y continúa hablando.
Eduardo: Muchos ya la han visto trabajando en su fundación que extendió en nuestro pueblo para ayudar a varios niños desfavorecidos. Me ha apoyado a superar varias dificultades personales que viví tiempo atrás y ha sido un soporte incondicional para mí. Es por esa razón que esta noche, quiero que sean testigos de una prueba de amor que tengo para hacerle a esta mujer que es el amor de vida y de la que me enorgullezco tanto…
Marissa le sonríe un tanto nerviosa. Eduardo pone el micrófono y su copa de champaña en una mesa de al lado. Luego procede a sacar del bolsillo de su chaqueta una pequeña caja la cual abre dejando ver un bonito anillo de compromiso. Todos se sorprenden, en especial ella.
Eduardo: Quiero pedirte que seas mi esposa, Marissa. Quiero que te quedes conmigo por lo que reste de vida. Es cierto que me tardé y no fue porque tuviera dudas de lo mucho que te amo, sino porque si algo he aprendido de ti es a sanar lo que perdí para empezar desde cero y este, sin duda, es el momento en que te quiero pedir que te cases conmigo, mi amor.
Marissa: (conmovida) Ay, Eduardo…
Eduardo: ¿Me aceptas?
Marissa asiente con la cabeza a punto de llorar de la emoción.
Marissa: Claro que acepto. Es lo que más deseo, que estemos juntos por lo que nos reste de vida.
Eduardo tampoco oculta su emoción y no tarda en ponerle en el dedo anular el anillo de compromiso. Los dos no tardan en unirse en un apasionado beso que desborda todo el amor que sienten el uno por el otro al tiempo que son rodeados de aplausos.
Marissa: Te amo.
Eduardo: Y yo a ti, con toda el alma.
La pareja continúa besándose y la cámara va alejándose lentamente hacia arriba. Puede verse como al rato cada asistente a la fiesta alza su copa para unirse en un brindis como gesto de celebración y con la esperanza de un mejor porvenir rodeado de felicidad.
FIN
¡Muchas gracias por haber seguido esta historia!
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